jueves, 30 de octubre de 2014

SAN IGNACIO DE LOYOLA (16)

LIBRO III
EL MAESTRO ESPIRITUAL
 Capítulo Décimocuarto
LA DOCTRINA ESPIRITUAL DE IGNACIO DE LOYOLA

     Laínez tenía costumbre de decir que Ignacio de Loyola era un hombre de pocas verdades. Esta frase expresiva, de un contemporáneo y un familiar, nos invita a creer que no debe de ser muy difícil el encontrar y poner en relieve la doctrina espiritual del futuro fundador de la Compañía de Jesús. (1)
     Esta doctrina es esencialmente una doctrina de combate. Del análisis que Iñigo hizo de sí mismo, obtuvo una vista clara de las fuerzas permanentes coaligadas, que tienden a arruinar el reino de Dios en los corazones. En el curso de su vida, en Loyola, en la Corte, en Manresa, en Barcelona, en Alcalá, en París, tuvo mil ocasiones de persuadirse que su historia íntima era la misma de muchos otros. De allí la convicción profunda que tenía, de que la gran desgracia de los hombres es la de no querer vencerse a sí mismos. Fue a esta victoria de sí mismo a lo que él se anima y a la que trata de animar a todos aquellos a quienes se acerca. El título que da a sus Ejercicios Espirituales es su fórmula capital, encierra en una sola palabra su programa personal, el que propaga y propone en torno de sí, según las ocasiones, con un celo que nada es capaz de detener.
     Sin esta victoria es imposible ser un hombre razonable, un discípulo de Jesucristo, un salvador de almas. Aquel que no domina sus pasiones será infaliblemente dominado por ellas. Un cristiano que retroceda ante la abnegación de sí mismo se aparta de los ejemplos y de las lecciones de Jesucristo; porque ¿qué otra cosa fue la vida de Jesucristo sino un holocausto perpetuo? y cuando quiso encerrar en una sola frase toda la moral de su Evangelio, ¿qué otra cosa dijo sino esto: “Renunciados a vosotros mismos”? Este renunciamiento completo y constante de la concupiscencia es la indispensable condición de la vida verdadera. La historia de los santos, apóstoles auténticos del cristianismo, lo prueba hasta la evidencia. Antes de predicar, se vencieron a sí mismos; rechazaron todas las sugestiones diabólicas y todas las máximas mundanas que favorecen las pasiones; sus mismas predicaciones no son otra cosa que una guerra pública sin tregua al orgullo, a los honores y a las riquezas, que pierden a las almas, arrastrándolas fuera de los pasos de Jesucristo y de los mandamientos de Dios.
     Quien quiera que pretenda, pues, reformar a la Iglesia, o reformarse a sí mismo, no puede tomar más que un solo camino: el de la total abnegación de sí mismo. Es una guerra a la que hay que resolverse. La vida según Dios no tiene otro precio. Esperar a la muerte para arreglar su conducta es peligroso, es indigno de un hombre. Corregirse tan sólo en aquello que está prohibido, corre el peligro de no ser más que un paliativo. Ir generosamente de un salto al despojo evangélico es lo más seguro, lo más lucrativo, lo más generoso. Todos tienen que ofrecerse a ello con sinceridad e insistencia: y Dios no dejará de dar a conocer que le agrada aquella ofrenda. Y aun en el caso en que se contentara El con un testimonio de buena voluntad, sin embargo la vida evangélica debe permanecer ante las miradas de aquel que Dios destina a vivir en el mundo, como un ideal supremo. Todo cristiano debe llevar este ideal en su alma, no solamente como el recuerdo de una visión atractiva, sino como una luz cuyas claridades guiarán toda su conducta, hasta el punto de usar de este mundo como si usara de él, según las palabras de San Pablo. Y así queda asegurada la sumisión humilde que la criatura debe a su Creador, la imitación con la que el cristiano debe seguir a Jesucristo, el amor de Dios, en fin, en el que se resume toda la religión aquí abajo, toda la vida bienaventurada en el cielo.
     Fuera de esto ¿qué es lo que esperan los hombres? La experiencia de Lucifer y de Adán es decisiva. Pecaron y merecieron el infierno. Es al mismo abismo, por el camino de la misma rebelión, a donde llegarán todos aquellos que no quieren vencerse a sí mismos. Y mientras llega el castigo de la justicia divina no pueden ser a sus propios ojos más que un objeto de horror y de disgusto, algo así como una postema purulenta siempre abierta.
     La gloria de Dios, la salvación del hombre, la reforma de la Iglesia, exigen imperiosamente que cada uno abrace el estado que Dios quiere. La voluntad de Dios debe de ser para cada uno la regla suprema y universal: la regla de los placeres y de las liberalidades, la regla de las decisiones cualesquiera que sean, la regla de las elecciones entre las innumerables criaturas del orden material, humano y sobrenatural, que se encuentran en el camino de la vida. En tanto que la determinación de esta voluntad divina no se conoce, la libertad debe permanecer en equilibrio, como una balanza que no tiene ninguno de sus platillos cargado. Pero hay que notar que és la voluntad general de Dios que el hombre violente las tendencias que se oponen a su Ley santa. Tomar este partido atrevidamente, es asegurar el orden en sí mismo, arreglar la carrera de la vida de manera que se llegue a alcanzar su fin. Todo el plan divino está en esto.
