jueves, 2 de octubre de 2014

Devoción a la Divina Providencia

     Invocándola por medio de los Sagrados Corazones de Jesús y de María para alcanzar el remedio de toda especie de necesidades y para implorar su protección todos los días.

Récese un Padrenuestro y Avemaria, y luego la siguiente:

ORACIÓN
     PROVIDENCIA divina, que elegiste al Sagrado Corazón de Jesús para fuente perenne de todos los bienes que concedes a los hombres, y a su Madre Santísima para dispensadora universal de ellos: a Ti recurro, animado de la confianza que me inspira la bondad paternal con que me has criado y me conservas, el amor con que ese mismo Corazón se ofreció a los tormentos y a la muerte por mí, y a la bondad con que esa Madre de misericordia me ha concedido tantos beneficios sin pretenderlos no aun conocerlos yo; concédeme, pues, lo que te pido si es para tu mayor gloria, honra y provecho de mi alma. Amén.

Díganse tres Avemarias, en reverencia del tránsito de la Santísima Virgen.

Oración a María Santísima
PARA LA HORA DE LA MUERTE
    OH dulcísima Madre de misericordia! ¡Oh única esperanza de los pecadores! ¡Oh eficaz atractivo de nuestras voluntades! ¡Oh María, oh Reina, oh Señora! Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, recibe esas tres Avemarías que con afecto de mi corazón he rezado en honor de tu felicísimo tránsito, y por él te pido que en el trance y agonía de mi muerte, cuando, ya trastornados los sentidos, turbadas las potencias, quebrantada la vista, perdida el habla, levantado el pecho, postradas las fuerzas y cubierto el rostro con el sudor de la muerte, esté luchando con el terrible final del paroxismo, cercado de enemigos innumerables que procurarán mi condenación, y que estarán esperando que salga mi alma para acusarla de todas sus culpas ante el tremendo tribunal de Dios, allí, querida de nuestras almas; allí, única esperanza de nuestros corazones; allí, amorosísima Madre; allí, vigilantísima Pastora; allí, María, ¡oh dulce nombre!, allí, ampárame; allí, María, defiéndeme; allí asísteme como pastora a sus ovejas, como madre a sus hijos, como reina a sus vasallos; aquél es el punto de donde depende la salvación o la condenación eterna; aquél es el oriente que divide el tiempo de la eternidad; aquél es el instante en que se pronuncia la final sentencia que ha de durar para siempre, pues si me faltas entonces, ¿qué será de mi alma, cuando tantas culpas he cometido? No me dejes en aquel riesgo, no te retires en aquel horrible trance. Acuérdate, amabilísima Señora, que si Dios te eligió para Madre suya, fue para que fueses medianera entre Dios y los hombres; por tanto, debes ampararme en aquella hora, ¡oh María!, ¡oh segurísimo sagrado refugio mío!, pues puede ser que entonces no tenga fuerzas ni sentido para llamarte; desde ahora, como si ya estuviera en la última agonía, te llamo, desde ahora te invoco, desde ahora me acojo para librarme de los merecidos rigores del Sol de Justicia, Cristo, y desde ahora, como si ya agonizara, invoco tu dulcísimo nombre; y esto que ahora te digo, lo guardo para aquella hora; María, misericordia; María, piedad; María, clemencia; María, en tus manos santísimas encomiendo mi espíritu, para que por ellas pase al tribunal de Dios, donde intercedas por esta alma pecadora; en Ti confío, en Ti espero. Ya, yo voy a expirar; misericordia, Madre de mi corazón; misericordia, misericordia, María, misericordia. Amén.

Oración a Nuestra Señora de las Angustias
     ¡OH María, sin pecado concebida!
     Por los dolores que tu santísimo Hijo sufrió en la cruz por redimir nuestras culpas, vuelve a mí tus piadosos ojos, y escucha mis súplicas. Confiado en tu infinita bondad. Madre Santísima; me atrevo a dirigirte mis plegarias; no las desoigas, y consuela mis aflicciones en este valle de lágrimas y amarguras; te ofrezco un propósito firme de enmienda, Madre y Señora mía, porque a Ti te debo mucho, y soy tan pecador, que nada merezco. Estoy confiado en tu inefable bondad; y ¿cómo no reconocer tu grande misericordia y dedicarte los días que me restan de vida para amarte? Sí, Madre Santísima, no me abandones; dirige mis pasos, dame tu amparo y protección, líbrame de mis enemigos visibles e invisibles, de la maledicencia y la calumnia, e ilumina mi entendimiento para alabarte y bendecirte por tantos sacrificios como te debo. Amén.
EL DEVOTO DEL PURGATORIO

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