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jueves, 27 de octubre de 2011

EL LLANTO DE JESUS (4 Y ÚLTIMA PARTE)

Por Monseñor José F. Urbina A.

LOS DOS ULTIMOS PAPAS.


Luego, la profecía de San Malaquías asigna el aforismo "Gloria Olivae", (Gloria del olivo) al siguiente papa. Es utilizado este lema "por la literatura eclesiástica como símbolo de María", dice el Dr. Troll y añade: "...es posible que también los aforismos intermedios encierren una significación mariana: la media luna y el sol ¿no son también distintivo de la mujer apocalíptica, la "solé amicta, luna sub pedicus" (envuelta en el sol, con una luna bajo sus pies) de la revelación misteriosa (Apocalipsis 12)?".
El Rev. Padre Fr. Leopoldo de Cherancé, O. F. M. Cap. en su Vida de San Francisco de Asís, describiendo el maravilloso valle de Umbría en el que se encuentra Asís, dice: "Suspendida en los flancos del monte Subasio, ofrece a la vista un paisaje de incomparable hermosura. Se extiende a sus pies un valle ancho y alegre, poblado de verdes olivos...". Nos remite más adelante al poema el Paraíso de Dante, canto XI, en el que el poeta florentino escribe: "Cuando hablen de este lugar, no le llamen Asís, que poco o nada significa, sino llámenle Oriente, si quieren emplear la palabra apropiada", y añade el Padre Cherance: "¡Oriente!, es decir, luz y sol de las gentes".
El Cántico al Sol de San Francisco de Asís, reza: "Altísimo Señor, vuestras son las alabanzas, la gloria y los honores, sólo a Vos se han de atribuir todas las mercedes, y ningún hombre es digno de nombraros. Loado y exaltado sea el Señor mi Dios por todas las criaturas y particularmente por el alto sol, hechura vuestra, ¡oh Señor!, el cual da claridad al día y nos alumbra, y así, por su esplendor y hermosura, es imagen vuestra...", y en los últimos días de su vida, apoyado en uno de sus religiosos, tendió el brazo hacia la ciudad de Asís pronunciando estas solemnes palabras: "Bendita seas del Señor, ciudad de Asís, porque nuestras almas se salvarán por ti, porque en ti habitarán muchos siervos del Altísimo y porque muchos de tus hijos serán escogidos para el reino de los Cielos. La paz sea contigo".
¿Qué estrechos simbolismos ligan a los dos olivos del apocalipsis, a la promesa de la Santísima Virgen de conservar la Fe en Portugal, a la mujer vestida del sol que ha de parir un hijo varón, al Milagro del Sol en Fátima, a la profecía de San Malaquías que asigna "Gloria del olivo" al penúltimo papa, a los olivos que llenan los campos de Fátima y Asís así como el jardín que rodea la capilla en la que tiene lugar el Cónclave de Lino II, al nombre "oriente" que Dante asigna a la ciudad de San Francisco y que el Padre Cherance dice, significa "luz y sol de las gentes", a la cuna del "Pobre de Asís" que fue un pesebre como el de Belén, al aforismo "De labore solis" o eclipse total que oscureciéndolo todo contrasta con suma violencia con la figura del sol tantas veces repetida que ilumina el camino para el pueblo santo, a la frase tan conocida de San Francisco: "Vayamos al santo Papa" que adquiere esplendor y actualidad hoy día en medio de la crisis generalizada?.
¿No está mezclada a cada paso en todas estas coincidencias y anuncios escriturísticos y privados la intervención de la gran Madre de Dios, como si le fuera destinada para los últimos tiempos una eminente participación y guía del pueblo santo contra los ejércitos de Satanás esparcidos por toda la Tierra?, ¿y qué papel escatológico definitivo y esencial tiene en todo esto el "secreto" y la prometida séptima aparición en Fátima no acontecida?
Es muy interesante lo que el Dr. Troll dice después sobre el último papa a quien San Malaquías señala como "Pedro Romano" que en realidad vendría a ser Pedro II que reinará en medio de "grandes tribulaciones" y angustias: "El texto (de la profecía), no permite afirmar con seguridad que Petrus Romanus siga inmediatamente del papa definido "Gloria Olivae". Los vaticinios que se refieren al último pontificado tienen una forma tan diferente a la de los vaticinios de los papas restantes que pueden ser considerados aisladamente, sin conexión alguna con el anterior". Es decir, que entre uno y otro papa, puede haber un tiempo indefinido de sede vacante. ¿Y no es esto exactamente lo que estamos viendo durante la presente e increíble crisis eclesiástica?.
Entre otras cosas, queda en esta forma aún muy cerca los acontecimientos, oculto el último día, pues desconociéndose los lapsos entre un papa y otro y la duración de cada pontificado, se hace imposible ninguna clase de cálculo que sería posible si los hechos vinieran con normalidad. Por ese motivo, es necesario sobre todo ahora, velar y estar pendiente según el consejo de nuestro Señor, pues no sabemos el día ni la hora, aún siendo inminentes los anunciados sucesos del fin.
Desde la muerte de Pío XII, último papa legítimo, la ocupación de la Sede de San Pedro, no está sujeta a las normas y costumbres conocidas en tiempos normales. En el Cónclave de Paulo VI y de Juan Pablo II, se habla con insistencia significativa de la elección del Cardenal Siri, motivo por el cual se vió al fin humo blanco para verse después otra vez humo negro. ¿Hubo papa canónico oculto?. Durante el "pontificado" (¡) de Juan Pablo II, es electo el papa de Asís que solamente dura seis meses, desconocido por la mayoría y condenado por casi todos los que tuvieron noticia del suceso. Válido y lícito, sin embargo, viene a los 35 años de la muerte del último papa válido, Pío XII. Pasó así el papa "Gloria Olivae" sin que nadie se enterase de la esencial trascendencia para la Iglesia remanente de su pontificado. Es bueno preguntarse: ¿es esta acaso la forma en que estos tiempos por amor a los elegidos serán acortados?, ¿cuánto tiempo ha de pasar entre Lino II, Papa de Asís (el nombre "Lino" que tuvo el segundo papa de la historia, ¿no insinúa ser éste el penúltimo?), hasta la elección de Pedro II?.
Dice el Dr. Troll acertadamente que, quienes se niegan a considerar las cuestiones del fin por ser estas pesimistas o terroríficas, confunden la esperanza cristiana con el progreso del mundo, y trae un texto de San Gregorio Magno: "La ruina, es el futuro del mundo". ¿No resulta insoportable esta frase para el hombre de hoy?.
El Papa Angélico introdujo los tiempos del fin del mundo. Creo que hoy eso es indiscutible. Faltan por tanto después de él, seis papas. ¿Son cuatro de ellos el antitipo de aquellos sumos sacerdotes corruptos del tiempo de los Macabeos: Jasón, Menelao, Lisímaco y Alcimo, y de la lucha contra Antíoco, tipo del Anticristo, para ser el último de ellos el mismo Anticristo?.
El otro, Pedro II, ha de unir a la Iglesia remanente, al pequeño rebaño disperso por toda la tierra y desorientado, para entregar las Llaves al Juez, el día de la Parusía. ¿Cuál es la misión en este tremendo drama de los dos olivos, y qué papel juega en todo esto la monja de Leiría?. ¿No resulta innegable que se siente en todo tiempo la presencia de Aquella que es poderosa como un ejército en orden de batalla?.
Tenemos que afirmar con San Pablo: "...enseñamos sabiduría entre los perfectos; mas una sabiduría no de este siglo, ni de los príncipes (y poderosos) de este siglo, los cuales son destruídos, sino que predicamos la sabiduría de Dios en misterio, sabiduría recóndita, la cual predestinó Dios antes de los siglos, para gloria nuestra, sabiduría que ninguno de los príncipes de este siglo ha comprendido" (I de Cor. Cap. 2, v. 6 a 8).

DONDEQUIERA QUE SE HALLARE EL CUERPO,
ALLI SE JUNTARAN LAS AGUILAS.

