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jueves, 4 de octubre de 2012

Diuturni Temporis


Sobre la devoción del Santísimo Rosario
Del 5 de septiembre de 1898

Venerables Hermanos: Salud y Bendición apostólica

I. Protección de Dios y de Maria sobre el Pontificado del Papa
Al echar una mirada al largo espacio de tiempo que, por voluntad de Dios, hemos pasado en el sumo Pontificado, no podemos menos que confesar que Nos, sin merecerlo, hemos experimentado, de manera muy viva, la asistencia de la Divina Providencia. Juzgamos, empero, que esto debe atribuirse principalmente a la oración en conjunto, y por tanto eficacísima, que, como antiguamente por Pedro, así ahora la Iglesia universal está haciendo sin interrupción por Nos. Por eso, en primer término a Dios, que concede todos los bienes, las gracias más rendidas, y trataremos de conservar en la mente y el corazón mientras vivamos cada uno de los dones  recibidos. 
Luego se nos presenta el dulce recuerdo de la maternal protección de la augusta Reina del cielo, e igualmente guardaremos, piadosa e íntegramente ese recuerdo dándole gracias y exaltando sus beneficios.  Porque de Ella, como de caudalosísimo canal, descienden los manantiales de las divinas gracias, pues, en sus manos están los tesoros de las misericordias del Señor [1]. Dios quiere que Ella sea el principio de todos los bienes [2]. Cobijados en el amor de esta tierna Madre, que hemos procurado fomentar asiduamente e incrementar de día en día, esperamos con certeza poder acercarnos a Nuestro último Día.

II. Los esfuerzos del Papa en 
promover y fomentar la devoción al Rosario
Mas hace ya tiempo que, deseando colocar la salvación del género humano en el aumento del culto de la Virgen, como en fortísimo baluarte, no hemos dejado de fomentar entre los fieles la costumbre de rezar el Rosario Mariano publicando, a este fin, Encíclicas ya a desde el 1º de Septiembre de 1883 y promulgando, más de una vez, decretos, como bien sabéis. Y disponiendo Dios misericordioso que también este año podamos ver el mes de Octubre, que en otro tiempo decretamos que estuviese dedicado y consagrado a la celestial Reina del Rosario, no queremos dejar de dirigirnos a vosotros, y resumiendo en pocas palabras lo que hasta el presente hemos llevado a cabo para fomentar esta clase de oración, coronaremos Nuestra obra con otro documento próximo a aparecer, en el que patenticemos todavía más espléndidamente Nuestro fervor y afecto para con el mencionado modo de honrar a María, y se estimule el ardiente deseo de los fieles de conservar piadosa y fielmente tan santísima costumbre.

III. Resumen de las enseñanzas de anteriores Encíclicas.
Movidos, pues, del constante deseo de que el pueblo conociese el poder y la dignidad del Rosario mariano, después de recordar, en primer lugar, el origen más celestial que humano de esta oración, mostramos que la admirable guirnalda confeccionada con la salutación angélica, entrelazada con la oración dominical y unida con la meditación, resulta una especie excelentísima de súplica, muy fructuosa, principalmente para la consecución de la vida eterna; pues, fuera de la excelencia misma de las oraciones de que se compone, ofrece una buena defensa de la fe y un insigne modelo de virtud por medio de los misterios que propone a nuestra contemplación; que, además, no es una oración complicada sino que se acomoda fácilmente al carácter popular, por cuanto se le pone delante, con la consideración de la Familia de Nazaret, el ideal absolutamente perfecto de la vida familiar y que el pueblo cristiano por consiguiente, siempre experimentó su saludabilísima eficacia.

IV. Lo que hicieron los Papas anteriores y León XIII 
por la devoción del Santísimo Rosario. 
Fiesta, mes de  Octubre y la invocación en las Letanías.
De esta manera, después de haber recordado principalmente la naturaleza del Santísimo Rosario y de haber exhortado a su práctica de variados modos, Nos aplicamos, además, siguiendo las huellas de Nuestros predecesores, a fomentar su importancia por medio de un culto más solemne. Pues así como Sixto V, de feliz recordación, aprobó la antigua costumbre de rezar el Rosario, y Gregorio XIII dedicó un día de fiesta al mismo titulo, que luego inscribió en el Martirologio Clemente VIII, y mandó Clemente XI que fuese guardada por la universal Iglesia, y Benedicto XIII la introdujo en el Breviario Romano, así Nos, para perenne testimonio de Nuestro aprecio a esta manera de piedad, mandamos que la misma solemnidad del Santísimo Rosario con su oficio fuese celebrada en la universal Iglesia con rito doble de segunda clase. Quisimos, además, que se consagrase a esta práctica todo el mes de Octubre; finalmente, ordenamos que en las Letanías Lauretanas se añadiese la invocación Reina del Santísimo Rosario, como augurio de la victoria que habíamos de reportar en la actual contienda.

V. Indulgencias anejas al rezo del Rosario
Faltaba por recordar el grandísimo valor y utilidad del Rosario mariano a causa de la abundancia de privilegios y derechos con que está enriquecido, y más que nada, por el preciosísimo tesoro de indulgencias de que goza. Ahora bien, es fácil entender cuánto interesa a todos los que se preocupan de su salvación aprovecharse de este beneficio. Pues, se trata nada menos que de conseguir el perdón, total o parcial, de la pena temporal que hay que pagara en esta o en la otra vida, aun después de cancelada la culpa. Es decir, el rico tesoro formado con los méritos de Cristo, de la Madre de Dios y de los santos, y al que con razón aplicaba Nuestro predecesor Clemente Vi las palabras de la Sabiduría: Tienen los hombres un infinito tesoro, y los que de él se aprovechan, se hacen partícipes de la amistad de Dios [3]. Ahora bien, los Romanos Pontífices, en virtud de la potestad soberana de que están revestidos por el mismo Dios, abrieron estas copiosísimas fuentes de gracias a los cofrades del Santísimo Rosario y a los que piadosamente lo recitasen  

VI. Anuncio de una constitución para la Cofradía del Rosario
Así, pues, Nos también, pensando que la corona mariana, como adornada de gemas escogidísimas, luce más bella con estos beneficios e indulgencias, tras largos estudios, ya tenemos madurado el plan de publicar una Constitución acerca de los derechos, privilegios e indulgencias de que podrán disfrutar las cofradías del Santísimo Rosario. Esta Nuestra Constitución sea prueba de amor para con la augustísima Madre de Dios, y para los fieles todos, estímulo juntamente y premio de su piedad, a fin de que, en la hora suprema de la vida, puedan por su medio ser aliviados y descansar suavísimamente en su regazo.  

VII. Bendición Apostólica
Suplicando de corazón estas gracias a Dios Optimo Máximo, por medio de la Reina del Santísimo Rosario, Nos amantísimamente os damos la Bendición Apostólica. como auspicio y prenda de los bienes celestiales, a vosotros, Venerables Hermanos, al clero y al pueblo confiado a vuestras particulares cuidados.
Dado en Roma, cerca de San Pedro, el día 5 de Septiembre de 1898, en el año vigésimo primero de Nuestro Pontificado. 
LEÓN PAPA XIII

[1] San Juan Damasc. Serm.  de la Natividad de la Virgen.
[2] S. Irineo Adv. Valent. 1. 3, c. 33.
[3] Sabiduría, 7, 14.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Especiales obligaciones de los hijos para con sus padres.