     El demonio se constituye enemigo de este plan. Un enemigo capital e implacable. Desde el paraíso terrestre, no ha dejado de tentar a los hombres para perderlos. Su táctica es conocida; si bien logra hacer víctimas innumerables, es fácil resumirla en tres palabras: puntos de ataque bien escogidos; operaciones secretas; asaltos tanto más furiosos cuanto la resistencia sea más débil. Cuando las almas son cobardes, Satanás les propone directamente el mal. La imaginación se exalta frente a las perspectivas del placer que le presenta ante los deslumbrados ojos; y una vez que se ha cometido el mal sugiere que el perdón de Dios es imposible, o que es imposible la dominación de los instintos. ¡Lazos groseros en los que la pobre humanidad se ha dejado prender, desde hace siglos! Los buenos no están exentos de sus emboscadas. Todos los hombres son imágenes de Dios y coherederos de Jesucristo. Y en todos trata de borrar la semejanza divina; y a todos trata de arrancar su parte de herencia eterna. Pero, con los buenos se hace muy fino, sutiliza, usa de astucia. Los conquista bajo la apariencia del bien. Y así, en toda ocasión se muestra mentiroso y homicida como en los primeros días del mundo. La vigilancia es, pues, de rigor, con la firme resolución de hacer siempre lo contrario de lo que propone. En esto está la prudencia y la salvación.
     Los buenos deben de pensar, además, que Dios es más solícito y más poderoso para salvarlos que no es el demonio para perderlos. Los buenos ángeles velan y ayudan, el Espíritu Santo ilumina y fortalece. ¡Benditos y bienhechores soplos del cielo, que pasan sobre las almas cristianas, para inflamarlas en el amor divino, levantarlas a las alturas, asociarlas, desde esta tierra, a los goces y a la paz del Paraíso! Cuando llegan estas horas es necesario aprovecharlas, a fin de servir a Dios con más generosidad. Cuando el alma cae sobre sí misma, le parece que toda luz se extingue, y que en estas tinieblas, lejos de Dios que se oculta, la fidelidad se hace penosa; entonces deben de recordarse las pasadas visitas, esperar firmemente otras visitas futuras, y permanecer firme en la práctica del deber. En estas alternativas, de días luminosos y de días obscuros, de consolación y de desolación, la virtud se engrandece y se fortalece, los méritos se añaden a los méritos, y se establece en el alma la humilde convicción de que ella es nada y que Dios es todo. Esta es la verdadera ciencia de la santidad.
     Esta ciencia nunca se aprende perfectamente; es preciso ponerse en su escuela toda la vida para aprender a aprovecharse de los auxilios divinos para saber burlar los esfuerzos diabólicos, para dominar los instintos perversos, y para establecer por fin el reino de Dios por medio de incesantes victorias. Los Ejercicios Espirituales son indispensables para quien quiera conservar y desarrollar sus fuerzas cristianas. La analogía con las leyes de la vida material sugiere esta conclusión. La experiencia de los santos la pone en evidencia. La meditación cotidiana, el examen cotidiano de la conciencia, el hábito de la penitencia, la confesión y la comunión frecuentes, son el secreto de los santos pensamientos, de los grandes deseos, de las valerosas resoluciones, y de una fidelidad a Dios que nunca se desmiente.
     Y si, enmedio de los dolorosos esfuerzos que se hagan para poner siempre la voluntad divina por encima de todo, las palabras engañosas de los herejes o de los relajados cristianos amenazaren oscurecer la fe, enfriar el amor, debilitar el valor, romper el entusiasmo, que se acuerden todos de que Jesucristo ha prometido a la Iglesia Docente de Roma la asistencia que la conservará en la verdad. Escuchar dócilmente a esta Iglesia, en todo lo que ella enseña, ordena y aconseja, creer en sus dogmas, seguir sus leyes, respetar sus instituciones, practicar la observancia de su culto, es el deber y la seguridad; de este modo todos probarán su fe en las promesas hechas por Cristo a su esposa, su amor hacia la Iglesia que es una madre, y la sinceridad de su espíritu católico.
     Para renovar este espíritu en toda su pureza, para convencerse más profundamente de la necesidad de frecuentar los sacramentos, de practicar la penitencia, de orar y de meditar, nada es más útil que un retiro. Separado de los suyos y de los negocios, de las costumbres cotidianas, el hombre está más apto para comprender por qué se vive en este mundo, cuán grande es la desgracia del pecado, la belleza de los ejemplos de Jesucristo, desde el pesebre al Calvario, el deber de imitar a este modelo de los elegidos, la gran ley en fin del amor que encierra toda la religión. La soledad completa, las reflexiones serias, las oraciones constantes, la docilidad a un director, la generosidad de una alma pronta a todos los movimientos de la gracia, llevan necesariamente a la conversión, a la transformación. Es un hecho de experiencia. ¿Quién no está de esto persuadido a priori? ¿Acaso Dios no quiere nuestra salvación y nuestra perfección, más que nosotros mismos podríamos quererla? ¿Acaso el Padre que nos ha dado a su Hijo nos rehusaría las gracias más extraordinarias? ¿Pero que son éstas, en comparación de Aquel en quien están todos los tesoros de la divinidad?
