miércoles, 29 de mayo de 2013

CONTEMPLACION MUY DEVOTA QUE ABARCA TODA LA VIDA DE JESUCRISTO, NUESTRO SALVADOR, A TRAVES DE LAS CEREMONIAS DE LA MISA

     Contemplación muy devota y muy maravillosa para todo fiel cristiano, que abarca toda la vida sagrada del Maestro Jesús, nuestro Señor, representada en el sacrificio de la misa que se celebra solemnemente. Compuesta por el muy reverendo padre en Cristo monseñor San Vicente Ferrer, de loable memoria, de la Orden de frailes Predicadores,

      Todo fiel cristiano ha de creer firmemente que el Maestro Jesús, el jueves de la Cena, ordenó y estableció el santo sacramento de la misa, en presencia de los apóstoles. Y les mandó que lo tuviesen en gran reverencia y en continuo recuerdo, según dicen San Lucas y San Pablo: Haced esto en memoria mía (Lc. XXII, 19; 1 Cor. XI, 24-25), que quiere decir: recordad y meditad oyendo devotamente la misa toda la vida sagrada de Jesucristo. Por eso dice el sacerdote, después de elevar el cáliz: Haec quotiescumque feceritis in mei memoriam facietis, que quiere decir: Todas las veces que esto hiciereis, lo haréis en memoria mía. No dice "en memoria de mi pasión", sino en memoria mía, dando a entender que en la misa no sólo se representa la muerte sagrada de Jesucristo, sino también, implícitamente, toda su vida sagrada, desde la encarnación hasta la ascensión. Alguien puede decir que este precepto fué dirigido solamente a los sacerdotes, y no a los legos. Pero yo digo que fué dado no sólo a los sacerdotes, sino también a los legos. A los sacerdotes, para que, devotamente celebrado, recordaran la vida de Jesucristo; y a los legos, para que la recordaran oyendo y contemplando con devoción.
     Pienso que el Hijo de Dios, desde que bajó del cielo y tomó carne humana en el vientre virginal de la sagrada Virgen María hasta el día de su ascensión, en que subió a los cielos, hizo treinta obras principales, encerradas y representadas en la misa.

     I. La primera obra que nuestro Maestro y Salvador Jesucristo hizo en este mundo fué su grande y maravillosa encarnación. Bajando del cielo, penetró en el vientre virginal de la Virgen María, en donde se vistió del ropaje de nuestra humanidad. Pues la divinidad quedaba escondida debajo de la humanidad.
     Esta obra maravillosa se recuerda y representa en la misa solemne cuando el sacerdote entra en la sacristía, queriendo significar la entrada que hizo el Hijo de Dios en el vientre virginal de la Virgen María, en donde se vistió de nuestra humanidad. Aquí el devoto cristiano puede contemplar piadosamente tres cosas:
     Primera, que así como en la sacristía se guardan las reliquias, las joyas y demás ornamentos eclesiásticos, de la misma manera, en el vientre virginal de la Gloriosa estaban las reliquias, es decir, el poder de Dios Padre obrando, la sabiduría y Persona del Dios-Hijo encarnándose, y la gracia del Espíritu Santo informando. Había allí joyas de gracias y de virtudes, porque la Virgen María tuvo plenitud de gracia y de virtudes. Y también los ornamentos con que nuestro sumo Sacerdote debía celebrar la misa el día de viernes santo en el altar de la vera-cruz, es decir, el cuerpo sagrado y santificado de Jesucristo, formado y encarnado de la purísima y castísima sangre de la Virgen María.
     La segunda cosa que puedes contemplar es que el sacerdote se viste en la sacristía, y que, a pesar de que nadie lo ve vestirse, todos creen que se viste y esperan que salga. En esto se da a entender que cuando nuestro sumo Sacerdote Jesucristo se vistió en la sacristía, es decir, en el vientre virginal de la Virgen María, ningún judío lo vió ni lo supo; tan oculta y escondida fué su encarnación. Pero los fieles creían que debía vestirse, que debía encarnarse, y esperaban que nacería del vientre virginal de la Virgen María, según estaba anunciado por distintos profetas.
     La tercera cosa que puedes contemplar es que el sacerdote, en la sacristía, se pone siete vestiduras: el sobrepelliz, si es simple presbítero; el roquete si es obispo, o el escapulario si es religioso; el amito, el alba, el cíngulo, el manípulo, la estola y la casulla. También nuestro sumo Sacerdote se revistió en el vientre de la Virgen —llamado sacristía— de siete vestiduras: de los siete dones del Espíritu Santo, y con ellos vestido y adornado salió el cuerpo sagrado de Jesucristo, según escribe Isaías (Is. XI, 2-3).
     Esta es la primera obra representada en la misa.

