miércoles, 8 de mayo de 2013

LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA (7)

Pbro. Dr. Joaquín Saenz Arriaga
(Páginas 61-70)

Inauguración del Congreso.
Esta ceremonia, que debía verificarse en el "Campo Eucarístico" tenia por objeto dar la bienvenida a los hermanos llegados de todo el mundo, según especifica el programa oficial. Asistirían, a juicio de los diarios de Bogotá, unas 200,000 personas. El Presidente de la República, doctor Carlos Lleras Restrepo, acompañado de su esposa doña Cecilia de la Fuente de Lleras, y del Ministro de Relaciones Exteriores, Alofonso López Michelsen acompañaron al Cardenal Legado en su llegada al Templete Pontificio; a la izquierda del Cardenal Lercaro se hallaba Mons. Muñoz Duque, el Administrador Apostólico de Bogotá. Los otros 20 cardenales y cerca de 600 arzobispos, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas estaban ya esperando la llegada del Legado del Papa.
     Después de escucharse los himnos Pontificio y Nacional de Colombia y el Concierto Religioso de Corales Profesionales, se hizo la apertura formal del Congreso con la lectura del Breve Pontificio. Helo aquí:
     "Al Cardenal Giamoco Lercaro, dilecto hijo nuestro, salud y bendición apostólica.
     "Bogotá, capital y baluarte de la ínclita Colombia, ciudad ilustre por su bella situación, por las gestas de su noble origen, por el activo ingenio y los hidalgos sentimientos de sus habitantes, pero más noble aún por su adhesión y observancia de la religión cristiana, ha sido escogida como digna sede para la celebración, en el próximo mes de agosto, del Congreso Eucarístico Internacional.
     Muy grato nos será poder ver, con nuestros propios ojos, cuanto ahora conocemos porque nos lo han referido.
     "Habiendo en efecto, determinado, desde hace tiempo, hacer una visita a América Latina, este acontecimiento de singular importancia religiosa Nos ofrece propicia ocasión para poner en obra nuestro deseo.
     "Asi, pues, Nos trasladaremos a Bogotá, en breve y fugaz viaje aéreo, que, con la ayuda de Dios, será feliz y seguro, y tenemos motivos para esperar que Nuestra peregrinación será causa de provecho para la fe católica.
    "Ya de ahora preparamos Nuestro ánimo para llegar a vosotros, amados hijos colombianos, en la abundancia de la bendición del Evangelio de Cristo, lo cual habrá de sernos causa de grandes esperanzas y de cumplido gozo.
     "No siéndonos posible presidir todo el Congreso Eucarístico, porque Nuestro pensamiento y Nuestras solicitudes han de dirigirse también hacia otros campos y, en primor término, hacia la inauguración de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, hemos decidido escoger a uno de los miembros del Sagrado Colegio Cardenalicio para que represente Nuestra persona, en las solemnísimas celebraciones del augusto Sacramento.
     "Por tanto, con esta carta, Te escogemos y Te constituímos, dilecto hijo, Nuestro Legado a látere, para que, con Nuestra autoridad y en Nuestro nombre, presidas las ceremonias y seas portador de los paternales votos de Nuestro ánimo benévolo.
     "Te conferimos el encargo de pregonar que sabemos y Nos alegramos de que en Colombia y particularmente en Bogotá, la devoción a la Sagrada Eucaristía aumenta cada vez más en sus sinceros adoradores, los cuales compiten en rendir culto al misterio y ansian acercarse al Pan que ha descendido del cielo, para hallar la vida y alcanzar el sabor del Señor. Es tan sublime la altura del Misterio Eucarístico que la mente casi desfallece en su estudio y contemplación, y las palabras son completamente inadecuadas para ensalzar sus grandezas. El sacramento del altar es el sacramento de la caridad, el vínculo de la perfección, la fuente de la vida.
