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martes, 27 de agosto de 2013

SERMON DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE SAN ANDRES APOSTOL

Tema: Rico para con todos los que le invocan (Rom. X, 12). 
     Por ser hoy la fiesta de San Andrés Apóstol, versará sobre él nuestro sermón. Encontraremos muy buena doctrina para instrucción nuestra y salvación de las almas. Saludemos a la Virgen María: Ave María.
     En la epístola de hoy se aplica la frase del tema a San Andrés, y se dice de él que es rico para los que le invocan, esto es, para quienes le llaman de corazón. Como explicación del tema e introducción a la materia, quiero aclarar una cuestión muy antigua, que preocupó a los filósofos, especialmente a los estoicos, y a los teólogos. ¿Cuáles son las cosas por las que el hombre puede llamarse rico? A esta pregunta se han dado tres respuestas, según tres escuelas filosóficas.
     Ahora bien, por ser Andrés rico en virtudes teologales y morales, dice el tema: Rico para con todos los que le invocan.
     Os referiré algunas de sus virtudes, de las cuales podremos sacar edificación para nuestra vida. Hablaré de seis virtudes, que encontré en el evangelio y en su leyenda: santa diligencia, pronta obediencia, firme confianza, fructuosa sabiduría, rigurosa penitencia, virtuosa paciencia.
     Por tener especialmente estas virtudes se llama rico San Andrés. Por eso dice de él el tema: Rico para con todos los que le invocan.
     En primer lugar, San Andrés fué rico en una virtud singular llamada diligencia. La cual consiste en que el hombre busca no solo lo temporal, sino lo espiritual ante todo. Los negocios temporales han de emprenderse de modo que no ahoguen los espirituales. Así lo hizo San Andrés. Era un pobre pescador y estaba casado; vivía con su mujer y sus hijos, y pescaba con su hermano San Pedro en el mar de Galilea. Por aquel entonces salió Juan del desierto, en donde había vivido veinticinco años con gran austeridad y penitencia, vestido con pieles de camello. Juan predicaba, por inspiración divina, que el Mesías había nacido: En medio de vosotros está aquel a quien desconocéis (lo. I, 26). Cuando San Andrés oyó esto se hizo discípulo de Juan, como se lee en el mismo evangelio (v. 40), y orientó su vida según los consejos del Bautista. Dividía la noche en tres partes, lo mismo que el día. En la primera parte de la noche oraba, diciendo: Despierta tu poder, ven y sálvanos. ¡Oh Dios del poder!, restaúranos, haz resplandecer tu rostro y seremos salvos (Ps. 79, 3-4). La segunda parte de la noche la dedicaba a la necesidad natural del sueño. Y la tercera, trabajaba en el oficio de pescador para proveer a su casa. Porque nadie debe abandonar a la mujer y a los hijos bajo pretexto de servir a Dios.
     Durante el día, a primera hora, iba a escuchar a Juan, y oía el sermón con gran devoción. Después marchaba a comer y, por último, cuidaba de su casa. Era diligente en tal grado que no abandonaba las cosas espirituales por las temporales, ni viceversa, como hacen muchos. Maldito el que pone toda su atención en los negocios temporales. Conviene hacer lo uno sin omitir lo otro (Mt. XXIII, 23).
     Por esta diligencia le concedió Cristo la gracia de ser su primer discípulo. Estaba una vez con San Juan y le preguntó: Padre, ¿cuándo nos mostraréis al Mesías? Juan le respondió: Pronto os lo mostraré. Cierto día, mientras Juan predicaba, acertó a pasar Jesús, que iba solo, pues entonces no tenía aún discípulos. El Espíritu Santo reveló a Juan que era el Mesías, y comenzó a clamar en alta voz: He ahí el cordero de Dios, he ahí el que quita los pecados del mundo (lo. 1, 29). Y señalaba con el dedo. Jesucristo disimulaba, fingiendo no oír nada.
     Pensad cómo entonces se levantaría todo el pueblo queriendo ver al Mesías. Pero cuando los judíos le vieron pobre, siendo así que lo esperaban, y aún le esperan, con un gran cortejo y gran poder temporal, dijeron: No queremos que reine éste sobre nosotros (Lc. XIX, 14). Entre toda aquella multitud nadie sino dos siguieron a Cristo: Andrés y otro, del que nada cierto se sabe, aunque se sospecha que era San Juan Evangelista. Obtenido el permiso del Bautista, diciendo que querían seguir al Mesías, les dijo Juan, complacido: Conviene que yo mengüe y que él crezca (lo. III, 30). Y marcharon en pos de Cristo. Volviéndose el Señor, les dijo: ¿Qué buscáis? Respondió Andrés: Maestro, ¿dónde moras? Y Cristo dijo: Ven y lo verás (lo. 1, 38). Ahí tenéis; ¡qué diligencia! Entonces se verificó la sentencia que Cristo pronunció más tarde: Todo el que pide, recibe, y el que busca, encuentra (Mt. VII, 8). Es más, cuando Andrés hubo encontrado al Mesías, no contentándose con conocerle él solo, buscó a su hermano Pedro y le dijo: Hemos encontrado al Mesías llamado Cristo (lo. 1, 41). Y lo llevó a Jesús. Notad que Andrés fué discípulo de Cristo antes que Pedro.
     Tenemos en esto un ejemplo para no enlazarnos en los negocios del mundo ni en las riquezas que son falsas. Habéis de trabajar por las necesidades de vuestra casa y buscar lo espiritual, buscar a Cristo a traves de la oración, oyendo misas y sermones, etc. Y no debéis contentaros con la salvación propia, sino que debéis atraer a los demás a Cristo. El varón devoto escoja una mujer devota o atráigala a la devoción, y viceversa. Así en todo lo demás. Dios dió mandatos a cada uno acerca de su prójimo (Eccli. XVII, 12).
     La segunda virtud es la pronta obediencia, que consiste en cumplir los mandatos sin dilación. La obediencia de San Andrés fué de este género. Teniendo que preocuparse de la casa y de la mujer, iba y volvía a casa y a su oficio de pescador. Un día, mientras pescaba con su hermano Pedro, pasó Jesús por la orilla del mar y se dirigió a ellos en alta voz: Venid en pos de mi y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante sus redes y le siguieron (Mt. IV, 19-20). Esta fué una obediencia pronta. Dice San Gregorio a este propósito: "No le habían visto hacer ningún milagro, no le habían oído ninguna promesa de premio eterno. Y, sin embargo, a la voz del Señor, olvidaron cuanto poseían" (Homil. 5 in Evang.). ¡Oh!, dirás tú, poco fué lo que dejaron. Dice San Gregorio en el mismo lugar: "Mucho dejó quien nada retuvo. Mucho dejó quien, aunque poco, dejó todo lo que tenía". En este caso hay que ponderar más el afecto que la cantidad.
     Fueron iluminados por las palabras de Cristo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Entendieron que habían de ser grandes predicadores, pues la predicación es semejante a la pesca. La palabra es la red, con la que se atraen los corazones de los oyentes. Cuando se convierte un señor, dejando la pompa y la vanidad, y deseando humillarse, el predicador puede decir que pescó un delfín. Y cuando se convierte una dama honorable, puede decir que pescó un salmón, etc. (En esta.materia puedes extenderte lo que quisieras.)
     Moralmente, nos da ejemplo de obediencia a los preceptos divinos, a fin de que no seamos rebeldes a Dios, etc.
     La tercera virtud es la firme confianza, pues tenía más confianza en Cristo que los demás apóstoles. Aparece esto cuando Cristo estuvo en el desierto, rodeado de gran muchedumbre de pueblo que le había seguido, y no teniendo qué comer dijo el Señor a Felipe: ¿Dónde compraremos panes para que coman todos éstos? Y Felipe respondió: Con doscientos denarios de pan no hay bastante para que cada uno reciba un poco (lo. VI, 5). Todavía tenían poca confianza en Cristo. El Señor insistió: ¿Qué decís? Y le respondieron: ¿Y quién podrá saciar de pan a tantas personas? Todos estaban desesperados, menos Andrés, el cual dijo: Hay aquí un niño que tiene cinco panes de cebada y dos peces (ibíd., 9). Como si quisiera decir, según San Juan Crisóstomo: Vos, Señor, podéis multiplicarlos. Andrés tuvo gran confianza. Y Cristo obró según el deseo de Andrés.
     Se nos instruye en esta ocasión a fin de que en nuestras necesidades y peligros confiemos en el Señor, y nunca nos faltará provisión. He aquí el testimonio de Cristo: No os preocupéis, pues, diciendo: ¿qué comeremos, qué beberemos o qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo esto. Pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo esto tenéis necesidad. Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todo esto se os dará por añadidura (Mt. VI, 31). Bendito el varón que confía en el Señor: será el Señor su confianza (Ier. XVII, 7).
     La cuarta virtud que encontramos en San Andrés es la sabiduría fructuosa. Consiste en que quien la tiene no sólo se rige a sí mismo, sino que también dirige y gobierna a los demás. Así lo hizo San Andrés por tener esta sabiduría. Después de la ascensión y venida del Espíritu Santo, los apóstoles comenzaron a predicar y a peregrinar por el mundo. San Andrés comenzó predicando en Jerusalén, y convertía a muchos. Después predicó por toda la Judea, Galilea y Samaría. Más tarde llegó a Grecia, a la ciudad de Acaya, siguiendo el precepto de Cristo: Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los extremos de la tierra (Act. 1,8). Cuando los grandes filósofos de Grecia oían los secretos de la fe predicados por Andrés, quedaban admirados, y buscaban las razones. Entonces San Andrés daba pruebas irrebatibles.
     Si alguien pregunta: ¿Cómo un hombre solo podía convertir tantos infieles, siendo así que ahora, que hay tantos predicadores, nadie se convierte? Le responderé: Por tres cosas especiales que tenía San Andrés: Primera, porque su sabiduría era evangélica, la cual toca los corazones y convierte a la gente; nuestra doctrina es poética, que sólo halaga al oído. Por eso dijo Cristo: Id por el mundo universo y predicad el evangelio (Me. XVI, 15). No dice que prediquemos Ovidio, Virgilio, etc. Segunda, porque su sabiduría era virtuosa, es decir, que cuanto predicaba lo cumplía en sus obras. No como aquellos que predican la humildad y son soberbios o algo parecido; predican la vida virtuosa y ellos llevan una vida viciosa. Dice el apóstol: No me atreveré a hablar de cosa que Cristo no haya obrado por mí (Rom. XV, 18). Tercera, su sabiduría era milagrosa, obraba milagros. Nuestros milagros consisten en escandalizar al prójimo, y por lo mismo nadie se convierte; es más, los cristianos, contemplando nuestra mala vida, pierden la fe. "Si se menosprecia la vida de alguien, es lógico que se desprecie su predicación", dice San Gregorio (Moral., 1. 19, c. 14).
     La quinta virtud es la rigurosa penitencia en su cuerpo. Aunque estaba lleno del Espíritu Santo y no podía pecar mortalmente, como dicen los santos doctores, pues cuando los apóstoles recibieron el Espíritu Santo fueron confirmados en gracia y por consiguiente no podían pecar mortalmente, con todo, se afligía con rigor, no sólo por sí mismo, sino para ejemplo de los demás. Refiérase el milagro de aquel viejo lujurioso, llamado Nicolás, por el que ayunó tres días, sin probar bocado. En este aparece la dificultad de la conversión de quienes se han habituado al pecado, pues la costumbre se convierte en una segunda naturaleza. Y así dice Jeremías: ¿Mudará, por ventura, su tez el etíope, o el tigre su rayada piel? Así, ¿podréis vosotros obrar el bien, tan avezados como estáis al mal? (Ier. XIII, 23). Tenemos aquí una instrucción para no desesperar de la misericordia de Dios, por más pecador que sea el hombre; hemos de hacer penitencia, como se hizo por este anciano. Por eso dice el Apóstol: Mortificad vuestros miembros terrenos (Col. III, 5).
     La sexta virtud es la paciencia virtuosa.
     Cuando llegó junto a la cruz se desnudó, como Cristo, y le crucificaron al través, para que tuviera más tormento. Mientras estaba en la cruz predicaba a Cristo y confortaba a los cristianos, animándolos. En esta posición vivió dos días. Dice la Iglesia: "San Andrés vivió dos días pendiente de la cruz y adoctrinando al pueblo. El pueblo se conmovió y quiso matar al comisario, pero San Andrés lo disuadió. Y cuando llegó el momento de la muerte, se le apareció Cristo, descendiendo hasta él con multitud de ángeles. Tanto, que la claridad cegaba a los circunstantes. Entonces, según refiere San Agustín en un sermón sobre San Andrés, le dijo el Señor: ¿Quieres venir conmigo, o quieres venganza? Y Andrés respondió: Señor, Vos no quisisteis venganza de vuestros enemigos; ¿cómo la he de querer yo? Y murió. Y visiblemente se le contempló subir al cielo. Por vuestra paciencia salvaréis vuestras almas (Lc. XXI, 19).