Tres cosas principales deben los hijos a sus padres, que son el honor, la obediencia, y el socorro competente para el remedio de sus necesidades. El precepto divino dice: Honrarás padre y madre. Y el catecismo romano explica, que por este divino mandamiento están obligados los hijos al honor y reverencia de sus padres, a obedecerlos en todo lo justo, y a darles el alimento decente, conforme a su necesidad. En este capítulo hablaremos del punto primero.
               El santo Job dice, que los hombres sabios confiesan y conocen a sus padres, y no los niegan ni se esconden de ellos, aunque sean de baja esfera, y de poco estimables condiciones, sino que los honran, los veneran y los obedecen, conforme al precepto del Altísimo Dios (Job, XV, 18).
               El Sabio dice, que es honra del padre la sabiduría del hijo, y por eso le enseña y gasta sus intereses con él; por lo cual debe el hijo corresponder a su padre y venerarlo después de Dios, que le ha criado, y le ha dado el ser que tiene.
               El hombre necio y estulto desprecia la doctrina y disciplina de su padre, dice un proverbio de Salomón; pero el padre sabio y de sano juicio estima las palabras y doctrinas del hombre que le engendró, y las conserva en su corazón (Prov., XV, 5).
               El Espíritu Santo dice, que aunque te halles en muy alta y elevada fortuna, te acuerdes de tu padre y de tu madre, a quien debes el ser que tienes después de tu Criador y Señor (Eccli., XXIII, 18).
               Aunque tu padre llegare al estado miserable de perder el juicio y la razón, has de tener piedad con el; y no le niegues de padre, ni le desprecies, porque así te lo manda Dios (Eccli, III, 15).
               Si despreciares a tu padre, teme no sea que Dios te ponga en olvido, y quedes infatuado, y padezcas el común improperio de todo el pueblo, y maldigas el día de tu nacimiento en castigo de tu ingratitud. Dios te manda que temas todos estos males, si fueres irreverente e ingrato con tus padres (Eccli., XXIII, 19 et 20).
               El Sabio dice, que es abominable el hijo que maldice a su padre, y no obedece a su madre (Prov., XXX, 11). No hallarás sino desventuras en esta vida mortal, y te harás detestable y aborrecible de Dios y de los hombres.
               Los hijos malditos de Can se dicen comúnmente canalla, porque proceden de un hijo desatento, que en vez de ocultar la indecencia de su padre, hizo burla de él, y le despreció como ingrato.
               Por esto se dice en el sagrado libro del Eclesiástico, que es hombre de mala fama, y digno de ignominia el que no estima a su padre tal cual fuere; y es maldito de Dios el que exaspera y desconsuela a su madre (Eccli., III, 18).
               Por esto también se llaman hijos del diablo los que no atienden a los sanos consejos de los padres; y deben justamente recelarse, y temer que Dios les quite la vida, como lo quiso hacer con los desatentos hijos Ophni y Finees (I Reg., II, 25).
               Los hijos atentos y respetuosos a sus padres se labran su buena fortuna en esta vida mortal y en la eterna ; porque en este mundo se les aumenta el honor, y aseguran su prosperidad, como dice Salomón (Prov., I, 18).
               El mismo Sabio, ilustrado del cielo, le dice que oigas y atiendas a tu padre, y estimes sus palabras, para que aprendas la prudencia, y se multipliquen los días de tu vida (Prov., IV, 6).
               Los hijos ingratos y descorteses con sus padres teman el riguroso castigo que Dios hizo con el desatento Abimelech, de quien dice la divina Escritura, que fue severamente castigado de Dios por este feo delito del desprecio de su padre (Judic., IX, 56).
               Semejantes hijos ingratos se llaman en las sagradas letras hijos mentirosos, infames y despreciables; porque degeneran de la virtud y nobleza de sus padres, que deseándolos criar bien con ejemplos y palabras, ellos corresponden con ignominiosas obras.
               Por esto dice el apóstol san Pablo, que no todos los que proceden de Abrahán son hijos suyos, porque si degeneran con sus malas obras de sus virtuosos padres, es justo pierdan la honra y estimación de llamarse hijos suyos.
               Los verdaderos hijos atienden a sus padres para darles gusto, y los llenan de alegría con su humilde rendimiento, dice Salomón; pero los hijos necios y estultos desprecian a su madre, y se hacen ignominiosos, dándola molestias a la que tanto padeció y sufrió para criarlos y defenderles la vida en sus primeros años (Prov., XV, 20).
               Por esto dice el mismo Sabio en otro proverbio, que el hijo necio y estulto ha nacido en este mundo para su ignominia, y para tormento de sus pobres padres, que se corren y avergüenzan de tener un hijo fatuo, que se hace la fábula del pueblo.
               En el sagrado libro del Eclesiástico se dice, que las malas operaciones del hijo ingrato y estulto se convierten en confusión y contumelia de su pobre padre, el cual se halla corrido y avergonzado de las descortesías y torpes obras de su hijo.
Deben aprender los hijos sabios y bien criados del ilustrado Salomón, el cual públicamente honró u su madre, y habiéndola adorado, la puso sobre su majestuoso trono.
Aprendan también del santo joven Tobías, de quien dice la divina Escritura, que antes de dar principio a su largo viaje, tomó con humildad la bendición de su padre y de su madre, para que Dios le prosperase en su camino.
El hijo necio y estulto menosprecia estos debidos obsequios, se ríe de los sanos consejos de sus padres, y no hace caso de sus amorosas correcciones; pero el hijo astuto y avisado observa las palabras de su padre y de su madre, y de día en día se hace mas prudente, como dice un proverbio de Salomón.
El hijo temeroso de Dios honra a su padre y a su madre, y los sirve como a sus señores, dice el Espíritu Santo, y considera que le dieron el ser después de ellos; por lo cual todo se le hace fácil en obsequio, veneración y respeto de los que le han criado.
En otro lugar dice la sagrada Escritura, que el hijo sabio venera y honra a sus padres en obras y palabras, y en toda paciencia: Honora patrem tuum in omni patientia (Eccli., III, 9). Y estas palabras universales del Espíritu Santo en poco dicen mucho, porque no dejan caso singular en que el hijo respetuoso no deba tener paciencia con sus padres.
Aun en esta vida mortal concede Dios nuestro Señor grandes premios a los hijos atentos, que veneran, aman y reverencian a sus padres, y expresamente se dice en un sagrado texto, que merece larga y dichosa vida el hijo reverente a sus padres, que le dieron el ser: Honora patrem tuum, et sis longaevus super terram (Exod., XX, 12).
Lo mismo dice el apóstol san Pablo en una de sus celestiales cartas, añadiendo, que el Señor colma de bienes espirituales y temporales a los hijos atentos a sus padres (Ephes, VI, 2). Esta católica verdad se hallará contestada en otros muchos lugares de la sagrada Escritura.
En el libro del Eclesiástico se dicen unas misteriosas palabras, para explicar la dicha grande de los hijos atentos y obsequiosos con sus padres. Las palabras son: Sicut qui thesaurizat, ita qui honorificat matrem suam (Eccli., III, 5). Considérese la buena fortuna del que tiene un tesoro para pasar su vida.
En otra parte se dice, que la bendición del padre hace firmes las casas de los hijos; y la maldición de la madre arranca hasta los fundamentos, porque es maldito de Dios el que exaspera a su madre (Eccli., III, 11). Aquí tienen los hijos premio y castigo, para que de todos modos sean compelidos a cumplir con su obligación.
En otra sagrado texto hay un vaticinio formidable contra los hijos ingratos y desatentos (Prov., XXX, 17), y es, anunciarles que si desprecian y desconsuelan a su padre y a su madre, los cuervos del torrente les saquen los ojos para que estén ciegos en el cuerpo, ya que lo están con fea ingratitud en el alma.
Un ejemplo horroroso se hallará en el erudito Alejandro: sucedió en el siglo próximo pasado, y es de un mozo infeliz, que de Silva pasó a las Indias, donde le sucedieron extraordinarias fatalidades. Y preguntándole un amigo suyo por el motivo de un sumo desconsuelo en que se hallaba, le respondió: que sus males no tenían remedio; porque su madre le había llenado de maldiciones, y todas se le iban cumpliendo, porque fue desatento con ella. Todo le sucedía mal, y por fin desastrado perdió su vida pasando un caudaloso río.
Otro caso espantoso, para que tiemblen los hijos ingratos, se hallará en la prodigiosa vida del serafín de Padua san Antonio, donde se refiere, que habiéndose confesado con el santo un mozo disoluto de que había dado un puntapié a su madre, le dijo el santo con ardiente fervor, que semejante pie debía estar cortado. El joven  lleno de confusión, hizo a la letra mas de lo que el glorioso santo disponía. Cortóse el pie, y habiéndose llenado de alboroto y escándalo su casa, el serafín apostólico le curó para consuelo de sus padres, dejando bien enseñado al mundo sobre la fea gravedad de su delito.
En las casas bien gobernadas, todos los hijos y las hijas han de besar la mano de su padre y de su madre, y de sus abuelos (si están presentes) cuando han de salir de casa, ó vuelven de fuera de ella; porque esta es señal de humilde veneración y buena crianza (III Reg., XIX, 18.)
También han de besar la mano a sus padres cuando de ellos reciben inmediatamente alguna cosa (Eccli., XX, 6 ; y a los pobres de Cristo, cuando les dan limosna; y a los sacerdotes del Altísimo, siempre que se les ofreciere ocasión oportuna, porque de sus manos consagradas recibimos los mayores sacramentos, y hacen las veces de Dios en la tierra.
No entren sin consideración en el templo santo del Señor atado el cabello, ni con cofia o tocador, como mujeres: ni estén arrodillados en la iglesia con la una rodilla sola, como ballesteros, ni tomen tabaco en el templo santo, como disolutos y rufianes; porque la casa de Dios pide toda veneración y santidad. Los que se burlaban del Señor le doblaban la una rodilla sola, como lo dice el santo evangelio (Matth., XXVII).
En el día de la comunión lávense la cara, y adórnense con decencia virtuosa, porque van a ponerse delante del Rey de los reyes, y Señor de los señores, en cuya divina presencia tiemblan las potestades del cielo: Tremunt potestates.
No se detengan a hablar con mujer alguna en la plaza, ni en la calle, ni menos en la iglesia. Es un horror lo que sucede en este calamitoso tiempo, que la gente piadosa y temerosa de Dios se horroriza de estar en los templos, y aun de andar por las calles, por no ver las infamias, insolencias y desenvolturas que nos han traído las guerras y las naciones extrañas, bien tendría que hacer el ardiente celo de Finees (Numer., XXV, 8).
Y porque la cristiana política, cortesía y urbanidad respetuosa de los hijos cede en mayor honra y crédito de sus padres, que los tienen bien criados, vean los capítulos del libro antecedente, que tratan de la política racional en las operaciones humanas, y ajusten sus acciones y palabras con aquellos preceptos.
Desengáñense los hijos; que del mismo modo que ellos traten á sus padres, dispondrá o permitirá Dios nuestro Señor, que sus hijos los traten a ellos.

martes, 2 de octubre de 2012

Mandamientos séptimo y octavo. Interés y usura. La mentira. Restricción mental. El Fin no justifica los medios

La Biblia, los Padres primitivos y la Iglesia católica condenaron hasta hace poco el interés como injusto e inmoral. Ahora la Iglesia no lo condena; ¿a qué obedece ese cambio de táctica? Además, al condenar la Iglesia al interés en el Concilio de Viena (1311), ¿no "maldijo el desarrollo material de la civilización", como dijo Lecky?
El Antiguo Testamento condenó el interés o la usura como una mera regulación económica, muy conforme a las circunstancias de la época (Ex. XXII, 25; Lev. XXV, 35; Deut. XXIII, 19). Y esto aparecerá más claro si recordamos que el Antiguo Testamento prohibía la usura entre los judíos, pero no entre un judío y un gentil. El Nuevo Testamento no menciona para nada esta cuestión. En el pasaje de San Lucas (VI, 34-35), Nuestro Señor no habla de intereses pecuniarios, como creyeron falsamente algunos teólogos, sino que exhorta a los ricos a que den limosna sin esperar nada en retorno por parte del pobre. 
En cuanto a los Padres de la Iglesia, hay que decir que no se propusieron dictaminar ni legislar sobre el interés, sino condenar con palabras de fuego la usura y rapacidad de muchos prestamistas ricos que robaban inicuamente a los pobres y necesitados.
Finalmente, los Concilios y teólogos de la Edad Media condenaban el interés por la sencilla razón de que entonces el dinero no era más que un medio de intercambio por artículos de consumo y la medida del valor de las cosas. Prestar a uno dinero y exigirle dinero por el uso de aquel dinero equivalía entonces a dar al dinero un valor doblado; por eso se condonaba la práctica. Pero hoy día las circunstancias han cambiado. Hoy el dinero se ha convertido en un medio de producción como la tierra y los edificios. Como esto ha sido admitido por todo el mundo, ya no puede estar en vigor la ley antigua sobre la usura. Por eso no condena la Iglesia el interés. Lo que sí condena y condenará es el abuso del interés, pues éste no debe ser excesivo, sino razonable. 
El dicho de Lecky no es más que una de tantas calumnias contra la Iglesia. ¿Qué obstáculos puso el Concilio de Viena para el empleo del capital? Entonces se negociaba de manera muy diversa, y contra aquellos modos de negociación nunca tuvo nada la Iglesia, fuera de recomendar, como ha hecho siempre, la caridad y la equidad.
Entonces el comercio se desarrollaba por sus vías normales con la aprobación de la Iglesia. La prohibición del interés no puso obstáculo alguno al comercio, tal como entonces se estilaba. Los mercaderes pedían dinero prestado por sus tráficos y recompensaban luego a los que se lo habían prestado, por el riesgo que habían corrido de perderlo. Esa era la costumbre y nunca la condenó la Iglesia. Ahora la costumbre es otra; tampoco la condena la Iglesia. Se trata de costumbres variables, y la Iglesia se acomoda a ellas siempre que no se toque a los preceptos divinos. La Iglesia condenaba antiguamente el interés para salir por el pobre, a quien estrujaban prestamistas avaros y sin entrañas. Aun hoy día el Estado la imita en eso cuando vota leyes regulando las operaciones bancarias. 

