sábado, 11 de mayo de 2013

EL CONOCIMIENTO MATERNAL

     Del conocimiento que nos hace presentes a nuestros protectores del cielo, con todas nuestras necesidades, nuestras alabanzas y nuestras oraciones.—De cómo nos ven en la luz misma de Dios por el acto de la visión beatífica.—Que la Santísima Virgen excede en este punto incomparablemente a todos los elegidos.—Solución de algunas dificultades.

     I. Los herejes, que en diferentes épocas han combatido el dogma católico de la intercesión de los Santos, no lo han rechazado todos en la misma medida. Unos, y este es el mayor número de ellos, han negado pura y simplemente que los elegidos de Dios quieran o puedan interceder en nuestro favor. Llegados al puerto de la beatitud eterna, ¿por qué se les había de ocurrir el interesarse por la suerte de los que luchamos en medio de la tormenta? Otros, sobre todo entre los secuaces de Lutero, se han avergonzado de atribuir a los bienaventurados habitadores del cielo una insensibilidad tan grosera. Les permiten orar por nosotros. Lo que niegan es su intercesión esté determinada en cuanto a las gracias que pidan y en cuanto a las personas por las cuales las piden. Los Santos conocen, en general y confusamente, las necesidades que afligen a los hombres y los peligros que nos rodean, lejos de la patria. Mas su conocimiento no se extiende más allá. Este conocimiento imperfecto les incita a solicitar para nosotros los beneficios de Dios; mas siendo impotente para iluminarlos sobre cada una de las personas y cada una de sus necesidades, no les permite ni oír nuestros votos, ni pedir para nosotros gracia alguna especial (Bellarm., de Beatitudine, L. I, c. 15).
     Semejante sentir, si fuera cierto, tendería a disminuir no sólo nuestra confianza en María, sino también nos llevaría a no dirigirle ninguna oración. ¿Para qué hablarle, si no nos oye? ¿Para qué exponerle nuestras miserias, si ella no las debe conocer ni nos conoce a nosotros? Además, ¿cómo podría su corazón moverse a compasión por males de los que no tiene sino una noción confusa y general, como conoceríamos los sufrimientos físicos y morales de los habitantes de una tierra abandonada por nosotros hace años o muchos siglos? Viendo a los infortunados y sus infortunios; oyendo sus gritos de dolor y sus voces suplicantes, es como el corazón se conmueve con el ansia de acudir en su ayuda. Por eso concederemos gustosos a los herejes que sea inútil invocar a los Santos del cielo, si ellos ignoran las penalidades particulares que nos afligen, y las oraciones que reclaman de ellos para nosotros socorros y piedad.
     Mas Dios no permita que permanezcan en esta ignorancia. Puesto que la Santa Iglesia siempre los ha invocado, puesto que es un artículo de nuestra fe que el recurrir a su intercesión es cosa razonable y útil, preciso es confesar que nuestras oraciones llegan a su conocimiento. Los textos, que aduciremos pronto, ponen esta verdad a toda luz. Sobre este punto no hay discrepancia entre los Doctores; de tal modo es cierta y clara la regla de nuestra fe.
     No sucede lo mismo cuando se trata de explicar el modo de este conocimiento. Según unos, este conocimiento tiene su origen en una revelación, revelación que proviene de los ángeles propuestos a la guarda de los hombres, o revelación hecha inmediatamente por Dios mismo. Lo que el bienaventurado no ve ni oye por sí mismo, lo sabrá porque se lo cuentan. Es un conocimiento indirecto y meditado, como el que tenemos apoyado en la autoridad de un testigo irrecusable. Según otros, y este es el parecer más común y mejor fundado sobre los testimonios y sobre la razón iluminada por la fe, los Santos nos conocen a nosotros, nuestras necesidades y nuestras oraciones directamente, inmediatamente, por intuición.
     Probémoslo, en general, para todos los elegidos del cielo; fácil nos será hacer después a María la aplicación particular de las autoridades y de los principios sobre los cuales está fundada la doctrina común.
     Es una verdad casi incontestable en Teología, que cada uno de los elegidos contempla, en la divina luz, todas las cosas de este mundo que puede tener interés o deseo legítimo de conocer. Las contempla, decimos, no con un conocimiento cualquiera, sino por el acto mismo con el que ve a Dios, con la misma intuición, en la misma lumbre de gloria. Por consiguiente, es una vista clara, sin velos, sin intermediario creado, semejante a la intuición con la cual Dios, viéndose a sí mismo, con la misma eternal mirada ve todas las cosas en Sí mismo. Este es un carácter de la bienaventuranza de los Santos; no es el más esencial, en verdad, pero pertenece a la plenitud de su felicidad y de su gloria. Según esta regla, formulada por el Angel de las Escuelas, los bienaventurados habitantes del cielo tienen conocimiento actual, inmediato, intuitivo de las oraciones que hacemos subir hasta ellos, como también de los honores que tributamos a sus gloriosos méritos.