MARIA, MADRE DE TODOS LOS HOMBRES

     De cómo todos los hombres, en particular, aunque con desigual medida, pertenecen como hijos a María; y no solamente aquellos que han venido al mundo después de Jesucristo, sino también aquellos mismos que le precedieron desde el principio de los siglos.
     I. Ha llegado la hora de estudiar cuáles son en particular los hijos de la Reina del cielo y en qué medida participan de esta bienaventurada filiación. Puesto que ha habido hasta ahora tal unanimidad entre los Padres, Santos y Maestros de la Sagrada Doctrina en afirmar la maternidad de gracia, parece que debiera darse igual acuerdo sobre la extensión de esta maternidad. Pues bien: lo que resalta a primera vista es la diversidad de opiniones. Para todos, es verdad, María es la Madre de los hombres; pero éstos hombres, de quien es Madre, están lejos de ser caracterizados de un modo uniforme.
     Según unos, todas las criaturas racionales, el género humano todo entero, estaba representado por el discípulo amado al pie de la cruz; según otros, todos los fieles, es decir, los cristianos hijos de la Iglesia. Estos dan a María por hijos a todos los justos, amigos de Cristo y miembros suyos vivos, los regenerados por la gracia de adopción; aquellos, por fin, como San Bernardino de Sena y San Anselmo, la hacen Madre de los elegidos y predestinados (
Inútil es confirmar estas apelaciones diversas con ejemplos. Lo que acabamos de decir se encuentra superabundantemente confirmado por multitud de textos, insertos en diversos lugares de esta obra y en forma más expresiva en los comentarios sobre las últimas palabras del Salvador moribundo).
     Se podrían multiplicar hasta lo infinito los ejemplos de divergencia. Mas es mejor demostrar que esta divergencia no existe sino en la superficie, y que en el fondo no hay en todos sino una sola doctrina presentada bajo aspectos diferentes. Una prueba de ello sin réplica es que los mismos autores, y a menudo en los mismos pasajes, definen diversamente la posteridad espiritual de María.
     Procuremos poner de manifiesto el acuerdo que existe entre textos tan opuestos en apariencia, y para hacerlo con mayor claridad sentemos como principio una verdad generalmente reconocida y admitida por todos. Es la de que María es Madre de todos aquellos que tienen a Jesucristo por Salvador y a Dios por Padre. Sobre este punto no hay discusiones ni incertidumbre: el axioma es tan incontestado como incontestable. Preguntémonos ahora si Jesucristo ha muerto para salvar a todos los hombres, o, lo que es lo mismo, si todos pueden llamar a Dios Padre. La respuesta no es dudosa. Es preciso afirmarlo si no se quiere ir a sumarse con los enemigos de la sana doctrina, en el siglo XVII, con los jansenistas.
     Sí; el Hijo de Dios moribundo en el Calvario ofreció su sangre, no solamente por los justos y por los fieles, sino también por la universalidad de los hombres. Si esta proposición no es artículo de fe en todas sus partes, por lo menos es la expresión de la doctrina católica tal como nos la manifiestan la Escritura, los Padres y la enseñanza y persuasión común de la Iglesia
(Cf. I Tim., II, 1. sqq.; IV. 10: II Cor. V. 14-16. Consúltese en los Padres Petan. De Deo. 1. X, c. 4, 6; De Incarn.. 1. XIII, c. 1, sqq.).     Y, sin embargo, nadie lo ignora, varios Padres, y el mismo San Agustín, para no hablar de otros, han negado en determinadas circunstancias que Dios quiera la salvación de todos los hombres y que la Sangre de Jesucristo haya sido derramada por todos, sin excepción. Con más verdad se diría que, según él, la voluntad salvífica y la efusión de la sangre redentora alcanzan solamente a aquellos que han recogido con plenitud sus efectos. Pero uno de sus discípulos, San Próspero de Aquitania, por medio de una sencilla nota, ha hecho desaparecer la oposición aparente del gran Doctor con el común de los Padres y aun con sus propios escritos. "Sí, dice, se asegura con justicia que el Salvador ha sido crucificado por la salvación del mundo entero... Pero, por otra parte, puede decirse que no ha sido crucificado sino para aquellos a quienes su muerte ha aprovechado. Ha dado su sangre por el mundo, y el mundo no ha aceptado su redención" (Responsa ad object. Gallor., obj. 9° P. L., LI, 165). San Juan Crisóstomo había dado ya la solución. "Ha sido ofrecido para borrar los pecados de muchos hombres. ¿Por qué de muchos, y no de todos? Ha muerto por todos, con el fin de que su muerte los salvara a todos, en cuanto de él dependía. Esta muerte iba a reparar la ruina universal; sin embargo, no ha hecho desaparecer todos los pecados ni sanado a todos los pecadores, porque éstos no lo han querido" (Hom. 11 in ep ad Hebr., n. 2. P. G., LXIII, 129).     Todos los hombres han sido, pues, rescatados, en cuanto que Jesucristo con su muerte ha merecido para todos las gracias capaces de salvarlos a todos; y todos no han sido rescatados y salvados de hecho, porque la libertad humana, resistiendo a los designios de la divina misericordia, no ha permitido que les fuera aplicada la virtud universal de la Pasión. Nadie está excluido de la fuente de vida que manó de las heridas del Salvador; pero no todos vienen a tomar en ella el baño de la salud. Esto es lo que el Doctor Angélico acostumbra expresar por medio de dos palabras que los teólogos emplean de ordinario después de él: "La Pasión de Cristo ha destruido todos los pecados y ha hecho de todos los hombres otros tantos hijos de Dios en cuanto a la suficiencia de la satisfacción y del mérito, pero no en cuanto al efecto: quoad sufficientiam satisfactionis et meriti... non autem quantum ad efficientiam" (in Sent.., III, D. 19, q. 1, a. 1, sol. 2; cf. de Verit., q. 29, a. 7, ad 4, 8 y 12 : 3 p., q. 49. a 1, sqq.).
     Ahora bien: así como en cierto sentido todos no son rescatados ni salvados, así también entre los que participan de los frutos de la Pasión, no todos son igualmente restacatados y salvados, porque la medida de la participación no es igual para todos (
Así se dice de la Virgen Inmaculada que ha sido rescatada de una manera más sublime, sublimius redempta). Es, pues, verdadero el decir que Jesucristo no es igualmente el Salvador de los hombres; no lo es de los pecadores como de los justos, de los incrédulos como de los fieles, de los elegidos como de aquellos que no perseveran en la gracia. Y en este mismo sentido es como el Apóstol escribe del Dios vivo "que es Salvador de todos los hombres, principalmente de los fieles" (Tim., IV, 10). Luego, para resumirlo todo en dos palabras, Jesucristo es virtualmente por su muerte Salvador de todos los hombres, pues no lo es actualmente, porque no todos participan de la virtud de su sangre, como sería preciso para conseguir su salvación. Según estos principios, se comprende cómo Dios, aun cuando todas las criaturas racionales puedan decirle Padre, no las tiene a todas igualmente por sus hijas. Por medio de la gracia santificante y de la efusión del Espíritu Santo en nuestras almas es como somos constituidos formalmente hijos de adopción. De donde se ve que la paternidad divina, no menos que la cualidad de Salvador, contiene grados tan diversos como las condiciones en las cuales podemos encontrarnos con respecto a la gracia.
     Como consecuencia de estos mismos principios, la teología, tratando de la incorporación de los miembros de Cristo a su persona mística, distingue en ella grados análogos a los de la filiación divina y a los de la redención. Sin hablar de aquellos desgraciados eternamente separados del Cuerpo de Cristo por haber muerto en la impenitencia final, hay también los que sólo están unidos con Jesucristo, su Cabeza, en potencia y en destinación: hablamos de aquellos a quienes ningún lazo, ni aun el de la fe, une con su divina Cabeza. En otros, como son los pecadores que creen y esperan, pero que no han recibido todavía la justificación por medio de la gracia santificante y de la caridad, la unión no es más que un boceto. Para que sea perfecta es preciso el nudo sagrado de amor divino. Y aun la cohesión de la Cabeza con sus miembros, de los cristianos con Cristo, no tendrá su perfección suprema sino en la gloria, porque allí solamente es donde la Cabeza infundirá en cada miembro toda la perfección de la vida sobrenatural y los miembros serán unidos a su Cabeza con nudos eternamente indisolubles (
S. Thom., 3 p„ 9, 8, ad 3).
      Apliquemos estos principios a la maternidad espiritual de María. ¿Sois del número de los elegidos que gozan de la gloria, miembros de Jesucristo con la certeza de no verse nunca separados de esta divina Cabeza inconmoviblemente incorporados a su persona mística, hijos de Dios admitidos a la herencia del Padre y a la plenitud de la salvación? Por lo mismo, sois hijos de María en toda la extensión de la palabra.
     Si pertenecéis aún a la Iglesia militante; si sois justos y santos a los ojos de Dios, miembros vivos de Jesucristo vivo, también vosotros sois hijos de María; pero estáis en período de formación: Al saludar a María como a Madre acordaos que aún podéis ser arrancados de sus brazos maternales, no por su culpa, sino por la vuestra; de igual modo que podéis ser separados del amor de Dios, de la persona mística de Cristo, y perder la salvación.
     Si formáis parte de los fieles, pero atados con los lazos de la culpa, María ve en vosotros a hijos también; hijos que ahora no lo son sino muy imperfectamente, como imperfectamente participáis de la vida de Jesucristo, queremos decir, de la vida sobrenatural que sólo poseéis en preparación.
     Y este infiel, ya lo sea por el azar de su nacimiento o por su propia malicia, María no lo rechaza como a un extraño. Podrá llamarla su madre en igual medida que puede tener a Dios por Padre y por Hermano a Jesucristo. No está en el seno virginal de esta Madre de misericordia sino en el estado de un germen todavía informe. Mas si no opone un obstáculo invencible a las influencias de su amor; si no contrarresta la acción del Espíritu Santo que en ella reposa para hacerla siempre fecunda, hora llegará en que María podrá decir también de Él, como dé sus demás hijos: "Heme aquí y a los hijos que me habéis dado." En espera de tan dichoso día, la divina Madre le mira como a hijo a quien hay que formar; lo quiere como suyo, y no depende de Ella el que, al fin, no lo engendre de hecho a la vida de los hijos de Dios.
     ¿Quién, pues, no es hijo de María de algún modo o por algún título? El condenado. A éste no le reconoce por hijo; su amor maternal, por inconmensurable que sea, no lo encierra en sí, ni aun sigue a este muerto que fué su hijo en otro tiempo, como la viuda de Naim seguía al suyo, para atraer sobre él el beneficio de la resurrección. La razón es porque está irrevocablemente separado del cuerpo de Jesucristo, porque la gracia regeneradora no le alcanzará jamás, y Dios será siempre para él juez implacable y Padre nunca.
     Augusto Nicolás, en una de sus obras sobre la Madre de Dios, ha hecho notar la terrorífica energía con que pone esta verdad en escena el fresco del Juicio final, pintado por Miguel Angel. En primer término, Jesucristo precipita con gesto amenazador a millares de condenados en el infierno, y parece que les dice: "Ahora llegó ya el juicio del mundo. Apartaos, malditos." En segundo término se ve a una mujer que está detrás de Jesús. Esta mujer es la compasiva María, la cual, contemplando la cólera de su Hijo, parece que dice a su vez: "Nada puede ya calmarla, ni satisfacción, ni misericordia, ni oraciones." No se arroja entre ellos y su Hijo: permanece detrás, inmóvil y silenciosa. "El aspecto de este final produce escalofríos —añade el autor—, porque lo que mejor expresa las angustias del último día no es pensar en las ruinas del mundo y en la ira de Dios: es el recordar que la dulce voz de María no se levanta ya en favor de los pecadores (que no son ya nada para ella), y que si quisiera hablar, ya no sería escuchada."
     He aquí los dos términos extremos de la maternidad espiritual de María: a un lado, los reprobados; del otro, los bienaventurados del cielo. Entre estos dos términos se escalonan en grados desiguales los hijos de esta Madre para siempre bendita. Y esto basta para hacernos comprender las diferentes expresiones empleadas por los Santos cuando hablan de los hijos de María. Su objeto no es excluir del privilegio de hijo a aquellos que no han alcanzado o la fe, o el estado de gracia, o la gloria celestial; a lo sumo, lo que quieren expresar es la desigualdad de perfección según la cual puede gozarse de este privilegio.