     "Realmente, lo que el corazón es en el cuerpo humano y lo que el Corazón Sacratísimo es en el Cuerpo de Cristo, lo es también la Eucaristía en la Iglesia. Siendo Esta el Cuerpo de Cristo, la Eucaristía cumple en Ella la función vital del corazón. Así, pues, el augusto sacramento del altar es en la Iglesia como el sol y el principio que nutrir su vida; que con su calor todo lo llena y lo encierra, lo visible y lo invisible, y que une el tiempo y la eternidad.
     "En la última cena, la noche en la cual fue entregado, Nuestro Salvador instituyó el Sacrificio Eucaristico de su Cuerpo y de su Sangre, para perpetuar en los siglos, hasta el día de su regreso, el Sacrificio de la Cruz y para entregar asi a su esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y de su resurrección, el sacramento de piedad, el signo de unidad, el vínculo de amor, el convite pascual, en el cual recibe a Cristo y el alma viene colmada de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura.
     "A la luz de estas consideraciones, querido hijo, Te invitamos a exhortar a los participantes al Congreso, a fin de que imitando las tradiciones de sus antepasados, se esfuercen en hacer del culto a la Eucaristía el signo de la Fe, la defensa contra los errores, el estímulo para una virtuosa actividad también en el terreno social.
     "En este sentido hablarás no tan sólo a los colombianos, sino a todos los que, llegados de diversas partes del mundo, se congregarán en Bogotá. De suerte que, elevando sus oraciones a Dios, tomen del santo Congreso Eucarístico el aliento y las fuerzas para dar concorde y adecuada solución a las actuales situaciones sociales.
     "La oración y la acción obtengan que en América Latina impere la paz de Cristo en el Reino de Cristo. Que florezcan los sentimientos de fraternidad, que se difundan la rectitud y la probidad, que abunde la justicia. No por los medios violentos, que a menudo engendran males mayores, sino a través de leyes saludables, en favor primordialmente de las clases menos favorecidas, y mediante la difusión de las verdades cristianas y del cumplimiento de los mandamientos.
     "Estos celestiales dones de paz y de caridad los alcance la bienaventurada Virgen del Rosario, la cual es venerada en el Santuario de Chiquinquirá, como Patrona y Reina gloriosa de Colombia, Madre de gracia, de esperanza y de santa alegría, en la cual jamás desfallece la confianza y de quien se recibe siempre más de lo que se espera, porque con maternal magnificencia anhela más de lo que desea recibir la suplicante indigencia de sus hijos.
     "Con la confianza de que desempeñarás tus funciones de Legado a Latere con máxima dignidad y explendor, de todo corazón, otorgamos a Tí, dilecto hijo nuestro, al señor Cardenal Arzobispo de Bogotá, a todos los hermanos en el Episcopado, a las autoridades y a todos Nuestros hijos, provenientes de las diversas naciones, que participan en el Congreso, la Bendición Apostólica.
     "Dado en Roma, en San Pedro, el día 16 de julio de 1968, año sexto de Nuestro Pontificado. PAULUS PP VI".


     Al escuchar el Breve Papal, en su primera parte, creíamos que realmente nuestros temores habían sido infundados y que el Congreso, al que, por bendición de Dios, estábamos asitiendo, iba a ser un verdadero Congreso Eucarístico Internacional, en el que la fe católica, la fe tradicional, la fe de nuestros padres iba a llenar nuestras almas de un amor vivo y práctico a la Divina Eucaristía. Un Congreso Eucarístico es ante todo, una reafirmación de nuestra fe católica en las verdades sublimes de ese Misterio de Fe. Ahora, más que nunca, cuando en diversas partes el "progresismo" ha tratado de oscurecer y de impugnar los dogmas eucarísticos; ahora en que la convivialidad humana de la "asamblea" parece que ha hecho a un lado la misma esencia sacrifical de la Santa Misa; ahora en que la recepción digna de tan divino sacramento se ve tan profanada por las opiniones y prácticas modernas, que, como una infección, nos han venido de Europa a estos pobres y subdesarrollados países de América Latina; ahora en que la Presencia Real en la Hostia consagrada es negada por muchos de los nuevos teólogos, nosotros esperabamos que el Congreso de Bogota seria ante el mundouna profesion de nuestra fe tradicional, una pública y solemne declaración de la fe inmutable de la verdadera y única Iglesia de Cristo. Las definiciones dogmáticas de Trento habían dado origen y esplendor a los antiguos Congresos Eucarísticos, como el de Madrid, el de Budapest, el de Chicago, el de Argentina. Esas definiciónes deberian dar orientación y vida al Congreso Bogotense.
