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domingo, 26 de agosto de 2012

De los discípulos de San Vicente

Natural cosa es, y cada día la experimentamos, que el buen maestro saca buenos discípulos, por apegárseles a ellos comúnmente las costumbres y maneras del que les enseña. San Vicente, como era buen maestro en la escuela de Jesucristo (que es la Iglesia), tuvo muchos discípulos dignos de eterna memoria; pero entre ellos hubo algunos que en santidad y en prelaturas fueron más señalados, y de éstos quiero tratar en este capítulo; porque andando el tiempo, no se vaya también escureciendo su memoria. En el proceso de Nicolao papa V se dice que, entre otros, tuvo San Vicente cinco discípulos muy santos, de la Orden de Predicadores. 
El primero fue fray Jofre Blanes, catalán, el cual le siguió muchos años, y después, muerto él en Bretaña, predicó la palabra de Dios con grande ejemplo de santidad en Valencia, Aragón y Cataluña. Finalmente, estando en Barcelona, fué llamado por Nuestro Señor, y resplandeció con milagros. Sin esto, escribe el maestro Sorión, que como era el padre fray Jofre tan devoto de Nuestra Señora, ella se le aparecía muchas veces, lo cual es argumento de grande santidad. 
El segundo fue fray Juan de Gentilprado, valenciano. Este padre, siendo estudiante de teología en Tolosa, se fue en pos de San Vicente en hábitos de lego hasta Vannes, y después de muerto su maestro se vino a Cataluña y tomó el hábito de la Orden. Cuando estaba para morir fueron a visitarle algunos seglares, por la mucha devoción que le tenían; y para dejarlos consolados les hizo un notable sermón, y a lo mejor de él dió el alma en manos de su Criador, cuyo ministro y órgano hasta aquel punto había sido.
Otro valenciano, llamado fray Rafael Cardona, estudiante también de Tolosa, siendo mozo se juntó con San Vicente y le siguió mientras el Santo vivió. Después, quedándose por Francia, predicaba cada día como su maestro, y oía confesiones con gran bien de las almas. Y fue en extremo dichoso, porque por haber sido su vida inculpable, la muerte fué gloriosísima.
Fray Pedro Cerdán, natural de Cataluña, siendo hombre simple y no muy letrado, procuró de juntarse con San Vicente y seguirle muchos años. Muerto su maestro, comenzó a predicar con tanto fervor y tan profundamente que todos se maravillaban cómo había salido tan insigne doctor. Prosiguiendo su predicación, vino a morir gloriosísimamente en la villa de Graus, del condado de Ribagorza, donde hizo muchos milagros. Esto se halla en el sobredicho proceso. Mas deseando yo saber algunas particularidades tocantes al padre Cerdán, escribí a los jurados de aquella villa rogándoles que me diesen noticia de ellas. Y ellos me enviaron un auto de escribano, con las firmas y sellos del oficial del reverendísimo señor el obispo de Barbastro y del justicia de la villa, en el cual venía todo lo que se sigue. Pero advierta primero el lector que el padre fray Cerdán no murió de la enfermedad que le vino estando San Vicente en Graus, sino que convaleció y vivió algunos años después. Con este presupuesto, digo que San Vicente, antes de la postrera vez que fue a Francia, estuvo en Graus, y siendo avisado cuán sujeta estaba aquella villa a pestilencia, ordenó que los domingos, después de vísperas, se hiciese una devota procesión, en la mesma forma que ahora se hace y desde entonces acá siempre se ha hecho. Primero van los niños (que como inocentes es de creer que más a una serán oídos), y llevan un crucifijo que el mesmo Santo dejó allí para este efecto. Después van los varones legos con una cruz de la cual están colgadas unas disciplinas, y tras ellos los clérigos y, finalmente, las mujeres, las cuales traen una cruz con un lienzo en que está pintado el Santo, como autor de aquella buena costumbre.
En este tiempo adoleció un discípulo de San Vicente, llamado vulgarmente por los de la villa fray Cerdán, que su nombre de pila no le sabían ellos, hasta que yo le hallé en el proceso. Dejóle, pues, allí enfermo San Vicente y fuese a Francia. Si alguno se maravilla por qué San Vicente no curó milagrosamente a este su discípulo, como sanaba a otros enfermos, acuérdese que San Pablo no quiso tampoco sanar a su amado compañero San Timoteo, sino que le aconsejó bebiese un poco de vino para remedio de sus ordinarias enfermedades. Cuánto le duró la enfermedad al padre fray Pedro Cerdán, y si se fué tras el Santo otra vez, y otras cosas que pasaron hasta el día de su muerte, no se escriben en aquel auto; porque la antigüedad suele sepultar muchas cosas. Pero escríbese en él que cuando quiso Dios darle el premio que con la gracia del Espíritu Santo y con sus buenas obras había merecido, se le llevó de esta vida, estando él aposentado, que ahora se dice, de Francisco Tallada. En el mismo punto se tañeron por sí las campanas, y Dios movió los corazones de las gentes para que entendiesen por quién doblaban y fuesen a la casa donde el cuerpo santo estaba. Halláronle, pues, en su aposento ya difunto y que tenía juntas las manos y estaba sobre unos sarmientos (tal era su penitencia), y en torno de él muy grande luz, que así honra Dios a sus siervos. Sepultaron aquellas buenas gentes el cuerpo con gran devoción; y porque Nuestro Señor hacía por él algunos milagros, pusieron después el ataúd encima del altar mayor, y de allí (por guardarle más) le metieron en la sacristía, donde estuvo; encendiéndose allí candelas por devoción hasta el año pasado de 1574 por el mes de enero, que el oficial o provisor que está allí por el reverendísimo y muy ilustre señor don fray Felipe de Urrías, dominico, obispo de Barbastro, trasladó el santo cuerpo en un nuevo túmulo y sepulcro en la sacristía de la iglesia de Nuestra Señora de la Peña; donde es invocado por los enfermos y particularmente se muestra abogado contra las calenturas cuartanas a los que beben cierta agua que a él se ofrece. Era este padre del convento de Colibre, como dice el maestro Sorión, y como lo atestiguan Luis de Cardona, subdiácono del papa Nicolao V, cuando se hacía el proceso para canonizar a San Vicente, cada día resplandecía con nuevos milagros el santo fray Pedro Cerdán. 
El quinto discípulo de San Vicente fué un fray Blas, el cual, siendo noble y beneficiado en Alvernia, dejó todo lo que en el mundo poseía y se hizo religioso de la Orden de Santo Domingo, y no solamente dió grande ejemplo de santidad cuando vivía, pero después de muerto fué habido por santo en el convento Cistrense, donde está sepultado, por los muchos milagros que hizo; y actualmente los hacía cuando querían canonizar a su maestro.
Sin esto, se halla en otra parte del proceso que innúmerables hombres de mala y diabólica vida se convirtieron por medio de San Vicente y quisieron ser frailes de esta Orden, a los cuales el mismo Santo vistió del hábito, y después aprovecharon grandemente en la religión.
Otro discípulo hallo que tuvo San Vicente, llamado Pedro Queralt, el cual, después de la muerte del Santo, o poco antes de ella, tomó el hábito de la Orden en Predicadores de Lérida y fué reformador de algunos conventos de esta provincia. Tuvo el demonio particular enemistad con este padre, por ser él tan bueno y santo; pero todos los lazos que el enemigo le armaba, rompía Nuestra Señora, de la cual él fué devotísimo, como buen hijo de Santo Domingo. Entre los escritos y revelaciones del bienaventurado padre Fort, cartujo, hallamos que una vez derribó el demonio al maestro Queralt de la cabalgadura en que iba, y por poco le matara si Nuestra Señora, que iba con él y le guardaba, no le favoreciera de presto. También estando enfermo el mesmo maestro se puso el demonio a la cabecera de la cama en forma de otro doctor, y poco a poco le propuso tan recias dudas y argumentos contra el misterio de la santísima Trinidad, que él se halló muy atado y confuso. Mas volviendo los ojos a una imagen de Nuestra Señora, luego la Reina del cielo le consoló y echó de allí al enemigo, y a él le inspiró en su entendimiento la solución de los argumentos.
 Todas o las más revelaciones que el padre Fort tenía, por no ser engañado, las practicaba con este padre, como con hombre doctísimo y santísimo. Piensen esto bien los que se dan a la oración mental y en ella reciben algunos gustos espirituales. Tomen ejemplo de este padre cartujo y no se fíen de sí mesmos, sin descubrir sus secretos a personas doctas y católicas que les pueden desengañar. Lean el capítulo doceno y el treceno del tratadillo de la Vida espiritual que compuso San Vicente, y allí verán cuántas veces engaña el demonio a los soberbios con revelaciones, raptos, sentimientos y dulzuras, que pareciendo espirituales son de Satanás. Porque cierto estas cosas no son tan buenas que no pueda el demonio hallar manera para descargar en ellas su veneno sin que se sienta. El cuerpo del santo padre Queralt descansa en Predicadores de Lérida, sin que después de tantos años se haya corrompido, como dijimos del cuerpo de fray Tomás Carnicer. De los cuales el Tomás tué maestro de San Vicente, y el Pedro fué discípulo del mesmo Santo y vivió muchos años después. Porque en el Capítulo general que se celebró en Montpeller en el año de 1456, que fué el primero después de la canonización de San Vicente, se halló fray Pedro Queralt, como provincial de Aragón, y en el mesmo Capítulo fué hecho maestro en Teología. De manera que quien dice que este padre también fué maestro de San Vicente vive muy engañado.
Otros discípulos hubo del Santo que no fueron religiosos, como don Fernando Aragonés, obispo, y don Juan, obispo que era de Mallorca, cuando se tomaban las informaciones para canonizar a San Vicente; pero de ellos no tengo yo obligación de tratar.
Fray Justiniano Antist
VIDA DE SAN VICENTE FERRER

viernes, 24 de agosto de 2012

LA APOSTASIA (6)

EL TEXTO DEL PADRE LACUNZA.

El Padre Lacunza comienza su interpretación copiando el texto de Apocalipsis XIII en el que describe a la Bestia de dos cuernos como de cordero, como antes vimos, y lo transcribe completo, lo cual no haré. Y dice después: "Esta Bestia nueva, lejos de significar un obispo particular o un hombre individuo y singular, significa y anuncia, según la expresión clara del mismo Cristo, un cuerpo iniquísimo y peligrosísimo, compuesto de muchos seductores: Se levantarán (dice) muchos falsos profetas...y darán grandes señales y prodigios".
"Pues esta Bestia nueva, este cuerpo moral, compuesto de tantos seductores, será sin duda en aquellos tiempos infinitamente más perjudicial, que toda la primera Bestia, compuesta de siete cabezas, y armada con diez cuernos todos coronados".