     La verdad es que nosotros no sabemos lo que Dios haría de nosotros, si estuviéramos enteramente decididos a entregarnos a El por completo, para que disponga de nosotros según su beneplácito. Y precisamente porque los Ejercicios Espirituales están excelentemente adecuados a provocar la generosidad del alma, es por lo que son un instrumento tan eficaz de conversión. Es imposible ponerse sinceramente en esta escuela sin sacar de ella el deseo y la fuerza de vencerse a sí mismo, por el amor de Cristo.
     Se pueden prolongar los Ejercicios, se les puede también acortar. Todo depende de las circunstancias de tiempo y de personas. En general, las meditaciones llamadas de la primera semana, destinada a la purificación de la conciencia, son propias para el mayor número y les bastan. Pero si se trata de afinar las almas y de formar un grupo de selectos, el conjunto de todas las verdades indicadas en el libro debe proponérseles; en igualdad de circunstancias, el ejercitante ganará tanto más cuanto más persevere, hasta una treintena de días, en la soledad y en la oración. Este largo espacio de tiempo no es demasiado para penetrarse a fondo de las lecciones esenciales de la ascética cristiana.
     Sin embargo, no hay que creer que semejantes esfuerzos produzcan automáticamente la santidad definitiva. Ignacio mismo dice en el título de su libro, que sus Ejercicios son para ayudar al alma a vencerse. Para crear hábitos como instintivos de virtud, es necesario generalmente algún tiempo; la intensidad de los hábitos, según lo nota Santo Tomás, (2) puede abreviar el tiempo necesario, y lo abrevia en efecto, pero es un hecho de experiencia universal que los hábitos inveterados son los más difíciles de desarraigar. Si, pues, alguno quiere fijarse en el bien y durar en un fervoroso servicio de Dios, será necesario que continúe alimentando su fervor y fortaleciendo su voluntad, como los Ejercicios le enseñaron a hacerlo.
     Prescindiendo por ahora de la cuestión del amor, de la que hablaremos después, esta es brevemente y en parte la síntesis de la doctrina espiritual que Ignacio de Loyola ha diseminado por fragmentos, y en apariencia sin cohesión, en las páginas, bien cortas, de los Ejercicios Espirituales.
     A través de la multitud de anotaciones, de adiciones, de meditaciones, de contemplaciones y de reglas, que parecen dividir este libro en compartimientos multiplicados a profusión, se encuentra en cien lugares de él el mismo pensamiento: gobernarse, vencerse. Actos de gobierno de sí mismo: las precauciones tomadas para asegurarse la soledad y el recogimiento; la concentración de las potencias intelectuales y afectivas sobre una verdad dada; la determinación de una resolución práctica. Victoria sobre sí mismo: la práctica de la temperancia y de la penitencia, la reacción contra la triple concupiscencia, contra las sugestiones del diablo y del mundo; la oración prolongada a pesar del cansancio, las instantes súplicas repetidas hasta que se haya obtenido el valor de conducir a la naturaleza, que se rebela constantemente, hasta el sacrificio que la inmola. Actos de gobierno de sí mismo: el examen de la meditación, revista diaria de la conciencia, discernimiento de los movimientos interiores que se experimentan, la cuestión que se impone antes que cualquiera decisión: ¿de qué me servirá esto el día de mi muerte o del juicio? Victorias sobre sí mismo: el retiro, la meditación, la resolución de enmendar la vida, la conformación con los ejemplos del Salvador, la sumisión filial a la Iglesia.
     Muchas veces se expresa la fórmula en términos formales, aunque más veces se la presupone: el “Vencerse” se presenta en todos los Ejercicios Espirituales en cada página, en cada rincón. Es por decirlo así, lo esencial del librito, precisamente porque es indispensable a lo esencial de la vida espiritual.
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     Esencialmente la vida espiritual consiste en la presencia, la conservación y el aumento en nosotros de la gracia santificante. Por esta gracia, somos las ramas vivas de la mística viña, de la que Jesucristo es el tallo. La circulación, el enriquecimiento de la savia divina en nosotros no podrá asegurarse, sin la eliminación constante de los elementos capaces de secarla y ahogarla. Ahora bien, esta eliminación es lógicamente la victoria de nosotros sobre nosotros mismos; esto es: el dominio de la naturaleza por lo sobrenatural, la destrucción del hombre viejo bajo los golpes del hombre nuevo.
