domingo, 26 de mayo de 2013

LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA (9)

Por Dr. Pbro Joaquín Saenz y Arriaga 
(Págs. 83-93)

Nuestro humilde comentario al retórico discurso de Su Eminencia. 

     No podría yo dejar sin comentario este discurso del Cardenal Legado a látere, ya que en él encuentro no sólo las huellas inconfundibles del "progresismo" triunfalista, sino el temario y, por así decirlo, la consigna preconcebida y prefabricada de todas las actividades del Trigésimo Nono Congreso Eucarístico Internacional de Bogotá. El Cardenal Lercaro fue sincero y, en medio de las alusiones oportunas de la Eucaristía y del Evangelio, aducidas de refilón y, como quien dice, algún tanto forzadas, nos presentó, casi al desnudo, sus tendencias reformistas y socializantes.
     a) Después de los acostumbrados saludos a sus distinguidos oyentes —recuerdo de los tiempos preconciliares— en los que Su Eminencia demostró su habilidad diplomática, su formación clásica y la profunda conciencia, que él sentía, en aquellos momentos, de la enorme misión que se le había confiado, el Legado Papal recuerda y anuncia a todos los oyentes la próxima presencia de Su Santidad Paulo VI, el primer Sucesor de Pedro, que pisará las tierras latinoamericanas.
     b) Hecho el cumplimiento y el anuncio, y ganados así los oyentes, el Cardenal hace una breve síntesis de los misterios eucarísticos, relacionando el Sacrificio cruento del Calvario con el Sacrificio incruento del Altar. Es un recuerdo de la doctrina solidísima, inmutable, infalible del Concilio de Trento, que, con la luz indeficiente del Espíritu Santo, nos enseña los dogmas concretos y definidos de la verdad revelada, sobre esas efusiones supremas del Amor de Cristo hacia los hombres. Ese mérito reconocí, desde entonces, en el discurso del Cardenal Lercaro: habló del Sacrificio Eucarístico, prolongación del Sacrificio de la Cruz.
     c) Viene después la transición, que es hábil y en la que el legado insinúa ya el tema de su propio discurso: "Nos percatamos no obstante nuestro orgullo, de que las posibilidades a nuestro alcance, en vez de ayudarnos a construir, en el mundo, una morada de proporciones humanas, nos sirven, a menudo, para excavar abismos y sembrar ruinas".
     Y por eso pedimos misericordia. No tanto por los pecados con que hemos ofendido a la Majestad Divina; por las deshonestidades, por la irreligiosidad que reina en el mundo, por los horribles sacrilegios con que hoy, a título de "aggiornamento" se profanan nuestros templos y las más Sagradas Ceremonias de nuestra Liturgia, por la soberbia insolente con que hemos condenado la Iglesia del pasado, sus mismos dogmas, sus venerandas tradiciones, su disciplina, sus leyes sapientísimas, sus antiguas definiciones de anteriores Concilios, las enseñanzas supremas del Magisterio, pronunciadas por los Papas antes de Juan XXIII.
     Pedimos misericordia, no por la confusión ideológica, que nos envuelve; no por la apostasía de tantos sacerdotes y aun obispos, que han abandonado su sagrado ministerio, para entregarse, sin traba alguna, a los deleites del tálamo. Pedimos misericordia, no por ver la división honda, profunda, irreconciliable, que reina entre los que se dicen católicos, en puntos vitales de doctrina y moral, y que ha desgarrado la túnica inconsútil de Cristo. Pedimos misericordia no por el derrumbe de la vida religiosa, en comunidades ejemplares, en cuyo seno florecieron, en otros tiempos, las virtudes más heroicas y perfectas de la santidad cristiana. Pedimos misericordia no por la rebelde actitud con que hoy se reciben las mismas enseñanzas pontificias, aun por las Conferencias Episcopales, como por ejemplo, en los casos, en que no aceptaron con sincera y completa sumisión la Encíclica "Humanae Vitae", en la que el Papa nada nuevo enseña, ni promulga, sino tan sólo dice que la ley natural, la ley eterna de Dios, condena todos los medios anticonceptivos, lo mismo entre católicos, que entre judíos, protestantes o paganos.
     Todos esos, aunque enormes pecados, aunque nos tienen muy alejados de Dios, no nos angustian tanto, cuanto el darnos cuenta de que, pese a nuestras enormes posibilidades, no hemos podido construir un mundo mejor, una morada de proporciones más humanas. Esas posibilidades tan sólo nos han servido "para excavar abismos y sembrar ruinas".