"No espantará tanto al cuerpo, o al rebaño de Cristo la muerte, los tormentos, los terrores y amenazas... cuanto el mal ejemplo de los que debían darlo bueno, la persuación, la mentira, las órdenes, las insinuaciones directas o indirectas; y todo con aire de piedad y máscara de religión, todo confirmado con fingidos milagros, que el común de los fieles no es capaz de dintinguir de los verdaderos".
"Es más que visible a cualquiera que se aplique a considerar seriamente esta Bestia metafórica, que toda ella es una profecía formal y clarísima del estado miserable en que estará en aquellos tiempos la Iglesia Cristiana, y del peligro en que se hallarán aun los más fieles, aún los más inocentes, y aún los más justos".
Vale la pena intercalar un comentario propio para ese tiempo que ha llegado ya. ¿No habla el Padre Lacunza de peligros que son irrisorios?. Mientras yo tenga salud, buenos negocios, buena casa, buenos viajes y diversiones, buenas amistades, buen dinero, es decir, "calidad de vida", ¿de qué otra cosa me voy a preocupar sino por adquirirlos?.. Si en medio de esta lucha por la vida me queda tiempo para la lujuria y para la farra, ¿me voy a estar preocupando por desgracias y terrores espirituales que ni me dan y sí me pueden quitar la paz?, ¿quién haría esto en este siglo de la libertad, que tuviese todos sus tornillos apretados?
Sigue el Padre Lacunza: "Considerad, amigo, con alguna atención todas las cosas generales y particulares que nos dice San Juan de esta Bestia terrible, y me parece que no tendréis dificultad en entender lo que realmente significa, y lo que será o podrá ser en aquellos tiempos de que hablamos la Bestia de dos cuernos".
"El respeto y veneración con que miro, y debemos mirar todos los fieles cristianos a nuestro sacerdocio, me obliga a andar con estos rodeos, y cierto que no me atreviera a tocar este punto, si no estuviese plenamente persuadido de su verdad, de su importancia, y aun de su extrema necesidad".
"Sí, amigo mío, nuestro sacerdocio; éste es, y no otra cosa el que viene aquí significado, y anunciado para los últimos tiempos debajo de la metáfora de una bestia con dos cuernos semejantes a los del cordero".
"Nuestro sacerdocio, que como buen pastor, y no mercenario, debía defender el rebaño de Cristo, y poner por él su propia vida, será en aquellos tiempos su mayor escándalo, y su mayor y más próximo peligro".
"¿Qué tenéis que extrañar esta proposición?, ¿ignoráis acaso la historia?, ¿ignoráis los principales y más ruidosos escándalos del sacerdocio hebreo?. ¿Ignoráis los escándalos horribles y casi continuados por espacio de diez y siete siglos del sacerdocio cristiano?".
"¿Quién perdió enteramente a los judíos, sino su sacerdocio?. Este fue el que resistió de todas las formas al Mesías mismo; no obstante que lo tenía a la vista, oía su voz, y admiraba sus obras prodigiosas. Este fue el que cerrando sus ojos a la luz, se opuso obsecadamente a los deseos y clamores de toda la nación que estaba prontísima a recibirlo, y lo aclamaba a gritos por Hijo de David y Rey de Israel. Este fue el que les cerró los ojos con miedos, con amenazas, con persecuciones, con calumnias groseras, para que no viesen lo mismo que tenían delante, para que desconociesen a la esperanza de Israel, para que olvidasen enteramente sus virtudes, su doctrina, sus beneficios, sus milagros, de que todos eran testigos oculares. Este, en fin, les abrió la boca para que lo negasen, y reprobasen públicamente, y lo pidiesen a grandes voces para el suplicio de la Cruz".
"Ahora digo yo: ¿este sacerdocio lo era acaso de algún ídolo o de alguna falsa religión?, ¿había apostatado formalmente de la verdadera religión que profesaba?, ¿había perdido la fe en sus Escrituras y la esperanza de su Mesías?, ¿no tenía en sus manos las Escrituras?, ¿no podía mirar en ellas como en un espejo clarísimo la veredera imágen de su Mesías, y cotejarla con el original que tenía presente?" 
"Si, todo es verdad; mas en aquel tiempo y circunstancias, todo esto no bastaba, ni podía bastar. ¿Por qué?, porque la iniquidad de aquel sacerdocio, generalmente hablando, había llegado a lo sumo. Estaba viciado por la mayor y máxima parte; estaba lleno de malicia, de dolo, de hipocrecía, de avaricia, de ambición; y por consiguiente lleno también de temores y respetos puramente humanos, que son lo que se llaman en la Escritura la prudencia de la carne y el amor del siglo, incompatibles con la amistad con Dios".
"Esta fue la verdadera causa de la reprobación del Mesías, y de todas sus funestas consecuencias, la cual no se avergonzó aquel inicuo sacerdocio: ¿Que hacemos porque este hombre hace muchos milagros?. Si lo dejamos así, creerán todos en él, y vendrán los romanos y arruinarán nuestra ciudad y nación (Juan XI, 47-48)".
"¿Qué tenemos, pues, que maravillarnos de que el sacerdocio cristiano pueda en algún tiempo imitar en gran parte la iniquidad del sacerdocio hebreo?, ¿que tenemos que maravillarnos de que sea el únicamente simbolizado en esta Bestia de dos cuernos?".
"Los que ahora se admiren de esto, o se escandalizaren de oirlo, o lo tuvieren en un despropósito increíble, es muy de temer, que llegada la ocasión, sean los primeros que entren en el escándalo, y los primeros presos en su lazo. Por lo mismo que tendrán por increíble tanta iniquidad en personas tan sagradas, tendrán también por buena la misma iniquidad".
La boca del Padre Lacunza fue boca de profeta y ahora lo es tamos viendo. En su tiempo muchos lo condenaron como hereje. Por decir estas cosas inauditas. Tendríamos que condenar a la santa Madre de Dios, por haber dicho en La Salette en 1846 que los sacerdotes se habían convertido en "cloacas de impureza", y que "Roma perdería la Fe y se convertiría en la Sede del Anticristo".
Sigue el Padre: "¿Qué hay de maravillarse después de tantas experiencias?. Así como en todos los tiempos han salido del sacerdocio cristiano bienes verdaderos e inestimables que han edificado y consolado a la Iglesia de Cristo, así han salido innumerables y gravísimos males, que la han escandalizado y afligido. ¿No gimió todo el orbe cristiano en tiempo de los arríanos?, ¿no se admiró de ver se arriano casi sin entenderlo, según esta expresión viva de San Jerónimo: gimió todo el orbe al verse arriano?, ¿y de dónde le vino todo este mal sino del sacerdocio?".
"¿No ha gemido en todos estos tiempos la Iglesia de Dios entre tantas herejías, cismas y escándalos, nacidos todos del sacerdocio y sostenidos por él obstinadamente?. Y ¿qué diremos de nuestro tiempo?.

"Consideradlo bien y entenderéis fácilmente cómo la Bestia de dos cuernos puede hacer tantos males en los últimos tiempos. Entenderéis, digo, cómo el sacerdocio de los últimos tiempos, corrompido por la mayor parte, pueda corromperlo todo, y arruinarlo todo, como lo hizo el sacerdocio hebreo. Entenderéis en suma, cómo el sacerdocio mismo de aquellos tiempos venideros, con su pésimo ejemplo, con persuasiones, con amenazas, con milagros fingidos, etc., podrá alucinar a la mayor parte de los fieles, podrá deslumbrarlos, podrá cegarlos, podrá hacerlos desconocer a Cristo y declararse, en fin, por sus enemigos: se levantarán muchos falsos profetas y engañarán a muchos. Y harán grandes señales. Y porque se multiplicará la iniquidad, se resfriará la caridad de muchos".
"¡Oh!, ¡qué tiempos serán aquellos!, ¡qué oscuridad!, ¡qué temor!, ¡qué tentación!, ¡qué peligro!. Si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva".
 
Habría que preguntar a los miembros de esta generación actual tan divertida, tan libre, tan deportista, tan rockanrolera, tan progresista, qué les parecen las palabras aspaventeras de este sacerdote tan alarmista. ¿Cuál oscuridad, cuál temor, cuál tentación si las mujeres ya salen en las competencias deportivas enseñando sus carnes generosamente y no tiene nada de malo, cuál peligro?. Cuando voy a una discoteca a sobar a una zorra, ¿siento que alguien me está amenazando?. ¡Qué mente tan truculenta la de este sacerdote!.
"Pensad, amigo, con formalidad, cuál podia ser la verdadera razón de una diferencia tan grande, y difícilmente hallaréis otra, que la Bestia nueva de dos cuernos que ahora consideramos, o lo que es lo mismo, el sacerdocio cristiano, ayudando a los perseguidores de la Iglesia y de acuerdo con ellos, por la abundancia de su iniquidad".
"En las primeras persecuciones hallaban los fieles en su sacerdocio o en sus pastores, no solamente buenos consejos, instrucciones justas y santas, exhortaciones fervorosas, sino también la práctica de su doctrina. Los veían ir adelante con el ejemplo; los veían ser los primeros en la batalla; los veían no estimar ni descanso, ni hacienda, ni vida, por la honra de su Señor, y por la defensa de su rey" .

