lunes, 13 de mayo de 2013

Arrianismo

     Arrio, sacerdote de Alejandría, primer autor de la herejía, a la cual dió nombre, comenzó a publicarla el año 319. Descontento con una explicación que Alejandro su obispo habia dado del misterio de la Santísima Trinidad en una reunion de sacerdotes, sostuvo que el Hijo de Dios o el Verbo divino, era una criatura sacada de la nada que Dios Padre había producido antes de todos los siglos, y de la cual se habia servido para criar el mundo; que el Hijo de Dios era de una naturaleza y de una dignidad muy inferior a la del Padre; que no se llamaba Dios sino en un sentido impropio. Condenado al principio por su obispo en un concilio de Alejandría y en otro segundo celebrado el año 321, se retiró a la Palestina, y escribió a los obispos mas célebres quejándose del rigor con que se le trataba, y supo disfrazar su doctrina y hacer odiosa la de Alejandro como también su conducta; se hizo de esta suerte muchos partidarios, principalmente a Eusebio de Nicomedia, cuyo crédito era grande en aquella época, tanto en la Iglesia como en la corte. Alejandro por su parte publicó los errores de Arrio y las causas de su condenación; y desde entonces empezó a acalorarse la disputa por una y otra parte.

     I. El emperador Constantino que previo las consecuencias de esto trató, aunque en vano, de conciliar o calmar los dos partidos, e imponerles silencio. Viendo que no podia conseguirlo, reunió el año 325 un concilio general en Nicea, en la Bitinia, en el que se hallaron 318 obispos, tanto de Oriente como de Occidente. Después de un maduro exámen en el que fueron oidos Arrio y sus partidarios, el concilio condenó su doctrina y decidió que «Jesucristo, Hijo único de Dios, nació del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz, verdadero Dios de verdadero Dios, engendrado y no hecho, consubstancial a su Padre, y por el que han sido hechas todas las cosas.» Este es el símbolo de la fe que la Iglesia repite todavía al presente en su liturgia. Arrio, rehusando suscribir a su condenación, fué desterrado a la Iliria; 17 obispos resistieron también al principio; después se quedaron reducidos a cinco, y por último a dos que fueron desterrados.
     Pero el anatema pronunciado contra el error no le destruyó; la mayor parte de los que no habían firmado la decisión del concilio sino para evitar el destierro permanecieron adictos al partido de Arrio. Constantino mismo seducido por un sacerdote arriano, recomendado por su hermana Constancia al tiempo de morir y que había ganado su confianza, consintió en llamar a Arrio de su destierro en 328; y este hereje reunido a sus partidarios, volvió a sembrar sus errores con mas calor que antes. Pero San Atanasio que habia sucedido al patriarca Alejandro en la silla de Alejandría rehusó constantemente recibir a Arrio en su comunión, y por esta firmeza incurrió en la indignación de Constantino.
     Desde entonces los arrianos se hicieron un partido formidable: celebraron muchos concilios en los cuales se encontraron los señores. Lograron hacer desterrar a muchos obispos los mas adictos a la fe de Nicea, en particular a San Atanasio y a San Eustaquio obispo de Antioquía. Interpretaron en mal sentido la doctrina del concilio de Nicea, principalmente el término consubstancial; decian que esta palabra podia hacer confundir la persona del Hijo con la del Padre, y renovar el error de Sabelio, y tuvieron gran cuidado de quitarla de todas las profesiones de fe que redactaron. Pero sin disputa, sus variaciones en estas confesiones de fe en las que no podían convenir, y que cambiaron por lo menos veinte veces, probaban demasiado la necesidad de un término que cortara de raiz todos sus subterfugios.
     El mismo Constantino no pudo hacer que Alejandro, obispo de Constantinopla, recibiese a Arrio en su comunion; este hereje murió de una manera trágica en estas mismas circunstancias el año 336; los que acusan a los católicos de haberle envenenado, los calumnian sin fundamento y por pura malignidad.