     La sagrada Escritura nos enseña que "no tenemos aquí una ciudad permanente", que somos los peregrinos de la eternidad; "que no tienen comparación los sufrimientos de esta vida presente con la gloria futura que nos ha sido revelada". Pero, esa es una visión equivocada de la vida. El hombre no puede vivir de puras esperanzas. Por eso Su Eminencia quiere mudar en nosotros esas ideas ya caducas, para ofrecernos un mundo mejor, un mundo más humano, un mundo sin abismos, ni ruinas: un humanismo integral, en el que desaparezca para siempre la amenaza de la guerra; en el que el desarrollo armónico de todos los pueblos, su igualdad económica y cultural, su amistoso y permanente diálogo conviertan a este mundo de un valle de lágrimas en el paraíso perdido.

     d) Con audaz figura retórica, se compara el Cardenal Legado a Juan el Precursor de Cristo, para interpretar después su predicación de penitencia y hacerla suya, en aquellos momentos excepcionales, en que se aproximaba de nuevo, en cierto modo, el Reino de Dios. El Bautista anuncia la llegada del Mesías y su próxima revelación al mundo. Su Eminencia, como un precursor del Vicario de Cristo, en esta tierra de América, hace suya la predicación de Juan, la invitación que él hizo al pueblo de una completa transformación, por la penitencia, para preparar debidamente los caminos del Señor, la próxima e inminente visita de Su Santidad, el Papa Paulo VI.
     La penitencia, para el Cardenal Lercaro, es una "metanoya", una revisión de nuestra conciencia, de los rumbos de nuestra vida, de nuestros criterios, de nuestras actitudes espirituales individuales y de nuestros procederes sociales. Una revisión a la luz y frente a frente del Evangelio.
     e) Esta revisión, a juicio del Legado, se impone, ahora más que nunca, al inciarse este grandioso Congreso, el cual se enmarca en un contacto histórico, preñado de presentimientos, de promesas, de esperanzas y de temores.
     Esta es la expectación del "progresismo", convencido de que un mundo nuevo y una nueva humanidad están naciendo. Nos encontramos en la aurora de un nuevo y esplendoroso día, de una risueña y esplendorosa primavera del mundo y de la Iglesia, en la que desaparecerán las injusticias, los desniveles sociales, las viejas estructuras, para establecer entre nosotros el reinado benéfico del socialismo, que, a juicio del obispo de Metz "es un hecho inevitable de la historia, es una gracia". (Bulletin officiel de l'évéché de Metz, num. 134, 1 de septiembre de 1967).
 

     f) Para hacer esta revisión, hay que volver a las "fuentes". Una revisión a la luz y frente a frente del Evangelio. La Iglesia, depositaría e intérprete de la palabra de Cristo, no cesa nunca de referir al Evangelio las situaciones históricas contingentes. Compararnos hemos con el Evangelio de valor permanente y, sobre todo, cuando, como hoy, los "SIGNOS DE LOS TIEMPOS" revelan, no lejano, el despuntar de un mundo nuevo.
     Todo este lenguaje Kabalístico manifiestamente se asemeja a los augurios del Obispo de Metz, cuyas palabras precisan el sentido de las expresiones retóricas del antiguo Arzobispo de Bolonia. "La mudanza de civilización, dice el Prelado francés, que estamos viviendo, entraña cambios, no solamente en nuestro comportamiento exterior, sino en la concepción misma, que nosotros nos habíamos hecho, tanto de la creación, como de la salvación, que nos trajo Jesucristo. Las premisas anteriores, las más fundamentales, exigen no solamente una nueva pastoral, sino algo más profundo, una nueva concepción más evangélica a un mismo tiempo más personal y más comunitaria del designio de Dios sobre el mundo".
     Estas proposiciones, que expresen necesaria y suficientemente la herejía del siglo XX, no tienen ningún contenido positivo; son puramente metodológicas y negativas. No nos dicen en qué consiste la nueva religión; nos dicen tan sólo que el mundo contemporáneo y sus mudanzas radicales exigen descartar lo que antes creíamos como inmutable.
     g) ¿Cuáles son para Su Eminencia los Signos de los Tiempos? ¿Qué es lo que anuncian? Repitamos sus palabras:
     "Nadie, en efecto, puede no advertir que el progreso científico y técnico, con el uso de nuevos y potentes medios de comunicación ha modificado enormemente las relaciones entre los pueblos...; pero, despertando, al mismo tiempo, por un misterioso constraste, cuya sola explicación es el peso del pecado, los más hondos y mortales egoísmos sociales, a tal punto que se aceptan desniveles pavorosos y amenazantes, divisiones y luchas sangrientas, hasta llegar a autorizar o imponer genocidios".
