jueves, 24 de mayo de 2012

Fiesta de María Auxiliadora

Génesis y significado de la fiesta. 
El 24 de mayo de 1814, después de seis años de destierro y cautividad, y contra toda esperanza, volvía triunfante a su ciudad de Roma el Papa Pío VII. Un todopoderoso emperador le había arrancado de ella para pasearle insolentemente a través de Europa y relegarle después a Savona. Creía, tal vez, en su orgullo de invencible conquistador, que su espada iba a dar el golpe decisivo a la fortaleza de la verdadera fe, que una filosofía incrédula se gloriaba de haber socavado. Pues bien, he aquí que su ambicioso poder es destruido y que los sufragios de los reyes, a la vez que los aplausos del pueblo, preparan al Pontífice un inolvidable regreso. Pío VII ve en esta gracia insigne la mano protectora de María; y quiere, por gratitud, que el aniversario de su regreso sea la fiesta de María Auxiliadora. Este título le había sido sugerido por una invocación de la letanía lauretana. Después de la batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), San Pío V, satisfecho y agradecido por la victoria que libraba a la cristiandad del terror musulmán, decidió dar a María, en sus letanías, el hermoso título de Axilio de los cristianos.
Esta festividad fué instituida para los Estados romanos por un decreto de la Congregación de Ritos de 16 de septiembre de 1815, y no tardó en solicitarla casi todo el mundo católico. Como la del Rosario, va vinculada esta fiesta a las luchas de la cristiandad. Mas el Rosario recuerda felices victorias, y María Auxiliadora, una desdicha socorrida, una calamidad alejada.   

I. LAS PENAS DEL CRISTIANO EN 
LAS PRUEBAS DE LA IGLESIA 
I. ¿Se requiere, acaso, una prolongada mirada sobre la historia de la Iglesia para comprobar que los celosos Pastores y los fieles han tenido, en todo tiempo, motivo para lamentar las desdichas de su época? A las edades de las violentas persecuciones, turbadas también por la temeridad de los innovadores y las cobardías de los tibios, sucede un primer período de grandes y peligrosas herejías. La prosperidad acarrea en lo interior ambiciones y corrupción, mientras que la consolidación del poder real da origen a celosas rivalidades y a múltiples tentativas de sujeción. De estos abusos nace la grán herejía protestante que lleva en su seno la total incredulidad, con el odio a toda autoridad religiosa.
II. El buen cristiano no puede menos de afligirse profundamente ante esas públicas tribulaciones.
1. ¡Cuánta felicidad impedida o destruida! ¡Ah! ¡Qué paz, qué dicha no se derivaría sobre los particulares y sobre las naciones, de la ley de Cristo santamente observada! El cristiano tiene conciencia de esta salvación, y la ve desacreditada por la conducta de hermanos indignos, rechazada por los impíos, los ciegos y los obstinados.
 2.¡Si a lo menos, la lucha del mal contra el bien fuese leal y sincera! Pero las armas empleadas contra la Iglesia son un nuevo manantial de aflicciones. Imprudentes y pérfidas calumnias arrastran hacia las filas enemigas a las víctimas de la más irreflexiva ligereza. El vicio, lleno de insolencia, se adorna con las apariencias de la virtud, y logra, bajo esta máscara, captarse el público favor, mientras la verdadera virtud se ve burlada y desconocida.
3. Pero, sobre todo, la ruina espiritual de que tantas almas, muchas de ellas todavía inocentes, se ven amenazadas, engendra en el corazón cristiano punzante dolor. ¿Quise hace con el pueblo y con los pobres? ¿Qué, con los moribundos? ¿Qué, sobre todo, con tantos niños entregados a las escuelas de la impiedad o del indiferentismo?
III. Tomemos parte en los infortunios de la Iglesia, para sacar de ellos motivo de fervor, de celo, de generosidad.

II. LOS CONSUELOS DEL CRISTIANO 
EN MEDIO DE ESTAS PRUEBAS
I. Estos consuelos nos los procura, sobre todo, la fe. Ella muestra al cristiano:
1. Por encima de él, a Dios, a Cristo, a su Madre, en una gloria inalterable y perfecta bienaventuranza. Gózase el cristiano al ver el mal reducido a una impotencia tal, que ni siquiera puede turbar esa serenidad.
2. En el pasado, a este mismo Cristo entrando en su gloria por el camino ignominioso del Calvario; preludiando, por los sufrimientos de su humanidad, los destinos de su cuerpo místico; prediciendo claramente el odio y la mentira de que este cuerpo debía ser blanco. «Seréis odiados de todos, víctimas de las mentiras que se proferirán por mi causa. Cuando se os odie, pensad que yo fui el primero en verme blanco del odio» (San Mateo, V, 11; X, 22; XXIV,1).
3. En el porvenir el triunfo final y completo reservado a Cristo y a su causa. Ni aun el silencio de la muerte envolviendo a los enemigos en un olvido que les convenza de su vanidad y su nada, bastará para el desquite divino; todos iiAti confesar su error, todos doblarán sus rodillas ante Cristo (Filip. II, 10).
4. Entretanto el cumplimiento de los planes de Dios: «El hombre se agita, pero Dios le guía» (Fenelón, sermón para la Epifanía, primer punto); la utilidad que los buenos sacan de todas esas tribulaciones y para el cristiano, perfecta seguridad. Bien pueden los hombres coadunarse; no pueden ni perderle, ni quebrantarle, ni impedirle que crea y ame.
II. Examinemos nuestra conducta en las pruebas de la Iglesia. ¿Se ha inspirado hasta ahora en él espíritu de fe? ¿Hemos tenido la suficiente confianza? ¿Nos hemos tal vez abandonado a la duda y al desaliento? Modicae fidei, diría Señor, quare dubitasti? Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? (Matth. XIV, 31)

III. EL RECURSO A MARIA
I. Deber de recurrir.—Los consuelos del cristiano dejarían de ser verdaderos, si produjesen una egoísta indiferencia; y la seguridad personal se vería comprometida, si los consuelos acarreasen consigo la confianza en sí mismo. Tanto, pues, por caridad, como por prudencia, nos conviene, en la desdicha, recurrir a quien puede auxiliarnos
II. El recurso a María. — Al buscar este socorro, ¿cómo dejar de dirigirnos a María? Pensad, en efecto, en la solicitud con que esta Madre veló por su Hijo perseguido. Las tribulaciones exteriores son la librea de Cristo. El no fué interiormente tentado; pero sufrió el odio y la persecución. Un medio de las tribulaciones es el cristiano como otro Cristo Niño. ¿Cómo, pues, la Madre de Cristo dejará de mirar por los discípulos con el amor y vigilante ternura con que miró por el mismo Cristo, cuyos continuadores son ellos acá en la tierra?

COLOQUIO
Después de exponer a María nuestros peligros y los que la Iglesia corre, terminemos nuestra sencilla conversación con la gloriosa protectora de los fieles, dirigiéndole aquella hermosa plegaria:
María, mater gratiae, 
Mater misericordiae, 
Tu nos ab hoste protege 
Et mortis hora suscipe.
María, Madre de gracia, 
Madre de misericordia, 
defiéndenos del enemigo, 
Y recíbenos en la hora de la muerte.

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