     II. Ahora bien: no sólo es Madre la Bienaventurada Virgen de los hombres venidos al mundo después de Ella, sino que lo es también de cuantos la han precedido desde el principio de los siglos. Es un dogma de nuestra fe que después de la promesa del Libertador hecha al género humano caído, toda gracia y todo perdón depende de Dios hecho hombre. Lo que predicaba San Pedro a los judíos, "que no hay salvación en ningún otro, porque no se ha dado otro nombre bajo el cielo a los hombres por el cual debamos ser salvos" (Act., IV, 12), es verdad, sin excepción, para todos los tiempos.
     Subid al cielo y oiréis a la universidad de los elegidos cantar en coro ante el Cordero: "Sois digno, Señor, de recibir el Libro y de abrir sus sellos, porque habéis sido muerto y nos habéis rescatado para Dios con vuestra sangre, de toda tribu, de toda lengua, de todo pueblo y de toda nación. Y habéis hecho de nosotros un reino y sacerdotes para nuestro Dios..." (
Apoc., V. 9, 10).
     Y en esta forma es como "el Cordero ha sido inmolado desde el principio del mundo" (
Apoc., XIII, 8): inmolado, no en realidad, sino en la presciencia y voluntad del Padre; inmolado de tal suerte que desde entonces y en consideración de su sangre y de sus merecimientos era por lo que Dios derramaba sobre los hombres su gracia y su Espíritu. Luego si no hubo jamás santificación fuera de la víctima del Calvario, ¿no veis cuál es la parte que tiene la Bienaventurada Virgen en la salvación de las generaciones antiguas, puesto que de Ella es de quien el mundo ha recibido al Salvador y Ella le ha seguido hasta su inmolación?
     Así como los justos anteriores a la venida del Redentor universal de los hombres no fueron santificados independientemente de sus futuros méritos, así también la fe en el mismo Redentor fué para ellos, como lo es para nosotros, necesaria para la salvación. "Aunque Cristo no hubiese encarnado de hecho en tiempo de los Patriarcas del Antiguo Testamento, la Encarnación existía ya en las preordenaciones divinas y en su fe, en esa fe por la cual fueron justificados, porque los tiempos han cambiado, pero no la fe, dice San Agustín (
De natura et gratia, c. 44. P L XLIV 272); sin embargo, los arroyos de la gracia eran entonces menos abundantes que en nuestros días, porque los manantiales de los sacramentos de la nueva alianza no habían sido abiertos aún, ni removido el obstáculo, que a los hijos de Adán, el pecador, cerraba las puertas del cielo". Así habla Santo Tomás, y con él toda la teología católica.
     Es preciso, sin embargo, advertir que esta fe, más o menos explícita en aquellos que Dios había destinado más especial mente a conservar el depósito de la revelación, no debía necesariamente serlo así en todos los demás. Restábales "confiar en la Providencia con una fe implícita, es decir, creer que Dios libraría a los hombres con arreglo a los medios que le agradasen y del modo que su Espíritu lo había dado a conocer a aquellos a quienes podía haber honrado con sus revelaciones". La importancia de esta doctrina es tal que el Doctor Angélico la repite también en sus comentarios sobre la Sagrada Escritura: "Después del pecado de nuestro primer padre no hay nadie que se pueda librar del pecado de origen sin la fe en el Redentor. Pero esta fe se ha diversificado en cuanto al modo de creer según la diferencia de los tiempos y de los estados. Para nosotros, que hemos venido después de cumplirse el gran misterio, la obligación de creerlo es mayor que lo era para aquellos que lo precedieron. Aun antes de la venida de Cristo había algunos que debían creerlo más explícitamente, a saber, los patriarcas, majores, y aquellos a quienes Dios lo había revelado de un modo especial. Asimismo, en aquellos que vivieron bajo la ley de Moisés, la fe en el misterio debía ser mayor que la de los hombres que vivieron antes de la ley, porque tenían en sus sacramentos otras tantas figuras que representaban a Cristo y su sacrificio. En cuanto a los gentiles que se salvaron, bastábales creer en un Dios remunerador, porque la remuneración prometida no existe sino por Cristo. Haciéndolo así, creían con fe implícita en el Mediador" 