     Los motivos que pueden determinar a un cristiano a esta destrucción pueden presentarse bajo fórmulas diversas. Ignacio tiene las suyas deliberadamente preferidas: la humildad y la magnanimidad. La humildad, dice Santo Tomás (3), trae consigo principalmente la sumisión del hombre a Dios. Ignacio tiene una gran idea de la Majestad divina, de los derechos soberanos de Dios. El Rey eterno le aparece en la cumbre de todas las cosas, en una perfección muy alta; se ve a sus pies muy bajo, muy cercano de la nada, e indigno de sus miradas a causa de sus pecados. Háblate como un servidor a su señor; se pone en su presencia en una actitud penetrada de respeto, gusta de medir la distancia infinita que le separa de Dios, como para hundirse más aún en el sentimiento de su nada. Para un corazón anonadado de esta manera, ¿qué habrá de más augusto, de más sagrado, de más inviolable que la voluntad de Dios? De tal manera está sometido a Dios, que no podrá vacilar —aunque le prometieran todas las riquezas y todos los honores— entre una satisfacción dada a la mala naturaleza y una violación grave, o aun ligera, de la voluntad divina. La voluntad divina tal como se manifiesta en el Decálogo, en los Mandamientos de la Iglesia, en los acontecimientos exteriores y las inspiraciones interiores, es la regla que debe obedecer siempre el corazón humilde formado en la escuela de los Ejercicios.
     Pero Dios no es solamente nuestro soberano. Sin dejar de ser Dios, por la encamación se ha hecho nuestro compañero en el camino, nuestro hermano de armas. De allí el lugar que Jesucristo ocupa en los Ejercicios de los que es verdaderamente el centro. Aun antes de que se desarrolle su historia en las meditaciones de la segunda, tercera y cuarta semana, su recuerdo hace irrupción en la meditación del pecado y del infierno. Después, su persona se presenta como la de un Jefe adorable y apasionadamente amado, en las dos contemplaciones típicas del Reino y de las Dos Banderas. Allí brota este sentimiento de magnanimidad, que caracteriza a Ignacio de Loyola y que quiere, juntamente con la humildad, inculcar en todo discípulo de los Ejercicios Espirituales. El sentimiento feudal de fidelidad que, desde la meditación fundamental, concluía por determinar al ejercitante a un perfecto servicio de un señor soberanamente perfecto, se matiza aquí con una adhesión profunda, en la que más aun que la ternura, dominan un entusiasmo guerrero y una abnegación caballeresca. Este magnánimo, ganado para Jesucristo, tiene necesidad de acción y de sufrimientos por El, en la mayor cantidad posible. No se contentará sino con proezas que lleguen hasta la locura.
     Los sentimientos del tercer grado de humildad, las oraciones generosas que terminan las dos contemplaciones del Reino y las Dos Banderas, la regla de conducta formulada al fin de la nota sobre la enmienda de la vida, presuponen corazones nobles y grandes en los que palpite un valor apasionado. De este valor, Cristo es la causa eficiente, ejemplar y final. De El se espera la gracia de este valor; mirándole se anima uno a ser valeroso; y, si con sus socorros y bajo su mirada se implora este valor, es no obstante tan sólo para su gloria. Porque se le ama con un amor único, se le seguirá hasta el camino sangriento. Ningún peligro le intimidará, ningún obstáculo le detendrá. Morir será un premio y la suprema victoria.
     Así aparece la armonía profunda de los dos sentimientos, en apariencia contrarios, que Ignacio quiere imprimir en el corazón del que le escucha. Puede parecer que la humildad va a inmovilizar al hombre en la inercia, mientras que la magnanimidad lo extraviará en la petulancia. Pero la humildad, considerando la miseria humana, le guarda de toda jactancia; y la magnanimidad, apoyándose sobre el poder de Dios, desarrolla sin fin el espíritu de empresa, aun frente al bien más difícil. En el servicio del Señor, siguiendo a Jesucristo, el corazón formado en la escuela de los Ejercicios tiene la confianza en el éxito, la seguridad en el peligro, la magnificencia en el empleo de los medios, la paciencia en las pruebas, la perseverancia en el esfuerzo hasta el término fijado; porque jamás deja de pedir a Dios la fuerza, y de tributar a Dios la gloria del mal que evita y del bien que obra.
     Después de dicho esto, parece superfluo examinar largamente el reproche que se hace a los Ejercicios Espirituales de mecanizar la oración y la virtud.
     Los que así hablan, se detienen en algunas reglas formuladas en las adiciones y no ven ninguna otra cosa más. En esto no está la sustancia del libro, ni lo principal de las intenciones del autor. O todo lo que acabamos de decir de la ascética ignaciana es falso, o la crítica que indicamos aquí no es sino una violenta inexactitud. Ignacio sugiere algunas precauciones materiales, tales como la privación de la luz, cuando se meditan las verdades severas; el recuerdo del asunto de la meditación en el momento de levantarse o de acostarse; la suspensión y el recogimiento del espíritu antes de comenzar la oración; la cuenta diaria de las faltas cometidas, etc. Si se cree en la eficacia de estos actos, es porque se tiene por garantía la psicología humana y la experiencia. Y si encarga con insistencia que se sea fiel a esto, no es para persuadir al ejercitante que lo esencial de la vida espiritual consiste en estos detalles. Nunca un discípulo inteligente de los Ejercicios podrá olvidar que la vida espiritual consiste en la reciprocidad del amor que se da a Dios.
