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lunes, 3 de septiembre de 2012

Fidentem Piumque

Sobre la devoción del Rosario 

Del
20 de Septiembre de 1896
 
l. Amor del Papa a la Santísima Virgen 
y respuesta del pueblo a sus exhortaciones. 
Muchas veces en el transcurso de Nuestro Pontificado, atestiguamos públicamente Nuestra confianza y piedad respecto a la Bienaventurada Virgen, sentimientos que abrigamos desde nuestra infancia, y que durante la vida hemos mantenido y desarrollado en Nuestro corazón.
A través de circunstancias funestísimas para la religión cristiana y para las naciones, conocimos cuán propio era de Nuestra solicitud recomendar ese medio de paz y de salvación que Dios, en su infinita bondad, ha dado género humano en la persona de su augusta Madre, y que siempre se vio patente en la historia de la Iglesia.
En todas partes el celo de las naciones católicas ha respondido a Nuestras exhortaciones y deseos; por donde quiera se ha propagado la devoción al Santísimo Rosario, y se ha producido abundancia de excelentes frutos. No podemos dejar de celebrar a la Madre Dios, verdaderamente digna de toda alabanza y recomendar a los fieles el amor a María, madre de los hombres, llena de misericordia y de gracia. 
Nuestro ánimo, henchido de apostólica a solicitud, sintiendo que se acerca, cada vez más el momento último de la vida, mira con más gozosa confianza a la que, cual aurora bendita, anuncia la ventura de un día interminable. 
Si Nos es grato, Venerables Hermanos, el recuerdo de otras cartas publicadas en fecha determinada en loor del Rosario, oración en todos conceptos agradable a la que tratamos de honrar, y utilísima a los que debidamente la rezan, grato Nos es también insistir en ello y confirmar Nuestras instrucciones.

II. Necesidad de la oración.
Excelente ocasión se Nos ofrece de exhortar paternalmente a las almas y corazones para que aumenten su piedad y se vigoricen con la esperanza de los inmortales premios.
La oración de que hablamos recibió el nombre especial de Rosario, como si imitase el suave aroma de las rosas y la belleza de los floridos ramilletes. Tan propia como es para honrar a la Virgen, llamada Rosa mística del Paraíso, y coronada de brillante diadema, como Reina del Universo, tanto parece anuncio de la corona de celestiales alegrías que María otorgará a sus siervos.
Bien lo ve quien considera la esencia del Rosario; nada se Nos aconseja más en los preceptos y ejemplos de Nuestro Señor Jesucristo y de los Apóstoles, que invocar a Dios y pedir su auxilio. Los Padres y doctores nos hablaron luego de la necesidad de la oración, tan grande que si los hombres descuidaren este deber, en vano esperarán la salvación eterna.

III. La asiduidad en la oración.
Mas si la oración por su misma índole y conforme a la promesa de Cristo es camino que conduce a la obtención de las mercedes, sabemos todos que hay dos elementos que la hacen eficaz: la asiduidad y la unión de muchos fieles.
Indícase la primera en la bondadosísima invitación que nos dirige Cristo: Pedid, buscad, llamad (1).
Parécese Dios a un buen Padre que quiere contestar los deseos de sus hijos; pero también que éstos con instancia acudan a él y que, con sus ruegos, le importunen, de suerte que unan a Él su alma con los vínculos más fuertes.

IV. La oración en común.
Nuestro Señor más de una vez habló de la oración en común: "Si dos de entre vosotros se reúnen en la tierra, mi Padre que está en los Cielos les concederá lo que pidan, porque donde se hallaren dos o tres reunidos en mi nombre, yo estaré entre ellos" (2). Así dice audazmente Tertuliano: "Nos reunimos para sitiar a Dios con nuestras oraciones y como si nos tomásemos de las manos, para hacer violencia agradable a Dios" (3).
Son de Santo Tomás de Aquino estas memorables frases: "Imposible que las oraciones de muchos hombres no sean escuchadas, si, por decirlo así, forman una sola " (4).
Ambas recomendaciones se pueden aplicar bien al Rosario. Porque en él, en efecto, para no extendernos, redoblamos Nuestras súplicas para implorar del Padre celestial el reinado de su gracia y de su gloria, y asiduamente invocamos a la Virgen María para que por su intercesión, nos socorra, ya porque durante la vida entera estamos expuestos al pecado, ya porque en la última hora estaremos a la puerta de la eternidad.

V. El Rosario familiar y en el templo.
Apropiado es también que el Rosario se rece como oración en común. Con razón se le ha llamado Salterio de María. Debe renovarse religiosamente esa costumbre de Nuestros mayores; en las familias cristianas, en la ciudad y en el campo, al finalizar el día y concluir sus rudos trabajos, reuníanse ante la imagen de la Virgen y se rezaba una parte del Rosario. Vivamente interesada por esta piedad filial y común, María, como la madre al hijo, protegía a estas familias y les concedía los beneficios de la paz doméstica, que era presagio de la celestial.
Considerando esa eficacia de la oración en común, entre las decisiones que en varias épocas tomamos respecto al Rosario, dictamos ésta: deseamos que diariamente se recite en las catedrales y todos los días de fiesta en las parroquias (5). Obsérvese esta práctica con celo y constancia y alegrémonos de que se observe, acompañada de otras manifestaciones solemnes de la piedad pública y de peregrinaciones a los santuarios célebres cuyo número debemos desear que aumente.
Esa asociación de rezos y alabanzas a María tiene mucho de tierno y saludable para las almas. Sentímoslo Nosotros, y Nuestra gratitud Nos hace recordar que cuando en ciertas circunstancias solemnes de Nuestro Pontificado, Nos hallamos en la Basílica Vaticana, Nos rodeaban gran número de personas de todas condiciones, que, uniendo sus ánimos, votos y confianza a los Nuestros, rezaban con ardor los misterios y oraciones del Rosario a la misericordiosa protectora de la Religión católica.

VI. María mediadora entre Dios y los hombres.
¿Quién pudiera pensar y decir que la viva confianza que tenemos en el socorro de la Virgen sea exagerada? Ciertamente el nombre y representación de perfecto Conciliador sólo viene a Cristo, porque sólo El, Dios y hombre a la vez, volvió al género humano a la gracia del Padre Supremo "Sólo hay un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, que se entregó a sí mismo como Redentor de todos" (6). Mas si, como enseña el Doctor Angélico nada impide que otros sean llamados, secundum quid, mediadores entre Dios y los hombres, porque colaboran a la unión del hombre con Dios, dispositive et ministerialiter (7), como los Ángeles, Santos, Profetas y Sacerdotes de ambos Testamentos, entonces la misma gloria conviene plenamente a la Santísima Virgen. 
Es imposible concebir que nadie para reconciliar a Dios y a los hombres haya podido o en adelante pueda obrar tan eficazmente como la Virgen. A los hombres que marchaban hacia su eterna perdición les trajo un Salvador, al recibir la nueva de un misterio pacífico que el Ángel anunció a la tierra, y dar admirable consentimiento en nombre de todo el género humano (8). De Ella nació Jesús. Ella es su verdadera madre, y por ende digna y gratísima mediadora para con el Mediador.
 
VII. El Rosario nos recuerda estos misterios.
Como estos misterios se incluyen en el Rosario y sucesivamente se ofrecen a la memoria y meditación de los fieles, se ve lo que significa María en la obra de Nuestra reconciliación y salvación.
Nadie puede substraerse a un tierno afecto viendo presentarse a María en hogar de Isabel como instrumento de las gracias divinas y cuando presenta a su Hijo a los pastores, a los Reyes y a Simeón.
Pero ¿qué se ha de sentir pensando que la Sangre de Cristo vertida por nosotros y los miembros que presenta a su Padre con las llagas recibidas en precio de nuestra libertad, son el mismo cuerpo y la sangre misma de la Virgen? La carne de Jesús es, en efecto, la de María, y aunque haya sido exaltada por la gloria de la resurrección, su naturaleza quedó siendo la misma que se tomó en María (9).
                                            
VIII. El Rosario fortifica la fe.
También hay otro fruto notable del Rosario, en relación con las necesidades de nuestra época. Ya hemos recordado que consiste en que viéndose expuesta a tantos ataques y peligros la virtud de la fe divina, el Rosario da al cristiano con qué alimentarla y fortificarla eficaz mente. Las divinas Escrituras llaman a Cristo autor y consumador de la fe (10); "autor de la fe" porque Él mismo enseñó a los hombres un gran número de verdades que debían creer, sobre todo las relativas a Dios mismo y al Cristo en que reside toda la plenitud de Divinidad (11), y porque por su gracia y de algún modo por la unión del Espíritu Santo, les da afectuosamente los me dios de creer; "y consumador" de la misma fe porque El hace evidente en el Cielo cuanto el hombre no percibe en su vida mortal mas que a través de un velo, y allí cambiará la fe presente en gloriosa iluminación.
   Ciertamente la acción de Cristo se hace sentir en el Rosario de una manera poderosa. Consideramos y meditamos su vida privada en los misterios gozosos, la pública hasta la muerte entre los mayores tormentos, y la gloriosa que, después de la resurrección triunfante, se ve trasladada a la Eternidad, donde está sentado a la diestra del Padre.