     San Thom., 2-2 q. 83, a. 4 ad 2. Demos por entero la doctrina de Santo Tomás. Los Santos, ¿conocen nuestras oraciones? Esta es la pregunta; he aquí la respuesta: "Respondo que la esencia divina es por si misma un medio suficiente para conocer todas las cosas; y la prueba es que Dios, viendo esta esencia, todo lo ve en ella. De aquí no se sigue, sin embargo, que cualquiera que vea la esencia de Dios, lo vea todo en ella, como no sea que la comprenda (es decir, que la conozca tan completamente como es inteligible). Así como sería preciso la total comprensión de un principio para ver en él todas las verdades que de él proceden. Luego como las almas santas no tienen la comprensión de la ciencia divina, no conocen, contemplándola, todo lo que es posible ver en ella y por ella. Y por eso los ángeles inferiores son instruidos de algunas cosas por los ángeles superiores, aun cuando unos y otros ven la esencia divina.
     "Mas cada uno de los Santos ve necesariamente en la misma esencia tantas cosas diferentes de Dios, cuantas reclama la perfección de su bienaventuranza. Ahora bien; pertenece a la perfección de la bienaventuranza que el hombre posea todo lo que quiera, y que nada apetezca contra las leyes del orden. Por otra parte, es una cosa conforme a la rectitud de la voluntad que el hombre desee conocer todo lo que le atañe, ea quae ad ipsum pertinent. Puesto que ninguna rectitud falta a los Santos, ellos desean conocer cuanto especialmente les concierne, y por eso deben conocerlo en el Verbo.
     "Ahora bien: uno de los intereses de su gloria es acudir en ayuda de las necesidades espirituales de los hombres, sus clientes, porque de este modo es como son cooperadores de Dios, la más divina de las obras, según el testimonio de San Dionisio (Dionys. Areop., de Coclesli Hierar., c. 3). Es, pues, manifiesto que los Santos conocen lo que reclama un ministerio tan sublime, y, por consiguiente, es también incontestable que ven en el Verbo los votos, las devociones y las plegarias de los hombres que en ellos buscan su refugio" (San Thom., in Sent.. IV, D. 46, q. 3. a. I).
 
     La misma regla nos obliga a concluir que todos los seres de la Creación, todos los hechos que se desarrollan y desarrollarán en la larga serie de los siglos, todo, decimos, hasta los pensamientos más fugitivos o más escondidos en los repliegues de los corazones, está presente por la luz de la gloria en la mirada humana de nuestro Salvador, porque todo, sin excepción, se refiere a El, como al Rey Inmortal de los siglos, al Pontífice universal de la Creación, al Juez soberano de vivos y muertos.     San Thom., 3 p., q. 10, a. 2. Véanse sobre la misma doctrina a Suárez, de Deo. tr. I, 1. II, c. 28; ídem, de Religione, tr. IV, 1. I, c .10. n. 20: Ferraríens, in Summ. e: Gent., I. III, c. 59; Gabriel Biel, in Canon, lect. 3, iitt. E.; Dom. Soto y Capreol, en sus comentarios sobre el libro de las Sentencias, distinción, 40.
     Preguntábamos a veces si las personas que los lazos de la naturaleza o de la gracia han unido con más particularidad sobre la tierra se reconocen en el cielo. En cuanto a nosotros, jamás hemos sabido explicarnos cómo puede ponerse en duda este reconocimiento mutuo de los amigos de Dios. Dudar de ello sería olvidar lo que es la bienaventuranza o mirar como cosa indiferente los lazos más legítimos y los afectos más naturales. ¿Cómo? Aquí abajo sentimos tener que dejar a personas que nos son queridas, y nuestro deseo y felicidad consiste en volverlas a ver; los Apóstoles mismos, en sus cartas inspiradas, manifiestan este doble sentimiento, y allí donde todo es amor y caridad, ¿se llegaría a ser insensible? ¿Es esto creíble? Sí, ciertamente; los amigos y los parientes se reconocen en el cielo. Es poco decir esto. Cada uno de los bienaventurados es conocido de todos. "Y no será solamente por los rasgos fisonómicos por los que se conocerán, sino también por medio de una claridad incomparablemente superior... Llenos de Dios, los elegidos verán y se verán divinamente: Divine videbunt, quando Deo pleni erunt" (San August., Serm. 243. in diebus paschal., 14. n. 5. P. L.. 1. XXXVIII. 1146). ¿Y por qué cada uno de los elegidos contemplará así el viviente ejército de sus compañeros de gloria, sino porque tal espectáculo forma parte de su bienaventuranza?.     Véase lo que hemos dicho sobre este asunto en nuestra obra La Grace et la Gloire, 1. IX, ch. 4.
     ¿Exige esta bienaventuranza menos conocimiento del que ahora reivindicamos para los elegidos del cielo? O, por ventura, la divina esencia que contemplan y en la cual, como en un espejo purísimo, ven a sus hermanos del cielo, ¿no tiene, acaso, la misma virtud para representar las cosas del tiempo y las de la eternidad?
     Y no vayamos a figurarnos que esta doctrina sea una invención de la teología escolástica. Sus grandes maestros no acostumbran a introducir innovaciones en materias de esta importancia, aun cuando no juzguen oportuno en algún caso el citar las autoridades de los Santos Padres; mas en este punto tenemos buen número de testimonios explícitos, sacados de los escritos de los antiguos Padres de la Iglesia.
     El autor del tratado De la Virginidad, publicado con el nombre de San Basilio exhorta a las Vírgenes cristianas a respetar en todas partes las miradas de los ángeles y de los Santos, "porque, añade, no hay ninguno cuyo ojo incorpóreo no penetre por doquier" ...  