     Hay quienes juzgan complicado y frío el método de oración de acuerdo con el ejercicio de las tres potencias del alma, y el análisis sucesivo de las personas, de las palabras y de los actos en los misterios de la vida de Cristo. El reproche es formulado con más rapidez que la que se necesita para justificarlo. ¿Quién es capaz de meditar, sin un recuerdo, sin reflexiones y afectos? ¿Y quién es aquel que logre representarse una escena del Evangelio, sin ver ni oír de alguna manera a aquellos de quienes se cuenta la historia?
     Las indicaciones de los Ejercicios no son sino la descomposición metódica del juego natural de nuestras facultades, desde el momento en que se aplican a algún hecho o a una verdad de fe. Por lo demás antes que San Francisco de Sales lo hubiera dicho tan bien, (4) Iñigo de Loyola pensaba que en la meditación, los recuerdos se evocan para pensar, los pensamientos para sentir, los afectos para las resoluciones y las resoluciones para el mejor servicio de Dios. (5) Y luego, todo un hombre profundamente místico como él ¿podría desconocer que en la oración como en toda otra acción sobrenatural, la acción divina es soberanamente libre? El texto mismo de las anotaciones lo expresa claramente; y la correspondencia del santo muestra qué docilidad, qué simplicidad aconsejaba en la oración.
     Se ha llegado hasta a reprochar al autor de los Ejercicios el dirigir exclusivamente la oración a la práctica de las virtudes. Reserva pesimista, se dice, injuriosa a Dios y dañosa a las almas cristianas. Pero se puede preguntar si el optimismo contemplativo, que se opone al vigoroso realismo de Iñigo de Loyola, no es sino un desconocimiento de la pobre naturaleza humana y de las leyes normales de la Providencia en la distribución de las gracias de Oración. (6) Lo que falta a la mayoría de los cristianos, es la dominación de sus pasiones; y la vida de los santos revela que alcanzaron los dones celestes al precio de la crucifixión de la concupiscencia. Contra esta doble constatación de la historia, todos los sueños son vanos, despreciables todas las teorías. Para la gloria de Dios y la santidad de la Iglesia, es indispensable que las almas adquieran el hábito de vivir fuera del dominio del mal. Cuanto más se multiplique esta raza fuerte de servidores de Dios, más numerosos serán los verdaderos contemplativos. Admitido en su oración de Manresa a penetrar en los más altos y más dulces secretos de Dios, Ignacio no puede ser el enemigo de la oración llamada contemplativa. De todas las escuelas abiertas desde hace siglos a la formación de almas escogidas, la de los Ejercicios Espirituales es quizá la que solicita más directamente el generoso sacrificio de sí mismo por el motivo más elevado y más seguro. Ahora bien, dicen los maestros de la mística y la experiencia que el Señor acostumbra complacerse en dar sus más maravillosas gracias de oración a los corazones más amorosamente inmolados. Lejos, pues, de cerrar la puerta a la contemplación, la espiritualidad ignaciana la prepara, para la hora en que a Dios le agrade, como Señor soberano de los destinos.
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     Desde los primeros días que siguieron a su conversión total, Ignacio infundía en torno suyo su espíritu. Manresa, Barcelona, Venecia, Jerusalem, Alcalá, Salamanca, París, oyeron de sus labios la predicación de la antigua fórmula evangélica: “Si alguno quiere venir en pos de mí que se renuncie a sí mismo”. Ignacio decía esto, como hombre del siglo XVI, nacido en la España de Fernando el Católico, que había llevado espada. Pero a través del lenguaje que tiene, propio de su tiempo, de su raza y de su condición, brilla la la misma verdad que resplandecía en los discursos orientales del Salvador. Y según el ejemplo de Jesucristo, daba a su palabra el apoyo de sus ejemplos, persuadía a aquellos que le escuchaban al heroísmo en la abnegación.
     Y el tiempo, al modificar el cuadro exterior de su vida, no cambiará nada de su doctrina. Si en el curso de sus estudios, añade alguna cosa al libro cuyos primeros datos, en cierto sentido, vienen desde Loyola, será siempre según la lógica del pensamiento capital comprendido desde sus principios. Precisamente porque es un hombre de pocas verdades y que su voluntad es extraordinariamente firme; precisamente porque desde el primer día aquello que es el alma de la moral evangélica se le presentó con una luz decisiva, no tiene que buscar otras lecciones para darlas a sus discípulos. El reino de Dios cuyas fórmulas expone su libro, bastan a las necesidades de todos aquellos que la Providencia ha puesto en su camino.
