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jueves, 18 de octubre de 2012

LA MEDICINA Y LOS SACRAMENTOS. LA EXTREMAUNCION Y LA LITURGIA DE LOS ENFERMOS


La visita y la bendición de los enfermos. — Oraciones para la bendición de un enfermo. Bendición de lienzos para los mismos. Bendición del vino. Bendición de los remedios. 
Misa para los enfermos.
La Extremaunción. — El sacramento do los enfermos es un remedio para el cuerpo, al mismo tiempo que un socorro de Dios para el alma. Deber grave del médico de proporcionarlo al enfermo. El estado de conocimiento del enfermo y la Extremaunción. Preparativos para la Extremaunción. 
La recomendación del alma.

Nada puede influir para que el médico estime la importancia de su deber de informar a sus enfermos acerca de su estado exacto, mejor que el conocimiento de la liturgia de la Iglesia al respecto. 
Esta liturgia está expuesta en el Ritual Romano y he aquí lo que dijo al respecto el reverendo John J. Bingham, director agregado de las Catholic Charities de los Estados Unidos, en el XX Congreso de la Catholic Hospital Association en junio de 1935, en una relación sobre Las obligaciones del Hospital con relación de los cuidados espirituales de los enfermos:
"La guía principal para el cuidado espiritual de los enfermos es el Ritual Romano. Es la guía oficial y autorizada de la Iglesia, difundida en todo el mundo, para el cuidado de almas de enfermos y moribundos. Contiene las reglas y las formas prescriptas para la administración de los Sacramentos, las diversas bendiciones y oraciones para los enfermos y moribundos y muchos espléndidos capítulos sobre el trato con los mismos. La psiquiatría "moderna" no lo parece tanto, cuando leemos las líneas directivas y las sugestiones tan adecuadas, para las relaciones con los enfermos sobre las bases individuales, en un libro cuya edición en vigor se remonta a la época del Papa Paulo V, en el año 1608... No conozco guía mejor, tratado más perfecto y al día, sobre el cuidado espiritual de los enfermos fuera del capítulo del Ritual: Visita y cuidado de los enfermos. Este capítulo contiene numerosos trozos de gran oportunidad y adecuados a diversos estados, acerca de la diligencia y atención que deben tenerse para que el paciente reciba el mayor provecho sin experimentar ningún trastorno. Este libro debería ser leído por toda persona que se dedica al cuidado de enfermos. Un ejemplar sería precioso en cada piso de hospital. Presenta la enseñanza oficial y las directivas de la Iglesia sobre uno de los puntos más importantes de la actividad hospitalaria, el socorro espiritual. Debe servir de guía a las Hermanas, a los Doctores, a las Enfermeras, en su colaboración con el sacerdote que tiene enfermos a su cargo".

En otro lugar hemos visto lo que se refiere a la Comunión de los enfermos y a la absolución in articulo mortis; recordaremos aquí los ritos de la visita y de la bendición de los enfermos, la Misa de los mismos, la Extremaunción y la Recomendación del alma.

La visita de los enfermos 
El Ritual prevé para la visita de los enfermos una verdadera ceremonia, que desgraciadamente se omite demasiado a menudo, con la pérdida de sus beneficios espirituales. No conociendo los recursos de su religión, el enfermo se estima dichoso al recibir del sacerdote que le visita, alientos sin alcance: "No tenéis mal semblante... Esto marcha y todo se arreglará... Otros más enfermos han curado", en lugar de solicitar los socorros de la Iglesia previstos para estos casos y que le traerían la ayuda sobrenatural.
He aquí los ritos establecidos: 
"El sacerdote entra en la habitación, rocía con agua bendita al enfermo, el lecho y el cuarto, rezando una antífona. Puede recitar uno de los cuatros primeros salmos de la penitencia, luego dice: 
"Señor, tened piedad; Cristo, tened piedad; Señor, tener piedad.
"Padre nuestro... (en voz baja, hasta)
"Y no nos dejes caer en la tentación.
"Mas líbranos del mal.
"Salvad a vuestro siervo (o sierva).
"Que confía en Vos, mi Dios.
"Enviadle, Señor, vuestro socorro de vuestro santuario
"Y protegedle desde lo alto de Sion.
"Que el enemigo no pueda nada sobre él.
"Y que los hijos de la iniquidad no le puedan dañar.
"Sed, Señor, para él una fortaleza.
"Contra el enemigo.
"Señor, socorredle.
"En su lecho de dolor.
"Señor, oíd mi oración.
"Y que mi voz se eleve hasta Vos.
"El Señor sea con vos.
"Y con vuestro espíritu.
Primera Oración. — "¡Oh, Dios, que sabéis perdonar siempre y tener misericordia, recibid nuestra oración! Y que por vuestra clemencia y vuestra bondad misericordiosa vuestro siervo y todos nosotros seamos librados de las ligaduras de nuestros pecados."
Segunda Oración. — "¡Oh, Dios, protector único de la debilidad humana, mostrad a vuestro siervo enfermo el poder de vuestra ayuda, para que socorrido por vuestra misericordia, obtenga ser conducido sano y salvo a vuestra Santa Iglesia." 
Tercera Oración. — "Os rogamos, Señor, acordéis a vuestro siervo gozo constante de la salud del alma y del cuerpo, y por la intercesión de la gloriosa María siempre Virgen, sea librado de la tristeza de la vida presente, como también de llegar a la beatitud eterna. Por Cristo Señor Nuestro. Amén."

"Que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo, descienda sobre vos y permanezca para siempre. Amén." 
"El sacerdote rocía al enfermo con agua bendita, luego recita los salmos y evangelios siguientes:
"Primeramente el salmo 6 que implora la misericordia del Señor: 
"Señor, no me reprendáis en vuestro furor ni me castiguéis en vuestra cólera. Tened piedad de mí, Señor, porque soy débil, Señor; curadme, porque mis huesos tiemblan..." 
A continuación, se lee el evangelio del centurión, Mat. VIII, 5 a 13, que hallaremos en la Misa de los enfermos, más adelante. 
"Oración: "Dios Todopoderoso y eterno, que sois para siempre la salvación de los que creen en Vos, oídnos en favor de vuestro siervo enfermo, por quien os imploramos la ayuda de vuestra misericordia, para que, retornando a la salud, os dé su acción de gracias en vuestra Iglesia. Por Nuestro Señor Jesucristo". 

El salmo 15 expresa entonces la confianza y las esperanzas del alma fiel: "...Yo miro al Señor y lo tengo siempre ante mis ojos, porque está a mi derecha para impedir que yo caiga. Es por eso que mi corazón se alegró y mi lengua cantó cánticos de alegría y que mi misma carne descansará en la esperanza. Porque no dejaréis mi alma en el infierno y no toleraréis que vuestro santo esté sometido a la corrupción. Me habéis dado el conocimiento de los caminos de la vida; me llenaréis de gozo mostrándome vuestra faz; delicias inefables están eternamente a vuestra derecha". 
 Evangelio según San Marcos (XVI, 14-18).

"En aquel tiempo: Estando sentados a la mesa los once Discípulos, aparecióseles Jesús; y les dió en el rostro con su incredulidad y dureza de corazón, por no haber creído a los que le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo, y predicad el Evangelio a todas las criaturas. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creyeren: Lanzarán los demonios en mi nombre; hablarán nuevas lenguas; quitarán serpientes, y si bebieren algún veneno, no les dañará; pondrán las manos sobre los enfermos, y los sanarán".

Oración. — "Dios de las virtudes celestes que con el poder de vuestro mandamiento, alejáis de los cuerpos humanos toda debilidad y toda invalidez, sed propicio a vuestro siervo, para que sus males desaparezcan, y volviendo a hallar sus fuerzas, bendiga Vuestro Santo Nombre en una salud rápidamente restaurada. Por Cristo Nuestro Señor". 
"El sacerdote aplica entonces al enfermo los votos del salmo 19: 
"Que el Señor os oiga en la aflicción; que el nombre del Dios de Jacob os ayude poderosamente.
"Que os envíe ayuda de su santo lugar y que de la montaña de Sion sea vuestro defensor.
"Que se acuerde de todos vuestros sacrificios y que el holocausto que le ofrendáis, le sea grato.
"Que os conceda todas las cosas según vuestro corazón y que realice todos vuestros propósitos.
"Nos alegraremos por la salud que recibiréis y nos glorificaremos en el nombre de nuestro Dios.
"Que el Señor os conceda todo vuestro pedido; es ahora que conocí que el Señor ha salvado a su Cristo..."  
Evangelio según San Lucas (IV. 38-40). 
"En aquel tiempo: Saliendo Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. Hallábase la suegra de Simón con una gran calentura; y suplicáronle por su alivio. Y El arrimándose a la enferma, mandó a la calentura que la dejase, y la dejó libre. Y levantándose entonces mismo de la cama, se puso a servirlos. Puesto el sol, todos los que tenían enfermos de varias dolencias, se los traían. Y El los curaba con poner sobre cada uno las manos".

Oración. — "Señor Santo, Padre Todopoderoso, Dios eterno que por vuestro solo Amor fortificáis la debilidad de nuestra condición humana, para que nuestros cuerpos y nuestras almas se afirmen gracias a los remedios saludables de vuestra bondad, mirad favorablemente a vuestro siervo para que desaparezcan sus miserias corporales y halle plenamente su salud de siempre. Por Cristo Nuestro Señor. Amén."

"El salmo 85 subraya la oración:
"Tended, Señor, vuestro oído y oídme, porque soy pobre y en la indigencia. Cuidad de mi alma, puesto que soy santo. Salvad ¡oh, mi Dios! a este siervo tuyo que tiene puesta en ti su esperanza.
"Señor, ten misericordia de mí porque no ceso de clamar a ti todo el día. Consuela el alma de tu siervo, pues a ti, Señor, tengo elevado mi espíritu;
"Siendo tú, Señor, como eres, suave, y benigno, y de gran clemencia para con todos los que te invocan..."