     Después de la muerte de Constantino ocurrida el año 337, el partido de los arrianos tan pronto era fuerte como débil, según se encontraban protegidos o proscriptos por los emperadores. Bajo el imperio de Constancio que los favorecía, tenían a todo el Oriente en conmocion con sediciones y violencias; pero Constantino el joven y Constante que reinaban en el Occidente, impidieron al arrianismo que hiciera muchos progresos allí. En 331 Constancio, dueño de todo el imperio por la muerte de sus dos hermanos, protegió la herejía mucho mas que antes; se celebraron muchos concilios en Italia, en los que dominaron los arrianos; otros en los cuales triunfaron los católicos, condenaron a Arrio y sus partidarios, y confirmaron la fe de Nicea. En el concilio de Arlés en 353, en el de Milán celebrado en 355, en el de Rimini en 359, muchos obispos vencidos por violencia, suscribieron a la condenación de San Atanasio, y firmaron unas confesiones de fe en las cuales la palabra consubstancial estaba suprimida. Los que dedujeron de esto que aquellos obispos habían firmado el arrianismo, abusaron de los términos; las profesiones de fe a que suscribieron, no expresaban con bastante exactitud el dogma católico, pero tampoco expresaban el error de Arrio, pues que decían o que el Hijo es semejante al Padre en sustancia, o que le es semejante en todas las cosas, o que le es semejante según las Escrituras, etc. Estas no son herejías aunque los arrianos abusaban maliciosamente de estas expresiones vagas para sembrar su error.
     Lo mismo acontece con la fórmula que el papa Liberio firmó por debilidad en su destierro el año 357. Es constante por otra parte que durante todas las disputas de los obispos, los pueblos que no comprendían nada de ellas, continuaban creyendo y profesando el dogma de la divinidad de Jesucristo. Los mismos obispos arrianos no se atrevían a predicar en público, como Arrio, que el Hijo de Dios es una criatura sacada de la nada; que es inferior en naturaleza al Padre; que no es Dios en todo el rigor de la palabra. ¿Cómo pues puede sostenerse que en la época de que hablamos, el arrianismo había sofocado la fe católica, y dominaba en la Iglesia?
     Juliano, que subió al imperio el año 362, dejó disputar a los arrianos y a los católicos: su reinado no duró mas que dos años, el de Joviano fue de algunos meses. Valente, dueño del imperio el año 364, favoreció y abrazó el arrianismo; Valentiniano su hermano, trabajó eficazmente en extirparle en el Occidente; Graciano y despues Teodosio le proscribieron en todo el imperio, de suerte que hacia el año 380, esta herejía, despues de 60 años de tumultos no osó ya manifestarse. A principios del siglo V, los godos, los vándalos y los bárbaros que estaban infectados con ella, quisieron restablecerla en las Galias y en Africa; ejercieron muchas violencias, é hicieron un gran número de mártires; los visogodos la introdujeron en España, en donde subsistió por mas tiempo bajo la protección de los reyes que la habían abrazado; pero habiéndola abjurado estos por último, desapareció hacia el año 660. La veremos renacer de sus cenizas en el siglo XVI.

     II. Es probable que el arrianismo hubiera subyugado a todo el Oriente, si sus partidarios hubieran podido ponerse de acuerdo; pero como todos los herejes, se dividieron muy pronto. Las dos fracciones principales fueron la de los arrianos puros y la de los semi-arrianos. Los primeros decian sin rodeos como Arrio, que el Hijo de Dios era una criatura, y por consiguiente muy inferior y desemejante a su Padre: lo que hizo que se llamasen anomianos, desemejantes. Se les denomina también acucíanos, eudoxianos, eusebianos, aecianos, eunomianos, ursacianos, etc., porque Acacio, obispo de Cesarea, Eudoxio, obispo de Antioquia, Eusebio de Nicomedia, Aecio, Eunomio, Ursacio, obispo de Tiro o de Sigedum, estuvieron sucesivamente a su cabeza; pero no parece que este partido haya sido el mas numeroso: su herejía, propuesta sin disfraz, seducía los ánimos.
     Los semi-arríanos, que acaso pensaban del mismo modo en el fondo, disimulaban sus verdaderas opiniones. De ningún modo podemos conocer mejor sus artificios y rodeos, que examinando la conducta de Eusebio de Cesarea, que parece haber pertenecido constantemente a este partido. No ponía ninguna dificultad en decir, como el concilio de Nicea, que Jesucristo es el Verbo, la razón o la sabiduría divina, Dios de Dios, luz de luz, engendrado por el Padre antes de todos los siglos, y que ha hecho todas las cosas; pero no confesaba que este Verbo fuese engendrado ab aeterno, y coeterno al Padre; pretendía como lo hacen aun los socinianos que el Padre había dado el ser al Hijo antes de la creación; y cuando decía que este no es una criatura, entendia que no es una criatura semejante a las demás, sino de una naturaleza mucho mas perfecta, y tan semejante a Dios como una criatura puede serlo. Por esto mismo es por lo que los semi-arrianos, en lugar de la palabra homoousios, consubstancial, substituían la de homoiousios, semejante en substancia.