 
     Liber de vera Virginit, integritate, ad Letoium Melitin, episc., n. 29 append. Opp. S. Basilii, P. G., XXX. 729. Este tratado es bastante notable y digno por muchos conceptos del gran Doctor a quien muchos lo han atribuido. No obstante, aunque sea del siglo IV, dos cosas han impedido a los mejores críticas el tenerlo por obra suya: una cuestión de cronología suscitada la dedicatoria al obispo de Mitilene, y sobre todo la excesiva crudeza de las ideas y de las expresiones. No resistimos al placer de traducir el pasaje por entero. Entre los consejos que el autor da a la virgen cristiana, le recomienda: "Aun cuando esté sola, que no haga nada que sea indigno de su Esposo. Porque, aun en ausencia de todo ojo humano, la virgen misma está consigo, y debe respetar soberanamente su propia presencia... Así, pues, aun cuando estuviera completamente sola, que se respete ante todo a sí misma y a su conciencia, y que respete después a su ángel de la guarda. Porque sus ángeles —ha dicho Jesucristo— contemplan siempre el rostro del Padre que está en los cielos (Mateo, XVIII, 10). No conviene que tras de haberse substraído a las miradas de los hombres, no tenga en cuenta ni pare mientes en el ángel a quien el Señor ha confiado el cuidado de nuestra salvación: ella, sobre todo, que, siendo virgen, lo ha recibido para que sea el testigo vigilante y guardián de su virginidad. Más aún que a los ángeles, debe respetar a su Esposo, al Padre del Esposo y al Espíritu Santo. Mas, ¿qué necesidad hay de seguir esta enumeración? Que respete a los innumerables batallones de ángeles y de espíritus bienaventurados de los Santo: Padres. No hay uno solo cuya vista no penetre por doquier. Son invisibles a los ojos del cuerpo, pero su ojo incorpóreo abraza todas las cosas." Puédese creer que las últimas líneas envuelven alguna exageración; porque van más al!á de la regla establecida con tanta prudencia por el Doctor Angélico. Mas esto no prueba otra cosa sino lo bien persuadido que se estaba en aquellas edades de la verdad que defendemos. 
     San Agustín, en un sermón para la fiesta del mártir San Esteban, expresa la misma doctrina, cuando dice a San Pablo: "En unión de aquel a quien habéis apedreado reináis ahora con Cristo. Desde allí el uno y el otro nos veis; desde allí, el uno y el otro oís nuestras palabras. Orad los dos por nosotros. Aquel que os ha coronado a ambos, os escuchará". (San August., Serm. 376. in soleum. S. Stephani, 3, c. 5, P. L„ XXXVIII, 1434).
     "Nada impide tampoco, según el sentir de Santo Tomás, pensar que después del día del Juicio, cuando la gloria de los ángeles y de los hombres tenga su plenitud, todos los bienaventurados conozcan todo lo que Dios conoce por la ciencia de la visión, de tal manera, sin embargo, que cada uno, tomado por separado, no vea todas las cosas en la divina esencia. Mas el alma de Jesucristo lo verá allí todo, como lo hace desde ahora: los demás contemplarán en la luz de Dios objetos más o menos numerosos, según el grado de su visión intuitiva; y así será cómo el alma de Jesucristo podrá iluminar el alma de los elegidos, comunicándoles lo que Él ve más que ellos en el Verbo" (S. Thom., in IV Sent., D. 49 a. 5, ad 12). Se comprende por esta doctrina por qué los más elevados entre los ángeles y los Santos pueden también manifestar algunos secretos del cielo a los elegidos de órdenes y grado sinferiores, aunque todos están rodeados, si bien desigualmente, de una misma claridad. 
     Según los mismos principios, el Santo Doctor introduce en la inteligencia angélica lo que él llama el conocimiento de la mañana y el conocimiento de la noche, cognitio matutina, cognitio vespertina (San August., de Gen. ad litt., 1. IV, c. 22; de Civil. Dei., 1. XI, c. 7). Según la opinión que le pareció más verosímil a San Agustín, los días de la Creación de que se habla en el libro del Génesis no constituye un orden de sucesión en el tiempo, sino el orden con el cual cada categoría de los seres creados se presentaba a las inteligencias angélicas ("Sic ordo diei non fuit ordo temporis, sed ordo naturae, qui in cognitione Angeli attenditur secundum ordinem cognitorum ad invicem prout alterum altero est prius natura" (San Thom., De veritate. q. 8, a. 16). Según esta hipótesis, la mañana y la noche significarían dos modos de conocimiento. Por el primero, el Angel contemplaría a las criaturas de Dios en el Verbo, es decir, con la misma visión que le hace patente la divina Esencia; eso sería el conocimiento matutino. Por el segundo, las comprendería, no ya en Dios, es decir, por medio de la Esencia divina como forma inteligible, sino por medio de formas ideales impresas en su inteligencia, que la harían apta a representárselas en su naturaleza: esto sería el conocimiento vespertino.