     II. La segunda obra que hizo nuestro Salvador Jesús fué que en la noche de navidad nació, Dios y Hombre, del vientre virginal y se manifestó a todo el mundo; la noche, que era oscura, resplandeció como el día. Quiso nacer estando presentes José y la Virgen María, y ser colocado en medio del asno y del buey. Y gran multitud de ángeles cantaban: Gloria a Dios en las alturas, y los pastores lo adoraron. Antes vivía ocultamente en aquella gloriosa sacristía, que es el vientre de la Virgen María; pero después, en la natividad, se declaró y manifestó en público.
     Esto es figurado cuando el sacerdote sale de la sacristía, representando a Jesucristo que salió del vientre virginal de María. El diácono representa a la Virgen María, el subdiácono a San José, y los dos acólitos figuran el asno y el buey. La luz que llevan los acólitos representa la claridad que resplandeció en la natividad de nuestro Salvador Jesucristo. Los clérigos que, cuando sale el preste de la sacristía cantan con grande y clara voz Gloria Patri..., representan la multitud de ángeles que en la natividad de Jesucristo cantaban: Gloria a Dios en las alturas...(Lc. II, 14). Suenan las esquilas y campanas, mostrando el gran gozo y el sonido de los caramillos que tocaron los pastores en la natividad de nuestro Salvador y gran Sacerdote. Cuando el sacerdote sale de la sacristía va limpio, bien vestido y ornado con las vestiduras, todo lo cual representa la pureza de Jesucristo, que fué limpio y puro, sin mancha alguna de pecado.

     III. La tercera obra maravillosa que hizo Jesucristo fué que al octavo día de nacer quiso ser circuncidado. La circuncisión era contra el pecado original, del cual estaba libre Jesucristo, y por lo mismo no estaba sujeto a la circuncisión. Sujetándose a ella demostró y enseñó profunda humildad, pues siendo limpio y puro, sin sombra de pecado, quiso mostrarse pecador, semejante al pecador (Cf. Phil. II, 7).
     Esto mismo representa el sacerdote cuando, con humildad e inclinación profunda, confiesa ser pecador, diciendo: Yo pecador, me confieso a Dios... Porque aunque haya confesado sacramentalmente, todavía está obligado a llamarse pecador, aunque supiera que es tan santo como Juan el Bautista. Con ello demuestra y significa que Jesucristo, plenitud y principio de toda santidad y perfección, se mostró pecador sujetándose a la ley de la circuncisión, para darle cumplimiento y fin, o significando el cuerpo místico de la Iglesia y de todo el humano linaje. Y más por la persona que va a recibir, puede el sacerdote confesar: Yo pecador..., o, como el salmo: Compadécete de mí, Señor (Ps. L, 1).

     IV. La cuarta obra que hizo fué que trajo o hizo venir de Oriente a los tres reyes, dirigidos, encaminados y guiados hacia Belén por una estrella. Y hallándolo reclinado en el pesebre, en medio del asno y del buey, lo adoraron, confesándolo Señor y Dios universal de la naturaleza, por lo que le ofrecieron sus presentes: oro, incienso y mirra.
     Esto es representado por el sacerdote cuando, después de la confesión, se acerca al altar, e inclinando profundamente la cabeza dice: "Toma y quita de nosotros todas nuestras iniquidades, a fin de que merezcamos entrar dignamente en el santo de los santos con pureza de pensamientos. Amén". Y así como los tres reyes de Oriente le ofrecieron oro, incienso y mirra, así también el sacerdote, cuando se inclina, ofrece el incienso de su devota oración; oro, adorando el altar con gran devoción y reverencia; mirra amarga, cuando hace la señal de la cruz, por la que recuerda la dolorosa y amarga pasión de Jesucristo.