 En esta crisis final, si no nos fijamos en los fieles que han quedado presos en las redes de la Bestia, engañados y pervertidos, y dirigimos nuestra mirada a ese supuesto "resto fiel", veremos que incluso los fieles han abandonado a sus pastores. ¿Qué buenos consejos, qué instrucciones justas y santas, que exhortaciones fervorosas, qué ejemplo si apenas hay un contacto dominical -y muy regateado-, porque el mundo los requiere constantemente, intensamente?.
¿Y no también los condenan de cualquier palabra que les parezca altisonante?. Así condenaron los fariseos a Cristo (Mat. XV, 12): "Sabes que los fariseos se han escandalizado al oir tus palabras?".
¡Cuánto bien le hubiesen hecho al Mesías los consejos de estos del magisterio laico, estos jueces de horca y cuchillo, estos de la ignorancia ilustrada!. Tal vez no lo hubieran crucificado. ¿No será él mismo culpable de su crucifixión?. 
Les dijo a las autoridades religiosas de Su tiempo y a los poderosos fariseos que primero entrarían al Reino de los Cielos las rameras y los publícanos que ellos (Mat. XXXI, 22); a los discípulos que no dieran lo que es santo a los perros (Mat. VII, 6); a los fariseos que se les quitaría el Reino para darlo a quienes rindan fruto (Mat. XXI,43); que eran homicidas (Mat. XXI, 33); que eran hipócritas (Mat. XXIII, 28); que frustran los planes de Dios (Luc. VII, 30); hijos del Diablo (Juan VIII, 44); serpientes, raza de víboras (Mat. XXIII, 33) sepulcros blanqueados llenos por dentro de huesos de muerto y de inmundicia. Tal vez un judío piadoso acompañando a otro, al pasar por algún lugar donde predicara Cristo le hubiese dicho: Tápate los oídos, ponte un tapón hermético, no sea que lo que oigas te inquiete, te quite la paz y pierdas la fe. Aléjate de aquí.
"No por esto se dice, sigue el Padre Lacunza, que no habrá aquellos tiempos algunos pastores buenos, que no sean mercenarios. Si, los habrá; ni se puede creer menos en la bondad y providencia de Cristo el sumo Pastor; mas estos pastores buenos serán muy pocos y tan poco atendidos, respecto de los otros, como lo fue Elias respecto de los profetas de su tiempo, que unos y otros resistieron obstinadamente y persiguieron a los profetas de Dios; unos y otros hicieron inútil su celo, e infructuosa su predicación; unos y otros fueron la causa inmediata, así de la corrupción de Israel, como de la ruina de Jerusalén".
"Si todavía os parece difícil de creer que el sacerdocio cristiano de aquellos tiempos finales sea el únicamente figurado en la terrible Bestia de dos cuernos, repasad con nueva atención en todas las palabras y expresiones de la profecía; pues ninguna puede estar de más".
"Decidme ahora, amigo, con sinceridad, ¿a quién pueden competir todas estas cosas, piénsese como se piense, sino a un sacerdocio inicuo y perverso, como lo será el de los últimos tiempos".
"Lo que no puede concebirse de una persona particular, se puede muy bien concebir y se concibe al punto de un cuerpo moral, compuesto de muchos individuos repartidos por toda la Tierra; se concibe al punto en el sacerdocio mismo, y en su mayor y máxima parte, en el estado de tibieza y relajación en que estará en aquellos tiempos infelices".
"No es menester decir para esto, que el sacerdocio de aquellos tiempos finales, persuadirá a los fieles que adoren a la primera Bestia con adoración de latría como a Dios. El texto no dice tal cosa, ni hay en todo él una sola palabra de dónde poderlo inferir. Sólo habla de simple adoración, y nadie ignora lo que significa en las Escrituras esta palabra general, cuando no se nombra a Dios, o cuando no se infiere manifiestamente del contexto: e hizo (ésta es la expresión de San Juan) que la Tierra y sus moradores adorasen a la primera Bestia".
"Así, el hacer adorar a la primera Bestia, no puede aquí significar otra cosa, sino hacer que se sujeten a ella, que obedezcan a sus órdenes, por inicuas que sean, que no resistan como debían hacerlo, que den señales externas de su respeto y sumisión, y todo esto por temor de sus cuernos"
, es decir, -quiere decir el Padre Lacunza, por obediencia, respeto y sumisión del sacerdote.
Vale la pena interrumpir aquí el texto del Padre que estamos copiando, para comentar algunos puntos importantes:  
1. Dice el Padre Lacunza, que la Bestia es un cuerpo moral. Pero, no solamente es un cuerpo moral con el sacerdocio de su tiempo, sino que esa segunda Bestia forma un sólo cuerpo moral con las otra cuatro bestias que forman la primera Bestia de San Juan, con los sacerdotes de cada una de las cuatro. Pero llego a más. Lo estamos viendo. A esas cinco bestias que son la cabeza del Anticristo, con los sacerdotes de cada tiempo, se suma el laicado. La perversidad y degeneración de todos, jerarcas y pueblo, concibieron y formaron en el seno de Satanás al Anticristo. Por eso la doctrina dice que Cristo viene a los hombres en Su Encarnación; viene en los hombres en la Eucaristía; y viene contra los hombres en Su Parusía. Por la suma apostasía de todos y no solamente de unos o de otros. 
2. El Padre Lacunza se equivoca al decir que esta última Bestia es peor a la anterior. De las cinco bestias -una con siete cabezas y la última, no ha habido otra más perversa que la segunda cabeza de la primera Bestia de San Juan. Esta es la que expulsó el Sacrificio Perpetuo de los altares; invalido los Sacramentos alterando sus formas -o fórmulas-; aprobó los documentos del Concilio Vaticano II, introductor de la herejía modernista en la Iglesia, revolucionaria y homicida; proclamó por primera vez en la historia en la tribuna de la O.N.U., la necesidad de un gobierno mundial, y renuncia a la suprema autoridad pontificia descoronandose de la Tiara Pontificia en una ceremonia litúrgica, poco tiempo después de que altas autoridades del Vaticano se la hayan ofrecido a Satanas en una ceremonia en el Vaticano un 29 de junio de 1963, entre otras cosas.
 La perversidad, la corrupción y la apostasía en constante aumento evidente durante los reinados de esas cabezas anticrísticas, no podrán igualar nunca la perversidad de la actuación de Paulo VI. El Padre Lacunza no podía ver antes del año 1800, lo que nosotros estamos viendo comenzando el siglo XXI, en que ya se han cumplido y aclarado muchos vaticinios. 
3- El Padre Lacunza, nos lleva a reflexionar cuál será el culto idolátrico que esta Bestia con dos cuernos de cordero obligará al pueblo a rendirle a la Bestia que fue herida de muerte, pero que vive. Dice apropiadamente que "se sujeten a ella, que obedezcan a sus órdenes, por inicuas que sean, que no resistan como debían hacerlo, que den señales externas de su respeto y sumisión". Esto es exactamente lo que esta Bestia está manipulando con ese "culto" a Juan Pablo II que fue herido de muerte y vivió. De hecho, a este señor se le rinde un culto que yo he llamado papolatría.
A los fieles ya no se les puede decir la verdad del Evangelio y el Magisterio de la Iglesia, sin que lo consideres un grave error si está contra algo que haya dicho Juan Pablo II. Y es impensado decir algo para que surja un rechazo inmediato de su persona o de sus acciones, incluso las más escandalosas y anticristianas. La Bestia con cuernos de cordero, que es Benedicto XVI manipula magistralmente esta fama, y por eso lo ha "beatificado" y ahora pretende "canonizarlo".
"Tampoco es menestar decir, sigue el Padre Lacunza, que el sacerdocio de que hablamos, habrá ya apostatado de la religión cristiana. Si hubiere en él algunos apóstatas formales y públicos, que sí los habrá, y no pocos, éstos no deberán mirarse como miembros de la segunda bestia, sino de la primera".
Es importante lo que aquí considera el Padre Lacunza. Los apostatas formales y públicos no se deben mirar como miembros de la segunda bestia con cuernos de cordero, sino de la primera. Los apóstatas en el sacerdocio, modernista anticrístico, pueden ser catalogados en muchas clases, pero sólo en dos principales grandes grupos actores en esta situación terrible que está viviendo la Iglesia:
 1. Los que antes del Concilio Vaticano II ya habían penetrado en la Iglesia, que formaron incluso una sociedad secreta detectada y denunciada por el Papa San Pío X a principio del siglo XX, constantemente creciente, apostatas públicos, aliados a los masones y a los satanistas, que lograron capturar, al fin, el Trono pontificio a la muerte del Pastor Angélico -Pío XII- y que luego controlaron y manipularon al Concilio ya anunciado por la Masonería desde finales del siglo XIX, para inyectar incluso en los vasos capilares de la Iglesia sus cochinadas, y los que después del famoso Concilio fueron penetrados poco a poco por la herejía, camino a la apostasía. Por eso los más peligrosos, son los miembros de la primera Bestia. Son los corruptores de los demas.
Pero los otros, herederos de la estupidez o malicia de los primeros, envenado el espíritu y alejados de la Religión de sus padres, son nombrados a veces, -y por esto se sienten favorecidos de Dios-, para dirigir una de las pequeñas bandas de música que llenan los pueblos, como murgas callejeras para que con sus trompetazos, guitarrazos y tamborazos, llenen el ambiente de la Fe con un océano sonoro destemplado y estridente para que los oyentes, en la más increíble ignorancia doctrinal -muchas veces culpable-, los feliciten como progresistas y abanderados de la Fe y de la Tradición. Sin embargo, el resultado que obtienen unos y otros, ya sea su origen la estupidez o la malicia no es diferente si no es sólo en el grado de la apostasía diferente en cada individuo.
Esta es una invasión diabólica sin pies ni cabeza. Es el caos absoluto que sólo entiende el Diablo, y Dios que le pondrá remedio.
"Basta, pues, que el sacerdocio de esos tiempos peligrosos se halle ya en aquel mismo estado y disposiciones en que se hallaba en tiempo de Cristo el sacerdocio hebreo, quiero decir, tibio, sensual y mundano, con la verdadera Fe muerta o dormida, sin otros pensamientos, sin otros deseos, sin otros afectos, sin otras máximas que el mundo, la Tierra, la carne, el amor propio y olvido total de Cristo o el Evangelio"
Lo que dice el Padre hay que interpretarlo, pues nadie se va a encontrar con ningún sacerdote que para la apariencia exterior no confiese a Cristo, a la Tradición al Evangelio, pero sus obras desmentirán sus lenguas hipócritas.
Luego dice con mucha agudeza, aclarándonos por qué motivo ve surgir a esta segunda Bestia de la Tierra: "Con todo esto, parece que suena aquella expresión metafórica que usa el Apóstol, diciendo: que vió a una Bestia salir o levantarse de la Tierra". Es decir, el trabajo de zapa por tantos años pugnado, la mundanidad, la adoración del dios dinero, de la carne, del amor propio, etc, formando ya el colmo de la podrición y de la porquería, haciendo ya una pelota con todos los seguidores para ser arrojada para arder en el Infierno.
"Añade -el Apóstol-, que la vio con dos cuernos semejantes a los de un cordero, la cual semejanza, aun prescindiendo de la alusión a la mitra, que reparan varios doctores, parece por otra parte siguiendo la metáfora, un distintivo propísimo del sacerdocio, que a el sólo puede competir. De manera, que así como los cuernos coronados de la primera Bestia significan visiblemente la potestad, la fuerza, y las armas de la potencia secular de que aquella Bestia se ha de servir para herir y hacer temblar toda la Tierra; así los cuernos de la segunda, semejantes a los de un cordero, no pueden significar otra cosa, que las armas o la fuerza de la potestad espiritual, las cuales aunque de suyo son poco a propósito para poder herir, para poder forzar o para espantar a los hombres; mas por eso mismo se concilia esta potencia mansa y pacífica, el respeto, el amor y la confianza de los pueblos; y por eso mismo es infinitamente más poderosa, y más eficaz para hacerse obedecer, no solamente con la ejecución, como lo hace la potencia secular, sino con la voluntad, y aun también con el entendimiento"
No se puede negar que la primera Bestia contó con la fuerza de la potencia secular que era su aliada y la apoyaba. Pero también es inegable que esta Bestia con cuernos semejantes al cordero, se vale de la fuerza de la primera Bestia para hacerse obedecer incluso por la voluntad, y así lleva a los hombres al abandono de la Fe y a la apostasía. Porque también los hombres se han prostituido.
"Mas esta Bestia mansa y pacífica -prosigue el amado Discípulo-, esa Bestia en la apariencia inerme, pues no se le veía otra arma que dos pequeños cuernos semejantes a los de un cordero, esa Bestia tiene un arma horrible y ocultísima, que era su lengua, la cual no era de cordero, sino de dragón: Hablaba como el Dragón".
Alejado ya el sacerdocio y el pueblo de la pura ortodoxia, camino al sincretismo, a la brujería, a la hechicería, al indiferentismo, al laicismo, pues la pura Doctrina ya no se soporta, y es considerada como cosa superada e inpracticable, la lengua de esta Bestia con apariencia de cordero, tiene una fuerza brutal porque la prostitución de la Doctrina, les hace ver a todos que las nuevas creencias adquiridas y modernas son avaladas por la máxima autoridad espiritual que habla como el dragón. Por eso la obediencia es completa. Porque les dice lo que quieren oir y calla lo que les molesta.
"Lo que quiere decir esta similitud, y a lo que alude manifiestamente, lo podéis ver en el capítulo III del Génesis. Allí entenderéis cuál es la lengua, o la locuela (es decir, la manera de hablar) del dragón, y por esta locuela entenderéis también fácilmente la locuela de la Bestia de dos cuernos de cordero en los últimos tiempos, de la cual se dice, que como habló el dragón en los primeros tiempos, y engañó a la mujer, así hablará en los últimos la Bestia de dos cuernos, o por medio de ella, el dragón mismo".
"Hablará con dulzura, con halagos, con promesas, con artificio, con astucias, con apariencias de bien, abusando de la confianza y simplicidad de las pobres ovejas para entregarlas a los lobos, para hacerlas rendirse a la primera Bestia, para obligarlas a que la adoren, la obedezcan, la admiren, y entren a participar o a ser iniciadas en su misterio de iniquidad".
Sólo me parece que ese "obligar" a los fieles no requerirá de tanta presión. El ambiente corrupto, el sumidero pestilente en el que todos se revuelcan, hará de las palabras de esta Bestia, sólo leves insinuaciones. Puertas abiertas por las que todos pasarán, como pasan atropelladamente los que salen de un cine que se incendia.
"Y si algunas se hallaren entre ellas -entre las ovejas-, tan entendidas que conozcan el engaño, y tan animosas se resistan a la tentación (como ciertamente las habra) contra estas se usarán, o se pondrán en gran movimiento las armas de la potestad espiritual, o los cuernos como de cordero, prohibiendo que ninguno pueda comprar, o vender, sino aquel que tiene la señal, o el nombre de la Bestia. Estas serán separadas de la sociedad y comunicación con las otras, a estas nadie les podrá comprar ni vender, si no traen públicamente alguna señal de apostasía: porque ya habían acordado los judíos, dice el Evangelio, que si alguno confesase a Jesús por Cristo, fuese echado de la sinagoga (Juan IX, 22)".
No hubo necesidad de decretar la expulsión o excomunión de los fieles entendidos que conocieron el engaño. Pero la separación es un hecho innegable. Muchos fieles, aunque minoría, no quieren ninguna clase de comunicación con la Iglesia de la apostasía en la que reina el Anticristo desde la muerte del Papa Angélico.
Ellos no gozan de los beneficios que imparte la apostasía. No están marcados con el sello de la Bestia que dice Santo Tomás de Aquino, es la asistencia a un culto ilícito. No dice inválido, sino ilícito. De esta manera son afectados también muchos de los que han rechazado a la Roma hereje.
Mons. José F. Urbina Aznar
LA APOSTASIA. EL DESPRECIO Y LA INDEFERENCIA...