     Su correspondencia que va desde 1525 a 1556, da el mismo sonido que sus Ejercicios Espirituales; es como el eco de las voces que se escapan de ese libro admirable. Muy al principio Iñigo toma para terminar sus cartas, una fórmula que se le hace familiar: “Que la suma gracia y el amor eterno de Dios Nuestro Señor os acompañen, a fin de que todos tengamos el conocimiento de su voluntad y la cumplamos enteramente”. Del mismo modo “la gloria de Dios, el servicio y alabanza de la Divina Majestad” son palabras que vienen constantemente a su pluma. Sin los deseos de procurar esta gloria y este servicio no escribiría a nadie, ni nada de lo que ha escrito. Sea que se dirija a sus bienhechoras barcelonesas Inés Pascual e Isabel Roser, o a los miembros de su familia, o a sus compañeros de apostolado o al arcediano Cazador, o a la monja Teresa Rejadell, o a los reyes o a los Papas, no piensa sino en el reino de Dios. La santidad del Decálogo, la brevedad de la vida, la vanidad de los honores terrenos, la necesidad de escapar de las criaturas para ir al Creador, el odio y las astucias del demonio, la urgencia de un reglamento de vida según Dios, el ardor en señalarse en el servicio del Rey eterno, el peligro de condenación que corren las almas, la fidelidad y la munificencia del amor de Dios para los hombres, tales son los temas habituales de sus cartas. Esos mismos son los temas de los Ejercicios.
     A su hermano Martín García, le predicaba la observación de los Mandamientos, la superioridad de la virtud sobre la sangre, la prosecución de los bienes eternos. A su confesor de París, Juan Miona, dirige las más expresivas súplicas para que haga un retiro de un mes. A Teresa Rejadell expone con una admirable precisión las ventajas de la oración afectiva, los principios que regulan la frecuencia de los sacramentos y el arte de discernir la acción de los espíritus. Con Fernando de Austria, Juan de Portugal, los Cardenales Contarini y Cervini, trata de la reforma del Clero y de los monasterios, de la conversión de los herejes y de la evangelización de los fieles. Ignacio no tendrá nunca otros horizontes que los del Reino de Dios.
     Como se puede suponer, los consejos espirituales que dará a los religiosos de su orden llevarán más aún fuertemente impresas las huellas de sus Ejercicios. Es la misma constancia en inculcar el Vincete ipsum, por amor hacia Aquel que fue el primero en anonadarse por nuestro amor; es la misma brevedad sugestiva de escribir que en su librito. Salvo raras excepciones, no se encuentran en él ni disertaciones sabias, ni elocuentes exhortaciones; no es un profesor, ni un orador: es un jefe que recuerda las sagradas consignas, un padre lo bastante seguro de su autoridad y de la ternura de los suyos, para poder contentarse con una sola palabra, que repite sin cansarse.
     Para quien recorre los volúmenes de su correspondencia, desde la primera carta, que tenemos después de su retorno de Jerusalem en 1525, hasta la última, que precedió a su muerte en 1556, siempre aparecerá el mismo hombre, con la misma fisonomía grave, severa, inflamada. Hablando a los Papas y a los Obispos, a los soberanos y a los grandes, a las religiosas de los monasterios, y a sus hijos esparcidos en su obra de apostolado por todo el mundo, siempre, aunque naturalmente con las diferencias de detalle que demandan las circunstancias, tendrá el mismo lenguaje, con un fondo idéntico. A través de sus frases sin arte, que se enlazan y se enmadejan, siempre es el mismo corazón el que aparece, sediento de trabajar y de sufrir por el Reino de Dios, en la imitación de Cristo. (7) En estas pocas palabras se resume la doctrina espiritual de Iñigo de Loyola.
     Se la oponen, y aun se le prefieren por algunos, las doctrinas de los grandes contemplativos San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Si hubiera conocido los libros de sus ilustres compatriotas, los hubiera leído sin sorpresas; favorecido con las más altas gracias de oración, él tenía también las alas de un serafín. Pero suponiendo que hubiese vivido lo bastante para alcanzar la época de los místicos doctores del Carmelo, hubiera ciertamente medido, por sus heroicas virtudes, la seguridad de sus lecciones espirituales.