IX. El Rosario profesión de fe.
Y dado que la fe para ser plena y digna debe necesariamente manifestarse, porque se cree en el corazón para la justicia, pero se confiesa la fe por la boca para la salvación (12), encontramos precisamente en el Rosario un excelente medio de confesarla. En efecto, por las oraciones vocales que forman su trama podemos expresar y confesar nuestra fe en Dios, nuestro Padre, lleno de providencia; en la vida de la eternidad futura, en la remisión de los pecados, y también nuestra fe en los misterios de la Trinidad Santísima, del Verbo hecho carne, de la divina maternidad y en otros.
Nadie ignora cuál es el valor y el mérito de la fe. Ni es otra cosa la fe que el germen escogido del que nacen actualmente las flores de toda virtud, por las que nos hacemos agradables a Dios, donde nacerán más tarde los frutos que deben durar para siempre. Conocerte es, en efecto, el perfeccionamiento de la justicia, y su virtud es la raíz de la inmortalidad (13).

X. Penitencia.
Conviene añadir a este propósito algo de los deberes de virtud que necesariamente exige la fe. Entre ellos se halla la penitencia, que comprende la abstinencia, necesaria y saludable por más de un concepto. Si la Iglesia en este punto obra cada día con mayor indulgencia para con sus hijos, comprendan éstos, en cambio, su deber de compensar con otros actos esa maternal indulgencia. Añadimos con gusto este motivo a los que nos han hecho recomendar el Rosario, que también puede producir buenos frutos de penitencia, sobre todo meditando los sufrimientos de Cristo y su Madre.

XI. Fácil uso del Rosario.
En nuestros esfuerzos para lograr el supremo bien, ¡con qué sabia providencia se Nos indica el Rosario como socorro que a todos conviene, fácilmente aprovechable, sin comparación posible con otro alguno! Aun el medianamente instruido en asuntos de Religión puede servirse de él fácilmente y con utilidad, y el Rosario no toma tanto tiempo que perjudique a cualesquiera ocupaciones.
Los anales sagrados abundan en ejemplos famosos y oportunos, y se sabe que muchas personas cargadas de importantes quehaceres y grandes trabajos jamás han interrumpido un solo día esta piadosa costumbre.

XII. La sagrada Corona.
Bien se concilia la devoción del Rosario con el íntimo afecto religioso que profesamos a la Corona sagrada, afecto que a muchos les lleva a amarla como compañera inseparable de su vida y fiel protectora y a estrecharla contra su pecho en lo último de la agonía, considerándola como el dulce presagio de la incorruptible corona de la gloria (14). Presagio que se apoya en la copia de sagradas indulgencias, si el alma se encuentra en disposición de recibirlas.
De ellas ha sido enriquecida la devoción del Rosario cada vez más por Nuestros predecesores y por Nos mismo, concedidas en cierto modo por la manos mismas de la Virgen misericordiosa, utilísimas a los moribundos y a los difuntos, para que cuanto antes gocen de los consuelos de la paz tan deseada y de la luz eterna.
Estas razones, Venerables Hermanos, Nos mueven a alabar siempre y recomendar a los pueblos católicos tan excelente fórmula de piedad y de devoción, Pero aún tenemos otro muy grave motivo que ya en Nuestras cartas y alocuciones os hemos manifestado, abriendo de par en par Nuestro corazón.

XIII. Reconciliación entre los disidentes.
Nuestras acciones, en efecto, se inspiran más ardientemente cada día en el deseo concebido en el divino razón de Jesús de favorecer la tendencia a la reconciliación que apunta en los disidentes.
Comprendemos que esa admirable unidad no puede prepararse y realizarse por mejor medio que por la virtud de las santas oraciones. Recordamos el ejemplo de Cristo, que en una oración dirigida a su Padre le pidió que sus discípulos fuesen uno solo en la fe y en la caridad; y que su Santísima Madre dirigiera la misma ferviente oración, es indudable recorriendo la historia apostólica.
Ella nos representa la primera Asamblea de los Apóstoles, implorando a Dios y concibiendo gran esperanza, la prometida efusión del Espíritu Santo y a la vez a María presente en medio de ellos y orando especialmente, Todos perseveraban en la oración con María, la Madre de Jesús (15). Por eso también la Iglesia en su cuna se unió juntamente a María en la oración, como promovedora y custodio excelente de la unidad, y en Nuestro tiempo conviene obrar así en el mundo católico, todo en el mes de Octubre, que ha mucho tiempo, por razón de los días infaustos que corren para la Iglesia, se ha destinado a la expresada devoción, y por eso hemos querido dedicarlo y consagrarlo a María invocada en rito tan solemne.

XIV. Exhortación final.
Redóblese, por tanto, esa devoción, sobre todo para obtener la santa unidad. Nada puede ser más dulce y agradable para María, que íntimamente unida con Cristo, desea y anhela que los hombres todos, favorecidos con el mismo y único bautismo de Jesucristo, se unan a Él y entre sí por la misma fe y una perfecta caridad.
Los augustos misterios de esta Fe, por el culto del Rosario, penetren más hondamente en las almas para obtener el dichoso resultado de imitar lo que contiene y lograr lo que prometen.
Entre tanto, como prenda de las divinas mercedes y testimonio de Nuestro afecto, os concedemos benignamente a cada uno de vosotros y a vuestro clero y pueblo la bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 20 de Septiembre del año 1896, de Nuestro Pontificado el decimonono. 
 LEÓN PAPA XIII

[i] Mat. 7, 7.
[ii] Mat. 18, 19-20.
[iii] Apologet. c. 39.
[iv] In Evang. Matth., c. 18.
[v] Letras apostólicas, "Salularis ille" de diciembre de 1883.
[vi] 1 Timot., 2, 5-6.
[vii] S. Thom. III, q. XXVI, a. 1-2, según su disposición y oficio.
[viii] S. Tomás. III. q. 30, a. 1.
[ix] De Assumpt. BMV. c. 5, entre las obras de San Agustín.
[x] Hebr., 12, 2.
[xi] Col., 2, 9.
[xii] Rom., 10, 10.
[xiii] Sap., 15. 3. (14) 1 Pctr. 5, 4.
[xiv] S. Bernardino Serm. in Nativ. BMV n. 7
          [xv] Act. 1, 14.

Los que viven juntos en una casa han de procurar vivir en paz, sin emulaciones ni envidias.

