viernes, 18 de mayo de 2012

La Santísima Virgen. Es Madre de Dios. Nunca pecó. Los católicos no la "adoramos"; solo adoramos a Dios. La Inmaculada. La Asunción. El "Angelus".

¿Por qué llaman los católicos a la Virgen Madre de Dios, en vez de Madre de Jesús? ¿Puede acaso un ser humano ser Madre del Dios eterno?
La Sagrada Escritura dice terminantemente en varios lugares que la Santísima Virgen es la Madre de Dios. El ángel San Gabriel habló así a María: "He ahí que concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús... El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con tu sombra. Y, por tanto, el (fruto) santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios" (San Lucas I, 31, 35). Santa Isabel saludó a María con estas palabras: "¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme?" (San Lucas I, 43). San Pablo dice que "Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer" (Gál IV, 4). Finalmente, en el Credo de los apóstoles se nos manda creer "en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por el Espíritu Santo, y nació de la Virgen María"
El Concilio de Efeso (431) declaró que esta verdad había sido revelada por Dios, y excomulgó a Nestorio, que la negaba. Los no católicos que hacen a María la Madre de Jesús, lo hacen porque siguen ideas erróneas en lo concerniente al dogma de la Encarnación, pues niegan que Jesucristo, siendo una Persona divina, posee dos naturalezas, una divina y otra humana. Jesucristo no fue nunca una persona humana. Jesucristo es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, que tomó nuestra naturaleza humana en el seno materno de la Virgen María. Sigúese, pues, que la Virgen es la Madre de la segunda Persona de la Santísima Trinidad, es decir, que es la madre de Dios. Así como nuestras madres no son solamente Madres de nuestros Cuerpos, sino Madres simplemente, porque el alma que cría Dios directamente se une al cuerpo en una persona humana, así también, la Santísima Virgen no es solamente Madre de la naturaleza humana de Jesucristo, sino que es Madre de Dios a secas, porque la naturaleza divina, engendrada de Dios Padre desde toda la eternidad, está unida a la naturaleza humana en la personalidad divina de Jesucristo. Muchos protestantes creen erróneamente que Lutero y Calvino negaron el dogma de la maternidad divina. Oigamos a Lutero: "No hay honor ni bienaventuranza comparables a la prerrogativa excelsa de ser la única persona de todo el género humano que fue digna de tener un Hijo en común con el Eterno Padre." Y Calvino: "Al agradecer al cielo las bendiciones que nos trajo Jesús, no podemos menos de apreciar cuán inmensamente Dios honró y enriqueció a María al escogerla para Madre de Dios."
 