     Frente a los fenómenos extraordinarios de la vida interior, permanecía siempre como en suspenso y desconfiado. Un día Fray Reginaldo, dominico muy amigo de los jesuitas y de grande autoridad en su Orden, refirió en la casa profesa de Roma que en un convento de Bolonia del que tenía la dirección, cierta religiosa entraba en éxtasis frecuentemente y llevaba impresos los estigmas de la Pasión. Al cabo del relato, Ignacio dijo estas solas palabras “En todo eso que V. R. acaba de referirnos, la señal más segura es la obediencia de esa mujer”. Cuando Fray Reginaldo se hubo ido, Rivadeneyra que había asistido con Palmio a la conversación, interrogó de nuevo a Ignacio acerca de la monja boloñesa, e Ignacio respondió: (8) “Es propio de Dios el obrar en el interior de las almas; el demonio es impotente para ello, y tiene la costumbre de engañar por fenómenos exteriores aparentes y falsos”. La historia de Magdalena de la Cruz (9) es célebre. La Inquisición de Córdoba se ocupó de ella en 1544; y en 1548 ésta se retractó de sus errores y sus faltas. Antes de este proceso, y durante más de treinta años, su renombre había corrido por toda España y Portugal. Pasando de Lisboa a Roma, el P. Martín de Santa Cruz, tuvo curiosidad de ver a esta mujer y hablarle. Cierto día, que contaba esta entrevista, concluía que aquella estática le había parecido prudente y santa, pero Ignacio le hizo vivos reproches. (10) “Un hombre de la Compañía, le dijo, no debe hablar de esa manera, ni mostrar tanta estima por esas cosas al fin y al cabo puramente exteriores”. Finalmente, ya sabemos cómo juzgó y curó las ilusiones de Onfroy y de Oviedo, cuando éstos en Gandía se entraron por los caminos de la vida solitaria bajo la dirección del franciscano Tejeda. (11)
     Ignacio no duda nunca de la posibilidad de los fenómenos extraordinarios de la vida espiritual: como que él mismo los había experimentado. Pero ve en ellos materia para fáciles ilusiones. Y por otra parte juzga, con la misma Iglesia, muy superiores las gracias que hacen a las almas más agradables para Dios, que las que excitan la admiración de los hombres. En cuanto a la contemplación, considerándola como un don libre del cielo, deja al Señor llamar a ella a quien le plazca. Y no tiene cuidado ninguno de preparar a ella a las almas, sino es por el dominio de sus pasiones. Aunque estima y sabe inculcar la sublime oración, inculca y estima más aún la abnegación de sí mismo. Cierto día Nadal le preguntó cuál era el medio más rápido de alcanzar la perfección: “Maestro Nadal, le respondió, rogad a Dios Nuestro Señor que os haga la gracia de sufrir mucho por su amor: este beneficio comprende en sí muchos otros”. (12)
    Sin ser doctor en Teología, sabe, por haber leído el Evangelio, que el mayor de los mandamientos es amar a Dios con toda el alma y con todas las fuerzas. Este amor es en el mismo Cielo toda la vida de los elegidos; debe, pues, ser el principal de los cristianos sobre la tierra. ¡Cuantos hay que lo olvidan! Ignacio lo ha constatado en Guipúzcoa, en Castilla, en Cataluña, en Jerusalem, en Italia, en París, en los Países Bajos, en Inglaterra, en una palabra, por donde quiera que dirigió sus pasos de peregrino. Y ¡cuánto lo había olvidado él mismo! ¿Por qué? El amor desordenado de sí mismo lo explica todo. San Agustín lo ha dicho con magnificencia. Ignacio de Loyola lo ha visto con una mirada penetrante, contemplando la miseria de su propio corazón y la del corazón de sus contemporáneos. Por eso concluye con fuerza el desprecio y el odio de si mismo, precisamente para encender del modo más seguro en los pechos humanos el incendio del amor divino. El Reino de Dios en la Europa cristiana, en el Clero y en los monasterios, en la Roma de los Papas y en los países de infieles, no será restablecido sino a ese precio. La conversión del corazón no es sino un retorno al amor.
     Para esta operación tan difícil y necesaria, Jesucristo ha ordenado, como para su fin, la oración, los sacramentos, el culto, el sacerdocio, la misma Iglesia. A pesar de lo cual innumerables cristianos vacilan en aplastar en sí mismos los malos deseos. Se sigue, pues, sin duda posible, que el primer esfuerzo de un obrero del Reino de Dios, ha de ser el de arrastrar a las almas a la abnegación de sí mismas. ¿No ha encerrado Jesucristo en esta idea todo el cristianismo práctico? Ignacio se aplica por entero a hacer comprender y hacer vivir esa idea dolorosa pero fecunda. Toda la fuerza santificante de los Ejercicios y de su dirección espiritual no procede de otra cosa. Ya se trate de religiosos de su Orden, ya de sacerdotes seculares, de monjas contemplativas o de cristianos del mundo, importa poco; a todos repetirá el mismo refrán evangélico: "véncete a tí mismo, por amor a Jesucristo paciente y humillado".
     Si se le hubiera objetado la variedad multiforme de los dones divinos, la libertad soberana del Espíritu Santo en la conducta de las almas, la maravillosa eficacia de las mas altas oraciones para inflamar el corazón con ardores apostólicos, hubiera ciertamente respondido con estas máximas:
     Dios quiere hacernos más bien del que nosotros podemos jamás  concebir.
     Nadie sabe lo que el Señor hará de él, en cambio de su fidelidad constante. (13)
     Enseña la experiencia que de cien almas dadas a largas oraciones, ochenta o noventa son ilusas, y en peligro de caer en la testarudez en sus prácticas indiscretas. (14)
     La manifestación de la conciencia y la obediencia al Padre espiritual, y la práctica generosa de la abnegación en todas las cosas, (15) son los dos goznes de la vida interior. Asegurados estos dos puntos, la seguridad misma del alma es cierta. Podrá ser asaltada por tentaciones, envuelta en oscuridades, saciada de amarguras; el todo está en permanecer en la paciencia y también en la oración; sobre todo en la oración, que pone al corazón en movimiento más que a la cabeza, y en la oración que se hace teniendo a Dios presente ante los ojos (16); en recompensa de esta actitud humilde y confiada, vendrán la paz, la luz y la dulzura. (17) “La unción del Espíritu Santo” —esta palabra es frecuente en los labios de Ignacio—, se hará infaliblemente sentir”. Ayudará a determinar el régimen de la oración, el de la penitencia, y el de la acción, aun apostólica. Y la comunión frecuente, cotidiana, hecha con un vivo deseo de vivir vida divina, tendrá por efecto infalible, no solamente preservar el corazón de los asaltos del mal, sino inflamarle en el amor de su Creador y Señor. (18)
     Para resumir todo en pocas palabras: un alma abierta y dócil a los consejos del confesor, magnánima en vencerse, dada a la oración y asidua en comulgar, marcha por un camino en el que el encuentro y las visitas de Dios son inevitables.