El apóstol san Pablo dice, que la verdadera paz del Señor prevalece sobre todo sentido y sentimiento humano: Exsuperat omnem sensum (Philip., IV, 7): preserva los corazones de muchos vicios, y también las inteligencias de las criaturas, en lo cual misteriosamente se dice muchos bienes; porque en obsequio de la quietud y paz del corazón se debe renunciar todo lo que es despique y satisfacción terrena.
Cuanto mas numerosas son las familias, hay en ella mayor motivo de envidias y emulaciones diabólicas; y en entrando en una casa esta semilla infernal, es muy dificultoso de arrancarla y exterminarla; porque tiene sus raíces en el corazón humano; y antes le arrancarán la entrañas a una persona envidiosa, que la arranquen la envidia.
Este maldito vicio, a distinción de otros, se ceba principalmente entre los iguales y de una misma jerarquía, como lo dice el sabio Salomón en el libro de sus prácticos Desengaños; por lo cual es vicio de domésticos, que una vez introducido, tiene dificultoso remedio (Eccl., IV, 4).
En el libro primero de los Reyes se dice de la virtuosa Ana, que no la dejaba sosegar su envidiosa compañera Fenena, improperándola mas de día en día, y redoblando las aflicciones de su angustiado corazón.
En la casa y familia del santo patriarca Jacob entró también esta dolorosa pestilencia, y se cebó tanto en los corazones de los hermanos, que no paró de conturbarlos, hasta que ejecutaron el exterminio y destierro del mejor de todos ellos.
Considerando los efectos horrorosos que tiene este vicio tirano de la envidia, lloraba el sabio, y casi entraba en aborrecimiento de propia vida, viendo que las industrias ingeniosas de los hombres de capacidad y entendimiento estaban expuestas a la envidia de su prójimo: Industrias animadverti patere invidice proximi. Y así es, que comúnmente todas las personas que tienen alguna especial habilidad, son envidiadas de sus compañeros; y cuanto mayor es el lucimiento de sus buenas habilidades, tanto mas padecen la persecución de la envidia, que cuando sube de punto, excede a la crueldad de las fieras.
Por esto notan los sagrados expositores, que el haber llegado el rey de Babilonia al lago profundo de los leones, donde puso al santo profeta Daniel, no fue para defenderle de las fieras, sino para guardarle de sus enemigos envidiosos, juzgándolos por mas inhumanos y crueles que los mismos leones.
El apóstol de Italia san Bernardino de Sena dice de la envidia, que tiene muchas malas hijas, que son, mala voluntad contra el envidiado, displicencia de su bien, complacencia de su mal, aflicción en sus prosperidades, murmuración frecuente, susurración continua contra sus buenas obras, y rencor en el corazón contra su persona.
En otra parte dice el mismo santo, que las personas envidiosas son inmediatamente contrarias a la nobilísima condición de Dios; porque su divina Majestad saca bienes de los males, y las criaturas envidiosas sacan males de los bienes; y así como a los buenos hasta los males cooperan a su bien, a los envidiosos les sucede lo contrario, que hasta los bienes cooperan a su mayor mal.
San Alberto Magno expone de los envidiosos el sagrado texto de Amos profeta, el cual, en nombre del Altísimo, dice, que arrojará fuego en Theman, y abrasará las casas de ciertos envidiosos, en los cuales pone cuatro pecados principales, que son, malicia depravada, que juzga mal del bien ajeno; tristeza de la prosperidad de su prójimo, maquinación continua de su daño, y obstinada pertinacia de su mal concepto.
Siempre anda con inquietud de corazón la criatura envidiosa, y sin provecho alguno se atormenta, apresurando su salud, y haciendo breves los días infelices de su vida; porque la envidia se la come las entrañas, y la acaba su salud, como dice el Espíritu Santo (Eccli., XXXI, 30).
Es la envidia una enfermedad tan grave y peligrosa, que no puede esconderse en la desventurada criatura donde se halla; porque luego se la conoce en la cara, en palabras, en los ojos, y muchas veces en las manos, porque arrebatándose con delirio, no sosiega hasta que se explica con malas obras. Toda esta doctrina es de san Cipriano, y prácticamente comprobamos su verdad en las infelices personas envidiosas.
San Lorenzo Justiniano dice, que la maldita envidia es una enfermedad insanable: lnsanibilis libor; porque no bastan para su perfecta curación las pacíficas satisfacciones del envidiado, ni los obsequios ni los beneficios, antes crece su rabiosa pasión con las heroicas virtudes de la criatura envidiada, y se hace el envidioso verdugo cruel de sí mismo, en castigo digno de su propio pecado.
El gran padre san Agustín, hablando de este diabólico vicio, dice, que el envidioso no puede huir de su mayor enemigo, que es su misma envidia, porque la lleva consigo en su pecho; y cuanto mas le atormenta, menos le deja, haciéndole mas cruel de día en día.
San Antonino de Florencia dice horrores de la envidia, y después de haber dicho dignas ponderaciones de este feísimo vicio, concluye persuadiendo, que el envidioso frenético escogerá para sí un grande mal, porque a la persona a quien tiene la envidia la venga otro mayor.
Para la prueba legítima de este asunto alega el glorioso santo una historia, que dice ser verdadera: es de un sabio rey, que tenia en su palacio a un criado muy envidioso de otro; y para conocer hasta donde llegaría la crueldad de su envidia, hizo llamar a los dos criados, y le dijo al envidioso, que pidiese cuanto quisiese; pero con la prevención de que a su compañero le había de dar doblado en la misma especie que él señalase. Confundióse mucho el infeliz envidioso; y considerando que si pedía una gala, le darían dos a su compañero (y lo mismo si pidiese otro cualquiera género de bienes), le dictó su envidia el pedir, que a el le sacasen uno de los ojos, para que a su compañero le sacasen los dos.
Esta es la maldita propiedad de las criaturas envidiosas, que por hacer mal a su prójimo envidiado, recibirán ellas el daño contra sí mismas. De esta calificada historia tiene principio el proverbio común, el cual dice, que los envidiosos se sacarán un ojo porque pierda los dos la inocente criatura a quien tienen la envidia.
De estas doctrinas de los santos padres conocerán los domésticos de las casas lo mucho que les importa no dar lugar a tan desaforada pasión; y cuando ellos no pongan el conveniente remedio para librarse de semejante vicio, pertenecerá a los discretos padres de familia el aplicar su mano poderosa para que se ataje tan grave daño en su casa. Tengan presente lo que dice el Espíritu Santo, que el ánimo airado no está capaz de conocer la verdad, ni en la pasión se halla razón (Eccli., XXVIII, 21).
El angélico doctor santo Tomas distingue tres especies de ira, que resultan de la envidia consumada. La primera es, turbación del ánimo, con la hiel difundida en el corazón del hombre. La segunda es, manía de la imaginación desconcertada; porque el envidioso iracundo siempre está maquinando desconveniencias y despiques contra la persona que aborrece. La tercera es, furor intrépido; porque turbado el ánimo con la manía, dispara en desconciertos de malas palabras y peores obras.
Consideren los prudentes padres de familia cuál se pondrá su pobre casa con los domésticos envidiosos, y pongan remedio en tiempo oportuno; porque no será justo ver conturbada la familia con una pasión tan diabólica, que irrita los ánimos, como dice el Espíritu Santo.
El insigne padre de la Iglesia san Gregorio declara tres especies de ira con la metáfora del fuego. La primera, dice, es la que presto se enciende, y presto se apaga, como fuego de paja. La segunda es, la que tarda en encenderse, pero mas en apagarse, como fuego de encina verde. La tercera es, la que presto se enciende, y tarde se apaga, como el fuego de encina seca. Esta tercera propiedad tiene la ira, que causa la maldita envidia, que presto se ceba en el corazón de la miserable criatura, y tarde ó nunca se apaga.
El angélico maestro declara cinco actos principales de esta ira venenosa. El primero es, indignación de la voluntad. El segundo es, temor y soberbia del ánimo. El tercero, clamor impaciente y furioso. El cuarto, maldiciones, injurias y contumelia. El quinto, venganzas injustas y desaforadas.
Todo esto se experimenta en los envidiosos, y de ellos hay muchos que pierden el juicio con su rabiosa pasión. El Altísimo dice, que cada uno purifique su casa, y la libre de feos vicios. Abran los ojos los virtuosos padres de familia; y si por su mismo bien no quieren enmendarse sus domésticos, pongan como discretos el mas conveniente remedio de la separación, que insinúa Cristo Señor nuestro en su santo evangelio, como ya lo dejamos enseñado.

R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

domingo, 2 de septiembre de 2012

Cuarto mandamiento. La Iglesia y la cuestión social. Salario familiar. Huelgas. El comunismo en la primitiva Iglesia. Soberanía del pueblo. La propiedad privada.

Parece que la cuestión social es una cuestión puramente económica. ¿No sería, pues, conveniente que la Iglesia se abstuviera de tomar cartas en este asunto? 
La cuestión social es algo más que una cuestión económica. En la encíclica que escribió León, XIII sobre la Democracia cristiana, leemos que la cuestión social es una cuestión eminentemente moral y religiosa que debe ser resuelta a la luz de los principios de moralidad y conforme a los dictados de la religión. La Iglesia condena igualmente a los que dicen que los clérigos deben meterse en la sacristía y a los que dicen que los problemas económicos deben ser arreglados única y exclusivamente por la jerarquía eclesiástica.
  Es cierto que Jesucristo nunca se metió a político, condenando, por ejemplo, la esclavitud u otros males sociales de la época; pero delineó con toda claridad una serie de principios de caridad y justicia capaces por sí solos de formar al mundo entero si los hombres los aplicaran. Su misión divina era espiritual sobre todo. Por eso insistió en que salvar el alma era de más provecho que ganar todo el mundo, y no se cansaba de encomendar el amor a Dios, el amor mutuo y la vida de la gracia que El nos ganó con su Pasión y muerte. Pero conoció muy bien que la solución de la cuestión social dependía de la aceptación de sus enseñanzas morales y religiosas. 
La Iglesia, lo mismo que su divino Fundador, tiene una misión divina, y es la gracia de Jesucristo. Por eso no está ligada a ninguna forma particular de gobierno, ni entra a tomar parte en partido alguno político social. Pero es incumbencia suya defender puros e ilesos ciertos principios cristianos, que si se cuarteasen amenazarían con el derrumbamiento general de la sociedad. Por eso se opone doctrinalmente al socialismo y al comunismo, que se basan en métodos puramente materialistas y condenan la propiedad privada, y al individualismo frío, que exalta la plutocracia y el encumbramiento de unos pocos con mengua de la mayoría, sin parar mientes en las exigencias de la caridad y justicia social. Los Papas Pío XI, y Pío XII han seguido la misma línea.