¿Con qué fundamento dicen los católicos que María fue siempre virgen, si la Escritura nos habla con frecuencia de los hermanos de Jesús? (San Mateo XII, 46-50; San Marcos III, 31-36; San Lucas VIII, 19-21; Juan VII, 3,10; Hech I, 14).
El dogma de que María permaneció siempre virgen aun después del parto, fue definido en el quinto Concilio general tenido en Constantinopla en 553, reinando el Papa Virgilio, y luego lo volvió a definir el Concilio de Letrán, celebrado en Roma el año 649 bajo el Papa Martín I. Este dogma fue siempre admitido unánimemente por los Padres de la Iglesia y está fundado en textos inequívocos, tanto del Viejo como del Nuevo Testamento.
El profeta Isaías predijo que Jesucristo había de nacer de una madre virgen. Dice así el profeta: "He ahí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se le pondrá por nombre Manuel" (Isaías VII, 14). La palabra que usa el profeta para decir virgen es almah, palabra que siempre significa virgen en el Antiguo Testamento (Gen XXIV, 43; Exo II, 4; Cant I, 2; 6, 7; Prov XXX, 19). Los Setenta, en la traducción que hicieron del Antiguo Testamento, tradujeron almah por parcenos, palabra griega que siempre significa virgen que no ha sido violada. No son menos explícitos en el Nuevo Testamento los Evangelios de San Mateo y San Lucas. "No temas tomar por esposa a María, pues lo que se ha engendrado en su vientre es obra del Espíritu Santo" (San Mateo I, 20). "El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una virgen desposada con un hombre llamado José" (San Lucas I, 26-27). Entre los Padres de los cuatro primeros siglos que más se señalaron en defender este dogma, merecen citarse San Justino, mártir (Apolog 31, 46; Dial cum Tryph 85); Arístides (Apol.), San Ireneo (Adv Haer 5, 19), Orígenes (Hom 7, in Lucam), San Hilario (In Math 1, 3), San Epifanio (Adv Haer 78, 1-7). San Jerónimo (Adv Helv).
Aunque algunos Padres, como San Epifanio, San Gregorio Niseno y San Cirilo de Alejandría, creyeron que los "hermanos del Señor" fueron hijos que había tenido San José en un matrimonio anterior, la inmensa mayoría opinó, con San Jerónimo, que no se trata aquí de "hermanos", sino de primos. Los Padres dan cuatro razones para probar que éstos no fueron hijos de María:
La virginidad de María está sobrentendida en las palabras que dirigió al ángel: "¿Cómo se hará esto porque no conozco varón?" (San Lucas I, 34). 
Si María tuvo otros hijos, ¿por qué es llamado con tanto énfasis Jesús "el Hijo de María" (San Marcos VI, 3), y por qué no se llama nunca a María Madre de los hermanos del Señor? 
Los textos del Evangelio dan a entender que los hermanos tenían más edad que Jesús. Le tenían envidia por su popularidad; le reprendían y le daban consejos; más aun quisieron prenderle creyendo que estaba loco. 
Si María tenía más hijos, ¿por qué se la encargó Jesús al discípulo amado desde la cruz? Nunca llegaremos a descubrir con toda certeza qué clase de parentesco había entre Santiago y José, hermanos, y los hermanos Simón y Judas. Perdura la duda de si María Cleofás era la esposa o la hermana de Cleofás. En ambos casos, Santiago y José, sus hijos, eran primos de Jesús, aunque no sabemos si por parte de su madre o por parte de su padre. Ignoramos también si Santiago, el hermano del Señor, es Santiago, apóstol, el hijo de Alfeo, y si este Alfeo es Cleofás (Alfeo-Cleofás), el hermano de San José. Si ambas hipótesis son ciertas, y a nosotros nos parece que lo son, entonces Judas era primo del Señor por ambos lados, a saber: por parte del padre y de la madre. 
Desde luego, la palabra "hermano" no significa entre los judíos lo que significa entre nosotros. En el Antiguo Testamento la encontramos con significados diversos. A veces significa parientes en general (Job XIX, 13-14); a veces significa sobrinos (Gén XIII, 18; XXIV, 15), primos lejanos (Lev. X, 4) y también primos carnales (1 Paral XXIII, 21-22). Además, ni en hebreo ni en arameo existía la palabra "primo"; por eso los escritores del Antiguo Testamento se vieron obligados a usar la palabra Ah, hermano, para describir diferentes grados de parentesco. Así, por ejemplo, Jacob, hablando de su prima Raquel, se llama a sí mismo hermano de su padre de ella, en vez de llamarse hijo de la hermana del padre de Raquel, por ser la única manera como podía describir en hebreo su verdadero parentesco (Gén XX, 12). En resolución: ni Jesús tuvo primos, y si éstos, a su vez, eran hermanos, esos tales, en lengua aramea, tenían que ser forzosamente "hermanos" de Jesús, por no haber en esa lengua una palabra apropiada para "primo".