     Sea lo que fuere de esta teoría tomada en sí misma, ella nos demuestra claramente el pensamiento de San Agustín sobre la cuestión que nos ocupa. En efecto; para que este doble conocimiento, y muy especialmente, para que este conocimiento de los seres creados en el Verbo, sino porque importa a la bienaventuranza de los espíritus celestiales el contemplar, no sólo la faz de Dios, sino también las obras de Dios; estas obras en las que se ejercitará su ministerio, bajo la custodia y por la voluntad de Dios. (
Santo Tomás ha expuesto perfectamente las ideas de San Agustín sobre esta cuestión (De Veritate, a. 16 y 17, Cf. p. 1. q. 58, ad 6 et 7). 
     Otro escritor eclesiástico, que sigue de cerca al ilustre Obispo de Hipona, Julián Pomera, reconocía en los Santos del cielo una ciencia no menos perfecta. "Allí no hay nada oculto para toda alma bienaventurada en cada una de las otras; las verá cara a cara, como el ojo de nuestros cuerpos contempla los rostros de carne. Y es que la pureza de los corazones será tal, que todos tendrán que dar gracias a Dios que los ha purificado y nadie tendrá que avergonzarse de las manchas del pecado, porque no habrá ni pecadores, ni pecados, y aquellos mismos que lo fueron en su vida mortal no podrán pecar más." ¿Creéis que no se trata aquí sino del conocimiento de sus compañeros de bienaventuranza? Escuchad lo que sigue: "Nada habrá ya secreto para los bienaventurados, porque sondearán en el más profundo de los secretos, en Dios mismo" (Julián Portier, De Vita contempl., 1. I, c. 4, 11. 1., P. L., LIX).
     Remontemos más alto en la serie de los siglos, y encontraremos testimonios equivalentes en favor de nuestra tesis. Es Orígenes quien va a atestiguarlo en términos de claridad maravillosa: "Así como, escribe este gran hombre, la sombra sigue al cuerpo, así la benevolencia de los ángeles y de las almas bienaventuradas nos acompaña cuando Dios nos es propicio. Porque ellos conocen a los que son dignos de la divina misericordia... Me atrevo a decir que cuando los hombres, deseosos de entrar por un camino mejor ofrecen a Dios sus oraciones, una muchedumbre de Santas Potestades ora por ellos, aun sin ser solicitada" (
Origen, c. Celsum, 1. VIII, n. 64, P. G.. XI. 1612, sq.). Cosas todas que suponen de un modo manifiesto el íntimo conocimiento del estado de las almas, de sus disposiciones y de sus plegarias, conocimiento que no con menor evidencia se supone en esta invocación hecha por San Gregorio Nacienzemo a San Atanasio: "Que podáis desde el alto cielo arrojar sobre nosotros una mirada de benevolencia y gobernar a este pueblo, adorador de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo" (San Gregor. Paz., Or. XXI, n. 27, P. G., XXXV, 1128).
     Esta doctrina ha sido cantada de igual modo en sus versos por los antiguos poetas cristianos; sirvan de testimonio los pasajes en que Prudencio, el más ilustre de entre ellos, nos representa a los Santos y a los Mártires oyendo nuestras súplicas y llevándolas a los oídos del Rey eterno, viendo desde lo alto del cielo los honores rendidos a sus huesos sagrados, y mezclando ante Dios sus invocaciones a nuestros ruegos.
     San Gregorio el Magno está tan lejos de rehusar a las almas, ya en posesión de la eterna bienaventuranza, particular conocimiento de las cosas humanas, cuando en alguna manera les interesan, que casi parece que lo exagera. "¡Cómo, en efecto, pregunta, almas que contemplan cara a cara el esplendor de Dios Todopoderoso y en el se sumergen, podrían ignorar las cosas que están fuera de Dios?" (
S. Gregor. M., Moral, 1. XII, c. 21, P. L.. LXXV, 999).
     Y más adelante: "¿Qué pueden ignorar de las cosas capaces de ser conocidas, ellas que están en la fuente de la sabiduría, viendo con sus ojos al que todo lo sabe?" (
Idem, Dialog., 1. IV, c. 33, P. L., LXXVII, 376).     Textos tan explícitos, que el venerable Hildeberto, Obispo de Maus, los oponía victoriosamente a los herejes de su tiempo, que negaban la invocación de los Santos, bajo el pretexto espacioso de que éstos no saben ni lo que hacemos ni lo que les decimos en nuestras oraciones (Hidebert. Cenom., ep. 23, P. L„ CLXXI. 339 y sigs.).

     II. Decíamos al empezar este capítulo que en la cuestión presente hay dos cosas que considerar: el hecho del conocimiento, y el cómo de este conocimiento. En cuanto al hecho, no hay duda posible; mas el cómo no va acompañado de igual certidumbre. No está permitido rechazar el hecho del conocimiento; se puede, sin embargo, sin ir contra la doctrina católica, diferir de opinión sobre el modo. Tal es, sin embargo, la fuerza de las razones dadas por el Doctor Angélico y por los teólogos que le siguen, y tal el significado de los textos que nos ofrecen los Santos Padres y los escritores eclesiásticos, que la explicación sacada de la visión beatífica es la más probable entre todas, por no llamarla moralmente cierta. No sabemos si entre los textos citados en las páginas precedentes hay uno solo, salvo, quizá, el de Orígenes que pueda admitir una interpretación diferente. Por lo demás, el estudio de otras formas de conocimiento, propuestas por algunos teólogos, no haría a nuestro parecer, sino aumentar el brillo y la evidencia de la verdad del primero.