     S. Thom., in ep. ad Hebr.. c. XI, 1. 2. En ninguna parte ha expuesto más ampliamente Santo Tomás estos puntos doctrinales como en las Cuestiones de Veritate. Comienza por dar la noción de la fe explícita y de la fe implícita. Si pensáis actualmente en algún principio universal, tenéis conocimiento implícito de las conclusiones particulares que de él pueden deducirse; y tendréis su conocimiento explícito cuando, habiéndolas deducido las examináis en sí mismas. Así es que creemos explícitamente las verdades reveladas, que están actualmente a la vista de nuestra inteligencia: por el contrario, sólo las creemos de una manera implícita cuando acatamos otras verdades en las cuales están encerradas, como las conclusiones en sus principios. Por ejemplo, el que cree firmemente que la fe de la Iglesia es verdadera, cree con una fe como implícita todos los artículos particulares que están comprendidos en esta doctrina.
     "Ahora bien, continúa el Santo Doctor, así como un hombre individual puede progresar con la edad y los grados de cultura en la fe explícita de la revelación, así ocurre con el género humano... La plenitud de los tiempos es para este último como la madurez de la edad; por lo cual en nuestro tiempo los maiores, es decir, los maestros de la doctrina religiosa, deben creer explícitamente todo lo que pertenece a la fe. Pero en tiempo de la Ley y los Profetas, estos maestros, maiores, no estaban obligados o creer todo explícitamente sin embargo, la fe explícita estaba entonces más extendida de lo que estaba antes de esa época. Así, pues, en el estado que precedió al pecado no existia para los hombres la necesidad de creer explícitamente la doctrina del Redentor, porque el Redentor aún no era necesario. Sin embargo, creían en ella de un modo implícito en el dogma de la divina Providencia, en cuanto que creían que Dios proveería a quien quisiera amarle de todas las cosas necesarias para la salvación... Pero después del pecado, hasta los tiempos de la gracia, los maiores estaban obligados a tener fe explícita del Redentor; en cuanto a los simples, minores, bastábales creer en ella implícitamente ya sea en fe de los patriarcas y profetas, o ya en la creencia, en la Providencia divina..." (S. Thom., de Varitate, q. 14, a. 11; col. 14, q. 18, a. 3. ad 4)
     En resumen, no hay justificación, no sólo sin los méritos, sino tampoco sin la fe en Cristo Redentor, porque viniendo de El desde la caída original toda justificación, no podemos ser salvos sin unirnos a El. Ahora bien: el principio de esta unión es, por nuestra parte, la fe. Pero si la fe en Cristo es necesaria, es preciso decir lo mismo, guardando la debida proporción, de la creencia en la Madre de Cristo, porque ésta, según el orden de los divinos consejos, está necesariamente ligada con aquélla. Por lo cual vemos la revelación de la Madre ir generalmente a la par con las manifestaciones proféticas del Hijo. He aquí que volvemos de nuevo a esta verdad manifiesta: que la salvación de los hombres, a partir de las divinas promesas hechas a la humanidad culpable y caída, dependía no sólo del nuevo Adán, sino también de la nueva Eva, su inseparable compañera. ¿No es esto bastante para afirmar, como ya lo hemos hecho, su derecho de maternidad sobre los hombres durante la larga serie de los siglos que precedieron a la Encarnación del Hijo de Dios, su Hijo?
     Además, encontramos millares de testimonios para confirmar expresamente este derecho de maternidad. Citaremos algunos tomados, por decirlo así, al azar. Escuchemos en primer lugar a San Bernardino de Sena. Explicando a su manera el simbolismo de las doce estrellas que vió San Juan en la frente de la Bienaventurada Virgen: "La segunda, escribió, es una estrella de preservación. María, durante millones de años antes de su nacimiento, ha salvado de la destrucción, primero y principalmente a Adán y Eva,
y después a su posteridad toda entera. Nuestros primeros padres habían merecido, en efecto, por su rebeldía, no sólo la muerte, sino además el aniquilamiento, y así como Dios no había preservado a los ángeles, podía, de igual modo, castigar sin esperanza de perdón los pecados de los hombres (Había, sin embargo, conveniencias muy graves que militaban en favor de la naturaleza humana con preferencia a la angélica. Cf. Santo Tomás, in III, D. 20, q. 1, a. 1 ; D. 1, q. 1, a. 2; in 11, I). 7, q. i, a. 2; S. Bonav., in II, D. 17, p. 1, a 1. q. 1, etc.: Petau de Incarn., 1. XII, c. 10, nn. 6 y siga). Mas tuvo piedad de éstos por la dilección singularísima que tuvo por la Virgen, porque la amó desde toda la eternidad, con amor excesivo sobre toda criatura, exceptuando tan sólo a la humanidad que personalmente había de unir a Sí mismo. He aquí por qué nuestros primeros padres fueron preservados de la destrucción que habían merecido. Esta bendita Virgen estaba en germen en ellos, puesto que debía nacer un día de su descendencia, y de ellos también debía nacer virginalmente por mediación de María el Hijo de Dios, Jesucristo, Nuestro Señor. Esto fué lo que les valió la divina misericordia, porque si Dios los hubiera hecho perecer, ni la Virgen hubiera nacido, ni, por consiguiente, Cristo se hubiera revestido de nuestra carne. Luego gracias a esta muy noble criatura es por lo que Dios salvó a nuestros primeros antepasados de las consecuencias de su rebelión. 
     "En consideración a Ella fué también Noé librado de las aguas del diluvio; Abraham, de los ejércitos de Chodorlahomor; Isaac, de la persecución de Ismael; Jacob, de las manos de Esaú; el pueblo judío, del furor de Faraón. Y, para decirlo todo de una vez, todas las libertades y perdones otorgados en el Antiguo Testamento, Dios los concedió, sin duda alguna, por el amor de esta Virgen mil veces bendita, que había predestinado eternamente, con preferencia a toda criatura" (S. Bernard. Sen., Serm. pro festivit. B. V. M. Sermo 4 de Nativit. SS. V., a. un., c. 2, t. IV, p. 84. Lugduni, 1650). Seguramente, esto es decir con bastante claridad que la maternidad de María refluye sobre todas las generaciones, hasta en el origen de los tiempos.
     No es sólo San Bernardino de Sena el que habla de este modo. El en verdad, no hizo sino repetir a su modo lo que otros mil, y entre ellos los más ilustres Padres y Doctores, habían dicho antes que él. ¿Acaso ya los hemos oído predicar de María que Ella ha sido la Abogada de Eva (
S. Iren., adv. Haeres., 1. V, c. 19, n. 1. P. G., VII, 1175), la única esperanza de los Patriarcas, y, con más generalidad, la de todo el género humano? Cosas todas que bastan a constituir su maternidad espiritual; en otros términos, a hacer de María, sin restricción, la Madre de los vivientes, como la nombró San Epifanio. ¿Será preciso recordar también las ardientes plegarias con que suplicaban a María que diese su consentimiento a la embajada celestial que le proponía la maternidad de Dios hecho hombre, testimoniando así que de Ella y de su voluntad dependía su liberación y la salvación del mundo?
     ¿Deseáis textos tan claros y solemnes que no necesiten comentario alguno para ser comprendidos?: "Bienaventurados, tres veces bienaventurados sois vosotros, Joaquín y Ana, pero aún más dichosa mil veces la descendiente de David, esa hija vuestra, formada de vuestra sangre. Vosotros sois tierra, Ella es un cielo, y por Ella lo que es tierra, por consiguiente, vosotros, llega a ser celestial" (
Joan, monach. et presbyt. Eubocae, Serm. in Concept. SS. Deip., n. 12. P. G., XCVI, 1473). 
     "Ana, aun cuando hubiese engendrado a la Virgen, necesitaba de su hija para ser regenerada. Cuando la llevaba en su seno, era ella misma llevada en el seno virginal de la niña. Y no solamente su madre, que la había alcanzado de Dios por medio de ardorosas súplicas, sino también su padre, debía buscar en Ella como otra madre, con el fin de hallar por Ella su entera y sólida formación... ¿Qué más? La multitud casi infinita de los hijos de Adán, renegando en cierto modo, antes del nacimiento de María, de las madres que no habían sabido darles más que un ser imperfecto y ojos casi sin luz, llamaban con sus votos a esta Madre común de los hombres, porque Ella sola era capaz de formarlos de un modo perfecto y de disipar sus tinieblas. Ellos también estaban encerrados en el seno maternal y la Virgen, divinamente fecunda, los dió a luz, cuando por el más inaudito de los prodigios parió a mi Salvador" (Isidor. Thessalon., Or. de Nativ. Deipar.. n. 9. P. G., CXXXIX, 24).
     "Si el Señor ha bendecido a la casa de David, fué por causa de María, su futura nieta y Madre de la Vida. Si bendijo la casa de Joaquín y Ana, fué en consideración de su hija santísima" (
Cosmas Vestitor., Serm. in SS. Joachim et Annam, n. 6. P. G., CIV, 1010).
     "Así, pues, ¡oh Virgen sin mancilla, por Vos toda gloria, todo honor, toda santidad, desde el primer Adán hasta la consumación de los siglos manó, mana todavía y manará siempre sobre los Apóstoles, los justos, los humildes de corazón, y toda criatura, ¡oh, llena de gracia!, encuentra su gozo en Vos" (
Obras de San Efrén, Or. ad Dei Matrem, t. III (graece et lat.), p. 632).
     "Sí, verdaderamente sois bendita entre todas las mujeres, porque... gracias a Vos, Adán, que yacía, condenado a la execración, se ha visto bendecido de nuevo por Dios... Vos sois verdaderamente bendita entre las mujeres, puesto que vuestros antepasados mismos encontraron en Vos su salvación" (
S. Sofronio, Hom. in Deip. Annunciat., tercer noct. para el séptimo día de la Octava de la Inm. Concept.).
     Esto es lo que han predicado los orientales. Esta es también la doctrina de Occidente. San Antonino, por ejemplo, saluda a María, como a Madre única de todos los hombres. Mas ¿por qué? "Es, dice con Alberto el Grande, porque ha dado a luz corporalmente a un hombre, a Cristo, y porque en este hombre ha dado a luz espiritualmente a los demás... Poco importa que numerosos Santos la hayan precedido en esta vida mortal. Si se trata del orden natural, el hijo no puede preceder en el tiempo a la madre; mas no ocurre lo mismo en el orden de la gracia. Todos los Santos que precedieron a Cristo fueron salvos por su fe, explícita o implícita, en el Verbo encarnado que un día debía nacer de la Virgen, y, en vista de su plenitud, es por lo que ellos han recibido la gracia. Así, pues, de igual modo que la regeneración espiritual que da el ser de la gracia procede, para los Santos del Nuevo Testamento, de su fe viva en el Verbo hecho hombre en el seno de María, así también los Santos de la Antigua Alianza han debido su regeneración, según el ser espiritual, a su fe en la encarnación del Verbo, encarnación de la que fué libre instrumento María. Luego la Bienaventurada Virgen es, sin excepción ni restricción, Madre de todos los hombres regenerados por la gracia" (
Summa Theol., p. IV, t. XV, c. 3).
     Digámoslo de nuevo: todo cuanto vive con la vida de Dios entre los hombres, nace de Jesús y María. Este es un orden seguro y constante, aunque a menudo oculto. Un día veremos estallar sus resplandores y lucir, entre los aplausos de la tierra y del cielo. De igual modo que Juan, que Pedro y los demás Apóstoles y .que todos los Doctores, todos los mártires y Vírgenes de la Nueva Alianza, los elegidos de las edades antiguas, Adán, Eva, Abel, Moisés, David, en una palabra, la falange entera de los justos, cuya fe describió tan magníficamente San Pablo en su carta a los hebreos (
Hebr., XI, 12-40), dirán a María Madre mía, como dirán a Jesús Salvador mío y Padre mío a Dios. Y si por un imposible algún santo de los últimos tiempos viniera a disputarles el derecho de darles este título, le responderían con filial indignación: ¿Por qué no hemos de ser nosotros, como vosotros, hijos de esta Madre universal? No nos separéis de su seno maternal si no queréis alejaros de él vosotros mismos, porque es Ella la que nos ha dado, como a vosotros, al común autor de nuestra vida divina.
     Proclamémoslo, pues, con San Bernardo: "Hacia María, como hacia un centro, hacia el Arca de Dios, hacia el negocio, negotium, de los siglos vuelven las miradas los habitantes del cielo, los justos cautivos del infierno y los que nos han precedido, y los que viven con nosotros, y los que vendrán después de nosotros, y sus hijos, y los hijos de sus hijos: los que habitan en el cielo, para pedirle la restauración de sus falanges; los del infierno (
Es decir, los de los limbos, o el purgatorio), la libertad; nuestros antepasados, el cumplimiento fiel de sus profecías, y sus sucesores, la beatitud y la gloria. Sí, todas las generaciones os llamarán bienaventurada, ¡oh, Santa Madre de Dios, Soberana del mundo, Reina del Cielo! Todas las generaciones, digo, porque existen las generaciones del cielo y las generaciones de la tierra. ¿No habla el Apóstol del Padre de los Espíritus, de quien toda paternidad toma su nombre en el cielo y sobre la tierra? (Eph., III, 15). Desde ahora, pues, toda generación os llamará bienaventurada, porque para todas habéis engendrado la vida y la gloria. En Vos han encontrado los ángeles la alegría sempiterna; los justos, la gracia; los pecadores, el perdón. Con justicia, pues, las miradas de toda criatura se vuelven hacia Vos, puesto que en Vos, por Vos y de Vos la benignísima mano del Todopoderoso ha vuelto a crear todo lo que creó" (S. Bernard., serm. 2 in die Pentec.. n. 5 P. L.. CLXXXIII. 326).
J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES.

