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lunes, 8 de octubre de 2012

LA MEDICINA Y LOS SACRAMENTOS. EL MATRIMONIO


Promesa de matrimonio. — Aptitud física al matrimonio y nulidad del mismo. — Validez del contrato. — Realización del contrato: unión moral, unión corporal. — Causas de nulidad.
Fisiología cristiana del matrimonio. — La unión física debe ser tal que no haya ningún obstáculo a la fecundación.
Regulación de la vida sexual. — Ella debe estar por entero sometida a la voluntad. Ausencia de embarazo sin esterilidad verdadera; a) relaciones conyugales durante períodos fecundos (Ogino-Smulders); b) fecundación artificial. Embarazos peligrosos o poco deseables: continencia, continencia periódica, anafrodisíacos. Está prohibida toda práctica anticonceptiva.
La bendición de la madre.
Bibliografía.

Promesa de matrimonio
La promesa de matrimonio (noviazgo), realizada en forma válida, obliga a contraer matrimonio en un plazo conveniente. No permite intentar una acción ante el juez eclesiástico, para exigir la celebración del matrimonio, pero sí una acción para obtener la reparación del daño causado (Can. 1017, § 3).
La ruptura de la promesa puede ocurrir por consenso mutuo, o en razón de un cambio importante en la situación, sobrevenido durante el noviazgo o conocido solamente después de formulada la promesa. En su faz médica, el caso comprende la sífilis, la tuberculosis, enfermedades análogas o bien operaciones que dejan mutilación.
Además es deber de los novios comunicarse las cosas que puedan causar grave daño a una de las partes: son ellas una enfermedad contagiosa, una operación que implica la esterilidad, un embarazo debido a otra persona que no sea el novio. Por consecuencia, es deber del médico advertir exactamente de su estado al novio que atiende, para que éste pueda cumplir su obligación de lealtad. El certificado médico prenupcial, ya sea él obligatorio o no por ley civil, es en realidad una cuestión de honestidad.

Aptitud física al matrimonio y nulidad del mismo
La institución se remonta al origen del mundo, cuando Dios, después de la creación del hombre, dijo: "No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle una compañera que se le asemeje". Y habiendo extraído del hombre a la primera mujer, les dijo: "Creced y multiplicaos". Nuestro Señor recordó ese origen, cuando dijo:
"Por eso el hombre abandonará a su madre y a su padre y seguirá a su mujer. "Y serán dos en una sola carne. Porque no son más dos, sino una sola carne. "Así no separe el hombre, lo que Dios ha unido".
De ello viene la definición clásica:
"El matrimonio es un sacramento que forma una unión santa e inseparable entre el hombre y la mujer, y que les da la gracia de vivir cristianamente en ese estado, de tener hijos legítimamente y de educarlos en el temor de Dios".
Para realizar esta unión, moral y corporal a la vez, y constituir la totalidad del matrimonio, se necesitan dos elementos:
1. Un contrato por el cual los dos esposos se comprometen a la unión moral y corporal que caracteriza la unión conyugal;
2. La realización de esa unión total. Y como la unión moral está implícitamente contenida en la adhesión al contrato, si esta adhesión se da válidamente, es la unión corporal la que determinará la consumación del matrimonio. (La falta de validez del contrato explica las declaraciones de nulidad del matrimonio, aunque haya hijos, de lo cual se escandalizan personas que no reflexionan, que el concubinato, aun con nacimiento de hijos, casi nunca fue considerado como un matrimonio).
La medicina podrá intervenir con relación a estos dos elementos del matrimonio.

I. — Validez del contrato
Uno de los puntos esenciales para la validez del contrato reside en el consenso de cada una de las partes contratantes. Llegará el caso, pues, en que el médico podrá ser interrogado:
1. Si hubiera duda acerca de la madurez espiritual de uno de los contrayentes (naturalmente, de edad superior a la requerida por el Derecho canónico).
2. Si se supusiera la existencia de la locura en el momento del matrimonio. Por lo expuesto acerca de la psicosis periódica en el capítulo sobre "El Orden", se ve que este peritaje puede llegar a ser muy delicado.
3. Si hubiera coerción. En realidad, el matrimonio es inválido, si una persona lo contrae bajo la influencia de un temor grave, externo e injusto, del que no pueda librarse más que contrayendo el matrimonio (Can. 1087).
El temor debe ser externo, es decir, debe venir de una persona y no de una enfermedad, de los remordimientos de conciencia, de ideas obsesionantes, alucinaciones, etc., del mismo sujeto.
Pero si la acción externa ha sido ejercida, el temor puede ser grave relativamente al sujeto considerado, por ejemplo, en razón de su constitución hiperemotiva, psicasténica o ciclotímica.
En consecuencia, un estado nervioso, incapaz por sí mismo de viciar el consentimiento, podrá causar ese vicio, asociado a una coerción que por sí misma a su vez no hubiera sido suficientemente grave como para viciar el consenso.

II. — Realización del contrato
a) La unión moral es evidentemente la parte sublime del hecho del matrimonio. Y es justamente a ella que se aplica la regla prescrita por el Apóstol, cuando dice: "Esposos, amaos como Cristo amó a su Iglesia"
Los matrimonios místicos la evocan y San Francisco de Sales la celebra: "Por sobre todo, exhorto a las personas casadas al amor mutuo que el Espíritu Santo les recomienda en las Sagradas Escrituras... El primer efecto de ese amor es la unión indisoluta de los corazones, después que ha sido santificada por la aplicación de los merecimientos de la sangre de Jesucristo en el sacramento... y esta unión no es tanto la de los cuerpos como la de las almas"
De ella nos habla el papa Pío XI en su Encíclica Casti connubii. "La unión conyugal —dice— acerca, pues, en un íntimo acuerdo, las almas más estrechamente que los cuerpos... En esa mutua formación interior de los esposos y en la asidua aplicación a trabajar su recíproca formación, se puede ver en toda verdad, como lo enseña el Catecismo romano, la causa y la razón primera del matrimonio..."
Es ella la que en cierta medida sobrevive después de la muerte, y que hace que, aun tolerando y hasta aconsejando un segundo matrimonio, cuando determinadas condiciones lo tornan deseable, San Pablo rehúsa a las viudas de un segundo matrimonio la admisión al rango de diaconisa, y que la Iglesia rehúsa a los viudos análogos el acceso al sacerdocio. Igualmente, si el contrato del matrimonio cristiano se aplica a ambas uniones a la vez, y si ninguno de los dos esposos tiene el derecho de rehusar la unión física a su cónyuge, ambos esposos pueden por consenso mutuo renunciar a la unión corporal y vivir en la sola unión moral. Tal fue la unión de San José y la Virgen María, la del emperador Marciano y Santa Pulqueria, de San Valeriano y Santa Cecilia, de San Enrique y Santa Cunegunda, de San Eleazar y la Venerable Delfina de Sabran, de numerosos Santos y personas religiosas, como Marta Devuns (1865-1926), el apóstol de Cristo Rey, y Jorge de Noaillat.
En este caso el matrimonio es válido y real (Advirtamos de paso, que existen a veces matrimonios blancos, contraídos por razones particulares: bienes de familia que salvar, herencias para transmitir, hijos que educar o proteger, razones políticas, etc. Pero en tales casos se trata sólo de una ficción legal) en absoluto, porque su esencia es el contrato, pero como no ha sido consumado, puede ser disuelto, ya por dispensa del Soberano Pontífice, ya por la profesión religiosa solemne.

b) La unión corporal se realiza por el cumplimiento de los actos que llevan normalmente a la procreación.
Las anomalías anatómicas o fisiológicas que impidan estos actos, constituyen la impotencia, que si es permanente y anterior al matrimonio, invalida el matrimonio mismo, tanto que proceda del hombre como de la mujer, que sea conocida por la otra parte o no lo sea, que resulte absoluta o relativa (Can. 1068, § 1).
Es en estos casos cuando el médico podrá ser interrogado por los candidatos al matrimonio o, si ha sido celebrado, por los cónyuges. Y deberá extenderles certificados, para fundar su pedido de anulación o podrá ser designado perito para verificar las afirmaciones de los interesados.
Dada la definición de la impotencia, se comprende que la ausencia de ovario o útero, la esterilidad femenina por causa interna, la azoospermia, etc., no corresponden ni son causa de nulidad. La esterilidad no torna inválido ni ilícito al matrimonio (Can. 1068, § 3).
Serían causa de nulidad:
1. La carencia de testículos, congénita, traumática u operatoria. Hay, en realidad, en estos casos imposibilidad de emisión del esperma.
La vasectomía parece asimilable a esta carencia, porque causa la misma imposibilidad. La criptorquidia en la medida o por el hecho de la atrofia de la glándula, anulando la espermatogénesis, la atrofia patológica de los testículos que implicara la falta total de esperma, podrían también constituir el caso.
2. La ausencia del pene, congénita, patológica, traumática u operatoria; la reducción de este órgano o una deformación que hiciera imposible el coito completo; finalmente la falta de erección. Sin embargo, en este caso, si a pesar de ello se realizara una fecundación, es evidente que, cumplido el fin de la unión corporal, el matrimonio sería válido.
Finalmente, si una leve operación, sin peligro, pudiera remediar la deformación, o una terapéutica adecuada enmendar el defecto, la invalidez no podría ser invocada, antes de intentarse esa corrección.
3. La ausencia total de vagina, la atresia vaginal que hiciera imposibles las relaciones completas, un vaginismo irreductible.
En este caso la invalidez existiría solamente, si una intervención sin peligro, capaz de corregir la deformación, o una terapéutica apropiada, hubieran siendo intentadas inútilmente.
Hagamos notar que en los hermafroditas, una vez determinado su verdadero sexo, la impotencia que exista en relación con ese sexo, depende de uno de los casos citados.
Advirtamos también que los teólogos han discutido largamente y no son unánimes acerca de los casos de impotencia. La impotencia como la hemos definido, corresponde a la opinión general de hoy, para la que, de acuerdo con el cardenal Gasparri, la consumación del matrimonio reside en el depósito del esperma in vas naturale, en el recipiente natural. Más hay teólogos que objetan que la emisión del óvulo en la mujer corresponde a la emisión del esperma en el hombre, y que por lo mismo la ausencia de útero o de ovarios debe ser asimilada a la ausencia de testículos. Por otra parte, en caso de falta de vagina, ¿puede admitirse que la creación de una vagina artificial, por ejemplo, con operación de Baldwin-Mori, cabe considerarse como realización de un vas naturale? La cuestión ha sido planteada a Roma y no ha recibido solución.
De cualquier manera, se ve que, en casos de impotencia, el médico está llamado a intervenir:
1. Para aconsejar o tomar en caso de fracaso las medidas requeridas para hacer cesar la impotencia, si eso es posible;
2. Para emitir los certificados necesarios para exponer los fundamentos justos del pedido de declaración de nulidad del matrimonio;
3. Como perito médico, para establecer la realidad de la impotencia invocada y la imposibilidad de remediarla, por lo menos sin peligro.