     Más, el Sumo Pontifice no solo queria incrementar el culto eucarístico, sino que deseaba primordialmente que el Congreso fuese el estímulo para una virtuosa actividad también en el terreno social; que todos tomasen "del santo Congreso Eucarístico el aliento y las fuerzas para dar concorde y adecuada solución a las actuales situaciónes sociales". Y esta solución la esperaba el Pontífice, no por los medios violentos, sino a través de leyes saludables.
     El problema estaba planteado; era necesaria la revolución para cambiar las estructuras de America Latina. Había dos caminos: la revolución violenta, que, a juicio del Papa, a menudo engendra mayores males, o la revolución pacífica, hecha por las leyes. Paulo VI optó por este segundo camino. Creo que, además de la razón que expresó el Santo Padre para rechazar la violencia, los mayores males que a menudo engendra, podríamos añadir la intrínseca maldad que estos medios destructivos en sí tienen. El fin no justifica los medios, por excelso que supongamos que éste sea.


El problema social en la América Latina.

     Antes de continuar en nuestro estudio sobre el XXXIX Congreso Eucarístico, celebrado en Bogotá, el último, tal vez, que en la Iglesia postconciliar se celebre, es necesario que nos detengamos a estudiar un poco el "problema social", que tanto preocupa hoy a los miembros de la Jerarquía católica, y por el cual parece que han decidido restructurar toda la Iglesia, fundada por N.S. Jesucristo, para acomodarla así a las exigencias y modalidades del mundo moderno. Procuraré ser claro y conciso, para no alargar mi digresión.
     1.—El problema social, como la nueva ciencia del saber humano, fundada por Compte, la sociología, es un problema impreciso, que puede tener y de hecho tiene tantos significados, como son las escuelas, las tendencias ideológicas y los partidos diversos, que a su sombra militan. El problema social, por ejemplo, para el comunismo y sus formas mitigadas de socialismo, significa la existencía de la propiedad privada, a la que hay que combatir y extirpar para poder establecer el paraíso sobre la tierra. Habrá problema social mientras exista la propiedad privada o mientras alguien pueda ser o considerarse como capitalista. Para otros muchos, que clandestinamente favorecen las doctrinas comunistas, el problema social es la desigualdad en que están distribuidas las riquezas, los bienes temporales. Mientras haya ricos y pobres habrá problema social, tanto más agravado, cuanto mayor o menor sea esa desigualdad económica, cultural y social. Podemos decir que, más o menos, ésta es la tendencia dominante en todas las corrientes, que se dicen "modernas", entre las cuales se destaca, desde luego, el "progresismo religioso", dentro de la Iglesia. Los progresistas no parecen querer eliminar del todo la propiedad privada, quieren que los bienes de la tierra se distribuyan con perfecto equilibrio; quieren eliminar toda miseria, quieren que ya no haya pobres; quieren hacer suya la tesis comunista: "De cada uno, según sus posibilidades; a cada uno, según sus necesidades". El paraíso terrenal, el edén perdido, que el progresismo reconstruye con la "justicia social", con el "cambio audaz y completo de las estructuras", con la revolución y aun la violencia, si ésta es inevitable, ese parece ser su objetivo.
     2.— No con ánimo de ahondar en estos temas, sino para mayor claridad en mi exposición, hagamos ahora esta pregunta: ¿Es la desigualdad económica, cultural, social, un fenómeno provocado por el abuso de la libertad humana y susceptible, por lo tanto, de ser eliminado? O ¿es, por el contrario, un hecho que brota de la misma naturaleza humana, previsto por Dios, dispuesto por su Providencia inefable, que nosotros podemos aliviar, pero no podemos nunca hacer desaparecer?