MARTIRIO DE SAN MAXIMILIANO, BAJO DIOCLECIANO, AÑO 295

A decir verdad, leídas las actas de San Maximiliano, nos asalta casi la duda de que se trate de un verdadero mártir. Maximiliano era hijo de un veterano del ejército, obligado por el mero hecho a seguir la carrera de lar armas: Sciant veterani -dice un texto legal—quibus quies post arma concessa est, liberos suos offerendos esse militiae.
Maximiliano opone a la ley, que no tenía para nada en cuenta la vocación individual, lo que en tiempos modernos se ha llamado la objeción de conciencia. Maximiliano, presentado por su padre para ser incorporado al ejército, objeta que no puede ser soldado porque es cristiano. Cree, pues, incompatible la profesión de las armas y la de cristiano, en lo que no hace sino continuar una tradición que arranca de Tertuliano y se mantuvo señaladamente viva en Africa. Entre las obras del ardiente y extremoso africano, es célebre y muy característica la De corona militis. Con ocasión de un reparto (largitio) que parece haberse hecho a la guarnición de Lambesa el año 211, a la muerte de Septimio Severo y advenimiento al trono de Caracalla y Geta, un soldado cristiano se niega a ceñir la corona de laurel, que era de rito llevar sobre la cabeza al acercarse a recibir la dádiva imperial. Interrogado sobre la razón de su conducta, responde: "A mí no me está bien adornarme la cabeza de la misma manera que los demás, porque soy cristiano." 
"¡Oh, soldado glorioso del Señor!, exclama arrebatado Tertuliano. Se delibera sobre lo que haya de hacerse; se remite la causa al tribunal, y el reo es llevado a presencia de los prefectos. Allí depone el pesadísimo manto, pareciéndole así haberse vuelto más ligero; se desata los incomodísimos calzados, comenzando a poner el pie sobre una tierra santa; restituye la espada, por ser inútil para la defensa del Señor, y deja caérsele de la mano la inútil corona. Desde aquel día, rojo por la esperanza de su sangre, calzado según la prescripción del Evangelio, ceñido de la palabra de Dios, más afilada que una espada; revestido de toda la armadura de que habla el Apóstol y digno de recibir la Cándida corona del martirio, mucho más gloriosa que la otra, espera en la cárcel el donativum o reparto de Cristo." Las opiniones, sin embargo, sobre la conducta del soldado cristiano se dividieron en la comunidad de Cartago.
Tertuliano, según su temperamento, sigue la extrema. Para él, la conducta del soldado, que arroja al suelo su corona, fue heroica; la de sus compañeros, que creyeron podía a la par servirse a dos señores, altamente censurable. La cuestión gira primero sobre si es o no licito llevar una corona en la cabeza, y aquí sofistiquea el maestro africano; pero luego entra la cuestión de fondo, que, innegablemente, hubo de inquietar a más de una conciencia cristiana y dió lugar a actitudes como la de Maximiliano y otros soldados cristianos. Éste proclama que no puede ser soldado, porque no puede hacer el mal (malefacere), pues es cristiano.

¿Qué males hacen los que militan?- pregunta el pro cónsul.

La respuesta la da Tertuliano: el mal fundamental es que la vida de la milicia estaba, como no podía ser menos, impregnada de idolatría. "¿Creemos nosotros — dice Tertuliano— que esté permitido a un cristiano juntar al juramento prestado a Dios el juramento prestado a un hombre, y ponerse al servicio de otro amo, después de haberse puesto al de Cristo?... ¿Le será permitido vivir con la espada al lado, cuando el Señor advierte que quien a espada hiere, a espada perecerá? ¿Irá a combatir él, hijo de la paz, a quien no es siquiera lícito pleitear? ¿Hará sufrir a otros las cadenas, la cárcel, las torturas, los suplicios, él que no debe vengarse ni de las propias injurias? ¿Hará guardia por otro que por Jesucristo? ¿Velará delante de aquellos templos a los que ha renunciado? ¿Cenará en los lugares prohibidos por el Apóstol? Apoyándose y descansando sobre aquella lanza que traspasó el costado de Cristo, ¿defenderá durante la noche aquellos demonios que él mismo, durante el día, habrá puesto en fuga mediante los exorcismos? ¿Llevará una bandera enemiga de Cristo?... ¡Y cuántos otros actos se cumplen en el servicio militar, que han de considerarse como otros tantos pecados!" (De cor., 11).
En su tratado De idolatria, que debió de seguir muy de cerca al De corona militis, Tertuliano sentó de modo tajante su sentir en la cuestión viva de si era o no lícita al cristiano la profesión de las armas: "... Mas la cuestión que al presente se plantea es ésta: si un cristiano puede abrazar la milicia, y también si la milicia puede ser admitida a la fe, siquiera la del soldado raso y grado ínfimo, que no ha de verse forzada a ofrecer sacrificios o dictar sentencias capitales. No hay acuerdo entre el juramento a Dios y el juramento a los hombres, entre la bandera de Cristo y la bandera del diablo, entre los campamentos de la luz y los campamentos de las tinieblas; no puede una misma alma deberse a dos señores, a Dios y al César.
Las ideas rigoristas de Tertuliano son, en realidad, las dominantes en los maestros cristianos, como Orígenes en el siglo III y Lactancio en el siglo IV. Las ideas, decimos, porque en la práctica los cristianos formaron parte del ejército, y cada cual, como siempre, resolvería su caso de conciencia como Dios le inspirara. La vida arrolla siempre las teorías. Este heroico quinto Maximiliano, que, africano él, bien pudo haberse formado en los escritos del presbítero cartaginés, o por lo menos recibir su nunca muerta influencia, representa la teoría pura, sin contemporizaciones ni componendas, y por ello merece nuestra simpatía y admiración. Sin embargo, volviendo a lo que inicialmente dijimos, casi, casi nos asalta la duda de que se trate de un mártir. El procónsul no le exige, ni por un momento, que reniegue su fe; ante sus escrúpulos por abrazar la milicia, le recuerda el ejemplo de tantos cristianos que sirven en los ejércitos de los cuatro emperadores; en fin, la sentencia de muerte no recae sobre motivo religioso, sino sobre el acto de deslealtad —indeuoto animo- que supone la actitud del hijo de un veterano. Por otra parte, por las fechas del martirio de Maximiliano, 295, la gran persecución no había estallado todavía ni se había siquiera iniciado la depuración del ejército, que fué su preludio.
"Sin embargo —dice Allard—, al condenar a muerte al joven Maximiliano, el procónsul parece haberse pasado de la raya. La ley pronunciaba contra los reclutas refractarios un castigo más ligero."  
"Los que antiguamente -dice un jurisconsulto de comienzos del siglo III— no respondían a la incorporación a filas, eran reducidos a servidumbre como traidores a la libertad; mas, cambiada la situación del ejército, ya no se pronunció la pena capital, pues las más de las veces se cubren los escuadrones con voluntarios".
Al hacer caer la cabeza del joven quinto, que, mal instruido tanto de los deberes del cristiano como de las obligaciones del soldado, pero animado de ardiente fe, había tan audazmente confesado a Jesús, el procónsul parece haber cedido a un movimiento de odio religioso... Maximiliano merecía castigo; pero probablemente no se le hubiera condenado a muerte si hubiera invocado en apoyo a sus repugnancias motivo distinto de su título de cristiano. Así, no tiene usurpado el de mártir con que le venera la Iglesia.

Martirio de San Maximiliano.

I. Siendo por cuarta vez cónsules Tusco y Anulino, los ídem de marzo, en Teveste, presentándose en el foro Fabio Víctor juntamente con Maximiliano, y admitido Pompeyano, abogado, éste dijo:
Fabio Víctor, temonario, está ante tu presencia, con Valeriano Quinciano y el excelente quinto Maximiliano, hijo de Víctor. Pues, apto, ruego que se le aliste.
 El procónsul Dión dijo: ¿Cómo te llamas? 
Maximiliano respondió:
¿Para qué quieres saber mi nombre? A mí no me es licito ser soldado, porque soy cristiano.
El procónsul Dión dijo:
Tállalo.
Al tallársele, Maximiliano respondió:
Yo no puedo ser soldado; yo no puedo hacer el mal. porque soy cristiano.
El procónsul Dión dijo: Mídasele.
Una vez medido, los empleados del tribunal dijeron en voz alta:
Tiene cinco pies y diez pulgadas
Dión dijo a los empleados: Márquesele.
Maximiliano se resistía, diciendo: 
No lo consiento; yo no puedo ser soldado. 

II.  Dión dijo:
Sé soldado; si no, estás perdido. 
Maximiliano respondió:
No quiero serlo. Córtame la cabeza, pero yo no milito para el siglo, sino para Dios. 
El procónsul Dión dijo:
¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? 
Maximiliano respondió: 
Mi propia alma y Aquel que me llamó. 
Dión se dirigió a Víctor, padre de Maximiliano, y le dijo:
Aconseja a tu hijo. 
Víctor respondió:
Allá él; él sabrá tomar consejo sobre lo que le convenga.
Dión dijo nuevamente a Maximiliano: 
Sé soldado y recibe la marca. 
Respondió él:
Yo no recibo marca alguna, pues ya llevo sobre mí la señal de Cristo, mi Dios.
Dión dijo:
Lo que voy a hacer es mandarte inmediatamente a ese tu Cristo.
Respondió él: 
Ojalá lo hagas ahora mismo, pues ésa es mi gloria.
Dión dijo a los empleados: 
Márquesele.
Resistiéndose, Maximiliano dijo:
Yo no recibo la marca del mundo, y si me la imponen, la haré pedazos, porque nada vale. Yo soy cristiano, y no me es lícito llevar colgado al cuello un pedazo de plomo, después que llevo la señal salvadora de mi señor Jesucristo, hijo de Dios vivo, a quien tú desconoces, que padeció por nuestra salvación y a quien Dios entregó por nuestros pecados. A éste es a quien todos los cristianos servimos; a éste seguimos, príncipe que es de la vida y autor de la salvación.
Dión dijo:
Sé soldado y recibe la marca, si no quieres perecer miserablemente.
Maximiliano respondió:  
Yo no perezco; mi nombre está ya junto a mi Señor. Yo no puedo ser soldado.
Dión dijo:
Mira tu juventud y entra en el ejército, pues esto es lo que a un joven conviene.
Maximiliano respondió:
Mi milicia es la de mi Señor. Yo no puedo ser soldado del mundo. Ya te lo he dicho: soy cristiano.
El procónsul Dión dijo:
En la sacra comitiva de nuestros señores Diocleciano y Maximiano, Constancio y Máximo, hay soldados cristianos, y sirven sin escrúpulo en el ejército.
Maximiliano respondió:
Ellos sabrán lo que les conviene. Yo, sin embargo, soy cristiano y no puedo hacer mal alguno.
Dión dijo:
¿Qué mal hacen los que militan?
Maximiliano respondió:
Tú sabes muy bien lo que hacen.
El procónsul Dión dijo:
Acepta el servicio, no sea que, si desprecias la milicia, empieces a perderte de mala manera.
Maximiliano dijo:
Yo no me pierdo; y si saliera del siglo, mi alma vive con Cristo, mi Señor.