La no consumación del matrimonio, además de la imposibilidad, puede resultar de la negativa de uno de los esposos a la unión corporal. Esa abstención puede proceder de diversos motivos: deseo de no tener hijos, descubrimiento de una enfermedad en el cónyuge, temor de transmitirle una enfermedad venérea, etc. Cualquiera sea el motivo, la no consumación permite solicitar al Papa la dispensa del matrimonio no consumado, que anula el contrato firmado pero no ejecutado.
El médico será llamado a atestiguar la no consumación lo que no será siempre fácil de establecer.
Ocurre que ciertos cónyuges pueden elegir entre el motivo de la impotencia y el de la no consumación, para hacerse desligar de su compromiso. Conviene saber que la declaración de nulidad por impotencia implica la imposibilidad de un nuevo matrimonio, salvo revisión del proceso o autorización especial. La dispensa por no consumación de matrimonio prepara mejor para el porvenir.
Recalquemos que si la Iglesia consiente en la anulación, en esos casos prefiere que los esposos vivan en el estado de matrimonio solamente moral. Los papas Clemente III, Lucio III y Alejandro IV proclamaron que la costumbre de la Iglesia es la proclamada por San Gregorio, que quiere "que se exhorte a una mujer casada con un impotente a vivir con él como con un hermano; pero —agrega— si ella no quiere someterse a esta ley, hay que separarla y permitirle el matrimonio con otra persona" (Chardon, Mariage).

Fisiología cristiana del matrimonio
La unión física en el matrimonio tiene por fin "la propagación legítima de los hijos de Dios", como dice Bourdaloue. Es en razón de ese fin que el celebrante, durante la bendición nupcial, reza en estos términos:
"Oh Dios, que con el poder de tu virtud criaste todo de la nada y que, hecho ya el universo, estableciste para el hombre, formado a tu imagen, la ayuda inseparable de la mujer, sacando el cuerpo femenino del cuerpo del varón, y enseñando que lo que en adelante se uniese, en virtud de tu institución, no fuese lícito separarlo jamás, haz que tu sierva... sea fecunda en hijos... Haz, Señor, que ambos vean los hijos de sus hijos hasta su tercera y cuarta generación y lleguen a una feliz ancianidad..."
Y al final de la Misa, agrega:
"Que el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob sea con vosotros, y Él os colme de bendiciones, para que veáis los hijos de vuestros hijos hasta la tercera y cuarta generación y después tengáis sin fin la vida eterna..."

Así los esposos están libres de realizar esta unión corporal, como convenga a sus afectos y a sus instintos, con la sola condición de que la efusión espermática tenga lugar in vas naturale, y que no se pongan obstáculos a la fecundación que pueda sobrevenir.

Regulación de la vida sexual
La unión física queda así librada a la discreción de los esposos, que deben saber mantenerla bajo el contralor de los sentimientos y de la razón. Muchas circunstancias: viajes, enfermedades, salud, pruebas diversas obligan a la continencia total o relativa; la continencia relativa es conveniente en las épocas de penitencia de la Iglesia. Esta reserva, esta disciplina de los sentidos que los somete al contralor de la vida moral, y que impide que no se entronicen en reflejos esclavizantes, puede realizarse cómodamente por el hombre normal. La raza humana está exenta de la esclavitud del período afiebrado que dirige la vida sexual en los animales. El hombre es libre en este aspecto, y si no se embrutece en una rutina mecánica que transforma la unión física creadora en un simple reflejo exonerador, puede conservar siempre esta libertad. En realidad, en él todo está sometido a la vida moral; si el amor conyugal implica muy naturalmente la unión de los cuerpos, esta unión nunca es despótica. El apetito carnal desaparece ante los sentimientos de horror, de miedo, de dolor; la impotencia por emoción, timidez, respeto, es una noción clásica; y también naturalmente, los sentimientos nobles, como los del deber, del amor mutuo sacrificado por Cristo, el respeto, la piedad anulan o eliminan el deseo sexual, cuando sería inoportuno. Se puede decir —y no es paradoja— que la facilidad para la continencia es proporcional a la grandeza del amor conyugal.
Mas puede ocurrir que los esposos se vean llevados a pedir los consejos del médico en dos circunstancias: cuando no se verifica ningún embarazo, ya sea que no parezca probable la esterilidad de ninguno de los dos, ya sea que las circunstancias hagan contemplar al embarazo como cosa poco deseable y una continencia absoluta parezca difícil o penosa.

1. Ausencia de embarazo salvo el caso de esterilidad.
a) Se tratará a menudo de casos en que uno de los cónyuges ejerce una profesión que lo obliga a ausencias frecuentes: viajante de comercio, caminero, trabajo de noche, etc. Las relaciones conyugales se hallan en estos casos limitadas a breves períodos y puede acontecer que esos períodos coincidan con los períodos de esterilidad normal de la mujer.
Según Ogino y Smulders, la ovulación se realiza entre el 16 y el 11 día precedentes al primer día del período menstrual siguiente. El óvulo no tiene más que una vida de algunas horas; los 11 días que anteceden pues a las reglas son seguramente estériles. Por otra parte la vitalidad de los espermatozoos no excede mucho de las 48 horas. Un coito anterior de más de 48 horas no puede ser fecundativo, por esta razón. Las relaciones pueden ser fecundas solamente durante los días que van desde el 19 y el 12 antes del primer día de las reglas siguientes, o sea por un período de 8 días. En caso de ciclo menstrual regular, es fácil para el médico determinar este período fecundo. En caso de ciclo irregular, el cálculo es más difícil; el período fecundo está comprendido entre el 19 día del ciclo más corto y el 12 del ciclo más largo. Además puede haber casos anormales o patológicos. Pero, de manera general, parecería conveniente llamar la atención de los esposos sin hijos y a menudo separados, sobre esa corta duración del período fecundo y determinar este período para la mujer interesada. Pueden resultar embarazos felices. Anotemos finalmente que los esposos que, de acuerdo con el ideal preconizado por San Agustín, quieren conceder lo menos a la carne, aun teniendo el deseo de una hermosa descendencia, pueden limitar sus relaciones a los períodos de fecundidad. Recordemos que la ley de Moisés, que prohibía las relaciones conyugales durante las reglas y en los siete días siguientes, tenía por consecuencia que esas relaciones se reanudaran en pleno período de fecundidad o de prolificidad racial.
b) Otras veces parecerá que determinadas condiciones anatómicas puedan impedir la penetración de los espermatozoos en el útero. Se puede recurrir entonces a la fecundación artificial; ésta se considera lícita por los teólogos, bajo la condición que el coito haya sido normal, es decir que la efusión del esperma tenga lugar en la vagina. De lo contrario, sería ilícita. Es inútil decir que no se puede recurrir al esperma de un tercero.
2. Embarazo peligroso o poco deseable.
Si un embarazo eventual amenaza un peligro cierto para la vida de la mujer, el médico, al señalarlo, debe aconsejar la continencia total, única medida adecuada para dar una seguridad absoluta. Si el peligro es inseguro y los esposos, aun deseando evitarlo lo más posible, no quieren entretanto resolverse a una continencia total, o si un embarazo es simplemente poco deseable por razones serias, pero no imperativas (temor de transmisión de taras, situación pecuniaria difícil, etc.), el médico podrá aconsejar la limitación de las relaciones al período de esterilidad femenina probable, comprendido entre el 12 día que precede las reglas y el 19 que precede a las siguientes. El médico podrá fijar ese período teniendo en cuenta los ciclos irregulares y las anomalías posibles. Esta es la continencia periódica, que parece absolutamente legítima, con la condición de que se funde en razones serias y no en el simple temor egoísta de nuevas cargas de familia.
En cambio, el médico católico no debe nunca aconsejar prácticas anticonceptivas y, en las familias cristianas, debe emplear su influencia para hacerlas abandonar si se hubiesen adoptado.
Si ha debido aconsejar la continencia, debe saberla facilitar indicando el tenor de vida y los derivativos espirituales más apropiados para aplacar los sentidos. Debe finalmente prescribir los anafrodisíacos que crea oportunos y eficaces. El médico católico tiene el deber formal de facilitar la observancia de las leyes de Dios y de la Iglesia, sobre todo si está en la obligación de dictar prescripciones que tornan difícil esta observancia. La colaboración de la terapéutica con la virtud está netamente indicada por Pío XI: "Se engañan gravemente, en cambio, los que desprecian o descuidan los recursos que exceden a la naturaleza y creen poder llevar a los hombres a refrenar los deseos de la carne, por la práctica y los descubrimientos de las ciencias naturales (p. ej. de la biología, de la ciencia de las transmisiones hereditarias, y otras semejantes). Lo que no significa que no se deba tener en cuenta esos recursos naturales; porque hay un solo autor de la naturaleza y de la gracia, Dios, quien ha dispuesto los bienes del orden natural y del sobrenatural para el servicio y la utilidad de los hombres. Los fieles pueden, pues, y deben ayudarse también con los recursos naturales. Pero es equivocado creer que esos medios son suficientes para asegurar la castidad de la unión conyugal, o atribuirles una eficacia más grande que al socorro de la gracia sobrenatural" (Encíclica Casti connubii).

La bendición de las madres
Hemos visto en otra parte lo que concierne la concepción, la gestación, el parto, el bautismo y el amamantamiento. Completemos el problema del matrimonio con unas palabras acerca de la bendición de las madres. Autores mal informados escriben corrientemente que la Iglesia menosprecia las cosas de la generación y citan como ejemplo la bendición de las madres, que ellos creen ser una ceremonia purificadora.
Es, al contrario, por la dignidad del matrimonio, por la importancia espiritual y material de la creación de nuevos seres, que la Iglesia rodea a la unión del hombre y la mujer de barreras que la defiendan de todo envilecimiento y la hace objeto al mismo tiempo de la solicitud de sus más bellas ceremonias y bendiciones, para magnificar este Sacramento de institución divina. La bendición de las madres es un testimonio de ese espíritu y es sólo por un gravísimo error que algunos la confunden con la Purificación correspondiente de la ley mosaica. Ésta vivió bajo el signo de la maldición, de la prueba: "Parirás con dolor". Mas la Redención lo ha cambiado todo; la ceremonia de la Purificación ha hecho lugar a la de la alegría; es lo que reza expresamente la oración respectiva: "Dios eterno y omnipotente, que con el parto de la Bienaventurada Virgen María, has cambiado en alegría para tus fieles los dolores de la mujer que da a luz, vuelve tus ojos propicios sobre ésta tu sierva, que alegre viene en acción de gracias a tu santo templo, y acuérdale que después de esta vida, por los merecimientos y la intercesión de la misma Bienaventurada María, merezca llegar con su hijo a la Leticia de la beatitud eterna".
Acción de gracias por haber atravesado felizmente los peligros del embarazo y del parto, acción de gracias por la feliz fecundidad acordada por Dios, acción de gracias por haber adquirido la dignidad de madre de un nuevo hijo de Dios.
Y la Iglesia se alegra con la joven madre. El sacerdote viste la estola blanca, signo de leticia; va a recibir a la mujer feliz en la puerta de la Iglesia y la rocía con agua bendita de acuerdo con el rito reservado a los grandes personajes, a los soberanos. Se recita el salmo 23, Domini est térra, que se canta en los días de ordenación para celebrar la entrada de los nuevos tonsurados, elegidos del Señor. Y esta bendición de la mujer después del parto, es estrictamente reservada a la maternidad en el matrimonio legítimo, lo que define claramente el carácter laudatorio y no de purificación. Mucho antes de que se crearan las medallas a la maternidad, la Iglesia supo honrar a la mujer que acepta las cargas del parto e invoca sobre ella el socorro más poderoso: la bendición de Dios.