     En efecto; si pretendéis que los Santos del cielo conocen nuestras necesidades y nuestras oraciones por la mediación de los ángeles, preguntaremos: Pero, ¿y los ángeles, cómo las conocen cuando se trata de cosas encerradas en el secreto de los corazones? Seguramente, no puede ser por sus fuerzas naturales. El espíritu creado no alcanza a sondear los corazones y las entrañas, es decir, hasta penetrar en lo más íntimo de las almas. Esto es privilegio de Dios. No ignoramos que nuestros pensamientos y nuestros afectos, aun los más espirituales, tienen su repercusión en las facultades orgánicas, y éstas no escapan a las miradas de los espíritus puros. De consiguiente, lo que el ojo de los ángeles no alcance inmediatamente, podrá revelárseles por la manifestación que tenga en la sensibilidad (
Véase La dévotion au Sacré Coeur de Jesús, 1. II, ch. 4). Mas, fuera de que el conocimiento adquirido así no es de ordinario absolutamente cierto, no es creíble que los ángeles, propuestos para nuestra guarda, estén reducidos a medios de investigación propios tanto de los malos espíritus como de los celestiales mensajeros de Dios. El ángel, pues, deberá, o recibir por sí mismo la revelación divina, o ver por intuición en la luz de Dios las oraciones y las necesidades que está encargado de manifestar. Y, ¿por qué este rodeo? ¿Acaso no es mucho más sencillo y más digno de la eterna sabiduría que los Santos mismos reciban inmediatamente esta divina revelación o vean directamente en Dios lo que les importa saber?
     Y aun cuando se admitiera esta hipótesis por lo que mira a los demás Santos, habría una razón especial para no aplicársela a la Madre de Dios. En el cielo y en las jerarquías angélicas, las revelaciones no suben de los órdenes inferiores a los superiores; descienden de las cimas a los espíritus más próximos, por su perfección, al manantial de toda luz. ¿Y se pretendería, teniendo en cuenta esto, que la Reina de los Angeles y de los hombres tuviera necesidad de interrogar a los espíritus angélicos para conocer por ellos lo que pasa en su imperio, quién la invoca y para qué la invocan?
     Y no se objete que esta bienaventurada Virgen conoció por un Angel la elección hecha de Ella para ser Madre de Dios El Angel de las Escuelas resuelve esta dificultad en el mismo lugar en que trata de la conveniencia de la Anunciación. Daremos, para mayor claridad, la objeción tal como él mismo la presenta y la respuesta que le sigue.
     Así, pues, dice el Santo Doctor, parece que no convenía que el anunció del gran misterio se hiciera por medio de un mensaje angélico, porque, según el Areopagita (
Dionys. Areop., De Coelesti hierarchia, c. 7), cuando se trata de ángeles superiores, es Dios mismo y por Sí mismo el que les hace las revelaciones. Con mayor razón parecía que el misterio de la Encarnación debía haber sido revelado mediatamente a María, es decir, por ministerio de un ángel.
     ¿Negará Santo Tomás el principio? No; su respuesta lo supone. "Sí, dice, la Madre de Dios estaba muy por encima de los ángeles, si considera la dignidad para la cual Dios la había escogido; mas, en cuanto al estado de la vida presente, les era inferior. En efecto; Cristo mismo, en razón de su condición pasible, ha sido abatido un poco por debajo de los ángeles, como lo afirma San Pablo en su carta a los hebreos (
Hebr., II, 7); mas, porque Cristo era comprensor, aun el estado de viador, no tenía necesidad alguna de aprender nada de los ángeles; la Madre de Dios, por el contrario, no estando de ninguna manera en la categoría de los comprensores, debía ser instruida de la concepción del Hijo de Dios por un mensaje angélico" (San Thom., 3 p., q. 30, a. 2, ad. 1). En la actualidad, no es sólo por la prerrogativa de su maternidad, sino también por la incomparable sobreeminencia de su gloria, por lo que María domina todas las jerarquías celestiales. Por consiguiente, no le conviene ya el mendigar de los ángeles el conocimiento de las cosas y de los hechos relativos a su misión. Dios sólo es el Maestro que debe inmediatamente comunicárselo.
     Si, dejando a un lado la primera explicación, recurrís a la segunda, las dificultades, aunque menos importantes, no por eso quedan descartadas. Preguntaríamos: ¿Por qué no concedéis a los elegidos glorificados, y, sobre todo, a su Reina, un modo de conocimiento distinto de aquel con el que gran número de entre ellos fué tan liberalmente favorecido, cuando aún estaban en la vía? ¿Por qué estos mismos elegidos no serían en este punto de mejor condición que las almas de los justos detenidas en las puertas del cielo, por no haber aún satisfecho plenamente a la divina justicia? Porque ellas también conocen muy probablemente por revelación divina los sufragios ofrecidos a Dios por su libertad. ¿Cómo, finalmente, los bienaventurados habitantes del cielo, participando con tanta largueza de la ciencia de la visión, verían que quedaban excluidos del número de los objetos que ellas les representa, aquéllos precisamente que más les importa conocer? Por tanto, no solamente los Santos del cielo no ignoran ni nuestras oraciones, ni nuestras alabanzas, ni las necesidades generales y particulares que tenemos de su protección, sino que son cosas que ven en Dios, en la luz de Dios, con la misma mirada que les manifiesta la inefable esencia de Dios.