 III. Dión dijo:
Borra su nombre.
Borrado el nombre, Dión dijo:
Puesto que con ánimo desleal has rehusado la milicia, recibirás la conveniente sentencia, para escarmiento de los demás.
Y seguidamente leyó de su tablilla la sentencia:
Mando que Maximiliano, que con ánimo desleal ha rehusado el juramento de soldado, sea pasado a filo de la espada.
Maximiliano respondió:
¡Gracias a Dios!
Tenía el mozo veintiún años, tres meses y dieciocho días.

Cuando le condujeron al lugar del suplicio, dijo así:
Hermanos amadísimos: con la mayor fuerza que pudiereis apresuraos con ávido deseo por alcanzar la dicha de ver al Señor, y que Él os conceda también a vosotros corona semejante.
Y con rostro risueño, le dijo a su padre:
Dale a este verdugo el vestido nuevo que me habías preparado para la milicia. Así te reciba yo acrecentado en número de ciento, y juntos con el Señor nos gloriemos.
Y así, inmediatamente, sufrió el martirio.
Y la matrona Pompeyana obtuvo del juez el cuerpo, y, colocándolo en su litera, lo llevó a Cartago y lo sepultó al pie del montículo, junto al mártir Cipriano, cerca del palacio. Y sucedió que de allí a trece días murió la misma matrona, y fué también allí enterrada.
El padre de Maximiliano se volvió a su casa, henchido de gozo por haber enviado al Señor, delante de sí, tal presente, al que luego había él de seguir. Gracias a Dios. Amén.

jueves, 23 de agosto de 2012

Satis cognitum

LEÓN XIII
Sobre la unidad de la Iglesia y el primado de Pedro
29 de junio de 1896 

  1. Tema de la Encíclica: 
La Unidad de la Iglesia.  

   Bien sabéis que una parte considerable de Nuestros pensamientos y de Nuestras preocupaciones tiene por objeto esforzarnos en volver a los extraviados al redil que rige el Soberano Pastor de las almas, Jesucristo. Aplicando Nuestro espíritu a ese objeto, Nos hemos pensado que sería utilísimo a tal designio y tan grande empresa de salvación, trazar la imagen de la Iglesia dibujando, por decirlo así, sus contornos principales, y poner de relieve, como su distintivo más característico y más digno de especial atención la unidad, carácter insigne de la verdad y del invencible poder que el Autor divino de la Iglesia ha impreso en su obra. 
   Considerada en su forma y en su hermosura genuinas, la Iglesia debe tener una acción muy poderosa sobre las almas, y no Nos apartamos de la verdad al decir que ese espectáculo puede disipar la ignorancia, y desvanecer las ideas falsas y las preocupaciones, sobre todo aquellas que no son hijas de la milicia. Puede también excitar en los hombres el amor a la Iglesia; un amor semejante a la caridad, bajo cuyo impulso Jesucristo ha escogido a la Iglesia por su Esposa, rescatándola con su sangre divina. Pues Jesucristo amó a la Iglesia y se entregó El mismo por ella (Efes. V, 2).
 
El retorno a la Iglesia. 
   Si para volver a esta madre amantísima, deben aquellos que no la conocen, o los que cometieron el error de abandonarla, comprar ese retorno desde luego, no al precio de su sangre (aunque a ese precio lo pagó Jesucristo), pero sí al de algunos esfuerzos y trabajos, bien leves por otra parte, verán claramente al menos que esas condiciones no han sido impuestas a los hombres por una voluntad humana, sino por orden y voluntad de Dios, y por lo tanto, con la ayuda de la gracia celestial, experimentarán por sí mismos la verdad de esta divina palabra: "Mi yugo es dulce y mi carga ligera" (Mat. IX, 30).
   Por esto, poniendo Nuestra principal esperanza en el "Padre de la luz de quien desciende toda gracia y todo don perfecto" (Jac. 1,17). sólo en Aquel que "da el crecimiento" (I Cor. III, 7), Nos le pedimos con vivas instancias, se digne poner en Nos el don de persuadir.
 
2. Dios toma al hombre como ministro.
 
   Dios, sin duda, puede operar por sí mismo y por su sola virtud todo lo que realizan los seres creados; pero, por un designio misericordioso de su Providencia, ha preferido, para ayudara los hombres, servirse de los hombres. Por mediación y ministerio de los hombres da ordinariamente a cada uno, en el orden puramente natural la perfección que le es debida, y se vale de ellos, aún en el orden sobrenatural, para conferirles la santidad y la salud.
   Pero es evidente que ninguna comunicación entre los hombres puede realizarse, sino por el medio de las cosas exteriores y sensibles. Por esto el Hijo de Dios tomó la naturaleza humana, El, que teniendo la forma de Dios... se anonadó, tomando la forma de esclavo y haciéndose semejante a los hombres (Fil. II, 7); y así, mientras vivió en la tierra, reveló a los hombres, conversando con ellos, su doctrina y sus leyes.
 
3- Constitución de la Iglesia.
 
   Pero como su obra divina debía ser perdurable, y perpetua, se rodeó de discípulos, a los que dio parte de su poder, y haciendo descender sobre ellos desde lo alto de los cielos el Espíritu de verdad (Juan, XVI, 13), les mandó recorrer toda la tierra y predicar fielmente a todas las naciones los que El mismo había enseñado y prescrito, a fin de que, profesando su doctrina y obedeciendo a sus leyes, el genero humano, pudiese adquirir la santidad en la tierra, y en el cielo la bienaventuranza eterna.
   Tal es el plan a que obedece la constitución de la Iglesia, tales son los principios que han presidido a su nacimiento. Si miramos en ella el fin último que se propone y las causas inmediatas por las que produce la santidad en las almas, seguramente la Iglesia es espiritual; pero si consideramos los miembros de que se compone, y los medios por los que los dones espirituales llegan hasta nosotros, la Iglesia es exterior y necesariamente visible. Por signos que penetran en los ojos y por los oídos, fue como los Apóstoles recibieron la misión de enseñar; y esta misión no la cumplieron de otro modo que por palabras y actos igualmente sensibles. Así su voz, entrando por el oído exterior, engendraba la fe en las almas: la fe viene por la audición, y la audición por la palabra de Cristo (Rom. X, 7).
 
4. Exteriorización.
 
   Y la fe misma, esto es, el asentimiento de la primera y soberana verdad, por su naturaleza está encerrada en el espíritu, pero debe salir al exterior por la evidente profesión que de ella se hace: pues se cree de corazón para la justicia; pero se confiesa por la boca para la salvación (Rom. X, 10). Así nada es más íntimo en el hombre que la gracia celestial que produce en él la salvación, pero exteriores son los instrumentos ordinarios y principales por los que la gracia se nos comunica: queremos hablar de los Sacramentos que son administrados con ritos especiales por hombres evidentemente escogidos para ese ministerio. Jesucristo ordenó a los Apóstoles y a los sucesores de los Apóstoles que instruyeran y gobernaran a los pueblos; ordenó a los pueblos que recibiesen su doctrina y se sometieran dócilmente a su autoridad. Pero esas relaciones mutuas de derechos y de deberes en la sociedad cristiana no solamente no habrían podido ser duraderas, pero ni aun habrían podido establecerse, sin la mediación de los sentidos, intérpretes y mensajeros de las cosas.
 
5. La Iglesia cuerpo visible.
 
   Por todas estas razones la Iglesia es con frecuencia llamada en las sagradas letras un cuerpo, y también el cuerpo de Cristo. "Sois el cuerpo de Cristo" (I Cor. XII, 37). Porque la Iglesia es un cuerpo, es visible a los ojos; porque es el cuerpo de Cristo, es un cuerpo vivo, activo, lleno de savia, sostenido y animado como está por Jesucristo, que lo penetra  con su virtud, como, aproximadamente, el tronco de la viña alimenta y hace fértiles a las ramas que le están unidas. En los seres animados, el principio vital es invisible y oculto en lo más profundo del ser, pero se denuncia y manifiesta por el movimiento y la acción de los miembros; así el principio de vida sobrenatural que anima a la Iglesia, se manifiesta a todos los ojos por los actos que produce.
   De aquí se sigue que están en un pernicioso error los que haciéndose una Iglesia a medida de sus deseos, se la imaginan como oculta y en manera alguna visible, y aquellos otros que la miran como una institución humana, provista de una organización, una disciplina y ritos exteriores, pero sin ninguna comunicación permanente de los dones de la gracia divina, sin nada que demuestre por una manifestación diaria y evidente la vida sobrenatural que recibe de Dios.
 
6. Es un cuerpo animado
 
   Lo mismo una que otra concepción son igualmente incompatibles con la Iglesia de Jesucristo, como  el cuerpo o el alma son por sí solos incapaces de constituir el hombre. El conjunto y la unión de estos dos elementos es indispensable a la verdadera Iglesia, como la íntima unión del alma y del cuerpo es indispensable a la naturaleza. La Iglesia no es una especie  de cadáver; es el cuerpo de Cristo animado con su vida sobrenatural. Cristo mismo, Jefe y modelo de la Iglesia, no está entero si se considera en El exclusivamente la naturaleza humana y visible, como hacen los discípulos de Fotino o Nestorio, o únicamente la naturaleza divina e invisible, como hacen los Monofisitas; pero Cristo es uno por la unión de las dos naturalezas, visible e invisible, y es uno en los dos: del mismo modo su cuerpo místico no es la verdadera Iglesia, sino a condición de que sus partes visibles tomen su fuerza y su vida de los dones sobrenaturales y otros elementos invisibles: y de esta unión es de la que resulta la naturaleza de sus mismas partes exteriores.
 
7. Perennidad de la Iglesia.
 
   Mas como la Iglesia es así por voluntad y orden de Dios, así debe permanecer sin ninguna interrupción hasta el fin de los siglos, pues de no ser así, no habría sido fundada para siempre, y el fin mismo a que tiende quedaría limitado en el tiempo y en el espacio; doble conclusión contraria a la verdad. Es por consiguiente cierto que esta reunión de elementos visibles e invisibles, estando por la voluntad de Dios en la naturaleza y la constitución íntima de la Iglesia, debe durar, necesariamente, tanto como la misma Iglesia dure.
   No es otra la razón en que se funda San Juan Crisóstomo, cuando nos dice: "No te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra. No envejece jamás, su vigor es eterno. Por eso la Escritura para demostrarnos su solidez inquebrantable, le da el nombre de montaña" [i]. San Agustín añade: "Los infieles creen que la Religión cristiana debe durar cierto tiempo en el mundo para luego desaparecer. Durará tanto como el sol; y mientras el sol siga saliendo y poniéndose, es decir, mientras dure el curso de los tiempos, la Iglesia de Dios, esto es, el cuerpo de Cristo, no desaparecerá del mundo" [ii]. Y el mismo Padre dice en otro lugar: "La Iglesia vacilará si su fundamento vacila; ¿pero cómo podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el fin de los tiempos. ¿Dónde están los que dicen: "La Iglesia ha desaparecido del mundo", cuando ni siquiera puede flaquear?" [iii].
 