Poco tiempo antes de la destrucción de Jerusalén, los cristianos que allí vivían, recordando la profecía de nuestro Señor Jesucristo, cruzaron el río Jordán y se fueron a la ciudad de Pella, por lo cual se salvaron todos de la horrenda devastación que cayó sobre "la Ciudad Santa. Ellos creyeron simplemente sin la depravada y rebelde voluntad o el juicio oculto de los mundanos y se salvaron. Porque Dios no quiere la voluntad imperfecta de simple deseo o la menor oposición a Su santísima Voluntad". No trataron de interpretar, no trataron de opinar en contra ni de buscar concensos en contra de la verdad que se había profetizado. Sabían que las palabras: "los que estén en Judea, huyan a los montes", "el que en el tejado, no descienda a tomar cosa alguna de su casa", o "el que en el campo, no vuelva a tomar su túnica", eran anuncios de la necesidad y prontitud de huir, por el gran peligro a que se expondrían, si se querían salvar. Así lo hicieron sin cuestionar y la fe en la Palabra de Cristo, cuando vieron las señales, los salvó.
Para el resto del pueblo no cristiano, no dejaron de haber grandes y significativas señales. Mucho más claras se las dió el Señor misericordioso, pues no quiere el mal para nadie. Cuenta el historiador Josefo, que por un año entero, se vió una estrella en forma de espada que no dejó de vibrar llamando grandemente la atención. Que muchos vieron en el aire ejércitos de hombres armados. Que se abrían las puertas del Templo y se oían grandes estruendos y voces que decían: "¡Vamonos de estos lugares!". Se cuenta que un hombre llamado Jesús, hijo de Ananías, estando la ciudad todavía en paz, iba gritando por las calles: "¡Voz de los cuatro vientos sobre Jerusalén y sobre el Templo, ay, ay de Jerusalén!".
¿Creyeron en las señales?, ciertamente que no, lo cual recuerda a los hombres de nuestro siglo XX, pues dice la historia que tomaron a aquel hombre y lo azotaron con crueldad para que se callara, pero no lo lograron y éste seguía gritando.
Dios a veces permite significativas coincidencias. El nombre de este hombre con seguridad les debe haber recordado a Aquel otro Jesús a quien crucificaron y el odio debe haberse encendido. ¿No en nuestro tiempo como precursor del Anticristo ha habido un papa cuyo nombre de pila fue "Juan Bautista"?.
Lo mismo pasará, como en Jerusalén, en el final de los días del mundo, por lo que nuestro Señor advierte claramente: "Ved que os lo he advertido de antemano" (Mat. Cap. 24, v. 25), "estad, pues, vosotros sobre aviso: he aquí que todo os lo he dicho de antemano" (Mar. Cap. 13, v. 14), "mirad, pues, por vosotros, no sea que vuestros corazones se carguen de glotonería y de embriaguez y de los afanes de esta vida: y que venga de repente sobre vosotros aquel día" (Luc. Cap. 21, v. 34), "...mas si dijere aquel siervo malo en su corazón: Se tarda mi señor en venir. Y comenzase a maltratar a sus compañeros y a comer y a beber con los que se embriagan, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y a la hora que no sabe" (Mat. Cap. 24, v. 48 a 50).
San Agustín en su carta a Esiquio, dice que los hombres por la fuerza de la gran tribulación del fin del mundo, unos caerán y otros vacilarán y dudarán. Sin embargo, nuestro Señor dice: "Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad" (Mar. Cap. 13, v. 37 ).
Las grandes señales, ya sea espirituales o materiales, en cambio para los elegidos, así como la gran tribulación, no serán un motivo de duda, sino una verdadera confirmación de los anuncios proféticos de Cristo y no necesitarán ver el fin, para estar seguros de su inminencia. Tendrán por esto, una fe más grande y más firme que los fortalecerá. Y una esperanza gozosa de ver pronto ai Señor. Y así, todos los hombres del fin que hayan conservado la Fe, se reunirán en los islotes de la Esperanza.
Por eso decía nuestro Señor: "Y donde quiera que se hallare el cuerpo, allí también se juntarán las águilas" (Mat. Cap. 24, v. 28).
A este versículo de San Mateo los exégetas han dado dos interpretaciones que parecen propias.
La primera dice que en los últimos tiempos los cristianos dispersos sabrán encontrar a Cristo y reunirse, como lo hacen las águilas que a muy grande distancia pueden descubrir su alimento y acudir y así reunirse. Esta interpretación encierra otras consideraciones que son aplicables por las cosas que estamos viendo suceder: se está anunciando en el texto la dispersión del pueblo santo, que es la Iglesia y la formación de esos pequeños islotes de la Fe, después de la Apostasía en los últimos tiempos, y también nos está diciendo que los verdaderos cristianos que han de quedar, sabrán encontrarla para unirse a Cristo y así, a diferencia del mundo que ignora todo, o quiere ignorar porque no le conviene otra cosa, esperar la Parusía. En San Lucas, Cap. 21, v. 36, nuestro Señor dice algo de gran utilidad: "Velad, pues, orando en todo tiempo, a fin de que merezcáis evitar todos estos males venideros, y comparecer ante el Hijo del hombre".
La segunda interpretación dice que Cristo se refiere a la ciudad de Jerusalén, como un cuerpo muerto por sus pecados, entregada a las águilas para que la devoren y despedacen como castigo de su apostasía. Pero entonces habrá que añadir, que lo mismo ha de pasar con el mundo del fin, que siendo un cuerpo muerto por su extrema depravación y rebeldía, será entregado a la devastación total. No quedará piedra sobre piedra, pues la profecía sobre Jerusalén, se debe aplicar también a los sucesos del fin del mundo.
Pero porque ha de haber una Iglesia viva que nunca ha de ser vencida, una Iglesia remanente, aunque atribulada e infiltrada por los agentes del Poder Mundial, ésta ha de trabajar con ánimo y esperanza, sabiendo que el Señor se acerca y que los salvará de todo aquello que debe caer sobre el mundo como una red: "Bienaventurado aquel siervo a quien hallare su señor así haciendo, cuando viniere": es decir, trabajando y atendiendo a los fieles de Dios.
Pero al final de los tiempos, las huestes del Anticristo han de formar un ejército tan numeroso como las arenas del mar que abarcará toda la tierra y tan poderoso que será inútil escapar. Es decir, que no habrá a donde huir. Y no habrá posibilidad, humanamente considerado, de encontrar a la ciudad de Pella de los últimos tiempos. Las mismas circunstancias serán adversas muchas veces, y Satanás estará suelto para dar la ultima batalla, el cual sabiendo que le queda poco tiempo, usará todo su poder contra los hombres, pero especialmente contra los que forman el "resto fiel".
Por eso dice San Pablo: "Ved aquí un misterio que voy a declararos: todos a la verdad, resucitaremos, mas no todos seremos mudados. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la última trompeta; porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán en un estado incorruptible, y nosotros seremos mudados" (I de Cor. Cap. 15, v. 51 a 53). "...no queremos hermanos, dejaros en ignorancia, para que no os entristezcáis, como los demás hombres que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios a los que hayan muerto en Jesús, los llevará con El. Por lo cual os decimos sobre la palabra del Señor, que nosotros los vivientes, que quedaremos hasta la venida del Señor, no nos adelantaremos a los que ya murieron. Por cuanto el mismo Señor, a la intimación y a la voz del Arcángel, y al sonido de la trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los que murieron en Cristo, resucitarán los primeros. Después, nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos sobre las nubes al encuentro de Cristo..." (I de Tes. Cap. 4, v. 12 a 16).

NO DESPRECIEIS LAS PROFECIAS.
ESTAD ATENTOS A LAS SEÑALES.

La exhortación de San Pablo de la primera carta a los fieles de Tesalónica es lumbre clarificadora para el hombre de hoy: "No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías". Porque esto es entrar en las tinieblas más espesas donde nadie puede caminar, y así, decía San Juan Crisóstomo, no podremos conducirnos al Cielo, y se arrojarán sobre nosotros los innumerables demonios apostados que sí pueden ver en la oscuridad y nos quitarán cuanto llevamos.
"Doctrina y profecía tienen la misma íntima relación con conocimiento y deseo. Lo primero es doctrina, o sea, conocimiento y Fe; lo segundo es profecía, o sea esperanza y deseo vehementísimo, ambicioso anhelo de unión, que quisiera estar soñando en ello a toda hora, y que con sólo pensar en la felicidad esperada, nos anticipa ese gozo, tanto más eficazmente cuanto mayor sea el amor. ¿Cómo podría entonces concebirse que hubiera Caridad verdadera en un alma despreocupada e indiferente a las profecías?" (De la Biblia comentada del Dr. Torres Amat).
Quiero para terminar este opúsculo, señalar que el Apocalipsis, en el capítulo 14, v. 6 y siguientes, parece anunciar la aparición de un tercer personaje que se suma al apostolado de los dos testigos del capítulo 11. Es claro que el regreso de Elias y Enoc no es en persona, sino en espíritu. Dos personajes y un cuerpo moral que se enfrentará al cuerpo moral anticrístico. Así, San Gregorio Magno dice también: "En espíritu, San Juan Bautista era Elias, mas no en persona" (Biblia explicada de Torres Amat). Así, la nota de la Biblia comentada de Torres Amat al v. 6 del Cap. 14, dice: "Los tres ángeles que se presentan en este capítulo serían, según el sentir de muchos Padres, tres grandes predicadores". ¿Por qué ligamos el apostolado de este tercer personaje al de los dos testigos?, porque la nota mencionada continúa así: "Este primero, (uno de los tres ángeles), podría en tal caso ser Enoc según Ecli. 44, 16. Cfr. 10, 2 y 9; 11, 3 y notas. Y como Enoc es contemporáneo de Elias, tenemos que interpretar que el tercer ángel o predicador viene a unirse a la lucha de los dos primeros, después del acontecimiento del Apocalipsis 12. Y en el momento en que el dragón persigue a la mujer, Cap. 12, v. 13, que sin embargo, no ha podido prostituir al resto fiel del Cap. 14, v. 4 y 5. Así, fortalecida la lucha de Dios, se anuncia, no el juicio universal, sino el previo juicio contra Roma, ya próxima a su destrucción. Nacar-Colunga dice que no se trata del juicio universal, sino del de la Roma pagana, de la Gran Ramera, que se ha prostituido con todos los enemigos de la Iglesia. Los tres ángeles tienen una misión muy específica: predicar la Fe en un momento de defección general; la apostasía de Roma que ha caído; y prevenir y advertir contra el culto al Anticristo que se ha revelado, en un tiempo en que es necesaria "la paciencia" en los santos de los que "guardan los mandamientos de Dios y la Fe" (Ap. 14, v. 12 y sig.), para esperar la salvación de Dios.
Llama mucho la atención un párrafo del libro GRACIAS DE LA GRACIA del Dr. José Boneta, que fuera en 1706, racionero de la Santa Iglesia del Salvador en la ciudad de Zaragoza, España. Hablando de San Vicente Ferrer, dice: "En vida resucitó ventiocho, y después de muerto, a otros muchos... Predicando una vez la proximidad del día del Juicio con las palabras del ángel del Apocalipsis, dijo el santo: Yo soy ese ángel del que habla San Juan. Escandalizóse el auditorio, y dijo: Esperad. Ahora acaba de morir una mujer en tal parte: traigan aquí su cadáver. Trajéronlo y desde el pülpito le habló así: En nombre de Dios te mando que resucites y que digas si soy ese ángel. Y al punto resucitó y dijo: Tú eres este ángel". ¿Qué extraña liga mística existe con alguno de los tres ángeles de Apocalipsis 14?. No lo sabremos hasta que la Palabra se cumpla.
Mientras tanto, nosotros que somos "necios según el mundo, para confundir a los sabios" (I de Corintios, Cap. I, v. 27), y si somos según el mundo, debemos hacernos necios para poder ser salvados (I de Corintios, Cap. 3, v. 18 y 19), para no ser cegados durante el reinado de la Bestia como dice San Pablo en su segunda Epístola a los fieles de Tesalónica, ya que la sabiduría de este mundo es necedad, tendremos que cerrar los ojos a nuestra razón humana y a nuestros requerimientos y a nuestras pasiones, para encender entonces la luz de la Fe, porque esta brillará con más intensidad en nuestro interior, tanto cuanto se haya apagado las cosas del mundo.
Solamente así podremos caminar en las más densas tinieblas hodiernas que han caído sobre el mundo. Descubrir nuestro tiempo, la supresión del Sacrificio-perpetuo, la Apostasía y la presencia del influjo de Satanás a través del Anticristo, seductor y engañador de las masas humanas, que gobierna desde su trono usurpado, en la Sede sagrada de los papas.
Quiero también, terminar diciendo que he de sujetar éste, como todos mis escritos al Magisterio, al cual me adhiero completa e incondicionalmente. NO CIERTAMENTE al juicio y a la opinión de tantos opinadores, criticones y teólogos improvisados que han surgido hoy día con gran soberbia por todas partes.
GLORIA
L A U S
N O S T R O
E T
D E O
+ MONS. JOSE F. URBINA AZNAR.
Chicago, E.E. U.U.
1996.

martes, 25 de octubre de 2011

LA MISA.—LA CONFESION.—LAS INDULGENCIAS. — LA EXTREMAUNCION. — EL ORDEN SACERDOTAL

La santa misa. Su origen. Cómo ayuda a las almas del purgatorio. Por qué cobran los sacerdotes por decir misa. Por qué se dicen en latín. Por qué usa el celebrante vestiduras tan extrañas.