BIBLIOGRAFIA

Obras varias:
Biot, Dr. René: Les buts du mariage, Ediciones "Mariage et famille", París, 1932.
Bon, Dr. Henri: Nullite de mariage et opération de Baldwin-Mori, en Bull. Soc. Med. St. Luc., 1924, pág. 248.
Capelmann y Bergmann: La Médecine pastorale, Lethielleux, París, 1926.
Jone, Rev. P. Heriberto: Precis de Théologie morale catholique, Casterman, París, 1933.
 Smulders, Dr., Heymkijer, Rev. P., Guchtenkere, Dr. R. de: De la continence périodique dans le mariage, Letouzey, París, 1933.

El Legado literario de San Vicente Ferrer


1. El apóstol
Fray Vicente Ferrer en la plenitud de su vida es un apóstol, un predicador, en el sentido vicentino más específico. Sus ideales se identifican con los ideales de la cristiandad del mundo medieval, porque Vicente piensa y vive las esencias de la Edad Media. Toda su doctrina y su obra se deslizan bajo un signo de unidad universal tan característico de la época más grande de la Iglesia.
La concepción vicentina del predicador, que impregna sus ideales de plenitud, es la clave de su vida y de su obra doctrinal y apostólica. Vicente Ferrer, filósofo, estudiante de teología y Escritura sagrada, de lenguas, universitario, en una palabra, se ha metamorfoseado en predicador, en pastor de almas. Si en sus años mozos el ideal de la "claridad de ciencia"—utilizando su misma expresión—regía su vida y su obra, después, en la plenitud, la "santidad de vida" son sus palabras— informa todo su ser y su obrar. Claridad de ciencia y santidad de vida conjuntamente, íntimamente maridadas en el ideal de la Orden por él profesado y elevado a su máximo exponente.
Las obras de su juventud marcan una trayectoria muy distinta de la que caracterizará la vida del taumaturgo en los siglos posteriores. Son, con todo, la base de lo que él mismo proponía como uno de los elementos necesario para constituir el predicador: Claritas scientiae.
En su vida apostólica no podía escribir mucho. La incuria del tiempo o la dejadez de sus discípulos nos han privado de la doctrina que expondría el Santo en las lecciones de la Seo de Valencia. Eran lecciones de teología escolástica, dadas por un competente maestro a los iniciados en teología. Serían, sin duda alguna, el mejor legado para reconstruir su pensamiento teológico.
La vida ministerial, en su plenitud, le absorbía totalmente el tiempo del día y de la noche, de modo que ni siquiera al padre Maestro general podía escribir para comunicarle sus andanzas apostólicas. Testimonio de ello es el encabezamiento de una valiosísima carta confidencial, conservada hasta nuestros días: "No he podido escribir a vuestra Paternidad reverendísima, según debía, por las increíbles ocupaciones en que me he visto. A la verdad, después que os partisteis de Roma hasta hoy me ha sido preciso, confluyendo las gentes de todas partes, predicar cada día, y muchos dos y tres sermones, sin la misa cantada con toda solemnidad. De lo que estoy tan alcanzado de tiempo, que casi no me sobra para caminar, comer, dormir y otras cosas precisas, y aun los sermones caminando los voy componiendo. Con todo esto, porque la falta de escribir no se me impute a descuido o poco aprecio, he procurado ir hurtando algún tiempo en el discurso de muchos días, semanas y meses, entre tantas ocupaciones, para poderos dar siquiera una breve relación de la vereda que he recorrido".
Todas las obras de esta época son ocasionales, poco literarias, estilo sermonario, pero de gran vitalidad y de un sabor netamente vicentino.

2. Época científica
San Vicente comienza su carrera publicitaria con dos opúsculos filosóficos, más importantes por lo que representan que por la doctrina que contienen, siempre en consonancia con los cánones de la filosofía tradicional.
El primero en importancia es el titulado De suppositionibus dialecticis. En una apostilla a guisa de prólogo, de tiempo posterior a su redacción, tenemos un dato de interés para fijar la cronología de la obra: fue compuesta en Valencia, el año 1374 La doctrina es netamente aristotélico-tomista, sin desviarse lo más mínimo de la trayectoria que marcaron los maestros. La oportunidad es singular, puesto que combate, contra Occam, las dos cuestiones fundamentales de la filosofía puestas entonces sobre el tapete.
El otro tratado lógico es Quaestio solemnis de unitate universalis. No sabemos exactamente cuándo lo escribió, pero no debió distar mucho del anterior. ¿Sería una lección pública tenida en Lérida, durante los años de profesorado? ¿Sería la publicación de notas acumuladas para las clases? No lo sabemos con precisión.
También en éste, como en el anterior, la originalidad estriba en la oportunidad de aplicar la doctrina aristotélico-tomista a los problemas del día. Las fuentes son las mismas.
La difusión de estos dos opúsculos, con la dedicación a la enseñanza de la filosofía y a los estudios de teología, harían suponer a cuantos le rodeaban que fray Vicente llegaría a ser un excelente profesor y escritor escolástico. Tal vez alguno de sus hermanos de hábito sintiera cierta emulación mal reprimida por las cualidades y éxitos del padre Ferrer.
Conjugada con sus tareas escolares, se notaba en él una predilección muy marcada por la vida apostólica. Ya sacerdote y profesor de teología en la Seo de Valencia, no dejará la predicación. Sin duda alguna, según la apreciación humana de los hechos, su prestigio científico sería uno de los postulados más firmes de su éxito ministerial, y más teniendo en cuenta el ascendiente moral sin igual que había adquirido sobre toda la región y sobre todas las categorías sociales el convento de Predicadores de Valencia, en el que transcurre la época más reposada de su vida sacerdotal.

3. Época apostólica
Con todo, la Providencia le depara circunstancias propicias para abandonar totalmente su vida científica, y le enfrenta directamente con problemas vitales de enorme trascendencia: el cisma y la experiencia de la vida cristiana, débilmente vivida en casi todas las esferas sociales. No quiere esto decir que antes no sintiera el Santo estos acontecimientos trascendentes de la cristiandad, sino que ahora los vive más ecuménicamente y con un sentido de mayor responsabilidad, Son los últimos treinta años de su vida. Su misión en ellos es enteramente apostólica. Las intervenciones políticas, de signo civil o religioso, que tiene que efectuar, están selladas con esta impronta apostólica. Es la época de plenitud, de consagración de su persona como teólogo de la Iglesia (teórico y práctico; más práctico que teórico) y maestro de la vida espiritual (con idénticas características).
En estos años, desde 1391 hasta el fin de su vida, escribirá los tratados teológicos y espirituales, de contextura polarmente opuesta a sus primeros ensayos filosóficos. Las circunstancias le obligan a escribir y a hacerlo del modo que lo hace.
En una ocasión será un religioso joven, que le pide consejos, como a maestro experimentado, para ser útil a las almas de sus prójimos. Y le contestará en forma epistolar y casi confidencial con lo que se ha dado en llamar Tratado de la vida espiritual.
Unos años antes, socio del cardenal legado en las cortes de Castilla y Aragón, don Pedro de Luna, ante la insistente negativa del rey de Aragón Don Pedro IV el "Ceremonioso", para más obligar su conciencia a determinarse por uno u otro papa, pero induciéndole a que lo haga por el de Aviñón, escribió el Tratado del Cisma.
Otra vez, quizá un religioso cartujo de Scala Dei, atormentado por tentaciones y escrúpulos, acudirá al maestro para que le dé aliento. Y le resumirá unos capítulos de la obra de Guillermo Peraldo, que los posteriores intitularán Tratado de remedios contra las tentaciones espirituales.
Los penitentes que le seguían debían sujetarse a ciertas normas comunes para el buen orden en la marcha de la cofradía. Para ellos escribirá sus Ordenaciones. Y para que pudieran seguir espiritualmente la misa, el gran acto litúrgico de la vida apostólica de San Vicente, compilará un sermón predicado en Mallorca, que es una explicación alegórica del santo sacrificio.
En 1414, a requerimiento de Benedicto XIII de Aviñón, debe intervenir en unos coloquios públicos, habidos en la ciudad de Tortosa contra los judíos, en colaboración con otros doctores católicos. Y entonces tomará parte en la composición del Tratado contra los judíos. Este es el menos característico de Vicente Ferrer. No sabemos la parte que tuvo en su composición; pero lo más que podemos admitir es que expresa sólo de modo esquemático la doctrina vicentina, que otros se encargarían de rellenar literariamente.
Exceptuado este último, de ningún otro podemos precisar la fecha exacta de composición. Ni la crítica externa ni la interna nos han proporcionado datos ciertos.
El estilo literario es muy homogéneo en todos ellos, y tienen un carácter marcadamente alegórico, simbólico, el de los judíos y el de las propiedades de la misa. Todos ellos casan de modo excelente, tanto literaria como doctrinalmente, con los esquemas de sermones que conservamos, todos de la época de madurez del Santo.
Escritos rápidamente, con plagios que el Santo no pretende disimular, tienen un sabor eminentemente pastoral muy propio del autor, con imágenes y metáforas domésticas, con recursos de detalles muy singulares, que revelan, sin lugar a duda, la pintura más acabada de su vida integral. Tendremos ocasión de completar esta idea más adelante, cuando hagamos la síntesis de su pensamiento, reflejo de su vida apostólica. Son algo como las memorias de una gran personalidad histórica.
En resumen: dos épocas distintas de una misma vida, se complementan mutuamente y que cristalizan: el apóstol, producto de la claridad de ciencia y de la santidad de vida, integrantes, según la mentalidad vicentina, teólogo sabio, que será apóstol por exigencias de su doctrina plenamente vivida.

domingo, 7 de octubre de 2012

APOSTASÍA (9, FINAL)