¿Qué opina la Iglesia sobre el llamado "salario familiar"? ¿No son acaso libres los obreros y los patronos para fijar el salario que a ellos les parezca? ¿No es justo el contrato libre? 
A esta dificultad contestó, el año 1891, León XIII en su encíclica Rerum novarum. No está la injusticia sólo en que el patrono no pague al obrero lo convenido, ni en que el obrero no haga la obra que se comprometió a hacer. Si el trabajo fuese algo meramente personal, el trabajador podría aceptar cualquier salario; pero, además de personal, es necesario, porque el hombre no puede vivir sin los resultados del trabajo (Gén III, 19). Por tanto, un contrato libre efectuado bajo una presión económica, ni es libre ni es justo. También da libremente la bolsa el caminante a quien los bandoleros echan el alto en descampado. 
Dice asi León XIII: "Aunque es cierto que, generalmente hablando, los patronos y los obreros pueden convenir libremente en un salario determinado, sin embargo, por encima de todo contrato está el dictado de la justicia natural, que exige que la paga del obrero sea tal, que con ella viva razonablemente desahogado. Si el obrero, o por necesidad, o por miedo a un mal mayor, acepta salarios miserables, porque el patrono rehusa darle mas, este obrero es víctima de opresión, e injusticia." 
No perdamos de vista que la mayoría de los obreros están casados y tienen familia. Debe, pues, el obrero ganar lo suficiente para llevar adelante su casa con decoro y para meter en la hucha algunas monedas extra que le saquen de apuros un día que llueva, o no pueda trabajar, o tenga una desgracia en casa. 
El apóstol Santiago dice en su epístola que negar la paga a los obreros es un pecado "que clama al cielo" (V, 4). Pío XI y Pío XII han sancionado y urgido aún más esta misma doctrina.

¿Son legales las huelgas de los obreros? ¿Qué opina la Iglesia católica sobre las huelgas llamadas generales?
Entendemos por huelga el paro voluntario de los obreros de ciertos ramos que se niegan a continuar el trabajo hasta que el patrono acceda a sus demandas. Desde luego, los hombres son libres para trabajar o para pasarse el día en el café; y esto lo mismo el individuo que el grupo de individuos. Si tienen en su favor una razón justa y proporcionada, tienen derecho a declarar la huelga, con tal que no cometan actos de violencia contra los que no se adhieren a la huelga o contra los que se ofrecen a tomar sus empleos para evitar el paro. Entre las causas que justifican una huelga pueden mencionarse: salarios miserables, demasiadas horas de trabajo, circunstancias de insalubridad, el reconocimiento de una asociación, etc. 
Asimismo, los obreros tienen derecho a declarar la huelga, no sólo para que se les pague un salario mínimo, que es de justicia, sino también para que se les pague un salario decente. Pero las huelgas deben obedecer a motivos proporcionados a la gravedad de sus efectos. La huelga, en fin de cuentas, no es más que una guerra industrial, y no se debe declarar una guerra sin esperanzas fundadas de que el triunfo final pagará con creces los daños inherentes a ella.
Mas si los obreros han hecho un contrato libre y justo con los patronos, aquéllos no tienen derecho a declarar la huelga, pues, como dice León XIII en su encíclica: "La religión y el bien común demandan que tales contratos se guarden inviolablemente." 
Sin embargo, hay casos en que estos contratos cesan de obligar, bien porque los patronos no cumplan su parte, bien porque en el contrato mismo se encierran cláusulas injustas que lo invalidan. 
De la llamada huelga general, no hay que decir sino que es injustísima, tanto en su fin último—que es acabar con el capitalismo—como en sus medios violentos y criminales. Los obreros no tienen derecho alguno a privar a los dueños de sus posesiones ni a inutilizar o destruir sus propiedades.
A veces los obreros declaran la huelga porque algunos de sus "camaradas" son tratados con injusticia. Si la huelga es parcial, puede permitirse; pero si es general, no se ve cómo deba permitirse, pues trae consecuencias gravísimas y causa daños incalculables a la sociedad. Además, se suelen violar con ella tratados justos contraídos libremente por las dos partes. Los obreros se adhieren a la huelga simplemente porque sus compañeros declararon la huelga. Este principio no puede ser más absurdo.

 ¿No es cierto que Jesucristo y los primitivos cristianos de Jerusalén fueron comunistas? Además, los Padres de los siglos IV y V negaron el derecho a la propiedad privada, por ejemplo, los santos Juan Crisóstomo, Basilio, Ambrosio, Agustín y Jerónimo.
Esta dificultad la ponen algunos socialistas, pero no tiene fundamento alguno. Jesucristo nunca dijo que la propiedad privada fuese injusta. Pintó, sí, con vivos colores los peligros a que están expuestos los ricos y la dureza de corazón que a veces trae la riqueza; pero no negó que fuese imposible la salvación para los ricos (San Mateo XIX, 26). Si Jesucristo hubiese tenido por injusta la propiedad privada, no hubiera aconsejado al joven rico que vendiese lo que tenía (San Mateo XIX, 21), ni se hubiera contentado con que Zaqueo diese solamente la mitad de los bienes a los pobres (San Lucas XIX, 8). En vez de condenar la propiedad privada, insistió en la limosna y obras de caridad como medio adecuado para ganar el reino de los cielos (San Maeo XXV, 35-36). 
 En cuanto al comunismo de los cristianos primitivos, decimos que era similar al comunismo que vemos hoy en las comunidades religiosas, pero en modo alguno negaba el derecho a la propiedad privada. Además, no era cosa obligatoria, sino de supererogación. Por eso dijo San Pedro a Ananías: "¿Quién te quitaba el conservarlo? Y aunque lo hubieses vendido, ¿no estaba el precio a tu disposición?" (Hechos V, 4).  
Dígase lo mismo del comunismo atribuido a los Santos Padres. Condenaron, ciertamente, a muchos ricos de su tiempo por adquirir injustamente sus riquezas, e insistieron en que se debía dar lo superfluo a los pobres. Pero no condenaron la propiedad privada. Los santos Ambrosio y Basilio retuvieron la propiedad de parte de sus posesiones, y San Jerónimo no vaciló en afirmar que "las riquezas no son obstáculo si el rico usa de ellas como es debido".

¿No es cierto que la Reforma trajo consigo esta democracia moderna que ha dado al traste con aquellas ideas medievales del derecho divino de los reyes?
No, señor. La Reforma, tanto en, Inglaterra como en el continente, basó la autoridad de los Tudores y de los príncipes alemanes en el llamado derecho divino, para combatir la autoridad divina del Papa. San Roberto Belarmino (1542-1621), el gran teólogo jesuíta del siglo XVI, defendió la soberanía del pueblo contra la teoría del derecho divino a que se agarraba el déspota Jacobo I de Inglaterra. Según él, la ley natural o divina que creó el poder político en general, pone a éste, no en manos de un individuo o de un rey, sino en la multitud o en el pueblo, considerado como una unidad política. El derecho a gobernar no está vinculado a una forma particular de gobierno (León XIII, Immortale Dei), sino que es determinado por el consentimiento del pueblo o por la ley de las naciones. "Es incumbencia del pueblo —dice el Papa— elegir para sí, bien un rey, bien un cónsul o cualquier otro magistrado; y si hay razones que lo justifiquen, el pueblo puede cambiar la forma de gobierno, de aristocracia en democracia, y viceversa." Y termina citando a Santo Tomás, según el cual, "los dominios humanos y los principales no son de derecho divino, sino humano".
Otro teólogo eximio de aquel período, el jesuíta Suárez (1548-1617), fue de la misma opinión que Belarmino, y condenó la teoría del derecho divino de Jacobo I, llamándola "doctrina nueva y peregrina, inventada para exaltar el poder temporal y empequeñecer el espiritual". Ahora bien: como no hubo ningún escritor inglés que favoreciese la democracia en todo el período que corrió entre Lutero y Suárez, es razonable creer que la concepción de un gobierno demócrata les vino a los ingleses por los escritos de Suárez y Belarmino, y dígase otro tanto de los Estados Unidos. En el siglo XVII se inició una reacción contra la teoría y práctica protestantes de despotismo por derecho divino, y se volvió a admitir, al menos en parte, la teoría medieval de los derechos naturales, soberanía popular y libertades de los gremios y cuerpos municipales. Hoy, en el siglo XX, no se ha hecho más que adoptar con más amplitud aquellas ideas políticas.