Evangelio según San Lucas (V, 1-14) 
"En aquel tiempo: Siendo la fiesta, de los judíos, partió Jesús a Jerusalén.
"Hay en Jerusalén una piscina, dicha de las ovejas, llamada en hebreo Betsaida, la cual tiene cinco pórticos.
"En ellos, pues, yacía una gran muchedumbre de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, aguardando el movimiento de las aguas;
"pues un ángel del Señor descendía de tiempo en tiempo a la piscina y se agitaba en el agua. Y el primero que después de movida el agua entraba en la piscina, quedaba sano de cualquiera enfermedad que tuviese.
"Allí estaba un hombre que treinta y ocho años hacía que se hallaba enfermo.
"Como Jesús le viese tendido y conociese ser de edad avanzada, dícele: ¿Quieres ser curado?
"Señor, respondió el doliente, no tengo una persona que me meta en la piscina así que el agua está agitada; por lo cual mientras yo voy, ya otro ha bajado antes.
"Dícele Jesús: Levántate, toma tu camilla y anda.
"De repente se halló sano este hombre; y tomó su camilla, e iba caminando. Era aquél un día de sábado;
"por lo que decían los judíos al que había sido curado: Hoy es sábado, no te es lícito llevar la camilla.
"Respondióles: El que me ha curado, ese mismo me ha dicho: Toma tu camilla y anda.
"Preguntáronle entonces: ¿Quién es ese hombre que te ha dicho: Toma tu camilla y anda?
"Mas el que había sido curado, no sabía quién era. Porque Jesús se había retirado del tropel de gentes que allí había.
"Hallóle después Jesús en el templo y le dijo: Bien ves cómo has quedado curado: no peques, pues, en adelante, para que no te suceda algo peor".

Oración. — "Os suplicamos, Señor, mirad favorablemente a vuestro siervo que sucumbe bajo la debilidad de su cuerpo y reanimad a esta alma que habéis creado, para que, purificada por la prueba, reconozca que debe su salud solamente a los remedios de vuestra gracia. Por Cristo Nuestro Señor. Amén."

El salmo 90 recuerda entonces al enfermo los beneficios de la protección divina y las promesas del Señor a favor de los que se confían a El:

"Y exclamarás: Tú eres, Señor, mi esperanza. Y tú has escogido al Altísimo para asilo tuyo.
"No llegará a ti el mal, ni el azote se acercará a tu morada.
"Porque El mandó a sus Angeles que cuidasen de ti, los cuales te guardarán en cuantos pasos dieres.
"Te llevarán en las palmas de sus manos; no sea que tropiece tu pie en alguna piedra.
"Andarás sobre áspides y basiliscos y hollarás los leones y dragones.
"Ya que has esperado en mí, yo lo libraré; yo lo protegeré, pues que ha conocido mi Nombre.
"Clamará a mí y le oiré benigno. Con él estoy en la tribulación; pondrélo en salvo y llenarle he de gloria.
"Lo saciaré con una vida muy larga y le haré ver al Salvador que enviaré."
Oración. — "Dios Todopoderoso y Eterno, mirad favorablemente la enfermedad de vuestro siervo y extended la derecha de vuestra majestad para protegerle. Por Cristo Nuestro Señor. Amén." 
"El sacerdote extiende la derecha sobre la cabeza del enfermo y dice: 
"Ellos impondrán las manos a los enfermos y los enfermos curarán. Que Jesús, Hijo de María, Salvación del mundo y Señor, por los merecimientos y la intercesión de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y de todos los Santos, os sea clemente y propicio. Amén". 
"Entonces se lee el Evangelio de San Juan (I. 1):  
"En el principio era ya el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios..." 
"El sacerdote imparte su bendición al enfermo y lo rocía con agua bendita". 
Oraciones para la bendición de un enfermo 
Al entrar en la habitación del enfermo, el sacerdote dice: 
"Paz a esta casa.
"Y a todos los que viven en ella.
"Nuestro socorro está en el nombre del Señor.
"Que hizo el cielo y la tierra.
"Señor, oye mi oración.
"Y que mi voz se eleve hasta Vos.
"El Señor sea con vosotros.
"Y con tu espíritu.

Oración. — "Señor Jesucristo, que vuestra paz y misericordia entren en esta casa con el paso de nuestro humilde ministerio, que los demonios huyan de aquí, que los ángeles de paz acudan y toda discordia maligna sea desterrada para siempre. Haced brillar la grandeza de vuestro sagrado nombre y bendecid nuestro ministerio, Vos que sois la santidad misma y permanecéis inmutable con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén". 
Oración. — "Os suplicamos, Señor, mirad favorablemente a vuestro siervo que sucumbe bajo la debilidad de su cuerpo, y reanimad a esta alma que habéis creado, para que, purificada por la prueba, reconozca que debe su salud solamente a los remedios de vuestra gracia. Por Cristo Nuestro Señor. Amén". 
Oración. — "Señor misericordioso, consolador de las almas, imploramos vuestra infinita misericordia para que, por nuestro humilde ministerio, os dignéis visitar a vuestro siervo que yace en el lecho del dolor, como Vos habéis sido visitado por la suegra de Simón. Sedle propicio, Señor, para que recobrando muy pronto una perfecta salud, os dé gracias en la iglesia. Amén." 
Oración. — "Que el Señor Jesucristo esté con vos para defenderos; en vos, para conservaros; delante vuestro, para conduciros; después de vos para custodiaros; sobre vos para bendeciros. El que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén".
"Que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vos y permenezca en la eternidad. Amén".


Bendición de lienzos para enfermos 
"Nuestro socorro está en el nombre del Señor.
"Que hizo el cielo y la tierra.
"El Señor sea con vosotros.
"Y con vuestro espíritu.
Oración. — "Señor Jesucristo, que con el contacto de los flecos de vuestro vestido os habéis dignado curar la mujer hemorroísa y oíros enfermos de todas partes, y que por los lienzos y vendas de vuestro Apóstol Pablo habéis puesto en fuga con el mismo Amor las enfermedades y los malos espíritus de los inválidos, sednos propicio, os roagmos, para que todos los que sean revestidos o cubiertos con estos vestidos, estos velos y estos lienzos, que bendecimos en Vuestro nombre recobren la salud del alma y del cuerpo. Que viyís y reináis por los siglos de los siglos. Amén."


Bendición del vino para los enfermos 
Oración. — "Señor, Jesucristo, hijo del Dios vivo, que en Caná de Galilea habéis cambiado el agua en vino, dignaos bendecir y santificar este vino que habéis concedido en ayuda de vuestro siervo, para que doquiera sea vertido y quienquiera beba de él, se llene de la divina bendición de vuestra magnificencia.
"Dios Todopoderoso y Eterno, salvación eterna de los que creen en Vos, oíd nuestras oraciones en favor de vuestro servidor enfermo, por quien imploramos los socorros de vuestra misericordia, para que, recobrada la salud, os agradezca en la Iglesia continuamente. Por Cristo Nuestro Señor. Amén".


Bendición de los remedios 
Oración. — "Dios, que habéis creado maravillosamente al hombre y más maravillosamente aún lo habéis reformado, Vos que os dignáis socorrer de mil modos las diversas enfermedades que afligen nuestra pobre naturaleza humana, sed propicio a nuestras oraciones y haced descender del cielo vuestra bendición sobre este remedio, para que el que lo tome, merezca adquirir la salud del alma y del cuerpo. Por Cristo Nuestro Señor". 

Misa por los enfermos

Introito (Salmo 54, 2-3). "Escucha, oh Dios, mi oración y no desprecies mi súplica; atiéndeme y óyeme. (Salmo 54, 3-4). Me entristecí en mi pena; y me sentí turbado a la voz del enemigo y ante la hostilidad del impío. Gloria al Padre".
Oración. — "Oh Dios omnipotente y sempiterno, salud eterna de los creyentes, óyenos en favor de tus enfermos, por quienes imploramos el auxilio de tu misericordia; para que, recobrada la salud, te den acciones de gracias en tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo".
Lección de la Epístola del Apóstol Santiago, V, 13-16. — "Carísimos: ¿Hay entre vosotros alguno triste? Que ore. ¿Está contento? Que cante salmos. ¿Enferma alguno de entre vosotros? Pues llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo y el Señor le aliviará; y si se halla en pecados, se le perdonarán. Confesaos, pues, vuestros pecados y orad unos por otros, para que seáis salvos."
Gradual. (Salmo 6, 3-4). — "Apiádate de mí, Señor, porque soy débil; cúrame, Señor. Hasta mis huesos tiemblan y mi alma se ve sumamente turbada."
Aleluya, Aleluya. Salmo 101,2. — "Señor, escucha mi oración y llegue a Ti mi clamor. Aleluya."
Tracto, Salmo 30, 10-11. — "Apiádate, Señor, de mí, porque ando atribulado; mi vista, mi espíritu y mis entrañas se han estremecido por la angustia. Pues de puro dolor se va consumiendo mi vida, y mis años de gemir. Ha decaído en la miseria mi fuerza y mis huesos se han estremecido."
Evangelio según San Mateo (VIII, 5-13). — "En aquel tiempo: Y habiendo entrado en Cafarnaún, llegóse a Él un centurión y le rogó diciendo: Señor, tengo un criado postrado en casa, paralítico, y sufre mucho. A lo que Jesús: Yo iré y le curaré. Y replicó el centurión: Yo no soy digno de que entres bajo mi techo: mas di una sola palabra y será curado mi siervo. Pues yo soy un hombre que, aunque bajo la potestad de otro, digo a éste: Vete, y va; y digo a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oírle Jesús, quedó admirado, y dijo a los que le seguían: En verdad os digo: no he hallado tanta fe en Israel. Pues también os digo: muchos vendrán de Oriente y de Occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; pero los hijos destinados a este reino serán arrojados a las tinieblas del ex-
terior, donde habrá llanto y rechinar de dientes. Y dijo al centurión: Vete, y te suceda como has creído. Y sanó al siervo en aquella hora".
Ofertorio, Salmo 54, 2-3. — "Oye, Señor, mi oración, y no desprecies mi plegaria; mírame y escúchame".
Secreta. — "Oh Dios, de cuyo arbitrio dependen los momentos de nuestra vida: recibe las súplicas y ofrendas de tus siervos enfermos, por los cuales imploramos tu misericordia; para que podamos regocijarnos con la salud de aquéllos por cuya vida tememos. Por nuestro Señor Jesucristo".
Comunión, Salmo 30, 17-18. — "Derrama la claridad de tu rostro sobre tu siervo, y sálvame según tu misericordia; Señor, no quede yo confuso después de haberte invocado."
Poscomunión. — "Oh Dios, único apoyo de la humana fragilidad: muestra el poder de tu auxilio con tus siervos enfermos; para que, fortalecidos con la esperanza de tu misericordia, merezcan ser devueltos sanos a tu santa Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo."