     V. La quinta obra que Jesucristo hizo en este mundo fué que quiso ser presentado en el templo. Su Madre gloriosa lo llevó y presentó al sacerdote. Estaban presentes Simeón y aquella santa viuda, Ana, alabando a nuestro Señor.
     Esto representa el preste cuando va al lado del altar y tomando el misal dice el introito de la misa. El diácono y subdiácono que le asisten significan y representan a los gloriosos Simeón y Ana la profetisa; los dos acólitos y los demás que escuchan el introito —los cuales no han de subir al altar— representan a la Virgen María y a San José y a otros ancianos y parientes que estaban lejos, escuchando con devoción. La Virgen María era digna de acercarse al altar, pero no quiso hacerlo para dar ejemplo y enseñar a las demás personas legas, las cuales, por santas y justas que sean, no deben acercarse al altar cuando no hay gran necesidad. De lo contrario, siempre tendrán responsabilidad. Cuando el santo varón Simeón tomó en sus brazos al glorioso Hijo de Dios, Jesucristo, hizo cuatro coplas, diciendo: Nunc dimittis... Las cuales tienen eco en cuatro cosas que hace el sacerdote: primero, dice el introito, al lado del altar; segundo, los kyries, en los que se pide que Dios Padre tenga misericordia (Kyrie eleison es palabra griega, y quiere decir: Tenga Dios Padre misericordia de mí y de nosotros); tercero, el Gloria in excelsis Deo; cuarto, la oración.

     VI. La sexta obra que hizo nuestro Señor Dios Jesucristo en este mundo fué que huyó de la tierra de promisión a la tierra de Egipto, escapando al furor de Herodes. Y en Egipto estuvo siete años, con su gloriosa Madre y con José.
     Esto está representado en la misa solemne cuando el subdiácono, con un acólito, va a decir la epístola, mientras el sacerdote queda en el altar con el diácono y el otro acólito. Después se separan del altar el sacerdote y el diácono y se sientan en las sillas, y estando allí sentados hacen siete cosas, que indican los siete años que Jesucristo pasó en Egipto: primero, lee la epístola; segundo, lee el responsorio; tercero, el alleluia —nombre hebreo, que quiere decir: gloria a Dios—; cuarto, lee la prosa; quinto, da la bendición al diácono; todo esto lo hace el preste mientras está sentado. La última, que es la bendición, significa que al séptimo año volvió Jesucristo a su tierra.

     VII. La séptima obra que hizo Jesucristo en este mundo fué que, después de volver de la tierra de Egipto a la tierra de promisión, habiendo muerto Herodes, su Madre gloriosa y José lo llevaron al templo de Jerusalén, y Jesús quedó en el templo, y al tercer día la Virgen María y José lo encontraron en medio de los doctores, escuchando y preguntando.
     Representa esto el sacerdote cuando, desde la silla en que estaba sentado, llega al altar, y allí escucha el evangelio con gran atención y devoción. Con lo cual indica que así como Jesucristo escuchaba a los judíos y les interrogaba, de la misma manera la contemplación que hace el preste oyendo el evangelio no es sino una interrogación, por lo cual se da a entender que Jesucristo, cuando era prudentemente interrogado, instruía a los doctores en la fe del Mesías. Y por eso, inmediatamente que el diácono termina el evangelio, el sacerdote entona el Credo in unum Deum.    

     VIII. La octava obra que nuestro Salvador Jesucristo en este mundo fué que después que la Virgen Maria, su Madre lo hubo encontrado en el templo, tuvo tanto gozo que no podía dejar de llorar; y el Glorioso, cuando vió a su Madre gloriosa y a José—tanta era su humildad y el amor que les profesaba—, marchó en seguida y dejó a los doctores, llegandose a ellos y consolándolos de la tristeza que habían sufrido por su ausencia de tres días, y marchó con ellos a Nazaret para servirles, como dice el evangelista: Les estaba sujeto (Lc. II, 51).
     Esta obra de servicio, es decir, de humildad, es representa por el sacerdote cuando, después del Credo, se vuelve al publico y dice: Dominus vobiscum, y después toma la hostia y pone en el cáliz las cosas que atañen al santo sacrificio, indicando con ello el servicio que nuestro Señor Jesucristo humildemente haría a su gloriosa Madre y al santo varón José. Por eso dijo: El Hijo de la Virgen no vino a ser servido, sino a servir (Mt. XX, 28).