     A la luz de estos axiomas poco numerosos y de una seguridad a toda prueba, Ignacio de Loyola dirigió, con un amor de Dios cada vez más grande, a los que le confiaron su conciencia. ¿Fue a causa de ello el que del año 1522 a 1556, se multiplicaron los contemplativos verdaderos en la Iglesia? Es muy probable, aunque la correspondencia del Director no nos descubre el secreto. Pero sus lecciones aumentaron ciertamente en el siglo XVI, y después el número de servidores fieles al Maestro hasta el heroísmo, es decir, de los santos. Los capítulos que siguen van a demostrarnos la increíble eficacia de la labor apostólica de la naciente Compañía. Cada una de sus maravillas, se puede afirmar, sirve de contrasello divino a la espiritualidad ignaciana.
P. Pablo Dudon, S.J.
SAN IGNACIO DE LOYOLA

1.—La espiritualidad ignaciana ha sido desde hace algún tiempo muy mal tratada a nombre de la Psicología, de la Liturgia, de la Mística, de la Teología y de la tradición católica.
     No discutiremos aquí esas afirmaciones adversas. No es el lugar. Conviene sin embargo señalar el caso del difunto Henrí de Bremond de la Academia Francesa. Tenía una pluma llena de prestigio. Los numerosos volúmenes de la Historia del sentimiento religioso, cautivando poderosamente la atención, le habían dado en los problemas espirituales una autoridad que la muerte no ha disminuido. Sus escritos permanecerán. Con el pretexto de exaltar la oración de alabanza y la unión con Dios, continúan atacando un ascetismo “fantasmagórico”. Continúan repitiendo a sus lectores cándidos, que los Ejercicios son “un manual de ascética y no de oración”, un “manual de elección de una novedad turbadora, y fundada sobre una Teología discutible de los caminos ordinarios de Dios”; un libro “sin coherencia, y cuya eficacia puede igualarse por cualquier otro; un libro cuyo autor ni sospecha siquiera, que su caso es extraordinario y único”... etc.
     Salido de la Compañía de Jesús, ¿cómo este sacerdote no ha comprendido, que era contra los jesuitas y San Ignacio, un testigo poco calificado? ¿Cómo este historiador se ha olvidado de la historia del libro que denigra? Los Ejercicios están seguros del porvenir. Cuando eran ferozmente atacados en el siglo XVI por dos o tres doctores españoles, Paulo III aprobó el libro (31 de julio de 1548) apenas impreso. Después Alejandro VII el 12 de octubre de 1647; Benedicto XIV, el 20 de marzo de 1753; León XIII el 8 de febrero de 1900, colmaron de elogios la espiritualidad ignaciana. S. S. Pío XI, el 25 de julio de 1922 hizo de San Ignacio el Patrono de los Retiros Espirituales. En su Encíclica Mens Nostra del 20 de dic, de 1929 —justamente en lo más fuerte de la campaña bremondiana— el Santo Padre exalta en los más calurosos términos al autor, a su método, a su hermoso orden, y la suave plasticidad y segura doctrina de los Ejercicios. Nos complacemos en creer que esta voz del Vaticano reducirá al silencio a los opositores. Y sin duda, todos los espíritus rectos y verdaderamente católicos comprenderán que en contra de las palabras pontificias, las afirmaciones de un brillante académico no pesan nada.
2.—la., 2ae., q. 42, a. 3.
3.—2ae. 2ae., q. 161, a. I. ad 5um.; a. II, ad 3um.
4.— Tratado del amor de Dios, 1. VI, c. 2. Carta del 8 de junio de 1606.
5.—Cartas a Teresa Rejadell, 11 Sep. 1536; al P. Brandao, 1 Jun. 1551.
6.— En el libro Le quietiste espagnol Michel Molinos 260-270, tuve ocasión de tratar este punto.
7.- En un reciente volumen Saint Ignace de Loyola, Lettres spirituelles, París, 1933 he tratado de dar una idea de esta dirección del Santo.
8.—Scrip. S. Ign. I, 251, 403.
9.—Menéndez y Pelayo, Hist. de los heterodoxos españoles, II, 528, 529.
10.—Scrip. S. Ign. I, 343, 408.
11.—Ep. et Instr. II, 494-495; XII, 633-654.
12.—Scrip. S. Ign. I, 408.
13.—Ibid. I, 470.
14.—Ibid. I, 250, 278.
15.—Ibid. I, 278.
16.—Ibid. I, 132; Epi«t. III, 510.
17.—Ejercicios Espirituales, Reglas del discernimiento de espíritus.
18.—Scrip. S. Ign. I, 470; Epist. I, 162, 295.

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