     Eusebio, aun profesando en el símbolo de Nícea, que el Hijo es consubstancial al Padre, entendía que el Hijo ha salido del Padre, no por división o por separación, como un cuerpo que forma parte de otro cuerpo, sino sin cambio y sin disminución de la substancia del Padre; así por consubstancial no entendía siempre mas que una semejanza imperfecta en la substancia, y no una perfecta igualdad con el Padre. No rehusaba el condenar a Arrio ni el pronunciar anatema a todos los que enseñaban que el Verbo ha salido de la nada, o de lo que no era; que hubo un tiempo en que aun no existía, porque decía que estas expresiones no estaban en la Escritura santa. Así se explica en la carta que escribe al pueblo de Cesarea, despues del Concilio de Nicea. (Sócrates, Hist.ecles. I. 1, c. 8). En las demás obras suyas ha negado mas de una vez la eternidad del Verbo y su igualdad con el Padre. (Petavio, Dogm. théol. t. 2, l. 1, c. 11 y 12). Muchos socinianos se sirven todavía de los mismos artificios, para paliar la impiedad de su opinion respecto de la divinidad de Jesucristo.
     Este abuso continuo de los términos, estas explicaciones sutiles para alterar el sentido de las palabras de la Escritura santa, estas expresiones ambiguas en las profesiones de fe de los arrianos, estas disputas siempre renacientes entre ellos, demostraban suficientemente el doblez de su carácter y la falsedad de su opinion. Creian haber obtenido una gran victoria, cuando por medio de la intriga o de la violencia conseguían hacer firmar a los obispos católicos una profesión de fe en la que no se encontraba la palabra consubstancial. ¡Qué diferencia cubre esta marcha tortuosa de la herejía y la conducta franca y firme de la Iglesia católica! El concilio de Nicea desde luego y con una sola palabra, fijó la creencia de una manera irrevocable. La palabra consubstancial expresaba toda la energía y verdadero sentido de las expresiones de la Sagrada Escritura; prevenía todas las equivocaciones y sutilezas de los arrianos; la Iglesia, despues de haberla adoptado una vez, jamás la abandonó; se conservó en todas las profesiones de fe y en los diversos concilios en que los católicos estuvieron en libertad de exponer sus creencias: a pesar de todos los ataques de la herejía, en el espacio de catorce siglos, la consubstancialidad del Verbo es todavía la fe de esta misma Iglesia. 

     III. Uno de los artificios que emplean los fautores del arrianismo, ha sido el representar estas disputas como cuestiones indiferentes en el fondo del cristianismo, que no valían la pena de meter tanto ruido, y el pretender que se puede ser buen cristiano sin suscribir a la decisión del concilio de Nicea. Los incrédulos no han dejado de apoyar esta pretensión, a fin de cubrir de ridiculo a los Padres del siglo IV, y hacer al zelo por la religión responsable de las turbulencias que el arrianismo ha causado en el mundo. Por el contrario, nosotros sostenemos que la divinidad de Jesucristo, fundada en la consubstancialidad del Verbo, es el dogma fundamental del cristianismo; que, si este dogma es falso, Jesucristo estableció una religión falsa.
     Es evidente que si las tres Personas divinas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, no son un solo Dios en el sentido mas exacto y rigoroso, el cristianismo, tal como subsiste en todas las comuniones que no son arrianas ó socinianas, es un verdadero politeísmo, pues que rendimos a estas tres Personas divinas el mismo culto supremo. Entre los paganos y nosotros no habrá mas diferencia, sino el que ellos admitían mayor número de dioses que nosotros, y que nosotros sabemos disfrazar nuestro politeísmo con sutilezas que a ellos les eran desconocidas. En este caso, el mahometismo, que se limita al culto de un solo Dios, es una religión mas pura que el cristianismo. Abbadie ha llevado esta consecuencia hasta la demostración, en su Tratado de la divinidad de Jesucristo. Se encuentra confirmada con el asentimiento de todos los socinianos, que no cesan de vituperarnos el triteismo ó la adoracion de tres dioses.
