Vistas de página en total

domingo, 11 de diciembre de 2011

De los que sanó San Vicente de calentura

Una mujer había estado mucho tiempo enferma de calenturas, y entendidos los muchos milagros que en el sepulcro del Santo se hacían, se fue allá y se estuvo allí un rato, pidiéndole remedio para su trabajo; y de allí se fue sana.
Otra mujer llevó tres viernes arreo al mesmo sepulcro un hijo suyo de once años, y cuando más iba, peores eran las calenturas que tenia; hasta que al tercero viernes, estando encima del sepulcro fue libre de ellas totalmente pocos días antes que se hiciese en Vannes la inquisición sobre los milagros del Santo, en el año 1453.
Juan Bolorec tuvo calentura cuotidiana casi nueve meses continuos, y después de probadas (sin alcanzar el efecto que pretendía) muchas medicinas, ofreció a San Vicente cierta moneda por todos los años que viviese. Y hecho este voto, se halló sano. Pasados tres días fue a visitar el sepulcro, y allí le tomó calentura. Visto esto, acostóse encima del sepulcro una hora, como quien peleaba con la calentura, y al cabo le dejó libre del todo, en el año 1451, o cerca de él.
Martín Güenvego, del obispado de Vannes, bachiller en leyes, estuvo un año enfermo de calentura cuartana, sin que le bastasen para echarla de sí todos los remedios humanos que buscó; en fin, se encomendó a San Vicente y le prometió una imagen de cera. Hecho el voto, se puso encima del sepulcro y estuvo allí media hora con la cuartana; mas después se levantó sano y alegre. Cerca del año 1449. Otros ejemplos pudiera traer del proceso, pero voy cortando, y por eso los dejo.

ACERCA DE LA IDENTIDAD DE LOS CUERPOS DEL APÓSTOL SANTIAGO EL MAYOR Y LOS DE SUS DISCÍPULOS SAN ATANASIO Y SAN TEODORO

León XIII

Letra apostólica en la cual se confirma la declaración dictada por el Cardenal Arzobispo de Compostela

De Noviembre de 1884

Siervo de los Siervos de Dios Para Perpetua Memoria.
Dios Omnipotente, admirable en sus Santos, ha querido en su providente sabiduría, que, mientras sus almas gozan en el cielo eterna ventura, sus cuerpos confiados á la tierra reciban por parte de los hombres singulares y religiosos honores.
Así Dios manifiesta admirablemente en ellos su providencia y misericordia, porque, al permitir que se realicen por esos cuerpos muchos prodigios divinos, provee á nuestro bien y á la gloria de los Santos en la tierra. Y en efecto, siempre que visitamos las reliquias de los bienaventurados habitantes del cielo, recordamos la maravillosa y esplendente serie de virtudes de que dieron ejemplo durante su vida, estimulándonos vivamente á imitarlas. Porque son los cuerpos de los Santos, en testimonio de San Juan Damasceno, otras tantas fuentes perennes en la Iglesia, de las que manan, como de salutíferos arroyos, los dones celestiales, los beneficios y aquellas gracias de que más necesitados estamos. Por lo cual no es de admirar que los cuerpos de muchos Santos que se hallaban como perdidos en las tinieblas del olvido, hayan sido devueltos á la luz precisamente en estos tiempos en que la Iglesia se ve agitada por encrespadas olas y en que los cristianos necesitan recibir más vivos alientos para la virtud. Así, en el transcurso de este nuestro siglo, en que el poder de las tinieblas ha declarado encarnizada guerra al Señor y á su Cristo, se han descubierto felizmente, por permisión divina, los sagrados restos de San Francisco de Asís, de Santa Clara la Virgen Legisladora, de San Ambrosio Pontífice y Doctor, de los mártires Gervasio y Protasio, y de los Apóstoles Felipe y Santiago. Y á este número deben añadirse el del Apóstol Santiago el Mayor y sus discípulos Atanasio y Teodoro, cuyos cuerpos se han vuelto á encontrar en la catedral de la ciudad Compostelana.
Constante y universal tradición que data de los tiempos apostólicos, confirmada por letras públicas de nuestros predecesores, refiere que el cuerpo de Santiago, después de que el Apóstol hubo sufrido el martirio por orden del rey Herodes, fue clandestinamente arrebatado por sus dos discípulos Atanasio y Teodoro. Los cuales, por el vivo temor de que las reliquias del santo Apóstol fueran destruidas en el caso de que los judíos se apoderaran de su cuerpo, embarcándole en un buque, le sacaron de Judea y alcanzaron tras feliz travesía las costas de España, y las bordearon hasta llegar á las de Galicia, donde Santiago, después de la Ascensión de Jesucristo á los cielos, según también antigua y piadosa tradición, estuvo desempeñando por disposición divina el ministerio del apostolado. Llegaron á la ciudad española llamada Iria Flavia, se fijaron en un predio, y abierta en la roca una cripta al modo de los romanos, depositaron en ella los restos mortales del Apóstol que llevaban consigo, edificando sobre ella una capilla pequeña. Y cuando Atanasio y Teodoro hubieron terminado el curso de su existencia pagando el tributo á la naturaleza, los cristianos de la comarca, movidos por la veneración que hacia ellos sentían y por el deseo de no separarles, después de su muerte, del cuerpo que santamente habían conservado durante su vida, depositaron á los dos en la misma tumba á la derecha el uno y á la izquierda el otra del Apóstol. Mas como poco después fueran los cristianos perseguidos y martirizados por donde quiera que se extendía la dominación de los Emperadores Romanos, el hipogeo sagrado quedó oculto por algún tiempo hasta que, restablecida la tranquilidad, difundióse la noticia de la traslación del cuerpo de Santiago entre los españoles, que sentían por él singular veneración, y las muchedumbres empezaron á visitar su tumba con un ardor y una piedad que acaso no desmerecían de aquellas que impelían á los fieles, en Roma y otros puntos, al sepulcro de los Príncipes de los Apóstoles y á las tumbas de los santos mártires.
Seguía en tanto el curso de los tiempos, y los bárbaros primero los árabes después, bajo el imperio de Muza, invadieron la España y asolaron principalmente, con frecuentes excursiones, las marcas costeras, de modo que el sepulcro sagrado quedó sepultado bajo las ruinas de la capilla, permaneciendo oculto por largos años.
Mas el tiempo no había borrado de la memoria de los españoles el recuerdo de la santa reliquia. Una tradición constante refiere que en los principios del siglo IX, reinando Alfonso llamado el Casto y siendo Teodomiro obispo de Iria Flavia, apareció una brillantísima estrella, que se mostraba como enclavada en el cielo encima de la cripta que guardaba las reliquias de Santiago y sus dos discípulos, indicando por sus fulgurantes rayos, aquel lugar en que los restos sagrados estaban sepultados. Jubiloso el obispo Teodomiro por semejante augurio, ordenó que se dirigieran á Dios, autor de él, fervorosas oraciones; y haciendo después remover y apartar las ruinas de la capilla é insistiendo en sus pesquisas, logró llegar al sitio donde, como en un sepulcro de familia, yacían, en distintos nichos, los cuerpos de los tres santos. Y con el fin, entonces, de que aquel lugar santificado por la religión quedara humanamente mejor resguardado, cercóle de una muralla, á la vez que resguardaba también el sagrado tesoro con sólidas edificaciones subterráneas.
Llegadas estas nuevas á oídos del rey Alfonso, apresuróse á ir á venerar el sagrado sepulcro del Apóstol, mandó reedificar la antigua capilla con nueva forma, y dispuso que el suelo, en una extensión de tres millas, se destinara perpetuamente á la conservación del templo, en tanto que, como recuerdo de la aparición de la estrella fulgurante, la población más próxima á la cripta, tomaba el nombre, más adecuado y de auspicios mejores, de Compostela.
Numerosos milagros, además de aquel signo celeste, dieron brillo á la tumba del Apóstol, de forma que, no solo de los pueblos vecinos, sino de los más apartados lugares, acudieron las muchedumbres á orar cerca de los sagrados restos. Por lo cual el rey Alfonso III, siguiendo el ejemplo de su predecesor, emprendió la edificación de una iglesia más vasta, que sin embargo dejaba intacto el antiguo sepulcro, y después de que rápidamente la hubo llevado á buen término, adornóla con todo el lujo de la realeza.
A fines del siglo X las salvajes hordas de los árabes invadieron de nuevo á España, destruyeron numerosas ciudades, y después de una horrible matanza en los habitantes, llevaron á todas partes el exterminio por el hierro y el fuego. El emir Almanzor, de infausta memoria, que sabía cuán grande era el culto en el sepulcro de Santiago, concibió el proyecto de concluir con él, figurándose que, si lo lograba, quedaría por tierra el fortísimo baluarte de España, aquel en que España tenía puestas todas sus esperanzas. Ordenó, por tanto, á los jefes de sus hordas que marcharan directamente sobre Compostela, que atacaran la ciudad y entregaran á las llamas el templo y todo lo que pertenecía al culto; pero Dios contuvo el incendio devorador en los mismos umbrales del presbiterio é hirió á Almanzor y á sus tropas con amargas calamidades que les obligaron á alejarse de Compostela, pereciendo casi todos, incluso Almanzor, de muerte inesperada.
Quedaron, pues, alrededor del hipogeo las cenizas esparcidas, recuerdo de la ferocidad del enemigo, testimonio de la protección del cielo, y cuando España se vió libre de esos males, el obispo de Compostela Diego Pelaez hizo surgir la tierra, sobre las mismas ruinas del antiguo templo, otro aún mayor, cuyo esplendor y majestad acrecentó el sucesor de Diego Pelaez, Diego Gelmírez, recibiendo el título y honores de basílica. Pero el cuidado principal de aquel prelado fue el de reconocer la autenticidad de las reliquias que le habían sido trasmitidas y hacer inaccesible el sepulcro, levantando un nuevo muro. En aquella ocasión el obispo Gelmírez envió una partícula de los restos sagrados, acompañada de una carta, á San Atton, obispo de Pistoya; partícula arrancada de la cabeza, como se ha probado en una información reciente, que la titula apófisis mastoidea y aún lleva huellas de sangre, porque fue herida por la espada al separarse la cabeza del cuerpo. Y esa reliquia venerable, y que han hecho célebre los milagros obrados por ella y el culto tradicional que la han consagrado los de Pistoya, es hoy todavía objeto de especialísima veneración en aquella iglesia.
Entre tanto, la fama del santuario español se había difundido por doquiera, ó innumerables muchedumbres de peregrinos acudían á él de todas las partes del mundo, siendo tal la afluencia.,que era comparada en justicia á la que atraían los Santos Lugares de Palestina y las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo. Por lo cual los Pontífices Romanos nuestros predecesores reservaron á la Santa Sede la dispensa del voto de peregrinación á Compostela.
Mas no había aún trascurrido el siglo XVI cuando se suscitó una borrasca terrible y espantosa, que si bien se dejó sentir sobre toda España, amenazó aún más gravemente la sagrada tumba del Apóstol. Declarada la guerra entre españoles é ingleses, estos últimos, que habían abandonado la fe católica para abrazar la herejía, formaron el plan de saquear y demoler las iglesias católicas, profanando y destruyendo cuanto pertenecía al culto.
Desembarcaron un ejército en la provincia de Galicia, cercana al mar, derribaron las iglesias, entregaron á las llamas, con el furor de la herejía, las imágenes de los santos, las reliquias y los objetos más venerandos, dirigiéndose en seguida sobre Compostela para concluir con lo que llamaban perniciosa superstición.
Hallábase en aquella sazón al frente de la iglesia de Compostela el piadoso arzobispo Juan de San Clemente, quien consultó, con los canónigos los medios de poner en seguro las reliquias de los Santos, encargándose él mismo de aquel cuidado por lo que concernía á los restos de Santiago. Mas como el enemigo se hallaba ya á las puertas de la ciudad, enterró opere tumultuario y secretamente los tres cuerpos, tomando, sin embargo, la precaución de construir la nueva tumba con los materiales de las antiguas que se habían hecho conforme á la usanza romana, á fin de que quedaran á la posteridad algunos testimonios de la autenticidad de las reliquias.
Depuestas las armas, terminados los peligros de la guerra, los habitantes de Compostela y los peregrinos que con frecuencia acudían á aquellos lugares, tuvieron la persuasión de que las santas reliquias se encontraban todavía en el mismo lugar en que primitivamente fueron depositadas, opinión acreditada desde aquella época; de suerte que en nuestros días los fieles creían que las santas reliquias se conservaban en el ábside de la capilla principal, y se acercaban á aquel punto para venerarlas, mientras el clero de la basílica cantaba en él una antífona en las claustrales dominicales.
Tal era el estado de cosas, cuando nuestro venerable hermano el cardenal de la S. I. R. Payá y Rico, arzobispo actual de Compostela, emprendió, algunos años ha, la restauración de la basílica, y decidió lo que desde tiempos atrás se había propuesto: buscar el punto en que se encontraban las reliquias de Santiago y de sus discípulos Atanasio y Teodoro. Para la cual importante empresa escogió á hombres constituidos en dignidad eclesiástica y de consumada competencia, á quienes encargó la dirección de las obras. Mas el éxito trajo un desengaño á la esperanza de todos, porque se exploraron todo el hipogeo y los subterráneos, que existen aún próximos al altar mayor, sin encontrar nada; hasta que por fin en el punto en que el clero y el pueblo acostumbraban á orar con más fervor es decir, en el centro del ábside, detrás del altar mayor y delante de otro altar, los trabajadores levantaron las losas y después de ahondar dos codos, descubrieron una tumba cuya cubierta estaba adornada con una cruz, notándose que la tumba se había construído con piedras y ladrillos cogidos de la cripta y de los antiguos sepulcros.
Levantada entonces la cubierta en presencia de testigos, se encontraron tres esqueletos del sexo masculino. Nuestro Venerable hermano el cardenal arzobispo de Compostela, siguiendo las prescripciones del Concilio de Trento, después de haber oído la opinión de hombres doctos y piadosos y de peritísimos arqueólogos, empezó la formación de un expediente para decidir si debía tenerse por seguro que las reliquias que se habían hallado eran los cuerpos de Santiago el Mayor y de sus discípulos Atanasio y Teodoro, resolviendo afirmativamente la cuestión, después de haberlo examinado todo con grande sagacidad y según las reglas de la disciplina eclesiástica. Por fin, el mismo arzobispo nos envió todos los documentos del expediente y la sentencia que había dictado, y Nos pidió con instancia que confirmáramos aquella sentencia con la suprema de Nuestra autoridad Apostólica.
Nos acogimos la súplica con benevolencia; y bien persuadidos de que la tumba venerable de Santiago el Mayor, puede muy justamente ser colocada en el número do los santuarios y puntos de peregrinación, más célebres del mundo entero; que ha sido enriquecida con tesoros y privilegios por Constituciones emanadas de nuestros predecesores Pascual II, Calixto II, Eugenio III, Anastasio IV y Alejandro III. Nos hemos querido que asunto de tal magnitud se examinara con el cuidado que la Santa Sede pone en ocasiones análogas. Para lo cual Nos designamos á algunos cardenales de la Santa Iglesia Romana pertenecientes á la Sagrada Congregación de Ritos, á saber: Domingo Bartolini, prefecto de la misma Congregación, Rafael Mónaco de Lavaleta, Miecislao Ledochowski, Luís Serafini, Lucido María Parocchi, Angel Bianchi y Tomás Zigliara, uniéndoles algunos prelados consultores de la misma Sagrada Congregación, nuestros queridos hijos Vicente Nussi, protonotario apostólico, Lorenzo Salvati, secretario, Agustín Caprara, cuestor de honoribus coelestium, y Luís Lauri, asesor, encargándoles el examen del asunto.
Esta Comisión, después de haberse reunido el 20 de Mayo último en nuestro palacio del Vaticano, sometiendo todos los hechos á severísimo examen, respondió: dilata et ad mentem, con el intento de someter á discusión más detenida y madura algunas consideraciones de grande importancia.
Mas con objeto de obtener una solución rápida, Nos ordenamos á nuestro querido hijo Agustín Caprara, promotor de la Santa Fé, que pasase á Compostela, y examinándolo todo allí minuciosamente hiciera las investigaciones necesarias y redactara su dictamen. Oyó á teólogos, previo juramento; esclareció algunas contradicciones que parecían encontrarse en sus testimonios; pidió la opinión de expertos arqueólogos, historiadores y anatomistas de Madrid y Compostela; registró los restos del antiguo sepulcro y los comparó con los materiales que forman el que contiene las reliquias; estudió también el punto situado bajo el ábside en que las reliquias se encontraron, y por fin, después de haber consultado á médicos de experiencia respecto de todas las partes de las sagradas osamentas, volvió á Roma y completó la obra emprendida redactando un dictamen detallado y exactísimo.
Así, desvanecidas las dudas que habían existido, y como apareciera la luz de la verdad más claramente, reunióse de nuevo la Comisión en el Vaticano el 17 de Julio de este año, para resolver la cuestión propuesta, á saber: «La sentencia dictada por el cardenal arzobispo de Compostela sobre la identidad de las reliquias encontradas en el centro del ábside de la capilla principal de su basílica metropolitana, y que se han atribuido al Apóstol Santiago el Mayor y á sus discípulos Atanasio y Teodoro, ¿debe ser confirmada en el caso y para los efectos de que se trata?» Y nuestros queridos hijos los cardenales y los demás miembros de la Comisión, considerando que todos los hechos que se los habían presentado eran tan exactos y estaban tan bien demostrados que nadie podía ponerlos en duda, y que por tanto, existía sobre este asunto la certidumbre plena que los sagrados Cánones y las Constituciones de los Soberanos Pontífices nuestros predecesores exigen en asuntos de esta índole, formularon la siguiente respuesta: Affirmative, seu sententiam esse confirmandam.
Cuando, pues, ese resultado fué puesto en nuestro conocimiento por nuestro querido hijo el cardenal Domingo Bartolini, prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, Nos sentimos grande alegría y dimos gracias de lo íntimo del corazón á Dios Todopoderoso y Suma Sabiduría, por haberse dignado, en medio de la grande iniquidad de los tiempos, enriquecer á su iglesia con este nuevo tesoro. Por lo cual muy gustosos Nos hemos ratificado en todo y confirmado, la sentencia pronunciada por la Comisión especial de la Sagrada Congregación de Ritos. Además, Nos hemos ordenado que el 25 de Julio, fiesta del Apóstol Santiago, nuestro decreto confirmando la sentencia fuese publicado desde lo alto después de la lectura del Evangelio en la iglesia nacional de los españoles en Roma, dedicada á Nuestra Señora de Monserrat, en presencia de nuestro querido hijo el cardenal Domingo Bartolini,-prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, y de nuestros queridos hijos Lorenzo Salvati, secretario, Agustín Caprara, cuestor de honoribus coelestium, y de Luís Lauri, asesor, y Juan Ponzi para la fe del acta.
Y hoy, queriendo confirmar por un documento solemne de la autoridad apostólica y un nuevo acto de ratificación todo lo que quedó establecido por el precitado decreto, siguiendo el ejemplo de nuestros predecesores Benedicto XIII, Pío VII y Pío IX, que dictaron juicio sobre la entidad de los cuerpos sagrados de San Agustín, Pontífice y Doctor, de San Francisco de Asis, de San Ambrosio, Pontífice y Doctor y de los Santos mártires Gervasio y Protasio; Nos también, desaparecidas todas las dudas y terminadas todas las controversias, aprobamos y confirmamos de ciencia cierta y por nuestra iniciativa y en virtud de nuestra autoridad la sentencia de nuestro venerable hermano el cardenal arzobispo de Compostela sobre la identidad de los sagrados cuerpos del Apóstol Santiago el Mayor y de sus santos discípulos Atanasio y Teodoro, y decretamos que esta sentencia tenga perpetuamente fuerza y valor. Además, Nos queremos y ordenamos que á nadie lo sea permitido, bajo pena de excomunión latae sententiae y de la que Nos reservamos, del modo más firme, la absolución á Nos y á nuestros sucesores, separar, quitar ó trasladar las santas reliquias que han vuelto á ser depositadas en el antiguo receptáculo y que yacen bajo sello, así como tampoco ninguna de sus partículas. Y Nos intimamos y mandamos á todos nuestros venerables hermanos patriarcas, arzobispos y obispos, como á los demás prelados de la Iglesia, que publiquen de un modo solemne y en la forma que juzguen preferible, las presentes letras en sus provincias, diócesis y ciudades, á fin de que este fausto acontecimiento sea por donde quiera conocido y por todos los fieles celebrado con redoblada piedad, y para que de nuevo, y según la costumbre de nuestros antecesores, se emprendan peregrinaciones á aquel sepulcro sagrado.
Y á fin también de que Nos podamos obtener más eficazmente para la Santa Iglesia de Dios y para el mundo cristiano la protección del Apóstol Santiago y de sus discípulos, á todos los fieles de uno y otro sexo que en el día fijado por los Ordinarios de cada localidad, con sentimientos de verdadero arrepentimiento, confiesen y comulguen, pidiendo á Dios con fervor en las iglesias dedicadas á Santiago Apóstol, ó en defecto de estas, en la iglesia que designare el Ordinario, implorando la intercesión de Santiago por las graves necesidades y exaltación de la Iglesia, por la extirpación de las herejías y de las sectas perversas, Nos concedemos misericordiosamente en el Señor, al tenor de las presentes, indulgencia plenaria y remisión de todos sus pecados, con la facultad de aplicar la indulgencia ganada, por vía de sufragio, á las almas detenidas en el Purgatorio.
Y como la nobilísima nación española, por la maravillosa asistencia de Santiago, ha conservado la integridad y la inviolabidad, de su fe católica, á fin de que el Dios de misericordia se digne concederle la gracia de fortalecerse, en medio de este diluvio de errores, por la intercesión y mediación de su patrono celestial, en la santidad de la religión de sus padres y en el fervor de su piedad, Nos concedemos que el amplio privilegio que posee de nuestro predecesor Alejandro III, es decir, la facultad de ganar un jubileo plenario el año en que la fiesta de Santiago fijada el 25 de Julio, caiga en domingo, le sea concedido también para el año próximo, en el que el día 25 de Julio se han de celebrar las fiestas solemnes de la invención y elevación del cuerpo del Santo Apóstol, observando el mismo método y gozando de los mismos privilegios contenidos en la Constitución del mismo Soberano Pontífice con fecha XXV de Julio de MCLXXIX.
Nos queremos que estas letras y cuanto en ellas se contiene no pueda en tiempo alguno ser atacado ó tachado por vicio, sea de subrepción, ó de obrepción, sea de nulidad ó de invalidez, sea de intención de nuestra parte, sino que para siempre y perpetuamente tengan y conserven validez y eficacia, obteniendo pleno, efecto y siendo consideradas de ese modo por todos, de cualesquiera grado, orden, preeminencia, y dignidad que sean. Nos prescribimos también que toda copia de las presentes, aun impresa, pero que esté autorizada por mano de notario público con sello de persona constituída en dignidad eclesiástica, tenga la misma autoridad que las presentes si fueren exhibidas ó presentadas.
Que á nadie, por tanto, sea permitido resistir ó contradecir por un acto de audacia temeraria estas páginas revestidas de nuestra aprobación, ratificación, reserva, concesión y voluntad, y si alguno osare hacerse culpable de semejante atentado, sepa que incurre en la indignación de Dios y de los bienaventurados Pedro y Pablo sus Apóstoles.
Dado en Roma, cerca de San Pedro, el año 1884 de la encarnación del Señor en las calendas de Noviembre, el año sétimo de nuestro pontificado. 
León XIII