¿Qué cosa es la misa?
Cuando los protestantes negaron el sacrificio de la misa, el Concilio de Trento expuso la doctrina de la Iglesia en estos términos:
1.° Hay en la Iglesia católica un sacrificio verdadero, la misa, instituido por Jesucristo, el sacrificio de su Cuerpo y Sangre bajo las apariencias de pan y vino.
2.° Este sacrificio y el de la cruz son idénticos, porque Jesucristo es el sacerdote y la víctima en los dos sacrificios. La única diferencia está en el modo de ofrecerse: que en la cruz fue cruento—o con derramamiento de sangre—y en la misa es incruento.
3.° Es un sacrificio propiciatorio, expiatorio de nuestros pecados y de los pecados de los vivos o de los que murieron en el Señor, por los cuales se ofrece el sacrificio.
4.° Su eficacia se deriva del sacrificio de la cruz, cuyos méritos infinitos nos aplica.
5.° Aunque sólo se ofrece a Dios, puede ser celebrado en honor y memoria de los santos.
6.° La misa fue instituida por Jesucristo en la última Cena cuando, estando ya a punto de ofrecerse a Sí mismo en el altar de la cruz para redimirnos con su muerte (Hebr IX, 12; XI, 5), quiso enriquecer a su Iglesia con el sacrificio visible, conmemorativo de su sacrificio cruento en la cruz. En calidad de Sumo Sacerdote, según el orden de Melquisedec, ofreció a su Padre su propio Cuerpo y Sangre bajo las apariencias de pan y vino, e hizo a sus apóstoles sacerdotes del Nuevo Testamento para que renovasen este ofrecimiento hasta que El volviese (I Cor XI, 26). Las palabras con que los ordenó fueron éstas: "Haced esto en memoria de Mí" (Lucas XXII, 19; 1 Cor XI, 34). (Trento, sesión 12, capítulos 1-3, cáns 1-5.)

Yo no entiendo cómo puede ser la misa un sacrificio verdadero. ¿Cómo va a ser víctima Jesús, si ya está glorificado?
La Iglesia no ha definido aún en qué manera sea Jesús víctima en el sacrificio de la misa; los teólogos disputan sobre ello según sus escuelas y teorías. Unos, con Lugo y Franzelin, hacen a Jesús verdadera víctima, haciéndole cambiar de condición, por ejemplo, haciendo que Jesucristo mismo se ponga en tales condiciones, ya físicas, ya morales, que su estado sea inferior o sus actividades menos. Otros creen que el mero símbolo de inmolación, unido a la presencia real en el sacramento, es un sacrificio; ya porque recuerde la inmolación incruente del Calvario, como defiende Vázquez, ya porque esa inmolación presenta a Jesucristo en muerte aparente, como dice Billot. Otros, como Lessio y Billuart, defienden que la misa implica una muerte virtual de Cristo, ya que el poder de las palabras de la consagración es tal, que separaría la Sangre del Cuerpo de Jesucristo, si Este no estuviera ahora glorificado. Por fin, se ha excogitado modernamente una cuarta teoría que parece haber sido defendida por no pocos teólogos antes del Concilio de Trento. Su autor, el P. Mauricio de la Taille, S. J., la explica así: "La misa es un sacrificio, un verdadero sacrificio, en cuanto que, en virtud de una inmolación simbólica, es una oblación cierta y actual de una víctima verdadera, aunque no contiene una inmolación real de Jesucristo ejecutada actualmente por nosotros, sino sólo una inmolación simbólica, unida con aquel estado de víctima, celestial y perenne, que se debe a la única inmolación, real y cruenta consumada por Jesucristo en otro tiempo. La misa es un sacrificio porque es la oblación que hacemos de la Víctima en otro tiempo inmolada, lo mismo que la Cena fúe la oblación de la víctima que se había de inmolar."
San Pedro Canisio, el gran controversista de los días de la Contrarreforma, expuso así esta doctrina en su famoso catecismo: "El sacrificio de la misa, entendido como se debe, es a la vez una representación santa y viva, y una oblación incruenta, pero actual, de la Pasión del Señor y del sacrificio cruento que fue ofrecido por nosotros en la cruz."

¿Se nos dice algo de la misa en la Biblia? ¿Se decía misa en los primeros siglos del cristianismo? ¿No es más bien la misa producto de la doctrina medieval?
El último de los profetas, Malaquías, predijo la abolición de los sacrificios mosaicos y el establecimiento de un sacrificio nuevo que había de ser ofrecido en todo el mundo. Las palabras que usa el profeta—muctar, muggas, mincha—se leen más de trescientas veces en, el Antiguo Testamento, y siempre significan un sacrificio real; nunca significan un mero culto interno de alabanza o hacimiento de gracias.
Dice así el profeta: "El afecto mío no es hacia vosotros (sacerdotes—del Antiguo Testamento—) dice el Señor de los Ejércitos, ni aceptaré de vuestra mano ofrenda alguna. Porque de Levante a Poniente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se sacrifica y se ofrece al nombre mío una ofrenda pura; pues grande es mi nombre entre las naciones, dice el Señor de los Ejércitos" (Malaquías 1, X-11).
La Doctrina de los doce apóstoles (100) dice que la misa es el sacrificio predicho por Malaquías (capítulo 14), adelantándose así al Concilio de Trento nada menos que catorce siglos (Trento, sesión 22, capítulo 1).
Las palabras con que Cristo consagró el cáliz dan a entender bien el carácter sacrifical de la misa: "Este cáliz es la nueva alianza (sellada) con mi Sangre, que se derramará por vosotros" (Luc XXII, 20). "Esta es mi Sangre (que será el sello) del Nuevo Testamento. la cual será derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mat XXVI, 28). "Esta es la Sangre mía (el sello) del Nuevo Testamento, la cual será derramada por muchos" (Marc XIX, 24).
Por donde se ve que la sangre contenida en el cáliz es derramada por nosotros para nuestra salvación. Ahora bien: el derramamiento de sangre para remitir los pecados es un sacrificio real y verdadero.
Dice el Levítico: "Porque la vida del animal se sustenta can la sangre, y os la he dado Yo para que con ella satisfagáis sobre el altar por vuestras almas, y la sangre sirva de expiación por el alma" (Lev XVII, 11).
También las palabras de la consagración del pan prueban el carácter sacrificial de la misa; "Este es mi Cuerpo que es dado por vosotros" (Lucas XXII, 19); o "que es entregado por vosotros" (1 Cor XI, 24); las cuales palabras muestran bien a las claras que Jesucristo se ofreció a la muerte por nosotros.
Cuando el sacerdote consagra en la misa el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, ofrece a Dios la Víctima de la Pasión. "El sacrificio que ofrecemos—escribe San Ireneo—es la Pasión del Señor (Epís 63, 17). El sacerdote hace en la misa lo que Jesucristo hizo en la última Cena. "Haced esto en mi memoria" (1 Cor XI, 24). Así como Jesucristo se ofreció por nosotros a la muerte cuando consagró el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre, así el sacerdote, al consagrar en la misa el pan y el vino, ofrece al Padre por nosotros la muerte de Jesucristo. La muerte de Jesucristo en misa es simbólica o mística, y tiene lugar cuando, en virtud de las palabras de la consagración, quedan separados el Cuerpo y la Sangre, y se ofrecen al Padre por nosotros, como Jesucristo los ofreció en el Calvario.
San Pablo, en su Carta a los corintios (1 Cor X, 16-21), presupone que los cristianos tenemos en nuestra religión un sacrificio muy superior a los sacrificios de los paganos y judíos. Un sacrificio en el que podemos participar del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Tomar parte en los sacrificios de los paganos es pecado grave de idolatría; mientras que en el banquete eucarístico nos unimos íntimamente con Jesucristo al recibir en la comunión su Cuerpo y su Sangre. Si, pues, la misa no fuese un sacrificio, esta contraposición de San Pablo no tendría significado alguno.
En la Doctrina de los doce apóstoles se hace mención del sacrificio eucarístico en esta forma: "Una vez que estéis reunidos todos, partid el pan y dad gracias, habiendo confesado antes vuestros pecados, para que vuestro sacrificio sea puro" (14).
San Justino, mártir (160), identifica la Eucaristía con la "oblación limpia" de que nos habla Malaquías, la cual frase sugería la idea de una oblación de trigo. Por eso, en otro pasaje, dice que la Eucaristía había sido prefigurada por la oferta de harina que, según la ley mosaica, debía ofrecer el leproso cuando era curado de la lepra. Luego termina refiriéndose a los "sacrificios que son ofrecidos a Dios en todas partes por nosotros los gentiles (por oposición a los judíos), es decir, el cuerpo y el cáliz de la Eucaristía" (Dial cum Tryph 41).
San Ireneo (140-202): "Sola la Iglesia ofrece al Creador esta oblación pura, ofreciéndole con hacimiento de gracias cosas de la Creación. No así los judíos; sus manos están manchadas con sangre, pues no han recibido al Verbo que nosotros ofrecemos a Dios" (Adv Haer 4, 18). Porque así como el pan que produce la tierra, cuando recibe la invocación de Dios (la consagración) deja de ser pan ordinario para ser la Eucaristía..., así nuestros cuerpos, cuando reciben la Eucaristía, dejan de ser corruptibles, y esperan resucitar para la vida eterna (Ibíd 4, 18, 5).
Tertuliano (160-220) dice que el sacrificio eucarístico es una representación del sacrificio del Calvario, y declara que en los misterios de Mithra el demonio imitó servilmente los sacramentos cristianos de la Confirmación, Bautismo y Eucaristía, "la oblación del pan" (De Praes 15). "Cuando recibes el Cuerpo del Señor, aseguras a la vez la participación en el sacrificio y el cumplimiento del deber" (De Oratione 19).
San Cipriano, en el siglo III, expuso la doctrina católica sobre la misa con la misma claridad con que la exponen los teólogos del siglo XX. Dice que la Eucaristía es un sacrificio completo y verdadero; que contiene una Víctima inmolada; que fue instituido por Jesucristo; que es una conmemoración de la Pasión del Señor, más aún, idéntico a la Pasión; que en él se ofrece la Sangre de Jesucristo; que es un símbolo de la comunión del pueblo con Cristo; que se ofrece por los vivos y por los difuntos.
Escribe así el santo: "Cristo fue el que fundó este sacrificio... ¿Qué sacerdote podrá compararse con Jesucristo, que ofreció a Dios Padre un sacrificio y, a semejanza de Melquisedec, ofreció pan y vino, es decir, su Cuerpo y su Sangre?... Porque si Jesucristo, nuestro Dios y Señor, es el Sumo Sacerdote de Dios Padre, y se ha ofrecido a Sí mismo al Padre en sacrificio, y dejó ordenado que hiciésemos esto en memoria suya, ciertamente, el sacerdote que imita a Jesucristo y hace lo que El hizo, ése es otro Cristo; y entonces ofrece a Dios Padre en la iglesia un sacrificio pleno cuando le ofrece siguiendo el modo y manera en que se ve que le ofreció Jesucristo... y ya que hacemos mención de la Pasión en todos los sacrificios (porque el sacrificio que ofrecemos es la Pasión del Señor), no debemos hacer más que lo que El hizo; pues dice la Escritura que cuantas veces comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos la muerte del Señor hasta que venga... No se ofreceria la Sangre del Señor si no hubiera vino en el cáliz... En el vino se hace patente la Sangre de Jesucristo... Cuando en el cáliz se mezclan el agua y el vino, el pueblo se hace uno en Jesucristo" (Epíst 63). "Si alguno hace esto (es decir, si alguno hace a un sacerdote testamentario suyo), no se haga por él oferta alguna ni se ofrezca sacrificio alguno por el descanso de su alma" (Epíst 1, 2). "No se debe ofrecer la misa por los que han cometido un delito hasta que hayan hecho penitencia" (Epis 15, 2; 16, 2, 3).