     Esta es la doctrina afirmada por el célebre Concilio de París, denominado también Concilio de Sens, celebrado poco después de la rebeldía de Lutero, y contra los extravíos del innovador. A esta objeción de que es inútil invocar a los Santos, puesto que no oyen nuestras oraciones y no se conmueven con nuestros males, los Padres responden: "Que esta razón está en oposición, no sólo con la verdad, sino también con las Sagradas Escrituras, y no le costará trabajo comprender esto a aquel que no ignore que los elegidos del cielo tienen manifiesto a sus ojos el espejo omniforme de la Divinidad, en el cual resplandece para ello todo cuanto les interesa: facile intelligit qui beatis pervium esse non ignorat omniforme illud divinitatis speculum, in quo quidquid eorum intersit illucescat" (
Concil. Parisiense (vulgo Senonense, a. 1528, in decreto fidei, 13). Cf. Concil. Labl., t. XIV, p. 456. Lutet. París, 1672).

     III. ¿Qué diremos ahora de la Madre de Dios y de los hombres, sino que posee el mismo conocimiento, pero en un grado sobreeminente, más lleno y perfecto que todos los bienaventurados juntos? Esto es lo que ya nos han dicho varios testimonios de la tradición. Las pruebas son indiscutibles y de una claridad que se impone. Efectivamente; si este conocimiento está en proporción de la bienaventuranza, ¿no es evidente que, sobrepujando la bienaventuranza de la Divina Madre casi infinitamente a la felicidad de cualquier otro elegido de Dios, la ciencia que tiene de nuestros votos, de nuestras necesidades y de nuestro amor por Ella y de nuestras alabanzas, debe alcanzar una perfección no igualada?
     Llegamos a la misma conclusión si consideramos las razones especiales que reclaman esta participación de la ciencia divina. Es, por una parte, el interés que pueden tener los Santos en conocer los hechos en cuestión, y, por otra, el legítimo deseo que de ello es consecuencia natural. Ahora bien; ¿no es evidente que por todos estos títulos la Santísima Virgen debe tener un conocimiento muy perfecto y muy universal de los peligros y de las miserias humanas; en una palabra, de cuanto se relacione con la vida sobrenatural de los hombres? Recordemos lo que es para nosotros María, en el orden de la gracia y de la salvación: la Asociada del Salvador, la Madre de aquéllos de los que El es Redentor y de quienes es Padre su mismo Padre. Puesto que su cualidad de Redentor vale a la Santísima Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo la participación llena y total de la ciencia de visión, que está en Dios, ¿será exageración el decir que la bienaventurada Virgen, comulgando en este doble título de un modo tan excelente, no ignora nada de lo que concierne a los rescatados por Jesucristo?
     Mas lo que nos dará a comprender mejor hasta qué punto este conocimiento debe ser propio suyo por excelencia, es, ante todo, su título de Madre de Dios y Madre de los hombres. ¿No es, en efecto, deseo muy legítimo en una madre el conocer, en cuanto esto es posible, todos los casos, todos los sentimientos, todas las enfermedades y necesidades del hijo querido de su corazón, sobre todo cuando ese hijo puede constantemente tener necesidad de su asistencia? Ahora bien; no sólo somos hijos de María, sino que además, somos niños pequeños en el período de su crecimiento; niños que miles de peligros cercan por todas partes, rodeados de enemigos que han jurado nuestra perdición.
     Recordamos haber leído la carta tan ingenua y conmovedora que el angélico San Estanislao de Kostka, cinco días antes de la fiesta de la Asunción y de su dichosa muerte, confiaba en las manos de San Lorenzo para que la ofreciera de su parte a la Reina del cielo. El santo joven suplicaba en ella a María, su Madre, que le hiciera la gracia de llamarle a su presencia; no podía ya vivir lejos de Ella, y era para él morir mil veces el no verla. Se sabe que esta súplica fué escuchada y literalmente concedida. Mas estamos persuadidos de que María, en su amor por nosotros, desea aún más que nosotros el tenernos presentes, a lo menos por una visión continuada. Y como es la bienaventurada por excelencia, su deseo se cumple. Un niño con los ojos vendados, bajo la mirada de su madre; he aquí lo que somos perpetuamente y en todas partes para María. No es así, nos equivocamos: su mirada no se parará, como la de esta mujer, en la superficie, en lo exterior; penetra hasta lo más ánimo de nuestro ser, y nada de lo que nos concierne se escapa a su clarividencia.