sábado, 10 de diciembre de 2011

Acudamos al Tepeyac


En el primera publicación de la Cruzada Guadalupana decíamos que era necesario que nos uniéramos para que con un esfuerzo supremo de oración concertada tomáramos por asalto el Corazón de Nuestro Señor, tan justa y hondamente lastimado por nuestras infidelidades. Comprendíamos que nuestras oraciones solas no bastarían para conseguir lo que pretendíamos, especialmente porque sabíamos que para eso nos había dado, como a ninguna otra nación lo había hecho, a su Santísima Madre, Nuestra Señora de Guadalupe, por medianera y abogada. A Ella nos unimos entonces, y habiendo puesto nuestra súplica a sus pies, solo de Ella esperábamos conseguir lo que a nuestras oraciones tan justamente podría negar Nuestro Señor.

Eficacia de la oración.
Tiene la oración concertada dos motivos para inspirar confianza en que se conseguirá lo que en ella se pide. Hay en primer lugar la promesa de Nuestro Señor de estar en medio de dos o tres que en su nombre se reúnan. Hay en la Sagrada Escritura mil variantes de la promesa "pedid y recibiréis." En la Cruzada procuramos unir, no a dos o tres solamente, sino a muchas almas que ruegan a Dios por la restauración del reinado de Jesucristo en nuestra patria. Eso supone que cada miembro de la Cruzada Guadalupana cumple con su promesa y su deber.
En los asuntos que conciernen a nuestra patria siempre hay otro motivo con una fuerza cuyo igual no se encuentra en otras naciones. Nos referimos a la Providencia especial contenida en las promesas hechas por la Santísima Virgen en el Tepeyac. En la segunda de sus cuatro gloriosas apariciones aseguraba al indio Juan Diego que si bien era cierto que tenía muchos sirvientes y criados que harían lo que Ella les ordenase, sin embargo, no quería valerse de otros sino de él. Imposible parecía la empresa, como lo parecería hoy, si hoy se dignara dar una orden como la que le dió a Juan Diego. Precisamente porque no era de esperar que consiguiera por vías ordinarias lo que le mandaba se lo encomendaba a él, para que él y todos comprendiéramos que Ella era quien conseguía con suma facilidad hasta lo que al parecer era imposible. Se trataba entonces ni más ni menos que del establecimiento del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo en México, como ahora se trata de la restauración de ese mismo reinado, parcialmente ocupado por fuerzas enemigas por culpa nuestra. Desproporcionadas son nuestras fuerzas para tamaña empresa, pero ahora también, de nosotros y no de otros instrumentos se quiere valer Nuestra Señora para que Cristo reine en nuestra patria.

Más palabras de aliento.
En la cuarta aparición dijo Nuestra Señora a Juan Diego lo siguiente: "¿No estoy Yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás debajo de mi sombra y amparo? ¿No soy yo vida y salud ? ¿ No estás en mi regazo y corres por mi cuenta?" Siempre hemos creído que estas palabras las dijo Nuestra Señora no solamente a Juan Diego, sino también a todos aquéllos que de él aprenderíamos a venerarla en el Tepeyac. Por esto en nuestras calamidades nacionales nuestros antepasados siempre acudieron a Ella, y nunca en vano. Ahora que en ningún horizonte vemos la menor indicación que nos mueva a esperar remedio humano para todos nuestros males, confesémoslo y comprendamos que a Ella es a quien debemos acudir. No ha retirado su protección aún. Motivos solidísimos tenemos para convencernos que nunca la retirará. No es, ésta, pues, la ocasión para declarar ante la faz del mundo que de Ella esperamos lo que nuestra apatía y descuido imperdonables han puesto fuera del alcance de nuestras fuerzas?

Para el mayor de nuestros males.
A pesar de lo grandes que son los males que la revolución social ha implantado en nuestra patria, de lo mucho que ha aumentado la inmoralidad, a consecuencia de ésta misma guerra, de lo desastroso que es el estado en que se encuentran las industrias: mayor que todos esos males es la revolución en las ideas que ha resultado de la prolongada campaña irreligiosa y atea. Los otros males en una generación podremos remediarlos; pero el resultado de las perversas ideas que prevalecen en tantos de nuestros compatriotas dejarán huellas entre nosotros que no se borrarán quizás por generaciones. Nos asegura Nuestra Señora que es vida y salud nuestra, las dos cosas que en México necesitamos, vida, vida, para los millares que con sus malas costumbres la han perdido para el alma. Salud, para los millares, quizáis millones que la han perdido casi sin sentir en el ambiente mal sano en que han vivido. Esa salud y esa vida de Ella deben venirnos.

Unámonos.
¡Ah! Si siquiera este mes consiguiéramos que los Cruzados en primer lugar, y en segundo los demás, hasta quienes su influjo llega, y finalmente si toda la nación sana o saneable juntos reconociéramos que pecamos, que nos apartamos de la fuente de gracias; si todos juntos hiciéramos esa confesión, pero de corazón, en este día doce, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe; si toda la nación sinceramente se arrojara a los pies de la Virgen, nuestra Madre de Guadalupe y pidiera piedad y misericordia, paz y libertad, el perdón de Dios y la gracia para comenzar una nueva vida: ¿No lo conseguiríamos? Entonces sí, pues "corremos de su cuenta," entonces podríamos esperar con calma y certeza que nuestras oraciones serian escuchadas y nuestras súplicas concedidas. Convenzámonos todos que ese es el único modo en que podremos conseguir remedio de Dios. Nuestros males no tienen remedio humano.

¡Oh Madre! ¡Madre nuestra de Guadalupe! ¡Oyenos! ¡Toca los corazones de nuestros compatriotas! Hazlos que piensen con seriedad, convéncelos que el único remedio es el que de Tí nos venga y luego a Tu modo haz que todos, todos, todos acudamos a Ti en el aniversario de Tu gloriosa aparición.