Parece que ese dogma católico de la virginidad de María no es más que un concepto importado del paganismo, pues sabemos que, según la Mitología pagana, los dioses Mithra de Persia, Adonis de Siria, Osiris de Egipto y Krisna de la India, nacieron de madres vírgenes.
Esta dificultad no tiene fundamento alguno. Aunque es cierto que a veces se encuentran semejanzas entre algunos puntos del cristianismo y del paganismo, éste no es uno de ellos. Dice el racionalista Harnack: "La conjetura de Usener de que el nacimiento de una virgen es un mito pagano recibido por los cristianos, va contra todo el desarrollo de la tradición cristiana." Mithra ni siquiera tuvo madre, sino que se le consideraba como hijo de una roca, representada por una piedra cónica que figuraba la bóveda celeste en la cual apareció por primera vez el dios de la luz. Adonis o Tammus (Ezeq. VIII), era un semidiós que representaba la luz del sol. Varios mitos le hacen hijo de Ciniras, de Fénix y del rey Teyas de Asiria y su hija Mirra. Osiris es hijo, ya de Seb y Nuit (la tierra y el firmamento), ya del corazón de Atum, el primero de los dioses y de los hombres. Krisna, el más popular entre las encarnaciones de Vishnu, no nació de una virgen, pues, antes que él naciera, su madre había dado varios hijos a su esposo, Vasudeva. Las leyendas que le hacen semejante a Jesucristo están tomadas de documentos posteriores varios siglos a los Evangelios.
Los mitos paganos de la antigüedad están tomados de la naturaleza, y representan la sucesión del día y de la noche, la sucesión de las estaciones del año, el misterio de la vida y su transmisión de una criatura a otra. Ninguno lleva fecha ni lugar fijo, y pertenecen, en general, a un período vago e imaginado, anterior a la aparición del hombre. Por el contrario, en relación del nacimiento de Jesucristo tiene todas las características, no de mito, sino de historia; porque en ella se especifican la fecha, el lugar, las personas contemporáneas y los hechos más salientes que tuvieron lugar a su alrededor desde el día que nació hasta hoy, pues su evangelio ha sido y es un acontecimiento del que no puede prescindir la Historia universal. Nada tan ridículo como suponer que los evangelistas, a ciencia y conciencia, incluyeron en sus narraciones mitos importados del paganismo, pues los hechos narrados por ellos estaban tan reciente que no había transcurrido tiempo suficiente para que se formara una leyenda en derredor de ellos.
 
¿No es cierto que las palabras "antes que se juntasen" y "hasta que dio a luz a su Hijo primogénito" prueban con toda evidencia que el matrimonio de José y María fue realmente consumado más tarde? (San Mateo I, 18, 25).
No, señor; no prueban eso. Esta misma dificultad fue puesta en el siglo IV por Elvidio, y fue magistralmente resuelta por San Jerónimo. Citó el santo otros muchos pasajes de la Escritura en los que las palabras "antes" y "hasta que" no exigen que de hecho sucedan los acontecimientos a que se refieren. "Noé, abriendo la ventana que tenía hecha en el arca, envió un cuervo, el cual, habiendo salido, no volvió hasta que las aguas se secaron sobre la tierra" (Gén VIII, 6-7), es decir, el cuervo no volvió. Asimismo: "Y ningún hombre ha sabido de su sepulcro hasta hoy" (Deut XXXIX, 6); es decir, nadie ha descubierto el sepulcro de Moisés.
 
Las palabras "dio a luz a su Hijo primogénito", ¿no prueban que, al menos, tuvo dos hijos la Virgen María?
De ninguna manera. Ya tuviera un solo hijo la madre, ya tuviera más, la ley mosaica llamaba "primogénito" al primero que nacía (Exodo XXXIV, 19-20). Es evidente que si una madre muere del primer parto, no puede tener más hijos. Ahora bien: a ese hijo único, así nacido, los judíos le llamaban primogénito.
 