     Esta doctrina no descansa solamente sobre autoridades y razones que pueden aplicarse a todos los Santos del cielo. Además de lo que haya peculiar para María en las consideraciones que preceden, sería fácil traer bastantes testimonios en los que la ciencia que atribuímos a la Madre de los hombres está especialmente confirmada. Escuchad, por ejemplo, a Severiano, obispo de los Gabalos y contemporáneo de San Juan Crisóstomo, esbozando un contraste entre la antigua y la nueva Eva: "Hasta aquí, quiero decir hasta la concepción bienaventurada del Hijo de Dios por María, cuando se hablaba de Eva, era para compadecerse de ella y para decir: "¡Oh, desgraciada, qué gloria perdió y cuánto debió sufrir! María, por el contrario, es hoy proclamada por todas las voces Bienaventurada... Y, ¿qué le importa, diréis, puesto que no las oye? Os engañáis, nos oye, porque habita en un lugar espléndidamente iluminado, en la región de los vivos, Madre de salvación, fuente de la luz inteligible y sensible: inteligible en la divinidad, sensible en la humanidad" (
Severian., De mundi Opificio, otra. 6, P. G., LVI, 498. Severiano, protegido de la Emperatriz Eudoxia, tuvo la debilidad de contarse entre los adversarios de San Juan Crisóstomo).
     Siete siglos más tarde, el bienaventurado Amadeo de Lausana contemplaba "a la gloriosísima, purísima y dulcísima Virgen María... asentada en el reino de la luz eterna, sobre un trono de gloria incomparable, la primera después del Hijo que llevó en su seno... Allí, siempre presente ante la faz del Creador, con sus singulares méritos intercede continuamente por nosotros con oración poderosisima: prece potentísima. Alumbrada de esta luz para la cual todo está patente manifiesto, ve nuestros peligros todos, todas nuestras necesidades, y, con corazón dulce y clemente, nos mira con piedad. Los animales sagrados de que habla Ezequiel, aun estuviesen llenos de ojos, no podían, como la Santa Madre de Dios, ver los trabajos de los hombres, sus sufrimientos, sus caídas, sus ceguedades, sus enfermedades, sus extremados peligros, las inciertas salidas de sus vidas, todos los males, finalmente, que pesan sobre la raza humana; menos aún podían libertarlos de ellos, por medio de un auxilio celestial. Cuanto más hunde Ella su mirada en el corazón del Rey de los reyes, tanto mejor sabe, por la gracia de la bondad divina, mirar con ojos compasivos a los afligidos y acudir en socorro de los miserables".
     B. Amand. Lausan., hom. 8 De B. V. M. plenitudine.... P. L., CLXXXVIII, 1343 y sígs. Explícase por esta doctrina el ingenuo pasaje en que San Bernardino de Sena nos muestra a la Virgen saludando desde lo alto del cielo a los que la saludan desde la tierra.
     No será inútil rechazar algunas objeciones; aunque este trabajo no sirviera más que para proyectar un poco más de luz sobre la cuestión tratada en el capítulo presente, no sería inútil. Las tomaremos casi todas de los escritos del Doctor Angélico. Y, ante todo, a los que pretendieran encontrar en semejante conocimiento de nuestras miserias una fuente de tristeza para los Santos, el Angel de las Escuelas les hace observar con justicia que la plenitud de su alegría no deja lugar alguno para el dolor, aunque no excluya la conmiseración. ¿No es esto lo que hay que admitir, lo queramos o no, respecto a nuestro Divino Salvador? Ahora bien; lo que es verdadero en Él, debe serlo, por igual razón, en sus elegidos y en su Madre.
     Las siguientes palabras de Santa Inés de Foligno prueban que aun antes de la visión bienaventurada los transportes de una santa alegría no son incompatibles con una contemplación que fuera por su naturaleza la más desconsoladora: "En el momento en que menos podía pensarlo, fui arrebatada en espíritu y vi a la Virgen en la gloria. ¿Podía una mujer ser colocada sobre un trono semejante y con tal majestad? Este sentimiento me inundó de inefable alegría. Esta gloria era posible en una mujer. Esto existe y yo lo he visto. Estaba de pie, orando por el género humano: la aptitud que proviene de la bondad y la que proviene del poder daban a su oración inenarrables virtudes. Yo estaba transportada de felicidad a vista de esta oración. Ahora bien; mientras miraba a la Virgen, de pronto Jesucristo apareció cerca de ella, revestido de su humanidad glorificada. Tuve conocimiento de los dolores que esta carne había sufrido, de los oprobios que había soportado, de la cruz que había llevado; las torturas e ignominias de la Pasión fueron impresas en mi espíritu. Mas he aquí lo más maravilloso: el sentimiento de los inauditos tormentos que Jesús ha sufrido por nosotros, de los que yo tenía conocimiento: este sentimiento, en vez de destrozarme de dolor, me transportaba de alegría. Enajenada en una felicidad inenarrable, perdí la palabra y esperé la muerte" (Le livre de vis. et inst. de Sainte Angela de Foligno, traducido por Ern. Hello), ch. 44).