LOS QUE TRABAJAN PARA EL ANTICRISTO

Por Monseñor José F. Urbina Aznar

     ¿Quién está edificando a la Iglesia remanente?, porque es evidente que no es Cristo. Cuando El entrega el gobierno de Su Iglesia a Pedro, le dice con claridad "...y sobre esta piedra yo edificaré mi Iglesia". Fuera, ¿quién construye?, es evidente que Satanás, que se viste de ángel de luz. Quieren construirla grupos que quieren poder para el manipuleo de gentes, o quienes quieren un poder autónomo particularista, o quienes hacen alarde de construirla con el fin de inhibir las fuerzas debilitadas del resto fiel, o ya sean quienes estos sean, todos estos tienen un común denominador: Satanás.
     La Doctrina católica nos enseña que así como en el cuerpo humano hay una cabeza que rige a todos los demás miembros -pues un cuerpo sin cabeza es un cuerpo muerto-, que influye en cada uno de ellos por las emanaciones que les envía; un corazón de donde la sangre parte y a donde vuelve para purificarse y tomar calor y para partir otra vez; y un espíritu que lo anima y vivifica y que le comunica el movimiento, la hermosura y el vigor, así mismo, en el cuerpo de la Iglesia hay una cabeza que es nuestro Señor Jesucristo. El cual rige a todos Sus miembros que influye en cada uno de ellos por medio de Su gracia; un corazón que es la santa Eucaristía, de donde el amor parte y a donde vuelve para purificarse, para tomar calor y para partir de nuevo, y finalmente, un alma, que es el Espíritu Santo -que no puede estar en un cuerpo muerto sin cabeza-, El cual diseminándose por todas partes en tan admirable cuerpo, le comunica Su hermosura, fuerza y la vida de la gracia divina en la Tierra y en la vida eterna. Por lo tanto se dice: Cristo es cabeza de la Iglesia. El es quien dirige a la Iglesia.
     FALSISIMO. Este es un gravísimo error. La Iglesia es también un cuerpo social, visible, que vive y se desarrolla en este mundo al que Cristo no gobierna por una constante inspiración divina. Esto es lo que dicen los tontos protestantes. Sólo imáginar a un Dios dando a cada hombre en lo particular inspiraciones para obrar o para creer o interpretar, es algo estúpido. Para el gobierno de Su Iglesia en este mundo, dejó a Pedro como la cabeza visible y a sus sucesores, y a los Apóstoles y a sus sucesores para colaborar con él en ese gobierno. A Pedro le concede, no la impecabilidad, pero sí la infalibilidad. Cristo es la Piedra angular, en lugar de la cual nadie puede ponerse. Pero Cristo mismo le da a Pedro Su propio nombre haciéndolo con El una sola piedra, y obligadamente, esto significaba la infalibilidad. Una cosa trae la otra. Una cosa, obliga a la otra. Y Dios lo hace, para que los hombres sean gobernados, y para que oigan la Voz de Dios en la de Pedro o sus sucesores. Si esto no fuera así, la Iglesia sería un pandemónium sujeto a las opiniones, caprichos y pasiones de todos los hombres. Los de la ignorancia ilustrada que salen por todas partes como los termes, tendrían su paraíso.
     Santo Tomás de Aquino, en su Comentario al Evangelio de San Mateo, v. 18 del Cap. 16, dice: "...esta piedra es Cristo, y por esta unión, todos son llamados cristianos POR LO CUAL NO NOS DECIMOS CRISTIANOS SOLO POR CRISTO, SINO POR LA PIEDRA".
     También el Papa Pío XII en su Encíclica MYSTICI CORPORIS, Núm. 35, enseña: "Cristo y Su vicario, constituyen una sola cabeza".
     En CONTROVERSIARUM DE SUMMO PONTIFICE, San Roberto Belarmino escribe: "Sólo con Pedro comunica Cristo SU NOMBRE, el nombre que lo significa a El mismo, para indicar que a Pedro, LO HACE FUNDAMENTO Y CABEZA DE LA IGLESIA, CON EL".
     Corrobora esta doctrina el Papa San León en su Ep. 89 ad Vienn. prov.: "Esto dijo Cristo, expresando una asociación de INDIVISIBLE UNIDAD, lo que El mismo quiso significar diciendo: Tu eres piedra...". Y en el sermón que pronunció para conmemorar el tercer aniversario de su elevación al Sumo Pontificado, dijo: "Así como mi Padre te reveló mi divinidad, así también yo te hago notar tu excelencia, porque tu eres Pedro -no hay que olvidar que este Apóstol se llamaba Simón y Cristo le cambia su nombre a Pedro-; esto es, de la misma manera que yo soy piedra, invulnerable, yo la piedra angular, QUE DE UNA Y OTRA HAGO UNA SOLA, yo el fundamento, en lugar del cual ninguno puede ponerse, con todo, TU TAMBIEN ERES PIEDRA y para que afirmado con mi virtud, las cosas que son propias de mi poder, sean también tuyas en participación conmigo".
     Y el Papa Bonifacio VIII en UNAM SANCTAM enseña: "La "Iglesia, pues, que es una y única, tiene un solo cuerpo, UNA SOLA CABEZA Y NO DOS COMO UN MONSTRUO, ES DECIR, CRISTO Y EL VICARIO DE CRISTO, PEDRO Y SU SUCESOR, pues que dice el Señor: apacienta a mis ovejas".
     No es posible decir que la Iglesia tiene dos cabezas: Cristo y el papa, o Pedro y su sucesor. El papa, quien quiera que sea, en el tiempo que sea constituye una sola cabeza con Pedro, el cual igualmente constituye una sola cabeza con Cristo, porque la cabeza de la Iglesia es UNA SOLA.
     La Iglesia está gobernada por Cristo y por el sucesor de Pedro que forman una sola cabeza. Constituyen así la misma piedra. Si como dice Santo Tomás de Aquino nos llamamos cristianos no solamente por Cristo, sino también por la piedra, y esta adhesión a la piedra significa también adhesión y amor a los Apóstoles y a sus sucesores unidos a Pedro porque así participan de la misma infalibilidad, ¿dónde encontrarán el apoyo a su doctrina los que quieren gobernar a la Iglesia sin el papa, ateniéndose sólo a las leyes escritas, a los libros, a las propias inspiraciones, a su voluntad, a su capricho o a su propia soberbia, esperando para elegir al papa supuestas circunstancias más favorables o inspiraciones y ayudas del Cielo, cuando la lógica más tonta dicta obrar con más premura y urgencia en las grandes crisis?. Oponerse a ser gobernado por el papa, es negarse a escuchar a Jesucristo, porque la Iglesia necesita de un MAGISTERIO VIVO inspirado por el Espíritu Santo. Es recurrir a motivos fútiles o vanos para dar lugar sin duda alguna a la propia dirección, al propio capricho o a la propia soberbia. Oponerse a la reconstrucción de la Iglesia que UNICAMENTE podrá darse sobre la roca de Pedro, es oponerse a Dios.
     Por otra parte, el Concilio de Constanza que condenó los errores de Juan Hus, en la sesión XV del 6 de julio de 1415, condenó también la siguiente afirmación: "No tiene una chispa de evidencia la necesidad de que haya una sola cabeza que rija a la Iglesia en lo espiritual, que halla de hallarse y conservarse siempre en la Iglesia militante". También condenó la siguiente afirmación: "Los apóstoles y los fieles sacerdotes del Señor, gobernaron valerosamente a la Iglesia en las cosas necesarias para la salvación antes de que fuera introducido el oficio de papa; y así lo harían si por caso sumamente posible, faltara el papa hasta el día del juicio". Quienes se niegan actualmente a la elección en este momento en el que la Sede de Pedro ha sido usurpada, ¿no son unos herejes que pueden condenar hipócritamente de palabra estás doctrinas, pero que de hecho las están siguiendo al pie de la letra?.
     Nos vienen a la memoria las palabras de San Pío X que tienen un valor perpetuo para todos los miembros de la Iglesia: "Nos, queremos que vuestra mayor preocupación consista -es cosa de capital importancia- en que en todos los proyectos que tracéis para la defensa de la Iglesia, OS ESFORCEIS POR REALIZAR LA UNION MAS PERFECTA DE CORAZONES Y VOLUNTADES... Bien comprenderéis que TENEIS EL DEBER de consagraros a la defensa de vuestra Fe con todas las energías de vuestra alma Y CON TODOS VUESTROS RECURSOS; pero tened presente esta advertencia: TODOS LOS ESFUERZOS Y TODOS LOS TRABAJOS RESULTARAN INUTILES, SI PRETENDEIS RECHAZAR LOS ASALTOS DEL ENEMIGO, MANTENIENDO DESUNIDAS VUESTRAS FILAS. Rechazad, por lo tanto, todos los gérmenes de desunión, si existen entre vosotros, y procurad que la unidad de pensamiento y la unidad de la acción -qué significa la unidad en el mando-, sean tan grandes como se requiere en hombres que pelean por una misma causa, máxime cuando esta causa es de aquellas cuyo triunfo EXIGE DE TODOS el generoso sacrificio, si es necesario, DE CUALQUIER PARECER PERSONAL. Es necesario totalmente, que déis grandes ejemplos de abnegada virtud, si queréis, en la medida de vuestras posibilidades, como es VUESTRA OBLIGACION, librar a la Religión de vuestros mayoresde los peligros en los que actualmente se encuentra".
     Igualmente, el Papa Benedicto XV en su Encíclica AD BEATISSIMI, escribió: "Ante todo, como quiera que en toda sociedad de hombres, sea cualquiera el motivo por el cual se han asociado, lo primero que se requiere para el éxito de la acción común, ES LA UNION Y CONCORDIA DE LOS ANIMOS, Nos preocuparemos resueltamente que cesen las disensiones y discordias que hay entre los católicos y que no nazcan otras en lo sucesivo, de tal manera que entre los católicos no haya más que UN SOLO SENTIR Y UN SOLO OBRAR".
     ¿Seremos culpables de impedir la unidad que requieren los papas en este momento de gran urgencia?. Pero esa unidad a la cual estamos gravemente obligados, puede requerir muchos requisitos como veremos después.
     ¿No podríamos ver la actual situación reflejada en aquellas palabras de Gregorio XIV en su Bula del 21 de marzo de 1591?: "...muchos por avidez o por miedo a perder dinero, tratan ilegalmente de impedir o atrazar elecciones y promociones, directa o indirectamente, por sí mismos o por otros medios".
     Creemos que hoy, muchos han sido ofuzcados o engañados por un falso espejismo; frases brillantes de prudencias humanas difundidas por nuestros enemigos, por la falacia de la ciencia mundana tratando de las cosas del espíritu; no previeron las amargas consecuencias de lo que hoy tenemos frente a los ojos y esta lamentable actitud les ha cambiado la doctrina de algún particular con la Doctrina católica a la cual renunciaban, infinitamente sabia y paterna para entregarse al arbitrio de una doctrina humana y mundanamente prudente, indudablemente pobre y mudable. Hablaron de triunfo, cuando eran arrastrados a la derrota; de lucha cuando eran maniatados y vencidos porque Dios no estaba con ellos; hablaron de progreso cuando retrocedían; de elevación cuando se degradaban; de guardar y conservar la ortodoxia, cuando la iban perdiendo o se las arrebataban, porque ¿cómo se puede conservar la ortodoxia si no está Pedro, y porque en sí misma, la negación a elegirlo es una herejía de las obras que expulsa de la Iglesia?; de madurez cuando eran deformados por pastores y a veces por laicos soberbios e infiltrados en el rebaño; de unidad cuando no la tenían ni con el más próximo ni la podían lograr porque entre ellos mismos se encargaron de destruir la buena voluntad de quienes se les acercaron o incluso los favorecieron; y no percibían la vanidad de todo ese esfuerzo puramente humano que sustituía la Ley de Cristo por algo que pudiera igualarla, y así, como dice San Pablo en Ro. 1, 21, "se entontecieron en sus razonamientos" .
     Satanás, si no puede impedir siempre el triunfo de los ejércitos de Dios, va a tratar indudablemente de que sean menores en todo lo posible. ¿Y quiénes van a ser sus aliados?, los mismos hombres. Ellos son llenos de pasiones los que destruyen los planes de Cristo.
Pero esta misma situación se dio también en las comunidades entre los fieles. Una profunda división entre ellos y hacia los pastores pulverizó la acción eficaz que debía distinguir a los miembros de la Iglesia de Cristo. Se actuó contra toda doctrina y contra toda lógica. El particularismo los hizo su presa. Ese mal contra el cual el Papa Pío XII se quejaba y advertía. El particularismo es la preferencia excesiva que se da al interés particular, sobre el general. También se llama individualismo. Lo puede haber en la acción y en la opinión. Es terriblemente destructivo. Está basado en la soberbia, aunque se presenta como interés, Como entrega o amor a la causa común. La Iglesia remanente fue invadida por este mal como un vaho maligno de arriba a abajo.
     Si alguien, siendo un buen violinista ingresa en una orquesta, pero no está dispuesto voluntariamente a ponerse a las órdenes del director, lo que va a suceder es que emita chirridos destemplados que paran el pelo, y todo el concierto se arruina.
     Igualmente, aunque se sea un buen administrador, si no se está dispuesto a ponerse a las órdenes de un gerente, la empresa fracasa. Lo mismo que si se es un buen soldado pero no se está dispuesto a seguir fielmente las órdenes de un general y esto voluntariamente, cualquier misión ha de fracasar. Lo mismo sucede con los marineros que antes que obedecer las órdenes del capitán, incitan al motín, lo critican por todo ni lo obedecen. Ese barco no llegará a un puerto seguro. ¿Puede haber una forma más efectiva de hacer fracasar cualquier empresa, aun si todos trabajan con las mejores intenciones pero de una manera particularista?.
     La Iglesia no es distinta. Siendo una organización de hombres, necesita de un dirigente general que es el papa, y necesita de otras cabezas unidas al papa a las cuales se van sumando y obedeciendo los estratos inferiores. Esta obediencia a la jerarquía eclesiástica, fiel, delicada amorosa incluye un elemento más que es más fuerte y más recio que en otras organizaciones humanas. No se obra por la ganancia personal, sino por amor a Dios a quien se quiere dar gloria. Se renuncia entonces a todo reconocimiento personal, porque es Dios mismo el que construye la casa y así, las glorias personales se entregan con amor al Dios a quien se sirve. Obrar con particularismo en los trabajos y en los esfuerzos por la Iglesia, es nada menos que destruir el templo de Dios. Es obrar por los propios intereses porque antes que poner a los pies de los Apóstoles -como hacían los primeros cristianos- todos los recursos a fin de unificar esfuerzos, se obra paralelamente al superior construyendo otra iglesia que no es de Dios, sino del Diablo. Esta actitud expulsa el deseo de Cristo que preseptuó la unidad para Su Iglesia y es ignorar los consejos papales sabios y urgentes. San Pablo decía que la Iglesia debe ser un cuerpo con un mismo espíritu, con un solo corazón, para que así haya un solo Señor.
     El particularismo más esforzado, le arranca a Dios la dirección de Su Iglesia que ejerce por Sus representantes. El particularista le entrega a Satanás una parte de la dirección de la Iglesia de Dios pues obra al margen de la unidad que debe recaer en el jefe y comienza a obedecer el capricho particular detrás del cual siempre está el Demonio. En la Iglesia, como en cualquier organización humana, todos los trabajos y los recursos deben estar unidos a una cabeza porque así, todas las potencias serán de más provecho. Porque tendrán un elemento contra el cual no puede ni el mismo Infierno: la unidad. Donde ha fallado esto, los éxitos se han alejado o han sido muy limitados. Donde se ha dicho: si no lo doy para lo que yo quiera, no lo he de dar, se ha tenido que saborear lo amargo del fracaso.
     Cuando vino la crisis espantosa de la Iglesia, muchos se entregaron a la tarea de "salvarla". Pero obraron independientemente, y así lo hicieron pastores, comunidades o laicos separados. El caos fue completo y mundial. Una chusma de salvadores de la Iglesia, sin control ni dirección corrieron desaforados al triunfo, pero iban al fracaso más espantoso. ¡El Cielo se ha puesto en oferta!, gritaron a una y en tropel escandaloso corrieron a la defensa de la Iglesia y se empujaron y se condenaron mutuamente y la muchedumbre desordenada, se abalanzó como se entra a un mercado. Y los resultados están a la vista: desunión entre los pastores, desunión entre las comunidades, desunión entre los fieles y desunión entre esos fieles y sus pastores. Mezclados y bien ubicados entre todo este caldo heterogéneo, los criticones, los jueces de horca y cuchillo, los de la ignorancia ilustrada, los tibios o indiferentes y los marranos.
     Estamos indudablémente ante la tribulación extrema que según anunció el Señor, no ha habido otra ni la habrá.
     La historia de la Iglesia de Cristo, es una página de esplendorosos triunfos, pero también de dolor, de esfuerzo, de sufrimiento, de sangre, de sudor, de lágrimas y de martirio. El pueblo todo se entregaba a las más grandes privaciones y sacrificios para hacer posible el triunfo y la perpetuidad de la Religión de Dios en este mundo. Fueron capaces de entregarlo todo y no pocas veces también entregaron la vida. ¡Cuántos millones de mártires ignorados han pasado pero que en la Patria de Dios brillan refulgentes con una gloria inmarcesible que ya nadie les puede arrancar!. El pueblo todo, unido en un solo espíritu, hacia un solo propósito defendía al papa, a sus pastores y a Dios.
     Hoy las cosas han cambiado. El pueblo se hunde en el hedonismo -que considera que el placer es el fin de esta vida- y en la indiferencia. La crisis actual le queda grande al pueblo de nuestro tiempo, que solo tiene ojos para lo cómodo, para el lujo, para lo próspero, para el viaje, para el almacenamiento de bienes, para el figurado social, para la moda, para todo lo cual se impone grandes privaciones y sacrificios, pero nunca para la Iglesia de Dios, para lo cual se muestra eternamente remiso e indiferente. Esta es una batalla perdida indudablemente. La pierde un pueblo apóstata, tibio, que no es capaz de sacrificios, pero ni siquiera de esfuerzos que puedan arrancarle alguna comodidad.
     Avidos de pasiones, enfangados en sus pecados, no admiten corrección alguna sin ofenderse. Esta es una triste situación que está destruyendo a la Iglesia del resto fiel. Si todo esto durara más tiempo, "nadie se salvaría". Lo dijo Cristo. Pues la Iglesia puede obtener la ayuda de Dios, cuando la fe aumenta, cuando la penitencia se practica, y cuando la recepción de los Sacramentos es frecuente. Una comunidad que ora, que hace penitencia, que se acerca a la gracia de los Sacramentos, es una comunidad que prospera y que crece. Dios da el crecimiento. Cristo no hizo milagros allá donde, no encontró la fe en el pueblo. "Yo construyo mi casa" ha dicho el Señor. Y El así lo hará si encuentra en los hombres las disposiciones adecuadas. Entonces, puede decirse con toda propiedad que quienes se mantienen lejos de esas prácticas, están socavando la estabilidad de la Iglesia y son responsables de la desgracia de sus prójimos. Porque la Iglesia es un cuerpo cuyas células influyen en la salud de las otras. No se piense que los pecados particulares no han de afectar a los demás.
     Es doloroso hablar sobre estas cosas y encontrarse con ojos desvaídos e indiferentes que miran al techo y que no se sienten aludidos sino agredidos. Obtienen un rico material así para criticar, para divertirse, para la sedición, para demostrar ante los tontos, que siempre encuentran los profundos conocimientos que tienen. El pueblo remanente ¿sería capaz de los mayores sacrificios para poner en el Trono de San Pedro a un verdadero papa cuando no son capaces de conmoverse cuando oyen que muchos de sus pastores a veces no tienen ni para su sustento?. Esta es una batalla perdida. La perdió un pueblo apóstata, hedonista, indiferente, arreligioso y enfangado en toda clase de crímenes y pecados. No la perdió Dios. Las armas poderosas que proporcionó fueron tiradas al basurero. El va a ganar la guerra y a cada uno le dará lo que se merece. Que no haya duda.
     Vuela mi pensamiento hacia el resto fiel del resto fiel. Esos que han sido apretados, arrinconados por algo que los ha rebasado. Los de la soledad, los de la incomprensión, los de la tribulación. Los que ven. Los de las lágrimas y los desvelos. Los que levantan sus ojos al Cielo para clamar: ¡Ven, Señor Jesús!