lunes, 26 de agosto de 2013

MAXIMUM ILLUD

SOBRE LA PROPAGACIÓN DE LA FE CATÓLICA
EN EL MUNDO ENTERO 

INTRODUCCIÓN 
1. Evangelización del mundo, deber permanente de la Iglesia.
      Historia y actualidad
     1. La grande y santísima misión confiada a sus discípulos por Nuestro Señor Jesucristo, al tiempo de su partida hacia el Padre, por aquellas palabras: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las naciones» (1), no había de limitarse ciertamente a la vida de los apóstoles, sino que se debía perpetuar en sus sucesores hasta el fin de los tiempos, mientras hubiera en la tierra hombres para salvar la verdad.
     2. Pues bien: desde el momento en que los apóstoles «salieron y predicaron por todas partes» (2) la palabra divina, logrando que «la voz de su predicación repercutiese en todas las naciones, aun en las más apartadas de la tierra» (3), ya en adelante nunca jamás la Iglesia, fiel al mandato divino, ha dejado de enviar a todas partes mensajeros de la doctrina revelada por Dios y dispensadores de la salvación eterna, alcanzada por Cristo para el género humano.
     3. Aun en los tres primeros siglos, cuando una en pos de otra suscitaba el infierno encarnizadas persecuciones para oprimir en su cuna a la Iglesia, y todo rebosaba sangre de cristianos, la voz de los predicadores evangélicos se difundió por todos los confines del Imperio romano.
     4. Pero desde que públicamente se concedió a la Iglesia paz y libertad, fue mucho mayor en todo el orbe el avance del apostolado; obra que se debió sobre todo a hombres eminentes en santidad. Así, Gregorio el Iluminador gana para la causa cristiana a Armenia; Victoriano, a Styria; Frumencio, a Etiopía; Patricio conquista para Cristo a los irlandeses; a los ingleses, Agustín; Columbano y Paladio, a los escoceses. Más tarde hace brillar la luz del Evangelio para Holanda Clemente Villibrordo, primer obispo de Utretch, mientras Bonifacio y Anscario atraen a la fe católica los pueblos germánicos; como Cirilo y Metodio a los eslavos.
     5. Ensanchándose luego todavía más el campo de acción misionera, cuando Guillermo de Rubruquis iluminó con los esplendores de la fe la Mongolia y el B. Gregorio X envió misioneros a la China, cuyos pasos habían pronto de seguir los hijos de San Francisco de Asís, fundando una Iglesia numerosa, que pronto había de desaparecer por completo al golpe de la persecución.
     6. Más aún: tras el descubrimiento de América, ejércitos de varones apostólicos, entre los cuales merece especial mención Bartolomé de las Casas, honra y prez de la Orden dominicana, se consagraron a aliviar la triste suerte de los indígenas, ora defendiéndolos de la tiranía despótica de ciertos hombres malvados, ora arrancándolos de la dura esclavitud del demonio.
     7. A1 mismo tiempo, Francisco Javier, digno ciertamente de ser comparado con los mismos apóstoles, después de haber trabajado heroicamente por la gloria de Dios y salvación de las almas en las Indias Orientales y el Japón, expira a las puertas mismas del Celeste Imperio, adonde se dirigía, como para abrir con su muerte camino a la predicación del Evangelio en aquella región vastísima, donde habían de consagrarse al apostolado, llenos de anhelos misioneros y en medio de mil vicisitudes, los hijos de tantas Ordenes religiosas e Instituciones misioneras.
     8. Por fin, Australia, último continente descubierto, y las regiones interiores de Africa, exploradas recientemente por hombres de tesón y audacia, han recibido también pregoneros de la fe. Y casi no queda ya isla tan apartada en la inmensidad del Pacífico adonde no haya llegado el celo y la actividad de nuestros misioneros.
     9. Muchos de ellos, en el desempeño de su apostolado, han llegado, a ejemplo de los apóstoles, al más alto grado de perfección en el ejercicio de las virtudes; y no son pocos los que han confirmado con su sangre la fe y coronado con el martirio sus trabajos apostólicos.
     10. Pues bien: quien considere tantos y tan rudos trabajos sufridos en la propagación de la fe, tantos afanes y ejemplos de invicta fortaleza, admitirá sin duda que, a pesar de ello, sean todavía innumerables los que yacen en las tinieblas y sombras de muerte, ya que, según estadísticas modernas, no baja aún de mil millones el número de los gentiles.
     11. Nos, pues, llenos de compasión por la suerte lamentable de tan inmensa muchedumbre de almas, no hallando en la santidad de nuestro oficio apostólico nada más tradicional y sagrado que el comunicarles los beneficios de la divina Redención, vemos, no sin satisfacción y regocijo, brotar pujantes en todos los rincones del orbe católico los entusiasmos de los buenos para proveer y extender las Misiones extranjeras.
     12. Y así, para encender y fomentar más y más esos mismos anhelos, en cumplimiento de nuestros más vivos deseos, después de haber implorado con reiteradas preces la luz y el auxilio del Señor, os mandamos, venerables hermanos, estas letras, con las que os exhortamos a vosotros y a vuestro clero y pueblo a cooperar en obra tan trascendental, indicándoos juntamente el modo como podéis favorecer a esta importantísima causa.

I. NORMAS PARA LOS OBISPOS, VICARIOS Y PREFECTOS APOSTÓLICOS

2. Sean el alma de la misión
     13. Nuestras palabras dirígense ante todo a aquellos que, como obispos, vicarios y prefectos apostólicos, están al frente de las sagradas Misiones, ya que a ellos incumbe más de cerca el deber de propagar la fe; y en ellos, y más que en ningún otro, ha depositado la Iglesia la esperanza de la expansión del cristianismo.
     14. No se nos oculta su ardiente celo ni las dificultades y peligros grandísimos por los que, sobre todo últimamente, han atravesado en su empeño no sólo de conservar sus puestos y residencias, sino aun de extender todavía más el Reino de Dios. Con todo, persuadidos de su mucha piedad filial y adhesión a esta Sede Apostólica, queremos descubrirles nuestro corazón con la confianza de un padre a sus hijos.
     15. Tengan, pues, ante todo, muy presente que cada uno debe ser el alma, como se dice, de su respectiva Misión. Por lo cual, edifiquen a los sacerdotes y demás colaboradores de su ministerio con palabras, obras y consejos, e infúndanles bríos y alientos para tender siempre a lo mejor. Pues conviene que cuantos en la viña del Señor trabajan de un modo o de otro sientan por propia experiencia y palpen claramente que el superior de la Misión es padre vigilante y solícito, lleno de caridad, que abraza todo y a todos con el mayor afecto; que sabe alegrarse en sus prosperidades, condolerse de sus desgracias, infundir vida y aliento a sus proyectos y loables empresas, prestándoles su concurso, e interesarse por todo lo de sus súbditos como por sus propias cosas.

3. Cuidado paternal de los misioneros
     16. Como el diverso resultado de cada Misión depende de la manera de gobernarla, de ahí el peligro de poner al frente de ellas hombres ineptos o menos idóneos.
     17. En efecto, el misionero novel que, inflamado por el celo de la propagación del hombre cristiano, abandona patria y parientes queridos, tiene que pasar de ordinario por largos y con mucha frecuencia peligrosos caminos; y su ánimo se halla siempre dispuesto a sufrir mil penalidades en el ministerio de ganar para Jesucristo el mayor número posible de almas.
     18. Claro es que si este tal se encuentra con un superior diligente cuya prudencia y caridad le pueda ayudar en todas las cosas, sin duda que su labor habrá de resultar fructuosísima; pero, en caso contrario, muy de temer es que, fastidiado poco a poco del trabajo y de las dificultades, al fin, sin árnimo para nada, se entregue a la postración y abandono.