LA APOSTASÍA DE LOS GENTILES, 
SEÑAL DEL FIN DE LA HISTORIA.
¿Es posible que Cristo N. S. recriminara tan duramente a los que no ven las señales de Su Encarnación y de Su Parusía llamándolos "hipócritas"?, ¿es de Dios que se burle de Sus seguidores?. Absolutamente imposible. Lo que condena es la ignorancia voluntaria. La ignorancia maliciosa. La que viene de una deformación de la Doctrina. Como la habrá en alto grado al final de los tiempos. En los tiempos del fin, la ceguera general será por la traición a la Doctrina y por la malicia de los hombres aferrados a las cosas del siglo.
¿Cómo reconocer al Anticristo, si estoy de acuerdo con todo lo que hace y creo en él?, ¿cómo conocer la Apostasía si creo que se trata de la aplicación de la doctrina social de la Iglesia?, ¿cómo conocer la instalación de la abominación de la desolación en los templos, si sólo veo la modernización pero no la invalidación de la Misa?. Por eso estará oculto el tiempo, y no porque falten abundantes señales. La ceguera será culpable y no porque el Señor haya escondido y embrollado las profecías.
La segunda Epístola de San Pablo a los fieles tesalonicenses, contiene un "programa", digamos, estricto que se debe de cumplir inmediatamente antes de la aparición de Cristo que copiamos a continuación (II,1): "Por lo que respecta a la venida de nuestro Señor Jesucristo, y a nuestra reunión con El, os rogamos, hermanos, que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestros ánimos, ni os alarméis por alguna manifestación profética por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el Día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la Apostasía y manifestarse el Hombre Impío, el Hijo de Perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios. ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros?. Vosotros sabéis QUE ES LO QUE AHORA LE RETIENE, para que se manifieste en su momento oportuno. PORQUE EL MISTERIO DE INIQUIDAD YA ESTA ACTUANDO. Tan sólo con que sea quitado de en medio EL QUE AHORA LE RETIENE, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca y aniquilará con la manifestación de Su venida".
Es necesario comentar y aclarar algunos puntos asombrosos de la Carta de San Pablo.
1. San Pablo habla de la "manifestación" del Hombre Impío, es decir el Anticristo. De este texto muchos pudieron interpretar que el Anticristo es una sola persona, ignorando lo que en el Apocalipsis -entre otros- se interpreta claramente: que el Anticristo estará formado por una entidad moral de cinco individuos y sus seguidores. Hay una palabra que resulta impresionantemente exacta: el en su Carta habla de la "manifestación" del Hijo de Perdición. MANIFESTAR, es dar a conocer lo que ya se sabe, o ya está presente. Lo que le retiene impide que se manifieste, aunque ya esté presente. El Anticristo, se introdujo al proceso de la historia sin dejarse sentir por la traición del pueblo que en los estratos más apartados del Cuerpo místico de Cristo, corrompieron el entorno. ¡Qué grave responsabilidad en el hundimiento de la Iglesia que ya pronto les imputarán!.
Entonces, se infiere con facilidad que la manifestación del Hombre impío depende de algo que lo retiene. No lo retiene para ingresar a la historia, sino para manifestarse. Para ser conocido, porque ya está presente. Este impedimento es la Misa que ha de destruir como ya temía que sucediera el Papa Paulo IV.
Cuando Juan XXIII fue elegido, todo el mundo católico lo recibió como un verdadero Papa. Sin embargo, ya traía planes de destruir a la Iglesia usando como pivote la autoridad del Concilio que convocó anunciado por la Masonería desde finales del siglo XIX. Hasta su sucesor Paulo VI que desterró la Misa católica de los altares del mundo, comenzaron a inquietarse ciertos círculos ortodoxos que aun así lo consideran un papa válido sin ver todavía al Anticristo introducido en la Iglesia. Todavía no veían claro esos católicos, y por eso se les ocurrió que un verdadero papa puede caer en la herejía como doctor particular, doctrina que siempre combatí, a la que sin embargo, se sumaron muy ilustres teólogos y eclesiásticos. No podía ser posible que después de siglos de inerrancia un papa quitara la Misa, los Sacramentos y enseñara el error. ¡Todavía no vieron a la Bestia presente!, pero ciertamente el destierro de la Misa fue la campana de alerta que comenzó a descorrer el velo. A manifestarlo. ¡Eso es precisamente lo que dice San Pablo!. Pero este velo no se corrió para todos, sino que los infectados por la pandilla, permanecieron ciegos, sin olvidar que muchos del llamado "resto fiel", se siguen haciendo a los ciegos.
2. Indudablemente ese impedimento que detiene la "manifestación" del Hombre Impío es la Misa, y se descubre en el mismo texto, pues dice San Pablo que es "lo que ahora le retiene", y "el que ahora le retiene". ¿Para qué?, para que se manifieste. LO que le retiene es el rito. Es un neutro. EL que ahora le retiene es el Señor mismo presente en el Sacramento eucarístico y en la Misa. Esta dualidad mencionada por San Pablo, se da cabalmente en el rito de la Misa y en el Depósito eucarístico que también desaparece.
3. Por último, voy a reflexionar unas palabras de San Pablo que no dicen el momento de la aparición del Señor. A la vista de los acontecimientos, nos ubican en su inminencia. Creo que es indudable.
Dice San Pablo, que al Impío "el Señor lo destruirá con el soplo de Su boca y aniquilará con la manifestación de Su venida".
Entonces, estamos al filo del tiempo. Si ha sucedido la Apostasía; si el Anticristo se ha manifestado plenamente y se ha quitado el que le retiene y lo que le retiene, ¿qué impedimento queda para detener por más tiempo la aparición del Señor?, solo la conversión de los judíos, pero como esta no será por mérito sino por misericordia, y en cumplimiento a la promesa a sus Padres, opinan varios teólogos, esta conversión puede acontecer en los últimos días del mundo. Esta profecía comenzó a configurarse con el regreso de Israel a la Tierra Prometida, después de la segunda guerra mundial, y Jerusalén como capital después de la guerra de los seis días. ¿Se podría pensar contra el texto paulino que el Anticristo esté en Roma muchos años?.
4. Por fin, debo analizar el motivo por el cual dice San Pablo que el Anticristo no solamente se sentará -un Trono dice esto- en el Santuario de Dios, sino que se proclamará ser Dios. Sería una tontería pensar que lo que quiere decir es que él diga: yo soy Dios. Ni el mismo Anticristo lo haría, pues sabe que nadie lo creería y la máscara que le conviene conservar caería por tierra. ¿Cómo dirá esto, entonces?.
Las formas -o fórmulas- de los Sacramentos por las cuales se realizan y así los fieles reciben la gracia de Dios, fueron determinadas por Cristo-Dios mismo -de la Eucaristía y del Bautismo- y las demás por los Apóstoles. El cambiar esas fórmulas y aun así asegurar que la gracia de Dios se recibe; el cambiar las fórmulas operativas de la Misa y decir que el Sacrificio incruento sucede, es nada menos que pretender ponerse en el lugar de Dios y decir que es Dios. El que no pueda ver esto, es que está retrasado mentalmente.
San Pablo dice claramente que Cristo destruirá al Anticristo con la manifestación de Su venida, Es, pues, esto inminente.
Pero es de temerse que la ceguera no disminuya cuando Roma, la Gran Ramera, Sede del Impío sea destruida como anuncia el Apocalipsis, viendo la reacción mundial ante la petición del Vaticano de que debe imponerse un gobierno mundial. Era una creencia muy extendida de que el gobierno mundial era impuesto por el Anticristo. ¿Qué ha pasado ahora?, NADA. Los que tal cosa decían ¿han abierto los ojos para ver al enemigo en casa?, NO. Y me temo que esa ceguera continuará igual. Aquí hay que hacer una pregunta candente: ¿eso será porque los hombres están realmente ciegos, o porque la Religión de Cristo ya no interesa para nada?

UNA REFLEXIÓN MAS SOBRE "EL ABSOLUTO".
El Cardenal Peter Turkson, presidente del Consejo Pontificio Justicia y Paz del Vaticano, organizador de la reunión de Asís, declaró que Benedicto XVI dijo que "el hombre creyente o no, busca a Dios, al absoluto, y por lo tanto, es un peregrino a la búsqueda de la verdad". Entonces, incluso el creyente:
1- Está peregrinando para buscar la verdad. Benedicto declara abiertamente que él no la posee, porque él es un creyente. Cristo ni es la Verdad, ni la ha revelado. Ente viejo impío peregrina con el montón, dice, buscando la verdad. ¿A dónde está llevando a los hombres si se declara un barco sin vela?, ¿una caña movida por el huracán y no una roca firme?. 
2. Y ese hombre creyente, ¿a quién busca?, al "absoluto". Dice a Dios, pero añade: "al absoluto". Si consultamos el Diccionario de Sinónimos, nos encontramos acepciones que no solamente están alejadísimas de la ortodoxia, sino que parecen el lenguaje del Diablo. Dice: "arbitrario, despótico, tiránico, autoritario, imperioso, dominante y voluntarioso". ¿No son los reclamos de las voces atormentadas que se desprenden confundidas con el fragor del fuego dirigidas hacia las alturas de ese abismo de odio y oscuridad?, ¿no se pueden mezclar entre ellas la condena al Dios absoluto?. Son las voces que nadie oye, excepto entre ellas mismas, porque el abismo es tan grande que no es mayor sólo por el poder de Dios. Ahora las oímos de la boca de esta Bestia con cuernos de cordero, que habla como el Dragón.