viernes, 9 de diciembre de 2011

Catecismo sobre la Misa (10)


CAPITULO VII
MISA DE LOS FIELES

PARTE TERCERA
Números 230-257

COMUNION


231 COMUNIÓN o BANQUETE del SACRIFICIO
Preparación
a) Preparación general (fórmulas en plural)
Plegaria a DIOS PADRE:
1.- "Padrenuestro"
Pedimos a Nuestro Padre el Pan Eucaristico
"Padre Nuestro que estás en los cielos... el pan nuestro de cada día, dánosle hoy".
2.- "Fracción del Pan"
Nuestro Padre parte el Pan para distribuirlo entre sus hijos: "Tomad y comed..."
"Señor, danos siempre este Pan". (San Juan VI, 34)
Plegaria a DIOS HIJO :
3.- "Agnus Dei"
Clamores de misericordia al Cordero de Dios inmolado y desmenuzado ya sobre el altar
"Y perdónanos nuestras deudas"
4.-Beso de Paz
Como testimonio de que pertenecemos a la misma Familia nos besamos:
"SALUDAOS CON EL OSCULO SANTO" (I Petr. V,14)

b) Preparación privada
(fórmulas en singular)
5.- "Señor mío Jesucristo... Hijo de Dios..."
los tres frutos de la Comunión
"Y no nos dejes caer en la tentación"
6.- "La Comunión de tu Cuerpo"
temores en el favor
"Mas líbranos del mal"

232. LA COMUNION, BANQUETE DEL SACRIFICIO.
Acabamos de realizar el Sacrificio: por medio de la Consagración que ha divinizado nuestras ofrendas de pan y de vino, hemos podido ofrecer a Dios una oblación, un don de valor infinito: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo que fueron ofrecidos sobre la Cruz. Cfr. nn. 5-14.
Realizado, pues, el Sacrificio, procede ahora celebrar el BANQUETE DEL SACRIFICIO: LA COMUNION.
¿No recordamos lo que se hacia en los sacrificios antiguos? v. n. 37: el cordero, la víctima ofrecida por una familia, después de ser inmolada por el sacerdote, se dividía en tres partes: todo él pertenecía ya a Dios, pero el Señor se contentaba con una de sus partes, con la primera que allí mismo, sobre el altar, consumida por el fuego, como «sacrificio de olor agradable», subía en espirales de humo hacia el cielo. Con las otras dos partes, la infinita amabilidad de Dios convidaba a los oferentes — al sacerdote y a los donantes —, los sentaba a su mesa y les hacía comer, participar, comulgar, de aquel manjar que era ya suyo, de Dios; y con este acto de «camaradería» — permítasenos la palabra, hoy algo rebajada, pero muy expresiva—, Dios manifestaba su agrado y complacencia en el sacrificio de aquel cordero.
También la gran familia humana ofrece a Dios, en el Sacrificio de la Misa, un cordero... ¡pero qué cordero! «el Cordero de Dios que quita y borra con su sangre todos los pecados del mundo», y cuya inmolación sangrienta sobre el ara de la Cruz, se reproduce ahora de modo incruento sobre nuestros altares... Dios, como no podía menos, quiere manifestar del modo más claro, palpable y emocionante sus divinas e infinitas complacencias sobre este Cordero que le ofrecemos — como que es SU PROPIO HIJO —; y nos invita al BANQUETE DEL SACRIFICIO, convidándonos, no ya como en los sacrificios antiguos, con un manjar que era de Dios, consagrado a Dios; sino con un manjar que es el mismo Dios, y todo entero y perfecto como está en el cielo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Eso es la COMUNION: EL BANQUETE DEL SACRIFICIO.
Colocada aquí, en su sitio, la Comunión, dentro de la Misa y teniendo como marco el Santo Sacrificio, ¡cuánta más luz recibe y cuánta mayor sublimidad inspira!: cfr. n. 44.

233. PREPARACION PARA LA COMUNION O BANQUETE DEL SACRIFICIO.
«Todas las plegarias que van del Pater noster al Domine, non sum dignum, forman lo que en los manuales de devoción se ha llamado: Preparación para la Comunión, Pero cuán diversa de muchas preparaciones, hechas a base de puntos de exclamación, de puntitos suspensivos, de interjecciones más o menos sentimentales y de pensamientos no siempre fuertes. Aquí el estilo es siempre el mismo: el romano, esto es, sobrio, incisivo, robusto con un contenido siempre substancioso y nutritivo. Cada proposición una verdad». Ser. di Franza: o. c., p. 97.

PREPARACION GENERAL (fórmulas en plural).
234. EL PADRE NUESTRO.
¿Cuál es la primera, oración que pone en nuestros labios la liturgia católica para prepararnos a la Comunión?
Es la «Oración del Señor», el PADRE NUESTRO, con su PROLOGO y su EPILOGO.
El PADRE NUESTRO, ya desde un principio fue considerado como la plegaria eucarística por excelencia, sobre todo en los primeros siglos de la Iglesia, allá en la infancia del Cristianismo, cuando la Eucaristía era verdaderamente «el pan nuestro de cada día» con que crecían y se robustecían en la fe y en las virtudes más heroicas aquellas doradas generaciones de mártires, de vírgenes, de confesores; esta oración era muchas veces la única que acompañaba el rito consecratorio, como que llegó a atribuírsele hasta cierto poder de consagración; los asistentes al Sacrificio la recitaban en voz alta o la cantaban juntamente con el celebrante, uso que todavía subsiste entre los griegos; en ella veían una especial eficacia contra los pecados veniales y la mejor purificación del alma que se acercaba a los divinos misterios; y, en fin, era tal la veneración y cariño con que se miraba al Padre Nuestro, que solamente los bautizados tenían permiso para rezarlo: por eso se la llamaba «la oración de los creyentes», y por eso mismo se ocultaba a los paganos, no se la ponía por escrito y se enseñaba oralmente a los catecúmenos.
Fue el Fapa S. Gregorio Magno, quien señaló al Padre Nuestro el lugar que hoy ocupa en la Misa; pues al principio se decía después de la Fracción del Pan y antes del Beso de Paz: v. n. 48. Ahora, al colocarlo inmediatamente después del Canon, pretendía el Santo — como él mismo escribe a Juan de Siracusa—, «que se recitara sobre el Cuerpo y la Sangre del Redentor esta oración que El mismo había compuesto y que los Apóstoles decían al consagrar la hostia...»: Epist. IX, 12. No podía haberle señalado lugar más honorífico: como sello y complemento divino de todo el Canon, el Padre Nuestro con sus siete peticiones es el resumen y el compendio, HECHO POR EL MISMO JESUCRISTO, de todos los frutos del Santo Sacrificio... Ahora mismo va a desprenderse el más hermoso de esos frutos: la COMUNION.

Este mismo respeto y singular veneración al Padre Nuestro resalta de modo admirable en el breve PROLOGO o introducción que el celebrante, con las manos juntas, recita ahora, apenas se han apagado los ecos jubilosos del AMEN final del Canon. Es como un permiso, como una humilde excusa y una justificación, pues echamos por delante el precepto y las enseñanzas de Jesucristo: Mt. VI, 9-13 y Luc. II, 1-4..., al tratar a Dios con la familiaridad más intima que se conoce, como hijos con su Padre.
Para comprender aún mejor toda la razón de este PROLOGO, que en todas las Liturgias precede al Padre Nuestro, y que es mencionado ya por S. Cipriano (muerto el 258), no dejemos de colocarlo en su marco histórico: la antigüedad cristiana, recién salida del yugo servil de la Ley antigua, donde el trato del hombre con Dios era el del esclavo con su Señor, podía comprender todavía mejor que nosotros las sublimes alturas a donde nos elevaba el Padre nuestro; criada en el espíritu de temor y de servidumbre, al oír ahora de labios de los Apóstoles este lenguaje tan filial con Dios, despertaba a un mundo completamente nuevo y desconocido, y no acababa de salir de su asombro al poder llamar a Dios: «PADRE... PADRE NUESTRO». Cfr. Rom. 8, 15.
Un prólogo parecido se halla en todas las Liturgias: he aquí el empleado por los maronitas: «Señor Dios, abrid nuestra boca y nuestros labios, purificad nuestras inteligencias, para que, suplicantes, podamos clamar hacia Vos: |Oh, Dios, Padre de las misericordias!, a fin de que podamos orar y decir: Padre Nuestro, que estás en los cielos...» En la liturgia mozárabe variaba cada día, y la galicana poseía unas cincuenta fórmulas diversas.

El celebrante, pues, con los ojos fijos en ln Sagrada Hostia, y con las manos extendidas, comienza a recitar en voz alta el Padre Nuestro, o a cantarlo con una de esas melodías clásicas en la Liturgia por su sencillez y belleza.