     Estos son los Signos de los Tiempos, en los que el "progresismo" ha leído el porvenir del mundo. El mundo es el centro de esta evolución cómpleta, rápida y destructiva. La función del Magisterio está en interpretar fielmente esos "Signos de los Tiempos", es decir las exigencias del mundo, incluyendo, claro está, en esta palabra todo lo que el mundo es y significa, aunque sea con abstracción completa de aquel otro mundo, el de la gracia, el de la inmortalidad, aunque para nada tengamos en cuenta a Dios y su ley eterna.
     Y lo que el Cardenal Lercaro y sus fervientes discípulos han leido en esos signos de los Tiempos es un momento, que, en la oposición de los fénomenos, acusa los agudos dolores y las esperanzas de la gestación, que ha de traernos la perfecta unificación de la gran familia humana.

     Hay que eliminar todo lo que separa o divide a los hombres: religión, propiedad, familia, patria, desigualdades sociales o raciales... Volviendo a la pureza del Evangelio, hagámos una nueva religión, un sincretismo religioso, en el que se acomoden y fusionen todas las creencias de la humanidad. Entonces, sólo entonces, tendremos "la perfecta unificación de la gran familia humana", En la que el Cardenal centra el éxito de la redención misma de Cristo.
     Con razón escribe el argentino Víctor Eduardo Ordoñez: "El modernismo cristiano, encerrado en la naturaleza, no puede escapar al esquema de la existencialidad: ir haciendo, paso a paso, minuto a minuto, su libertad. Esto es todo. Su cristianismo, en la medida en que sobrevive, es inmanente, no trascendente. El nuevo cristianismo contempla al hombre y a la Divinidad desde la vida, desde la vida como estallido, como triunfo cósmico, desde el riesgo constante del no-ser". Y añade: "Se podría decir que Cristo es apenas un apoyo histórico, una referencia técnica, una hipótesis de trabajo; la Cruz, una metáfora; la Redención, una empresa dialéctica. Nada hay, nada es, excepto mi esfuerzo por alzarme, por elevarme en mi naturaleza; pero mi naturaleza tomada como mi ámbito de libertad, como mi trinchera contra la gracia, y desde la cual me he de redimir".
     Sentir profunda, imperiosa y viva la responsabilidad de pertenecer al pueblo de Dios, es decir, de ser la verdadera estirpe de Abraham es para Su Eminencia el lazo de fraternidad, que afianza y sublima la unidad de la común naturaleza. Pero, ni el ser el pueblo de Dios, ni ser la verdadera estirpe de Abraham son la base de nuestras prerrogativas como tales, sino nuestra justificación por Jesucristo, nuestra incorporación en El, la fidelidad con que sigamos su doctrina y sus mandamientos. "No aquel que dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hiciere la voluntad de mi Eterno Padre".
     Antes que el máximo de la justicia y de la libertad, en la convivencia con nuestros semejantes, en el trato ordinario, en el ejercicio de la profesión, se nos debe exigir nuestros deberes para con Dios, ya que sin el amor a Dios el así llamado amor al prójimo no es sino un egoísmo disfrazado. No son las virtudes naturales, sino las sobrenaturales las que nos hacen hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

     Las mismas recomendaciones del Bautista están presuponien do la desigualdad que, por naturaleza, por disposición o permisión divina, prevalece entre los hombres. Si no hubiera quien tuviera dos túnicas, no habría ninguno que pudiera desprenderse de una para darla a los necesitados. Si no hubiera existido el pueblo escogido y la estirpe de Abraham, no tendrían o no hubieran tenido los judíos base ninguna para su arrogancia y envanecimiento. Si no hubiera habido publícanos, el reclamo por la estricta justicia no hubiera tenido razón. Si no hubiera habido soldados del Imperio en Palestina, Juan no hubiera podido pedir esa clara conciencia del respeto a la libertad.