     IX. La novena obra que hizo Jesucristo en este mundo fué que hasta la edad de treinta años estuvo en Nazaret sirviendo a su gloriosa Madre y al santo varón José. Sus servicios eran muchos. Entre ellos, el siguiente: iba Jesús, con otros niños, a por agua a una fuente que dista de Nazaret tanto como el monasterio de la Zaidia dista de la ciudad de Valencia. De este servicio habla expresamente el maestro de las Historias escolásticas. Y también ayudaba y servía a José en el oficio de la carpintería, según escriben San Mateo y San Marcos (Mt. VIII, 55; Mc. VI, 3). Nicolás de Lira lo dice comentando estos evangelios. Y después de cumplir treinta años se hizo acompañar de sus padres al río Jordán para recibir el bautismo. El cual no le era necesario, pero lo recibió para que el contacto de su sacratísima carne santificase y diese virtud regenerativa a las aguas para salvación de los que creyeran en Él y le obedecieran.
     En la misa solemne se representa esto cuando el preste se lava los dedos. No es necesario que se lave, porque está limpio, por haber lavado su conciencia mediante la confesión sacramental y con el agua natural. Pero significa que el bautismo no era necesario a Jesucristo, que estaba limpio, puro y lleno de santidad. Mas quiso ser bautizado para dar ejemplo de humildad, a fin de que nosotros fuéramos humildes.

     X. La décima obra que nuestro Salvador Jesucristo quiso hacer en este mundo, según relatan San Lucas, San Marcos y San Mateo, fué que, después del bautismo, marchó al desierto y allí ayunó cuarenta días y cuarenta noches, en los cuales nada comió ni bebió, y estuvo todo el tiempo en oración, rogando, no por Él, sino por nosotros (Lc. IV, 1-13; Mc. I, 12-13; Mt. IV, 1-11).
     En la misa se representa esta obra cuando el sacerdote, en medio del altar, se inclina y dice: In spiritu humilitatis..., que quiere decir: "Con espíritu de humildad rogad al Señor para que seamos hostia en el santo sacrificio, y que esta hostia sea grata a Dios nuestro Señor". Muestra esta oración las postraciones y humillaciones que haría nuestro Salvador cuando oraba en el desierto. Después el sacerdote se vuelve al pueblo y dice: "Orad por mí hermanos, para que mi sacrificio y vuestro conjuntamente sea aceptable delante de Dios nuestro Señor". Los circunstantes que oyen la misa deben decir: Descienda sobre ti el Espíritu Santo..., etc. Esto muestra que Jesucristo oraba y rogaba por nosotros en el desierto, y así como aquella oración era muy secreta y por nadie oída, del mismo modo la oración que dice el sacerdote en aquel paso es tan secreta que nadie debe oírla, ni siquiera el diácono ni el subdiácono.

     XI. La obra undécima que hizo nuestro Salvador Jesucristo fué que después de ayunar en el desierto comenzó a predicar, gritando en alta voz: Haced penitencia de vuestros pecados y os acercaréis al reino de Dios (Mc. I, 15).
     Esta obra se representa en la misa cuando el sacerdote dice en alta voz: Sursum corda, mostrando que lo que Jesucristo decía de palabra lo cumplía en sus obras. Por eso cuando el preste dice el prefacio debe tener las manos en alto, y no bajas.

     XII. La obra duodécima que hizo nuestro Salvador Dios Jesucristo en este mundo fué que no solamente enseñaba de obra lo que predicaba, sino que confirmaba su doctrina sagrada con milagros maravillosos, porque tales obras maravillosas y milagros no las puede hacer sino Dios: por ejemplo, resucitar muertos, iluminar a ciegos, enderezar a los contrahechos.
     El sacerdote representa esto en la misa cuando dice tres veces Sanctus, sanctus, sanctus, Dominus Deus. Con ello da a entender que Jesucristo hacía los milagros no en virtud de la humanidad, sino en virtud de las tres divinas personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un Dios todopoderoso. Después dice: Hosanna, que quiere decir: "Salvando", por lo que denota que Jesucristo hacía los milagros para salvarnos.