BREVE EXPLICACION DEL PADRE NUESTRO por escenas o cuadros simbólicos:
INVOCACION: «Padre nuestro que estás en los cielos».
Escenas: Un niño, de rodillas, con las manos juntas y los ojos levantados hacia el Padre Celestial, qne aparece en el cielo, entre las nubes. Un niño en los brazos de su madre... Otro, huérfano, perdido en la calle...
PETICIONES: I. «Santificado sea el tu nombre».
Escena: Un globo terrestre: el mundo con sus mares, continentes, islas, montes, valles, ríos, pueblos y ciudades, y sobre ese globo como un sol esplendoroso, que quiere iluminarlo todo con su luz v su brillo, EL NOMBRE SANTO DE DIOS.
II. «Venga a nos el tu reino».
Escenas: Los cielos abiertos... Dios en su trono y alrededor los ángeles y gran multitud de santos con vestiduras blancas — santidad, inocencia—, y con palmas — martirio — y azucenas — pureza, virginidad — en sus manos. Un misionero con el Crucifijo en el pecho y una concha en la mano está bautizando a unos chinos... ; otro está predicando a los pieles rojas o a los esquimales... San Francisco Javier muriendo a la vista de la China y pidiendo: «¡Almas... Almas !».
III. «Hágase tu voluntad asi en la tierra como en el cielo». Escenas: Los ángeles volando de una parte a otra, cumpliendo las órdenes de Dios, y cantando alegres: GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS... IV. «El pan nuestro de cada día dánosle hoy».
Escenas: Una familia; se sientan a la mesa el padre, la madre, los hijos... se reza el Padre nuestro: el padre va partiendo y distribuyendo el pan a sus hijos... Un niño dando un pedazo de pan a otro niño pobre.
Primera Comunión: Un niño muy alegre, con su lazo de primera comunión, se arrodilla por vez primera en el comulgatorio..., comienza a alimentarse con «el Pan del cielo y el manjar de los fuertes»..., sus padres, tiernamente emocionados, le acompañan en este acto..., San Tarsicio estrechando fuertemente contra su pecho «el pan de los mártires».
V. "Y perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores...»
Escenas: N. S. Jesucristo en la CRUZ: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen...». San Esteban, apedreado, mira al cielo y ruega por sus verdugos. Jesucristo perdonando a la Magdalena, al buen Ladrón, a San Pedro...; un sacerdote en el confesonario trazando una cruz y absolviendo a un penitente... El padre del Hijo Pródigo perdonando y abrazando a su hijo. VI. «Y no nos dejes caer en la tentación»
Escenas: Eva dando oidos a la serpiente que le ofrece la manzana... LA VIRGEN INMACULADA escoltada de ángeles y aplastando la cabeza de la serpiente... EL ANGEL DE LA GUARDA dando la mano a un niño que va a pasar un puente... UN VALIENTE condecorado con la Laureada de San Fernando...
VII. «Mas líbranos de mal».
Escenas: Una ovejita, perseguida del lobo y protegida por el BUEN PASTOR, que la toma con cariño y se la pone sobre sus hombros.Una serpiente... un precipicio... un automóvil... La CRUZ ROJA.
Esta última petición, que es como un resumen de todas las demás — pues al pedir la liberación de todo mal, pedimos por lo mismo la concesión de todo bien —, la canta o recita en voz alta todo el pueblo: es un vestigio del antiguo rito del Padre Nuestro, cuando era recitado a coro por todos los fieles y el celebrante. En tiempos del Papa Clemente III (1187-1191), cuando los Cruzados combatían por la conquista de la Tierra Santa, se acostumbraba a rezar aquí, después del Padre Nuestro, el salmo «Deus venerunt gentes». Más tarde Juan XXII (1316-1334) decretó que, en este mismo lugar, se recitase el salino «Lactatus sum», para extirpar cismas y herejías. El «Amén» que el celebrante añade ahora, en voz baja, es una adición de la Edad Media; como se ve, interrumpe momentáneamente el EPILOGO, que continúa con las mismas palabras y desarrolla la misma idea de esta séptima petición.
_________________
EL PADRE NUESTRO
PROLOGO: Oremos: Amonestados con preceptos saludables e informados por la enseñanza divina, nos atrevemos a decir:
PADRE NUESTRO que estás en los cielos — santificado sea el tu nombre — venga a nos el tu reino — hágase tu voluntad asi en la tierra como en el cielo —. El pan nuestro de cada día dánosle hoy — y perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores — y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal. (Amén, responde el sacerdote en voz baja.)

El celebrante toma ahora entre los dedos, índice y medio de la mano derecha, la patena qne en el Ofertorio había colocado a sn lado derecho, parcialmente cubierta con los Corporales, y apoyándola de canto sobre el purificador recita en voz baja — antiguamente, en voz alta, como en la Misa del Viernes Santo — el EPILOGO del Padre Nuestro, hermosa y antiquísima oración romana, recogida ya por los Ordines más primitivos.
El eco de la última petición el comentario detallado, minucioso de todos los males de que deseamos vernos libres: males pasados, como consecuencia o castigo del pecado, malas inclinaciones, debilidad en el bien, tibieza... ; males presentes que nos afligen a nosotros, que azotan a nuestra familia y a la sociedad, que preocupan y angustian a la Iglesia... ; males futuros que nos amenazan, que van a caer sobre la sociedad, sobre las naciones, sobre el mundo que se desliza en el materialismo, en la apostasía, en la impiedad..., y pidiendo al mismo tiempo la intercesión de los Santos — particularmente se nombran a los cuatro primeros del Comunicantes, y en la Edad Media se podían añadir otros más — se formula, en fin, la misma insistente plegaria por la PAZ: «DA PROPITIUS PACEM...», que aquí también, como en la Plegaria sacrif. I, v. n. 219—, insertó el gran Papa, San Gregorio I...; que siempre fue patrimonio de los Vicarios de Jesucristo en la tierra propiciar la PAZ entre los pueblos y repetir a las naciones el programa del PRINCIPE DE LA PAZ: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra...». Esta Plegaría por la PAZ, por la PAZ interior, en nuestra conciencia, libre de pecado y de toda perturbación; y por la PAZ exterior en el inundo y en la Iglesia, la sella el celebrante con la CRUZ, santiguándose con la patena, pues con la CRUZ restableció Jesucristo la PAZ entre el cielo y la tierra: Colos. 1, 20; y añade, además, un beso a esa misma patena que, para el gran rito que se inicia ahora, va a recibir el Cuerpo de Jesucristo.
_____________________
EPILOGO del Padre Nuestro.
Líbranos, Señor, te rogamos, de todos los males pasados, presentes y venideros; y por la intercesión de la bienaventurada y gloriosa Virgen, Madre de Dios, María, con tus santos Apóstoles Pedro y Pablo y Andrés, y de todos los Santos, danos propicio la paz en nuestros días; para que ayudados con el auxilio de tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado, y seguros de toda perturbación.

235. FRACCION DEL PAN.
En el «Padre Nuestro» acabamos de pedir a nuestro Padre el Pan Eucaristico: y nuestro Padre inmediatamente se pone a partir ese Pan para distribuirlo entre sus hijos. Cfr. n. 47.
RITO PRIMITIVO: la Fracción del Pan era la escena más íntima y familiar de la Misa primitiva, el rito más popular y conocido en aquellos tiempos eucaristicos, en los que la Misa se llamaba así sencillamente: «la Fracción del Pan». V. n. 25.
Los fieles que asisten al Santo Sacrificio, todos de pie, en actitud firme y respetuosa — hay que notar que hasta el siglo XVII la costumbre era comulgar de pie—, están rodeando (circumstantes: v. n. 217, 2) la Mesa eucarística: en medio, un anciano obispo como padre de aquella gran familia, como Jesucristo en la Ultima Cena y en el Castillo de Emaús — la Fracción del Pan era, como se ve en estos casos, prerrogativa del Señor o del huésped:Mt. 26, 26; Mar. 14, 22... Luc. 24, 80—, va materialmente rompiendo, frangere, aquellos grandes y gruesos panes, colocados en anchos platos o patenas ministeriales (v. n. 109), y ayudado de los presbíteros y diáconos va separando para cada uno de los hijos de Dios su ración correspondiente; y esto con abundancia, con generosidad, pues además de que hay que llevar este «alimento que no disminuye: alimentum indeficiens» a los hermanos cautivos en las cárceles (v. n. 45) y a los enfermos e impedidos; muchos de los que asisten a la Fracción y viven muy lejos, quieren también llevárselo para comulgarse a sí mismos en sus casas. Cfr. nn. 45 y 54. Para más detalles, véase el capitulo 2: n. 47.
Este rito fue desapareciendo casi al mismo tiempo que la Ofrenda popular: v. n. 196; sobre todo, desde el siglo XI, al generalizarse en el Santo Sacrificio el uso del pan ázimo o sin levadura — y prevaleció en Occidente esta clase de pan, porque se sabía que con él había consagrado N. S. Jesucristo —, comenzaron a elaborarse, como ya se venía haciendo en los monasterios, panes pequeños y cada vez más menudos para la comunión de los fieles; de tal manera que ya en el siglo XII se nos dice que las hostias para la comunión tenían la forma y tamaño de un denario, es decir, que eran ya poco más o menos como las nuestras. Debió de introducirse también entonces la costumbre de dar la comunión directamente en la boca, por el peligro de que, siendo tan pequeñas y delgadas las hostias, se cayeran al suelo si seguían colocándose en las manos. Cfr. Rojo: o. c. p. 446.
La elaboración del pan que ha de servir para la Eucaristía fue siempre considerada cono un acto sagrado y religioso. «He visto con mis propios ojos — nos dice Paladio — a Cándida, mujer de Trajano, generalísimo de las armadas de Valero, trabajar toda la noche en moler con sus propias manos el pan de la oblación». S. Wenceslao, duque de Bohemia, cultivaba él mismo su campo, lo sembraba, recogía la mies, molía el grano y cocía los panes para el altar. Era ocupación reservada generalmente a los sacerdotes y con la que se honraban los príncipes y grandes personajes cristianos. En muchos monasterios había un campo especialmente escogido para el trigo de la Eucaristía, campo que se llamaba del Corpus Domini. Y según las «Costumbres de Udalrico», en Cluny, tres sacerdotes en ayunas y después de haber rezado Laudes y los siete salmos penitenciales, se revestían de albas para preparar las hostias.

RITO ACTUAL: Comprende: 1, la Fracción de la Hostia del sacerdote; 2, la mezcla de un trozo de esa Hostia con el Sanguis; y 3, el Agnus Dei.

236. 1. LA FRACCION DE LA HOSTIA:
El celebrante divide la Hostia en dos partes iguales, mientras dice estas palabras de la fórmula final del Epílogo del Padre nuestro: «por el mismo Señor nuestro, Jesucristo, Hijo tuyo»; y dejando una de estas mitades — la que ha quedado en su mano derecha — sobre la patena, corta de la parte inferior de la otra mitad, que tiene en la mano izquierda, un pedacito, diciendo estas otras palabras de la misma conclusión: «que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo».
Estas Fracciones de la Hostia, desde la Edad Media para mayor precaución, vienen realizándose sobre el Cáliz; pues antes la Fracción, lo mismo que la Consagración — esta última tiene ahora lugar sobre el Corporal —, se verificaban sobre la patena.

237. 2. LA MEZCLA DE LAS ESPECIES CONSAGRADAS:
Teniendo sobre el Cáliz la partícula que acaba de cortar, exclama, elevando la voz:
«Por todos los siglos de los siglos.» «Asi sea», responde el pueblo...
Y en seguida traza con esta partícula, de labio a labio del Cáliz, tres cruces con la siguiente fórmula que es ya un anuncio del BESO DE PAZ, rito que viene a cerrar la preparación general para la Comunión:
«La PAZ del Señor sea siempre con vosotros.» «Y con tu espíritu», contestan los fieles.
El celebrante deja caer entonces dentro del Cáliz la partícula sagrada para que se mezcle con la Sangre de Jesucristo.

238. Simbolismo de la fracción y de la mezcla de la Hostia con el Sanguis:
Para tratar de comprender el significado de estos dos ritos, a los que tan distintas interpretaciones se han dado, vamos a remontarnos a sus orígenes históricos. EN UN PRINCIPIO NO EXISTE MAS QUE UNA SOLA FRACCION: la Fracción del Pan Eucarístico para distribuirlo entre el clero y los fieles que asisten al Sacrificio.
EL SIMBOLISMO DE LA FRACCION estaba clara y hermosamente expresado en las oraciones que la acompañaban): SIMBOLIZABA LA UNION Y CARIDAD ENTRE TODOS LOS CRISTIANOS.
«El pan que partimos — nos dice San Pablo: I Cor. X, 16, 17—, ¿no es la participación del Cuerpo del Señor? Porque todos participamos del mismo pan, y aunque muchos, venimos a ser un solo pan, un solo cuerpo.»
Y la Didaje — v. n. 62 — nos ha conservado la Fórmula más primitiva que se conoce para la Fracción del Pan: «Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y la ciencia que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu Hijo, gloria a Ti por los siglos. Como este pan fraccionado se halla disperso por las montañas, y reunido fue uno solo: de igual suerte reúnase tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino. Porque tuyos son la gloria y el poder, por Jesucristo, durante los siglos. Nadie coma, ni beba de vuestra Eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor; que acerca de esto ha dicho el Señor: No déis lo santo a los perros».
MAS YA EN LA MISA PAPAL ROMANA de los siglos V al IX, hallamos TRES FRACCIONES del Pan y DOS MEZCLAS de las especies consagradas:
Primera mezcla:
Al comenzar la Misa, dos acólitos presentaban al Pontífice un cofrecito que guardaba un trozo de Pan consagrado en la Misa anterior: era lo que se llamaba «SANCTA»...
Proseguía la Misa, y al llegar la FRACCION DEL PAN, se anunciaba primero el BESO de PAZ con el «PAX DÓMINI»: el Papa echaba entonces en el Cáliz aquel «SANCTA» de la Misa anterior que se le había presentado al principio; esta mezcla fue, naturalmente, en sus orígenes, una medida práctica, pues el Pan fermentado, al cabo de algunos días, tenía que endurecerse, y para consumirlo era necesario ablandarlo en el vino consagrado.
Primera fracción:
Venía ahora el BESO DE PAZ, y a continuación también el Papa, por su parte, cortaba de su Hostia un pedazo que colocaba sobre el altar y que había de servir de «SANCTA» para la Misa siguiente.
Segunda fracción:
Inmediatamente tenía lugar la FRACCION PROPIAMENTE DICHA, la Fracción del Pan consagrado que iba a repartirse entre el clero y los fieles.
Tercera Fracción: Segunda mezcla:
Por fin, el Papa volvía a partir de su Hostia otra partícula que sumergía en el Cáliz al mismo tiempo que decía: «Esta mezcla y consagración...".

SIMBOLISMO DEL «SANCTA»: Como brote espontáneo y natural floración del primitivo rito de la FRACCION del PAN, el «SANCTA» venía también a poner de relieve la gran UNIDAD CRISTIANA: y asi como la FRACCION simbolizaba la unión entre todos los cristianos, el «SANCTA» representaba la UNION ENTRE TODOS LOS SACRIFICIOS, la continuidad del mismo y único Sacrificio a través del tiempo y del espacio, la soldadura y el enlace de todas las misas entre sí, desde la última hasta la primera celebrada el día de Jueves Santo: asi como para reafirmar y robustecer la unidad de la Iglesia e intercomunión del Santo Sacrificio, es decir, para mostrar a los sacerdotes todos celebrando sus Misas en comunión con sus Obispos, y a éstos celebrándolas en comunión con el Papa, se usó hasta el siglo IX el envío del FERMENTUM: v. n. 63.
______________________
MEZCLA DE LAS ESPECIES CONSAGRADAS: S. Por todos los siglos de los siglos. P. Asi sea.
S. La Paz del Señor sea siempre con vosotros. P. Y con tu espíritu. S. Esta mezcla y consagración del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo sea para nosotros, que la recibimos, prenda de vida eterna. Amén.

EN NUESTRA MISA ACTUAL todas estas fracciones y mezclas de la Misa papal romana han venido a fusionarse en una sola fracción y en una sola mezcla.
Al omitirse la Fracción propiamente dicha — segunda Fracción —, nuestra Fracción corresponde a la vez a la primera y a la tercera Fracción de la Misa papal; y al desaparecer la costumbre del «SANCTA», nuestra mezcla de las especies consagradas ha venido, naturalmente, a ocupar el lugar de la primera mezcla, aunque la plegaria: «Esta mezcla... es la de la segunda mixtión. No se ha llegado aún a comprender en nuestros días toda la profundidad de la significación contenida en esta segunda mezcla... ¿Era una preparación para la comunión de los laicos, en la que el Cuerpo del Señor, mezclado con la sangre consagrada, se les presentaba, sacada del Cáliz con una cucharita?... Se comprenderían entonces las palabras del sacerdote: «Que la mezcla y la consagración del Cuerpo y de la Sangre de N. S. Jesucristo sea para nosotros, que la recibimos, prenda de vida eterna». Oh. Parsch: o. c., pp. 261-267.