¿No es la misa derogatoria del sacrificio de la cruz? ¿No fue suficiente el sacrificio que Jesús ofreció en la cruz?
Dice San Pablo: "Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los que ha santificado"; y "Somos santificados por la oblación del Cuerpo de Jesucristo hecha una vez" (Hebr X, 14; X, 10).
El Concilio de Trento definió que la misa no es derogatoria del sacrificio de la cruz (sesión 21, can 4). La Iglesia católica ha enseñado siempre que el sacrificio de nuestra redención fue suficientísimo. El precio que Jesucristo pagó por nuestras culpas, a saber: su Sangre preciosa, es tal, que ya toda otra paga es imposible; la inmolación del Calvario fue suficiente, y toda otra repetición es inútil.
Pero "la inmolación es sólo un elemento del sacrificio, y por cierto no es el que debe ser hecho por el sacerdote o el que sacrifica. El elemento sacerdotal es la oblación. Según Santo Tomás, Jesucristo hizo la oblación de modo que pudiera ser repetida por nosotros. La inmolación tuvo lugar una vez, y ni puede ni debe ser repetida; pero la oblación puede serlo, y deberá repetirse todos los días conforme al mandato del Señor: "Haced esto en memoria mía." Ahora bien: como el sacrificio no está en la inmolación, sino en la oblación u oferta de lo que ya está o ha de ser matado, sigúese que nuestra celebración diaria (la misa) es también un sacrificio cotidiano." Así se expresa el P. De la Taille.

¿Cómo sabe usted que la misa saca las almas del purgatorio? ¿Pretende usted acaso saber los secretos de Dios?
El Concilio de Trento, después de recoger y examinar los escritos de los Santos Padres, más las liturgias antiguas, tanto orientales como occidentales, declaró que "la misa es un sacrificio propiciatorio por los vivos y por los difuntos, y que las almas del purgatorio son ayudadas por los sufragios de los fieles, especialmente por el aceptable sacrificio del altar" (sesiones 25; 6, can 30; 12, cap 2, can 3).
Ya a principios del siglo III escribía así Tertuliano: "Todos los años dedicamos un día a ofrecer oblaciones por los difuntos, como si celebrásemos su onomástica" (De Cor Mil 3). Y en otro lugar: "La viuda fiel hace oración por el alma de su difunto esposo, pidiendo para él primero refrigerio, y luego unión y compañía con ella después de resucitados; y con este objeto hace oblaciones el día del aniversario de su muerte" (De Monog 10).
San Agustín recuerda las palabras de su madre, Santa Mónica: "Entierra—le dijo su madre— este cuerpo en cualquier parte, y que no te preocupe su cuidado. Esto sólo te pido: que dondequiera que te halles, te acuerdes de mí ante el altar del Señor" (Conf 9, 27).

¿Qué oraciones dice el sacerdote en la misa?
Por vía de preparación para la misa, el sacerdote dice el salmo 42: "Júzgame, Señor", y luego dice el Confíteor, que equivale al "Yo pecador" del catecismo, y es una confesión humilde de los pecados para ofrecer así más dignamente el santo sacrificio.
En el siglo IV recitaban este salmo los convertidos cuando iban a recibir la Comunión por primera vez.
El Introito (la entrada), que en los principios era un salmo entero con una antífona, era recitado mientras el sacerdote se dirigía al altar en procesión solemne. Generalmente contiene las ideas o sentimientos que han de preponderar en la misa.
El Kyrie eleison es como un suspiro con que pedimos a Dios misericordia; la frase está tomada de las letanías antiguas que cantaban en las procesiones los cristianos primitivos.
El Gloria in excelsis es una de las oraciones católicas más antiguas, aunque no fue introducida en la misa hasta el siglo VII.
Vienen luego diversas oraciones: las Colectas, la Epístola, el Gradual, la Secuencia, el Tracto y el Evangelio.
San Justino, en el siglo II, menciona todas estas elecciones tomadas de los profetas, de las epístolas y de los Evangelios. Dice así: "El día del sol se juntan en un lugar todos los que viven en las ciudades y en el campo, y allí leen en voz alta las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas todo lo que el tiempo da de sí" (Apol 1, 65).
En las colectas u oraciones se hace alusión a la festividad del día, o se ruega en ellas por una necesidad, por ejemplo, paz entre naciones, lluvia, etc.
A la lectura del Evangelio seguía siempre un sermón, como suele hacerse hoy los domingos y días festivos. El Credo de Nicea fue introducido en la misa por los orientales el siglo VI; los latinos lo introdujeron en el siglo IX. El Ofertorio recibe el nombre de las ofertas de pan y vino que ofrecía el pueblo para el sacrificio; con frecuencia daban también aceite para las lámparas e incienso. En la oración del Ofertorio se presenta a Dios el pan y el vino pidiéndole que "esta hostia inmaculada" y "el cáliz de salvación", una vez consagrados, "nos sean de provecho para la vida eterna".
La parte esencial de la misa y la más solemne es el Canon, que empieza con el Prefacio y termina con el Pater noster. El centro, por así decir, del Canon, son las palabras de la consagración, y lo eran ya en el siglo II, como nos dice San Justino (Apol 1, 65).
No son menos antiguas las oraciones precedentes. El Prefacio, con el Sanctus, que se repite tres veces, puede verse citado por San Cirilo de Jerusalén (Cath 5). En el Te igitur se pide a Dios que acepte el sacrificio, y se ruega por el Papa, por el prelado y, en algunos países católicos, por el soberano y por todos los fieles. Luego se hace oración por los vivos, y en el Communicantes pedimos a Dios protección por intercesión de la Virgen y de los santos. En las liturgias orientales se ven escritos en tablillas los nombres de aquellos por quienes se quiere hacer oración especial. En la Anamnesis, u oración que sigue a la consagración, se conmemoran la Pasión, la Resurrección y la Ascensión de Jesucristo. Al fin de esta plegaria, que, según Duchesne, es en nuestra Iglesia lo que la Epiklesis es en la Iglesia griega, se pide a Dios que mande llevar este sacrificio a su altar sublime por manos de su ángel (Apoc 8, 3). Luego el sacerdote ruega por los difuntos "que reposan en el sueño de la paz". El Canon termina con el Pater noster, que insertó en este lugar el Papa Gregorio el Grande (Epíst 9, 12). Luego se parte la hostia a imitación de Jesucristo, que partió el pan en la última Cena, y el pedacito de hostia que se deja caer en el cáliz simboliza la unidad del sacramento. El agnus Dei fue introducido en la misa por el Papa Sergio (687-701); la oración que se dice al comulgar data del siglo IV. La bendición que da el sacerdote al fin de la misa ha venido dándose desde el siglo IV, y el Evangelio de San Juan sobre la Encarnación del Verbo se incorporó definitivamente a la misa en tiempo del Papa San Pío V (1566-1572).