     XIII. La obra décimotercera que hizo Jesucristo en este mundo fué que después que hubo predicado y hecho muchos milagros, llegó a los treinta y tres años, y acercándose el tiempo de su sagrada pasión, vino a Jerusalén para celebrar la cena con sus apóstoles. Y en secreto, delante de ellos, hizo muchas cosas necesarias para la salvación del humano linaje. Entre otras, hizo dos: instituyó el santo sacramento del altar y les predicó un gran sermón, que en San Juan abarca desde el capítulo XIII hasta el XVII.
     Esto se representa en la misa cuando el sacerdote dice muy en secreto el canon, que nadie oye sino el diácono, de la misma manera que el sermón de la cena fué tan secreto que nadie lo oyó, a excepción de los apóstoles que con Jesucristo estaban.

     XIV. La obra decimocuarta que hizo Jesucristo, nuestro Salvador, en este mundo fué que, después que hizo todo lo dicho, salió al huerto de Jericó y oró tres veces, indicando con ello que oraba a Dios Padre, en cuanto hombre, por tres condiciones de personas: por los santos padres y por los que estaban en el purgatorio, por los que vivían en el mundo y por los que habían de venir. Al orar por tercera vez, sudó sangre, denotando que los que habían de llegar después de su pasión deben orar con mucho fervor, porque se tienen que ver en grandes peligros y tribulaciones, que han de soportar con fervientes oraciones y mediante la virtud de la paciencia.
     Estas tres maneras de oración que hizo Jesucristo las representa el sacerdote cuando hace tres cruces sobre el cáliz, diciendo: Benedictam, adscriptam, ratam.... y después hace otras dos cruces: una sobre el cáliz, cuando dice et sanguinis..., mostrando que en su pasión oró por sí mismo, en cuanto hombre, y por nosotros pecadores.

     XV. La obra décimoquinta que hizo Jesucristo en este mundo fué que después de hacer oración del modo que se ha dicho, llegóse gran multitud del pueblo con gran alboroto para prender a Jesucristo, con lanzas y garrotes, y el bendito Señor quiso ser preso, atado y llevado a la presencia de Pilatos, con grandes escarnios y vituperios. Pilatos le condenó al suplicio de muerte de cruz, cuya sentencia no quiso apelar el Señor, sino que benignamente tomó la santa cruz y la llevó hasta el Calvario.
     Se representa esta escena en la misa cuando el sacerdote toma la forma para consagrarla y, teniéndola en las manos, dice: Y elevando los ojos al cielo... En este momento hacen gran ruido las campanas y la rueda, queriendo significar el gran alboroto y ruido que hicieron los judíos cuando prendieron a Jesús. Después, el sacerdote hace una cruz sobre la forma, y dice: Lo bendijo, partió... Esta cruz significa la sentencia de muerte dada por Pilatos contra Jesucristo.

     XVI. La obra decimosexta que hizo nuestro Salvador Jesucristo en este mundo fué que, después de ser sentenciado a morir y llevado al monte Calvario, fué clavado en la cruz entre dos ladrones, uno a la derecha, llamado Dimas, y otro llamado Gestas.
     Se representa en la misa cuando el sacerdote eleva la hostia, en la cual está Jesucristo, Dios y hombre. La toma por el extremo con ambas manos; la mano derecha significa el buen ladrón, y la izquierda el malo. Después eleva el cáliz, mostrando que Jesucristo en la cruz ofreció y sacrificó su preciosa sangre a Dios Padre en redención y santificación del humano linaje. Por eso el sacerdote, cuando eleva la sangre, debe decir para sí: Señor, te ofrecemos el precio inestimable de nuestra redención.