     ¿Es creíble que Dios, que en el antiguo Testamento se mostró tan zeloso del culto supremo exclusivo, que repetía continuamente a los judíos: Yo soy solo Dios, no hay mas Dios que yo, haya permitido que el universo fuese trastornado para establecer una religión, que no tiende mas que a ofuscar por su creencia y su culto el dogma capital de la unidad de Dios, sin el cual no puede existir la verdadera religión?
     En este mismo caso, los judíos se fundan bien para permanecer en la incredulidad. El dogma de la unidad de Dios es el escudo que el judío Orobio no deja de oponer á los argumentos de Limborch; este, que era un sociniano disfrazado, afectando dejar a un lado el dogma de la Trinidad y el de la divinidad de Jesucristo, hacia evidentemente traición a la causa del cristianismo que quería defender.
     2° Jesucristo ha manifestado que habia venido al mundo para enseñar a los hombres a rendir a Dios el culto de adoracion en espíritu y en verdad, (Joan, IV, 24). También quiere que todos honren al Hijo como honran al Padre, (v, 23). Si no fuera un solo Dios con el Padre, este culto ¿seria justo y legítimo? Es una profanación y una impiedad. Hagamos jueces todavía a los socinianos. ¿Hay alguno de ellos que se crea obligado a rendir a Jesucristo el mismo culto supremo, la misma adoracion que rinde a Dios su Padre? En vano tratan de buscar paliativos; se deduce siempre de su opinion que Jesucristo, por medio de esta funesta lección, ha querido engolfarnos en una superstición grosera o inevitable, y en la que ha incurrido efectivamente toda la cristiandad. Mientras que por una parte los sociníanos afectan prodigar a Jesucristo los títulos mas pomposos, por otra nos dan a entender que ha sido el menos sabio de todos los legisladores y un usurpador de los honores de la Divinidad.
     3° Cuando citamos las palabras de San Pablo, (Philip, II, 6): «Imitad a Jesucristo, que estando en la forma de Dios no ha considerado como una usurpación el igualarse a Dios, etc." Los socinianos nos dicen que traducimos mal, que el texto dice: «Jesucristo que estando en la forma de Dios, no ha hecho su presa de igualarse a Dios» o no se ha atribuido la igualdad con Dios.
     Decimos que esta explicación sociniana es falsa. En primer lugar, no es cierto que Jesucristo no se haya igualado a Dios, dice «Mi Padre y yo somos una misma cosa» (Joan, X, 31); «El que me ve, ve a mi Padre" (XIV, 9); «Todo lo que es de mi Padre, es mio» (XVI, 15): «Quiere que todos honren al Hijo, como honran al Padre» (v, 21) Querer ser honrado como Dios, es seguramente igualarse a Dios: tal ha sido el crimen y la locura de todos aquellos que se hanhecho rendir honores divinos. En segundo lugar, si Jesucristo no es igual a Dios, ¿en dónde está la humildad de no pretender el serlo? Tener solo este pensamiento seria una impiedad. En tercer lugar, en esta hipótesis, San Pablo y los demás apóstoles son prevaricadores: han igualado a Jesucristo con Dios, pues que le han dado todos los atributos de la Divinidad, la existencia antes de todos los siglos, la omnipotencia, el poder criador, la ciencia y la sabiduría divina, el nombre mismo de Dios, han contradicho el ejemplo de Jesucristo, exhortando a los fíeles a imitarle.
     4° Desde que los nuevos arrianos desconocieron la divinidad de Jesucristo, les ha sido necesario destruir sucesivamente todos los dogmas del cristianismo, la Trinidad, la encarnación, la redención de los hombres por Jesucristo, el pecado original, la necesidad del bautismo para los niños, la eficacia de los sacramentos, las obras satisfactorias, etc. han hecho consistir la religión cristiana en creer solo la unidad de Dios; en considerar a Jesucristo como un enviado de Dios, sin informarse de lo que es personalmente; en tomar el Evangelio como regla de fe y de conducta, según cada uno lo comprenda. Esto es el deismo puro. No es de admirar que esta licencia haya abortado todos los sistemas posibles de incredulidad.
     ¿Es pues este el sistema sublime de religión que Dios había preparado por espacio de 4,000 años, para cuyo establecimiento obró tantos prodigios, y cambió la faz del universo? Jamás seremos tan insensatos que lo creamos.