     La desigualdad humana, que siempre ha existido, que siempre existirá entre los hombres, es la ocasión, prevista y dispuesta por la Providencia Divina para darnos a los humanos las oportunidades de practicar esas virtudes sobrenaturales, no naturales, que constituyen la esencia de la vida cristiana. El Cardenal Lercaro, al universalizar las exigencias del cristianismo, al no distinguir debidamente las virtudes sobrenaturales de las virtudes naturales, al prometer, como fruto ya tangible, la unificación de la gran familia humana, parece que incurre en un naturalismo, que quiere desvirtuar la doctrina evangélica. "El hambre y sed de justicia", de que habla la bienaventuranza del sermón de la montaña, no se refiere ciertamente a esa justicia social entre los hombres, que trae locos a tantos eclesiásticos, sino a aquella justicia, que es la que Cristo vino a darnos, en la vida divina, en nuestra justificación, en nuestra completa entrega a la voluntad de Dios.
     h) El ejemplo de Caín está también tomado por los cabellos. No podemos aplicarlo a cada uno de nosotros, para pedirnos o, mejor dicho, para exigirnos el remediar todas las necesidades materiales de nuestros semejantes. Si así fuera, no tendríamos medios suficientes para poder resolver todos los problemas económicos que tiene nuestro prójimo. Yo, podré ayudar a algunos, según mis posibilidades, pero no a todos. No somos la Divina Providencia para poder solucionar todas esas necesidades de los demás. Si todos diéramos todo lo que nos sobra, ¿quién podría después dar a los indigentes, que nunca faltarían? La igualdad social, por otra parte, haría imposible la práctica de las más bellas y generosas virtudes de la vida cristiana.
     i) "Se nos reclama la justicia social, dice Su Eminencia, para los bienes esenciales de la existencia". "Qué estos bienes sean distribuidos equitativamente". "Que no suceda que uno posea dos túnicas y otro no tenga cómo cubrirse; que uno coma en la abundancia y otro padezca hambre; que uno goce ampliamente de los bienes de la naturaleza, del trabajo ajeno, de la cultura, y otro esté completamente desposeído y colocado en situaciones que ofenden a la dignidad humana, envenenan la vida, cierran cualquier perspectiva de esperanza".
     Este programa social del Cardenal es completamente utópico. Aunque repartamos todas nuestras túnicas, siempre habrá quienes carezcan de túnicas o quienes no quieran usar túnica alguna. Aunque demos toda nuestra comida, habrá siempre personas que tengan hambre. Hay personas que no se sacian, por mucho que coman, y hay personas que, por mucho que tengan, no tienen hambre, La indigencia, por otra parte, muchas veces se debe a la ociosidad, a no querer trabajar. ¿Se olvida el Cardenal Lercaro, que la ley de la vida es el trabajo? Hay que aceptar el trabajo, cualquiera que sea, que se nos presenta, cuando no podemos encontrar uno mejor. El que no puede trabajar como director de fábrica, que trabaje como obrero, como barrendero, como mandadero, y comerá. No todos servimos para todo; y hay que resignarnos con lo que Dios nos dio; pero recordar también que casi siempre todos servimos para algo.
     Recordemos la parábola de los talentos. A uno se le dio cinco, a otro tres o dos y a otro uno solo. Y a este último, por no haber negociado, se le exigió después el fruto de su trabajo y, atado de pies y manos, fue arorjado a las tinieblas exteriores.
     Es absurdo pedir que todos tengamos una misma cultura. Ni, entre personas de una misma clase o de una misma familia, se da ese fenómeno, completamente opuesto a la realidad de la naturaleza humana, en su estado de naturaleza caída. Hay, y siempre ha habido, y siempre habrá gente culta y gente inculta; gente instruida y gente ignorante; gente de talento y gente cerrada para el estudio. Las posibilidades para el estudio, cuando hay verdadera aptitud e inclinación, en gran parte dependen de la decisión y habilidad con que se pongan a buscarlas, como la experiencia lo demuestra. Una gran mayoría de jóvenes que estudian y triunfan en sus estudios no son los niños ricos, sino los de la clase media o de la clase pobre, que luchan denodadamente por superar su indigencia.
     j) Pero, la intención manifiesta del discurso del Cardenal no era tanto el despertar esa hambre y sed de justicia social —no de justicia del Reino de los cielos— en los individuos del pueblo de Dios, sino en las autoridades, en los que tienen a su cargo la comunidad Su Eminencia quería un cambio de estructuras, y este cambio pacifico y legal sólo lo pueden hacer las autoridades. ¿No había sido este el programa del CELAM (antes del Congreso)?