¿No es lícito mentir en algunos casos, como dijo Lutero? De hecho, todos decimos mentiras a los niños, a los enfermos y a los que no tienen derecho a conocer la verdad.
La mentira es intrínsecamente mala; por tanto, nunca es lícito mentir. Entendemos por mentira una palabra o una sentencia que aparentemente muestra lo que uno cree o siente, pero que en la mente del que la profiere representa todo lo contrario. 
Según Santo Tomás, toda mentira es pecado, mayor o menor, según las circunstancias. Y da la razón de esto: "Porque como las palabras son el signo natural del pensamiento, sigúese que es contra la naturaleza significar con ellas lo que uno no tiene en la mente" (2, 2, q. 100, a. 3). Por consiguiente, no mienten sólo los que intentan engañar a otros, sino también los que dicen lo contrario de lo que entienden ser verdadero. El deseo de engañar pertenece a la perfección de la mentira, como enseña el mismo Santo Tomás. 
La mentira está condenada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El octavo mandamiento dice: "No levantarás falso testimonio contra tu prójimo" (Ex XX, 16; Deut V, 20; Mat XIX, 18). El Antiguo Testamento dice repetidas veces que Dios odia a la mentira y que castiga al mentiroso (Prov. VI, 17, XII, 22; salmo V, 7). Jesucristo atribuyó la mentira al demonio, quie es el padre de las mentiras (Juan VIII, 44), y retó a los judíos a que le convenciesen a El de pecado alguno contra la verdad (VIII 21, 46). San Pablo y Santigo previenen a los cristianos contra la mentira (Ef. V, 25; Sant. III, 14) y en el Apocalipsis leemos que los mentirosos empedernidos se condenarán para siempre (XXI, 8, XXII, 16). 
Lutero aconsejó al landgrave Felipe de Hesse que negase que vivía casado con dos mujeres, para que ninguno le imitase y así no se propagase la poligamia. Este proceder de Lutero es un borrón más en su vida peregrina y no se lo perdonan ni sus mismos seguidores. Además, creyó que era lícito mentir para esparcir más fácilmente su doctrina. Por desgracia, aún corren entre la plebe muchas de sus mentiras. Dijo una vez: "¿Qué mal se va a seguir de que un individuo diga una mentira, por gorda que sea, si lo hace por un fin bueno, por ejemplo, por el bien de las Iglesias cristianas?" (Grisar, Lutero, 1, 15). Este apóstata no se acobardaba ante la mentira. Mandó que se quitase del canon de la misa todo lo que sugiriese la idea de sacrificio, pero mandó al mismo tiempo que se conservase la elevación con ciertas ceremonias para engañar más fácilmente a la plebe. 
Aquí vemos que la famosa teoría de que el fin justifica los medios no es jesuítica, sino luterana. No mentimos formalmente cuando informamos a los niños sobre cosas que ellos no están aún capacitados para entender, y las revestimos con un ropaje que dice muy bien con su mentalidad, como cuando les decimos que los Reyes Magos traen dulces y juguetes, y cuando los entretenemos al amor de la lumbre contándoles cuentos de hadas, que sólo existen en la imaginación. Dígase lo mismo de las buenas noticias que se dan a los enfermos del peligro cuando se teme que la noticia de la muerte que se acerca les puede agravar la enfermedad. Sin embargo, hay que distinguir en esto. Si por nuestras mentiras el enfermo se va al otro mundo sin recibir los sacramentos, pecamos mortalmente. Recuerdo que una vez visité a un enfermo que se hallaba en estado gravísimo. El médico y los parientes le tenían engañado diciéndole que se levantaría en unos días, y, como consecuencia de estas mentiras, rehusaba confesarse. Le desengañé diciéndole que se moriría antes de la medianoche, y al punto se confesó. Aunque los parientes tenían buena intención, pudieron haber sido la causa de que el enfermo se hubiera condenado para siempre. Dios es santo porque es veraz. La veracidad de Dios es parte de su santidad. Por eso, Dios no puede dejar de ser veraz sin dejar de ser santo. Los hombres debemos imitar las perfecciones de nuestro Hacedor. Nuestra santidad corre pareja con nuestra veracidad. Cuando mentimos, ennegrecemos el atributo de nuestra santidad. Y ésta es la razón primaria e intrínseca de que la mentira nunca sea lícita. 

Los católicos, por un lado, condenan la mentira; pero, por otro, la admiten, al admitir como cosa licita la restricción mental. ¿Qué me dice usted a esto? 
Para no dar palos al aire, vamos a fijar bien los términos y las nociones. Entendemos por restricción mental un acto de la mente en virtud del cual determinamos, al hablar, el sentido natural que aparentan tener nuestras palabras. Allá en la mente restringimos el significado natural de las palabras. Si yo, por ejemplo, respondo a una pregunta de modo que, ya sea por el uso del país, o por la costumbre social, o por otros indicios, mis palabras son susceptibles de doble sentido, no hago más que usar una restricción mental amplia que siempre es lícita. Pero si respondo de modo que mi interlocutor no puede ver indicio alguno de que estoy usando de una restricción mental, entonces la restricción mental no es más que una mentira redonda. Esta distinción es muy importante, y no siempre la entienden todos, especialmente los no católicos. Valgan algunos ejemplos para aclararla. Un conocido mío viene a mi casa y me pide dinero. Repite la visita con el mismo fin, y luego descubro que no tiene intención de pagármelo. Cuando vuelve por tercera vez, oye que la sirvienta le dice que no estoy en casa. Ahora bien: o es tonto de capirote, o entiende de sobra que no estoy en casa para recibirle a él. Lo mismo: asedian los periodistas al presidente del Consejo de Ministros, que viene de firmar un tratado comercial con Francia, y le preguntan: "¿Qué hay del tratado comercial con Francia?" El presidente responde: "Señores, es la primera noticia que tengo." Es que el jefe del Gobierno no está obligado a echar a los cuatro vientos los secretos de su política. Ya los descubrirá en la Cámara, o se los harán descubrir. Pero no mintió a los periodistas. 
Finalmente, pueden preguntar a un sacerdote—como de hecho ha ocurrido— porqué le dijo el penitente X en el confesonario. El sacerdote responde que no sabe nada. Todo el mundo sabe que los confesores están obligados a guardar inviolablemente el sigilo sacramental. No miente, pues, el sacerdote cuando dice que no sabe lo que le dijo el penitente. El mismo Jesucristo nos dio un buen ejemplo de restricción mental cuando dijo que el Hijo de Dios no sabía la fecha del Juicio final (Mar. XIII, 32). No lo sabía con ciencia comunicable, pero en rigor lo sabía, como aseguraron todos los Padres en sus controversias con los arríanos apolinaristas, nestorianos, monofisitas, etc.
La teología moral divide los secretos en tres clases:  
, secreto natural, que se relaciona con nuestra vida privada y con los pecados ocultos del prójimo. 
, secreto confiado, que abarca todo aquello que se nos comunica bajo la condición de que hemos de guardarlo secreto; 
, secreto profesional, que comprende los hechos y dichos que han llegado a conocimiento de los sacerdotes, abogados, médicos y otros funcionarios públicos en el ejercicio de su profesión. 
En general, estamos obligados a guardar fidelísimamente estos tres secretos. Cuando una persona impertinente nos pregunta sobre estos secretos, podemos lícitamente hacer una restricción mental y decir que no sabemos nada. El secreto de confesión no admite excepción alguna. Obliga siempre aunque cueste la vida al confesor.
Los otros secretos admiten excepciones. El secreto natural, y lo mismo el confiado, deja de serlo cuando la legítima autoridad pregunta oficialmente para salvar a un tercero inocente o a la comunidad en general. Aun el secreto profesional pierde su fuerza obligatoria cuando de guardarlo se seguiría un mal mucho mayor.
Así, por ejemplo, un médico que sabe privadamente que un niño de un internado tiene una enfermedad seria contagiosa, digamos viruelas, está obligado a dar cuenta a la autoridad competente para que le separen y no contagie a los demás niños. Lo mismo: si sabe que un joven sifilítico intenta casarse sin hacer saber a la futura esposa el estado en que se encuentra, está obligado a avisarla él mismo para que se prevenga y vea si la conviene aceptar la mano.
Todo esto es claro y de sentido común; tanto, que, al querer explicarlo, se corre el peligro de embrollarlo más. Diremos, para terminar, que la restricción mental es lícita cuando se nos aprieta con preguntas capciosas sobre materias que, por justas y graves razones, debemos guardar secretas. Pero a nadie le es lícito abusar de estas restricciones. El 2 de marzo de 1679, el Papa Inocencio XI condenó semejantes abusos. 