¿Puede usted probarme por la Escritura que la Virgen María fue concebida milagrosamente? La doctrina católica sobre la Concepción Inmaculada de la Virgen, ¿no es cierto que contradice a la Escritura, según la cual todos murieron en Adán? (1 Cor XV, 22; Cf, Rom V, 12). ¿Y no es ésta una verdad nueva, proclamada por primera vez el año 1854?
El que fue concebido milagrosamente fue Jesucristo, no la Virgen María, que tuvo padre y madre como los demás hombres. ¿Quién no sabe que fue hija de San Joaquín y de Santa Ana? Cuando decimos que la Santísima Virgen fue Inmaculada, queremos decir que el primer instante de su ser, es decir, desde que se unieron su cuerpo y su alma en el vientre de su santa madre, la Virgen María fue santificada por la gracia de Dios, de modo que su alma nunca estuvo sin gracia santificante. O si se quiere más claro, el alma de la Virgen María, por especial privilegio, nunca fue tiznada con el pecado original, con el cual son tiznadas al unirse al cuerpo las almas de todos los hijos de Adán. 
El 8 de diciembre de 1854. Pío IX definió que "es doctrina revelada por Dios, y, por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles la doctrina que declara que la bienaventurada Virgen María en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de pecado original (Ineffabilis Deus). 
Los racionalistas y las sectas de manga ancha niegan este dogma, porque niegan sencillamente la existencia del pecado original. Otras sectas protestantes más ortodoxas también lo niegan por las nociones erróneas que tienen acerca de ese pecado. Creen, al parecer, que el pecado original viene a ser prácticamente lo mismo que el pecado actual. No es ésa la doctrina católica. El pecado original es el pecado de Adán en cuanto que nos fue transmitido a sus descendientes, o el estado al cual nos reduce el pecado de Adán. Para los católicos, ese pecado es algo negativo; para los protestantes, es algo positivo. Creen que es algo así como una enfermedad, un cambio radical de la naturaleza, un veneno activo que corroe el alma y la corrompe. inficionando sus elementos primarios y desorganizándola; por eso se imaginan que atribuimos a la Santísima Virgen una naturaleza distinta de la de sus padres y distinta de la de Adán caído. Los católicos no opinamos así. Decimos que María murió en Adán como todos los demás, y que fue incluida en la sentencia pronunciada contra Adán juntamente con todo el género humano; que contrajo la deuda como nosotros; pero que, en atención a los méritos del futuro Redentor, esa deuda se la perdonó Dios anticipadamente. Tampoco se cumplió en ella la sentencia general, si se exceptúa la muerte natural, pues la Virgen María también murió como los demás hombres. 
Al afirmar esto, negamos que la Virgen contrajera el pecado original; pues, como dijimos arriba, el pecado original es algo negativo que nos priva de aquella gracia sobrenatural e inmerecida de que gozaron Adán y Eva luego de ser criados, a la cual privación hay que añadir una serie larga de consecuencias. María no mereció la restitución de esa gracia, como tampoco la merecieron nuestros primeros padres; pero Dios, por su infinita bondad, se la restituyó desde el primer momento de su existencia, de modo que María nunca incurrió en la maldición del pecado original, la cual maldición consiste en la pérdida de esa gracia. Es cierto que la Sagrada Escritura no habla expresa y categóricamente de esta doctrina, pero hay en ella textos, como los dos que cita Pío IX, que, mirados a la luz de la tradición católica, la indican con bastante claridad. "Pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y la suya; ella quebrantará tu cabeza, y tú pondrás asechanzas a su calcañar" (Gén III, 15). "Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre las mujeres" (San Lucas I, 28). Jesucristo y su Madre aparecen como enemigos de Satanás y del pecado. Jesucristo, absolutamente sin pecado, por ser Hijo de Dios; y María, también sin pecado, o llena de gracia, por donación y prerrogativa especial de Dios.
La Santísima Virgen ocupa un puesto de preeminencia en los escritos de los Santos Padres, los cuales le han tributado alabanzas a porfía y han dicho de ella tales grandezas, que sonarían increíbles o muy exageradas si hubiera sido concebida en pecado con los demás hombres. Insisten en llamarla segunda Eva, libre de todo pecado, que deshizo lo que hizo Eva en el Paraíso cuando comió la manzana y dio a comer de ella a su marido.
Escribe San Ireneo (140-205): "Así como Eva por su desobediencia fue la causa de la muerte para sí y para todo el linaje humano, así María, Madre del Hombre predestinado, y siendo aún Virgen, por su obediencia fue la causa de salvación para sí y para todo el género humano" (Adv Haer III, 22). Expresiones parecidas pueden verse en los escritos de San Justino, mártir; Tertuliano, San Cirilo de Jerusalén, San Efrén de Siria; San Epifanio, San Jerónimo y otros que cita el cardenal Newman en la carta que escribió al doctor Pusey. Digamos, para no citar más que uno, el testimonio de San Efrén (306-373); "María fue tan inocente como Eva antes de la caída, Virgen ajena a toda mancha de pecado, más santa que los serafines, la fuente sellada del Espíritu Santo, semilla pura de Dios, siempre pura e inmaculada en cuerpo y mente" (Carmina Nisibena).
 