4. Impulsar la vitalidad de la misión
     19. Además, el superior de la Misión debe cuidar primeramente de promover e impulsar la vitalidad de la misma, hasta que ésta haya alcanzado su pleno desarrollo. Porque todo cuanto entra dentro de los límites que ciñen el territorio a él confiado, en toda su extensión y amplitud, debe ser objeto de sus desvelos, y así deber suyo es también mirar por la salvación eterna de cuantos habitan en aquellas regiones.
     20. Por lo cual, aunque logre reducir a la fe algunos millares de entre tan numerosa gentilidad, no por eso podrá descansar. Procure, sí, defender y confortar a aquellos que engendró ya para Jesucristo, no consintiendo que ninguno de ellos sucumba ni perezca.
     21. Por esto es poco, y crea no haber cumplido su deber si no se esfuerza con todo cuidado, y sin darse tregua ni reposo, por hacer participantes de la verdad y vida cristiana a los que, en número sin comparación mayor, le quedan todavía por convertir.
     22. Para que la predicación del Evangelio pueda más pronta y felizmente llegar a oídos de cada una de esas almas, aprovechará sobremanera fundar nuevos puestos y residencias, para que, en cuanto la oportunidad lo permita, pueda la Misión más tarde subdividirse en otros centros misioneros, gérmenes asimismo de otros tantos futuros Vicariatos y Prefecturas.

5. Buscar nuevos colaboradores
     23. A1 llegar aquí hemos de tributar el debido elogio a aquellos Vicariatos Apostólicos que, conforme a esta norma que establecemos, han ido siempre preparando nuevos crecimientos para el Reino de Dios; y que, si para este fin vieron no les bastaba la ayuda de sus hermanos en religión, no dudaron en acudir siempre gustosos en demanda de auxilio a otras Congregaciones y familias religiosas.
     24. Por el contrario, ¡qué digno de reprensión sería quien tuviese de tal manera como posesión propia y exclusiva la parte de la viña del Señor a él señalada, que obstacularizara el que otros pusieran mano en ella!
     25. ¡Y cuán severo habría de pasar sobre él el juicio divino, sobre todo si, como recordamos haber sucedido no pocas veces, teniendo él tan sólo unos pocos cristianos, y éstos esparcidos entre muchedumbres de paganos, y no bastándole sus propios colaboradores para instruir a todos, se negara, no digo a pedir, pero ni aun a admitir para la conversión de aquellos gentiles la ayuda de otros misioneros!
     26. Por eso, el superior de una Misión católica que no abriga en su corazón más ideal que la gloria de Dios y la salvación de las almas, en presencia de la necesidad, acude a todas partes en busca de colaboradores para el santísimo ministerio; ni se le da nada que éstos sean de su Orden y nación o de Orden y nación distintas, «con tal que de cualquier modo Cristo sea anunciado» (4).
     27. No sólo busca toda clase de colaboradores, sino que se da traza para hacerse también con colaboradoras o hermanas religiosas para escuelas, orfanatos, hospitales, hospicios y demás instituciones de caridad, en las que sabe que la providencia de Dios ha puesto increíble eficacia para dilatar los dominios de la fe.

6. Colaboración pastoral de conjunto
     28. Para este mismo efecto, el superior de Misión no se ha de encerrar de tal modo dentro de su territorio, que tenga por cosa ajena todo lo que no entra dentro de su círculo de acción; sino que, en virtud de la fuerza expansiva del amor de Cristo, cuya gloria debe interesarle como propia en todas partes, debe procurar mantener trato y amistosas relaciones con sus colegas vecinos, toda vez que, dentro de una misma región, hay otros muchos asuntos comunes que naturalmente no pueden solucionarse sino de común acuerdo.
     29. Por otro lado, sería de grandísimo provecho para la religión que los superiores de Misión, en el mayor número posible y en determinados tiempos, tuviesen sus reuniones donde poder aconsejarse y animarse mutuamente.

7. Cuidado y formación del clero nativo
     30. Por último, es de lo más principal e imprescindible, para quienes tienen a su cargo el gobierno de las Misiones, el educar y formar para los sagrados ministerios a los naturales mismos de la región que cultivan; en ello se basa principalmente la esperanza de las Iglesias jóvenes.
     31. Porque es indecible lo que vale, para infiltrar la fe en las almas de los naturales, el contacto de un sacerdote indígena del mismo origen, carácter, sentimientos y aficiones que ellos, ya que nadie puede saber como él insinuarse en sus almas. Y así, a veces sucede que se abre a un sacerdote indígena sin dificultad la puerta de una Misión cerrada a cualquier otro sacerdote extranjero.
     32. Mas, para que el clero indígena rinda el fruto apetecido, es absolutamente indispensable que esté dotado de una sólida formación. Para ello no basta en manera alguna un tinte de formación incipiente y elemental, esencialmente indispensable para poder recibir el sacerdocio.
     33. Su formación debe ser plena, completa y acabada bajo todos sus aspectos, tal como suele darse hoy a los sacerdotes en los pueblos cultos.
     34. No es el fin de la formación del clero indígena poder ayudar únicamente a los misioneros extranjeros, desempeñando los oficios de menor importancia, sino que su objeto es formarles de suerte que puedan el día de mañana tomar dignamente sobre sí el gobierno de su pueblo y ejercitar en él el divino ministerio.
     35. Siendo la Iglesia de Dios católica y propia de todos los pueblos y naciones, es justo que haya en ella sacerdotes de todos los pueblos, a quienes puedan seguir sus respectivos naturales como a maestros de la ley divina y guías en el camino de la salud.
     36. En efecto, allí donde el clero indígena es suficiente y se halla tan bien formado que no desmerece en nada de su vocación, puede decirse que la obra del misionero está felizmente acabada y la Iglesia perfectamente establecida. Y si, más tarde, la tormenta de la persecución amenaza destruirla, no habrá que temer que, con tal base y tales raíces, zozobre a los embates del enemigo.
     37. Siempre ha insistido la Sede Apostólica en que los superiores de Misiones den la importancia debida y se apliquen con frecuencia a este deber tan principal de su cargo. Prueba de esta solicitud son los colegios que ahora, como en tiempos antiguos, se han levantado en esta ciudad para formar clérigos de naciones extranjeras, especialmente de rito oriental.
     38. Por eso es más de sentir que, después de tanta insistencia por parte de los Pontífices, haya todavía regiones donde, habiéndose introducido hace muchos siglos la fe católica, no se vea todavía clero indígena bien formado y que haya algunos pueblos, favorecidos tiempo ha con la luz y benéfica influencia del Evangelio, y que, habiendo dejado ya su retraso y subido a tal grado de cultura que cuentan con hombres eminentes en todo género de artes civiles, sin embargo, en cuestión de clero, no hayan sido capaces de producir ni obispos que los rijan ni sacerdotes que se impongan por su saber a sus conciudadanos. Ello es señal evidente de ser manco y deficiente el sistema empleado hasta el día de hoy en algunas partes en orden a la formación del clero indígena.
     39. Con el fin de obviar este inconveniente, mandamos a la Sagrada Congregación de Propaganda Fide que apliquen las medidas que las diversas regiones reclamen, y que tome a su cuenta la fundación o, si ya están fundados, la debida dirección de seminarios que puedan servir para varias diócesis en cada región, con miras especiales a que en los Vicariatos y demás lugares de Misiones adquiera el clero nuevo y conveniente desarrollo.

II. EXHORTACIÓN A LOS MISIONEROS
 
8. Tarea sublime
     40. Es ya hora, amadísimos hijos, de hablaros a vosotros, cuantos trabajáis en la viña del Señor, a cuyo celo, juntamente con la propagación de la verdad cristiana, está encomendada la salvación de innumerables almas.
     41. Sea lo primero, y como base de todo, que procuréis formaros cabal concepto de la sublimidad de vuestra misión, la cual debe absorber todas vuestras energías.
     42. Misión verdaderamente divina, cuya esfera de acción se remonta muy por encima de todas las mezquindades de los intereses humanos, ya que vuestro fin es llevar la luz a los pueblos sumidos en sombras de muerte y abrir la senda de la vida a quienes de otra suerte se despeñarían en la ruina.

9. Evitar nacionalismos
     43. Convencidos en el alma de que a cada uno de vosotros se dirigía el Señor cuando dijo: «Olvida tu pueblo y la casa de tu padre» (5), recordad que no es vuestra vocación para dilatar fronteras de imperios humanos, sino las de Cristo; ni para agregar ciudadanos a ninguna patria de aquí abajo, sino a la patria de arnba.
     44. Sería ciertamente de lamentar que hubiera misioneros tan olvidados de la dignidad de su ministerio que, con el ideal y el corazón puestos más en patrias terrenas que en la celestial, dirigiesen sus esfuerzos con preferencia a la dilatación y exaltación de su patria.
     45. Sería ésa la más infecciosa peste para la vida de un apóstol, que, además de relajar en el misionero del Evangelio los nervios mismos de la caridad, pondría en peligro ante los ojos de los evangelízados su propia reputación, ya que los hombres, por incultos y degradados que sean, entienden muy bien lo que significa y lo que pretende de ellos el misionero, y disciernen con sagacísimo olfato si busca otra cosa que su propio bien espiritual.
     46. Suponed, pues, que, en efecto, entren en la conducta del misionero elementos humanos, y que, en lugar de verse en él sólo al apóstol, se trasluzca también al agente de intereses patrios. Inmediatamente su trabajo se haría sospechoso a la gente, que fácilmente podría ser arrastrada al convencimiento de ser la religión cristiana propia de una determinada nación y, por lo mismo, de que el abrazarla sería renunciar a sus derechos nacionales para someterse a tutelas extranjeras.
     47. Ved por qué han producido en Nos honda amargura ciertos rumores y comentarios que, en cuestión de Misiones, van esparciéndose de unos años a esta parte, por los que se ve que algunos relegan a segundo término, posponiéndola a miras patrióticas, la dilatación de la Iglesia; y nos causa maravilla cómo no reparan en lo mucho que su conducta predispone las voluntades de los infieles contra la religión.
     48. No obrará así quien se precie de ser lo que su nombre de misionero católico significa, pues este tal, teniendo siempre ante los ojos que su misión es embajada de Jesucristo y no legación patriótica, se conducirá de modo que cualquiera que examine su proceder, al punto reconozca en él al ministro de una religión que, sin exclusivismos de fronteras, abraza a todos los hombres que adoran a Dios en verdad y en espíritu, «donde no hay distinción de gentil y judío, de circuncisión y incircuncisión, de bárbaro y escita, de siervo y libre, porque Cristo lo es todo en todos» (6).