239. 3. EL AGNUS DEI.
Rito: El celebrante cubre el cáliz, hace genuflexión, se levanta e inclinado hacia el Sacramento golpéase el pecho tres veces, diciendo el «Agnus Dei».
¿Cuándo y con qué fin se introdujo el Agnus Dei en la Misa romana? Se introdujo en tiempo del Papa Sergio I (697-701), con el fin de llenar el prolongado rito de la Fracción del Pan.
No es, como se ve, tan primitivo el Agnus Dei, por lo menos en la Misa romana: por eso no lo tiene la antiquísima del Sábado Santo, y algunas liturgias, p. e., la mozárabe, no lo conocen.
Era un verdadero «confractorium» — v. n. 47 — que clero y pueblo repetían indeterminado número de veces todo el tiempo que duraba la Fracción; más tarde, hacia el siglo XII, al simplificarse aquel rito, se limitó a tres el número de Agnus Dei, y por fin, el Papa Inocencio III (1198-1216), en vista de las serias perturbaciones que entonces agitaban a la Iglesia, cambió el tercer «miserere» por el «dona nobis pacem». De esta suerte alejóse un poco de su sitio el Agnus Dei y alteróse algún tanto su significación litúrgica, acercándolo y relacionándolo con el BESO DE PAZ.

¿Dónde está inspirado el Agnus Dei?
Este cántico de comunión, de origen griego, está inspirado en las palabras de San Juan Bautista: quien hallándose bautizando a las muchedumbres en las márgenes del Jordán, vió pasar ante sus ojos al Mesías, y al punto se lo señaló con el dedo a sus discípulos: «He ahí el Cordero de Dios, he ahí el que quita — el que lleva o carga sobre si, según el texto original — los pecados del mundo». Jo. I. 29 y 36. Y el Santo Precursor se inspiró a su vez, en los Profetas — Isai. 53, 7; Jerem. 11, 19—, quienes con los rasgos más patéticos describen a Jesucristo como CORDERO: «Cordero por la mansedumbre de su condición: mansedumbre que tiene asi en el trato como en el sufrimiento, asi en lo que por nosotros sufrió como en lo que cada día nos sufre; Cordero por la pureza e inocencia de su vida, y Cordero en fin, por la satisfacción de su sacrificio y ofrenda». Fr. L. de León: Los Nombres de Cristo, lib. III, c. 4.
La Liturgia católica, al colocar el Agnus Dei en la Fracción del Pan, en el momento del Sacrificio en que el verdadero Cordero de Dios está ya inmolado y desmenuzado sobre el altar para ser comido por los comulgantes, aludía al Cordero Pascual, que también era desmenuzado y comido por los que lo ofrecían. Cfr. n. 41.
LA SUPLICA «MISERERE NOBIS» es la de tantos enfermos y desgraciados, que al ver pasar a Jesús, gritaban con fe y confianza: «Jesús, hijo de David, ten misericordia de nosotros».
Así en la Misa se han ido engastando con acertado encaje y perfecto ajustamiento las perlas más bellas de los Libros sagrados.

240. EL BESO DE PAZ.
Antes de sentarnos a la Mesa Eucarística, como testimonio de que pertenecemos a la misma familia, nos damos el Beso de PAZ.
Rito primitivo: Ya queda descrito en el cap. II, n. 48.
Rito actual: El sacerdote, con las manos juntas sobre el altar, recita la «Oración por la Paz», oración ligada ahora al Agnus Dei por el «dona nobis pacem».
Esta bellísima oración de origen mozárabe o español, está inspirada en la cariñosa despedida de Jesucristo en el Cenáculo, To. 14, 27, y también en la primera oración del Canon: Te igitur (v. n. 216), en la que pedimos, como aquí y con las mismas palabras, «pacificare et adunare», la PAZ Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA.
Como sólo se aplica a la Iglesia militante, ella y el Beso de paz, se omiten en las Misas de difuntos. Tampoco se dice el Jueves Santo, sin duda por no evocar el triste recuerdo del beso traidor de Judas.

EN LAS MISAS SOLEMNES: Mientras el celebrante recita esta plegaria, el diácono va al lado derecho de aquél; besan los dos el altar — antes se besaba la misma Hostia, o el Cáliz, o la patena—, símbolo de Cristo, como para sacar de allí la corriente de Paz cristiana, mansa y fertilizadora que, en mutuos abrazos como en ondas sucesivas de caridad, va desde el celebrante hasta el diácono, desde el diácono hasta el subdiácono y desde este último hasta todos los demás, sacerdotes y fieles que llenan el templo en las grandes solemnidades católicas.
Todavía en las humildes iglesias de aldea, sigue usándose el «porta-paz», placa metálica con la Cruz u otro grabado religioso que, después de recibir del celebrante el primer beso de PAZ, la va repartiendo por los labios de todos los fieles.
_______________
EL BESO DE PAZ: Señor mío Jesucristo que dijiste a tus Apóstoles: "La paz os dejo, mi paz os doy», no mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia, y dignate pacificarla y aunarla según tu voluntad; Tú que como Dios vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.

241. PREPARACION PRIVADA (Fórmulas en singular).
Hasta aquí la preparación que podernos llamar general: sus fórmulas, redactadas en plural, tienden a disponer a toda la asamblea para el banquete del Sacrificio. Esta preparación que, como acabamos de ver, se polariza toda ella en la PAZ Y EN LA UNIDAD CRISTIANA, acaba de llegar a su punto culminante en el BESO DE PAZ. Formando, pues, un solo corazón y una sola alma, la gran familia católica se sienta a la Mesa eucarística para comulgar, primero, el padre de familia, el sacerdote y, después, los hijos, los fieles...
Así era en los tiempos primitivos: la Comunión seguía inmediatamente al BESO DE PAZ; mas ya a partir del siglo IX aparecen en los Misales de la época varias oraciones preparatorias para la Comunión, dos de las cuales, las más antiguas y hermosas, fueron conservadas en el Misal oficial de S. PIO V.

242. ¿De dónde proceden estas oraciones?
De la devoción privada de piadosos sacerdotes, quienes durante el canto del Agnús y el Beso de Paz, se preparaban con ellas, recitándolas en particular.
Por eso estas oraciones presentan todos los caracteres de coloquios íntimos y privados con Jesucristo: son oraciones dirigidas a Dios Hijo, y sus fórmulas están en singular, aplicadas a una sola persona, contrastando así con todas las demás oraciones de la Misa que, además de ir generalmente dirigidas a Dios Padre, por Jesucristo, rebosan siempre amplitud de miras, catolicismo y universalidad en sus peticiones.
_____________________
PREPARACION PRIVADA
Señor mió Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por la voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, vivificaste al mundo con tu muerte; por este tu sacrosanto Cuerpo y Sangre líbrame de todos mis pecados y de todos los males: haz que siempre esté adherido a tus mandamientos y no permitas que jamás me aparte de Ti, que como Dios vives y reinas con el mismo Dios Padre en unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

243. ¿Qué se pide en estas oraciones?
EN LA PRIMERA, después de una solenme invocación a Jesucristo «Hijo de Dios vivo», que recuerda la valiente profesión de fe de San Pedro, Mt. 16, 16, y después del motivo de la oración: la Redención obrada por toda la Santísima Trinidad, el Padre con su decreto, el Espíritu Santo con su cooperación y el Hijo con su muerte vivificadora, el comulgante pide para sí a Jesucristo:
1. La liberación de todos sus pecados y males.
2. Que no se desvie del recto sendero de sus mandamientos.
3. Que no permita que jamás se aparte de EL.
Son los tres frutos más preciosos de la Comunión: la última gracia, sobre todo, encierra el gran DON DE LA PERSEVERANCIA FINAL: perseverancia que supone la muerte en estado de gracia, y que por lo mismo es un don, un beneficio especialísimo de Dios, que nosotros no podemos merecer «de condigno», es decir, de justicia, porque se nos deba por derecho, en virtud de la promesa de Dios; pues Dios no ha prometido al hombre esa gracia; don tan grande que la Iglesia en sus colectas, en el Ave María y, sobre todo, aquí, en el momento de la Comunión, nos enseña a pedir insistentemente a Dios N. S.
En cuanto a la forma de esta oración vemos que presenta el mismo corte y estilo de las colectas — v. n. 170—: Invocación, Motivo, Súplica y Fórmula final.
En cuanto a su contenido, el «no permitas que jamás me separe de Ti" — que parece suponer que ya se ha comulgado — y el puesto que se le señaló en muchos misales antiguos, indican con bastante claridad que era una oración para después de la Comunión.

244. LA SEGUNDA ORACION es un eco de aquellas serias amonestaciones de S. Pablo a los fieles de Corinto: I Cor. XI, 27 - 30.
«El que comiere de este pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, reo será del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, examínese el hombre a si mismo y de esta suerte, con la conciencia pura, coma de aquel pan y beba de aquel cáliz. Porque quien lo come y bebe indignamente se traga y bebe su propia condenación, no haciendo el debido discernimiento del cuerpo del Señor. Por eso — por haber recibido indignamente el cuerpo del Señor — hay entre vosotros muchos enfermos y sin fuerzas, y muchos mueren.»

Saludablemente estremecido por el horror a la Comunión sacrilega y a la eterna condenación con que aquélla se castiga — in judicium et condemnationem—, el cristiano que se atreve a recibir el Cuerpo del Señor, se abandona confiado a la bondad de Jesús — pro tua pietate—, y de ella espera que la Comunión sea: 1, defensa de su alma y de su cuerpo, y 2, medicina espiritual para su naturaleza caída y lisiada por el pecado.
Estos «temores en el favor», inspiraron al sacerdote-poeta uno de sus más delicados sonetos:
Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,
y la cándida víctima levanto,
de mi atrevida indignidad me espanto,
y la piedad de vuestro pecho admiro.

Tal vez el alma con temor retiro,
tal vez la doy al amoroso llanto,
que arrepentido de ofenderos tanto
con ansias temo y con dolor suspiro.

Volved los ojos a mirarme humanos;
que por las sendas de mi error siniestras
me despeñaron pensamientos vanos.


No sean tantas las miserias nuestras
que a quien os tuvo en sus indignas manos
Vos le dejéis de las divinas vuestras.


Lope de Vega.
_______________
La percepción de tu cuerpo, oh Señor Jesucristo, que yo indigno me atrevo a recibir, no me sea motivo de juicio y de condenación; sino que por tu bondad me aproveche para defensa del alma y del cuerpo, y de medicina saludable. TU que, como Dios, vives y reinas con Dios Padre en unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

245. COMUNION.
Comunión del Celebrante
Oraciones jaculatorias I
Es el lenguaje de las emociones más vivas
Las emociones de la Comunión
1 - "Tomaré el Pan Celestial"----------Emoc. de confianza y fortaleza 2- "Señor, yo no soy digno" ---------- " de humanidad y de fe
3-"El Cuerpo de N.S. J-C . ." ----------- » de Vida eterna y divina
4 - "Qué daré yo en cambio"----------- " de gratitud y asombro
-----------
5- "Recibiré el Cáliz"------------------- " de confianza y fortaleza
6- La Sangre de N.S. J-C .. "----------- » de Vida eterna y divina
Comunión de los fieles
Rito Antiguo---------------------------- Véase cap. 2
Rito Actual -------------------------- Especie de misa abreviada
Procede originar, del rito de la Comunión de los enfermos.

246. Y llegó, por fin, el momento.
El celebrante, rodilla en tierra, adora a Jesucristo: alborozado porque va a tomar en sus manos el Pan Eucarístico, deja escapar de su pecho frases entrecortadas, ardientes jaculatorias... Las jaculatorias son el lenguaje de las emociones más vivas. ¡Qué bien lo sabe la liturgia católica y cómo las ha colocado — desde el siglo XI — en el momento de las emociones más puras e intensas que puede el alma recibir en esta vida... las emociones de la Comunión.
LA PRIMERA DE ESTAS JACULATORIAS ha sido, en parte, sacada de un salmo eucaristico o de acción de gracias, del salmo 115, v. 13.
«Tomaré el pan celestial e invocaré el nombre del Señor.»
Toma, en efecto, la Hostia y la patena con la mano izquierda, y algo inclinado hacia el Sacramento, golpéase con la mano derecha tres veces el pecho, al mismo tiempo que dice devota y humildemente:
«Señor, yo no soy digno...»
En verdad os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe..., había dicho Jesucristo, admirado al oír estas palabras de labios de un pagano: Mt. VIII, 8. Pues si tanto le agradaron estas palabras aplicadas entonces a una morada terrestre y a la curación de un criado, ¡cuánto más le complacería a Jesús oírlas desde la Hostia consagrada, tratándose ahora de la morada de nuestro pecho y de la curación de nuestra alma!
Por eso la Iglesia católica, que, como tantas veces hemos observado, al llegar los puntos más importantes de la Misa, nos toma como madre cariñosa en sus brazos para elevarnos con las más sublimes oraciones, ritos y ceremonias a las alturas del momento litúrgico en que nos hallamos, colocó aquí, y sólo modificándola ligerísimamente, esta magnífica profesión de fe y humildad, esta breve oración jaculatoria del Centurión romano de Cafarnaum.
Al «Domine non sum dignus» alude ya Orígenes en el siglo tu: «Cuando coméis el Cuerpo del Señor, entonces entra el Señor bajo vuestro techo. Debéis, pues, vosotros, también humillaros imitando al Centurión, y decir: Señor, yo no soy digno... «Homil, V. in Div. loca Evang; y en el s. IV, San Juan Crisóstomo: «Digamos a nuestro Redentor: Señor, yo no soy digno de que Vos entréis en la casa de mi alma, pero, sin embargo, porque Vos deseáis venir con nosotros, animados por vuestra misericordia, nos acercamos a Vos.» Homil, de Santo Tomás Ap. (Citados por Lefebvre: Para comprender la Misa, p. 107.)

En seguida el celebrante pasa a la mano derecha la sagrada Hostia, y dándose la bendición con ella a sí mismo — se signans, dice la rúbrica—, pronuncia la FORMULA DE LA COMUNION:
«El Cuerpo de N. S. Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna.»
Fórmula de VIDA, y de VIDA ETERNA y DIVINA que expresa el fin principal de la Comunión: «guardar el alma para la vida eterna».
Esta fórmula, sencilla y profunda sobre toda ponderación, repite y compendia lo que tantas veces inculcó Jesucristo: «Yo soy el Pan de vida que he descendido del cielo... Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día; porque mi carne verdaderamente es manjar y mi sangre verdaderamente es bebida... Este es el Pan que ha bajado del cielo: quien come este pan vivirá eternamente» (Cfr. Jo. 6). La fórmula completa— no su comienzo, «Cuerpo de Cristo», que como hemos visto (núm. 49) es de los primeros siglos — se remonta al siglo XI.