     Si decís que sólo a Dios pertenece el sondear los corazones, y que Él solo, por consiguiente, puede en ellos leer nuestras oraciones y nuestros votos, la solución se encuentra ya en las anteriores páginas. Sin vida, Dios sólo conoce por Sí mismo los pensamientos de los corazones; mas, ¿sigúese de aquí que nos los puede revelar sobre-naturalmente a los elegidos, sea por la visión de su Verbo o de cualquier otra manera? Por lo demás, aquí no se trata sino de almas bienaventuradas. Por consiguiente, todo lo que pudiera oponerse a ello, alegando textos de los Padres o de la Sagrada Escritura que se refieren a otras almas, separadas de sus cuerpos, y que no han entrado aún en la gloria, no tiene peso alguno en la cuestión presente (San Thom., in Sent., IV, D. 45, q. 3, a. I ad. I y sígs.).     Pero la alegría beatífica, o, para decirlo mejor, la visión clara y perfecta de la infinita hermosura, ¿no absorbe tan completamente la atención de la inteligencia que no pueda prestarla a otros objetos? A esto, dos respuestas se dan. Primera respuesta: aun cuando se tratara de aprender estos objetos por medio de actos diferentes de la visión beatífica, el alma bienaventurada se inclinaría hacia ellos con entera libertad. Es, en efecto, privilegio singular del estado de gloria que las operaciones que en nuestra condición de mortalidad se estorban hasta neutralizarse las unas a las otras, conservan en ella cada una su ejercicio normal, tanto más perfecto cuanto la intuición divina es más levantada (Véase nuestra obra La Grace et la Gloire, 1. X, ch. 5). Pero aquí ni siquiera tenemos necesidad de apelar a estas nociones, porque en un mismo acto, en una sola y misma luz es como ven los Santos la divina esencia y los objetos secundarios que son nuestros votos, oraciones y males. Aún más: puesto que esta divina esencia es el espejo infinitamente puro en que estos objetos resplandecen a su vista, más vivo, más profundo y más arrebatador es el conocimiento que de ellos tienen, y más el campo de su visión se extiende por el dominio de las cosas creadas. ¿Por qué Dios, contemplándose a Sí mismo, ve en Sí mismo todos los seres, los que participan de la existencia y los que permanecerán eternamente posibles en la noche de la nada? (Rom., IV, 17). Porque posee la comprensión de su esencia. Así pues, cuanto más la Santísima Virgen ve a Dios, cuanto más se embriagaba, en este océano de luz, con mayor certeza también debemos afirmar que tiene la plenitud del conocimiento que reclama por tantos títulos.
     Veamos, para terminar, una sola objeción que nace de la doctrina expuesta hasta aquí. Una de dos: o María, al rogar por los hombres conoce el resultado de su plegaria, o lo ignora. Si escogéis la segunda hipótesis, ¿cómo podréis conciliaria con la perfección de ciencia que acabáis de defender? Si optáis por la afirmativa, parece que María no podrá ni deberá orar. Efectivamente; ¿para qué orar, si sabe por adelantado que Dios quiere conceder la gracia pedida? ¿Para qué orar, en el caso contrario, cuando no ignora que su petición no tendrá efecto?
     Debe notarse, ante todo, que no se trata aquí del conocimiento que María tenga de las voluntades divinas, sino de cosas que atañen a sus hijos de adopción. Por consiguiente, la dificultad propuesta está al margen de la cuestión presente. Hecha esta advertencia, examinemos la objeción.
     Suárez, de quien la tomamos, concede primeramente que la bienaventurada Virgen conoce, antes de orar, si Dios Nuestro Señor quiere o no cenceder los favores que Ella solicita. Ahora bien; ni en un caso ni en otro su oración deja de ser útil. No lo es cuando la gracia va a ser otorgada, porque María ve al mismo tiempo que en los divinos consejos la concesión de la gracia debe ser el resultado de su oración. No lo es tampoco cuando la gracia no es de aquellas que quiere Dios hacer a su criatura, porque, pidiéndola con entera sumisión de corazón a la voluntad divina, la Madre imita al Hijo orando al Padre que aparte de Él su cáliz, aun cuando sepa, sin duda alguna, que su oración no va a ser escuchada. Para Jesucristo, éste era el grito de la naturaleza extenuada, pero sumisa, libre y totalmente al querer divino; para María es como la expresión natural de su amor de Madre, pero con un abandono parecido. Ni para el uno ni para la otra es la petición absoluta; el uno y la otra, de consiguiente, son agradables a Dios por este acto que Él inspira y aprueba. Porque así es como Él mismo quiere con amor de complacencia la salvación de todos los hombres, aunque no tenga la voluntad absoluta de salvarlos a todos (
Suárez, De Religione, t. II. tr. IV, 1. I, c. 11, n. 3, sq. Cf. S. Thom., in Sent.. IX, D. 45, q. 3, a. 3).
     Y por esta razón la Virgen y los Santos pueden pedir aún la perseverancia final para pecadores de los que saben a ciencia cierta que deben ser un día del número de los réprobos, no con una oración incondicional, sino de la misma manera con que Jesucristo decía en el huerto de los Olivos: "Padre mío, si es posible, pase de Mí este cáliz", de la misma manera también como ofreció su sangre por la salvación de todos los hombres, aunque entonces ya conociera cuáles serían los hijos de perdición.
     Se ve por todo lo anterior cuán justo es este conmovedor pensamiento de Ricardo de San Víctor:
     "Ad te ergo matrem misericordiae matrem miserorum clamant exules filii Evae, clamant ipsae miseriae. Habet enim miseria clamorem, et vallis haec lacrymas: vallis est enim lacrymarum, adeo ut, si ipsi miseri non clament, ista auribus tuis insonent. Non possunt haec ante te silere, nec auditum tuum latere, eo quod aures audiendi miserias habeas, et te has scire sit eas audire" (Ricard. a S. Victore, in Cant. Cantic., c. 24, P. L., CXCVI, 475).

J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y LA MADRE DE LOS HOMBRES 

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