¿Por qué dicen los católicos que la Virgen María nunca pecó, cuando dice expresamente la Biblia: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos, y la verdad no está en nosotros"? (1 Juan I, 8).
Los católicos creemos y confesamos que la Santísima Virgen nunca pecó, porque así lo dice la tradición, confirmada solemnemente por el Concilio de Trento. "Al discutir la cuestión del pecado—escribe San Agustín—, hay que exceptuar a la Virgen María, sobre la cual no permito que se discuta, por el honor que se debe a Nuestro Señor, y porque ignoramos la cantidad de gracia que Dios le concedió para que en todo momento pudiese sobreponerse al pecado" (De Nat et Gratia).  
La definición del Concilio de Trento es como sigue: "Si alguno dijere que el hombre, una vez justificado, puede evitar todos los pecados, aun los veniales, durante toda la vida, como mantiene la Iglesia que hizo la Santísima Virgen por especial privilegio de Dios, sea anatema" (sesión 6, canon 23).

¿Hay alguna prueba bíblica o histórica que nos demuestre que la Virgen María subió al cielo? ¿Es la Asunción dogma y fe?
Entendemos por Asunción la subida de la Virgen al cielo en cuerpo y alma, no por propia virtud, sino por el poder de Dios. Por su propia virtud y poder entró Cristo resucitado en el cielo; por eso en este caso usamos la palabra activa, Ascensión. La Biblia no dice nada sobre este punto, ni hay tampoco razón alguna histórica en su favor; pero abundan los argumentos teológicos que la confirman, y estos argumentos hicieron a muchos obispos pedir a la Santa Sede la definición de este dogma. 
El Papa Pío XII, atendiendo a las súplicas de la Iglesia universal, definió el 1° de noviembre de 1950 la Asunción de la Virgen María a los cielos: "Por eso, después que una y otra vez hemos elevado a Dios nuestras preces suplicantes e invocado la luz del Espíritu de Verdad..., proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial"
Nótese bien que el Papa en su definición nada afirmativo o negativo dice de la muerte de la Virgen María. Tal vez a alguno le parezca extraño que los Padres de los cinco primeros siglos guardasen tanto silencio sobre esta materia. Ya notó San Agustín que "hay muchas cosas que defiende la Iglesia, las cuales, como es razonable presuponer, fueron predicadas por los apóstoles, aunque nunca han sido estampadas en los libros" (De Bapt 5, 23). 
No estará de más apuntar algunas razones que expliquen suficientemente el porqué de ese silencio. Bien pudo suceder que los Padres no quisieran hacer hincapié en esta doctrina por miedo a que ciertos herejes, como los valentinianos, se agarrasen a ella para corroborar sus errores sobre el cuerpo de Jesucristo. Tal vez no quisieron fomentar el culto a la Santísima Virgen por temor a la idolatría entonces reinante. Además, cuando se sostiene una lucha encarnizada sobre dogmas trascendentales, como la Trinidad y la Encarnación, es lo más natural que se haga caso omiso de doctrinas menos importantes. Desde luego, salta a la vista que no dice bien que el cuerpo de la Santísima Virgen se pudriese en el sepulcro. Al contrario, la razón se aquieta al discurrir sobre la conveniencia de que la Virgen Madre participase en cuerpo y alma en el triunfo de su Hijo, Jesucristo resucitado. Sabemos, además, que la fiesta de la Asunción se celebraba en el Oriente antes del siglo VI, ya que la celebraban las sectas heréticas que se separaron de Roma el siglo V, a saber: los monofisitas, los nestorianos, los armenios y los etíopes. En el Occidente escribía así San Gregorio de Tour (539): "El Señor tomó el santísimo cuerpo de la Virgen y lo llevó al cielo, donde, unido con el alma, goza ahora con los escogidos bienaventuranza sin fin" (De Gloria Mart 1, 109). 
¿Es cierto que los católicos adoran a la Virgen María y que creen que está presente en todo lugar, de suerte que puede escuchar sus plegarias?
Los católicos no adoramos más que a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. A la Santísima Virgen la amamos y reverenciamos porque Dios la honró y ensalzó sobre todas las criaturas, al escogerla para que fuese Madre de su Hijo unigénito. Los coliridianos, que tributaban a la Virgen honores divinos, fueron condenados en el siglo IV por San Epifanio, que dijo: "Nosotros no adoramos a los
santos... Honremos, pues, a María; pero no adoremos más que al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo" (Adv Collyrid 29). Sólo Dios está en todas partes. 
El hecho de que la Santísima Virgen conozca nuestras necesidades particulares y las remedie accediendo a nuestras oraciones y plegarias, no implica omnipresencia por su parte; como no implica omnipresencia por mi parte el hecho de que yo pueda acceder a los ruegos de mis amigos separados de mí por la inmensidad del océano. Cuando el profeta Eliseo vio la emboscada que le tenían preparada al rey de Israel, ¿estaba acaso en Siria el profeta? (4 Reyes VI, 9). No era menester. Es cosa fácil para Dios hacer que los santos vean nuestras necesidades, como leemos en Job: "Id a mi siervo Job y ofreced un holocausto por vosotros; y mi siervo Job orará por vosotros; y Yo aceptaré su intercesión, para que no se os impute vuestra culpa" (Job XLII, 8). Los santos ven a Dios "cara a cara como es en Sí" (1 Cor III, 12; 1 San Juan III, 2), y, viendo a Dios, ven en El como en un espejo todo lo que pasó acá en la tierra.
 