«Guarde mi alma»: como se guarda el tesoro más precioso que hay en el hombre: protegiéndola, santificándola, vivificándola y fecundándola a ella y a cada una de sus facultades... las espirituales: mi inteligencia y mi voluntad; las que posee en común con el cuerpo: mi memoria, mi imaginación y mi sensibilidad... influyendo en todo mi ser, que del alma recibe su vida.
«Para la vida eterna»: para la vida eterna del alma inmortal, contemplando, amando soberanamente a Dios... ; para la vida eterna del cuerpo resucitado, ya que la Comunión es la premia de la resurrección futura. Cfr. Vigourel: La Liturgie et la vie chretienne, pp. 205-206.
¡Qué momento aquél! — dice el P. Coloma, hablando del santo Viático—: ¡Jesucristo, la verdadera vida, está allí, en la hostia consagrada, frente a frente de la muerte! Y sobre aquella lengua seca, trabada, borrosa, que apenas si acierta a balbucir: ¡Señor, no soy digno de que entres en mi morada!..., se desliza la hostia pura, la hostia santa, la hostia inmaculada hasta ponerse junto a aquel corazón que bate el pecho con aleteos de pájaro moribundo, ¡Ay!, yo creo que si aplicáramos los oídos del alma en el momento mismo en que la hostia se sepulta en aquel semicadáver, oiríamos a Jesucristo decir con voz suavísima al moribundo: —¡No temas!, ego sum resurrectio ct vita...! Yo soy la resurrección y la vida. ¡Qué grandioso, qué sublime, qué divino ese dejar la Eucaristía, como semilla de vida entre las mismas garras de la muerte!... ¡Allí está la Eucaristía!: y porque está allí, aquellos ojos volverán a mirar, aquellas mejillas volverán a colorearse, aquella boca volverá a sonreír, aquellos brazos volverán a estrecharnos, aquella lengua volverá a hablarnos para decirnos: —¡No llores más, aquí estoy!... Si está allí, en la Eucaristía, la vida, ¡cómo ha de triunfar la muerte!...» Coloma, G., S. J. : Sermones varios, tom. IV: La Eucaristía, serna. 3, VII,

Y reclinado sobre el altar, se comulga a sí mismo... reposa unos instantes con las manos juntas en la meditación del Smo. Sacramento...: después descubre el cáliz, hace genuflexión y, mientras recoge con la patena las partículas que hayan podido desprenderse de la Hostia y purifica la misma patena sobre el Cáliz, respirando satisfacción y gratitud, manifiesta con otra jaculatoria del salmo 115, que no sabe cómo expresar al Señor todo su reconocimiento:
Qué daré yo en cambio al Señor por todos los beneficios que me ha hecho?...»
Mas al punto en su interior oye la respuesta: A Dios se pagan sus dones, disponiéndose a recibir de su mano otros mayores... Así es Dios de generoso y sólo para eso quiere El nuestro agradecimiento. Una comunión, sólo puede dignamente pagarse con otra comunión más fervorosa, y la comunión del Cuerpo de Jesucristo sólo puede pagarse con la comunión o participación de la Sangre del misino Jesucristo.
Esta es la acción de gracias que nos enseña la Liturgia de la Misa: y ¿puede haber otra más racional, más fructuosa, más sublime?...
Y eso es lo que expresa esta otra jaculatoria, también del mismo salmo:
«Recibiré el Cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor.» «Con alabanzas invocaré al Señor, y me veré libre de mis enemigos.»
Y en seguida, con la misma bendición y fórmula que usó para la comunión del Cuerpo, aplica sus labios a la Sangre preciosa de Jesucristo.
Pocos Santos han expresado con más ternura los efectos de la Comunión como el mártir S. Ignacio, obispo de Antioquía: «Mi amor, dice escribiendo a los fieles de Roma, se ha fijado en la cruz; el fuego que me consume es un fuego vivificador, que me repite sin cesar, desde el fondo del corazón: Ignacio, llega a tu Padre. Ya no hallo gusto en los manjares más exquisitos, ni en los vinos más deliciosos; el pan que yo deseo es la carne de Jesucristo, hijo de David; y el solo vino que puede templar mi sed es su sangre, principio de la inmortal caridad. Nada me retiene en la tierra, y ya no me considero como un viviente entre los hombres.» Epist. ad Rom., c. 7, P. G., t. V, c. 694.

247. COMUNION DE LOS FIELES.
"Ha comulgado el padre de familia, el sacerdote: ahora deben hacerlo los hijos, los fieles.
RITO PRIMITIVO: Véase cap. 2, nn. 49-50.
RITO ACTUAL: Hoy los fieles, al acercarse a comulgar, lo mismo fuera que dentro de la Misa, rezan el «Confíteor»; el sacerdote recita sobre ellos las fórmulas absolutorias, repite el «Agnus Dei», pronuncia tres veces el «Domine non sum dignus» y distribuye, en fin, la comunión con el mismo rito y fórmula que ya conocemos.
¿POR QUE ESTE GRUPO DE ORACIONES —nos ocurre preguntar en seguida — para preparar a los fieles que van a comulgar dentro de la Misa, y a quienes con toda razón suponemos plenamente identificados con el celebrante durante el Sacrificio?... ¿Por qué esta especie de Misa abreviada, que viene a repetir lo que ya se dijo antes?...
Si consultamos el «Ordinario de la Misa», que nada nos dice de estas oraciones y supone que los fieles, sin más, comulgan a continuación del celebrante, todavía se confirma más nuestra sospecha de que nos hallamos ante la curiosa intromisión, y bastante reciente por cierto, de un rito que en otra parte debe tener su plena razón y significado.
En efecto: estas oraciones comenzaron a decirse en la comunión de los enfermos; como éstos no habían podido asistir al Santo Sacrificio, nada mejor que prepararlos para la comunión con una especie de Misa abreviada... Confiteor, Absoluciones, Agnus Dei, Elevación de la Hostia, Domine non sum dignus, etc. ; de la comunión de los enfermos pasó a la comunión fuera de la Misa; y de aquí, sin duda por la disminución gradual de la parte activa de los fieles en la Misa, se introdujo este rito paulatina e insensiblemente en la Misa hacia el sigloXIV.
Los Cartujos, como conservan su antiguo rito, no dicen el «Confíteor» en la comunión: ni tampoco se dice en las Misas de ordenación, de consagración del obispo, de bendición del abad: ni lo recitan el diácono y subdiácono en la Misa pontificial.

248. Comunión: ACCION DE GRACIAS.
Acción de gracias Tiende a pedir la perseverancia en nosotros de los efectos de la Comunión.
Estos efectos se pedían en las oraciones preparatorias de la Comunión.
A).- PARTE INVARIABLE (durante las abluciones)
1 - "Haz, Señor, que recibamos con corazón puro"
Oración preparatoria 6 " La Comunión de tu Cuerpo... no me sea motivo de condenación"
"Que la Comunión sea remedio eterno"
"Que me aproveche para defensa y de medicina saludable"
2 - "Tu Cuerpo... adhiérase a mis entrañas..."
Oración prepar. 5 "No permitas que me aparte de Ti"
"Que no quede mancha alguna de pecado en mi"
"Líbrame de todos mis pecados"
B) : PARTE VARIABLE (Después de las abluciones)
3 - COMMUNIO: antes cántico durante la Común. ; hoy antif. restos de un Salm.
"Gustad y ved cuan suave es el Señor."
4 - POSTCOMMUNION: "Oración ad complendum, o sea, complemento final del Sacrif.
PLEGARIA OFICIAL para que se cumpla en nosotros la gracia de la Comunión

La Misa termina ahora rápidamente: lo cual bajo el punto de vista psicológico, como advierten los liturgistas, está perfectamente fundado...: ¿no es la rápida caída del telón, en las representaciones dramáticas, el mejor punto final de las escenas más impresionantes? Con todo, en esta brevísima acción de gracias litúrgica de la Misa tenemos, claramente esbozada, la idea directriz de lo que debe ser toda acción de gracias después de la comunión: la perseverancia en nosotros de sus efectos maravillosos.

249. ¿Cuál es la razón de las abluciones o purificaciones de los dedos y del cáliz que ahora realiza el celebrante?
La razón estriba en esta verdad dogmática: que N. S. J. C. está presente todo entero bajo cada uno de los fragmentos o partículas de la Hostia consagrada, lo mismo que bajo cada una de las gotitas más menudas del Sanguis.
Recuérdese el diligente cuidado que en este punto recomendaba a sus fieles S. Cirilo de Jerusalén: v. n. 61. En la Edad Media las abluciones generalmente no tenían lugar en el altar, y el agua empleada en la purificación de las yemas de los dedos no se tomaba, sino que se vertía en la «piscina», lugar en que hoy se echan las materias residuos sacramentales.

250. ¿Qué oraciones de acción de gracias se recitan durante estas abluciones?
Durante la purificación del cáliz — sólo con vino—, se reza la oración: «Haz, Señor, que recibamos con corazón puro»; y en la ablución de los dedos — con vino y con agua — se recita la oración: «Tu Cuerpo, Señor, que he recibido».
Si comparamos ambas oraciones, observamos que la primera es de puro estilo romano por su forma - ritmo, paralelismo y antitesis —, y por su latín clásico; y tan antigua que ya se halla en el Sacramentario leoniano (v. n. 119); aunque en ese y en otros Sacramentarios figura como una "post-comunión", como todavía la vemos hoy en la Misa del Jueves de la Semana de Pasión. La segunda en cambio, es menos antigua, como lo prueba, entre otras razones, el uso del número singular, que, además de indicar que procede de la devoción privada, supone que en el tiempo en que fue introduicida en la Misa, ya era sólo el celebrante quien comulgaba bajo ambas especies.
_________________
ACCION DE GRACIAS Haz, Señor, que recibamos con corazón puro lo que hemos tomado con la boca; y que este don temporal se nos convierta en remedio eterno. Tu Cuerpo, Señor, que he tomado y tu Sangre que he bebido se adhieran a mis entrañas; y haz que no quede mancha alguna de pecado en mi, a quien han alimentado estos puros y santos sacramentos: Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

251. LA ANTIFONA LLAMADA "COMUNIÓN"
El celebrante, después de haber cubierto el cáliz, se dirige al lado de la Epístola para leer en el Misal la antifona llamada "communión".
¿Cuál es el origen de esta antífona?
En la Misa primitiva había nada menos que cuatro procesiones, y cada una acompañada de su respectivo canto... ¡Así palpitaban aquellas Misas de animación y de vida por la participación activa que en ellas tomaba el pueblo!
Existia: 1. La procesión del INTROITO, es decir, la que se formaba al entrar solemnemente el Papa o el Obispo en la gran basílica cristiana. V. nn. 159-161.
Por cierto que el canto, correspondiente a esta procesión, aunque muy recortado hoy día y desencajado de su sitio en las Misas rezadas, todavía conserva su lugar de honor en las Misas cantadas, cuando los cantores, sin tener en cuenta las preces al pie del altar, entonan con reposada y majestuosa melodía la antífona del INTROITO, ya al salir el celebrante de la sacristía y aproximarse al altar.
2. La procesión del EVANGELIO con las alegres notas del ALELUIA y que todavía reviste máxima solemnidad en las misas cantadas: v. nn. 181-186.
3. La procesión del OFERTORIO, hoy ya imperceptible: v. n. 193; y por fin,
4. La procesión de la COMUNION; era la más alegre y esperada de los fieles: ¡cuántas veces ocurrían escenas tan deliciosas como aquella que nos refiere el autor de la Vida de S. Gregorio el Grande!: Una señora de la aristocracia romana que acostumbraba asistir los domingos a la Misa del Papa, al acercarse a comulgar y en el momento de ir a recibir en su dominical — v. n. 49 — el Pan Eucarístico, no pudo reprimir una espontánea sonrisa de satisfacción... San Gregorio, que advierte aquella irreverencia, pasa de largo y no le da la comunión. Pero al terminar la Misa ordena comparecer en su presencia a la matrona romana... «Es que cai en la cuenta— dijo ella algo ruborizada — que el Pan que ibais a darme era el mismo que yo con mis propias manos habia elaborado y traído para la OFRENDA». (Paul. diac.: Gregor. Vita, 23; citado por Rojo del Pozo; o. c., p. 444).
LOS FIELES SE ACERCABAN A COMULGAR CANTANDO UN SALMO, especialmente escogido para este acto: el 22 «Dominus regit me», el 84: «Benedixisti, Domine, terram tuam», y sobre todo el 33: «Benedicam Dominum in omni tempore», por su precioso verso 9: «Gústate el videte quoniam suavis est Dominus» (v. n. 47). Los versículos de esos salmos alternaban con una antífona que, a modo de estribillo, repetía el pueblo todo el tiempo que duraba la distribución de la comunión. Pero durante la Edad Media, con la gradual disminución del número de los comulgantes y la propagación de la comunión fuera de la Misa, fuése acortando el salmo hasta quedar sola la antífona, y ésta fuera de su lugar, aunque conservando su nombre de pila y, en la mayoría de los casos, su aplicación más o menos próxima a la Eucaristía.
Los Cominunios más antiguos se refieren al tiempo eclesiástico, o a la fiesta que se celebra, o se está preparando; muchos son frases selectas del Evangelio o de la epístola del día y vienen a subrayar una idea capital; pero la mayoría, casi la mitad (2/5), están tomados de los salmos.

LA POSTCOMUNION:
252. ¿Cuál es la plegaria olicial de la ACCION DE GRACIAS?
Es la oración llamada ahora «Postcommunio», porque se recita después de la Comunión y que, antiguamente, se denominaba «complenda», u «oratio ad complendum", porque con ella se terminaba el Sacrificio.
La «Postcommunio», que ya figura en el Sacramentado leoniano (v. n. 119), está estrechamente enlazada con la Colecta y la Secreta en cuanto a su número y a su conclusión, aunque difiere en su estructura, menos perfecta que la de las Colectas, y en su contenido, que, a la idea central de la fiesta o del tiempo eclesiástico, añade la representación sucinta, el ruego concreto para que en nosotros se cumpla la gracia de la Comunión.
Como un resumen magnifico de los varios motivos que la Liturgia va desarrollando en las diversas postcomuniones del año, véase la oración «por los vivos y los difuntos», que suele rezarse en tercer lugar, durante la Cuaresma, cuando no hay conmemoración de algún Santo: aquí también, como en las grandes oraciones de la Misa, aparecen cariñosamente abrazadas y unidas por la oración eucarística las tres Iglesias, la del cielo, la de la tierra y la del purgatorio: "Que nos purifiquen, te rogamos, Omnipotente y misericordioso Dios, las sacramentos que hemos recibido; y por la intercesión de todos tus santos haz que este tu sacramento no sea para nosotros reato de pena, es decir, ocasión de faltas que expiar, sino intercesión saludable de perdón; sea ablución de nuestros pecados, fortaleza para nuestra debilidad, protección contra todos los peligros del mundo, y para los vivos y difuntos remisión de todos sus pecados".