La Extremaunción

La Extremaunción se llama especialmente el sacramento de los enfermos. El Concilio de Trento (Sesión 14, Can. 1) la declaró instituida por Nuestro Señor y promulgada por el Apóstol Santiago en el cap. V de su Epístola, donde dice: "¿Está enfermo alguno de vosotros? Pues llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo y el Señor le aliviará, y si se halla en pecados, se le perdonarán".
El Sacramentario de Serapión (IV siglo) establece netamente, en la fórmula de Bendición del óleo de los enfermos, la doctrina de la Iglesia: "Te invocamos, Todopoderoso y fuerte, Salvador de todos los hombres, Padre de Nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, y te rogamos enviar desde los cielos de tu Hijo único, una fuerza que cure sobre este óleo, para que en los que serán ungidos con él y usarán de tus creaturas, se convierta en pérdida de debilidad e invalidez, en curación de todo demonio, en expulsión de todo espíritu impuro, en rechazo de todo espíritu maligno, en extirpación de toda fiebre y frío y debilidad, en buena gracia y remisión de los pecados, en remedio de vida y de salud, en santidad e integridad del alma, cuerpo y espíritu, en vigor perfecto...
Esto explica que si de acuerdo con el Canon 940 no se debe dar la Extremaunción más que al creyente que gozó de conocimiento y razón y por invalidez o por vejez se halla en peligro de muerte, este peligro debe entenderse en sentido amplio, y no esperar nunca que la situación sea desesperada, para recurrir al sacramento. Los autores religiosos son explícitos a este respecto.
La curación del cuerpo, por el efecto de la Extremaunción, ocurre —nos dice el Padre Jone— "por el robustecimiento de los recursos naturales, consiguientemente por vías naturales y no de una manera milagrosa. Por esta razón, si se retarda la recepción de la Extremaunción en forma que se necesitaría un milagro para salvar la vida, no se puede contar ya sobre este resultado. Por lo demás, este efecto no se produce si no es útil para la salvación del enfermo".
Otro autor escribe: "La Extremaunción, en lo que es un remedio contra las enfermedades físicas, obra al modo de los remedios y no por un milagro instantáneo. Es decir, que no se debe esperar para recibirla, hallarse in extremis. Sería temerario pedir al sacramento que obre una casi resurrección. Cura y sana ayudando las causas naturales, sosteniendo las fuerzas del enfermo no agotadas completamente todavía. ¿Quién no ha oído hablar de curaciones plenas acontecidas después de recibir el sacramento? ¿Y no es un hecho de la experiencia que el sacramento produce por lo menos una mejoría sensible en el estado físico y moral del enfermo?".

En todo caso serio, cuando el médico tiene algún temor, es un deber profesional, un deber médico tratar de que se recurra al remedio, de la Extremaunción, tanto como a la digitalina, a los sueros, al aceite alcanforado, etc.
Por otra parte, en razón de las virtudes espirituales de la Extremaunción, es un deber grave (Gury) para el médico hacer todo lo que está en sus manos, sobre todo advirtiendo del peligro en tiempo oportuno, para proporcionar al enfermo los beneficios del sacramento. El deber médico concuerda con el deber religioso.

El estado de conocimiento del enfermo Y la Extremaunción
La Extremaunción, dado que borra los pecados, no puede ser administrada a los niños que no alcancen a la edad de la razón, ni a los dementes que no hayan tenido nunca períodos de lucidez, porque unos y otros no pueden cometer más que actos sin valor moral. En cambio, debe darse a los dementes que en sus períodos de lucidez hayan presentado disposiciones religiosas favorables, como también a los enfermos sin conocimiento, cuya vida permita suponer que desearían o aceptarían con placer ese sacramento. Finalmente, en caso de muerte aparente, se puede administrar la Extremaunción bajo condición, en el mismo caso en que se puede dar la absolución, y esto más fácilmente, porque la Extremaunción no requiere una supuesta participación del enfermo, como la Penitencia.

Preparativos para la administración de la Extremaunción
Una mesa cubierta con un lienzo blanco, un crucifijo, dos cirios o velas, un plato con siete u ocho tapones de algodón, un poco de miga de pan, agua en un vaso y un lienzo, un recipiente con agua bendita y un ramito.

La Recomendación del alma
Creemos útil reproducir las oraciones de la Recomendación del alma, generalmente poco o nada conocidas. Sin embargo las mismas resumen toda la doctrina de la Iglesia sobre la misericordia divina, sobre la esperanza que debe llenar el corazón del moribundo y de los asistentes, y sobre la gloria dichosa que espera al alma libertada. El conocimiento de estas oraciones es esencial para entender lo que es exactamente la muerte, el dies natalis, el día del nacimiento, y dar una justa apreciación de todo lo que hemos dicho acerca de los últimos sacramentos. 

LETANIAS

Señor, ten misericordia de él (o de ella).
Jesucristo, ten piedad de él.
Señor, ten piedad de él.
Santa María, ora por él.
Santos Ángeles y Arcángeles, orad por él.
San Abel, ora por él.
Coro de todos los justos, orad por él.
San Abrahán, ora por él.
San Juan Bautista, ora por él.
San José, ora por él.
Santos Patriarcas y Profetas, orad por él.
San Pedro, ora por él.
San Pablo, ora por él.
San Andrés, ora por él.
San Juan, ora por él.
Santos Apóstoles y Evangelistas, orad por él.
San Lázaro, ora por él.
Santos Discípulos del Señor, orad por él.
Santos Inocentes, orad por él.
San Esteban, ora por él.
San Lorenzo, ora por él.
Santos Mártires, orad por él.
San Silvestre, ora por él.
San Gregorio, ora por él.
San Agustín, ora por él.
Santos Pontífices y Confesores, orad por él.
San Benito, ora por él.
San Francisco, ora por él.
Santos Monjes y Ermitaños, orad por él.
Santa María Magdalena, ora por él.
Santa Lucía, ora por él.
Santas Vírgenes y Viudas, orad por él.
Santos y Santas de Dios, interceded por él.
Sedle propicio, perdonadle, Señor.
Sedle propicio, libradle, Señor.
De vuestra cólera, libradle, Señor.
Del peligro de la muerte, libradle, Señor.
De la pena del infierno, libradle, Señor.
De todo mal, libradle, Señor.
Del poder del diablo, libradle, Señor.
Por vuestra Natividad, libradle, Señor.
Por vuestra Pasión, libradle, Señor.
Por vuestra Muerte y Sepultura, libradle, Señor.
Por vuestra gloriosa Resurrección, libradle, Señor.
Por vuestra admirable Ascensión, libradle, Señor.
Por la Gracia del Espíritu Santo, consolador, libradle, Señor.
El día del Juicio, libradle, Señor.
Aunque seamos pecadores, oíd nuestras oraciones, Señor.
Perdonadle, os lo rogamos, oídnos, Señor.
Señor, ten piedad de él.
Cristo, ten piedad de él.
Señor, ten piedad de él. 
Oración. — "Salid de este mundo, alma cristiana, en el nombre de Dios Padre Omnipotente, que os creó; en el nombre de Jesucristo, Hijo del Dios vivo, que ha sufrido por vos; en el nombre de los Santos Ángeles y Arcángeles; en el nombre de los Tronos y las Dominaciones, los Querubines y Serafines; en el nombre de los Apóstoles y Evangelistas, los Mártires y Confesores; en el nombre de los Monjes y Ermitaños; en el nombre de las Santas Vírgenes y de todos los Santos y Santas de Dios; que estéis hoy en la paz, que vuestra residencia sea en la santa Sión, por los merecimientos de Nuestro Señor Jesucristo. Amén".