8. Unidad dada por Jesucristo.
 
   Estos son los fundamentos sobre los que debe apoyarse quien busca la verdad. La Iglesia ha sido fundada y constituida por Jesucristo Nuestro Señor; por lo tanto, cuando inquirimos la naturaleza de la Iglesia, lo esencial es saber lo que Jesucristo ha querido hacer y lo que ha hecho en realidad. Hay que seguir esta regla cuando sea preciso tratar, sobre todo de la unidad de la Iglesia, asunto del que Nos ha parecido bien, en interés de todo el mundo, hablar algo en las presentes Letras.
   Si, ciertamente la verdadera Iglesia de Jesucristo es una; los testimonios evidentes y multiplicados de las Sagradas Letras han fijado tan bien este punto que ningún cristiano puede llevar su osadía a contradecirlo. Pero cuando se trata de determinar y establecer la naturaleza de esta unidad, muchos se dejan extraviar por varios errores. No solamente el origen de la Iglesia, sino todos los caracteres de su constitución pertenecen al orden de las cosas que proceden de una voluntad libre; toda la cuestión consiste, pues, en saber lo que en realidad ha sucedido, y por eso es preciso averiguar no de qué modo la Iglesia podría ser una, sino qué unidad ha querido darle su Fundador.
   Si examinamos los hechos, comprobaremos que Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: "Creo en la Iglesia una"...
 
9. Una en su naturaleza. 
 
   "La Iglesia está constituida en la unidad por su misma naturaleza; es una, aunque las herejías traten de desgarrarla en muchas sectas. Decimos, pues, que la antigua y católica Iglesia es una, porque tiene la unidad; de la naturaleza, de sentimiento, de principio, de excelencia... Además, la cima de perfección de la Iglesia, como el fundamento de su construcción, consiste en la unidad; por eso sobrepuja a todo el mundo, pues nada hay igual ni semejante a ella" [iv]. Por eso, cuando Jesucristo habla de este edificio místico, no menciona más que una Iglesia, que llama suya: "Yo edificaré mi Iglesia" (Mat. XVI, 18). Cualquiera otra que se quiera imaginar fuera de ella, no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.
 
10. Continuar la misión recibida del Padre.
 
   Esto resulta más evidente aun, si se considera el designio del Divino autor de la Iglesia. ¿Qué ha buscado, qué ha querido Jesucristo Nuestro Señor en el establecimiento y conservación de la Iglesia? Una sola cosa: transmitir a la Iglesia la continuación de la misma misión, del mismo mandato que El recibió de su Padre.
   Esto es lo que había decretado hacer, y esto es lo que realmente hizo: Como mi Padre me envió, os envío a vosotros (Juan, XX, 21). Como tú me enviaste al mundo, los he enviado también al mundo (Juan, XVII-18). En la misión de Cristo entraba rescatar de la muerte y salvar lo que había perecido (Mat. XVIII, 11); esto es, no solamente a algunas naciones o ciudades, sino a la universalidad del género humano, sin ninguna excepción en el espacio ni en el tiempo. "El Hijo del Hombre ha venido...; para que el mundo sea salvado por El" (Juan, III, 17). "Pues ningún otro nombre ha sido dado a los hombres por el que podamos ser salvados" (Hechos, IV, 12). La misión, pues, de la Iglesia es repartir entre los hombres y extender a todas las edades la salvación operada por Jesucristo y todos los beneficios que de ella se siguen. Por esto según la voluntad de su Fundador, es necesario que sea única en toda la extensión del mundo y en toda la duración de los tiempos. Para que pudiera existir una unidad más grande, sería preciso salir de los límites de la tierra e imaginar un género humano nuevo y desconocido.
 
11. Palabras de Isaías.
 
   Esta Iglesia única, que debía abrazar a todos los hombres, en todos los tiempos y todos los lugares, Isaías la vislumbró y señaló por anticipado, cuando, penetrando con su mirada en lo porvenir, tuvo la visión de una montaña cuya cima, elevada sobre todas las demás, era visible a todos los ojos y representaba la Casa de Dios, es decir, la Iglesia: "En los últimos tiempos la montaña, que es la Casa del Señor, estará preparada en la cima de las montañas" (Is. II, 2).
   Pero esta montaña colocada sobre la cima de las montañas es única; única es esta Casa del Señor, hacia la cual todas las naciones deben afluir un día en conjunto para hallar en ella la regla de su vida. "Y todas las naciones afluirán hacia ella u dirán: Venid, ascendamos a la montaña del Señor, vamos a la Casa del Dios de Jacob y nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus senderos" (Is. II, 2-3).
   Optato de Milevo dice a propósito de este pasaje: "Está escrito en la profecía de Isaías: La ley saldrá de Sión y la palabra de Dios de Jerusalén". No es pues, en la montaña de Sión donde Isaías ve el valle, sino en la montaña santa, que es la Iglesia, y que llenando todo el mundo romano eleva su cima hasta el cielo... La verdadera Sión espiritual es, pues, la Iglesia, en la cual Jesucristo ha sido constituido Rey por Dios Padre, y que está en todo el mundo, lo cual es exclusivo de la Iglesia católica [v]. Y he aquí los que dice San Agustín: "¿Qué hay más visible que una montaña?" Y sin embargo, hay montañas desconocidas que están situadas en un rincón apartado del globo... Pero no sucede así con esa montaña, pues que ella lleva toda la superficie de la tierra  y está escrita de ella que está establecida sobre las cimas de las montañas" [vi]
 
12. El Cuerpo Místico de Cristo.
 
   Es preciso añadir que el Hijo de Dios decretó que la Iglesia fuese su  propio cuerpo místico al que se uniría para ser su cabeza, del mismo modo que en el cuerpo humano que tomó por la Encarnación la cabeza mantiene a los miembros en una necesaria y natural unión. Y así como  tomó un cuerpo mortal único que entregó a los tormentos y a la muerte, para pagar el rescate de los hombres, así también tiene un cuerpo místico único en el que, y por medio del cual hizo participar a los hombres de la santidad y de la salvación eterna. "Dios hizo (a Cristo) jefe de toda la Iglesia que es su cuerpo" (Efes. I, 22-23)
   Los miembros separados y dispersos no pueden unirse a una sola y misma cabeza para formar un solo cuerpo. Pues San Pablo dice: Todos los miembros del cuerpo, aunque numerosos, no son sino un solo cuerpo: así es Cristo (Cor. XII, 12). Y es por esto por lo que nos dice también que este cuerpo está unido y ligado: "Cristo es el jefe, en virtud del que todo el cuerpo unido y ligado por todas sus coyunturas que se prestan mutuo auxilio por medio de operaciones proporcionadas a cada miembro, recibe su acrecentamiento para ser edificado en la caridad" (Efes. IV, 15-16). Así, pues, si algunos miembros están separados y alejados de los otros miembros, no podrán pertenecer a la misma cabeza como el resto del cuerpo. "Hay -dice San Cipriano- un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe, un solo pueblo que, por el vínculo de la concordia, está fundado en la unidad sólida de un mismo cuerpo. La unidad no puede ser amputada; un cuerpo, para permanecer único, no puede dividirse por el fraccionamiento de su organismo". Para mejor declarar la unidad de su Iglesia, Dios nos la presenta bajo la imagen de un cuerpo animado, cuyos miembros no pueden vivir sino a condición de estar unidos con la cabeza y de tomar sin cesar de ésta su fuerza vital; separados han de morir necesariamente. No puede (la Iglesia) ser dividida en pedazos por el desgarramiento de sus miembros y de sus entrañas. Todo lo que se separe del centro de la vida no podrá vivir por sí solo ni respirar [vii]. Ahora bien; ¿en qué se parece un cadáver a un ser vivo? Nadie jamás ha odiado a su carne, sino que la alimenta y la cuida como Cristo a la Iglesia, porque somos los miembros de su cuerpo formados de su carne y de sus huesos (Efes. V, 29-30).
   Que se busque, pues, otra cabeza parecida a Cristo, que se busque otro Cristo si se quiere imaginar otra Iglesia fuera de la que es su cuerpo. "Mirad de la que debéis guardaros, ved por la que debéis velar, ved la que debéis tener. A veces se corta un miembro en el cuerpo humano, o más bien, se le separa del cuerpo una mano, un dedo, un pie. ¿Sigue el alma al miembro cortado? Cuando el miembro está en el cuerpo, vive; cuando se le corta, pierde la vida. Así el hombre en tanto que vive en el cuerpo de la Iglesia es cristiano católico; separado se hará herético. El alma no sigue al miembro amputado" [viii].
 
13. Unidad de los miembros con la cabeza y entre sí. 
 
   La Iglesia de Cristo es, pues, única y además, perpetua: quien se separa de ella, se aparta de la voluntad y de la orden de Jesucristo Nuestro Señor, deja el camino de salvación y corre a su pérdida. "Quien se separa de la Iglesia para unirse a una esposa adúltera, renuncia a las promesas hechas a la Iglesia. Quien abandone a la Iglesia de Cristo no logrará las recompensas de Cristo... Quien no guarda esta unidad, no guarda la ley de Dios, ni guarda la fe del Padre y del Hijo, ni guarda la vida ni la salud" [ix].
   Pero Aquel que ha instituido la Iglesia única, la ha instituido una; es decir, de tal naturaleza, que todos los que debían ser sus miembros habían de estar unidos por los vínculos de una sociedad estrechísima, hasta el punto de formar un solo pueblo, un solo reino, un solo cuerpo. "Sed un solo cuerpo y un solo espíritu, como habéis sido llamados a una sola esperanza en vuestra vocación" (Efes. IV, 4).
   En vísperas de su muerte, Jesucristo sancionó y consagró del modo más augusto su voluntad acerca de este punto en la oración que dirigió a su Padre: No ruego por ellos solamente, sino por aquellos que por su palabra creerán en mí... a fin de que ellos también sean una sola cosa en nosotros... a fin de que sean consumados en la unidad (Juan XVII, 20, 22-23). y quiso también que el vínculo de la unidad entre sus discípulos fuese tan íntimo y tan perfecto que limitase en algún modo a su propia unión con su Padre: os pido... que sean todos una misma cosa, como vos, mi Padre, estáis en mí y yo en vos (Juan, XVII-21).
 
14. Unidad absoluta en la fe. 
 
   Una tan grande y absoluta concordia entre los hombres debe tener por fundamento necesario la armonía y la unión de la que seguirá naturalmente la armonía de las voluntades y el concierto en las acciones. Por esto, según su plan divino, Jesús quiso que la unidad de la fe existiese en su Iglesia; pues la fe es el primero de todos los vínculos que unen al hombre con Dios, y a ella es a la que debemos el nombre de fieles.
   "Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo" (Efes. IV, 5), es decir, del mismo modo que no tienen más que un solo Señor y un solo bautismo, así todos los cristianos del mundo no deben tener sino una sola fe. Por esto el Apóstol San Pablo no pide solamente a los cristianos que tengan los mismos sentimientos y huyan de las diferencias de opinión, sino les conjura a ello por los motivos más sagrados: "Os conjuro, hermanos míos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que no tengáis más que un mismo lenguaje, ni sufráis cisma entre vosotros; sino que estéis todos perfectamente unidos en el mismo espíritu y en loS mismos sentimientos" (I Cor. I, 10). Estas palabras no necesitan explicación, son por sí mismas bastante elocuentes.
 