     Se nos dice en el dia que antes del concilio de Nicea, la doctrina respecto a las tres Personas divinas no estaba fijada; que nada se habia prescrito a la fe de los cristianos sobre este articulo, ni determinado las expresiones que tenían que emplearse al hablar de este misterio; que los doctores cristianos opinaban de diferente modo sobre este objeto, sin que nadie se escandalizara de ello, etc. Acaso se creerá que es un sociniano el que se expresado esta manera: no, es Mosheim. (Hist. ecles. del siglo IV, 2a part. c. 5, § 9). Beausobre le habia dado ejemplo. (Hist. del manich. I. 3, c. 1).
     Mientras tanto Bullus, en su defensa, de la fe de Nicea, M. Bossuet, en su sexta advertencia a los protestantes, y otros han probado de una manera invencible que antes del concilio de Nicea, los Padres de los tres primeros siglos profesaron manifiestamente la eternidad Verbo y su consubstancialidad con el Padre. Una prueba positiva de este hecho es que nunca han querido referirse Arrio ni sus partidarios al juicio de los antiguos doctores, y que tenian la pretensión de entender mejor la Escritura que todos aquellos que los habían precedido. El patriarca de Alejandría, que habia condenado a Arrio, se lo reprochaba ya Teodoreto, (Hist. ecles. l. 1 , c. 4).
     Asimismo en el V concilio de Constantinopla, bajo el imperio de Teodosio, el año 383, rehusaron ser juzgados según el sentir de los antiguos Padres. (Sócrates, Hist. ecles. I. 5, c. 40).     Por lo tanto estaban convencidos de que los Padres de los tres primeros siglos no pensaban como ellos, y los católicos lo sostenian de la misma suerte. ¿Se sabe mas en el siglo XVIII acerca de este punto que en el IV?
     Por otra parte, o el dogma de la eternidad y de la igualdad perfecta del Verbo con el Padre está clara y terminantemente revelado en la Sagrada Escritura, o no lo está. Si lo está, luego era ya una creencia en los tres siglos primeros, y no podía dejar de creerse sin ser hereje: sí no lo está, tanto antes del concilio de Nicea como en el dia, nunca ha sido un dogma de fe para los protestantes, porque no reconocían como dogma de fe sino lo que está clara y terminantemente enseñado en la Sagrada Escritura; no pueden pues, aun en el dia, considerar a los socinianos como herejes. No sin justicia les vituperamos su connivencia con los enemigos de la divinidad de Jesucristo.
     Convenimos en que la Iglesia no habia consagrado todavía la palabra consubstancial para expresar este dogma, pero de esto no se deduce que este dogma no fuera aun creído, porque se expresaba por otros términos lo que este significa, diciendo que el Hijo o el Verbo es eterno y perfectamente igual al Padre. Si los arrianos hubieran querido expresarse de la misma manera, no se les habría condenado.
     Mosheim añade que si se consideran los medios que emplearon los nicenianos y los arrianos para defender sus opiniones, apenas se podrá decidir cual de los dos partidos excedió mas los límites de la probidad, de la caridad y de la moderación, lbid. § lo.
     No nos detendremos en refutar la indecencia del nombre de nicenianos que por desprecío se da a los católicos; Mosheim pudo llamarlos también homoousianos, como hacian los arrianos; pero sí les preguntaremos en qué han violado los católicos la probidad respecto de sus adversarios. Que los arrianos hayan estado en general de mala fe, nos parece incontestable: pero los católicos ¿han empleado como ellos los equívocos, las expresiones capciosas, las falsas protestas de zelo hacia el grado del dogma, las falsas promesas de paz, etc., de que se servían los primeros para conseguir sus fines? Es verdad que Mosheim ha tenido a bien acusar a San Ambrosio y otros obispos de haber supuesto falsas reliquias y milagros para imponer a los fieles y confundir a los arríanos; pero ¿está probaba esta acusación? Por lo que respecta a la falta de caridad, no vemos en que sean culpables los católicos porque se hayan defendido tanto como les fue posible contra herejes audaces, violentos, sediciosos, que abusaban de la autoridad de los emperadores a quienes habían seducido, y que hicieron los mayores esfuerzos para destruir la fe de la Iglesia. Leemos que los arrianos hicieron muchos mártires, pero en ninguna parte encontramos que los hubiera entre ellos: no es pues cierto que los católicos hayan violado tanto las reglas de la moderación como los arrianos. Despues de 70 años de turbulencias no podemos reprobar el que Teodosio dictara leyes severas contra estos últimos; no se vió obligado a derramar sangre para hacerlas ejecutar.