Parece que el cardenal Belarmino, con su teoría sobre la soberanía del pueblo, fue el responsable de la Revolución francesa. Por lo menos, influyó en ella tanto como Rousseau con su teoría acerca del contrato social.
Las causas de la Revolución francesa fueron, entre otras, la doctrina de Rousseau y la tiranía, extravagancia y absolutismo de los reyes franceses Luis XIV y Luis XV. Hay una diferencia esencial entre la doctrina de Belarmino y la de Rousseau. Según Belarmino, el poder político es una institución natural y divina, necesario para el bienestar de la sociedad. En cambio, Rousseau sostenía que el poder no era más que una conveniencia humana, que no existía más que porque los hombres habían convenido en crearlo. Belarmino derivaba el poder inmediatamente del pueblo, considerado como un todo, pero mediatamente, de Dios; mientras que Rousseau basaba ese poder únicamente en un contrato entre el súbdito y el soberano. Belarmino declaró que los subditos estaban obligados en conciencia a obedecer a todas las autoridades legales. Rousseau no vaciló en afirmar que "cada uno está unido a los demás, pero no obedece más que a sí mismo, y queda tan libre como antes". Se ve, pues, que Rousseau facilitó el advenimiento de la Revolución francesa, y Belarmino echó los cimientos de la democracia moderna bien entendida.

La Iglesia católica defiende acérrimamente la propiedad. ¿No es esto ponerse al lado de los ricos y aplastar al pobre? ¿A qué viene esa oposición de la Iglesia al socialismo? El socialismo es el remedio más eficaz contra los males del sistema industrial moderno.
La Iglesia condena el socialismo no porque se incline a los ricos más que a los pobres, sino porque tiene que defender el derecho que todos tenemos a poseer, cosa que el socialismo no admite. Como dijo León XIII en su encíclica Rerum novarum (1891): "Los postulados del sacialismo son injustísimos, pues, al destruir la propiedad privada, robarían al poseedor legítimo, elevarían el Estado a una esfera que no es la suya y causarían una confusión espantosa en la sociedad." 
Esto no quiere decir que la Iglesia apruebe, ni mucho menos, los males sin cuento del capitalismo moderno. Los moralistas católicos condenan su avaricia y ambición, su desprecio de toda justicia, la tiranía con que esclaviza a los pobres, el control que ejerce sobre los Gobiernos, los excesos de sus juegos de bolsa, su intrusión odiosa en la prensa, etcétera, etc. Pero aunque admiten de grado la existencia de estos males, creen, sin embargo, que los males que traería el socialismo serían mucho peores. Porque el socialismo es una cura falsa, como es cura falsa el suicidio. Por otra parte, la moral católica sostiene y defiende que el derecho a poseer es un derecho fundado en la naturaleza humana. La posesión de cosas materiales no es patrimonio exclusivo del Estado, sino que compete igualmente a las corporaciones, a la familia y aun, al individuo. Este derecho que el hombre tiene a poseer se extiende no sólo a objetos de consunción diaria, como la comida, el vestido y la vivienda, sino también a objetos productivos, como fincas, minas, almacenes, ferrocarriles, fábricas, bancos, etc. 
Los monopolios del Estado no son socialismo si se extienden sólo a ciertos ramos administrativos, como el petróleo, el tabaco, los ferrocarriles, etc., cosa que con frecuencia demanda el bien común de la sociedad. Lo que podría hacer el Estado sin cometer una injusticia gravísima sería, por ejemplo, incautarse de las minas, ferrocarriles, centros docentes, etc., de particulares, sin la debida recompensa. Pero no se vaya a creer que la Iglesia no pone limitaciones al derecho de propiedad. Las pone, y bastante estrictas. El dueño no puede hacer lo que se le antoje con su propiedad. Puede, sí, disponer de ella como le plazca, pero no puede destruirla sin cometer una injusticia. El propietario no es más que administrador de los bienes que posee. Estos pertenecen a Dios. 
Ya lo dijo San Juan Crisóstomo en el siglo IV: "¿No es del Señor la tierra y todo lo que en ella se contiene? Si, pues, nuestras posesiones son un don común que recibimos del Señor, sigúese que pertenecen también a nuestros prójimos." 
El propietario debe disponer de su riqueza de modo que el trabajador gane un salario decente y el consumidor pueda comprar lo que necesite a un precio razonable. Tan pronto como se dé cabida a la injusticia, el Estado tiene derecho a intervenir para limitar hasta cierto grado la propiedad privada. 
Lo dijo León XIII en su encíclica Rerum novarum: "Cuando el bien común o una clase particular de la sociedad sufren o se ven amenazados de injusticia, si no hay otra manera de llegar a un, arreglo, la autoridad pública tiene derecho a intervenir y debe intervenir." 

BIBLIOGRAFIA.
Pío XI, Encíclica "Quadragesimo Anno». 
M. Prieto, El derecho de los trabajadores a vivir.
Azpiazu, Patronos y obreros.
Idem, Problemas sociales de actualidad. 
Beaulieu, Cristianismo y democracia. 
Carbonell, El colectivismo y la ortodoxia católica. 
Carrillo de Albornoz, El más "socialista" de los Santos Padres.
Cathrein, Socialismo y catolicismo. 

Chillida, Los grandes fracasos

sábado, 1 de septiembre de 2012

Del uso del nombre de "Madre" dado por los cristianos a María.

Cómo este nombre, conocido desde la más remota antigüedad, se encuentra en toda clase de monumentos, incluso en las Actas de los Santos Padres y en las oraciones litúrgicas. Cuán profunda sea la significación de este nombre, y cuán esencial para la existencia misma de la Santísima Virgen.

 I. Si no tuviésemos otras pruebas para afirmar la maternidad de María, por la que somos sus hijos según la gracia, que las resultantes de los anteriores capítulos, sería ya esta maternidad un hecho incontestable. Bien pronto, buscando ex professo las razones fundamentales que tenemos para llamar a la Madre de Dios nuestra Madre, veremos cómo Ella merece, con toda verdad, llevar este nombre. Contentémonos por el momento con demostrar cuán antiguo y general es en la Iglesia el uso del título de Madre, título con el cual honramos a la Virgen Santísima.
 Si no se tratase más que de la cosa significada por la palabra, habría que remontarse al origen de los siglos para dar con su primera aparición, puesto que desde entonces fué profetizada la nueva Eva como madre de una posteridad que comprende al Reparador y a sus miembros.
Pero aquí se trata del nombre mismo. Los cristianos de los primeros siglos, ¿le decían a la Virgen Santísima esas palabras, que a nosotros no se nos caen de los labios: ¡Madre mía!, ¡Madre nuestra!? Aun cuando nuestra devoción particular nos inclina a creerlo así, no podemos demostrarlo con textos expresos. Los rarísimos monumentos que nos restan de esa época enmudecen sobre ese punto, como sobre muchos otros que tanto desearíamos saber. Por otra parte, nada podemos deducir de este silencio, y esto por las mismas razones que invocaremos más adelante, cuando tratemos la cuestión del culto de la Virgen Santísima en la primera edad de la Iglesia. El primer motivo es que los libros llegados hasta nosotros, además de muy escasos, tratan de asuntos extraños al modo que hubiera de alabar e invocar a María; el segundo motivo, que las circunstancias de aquel tiempo se oponían a que públicamente diesen a la Santísima Virgen nombres tan tiernos y queridos, por temor de provocar las calumnias de los infieles contra la fe cristiana.
Pero desde el siglo IV, es decir, desde la época en que la literatura cristiana pudo desarrollarse con toda libertad, María comienza a revelarse en los escritos de los Padres bajo el nombre de Madre de los cristianos: "Habiendo llevado en su seno al Viviente por esencia, se ha convertido en la Madre de los vivientes" —dice San Epifanio en la antítesis que estableció, o mejor, que recordó entre la Eva antigua y la nueva Eva.
¿Quién no conoce este párrafo de San Agustín, en su libro de La Santa Virginidad?: "Sólo María entre las mujeres es Madre y Virgen a la vez, no solamente según el espíritu, sino también según la carne. Según el espíritu, no es Madre de nuestra Cabeza, el Salvador Jesús, del cual nació, más bien, Ella misma espiritualmente..., pero es Madre de sus miembros, que somos nosotros, porque cooperó con su caridad al nacimiento de los fieles en la Iglesia, de los fieles miembros de esa Cabeza. Según el cuerpo, es solamente Madre de este Señor" (n. 6, P. L., XL 399).
Si la Carta o el Sermón sobre la Asunción de Nuestra Señora fuera más auténtica, añadiríamos el testimonio de San Jerónimo al de San Agustín, porque allí se da a María el nombre de madre de las naciones, mater gentium (Opp. Mantissa. Ep. 10, n. 3, P. L.. XXX. 144).
Mas, hallamos cosas equivalentes en obras ciertamente salidas de la pluma del santo doctor. He aquí cómo hace hablar a la virgen Blesilla, cuya muerte lloraba amargamente Santa Paula, su madre: "¿Pensáis, acaso, que ahora estoy sola? En vuestro lugar tengo a María, la Madre del Señor: Habeo pro te Mariam, Matrem Domini" (San Hieron. ep. 39. ad Paulam. n. 6, P. L., XXII, 472), es decir: Os he dejado a vos, mi madre mortal; pero he hallado cerca de Dios mi otra Madre, la Madre misma de Dios.
Poco tiempo después, San Pedro Crisólogo, predicando a su pueblo, oponía a Eva María con estas palabras: "Esta, Madre de los que viven según la gracia; aquélla, madre de los que mueren según la naturaleza" (serm. 140, de Annune. B. M. V.. LII, 576).
En otro lugar, jugando más o menos acertadamente con el vocablo María, "María, dice, es llamada Madre, y, ¿cuándo no ha sido madre? Según el testimonio de la Escritura, Dios llamó mares (Mária) a la masa de las aguas reunidas" (Gen., I. 10).
"¿Acaso no es la Virgen Santísima la que concibió en su seno al pueblo que salía de Egipto, para hacerle renacer como criatura nuevas y celestiales, según las palabras del Apóstol: "Nuestros padres estuvieron bajo la nube; todos pasaron a través del mar y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en la mar?" (Idem, serm. 146. Ibid., 593).
La aplicación de esos textos parecerá, en verdad, demasiado sutil; pero no deja de traducir muy bien el pensamiento del piadoso doctor San Efrén, en una de sus largas series de Ave, que con tanta frecuencia hallamos en los orientales, había saludado ya a María como a la Madre universal: Ave, omnium parvus (Serm. de S. S. Dei Genit. V. M. laudibus, opp. (graece et lat.), t. III, pag. 576).
Podríamos también, al tratar de aquellos tiempos antiguos, traer el testimonio de San Ambrosio. En su tratado de la Institución de las vírgenes (de Instit. Virg., c. 14, P. L.. XVI-326, sq.), aplica el santo doctor a María aquellas palabras del Esposo a la Esposa de los Cantares: "Tu vientre, como montoncito de trigo, circundado de lirios" (Cant., VII-2).
Los lirios o azucenas son la virginidad de esta dichosa Madre. El trigo es Cristo, que dijo de sí mismo: "Si el grano que cayere en tierra no muriese, permanecerá solo; pero si no muere, producirá fruto abundante" (Joan, XII-24).
Pero de Vos, ¡oh, María!, nació ese trigo de los elegidos. Murió en la cruz, y nosotros somos sus frutos. Llevándolo en vuestras virginales entrañas, nos llevabais a nosotros con Él, puesto que estábamos ya contenidos en su fecunda virtud. No sois, pues, solamente su Madre, sino también nuestra Madre en Él y por Él.
No se crea, sin embargo, que porque no hemos citado más que uno solo de los Padres griegos, difieren éstos de los latinos en tal materia. Uno de ellos, Pedro de Sicilia, Obispo de Argos, afirma en términos expresos "que la Santísima Virgen, Madre de Dios, es madre de todos nosotros" ("Panagia Deipara, nostrum omnium Mater." Petr. Sicul. Hist. Manich, n. 29, P. G. CIV 1284).
San Juan Damasceno pone en boca de la Virgen Santísima, moribunda, estas conmovedoras y maternales palabras, que dirige a su Hijo, rogando por los Apóstoles, y, en persona de ellos, por todos los fieles: "Hijo mío, en tus manos entrego mi alma... Recibe este alma que te es tan querida, este alma preservada por Ti de toda mancha... Te ruego que consueles a mis queridísimos hijos, a quienes Tú mismo te dignaste llamar hermanos" (San J. Damasc., or. 2° in Dormit. B. M V., n. 10, P. G., XCVI, 736).
Hacerla hablar así, ¿no es darle manifiestamente el título de Madre?
Encontramos este mismo título, aún más expreso, en los escritos del patriarca Germán de Constantinopla. Después de haber celebrado este santo la gloriosa entrada de la Madre de Dios en el reino de su Hijo y la felicidad de los elegidos, que reciben entre ellos a la Madre de la Vida, se acuerda de los fieles de la tierra, a quienes ha dejado para subir al cielo, y he aquí cómo los consuela y él se consuela con ellos: "Es verdad que la divina Madre no está ya corporalmente con nosotros; pero no se han roto todas las relaciones entre Ella y los desterrados en este mundo. ¡Sí!, Virgen Santa, Tú habitas espirtualmente con nosotros, y prueba de esta comunidad de vida es tu incesante y poderosa protección sobre nosotros. Todos oímos tu voz, y las voces nuestras llegan a tus oídos. Tú nos conoces para protegernos, y nosotros te reconocemos a Ti, en los auxilios que de Ti nos vienen. ¡No! La muerte no ha cortado los lazos entre tus siervos y Tú, Virgen Santa. No has abandonado a aquellos de quienes has sido la salvación, porque tu alma vive siempre y tu carne no ha probado la corrupción del sepulcro. Tú velas sobre cada uno de nosotros. ¡Oh, Santa Madre de Dios!, nadie se escapa de tus compasivas miradas. Es verdad que nuestros ojos no pueden verte, ¡oh, Virgen Santísima!; pero no por eso dejas de estar entre nosotros, manifestándote de distintos modos a aquellos a quienes juzgas dignos... Y, sin embargo, tu Hijo te ha llamado, libre de toda corrupción, a su eterno descanso. Ha querido tenerte pegada a sus labios y a su Corazón, si puedo expresarme así; y por eso, cuanto le pides para tus otros desgraciados hijos, te lo concede; todo cuanto deseas de Él lo realiza por su divino poder" (San Germ. Const., de Dormit. Deip. V., serm. I, P. G., XCVIII, 344, 345, 348).
 Inútil sería el recorrer la serie de los siglos hasta nuestros días, para buscar en ellos si ese título de Madre de los hombres ha continuado siendo universal y constantemente atribuido a la Virgen Santísima por los Santos Padres, los escritores eclesiásticos, los Santos y los fieles. Todas las edades y todas las comarcas repiten ese nombre bendito. El niño aprende a pronunciarlo en las rodillas de su madre, y el doctor lo invoca y lo celebra como el niño. La única diferencia, si la hay, es que los sencillos gustan a menudo más y mejor la significación de ese nombre, mientras que el teólogo define con más precisión las razones sobre las cuales se apoya. Pero todos, sabios e ignorantes, repiten con el corazón y con la boca las palabras del gran San Anselmo: "¡Oh Soberana mía!, Dios te ha hecho su Madre, a fin de que seas también Madre de todos los que creen en Él... Por tanto, Virgen Santa, reconoce por hijos a los que tu Hijo divino, tan únicamente amado por Ti, no se ha avergonzado de llamar sus hermanos...". (orat. 47 y 49. P. L., CLVIII. 945, 947)
 
 San Pedro Canisio, después de haber enseñado que María merece, por los dolores sufridos al pie de la cruz, llamarse madre, según el espíritu, de San Juan Evangelista y de todos los creyentes, añade: "Y para que nuestros adversarios no le rehusen ese nombre, sepan que el mismo Lutero se lo concedía, y consideraba como un gran honor y una gran dicha para el cristiano el tener a María por su verdadera Madre, así como tiene a Cristo por hermano y a Dios por Padre. Todo esto —dice— es verdad: todo esto es real, si somos creyentes." (de Maria V. Deip., 1. IV, t. 26).