15. Punto en que muchos yerran. 
 
   Además, aquellos que hacen profesión del cristianismo reconocen de ordinario que la fe debe ser una. El punto más importante y absolutamente indispensable, aquel en que yerran muchos, consiste en discernir de qué es naturaleza, de qué especie es esta unidad. Puesta aquí, como Nos lo hemos dicho más arriba, en semejante asunto no hay que juzgar por opinión o conjetura, sino según la ciencia de los hechos hay que buscar y Comprobar cuál es la unidad de la fe que Jesucristo ha impuesto a su Iglesia.
   La doctrina celestial de Jesucristo, aunque en gran parte esté consignada en libros inspirados por Dios, si hubiese sido entregada a los pensamientos de los hombres no podría por sí misma unir los espíritus. Con la mayor facilidad llegaría a ser objeto de interpretaciones diversas, y esto no sólo a causa de la profundidad y de los misterios de esta doctrina, sino por la diversidad de los entendimientos de los hombres y de la turbación que nacería del choque y de la lucha de contrarias pasiones. De las diferencias de interpretación nacería necesariamente la diversidad de los sentimientos, y de ahí las controversias, disensiones y querellas como las que estallaron en la Iglesia en la época más próxima a su origen: He aquí por qué escribía San Ireneo hablando de los herejes: "Confiesan las Escrituras, pero pervierten su interpretación" [x]. y San Agustín: "El origen de las herejías y de los dogmas perversos que tienden lazos a las almas y las precipítan en el abismo, está únicamente en que las Escrituras que son buenas se entienden de una manera que no es buena" [xi].
 
16. Principio de unidad en la fe.
 
   Para unir los espíritus, para crear y conservar la concordia de los sentimientos, era necesario además de la existencia de las Sagradas Escrituras, otro principio. La sabiduría divina lo exige, pues Dios no ha podido querer la unidad de la fe sin proveer de un modo conveniente a la conservación de esta unidad, y las mismas Sagradas Escrituras indican claramente que lo ha hecho, como lo diremos más adelante. Ciertamente el poder infinito de Dios no está ligado ni constreñido a ningún medio determinado, y toda criatura le obedece como un dócil instrumento. Es pues, preciso buscar, entre todos los medios de que disponía Jesucristo, cual es el principio de unidad en la fe que quiso establecer.
   Para esto hay que remontarse con el pensamiento a los orígenes del cristianismo. Los hechos que vamos a recordar están confirmados por las Sagradas Letras, y son conocidos de todos.
 
17. Creer toda la doctrina de Cristo. 
 
   Jesucristo prueba, por la virtud de sus milagros, su divinidad y su misión divina; habla al pueblo para instruirle en las cosas del cielo y exige absolutamente que se preste entera fe a sus enseñanzas; lo exige bajo la sanción de recompensas o de penas eternas. " Si no hago las obras de mi Padre no me creáis" (Juan, X-37). "Si no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado" (Juan, XV-24) "Pero si  yo hago esas obras y no queréis creer en mí, creed en mis obras" (Juan X, 38). (Juan X, 38). Todo lo que ordena, lo ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber, no solamente de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla, es contrario a la razón.
   Al punto de volverse al cielo, envía a sus Apóstoles revistiéndolos del mismo poder con el que el Padre le enviara, les ordenó que esparcieran y sembraran por todo el mundo su doctrina. "Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id y enseñad a todas las naciones... enseñadlas a observar todo lo que os he mandado(Mat. XXVIII, 18-20). Todos los que obedezcan a los Apóstoles serán salvos, y los que no obedezcan perecerán.
   "Quien crea y se bautice será salvo; quien no crea será condenado" (Mc. XVI, 16). Y como conviene sobrenaturalmente a la Providencia divina no encargar a alguno de una misión, sobre todo, si es importante y de gran valor, sin darle al mismo tiempo los medios de cumplirla, Jesucristo promete enviar a sus discípulos al Espíritu de verdad que permanecerá con ellos eternamente. "Si me voy os lo enviaré (al Paráclito)... y cuando este Espíritu de verdad venga sobre vosotros os enseñará toda la verdad" (Juan, XVI, 17-18). Y "yo rogaré a mi Padre y El os enviará otro Paráclito para que viva siempre con vosotros; este será el Espíritu de la verdad" (Juan XIV, 16-17). "El os dará testimonio de mí y vosotros también daréis testimonio" (Juan XV, 26-27).
 
18. Aceptar la doctrina de los Apóstoles.
 
   Además, ordenó aceptar religiosamente y observar santamente la doctrina de los Apóstoles como la suya propia. Quien os escucha me escucha, y quien os desprecia me desprecia (Luc. X, 16).
   Los Apóstoles, pues, fueron enviados por Jesucristo, de la misma manera como El fue enviado por su Padre: Como mi Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros (Juan XX, 21). Por consiguiente, así como los Apóstoles y los discípulos estaban obligados a someterse a la palabra de Cristo, la misma fe debía ser otorgada a la palabra de los Apóstoles por todos aquellos a quienes instruían los Apóstoles en virtud del mandato divino. No era, pues, permitido repudiar un solo precepto de la doctrina de los Apóstoles, sin rechazar en aquel punto la doctrina del mismo Jesucristo.
   En efecto, la palabra de los Apóstoles después de haber descendido a ellos el Espíritu Santo, resonó hasta los lugares más apartados.
   Donde ponían el pie se presentaban como los enviados de Jesús. "Es por El (Jesucristo(, por quien hemos recibido la gracia y el apostolado para hacer que obedezcan a la fe todas las naciones en honor de su nombre" (Rom. I, 5). Y en todas partes Dios hacía resplandecer bajo sus pasos la divinidad de su misión por prodigios. "Y habiendo partido, predicaron por todas partes y el Señor cooperaba con ellos y confirmaba su palabra por los milagros que le acompañaban" (Mc. XVI, 20)
   ¿De qué palabra se trata? De aquella evidentemente que abraza todo lo que habían aprendido de su Maestro, pues ellos daban testimonio públicamente y a la luz del sol dado que les era imposible callar nada de lo que habían visto y oído.
 
19. La misión de los Apóstoles 
no debía terminar con su muerte.
 
   Pero, ya lo hemos dicho, la misión de los Apóstoles no era de tal naturaleza que pudiese perecer con las personas de los Apóstoles o para desaparecer con el tiempo, pues era una misión pública o instituida para la salvación del género humano. Jesucristo, en efecto, ordenó a los Apóstoles que predicasen el Evangelio a todas las gentes (Mc. XVI,15), y que llevasen su nombre delante de los pueblos y de los reyes (Act. IX, 15), y que le sirviesen de testigos hasta en los últimos confines de la tierra (Act. I, 8).
   Y en el cumplimiento de esta gran misión les prometió estar con ellos, y esto no por períodos de años, sino por todos los tiempos, hasta la consumación de los siglos (Mat. XXVIII, 20). Acerca de esto escribe San Jerónimo: Quien promete estar con sus discípulos hasta la consumación de los siglos, muestra con esto que sus discípulos vivirán siempre, y que El mismo no cesará de estar con los creyentes [xii].
   ¿Y cómo había de suceder esto únicamente con los Apóstoles, cuya condición de hombres les sujetaba a la ley suprema de la muerte? La Providencia divina había, pues, determinado que el magisterio instituido por Jesucristo no quedaría restringido a los límites de la vida de los Apóstoles, sino que duraría siempre. Y, en realidad, vemos que se ha transmitido y ha pasado como de mano en mano en la sucesión de los tiempos. 
 
20. Los Obispos sus sucesores.
 
   Los Apóstoles, en efecto, consagraron a los Obispos y designaron nominalmente a los que debían ser sus sucesores inmediatos en el ministerio de la palabra (Act. VI, 4). Pero no fue esto solo: ordenaron a sus sucesores que escogieran hombres propios para esta función y que los revistieran de la misma autoridad y les confiriesen a su vez el cargo de enseñar.
   Tú, pues, hijo mío, fortifícate en la gracia que está en Jesucristo, y lo que has escuchado de mí delante de gran número de testigos, confíalo a los hombres fieles que sean capaces de instruir en ello a los otros (II Tim. II, 1-2). Es, pues. verdad que, así como Jesucristo fue enviado por Dios y los Apóstoles por Jesucristo, del mismo modo los Obispos y todos los que sucedieron a los Apóstoles.
   Los Apóstoles nos han predicado el Evangelio enviados por Nuestro Señor Jesucristo y Jesucristo fue enviado por Dios. La misión de Cristo es la de Dios, la de los Apóstoles es la de Cristo, y ambas han sido instituidas según el orden y por la voluntad de Dios... Los Apóstoles predicaban el Evangelio por naciones y ciudades; y después de haber examinado según el espíritu de Dios, a los que eran las primicias de aquellas cristiandades, establecieron los Obispos y los Diáconos para gobernar a los que habían de creer en los sucesivo... Instituyeron a los que acabamos de citar y más tarde tomaron sus disposiciones para cuando aquellos muriera, otros hombres probados les sucedieran en su ministerio [xiii].
 
21. Conservación de la doctrina.
 
   Es, pues, necesario que de una manera permanente subsista, de una parte, la misión constante e inmutable de enseñar todo lo que Jesucristo ha enseñado, y de otra, la obligación constante e inmutable de aceptar y de profesar toda la doctrina así enseñada. San Cipriano lo expresa de un modo excelente en estos términos:
   Cuando nuestro Señor Jesucristo, en el Evangelio declara que aquellos que no están con El son sus enemigos, no designa una herejía en particular, sino denuncia como adversarios suyos a todos aquellos que no están enteramente con El, y que no recogiendo con El, dispersan el rebaño: El que no está conmigo -dijo- está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama [xiv].
   Penetrada plenamente de estos principios, y cuidadosa de su deber, la Iglesia nada ha deseado con tanto ardor ni procurado con tanto esfuerzo, como conservar del modo más perfecto la integridad de la fe. Por esto ha mirado como a rebeldes declarados y ha desterrado de su seno a todos los que no piensan como ella sobre cualquier punto de su doctrina. 
 
22. No es lícito separarse en lo más mínimo 
del magisterio de la Iglesia. 
 
   Los arrianos, los montanistas, los novacianos, los cuartodecimanos, los eutiquianos no abandonaron, seguramente, toda la doctrina católica, sino solamente tal o cual parte, y, sin embargo, ¿quién ignora que fueron declarados herejes y arrojados del seno de la Iglesia? Un juicio semejante ha condenado a todos los favorecedores de doctrinas erróneas que fueron apareciendo en las diferentes épocas de la historia. Nada es más peligroso que esos heterodoxos que, conservando en lo demás la integridad de la doctrina, con una sola palabra, como gota de veneno, corrompen la pureza y sencillez de la fe que hemos recibido de la tradición dominical, después apostólica [xv].
   Tal ha sido constantemente la costumbre de la Iglesia, apoyada por el juicio unánime de los Santos Padres, que siempre han mirado como excluido de la comunión católica y fuera de la Iglesia a cualquiera que se separe en lo más mínimo de la doctrina enseñada por el magisterio auténtico. San Epifanio, San Agustín, Teodoreto, han mencionado un gran número de herejías de su tiempo. San Agustín hace notar que otras clases de herejías pueden desarrollarse, y que, si alguno se adhiere a una sola de ellas, por ese mismo hecho se separa de la unidad católica.
   De que alguno diga que no cree en esos errores (esto es, las herejías que acaba de enumerar), no se sigue que deba creerse y decirse católico. Pues puede haber y pueden surgir otras herejías que no están mencionadas en esa obra y cualquiera que abrazase una sola de ellas cesaría de ser cristiano católico [xvi].
 