     "Sobre todo, dice el Cardenal Legado, quien tiene la responsabilidad de otros, debe anhelar interpretar el hambre y sed de justicia, y tanto más, cuanto mayor es su responsabilidad". En los países socialistas, las autoridades, interpretando a su juicio y según la doctrina marxista esa hambre y sed de justicia, han despojado a todos de todo, para establecer esa igualdad social, en la que sueña el purpurado de Bolonia. Y, en proporciones menores, en los otros países, donde el socialismo no se ha implantado definitivamente, el estatismo, cada vez más voraz, por leyes e impuestos intolerables, ha ido mermando la propiedad privada y se ha ido apoderando de las fuentes de producción. Insensiblemente, pacíficamente, se va estableciendo el socialismo o preparando su implantación. En los Estados Unidos, pese a sus inmensos recursos, los crecientes impuestos han provocado, para la mayoría del pueblo americano, una especie de socialismo, en el que los numerosos créditos, como invisibles grilletes, tienen esclavizadas a esas inconscientes multitudes.
     Su Eminencia, de una manera diplomática, se convirtió, desde el principio del Congreso, en el abogado de la socialización de América Latina, en el cambio de sus estructuras sociales. La consigna es manifiesta. Las perturbaciones que se multiplican en todos los países latinoamericanos, a juicio de estos europeos, son un indicio evidente de que el mal estructural de nuestros pueblos, residuo lamentable de la conquista y de los tiempos coloniales, sólo tienen un remedio, y es destruir, borrar el pasado, cambiar completamente las estructuras y establecer pacífica o violentamente la benéfica socialización. Las autoridades, así lo dice el Legado Papal, deben interpretar esa hambre y esa sed de justicia. Deben colaborar en esa indispensable y urgente transformación.
     El, Su Eminencia, desde que es obispo, no obstante su risueña faz, tiembla por esta enorme responsabilidad. Por eso su predicación, su enseñanza, su palabra melosa y franca ha protegido resueltamente al Comunismo italiano, hasta hacer de su seminario uno de los focos más activos de la propaganda.
     k) En un párrafo resume el Cardenal Lercaro su pensamiento, su consigna, su orden de acción, no sólo para Colombia, sino para todos los países latinoamericanos: "Con deferencia y caridad" —esto es retórica— "más con toda libertad apostólica" —esta es la pastoral post-conciliar— "yo recuerdo a los que guían los destinos de la comunidad civil que, a la luz del Evangelio" —volviendo a las fuentes, al Evangelio, interpretado por el "progresismo""por la Iglesia siempre proclamado" —no en el lenguaje y sentido progresista— "pero más que nunca en esta aurora de una nueva era histórica" —la era de la socialización, del comunismo— "examinen las situaciones creadas, a través de procesos separados" —palabras éstas de confusión, que se prestan a distintas y muy opuestas significaciones—; "y con ánimo inmune de toda injustia o presión irracional"—¿a quién menciona Su Eminencia? ¡Será la oligarquía odiosa, que por tantos años ha explotado inhumanamente a los desvalidos?— "lleven al cumplimiento, en donde fuere necesario, con mano responsable" —enérgica, fría, decidida y demoledora- "la renovación de las estructuras".
     No menciona Su Eminencia ni cuáles sean las estructuras que deben renovarse o cambiarse, ni cuáles han de ser las que remplacen las antiguas. Pero, si hace suyas las amenazas del Bautista, que el considera en estos momentos comprensibles y actuales. Se siente un precursor, si no de Cristo, por lo menos de Paulo VI, cuyo pensamiento quiere expresarnos.
     l) "Estamos presenciando rápidas y constantes sacudidas sociales. Es el levantarse universal de las nuevas generaciones para restructurar al mundo; es la conciencia, que despierta y se da cuenta de la injusticia y de las desigualdades, toleradas por siglos". Estas tétricas palabras de Su Eminencia mucho parecen asemejarse a los augurios del comunismo, que condenando y rechazando todo el pasado, como una intolerable injusticia, quiere eliminar todas las desigualdades entre los hombres, bien sean éstas de clases, de razas, de culturas, de religiones y, sobre todo, de economía. Para el Cardenal y los que militan en sus filas, no habrá cristianismo, mientras existan desigualdades sociales.
