miércoles, 30 de mayo de 2012

CON CRISTO O CONTRA CRISTO

 CON CRISTO O CONTRA CRISTO
R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga
 (Páginas 1-6)

Pbro. Moisés Villegas R.
Apdo. Postal #1.
Hermosillo Sonora
Julio 27 de 1966.

Rev. Padre:
Por encargo del Excmo. Sr. D. Juan Navarrete he remitido a S. R. el comentario que anteriormente había enviado al Excmo. Sr., para su consideración. Adjunto encontrará el documento de aprobación del Sr. Navarrete para que dicho comentario sea divulgado en esta Arquidiócesis.
Espero que todo llegue a sus manos a entera satisfacción.

Quedo de S. R. Afmo. en Cristo.
Pbro. Moisés Villegas R.


Hemos leído con detención y ponderado seriamente los conceptos expresados por el Dr. D. Joaquín Sáenz Arriaga en su comentario a los artículos del Sr. Josep Koddy (Revista look, Enero 25 de 1966), acerca de la Declaración que el Concilio Ecuménico Vaticano II ha hecho sobre el problema judío, y nada hemos encontrado que de alguna manera se oponga al Dogma Católico. Por esta razón autorizamos al expresado Sr. Pbro. y Doctor Sáenz Arriaga para que divulgue su opusculo en esta Arquidiocesis.

Hermosillo, Son., Julio 23 de 1966.

JUAN NAVARRETE
Arz. de Hermosillo.



DOS PALABRAS DE INTRODUCCION
Al escribir este comentario, hemos buscado tan sólo el servicio de Dios. Nos pareció irritante el que nuestros enemigos ataquen la indefectibilidad de la Iglesia y quieran hacer pensar al mundo que ellos con su dinero y con su intriga han podido cambiar la doctrina católica. Yo creo en la Iglesia de los Papas y de los Concilios, no en la Iglesia de un Papa o de un Concilio. Es absurdo querer desvincular las enseñanzas dogmáticas, disciplinares o pastorales del Concilio Vaticano II de la contextura veinte veces secular de la doctrina apostólica, de la doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, de la doctrina de los Concilios y de los Papas precedentes, de la doctrina secular de toda la teología católica. Cualquier progreso, que desconozca el pasado, no es progreso, sino ruina y destrucción; cualquier sentido contrario al que los dogmas han tenido, no es interpretación, es claudicación.
Si los teólogos progresistas pueden escribir y defender sus locuras, creo que hay derecho también para que la voz de la tradición doctrinaria pueda escucharse. Creo en la Iglesia, cuyas notas distintivas son: "Una, Santa, Católica y Apostólica". Y la Apostolicidad de la Iglesia significa precisamente esto: su indeficiente tradición que, arrancando de los Apóstoles y de la Iglesia primitiva, conserva incólume el Depósito de la Divina Revelación.
Esa doctrina tradicional de la Iglesia, que rudimentaria, pero claramente aprendí en mi familia y en el Instituto de Ciencias del Sagrado Corazón de Jesús en Morena, (de los Hermanos de las Escuelas Cristianas) quedó después esclarecida y arraigada en mi alma en la sólida formación filosófica y teológica de la antigua y santa Compañía de Jesús.

Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga.


Los dos últimos esquemas conciliares de la Declaración, publicados por la revista LOOK.
El primero fue aprobado el 20 de noviembre de 1964, el segundo lo promulgó Paulo VI, el 28 de octubre de 1965.
1) Texto aprobado el 20 de noviembre de 1964:
"Este Sínodo, al rechazar las injusticias de cualquier clase, que en cualquier ocasión se hagan a los hombres, teniendo en cuenta el común patrimonio (entre judíos y católicos), deplora, más aún, condena, el odio y la persecución contra los judíos, ya haya sido hecha, en tiempos pasados o ya se esté haciendo en nuestros días".
"Procuren, pues, todos, que en la enseñanza del catecismo y predicación no se enseñe nada que pueda traducirse en odio o desprecio a los judíos en el corazón de los cristianos. Que nunca presenten al pueblo judío como rechazado, maldito o reo del Deicidio. Todo lo que sufrió Cristo en su pasión en manera alguna puede atribuirse a todo el pueblo (judío) que entonces vivía y muchos menos el pueblo (judío) que ahora vive".

2) La Declaración promulgada el 28 de octubre de 1965:
 "Aunque las autoridades judías y aquellos que les seguían presionaron para obtener la muerte de Cristo (cf. Juan XIX, 6), sin embargo, lo que sufrió Cristo en su pasión no puede ser atribuido, sin distinción alguna, a los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Aunque la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, los judíos no deben presentarse como rechazados de Dios o malditos, como si esto se siguiese de la Sagrada Escritura. Vean, pues, todos, que en la obra catequista o en la predicación de la palabra de Dios no se enseñe nada que sea inconsistente con la verdad del Evangelio y con el espíritu de Cristo.
"Mas todavía, la Iglesia, que rechaza cualquier persecución contra cualquier hombre, teniendo presente el común patrimonio con los judíos y movida no por razones políticas, sino por el espiritual amor del Evangelio, deplora el odio, las persecuciones y los movimientos de anti-semitismo, que hayan sido promovidos contra los judíos en cualquier tiempo y por cualquier persona".

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