¿Por qué se lleva dinero por decir misa? ¿No es esto imitar a Simón Mago? (Hech VIII, 18-24). ¿Por qué se exige una cantidad determinada de dinero para sacar un alma del purgatorio en la misa? Según eso, el rico, que puede dejar mucho dinero al sacerdote para misas, es más dichoso que el pobre, que no puede dejar tanto dinero para que le saquen del purgatorio.
Recibir dinero por decir misa no es simonía, por la sencilla razón de que ese dinero no se recibe como si fuera el valor de la misa. El sacerdote acepta ese dinero porque tiene que mantenerse. La simonía está severísimamente prohibida por la Iglesia. Entiéndese por simonía "una voluntad deliberada de comprar o vender algo intrínsecamente espiritual por una cosa temporal" (canon 727). La Iglesia permite a los sacerdotes recibir dinero por las misas (canon 824), y condenó a Wyclif por llamar esta costumbre simoníaca.
En los primeros siglos, los fieles ofrecían pan y vino en cada misa, y con frecuencia depositaban dinero en el altar para el sustento de los clérigos y para aliviar a los pobres. En los siglos VII y VIII se comenzó a dar limosna por cada misa, costumbre que en el siglo XII se convirtió en práctica universal.
La Iglesia prohibe a los sacerdotes recibir más de un estipendio cada día, excepto el día de Navidad, y no permite que se comercie con las misas (canon 827). Si un sacerdote recibe más misas que las que puede celebrar, está obligado a enviarlas a sacerdotes de parroquias pobres donde no se encargan tantas misas, y es muy laudable la costumbre de enviarlas a los misioneros de infieles para ayudarlos con los estipendios. Se demuestra por la Escritura que la Iglesia tiene derecho a exigir que los fieles contribuyan al sustento de los sacerdotes (Mat X, 10; Lucas X, 7; 1 Cor IX, 7, 14). Sin embargo, la costumbre de recibir estipendios por las misas consta sólo por la tradición, es decir, por la aprobación que dio la Iglesia a la costumbre que comenzó hace doce siglos. No es, pues, simonía ni algo que vaya contra la ley natural o contra la ley positiva divina, pues la Iglesia es la que interpreta oficialmente la revelación de Jesucristo sin equivocarse.
Los no católicos creen que quinientas misas, por ejemplo, tienen quinientas veces más eficacia que una misa sola. Esto es falso. El valor de la misa es infinito, porque el sacerdote del sacrificio eucarístico es Jesucristo; el sacerdote no es más que su legado. Pero aunque los méritos de cada misa son infinitos delante de Dios, sin embargo, su aplicación a los individuos en particular es finita y depende sólo de los planes de Dios. Sabemos, eso sí, que Dios escucha nuestras plegarias, pero no escudriñamos el modo y la forma en que Dios aplica el fruto de cada misa. La Iglesia hace oración en todas las misas por todos sus hijos vivos y difuntos; pero la aplicación de los infinitos méritos de Jesucristo no la sabe más que Dios. Con esto queda respondida la dificultad acerca del rico y del pobre. Cada uno debe dar limosna conforme a sus fuerzas. El rico que descuida dar limosna está en peor condición que el pobre que no la da, por aquello de que nadie da lo que no tiene.

¿Por qué se dice la misa en latín? La gente no entiende esa lengua. ¿No sería mejor decirla en la lengua de cada país, para que el pueblo sepa lo que se dice en el misal? San Pablo condenó implícitamente el uso de los católicos que dicen la misa en latín, cuando escribió: "Pero en la Iglesia prefiero hablar cinco palabras de modo que sea entendido e instruya también a los otros, que diez mil palabras en lengua extraña" (1 Cor 14, 19).
La misa no es un sermón, sino una acción sacrifical ejecutada por el sacerdote, que es el legado de Jesucristo. Por eso estuvo muy atinado aquel católico negro que, preguntado por qué se decía la misa en latín, respondió: "¿Acaso el Señor no sabe latín?"
Decimos, pues, que la lengua es en sí cosa accidental; por eso a ciertas Iglesias que están en comunión con la Iglesia católica se les permite decir la misa en otra lengua. Así, por ejemplo, los italogriegos del sur de Italia hace más de mil años que vienen diciendo la misa en griego, y los melquitas de Siria, Palestina y Egipto la dicen en árabe y en griego. Los orientales ortodoxos usan el rito bizantino en catorce lenguas diferentes, y sin embargo, la misa es la misma en todas ellas.
Hasta el siglo V, la lengua de la liturgia romana era el griego. A principios del siglo V, el griego fue sustituido por el latín. Tanto Roma como las naciones de Occidente recién convertidas por sus misioneros, retuvieron el latín en la misa, así para estrechar más el vínculo de la unidad, como para expresar la inmutabilidad del culto católico en una lengua que no está sujeta a los cambios de que son objeto las lenguas vernáculas. Sería curioso ver a los católicos de habla española asistir en el siglo XX a una misa escrita en el castellano que se hablaba en tiempo de Alfonso X, el Sabio.
Pero aparte de esto, la misa está siendo continuamente traducida a la lengua de cada país y puesta en manuales y libros de devoción para que los fieles lean en su propia lengua lo que el sacerdote lee en latín en el altar. Abundan los devocionarios en que puede verse explicada la misa con todos los detalles y pormenores, y esos devocionarios están al alcance de todos los fieles.
También se puede oír misa con provecho meditando, por ejemplo, en la Pasión del Señor, o rezando preces en honor de Nuestra Señora y de los santos en unión con Jesucristo, o simplemente leyendo en un libro espiritual. En el texto citado en la pregunta, San Pablo no alude a la misa, sino al don de lenguas (Marc 16, 17), es decir, a los cristianos que hablaban lenguas extrañas que nunca habían aprendido. Menciona el apóstol la necesidad de pedir el don de saber interpretar, pues, de lo contrario, el don de lenguas es inútil y se asemejaría a instrumentos músicos que produjesen ruido en vez de halagar con melodías (16, 7). Pero no condena el don en sí; al contrario, se alegra de poseerlo él mismo (14, 39).

¿Por qué dicen los sacerdotes la misa con vestidos tan extraños? ¿A qué viene esa diversidad de colores? ¿Cómo se llaman las prendas o piezas que llevan los obispos y los sacerdotes? ¿Son, acaso, imitación de los vestidos judíos? ¿Tienen un significado místico?
Las vestiduras con que dice misa el sacerdote son, si se exceptúa el amito, una copia fiel de las que usaba en Roma la gente en el siglo II. Se echa de menos la toga; pero esto se debe a que los cristianos—que de ordinario no solían ser ciudadanos romanos—ni podían llevarla, ni de hecho la llevaban.
Los liturgistas medievales, especialmente desde el siglo IX en adelante, empezaron a dar significados místicos y simbólicos a estas vestiduras, diciendo que simbolizaban las virtudes sacerdotales, la Encarnación, los instrumentos de la Pasión y las armas con que se debe armar el sacerdote para luchar las batallas del Señor. Pero, repetimos, al principio no eran mirados esos vestidos como símbolos, sino que eran las prendas de vestir que se llevaban en Roma, y que la Iglesia, siempre conservadora, guardó y generalizó para sustraerse así a la rapidez con que cambian las modas en lo tocante a vestidos. Hasta prueban esas vestiduras la continuidad ininterrumpida de la Iglesia católica a través de los siglos. Esas vestiduras son las siguientes:
El amito, que data del siglo IX, es una pieza oblonga de lino, bordada a veces en el borde superior, que se coloca sobre los hombros. Según unos, al principio era una como capucha con que el sacerdote cubría la cabeza y las orejas en los días crudos de invierno, y, según otros, era una especie de bufanda con que se cubría el cuello y parte inferior de la boca.
El alba es aquella túnica larga y blanca que llevaban los romanos debajo de los demás vestidos. La sobrepelliz del sacerdote y el roquete del obispo no son más que un alba abreviada.
El cíngulo es un cordón o cinta de seda o de lino con una borla a cada extremo. En Roma se tenía por afeminado al que iba por la calle con la túnica suelta.
El manípulo era en su origen un pañuelo blanco de lino que se llevaba en la mano izquierda o en el brazo izquierdo y se usaba para tocar los vasos sagrados. Más tarde se vino a usar como mero ornamento, y se hacía de seda de varios colores y con bordados.
La estola es aquella faja que llevaban los oficiales romanos y los magistrados cuando estaban de servicio. Hoy la lleva el sacerdote cuando administra los sacramentos, en señal de autoridad.
La casulla, la pénula de que nos habla San Pablo (2 Tim IV, 13), era un impermeable con capucha que llevaban los legionarios romanos, como puede verse aún en las columnas de Trajano en Roma. Ha sufrido tales mudanzas, especialmente en el siglo XV, que hoy ya es otra cosa totalmente distinta.
La capa pluvial que llevan los sacerdotes en las procesiones, en las Vísperas y en la bendición, no es más que una casulla partida de arriba abajo y sujeta al pecho con un broche.
La dalmática de los diáconos era una túnica exterior introducida en Roma en tiempo de Diocleciano (284-305) e importada de Dalmacia.
Las prendas de vestir distintivas del obispo son el roquete, la capa magna, las sandalias o cáligas, los calcetines de seda, los guantes, la mitra y el palio que llevan los arzobispos.
El báculo es símbolo de autoridad y jurisdicción; el anillo simboliza los desposorios del obispo con la Iglesia, y la mitra, toca alta y apuntada, corresponde al bonete de los clérigos y a la tiara del Papa. El pectoral es un ornamento moderno, pues sólo data del siglo XVII. El palio es aquel capote que llevaban los pobres en Roma y los que no eran ciudadanos romanos (Tertuliano, De Pallio). Era una prenda de lino ancha que caía sobre el hombro izquierdo, daba la vuelta al cuerpo y se recogía sobre el brazo izquierdo. Los canónigos del Cabildo de San Juan de Letrán, ofrecen todos los años dos corderos el día de Santa Inés a manera de contribución, y con la lana de esos corderos se fabrica parte de esos palios. El Papa lo lleva en señal de su oficio pastoral supremo, y los arzobispos lo llevan en prueba de que participan del poder plenario del Papa.
La tiara del Papa, mitra alta y convexa, no es ornamento litúrgico. El Papa la lleva sólo en las procesiones y en actos solemnes de jurisdicción, como, por ejemplo, en las definiciones dogmáticas.
En el reinado de los Papas Bonifacio VIII (1294-1310) y Benedicto XII (1334-1342) se la ciñó con dos y tres coronas, respectivamente. Era usada en la corte bizantina y la introdujeron los Papas del siglo VIII.
El ritual romano usa seis colores en las vestiduras sagradas: blanco, para la pureza e inocencia; rojo, para el martirio; rosado, para expresar el gozo; verde, para la inocencia; púrpura, para la penitencia, y negro, que representa el llanto.