"ENCONTRARA EL HIJO DEL HOMBRE LA FE 
CUANDO REGRESE".
El misterio de iniquidad que ya San Pablo veía comenzar, se ha  manifestado y llegado a su máxima expresión. Ya no es oculto. Todo se ha cumplido en la Iglesia Católica. La verdadera Iglesia. La Apostasía es general, incluso ha penetrado a ese "resto fiel", que ya no se puede considerar teniendo en cuenta SUS pequeñas comunidades, sino a los individuos aisladamente considerados. Esto es le que al fin decía el Cardenal Villot, probablemente el teólogo más brillante del siglo XIX: "Llegará el momento en que la Iglesia sea reducida a condiciones domésticas". La Iglesia ha muerto, por los pecados del hombre y no hay forma de revivirla, ni siquiera embrionariamente. Los pastores de ese supuesto "resto fiel" han inventado doctrinas que se han sacado de la manga o tal vez del zapato, para justificar su cisma, su independencia, su soberbia y su traición. Predican tener jurisdicción por la crisis que se han negado a terminar; dicen que para la administración válida de sus Sacramentos, "la Iglesia suple" en este cisma autoprocurado y predican una unidad espiritual con el papa, entre los obispos, entre los sacerdotes y entre los fieles. Los fieles deben estar unidos a sus pastores espiritualmente. Y este es un engaño terrible herético y estúpido como el que predicaban los de la secta de los pneumatómacos. No podemos negar la unidad espiritual de todos los miembros de la Iglesia. San Pablo dice: "un solo espíritu". Pero es que ellos no se están refiriendo a esa unidad, que también se destruye en el cisma. Ellos se están refiriendo a la unidad física, jurídica, de una sociedad visible en la Tierra. Esa es la que le han arrancado a jalones a la Iglesia con su irresponsabilidad, particularismo y cobardía. Y han destruido la otra.
Vamos a ver con el Magisterio de la Iglesia en la mano lo errados que están y el peligro grande en que están muchas almas puestas a su cuidado, pues el cisma es incubadora de herejías -que ya los comienza a afectar-, como decía San Jerónimo, citado por Santo Tomás de Aquino.
En el Decreto del Santo Oficio a los obispos de Inglaterra del 16 de septiembre de 1864, que copié antes, se dice algo que hay que considerar y meditar: "Nada ciertamente puede ser de más precio para un católico que arrancar de raíz los cismas y disensiones entre los cristianos y que los cristianos sean solícitos en guardar la unidad de la Fe y la caridad en un solo cuerpo CONEXO Y COMPACTO". Dos cosas deben ser aclaradas y meditadas de este texto: 
1- Dice el documento que no hay nada más preciado para un católico que arrancar de raíz los cismas. Si esto debe ser así para cualquier católico, lo es más para los miembros de la jerarquía: sacerdotes, obispos y papa. Cuando este sentimiento se extingue, la Iglesia esta en peligro. Si la prostitución del alma lo convierte en un utilitarismo y un interés ejidal, no universal, y esa jerarquía se desencuaderna y pierde su cohesión, es que los individuos se han desnaturalizado. Carecen de los sentimientos que inspira la naturaleza. ¿No es esta una clase de apostasía?. ¿Pueden ser estos individuos los que levanten el brazo y señalen con el índice un camino seguro a los fieles?. 
2. Igualmente el Documento dice que debe haber un solo cuerpo conexo y compacto. ¿La unidad que aquí predica es espiritual?, ¡qué cosa más idiota!. Los que así dicen, no saben ni Español. Si nos vamos al Diccionario, encontramos que una cosa compacta es algo apretado y poco poroso. Entonces me pregunto: ¿puede haber alguna clase de unidad espiritual que sea algo apretado y poco poroso?. Es clarísimo que el documento se refiere a una unidad social, jurídica, la que se manifiesta a los sentidos a la vista de los hombres.
La Encíclica del Papa León XIII SATIS COGNITUM del 29 de junio de 1896 enseña: "Mas, en cuanto al orden de los obispos, entonces se ha de pensar que está debidamente unido con Pedro, como Cristo mandó, cuando a Pedro está sometido y obedece; en otro caso, NECESARIAMENTE SE DILUYE EN UNA MUCHEDUMBRE CONFUSA Y PERTURBADA". Muchedumbre, es decir: vulgo, populacho-(Denz. 1960).
¿Y en qué se convierten los sacerdotes cismáticos?, confusos y perturbados, ¿pueden ser una guía para los fieles?. No lo estoy diciendo yo. Lo está diciendo un papa. No hay discusión posible ni interpretación caprichosa. Las palabras son claras.
En la Carta QUOD AD DILECTIONEM a los obispos cismáticos de Istria del año 585, el Papa Pelagio II les dice: "Considerad, pues, que quien no estuviere en la paz y unidad de la Iglesia, no podrá tener a Dios (Gal. III, 7 )" .
Y en su Carta DILECTIONIS VESTRÍE les dice: "El que no guarda la unidad de la Iglesia, ¿cree guardar la Fe?... ¿No pueden llegar al premio de la paz del Señor porque rompieron la paz del Señor con el furor de la discordia... No pueden permanecer con Dios los que no quisieron estar unánimes en la Iglesia. Aun cuando ardieren entregados a las llamas de la hoguera; aun cuando arrojados a las fieras den su vida, no será aquella la corona de la Fe, sino el castigo de la perfidia; ni muerte gloriosa sino perdición desesperada. Ese tal puede ser muerto, pero coronado no puede serlo... El pecado de cisma es peor que el de quienes sacrificaron a los dioses... aquí el que intenta hacer un cisma, a muchos engaña arrastrándolos consigo... y peca cada día" (Denz. 246 y 248).
Estas mismas doctrinas del Papa Pelagio II, son igualmente enseñadas por el Papa San Gregorio Magno en su obra LOS MORALES, que transcribí en páginas anteriores. El Papa Pelagio habla de la "unanimidad" de los pastores en la Iglesia- La UNANIMIDAD se dice de personas que tienen todas el mismo parecer. ¿Cómo puede ser esto posible entre pastores no solamente separados, sino defendiendo cada uno sus propios dominios, cada uno enemistado con todos los demás, atacándose mutuamente, calumniándose, escandalizando a sus propios fieles contra los otros que siempre resultan ser como encarnaciones del Diablo, y la verdad, que algunos lo son permeados totalmente por nuestros enemigos. ¿Piensan en la unidad de la Iglesia?, ¿tratan de convencer a los otros para que se unan?, ¿o callan por propia conveniencia utilitaria lo que deberían gritar?. No solamente han callado lo más elemental de la Doctrina chantajeando a sus fieles con las misas cismáticas que les celebran, sino que amarrándolos del cuello los han arrastrado fuera de la Iglesia, al cisma más asqueroso.
Al mismo tiempo, como una fumigada aérea el Demonio ha soltado entre esos debilitados fieles a un ejército de la tropa infernal pobres diablos de baja cepa que como leones rugientes atacan las carnes jugosas de las almas en gracia de Dios.
¿Esta es la Apostasía grande y final que como un apéndice inflamado se ha adherido al gran intestino alimentado por la Gran Ramera que esparce sus gases desde el Vaticano? Indudablemente.
Sin embargo, en esta batahola terrible, el Señor ha de cuidar a los Suyos para que no se pierdan. El les dijo: "No os dejaré solos. Volveré". Esta sola frase nos puede dar idea del momento dramático y desesperado que se espera. "El que perseverare hasta el final, ESE será salvo".  La misericordia de Dios es infinita.
Entonces, les digo a los que quieran oír: es tiempo de arreglar sus conciencias y alejarse del pecado. Me dirijo a los que saben, pero siguen como si el mundo a su derredor no estuviera a punto de hundirse. Aferrados a sus cosas y a sus planes, caminan ciegos tratando de pasar inadvertidos entre dos fuegos, mordiendo su piltrafa. No la quieren soltar. Entonces, que hagan lo que quieran.
VEN SEÑOR JESUS
+MONS- JOSE F. ÜRBINA AZNAR.  Diciembre de 2011.

viernes, 5 de octubre de 2012

MARTIRIO DE LOS SANTOS SATURNINO, DATIVO Y OTROS MUCHOS MÁRTIRES DE ÁFRICA BAJO DIOCLECIANO


Las actas de este numeroso grupo de mártires africanos, que caen también bajo el primer edicto de Diocleciano, tienen una historia curiosa. Como se sabe, el año 411 es fecha famosa en los fastos de la Iglesia africana, y señaladamente en la historia del lamentable y tenaz cisma donatista, fruto amargo de los días de persecución. El 1° de junio del año dicho, bajo la presidencia o alta inspección de un alto dignatario imperial, se abrieron las sesiones de la más imponente reunión que viera jamás la Iglesia de Cartago: doscientos ochenta y seis obispos católicos que iban a entrar en debate contra doscientos setenta y nueve donatistas. Estos parece tuvieron señalado interés en negar un lamentable episodio de su historia: la reunión de los diez o doce obispos númidas que se juntaron en Cirta el año 305 para consagrar al subdiácono Silvano como sucesor del obispo Pablo, nombre que conocemos por las transcritas "actas de cobardía". Las actas de la reunión de Cirta son también, siquiera en parte, conocidas,  y es de lo menos edificante que cabe leer. Aquella reunión, decían los donatistas, no pudo ser tenida en plena persecución. Ahí estaban las actas de los santos Saturnino, Dativo y sus compañeros, que pagaron con su vida sus reuniones. Los católicos no rechazan como espurias las actas, sino que... oigamos a San Agustín, presente en la famosa junta o conferencia de 411 y fiel historiador de ella:
Catholici respondebant multo facilius duodecirn homines in domum conuenire potuisse eo tempore quo etiam congregationes plebium fieri solebant, quamuis persecutione saeniente, sicut ipsis gestis martyrum mostrabatur, qui confitebantur in passionibus suis se collectam et dominicum egisse.
Posteriormente, sin embargo, un redactor donatista, en una breve prefación y un largo epílogo, se despachó a su gusto contra los obispos Mensurio y su sucesor Ceciliano.
Dom Ruinart creyó hacer obra buena cortando esas adiciones sospechosas y publicando sólo lo que tomado de los archivos judiciales, lleva indudable sello de autenticidad. Pero indudablemente obró mejor Baluze (Miscellanea, ed. Mansi, 1761, p. 17) al publicar íntegras las actas. El refundidor donatista, no se sabe bien el motivo, borró la indicación de los cónsules, es decir, la fecha del martirio, que suple San Agustín: Gesta martyrum quibus ostendebatur lempas persecutionis consulibus facta sunt Diocletiano nonies et Maximiano octies, pridie idus februarii, esto es, el 12 de febrero de 304.
Las reuniones se celebraron en la colonia de Abitinas, bajo la dirección del presbítero Saturnino, pues su obispo, sobre el que pesaba el estigma de traditor, no tenía autoridad ninguna sobre aquel grupo de fervientes, que desafiaban la persecución y los edictos imperiales. Los magistrados de la colonia instruyen el proceso; pero éste se termina en el tribunal del procónsul Anulino, en Cartago. El relato de las torturas que éste inflige a los mártires es de verdad impresionante. Entre los retorcimientos del potro y las desgarraduras de los garfios o restallar de los látigos se oyen los gritos de dolor de los mártires, que se resuelven en cortas, penetrantes oraciones a Cristo. De su muerte, en cambio, sólo sabemos lo que el autor donatista nos dice con estas palabras:
Anulino proconsule aliisque persecutoribus interim circa alia negotia occupatis beati martyres isti corporeis alimentis destituti, paulatim et per intervalla dierum naturali conditioni, famis atrocitate cogente, cesserunt et ad siderea regna cum palma martyrii migraverunt, praestante Domino nostro Iesu, qui cum Patre, etc.
Se los abandonó, pues, en la cárcel, donde fueron poco a poco pereciendo de hambre. Que no murieron al mismo tiempo, parece confirmarse por el calendario cartaginés (Ruinart, p. 603), que celebra en diversos días a varios de estos mártires.