10. Vivir pobremente
     49. El segundo escollo que debe evitarse con sumo cuidado es el de tener otras miras que no sean las del provecho espiritual. La evidencia de este mal nos ahorra el detenernos mucho en aclararlo.
     50. En efecto, a quien está poseído de la codicia le será imposible que procure, como es su deber, mirar únicamente por la gloria divina; imposible que en la obra de la glorificación de Dios y salud de las almas se halle dispuesto a perder sus bienes y aun la misma vida, cuando así lo reclame la caridad.
     51. Júntese a esto el desprestigio consiguiente de la autoridad del misionero ante los infieles, sobre todo si, como no sería extraño en materia tan resbaladiza, el afán de proveerse de lo necesario degenerase en el vicio de la avaricia, pasión abyecta a los ojos de los hombres y muy ajena del Reino de Dios.
     52. El buen misionero debe, pues, con todo empeño seguir también en este punto las huellas del Apóstol de las Gentes, quien, si no duda en escribir a Timoteo: «Estamos contentos, con tal de tener lo suficiente para nuestro sustento y vestido» (7), en la práctica avanzó todavía tanto en su afán de aparecer desinteresado que, aun en medio de los gravísimos cuidados de su apostolado, quiso ganarse el mantenimiento con el trabajo de sus propias manos.

11. Preparación intelectual y técnica
     53. Tampoco debe descuidarse la diligente preparación que exige la vida del misionero, por más que pueda parecer a alguno que no hay por qué atesorar tanto caudal de ciencia para evangelizar pueblos desprovistos aun de la más elemental cultura.
     54. No puede dudarse, es verdad, que, en orden a salvar almas, prevalecen los medios sobrenaturales de la virtud sobre los de la ciencia; pero también es cierto que quien no esté provisto de un buen caudal de doctrina se encontrará muchas veces deficiente para desempeñar con fruto su ministerio.
     55. Cuántas veces, sin poder recurrir a los libros ni a los sabios, de quienes poder aconsejarse, se verá en la precisión de contestar a muchas dificultades en materia de religión y a consultas muy dificiles.
     56. Está claro que, en estos casos, la reputación social del misionero depende de mostrarse docto e instruido, y más si se trata de pueblos que se glorían de progreso y cultura; sería muy poco decoroso quedar entonces los maestros de la verdad a la zaga de los ministros del error.
     57. Conviene, pues, que los aspirantes al sacerdocio que se sientan con vocación misionera, mientras se forman para ser útiles en estas expediciones apostólicas, se hagan con todo el acopio de conocimientos sagrados y profanos que las distintas situaciones del misionero reclamen.
     58. Esto queremos, como es justo, se cumpla en las clases del Pontificio Colegio Urbano, instituido para propagar el cristianismo; en el que mandamos, además, que en adelante se abran clases en las que se enseñe cuanto se refiere a la ciencia de las Misiones (Misionología).

12. Estudio de las lenguas indígenas
     59. Y ante todo, sea el primer estudio, como es natural, el de la lengua que hablan sus futuros misionados. No debe bastar un conocimiento elemental de ella, sino que se debe llegar a dominarla y manejarla con destreza; porque el misionero ha de consagrarse a los doctos lo mismo que a los ignorantes, y no desconoce cuán fácilmente, quien maneja bien el idioma, puede captar los ánimos de los naturales.
     60. Misionero que se precie de diligente en el cumplimiento de su deber no deja completamente en manos de catequistas la explicación de la doctrina, que considera como una de sus principales ocupaciones, toda vez que para eso, para predicar el Evangelio, ha sido enviado por Dios a las Misiones.
     61. Además, han de ocurrirle casos por su ministerio de apóstol y de intérprete de religión tan santa, en los que, por invitación o por cortesía, se verá obligado a tener que tratar con los hombres de autoridad y letras de la Misión, y entonces, ¿de qué manera conservará su dignidad si, por ignorancia de la lengua, se ve incapaz de expresar sus sentimientos?
     62. Tal ha sido uno de los fines que recientemente hemos tenido a la vista cuando, para mirar por la propagación e incremento del nombre cristiano entre los orientales, fundamos en Roma una casa de estudios con el intento de que quienes habían de ejercitar el apostolado en aquellas tierras saliesen de ella provistos de la ciencia, conocimiento de la lengua y costumbres y demás requisitos que deben adornar a un buen misionero del Oriente.
     63. Esta fundación nos parece de mucha trascendencia, y así aprovechamos esta oportunidad para exhortar a los superiores de los Institutos religiosos, a los que están confiadas estas Misiones, que procuren cultivar y perfeccionar en estos conocimientos a sus alumnos destinados a las Misiones orientales.

13. Santidad de vida
     64. Pero quienes deseen hacerse aptos para el apostolado tienen que concentrar necesariamente sus energías en lo que antes hemos indicado, y que es de suma importancia y trascendencia, a saber: la santidad de la vida. Porque ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar, como ha de huir del pecado quien a los demás exhorta que lo detesten.
     65. De una manera especial tiene esto explicación tratándose de quien ha de vivir entre gentiles, que se guían más por lo que ven que por la razón, y para quienes el ejemplo de la vida, en punto a convertirles a la fe, es más elocuente que las palabras.
     66. Supóngase un misionero que, a las más bellas prendas de inteligencia y carácter, haya unido una formación tan vasta como culta y un trato de gentes exquisito; si a tales dotes personales no acompaña una vida irreprochable, poca o ninguna eficacia tendrá para la conversión de los pueblos, y aun puede ser un obstáculo para sí y para los demás.
     67. El misionero deber ser dechado de todos por su humildad, obediencia, pureza de costumbres, señalándose sobre todo por su piedad y por su espíritu de unión y continuo trato con Dios, de quien ha de procurar a menudo recabar el éxito de sus negocios espirituales, convencido de que la medida de la gracia y ayuda divina en sus empresas corresponderá al grado de su unión con Dios.
     68. Para él es aquel consejo de San Pablo: «Revestíos como escogidos que sois de Dios, santos y amados; revestíos de entrañas de compasión, de benignidad, de modestia, de paciencia» (8). Con el auxilio de estas virtudes caerán todos los estorbos y quedará llana y patente a la Verdad la entrada en los corazones de los hombres; porque no hay ninguna voluntad tan contumaz que pueda resistirles fácilmente.

14. Caridad y mansedumbre
     69. El misionero que, Ileno de caridad, a ejemplo de Jesucristo, trata de acrecentar el número de los hijos de Dios, aun con los paganos más perdidos, ya que también éstos se rescataron con el precio de la misma sangre divina, ha de evitar lo mismo el irritarse ante su agresividad como el dejarse impresionar por la degradación de sus costumbres; sin despreciarlos ni cansarse de ellos, sin tratarlos con dureza ni aspereza, antes bien ingeniándose con cuantos medios la mansedumbre cristiana pone a su alcance, para irlos atrayendo suavemente hacia el regazo de Jesús, su Buen Pastor.
     70. Medite a este propósito aquello de la Sagrada Escritura: «¡Oh cuán benigno y suave es, Señor, tu espíritu en todas las cosas! De aquí es que los que andan perdidos, tú les castigas poco a poco; y les amonestas y les hablas de las faltas que cometen para que, dejada la malicia, crean en ti, oh Señor... Pero como tú eres el soberano Señor de todo, juzgas sin pasión y nos gobiernas con moderación suma» (9).
     71. Porque ¿qué dificultad, molestia o peligro puede haber capaz de detener en el camino comenzado al embajador de Jesucristo? Ninguno, ciertamente; ya que, agradecidísimo para con Dios por haberse dignado escogerle para tan sublime empresa, sabrá soportar y aun abrazar con heroica magnanimidad todas las contrariedades, asperezas, sufrimientos, fatigas, calumnias, indigencias, hambres y hasta la misma muerte, con tal de arrancar una sola alma de las fauces del infierno.

15. Confianza en Dios
     72. Con esta disposición y estos alientos siga el misionero tras las huellas de Cristo y de sus apóstoles, henchida, sí, el alma de esperanza, pero convencido también de que su confianza ha de estribar solamente en Dios.
     73. La propagación de la sabiduría cristiana, lo repetimos, es toda ella obra exclusiva de Dios; pues a sólo Dios pertenece el penetrar en el corazón para derramar allí sobre la inteligencia la luz de la ilustración divina y para enardecer la voluntad con los estímulos de las virtudes, a la vez que prestar al hombre las fuerzas sobrenaturales con las que pueda corresponder y efectuar lo que por la luz divina comprendió ser bueno y verdadero.
     74. De donde se deduce que si el Señor no auxilia con su gracia a su misionero, quedará éste condenado a la esterilidad. Sin embargo, no ha de dejar de trabajar con ahínco en lo comenzado, confiado en que la divina gracia estará siempre a merced de quien acuda a la oración.

16. Exhortación especial a las misioneras
     75. A1 llegar a este punto, no debemos pasar en silencio a las mujeres que, ya desde la cuna misma del cristianismo, aparecen prestando grandísima ayuda y apoyo a los misioneros en su labor apóstolica.
     76. Sean nuestras mayores alabanzas en loor de esas vírgenes consagradas al Señor que, en tanto número, sirven a las Misiones, dedicadas a la educación de la niñez y al servicio de innumerables instituciones de caridad.
     77. Quisiéramos que esta nuestra recomendación de su benemeritísima labor sirviese para infundirles nuevos ánimos en obra de tanta gloria de la Iglesia. Y persuádanse todas de que el fruto de su ministerio corresponderá a la medida del grado de su entrega a la perfección.