¿Por qué honran tanto a María los católicos, si María no fue más que una mujer ordinaria? ¿No es cierto que esta devoción tan arraigada a María resta importancia e intensidad al culto que se debe a Jesucristo?
La Iglesia católica se ha esmerado siempre en honrar de una manera especial a la Santísima Virgen porque Dios la honró sobre todas las criaturas concediéndole la mayor dignidad que podía conceder, a saber: la maternidad divina. La Escritura nos dice que Jesucristo la honró viviendo con ella en la casa de Nazaret hasta los treinta años, en que comenzó su vida de apostolado, y teniendo especial cuidado de ella desde la cruz al encomendársela al discípulo amado (San Juan XIX, 26).  
Realmente, no se comprende cómo hombres de buen entendimiento creen que pueden ensalzar al Hijo de Dios gloriándose de empequeñecer a su Madre Santísima. Ninguno se gana las simpatías de nadie despreciando o teniendo en poco a su madre. ¿Cómo se puede explicar que llamen a María mujer ordinaria hombres que se glorían de leer y releer la Biblia? ¿Iba a escoger por Madre a una mujer ordinaria Dios, que tenia millones de mujeres en el mundo? El profeta Isaías la predijo varios siglos antes que naciera (Isaías VII, 14). Dios envió del cielo un embajador especial que le anunciase la dignidad excelsa a que había sido elevada (San Lucas I, 26), y envió otro a San José a consolar en sus dudas (San Mateo I, 20). Tanto el ángel como Santa Isabel la llamaron "bendita entre las mujeres" (San Lucas I, 28, 43), y su misma profecía: "He aquí que desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones" (San Lucas I, 48) se está cumpliendo a la letra todos los días en el mundo católico.
Es falso que la devoción a la Santísima Virgen quite nada al amor que debemos a Cristo; al contrario, la devoción a María aumenta en nosotros ese amor. Nótese, si no, cómo los más devotos de María son los defensores más acérrimos de la divinidad de Jesucristo, su Hijo. No puede el Señor mirar con celos las alabanzas que tributamos a su Madre, pues todos los privilegios y prerrogativas de esta Señora son dones gratuitos suyos. ¿Envidia acaso el artista las alabanzas que se tributan a su obra de arte? ¿Quién ha visto un autor que tenga celos de los elogios que la crítica tributa a su libro?
 