     XVII. La obra décimoséptima que hizo Jesucristo fué que en tanto estuvo en la cruz no cesó de orar, comenzando en alta voz y exclamando en hebreo: Hely, Hely, lama sabactani? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Dice San Jerónimo que comenzó a recitar el salmo Dios, Dios mío, vuelve a mí tus ojos; ¿por qué me has desamparado? (Ps. XXX), continuando hasta aquel versículo que dice: En tus manos encomiendo mi espíritu (Ps. XXX, 6). Y estando Jesucristo en la cruz los malvados judíos no cesaban de hacerle grandes injurias y escarnios, diciendo: ¡Bah!, tú que destruyes el templo de Dios..., etcétera. Otros decían: Si es el Hijo de Dios, descienda de la cruz. Salvó a otros, y no puede salvarse a sí mismo (Mc. XV, 29-32; Mt. XXVII, 40; Lc. XXIII, 35-37). El benigno Señor nada decía; proseguía su oración con gran paciencia.
     Esto mismo representa el sacerdote cuando extiende los brazos en cruz y continúa su oración, diciendo: Por tanto, Señor, nosotros tus siervos, recordando...

     XVIII. La obra decimoctava que Jesucristo hizo en este mundo fué que, no obstante ser vulnerado y llagado en su cuerpo, en el que ostentaba cuatro llagas, dos en las manos y dos en los pies, quiso y permitió, por amor a nosotros, que le dieran una lanzada en su sagrado costado, del cual salió sangre y agua. Este fué el milagro maravilloso, pues era contra la naturaleza, ya que su sangre fué derramada primeramente en la flagelación por los crueles azotes con que le atormentaron; y después en la coronación de espinas, y últimamente por los clavos en manos y pies. Y después de morir, fué cosa de gran admiración que al darle la lanzada saliera de su cuerpo sangre y agua.
     Estas cinco llagas son representadas en la misa cuando el sacerdote hace cinco cruces con la hostia consagrada sobre el cáliz, diciendo: Por Él, con Él y en Él... Estas cinco cruces significan las cinco llagas principales del cuerpo de Jesucristo. 

     XIX. La obra décimonona de Jesucristo en este mundo fué que estando clavado en la cruz dijo en alta voz siete palabras.
     Se representan en la misa cuando el sacerdote dice el Padrenuestro, en el que hay siete peticiones que significan las siete palabras que dijo Jesucristo en la cruz. El sacerdote no las dice en secreto, sino cantando, porque Jesucristo las dijo en la cruz en alta voz.

     XX. La obra vigésima de Jesucristo en este mundo fué que quiso y permitió que de su santa humanidad se hiciesen tres partes: la primera era el cuerpo en la cruz; la segunda, la sangre preciosa derramada; la tercera, su alma santa, que bajó a los infiernos con los santos padres. De esta manera fué dividida la santa y sagrada humanidad de nuestro Salvador Jesucristo.
     Y esto está representado en la misa cuando el preste hace tres partes de la hostia, pero tiene las tres partes juntas, denotando que, aunque la santa humanidad de Jesucristo fué dividida en tres partes, sin embargo, la divinidad nunca fué separada ni dividida de la humanidad. Estaba unida a cualquiera de las partes, según aquello: "Lo que una vez tomó, nunca lo abandonó". Es decir: que después que la divinidad se unió a la humanidad de Jesucristo, nunca fué separada ni dividida de ella. Pienso en un ejemplo: si ponemos un trozo de cristal al sol y se rompe en diez o doce partes, no se separa por ello el sol ni se divide con el cristal, sino que todas las partes están bien iluminadas, aun cuando estén divididas; igual que antes que estaban conjuntas e íntegras. Del mismo modo, la humanidad de Jesucristo, aunque fué dividida y seccionada en tres partes, como se ha dicho, sin embargo, cada una de las partes, personal y sustancialmente estaba llena de divinidad, como cada una de las partes del cristal está llena de sol.