III. COLABORACIÓN DE TODOS LOS FIELES

 17. Urgidos por la caridad
     78. Tiempo es ya de dirigir nuestra palabra a todos aquellos que, por especial gracia del Señor misericordioso, gozan de la verdadera fe y participan de los innumerables beneficios que de ella dimanan.
     79. En primer lugar conviene que fijen su atención en aquella santa ley, por la que están obligados a ayudar a las sagradas Misiones entre los no cristianos. Porque «mandó (Dios) a cada uno de ellos el amor de su prójimo» (10); mandamiento que urge con tanta mayor gravedad cuanta mayor es la necesidad que pesa sobre el prójimo.
     80. ¿Y qué clase de hombres más acreedores a nuestra ayuda fraternal que los infieles, quienes, desconocedores de Dios y presa de la ceguera y de las pasiones desordenadas, yacen en la más abyecta servidumbre del demonio?
     81. Por eso, cuantos contribuyeren, en la medida de sus posibilidades, a llevarles la luz de la fe, principalmente ayudando a la obra de los misioneros, habrán cumplido su deber en cuestión tan importante y habrán agradecido a Dios de la manera más delicada el beneficio de la fe.  

18. La oración
    82. A tres se reducen los géneros de ayuda a las Misiones, que los mismos misioneros no cesan de encarecérnoslos. Es el primero, fácilmente asequible a todos, el de la oración para pedir el favor de Dios. Porque, según hemos repetido ya varias veces, vana y estéril ha de ser la labor del misionero si no la fecunda la gracia de Dios. Así lo atestigua San Pablo: «Yo planté, Apolo regó; pero Dios es quien ha dado el crecimiento» (11).
     83. Sabido es que el único camino para lograr esta gracia es la humilde perseverancia de la oración, porque «cualquier cosa, dice el Señor, que pidieren, se la dará mi Padre» (12). Ahora bien, si en materia alguna, en ésta sin duda más que en otras, es imposible se frustre el efecto de la oración, ya que no hay petición ni más excelente ni más del agrado del Señor.
     84. Así, pues, como Moisés, cuando luchaban los israelitas contra Hamalec, levantaba sus brazos suplicantes al cielo en la cumbre de la montaña, del mismo modo, mientras los misioneros del Evangelio se fatigan en el cultivo de la viña del Señor, todos los fieles cristianos deben ayudarles con sus oraciones.
     85. Como, para este efecto, hállase ya establecida la asociación llamada «Apostolado de la Oración», queremos recomendarla aquí encarecidamente a todos los buenos cristianos, deseando que ninguno deje de pertenecer a ella, para que así, si no de obra, al menos por el celo participen de sus apostólicos trabajos.

19. Las vocaciones misioneras
     86. En segundo lugar, urge la necesidad de cubrir los huecos que abre la extremada falta de misioneros, que, si siempre grande, ahora, por motivo de la guerra, preséntase en proporciones alarmantes, de manera que muchas parcelas de la viña del Señor han tenido que quedar abandonadas.
     87. Punto es éste, venerables hermanos, que nos obliga a recurrir a vuestra próvida diligencia; y sabed que será la más exquisita prueba de afecto que daréis a la Iglesia si os esmeráis en fomentar la semilla de la vocación misionera, que tal vez empiece a germinar en los corazones de vuestros sacerdotes y seminaristas.
     88. No os dejéis engañar de ciertas apariencias de bien, ni de meros motivos humanos, so pretexto de que los sujetos que consagréis a las Misiones serán una pérdida para vuestras diócesis, ya que, por cada uno que permitáis salga fuera de ella, el Señor os suscitará dentro muchos y mejores sacerdotes.
     89. A los superiores de las Ordenes e Institutos religiosos que tienen a su cargo Misiones extranjeras les pedimos y suplicamos no dediquen a tan dificil empresa sino sujetos escogidísimos, que sobresalgan por su intachable conducta, devoción acendrada y celo de las almas.
     90. Después, a los misioneros que vean son más diestros en amañarse para arrancar a los pueblos de sus falsas supersticiones, una vez que éstos vayan consolidando sus misiones, como a soldados avezados de Cristo, trasládenlos a nuevas regiones, encargando gustosos lo ya evangelizado al cuidado de otros que miren por completar lo adquirido.
     91. De esta manera, al mismo tiempo que trabajan en el cultivo de una mies copiosísima, harán descender sobre sus familias religiosas las bendiciones de la divina Bondad.

20. La limosna
     92. E1 tercer recurso, y no escaso, que reclama la actual situación de las Misiones es el de la limosna, ya que, por efecto de la guerra, se han acumulado sobre ellas necesidades sin cuento.
     93. ¡Cuántas escuelas, hospitales, dispensarios y muchas otras instituciones gratuitas de caridad deshechas o desaparecidas por completo! Aquí, pues, hacemos un llamamiento a todos los corazones buenos para que se muestren generosos en la medida de sus recursos.
     94. Porque «quien tiene bienes de este mundo y, viendo a su hermano en la necesidad, cierra las entrañas para no compadecerse de él, ¿cómo es posible que resida en él la caridad de Dios?» (13).
     95. Así habla el apóstol San Juan cuando se trata del alivio de necesidades temporales. Pero ¿con cuánta mayor exactitud se debe observar la ley de la caridad en esta causa, donde no se trata solamente de socorrer la necesidad, indigencia y demás miserias de una muchedumbre infinita, sino también, y en primer lugar, de arrancar tan gran número de almas de la soberbia dominación de Satanás para trasladarlas a la libertad de los hijos de Dios?

21. Prioridad de las Obras Misionales Pontificias
     96. Por lo cual, queremos recomendar a la generosidad de los católicos favorezcan preferentemente las obras instituidas para ayudar a las sagradas Misiones.
     97. Sea la primera de éstas la llamada «Obra de la Propagación de la Fe», muchas veces elogiada ya por nuestros predecesores, y a la que quisiéramos que la Congregación de Propaganda la hiciera con sumo empeño rendir en adelante todo el ubérrimo fruto que de ella puede esperarse. Porque muy provista ha de estar la fuente principal, de donde no sólo las actuales Misiones, sino aun las que todavía estén por establecerse han de surtirse y proveerse.
     98. Confiamos, sí, que no consentirá el orbe católico que, mientras los predicadores del error abundan en dinero para sus propagandas, los misioneros de la verdad tengan que luchar con la falta de todo.
     99. La segunda obra, que también recomendamos intensamente a todos, es la de la Santa Infancia, obra cuyo fin es proporcionar el bautismo a los niños moribundos hijos de paganos.
     100. Hácese esta obra tanto más simpática cuanto que también nuestros niños tienen en ella su participación; con lo cual, a la vez que aprenden a estimar el valor del beneficio de la fe, se acostumbran a la práctica de cooperar a su difusión.
     101. No queremos tampoco dejar de mencionar aquí la «Obra de San Pedro», instituida con el fin de coadyuvar a la educación y formación del clero nativo en las Misiones.
     102. Además, deseamos que se cumpla también lo prescrito por nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, a saber: que en el día de la Epifanía del Señor se haga en todas las Iglesias del mundo la colecta «para redimir esclavos en Africa» y que se remita íntegramente el dinero recaudado a la Sagrada Congregación de Propaganda (14).

22. La Unión Misional del Clero
     103. Pero, para que estos nuestros deseos lleguen a verificarse con la más segura garantía y éxito halagador, debéis de un modo especial, venerables hermanos, organizar vuestro clero en punto de Misiones.
     104. En efecto: el pueblo fiel siente propensión innata a socorrer con largueza las empresas apostólicas; y así, ha de ser obra de vuestra diligencia saber encauzar en bien y prosperidad de las Misiones ese espíritu de liberalidad.
     105. Para el logro de esto, sería nuestro deseo se implantase en todas las diócesis del mundo la «Unión Misional del Clero», sujeta en todo a la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, a la que por nuestra parte hemos otorgado cuantas atribuciones necesita su perfecto funcionamiento.
     106. Apenas nacida en Italia, se ha extendido ya por otras varias regiones, y, objeto juntamente de nuestra complacencia, florece al amparo de no pocos favores pontificios.
     107. Y con razón: porque su carácter cuadra perfectamente con el influjo que debe ejercer el sacerdote, ya para despertar entre los fieles el interés por la conversión de los gentiles, ya para hacerles contribuir a las obras misionales, que llevan nuestra aprobación.

CONCLUSIÓN
     108. He aquí, venerables hermanos, lo que he creído deber escribiros sobre la difusión del catolicismo por toda la tierra.
     109. Ahora bien: si cada uno cumpliese con su obligación como es debido, lejos de la patria los misioneros y en ella los demás fieles cristianos, abrigamos la confianza de que presto tornarían las Misiones a reverdecer llenas de vida, repuestas ya de las profundas y peligrosas heridas que les han ocasionado la guerra.
     110. Y cual si repercutiese aún en nuestros oídos aquella palabra del Señor: «¡Guía mar adentro!» (15), dicha a San Pedro, a los ardorosos impulsos de nuestro corazón de padre, sólo ansiamos conducir a la humanidad entera a los brazos de Jesucristo.
     111. Porque la Iglesia siempre ha de llevar entrañado en su ser el espíritu de Dios, rebosante de vida y fecundidad; ni es posible que el celo de tantos varones, que han fecundado y aún fecundan con sus sudores de apóstol las tierras por conquistar, carezca de su fruto natural.
     112. Tras ellos, inducidos sin duda por su ejemplo, surgirán después nuevos escuadrones que, merced a la caritativa munificencia de los buenos, engendrarán para Cristo una numerosa y gozosa multitud de almas.
     113. Secunde los anhelos de todos la excelsa Madre de Dios y Reina de los Apóstoles, e impetre la difusión del Espíritu Santo sobre los pregoneros de la fe.
     114. Como augurio de tanta gracia y en prenda de nuestro amor, os otorgamos a vosotros, venerables hermanos, y a vuestro clero y pueblo, amantísimamente, la apostólica bendición.
     Dado en Roma, en San Pedro, el 30 de noviembre de 1919, sexto año de nuestro pontificado.

Notas
1. Mc 16,15.
2. Mc 16,20.
3. Sal 18,5.
4. Flp 1,18.
5. Sal 44, 11.
6. Col 3,11.
7. 1 Tim 6,8.
8. Col 3,12.
9. Sab 12, 1-2; 12,18.
10. Eclo 17,12.
11. 1 Cor 3,6. 
12. Mt 18,19.
13. 1 Jn 3,17.
14. 20 de noviembre de 1890. Cf. Collectanea n.1943.
15. Lc 5,4.