BIBLIOGRAFIA
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, Historia de la misa.
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, El misterio de Cristo.

lunes, 24 de octubre de 2011

Ausencia de todo pecado en la Madre de Dios


Enseñanza de la Fe. Explicaciones dadas por los teólogos.
En cuanto al fondo, los principales maestros están de acuerdo en la interpretación de este privilegio.
I. Si plugo a Dios obrar la maravilla de que María entrase inmaculada en este mundo, cuando es así que el contagio del pecado mancha a todos los hijos de Adán al entrar en la vida, de cierto no lo hizo para dejar que después se manchase con alguna falta personal pecaminosa. En María nunca hubo pecado. He aquí un privilegio especialísimo suyo (Conc. Trident., sess. 6, can. 23). Cuando todos los Santos y Santas, si fueran preguntados durante su vida mortal si tenían pecado o no, deberían responder unánimemente: "Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos y la verdad no estaría en nosotros" (I Joaq., I. 8). María con ser tanta su humildad, no hubiera podido unirse a esta confesión universal. "Es que Ella, cuando es cuestión de pecado, constituye una excepción necesaria, y esto por el honor de su Hijo" (San August., de Natura et Gratia, o. 86, n. 42. P. L. XLIV, 267).
Sería inútil y enojoso trasladar aquí todos los testimonios emitidos es favor de esta incomparable pureza del alma de María, como quiera que la Iglesia toda nunca tuvo más que una voz para proclamarla. Y si se presentase un innovador tan temerario que, con loca osadía, se atreviese a imputar a la Santísima Virgen la más pequeña mancha, de nuevo se levantaría para protestar con la voz de los Santos Padres, de las Liturgias, de los Santos y de todo el pueblo fiel contra semejante imputación, como contra la más horrible de las blasfemias, y el autor eclesiástico que mereció que sus obras se atribuyesen, en pasados tiempos, al gran Obispo de Hipona, repetiría lo mismo que respondió a los maniqueos cuando pretendían que el Verbo no pudo nacer, sin mancharse, de una mujer: "Oye, maniqueo, oye lo que te dice Dios, Creador del hombre e Hijo del hombre: Esta madre de la que yo nací, hícela yo mismo; este camino por donde pasé para venir al mundo, yo mismo lo preparé. Maniqueo, la que tú rebajas es mi Madre, y yo la hice con mi propia mano" (Tract. advers. haeres. quinqué, c. 7, en otro tiempo atribuida a San Agustín P. L., XLII, 1.107).
Los teólogos, resumiendo el pensamiento de la Iglesia y de los Santos Padres, han dado hermosísimas y muy sólidas razones para explicar esta pureza singular, que nunca fue empañada ni por sombra de pecado. Ninguna de estas razones deja de referirse a la maternidad divina. Las más de ellas quedaron ya expuestas al hablar de la Concepción inmaculada de María y al asentar los principios y reglas con que debemos juzgar de sus prerrogativas.
Al exponer la primera regla decíamos que es privilegio incontestable de la Madre de Dios el poseer todos los dones de gracia otorgados por la divina liberalidad a los hijos de Dios. A la luz de este primer principio levantamos nuestros ojos hacia el Cielo y, viendo delante de Dios, tres veces Santo, millones de espíritus angélicos que jamás pecaron, resueltamente afirmamos que así fue también la inocencia de la Madre de Dios.
Cuando Dios llama a una criatura a un señalado oficio en su reino, la enriquece con las cualidades necesarias para que lo desempeñe dignamente, y si es cuestión de la Madre de Dios, una segunda regla nos advierte que debemos considerar como necesario todo don que sea verdaderamente conveniente a su maternidad. "Ahora bien —concluye Santo Tomás—; María no hubiera sido nunca digna Madre de Dios si hubiese cometido un solo pecado. Lo primero, porque, de la misma manera que el honor de los padres redunda en los hijos, según se lee en el libro de los Proverbios (XVII. 6), así también redunda en los hijos la afrenta de la madre. Lo segundo, porque habiendo Cristo recibido de Ella su carne, entre los dos se formó el más estrecho parentesco y una singularísima alianza. Pero, como está escrito en el capítulo VI de la Epístola a los corintios, "¿qué unión puede haber entre Cristo y Belial?" Por último, Cristo, Hijo de Dios, hizo en María particularísima estancia, residiendo no sólo en su alma, sino también en su seno virginal. Ahora bien; en el capítulo primero de la Sabiduría, se lee: "La Sabiduría no entrará en el alma perversa y no habitará en el cuerpo sujeto al pecado" (Sap., I, 4). Ved por qué se ha de decir simplemente que la Bienaventurada Virgen María no cometió ningún pecado actual, ni mortal ni venial, para que en Ella se cumpliese esta sentencia del Cantar de los Cantares (Cant., IV, 7): "Eres toda hermosa, amada mía, y no hay mancha en ti" (San Thom., 3 p. q. 27 a. 4).
El Doctor Angélico se contenta con indicar brevemente estas tres razones, pues no acostumbra a extenderse en largas consideraciones. Nosotros le imitaremos en esta ocasión; cuanto más, que ya otras veces hemos expuesto ideas semejantes.

II. María, pues, vivió sin pecado (Podría preguntarse si era cosa conveniente, dada la perfección de su inocencia, que la Santísima Virgen recitase las palabras de la Oración Dominical: "Perdónanos nuestras deudas..." La respuesta debería ser negativa si esta oración se enderezase únicamente al bien de quien la reza. Pero el mismo texto nos advierte que la súplica se extiende a nuestro prójimo. No decimos "Padre mío", sino "Padre nuestro"; no decimos "Dame", sino "Danos", y es que el Señor y Maestro de la unidad no quiso que orásemos cada uno por sí solo, sino cada uno por sí y por todos, porque él mismo nos llevó a todos en su unidad. (San Cyprian., L. de Orat. Dominic., n. 8. P. T.. 524). Como consecuencia del mismo pensamiento, el opúsculo acerca de la Oración Dominical, inserto entre las obras de Santo Tomás de Aquino, permite que aquel que todavía no ha perdonado a su enemigo pueda decir: "Como nosotros perdonamos..." "No miente—dice el autor—porque no tanto ora en su nombre cuanto en el de la Iglesia, como quiera que la petición se hace en plural."). Así lo pedía su condición de Madre de Dios. Fue la Santísima Virgen confirmada en gracia; mas no sólo con una confirmación común, es decir, con aquella que excluye toda falta grave, y aun toda falta plenamente deliberada, sino con una confirmación total, es decir, con aquella que no admita absolutamente falta alguna. Hasta aquí, todos los maestros de la Teología están de acuerdo; todos atribuyen a María el privilegio de la impecancia (Los teólogos expresan con esta palabra el hecho de no pecar nunca). Cuando comienza alguna divergencia de ideas, más aparente que real, es cuando se trata de explicar distintamente la diferencia, generalmente admitida por todos, entre la impecancia que la Virgen tuvo antes de ser Madre de Dios y la que tuvo siendo ya Madre de Dios; entre otros términos: entre la primera santificación y la segunda.
No hay controversia respecto del tiempo que precedió a la Encarnación del Verbo. Antes de concebir, María no pecó; pero, en alguna manera, podía pecar. Según el sentir general de los teólogos, tres cosas concurrían a guardarla pura y limpia de todo pecado y de toda imperfección estrictamente dicha: la sobre abundancia de la gracia interior, que la inclinaba poderosamente hacia el bien; la ausencia absoluta de toda concupiscencia actual, es decir, de todo impulso desordenado hacia las cosas sensibles, y, por último, la asistencia exterior con que la rodeaba el poder y el amor de aquel que había de ser su Hijo (San Thom., in III, D. 3, q. 1, a. 2, sol. 2 ; 8 p., q. 25, a. 4, ad 1 ; a. 5, ad. 2). Si consideramos que la mayor parte de nuestras faltas tienen su primera fuente en los incentivos de nuestras facultades sensibles y de nuestras pasiones más o menos rebeldes; si, además, meditamos cuán grande barrera opone a cualquiera violación de la ley divina la unión perfectísima y continua de un alma con su Dios, con facilidad entenderemos que las avenidas por donde el pecado podía tener acceso al corazón de la Santísima Virgen estaban todas cerradas.
Sin embargo, el ejemplo de los ángeles del cielo, que aunque desde su creación estaban enriquecidos con una gracia perfectísima, y aunque les era desconocida experimentalmente la rebeldía de la carne y de los sentidos contra la ley del espíritu, cayeron; este ejemplo, repetimos, nos enseña que ni la plenitud de la gracia inicial, ni la ausencia, más aún, ni imposibilidad de la lucha entre un ser inferior y la razón, esclarecida con los esplendores de la fe, eran bastante para salvaguardar en absoluto a María contra todo peligro de pecar y contra todo desfallecimiento moral. Hay otras tentaciones, fuera de aquellas que provienen de los sentidos, y allí donde los atractivos de las cosas bajas no tienen fuerzas, el orgullo y los vicios que ello engendra pueden acometer a las almas y separarlas de Dios. De aquí la necesidad de una asistencia exterior que completase los principios de resistencia depositados de manera permanente en el alma de María; asistencia que se manifestaba, ora por el alejamiento providencial de los peligros de fuera, ora por la abundancia de gracias actuales, iluminaciones de la inteligencia, piadosas y saludables nociones de la voluntad. De manera que María vivía, bajo la acción del Espíritu Santo, como sumergida en una atmósfera de pureza y santidad, inmaculada en su crecimiento como lo había sido en su primer origen (Cf. Suárez, de Myster. vitae Christi. D. 4, s. 4).