¿No es cierto que los jesuítas defienden que el fin justifica los medios?
No, señor, no es cierto. Los jesuítas, como todos los moralistas católicos, defienden que para conseguir un fin bueno es lícito poner un medio bueno, o, por lo menos, indiferente; pero jamás han dicho que se puede hacer un mal para conseguir un bien. Para que una acción sea buena, es menester que todas sus partes constitutivas sean buenas, a saber: el fin, los medios y las circunstancias de lugar, tiempo y demás. Basta que una de estas fuentes de moralidad sea mala, para que toda la acción sea asimismo mala. Así, por ejemplo, si doy una limosna a un pobre por caridad (una acción buena), o doy un concierto de piano en un teatro (acción indiferente) para fines benéficos, en ambas acciones uso medios buenos e indiferentes para conseguir un fin bueno. El fin aquí justifica los medios. Pero si doy dinero a un político para que me consiga un puesto de honor en el Ayuntamiento; o, a semejanza de aquellos famosos bandoleros andaluces, robo a los ricos para favorecer a los pobres, el buen fin que yo me propongo no justifica los medios de que me valgo.
Finalmente, si doy dinero para fines benéficos con el único fin de que mi nombre salga en, el periódico y todos alaben mi conducta, esta circunstancia me roba todo el mérito sobrenatural, como lo afirmó categóricamente Jesucristo (Mat. VI, 1, 2). Se trata, pues, de una de tantas calumnias contra los jesuítas. Y esto es evidente, porque ni Pascal, ni Dollinger, ni tantos otros enemigos acérrimos de los jesuítas les echaron jamás en cara semejante acusación; ni ha logrado nadie encontrar en un libro escrito por jesuítas la proposición "el fin justifica los medios"
En 1852, el Padre Roh, de la Compañía de Jesús, ofreció 1.000 florines al que encontrase semejante proposición en los libros de los jesuítas, y el diputado alemán Dasbach ofreció, en 1903, una suma doble con el mismo objeto. El jesuíta apóstata Hoensbroech aceptó el reto, escribió un libro para demostrar que la acusación era legítima, se presentó a los tribunales por el dinero de la apuesta, Los tribunales fallaron contra Hoensbroech, ya que en los pasajes aducidos por el ex jesuíta no se contenía esta sentencia: "El fin justifica los medios, tanto formal como materialmente." Los que defendieron que el fin justifica los medios fueron Lutero y sus amigos Melacton y Bucero, que permitieron al landgrave Felipe vivir casado con dos mujeres, aparentemente para que Felipe no cayese en adulterio, pero realmente para que aquel príncipe licencioso permaneciese en el luteranismo. Luego Lutero le dijo que lo guardase secreto para evitar escándalo, y que si le preguntaban qué mujer era aquélla (Margarita de Sala, con quien se casó viviendo aún la primera mujer), respondiese que era su querida. Para Lutero, una mentira, si se decía con buenos fines, no era mala.
Me he encontrado más de una vez con médicos que acusan a los católicos de defender este principio inmoral, y ellos lo ponen en práctica todos los días, porque no vacilan en matar a una criatura antes que nazca, para salvar la vida de la madre, ni se paran a pensar las razones que los mueven a hacer una operación de ovariotomía. Y es eso, que los criminales ven la paja en el ojo ajeno, y no ven la viga que llevan atravesada en los suyos. 

¿No es cierto que la Iglesia permite a los católicos decir mentiras a los protestantes? Además, el Concilio de Constanza decretó expresamente que "ninguno está obligado a cumplir lo prometido a un hereje". En virtud de este principio, se violó el salvoconducto dado a Huss por el Concilio.
La Iglesia católica defiende y sostiene que la mentira es un mal intrínseco, y no permite a los católicos que mientan bajo ningún pretexto. Decir, pues, que permite a los católicos decir mentiras a los protestantes, es una de tantas calumnias, refutada ya hasta la saciedad. La han venido refutando, entre otros: Lezmacio (1544), Copo (1581), Campion (1608), Rosweidt (1608), Sweert (1611), Becano (1612) y Márquez (1645).
Huss salió de Praga sin salvoconducto de ningún género, como él mismo lo confesó nada menos que en tres cartas. El emperador Segismundo le concedió una escolta de bohemios nobles que le acompañasen y defendiesen hasta el Concilio. El 18 de octubre, el emperador le envió desde Espira un salvoconducto escrito que llegó a Constanza diez días más tarde, antes que Huss fuese arrestado. Tanto el emperador como los nobles bohemios consideraron este arresto como una violación del salvoconducto, y protestaron, aunque en vano, ante los Padres del Concilio. Ninguno creía entonces que el salvoconducto del emperador daba a Huss derecho a volver a Praga si el Concilio le condenaba. Por fortuna, se conservan cartas del emperador, del rey de Aragón, de los nobles bohemios y aun del mismo Huss, en las que se afirma que el salvoconducto defendía al portador en su jornada contra toda violencia ilegal, pero que no le libraba de las consecuencias de la justicia. Aunque Huss afirmó en dos cartas que el emperador había prometido de palabra "llevarle a Bohemia sano y salvo", sin embargo, la afirmación no pasó de ser gratuita, y o mintió, o entendió mal las palabras del emperador. Además, el emperador no tenía autoridad para cumplir semejante promesa, como afirma Palacky. 

BIBLIOGRAFIA.
Apostolado de la Prensa, El séptimo, no hurtar. 
Aubide, Los manantiales de la difamación jesuítica. 
Domínguez, la mentira en los niños. 
Ferreres, La justicia, el derecho y los contratos. 
González, Unas apostillas al libro de René Fulop. 
López, La lucha contra la usura.

El consentimiento de la Santísima Virgen en la Encarnación del Hijo de Dios.