Roguemos. — "Señor, Dios de misericordia, Dios de bondad, a quien agradan tanto las lágrimas de un pecador arrepentido, que le perdonáis todas sus faltas por grandes que sean; que olvidáis aunque ese pecador os ha ofendido y no consideráis más que su arrepentimiento, volved vuestros ojos de misericordia sobre vuestro siervo (o sierva). Él confiesa sus faltas, os pide perdón de todo corazón; oídle, Padre lleno de clemencia, renovad en él (o en ella) lo que el comercio del mundo, la fragilidad humana y la malicia del espíritu tentador pudo corromper o arruinar en su alma. Unid, ligad al cuerpo de vuestra Santa Iglesia este miembro que habéis redimido. Oíd sus gemidos, considerad sus lágrimas, y que ellas os apiaden. Toda su confianza está en Vos; no espera más que en vuestra bondad: abridle, Señor, la puerta que lleva a la salvación; admitidlo (o admitidla) a la gracia de una perfecta reconciliación; os lo suplicamos por nuestro Señor Jesucristo. Amén".
"Os recomiendo a Dios Todopoderoso, mi hermano carísimo (o mi hermana carísima), y os remito a las manos de Aquel que os creó, para "que después que hayáis pagado con vuestra muerte la deuda común de la naturaleza humana, volváis a vuestro Creador que os formó del lodo de la tierra. Que la legión gloriosa de los Ángeles venga al encuentro de vuestra alma, cuando salga de vuestro cuerpo. Que el senado de los Apóstoles, que debe juzgar con Dios a todo el mundo, os acoja favorablemente. Que el ejército triunfante de los Mártires se alegre de vuestra llegada. Que la brillante compañía de los Confesores os rodee. Que el coro de las Vírgenes os lleve al palacio del celeste Esposo con cánticos de alegría. Que admitido en el seno de Abrahán, todos los Patriarcas os feliciten y os abracen. Que Jesucristo se os muestre con una faz llena de dulzura y alegría; que os coloque entre los que siempre han de estar cerca de Él. Que podáis ignorar lo insoportables que son las tinieblas, las llamas y las torturas. Que el demonio y sus ministros se reconozcan vencidos, viéndoos llegar en compañía de los Ángeles. Que esa legión infernal vaya a precipitarse en el abismo desde que aparezcáis. Que Dios se levante y sus enemigos sean disipados y los que le odian, huyan delante de su faz; que se pierdan como el humo, que los malvados perezcan delante de Dios, como la cera se funde delante del fuego. Que los justos, en cambio, estén en leticia y embeleso ante el Señor y sean colmados de alegría. Que todos los demonios sean confundidos; que la vergüenza los lleve a esconderse en sus sombrías mansiones, y que os dejen libre el camino del ciclo. Que Jesucristo, que ha sufrido por vos, os ahorre todo suplicio en el otro mundo. Él ha muerto por vuestra salvación; que os salve pues de la pena eterna; que os coloque en el paraíso para gozar allí de las delicias espirituales que nada ya podrá trastornar. Que ese Pastor caritativo os reconozca por una de sus ovejas; que os perdone vuestros pecados y os coloque a su derecha, en compañía de sus elegidos. ¡Que podáis ver a vuestro Redentor cara a cara! Que podáis contemplar siempre a ese Dios de la verdad, y entre los dichosos gocéis las dulzuras de la contemplación divina, en los siglos de los siglos. Amén".
Oración: "Señor, recibid, si os place, el alma de vuestro siervo (o vuestra sierva) en el puerto de la salvación, que esperó obtener de vuestra misericordia. "Amén.
"Señor, librad su alma de todos los peligros del infierno, de las redes de los demonios, y de todos los males de la otra vida. "Amén.
"Señor, que habéis preservado a Enoch y a Elias de la muerte común de todos los hombres, librad el alma de vuestro siervo (o vuestra sierva) de la muerte eterna. "Amén.
"Señor, librad su alma, como librasteis a Noé del diluvio. "Amén.
"Señor, librad su alma, como librasteis a Abrahán de la tierra de los Caldeos. "Amén.
"Señor, librad su alma, como librasteis a Job de los sufrimientos. "Amén.
"Señor, librad su alma, como librasteis a Lot de Sodoma y de su incendio. "Amén.
"Señor, librad su alma, como librasteis a Isaac de las manos de su padre que quería inmolarlo. "Amén.
Señor, librad su alma, como librasteis a Moisés de la persecución del Faraón, rey de Egipto. "Amén.
"Señor, librad su alma, como librasteis a Daniel de las fauces de los leones. "Amén.
"Señor, librad su alma, como librasteis a los tres jóvenes de la hoguera ardiente y de las manos de un rey injusto. "Amén.
"Señor, librad a su alma como librasteis a Susana del crimen del que fué injustamente acusada. "Amén.
'"Señor, librad su alma, como librasteis a David de las manos de Goliat y de Saúl. "Amén.
"Señor, librad su alma, como librasteis a San Pedro y a San Pablo de las cárceles. "Amén.
"Y del mismo modo que librasteis a la bienaventurada virgen y mártir Santa Tecla de tres horribles tormentos, os suplicamos, Señor, libréis el alma de vuestro siervo (o de vuestra sierva), y le hagáis la gracia de gozar con Vos la posesión de los bienes del cielo. "Amén.
Oración: "Os recomendamos, Señor, el alma de vuestro Servidor. Os rogamos, Salvador del mundo, recibáis esta alma en el seno de los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob. Por ella habéis descendido del cielo sobre la tierra; que goce de ese beneficio en toda su extensión. Reconoced, gran Dios, a vuestra criatura que no ha sido creada para dioses extraños, sino para Vos, que sois el único Dios vivo y verdadero; porque no hay otro Dios que Vos y nada es comparable a vuestras obras. Señor, haced gozar a esta alma de vuestra presencia; en eso sólo consiste la verdadera dicha y la firme leticia. No recordéis sus iniquidades pasadas y de los excesos a que la violencia y el transporte de sus pasiones desgraciadamente la han llevado. Ha pecado y lo confiesa. Mas nunca os negó, Trinidad adorable; conservó la fe y tuvo el celo de Dios; fué fiel en vuestra adoración, oh Dios que creasteis todas las cosas".
Oración: "No os acordéis, Señor, de los pecados de su juventud, ni de los que cometiera por ignorancia. No os acordéis más que de vuestra misericordia y llevadle a la residencia de la gloria. ¡Que se le abran los cielos! Que los Ángeles se alegren de su llegada. Es una criatura vuestra, Rey Omnipotente. Que marche bajo el estandarte del arcángel San Miguel, que es el jefe y el conductor de la celeste milicia; que los Angeles vengan a su encuentro y que la introduzcan en la celeste Jerusalén. Que el glorioso apóstol San Pedro le abra la puerta de esa mansión de los Santos. Que el apóstol San Pablo, vaso de elección, venga en su auxilio. Que San Juan, el discípulo bien amado, al que fueron revelados los secretos del cielo, interceda por ella. Que todos los Apóstoles, a quienes el Señor dió el poder de remitir los pecados o retenerlos, recen por ella al Dios de toda gracia. Santos y Santas que habéis sufrido tantos tormentos sobre la tierra por el nombre de Cristo, sedle favorables y ofreced sus votos al Dios que os eligió; unid vuestras oraciones a las suyas, para que libre y despojada de todo vínculo del cuerpo, sea admitida a la participación de la gloria celeste, por los merecimientos de nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina en todos los siglos de los siglos". "Amén.
Y cuando haya rendido el alma:
"Santos amigos de Dios, acudid en su auxilio. Ángeles del Señor, venid a recibir su alma, para presentarla al Altísimo. Que Jesucristo, que os ha llamado, os reciba, y que los Espíritus bienaventurados os conduzcan al seno de Abrahán."

Dr. Henry Bon
MEDICINA CATOLICA

Los sermones de San Vicente Ferrer

1. La predicación en tiempos de San Vicente 

Grande era la decadencia de la oratoria sagrada en tiempos de nuestro Santo. Las órdenes mendicantes eran las únicas que llevaban al púlpito algo substancial. Los efectos de esta predicación eran débiles. En los sermonarios de la época—salvo honrosas excepciones— sólo se dan, o áridos tratados de escolástica, o, por el contrario, composiciones retóricas de ningún valor, repletas de citas religiosas y profanas, con tendencias clasicistas y con pinturas ridiculas de un misticismo exagerado. El Renacimiento empieza a germinar.
Al pueblo, en general, sólo le interesan las maneras del predicador, la voz, el gesto, la pompa que desarrolla en la declamación. Nuestro taumaturgo se queja repetidas veces, en primera persona del plural, de tamaña decadencia, según veremos detalladamente en la segunda parte de esta introducción. Se predicaban sermones extravagantes y superficiales, repletos de citas de Cicerón, Séneca, Horacio, Virgilio, Petrarca y otros clásicos, mezclando en mostrenco conglomerado las cosas sagradas y las profanas. Los hombres de buena voluntad pedían con insistencia una restauración que, por cierto, tardó en llegar.

2. Estilo de la predicación vicentina
Un escritor moderno describe los modos característicos de la predicación medieval de las órdenes mendicantes. A la Orden de Predicadores la caracteriza por su prediéación científico-vital, con la vitalidad que le presta el mismo dogma—en cuya profunda y continua contemplación, unida a las observancias monásticas, ve la esencia de la Orden—; predicación académica y religiosa a la vez, substantiva, alejada de pretensiones, de convencionalismos, de literaturas... De este modo explica que San Vicente Ferrer, autor de áridos y sutiles opúsculos filosoficos, profesor de filosofía y de teología, haya sido también brillante predicador popular, insigne y eterno fascinador y conquistador de masas. 
Clemenges refiere a un amigo que nuestro Santo se dirigía al pueblo habiéndole de cosas elevadas, pero conduciéndolo a la inteligencia de lo substancial mediante un lenguaje y unas imágenes tan corrientes, tan familiares, que todos alcanzaban, moviendo a todos a la penitencia y reforma de costumbres.
Nicolás de Clemenges, rector de la Universidad de París, escribe una tarta desde Génova a su amigo Reginaldo Fontanini relatándole las maravillas de la vida y obra de San Vicente. Es el año 1405. Le dice, entre otras cosas: "Nadie mejor que él sabe la Biblia de memoria, ni la entiende mejor, ni la cita más a propósito. Su palabra es tan viva y tan penetrante, que inflama, como una tea encendida, los corazones más fríos... Para hacerse comprender mejor, se sirve de metáforas numerosas y admirables, que ponen las cosas a la vista...¡ Oh si todos los que ejercen el oficio de predicador, a imitación de este santo hombre, siguieran la institución apostólica dada por Cristo a sus apóstoles y a los sucesores! Pero, fuera de éste, no he encontrado uno sólo". (Publica esta carta A. Teoli, Storia della vita e del culto di aun Vincenzo Ferrerio [Roma 1820], p. 700-707. Se puede ver también en H. D. Fages, Historia de San Vicente Ferrer. TI, p. 100-108).
Y predicaba siempre en su lengua nativa, en aquel catalán llevado a Valencia por los conquistadores, Asi lo declaran los testigos en masa y el mismo Clemenges ("Nacido en Aragón, pasó a Italia y, apenas llegado, se pone a predicar en italiano con tal facilidad, tal inteligencia y tal distinción, que seguramente le hubiérais creído italiano." En esta misma carta hace referencia su autor de un alemán que le declaró haber escuchado en "tedesco" un sermón en Genova, el mismo sermón que el escritor le escuchara en Italiano, maravillándose de que hablara tan correctamente, apenas llegar, la lengua del Dante) y, en general, todos los historiadores y biógrafos del Santo. Sin exagerar nada el don de lenguas de que estaba ciertamente dotado, esta nueva faceta de su predicación constituye un reclamo y un estupendo milagro. El examen interno del lenguaje y de los giros usados en los sermones, aun en los latinos, confirman el hecho históricamente cierto.
Es verdad que, como apunta el padre Gorce, el catalán lo entendían perfectamente las regiones levantinas de la Corona aragonesa, toda la Provenza, el Rosellón y el Mediodía de Francia. Pero también es cierto que no tenía más semejanza de la que tiene hoy con las demás lenguas romances. El Santo atravesó el corazón de Castilla y Aragón (Toledo, Guadalajara, Valladolid, Burgos, Salamanca, Zamora, Navarra y muchas ciudades de Aragón y la costa cantábrica), la parte norte de Italia y de Francia, en cuyas regiones era desconocido el catalán. Los testigos afirman que todos le entendían en su propio lenguaje, fueran de la raza que fueran. 