     IV. La razón de esta parcialidad de Mosheim y de los protestantes a favor del arrianismo, no es difícil de averiguar; es porque se vió renacer esta herejía en el siglo XVI de los principios del protestantismo. Desde que Lutero y Calvino establecieron como máxima, que la única regla de fe es la Sagrada Escritura interpretada según le agrada a cada uno en particular, se encontraron predicadores que pervirtieron el sentido de los pasajes por los cuales se prueba la distincion de las tres personas de la Santísima Trinidad, su coexistencia eterna, su igualdad perfecta, y la unidad de la naturaleza divina; así la divinidad de Jesucristo se ha hecho para ellos un problema. Lutero mismo y Calvino hablaron de este misterio en términos muy capaces de hacer dudar de su fe, (Híst. del socinianismo, 1° part. c. 3). Muchos anabaptistas, que salieron de la escuela de Lutero, predicaron el arrianismo en Suiza, Alemania y Holanda; Okin y Bucero, bajo el reinado de Eduardo VI, arrojaron los primeros gérmenes en Inglaterra. Servet trató de establecerlo en Ginebra, Calvino le castigó con el último suplicio. El temor de sufrir la misma suerte separó de Ginebra a Gentilis, Blandatra y otros que sostenían este error; se retiraron a Polonia, en donde encontraron protectores, y fundaron sociedades arrianas. Los dos Socinos, tio y sobrino, consiguieron reunirlos a todos poco mas o menos bajo la misma bandera, y dieron así su nombre a toda la secta.
     Los protestantes, avergonzados con esta posteridad que salió de su seno, trataron en vano de sofocarlos con todas sus fuerzas; en todas las conferencias y disputas que tuvieron con los socinianos, estos les han hecho ver que con solo la sagrada Escritura no les podían convencer nunca de error; y cuando han tratado de emplear contra ellos la tradición, el sentir de los Padres y la creencia constante de la Iglesia cristiana, echaron en cara con razón a los protestantes el contradecir el principio fundamental de la reforma, y de recurrir a un arma a que hicieron profesión de renunciar. La via de autoridad, las leyes penales, y los suplicios mismos que los protestantes emplearon mas de una vez hacia los nuevos arrianos, son una inconsecuencia todavía mas repugnante, pues que no han dejado de quejarse ellos mismos cuando los católicos echaron mano de estos medios contra ellos.
     Todos produjeron muy poco efecto; no impidieron que los socinianos penetrasen en la Transilvania, en la Prusia, en la Alemania baja, en Holanda y en Inglaterra, ni que se multiplicasen entre las diferentes sectas que gozaban de la tolerancia civil. En el siglo XVIII y XIX el arrianismo mitigado o el semi-arríanísmo ha encontrado muchos partidarios.
     Efectivamente, los nuevos enemigos de la divinidad de Jesucristo han comprendido, como los del siglo IV, que el arrianismo puro jamás podría prevalecer; nunca podrán persuadir a los que respetan la sagrada Escritura, que el Hijo de Dios es una pura criatura sacada de la nada en tiempo, y que no existia antes del nacimiento del mundo; aun todavía menos que Jesucristo no es mas que un hombre, aunque mas perfecto que los demás. Fausto, Socino y otros se han atrevido a decirlo, y vituperar el culto rendido a Jesucristo, pero han tenido pocos sectarios acerca de este punto. Estos han adoptado en el dia el semi-arrianismo poco mas o menos como Eusebio de Cesarea y otros lo sostenian; por esta razón rechazan el nombre de socinianos porque no siguen en rigor las opiniones de Socino. Dicen que el Verbo divino fue criado antes de todas las cosas; algunos hasta han dicho que ha sido criado ab aeterno, otros, sin usar el término de creación, dicen que las tres personas divinas son iguales en perfección, pero que hay entre ellas una subordinación de naturaleza en punto a existencia y derivación. Asi se expresa el doctor Clarke acusado de semi-arriano. (Mosheim, Hist. ecles. deI siglo XVIII al fin, nota del traductor inglés). No somos bastante hábiles para entender lo que significan estos términos. En 1777 se ha sostenido también el semi-arrianismo en Ginebra, en una tesis pública, y un folleto titulado Dissertatio historico-theologica, de Christi deitate. Los arminianos de Holanda y muchos teólogos anglicanos pasan por tener la misma opinion. No es de admirar que los protestantes en general tengan mucha menos aversión a los socinianos que a los católicos.
Abate Bergier
DICCIONARIO DE TEOLOGIA

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