23. San Pablo insiste en la integridad de la fe.
 
   Este medio instituido por Dios para conservar la unidad de la fe, de que Nos hablamos, está expuesto con insistencia por San Pablo en su epístola a los de Éfeso, al exhortarlos en primer término, a conservar la armonía de los corazones. Aplicaos a conservar la unidad del espíritu por el vínculo de la paz (Efes. IV, 3); y como los corazones no pueden estar plenamente unidos por la caridad, si los espíritus no están conformados en la fe, quiere que no haya entre todos ellos más que una misma fe. Un solo Señor y una sola fe (Efes. IV, 5).
   Y quiere una unidad tan perfecta, que excluya todo peligro de error a fin de que no seamos como niños vacilantes llevados de un lado a otro a todo viento de doctrina por la malignidad de los hombres, por la astucia que arrastra a los lazos del error (Efes. IV, 14). Y enseña que esta regla debe ser observada, no durante un período de tiempo determinado, sino hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe, en la medida de los tiempos de la plenitud de Cristo (Efes. IV, 13). ¿Pero dónde ha puesto Jesucristo el principio que debe establecer esta unidad y el auxilio que debe conservarla? Helo aquí: Ha hecho a unos Apóstoles, y a otros pastores y doctores para la perfección de los Santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Efes. IV, 11).
 
24. Orígenes ensalza la tradición. 
 
   Esta es también la regla que desde la antigüedad más remota han seguido siempre y unánimemente han defendido los Padres y los doctores. Escuchad a Orígenes: Cuantas veces nos muestran los herejes las Escrituras canónicas, a las que todo cristiano da su asentimiento y su fe, parecen decir: En nosotros está la palabra de la verdad. Pero no debemos creerles ni apartarnos de la primitiva tradición eclesiástica, ni creer otra cosa que lo que las Iglesias de Dios nos han enseñado por la tradición sucesiva [xvii].
 
25. San Ireneo. 
 
   Escuchad a San Ireneo: La verdadera sabiduría es la doctrina de los Apóstoles... que ha llegado hasta nosotros por la sucesión de los Obispos... al trasmitirnos el conocimiento muy completo de las Escrituras, conservándolos sin alteración [xviii].
 
26. Tertuliano
 
   He aquí lo que dice Tertuliano: Es evidente que toda doctrina, conforme con las de las Iglesias apostólicas, madres y fuentes primitivas de la fe, debe ser declarada verdadera; pues, ella guarda sin duda la que las Iglesias han recibido de los Apóstoles, los Apóstoles de Cristo, Cristo de Dios. ..Nosotros estamos siempre en comunión con las Iglesias apostólicas,. ninguna tiene diferente doc- trina; este es el mayor testimonio de la verdad [xix].
 
27. San Hilario. 
 
   Y  San Hilario: "Cristo, sentado en la barca para enseñar, nos da a entender que los que están fuera de la Iglesia no pueden tener ninguna unión con la palabra divina. Pues la barca representa a la Iglesia, en la que sólo el Verbo de verdad reside y se hace escuchar, y los que están fuera de ella y fuera permanecen, esté- riles e inútiles como la arena de la ribera, no pueden comprenderle" [xx].
 
28. San Gregorio y San Basilio. 
 
   Rufino alaba a San Gregorio Nacianceno y a San Basilio porque "se entregaban únicamente al estudio de los libros de la Escritura Santa, sin tener la presunción de pedir su interpretación a su propia inteligencia, sino que la buscaban en los escritos y en la autoridad de los antiguos, quienes a su vez, según era evidente, recibieron de la sucesión apostólica la regla de su interpretación" [xxi].
 
29. Cristo instituyó el magisterio
 
   Es, pues, incuestionable, después de lo que acabamos de decir, que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y además perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y quiso, y muy severamente lo ordenó, que las enseñanzas doctrinales de ese magisterio fuesen recibidas como las suyas propias. Cuantas veces, por lo tanto, declarare ese magisterio que tal o cual verdad forma parte del conjunto de la doctrina divinamente revelada, todos deben tener por cierto que es verdad; pues si en cierto modo pudiera ser falso, se seguiría, lo cual es evidentemente absurdo, que Dios mismo sería el autor del error de los hombres, Señor, si estamos en el error Vos mismo nos habéis engañado [xxii]. Alejado, pues, todo motivo de duda, ¿Puede a nadie permitirse rechazar alguna de esas verdades, sin que se precipiten abiertamente en la herejía, sin que se separe de la Iglesia y sin que repudie en conjunto toda la doctrina cristiana?
 
30. Separarse en un punto es separarse en todo.
   Pues tal es la naturaleza de la fe, que nada es más imposible que creer esto y dejar de creer aquello. La Iglesia profesa efectivamente que la fe es "una virtud sobrenatural por la que, bajo la inspiración y con el auxilio de la gracia de Dios, creemos que lo que nos ha sido revelado por El es verdadero; y lo creemos, no a causa de la verdad intrínseca de las cosas, vista a la luz natura de nuestra razón, sino a causa de la autoridad de Dios mismo, que nos revela esas verdades, y que no puede engañarse ni engañarnos [xxiii].
   Si hay, pues, un punto que ha sido revelado evidentemente por Dios y nos negamos a creerlo, no creemos en nada de la fe divina. Pues el juicio que emite Santiago respecto de las faltas en el orden moral, hay que aplicarlo a los errores de entendimiento en el orden de la fe. Quien hace se culpable en un solo punto se hace transgresor de todos (Stgo. II, 10). Esto es aun más verdadero en los errores del entendimiento. No es, en efecto, en el sentido más propio, como pueda llamarse trasgresor de toda la ley a quien haya cometido una sola falta moral, pues si puede aparecer despreciando a la majestad de Dios, autor de toda ley, ese desprecio no aparece sino por una especie de interpretación de la voluntad del pecador. Al contrario, empero, quien en un solo punto rehusa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda la fe, pues rehusa someterse a Dios en cuanto es la soberana verdad y el motivo propio de la fe. En muchos puntos están conmigo, en otros no están conmigo; pero a causa de los puntos en que no están conmigo, de nada les sirve estar conmigo en todo lo demás [xxiv].
   Nada es más justo; porque aquellos que no toman de la doctrina cristiana sino lo que quieren, se apoyan en su propio juicio y no en la fe, y al rehusar reducir a servidumbre toda inteligencia bajo la obediencia a Cristo (II Cor. X, 5) obedecen en realidad a sí mismos antes que a Dios. Vosotros que en el Evangelio creéis lo que os agrada y os negáis a creer lo que os desagrada, creéis en vosotros mismos mucho más que en el Evangelio [xxv].
   Los Padres del Concilio Vaticano nada nuevo dictaminaron al respecto pues sólo se conformaron con la institución divina y con la antigua doctrina de la Iglesia y con la naturaleza misma de la fe, cuando formularon este decreto: Se deben creer como de fe divina y católica todas las verdades que están contenidas en la palabra de Dios, escrita o trasmitida por la tradición, y que la Iglesia, bien por un juicio solemne o por su magisterio ordinario y universal propone como divinamente revelada [xxvi].
 
31. Acogerse al seno de la Iglesia.
 
   Siendo evidente que Dios quiere de una manera absoluta que en su Iglesia reine la unidad de fe, y estando demostrado de qué naturaleza ha querido que fuese esa unidad, y por qué principio ha decretado asegurar su conservación, séanos permitido dirigirnos a todos aquellos que no han resuelto cerrar los oídos a la verdad y decirles con San Agustín: Pues que vemos en ellos un gran socorro de Dios y tanto provecho y utilidad, ¿dudaremos en acogernos al seno de esta Iglesia que, según la confesión del género humano tiene en la Sede Apostólica y ha guardado por la sucesión de sus Obispos la autoridad suprema, a despecho de los clamores de los herejes que la asedian y han sido condenados ya por el, juicio del pueblo, ya por las solemnes decisiones de los Concilios, o por la majestad de los milagros?
   No querer darle el primer lugar es seguramente producto de una impiedad soberbia o de una arrogancia desesperada. y si toda ciencia, aun la más humilde y fácil, exige, para lograrse, el auxilio de un doctor o de un maestro ¿Puede imaginarse un orgullo más temerario, tratándose de libros de los divinos misterios, negarse a recibirlos de boca de sus intérpretes y, sin conocerlos, querer condenarlos? [xxvii]


 
[i]S. Jeron. Hom. de capto Eutropio Nº 6, P.G. 52, 402.
[ii] S. Aug. In Psalm. 71, nº 8. P.L. 36, 609.
[iii] S. Aug. Enarrat. in Ps. 103, sermo II, nº 5. P.L. 37, 1353.
[iv] Clemens Alex. Stromat. 7, 17. P.G. 9, 551.
[v] Optato de Milevo, De achism. Donat. lib. III. nº 2. P.L. 11, 995-997.
[vi] S. Aug. In Ep. Jn. tr. I, 13. P.L. 35, 1988.
[vii] S. Cipr. De Cath. Eccl. Unit 23. P.L. 4, 517 .
[viii] S. Cipr. De Cath. Eccl. Unit 23. P.L. 4, 517.
[ix] S. Aug. sermo 267, nº 4. P.L. 38, 1231
[x] S. Iren. Ad. Haer. III, 12, nº 12. P.G. 7, 906.
[xi] S. Aug. Evang. Joa. tract. 18, c. 5, nº 1.
[xii] S. Jeron. In Matth. 1. 4, c. 28, 20.
[xiii] Clemente Rom. Epit. I Cor. cop. 42-44. P.G. 1, 291-298.
[xiv] S. Cipr. Ep. ad Magnum 1. P.L. 3, 1138.
[xv] Auctor Tract. de Fide Orthod. c. Arianos. c. 1. P.L. 17, 552.
[xvi] S. Aug. De Haeres. nº 88. P.L. 42, 50..
[xvii] Orígenes, Vetus interpr. Comm. in Mt. n. 46, P.G. 7, 1077.
[xviii] S. Irineo, Contra haer., 1.IV, c. 33, n. 8, P.G. 7, 1077. 
[xix] Tertul. De praescript., c. 21. P.L. 2, 33.
[xx] S. Hilar. Comment. in Mat. 23, n. 1. P.L. 9, 993.
[xxi] Ruf Hist. Eccl., I. II, c. 9. P.L. 21, 518.
[xxii] Ricardo de S. Victor, De Trinit., 1. I, c. 2. P.L. 196, 891.
[xxiii] Conc. Vatic., sess. III, c. 3. Denz. nr. 1789.
[xxiv] S. Agust. in Psalm. 54, n. 19. P.L. 36, 641.
[xxv] S. Agust. cont. Faust. 1. 17, 3. P.L. 42, 342.
[xxvi] Conc. Vatic. , sess. III, c. 3. Denz. nr. 1792 
       [xxvii] Aug. De util. cred., c. 17, 35. P.L. 42, 91.