I. En tiempos de Diocleciano y Maximiano declaró el diablo la guerra a los cristianos del siguiente modo: exigió que se entregaran los sacrosantos Testamentos del Señor y las Escrituras divinas para ser quemadas, mandó derruir las basílicas consagradas al Señor y prohibió que se celebraran los ritos sagrados y las santísimas reuniones del culto. Mas el ejército del Señor Dios no pudo soportar tan feroz mandato y sintió horror de tan sacrílegas órdenes. Y así  empuñando al punto las armas, salió a batalla para luchar, no tanto contra los hombres cuanto contra el diablo. Cierto que algunos, entregando a los gentiles las Escrituras del Señor y quemando en sacrílegas hogueras los Testamentos divinos, cayeron del quicio de la fe; pero hubo muchísimos otros que, guardándolas y derramando por ellas de buena gana su sangre, tuvieron valiente fin de su vida. Estos fueron los que, llenos de Dios, derrotado y aplastado el diablo, llevando la vencedora palma de su martirio, mártires todos ellos, firmaron con su propia sangre la sentencia contra los traditores y sus cómplices, por la que los habían arrojado de la comunión de la Iglesia. No era, en efecto, lícito por derecho divino que estuvieran juntos en la Iglesia de Dios mártires y traditores.

II. Volaban, pues, de todas partes al campo de batalla incontables escuadrones de confesores, y donde quiera hallaba cada uno al enemigo, allí sentaba los reales del Señor. Así fue como en la ciudad de Abitinas, al resonar la trompa guerrera en casa de Octavio Félix, los gloriosos mártires levantaron las banderas del Señor, y celebrando allí, según costumbre, los misterios del Señor, fueron detenidos por los magistrados de la colonia y los soldados de guarnición. Su lista es como sigue:
Saturnino, presbítero, con sus cuatro hijos, a saber: Saturnino, el joven, y Félix, lectores; María, virgen consagrada a Dios, y el infante Hilarión; Dativo, senador; dos Félix, Emérito, Ampelio, Rogaciano, Rogato, Jenaro, Casiano, Victoriano, Vincencio, Ceciliano, Restituta, Prima, Eva, otro Rogaciano, Givalio, Rogata, Pomponia, Secunda, Jenara, Saturnina, Martín, Danto, Félix, Margarita, Mayor, Honorata, Regióla, Victorino, Pelusio, Fausto, Daciano, Matrona, Cecilia, Victoria, Herectina, otra Secunda, otra Matrona.
Todos éstos, detenidos, fueron, con júbilo suyo, conducidos al foro.

III. Camino de este primer campo de batalla, rompía marcha Dativo, a quien sus padres engendraron para que vistiera la blanca túnica de senador en la curia celeste. Seguíale el presbítero Saturnino, cercado como de una muralla por su numerosa prole, parte de la cual había de acompañarle en el martirio, parte dejaría como prenda de su nombre a la Iglesia. A estos dos seguía todo el escuadrón del Señor, en que centelleaban esplendentes las armas del cielo, el escudo de la fe, la loriga de la justicia, el casco de la salvación y la espada de dos filos de la palabra de Dios. Confiados en ellas, prometían a los hermanos la esperanza de la victoria.
Llegaron, en fin, a la pública plaza de la mentada ciudad. Allí dieron la primera batalla y ganaron la palma de la confesión de la fe, que se hizo constar en el informe de los magistrados. Por cierto que en esta misma plaza había ya antes combatido el cielo en favor de las Escrituras del Señor. Fundano, en otro tiempo obispo de la misma ciudad, las había entregado para ser quemadas; el sacrílego magistrado iba ya a prenderles fuego cuando, súbitamente, en plena serenidad de la atmósfera, cae un chaparrón de agua que apagó el fuego que iba a prender en las Escrituras santas. Furiosos los elementos en defensa de las Escrituras, una granizada devastó toda la región.

IV. Así, pues, en Abitinas recibieron los mártires de Cristo, las primeras ansiadas cadenas, y, enviados de allí a Cartago, alegres y jubilosos, no cesaron en todo el camino de entonar cánticos al Señor. Llegaron, en fin, al tribunal del entonces procónsul Anulino, y, firmes y valientes, en cerrado escuadrón, con constancia del Señor venida, rechazaron todos los asaltos del diablo enfurecido. Mas viendo que nada podía contra todos los soldados de Cristo juntos la rabia diabólica, pidió sacarlos uno a uno a combate. Cómo se hubieran en éste, no lo contaré tanto con palabras mías cuanto de los mismos mártires, a fin de dar a conocer hasta dónde llegó el atrevimiento del furioso enemigo en los tormentos y aun en la sacrílega invectiva contra los mártires, y sea alabada en la paciencia de ellos y aun en su misma confesión de la fe la prepotente virtud de Cristo Señor.

V. Fueron, pues, presentados al procónsul por oficiales del tribunal, y se le informó tratarse de un grupo de cristianos remitidos por los magistrados de Abitinas, que los habían sorprendido celebrando, contra la prohibición de los emperadores y cesares, una reunión de culto con los correspondientes misterios. El primero a quien interrogó el procónsul fue Dativo, preguntándole por su condición y si había tomado parte en la reunión. Confesó él ser cristiano y haberse hallado en la reunión, y el procónsul pasó adelante interrogándole quién era el organizador de aquella santísima junta. Inmediatamente, se da orden a los oficiales que le levanten sobre el potro y tendido allí le desgarren con uñas de hierro. Los verdugos cumplieron la orden con atroz velocidad, y a los tormentos unían sus dicharachos crueles; y cuando estaban ya con los garfios en alto para hincarlos en los costados, a ese fin desnudos, del mártir, Télica, mártir fortísimo, se precipitó él mismo a las torturas, gritando:
—Somos cristianos. Por nosotros mismos nos hemos reunido.
El furor del procónsul se encendió al punto, y arrebatado, gravemente herido por la espada del espíritu, hizo moler a durísimos palos al mártir de Cristo, le mandó extender sobre el caballete y allí desgarrarle con rechinantes garfios. Mas el gloriosísimo mártir Télica, en medio de la rabia de los verdugos, dirigía a Dios, con acción de gracias, súplicas como éstas:
—Gracias sean a Dios. En tu nombre, Cristo, Hijo de Dios, libra a tus siervos.

VI. Mientras estas súplicas hacía, díjole el procónsul :
—¿Quién es, junto contigo, cabeza de vuestras reuniones?
Extremaba el verdugo su crueldad, y el mártir respondió con voz clara:
—El presbítero Saturnino y todos nosotros.
¡Oh mártir, que a todos da la primacía! Porque no prefirió el presbítero a los hermanos, sino que juntó los hermanos al presbítero en la gloria de la confesión de la fe. Buscando, pues, el procónsul a Saturnino, Télica se lo señaló; no que lo traicionara, pues lo veía consigo combatiendo contra el diablo, sino que quería hacer patente al procónsul que la reunión era auténticamente de culto, cuando con ellos se había hallado también un sacerdote. A par de la voz manaba la sangre del mártir, suplicando a Dios; y, acordándose de los mandatos del Evangelio, entre las desgarraduras de su cuerpo, pedía perdón por sus enemigos. Y era así que, en medio de las gravísimas torturas de sus llagas, increpaba tanto a sus atormentadores como al procónsul con palabras como éstas:
—Obráis injustamente, infelices; estáis obrando contra Dios. ¡Oh Dios altísimo, no les imputes estos pecados! Pecáis, infelices; contra Dios estáis obrando. Guardad los mandamientos del Dios altísimo. Injustamente obráis, infelices. Estáis desgarrando a inocentes. Nosotros no somos homicidas; a nadie hemos hecho daño. Dios mío, ten compasión de mí; te doy gracias, Señor; por tu nombre, dame fuerza para sufrir. Libra a tus siervos del cautiverio de este siglo. Te doy gracias, y no tengo bastantes fuerzas para dártelas.
Y como a golpes de los garfios los surcos de sus costados se hicieran más y más profundos, y con las violentas desgarraduras manara una ola de sangre, oyó el mártir que le decía el procónsul:
—Vas a empezar a sentir lo que os espera sufrir.
A lo que contestó el mártir:
—Para gloria. Doy gracias al Dios de los reinos. Ya se me presenta el reino eterno, el reino incorruptible. Señor Jesucristo, somos cristianos, a ti servimos; tú eres nuestra esperanza, tú eres la esperanza de los cristianos. Dios santísimo, Dios altísimo, Dios omnipotente. A ti te rendimos alabanzas, por tu nombre, Señor Dios omnipotente.
Mientras así oraba, el diablo, por boca del juez, le dijo:
—Lo que debías haber hecho era observar el mandato de los emperadores y Césares.
Con cuerpo rendido de fatiga, mas victorioso en su alma, con fuerte y constante palabra proclamó el mártir.
—Yo no me cuido sino de la ley de Dios que he aprendido. Ésa es la que guardo, por ella voy a morir, en ella quiero consumar mi vida: fuera de ella, ninguna otra existe.
Con tales dichos del mártir gloriosísimo, era Anulino más que él propio quien se atormentaba. 
En fin, saciada le ferocidad del procónsul:
—¡Basta!—dijo a los verdugos; y recluyendo al mártir en la cárcel, le destinó para martirio digno de él.               

VII. Después de Télica, fue levantado Dativo por el Señor en el combate. Extendido en el caballete, había estado contemplando de cerca la lucha denodada de Télica; y, llegada su vez, proclamó repetidas veces ser cristiano y que había tomado parte en la reunión. Surgió entonces Fortunaciano, hermano de Victoria, mártir santísima, pero ajeno por entonces al culto santísimo de la religión cristiana, y empezó a incriminar al mártir suspendido en el potro con profanas voces, a este tenor:
—Éste es, señor, el que en ausencia de mi padre, cuando yo estudiaba aquí, engañó a mi hermana Victoria, y de esta espléndida ciudad de Cartago se la llevó consigo, juntamente con Secunda y Restituta, a la colonia de Abitinas. Jamás entró en nuestra casa sino cuando tenía ocasión de atraerse, no sé con qué persuasiones, los ánimos de las niñas.
Pero Victoria, mártir clarísima del Señor, no pudo sufrir que un senador, compañero suyo de martirio, fuese atacado con un falso testimonio, y al punto, irrumpiendo con cristiana libertad:
Nadie—dijo—me persuadió a salir de aquí, y no marché con él a Abitinas. Esto puedo demostrarlo con testigos; todo lo que he hecho, lo he hecho espontáneamente y porque me ha dado la gana. Sí, yo he asistido a la reunión y he celebrado los misterios del Señor, porque soy cristiana.
Entonces, el desvergonzado amontonaba maldiciones sobre maldiciones contra el mártir, y éste, desde el caballete, se las deshacía una a una con respuestas verdaderas. A todo esto, Anulino, ardiendo en ira, manda que se le claven bien fuertes los garfios al mártir. Al punto los verdugos hallaron los costados desnudos y preparados para los sangrientos golpes. Volaban las atroces manos más ligeras que los veloces mandatos, y, rota la piel y desgarradas las entrañas, el interior del pecho quedó patente, por la trabada crueldad, a las criminales miradas de los profanos. Entre todas estas torturas, el alma del mártir permanece inconmovible, y por más que se le rompan los miembros, se desgarren sus entrañas y se deshagan sus costados, el ánimo del mártir sigue entero e inalterable. En fin, acordándose Dativo de su dignidad, pues era senador, bajo la furia del verdugo, dirigía al Señor súplica como ésta:
—¡Oh Cristo Señor, no quede yo confundido!
Con esta oración, el mártir beatísimo, lo que del Señor pidió, tan fácilmente lo obtuvo cuan brevemente lo suplicó.