I. La Santísima Virgen María ha merecido concebir y dar a luz al Salvador del mundo. Esto es para nosotros, como lo acabamos de ver, una razón perentoria para atribuirle las gracias de salvación y de vida que el Verbo hecho carne ha derramado sobre la familia humana. Pero entre tantos méritos hay uno que nos da este derecho más que los otros. Es el asentimiento a la embajada del Ángel, el fíat pronunciado por María después de haber escuchado las proposiciones divinas. No consideramos ahora este acto desde el punto de vista del mérito, si bien le parece a San Bernardino de Sena de un precio fuera de toda medida y como infinito. No queremos fijarnos sino en el acto mismo del consentimiento.
Al contrario de las otras madres, María sabe por adelantado quién es Aquel de quien Ella va a ser Madre; sabe a lo que viene, la misión que tiene y cómo llenará su misión. Con ciencia cierta que es el Hijo Eterno de Dios, el Santo por Excelencia, el Mesías prometido desde el origen de los tiempos, el Libertador tantas veces anunciado por los profetas y por tan largo tiempo esperado; Dios, que va a encarnarse para rescatar a los hombres y vivificarlos con la efusión de su sangre. Las palabras del Ángel y el conocimiento que Ella tenía de las divinas promesas no le dejan ignorar todo esto, como tampoco puede ignorar los dolores que serán para Ella misma el acompañamiento y la consecuencia de su misteriosa y sublime maternidad. 
"He aquí —dice Gabriel— que concebirás en tus entrañas y parirás un Hijo, a quien llamarás Jesús. Será grande, será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente. Y su reino no tendrá fin" (Luc., I, 31. sqq.).
¿Podíasele revelar más claramente la naturaleza del Hijo de quien le proponían ser Madre?: Hijo del Altísimo, Salvador, descendiente de David, Rey de Israel, todos los caracteres del Mesías. La virgen, ante esta revelación, a la luz sobrenatural que la ilumina, no sólo por las palabras angélicas, sino también por los oráculos de los profetas, ve desarrollarse por anticipado toda la vida de Aquel que debe tomar carne en Ella, si Ella lo consiente.
No decimos que desde entonces conociera explícitamente todos los hechos particulares y todas las circunstancias del misterio; pero tiene ante la vista el principio, la naturaleza y el fin: lo que podríamos llamar la substancia y los actos principales. ¿Es posible imaginar que tuviese menos claridades que los profetas, Ella que era la Reina de los profetas; Ella, a quien el Arcángel descubre tan claramente la Encarnación del Verbo; Ella, que dentro de poco expondrá tan divinamente en su Cántico los designios y los dones de Dios? ¿Ella, menos luz que su prima Isabel y que Juan el Precursor, encerrado aún en el seno de su madre, o que Zacarías, su padre; menos que aquellos ancianos que bien pronto saludarán a Jesús como la Luz del mundo y profetizarán con tanta viveza las contradicciones de que será objeto? Ahora bien: la Encarnación del Verbo, que debe traernos la salud y la vida, sin la cual permaneceríamos siempre en la servidumbre y en la muerte, quiere Dios no sólo que se realice en una Virgen consciente de todo el misterio, sino que también dependa de su consentimiento; de tal suerte, que la existencia del Salvador y, por consiguiente, nuestra salvación y nuestra vida estén pendientes del consentimiento voluntario y libre dado por esta Virgen.
Es, en efecto, cosa muy notable el ver la diferente conducta de Dios en la creación del primer hombre y en la producción del hombre por excelencia, su Verbo Encarnado, Cristo. Allí aparece sólo Dios. "Hagamos al hombre —dice— a nuestra imagen semejanza" (Gen., I, 20). Hay lo que no hemos visto en la creación de los otros seres, esto es, un consejo precedente: "Hagamos al hombre"; pero un consejo en el cual Dios no consulta sino a Sí mismo, puesto que tiene lugar entre las personas divinas. Ellas solas, en efecto, deliberaron, porque el hombre había de ser formado únicamente a imagen y semejanza de la Trinidad, o hay más voluntad que la suya; ni la del hombre, que no existe todavía; ni la del Ángel, que no ha sido convocado a esta augusta consulta, como tampoco tendrá parte en la obra que se va a producir.
Distinto por completo es el modo de proceder cuando se trata de volver al hombre a su primera dignidad. Dios, desde lo alto de su trono, envía uno de los príncipes de su corte celestial a la Virgen María para comunicarle sus proyectos y pedirle, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, su libre cooperación al misterio que quiere realizar en Ella. Y la prueba de que el Ángel es enviado con este fin es su modo de hablar y lo que dice ("Ave, gratia plena, Dominus tecum. In hac voce oblatio muneris, non simplex salutationis officium", dice San Pedro Crisólogo, serm. 140, de Annunciat. B. M. V., P. L., I II. 576). ¿Por qué abajarse delante de Ella, como lo hace? ¿Por qué declararle tan abiertamente los consejos del Altísimo? ¿Por qué descender hasta darle las explicaciones que pide y resolver las dificultades que propone? ¿Por qué no considera su misión terminada hasta haber oído el consentimiento de María: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según su palabra"? ¿Por qué, repetimos, todo esto, si viniera a intimar órdenes absolutas y a revelar una obra que Dios quiere realizar, cualquiera que sea la voluntad de la criatura? ¿Hizo algo parecido en la formación del primer hombre, ni en la de la primera mujer?
Quería sacar de Adán la substancia que había de servir, por decirlo así, de médula al cuerpo de su compañera, a fin de significar con esto un doble misterio: el misterio de la unión que debe existir entre el hombre y la mujer, y el misterio más sagrado de la Iglesia saliendo del Corazón abierto de Cristo en la Cruz. Y esto se hace mientras Adán reposa en un sueño enviado por Dios, sin que el primer padre tuviese conocimiento precedente o conciencia actual de la acción divina. Si hay un fíat, es Dios quien lo pronuncia. Aquí el fíat, tras el cual se va a obrar inmediatamente la Encarnación del Verbo, es de María. Ciertamente que la Trinidad dice también su fíat; ¿cómo podría obrarse la obra de Dios por excelencia, si Dios no quisiera ejecutarla? Pero el fíat divino no tiene su efecto sino mediante un fíat de la Virgen. Así como para que el Hijo de Dios sea hijo del hombre hace falta una doble operación, la de la Virgen, que provee y prepara la materia, y la del Espíritu Santo, que la organiza y la anima, así una y otra operación dependen de una doble voluntad: la divina y la de María.
Y no es sólo el mensaje angélico el que nos revela designio tan providencial. Meditemos el fíat de María: también nos mostrará que la Virgen ha comprendido que su fíat era un factor necesario para la Encarnación del Verbo en Ella. ¿Por qué lo hubiera pronunciado, si no hubiese creído que Dios lo reclamaba de su obediencia y de su fe? ¿Por qué no le bastó permanecer bajo la mano de Dios silenciosa y recogida, cuando hubo oído al Ángel decir estas últimas palabras: "Nada hay imposible para Dios?"
A su vez, Isabel rinde testimonio de la misma verdad: Bienaventurada eres, porque has creído todo lo que Dios te ha dicho que se cumpliría en Ti", dice ella a María. ¿No era esto significar claramente la estrecha relación que existía entre el cumplimiento del misterio y la fe de la Virgen expresada en su fíat? (Por esta razón, oímos a los Padres apoyarse con tanta insistencia en la fe de la nueva Eva y en su obediencia a las palabras del Ángel, y atribuir a ambas sus virtudes la salud del mundo, como la incredulidad y la desobediencia de la primera Eva era para ellos (los Santos Padres) causa inicial de nuestra caída.).
Ningún autor, quizá, ha insistido tanto y tan constantemente en estas ideas como el abad Guillermo el Pequeño, en su Comentario sobre el Cantar de los Cantares. Vuelve sobre esto, por lo menos, cuatro veces distintas, y siempre con la misma abundancia y, añado, con la misma belleza y la misma preciosidad de expresiones. Tomemos, por ejemplo, uno de los pasajes: es la aplicación a la Santísima Virgen del verso en que el esposo dice a la esposa: "Tus labios son como un panal que destila miel, miel y leche debajo de tu lengua" (Cant., IV, 11).
"Permitido es —dice Guillermo en su paráfrasis— el entender espiritualmente estas palabras del tiempo en que la verdad de todos las profecías y la salvación misma del género humano estaban suspendidas, en cierto modo, de los labios de María. El Hijo de Dios se disponía a responder a los gemidos de los justos antiguos que, desde tantos siglos hacía, le rogaban hasta desmayar, gritando: "Despierta tu poder; ven y sálvanos" (Psal., LXXIX, 3); iba, digo, a excitar este poder; salir del Padre y venir al mundo, no para juzgarlo, sino para salvarlo (Joan. XII, 47).
"Por eso disputó a su celestial mensajero y lo envió a la Virgen, cuya carne purísima debía proporcionarle la que uniría a su persona y la que, llegados los tiempos, ofrecería al Padre por la salud de muchos: se lo envía para exponerle el misterio de la redención de los hombres y reclamar de Ella su consentimiento y su cooperación. Porque el Omnipotente no quería tomar de Ella esa carne sin que ella misma se la diera, aunque tomó, sin saberlo Adán, que estaba hundido en un profundo sueño, la materia de donde formó a la primera mujer".
Por el honor de su primera Madre quiso, no solamente tomar carne en Ella, sino recibirla de Ella. Así, pues, le envió a su embajador Gabriel. Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre las mujeres. Véase con qué suavidad le prepara el Ángel, no para arrancarle el deseado consentimiento, sino para provocarlo graciosamente: "He aquí —dice— que concebirás un hijo y le pondrás por nombre Jesús"; como si dijese: "¡Oh, Virgen!, consiente por tu fe en el misterio de la reconciliación del mundo; el Señor te ha escogido, es verdad, como un instrumento de un misterio tan grande; pero no pretende tomar de Ti la hostia de la reconciliación sin que Tú lo sepas, ni en contra de tu voluntad; lo que será para Ti un gran mérito, una gloria singular. Así, dale con fe, gozosa de Ti misma, lo que debe ser sacrificado por la salud de todos. Tú crees, lo sé; pero no basta con que creas, porque se cree de corazón para la justicia y se confiesa con la boca para la salud (Rom., X, 10). Si tu boca no expresa esta fe, que por la mía te ha hablado, el Altísimo no recibirá de Ti la hostia de la salud.
"Esta palabra tan dulce, de aceptación, dila, te lo ruego: ahora es tiempo de hablar y no de callarse" (Eccl.. III, 7). Teme que se suspenda la universal salvación con tu silencio, o teme impedirla, como si tuvieras en nada la verdad de las profecías y la salud del mundo. Mira que los ángeles, amigos de los hombres, tienen fijas en tus labios sus miradas; los santos patriarcas y profetas, encerrados en las sombrías moradas del limbo, esperan tu palabra como se espera la lluvia de la noche; hasta ahora, toda criatura gime como con dolores de parto, esperando esta tu dulcísima palabra. ¡Ah, di, por fin, lo que tienes que decir! Tus labios son, en verdad, un panal de miel, pero un panal que hasta ahora no ha dejado escapar más que unas gotas del dulce jugo que contiene, cuando decías: "¿Cómo se hará esto, si no conozco varón?" La leche y la miel están todavía debajo de tu lengua, quiero decir, esa dulcísima palabra que será miel para los ángeles y leche para los mortales. Dila, Señora, a fin de que los ángeles y los hombres se estremezcan de alegría, al ver que una miel tan dulce, que una leche tan deliciosa, no está ya bajo tu lengua, sino más bien sobre tu lengua..." Entonces la Virgen, sin más tardar: "He aquí —dice— la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra." Esta es verdaderamente la palabra infinitamente gustosa que todos, ángeles y hombres, deseaban apasionadamente escuchar; esta es la leche y la miel que estaban bajo la lengua de María (Gulhielm. Parvus, in Cant., IV, 11).
Esta paráfrasis, que hemos querido transcribir entera, muestra bien el estilo de nuestro antiguo comentador del Cantar de los Cantares. Otras análogas se hallarán sobre otros varios versos del mismo libro (Véase, in Cant., I, 1 ; V, 2; VI, 2; IX, 13). Recomendamos, sobre todo, la interpretación del primer verso: "Béseme con el beso de su boca", donde Guillermo el Pequeño ve el consentimiento dado por la Virgen a la Encarnación del Verbo, y además presenta un bellísimo paralelo, o, mejor dicho, un notable contraste, entre Eva y María. 