     Por siglos, la Iglesia toleró y solapó esas desigualdades, apartándose así del Evangelio. Fue el "progresismo" el que vino a denunciar valientemente esa intolerable situación. Por eso las amenazas del Precursor —o, mejor dicho, de los dos precursores— son ahora más comprensibles y de mayor actualidad.
     m) Pero, donde la retórica del legado llega a su colmo es cuando afirma que "un común anhelo de libertad y de dignidad anuncia que la levadura del Reino de Dios ha penetrado, por vías misteriosas, a veces inimaginables, y está fermentando y madurando el mundo". He aquí el naturalismo, con que interpreta el Evangelio la nueva religión del "progresismo". La levadura, de que habla Cristo, no es para "fermentar" las cosas materiales, sino las cosas espirituales. La metáfora evangélica es clara: el mundo fermenta y se madura, cuando se acerca a Cristo, cuando acepta las enseñanzas todas de Cristo, cuando vive la vida de Cristo, no cuando predica lemas revolucionarios: "libertad, igualdad y fraternidad".
     El mundo actual, a pesar de sus progresos científicos, de su técnica, de los medios rapidísimos de comunicación, que han acortado las distancias que nos separan, no ha madurado. La materia ha ahogado el espíritu, y nuestras decantadas conquistas parecen emular la nueva torre de Babel, desde la cual el hombre quiere desafiar al mismo Dios. No se vislumbra el semblante, aunque desfigurado del Señor, sino la silueta pavorosa del Anticristo.
     La pobreza evangélica, la que anuncio la venida del Mesías, la que el Divino Maestro exaltó en las bienaventuranzas, no es precisamente la pobreza material, sino la pobreza espiritual, la que antepone los bienes eternos a los bienes temporales de este mundo.
     Jesús no vino a libertar a los cautivos, que sufren en la cárcel la condena de sus crímenes, sino a los que sufrimos la esclavitud del pecado, la esclavitud de la muerte y la esclavitud del infierno.
     Por eso son tan equívocos y han dado lugar a tanta confusión y a tantos errores algunos documentos del Vaticano II, especialmente la Constitución "Gaudium el Spes" y las grandes encíclicas de los dos últimos pontífices, en las que Su Eminencia apoya su nueva sociología. Las situaciones existenciales, que estamos viviendo, no creo que sean el cumplimiento del anuncio profético y evangélico, como lo piensan el Cardenal Lercaro.

     n) Es indudable, y en esto estoy de acuerdo con Su Eminencia, que el servicio, hecho por Dios, a nuestros semejantes, es la marca inequívoca del amor. Mas, no hemos de confundir el servicio servil con ese otro servicio de que habla el Evangelio. Cuando se sirve por el salario, por motivos meramente materiales, no hay mérito ninguno ante Dios. En la jerarquía de los valores evangélicos, todo debe estar dirigido hacia Dios. Solamente así es fecunda la Cruz del servicio, que tanto preocupa al Cardenal.
     ñ) Hay otra idea central del "progresismo", que el Cardenal Legado expuso inequívocamente en su discurso de apertura. La Eucaristía, dice es "raíz y eje de la vida comunitaria". Las palabras de la institución, que Cristo dijo en la noche de los grandes misterios, que precedió a su muerte, no indica esto. "Haced esto, dijo a sus apóstoles, en memoria mía". La Eucaristía, Sacrificio y Sacramento, es ante todo y sobre todo, un memorial de la Pasión y muerte del Señor. Más que asamblea del pueblo de Dios; más que ágape comunitario, es, como advierte y enseña dogmáticamente el Concilio de Trento, que no fue pastoral, sino positiva y terminantemente doctrinal, un verdadero y real sacrificio, prolongación del Sacrificio del Calvario. Este carácter sacrifical es la esencia del Santo Sacrificio de la Misa.
     Esa idea de hacer de la Eucaristía la raíz y el eje de la vida comunitaria ha dado origen a todos esos abusos, por no llamarlos, sacrilegios, con los que hoy queremos atraer a las multitudes, convirtiendo el Santo Sacrificio en un espectáculo, en una diversión.
     Después de leer y meditar el discurso del Cardenal Lercaro nos explicamos muy bien la amplitud de criterio con que se atrevió a destruir la venerable liturgia, que por siglos había alimentado la solida piedad de los fieles. Se necesitaba una mentalidad y una desicion sin escrúpulos, como las de Su Eminencia, para intentar siquiera esos cambios tan espectaculares y desedificantes, que tanto mal han causado en sacerdotes y en laicos. Ya no hay unidad litúrgica; ya no existe el sentido dogmático, universal e inmutable, de los misterios eucarísticos. Ya definitivamente se ha roto la aparente unidad con la Iglesia del pasado. Estamos en la nueva religión del "aggiornamento".

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