     XXI. La obra vigésimoprimera de nuestro Salvador Jesucristo fué que convirtió muchas condiciones de personas, queriendo demostrar con ello el fruto de su pasión. Por eso convirtió al ladrón, que había sido hombre de mala vida y criminal. También convirtió al centurión, capitán de la gente de armas, cuando dijo: Verdaderamente, éste era Hijo de Dios (Mc. XV, 39). Por último, convirtió al pueblo humilde en gran número, como dice San Lucas: Muchos, viendo los milagros que se producían, volvían dándose golpes de pecho (Lc. XXIII, 48).
     Estas tres condiciones de gentes convertidas en la pasión de Jesucristo se dan a entender en la misa cuando el sacerdote dice tres veces Agnus Dei. Dice el primero, en especial por todo pecador, queriendo indicar que quiera nuestro Señor perdonarlo, como perdonó al ladrón en la cruz. En el segundo Agnus Dei pide el sacerdote que así como Jesucristo iluminó al centurión, capitán del ejército, quiera iluminar y perdonar a los que tienen régimen de pueblos, tanto espiritual como temporal, a fin de que las almas redimidas por su santa pasión, alcancen 1a salvación. En el tercer Agnus Dei pide el sacerdote, diciendo: Señor, así como convertiste al pueblo humilde, sea tu voluntad que se convierta el pueblo cristiano sencillo, confírmalo en la paz y en la salud, perdónale todos sus pecados, a fin de que merezca ser partícipe de tu santa gloria.

     XXII. La obra vigésimosegunda de Jesucristo en este mundo fué que después de su santa pasión no quiso subir al cielo inmediatamente, sino que por su profunda humildad quiso antes bajar a los infiernos en secreto, para dar gloria en el paraíso a los santos que allí le esperaban con gran deseo. En cuanto le vieron, tuvieron gran gozo y gloria esencial, y quedaron libres para siempre de toda miseria.
     Esto representa la misa cuando el sacerdote introduce una parte de la hostia en el cáliz, dando a entender que en el descenso del alma santa de Cristo al limbo los santos padres fueron de tal modo confirmados y llenos de gloria infinita, que ignoraban lo que les había acontecido, y con dulzura y amor alababan y bendecían a nuestro Señor Dios, diciendo: Bendito el Señor Dios de Israel, que visitó y redimió a su pueblo... (Lc. I, 68).

     XXIII. La obra vigesimotercera de Jesucristo en este mundo fué que después de su dolorosa muerte ordenó y quiso que su cuerpo fuese quitado de la cruz por los amigos José de Arimatea, Nicodemus y Gamaliel, obtenida previamente la licencia de Pilatos. Bajaron su cuerpo y lo colocaron sobre una losa de piedra, que se contempla hoy en la iglesia del Santo Sepulcro. Entonces la Virgen María y Magdalena, con otras muchas santas y devotas personas, hicieron gran llanto.
     Esto se figura en la misa cuando el sacerdote, después de dar la paz, en el corto espacio que tiene el cuerpo en las manos, debe pensar con devoción, recordar y contemplar el gran dolor y llanto de la Virgen María y de los demás que estaban presentes, pues todos lloraban y se lamentaban por el gran dolor que pasó la Virgen María. Por eso el sacerdote debe derramar lágrimas y tener gran dolor y contrición de sus pecados.

     XXIV. La obra vigésimocuarta que hizo Jesucristo en este mundo fué que quiso ser ungido de bálsamo y de mirra, envuelto en un sudario blanco, hermoso y limpio, y ser puesto en el sepulcro de piedra sin corrupción ni fracción.
     Esto lo representa la misa cuando el sacerdote recibe el cuerpo de Jesucristo. El cuerpo del sacerdote debe ser un sepulcro nuevo, en el que no ha de haber mancha alguna. Y así como el sepulcro de Jesucristo era de piedra fuerte, así el sacerdote debe ser fuerte en la fe y en la buena vida. Y del mismo modo que el cuerpo de Jesucristo fué envuelto en un sudario blanco y limpio, así también el cuerpo y la conciencia del sacerdote deben ser blancos y limpios por la castidad y buena vida. Y como el cuerpo de Jesucristo fué embalsamado, del mismo modo el sacerdote debe ser ungido de muchas virtudes. En todo esto debe pensar el sacerdote y el devoto cristiano que quiere oír la santa misa con devoción.

     XXV. La obra vigésimoquinta que hizo Jesucristo fué que al tercer día resucitó de la vida mortal a la inmortal, y el sepulcro fué hallado abierto.
     Esto es representado en la misa cuando el sacerdote va del medio al lado del altar, denotando que Jesucristo trocó la vida mortal por la inmortal. Y muestra el cáliz vacío, sin nada, para significar que el sepulcro de Jesucristo fué hallado vacío y el cuerpo había resucitado por el infinito poder de Dios. Mientras tanto, el diácono dobla los corporales, dando a entender que en el sepulcro fué hallado el sudario en el que fuera envuelto el cuerpo sagrado de Jesucristo.