VIII. Por fin, el procónsul, con alma alterada, dejó salir de su boca la orden de cese en los tormentos. Cesaron los verdugos, pues no era bien que el mártir de Cristo fuera atormentado en asunto que atañía a su compañera de martirio, Victoria. También Pompeyano, cruel acusador de sospechas indignas, vino a añadir sus calumnias contra Dativo; pero el mártir de Cristo le despreció y aplastó:
—¿Qué haces aquí, diablo, calumniador? ¿A qué te enconas todavía contra los mártires de Cristo?
Por el senador y mártir del Señor fue juntamente vencido el poder y la rabia forense. Mas como no podía ser sino que el clarísimo mártir fuera también torturado por Cristo, preguntóle el procónsul si había asistido a la reunión; a lo que contestó haber llegado cuando estaba ya iniciada y haber celebrado, a una con sus hermanos y con la devoción debida, los misterios del Señor; el autor, por lo demás, de aquella santísima junta no era uno solo. Estas declaraciones excitaron nuevamente y con más furor al presidente contra Dativo, y así, recrudeciéndose su rabia, nuevamente la doble dignidad del mártir es profundamente labrada por los surcos de los garfios. Mas el mártir, entre los durísimos tormentos de sus llagas, repetía su primera oración:
—¡Te ruego, oh Cristo, no sea yo confundido! ¿Qué he hecho? Saturnino es nuestro sacerdote.

IX. Mientras los duros y feroces verdugos iban rayendo con corvas uñas los costados del mártir, llevando la crueldad por maestra, el presbítero Saturnino es llamado a la batalla. Éste, que, absorto en la contemplación del reino celeste, reputaba menudos y muy leves los sufrimientos de sus compañeros, empezó también a sentir en sí la dureza de tales combates. El procónsul le dijo:
—Tú has obrado contra el mandato de los emperadores y césares, reuniendo a todos éstos.
El presbítero Saturnino, por inspiración del Espiritu del Señor, respondió:
—Hemos celebrado tranquilamente el día del Señor.
Díjole el procónsul:
—¿Por qué?
Respondió Saturnino:
—Porque la celebración del día del Señor no puede interrumpirse.
Apenas oyó esto el procónsul, dio orden de que Saturnino fuera atado para la tortura enfrente de Dativo. Éste, entre tanto, contemplaba, más que sentía, la carnicería de su propio cuerpo, y, teniendo su mente y su alma suspensas en el Señor, no tenía en nada el dolor de su cuerpo. Sólo rogaba al Señor diciendo:
—¡Socórreme, te suplico, oh Cristo! Ten piedad de mí. Salva mi alma, guarda mi espíritu, para que no quede yo confundido. ¡Suplicóte, oh Cristo; dame fuerza para sufrir!
El procónsul le dijo:
Tu deber era, tuyo más que de nadie, desde esta espléndida ciudad, hacer que los otros entraran en razón y no obrar contra lo mandado por los emperadores y césares.
A lo que el mártir, con más fortaleza y constancia, gritaba:
Soy cristiano.
Vencido por esta palabra el diablo:
¡Basta!—dijo el procónsul. Y arrojándolo al mismo tiempo a la cárcel, reservó al mártir para martirio digno de él.

X. Respecto al presbítero Saturnino, empapado, al ser suspendido sobre el caballete, en la sangre aún reciente de los mártires, con ello se le avisaba que perseverara en la fe de aquellos sobre cuya sangre estaba tendido. Interrogado si él había sido promotor de la junta y quién los reuniera a todos, respondió:
—Sí, yo he asistido a la reunión.
En este momento, saltando al combate el lector Emérito, mientras el sacerdote luchaba:
Yo soy—dijo—el responsable, pues las reuniones se han celebrado en mi casa.
Mas el procónsul, que tantas veces había sido ya vencido, tenía horror a los asaltos de Emérito. Sin embargo, vuelto al Presbítero:
¿Por qué has obrado contra lo mandado, Saturnino?—le dijo.
Respondió éste:
—Porque el día del Señor no puede interrumpirse. Así lo manda la ley.
Entonces el procónsul:
—Sin embargo, no debiste despreciar la prohibición de los emperadores, sino observarla y no obrar contra su mandato.
Y con voz muy de atrás ejercitada contra los mártires, dio orden a los atormentadores que redoblaran su furia, en lo que fue con presteza obedecido. Lánzanse, en efecto, los verdugos sobre el cuerpo senil del presbítero y, con bárbara rabia, rota la trabazón de los nervios, lo desgarran con suplicios gemebundos y con tormentos de nuevo género, inventados contra el sacerdote de Dios. Allí era de ver cómo se ensañaban los verdugos, con hambre rabiosa, cual si trataran de saciarla en las llagas del mártir, y cómo, rotas las entrañas, entre el rojo de la sangre, se veían amarillear los desnudos huesos. Y, entre tanto, el sacerdote suplicaba al Señor no dejara a su alma abandonar el cuerpo entre las pausas de los atormentadores, cuando aún le esperaba el último suplicio:
—¡Te ruego, oh Cristo, óyeme! Gracias le doy, Dios mío; manda que sea yo degollado. ¡Te suplico, oh Cristo, ten compasión de mí! ¡Oh Hijo de Dios, socórreme! 
A lo que le dijo el procónsul:
—¿Por qué has obrado contra lo mandado? 
Y el sacerdote:
—La ley así lo manda, la ley así lo enseña. 
¡Oh respuesta digna de toda admiración, respuesta divina de un sacerdote y maestro merecedor de todo elogio! Aun entre los tormentos, el sacerdote predica la ley santísima, por la que de buena gana está soportando tan terribles suplicios. Espantado, en fin, Anulino por la palabra de la ley:
—¡Basta!—dijo; y volviéndole a la custodia de la cárcel, le destinó al deseado suplicio.

XI. En cuanto a Emérito, puesto ante el tribunal:
¿En tu casa—díjole el procónsul— se han tenido reuniones de culto contra los preceptos de los emperadores?
Emérito, inundado del Espíritu Santo, respondió:
—Sí, en mi casa hemos celebrado los misterios del Señor.
Procónsul:
—¿Por qué les permitiste entrar?
Emérito :
—Porque son mis hermanos, y no podía impedírselo.
Procónsul:
—Pues tu deber era impedírselo.
Emérito :
—No me era posible, pues nosotros no podemos vivir sin celebrar el misterio del Señor.
Inmediatamente dio el procónsul orden de que también Emérito fuera tendido en el caballete, y allí tendido se le atormentara. Los verdugos se sucedían en darle terribles golpes, y él oraba y decía:
—¡Te ruego, oh Cristo, socórreme! Contra el mandato de Dios estáis obrando, ¡oh infelices!
El procónsul le interrumpió:
—No debías haberlos recibido.
 el mártir:
—Yo no podía menos de recibir a mis hermanos.
A lo que replicó el sacrílego procónsul:
—Pero antes era la orden de los emperadores y Césares.
al contrario, el religiosísimo mártir:
—Antes es Dios—dijo—, no los emperadores. ¡Te suplico, oh Cristo! A ti te doy alabanzas. ¡Cristo Señor, dame fuerzas para sufrir!
Mientras así oraba, intervino el procónsul, preguntándole:
—¿Tienes, pues, algunas Escrituras en tu casa?
Respondió el mártir:
—Las tengo, pero en mi corazón.
El procónsul:
—En tu casa es donde te pregunto. ¿Las tienes o no no las tienes?
El mártir :
—Las tengo en mi corazón. ¡Te suplico, oh Cristo! A ti alabanzas. ¡Líbrame, oh Cristo; por tu nombre padezco! Por breve tiempo padezco, con gusto padezco. ¡Cristo Señor, que no sea yo confundido!
¡Oh mártir, que se acordó del Apóstol, pues tuvo la ley del Señor, escrita no con tinta, sino con Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón! (2 Cor. III, 13). ¡Oh mártir, apto para la ley sagrada y custodio suyo diligentísimo, que, horrorizado del crimen de los traditores, para no perder las Escrituras del Señor, las escondió en lo secreto de su pecho! Dándose de ello cuenta, el procónsul: —¡Basta!—dijo, y mandando levantar acta de su declaración, así como de las confesiones de todos los otros, añadió:
—Según vuestro merecido y de acuerdo con vuestra misma confesión, todos sufriréis el debido castigo.

XII. Parecía ya mitigarse la ferina rabia del procónsul, saciada con boca ensangrentada en los tormentos de los mártires. Mas en aquel punto, Félix, que lo fue de nombre y de martirio, se adelantó a la batalla, y con él todo el ejército del Señor, que seguía aún compacto e invicto. El tirano, derrotado en su alma, con voz baja, deshecho su cuerpo y espíritu, se dirigió al grupo entero y les dijo:
—Espero que habéis de elegir obedecer las órdenes imperiales, si queréis salvar vuestra vida.
Y los confesores del Señor, invictos mártires de Cristo, como por una sola boca, contestaron:
—Nosotros somos cristianos, y no podemos guardar otra ley que la ley santa del Señor, hasta el derramamiento de nuestra sangre.
Herido por esta palabra el enemigo, le dijo a Félix:
—No te pregunto si eres cristiano, sino si has celebrado reuniones o tienes en tu poder Escrituras.
¡Necia y ridicula pregunta del juez! "Si eres—le dice—cristiano, cállatelo; pero dime- añade -si asististe a la reunión." Como si el cristiano pudiera pasar sin celebrar el misterio del Señor o el misterio del Señor pudiera celebrarse por otro que por el cristiano. ¿Ignoras, Satanás, que el cristiano está asentado en el misterio del Señor y el misterio del Señor en el cristiano, de suerte que no es posible se dé el uno sin el otro? Cuando oigas el nombre, reconoce la concurrencia ante el Señor; cuando oigas la reunión, reconoce el nombre. En fin, el mártir te conoce y se burla de ti. Con respuesta como ésta te contunde:
—Sí; hemos con toda solemnidad celebrado nuestra reunión, y siempre que nos juntamos a los misterios del Señor es para leer las divinas Escrituras.
Gravemente confundido Anulino con esta confesión, le manda azotar con varas, tan bárbaramente que, exánime ya, terminado su martirio, Félix se junta presuroso al coro celeste de los mártires en los estrados de las estrellas. A este Félix siguió otro, que lo fue también de nombre y de confesión. Efectivamente, después de combatir con valor semejante, machacado por la tunda de palos, murió en la cárcel, de resultas de los tormentos, y se unió al martirio del primer Félix.