3. Estructura de los sermones

Ordinariamente se conoce a San Vicente por la característica absorbente de predicador del juicio final. La liturgia nos lo presenta como Angel del Apocalipsis, clamando y anunciando a todos los pueblos y naciones el temor de Dios y la proximidad de la hora suprema del juicio universal. La leyenda dice que el mismo Santo se atribuyó este título.
Sin embargo, hay que notar que el número de sus sermones sobre el juicio ocupa una parte mínima en el catálogo de los conocidos y de aquellos otros de los que no tenemos sino las referencias de las crónicas de las ciudades en que predicaba. Por lo menos un 90 por 100 de ellos no se refieren para nada, ni en la enunciación ni en el desarrollo, al juicio universal.
En la edición de sermones que hemos manejado falta el último volumen, que estaba dedicado a Varios, a temas mixtos, fuera de los de Tempore y de Sanctis. En él debían encuadrarse los sermones del juicio.
¿Estuvo San Vicente convencido de la proximidad del juicio final? En una carta a Benedicto XIII, escrita desde Alcañiz el 21 de julio de 1412 (publicada por Fages, Notes..., p. 213-214) describe las señales que, según la Escritura, precederán al juicio, identificándolas con las presentes. Además, se funda en tres revelaciones privadas—de una de las cuales es actor—que anuncian el fin del mundo. Aunque siempre habla en condicional, parece que el Santo llegó a estar convencido de ello, aunque con una certeza relativa del tiempo. A un testigo del proceso que le preguntó sobre el caso, le contestó el Santo que, así como San Juan en el Apocalipsis anunció el fin del mundo y todavía no había llegado, con la misma razón lo podía anunciar él (cf. Proceso, ed. cit., p. 390). Para el Santo como para muchos taumaturgos de la Edad Media, las señales dadas por San Juan se realizaban patentemente en los tiempos calamitosos que vivían. La carta a Benedicto XIII es un ejemplo de la convicción del Santo y del esfuerzo por indicar cada una de las señales que precederán el día supremo, entre ellas la aparición del anticristo, al que dedica San Vicente largos párrafos, y al que supone ,va uncido, por ciertos Indicios.
El Santo tomaba motivo para su sermón de la festividad del día o del tiempo litúrgico que la Iglesia solemnizaba. El adviento, la cuaresma, el tiempo de pascua y de pentecostés, con las fiestas del santoral, suministraban materia abundante para sus prédicas. La estructura de cualquier sermón vicentino es sencilla y lógica. Proposición del tema, brevísima, casi siempre concretada en una frase de la Escritura leída en la misa del día. Después de enunciado el tema, intercala indefectiblemente la salutación a la Virgen, el Ave Maria. Sigue una introducción doctrinal acomodaticia para dividir el tema en tres, cuatro o más partes, y una exposición detallada de cada una de ellas. En la exposición de estas partes siempre desarrolla tres puntos: el primero es doctrinal; el segundo, la aplicación a un misterio divino, de la vida de Cristo o de los santos; y en el tercero se entretiene desglosando las consecuencias morales para los oyentes. 
La exposición doctrinal es firme y teológica; su cultura eclesiástica aparece en las citas de los santos Padres, historiadores y legendarios clásicos. En último lugar vienen los lirismos, los diálogos y ejemplos, el lenguaje repleto de anécdotas familiares..., el temperamento oratorio. 

4. Difusión de sus sermonarios 
La prueba más elocuente es la reseña de ediciones que hemos podido recoger y que damos en nota.  
La lista que damos está fundamentalmente tomada de S. Brettle, o. c., p. 78. He aquí la copia j. Sanchís Sivera, Quaresma, p. XLVII. En alguna ocasión hemos corregido a Brettle. 
1475. Ulma. Sermones de Tempore, 1477. Lyón. ¡Sermones Sancti Vincentii, 1482. Colonia. ¡Sermones.
1484.  Colonia. Sermones per totum annum,
1485.    Estrasburgo. Sermones de Tempore.
1485. Colonia, sermones de Tempore et de Sanctis.
1487.    Colonia. Sermones de Tempore,
1488.    Milán. Sermones.
1488-81). Basilea. Sermones de Tempore,
1490-91. Lyón. Sermones de Tempore.
1492.    Nuremberg, Sermones de Tempore.
1493.    Lyón. Sermones de Tempore et de Sanctis,
1494.    Estrasburgo, Sermones de Tempore et de Sanctis
1490. Venecia. Sermones de Tempore et de Sanctis. 
1497. Lyón. Sermones de Tempore et de Sanctis,
1498.  Estrasburgo. Sermones.
1499. Lyón. Sermones de Tempore.
1503. Estrasburgo. Sermones de Sanctis.
1505. Lyón. Sermones de Tempore et de Sanctis.
1509. Lyón. Sermones de Sanctis.
1513. Lyón. Sermones de Tempore.
1516. Lyón. Sermones hyemales, aestivales, de Sanctis.
1518. Lyón. Sermones de Tempore et de Sanctis,
1521. Lyón. Sermones.
1523. Lyón. Aurei Sermones fructuosissimi et omni tempore praedicabiles,
1525. Lyón. Sermones aestivales de Tempore... Sermonum pars tertia, quae de Sanctis appeliari solet. 1526. Lyón. Sermones,
1527-28. Lyón. Sermones de Tempore.
1529.  Lyón. Sermones,
1530.  Lyón. Sermones.
1539. Lyón. Sermones hyemales, aestivales, de Sanctis. 
1550. Lyón. Sermones de Sanctis. 
1558. Lyón. Sermones hyemales,
1563-66. Valencia. Sermones de Sant Vicente Ferrer, en los quales se traeta de la venida del Antichristo y juycio final  
1509. Valencia. Sermones de San Vicente Ferrer. 
1570. Anvers, Sermones de Sanctis.
1572.  Anvers, Sermones aestivales.
1573 Valencia. Sermones, con la venida del Antichristo.1573.   Anvers. Sermones de Sanctis.
1573. Venecia. Sermones aestivales.
1588. Alcalá de Henares. Sermones en los quales se avisa contra los engaños de los dos antechristos.
1615. Maguncia. Sermones de Tempore et de Sanctis. 
1675. Colonia. Sermones de Rosario.
1493-94 Valencia. Opera Omnia. Es la edición que hemos manejado.
1729. Augsburgo. Sermones S. Vincentii.

El obispo de Tolosa, primer testigo del Proceso instruido en la misma ciudad, nos pinta las escenas de los copistas, afanosos en transcribir de viva voz los sermones del Santo, amén de los que posteriormente sacaban copias de estos manuscritos para su uso privado. No poseémos ni un solo sermón escrito de mano del Santo, ni siquiera una edición completa de todos los manuscritos existentes, diseminados por toda Europa. Los manuscritos de Tolosa, que han servido de base para muchas ediciones, necesitan una revisión que está por hacer, más en la forma que en el fondo, que todos reconocen como transcripción auténtica de la mente y estilo vicentino. 
En España no se ocuparon mucho de los sermones de San Vicente. Las ediciones llegaban del extranjero. Sólo en los siglos xvi-xvii comenzó a publicarse algo definitivo, y hasta el año 1693-94 nada completo se efectuó. Esta valiosa edición (incompleta: falta el último volumen, de sermones varios) la encargó el arzobispo de Valencia don fray Tomás de Rocabertí a dos dominicos del convento de Predicadores, padre Francisco Milán de Aragón y padre Luis de Blanes, quienes cumplieron lo mejor que supieron su cometido, aprovechándose de la mayor parte de las anteriores ediciones y utilizando los manuscritos existentes en el Colegio del Patriarca de Valencia. Es la edición que hemos manejado para la elaboración de nuestra síntesis, que damos a continuación. Es la edición más completa, aunque existen ediciones parciales muy cuidadas críticamente. De la nuestra podemos fiarnos más que de las otras de su género.
"Los sermones de San Vicente, dice don José Sanchís Sivera, merecen actualmente más aprecio del que se les tiene, porque, aunque no son clásicos, contienen mucha doctrina, están profundamente pensados y maravillosamente escritos. Es verdad que el efecto retórico no se advierte fácilmente, porque quienes los copiaron de oídas no se preocuparon mucho de ello.
Pero en las declaraciones de los testigos del Proceso de canonización se nota la profunda emoción que producía la ardiente palabra del apóstol. No obstante esta falta de vitalidad, todavía produce impresión aquella claridad en la expresión que tanto caracteriza la obra oratoria de San Vicente, la originalidad de las imágenes y la claridad de pensamiento. Leyendo los sermones parece que sentimos el fervor de aquella predicación hecha por un hombre entregado completamente a Dios, desligado del mundo y con la vista siempre fija en la bienaventuranza, a la que quería conducir a cuantos le escuchaban".
Esta es la síntesis histórica del legado literario de San Vicente Ferrer. Con ella hemos querido ambientar al hombre, para poder comprender mejor su obra y sus irradiaciones  Lamentamos profundamente que sus discípulos nos privaran de joyas que hubieran enriquecido muy mucho la obra literaria de nuestro Santo. Con todo, creemos que las obras que hemos revisado y palpado son suficientes en mérito y en doctrina para inmortalizar el recuerdo de un teólogo y de un santo, de un maestro de la vida espiritual y de un eclesiólogo insigne, de un apóstol, de un predicador, según su propia ideología: San Vicente Ferrer.
Pasemos ahora a esbozar la síntesis teológica de su doctrina sobre el predicador, sobre el apóstol. Ni que decir tiene que nos servimos de sus sermonarios, completados con el Tratado de la vida espiritual. Los apóstoles fueron los que mejor ejecutaron la doctrina de Cristo sobre el apostolado. Y San Vicente irá viendo en su vida las condiciones base de su éxito pastoral, y las propondrá como normas para que todos los cristianos, en especial los sacerdotes y los religiosos, sigan sus huellas. De este modo se renovará la faz de la Iglesia, y podrán distinguir los apóstoles de sus días todos los males del mundo, y admirar la ordenada disposición de las órdenes religiosas, hasta el momento en que vean consumada la gloria de Jesucristo.
Biografia y Escritos de san Vicente Ferrer
BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS

miércoles, 17 de octubre de 2012

¡APOSTATA! (2)

 POR EL Pbro. Dr. JOAQUIN SAENZ Y ARRIAGA
LA APOSTASIA DEL JESUITA
JOSE PORFIRIO MIRANDA Y DE LA PARRA
México 1971
(pag. 16-31)
 
LA DIVISION EN LA IGLESIA.