     La historia, desde luego, nos demuestra que siempre ha habido, en todos los pueblos, una verdadera desigualdad social, y la más somera observación nos hace ver que esta desigualdad se da tambien, con demasiada frecuencia, entre los miembros mismos de una familia. El hecho innegable de que haya, entre los hombres, inteligentes y torpes, sanos y enfermos, trabajadores y holgazanes, hombres probos y hombres viciosos, hace que cualquier igualdad social sea inestable, por más que con leyes humanas se quiera mantentener el equilibrio. La famosa "igualdad", pregonada por la Revolución Francesa, es uno de los mitos de la Historia.
     No quiero negar que los hombres mejor dotados, abusando de su posición y del poder que ella les da, puedan explotar inicuamente a los débiles, a los inferiores, a los que de ellos en algún modo dependen. Esos abusos, condenados ya por la ley divina, por la conciencia, por la razón y por la Iglesia, deben ser evidentemente combatidos por las leyes justas, que hagan posible la convivencia humana. La doctrina social católica no tiende, ni puede tender a otro objetivo que a recordar y urgir a los hombres los deberes que la ley divina nos impone, para no incurrir en esos condenables abusos, a donde nos arrastran las concupiscencias humanas. Pensar que la doctrina social de la Iglesia tiende a eliminar las desigualdades humanas es pensar en una utopía, que carece de sólido fundamento en el Evangelio y que solamente puede ser excogitada y propagada por una demagogia comprometida y comprometedora.
     Recordemos las palabras de San Pío X: "Es conforme al orden establecido por Dios que, en la sociedad humana, haya gobernantes y gobernados, patronos y proletarios, ricos y pobres, sabios e ignorantes, nobles y plebeyos". (Doctrina Pontificia. Documentos Sociales, Madrid 1959).

     3.—El así llamado "problema social", como la desigualdad humana que quiere remediar, tiene en América Latina caracteres específicos, que nada tienen que ver con los que "los expertos" han detectado en los países europeos. Fundamentalmente es un problema etnológico, tan antiguo como los remotos tiempos de la conquista, que desde entonces ha sido reconocido y el que lealmente han procurado solucionar los eneaiy.ados de la cosa pública. Solo el desconocimiento, la demagogia o la mala le pueden afirmar que, durante cuatro siglos, nuestras clases socíales humildes y, en especial, nuestros indígenas fueron objeto de la rapiña, de la explotación y de un abandono intencionado y malévolo, que buscaba mantener en ese estado de "subdesarrollo" a esos miserables, para poder continuar impunemente con ese estado de disfrazada esclavitud. El subdesarrollo de nuestros indígenas no fué ignorado, fue combatido por la Iglesia y por la Corona.
     Nada tiene que ver el "problema social" de Italia, de Francia, de cualquier otro país europeo con "nuestro problema social". En Europa, tal vez, el problema social sea un problema fundamentalmente económico, que pueda solucionarse con aumentos progresivos de salarios, con prestaciones sociales y con una legislación uniforme que regule la función social del capital. Pero en América Latina, el problema social no es problema fundamentalmente económico; no se remedia con acrecentar constantemente los salarios, comprometiendo peligrosamente la estabilidad de las empresas; tampoco se resuelve con la distribución progresiva y constante de las tierras. Esas medidas demagógicas tan sólo sirven para provocar crisis económicas que aumentan la miseria y el desempleo.
     No fue el colonialismo el que ha provocado entre nosotros esas desigualdades económicas y sociales. Ha sido, por el contrario, la interrupción de la obra fecunda y constructiva de la Colonia la que vino a establecer en los países latinoamericanos esas situaciones indebidas de privilegio, que Paulo VI señala y deplora en sus discursos y en su Encíclica POPULORUM PROGRESSIO: situaciones, por lo demás, que, en mayor o menor grado, existen normalmente en todos los países. Atacamos ahora el imperialismo yanqui, al que hacemos culpable de todos nuestros infortunios; pero, no olvidemos que, por más de un siglo, pensamos que nuestros endémicos males eran la consecuencia desastrosa de los tiempos coloniales. Fuimos víctimas de un monstruoso engaño, infiltrado, propiciado y hábilmente difundido, a través de las sedes secretas de la masonería y del judaismo internacional. Nos separamos de España; rompimos los vínculos que a ella nos ligaban y torpemente caímos en otro "colonialismo", más inhumano, más insaciable, más absorbente (y pongo el más, no porque esté convencido de ello, sino para argumentar en el mismo plan de los que así piensan). Hemos caído en ese mal que llamamos "colonialismo yanqui", porque es una mafia la que esclaviza, por igual, al pueblo de los Estados Unidos y a los pueblos de América Latina.