     XXVI. La obra vigésimosexta que hizo nuestro Salvador Jesucristo fué que después de resucitar apareció a su gloriosa Madre, la Virgen María. Aunque los evangelistas no hagan mención de ello, sin embargo, los santos doctores así lo dicen. Entre otros, San Ambrosio lo trae en el Libro de las Vírgenes. Era cosa muy natural que la consolara y visitara antes que a nadie, porque había sufrido por su muerte más dolores que todos los demás que estuvieron presentes.
     Esto se representa en la misa cuando el sacerdote se vuelve al pueblo y dice: Dominus vobiscum. Después dice la oración poscomunión, oración de gran consuelo, que representa las palabras de gran consuelo que dijo Jesucristo a su Madre gloriosa. Los santos padres que llegaban con Él tributaron grandes alabanzas a la Virgen María, diciendo: Reina del cielo, alégrate...

     XXVII. La obra vigísimoséptima que hizo Jesucristo en este mundo fué que apareció a los apóstoles reunidos en el cenáculo, y se puso en medio de ellos, diciendo: La paz sea con vosotros.
     Se representa esta escena en la misa cuando el sacerdote se vuelve segunda vez al pueblo y dice: Dominus vobiscum, como si dijera: La paz sea con vosotros.

     XXVIII. La obra vigésimoctava fué que Jesucristo quiso subir al cielo, y llamó a todos los discípulos, diciéndoles: Marchad por el mundo entero y predicad...(Mc. XVI, 15).
     Se representa esto en la misa cuando el sacerdote dice: Ite missa est, dando licencia para que marchen todos a sus trabajos, ya que el santo sacrificio se ha terminado y cumplido.

     XXIX. La obra vigésimonona fué que cumplió la promesa que hizo a San Pedro y a los demás apóstoles, disponiendo que Pedro entrara en posesión real del papado, cuando le dijo: Apacienta mis ovejas (Mc. XXI, 15-17). Entonces, según los sagrados doctores, fué instituido cabeza universal e indudable de la santa Madre Iglesia. Y a los otros apóstoles dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados... (Mc. XX, 22-23) Les dió poder de perdonar los pecados. Esta potestad es divina.
     Esto se representa al final de la misa, cuando el sacerdote, después de haber dicho Ite missa est y dado licencia al pueblo, se humilla profundamente e inclina su cabeza ante el altar todo cuanto puede, diciendo: Séate agradable, Trinidad santa..., suplicando a la santísima Trinidad que el santo sacrificio que se acaba de ofrecer en la santa Madre Iglesia le sea grato y aceptable, y que sea provechoso al pueblo cristiano. La inclinación profunda que hace besando el altar muestra la infinita misericordia de nuestro Señor Dios, que tanto quiso humillarse dando potestad tan elevada a los hombres pecadores para perdonar los pecados, porque tal potestad es propia y exclusiva de nuestro Señor. Después hace la señal de la cruz al pueblo, dando a entender que gozamos de la remisión de nuestros pecados en virtud de la sagrada pasión.

     XXX. La obra trigésima y última que nuestro Salvador hizo en este mundo fué que en presencia de la sacratísima Virgen María y de los apóstoles y de más de quinientas personas cristianas, según dice San Pablo (1 Cor. XV, 6), quiso subir al cielo. Y elevando sus manos bendijo a estas personas congregadas en Monteolivete, las cuales lloraban por la ascensión y ausencia de Jesús. Y dando su bendición, volvió al lugar de donde había venido.
     Esto se representa en la misa cuando el sacerdote, después de haber dado la bendición, vuelve a la sacristía, de donde había salido.
     Y con ello muestra que toda la vida sagrada de nuestro Redentor está compendiada en el santo sacrificio de la misa. A cuya gloria nos lleve el que vive y reina por todos los siglos de los siglos. Amén.

Fin de la contemplación que abarca toda la vida de Jesucristo salvador nuestro.

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