II. No hay exageración alguna en esta doctrina; es cierta; brota de las Divinas Escrituras, y los Padres, intérpretes y teólogos concuerdan en rendirle testimonio. Como es una verdad de soberana importancia para entender la maternidad espiritual de la Santísima Virgen, no podemos dispensarnos de presentar algunos testigos. Los escogeremos como siempre, de las diferentes partes de la Iglesia, a fin de que sea bien patente y manifiesto que no se trata solamente de una de esas opiniones particulares a las cuales no se debe atribuir demasiada autoridad.
He aquí, ante todo, la paráfrasis que el abad Antipáter ha hecho sobre las palabras de María: "Yo soy la esclava del Señor": "Yo soy la tablilla sobre la cual puede escribir; escriba lo que quiera. La materia queda a merced de tan bueno y divino obrero; haga El lo que le parezca. Y el Ángel se retiró de Ella, porque había obtenido las palabras del consentimiento que esperaba" (in S. Deip. Annunc., P. G., LXXXV, 1784).
Y después: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra." La Virgen no responde: "Lejos de mí; retírate con tu engañosa y vana embajada. Soy virgen; no conozco varón..." Sino que apenas el Ángel le hubo dicho: "El Espíritu Santo descenderá sobre Ti", esta Virgen espiritual y santa, dócil a las luces del Espíritu divino y recibiendo santamente las santas palabras del celestial mensajero, permaneció constante en la fe y consintió en la promesa. Entonces fue cuando el Ángel se apartó de ella (Idem, ibid.).
 Prestemos ahora atención a Juan el Geómetra. El también expone la escena de la Anunciación tal como el Evangelio la refiere: "Celebren otros a su antojo las maravillas contenidas en ese misterio: éste, la prudencia de la Virgen bendita; aquél, la obediencia; otro, la discreción que supo guardar para no dejarse seducir imprudentemente por las espléndidas promesas del Ángel, ni mostrarse terca en rehusar el creerlas; igualmente alejada de la ciega simplicidad de Eva y de la desconfianza de su pariente Zacarías. En cuanto a mí, no encuentro nada más admirable, no encuentro nada, digo, que me llene de estupor y asombro como la profundidad de su humildad, que la hizo digna de una altura tan sublime y la consagró para ser cooperadora de Cristo anonadado, hasta hacerse carne; hasta la muerte, y muerte de cruz. ¿Qué dice Ella, en efecto? Honrada, como se ve, con la presencia y el coloquio de un Ángel; saludada, llena de gracia, Esposa de Dios; creyendo firmemente, por otra parte, lo que se le dice, no toma para Ella misma sino el nombre de esclava. Ella consiente, es cierto, en las proposiciones del cielo, y da el asentimiento reclamado por Dios. Pero profundamente convencida de que esas gracias sobrepujan infinitamente a su mérito: "He aquí —dice— la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra." Ella dice esto, y en seguida el Ángel se despide de Ella, feliz de haber conseguido su misión y enamorado, encantado de tan virginal belleza y tan prodigiosa virtud; ya nada tenía que tratar con María, pues había conseguido la fiel confesión de su consentimiento.
Lo que los griegos han reconocido tan explícitamente, lo afirman también los latinos, con más fuerza y más unión. Penetrados en tan altos pensamientos, y fieles a la regla que nos invita a contemplar los misterios de la vida del Salvador como si los estuviésemos presenciando, oyendo lo que se habla, viendo y mirando lo que se hace, se imaginan estar presentes en la entrevista del Arcángel y de la Virgen. Y, juntándose a Gabriel, la solicitan, la instan que dé su consentimiento, de donde depende, con la Encarnación del Verbo, la gloria de Dios, la alegría de los ángeles, la salvación de los hombres y la ruina de infierno.
"¡Oh, Virgen! —le dicen—, Tú has oído el misterio que te es propuesto por Dios; sabes el modo: uno y otro admirables, uno y otro llenos de dulzura... Has oído que concebirás y parirás un hijo. Has oído que esto se hará, no por ministerio de un hombre, sino por el Espíritu Santo. He aquí que el Ángel espera tu respuesta. Ha llegado el tiempo de volver a Dios, que te lo ha enviado con ese mensaje. Y nosotros también, ¡oh, Señora nuestra!; nosotros, sobre quienes pesa una sentencia de condenación; nosotros esperamos de Ti la palabra de la misericordia.
 "Ya lo ves: te ofrecen el precio de nuestro rescate. Consiente, y al punto seremos libertados. Aunque fuimos hechos por el Verbo eterno de Dios, estamos sin embargo, condenados a muerte; una sola palabra de tu boca, y somos renovados y vueltos a la vida.
"Esto implora de Ti, ¡oh, Virgen piadosa!, el desdichado Adán con su infeliz posteridad, desterrada, como él, del Paraíso; es lo que piden Abraham, David y todos los santos patriarcas; tus padres mismos, que habitan con ellos en las sombras de la muerte; es lo que el mundo entero, postrado a tus pies, espera, como ellos. Y es justo, Señora, porque de tu boca depende la consolación de los miserables, la redención de los cautivos y la libertad de los condenados. ¡Oh, Virgen, apresúrate a responder! ¡Oh, Señora nuestra!, pronuncia esta palabra que desean el cielo, la tierra y los infiernos. El Rey, el Señor mismo, así como se enamoró de tu belleza, con el mismo corazón desea ardientemente la expresión de tu consentimiento, pues por él ha resuelto salvar al mundo. Tú le agradabas con tu silencio; pero hoy tu palabra le agradará más, pues desde lo alto del cielo te dice: ¡Oh, la más hermosa entre las mujeres, hazme oír tu voz (Cant. VIII-13). Si, pues, le haces oír esa voz tuya, Él te hará ver nuestra salud.
"¿No es esto lo que Tú buscabas, el continuo objeto de tus gemidos, de sus suspiros y de tus oraciones? ¿Cómo? ¿No eres Tú Aquella por quien han sido hechas las promesas, o debemos esperar a otra? ¡Sí!, eres Tú misma, y no otra. ¡Sí!, Tú eres la Virgen prometida, la Virgen esperada, la Virgen deseada, de quien Jacob, tu santo abuelo, en las puertas de la muerte, esperaba la vida eterna, cuando decía: "Esperaré tu salud, ¡oh, Señor!" (Gen.. XLIX. 18). Tú eres Aquella en quien y por quien Dios nuestro Rey ha resuelto, antes de todos los siglos, obrar la salud en medio de la tierra. ¿Para qué esperar de otra lo que te han ofrecido a Ti y por Ti vendrá, con la condición de que profieras una palabra, la palabra de tu consentimiento? Responde, pues, al Ángel prontamente, o más bien a Dios en su Ángel. Pronuncia una palabra que pasa, la tuya, y concibe la Palabra que permanece eternamente, el Verbo de Dios... ¡Oh, Virgen Bienaventurada!, abre tu corazón a la fe, tus labios a la confesión, tu seno al Creador (San Bernard., hom. 4 sup. Missus est, n. 8. P. L., CLXXXIII, 83, 84.)
Tal vez hubiera sido mejor acortar este párrafo de San Bernardo. Es, por lo menos, una página llena de unción, y, además, nos recuerda con viveza los bienes inefables que debía traernos la Encarnación del Verbo y la eterna gratitud que debemos a la Madre de Dios por su concurso libre en el misterio.
El autor anónimo de un sermón sobre la Natividad de Nuestro Señor, publicado entre las obras de San Agustín, hace una plegaria muy semejante, a la Santísima Virgen: "Virgen Sagrada —dice—, responde pronto; ¿por qué regatear la vida del mundo? Vitam quid tricas mundo? El Ángel espera tu asentimiento; por eso se queda delante de Ti. Ya has oído el cómo se hará esto: que el Espíritu Santo descenderá sobre Ti, y que la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, a fin de que des a luz sin peligro de tu virginidad. Ya la puerta del cielo, cerrada en otro tiempo por Adán, comienza a entreabrirse; por ella ha salido este embajador celestial para venir a Ti. Mira que Dios está de pie en esa puerta esperando al Ángel; y, ¿Tú retrasas su partida?
"¡Oh, bienaventurada María!, el mundo cautivo implora tu consentimiento; ha hecho de Ti la garantía de su fe cerca del Señor, y te suplica que borres la injuria hecha a Dios por sus primeros padres... Di que sí, y el cielo se nos abre... Tu seno virginal es el santuario donde Dios ha preparado las bodas de su Hijo; y en el gozo de la fiesta nupcial quiere perdonar sus culpas al mundo pecador. Y tú, embajador del gran Rey; tú, confidente de los secretos divinos, que has descendido del palacio de la Majestad soberana para anunciar el perdón a los culpables, la vida a los muertos, la paz a los cautivos, insta, insiste con la Virgen. Tus compañeros se llenarán de alegría, si llevas a feliz éxito el negocio del mundo. La espada de nuestro pecado nos ha separado de vosotros; por uno de vosotros se está tratando del asunto de nuestra salud. Mira en qué horrible prisión estamos encerrados, y repite otra vez a María: ¿Por qué, pues, ¡oh, Virgen!, detener a un mensajero que arde en deseos de partir? De nuevo te lo digo: ¿no ves al mismo Dios en expectativa desde la antesala del cielo? Di una sola palabra y recibe por hijo al Hijo de Dios... Abre tus entrañas, ¡oh, siempre Virgen! En este momento tienes en tus manos los destinos de la Creación, a tu fe pertenece el abrir el cielo o cerrarlo para siempre" (Serm. 120. In Nativ. Dom. 4, n. 7. append. serm. S. August. P. L., XXXIX, 1986. igual en el serm. 194, n. 3. Ibid., 2105).
Y María responde: "Ecce ancilla Domini; hágase en mí según tu palabra. Consiento en ello; que descienda a su humilde esclava el Esperado de las naciones, el Deseado de los collados eternos, el Príncipe del siglo futuro, el Ángel de la nueva alianza, el Redentor del mundo y mi Salvador." Entonces suceden a las invocaciones ardientes acciones de gracias más ardientes todavía, y exclaman los Padres: "¡Oh, Virgen bienaventurada!, ¿quién podrá jamás ofrecerte suficientes alabanzas y gratitud a Ti, que por un tan admirable consentimiento has librado al mundo? ¿Con qué homenajes te pagará la humana fragilidad ese piadoso comercio que nos ha vuelto a abrir la puerta de los cielos? Recibe nuestras acciones de gracias, por débiles y desproporcionadas que sean ante el mérito tuyo; y, recibiendo nuestros votos, dígnate con tus oraciones excusar nuestras faltas. Que nuestros clamores lleguen al santuario de la misericordia, y Tú, en cambio, envíanos el antídoto de la reconciliación..." (Serm. 194. n. 5, serm. S. August. P. L. XXXIX, 2106. Se encuentra también esta oración y las súplicas dirigidas a María en un sermón comúnmente atribuido a San Fulberto de Chartres, serm. 9, de Annunc. Dom., n. 3. P. L., CXLI, n. 337, sq. Uno y otro sermón contienen también la oración litúrgica "Sancta María, succurre miseris, juva pusillanimes", etc.)
Augusto Nicolás tiene, sobre este asunto, una página de altos vuelos, tan llena de verdad, que merece ser citada toda entera, porque sería difícil el hablar mejor:
"Todas estas expresiones (las que ahora se han citado), por muy inflamadas que salgan del corazón de esos grandes santos, por muy inspiradas que estén en el genio de esos grandes hombres, se quedan muy por debajo de la simple e incontestable realidad. La sola exposición de esa realidad sobrepuja a todo. Representémonos, en efecto, no sólo la espera del Ángel, sino la espera del mundo después de cuatro mil años, y su extravío creciente, más determinante aún que su espera; las promesas de Dios, los votos de los patriarcas, las predicciones de los profetas, los suspiros de los justos, los gemidos del género humano; recordemos todos esos grandes nombres de Esperado de las naciones, Príncipe del siglo futuro, Ángel de la nueva alianza, Dominador de Justicia, Redentor, Salvador, bajo los cuales era el Hijo de Dios incesantemente prometido y llamado en todo el transcurso de las Sagradas Escrituras; y estos gritos de impaciencia santa: "¡Oh, si rompieses los cielos y bajases! ¡Envía, Señor, al que has de enviar! ¡Cielos, destilad vuestro rocío! ¡Ábrase la tierra y produzca al Salvador!" Y todas las figuras, y todos los preparativos, y toda la historia de la Religión, y todas las revoluciones de los imperios, y todo el movimiento universal calculado y dirigido, desde el origen del mundo, con la mirada fija en la aparición de la sabiduría eterna entre los hombres y en su unión con la obra de sus manos. Representémonos, por otro lado, todos los siglos futuros que debían salir de este gran acontecimiento y fecharse desde entonces, la renovación del mundo, la destrucción de la idolatría, la predicación apostólica, la formación del Cristianismo y su progreso civilizador, bajo el reino del Evangelio y de la Iglesia, desde ese tiempo para siempre. No es esto todo; aparte de estos intereses del tiempo, miremos los de la eternidad, el gozo de los ángeles, la ruina de los demonios, la libertad de los justos, la conversión de los pecadores, la salud de los elegidos, el honor de la Creación, la gloria de Dios, la consumación de todas las cosas en su unidad divina, los destinos del cielo y de la tierra, el Plan divino: todo esto, repetimos, vino a caer, por decirlo así, sobre María, sobre su humildad, sobre su virginidad, sobre su fe; y todo se encuentra como detenido por su Quomodo fiet istud?, y determinado por su fíat.
"He aquí la realidad, no amplificada, sino encerrada en términos insuficientes a su sublimidad. Y, según convenía a tal sublimidad, todo se dice y se hace con una inefable sencillez. Y María dice: "He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra"; y el Ángel se retiró".
La Virgen María según el Evangelio, c. 8; la Anunciación, pp. 209. 210; de Augusto Nicolás
Los griegos han descrito, con no menor insistencia que los occidentales, esta universal expectación del concurso de la Virgen en la redención del mundo. Daremos, por ejemplo, estos fragmentos de un discurso de Santiago el Monje sobre la Natividad de la Santísima Virgen María, Madre de Dios. Primero recuerda el orador nuestra caída y la promesa de un Libertador: "Dios Creador nos había sacado de la nada por su pura bondad; nos había colocado en un paraíso de delicias, con orden de vivir en él ocupados en obras santas; y nosotros, arrastrados por un consejo funesto, nos rebelamos contra sus órdenes, llamando así voluntariamente a la muerte sobre nuestras cabezas. Sin embargo, el Creador nos había prometido la libertad, y debía llegar algún día; el tiempo esperaba instrumentos aptos para ejecutarla. Ahora bien; las generaciones sucedían a las generaciones: las profecías no cejaban de renovar las promesas; patriarcas y justos no vivían más que de esperanzas. Abraham había pasado: sus hijos le habían seguido al sepulcro, todos iniciados bajo el velo de los símbolos en el gran acontecimiento de la liberación futura, y fijando sus ávidas miradas en el acontecimiento tan esperado. Moisés, el admirable, a vista de las figuras que le representaban el misterio, esperaba ver cumplirse en su tiempo las divinas promesas. La esperanza estaba también en el desierto; los jueces vivieron esperando; Samuel recibía las comunicaciones divinas; Daniel repetía que los días estaban cercanos y el coro de profetas anunciaba claramente que Cristo estaba a las puertas, y todos, sin embargo, se iban frustrados en sus aspiraciones. Es que el tiempo definido por Dios no había venido aún, ni los instrumentos, dignos de concurrir a la liberación, estaban bastante preparados."
A este cuadro de la expectación universal entre los vivos sucede otro cuadro. El orador nos transporta a los sombríos lugares donde descansaban las almas de los justos. Allí los prisioneros elevaban una súplica perpetua hacia el Salvador que había algún día de manifestarse a los que estaban sentados en las sombras de la muerte. Fijos los ojos en el Redentor futuro, pedían la libertad. Y cuando llegaban nuevos cautivos, aquellos que de tantos años atrás los habían procedido, les preguntaban ansiosamente: "¿Sabéis algo del Redentor? El Sol de Justicia que debe iluminar nuestras tinieblas, ¿no ha revelado con algunos rayos hu próxima aparición en el mundo? ¿No habéis visto en la tierra alguna señal cierta de su Encarnación? ¿Está ya edificada su santísima morada, la que hemos predicho en espíritu? ¿Se ha desplegado ya la nube luminosa de donde ha de llover el rocío que apagará el fuego de nuestras perpetuas angustias, el agua saludable que volverá los muertos a la vida? ¿Está ya erigida la escala misteriosa por donde el Roy de las celestiales virtudes descenderá hasta nuestras profundas regiones? (Gen., XXVIII, 12) ¿Habéis visto enhiesto el candelero sobre e1 cual será llevada la luz de Cristo? ¿Qué sabéis de esa Puerta inviolada por donde nadie puede pasar, sino el Poderoso, el Fuerte, que quebrantará las puertas del infierno y nos librará? (Ezech., XLIV, 1.) ¿Os han hablado del verdadero tabernáculo y del glorioso lecho del Esposo? ¿Está preparada la mesa donde se servirá el pan vivo y vivificante? ¿Está dispuesto ese altar de oro sobre el cual arderá el carbón divino para consumir el pecado, y embalsamarnos con los suaves perfumes de la resurrección? (Psalm., CIX, 4) ¿Está ya forjada la mística tenaza? (Is., VI, 6) ¿Están escritas las tablas del Nuevo Testamento? ¿Tenéis de todo esto noticia cierta? ¿Nos anunciáis ya la libertad tan largo tiempo esperada? Por favor, dadnos algunas prenda de alegría a nosotros, que tanto necesitamos de consuelo. Tales eran las continuas preguntas de los justos y de los Profetas."
Y todos juntos se volvían al común Redentor: "Señor —le gritaban—, inclina los cielos y desciende. Ven a vengar la injuria hecha a la obra de tus manos y a cumplir las misericordiosas promesas reveladas en otro tiempo a tus siervos... He aquí, Señor, que tu obra está entregada a la más cruel de las tiranías; la muerte destruye la obra de tus manos divinas, y nosotros gemimos en estos sombríos calabozos. No hay esperanza de salvación, a menos que vuestra soberana misericordia no os incline hacia nosotros; y todos estos cautivos eternos tienen sed, esperan esta venida... ¡Ven, pues, oh Señor!... ¡Ven, gozo tan deseado!... Haz lucir sobre nosotros los rayos de tu luz, ¡oh Sol de Justicia!... Revestios de nuestro barro corruptible, a fin de obrar en él y por él nuestra liberación y la derrota ignominiosa de nuestro enemigo... Envía al fin Aquella que has predestinado como la mediadora de nuestra reconciliación. Dad al mundo la oveja inmaculada de la cual has de recibir la lana de nuestra naturaleza, para mostrarte como el más hermoso de los hombres, a nosotros, que gemimos en estas tinieblas. Bien lo sabes, Señor, por inspiración tuya la hemos anunciado en tantas profecías y bajo tantas formas. La esperamos, y la llamamos como la prenda segura de nuestra libertad. Por Ti la hemos anunciado como el honor de nuestra raza, la gloria de la humana naturaleza, la esperanza segura de nuestra resurrección..." Así hablaban estos justos, así se les veía implorar la venida del Dios Salvador.
Y el primer padre, reconociendo que él era la causa primera de sus males, mezclaba pus gemidos con los de ellos, y sus oraciones con las oraciones de todos sus descendientes. Omitimos estas largas súplicas que el orador concluye con un himno de triunfo: "Por fin, exclama, hoy, en este día del nacimiento de la Madre de Dios, el gozo remplazaba a la tristeza, y la acción de gracias a los gemidos. He aquí que ha aparecido la esposa virgen; he aquí que está preparado el Palacio, el templo santo e incomprensible del Rey Jesús... He aquí que se ha abierto el abismo de los bienes, y que los arroyos de la misericordia comienzan a derramarse en la tierra. He aquí que los valles racionales producen cosecha de virtudes. Las puertas del reino van a abrirse y el cielo y la tierra se abrazarán. Y el cielo y la tierra, y todos los gloriosos muertos, patriarcas, profetas y justos del Antiguo Testamento se unen para celebrar este nacimiento, arras, prenda y mediador de la universdal libertad" (Jacob. Monach., in Nativ. SS. Deiparae. P. G., CXXVII. 568, seq., las mismas ideas se hallan, pero con más sobriedad en un discurso de San Proclo, de Laudibus SS. Mariae, n. 7 P.G., LXV, 688) 