Hay un párrafo, que José Porfirio Miranda y de la Parra escribió después de las anteriores afirmaciones, en el que —debemos confesarlo, con grande amargura— se denuncia una realidad aterradora y sintomática de la época, que estamos viviendo: "esa manera de proceder ha acareado, dentro de la Iglesia, una situación, que por mucho que nos desagrade, se llama división".
Tiene razón el jesuita de la "nueva ola". Estamos divididos, profunda e irreconciliablemente divididos; como está dividida la, en otros tiempos, inclita Compañía de Jesús, a la que José Porfirio dice pertenecer y en la que es un destacado exponente del ala izquierda de la subversión reinante en ella. Estamos divididos, como lo blanco de lo negro, como la verdad del error, como la sinceridad sin compromisos, ni miedos, ni claudicaciones, de las componendas asalariadas de los hijos o servidores de la "mafia".
Irrita sobre manera la autosuficiencia, la arrogancia, la temeridad inaudita, con que Miranda y de la Parra condena y desprecia las diáfanas, definitivas e indestructibles palabras de San Pío X: "ES CONFORME AL ORDEN ESTABLECIDO POR DIOS QUE EN LA SOCIEDAD HUMANA HAYA GOBERNANTES Y GOBERNADOS, PATRONOS Y PROLETARIOS, RICOS Y POBRES, SABIOS E IGNORANTES, NOBLES Y PLEBEYOS". (Doctrina Pontificia, Documentos Sociales, Madrid 1959, pág. 454).
Y, sin embargo, estas sapientísimas palabras, que no son sino la expresión de la ley natural y de la ley evangélica, han tenido, tienen y tendrán una vigencia indestructible. Por eso no han sido, ni serán nunca revocadas, aún en la hipótesis trágica de que el mundo entero cayese en las garras del comunismo.
Las enseñanzas del Magisterio, que, según el jesuíta, "apuntan en dirección completamente distinta" o deben interpretarse según la ley natural y la ley eterna de Dios, o carecen de un valor católico y aún religioso, en el sentido más amplio y ecuménico, que queramos dar a esta palabra.
"Insinceridad o falta de conocimiento de la doctrina" —afirma tranquilamente Miranda y de la Parra— "es pretender sostener, en su totalidad, la doctrina pontificia". De donde se sigue, sin más distingos, ni subdistingos, que la doctrina de los Papas no es coherente; que hay contradicción en sus enseñanzas; que el Vaticano II vino a proscribir las condenaciones del Syllabus y de la QUANTA CURA de Pío IX y las posteriores condenaciones de la PASCENDI de San Pío X o de la HUMANI GENERIS de Pío XII. No se trata de establecer pluralismos, "sino de una división real y verdadera, con la que hay que contar en adelante".
Como prueba de su afirmación, el jesuita mexicano establece el pensamiento de un franciscano Michel Blaíse: "LA UNIDAD DEL MUNDO CATOLICO ESTA ROTA". (Une morale Chrétienne pour l'action revolutionaire. pág. 45-04). Y como explicación y prueba de esta ruptura doctrinal, aduce José Porfirio la autorizada palabra de 1a POPULORUM PROGRESSO: "Toca a ellos (se refiere a los no jerarcas), por propia y libre iniciativa, y sin esperar pasivamente consignas o directivas, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres". (N° 81).—Resumiendo el pensamiento aterrador de José Porfirio Miranda y de la Parra, expondré los siguientes puntos comprendidos en el:
a) Hay una división, una real oposición entre las enseñanzas de los Papas preconciliares y las enseñanzas de Juan XXIII, Paulo VI y el Vaticano II. Negarlo es insinceridad o desconocimiento de lo que han dicho o enseñado los Papas.
b) Ilógica consecuencia de la anterior afirmación: "La unidad del mundo católico está rota".
c) "Resulta mas humilde, aunque no precisamente más prometedor de la unidad católica" el penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres; es decir, bautizar solemnemente el comunismo, elevando a Marx y a todos los progenitores de la revolución a la gloria de nuestros altares.

No sé si José Porfirio alcanza a comprender la trascendencia de su pensamiento y de sus palabras revolucionarias y subversivas, hereticas y apóstatas. Las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, en la mentalidad mirandesca, pierden toda garantía de ser la expresión de una verdad objetiva y permanente. Son, a lo más, las opiniones personales de éste o de aquel Pontífice, que pueden oponerse entre sí y que, por lo mismo, pueden aceptarse o negarse, según el juicio o las conveniencias personales de cada uno.
No hace el jesuita mexicano ninguna distinción entre las enseñanzas del Magisterio extraordinario e infalible, de las enseñanzas del Magisterio ordinario; ni subdistingue después en las enseñanzas de este Magisterio ordinario, que cuando expresa una verdad ya definida anteriormente o una verdad que "semper et ubique", siempre y en todas partes, enseñó la Iglesia, debe ser equiparado al Magisterio extraordinario e infalible; pero, no así, cuando ese Magisterio expresa las opiniones personales de los órganos del Magisterio.
El don o la prerrogativa de la infalibilidad, que Cristo concedió a los órganos del Magisterio (Pedro independientemente y el Colegio presidido, encabezado y formalmente constituido por Pedro), está ordenado a preservar la "inerrancia" e "indefectibilidad" de la Iglesia, no a beneficiar o enaltecer la persona humana de los sucesores de Pedro, que, no gozan ni de la infalibilidad personal, ni de la impecabilidad. En estas opiniones personales, que no constituyen el Magisterio didácticamente infalible, las enseñanzas pontificias pueden "apuntar en direcciones completamente distintas y aun contradictorias"; pero, no así, cuando se trata de las enseñanzas solemnes, definitivas e infalibles del Magisterio extraordinario o de las enseñanzas del Magisterio ordinario, que expresan doctrinas definidas anteriormente o doctrinas que permanentemente ha profesado la Iglesia universal.
Admitir, en estos casos, la contradicción doctrinal entre lo que fue solemnemente, perpetuamente, enseñado por la Iglesia, por los Papas y Concilios anteriores y lo que Juan XXIII, Paulo VI y el Vaticano II dicen ahora; querer contradecir las enseñanzas inmutables de la Iglesia del preconcilio con las novedades que Juan XXIII, Paulo VI y el Vaticano II enseñan; querer dar el mismo valor a todos sus documentos, es negar la "inerrancia" de la Iglesia y su indefectibilidad, garantizada por las promesas de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre: "Et portae inferi non praevalebunt", y las puertas del infierno no prevalecerán en contra de Ella.
José Porfirio, la Iglesia es obra divina, no obra humana; es Cristo, es el Hijo de Dios vivo el que nos garantiza su indeficiente doctrina, inmutable, infalible, eterna. Si, como tú y tu inspirador, el franciscano Michel Bluise, afirman, "La unidad del mundo católico está rota", lo único que podemos concluir es que la herejía
y la apostasía han venido a separar, a desgajar del tronco milenario de la verdadera y única Iglesia, fundada por el Hijo de Dios, a las ramas estériles, que habían ya perdido su vitalidad, que sólo viene de Cristo. Lamentaría muchísimo, como me temo, que tú seas una de esas ramas marchitas y sin vida; y temería también por la suerte de tus patrocinadores.
El ejemplo, que citas, para demostrarnos el cambio de mentalidad, como dicen, o el cambio de fe, como es en sí, tiene, en verdad, una gran importancia. Es falta de sinceridad, es ignorancia suma, como adviertes, "el querer conciliar el Vaticano II con Pío IX y el Syllabus". Y yo añadiría: con la Pascendi de San Pío X y con la Humani Generis de Pío XII. Como también es falta de sinceridad o es ignorancia crasa querer salvar la doctrina dogmática del Concilio de Trento y la Mediator Dei de Pío XII en el "Novus Ordo Missae", confeccionado por Bugnini. Hasta aquí estamos de acuerdo, José Porfirio. Pero, en lo que no estamos, ni podemos estar de acuerdo es en querer unir la afirmación y la negación, el ser y el no ser dentro de la verdad indeficiente de la Iglesia como lo dices tú mismo: o estamos de un lado o estamos del otro lado; o estamos en posesión de la verdad o hemos caído en el error, en la herejía, en la apostasía. El mensaje de la POPULORUM PROGRESSIO, que citas, no viene a destruir el principio de contradicción.

LAS CAUSAS Y LOS EFECTOS 
DE LA DIVISION EN LA IGLESIA.