     Yo respetuosamente difiero de algunos puntos expuestos por el Pontífice en su Encíclica Populorum Progressio, relacionados precisamente con el "colonialismo". Creo que, en justicia, haciendo el balance de esos ya muy remotos tiempos coloniales, tenemos que admitir que son inmensamente superiores los bienes que recibimos de España, que las pérdidas que hayamos tenido de nuestra decantada civilización pre-hispánica. Entre los monumentos coloniales y las ruinas arqueológicas de los indígenas que admiramos, hav muchos siglos de progreso.
     Los pueblos latinoamericanos están integrados por tres grupos raciales de culturas y de contingentes humanos, que, si no antagónicos, son evidentemente entre sí distintos. La integración racial cosa siempre de tiempo, que se prolonga en razón inversa de la menor cultura y más baja civilización de las razas dominadas, que tienen que ser incorporadas a los más altos niveles de una civilización y cultura superior. Tenemos, en primer lugar, en América Latina, los europeos o descendientes de europeos o de pueblos equiparables. Tenemos las tribus indígenas, que felizmente todavía se conservan en Latinoamérica; y finalmente, tenemos nuestro gran mestizaje, con los múltiples variantes que tiene.
 

     El así llamado "problema social", la desigualdad económica, existe en los tres grupos, aunque con diversas proporciones. Hay pobres entre nuestros indígenas; como los hay entre los mestizos y los de origen europeo, aunque no todos lleven de igual manera su pobreza, ni sean idénticas las causas de su indigencia. Muchos, al hablar de los menesterosos, piensan tan sólo en nuestro bajo pueblo, en nuestros indios, y nunca se acuerdan que hay miserias que pueden ser mayores, que se disimulan y se esconden. Pero, reduzcamos el problema a la clase trabajadora (obreros y campesinos), formada principalmente por indios y mestizos.
     Ese "problema social", así circunscrito, tiene fundamentalmente tres exigencias, para que pueda ser resuelto eficaz y constructivamente: la exigencia educativa, la exigencia que llamaremos profiláctica y la exigencia de crear nuevas fuentes de producción, que garanticen el trabajo fecundo de esos miembros de nuestra sociedad y la circulación debida de los bienes materiales.
     a) Ante todo, hay que educar a esa gente, pero educarla integralmente. No basta alfabetizarlos, no basta enseñarles a leer, a escribir, a hacer operaciones aritméticas, a que aprendan un oficio, una técnica, un modo de ganarse la vida. Es necesario crear en ellos los hábitos morales y de trabajo responsable. Es necesario desarrollar en ellos el sentido de responsabilidad, la sujeción aceptada a los imperativos legítimos de la conciencia, de la ley y de la autoridad. Es necesario hacerles comprender las obligaciones que tienen hacia sus esposas e hijos, para que no solamente provean a sus necesidades perentorias, sino que busquen un mejoramiento constante en su vida familiar. Es imperioso el cimentar esa educación sobre bases firmes y estables, que solamente existen, cuando la religión es conocida, vivida y fielmente practicada. Sin el fundamento religioso, la moral puede sostenerse aparentemente, pero, en las luchas de la vida, al fin sucumbe.