LA ORACION "SOBRE EL PUEBLO"
Esta oración que en Cuaresma, en las misas feriales, se añade a las poscomuniones, va precedida del aviso ritual: "Humiliate capita vestra Deo", o como se dice en el rito mozarabe: "Humiliate vos benedictioni: inclinaos para recibir la bendición"; como se ve por estas últimas palabras, era una bendición que solian darse a los que no habían comulgado, antes de introducirse la actual bendición con la señal de la Cruz. Cfr. 256.

253. FIN DE LA MISA. 1- "Ite Missa est": Despedida del celebrante a los fieles 2- "Placeat tibi": Resumen de los fines del Sacrificio 3- "Benedicat vos Omnipotens..." Despedida de Dios a sus hijos. Epílogo de la Misa:
ULTIMO EVANG. o Prólogo de S. Juan
-JESUCRISTO- Lleno de gracia-Misa de los fieles
Lleno de verdad-Misa de los catecúmenos
DEO GRATIAS
254. «ITE: MISSA EST».
Hasta el siglo XI, ¿cómo terminaba la Misa? Terminaba con el envío o despedida de los fíeles, anunciado solemnemente por el diácono que en nombre del Papa o del Obispo celebrante, invitaba a la asamblen a retirarse con esta fórmula, ya en uso desde el siglo II, y que dió su nombre al Santo Sacrificio (v. n. 26): ITE: MISSA EST; IDOS: ES EL ENVIO o despedida. A lo que el pueblo respondía con la fórmula litúrgica: DEO GRATIAS, tan significativa sobre todo en estos momentos, después de haber recibido de Dios el mayor de los beneficios: la Redención, cuyo recuerdo vivo acaba de conmemorarse en la Misa.
Los mismos gentiles usaban una fórmula de contenido parecido cuando se habían de alejar de sus templos, después de terminados los misterios paganos: «I LICET>, clamaba el heraldo, es decir, sin contracción: «IRE LICET», OS ES PERMITIDO PARTIR.
El BENEDICAMITS DOMINO: En la antigua liturgia el anuncio del ITE Missa est revestía tal solemnidad, que era exclusivo de las Misas celebradas por el Papa o los Obispos; y como la recitación del GLORIA fue en aquellos tiempos algo también propio de la Misa episcopal — v. n. 167 —, establecióse entre ambos cierto relación que todavía subsiste en nuestros días; la supresión del GLORIA en la Misa, lleva también consigo la omisión del ITE MISSA EST.
En estos casos al ITE substituye el BENEDICAMUS DOMINO, aclamación con que terminan las HORAS del Breviario y que los simples sacerdotes, dejando el alto honor del ITE MISSA ÉST a los Obispos, comenzaron a usar también como conclusión de la Misa. Como se ve, pues, la omisión del ITE MISSA EST, aunque generalmente coincida con Misas de penitencia — Adviento, Cuaresma, Cuatro Témporas, Rogaciones, algunas vigilias... —, no implica de suyo ni tristeza ni alegría. El ITE MISSA EST también cede su lugar, en las Misas de difuntos, al «REQUIESCANT IN PACE», que expresa un deseo de circunstancias y es un inspirado resumen de toda la misa en favor de los difuntos.
255. «PLACEAT TIBI».
Con el ITE MISSA EST o una expresión parecida — «vayamos en paz en el nombre de Cristo —Id en paz —Gloria a Ti, Cristo, nuestro Dios y nuestra esperanza...», terminaba la Misa en los diez primeros siglos. Pero hacia el siglo XI aparecen en los misales de la época dos nuevos elementos: la oración de origen galicano «Placeat tibi» y la BENDICION.
¿De dónde procedía la oración «Placeat tibi»? Procedia, como se advierte por su carácter individual, del tesoro de la devoción privada, y solían recitarla los sacerdotes, en la sacristía, antes o después de haberse quitado los ornamentos. Es un brevísimo resumen de los fines del Santo Sacrificio y una como réplica de la plegaria del mismo origen galicano, dirigida también a la Santísima Trinidad, que se recitó en el OFERTORIO: véase núm. 203. _____________________________ ORACION "PLACEAT TIBI»: Séate agradable, ¡oh Santa Trinidad!, el homenaje de mi servidumbre: y haz Que el sacrificio Que yo, aunque indigno, he ofrecido a los ojos de tu majestad, te sea acepto; y Que por tu misericordia sea propiciatorio para mí y para todos aquellos por quienes lo he ofrecido. Por Cristo, Señor nuestro. Así sea.
256. LA BENDICION.
En seguida nos ocurre preguntar: ¿por qué a la BENDICION de la Misa ha precedido el ITE MISSA EST o despedida de los fieles? ¿No es más natural el orden inverso: primero la BENDICION y después la despedida?
Efectivamente, antes de introducirse la actual bendición con la Cruz en la Misa, la única bendición que en ésta se daba estaba colocada antes de la despedida de los fieles: ése, precisamente, era el objeto de la «Postcommunio», que tiene todo el carácter y forma de una bendición final — ad complendum — para los que han comulgado en la misa — y entonces eran todos los asistentes a ella —; más tarde, en tiempos de frialdad eucarística y cuando en las ferias de Cuaresma el concurso del pueblo que no comulgaba era más numeroso, para que éste no quedara sin alguna bendición, introdújose la Oración super populum, que, como ya dijimos — v. n. 251—presenta también el carácter de bendición, pero ya sin estar restringida a los que han comulgado.
Un hecho historico pone muy de relieve la alta estima que el pueblo cristiano tenía de esta bendición, contenida y como plasmada en la "poscomunión": «Nadie era despedido de la Iglesia sin bendición, nos dice el Card. Schuster en su obra Líber Sacramentorum, I. p. 112 (cit. por Ser di Franza o. c., p. 128): tanto que, cuando los Bizantinos, el dia de Santa Cecilia, después de la comunión arrebataron al Papa Vigilio del altar de la Mártir Transtiberina y lo arrastraron a la nave que lo esperaba allí, cerca del rio, para conducirlo a Constantinopla, el pueblo, que sin embargo nada simpatizaba con Vigilio, levantó un tumulto para que se le concediese, al menos, tiempo para poner fin a la Misa estacional y recitar la última plegaria ad complendum, en que dejara su bendición a la asamblea. El Papa Vigilio (537-555) sobre el puente de la nave pronunció la última colecta (plegaria de la bendición), a la cual los circunstantes respondieron: AMEN. Sólo entonces pudo partir la nave para conducir al Pontífice al destierro».
¿De dónde procede la actual bendición con la Cruz?
Procede de una antigua costumbre de la Misa pontifical: entonces, como ahora, el pueblo fiel no salía inmediatamente del templo al terminar el Santo Sacrificio, sino que esperaba la salida del Obispo para recibir de él la bendición — bendición que al principio había comenzado a darse en la sacristía y únicamente a los clérigos que habían intervenido en la Misa.
Como esta bendición era entonces considerada como acto propio y exclusivo de los Obispos, al disminuir el número de éstos, se hizo a los fieles muy duro irse del templo sin aquélla, y así la reclamaron y obtuvieron de los simples sacerdotes, que comenzaron a darla antes de abandonar el altar y con el mismo rito de los Obispos, es decir, con tres cruces.
Esta misma bendición con tres cruces aparece prescripta en el misal de S. Pío V; pero ya su sucesor, Clemente VIII, reservó esta forma de bendición para uso exclusivo de los Obispos.
257. ULTIMO EVANGELIO.
La liturgia de la misa termina ahora, desde el siglo XVI, con la lectura de un segundo Evangelio, que suele ser, salvo rarísimas excepciones, el Prólogo del Evangelio de S. Juan.
Es la página más bella que se ha escrito: todas las revelaciones divinas están compendiadas en estas palabras: «Y EL VERBO SE HIZO CARNE».
La ENCARNACION aparece como el punto culminante de la teología, como la llave de la historia.
Ante estas pocas líneas confesaban su impotencia los ingenios más esclarecidos:
«Necesitaría — nos dice Orígenes — haber descansado sobre el pecho de Jesús, haber recibido a María por madre, ser otro Juan para penetrar el sentido del cuarto Evangelio, de su prólogo sobre todo». In. Jo. t. I, n. 6.
Y San Agustín: "Me atrevo a decir, hermanos míos, el mismo Juan no ha hablado de estos misterios como ellos son, sino en la medida que puede hacerlo un hombre». In .To. t. I, n. 1... «En el seno de Jesús es donde Juan ha sacado lo que nos da a beber; las palabras que nos dice son de la misma fuente donde él apagó su sed»... Ibid. n. 7. Y en «La Ciudad de Dios», nos habla de un filósofo platónico que deseaba se grabase este Prólogo en el frontispicio de las iglesias. De Civit. Dei. X, c. XXIX, 2.
Sabemos, en fin, por S. Juan Crisóstomo — s. IV— y por Santo Tomás (2-2, q. 96, a. 4), que los cristianos transcribían ciertas palabras, del Evangelio para llevarlas consigo; y Maldonado dice expresamente de su tiempo, que estas filacterias estaban casi siempre sacadas de los primeros versículos de S. Juan. Cfr. Durand, Alfred: Evang. S. Jo., Introduct. Cfr. n. 186.
Dada esta singularísima veneración al Prólogo de San Juan, nada de extraño tiene que en el siglo XIII comenzaran algunos sacerdotes a decirlo por devoción al terminar la misa, mientras venían del altar a la sacristía, y que muy pronto la devotísima plebe, algo así como ahora se hace con los responsos en favor de los difuntos, empezara a rogar a sus sacerdotes les leyeran por sus intenciones particulares esta página evangélica, a la que atribuían el valor de un sacramental; singularmente, las madres pedían a los sacerdotes la recitaran «sobre sus hijos», como una bendición o una suerte de exorcismo que alejara de sus pequeñuelos todo mal, y todavía en ciertos países se lee en familia durante las tempestades.
Esta fe popular en el poder y eficacia del Prólogo de San Juan fué desde un principio reconocida y estimulada por la Iglesia, que no se contentó con colocarlo en varias bendiciones, sobre todo en la bendición de los niños enfermos, sino que, en el siglo XVI, en la reforma del Misal de S. PIO V, prescribió oficialmente su lectura al fin de la Misa.
En España es costumbre recitarlo después de las ceremonias del Bautismo.
ULTIMO EVANGELIO
A — Texto.
JESUCRISTO
I.—Existiendo antes del mundo.

a) En el principio existia el Verbo. Y el Verbo estaba junto a Dios. Y el Verbo era Dios. El estaba al principio junto a Dios.
b) Todas las cosas han sido hechas por El y sin El nada se hizo de lo que fue hecho.
c)
En El estaba la Vida, y la Vida era la luz de los hombres, y la luz brillaba entre las tinieblas.
Y las tinieblas no la sofocaron.
B) Comentario
a) Como Dios: eterno e igual al Padre.
b) Como Creador; crear es algo propio de Dios, y el Verbo, Jesucristo, es la causa ejemplar y como instrumental de la creación.
c) Como Redentor; es la VIDA, la VIDA DIVINA y fuente de la vida sobrenatural en nosotros, que logramos así la suprema aspiración del cristianismo: "VIVIR DE DIOS PARA DIOS" (San Agustín)

II — Entrando en el mundo.
a) Existió un hombre enviado por Dios: su nombre era Juan. Este vino como testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyesen. El no era la luz; pero venía para dar testimonio de la luz.
b) Vino al mundo la luz verdadera que brilla, iluminando a todo hombre (asi el texto original).
El estaba en el mundo. Y el mundo ha sido hecho por El. Y el mundo no le conoció.
c) Vino a los suyos.
Y los suyos no le recibieron.
d) Pero a aquellos que le recibieron dióles poder de llegar a ser hijos de Dios; a los que creen en su nombre que han nacido no de la sangre ni del instinto de la carne ni de la voluntad de los hombres, sino de Dios.
Comentario
II—
Entrando en el mundo.

a) Precedido de un Precursor: ésta era la misión del Bautista: ser testigo, decir la verdad — por ella ha de morir —: señalar con el dedo al Mesías, a la Luz en la que todos deben creer; y después, disminuir, irse desvaneciendo como la aurora que anuncia la aparición del sol.
b) Grandes progresos habían realizado los cuatro colosales imperios del mundo: los Asirios, los Persas, los Griegos, los Romanos... ¡Grandes pasos habian dado!, hay que reconocerlo, exclama San Agustín: Magnae vires, cursus celerrimus... praeter viam (Enarr. in Ps. 31; n. 4. M. L. 36), pero FUERA DEL CAMINO, de espaldas a la Luz verdadera que, sin embargo, iluminaba entonces y sigue iluminando ahora a toda razón natural y brilla y resplandece lo mismo en la estrella de mayor magnitud, que en la más diminuta de las luciérnagas... Cursus celerrimus... praeter viam! ¡Grandes pasos! Grande fué la sabiduría de los griegos, pero lo más que pudieron conocer de esta LUZ fue confesar que la desconocían; por eso, entre los mil altares que levantaron a sus errores — altares que eran tientos de ciego que, palpando a las criaturas, buscaba al Creador de todas ellas —, erigieron uno en el que escribieron estas dos palabras, triste compendio de la historia del paganismo: DEO IGNOTO: AL DIOS DESCONOCIDO...
c) Vino a los suyos, a los judíos, llamó a sus puertas, y... —No había lugar para El en la posada... No tenia donde reclinar su cabeza.
d) Pero a todos aquellos — judíos, muy pocos; paganos, muchísimos — que le recibieron, creyendo en El, les dió el poder sublime de llamarse y de ser HIJOS DE DIOS: mas esta filiación divina es efecto del poder de Dios; no intervienen en ella ni sangre o raza, ni poder o voluntad de hombres, pues los fariseos enseñaban erróneamente que nadie podía entrar en el cielo, ni participar de los dones mesiánicos, si no era judío, descendiente de Moisés.

III. — Viviendo en el mundo.
a) Y el Verbo se hizo Carne

b) Y estableció su tienda de campaña entre nosotros.

c) Y hemos visto su gloria, gloria como la del Unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad.

Comentario
III. — Viviendo en el mundo.

a) ¡Rodilla en tierra! Adoración profunda... Es el mejor comentario: nos arrodillamos, seguimos el movimiento de bajada, de anonadamiento de Dios. Llegaremos tan abajo...

b) Alusión a las costumbres de los beduinos: asi como éstos despliegan y plantan su tienda en el desierto y al poco tiempo la levantan para irse a otro lugar, así Jesucristo vivió entre nosotros poco tiempo. A nosotros nos parecen algo 33 años... al Discípulo amado, que le vió y le trató, parecióle tan breve como una parada de los beduinos en el desierto.

c) Sus resplandores de Hijo de Dios, las señales de su divinidad, sus milagros, su doctrina... ,y esa gloria era tal cual convenía al Unigénito de Dios. Reunión y cúmulo de todas las gracias, Jesucristo es la Verdad: 1, como doctor y maestro, como luz de los hombres, a quienes descubre los misterios y verdades ; 2, como Mesías que cumplió las profecías, y 3, como BIEN verdadero para nosotros. Bien que no engaña "vitis vera, panis verus, lux vera».

Antonio Rubinos S.J.
CATECISMO HISTORICO LITURGICO DE LA MISA