¿Están obligados los católicos a creer todas las leyendas que corrían en la Edad Media sobre la Santísima Virgen? ¿No es cierto que la devoción de los siglos medios a la Virgen dio margen a una superstición malsana, contraria en todo a la mediación que sólo compete a Jesucristo? Además, al leer a algunos escritores católicos, se encuentra uno con expresiones y frases inexactas y aun blasfemas. ¿Qué me dice usted, por ejemplo, de "Las glorias de María"?
Los católicos no están obligados a creer ninguna leyenda. La Iglesia católica va con pies de plomo cuando se trata de admitir milagros obrados por los santos. Léanse, si no, los volúmenes sin fin de los bolandistas, y allí se verá con qué cuidado distingue la Iglesia entre milagros verdaderos y milagros falsos o dudosos. No han faltado incrédulos que han atribuido a la devoción a la Virgen el respeto que en la Edad Media se tenía a la mujer; respeto que no hubiera existido si no hubiera existido esta devoción bendita. 
Oigamos a Lecky: "El mundo es gobernado por ideales, y rara vez o nunca ha habido un ideal que haya tenido una influencia más saludable que el concepto de la Virgen en los siglos medios. A mi juicio, no se puede dudar que la devoción que los católicos han tenido a la Virgen ha contribuido notablemente a elevar y purificar el ideal por la mujer, y a suavizar los modales y costumbres de los hombres."  
Es cierto que al que juzgue con prejuicios los escritos de los amantes de María, muchas frases y expresiones le han de sonar inexactas y aun blasfemas. Pero de eso no se sigue que las frases en sí sean blasfemas. Cuando el comentarista Blackstone nos dice que "el rey no puede hacer nada malo", o que "el rey nunca muere", o que "el rey es la fuente de la justicia", ¿quién es tan necio que llame a Blackstone hereje o blasfemo por atribuir impecabilidad o inmortalidad al rey de Inglaterra? 
Los católicos saben distinguir muy bien las frases dictadas por la devoción de las frases dogmáticas de los Papas y Concilios. Una expresión exagerada de un autor latino piadoso la interpretan siempre a la luz de las palabras del Credo, o del catecismo, o de un manual de Teología. Así, por ejemplo, San Alfonso escribió su libro Las Glorias de María para los campesinos sencillos y de imaginación viva del sur de Italia. Todo el mundo es libre para admitir o rechazar muchas de las leyendas que allí se describen; pero la sustancia de la doctrina allí explanada no puede ser más católica desde el prólogo hasta el índice. Citemos, si no, dos o tres párrafos en confirmación de ello. Nadie niega que Jesús es el único Mediador de justicia, el único que con sus méritos nos reconcilia con Dios... Sería error grande creer que Dios no puede darnos su gracia sin la intercesión de María... Confesamos que Dios es la única fuente del bien, y que María no pasa de ser una creatura; todo lo que ella ha recibido se debe a la gracia de Dios. Las expresiones de uno que ama con vehemencia no son siempre verdaderas en el sentido estricto de la palabra, ya que el ardor del sentimiento es con frecuencia causa de exageración en el lenguaje. Por eso es necedad exigir a un amante que sea preciso y exacto en lo que dice a la persona amada. Y esto es precisamente lo que ocurre a los fervientes amadores de Dios y de los santos.
 
No es cierto que Jesucristo habló con aspereza y severidad a la Virgen cuando le dijo en las bodas de Caná: "Mujer, qué tengo Yo que ver contigo"? (San Juan II, 4).
No es ésa la verdadera traducción de las palabras de Cristo. Los católicos tenemos esta versión más exacta: "Mujer, ¿qué nos va a Mí y a ti?" El P. Lagrange nos dice que los árabes aún usan esta misma expresión: "A ti, ¿qué?", con dos significaciones distintas. A veces significa: "Tú, a lo tuyo, y deja a los demás en paz"; otras veces, cuando se dice con una sonrisa, significa: "No te apures, que todo saldrá bien." Es evidente que este segundo significado es aquí el correcto, pues vemos que Jesucristo no vaciló en obrar en seguida el milagro de cambiar el agua en vino a instancias de su Madre. Dígase lo mismo del vocablo "mujer" por madre. Algunos han opinado falsamente que Jesucristo al llamarla mujer quiso acentuar la distancia infinita que media entre María, pura criatura, y El, Dios infinito. Era ésta la manera de dirigirse a las señoras, fueran o no madres; por eso Jesucristo la volvió a llamar mujer desde la cruz. 
El comentarista protestante Trench, escribiendo sobre los milagros, dice así en el sermón primero: No hay severidad ni dureza alguna en la palabra "mujer" con que Cristo habló a su Madre, por más que nos suene así a muchos oídos ingleses. Nótese que ésa fue precisamente la palabra que escogió el Señor en los tiernos y solemnes momentos de la cruz, los últimos de su vida: "Mujer, he ahí a tu hijo." No hay en este vocablo severidad alguna; al contrario, hay en él cierta solemnidad, y no puede menos de haberla cuando se siente de verdad la dignidad de la mujer. Dígase lo mismo de la expresión: "Mujer, ¿qué tengo Yo contigo?"... Estas palabras nos parece a nosotros que están revestidas de cierta severidad; si de hecho la hubo, ciertamente Jesucristo la envolvió en tal tono de voz, que mitigó toda la dureza exterior de la frase, pues vemos que luego el Señor accedió de buen grado a las instancias de su Madre.
 