Hasta ahora hemos acudido a la autoridad de antiguos doctores. Gustoso será escuchar, sobre el mismo asunto, a los dos príncipes del púlpito del siglo XVII, Bossuet y Bourdaloue.
"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra." De esta palabra de María dependía el cumplimiento del glorioso misterio que celebramos. Este consentimiento era, en el orden de los decretos de Dios, una de las condiciones requeridas para la Encarnación del Verbo; y he aquí, amados oyentes míos, la obligación esencial que tenemos con esta Reina de las Vírgenes, puesto que es de fe que por Ella nos ha sido dado Jesucristo y que a Ella debemos este Dios Salvador (Bourdaloue, serm. de la Annunc., exord.).
Hemos podido reconocer el estilo grave y ponderado de Bourdaloue.
Véase ahora a Bossuet, con su decir grandioso:
"Hay que añadir que Dios, habiéndola llamado a ese glorioso ministerio (de Madre de Dios), no quiso que fuese un simple canal de tamaña gracia, sino un instrumento voluntario que contribuiría a la gran obra, no sólo por sus excelentes disposiciones, sino también por un movimiento de su voluntad. Por esto el Padre Eterno le envió un Angel para proponerle el misterio, que no se terminaría mientras Ella permaneciese indecisa, de tal suerte que esta grande obra de la Encarnación, que tiene en expectación desde tantos siglos a la Naturaleza, cuando Dios resolvió el cumplirla quedó todavía en suspenso hasta que la Virgen consintió en ella; ¡tanta falta nos hacía que María deseara nuestra salud!" (serm. de la Devoc. a la Sma. Virgen, primer punto).
A todos estos testimonios júntase uno más reciente, que nos pesaría grandemente el omitir. León XIII nos lo ofrece en una de sus Encíclicas sobre el Rosario: "Conviene —dice a los fieles del mundo entero—, conviene escudriñar con religioso respeto los consejos de Dios. Su Hijo Eterno había resuelto tomar la naturaleza humana para rescatar al hombre y ennoblecerlo y, por consiguiente, contraer una mística unión con el género humano todo entero. Pero este designio de misericordia no quiso cumplirlo sin que precediese el libérrimo consentimiento de la Madre predestinada, que representaba en su persona al mismo género humano, según estas palabras, tan verdaderas y tan bellas, de Santo Tomás: Per annunciatonem expectabatur consensus Virginis loco totius humanae naturae (3 p., q. 80, a. 1).
He aquí lo que dice nuestro gran Pontífice; y añade esta consecuencia, que más tarde desarrollaremos: "De donde podemos afirmar, con derecho y verdad, que por voluntad de Dios todo, en absoluto, de ese inmenso tesoro de gracias traído por el Señor (Joan., I, 17) no es comunicado y dado por María. Así como nadie puede ir al Padre sino por el Hijo, así casi (ita fere) nadie puede acercarse al Hijo sino por su Madre" (Leo XIII, encycl. Octobri mense, 22 sept. 1891).
Pensamientos son estos tan familiares a León XIII, que no se cansa de repetirlos en sus Encíclicas: "Imposible imaginar —escribe— que nadie jamás, ni en el pasado ni en el porvenir, haya procurado con tanta eficacia como la Santísima Virgen el reconciliar a Dios con los hombres. ¿Quién sino Ella ha hecho descender al Salvador en medio de los hombres, que se arrojaban a su eterna perdición, entonces, cuando en nombre de toda la naturaleza humana, loco totius humanae naturae, dió su admirable consentimiento al anuncio del sacramento de paz, traído por el Angel a la tierra? ¿No es de Ella de quien ha nacido Jesús; de Ella, la verdadera Madre, digna por este motivo de ser la Mediadora siempre atendida cerca del Mediador?" (Leo XIII, encycl. Fidentem piumque, 20 sept. 1896). 