III. Como ya advertimos, hasta aquí no hay desacuerdo entre los teólogos. Y todos también unánimemente confiesan que desde la concepción del Hijo de Dios, la Bienaventurada Virgen fue aún más incapaz de cometer la menor falta; la controversia versa acerca de la calificación de esta creciente incapacidad. Los teólogos del siglo XIII, Santo Tomás, San Buenaventura, Alejandro de Hales y sus discípulos, estiman que desde aquel momento la impecancia se convirtió en verdadera impecabilidad (Este sentir hállase ya expresado desde el siglo XII, como lo testifica este pasaje de Ricardo de San Víctor. "Ab útero egressa nec mortale unquam nec veníale commisit. Et ante concentionem quidem Filii Dei pritis per gratiam custodita est a pecatis; post hanc vero ita confirmata est ex virtute Altisi, obrumbrata et roborata, ut peccatum omnino committere non potuerit. Ex quo templum Dei facta est, ita prívilegiata est ut nullatenus aliqua macula poluerit deturpari." (Richard, a S. Vict.. in Cantic. c. 26. P. L., CXCVI, 482). Hasta aquel momento, María, por más santa, pura e inocente que fuese, podía pecar; desde aquel momento no tuvo ya este poder. Sin embargo, esta impecabilidad no era aún la imposibilidad radical de pecar de que gozan los Santos del Cielo por la visión intuitiva de la soberana bondad y hermosura. ¿Qué era, pues? Una imposibilidad moral, como intermedia entre la impecancia antecedente de la Virgen y la impecabilidad propia de los comprensores (Signifícase con este nombre a los santos que ya gozan de la vista de Dios), porque ésta es absoluta.
Dejemos hablar a Santo Tomás de Aquino: "El poder de pecar puede perderse de dos maneras: o bien porque el libre albedrío se une inmediatamente a su fin último, el cual de tal modo llena su capacidad, que ningún defecto pueda ya darse en él, y esto es lo que pasa en la gloria..., o bien porque la gracia entre en el alma con tal sobreabundancia, que excluya de ello todo defecto. Y esto fue lo que acaeció en la Bienaventurada Virgen cuando concibió al Verbo de Dios, aunque quedó aun en estado de vía" (San Thom., III Sent., D. 3., q. 1, a. 2, col. 3, ad 2 et in corp).
Casi en los mismos términos se expresa San Buenaventura: "Que la impotencia de pecar sea privilegio de los comprensores, nada tan verdadero, si se atiende a la ley común. Pero nada impide que Dios conceda a alguna criatura la gracia espiritual que de ordinario reserva para la Patria, sobre todo a aquella criatura que, aun viviendo en la tierra, era ya la Reina de aquellos que triunfan en los cielos" (in III Sent., D. 3, p. 1, a. 2, q. 3, ad 4). Y en otro lugar: "La gloriosísima Virgen, al concebir al Hijo de Dios, quedó impotente para pecar; no porque en aquel momento perdiese potencia alguna, sino porque, de una parte, su poder quedó inmovilizado en el bien, y por otra parte, fue suprimido todo defecto" (Idem, ibíd., p. 1, a. 1, q. 3). "La Bienaventurada Virgen —había escrito antes Alejandro de Hales, maestro de San Buenaventura—, de tal manera fue despojada, en su segunda santificación, del poder de pecar, que desde entonces fue para su libre albedrío una necesidad el no cometer ningún pecado" (Alex. Halens., 3 p., q. 9, m. 3, a. 2).
Quisiéramos poder decir con certeza y claridad de dónde provino a María, según estos ilustres doctores, un alejamiento tan grande del pecado, que vino a convertirse en imposibilidad de cometerlo. En sus escritos sólo aparecen dos razones principales: en primer lugar, la extinción total del fuego de la concupiscencia o, en otras palabras, el don de la integridad, que Nuestro Señor comunicó por vez primera a María cuando fue constituida actualmente Madre de Dios. Hasta aquel momento, María no sentía los efectos de la concupiscencia; pero las facultades inferiores no estaban aún totalmente subordinadas en Ella al imperio del espíritu. El enemigo estaba encadenado, postrado en tierra, de manera que no podía dañar; pero no había sido exterminado. Explícase, pues, perfectamente que Jesucristo, destruyendo radicalmente en su Madre, al ser engendrado por Ella, la causa más general de nuestras faltas, disminúyese en la misma proporción el poder que Ella tenía de pecar.
Añádase a esto la inefable sobreabundancia de gracias que debió de recibir María a la entrada de Aquel que venía a Ella lleno de gracia y de verdad (San Thom., 3 p. q. 27, a.5, ad 2); añádase, asimismo, que desde entonces el Espíritu Santo y santificador moró más íntimamente en su alma y en su cuerpo, y se entenderá mejor cómo esta Bienaventurada Madre fue desde aquel punto constituida, por estos tres títulos, en un cierto estado de impecabilidad, sin que fuese necesaria toda aquella asistencia exterior que se requería antes de la concepción del Hijo de Dios. Este es, a lo que se nos alcanza, el parecer de los antiguos maestros de la doctrina teológica.
Los teólogos más cercanos a nosotros, y nos referimos a los que profesaban la Concepción inmaculada de María, no admiten la impecabilidad, ni siquiera después que María concibió por obra del Espíritu Santo. Si no miramos más que a sus perfecciones intrínsecas —escribe Suárez, el más ilustre de estos teólogos—, María podía pecar después de su segunda santificación, del mismo modo que después de la primera. Así que, prescindiendo de la asistencia divina que perpetuamente la mantenía dentro de la regla, aunque sin violentar su libertad, María tenía el poder de pecar; pero un poder que, de hecho, no pudo en ningún tiempo y por ninguna causa pasar al acto, por razón de los auxilios eficacísimos con que esta divina Madre estaba, por dentro y por fuera, constantemente prevenida y rodeada.
¿De manera que ni la presencia del Verbo encarnado en su seno, ni la admirable efusión del Espíritu Santo que descendió sobre Ella, sirvieron nada para aumentar la incompatibilidad de la Virgen con el pecado? El sabio teólogo no se aviene a admitirlo. Disminuyó la necesidad de los auxilios exteriores, aumentando la plenitud de los dones interiores, y, sobre todo, acrecentó y robusteció los títulos al privilegio extraordinario que la confirmaba irrevocablemente en el bien. En efecto, antes de concebir a Dios hecho hombre, estos títulos se fundaban en la preordinación que la llamaba y la preparaba para que fuese su Madre: después que lo hubo concebido en sus castas entrañas, María llevaba en sí misma, con Él, la dignidad singular a la que este privilegio se debía, por decirlo así, por la naturaleza misma de las cosas, veluti ex natura rei.
Propongamos un ejemplo que podrá esclarecer este último pensamiento de Suárez. Dios, que había creado a María para que fuese Madre de su Hijo, pero una Madre Virgen, como él, no podía permitir que su integridad virginal padeciese menoscabo. Era una desposada celestial, sobre la que velaba el Todopoderoso con cuidado celosísimo. De ahí que los Santos Padres atestiguan, en competencia, que el alumbramiento de Cristo Jesús hizo la virginidad de María más firme, más inviolable, más sagrada. San Buenaventura, después de recordar esta hermosa doctrina, al hablar de la imposibilidad, de que María, ya Madre, cayese en cualquier falta, añade inmediatamente: "Por tanto, así como era imposible, por la honra de su Hijo, que tuviese jamás otro hijo, así también era imposible que conociese desde entonces la más ligera falta. Así como era de todo en todo imposible que la virginidad de la carne en la que había habitado el Verbo de Dios padeciese la menor mancha, así también era imposible que la santidad de su alma fuese empañada con la sombra de un pecado" (in III, D. 3, p. 1, a. 2, q. 3).