II. Se ha dicho que el título de Madre de los hombres u otro igualmente explícito no se ha encontrado hasta estos últimos tiempos, ni en los textos litúrgicos ni en los monumentos de la Iglesia Universal. Esto no es una objeción contra la maternidad espiritual de María, porque se reconoce y confiesa que la Santa Iglesia no hubiera tolerado el uso tan frecuente de nombre semejante, si no estuviese conforme con sus creencias. Y, ¿cómo podía desaprobarlo, cuando mil y mil veces atestigua expresamente las verdades, de las cuales es tal nombre sencilla y manifiesta expresión? Pero es que no se puede ya argüir con el silencio de la Iglesia, aun cuando, quizá, se pueda decir que ella ha callado, pues ya consta que los santos y los doctores, que tienen misión de enseñar a los fieles, han llamado tan claramente a María con ese título de Madre de los hombres.
León XIII, en sus Encíclicas sobre el Rosario, se complace en presentarnos a María como "la Madre de Dios y de los hombres, la Madre de la Iglesia, nuestra Madre". Bajo este título exhorta a los pastores y a los fieles que la invoquen todos. Más aún, quiere que por esas palabras, tan conocidas en la Liturgia: "Muestra que eres Madre, monstra te esse matrem", entendamos no solamente "la Madre de Dios, sino la nuestra" ("Eam publice et privatim, laude, prece, votis, compellere concordes nos destinant et obsecrare Matrem Dei et nostram; Monstra te esse matrem." Encíclica Laetitiae Sanctae 8 sept. 1893). Cf. Encíclica Supremi Apostolatus (1° sept. 1883)).
Por lo demás, notémoslo de paso, esa interpretación no es nueva, como creen algunos. Bien pronto la vamos a ver en los cantos sagrados de la Edad Media. También se hallaba en los libros de esa época. Así, el piadoso abad Gerhohe, después de habernos mostrado a la Virgen Santísima dándonos a luz en el Calvario, y a Cristo promulgando su dolorosa maternidad, concluye con estas palabras: "No es, pues, una vana esperanza cuando le decimos: ¡Salve, Estrella del Mar, Augusta Madre Dios!, y con más razón aún la invocamos diciendo: ¡Muestra que eres Madre! ¿No tiene, acaso, doble maternidad?" (Gerholi., Can reg. S. August., De gloria et honore filii hominis, c. 10, n. 2. P. L, CXCIV, 1105).
"Cada día —añade Ernesto, el Santo Obispo de Praga— clamamos a María: ¡Muestra que eres Madre!, y esta bienaventurada Virgen, esta Hija del Rey Supremo... nos trata como hijos adoptivos" (San Ernest., Mariale, c. 122 (apud Velázquez, María advocata, p. 255)).
Antes de León XIII, Pío IX, de santa y gloriosa memoria, se complacía en recordar que la Inmaculada Virgen María es, a la vez, Madre de Dios y nuestra, Mater Dei et nostra; madre amantísima de todos nosotros, omnium nostrum amantissima mater, y esto lo decía en sus Alocuciones y en actas todavía más solemnes, como son las Encíclicas al universo entero (Allocuot. Quibus quantisque malorum (20 abril 1849) ; ítem 20 dic. 1867; Encycl. Quanta cura (8 dic. 1864)).
El mismo título de Madre de los hombres reaparece en Oficios, recientemente aprobados por la Iglesia. Véase primero el de Nuestra Señora del Buen Consejo (26 de abril), en el cual comienza la oración litúrgica con estas palabras: "¡Oh Dios!, que nos has dado por Madre a la Madre misma de tu Hijo muy amado." Véase también el Oficio de la Aparición de la Virgen Inmaculada (o Medalla Milagrosa, 27 noviembre). Dice así el himno de Maitines: "Oh Jesús!, que al morir diste tu Madre a tus servidores, dígnate conceder a los hijos los goces de la gloria, por la intercesión de esa misma Madre"
  (Jesu, tuam qui finiens 
Matrem dediati servulis, 
Precante Matre, filiis 
Largire caeli gaudia).

 ¿Pero será cierto que hasta nuestros días no ha llamado jamás la Iglesia a María Madre de los hombres, ni en sus cantos litúrgicos, ni en los actos más especialmente emanados de ella; esto es, en los actos de sus Pontífices y de sus Concilios? Desmentiría formalmente esta pretensión la Carta dirigida por el Papa Gregorio II al Patriarca San Germán de Constantinopla, leída en el séptimo Concilio Ecuménico, segundo de Nicea (Bp. Gregor. Papae II ad Germ. Const., Conc.. VII, Act., 4).
Allí, en efecto, se vería que "la Santísima Virgen, Madre de Dios, es nuestra madre, porque concurrió de un modo singular a nuestro nacimiento", según el espíritu. Desgraciadamente, si la carta es auténtica no sucede lo mismo con dicho párrafo. Por mucho que se lea y relea el documento pontificio, tales expresiones no se hallan en parte alguna. Es un texto forjado, como tantos otros, uno de esos escritos falsos, deslizados por ignorancia o por descuido en el tesoro de la Virgen, y de los cuales no necesita para nada, por su incomparable riqueza.
A falta de Gregorio II, tenemos al sabio Pontífice Benedicto XIV. En la Bula de Oro, que publicó para confirmar y recomendar la Congregación de Nuestra Señora, llamada Prima Primaria, dice este Papa expresamente "que la Iglesia católica, formada en la Escuela del Espíritu Santo, ha profesado siempre a María una devoción filial, como hacia la amantísima Madre, que le fue legada por Cristo agonizante".
Dejando a otros el cuidado de recorrer los documentos de los Papas para buscar en ellos el dulce título de Madre de los hombres, vengamos a los libros de la Sagrada Liturgia. Un sabio y paciente archivero alemán ha recogido todos los himnos latinos de la Edad Media, y uno de sus volúmenes contiene solamente cantos en todas las rimas, dedicados a la Santísima Virgen (Franc. Jos. Mone., Hymni latini medii Aevi (Frib. Herder, 1854)).
Nada más frecuente en estos cantos que el nombre de Madre de los hombres, invocando a María.
Veíamos hace poco que León III comprendía este nombre en la interpretación de la jaculatoria tan conocida y tan dulce: Monstra te esse Matrem, muestra que eres Madre. Pues bien; la Edad Media se le había adelantado. Leemos en una devota oración, cuyo fondo es el Ave Maris Stella: "Muéstrate la abogada y la madre de los culpables" ("Monstra te causidicam — Matremque reorum." Op. cit., n. 499, t. II, p. 226).
En otro lugar, en una paráfrasis rimada de la Salve, léese también: "A Ti, Madre, clamamos — desterrados hijos de Eva".
Y en otro: "Salve, piadosa Madre nuestra".
Y más allá: "Salve, Madre de los desamparados", "Virgen, Madre de la Iglesia; Virgen clemente. Madre piadosa y benigna", "socorre a tus siervos; son hijos tuyos y Tú eres su Madre." ¡Sí! "Con justicia te llamamos Madre, a Ti cuya asistencia nos hace esperar el perdón", "escucha los dolientes clamores de tus hijos, ¡oh Fuente de Misericordia!", "¡ oh Madre nuestra! ¡Oh Señora nuestra!, toda nuestra esperanza está en tus dones; concédenos por medio de la gracia los bienes de la otra vida, porque lo puedes todo" 
He aquí otro ejemplo tomado de un teólogo de la Edad Media: "Después de haber enseñado que Nuestro Señor desde la Cruz quiso confiar a su Madre todos los fieles en calidad de hijos adoptivos", añade: "Por esto la Iglesia Universal le canta: Muestra Que eres Madre, que reciba por Ti nuestras oraciones Aquel que naciendo por nosotros ha querido hacerse tuyo." Pelbart. de Themeswar, ín Stellario Coronae benedictae Virginis Mariae... (Colombiae, 1906). 1. IX, a. 2, ad I quaest).
Esto cantaban nuestros padres, y no conocemos otra cosa más tierna, más sencilla, más rica en recuerdos bíblicos, y, sobre todo, más llena de fe y de confianza y de amor hacia esa dulce Madre de Cristo y de sus fieles, justos y pecadores, que esos himnos de los pasados tiempos. Son el eco de las plegarias dirigidas por los santos a María en el secreto de sus corazones.
Podría aducirse en contra de esto que tales cantos no son estrictamente litúrgicos, como tampoco los de nuestros días pertenecen oficialmente a la Liturgia, aun cuando se canten en las iglesias. Convenimos en ello; pero, por lo menos, se nos concederá que esos himnos representaban la creencia universal de los fieles, tanto mejor cuanto más populares eran. Mas, sea como fuere, las lecciones del Breviario pertenecen ciertamente a la Liturgia. Pues bien; la Iglesia, en el Oficio de la Octava de la Natividad de María, hace recitar a sus sacerdotes el texto de San Epifanio, donde, comparando a Eva con la Virgen Santísima, llama a esta Señora expresamente y más de una vez la Madre de los Vivientes (Lect. 4°, die 13 Sept.).
Dice también a los fieles en el oficio de Nuestra Señora de los Dolores: "No os olvidéis jamás en vuestro corazón de los gemidos de vuestra Madre", alusión manifiesta a las angustias de la Virgen Santísima al darnos a luz en el Calvario. La fiesta de la Compasión nos habla del testamento, en que Cristo, agonizante en la Cruz, nos entregó en la persona de Juan a su Madre por Madre, en la de Nuestra Señora del Buen Consejo se afirma expresamente el mismo don ("Deus qui Genitricem Filii tui matrem nobis dedisti" (Orat. Offic., 26 de abril)).