     b) Primero que la educación o, por lo menos simultáneamente a ella, existe esa que llamábamos exigencia profiláctica. Es urgente, para que sea posible y perdurable la educación, hacer una labor de higiene, de profilaxis en nuestras clases humildes. Es necesario extirpar las taras hereditarias, que la desnutrición, los hábitos de la vida y los vicios, propios y de sus antecesores, les han dejado. Es necesario enseñarles a comer los alimentos que necesitan para equilibrar una dieta sana, que vigorice esa raza deteriorada. Muchas veces no es que no tengan que comer, sino que no quieren comer lo que necesitan o comen lo que les perjudica. Es también imperioso crear en ellos el hábito de la temperancia en las bebidas alcohólicas y, sobre todo, de aquellas bebidas que, por su calidad, son casi un veneno, que insensiblemente los intoxica y los destruye. Es urgentísimo enseñarles la higiene, en su persona, en sus habitaciones y en las cosas de su uso. ¡Cuántas enfermedades, especialmente parasitarias, se evitarían en esa pobre gente con la higiene y la limpieza!
     Pero hace falta otra profilaxis mental, tan indispensable como la del cuerpo. Hay que extirpar, en ese pueblo bajo, tantas supercherías, tantos prejuicios absurdos, tantas brujerías, tantos odios irracionales, tantas visiones equivocadas del mundo y de la vida. Esa profilaxis mental, como he dicho, es en cierto modo, más necesaria que la anterior, ya que sin ella las resistencias serían invencibles, como lo palpa cualquier labor que se haya intentado, sin este previo convencimiento.
     Recuerdo que cuando la epidemia de la fiebre aftosa, que obligó a los gobiernos de México y Estados Unidos a tomar medidas radicales para detener la difusión de la enfermedad en el ganado, los campesinos de alguna región se rebelaron agresivamente contra los miembros de las brigadas sanitarias, llegando a asesinar a algunos de los individuos, que estaban cumpliendo esas tareas sanitarias.
     c) Finalmente, la tercera exigencia del así llamado problema social de América Latina es la de crear nuevas fuentes de producción, que garanticen el trabajo fecundo para todos. Es criminal el pretender engañar al pueblo con esas ideas disolventes, que nos prometen el desarrollo y progreso de las clases menesterosas, destruyendo, al mismo tiempo, las fuentes de la abundancia y del bienestar social. Sin capital, sin iniciativa privada, sin libre empresa, no puede haber fuentes de trabajo y de producción; ni puede haber verdadero progreso social. La experiencia demuestra que el estatismo feroz e insaciable, cuyo exponente máximo es el estado socialista, no sólo seca las fuentes de producción y agota la prometida abundancia, sino que esclaviza al pueblo con la más despiadada esclavitud.
     Solamente se abrirán en nuestra patria nuevas fuentes de trabajo constructor y fecundo, cuando haya el estímulo de la legítima ganancia, cuando
cuando exista armonía entre trabajadores y empresarios, no se restrinja demasiado la libre competencia, cuando el estado no quiera ahogar con indebidos impuestos el trabajo y las fuentes de trabajo. 

     Era necesario precisar el sentido y alcance del problema social de América Latina, ya que el enfoque del Congreso Eucarístico internacional de Bogotá, como hemos visto, fue decididamente la solución de ese problema. El mismo Sumo Pontífice, en el breve que se leyó, en la inauguración del dicho Congreso, indicó claramente que era su voluntad que este acontecimiento fuese "el estímulo para una virtuosa actividad también en el terreno social" "en favor primordialmente de las clases menos favorecidas".
     Si sería peligroso y censurable el desconocer el problema social y el paralizar esa "virtuosa actividad", de que habla el Papa: más peligroso sería falsear el verdadero sentido de ese problema en cada nación, y el orientar torcidamente la actividad, por virtuosa que sea, al buscar la solución de ese problema, por caminos equivocados.
     América Latina es potencialmente un continente de grandes recursos. La crisis, que hoy sufre y que demagógicamente se exagera, ha sido provocada por manos invisibles, que, desde fuera, y a través de la complicada maquinaria de las finanzas internacionales, explotan, sin escrúpulos, en beneficio propio, las riquezas de esos pueblos, cuyos dirigentes, tal vez, no han tenido visión y la entereza suficiente, para defender los legítimos intereses de sus propios países.

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