El problema planteado por tu raciocinio es el gran problema del progresismo pluralista, ecuménico, aggiornado, que ha sembrado la confusión más espantosa y ha hecho perder la fe a innumerables almas. La división existe; está dentro de la Iglesia, por más que lo nieguen, como tú lo dices, algunas "declaraciones oficiosas". Tú y yo no pensamos lo mismo, en puntos básicos, substanciales, dogmáticos. Tú fe no es mi fe. Tú has sido dominado por la dialéctica marxista, por el evolucionismo teilhardiano, tal vez, por el pansensualismo freudiano. Yo me obstino decididamente en la doctrina inmutable del Evangelio eterno, en la creencia de un Dios personal, de un Dios trascendente, no inmanente, en la religión teocéntrica, en la Cruz salvadora de Jesucristo. Entre la Iglesia del Syllabus de Pío IX, de la Pascendi de San Pío X y de la Humani Generis de Pío XII y la "pastoral" del Vaticano II, decididamente opto por la doctrina de la Iglesia preconciliar; opto por la fe en que murieron mis padres.
Dice Miranda y de la Parra que, si no se tolerase la división interna, dentro de la Iglesia, "los sectores izquierdistas de la Iglesia ya estarían fuera, pues no podrían soportar que se les identificase con quienes sostienen a los regímenes sociales de explotación". Esta afirmación es muy grave, pues indica que para José Porfirio la fe es algo contingente, cuya estabilidad depende de la opinión, justa o injusta, que sobre nosotros puedan tener los hombres. Pero, implícitamente, contiene una acusación contra la Iglesia del preconcilio, haciéndola responsable de ser la sostenedora de los regímenes de explotación.
¿Cómo podría probarnos el comunistoide y deslenguado jesuíta de la "nueva ola" esa gravísima y calumniosa acusación contra la institución misma de Cristo? ¿Acaso la antigua y verdadera Compañía de Jesús, a la que él en manera alguna pertenece, "al buscar el mayor servicio de Dios y ayuda de las almas", como dice San Ignacio, apoyó criminalmente los regímenes de explotación? ¿Traicionó, por ventura, la Iglesia —no estoy hablando de algunos de sus miembros— durante dos mil años, la misión divina que le había dado el mismo Jesucristo, su Fundador, para convertirse en una vil explotadora de los miserables, sostenedora de regímenes de explotación? Al enseñar el Decálogo, al exigir a todos el cumplimiento de la ley divina, al seguir las enseñanzas que Cristo ¿aprobó acaso las injusticias, los robos, los crímenes, los odios y las luchas sangrientas entre las diversas clases sociales?
José Porfirio, hablas como un convencido comunista, para quien sólo hay una ley, una ideología, un programa redentor: la lucha de clases, el despojo de sus bienes a los que tienen, la implantación violenta del comunismo, el único régimen para ti de libertad y de progreso, aunque su establecimiento exija ríos de sangre y su conservación en el poder se traduzca en la tiranía más inhumana y espantosa.
¡La Iglesia de los pobres! la máscara infernal, con que hoy se presenta el comunismo, para engañar a los incautos. La Iglesia no es de los pobres, ni de los ricos. Es la Iglesia de los que quieren seguir las enseñanzas de Cristo; es la Iglesia de los que buscan el Reino de Dios y su Justicia; es la Iglesia de los que no ponen su corazón en las criaturas; de los que viven esperando los bienes indeficientes de la inmortalidad.
Los sectores izquierdistas de la Iglesia, a los que se refiere y entre los que se cuenta José Porfirio, están nominalmente en la Iglesia, pero espiritualmente ya no forman parte de ella. Han perdido la fe; han abandonado las enseñanzas del Divino Maestro para seguir las de Marx, Lenin, Mao o cualquier otro de esos nuevos mesías; para convertirse en agitadores peligrosos, que prometen en el cambio constante, en la lucha sin treguas, una felicidad que nunca llega. El marxismo perdería toda su fuerza demagógica y destructiva en el momento mismo en que dejase de buscar, en el cambio constante, el paraíso que promete. Los sectores izquierdistas de la Iglesia —la falsa Iglesia, la contra-Iglesia— prometen siempre una felicidad, que en promesas se queda; los verdaderos creyentes no prometemos, sino que damos la verdad: una verdad indestructible, eterna, en la que encontramos "la substancia de las cosas que esperamos y el argumento de las cosas que no vemos", como diría San Pablo.

EL GRAN ENIGMA PARA MIRANDA Y DE LA PARRA.

La cuestión inicial, que el ultraprogresista Miranda y de la Parra nos plantea, después de las increíbles afirmaciones suyas, anteriormente refutadas, es la siguiente: ¿Cómo fue posible que la doctrina católica defendiera la propiedad privada de los medios de producción? No extiende su pregunta a toda propiedad privada, sino que, por lo pronto, astutamente la limita a la propiedad privada de los medios de producción. Pero ya esta pregunta viene a significar, sencilla y llanamente, que la Iglesia se desvió de la doctrina recibida; que por largo tiempo, oficial y magisterialmente estuvo en el error. ¡Hecho asombroso, que denuncia José Porfirio, apoyado, según dice, en "los precedentes bíblicos y la tradición de los primeros cuatro siglos del cristianismo!"
Nada nuevo nos dice José Porfirio Miranda y de la Parra, cuando, siguiendo la terminología, los postulados y el sofístico raciocinio de los "expertos" del progresismo, atribuye estas doctrinales desviaciones "a una manera de pensar, que a la teología-filosofía cristiana le es común con las ciencias occidentales y, en general, con la civilización occidental, derivada de los griegos". La deshe-lenización del cristianismo, a la que se refiere el jesuíta, no es, en el fondo, sino la negación de las verdades comprendidas y expresadas, con precisión hasta ahora insuperable, que era necesario destruir, para poder oscurecer las ideas y los principios básicos del pensamiento humano.
Ya lo reconoce Miranda y de la Parra, cuando escribe: "es la esencia del cristianismo la que está en cuestión", la que, por esa deshelenización, se quiere destruir, para establecer un cambio completo de mentalidad, con un cambio de fe. Como un ejemplo de estas perversas intenciones, recordemos que las hordas progresistas, con el pretexto de deslatinizar la palabra consagrada para expresar el misterio eucarístico, "la transubstanciación", buscaron sustituirla por términos nuevos, como "transignificación", "transfinilización" que no sólo destruía el término verbal, consagrado por Trento, sino la realidad del Sacrificio del Altar, de la Real Presencia y del Sacramento Eucarístico.
Por el contexto se deduce que, para Miranda y sus cofrades, la expresión de las verdades de la fe y de todas las verdades, que la inteligencia humana, con su constante investigación puede alcanzar y expresar, con la terminologia perfectamente definida de la filosofía helénica y escolástica, que nosotros llamábamos "la filosofía perenne", debe ser rechazada, eliminada, juntamente con toda nuestra decantada civilización occidental, no sólo como errónea, inexacta, sino como totalmente contraria a la verdad ontológica y, sobre todo, a la verdad subjetiva del hombre moderno.
El libro de José Porfirio Miranda y de la Parra —así nos lo asegura él mismo— es una investigación bíblica y filosófica, o, para hacer más exacto y comprensible su pensamiento es una filosofía bíblica, talmúdica, kabalística, rabínica. Es una filosofía basada en la interpretación del talmud y de la kábala de los libros Sagrados. Y, queriéndolo o sin querer, el jesuíta nos deja ver "el cobre": nos recuerda su ascendencia judía, que ya sus apellidos (los dos) nos habían hecho sospechar.
He aquí también, me temo, el por qué íntimo de este libro nihilista, bautizado solemnemente con el "Imprimatur" de Su Eminencia Miguel Darío Cardenal Miranda y Gómez y apadrinado por el Prepósito Provincial de la Provincia de México de la Compañía de Jesús, P. Enrique Gutiérrez Martín del Campo, S.J. Algunas veces los apellidos y las facciones de la cara, como signos sensibles, pueden llevarnos a descubrir el profundo raigambre de las paradojas de la vida. En el caso presente, el jesuíta mexicano se ha colocado decididamente al lado de Karl Marx, otro hebreo, tal vez ya correligionario del enfant terrible de los jesuítas mexicanos.
"La crítica de Marx a la economía política y a la filosofía occidentales no es para este libro (es decir, para Miranda y de la Parra) un mero ejemplo"; es más que un ejemplo; es la inspiración divina, la verdad revelada por el profético trabajo de Marx.
Ya en plena entrega, en abierta confesión de su rabínico pensamiento, el jesuíta condena y solemnemente retracta su afirmación, hecha en un libro anterior suyo, según la cual "la mentalidad dialéctica es incompatible con una auténtica moral". Todo lo contrario, dice ahora el reflexivo jesuíta: "el agudo sentido moral hace que el pensamiento sea dialéctico y no puede resignarse a que la realidad presente esté sin contradicciones y, por tanto, permanezca para siempre como está". Esta es la purísima esencia del marxismo, la nueva religión de José Porfirio Miranda y de la Parra. Como si quisiera decirnos el rabínico jesuita: una moral universal e inmutable es absurda, es inadaptada e inadaptable al ser humano, en constante evolución. Por eso concluye con esta frase, que (él piensa) es lapidaria y que nosotros, ¡infelices tradicionalistas!, declaramos "intrínsecamente perversa": "solo la filosofía dialéctica es capaz de descubrir, en la realidad del pasado y presente, la exigencia infrenable de un mundo más humano".
¡Ah, pero las consecuencias de esta fe talmúdica, que Miranda y de la Parra hace totalmente suya, son terribles! Es la negación de un Dios trascendente, de un Dios Creador de todo el universo y de todos y cada vino de nosotros, de un Dios providente y justiciero. Es la negación de la dependencia esencial que todo ser humano tiene de su Creador. Es la negación de la ley eterna, de la ley natural, de toda ley positiva, que necesariamente debe apoyarse en Dios. Es la moral de circunstancias. Es el fin justifica los medios. Es el atropello de la dignidad de la persona humana. Es convertir a la humanidad en una manada de lobos carniceros.
Por eso José Porfirio Miranda y de la Parra concluye este párrafo con estas palabras impresionantes, dolorosamente trágicas, satánicamente atrevidas, que son una pública y formal APOSTASIA: "Marx no podía, evidentemente, relacionar esa exigencia con el dios pantocreador, que Occidente opresor adoraba y adora. HAGO MIO SU RECHAZO DE ESE IDOLO Y DE TODOS LOS IDOLOS".

LA APOSTASIA FORMAL DE 
JOSE PORFIRIO MIRANDA Y DE LA PARRA.