III. ¡Cómo!, se dirá tal vez, ¿es preciso que la ejecución de un misterio predestinado por el cielo antes de todos los siglos, y tantas veces anunciado desde el origen del mundo, dependa de una voluntad libre que no sea la de Dios? Que se le ocurra a la criatura rehusar el asentimiento que se le pide y que se deje a su voluntad, y los designios de Dios serán estorbados; sus profetas, convencidos de mentira, y la esperanza de la Creación toda entera, reducida a la nada. ¡Temor vano, aprensiones inútiles! ¡Sí!, el cumplimiento del gran misterio depende del consentimiento de María; no de un consentimiento forzado, como sería el de un esclavo, sino de un consentimiento de beneplácito, dado espontáneamente. Pero no se crea que por eso están en peligro los divinos consejos, o es incierta la redención. Tales eran, en efecto, las disposiciones interiores de María, que ese consentimiento no podía ser dudoso, siendo así que se le presentaba como la condición necesaria de la Encarnación del Verbo y de nuestra Redención. "Es que, en efecto —dice San Bernardino de Sena—, la gracia de su primera santificación la impulsaba con ímpetu ardiente a desear esta inestimable gracia. Deseaba con sus más ardientes anhelos el misterio que debía operarse en Ella. Hubierais visto todos los suspiros de esperanza, todos los votos, todas las plegarias que brotaron del corazón de los patriarcas, de los profetas y de todos los santos de todas las edades, afluir en cierto modo a su corazón para concentrarse allí en un solo suspiro, en una sola oración en un solo voto de un ardor y de una intensidad sin igual. No que Ella se creyera digna de recibir al Hijo de Dios en su propia carne: la misma gracia de santificación que la había llenado de toda virtud le inspiraba una humildad tan profunda, que jamás persona alguna gustó como Ella la nada de la criatura; nadie se anonadó como Ella bajo la voluntad de la Majestad divina" (San Bernardin. Sen., serm. 4, de Immac. Concept. B. V., a. 1, c. 3. Opp. t. IV, p. 87)
Y he aquí por qué la salud del mundo, entregada a la voluntad de esta Virgen bendita, no podía quedar, ni quedaba, en suspenso.
Por otra parte, y ésta es una doctrina general, Dios, teniendo todas las cosas en su presencia, tiene también los corazones de 1os hombres y los vuelve e inclina adonde quiere y como quiere, porque posee industrias admirables y omnipotentes para llevarlos libremente, pero infaliblemente, a cumplir sus designios. Y aun cuando la ejecución de su gran decreto esté como suspensa del acto contingente de una criatura, todo se hará como Él lo ha resuelto en su infinita misericordia.
Y si buscáis la última razón, es que Dios, antes de formar sus decretos, si es que podemos hablar así tratándose de cosas eternas, sabía, en su presciencia infinita, con qué atractivos victoriosos podía inclinar infaliblemente el corazón de la Virgen, sin atentar contra su libertad.
Podrían fácilmente multiplicarse las aplicaciones de la misma doctrina. Es un artículo de nuestra fe que la Iglesia permanecerá hasta el fin de los siglos una, santa, católicica apostólica, y, por consiguiente, nada más cierto que esta permanencia. Y, sin embargo, depende del libre consentimiento de los hombres. Dios no obliga a la fuerza, ni a los miembros de la Iglesia para que sean fieles a su fe, ni a los pastores para que mantengan la constitución dada por Cristo. ¿Cómo se hará esto? Los espíritus y los corazones están en la manos de Dios. Un Papa, los Obispos reunidos en Concilio deciden libremente definiciones sobre la fe. ¿Por qué no pueden traicionar la verdad divina dando resoluciones erróneas? Igual respuesta, igual solución. Es también nuestra solución y nuestra respuesta cuando se trata de conciliar la libertad del consentimiento de la Santísima Virgen con el inefable decreto de la Encarnación.
J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES

lunes, 1 de octubre de 2012

De la Abstinencia y el Ayuno.

TITULO IV
DEL CULTO DIVINO
Capítulo VII.
De la Abstinencia y el Ayuno.

423. Los curas de almas, juntamente con la ley del ayuno, deberán llamar a la memoria de los fieles en las épocas oportunas, la ley de la abstinencia, que en nuestras Repúblicas se ha mitigado hasta el extremo. «En todos tiempos, dice San León Magno, y en todos los días de esta vida, los ayunos nos dan más fuerza contra el pecado, vencen la concupiscencia, alejan las tentaciones, quebrantan la soberbia, mitigan la ira, y alimentan todos los afectos de nuestra buena voluntad, hasta lograr la madurez en la virtud» (S. Leo Magn. Serm. 15. De ieiun, decimi mensis IV).

424. «El ayuno cuaresmal, que siempre y en todas partes, desde el nacimiento de la Iglesia, se ha contado como uno de los puntos principales de la disciplina ortodoxa, como ningún católico niega (Bened. XIV. Const. In suprema. 22 Augusti 1741) es preciso que sea defendido por los párrocos y confesores, y puesto en pleno Vigor y observancia.

425. Adviértase a los fieles que una enfermedad, previo el consejo del médico y del confesor, ú otro impedimento grave y racional, pero no la gula, la ruindad, ó en general la economía, es lo que puede excusar del precepto de la abstinencia, los dias en que está mandada (S. Poenit. 10 Ian. 1834 (Coll. P. F. n. 2067))

426. En cuanto a los fieles que, en calidad de domésticos, viven en casas de amos que son herejes ó malos católicos, y por este motivo están expuestos al peligro de violar la ley de la abstinencia, puede aplicárseles esta norma dada por la S. Congregación del Santo Oficio: «Si los amos ó patrones suministran a sus criados católicos manjares vedados, y los obligan a comerlos por desprecio al catolicismo, ni siquiera bajo protesta es lícito comerlos. Si no es por desprecio al catolicismo, sino por economía, y no hay otra clase de alimentos, pueden los criados en tal apuro comerlos protestando; y esto mientras no encuentran colocación en otra casa cuyos amos les permitan guardar los mandamientos de la Iglesia" (S. Off. 27 Maii 1671 Coll. P.F. n. 2049) 

427. La ley de no promiscuar manjares lícitos y vedados, comprende también a aquellos que no están obligados a una sola comida, como son los jóvenes que aun no tienen veintiún años cumplidos, otros que están dispensados por imposibilidad ó trabajo (S. Off. 24 Martii 1841 et 23 Iunii 1875 (Coll. P.F. n. 2076)). Puede, empero, seguirse con seguridad la opinión de los autores que excusan de la prohibición de promiscuar carne y pescado, a los que comen carne, no por algún indulto sino por enfermedad. (S. Poenit. 9 Ian. 1899 (Anal. Eccl. VII, pág. 500)). Además, los fieles que por mala salud están exentos de la ley del ayuno, ó sea de una sola comida, pueden lícitamente los días de Cuaresma, en que se permite comer carne en fuerza de algún indulto, tomarla en todas las comidas (S. Poenit. 16 Martii 1882 (Coll. P.F. n. 2078)). Otro tanto debe decirse de los fieles que no están obligados a ayunar por edad ó necesidad de trabajar: es decir, pueden en esos días tomar carne en todas las comidas (S. Poenit. 24 Febr. 1819 (Coll. P. F. n. 2063)) salvo que el indulto expresamente diga lo contrario (S. Poenit. 27 Maii 1863, ap. Gury, edit. XIII, Palmieri, I, n. 514). 

428. Siendo útilísima la uniformidad en la abstinencia y el ayuno en toda la América Latina, seria muy conveniente que al menos en cada República, ó siquiera en cada Provincia eclesiástica, fuese igual la norma para los ayunos y abstinencia, guardándose como es debido los Indultos Apostólicos ya obtenidos, ó que después se pidieren.

429. Para evitar dificultades en la observancia de la abstinencia y el ayuno, y para evitar los pecados que resultan de una conciencia errónea, los párracos y confesores, teniendo presentes las normas sentadas por autores preparados, expondrán minuciosamente a los fieles la doctrina de la Iglesia, acerca de la calidad y cantidad de los manjares en los días de ayuno, sobre todo en la colación de la noche, y de las causas principales y más obvias que excusen del precepto; y les persuadirán a que, en caso de duda, se atengan al juicio del Confesor.