III. Así como queda expuesto, la fe de los cristianos venera en María dos maternidades, como adora una doble paternidad en la primera persona de la Trinidad Santísima. En primer lugar, la paternidad y la maternidad de naturaleza. Para María, como para el Padre Eterno, Cristo es el Único Hijo, porque Él sólo recibe del uno la naturaleza divina, y de la otra la naturaleza, por la que es hombre substancialmente. Pero también es para ambos Cristo el Primogénito, pues ambos le dan hermanos, engendrando hijos según la gracia, lo que ya no es paternidad ni maternidad según la naturaleza, sino por adopción. Adopción que sobrepuja, no obstante, de un modo infinito a la que se da entre los hombres, pues llega hasta transformar la naturaleza misma de los adoptados, por una participación real de la naturaleza divina (Cf. La Gráce et la Gloire, 1. I, c. 3).
Ciertamente que en esta generación de hijos adoptivos, el oficio de María no puede igualarse al del Padre. Dios es la fuente; Ella sólo el humilde arroyuelo; Dios obra como la causa principal y María como un simple instrumento. Cosa maravillosa, sin embargo, es el que si bien para María, como para el Padre, la generación de los hijos adoptivos depende de la generación del Hijo natural y la supone como su necesario fundamento, puede decirse que la maternidad natural en María se encamina más necesaria y directamente a dar hermanos a Cristo, su Hijo Unico, que la misma paternindad de Dios. Nos explicaremos. Podemos muy bien concebir a Dios Padre engendrando eternamente a su Hijo según la naturaleza, sin que existan hijos adoptivos. Si le hubiese agradado a Dios no dar el ser a la criatura racional o no elevarla a la participación de su naturaleza, no sería ni menos Dios ni menos Padre por eso. Para ser ambas cosas, no le era necesario nada, ni nadie, fuera de Sí mismo; porque en Sí mismo halla su Paternidad esencialmente, así como su Divinidad. Por consiguiente, todos los mundos, todos los espíritus angélicos y todos los hombres no añaden nada a su beatitud, ni a sus riquezas, ni a sus infinitas perfecciones.
Pero tal no es la condición de la Inmaculada Madre de los hombres. Quitadle el honor y la dicha de esta maternidad, y le quitáis de un golpe su maternidad divina y su misma existencia.
En efecto; ya lo hemos visto en la primera parte de esta obra.
La maternidad divina es la razón determinante de la existencia de María. No ha sido mujer sino para ser Madre de Dios. Pero, a su vez, no ha recibido esta gloria de la maternidad divina, sino para ser Madre de los hombres; así como Jesucristo no ha existido en carne sino para ser su Salvador. Esto era lo que aumentaba y elevaba la confianza de los santos en María. "Tenemos la seguridad de que Dios te ha hecho su Madre, a fin de que seas Madre de todos los que creen en Él; es decir de aquellos de quienes Él mismo quiere ser llamado Padre. Y, ¿qué cosa más gloriosa para Ti, Señora, que ser la Madre de los que Cristo se ha dignado ser Padre y Hermano?... ¿Dónde está, pues, mi esperanza, sino en Dios y en Ti?... (San Anselm., Oration., or. 47. P. L., CLVIII, 945).
 Es expresar idéntica idea el decir de María, que es Madre de Dios, para ser Madre de misericordia, como lo hizo San Anselmo en la conmovedora y devota oración, de la cual citamos un fragmento en el segundo libro de nuestra primera parte. La misma unción y el mismo pensamiento hallamos en esta otra oración a María, del mismo santo: "¡Oh. Señora nuestra! Así como Dios Padre ha engendrado a Aquel por quien todo tiene vida, así Tú, dulce Flor de la Virginidad, has dado a luz a Aquel por quien los mismos muertos, vuelven a la vida... No hay reconciliación posible fuera del Señor, que Tú has castamente concebido; no hay más justificación que la que Tú, Purísima Señora, has llevado en tus entrañas, ni más salvación sino por Aquel que Tú has dado a luz, sin dejar de ser Virgen. Así, pues, ¡oh Soberana mía!, Tú eres la Madre de la Justificación y de los justificados; la Madre de la Reconciliación y de los reconciliados; la Madre de la Salud y de los salvados. ¡Oh bienaventurada esperanza! ¡Oh Refugio seguro! ¡La Madre de Dios es nuestra Madre! ¡La Madre de Aquel que es único objeto de nuestros temores y de nuestras esperanzas, es nuestra Madre! ¡Sí! La Madre del único Señor, que puede salvarnos; de Aquel que es el único que puede condenarnos; es nuestra Madre (San Anselm., ibíd., or. 52, 956-957).
Citemos, para terminar este capítulo, un fragmento considerable de un discurso, en el cual Elredo, santo Abad del siglo XII, da a María, no solamente el dulce nombre de Madre, sino que explica también las razones que le han valido este título y los deberes que el mismo título impone a sus hijos: "Debemos a María honor, servicio, amor y alabanza. Le debemos honor, porque es Madre de nuestro Dios, y no honrar a la Madre es desdeñar al Hijo. La escritura dice: Honra a tu padre y a tu madre" (Exod., XX, 12). 
"¿Qué diré, hermanos míos? ¿No es, acaso, nuestra Madre? Lo es, sin duda alguna. Por Ella hemos nacido, por Ella somos alimentados, por Ella crecemos. Por Ella, digo, hemos nacido, no al mundo, sino a Dios; por Ella somos alimentados, no con leche material, sino con la leche de que habla el Apóstol cuando dice: "Os he alimentado con leche y no con viandas sólidas" (I Cor., III-2).
"De ella recibimos el crecimiento, no en cuanto a las dimensiones corporales, sino en cuanto a la virtud del alma."
"Veamos ahora cuál es este nacimiento, cuál esta lactancia, cuál este crecimiento. Todos, bien lo sabéis, hemos estado en la muerte, en la miseria, en las tinieblas. En la muerte, porque estábamos separados de Dios; en la miseria, porque estábamos condenados a la corrupción; en las tinieblas, porque nos hallábamos privados de las luces de la sabiduría. Así, nuestra perdición era completa. Pero hemos sido regenerados por la bienaventurada Virgen María, más dichosamente que nacidos por Eva, y esto porque Cristo nació de Ella. A la miseria sucede la renovación; a la corrupción, la incorruptibilidad; a las tinieblas, la luz. Ella es nuestra Madre, la Madre de nuestra vida, la Madre de nuestra incorrupción, la Madre de nuestra luz. El Apóstol, hablando de Cristo, dice que Dios por Él nos ha dado sabiduría y justicia, santificación y redención" (I Cor., I, 30).
"Siendo, pues, Madre de Cristo, es la Virgen por eso mismo Madre de nuestra sabiduría, Madre de nuestra justicia. Madre de nuestra santidad, Madre de nuestra redención. Y por eso mismo es también para nosotros más Madre que la que nos engendró en la carne. De Ella tenemos un nacimiento más elevado, porque Ella es nuestra santidad, nuestra justicia, nuestra sabiduría, nuestra santificación, nuestra redención. Celebremos, pues, con alegría la Natividad de Aquella por quien tan excelentemente hemos nacido.
"Veamos ahora la leche con que nos alimenta. El Verbo de Dios, Hijo de Dios, Sabiduría de Dios es un pan sobresubstancial. Por eso pertenecía solamente a las criaturas fuertes y vigorosas; es decir, a los Angeles, el comerlo. Nosotros, pequeñitos, no podíamos tomar un alimento tan sólido; arrastrándonos por la tierra no nos era dado alcanzar a este pan del cielo. ¿Qué sucedió entonces? Bajó este pan mismo al seno de la Virgen, y en él se transformó en leche, en una leche, digo, que pudiéramos nosotros mamar. Mirad ahora al Hijo de Dios sobre las rodillas de la Virgen, o entre sus brazos, o colgado de sus pechos; es todo suavísima leche: chupa y bebe.
"Considerad, en fin, su castidad, su caridad, su humildad y voluntario abajamiento, y, a ejemplo suyo, creced en pureza, creced en amor, creced en humildad, y así seguiréis a vuestra Madre... He aquí cómo es nuestra Madre y por qué debemos honrarla. Esto quiere de nosotros el mandamiento del Señor: "Honra a tu padre y a tu madre."
El autor habla después de los servicios que debemos prestar a María como a nuestra Señora, a nuestra Soberana, a la Reina del cielo y de la tierra. Servirla es glorificar a su Hijo.
 J. B. Terrien S. J.
LA MADRE DE DIOS Y ...
TOMO II