XIII. Después de éstos entró en la liza Ampelio, guardián de la ley y fidelísimo conservador de las divinas Escrituras. Preguntóle el procónsul si había asistido a las reuniones, y, risueño y tranquilo, con alegre voz, respondió:
—Sí, yo me reuní con mis hermanos, celebré los misterios del Señor y tengo conmigo las Escrituras, pero escritas en mi corazón. ¡Oh Cristo, a ti te doy alabanzas! ¡Escúchame, Cristo!
Habiendo dicho esto, golpeado en el cuello, le envían a la cárcel, donde entró alegre, al lado de sus hermanos, como si entrara ya en el tabernáculo del Señor.
A éste siguió Rogaciano, quien, a pesar de haber confesado el nombre del Señor, se juntó a los hermanos susodichos sin pasar por tortura alguna. En cambio, Quinto, después de confesar de modo egregio y magnífico el nombre del Señor, fue azotado con varas, y así le echaron en la cárcel, reservado para martirio digno de él. A éste siguió Maximiano, par en la confesión de la fe, semejante en la lucha, igual en los triunfos de la victoria. Después de éste, Félix el joven, proclamando que la celebración de los misterios del Señor son la esperanza y salvación de los cristianos, al ser igualmente azotado con, varas:
—Yo—dijo—celebré devotamente los misterios del Señor, y me junté con mis hermanos, porque soy cristiano.
Por esta confesión, mereció ser también él asociado a los susodichos hermanos.

XIV. Saturnino el joven, santa descendencia de Saturnino, el presbítero mártir, se acercó presuroso al deseado combate, como si tuviera prisa por igualarse en las gloriosísimas virtudes a su padre.
El procónsul, furibundo, por sugestión del diablo, le dijo:
—¿También tú, Saturnino, asististe?
Saturnino respondió:
—Yo soy cristiano.
No te pregunto eso—replicó el procónsul—, sino si celebraste los misterios del Señor.
Respondió Saturnino: Sí, los celebré, porque Cristo es nuestro Salvador.
Oído el nombre de "Salvador", Anulino se enciende en ira y manda que preparen para el hijo el potro en que había sufrido el padre. Tendido en él Saturnino, díjole el procónsul:
—¿Qué declaras, Saturnino? ¿Ves dónde estás puesto? ¿Tienes alguna Escritura?
Saturnino:
—Yo soy cristiano.
El procónsul:
—Yo te estoy preguntando si fuiste a la junta y si tienes Escrituras.
Saturnino:
—Yo soy cristiano, y no hay otro nombre que, después del de Cristo, debamos guardar como santo, sino éste.
Inflamado el diablo con esta confesión:
—Ya que persistes—dijo—en tu obstinación, es preciso someterte también a ti a los tormentos. Di si tienes alguna Escritura.
—Y dirigiéndose a los oficiales:
—Que se le atormente.
Iban los verdugos, cansados antes de herir al padre, a descargar sus golpes sobre los costados del hijo y a mezclar la sangre paterna, húmeda aún en los garfios, con la del joven de ella nacida. Allí era de ver cómo fluía la sangre, por entre los surcos de las abiertas heridas, de los costados del hijo, como antes de los del padre, y cómo los garfios chorreaban mezcladas sangre de uno y otro. Mas el joven, cobrando nuevo vigor con la mezcla de su legítima sangre, más sentía alivio que tormento, y, creciendo su fortaleza entre las mismas torturas, con tortísimas voces gritaba:
—Sí, tengo las Escrituras; pero en mi corazón. ¡Te suplico, oh Cristo, dame fuerza para sufrir; en ti está mi esperanza!
Anulino le dijo:
—¿Por qué obraste contra lo mandado?
Respondió el mártir:
—Porque soy cristiano.
Oído esto:
—¡Basta!—dijo; y cesando inmediatamente el tormento, le mandó a la compañía de su padre.

XV. Entre tanto, con el resbalar de las horas, el día se iba sumergiendo en la noche, y terminados a una con el sol los tormentos, se calmó la negra rabia de los atormentadores y parecía languidecer a par de la crueldad de su juez. Mas las legiones del Señor, en las que Cristo, luz eterna, refulgía con el esplendor deslumbrante de los años celestes, se lanzaban al combate con nueva valentía y constancia. El enemigo del Señor, vencido en tantas batallas gloriosísimas de los mártires, derrotado en tan grandes encuentros, abandonado del día y alcanzado de la noche, desbaratado por el cansancio de los mismos verdugos, no se sentía con ánimos para seguir combatiendo con ellos uno a uno, y así trata de sondear en masa los ánimos de todo el ejército del Señor y de tantear las mentes devotas de los confesores con preguntas como ésta.
Ya habéis visto lo que han sufrido los que han perseverado, y lo que tendrán que sufrir todavía los que persistan en confesarse cristianos. Por tanto, el que de entre vosotros quiera alcanzar el perdón y salvar la vida, no tiene más que declarar.
A esto, los confesores del Señor, los gloriosos mártires de Cristo, alegres y triunfantes, no por las palabras del procónsul, sino por la victoria del martirio, hirvientes del Espíritu Santo, con voz más fuerte y más clara que nunca, todos a una voz contestaron:
—Somos cristianos.
Quedó con estas palabras derrotado el diablo y, rebatido y confuso Anulino, arrojándolos a todos a la cárcel, destinó a aquellos santos para el martirio.

XVI. No podía el devotísimo sexo de las mujeres, el coro de las sagradas vírgenes, verse privado de la gloria de tan grande combate, y fue así que todas las mujeres del grupo, por el auxilio de Cristo Señor, en Victoria lucharon y fueron coronadas. Fue  en efecto, Victoria la más santa de las mujeres, la flor de las vírgenes, el honor y dignidad de los confesores, noble de origen, santísima por su devoción, templada en sus costumbres. Los dones de naturaleza brillaban más por el candor de su honestidad, y a la belleza de su cuerpo respondía la fe más bella de su alma y la integridad de su castidad. Su alegría era sin límites cuando se consideraba destinada a alcanzar la segunda palma en el martirio del Señor. En efecto, desde su infancia brillaban en ella los claros signos de la pureza, y era de ver, en sus tiernos años, un rigor castísimo de alma y una como dignidad de su futuro martirio. Llegada, en fin, a mayor de edad, sus padres quisieron forzarla, contra toda su voluntad y sin mirar a su repugnancia, a que se casase, y estaban ya para entregarla contra su gusto a un esposo; mas ella, para huir al raptor, se precipitó, niña como era, por una ventana abajo, y, sostenida por las auras servidoras, la recibió ilesa la tierra en su regazo. No hubiera después luchado también por Cristo Señor si en aquel trance hubiera muerto por sola la castidad. Librada, pues, de las teas nupciales y burlados juntamente padres y novio, saltando poco menos que de entre la concurrencia a su boda, se refugió, virgen intacta, a la morada del pudor y puerto de la castidad que es la Iglesia. Allí, con nunca manchado pudor, conservó la sacratísima cabellera de su cabeza, consagrada y dedicada a Dios en perpetua virginidad. Así, pues, cuando Victoria corría presurosa al martirio, llevaba ya delante, con diestra triunfal, la palma y flor de la pureza.
Preguntóle el procónsul qué fe profesaba, y ella, con voz clara, contestó:
—Soy cristiana.
Su hermano Fortunaciano, abogado y defensor suyo, quiso demostrar con varios argumentos que estaba mentecata. Mas ella replicó:
—Mi mente está sana y jamás he cambiado.
El procónsul:
—¿Quieres marchar con tu hermano Fortunaciano?
Victoria :
—No quiero, porque soy cristiana y mis hermanos son los que guardan los mandamientos de Dios.
¡Oh niña, fundada en la autoridad de la divina ley! ¡Oh virgen gloriosa, con razón consagrada al Rey eterno! ¡Oh mártir beatísima, gloriosa por la profesión evangélica! Con palabra del Señor dijo: "Mis hermanos son los que guardan los mandamientos de Dios" (Mt. 12, 48).
Oída esta respuesta, Anulino, deponiendo su autoridad de juez, se abajó a persuadir a la niña:
—Mira lo que haces—le dijo—; ya ves, en efecto, a tu hermano cómo desea obtener tu salvación.
Respondió la mártir de Cristo:
—Es resolución que yo he tomado y jamás la he mudado. Es cierto que asistí a la reunión y celebré los misterios del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana.
Oyendo esto Anulino, se encendió agitado de furia, y mandando a la cárcel, con los demás, a la niña sacratísima, los reservó a todos para la Pasión del Señor.

XVII. Quedaba todavía Hilariano, uno de los hijos del presbítero mártir Saturnino, niño todavía, que sobrepujaba su tierna edad con la grandeza de su devoción. Éste, ganoso de juntarse a los triunfos de su padre y hermanos, no tanto tuvo horror de las feroces amenazas del tirano, cuanto las redujo a nada. Así, preguntándole el procónsul si había seguido a su padre y hermanos, con toda presteza se oyó la juvenil respuesta que salía de un breve cuerpecillo, y el estrecho pecho del niño se abre entero para confesar al Señor, diciendo:
—Yo soy cristiano, y espontáneamente y por propia voluntad asistí a la reunión, junto con mi padre y mis hermanos.
Parecía como que la voz del mártir Saturnino, padre, salía por la boca del dulce hijo, y la lengua que ahora confesaba a Cristo cobraba firmeza del ejemplo del hermano. Pero el necio presidente, no dándose cuenta que no eran los hombres, sino Dios mismo quien combatía contra él en los mártires, ni entendiendo que en años de niño pudiera haber ánimos de hombre, creía que el muchacho iba a espantarse con tormentos que espantan, en, efecto, a los niños:
—En fin—le dijo—, te voy a cortar el pelo, la nariz y las orejas, y así te soltaré.
A lo que Hilariano, glorioso por las hazañas de su padre y hermanos, que había aprendido ya de sus mayores a despreciar los tormentos, con voz clara respondió: 
—Haz lo que te diere la gana; pero yo soy cristiano. Inmediatamente dio orden de que lo metieran tambien en la cárcel, y con grande gozo se oyó la voz de Hilariano, que decia:
—¡Gracias a Dios!
Aquí se termina la lucha del gran combate. Aquí es el diablo derrotado y vencido. Aquí los mártires de Cristo se alegran, congratulándose eternamente por la gloria del martirio.