Una vez que Jesucristo predicaba a las turbas, le dijo una mujer: "Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron." Pero Jesús respondió: "Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" (San Lucas XI, 28). ¿No se puede argüir de aquí que Jesucristo no estimaba en mucho a su Madre?
No, señor. No se trata aquí de una comparación de personas, sino de parentescos, y puede suceder muy bien, como de hecho aquí sucedió, que los dos parentescos culminen en la misma persona. La Santísima Virgen fue a la vez "la esclava del Señor" (San Lucas I, 38) y la Madre de Dios. También ella "guardaba todas estas cosas y las ponderaba en su corazón" (San Lucas II, 19). Si alguno cree que las palabras de Jesús: "Bienaventurados más bien..." condenan el culto a su Santísima Madre, piense que también condenan el culto a Sí mismo, ya que la mujer de la turba le ensalzó a El primeramente, y a su Madre sólo por causa suya. Es evidente que Jesucristo aquí quiso apartar la mente de los oyentes de la prerrogativa externa de su Madre y de la suya propia para que la fijasen más bien en la verdadera gloria y dignidad, tanto suya como de su Madre, como cuando dijo: "¿Me llamas bueno a Mí?" (San Mateo XIX, 17).
 
¿No es cierto que Jesucristo desconoció a su Madre cuando dijo: "Mi Madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen"? (San Lucas VIII, 21).
De ninguna manera. Jesucristo aprovechó simplemente la presencia de su Madre y de sus primos para enseñar al pueblo la necesidad de guardar la palabra de Dios, como había hecho la Santísima Virgen (San Lucas I, 38, 45), y la necesidad de despegarse aun de los parientes más cercanos por amor de Dios. 
Dice así Tertuliano, comentando este pasaje: "Era menester que Jesucristo cumpliese con la obra lo que nos mandaba hacer a nosotros. Hubiera sido por demás extraño que, mientras a nosotros nos mandaba que antepusiéramos la palabra de Dios al padre y a la madre y a los hermanos, El dejara la palabra de Dios tan pronto como le anunciaron que le buscaban su Madre y sus hermanos. Jesucristo, pues, negó aquí a sus padres en el sentido en que nos mandó que negásemos nosotros a los nuestros, a saber, por amor de Dios" (De Carne Christi 7). 
Y San Ambrosio: "La mente de Jesucristo no fue rechazar las atenciones debidas a su Madre, pues El mismo manda que "el que deshonre a su padre o a su madre es reo de muerte", sino que quiso darnos a entender que era de más importancia atender a los negocios de su Padre que entretenerse en dar pruebas de afecto a su Madre. No desconoce aquí Jesús a su Madre, como algunos herejes han dicho insidiosamente; ni siquiera la desconoció desde la cruz" (In Luc VIII, 20).

¿Podría usted decirme qué cosa es el "Angelus"?
El Angelus es una costumbre piadosa que consiste en rezar tres Avemarias por la mañana, a mediodía y por la noche, en honor de la Encarnación. El nombre está tomado de la primera palabra de la oración: Angelus Domini nutiavit Mariae. (El ángel del Señor anunció a María.) Tuvo origen en el siglo XIV, y era una imitación popular de las oraciones que los monjes dicen por la noche. Las campanadas que se daban para el Angelus de la mañana recibían el nombre de campana de Paz, porque los obispos recomendaban con frecuencia al pueblo que hiciese oración y pidiese a Dios la paz mientras se tocaba. En los siglos XV y XVI era costumbre conmemorar la muerte del Señor en el Angelus del mediodía. La costumbre de honrar a la Virgen: en su Anunciación con el Angelus de la noche data, probablemente, del Papa Gregorio IX (1239). 

BIBLIOGRAFIA.
Alameda, María, mediadora. 
Cervetti, La Asunción de la Virgen
Eguía, María y sus gracias
Goma, María, Madre y Señora
La Broisse, Vida de la Virgen Santísima
Moreno Maldonado, Grandeza de la Ciudad de Dios
Razón y Fe, María Inmaculada
Pérez, Vida mariana
Seisdedos, Teología popular mariana
Terrién, La Madre de Dios y Madre de los hombres.

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