martes, 22 de mayo de 2012

La Pureza

     Oh hijo mío, guarda tu inocencia, es tu mejor y más precioso tesoro.
     Con ella conservarás la calma del espíritu, la dulce quietud del corazón, la paz de los sentidos.
     Con ella complacerás a los ángeles y a Dios mismo, porque su mirada penetra en el misterio de los corazones, y El ama los corazones puros.
     Con ella complacerás también a los hombres. pues el filósofo dijo: "Un joven que ha conservado hasta los veinte años su inocencia es, a esa edad, el más generoso, el mejor y más amable de los hombres".
     Vigila tus miradas, vigila tus pensamientos, vigila tus palabras, vigila tus relaciones.
     No te permitas ni el pensamiento del mal, ni aún el involuntario deseo que nace en el secreto del alma y que la pureza reprueba.
     Un instinto delicado —como una voz del santo pudor—te advertirá siempre del peligro que corre tu inocencia; obedece siempre ese instinto protector.
     Recuerda que la inocencia es la más exquisita, pero también la más frágil de las virtudes. Es un espejo puro que un aliento empaña; es una flor que un soplo marchita; es un cristal que un contacto puede romper.
     Es el ropaje virginal del alma que se eleva de blanco vestida como dice el Cántico o, para hablar el lenguaje del dulce Francisco de Sales: "es el lirio de las virtudes, la bella y blanca virtud del alma y del cuerpo".
     ¡Es tanto más bella cuanto más difícil de guardarla; pero qué honor, hijo mió, para aquel que sabe conservarla intacta! Ese hombre se asemeja a los ángeles y se aproxima a su esencia pura.
     ¡Qué digo! Los ángeles mismos lo contemplan con admiración, vencidos por una gloria muy alta, pues ellos no han tenido jamás que domar los ataques terribles de una carne enferma y mortal.
     Y desde allá arriba, el purísimo Salvador, Aquel único que ha podido decir: "¿Quién me argüirá de pecado?" el Dios de los Inocentes y de las Vírgenes, dirigirá sus miradas sobre ti, como tú quieres dirigir las tuyas sobre un lirio sin tacha.
     ¡Y esperando la hora de la celestial recompensa, María, tu Madre Inmaculada, con sus manos virginales, ella misma tejerá tu futura corona!...

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