¿Qué piensa Su Eminencia Reverendísima, qué piensa el R.P. Prepósito Provincial de la Compañia de Jesús en México, qué piensan los sabios censores, que dieron su "nihil obstat" de esta frase blasfema, satánica, intolerable del infiltrado escritor de antecedentes kabalísticos?
Si, a juicio de tan elevadas personalidades, esa frase infernal no se opone a la doctrina católica, si, a su juicio, está dentro del dogma la negación diabólica de un Dios Creador de todo el Universo, creo que la apostasía de José Porfirio Miranda y de la Parra es la apostasía de ellos también. Y contra esa blasfemia y esa negación, yo levanto mi humilde voz para alabar y bendecir el Santo Nombre de Dios; yo desde lo íntimo de mi ser reconozco el absoluto dominio que Dios tiene sobre mí y sobre todas mis cosas, como mi Creador, mi Señor y mi Dueño. Yo uno mi plegaria al "benedicite" de la creación entera y con Cristo, por Cristo y en Cristo, me someto incondicionalmente a la Voluntad Santísima de ese Dios amoroso y justiciero. Y lanzo el "anatema" de la Iglesia contra los que se atrevan a negar a ese Dios Creador de todo cuanto existe. ¿No es esto lo que meditamos y vivimos en la meditación maravillosa de San Ignacio DEL PRINCIPIO Y FUNDAMENTO? "El hombre ha sido creado, para alabar, reverenciar y servir a Dios Nuestro Señor".
La apostasía es la negación consciente y externa de la fe católica, recibida en el bautismo y acrecentada por los actos propios de esa virtud. La apostasía es una voluntaria separación de la religión de nuestros padres. Ese es el público pecado de José Porfirio Miranda y de la Parra, al escribir esa frase satánica en su apología de Carlos Marx. Si Occidente opresor tiene otros muchos pecados, al adorar a Dios, como a Creador de todo el Universo, no se aparta de la verdad, en eso, ni sus pecados pueden atribuirse al Dios que adora.

MARX NO ES UN PROFETA DE ISRAEL.

Según José Porfirio, cuya erudición en esta literatura de la subversión no podemos negar, Karl Marx había sido considerado por algunos autores cristianos —no precisamente católicos— como "un verdadero profeta de Israel", cuyo "mesianismo (materialista) y su pasión por la justicia provenían de la Biblia". Contra esta opinión el jesuíta se irrita, porque tal juicio la quita a Marx el mérito de la originalidad y porque "la semejanza con los profetas sirve para desvirtuar un mensaje".
Miranda y de la Parra quiere ir más lejos: quiere demostrarnos "el entronque de fondo" entre la Biblia y Marx. "No se trata de establecer académicamente paralelismos", entre los Libros Sagrados y Carlos Marx, sino, por una exégesis rigurosa y científica, excogitada por el nuevo y clarividente escriturista de la ínclita Compañía de la "nueva ola", que destruye en sus bases, gracias al genio mirandesco, esa así llamada "civilización cristiana", hacer ver a la luz bíblica y marxista que "Occidente y cristianismo" son totalmente antagónicos. En su euforia diabólica, el jesuíta apóstata exclama: aut, aut: o escogemos el Occidente y su civilización o preferimos el cristianismo. Pero, el Occidente y el cristianismo no son compatibles. Así lo declara el "manager" supremo, José Porfirio Miranda y de la Parra, que, con edificante modestia, coloca su estudio en el mismo nivel inaccesible de los Libros Sagrados y de Karl Marx.
Según nuestro jesuíta, esa que llamábamos "civilización cristiana, civilización occidental" no ha existido nunca; ha sido la barbarie hecha institución, hecha una parodia del verdadero cristianismo. El triunfalismo, la jurisprudencia de la Iglesia habían sepultado en un abismo de maldades la santidad inmaculada del auténtico mensaje de Cristo. Para estudiar a Marx hay que empezar por despojarnos de todos esos rancios prejuicios que ese cristianismo adulterado nos había dado. Así tendremos la aptitud intelectual para comprender después la Biblia, a la luz poderosa que nos brinda el mensaje marxista.
"No se trata de "trovar" (?) paralelismos... sino simplemente de entender la Biblia". Se sigue de esto, que ni la tradición, ni el Magisterio de la Iglesia, a cuyo cuidado dejó Dios su palabra revelada, han entendido la Biblia, ya que habían coexistido y se habían asociado con esa intolerable civilización occidental, definitivamente proscrita por Miranda y de la Parra, que, "desde un principio... para que no haya sobre el asunto la menor duda", se inscribe entre los que sostienen —escriturista esclarecido y vidente iluminado— que "Marx coincide, en gran medida, con la Biblia y que el negar esto es anticientífico, carece de objetividad". ¡Oh sabiduría y humildad incomparable de los aguerridos hijos del Padre Arrupe!

LA CIVILIZACION OCCIDENTAL 
SE CONCIENTIZA Y SE RELATIVIZA.

Viene después, en el libro de Miranda y de la Parra, otra afirmación categórica, de marcada expresión y contenido progresista y comunista, con la que el terrible jesuíta quiere impresionarnos: "Estamos en el momento en el que la civilización occidental toma conciencia de sí misma y, por lo tanto, se relativiza a sí misma; no en el relativismo de quien no logra discernir entre el bien y el mal, sino reconociendo el poder antihumano y profundamente destructor de vida, que le es ínsito a la cultura occidental".
Es el momento de la conversión: el cristianismo triunfalista, que vivía en espurio maridaje con la civilización occidental, reconoce "el poder antihumano y profundamente destructor de vida, que le es ínsito a la cultura occidental", toma conciencia de su culpabilidad y resuelve romper sus relaciones con el occidentalismo, para unirse en segundas nupcias, con el marxismo, en el que encuentra el auténtico mensaje de nuestra salud. Por eso se relativiza, para poder adquirir el movimiento uniformemente acelerado de la dialéctica del materialismo histórico.
"Tomar conciencia", "relativizarse": los dos son términos químicamente puros del progresismo en voga, del que nuestro irresponsable jesuíta no es precisamente el más destacado paladín. Pero, ¿qué significan estos términos en la mentalidad renovadora de los expertos conciliares del Vaticano II, al que Miranda y de la Parra con todos sus camaradas consideran "el nuevo Pentecostés", la "nueva primavera de la Iglesia", "el alumbramiento mesiánico de un nuevo mundo", de "una nueva humanidad", de "un nuevo hombre", de una "nueva, pacífica, igualitaria y justiciera civilización"?
"Tomar conciencia", por lo visto, significa caer en la cuenta, despertar de un sueño o de un letargo; empezar a comprender que tenemos propios e inalienables derechos, hasta aquí inicuamente conculcados, por las desviaciones del cristianismo triunfalista, injusto y ahora decadente. "Tomar conciencia" significa aceptar y defender, incluso con la violencia, el nuevo evangelio de la "justicia social", aunque sea sacrificando o mutilando el Evangelio de Cristo, interpretrado torcidamente por una Iglesia comprometida, al servicio incondicional de la opresión y del despojo. "Tomar conciencia" es declarar válidas y totalmente conformes con las enseñanzas de la Divina Revelación las ideologías marxista, leninista, troskista, maoísta, únicas normas que pueden garantizar la permanencia y el progreso de los pueblos subdesarrollados. "Tomar conciencia" es darnos cuenta de que la verdadera felicidad no está después de la vida, en la incógnita incomprensible y quimérica del más allá, sino en este mundo, en esta vida, ahora. "Tomar conciencia" es convencerme de la falsedad de ese engaño terrible de la Sagrada Escritura, que nos paraliza, cuando nos dice "que no tienen comparación los sufrimientos de esta vida presente, con la gloria futura, que nos ha sido revelada". "Tomar conciencia" es negar la predicación apostólica de San Pablo, compendiada en estas palabras: "Nosotros predicamos a Cristo, pero a Cristo crucificado". "Tomar conciencia" es negar el programa del mismo Jesucristo, que nos dice: "El que quiera venir en pos de mí, niegúese a sí mismo, tome su cruz y sígame". En fin, "tomar conciencia" es hacer una inversión completa de todos los valores de la vida, es cambiar nuestra religión en una nueva religión, la religión del hombre; la religión en la que Dios, si existe, ocupe un puesto dependiente del hombre.
Estamos, pues, ante el derrumbe total, no sólo del cristianismo, sino de toda religión. Si como dijo Lenin o Marx, la religión es el opio del pueblo, el mensaje de los nuevos redentores exige y presupone, como condición absolutamente indispensable, la desmitificación, la desacralización, la humanización, la secularización del antiguo cristianismo ya anticuado, para el establecimiento de la religión de la fraternidad universal, del sincretismo, de la moral de circunstancias, de la liturgia de la asamblea y de la obediencia del diálogo. ¡Eso significa "tomar conciencia"!
Pero al tomar conciencia, la nueva Iglesia, ya divorciada de ese cristianismo constantiniano, dice José Porfirio, "se relativiza" a sí misma, es decir, digo yo, pierde "su inmovilismo"; se hace circunstancial, flexible, variable, acomodaticia, gelatinosa. "No en el relativismo, dice Miranda y de la Parra, de quien no logra discernir el bien del mal", sino en el relativismo —explico yo— del que pone el bien absoluto en el triunfo del partido, en el triunfo de la Iglesia del postconcilio, en el triunfo del progresismo, del comunismo, del marxismo, del leninismo, del troskismo o del maoísmo, sobre las viejas, anquilosadas y tiránicas estructuras de la Iglesia preconciliar, que no logró discernir entre el bien y el mal, sino que incomprensiblemente aceptó "el poder antihumano y profundamente destructor de vida, que le es ínsito a la cultura occidental".
En otras palabras, el actual y más auténtico cristianismo, al tomar conciencia, al divorciarse de ese cristianismo traidor, se ha relativizado, porque se ha dado cuenta que la verdadera distinción entre el bien y el mal no es intrínseca, sino relativa. Es bien todo lo que favorezca al hombre, en sus ambiciones y apetitos; y es mal todo lo que le contradiga. No hay una norma trascendente, que deba regular las acciones humanas.
Esto, José Porfirio, es monstruoso, sobre toda ponderación y encarecimiento. Esto es no solamente herético, sino la apostasía completa, el rompimiento total del hombre con Dios. Cristo y su Evangelio no son más que unos instrumentos de trabajo, en esta obra de encumbramiento del hombre sobre Dios.
Eminencia Reverendísima, ¿exagero? Padres de la ínclita, ¿estoy equivocado? ¿Cómo fue entonces posible ese truco nefando que da el "nihil obstat", el "Imprimí potest" y el "Imprimatur" a la más descarada apostasía?