IV. Si bien consideramos estas últimas ideas, llegaremos, con Suárez, a preguntarnos si la explicación de los antiguos teólogos y la de los modernos no difiere más en la expresión del pensamiento que en el pensamiento mismo. Y esta conclusión nos parecerá aún más probable si atendemos a la doctrina general del Doctor Angélico sobre la confirmación del libre albedrío en el bien durante el estado de vía. Vamos a citar casi entero el texto de Santo Tomás, porque en él trata extensamente y ex profeso esta grave cuestión:
"De dos maneras —dice— puede uno ser confirmado en el bien. Puede serlo sencillamente simpliciter, y esto acontece cuando posee en sí mismo un principio suficiente de su firmeza, de tal manera, que no pueda pecar de ningún modo. De esta suerte, los bienaventurados están confirmados en el bien por la visión inmediata que tienen de la soberana bondad. Puede serlo también, en un grado menos perfecto, si ha recibido algún don singular de la gracia que de tal forma lo incline hacia el bien, que difícilmente pueda apartarse de él. Mas esto no basta para preservarlo de mal hasta el punto que ya no pueda pecar, como no sea que la divina Providencia le socorra y ayude con una protección especialísima. Y así, Adán era inmortal, no porque tuviese en sí mismo, como los resucitados, un principio intrínseco de preservación contra todos los accidentes exteriores aptos para dar la muerte, sino porque la providencia de Dios los apartaba infaliblemente de él. De esta segunda manera, y no de la otra, es como uno puede estar confirmado en el bien en el estado de vía. Y la razón de esto es la siguiente:
"Para alcanzar la impecabilidad es necesario que la fuente del pecado quede enteramente seca. Ahora bien; el pecado nace en nosotros, o de un error de la razón, que se engaña acerca de la naturaleza particular del bien final y acerca de los medios que han de conducirnos al fin, o de los impedimentos suscitados por las pasiones al libre y recto ejercicio de la misma razón. Dios, por los dones de sabiduría y consejo, puede preservarnos de todo error especulativo o práctico acerca del bien final y acerca de la elección de los medios con los que podamos conseguirlo. Mas que el juicio de la razón no sea jamás turbado ni impedido en su ejercicio, es cosa que no pertenece al estado de vía, y esto, por dos causas. La primera y principal es que no puede la razón estar constantemente en acto de recta contemplación, de suerte que Dios sea la regla actual de todas sus obras. La segunda es que, en el estado de vía. las potencias inferiores no están nunca tan perfectamente sujetas al espíritu que no pongan algún obstáculo a sus actos...
"Eso no obstante, el hombre, por la gracia de la vía, puede estar tan aficionado y sujeto al bien, que no pueda pecar sino muy difícilmente, lo cual sucede, ya porque las virtudes infusas sirven de freno a las energías inferiores del ser y con gran fuerza inclinar la voluntad hacia Dios, que es el bien supremo, ya también porque, perfeccionándose la razón con la contemplación de la verdad divina, esta contemplación cada vez má continua, gracias al fervor del amor, aparta al hombre del pecado. Y lo que pudiera faltar para la plena confirmación del alma en el bien, Dios lo suple con la protección vigilante de su providencia, haciendo que en todas las ocasiones de pecar el espíritu de los confirmados sea eficazmente excitado por la gracia para la resistencia" (S. Thom., de Veritate, q. 24, a. 9; col. a. 8).
Este texto es notable y aptísimo para dar a entender la sobreeminente excelencia de la confirmación de María en gracia, y cómo, en lo substancial, están de acuerdo las teorías modernas y las antiguas respecto de este punto doctrinal.
Hemos dicho la sobreeminente excelencia de la confirmación de María en el bien. En efecto, de las tres cosas que, según el Doctor Angélico, constituyen la confirmación común a los Santos privilegiados de Dios, es decir, los dones interiores que mantienen las fuerzas inferiores bajo la obediencia del espíritu, la contemplación continua de las cosas divinas que conduce al amor y se nutre del amor, y, por último, la acción de la Providencia que cubre al alma con un escudo siempre interpuesto entre ella y las acometidas del mal. De estas tres cosas, repetimos, ninguna faltó a la Santísima Virgen; antes poseyó las tres con medida eminentemente propia.
Sola Ella tuvo, por razón del don de integridad, imperio absoluto sobre los movimientos del apetito inferior, de la imaginación y de las pasiones. Sola Ella, gracias a la ciencia divinamente infusa, pudo constantemente, sin distracción, sin error, contemplar las cosas divinas y juzgar de todo a la luz de Dios. Sola Ella, por consiguiente, pudo constantemente, sin interrupción ni cansancio, amar a Dios siempre en acto, y, según los teólogos y los Santos cuyos testimonios hemos aducido, éste es el privilegio incomunicable de María. Ahora bien; un alma cuya mirada está fija actualmente en la suprema bondad, un alma que vive en el éxtasis del amor, no puede ser infiel a Dios. Para que llegase a ser culpable de alguna infidelidad, sería menester que el movimiento de su contemplación y de su amor se detuviese. Esto es lo que enseña el Angel de las Escuelas en el artículo de la Suma Teológica, donde se pregunta si es posible perder la caridad, una vez que ha entrado en el corazón.
"Es verdad —dice— que la caridad por sí misma excluye todo motivo de pecar; pero ocurre que la caridad no está siempre en acto, y entonces puede actuar algún motivo o causa de pecado, y si hay consentimiento, se pierde la caridad" (San Thom., 2-2, q. 24, a. 11, ad 4 ut in corp.). Por consiguiente, concedida la perseverancia interrumpida en la contemplación más perfecta que puede darse después de la visión beatífica y en el amor que corresponde a aquella contemplación, no queda entrada libre para la culpa en el alma de María.
Diréis quizá que esta perseverancia, si bien no halla ningún obstáculo en el alma de la Virgen Santísima, todavía depende de su libertad; que, por consiguiente, María, al revés de lo que sucede en los bienaventurados del Cielo, podía apartar su mirada y suspender el ímpetu de su amor hacia Dios. Concedemos que en absoluto podía hacer eso la Santísima Virgen si no miramos más que a los dones habituales de la gracia infusa; pero tocaba a la Providencia, que velaba sobre Ella, el no permitir una interrupción que pudiera ser ocasión de la falta más ligera, y en esto la Santísima Virgen tiene sobre los demás confirmados una preeminencia incomparable, porque lo que para los otros era pura gracia, para Ella era como un derecho por razón de la divina maternidad.
Decimos que estos toques del Espíritu Santo en el entendimiento y en el corazón de María, toques a la vez dulces y potentes, que la preservan de flaquezas y cansancio en su unión por medio del conocimiento y el amor con la divina bondad, eran, en cierto modo, un derecho que tenía particularmente desde el día de la Encarnación del Verbo divino en sus entrañas. Disputan los teólogos, no si la humanidad de Nuestro Señor era impecable, o si la visión beatífica de que gozó perpetuamente, aun en estado de viador, bastaba para asegurarle este privilegio, sino si además de esta causa, que es plenamente suficiente, se daba en la humanidad del Salvador algún otro título que, aun sin intuición divina, fuese bastante para preservarla infaliblemente de todo pecado. La respuesta que comúnmente dan a esta cuestión es afirmativa. Por el caso mismo de pertenecer esta humanidad a la persona del Verbo, tenía derecho a socorros providenciales de luz y de fuerza con que evitara hasta la falta más pequeña, o, por mejor decir, el Verbo de Dios se debía a sí mismo el dar a su humanidad aquellos socorros con sobreabundante plenitud, porque las manchas de la naturaleza humana de Cristo hubieran redundado en la persona misma de que aquélla forma parte.
Pues por una razón semejante, la maternidad divina requería una asistencia perpetua del Espíritu Santo, capaz de completar y perfeccionar eficazmente la incompatibilidad de su alma purísima con la ofensa de Dios. Por tanto, la Madre de Dios, ya miremos a la extensión de su confirmación en el bien, ya consideremos las causas mismas de esta confirmación, aventaja de manera excelentísima a la confirmación de todos los demás elegidos de Dios durante el tiempo de la vía.
Y he aquí, si no nos engañamos, cómo se manifiesta el acuerdo substancial entre las antiguas teorías y las modernas explicaciones; porque aquéllas y éstas reconocen en María las tres cosas que constituyen, como acabamos de ver, una oposición radical entre esta Virgen Santísima y el pecado; aquéllas y éstas profesan, con el Doctor Angélico, que "la plenitud de confirmación en el bien convenía a María, porque era la Madre de la divina Sabiduría, en quien nada manchado puede entrar" (San Thom., de Verit., q. 24, a. 9, ad 2); aquéllas y éstas, por último, concuerdan en ver en la concepción del Hijo de Dios el coronamiento de este privilegio, ya porque disminuyó la necesidad de los socorros exteriores, con una más abundante efusión de dones interiores, ya porque revistió a María de la dignidad singular a la que era debida esta gracia de confirmación perfecta como connaturalmente, veluti ex natura rei, según la expresión de Suárez.
En cuanto a las divergencias, son de poca monta. Si los primeros teólogos hablan de impecabilidad, de impotencia para pecar, no es porque creyeran que la potencia para pecar estaba intrínsecamente suprimida en María, como queda suprimida por la visión de Dios cara a cara. Sólo querían expresar, con estas palabras, cuánto va de la confirmación de María a la confirmación que la Iglesia reconoce en los Apóstoles y en otros Santos. Por otro lado, si los teólogos más recientes rechazan la expresión de los antiguos, retienen la realidad que en ella se encierra, porque también éstos profesan una impotencia moral, tan universal por su extensión y amplitud, tan firmemente establecida sobre el título incomunicable de Madre de Dios, que ninguna criatura, durante su carrera mortal, la tuvo semejante. Por último, cuando los primeros reservan el término de impecabilidad para la época en que María fue Madre, apenas se separan de los segundos. Cierto que éstos, por lo común, sostienen que la concupiscencia fué, no sólo ligada, sino arrancada, desde la Concepción de la Bienaventurada Virgen; pero, como ya advertimos, coinciden con sus antecesores en saludar en la maternidad presente un título más firme, más inviolable que en la maternidad simplemente futura.
Presupuestas estas explicaciones, fácil será, según creemos, responder a aquellos que preguntan si la impotencia de pecar, que todos reconocen en María, debe ser tomada en sentido estricto, en cuanto significa la imposibilidad absoluta, o sólo en sentido lato, de suerte que denote solamente gran dificultad. Si consideramos simplemente en la Santísima Virgen los principios interiores que la preservan del mal, es decir, la extinción de la concupiscencia, o, mejor dicho, el don completo de la integridad, la ciencia infusa de las cosas divinas a la que ningún obstáculo proveniente de los sentidos puede impedir que se termine en el amor, y, por último, la perfección de la gracia y de sus anejos los dones del Espíritu Santo y las virtudes, es una impotencia en sentido lato, pero tal, que es y será siempre privilegio incomunicable de María para el tiempo de la prueba.
Si a estos principios interiores se añade la protección, cuya constancia y eficacia nos confirma la fe, la impotencia de pecar, aunque compatible con la libertad, es absoluta, porque ya no sólo es difícil, sino imposible, que el pecado entre en un alma tan bien asegurada contra sus acometidas. Y esta impotencia, aunque se extendió a toda la vida mortal de María, fué más radical desde el día de su maternidad, porque desde aquel momento, en que el Verbo de Dios se encarnó en las entrañas de María, tanto las perfecciones de dentro como la protección de fuera adquirieron un título más eficaz y, con éste, un desarrollo más completo (San Bernardino de Sena, en la enumeración de las causas que preservaron a la Santísima Virgen de todo pecado, señala una do la que sólo él ha hablado. Fué ésta, dice, el sentimiento y gusto íntimo de su maternidad a partir de la Encarnación. "Tertio, fuit sensus maternitatis. Habuit nernpe actualem et experimentaiem sensum filiationis Dei, intime cogitando et saporando quanti fillii erat mater, et quentum ei obligata erat, quia illam prae caeteris elegisset sibi matrem." (Serm. 4, de Concept. B. M. V., a. 3, c. 2, t. IV, p. 91). Todo esto nos lleva a la siguiente conclusión, que es, a la vez, creencia común: si María fue por maravillosa manera preservada de toda mancha y de toda imperfección moral, ha de buscarse el origen de este privilegio en la misma fuente de que manaron todos los demás, conviene a saber: en la maternidad divina.

J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS...