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lunes, 15 de octubre de 2012

Razones del Consentimiento de la Santisima Virgen

Más sobre el consentimiento de la Santísima Virgen en la unión de la naturaleza humana con el Hijo de Dios.—Razones por las cuales fué necesario este consentimiento; y cómo este consentimiento concurrió más ampliamente a hacer de Cristo, principio de nuestra vida espiritual, el "don" de María.

I. ¿Cuáles pueden ser las razones de esta divina economía? Grandes teólogos, como Suárez, se complacen en considerar en la embajada enviada por Dios para solicitar el consentimiento de la Virgen como una imagen y ejemplar de lo que pasa en nosotros, cuando Dios nos llama por su gracia a ser hijos suyos; digámoslo mejor: a concebir espiritualmente a Cristo en nuestras almas. "De igual modo que Dios, cuando se trata de personas llegadas al uso de la razón, no recibe ninguna en su amistad sin que ella misma consienta, así también, debiendo la Virgen Santísima, por este misterio, entrar en una unión soberanamente íntima con Dios, pertenecía a la suave disposición de la Providencia el requerir ante todo su libre consentimiento" (Suárez, de Myster. Cristi. Comment. in 3, p., q, 30, a. 1. "Quarta ratio").
Aquí, pues, como en toda la economía del orden sobrenatural, Dios ha querido tratar con honor y deferencia la obra de sus manos. Nada por fuerza, ni con violencia; todo por la dulzura y la persuasión: "Porque dispone de nosotros con gran reverencia" (
Sap., XII, 18).
Este proceder general que preside a las operaciones de la gracia debía brillar con el más radiante esplendor en la obra de gracia por excelencia, la concepción del autor mismo y del principio mismo de la gracia; y, por consiguiente, la Encarnación que hace del hombre el Unigénito del Padre, así como la justificación de donde procede el hijo adoptivo de Dios, pedía el concurso de dos voluntades: la de Dios y la humana.
De este paralelo entre la justificación del pecador y la encarnación del Verbo se sigue una conclusión muy digna de ser meditada. Es que el misterio de la Anunciación, comenzado en Nazareth, se continúa a toda hora y en todo lugar sobre la tierra, y se continuará hasta la consumación de los siglos, es decir, hasta que el cuerpo de Cristo haya alcanzado su plenitud final. En efecto; ¿no es Cristo concebido todas las veces que la gracia
entra en un corazón, transformando un hijo de ira, en hijo y amigo de Dios, siendo así que no es otra cosa el ser justificado que convertirse en miembro de Cristo y en Cristo mismo? Ahora bien; tratándose de adultos, ¿puede hacerse esta justificación sin vocación; es decir sin que Dios por el ministerio de sus ángeles invisibles y visibles, por los acontecimientos que dispone, por sus luces interiores, por sus inspiraciones secretas, ilumine y solicite su libre albedrío, para obtener el fíat que abrirá sus corazones a la formación de Cristo en ellos? Lo que acabamos de considerar sobre un misterio, podría fácilmente mostrarse en los otros; y no es una de las menores bellezas del Cristianismo esta armonía constante entre la Cabeza y los miembros entre Cristo y los cristianos.
Esta razón, sin duuda, es sólida y bella. Véase otra aún más grave y más fundamental. Supone como fundamento la verdad de que la asunción de nuestra carne por el Verbo es una especie de matrimonio contraído entre el Verbo y la naturaleza humana, matrimonio espiritual y misterioso del cual fué profética figura la primera pareja. Es lo que predicó más de una vez San Agustín: "El lecho nupcial del Esposo es el seno de la Virgen, puesto que en él se unieron el Esposo y la Esposa: el Esposo, es decir, el Verbo; la Esposa, es decir, la carne, porque escrito está: "Y serán dos en una carne..." A esta carne vendrá a añadirse la Iglesia, y será Cristo entero la cabeza y los miembros".
Punto es éste que ya hemos tocado en la primera parte (
Lib. II, c. 3, t. 1, p. 185). Pero, como ha llegado el momento de tratarlo con más amplitud, no vacilamos en apoyarlo con nuevas autoridades. He aquí, primero, cómo el santo Pontífice Gregorio Magno ha desarrollado el mismo pensamiento en la interpretación que hizo de la parábola evangélica en que el Rey celebra las bodas de su Hijo: "es que Dios Padre celebró las bodas de Dios, su Unigénito, cuando lo unió a la naturaleza humana en las entrañas virginales de María; cuando quiso que, siendo Dios antes de todos los siglos, se hiciese hombre al fin de los siglos... Y, con más claridad y seguridad, se puede decir que el Rey celebró las bodas de su Hijo porque le dió por Esposa a la Iglesia, en el misterio de la Encarnación. Ahora bien, lo repito: el seno de María sirvió de lecho nupcial a este real Esposo. Por eso cantaba el Salmista (Psalm. XVIII, 6), que ha puesto su morada en el Sol, de donde, semejante al Esposo que sale de su tálamo, se lanzó como gigante para recorrer su camino" (San Greg. M„ Hom, 38 in Evang., n. 3. P. L., LXXVI, 1283).
En uno de los sermones sobre la Asunción de la Madre de Dios, atribuidos a San Ildefonso (
Algunos críticos han negado que sea el santo Doctor), se lee de María: "Esta es aquella alma dichosa por quien el Autor de la vida ha hecho su entrada en el mundo, por quien la maldición lanzada contra nuestros primeros padres ha sido levantada, por quien la bendición celestial ha venido al universo entero. Esta es aquella Virgen en cuyo seno toda la Iglesia ha sido desposada con el Verbo, y unida a Dios con una alienza eterna" (S. Hildefons.. in append. Serm. 2 de Assumpt. B. M. V., P. L. XCVI, 252).
Hallamos la misma doctrina en un piadosísimo y consolador panegírico de la Virgen Madre que, según ciertos manuscritos, sería obra de San Bernardo (
Ricardo de S. Lorenzo y el P. Théoph. Raymaud dicen que es obra de Ecberto. abad Ha Schonau, cuyos sermones contra los Cataros se contienen en la Biblioteca de los Padres (t. XII. ed. Colon)):
"Tu seno, ¡oh, Señora nuestra!, es honrado por el mundo entero como el sacratísimo templo del Dios viviente, porque en él comenzó la salud del género humano; en él, el Hijo de Dios se revistió de su hermosura; en él, adornado de blancas vestiduras y saltando de gozo, encontróse con su Esposa elegida, la Santa Iglesia, y dándole el beso de paz, tan largo tiempo esperado, formó, virgen, con ella virgen, los primeros lazos de la nupcial alianza, predestinada antes de los siglos. Entonces fue derribado aquel muro de enemistades que la desobediencia de nuestros primeros padres había levantado entre el cielo y la tierra... (
Ad B. V. Sermo panegyr., n. 3. P. L. CLXXX1V, 1011).
"Hoy. es decir, en la Anunciación, se ha cumplido la primera ofrenda por nuestra salud en seno de Nuestra Señora. Y esta ofrenda ha sido agradable a la Santísima Trinidad por la redención del mundo... En este día también fueron divinamente celebradas las bodas del Verbo con nuestra humanidad" (Gerson., serm. de Annunc. B. M. V. 2:1 consider. Opp. V, III. 1366).
 Es el mismo pensamiento que leemos en una devota oración a María del sabio Idiota, comentando estas palabras de Gabriel: El Señor es contigo: "íSí! —
le dice—, ¡oh Virgen Maria el Señor estuvo contigo en su concepción; porque entonces fué celebrado el matrimonio de la naturaleza divina y la naturaleza humana, y esto en vuestro mismo seno. El matrimonio en efecto, consiste en dos casos: el mutuo consentimiento y la unión natural. Hubo consentimiento cuando respondiste: "Hágase en mí según tu palabra" (Luc., I, 38): hubo unión natural cuando el Verbo se hizo carne" (Joan., I, 14). (Raymund. Jordán., Contemplat, de Virg., P. VII. Cont. 4. n. 2.)

Pero para que se realice esta nueva alianza del Verbo con la naturaleza humana hace falta primero el consentimiento de María. Esto es lo que predicaba San Ildefonso en uno de los sermones sobre la Asunción de la Virgen, posterior al que hemos citado más arriba: "No temas ser Madre, ¡oh, Virgen!, dice el Angel a María. Cree solamente, y concebirás; ama, y parirás... Y María, preñada ya de la simiente de la fe; María, concibiendo a Cristo en su espíritu antes de concebirlo en su cuerpo, respondió al Angel: He aquí la esclava del Señor... Y sin tardanza alguna, apenas expresa su asentimiento, el Esposo entra en su carne inmaculada; y Aquel a quien el mundo entero no puede contener penetra en el seno virginal, libremente abierto, a su llegada, por la fe" (S. Hildefons., Appends. Serm. 7 de Assumpt. B. M. V. P. L., XCVI, 269).
"Así —dice también Dionisio Cartujano—, en cuanto la Virgen dió el deseado consentimiento, se celebraron en su seno las bodas de la unión hipostática, quiero decir la unión de la naturaleza humana con el Verbo: porque, según el pensamiento del Bienaventurado Gregorio, el Padre hizo los desposorios de su Hijo cuando le asoció la naturaleza humana en el seno virginal de su Madre. Entonces fueron también celebradas las bodas del Esposo celestial con su Esposa especial la Madre Virgen de Cristo, convertida singularmente en Esposa suya por la concepción del Hijo de Dios"
.
Habráse podido notar en los textos precedentes que los Santos Padres hablan de una doble unión nupcial. Hay la unión del Verbo con la naturaleza humana; hay la unión de Cristo con su Iglesia. De estas dos uniones, la segunda, sobre todo, es la que se encuentra con más frecuencia en los escritos de nuestros Doctores, y de ella es también de la que habla especialmente San Pablo en el pasaje, tan conocido, de su Epístola a los de Efeso, sobre el matrimonio de la Ley Nueva: "Por esto también dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y serán dos en una sola carne. Este sacramento es grande, digo, en Cristo y en la Iglesia" (
Ephes., V, 31, sq. Se leerá con fruto sobre el matrimonio sagrado de Cristo con la Iglesia al P. Theoph. Raynaud, de Attributis Christi Dom.. S. 5, Chrístus sponsus, n. 817-839. Opp. t. II, p. 412, sqq.14).Pero esta segunda unión no es incompatible con la primera; y la prueba es que los Padres hablan de la una y de la otra en una misma serie de razonamientos. Aún más: una es complemento de la otra; si el Verbo de Dios unió consigo la naturaleza humana en la unidad de un mismo Cristo, es para que Cristo pudiese un día unirse con la Iglesia en la unidad de una misma persona mística y hacerse de ella, para siempre, una esposa nacida y purificada en su sangre divina.
Más adelante veremos cómo la Virgen Santísima intervino también en esta unión de Cristo y de la Iglesia. En este momento sólo tenemos que tratar de su oficio en el matrimonio del Verbo con nuestra naturaleza.
No hay necesidad de decir cuál es el lecho nupcial donde se obró el encuentro del Verbo con la carne y la consumación de su desposorio. Nada más frecuentemente repetido que esta expresión, en las obras de los Padres. Apenas hablan de la Encarnación, dan este título a María. Pero esto mismo no es otra cosa que recordar bajo una forma abreviada la unión del Verbo con la Humanidad, consumada en sus entrañas virginales.
Se ba podido también advertir en el texto sacado de Dionisio Cartujano, que por el bocho de la Encarnación, la Virgen Santísima ha sido hecha Esposa especial del Hijo de Dios, el Esposo celestial. Fácil es acumular textos y testimonios de nuestros Doctores afirmando ese privilegio de María.
Ahora bien; según los Santos Padres, esa multitud de nombres, lecho nupcial, madre, esposa, hija, esclava, lejos de ser censurable, o, por lo menos, inútil, es, por el contrario, necesaria para ayudarnos a concebir con nuestras limitadas ideas las perfecciones y las cualidades
diferentes de un mismo sujeto. Es lo que San Juan Crisostomo muestra elocuentemente hablando de Nuestro Señor y de la Iglesia (hom. de capto Eutropio, n. 6. P. G., LII, 402); y es también la razón que nos hace multiplicar los nombres de Dios (S. Thom., I p., q. 13, n. 4 cum parell.), aunque Dios es la unidad soberanamente simple.

Ahora bien; según el sentir del Doctor Angélico, para que haya matrimonio o simples desposorios hace falta, para el valor del contrato, el consentimiento de las dos partes; tal es la ley de la Naturaleza. Y puesto que Dios se ha complacido en respetar tan constantemente, en el orden de la gracia, los intereses legítimos de la Naturaleza, debemos esperar que se dé aquí también lo que ratifica las alianzas comunes, esto es, el acuerdo de las voluntades. No hay dificultad de parte del Verbo: libremente se ha unido a nuestra carne".
S. Thom., 3. p., q. 30, n. 1. "Congruum fuit B. Virgini annuntiari quod esset Christum conceptura... Quarto at ostenderetur esse quoddam epirituale matrimonium inter Filium Dei et humanan naturam et ideo per annunciationem spectabatur consensus Virginis, loco totius humanae naturae." Los otros tres motivos sobre los cuales apoya el santo Doctor la conveniencia de la Anunciación, se refieren muy bien a nuestro asunto. Era el primero la necesidad que había de establecer un orden perfecto en la unión del Hijo de Dios con la virgen: ¿no debía Ella conocer y concebir primeramente por la fe al que iba a llevar en su carne? Era el segundo la ventaja de hacer de la Virgen Santísima el testigo más seguro de un misterio, del cual sería instruida por el mismo Dios. Era el tercero la gloria que le redundaría a esta Señora de una ofrenda generosa y pronta de todo su ser, de aquella funda atestiguada por su respuesta: "He aquí la esclava del Señor.").

Pero, ¿quién hablará por la naturaleza humana?
Cuéntase en el Génesis que el siervo enviado por Abraham al lugar de su nacimiento para buscar esposa a su hijo Isaac obtuvo la mano de Rebeca, hermana de Labán e hija de Batud. Estos, sin embargo, instados por Eliezer para que dejasen marchar cuanto antes a la desposada, procuraban diferir su partida. Por último, ante las reiteradas instancias del siervo de Abraham, se dijeron el uno al otro: "Llamemos a la joven y veamos cuál es su voluntad: Vocemus puellam, et quaeramus ipsius voluntatem" (
Gen., XXIV, 57).
Esto hicieron el día de la Anunciación las tres divinas Personas con Aquella de quien fué Rebeca una de las más graciosas figuras como Isaac lo fué de Cristo. En aquella hora, María representaba nuestra naturaleza, y era justo que la representara, pues no hubiera sido posible hallar en la familia humana un miembro más puro, más noble ni más digno de tratar en su nombre con Dios. Ciertamente la Humanidad sagrada de Jesús merecía ser concitada con preferencia a toda otra criatura; ¿no era en Ella donde debían realizarse esas bodas santas del Hijo de Dios y de nuestra naturaleza? Pero esta Humanidad no existe antes de la unión. La primera vez que abrió los ojos a la luz y el corazón al libre albedrío, ya no se pertenecía: la unión estaba consumada. No nos hemos equivocado: de cierto modo nació de Ella el consentimiento; con Ella se trató el gran negocio de nuestra salud. Pero esto mismo exigía el consentimiento de María, puesto que esta Humanidad del Salvador estaba en María como en su principio y formaba todavía parte de su substancia cuando el matrimonio se iba a efectuar.
Si, pues, hacía falta un consentimiento, era a esa jovencita, a esa Virgen de David, a quien había que pedírselo. Vocemus puellam et quaeramus voluntatem ejus (León XIII se apropió esta doctrina).
Así, pues, apenas pronunció el sí que el Hijo Eterno de Dios aguardaba, sin más tardar, en el momento mismo, vino el Verbo a Ella, y la unión hipostática, prenda, premisa y principio de una unión más universal con cada uno de los miembros de la Humanidad, se cumplió.

II. Bossuet (3° Serm. pour la féte de l'Annonc., 1 p. San Juan Crisóstomo, o mejor dicho, un autor eclesiástico, cuya obra fué publicada entre las del santo Doctor. Hom. in Annunc. B. V. P. L., 794, 795), siguiendo a San Juan Crisóstomo, trae una tercera razón, que se refiere al designio formado por Dios de reparar el mundo por donde cabalmente se había perdido. Por un acto de su voluntad trajo la desgraciada Eva nuestra ruina; era menester, pues, que la Bienaventurada María cooperase del mismo modo, y desde el principio, a la obra de nuestra salud. Por esto el Señor le envía un Angel, encargado de participarle las proposiciones divinas y de requerir su consentimiento para los desposorios de la criatura con el Creador.
En efecto; por su libre elección, la primera mujer ofreció al primer padre de los hombres el fruto de muerte que lo perdió a él y a su descendencia. Si el desquite de Dios había de ser completo y perfecto, era menester que el fruto que devolviera la vida al mundo fuese también don voluntario de la nueva Eva. Hubiera podido ser, sin duda, aun cuando María no se hubiese prestado valuntaria y conscientemente a ser Madre del Salvador: bastaba, absolutamente hablando, que lo ofreciese más tarde a la hora del sacrificio. Pero entonces hubiera faltado algo a la relación entre la nueva y la antigua Eva. Porque mientras esta última tuvo su parte al principio mismo de la rebelión del Adán terrenal, y hasta se anticipó a esta rebelión y la preparó con su propia desobediencia, María no hubiera entrado en el acto de la reparación como ayuda consciente y compañera del hombre, sino tardíamente, cuando el misterio estaba ya en vías de ejecutarse. Jesucristo, desde el primer instante de su existencia, fué una víctima señalada para la inmolación. Su concepción fué la del Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo. Como fué en aquel momento mismo Dios en carne, así fué también el Reparador en el ejercicio actual de su ministerio de salud. Así, pues, la nueva Eva debía estar a su lado, participando desde entonces en este ministerio; y, ¿cómo lo hubiera compartido si todo se hubiese hecho independientemente de su libre voluntad?
Señalemos una última razón, expuesta por el Cardenal Francisco de Toledo en su comentario sobre San Lucas (
Tolet., in Luc. 1, Annot. 113).
Era necesario —escribe este autor— que María no sólo fuese la Madre de Dios, sino que también fuese digna de concebirle. Es verdad que, hasta el feliz día de la concepción del Verbo, María se había dispuesto con el ejercicio de todas las virtudes, o más bien, Dios mismo la había preparado con una inefable abundancia de gracias al honor que la esperaba, y por eso, apenas llegó, pudo el Angel saludarla llena de gracias y bendita entre todas las mujeres. Pero hacía falta, además, una preparación más actual e inmediata. Esto es lo que comprenden los fieles que van a recibir el Cuerpo del Salvador en la Sagrada Eucaristía. Por muy puros y llenos de caridad que estén, se reprocharían el acercarse a su Dios si no se hubieran purificado más y más de sus miserias y si no hubieran reavivado actualmente en su espíritu la luz de la fe, y en su corazón la llama del amor.
Ahora bien; esta preparación inmediata a la comunión más íntima con el Verbo de Dios, María no la hubiera tenido si el Angel no hubiese venido del cielo para anunciarle el misterio y preguntarle, en nombre de Dios, si consentía en que se operase en Ella. Imaginaos a un cristiano bautizado que no hubiera pensado: ¡quiera en que iban a darle el Cuerpo del Salvador, y a quien se hiciese comulgar antes de toda advertencia y sin saberlo: tal hubiera sido María, si el Verbo se hubiese encarnado en su seno independientemente del mensaje angélico y del asentimiento dado por Ella a la Encarnación.
No insistiremos sobre la excelencia de los actos con los cuales María, gracias a la economía divina de sabiduría y bondad que reina en el misterio de la Anunciación, pudo disponerse a recibir dignamente la visita permanente del Señor: sería repetir lo que ya hemos dicho en más de un lugar. Pero no podemos resignarnos a callar un pensamiento de San Bernardino de Sena. Después de haber protestado que no sabría expresar, ni aun balbuciendo, la inefable grandeza de las virtudes practicadas entonces por la Santísima Virgen, afirma que mereció en su consentimiento al menaje angélico una medida de gracia que fué, con relación a su estado anterior, lo que es en un simple fiel el el estado de una santidad perfecta con relación a la vida común de los cristianos.
San Bernard. Sen., Serm de festiv. S. M. V. Serm. 8 de Consensu. V. a. 1, c. 2, Opp. t. IV, p. 106. Un texto citado con frecuencia por los autores como de San Ireneo podia servir aquí de tema para muy bellas consideraciones. Helo aquí: "Quid est quod un sensu Mariae non perficitur mysterium Incarnationis? Quia nempe vult illam Deus esse principium omnium bonorum." Desgraciadamente, este párrafo no se encuentra en el Iugar indicado (Adv. Haeres., lib. III, c. 32), ni en otro alguno de la misma obra.
III. El Angel del Señor dijo a los pastores de Belén: "Os anuncio una nueva que será para todo el pueblo causa de grande alegría: Os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo, Señor, en la ciudad de David" (Luc., II, 10 y 11).
Es el mismo a quien el profeta Isaías contemplaba en una visión misteriosa, y exclamaba: "Un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado" (
Isa.. IX, 6; col. Matth.. I, 19).
Y, por temor de que nos equivoquemos, este Niño, este Hijo, nos es presentado con los mismos caracteres en el Evangelio y en la profecía: en los dos consta que es un Rey, y que está sentado en el trono de David, y que su reino no tendrá fin (
Isa., IX, 7: Luc„ I, 32 y 33).
Y, ¿quién nos ha dado este Niño, este Hijo, Salvador nuestro? Dios Padre, sin duda, de quien está escrito: "Tanto ha amado Dios al mundo, que le ha dado su Hijo Unigénito" (
Joan., III. 16).
Pero al lado de Dios Padre, el primer Dador, vemos a la Dadora, y de Ella podemos también decir con verdad: "Tanto ha amado María al mundo, que le ha dado su Hijo Unigénito".
¡Sí!, verdaderamente lo ha dado, porque, una vez más lo repetimos, por su consentimiento fué formado de su carne y en su carne para sernos Jesús, es decir, Salvador. Si Ella puede decir de Sí misma, como la Sabiduría Eterna: "He salido de la boca del Altísimo, primogénita antes de toda criatura", puede añadir, con más razón todavía: "Yo, yo misma he hecho levantarse en el cielo la luz indefectible; ese Sol que, salido de Oriente, ilumina a todo hombre que viene a este mundo (E
ccli., XXIV, 5, 6; Is., XLI; Joan., I, 9); y lo he hecho por amor y por el amor". Don del Padre es Jesucristo, y don de María, porque es el fruto bendito de la libérrima voluntad de ambos.
"Dios — leemos en el Apóstol—; Dios, que no ha perdonado a su propio Hijo, sino que lo ha entregado por nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con El todas las cosas? (
Rom., VIII, 32).
Después de lo que hemos considerado en las páginas antecedentes tenemos derecho para tomar esas palabras y aplicarlas a la Virgen María. ¡Sí! Ella, como el Padre, no sólo ha dado por nosotros a su Hijo en la Encarnación, sino que lo ha entregado, porque lo aceptó, y, por consiguiente, lo dió para lo que era y debía ser: nuestro Salvador, nuestro Sacerdote y nuestra víctima. Así lo daba el Padre, así Jesucristo se ofreció a Sí mismo en el primer instante. "El Hijo de Dios, entrando en el mundo, dijo: No has querido hostia, ni oblación, pero me has formado un cuerpo... Entonces he dicho: Heme aquí; vengo a cumplir tu voluntad, según está escrito de mí en el principio del Libro" (
Hebr., X, 5, sqq.); es decir, para ser el Cordero cuya sangre derramada purifica los pecados del mundo. Por su mismo peso, la Encarnación va derecha a la Pasión. María lo sabe de ciencia cierta, y la aceptación que hace de ser Madre del Verbo Encarnado se confunde con la de dar al mundo a Dios crucificado.
Por consiguiente, Ella también, desde aquel primer instante, nos ha dado todo con El, es decir, la remisión de nuestros crímenes y la vida sobrenatural que brota del pesebre y de la cruz. Así Ella es, con toda verdad, la Madre de los redimidos y de los vivientes con vida divina; y nada exageró San Bernardino de Sena cuando dijo: "La Virgen, por su consentimiento en la Encarnación del Hijo de Dios, ha deseado entrañablemente, viscerosissime, y procurado la salud de los elegidos todos; por el mismo consentimiento se dedicó singularísimamente a la liberación espiritual de todos los hombres, de suerte que desde aquel momento los llevaba en su seno como una verdadera madre a sus hijos".San Bernard. Sen., Serm. 6 de Consensu, a. 2, c. 2. Opp., t. IV, p. 106, sqq. 
San Pedro Crisólogo, en un sermón que nos dejó sobre la Anunciación de la Virgen Mana, explica de un modo asombroso todas las liradas que nos ha valido el consentimiento dado por Ella al mensaje angélico.   
Ecce hereditas Dominii, filii merces vintris." S. Petr., Chysol., serm. 140. P. L., 577. ¿No es esto como decimos que María, por su consentimiento, de donde salen tantos bienes, ha venido a ser la Madre de los redimidos? ¿Acaso no lo había afirmado San Ambrosio, bastantes siglos antes, cuando escribía 1a frase tan llena de sentido, en su enérgica concisión: "Sola erat (María), quando supervenit eam Spiritus Sanctus, et virtus Altissimi obumbravit eam. Sola erat et operata est mundi salutem, et conceptit redemptionem universorum ?" Ep. 49, ad Sabinam, n. 2. P. L., XVI, 1154.
¡Sí!, ya los llevaba virtualmente con Jesús en su seno virginal, puesto que llevaba a Aquel de quien serían los miembros y la virtud de donde debían nacer y tomar crecimiento.
He aquí, resumido en una hermosa página del sabio Apologista Hettinger, todo lo que debemos al consentimiento de la Santísima Virgen. Puédese juzgar, por lo que precede, cuán verdadera es esta página: "María —dice San Ireneo— ha sido para todo el género humano la causa de la salud. Ahora bien; el principio, la razón y el origen de su mediación fue, ante todo, su fe (es decir, en otros términos, el asentimiento que encarnaba esta misma fe). Bienaventurada eres, porque has creído... Por su fe a la embajada del Angel —nos dicen los Padres— recobró lo que la incredulidad de Eva había perdido; Ella, pues, devolvió la vida a los que la primera mujer había dado en otro tiempo la muerte.
"Con fe dócil y sencilla pronunció esta gran palabra: Fiat mihi secundum verbum tuum. Y así como el primer fiat había hecho salir de la nada al mundo visible, de igual modo éste dió nacimiento a un nuevo mundo: el de la Redención; porque la obra de la Encarnación, decretada desde la Eternidad y esperada hacía tantos siglos, no se cumplió hasta que la Virgen dió su consentimiento.
"Ese fiat cierra el mundo antiguo y abre el nuevo; es el cumplimiento de todas las profecías, el centro de los tiempos, la primera luz de la estrella de la mañana anunciando la salida del Sol de justicia; tanto cuanto podía depender esto de un querer humano, este fiat reanudaba ese lazo admirable y misterioso, destinado a juntar el cielo y la tierra, Dios y la Humanidad; en fin, señala el instante para siempre memorable en que resonó en el cielo y en todos los mundos de los espíritus la palabra que decía: El El Verbo se ha hecho carne".Hettinger, Apología del Cristianismo, t. III. "Los Dogmas del Cristian.", c. 9, pp. 568 y sigs. (Bar-le-Duc, 1870). Notemos con Hettinger estas palabras del protestante Dietlein: "Si Ella no hubiera sacrificado su voluntad, como verdadera esclava del Señor, para recibir como fruto de sus entrañas al Hijo de la promesa, no habría para nosotros ni salud, ni gracia." Dietlein, Evang, Ave María, p. 8 {Halle, 1863).¿Basta todo lo dicho para reducir a la nada las miserables objeciones que se nos oponían al principio de este libro, y para probar con cuánto derecho encierra la maternidad divina la maternidad espiritual de María?
J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS...

De los Sagrados Ritos y del Ritual.

 TITULO IV
DEL CULTO DIVINO
Capítulo VIII. 
De los Sagrados Ritos y del Ritual. 

430. Por cuanto el culto debido a Dios, no consiste en la sola adoración interior del alma, sino que, por impulso de la misma naturaleza debe también manifestarse exterior y públicamente, nuestra piadosa Madre la Iglesia siempre ha tenido gran cuidado en determinar y dirigir los sagrados ritos, que abrazan el culto de nuestra santa religión. Es justo, por tanto, que el Ordinario sea muy diligente en cuidar de todo lo que se refiere al culto, y de tomar a este respecto las providencias necesarias. Miren, pues, los Obispos, que los sacerdotes no empleen otras ceremonias y preces fuera de las aprobadas por la Iglesia y aceptadas por el uso constante y laudable.
431. Nada puede añadirse, quitarse ni cambiarse al Misal y Ceremonial; y debe observarse cuanto uno y otro prescriben (Clemente VIII. Const. Cum novissime, 14 Iun. 1600). Otro tanto debe decirse del Pontifical Romano. El suprimir una parte de algún rito, dejando lo demás, no toca a ningún particular; sino que es fuerza que intervenga la autoridad del Romano Pontífice (Bened. XIV. Const. Allatae, 26 Iul. 1755). Tampoco es lícito por sí y ante sí, ni aun por espíritu de verdadera devoción y celo, introducir nuevos ritos (Bened. XIV. Const. Cum ut recte, 27 1755ni se pueden alterar las rúbricas por satisfacer la devoción del pueblo.
432. Los decretos de la Sagrada Congregación de Ritos, y las respuestas que ella da formalmente y por escrito a las dudas que se le proponen, tienen la misma autoridad que si emanaran directamente del Sumo Pontífice, aunque no se haya dado cuenta de ellos a Su Santidad (S.R.C. 23 Maii 1846); y derogan cualquiera costumbre en contrario, aunque sea inmemorial, y obligan en conciencia: sin embargo, siempre que de la prohibición de alguna costumbre inveterada, vigente en alguna Iglesia, se temiere algún grave inconveniente, ó la extrañeza ó escándalo del pueblo, obren los Obispos con prudencia, y, si es preciso, recurran a la Santa Sede (S.R.C. 3 agust. 1839, ad I; 11 sep. 1847, ad 13).
433. El Ordinario está obligado estrictamente a tomar las debidas y oportunas providencias, para que se observen con fidelidad las rúbricas y los decretos de la Sagrada Congregación de Ritos. Si ocurriere alguna duda, acuda a la misma Congregación para que lo declare; pues no puede el Obispo, como juez, definir los dubios litúrgicos o cambiar los ritos (S.R.C. 17 sept. ad I; 11 jun. 1605, ad I; 21 Martii 1671, ad 2).
434. Los Maestros de ceremonias, y cuantos vean que las funciones no se celebran en las Iglesias conforme a las rúbricas, ni se observan los decretos y resoluciones de la Sagrada Congregación de Ritos, acudan al Ordinario, quien tomará las debidas providencias (S.R.C. 17 Sept. 1822, ad I).  
435. Los párrocos, predicadores y catequistas, procuren exponer oportunamente al pueblo el significado de los sagrados ritos y ceremonias, para que los fieles asistan a los divinos oficios con mayor reverencia y devoción.
436. El Memorial de Ritos, dado a luz por Benedicto XIII para las Iglesias menores, se observará en las parroquias rurales (S. R. C. 23 Maii 1846, ad I; 22 Iul 1848, ad 5), y previa licencia de la Santa Sede (S. R. C. 23 Martii 1876), también por los rectores de otras Iglesias que reúnan las circunstancias de Iglesias pequeñas. Por tanto, para el uso de este Memorial, los párrocos y capellanes seguirán esta norma prescrita por la Santa Sede: Si hay suficiente clero, celébrense las funciones conforme al Misal Romano; si sólo hay tres ó cuatro clérigos, puede usarse el Memorial de Ritos de Benedicto XIII (S.R.C. 7 Dec. 1888, ad 17).
437. En las funciones parroquiales deben observarse las ceremonias del Ritual Romano; cuya observancia debe introducirse donde quiera que no lo haya sido (S.R.C. 24 febr. 1680, ad 7). Y por cuanto han salido a luz muchas fórmulas de bendiciones no aprobadas por la Santa Sede, advertimos a todos los sacerdotes que sólo es licito hacer uso de aquellas que estén conformes con el Ritual Romano (S.R.C. 7 april. 1832, ad. 4)
438. Para que más fácilmente se observe la uniformidad necesaria en asuntos litúrgicos, decretamos que se haga para nuestras Iglesias un Apéndice especial al Ritual Romano, que contenga cuanto pueda servir a la edificación de los fieles y a la instrucción de los sacerdotes; y antes que se publique dicho Apéndice, se someterá a la aprobación de la Santa Sede (Cfr. Conc. Prov. Quebecen I an. 1851, art. 6).

domingo, 14 de octubre de 2012

JERUSALEN Y LA IGLESIA, SE QUEDARON SIN SACRIFICIO.

"EL TIEMPO DE LA SEMENTERA 
DE LA PALABRA EVANGELICA
 ENTRE LOS GENTILES, 
SE HA TERMINADO"
Por Mons. José F. Urbina A.

     Se ha implantado la Revolución total que no solamente afecta todo lo exterior, sino que infecta a todo individuo hasta lo más profundo de su ser y de su alma, en un momento en que ya no hay una referencia de retorno, pues la Iglesia del Vaticano esparcida por toda la Tierra ha caído en la más grande desviación que es la Apostasía y la verdadera Iglesia que sólo Dios conoce, como los siete mil conservados del tiempo del Profeta Elias, totalmente quebrantados, no puede hacer nada.
      Vale la pena referirse al libro EL MOVIMIENTO LITURGICO del Padre Bonneterre para conocer por lo menos superficialmente la traición de la misma jerarquía católica en su destrucción de la Doctrina para lo cual utilizaron, como eficaz caballo de Troya, la destrucción de la Liturgia.
El historiador judío Flavio Josefo (año 37-95) en ANTIGÜEDADES JUDAICAS nos describe la invasión romana a Jerusalén, de la que vino el final de los sacrificios judíos por la destrucción total del templo. El Sacrificio perpetuo llegó a su fin, fue expulsado de los templos por la traición de los hombres, de los mismos cristianos, y esto es un pecado más grave que el otro.
     Mucho antes del Concilio Vaticano II, ya estaban los enemigos de la Iglesia ubicados por todas partes y en todos los niveles. Los herejes modernistas que fueron expulsados por San Pío X del campo teológico por varios documentos que el Papa publicó, coparon el movimiento litúrgico, desde donde influirían eficazmente todo lo demás. Esto apuntaba lógicamente a la Misa. Por eso es verdadero decir que ella fue expulsada mediante un complot. Porque las baterías no solamente estaban dirigidas a toda la Liturgia, sino en ultima instancia y principalmente a la Misa.
     "En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, dice Bonneterre, dominaba ya el Movimiento Litúrgico". Por eso se dijo que la lucha de San Pío X "era cuerpo a cuerpo". Tenía ya a los enemigos en la Corte Pontificia, y los vería hasta en la sopa. Se pregunta Bonneterre: "Roma que había quebrantado al Modernismo, ¿no aflojó la vigilancia en aquellos años?".
     A la sombra del espantoso conflicto bélico, se publican obras a favor de la "renovación"; se suceden los retiros espirituales y van ganando adeptos y simpatizantes entre el clero de vanguardia y entre la juventud. En Alemania el Movimiento Litúrgico era promovido por los movimientos juveniles y la Acción Católica. El aspecto cultural y teocéntrico se irá desdibujando poco a poco, y se hace énfasis en que la Liturgia debe ser para educar al pueblo, que consideran una forma incomparable de hacerlo y de evangelizar. Empujando fuertemente en este sentido, se sumaron incluso Ordenes religiosas como la de los dominicos y jesuítas. Insistían en un aspecto pastoral que decían "único" y con este fin, se comienza a atacar el Latín "que el pueblo no comprendía". Comienza un desprecio a las rúbricas tradicionales que se ridiculizan, y contra de todo lo estipulado por el Concilio de Trento. Pío XII conoció muy bien esos movimientos y por eso publicó sus encíclicas MEDIATOR DEI y MYSTICI CORPORIS, pero no fueron más que papel mojado. La voz de Pedro, se había dejado de oir.
     En realidad, la autoridad del papa para los modernistas-progresistas, se había convertido en un mito. En tema de discurso para el consumo popular; para arrastrar al pueblo por el camino que ellos tramaran desde sus oscuros y secretos conventículos, pues ese pepele que ellos llaman papa, no tiene ya ninguna autoridad ni dogmática ni moral como fue hasta Pío XII. Ellos usarían la supuesta autoridad papal como un arma para blandirla con un movimiento trémulo a derecha e izquierda mientras gritan la cantinela: lo quiere el papa. Son órdenes del papa. Sólo era ya un arma de control que se desenfunda a conveniencia contra los fieles y para llevarlos a la pérdida total de la Fe. La prueba clara de que los papas modernos ya no tienen la autoridad que Cristo les concedió a los sucesores de Pedro, es el "estudio" que hizo una comisión internacional integrada por "teólogos" que llega a la conclusión de qué el Limbo no existe, y esa conclusión fue simplemente comunicada a Benedicto XVI. Y ciertamente aceptada. La verdad es que el Limbo ya no aparecía en el Catecismo de Juan Pablo II, por lo cual descubrimos claramente que a la Iglesia Católica la han convertido sus innumerables enemigos en una fuerza de control de gentes para aviesos fines, pero perfectamente maquillada de Cristianismo. Todos esos cambios "hacia el progreso", "hacia la modernidad", "hacia la renovación", son ideas viejísimas que huelen a logia, a pátina y a hueso de ancestro.
     En 1846, la santísima Virgen se apareció en La Salette, Francia, advirtiendo lo que muchos no habían descubierto. Aclaraba el misterio de las profecías. Había llegado el tiempo anunciado y así supuestamente igualaría criterios, lo cual no sucedió. Dijo claramente: "Roma perderá la Fe y se convertirá en la sede del Anticristo". No había vuelta de hoja ni distinta interpretación posible de la palabra profética. El tiempo ya estaba aquí. Los sacerdotes se han convertido en cloacas de impureza. Así comienza el Mensaje de La Salette. La cloaca es un sumidero para las aguas inmundas y pestilentes, es decir, han alterado, han ensuciado la Doctrina, pues la impureza es la mezcla de materiales impuros en una materia. La lujuria, no se desecha, se incluye obviamente, pero se refiere más bien a la herejía y a la Apostasía que se ha concebido y se desarrolla.
     El Mensaje de La Salette, fue atacado inmediatamente. Hasta hoy es ocultado. Muy pocos fieles lo conocen. Yo asistí a una conferencia sobre las apariciones de La Salette, y el Mensaje fue "expurgado" de todo lo que "no conviene difundir". Sus enemigos son los mismos hombres de la Iglesia que ya estaban inficionados con sus estúpidas nuevas doctrinas de la renovación, del Ecumenismo y de todas las innumerables ideas revolucionarias que tanto les gustan, mientras el pueblo se regodea en la lujuria, en el indiferentismo y en la tibieza. Porque muchos son los tibiecitos que son un vómito, como dice el Apocalipsis.
     En 1846, la invasión de la ciudad de Dios, estaba muy avanzada y los muertos yacían por todas partes, incluso en la Corte Pontificia. Y no se piense que se habían librado de esto los estratos más bajos de la sociedad cristiana. Ellos caían vencidos por toda clase de bestias de todos los colores y todos los sabores.
     Hubo algunas voces aisladas cuando comenzó la destrucción descomunal doctrinal y litúrgica, que fueron ahogadas por todo el griterío que se había armado. Decían: Nos están cambiando nuestra Religión. La disposición de los altares frente al pueblo, va a tener consecuencias funestas y profundas. Protestaban también contra la "misa gallinero".
     Pero todo ese movimiento para la "renovación" de la Liturgia estaba en realidad avalado fuertemente desde el Trono de San Pedro. Desde que subió al Trono Roncali, Juan XXIII se oyeron los primeros ronquuidos de la Bestia. El judío Montini no fue el iniciador como muchos creen, sino el continuador. El que culminó la obra del antipapa Roncalli. Por eso se oyó por todo el mundo en su momento el cacareo modernista de que él era "el papa bueno". Evidentemente ¡bueno para ellos!.
     Juan XXIII, ya tenía el plan de convocar el Concilio que incluiría la reforma litúrgica, el Ecumenismo, el proyecto de que la Iglesia caminara hacia el mundo, la libertad religiosa y otras estupideces heréticas que han pulverizado la esencia de la Religión de Cristo, dejando un cascarón adornado con muchos colores y muchas lentejuelas. Hacer un escándalo tan grande como un Concilio que estuviera "inspirado por el Espíritu Santo" era la forma perfecta de difundir entre el pueblo las nuevas doctrinas, la nueva liturgia. Ese fue un triunfo masónico indiscutible. Los fieles asisten por lo menos los domingos a la iglesia. La liturgia era un medio perfecto para envenenarlos.
     Que Juan XXIII ya quería una reforma litúrgica es claro, porque él dijo antes del Concilio (Padre Bonneterre): "Nos, hemos llegado a la decisión de que se debían presentar a los Padres del futuro Concilio los principios fundamentales concernientes a la reforma litúrgica". Dudamos absolutamente que él hubiese llegado a tal decisión. Bien sabemos que el Concilio fue anunciado y pugnado por la Masonería y por toda la pandilla comprometida con ella y juramentada en la secta satánica, y fueron tan cínicos y soberbios, que se dieron el lujo de anunciarlo mediante diversas publicaciones. Juan XXIII, llamó a los que se opusieron a los esquemas heréticos "profetas de desgracias" en su discurso inaugural de esa magna asamblea. La más alta jerarquía de la Iglesia había brincado al campo que es enemigo de sus fieles. ¿Qué estaba pasando?.
     Obligadamente, el Concilio debía incluir la reforma litúrgica, porque pasando por la prostitución del pueblo que querían, se apuntaba directamente al Sacrificio Perpetuo, pues debía igualarse al rito protestante al precio que fuera, incluso al de invalidar la Misa por la adulteración de las formas o fórmulas dogmáticas operativas, pues se trataba de la integración de todas las religiones en una sola universal y sincrética. ¡Interesaba la adopción de fórmulas litúrgicas que proclaman las doctrinas heréticas protestantes contra el dogma católico, estudiado, enseñado y defendido por toda la historia!.
     Ese era el plan de esos falsos papas, cabezas anticrísticas unidas en un solo espíritu y propósito que capturaron avalados por su pandilla el Trono de San Pedro. ¡Esto ya estaba anunciado en La Salette!.
     Pasar por la reforma litúrgica para llegar a la reforma y nulificación de la Misa, no fue tanto un teatro sacrilego, porque les fue muy útil, sino un camino derecho contra el corazón mismo de la Iglesia. Lo necesitaban, Satanás lo quería. Alterar las fórmulas sacramentales fue nada menos que expulsar a Dios de Su templo. A Cristo lo sacaron de Su ciudad a empellones para matarlo y cuando murió el velo del templo se partió en dos. El templo cristiano quedó vacío.
     La presencia de Dios y el Sacramento desapareció porque su lugar fue ocupado por una conmemoración de la Cena del Señor, por la misa gallinero, por un comistrajo, por un guisote valseado, brincado, inmoral, blasfemo y aburrido. Inculto y vulgar.
     El poderoso Mons. Bugnini declaró el 19 de marzo de 1965 en el OSSERVATORE ROMANO refiriéndose a la nueva misa que "La oración de la Iglesia no debe ser un motivo de malestar espiritual para nadie, y es preciso apartar toda piedra que pueda constituir, aunque sólo sea una sombra de riesgo, un estorbo o un disgusto para nuestros hermanos separados". 
     No era oculta la dirección que tenían esas reformas dirigidas desde la cumbre:  
     1. Protestantizar la Misa;  
   2. igualarla por lo tanto a la "Cena" protestante. El pueblo católico no tiene ninguna referencia para comparar los dos ritos: la misa nueva con la cena protestante. 
    3. Eliminar todo aquello que manifiesta la Doctrina Católica que enseña la presencia real de Cristo en el pan y en el vino, después que el sacerdote pronuncia sobre ellos las palabras consecratorias. Para promover estos cambios, ¿fueron los jerarcas católicos incluido el papa, con toda su indiscutible ciencia teológica tan candidos?, ¿es esto creíble?, ¿no es más evidente que casi todos habían hecho el horrendo voto, y los demás se arrugaron por el miedo o la conveniencia?. Porque es muy cierto que al que no se le convence con la mollera, se le convence con la sopera.
     Hay que saber que la nueva misa ya estaba concebida en el año de 1961 -y tal antes-, aunque haya sido impuesta por Paulo VI hasta 1969. Desde aquel año, ya se establecía que el altar debía estar frente al pueblo; que la Oración Universal se restaurase; que el lavatorio debía eliminarse, a menos que el ministro tuviera sucias las manos y otra serie de cambios que hoy nos los presentan como inspirados por el Espíritu Santo. Desde aquel 1961, curas de avanzada ya oficiaban la misa moderna en ciertas ocasiones, a veces escondidos o avalados por obispos de avanzada, como fue el caso de Cuernavaca en México, con la autorización del obispo hereje.
     Desde luego, todos esos curas de avanzada que decían la nueva misa, habían eliminado el Latín. Todo se decía en idioma vernáculo. Entonces se decía: ahora el pueblo entenderá la Misa, afirmación tan inmensamente idiota, pues, ¿quién entiende la Misa?. Si a veces el pueblo no entiende el significado de las palabras de su propio idioma, ¿pretende entender la Misa?. En una ocasión alguien me dijo que en Español, ya entendía la Misa y le contesté: si ahora ya puedes entender la Misa, dime qué significa consubstancial, palabra que está en la Misa. Pero no se convenció, porque el padre ya dijo que en Español se entiende la Misa. Lo más increíble y deshonesto es que celebrándose un rito protestante, los nuevos curas sigan insistiendo en muchos aspectos católicos que ya no se dan en la nueva misa. Así lo enseña y lo ha enseñado siempre la más elemental Teología Sacramental
     El Concilio de Efeso, celebrado en en año 431, estando el Papa San Celestino I, (Denz, 139) enseñó lo siguiente: "...consideramos también los misterios de las oraciones sacerdotales que, ENSEÑADOS POR LOS APOSTOLES, UNIFORMEMENTE SE CELEBRAN EN TODO EL MUNDO Y EN TODA LA IGLESIA CATOLICA, DE SUERTE QUE LA LEY DE LA ORACION, ES TABLEZCA LA LEY DE LA FE",
     Es evidente que en la Iglesia se celebraron los santos misterios uniformemente y la Liturgia en todo el mundo fue idéntica. La ley de la oración establece la ley de la Fe. La Iglesia lo ha enseñado siempre y para decirlo, hay muy graves, ciertos y profundos motivos, no siempre comprendidos. Pero la pandilla muy bien que sabe esto, por lo cual, con el cambio de la Misa y de la Liturgia mataron dos pájaros de un solo tiro. Dejaron a la Iglesia sin el Sacrificio, y prostituyeron la Doctrina. El argumento de que se están renovando o modernizando, está condenado por ese mismo Concilio de Efeso, pues dice: "creemos ser suficiente lo que nos han enseñado los escritos, de acuerdo con las predichas reglas de la Sede Apostólica; DE SUERTE QUE NO TENEMOS ABSOLUTAMENTE POR CATOLICO LO QUE APARECIERE COMO CONTRARIO A LAS SENTENCIAS ANTERIORMENTE FIJADAS"
     Y no son pocos los documentos del Magisterio que establecen la invariabi1idad de la Doctrina. Un papa verdadero jamás enseñará algo contra el dogma. Nunca se levantará contra los Sacramentos así como sus antecesores enseñaron. Un concilio que con el pretexto de renovar a la Iglesia enseña lo contrario abiertamente o de manera oculta, no habla la Voz de Dios sino la del Diablo.
     Martín Lutero que reconoció en su obra PROPOSITOS DE SOBREMESA sus conversaciones con Satanás, decía que la forma de acabar con la Iglesia, era destruir la Misa. ¿Y no esto hicieron los reformadores del Concilio Vaticano II y toda su murga acompañante?. Ellos introdujeron a Babel en la Iglesia. El Apocalipsis (Cap. XI, 1) dice que la ciudad santa será pisoteada por los gentiles.
     Para la mente diabólica que los modernistas tienen, fue fácil destruir la Misa: "modernizar, cambiar, suprimir, añadir" y dejar al propio arbitrio de los curas las oraciones, incluso las fórmulas sacramentales sin dejar la apariencia de uniformidad y disciplina que es en realidad un mito. Hay un esquema general para los grandes blokes litúrgicos que en general se siguen dando la apariencia para el pueblo tonto que la nueva misa es igual en todas partes.
     La Iglesia tuvo siempre muchísimo cuidado de seguir estrictamente las doctrinas, los dogmas y las formas ya definidas por los papas y por los concilios, para evitar el peligro de la infidelidad, el peligro de la herejía, o el peligro de la invalidación de los Sacramentos. A este respecto el Concilio de Roma, estando en la Sede e1 Papa Nicolás I (858-867) enseñó: que lo afirmado por el Magisterio de la Iglesia, de antiguo observado, "EN MODO ALGUNO PUEDE CONMUTARSE, EN MODO ALGUNO DISMINUIRSE, EN MODO ALGUNO INFRINGIRSE, puesto que el fundamento que Dios puso no puede removerlo conato alguno humano y lo que Dios asienta firme y fuerte se mantiene". También dice el mismo Concilio que la autoridad con la que la Iglesia habló para siempre, "No puede ser sometida a ulterior discución y a nadie es lícito juzgar del juicio de ella". Añade: "No usurpéis lo que es suyo, no le arrebatéis lo que a ella sola le ha sido encomendado".
     San Agustín, advertía, sin embargo, que "Es menester que hablemos conforme a regla cierta, no sea que la licencia en las palabra engendre también impía opinión sobre las cosas que con las palabras son significadas" (Denz. 1658).
     El cambio de significado de las palabras, la sustitución por otras que aparentemente significan lo mismo, la eliminación de partes que aparentemente simplifican, la introducción de textos que aparentemente ilustran al pueblo: el caos, las manos metidas en esta sopa diabólica. Esa es la nueva misa o asamblea de los modernistas.
Mientras la Misa católica, el Sacrificio Perpetuo era despedazado, por la entromisión de toda clase de manos y opiniones, por la acción de los "expertos" liturgistas y canonistas, y por el avance inmisericorde de toda clase de modernistas, ante un camino expedito abierto por la más alta jerarquía y por ese congreso de vociferantes que fue el Concilio, se suceden uno detrás de otro el permiso de recitar el Canon -nuevo desde luego- en voz alta y en idioma vernáculo; la supresión de casi todas las genuflexiones; de la comunión de rodillas; el permiso para decir sólo "El cuerpo de Cristo" al dar la comunión a los fieles; la abolición de mantener el ministro unidos el pulgar y el índice después de la consagración; la abolición de llevar el manípulo; la reducción del ayuno eucarístico a una hora, es decir nada; la orden de introducir la nueva fórmula consecratoria del cáliz que reza "por todos los hombres" y a juicio del ministro también "por todas las mujeres"; la libertad de las abluciones sobre el cáliz después de consumido el vino, pues puede ser antihigiénico, etc., y de toda esa avalancha de novedades que parecen extraídas del orificio excremental del Diablo, y de "ministros" que condenan los signos exteriores de la Fe; las imágenes; los Crucifijos para cambiarlos con las imágenes de Cristo triunfante; los retablos y los altares como si hubiesen penetrado a las iglesias furiosos vendábales y un espíritu hediondo; y de un pueblo ya sin Fe definida, sin vitalidad sacramental, sin fuerza moral; con el cerebro lleno de polvo y escombro y de ceniza negra; indiferente y amarrete; mientras tanto, digo, Juan XXIII, declara gordo y contento (Padre Bonneterre): "La vida cristiana no consiste en una colección de antiguas costumbres". ¡Claro que no!. Ahora su pueblo parecen cantores ambulantes, y comen de pie como en el "Snack-bar" y se van con la boca llena sin tener tiempo de dar gracias. Ya está aderezado el borrego para el sacrificio. El golpe con un cuchillo sagrado lo asestará Paulo VI.
     Indudablemente, la Misa Católica fue expulsada de la Iglesia a empellones. La palabra más propia para describir este acontecimiento en la Iglesia, es la del Hijo de Dios: es la desolación abominable. Pesar, aflicción, sentimiento por lo que se abomina. Dolor y desolación en la Iglesia. Porque le han arrancado el corazón. Porque el presagio no es bueno. Es la señal toral del fin del mundo.

viernes, 12 de octubre de 2012

LA MISA "IN ECCLESIA"

Revista CLAVES
Año I N° 5
Abril 1993

El reduccionismo ritualista de muchos católicos, convierte el rito de la Misa en el centro original y único sobre el cual debe cuidarse. La dinámica propia de ésta deformación preocupante, es precipitarse hacia las formas rituales "tradicionales" de la Misa, sin atender a aquéllas circunstancias que puedan desplazarlas fuera del ámbito de la Iglesia, fuera del ámbito de la Fe.
Y sin embargo, un rito "tradicional" válido puede, sin ninguna dificultad, ser usado en el cisma. Ahora bien, los testimonios de la Tradición al respecto son contundentes. (1)
Sólo en la Iglesia expande sus frutos efectivos la significación oculta de la Eucaristía. No significa necesariamene la invalidez del rito (pues puede efectuarse la transubstanciación) sino su ilegitimidad. Es preciso aprender la diferencia entre invalidez e ilicitud.
Santo Tomás (2) enseña repitiendo la sentencia de San Agustín que "una cosa es no tener algo en absoluto, y otra no tenerlo rectamente". Aquéllos que se separan de la Iglesia no usan rectamente la Eucaristía, ni usan rectamente su potestad de consagrar, "y por tanto, no perciben el fruto del sacrificio que es el sacrificio espiritual". Es decir, que si la Misa no es "in Ecclesia", no se ofrece legítimamente el sacrificio, por consiguiente no puede existir el sacrificio espiritual que "es ciertamente el verdadero fruto".

  Para hablar el sacerdote en la Misa en nombre de la Iglesia, debe pertenecer a la unidad de la Iglesia: "Y por eso si el sacerdote separado de la unidad de la Iglesia celebra la Misa, puesto que no perdió la potestad de orden, consagra el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo; mas por hablarse separado de la unidad de la Iglesia, sus oraciones no tienen eficacia". (3) El sacerdote que celebra el sacrificio en comunión con un cismático, mencionándolo en el canon como cabeza de la Iglesia, y ofreciéndo por lo tanto ese sacrificio en nombre de OTRA IGLESIA , no habla en nombre de la Iglesia Católica, ni pertenece —al menos objetivamente— a la unidad de la Iglesia, ni ofrece un sacrificio verdadero.
Inicialmente concluímos que no hay que buscar la Misa, sino la Fe. El desglose de ambos no es lícito. La Fe sólo la posee la Iglesia en su unidad, y la profesa PUBLICAMENTE (4). La posición cómoda de muchos que sólo piden "sacramentos", constituye un reduccionismo ritualista que linda peligrosamente con el abandono de la verdadera Fe, y aún la Fe expresada de un modo cultual.
Se trata entonces de un plano superior, más elevado pero por lo mismo más diáfano: el vínculo con la Iglesia es la Fe. La "Fides" constituye entonces un ámbito fuera del cual no es posible que exista la potencia espiritual plena del sacramento; más aún, en muchas ocasiones en la historia magna de la Iglesia, tuvieron , los católicos, que abstenerse de la comunicación ritual por motivos de Fe, o de unidad en la caridad. (5)
El Altar es uno, sólo uno. Únicamente respetando la dimensión real de esta verdad, se podrá evitar que se eleve "altar contra altar", como reclamaba San Optato de Milevi (6). El altar es uno porque el culto es culto de la Iglesia, que es una y es la Iglesia la que centra en su quicio definitivo la acción cultual (7). El culto es "in Ecclesia".
Tan lamentablemente adormecido el amor a la Iglesia en el mundo, tan mortificado el sentido de la Fe, tan lejos como estas dos constantes, estamos de los cristianos de los siglos primeros. Tanta nuestra comodidad, cuanto el enfriamiento de la caridad.
Es responsabilidad gravísima del sacerdote y el obispo católicos proferir la Fe: decir la Fe, pública y abiertamente. Sólo de ese modo se le proporcionará a las almas el modo de conocer el seno de la Iglesia.
Por último, el reduccionismo ritual, por ser restrictivo y resolutivo en un plano en el fondo meramente material, no hará nada eficaz en orden a la recapitulación crística de las cosas. La "Misa en casa" terminará con los últimos mecenas y con sus personas cuasi episcopales se dispersará el rebaño.






NOTAS: 
(1) Pelagio I dice que "aquéllos que se segregan a sí mismos no pueden tener el sacrificio" (P.L., 69,412). San Gregorio Magno: "En la sola Iglesia Católica es inmolada la verdadera hostia del Redentor" (Moralia in Job, 1. XXXV,C.8,N.13.- P.L.,76,756C-.) "La Víctima —dice Orígenesno puede ser llevada fuera de la mansión sagrada" (Hom. in Pasch., I, N.15 ). San Alberto Magno afirmaba en su Liber de sacramento eucharistiae: "Extra Ecclesiam non est Deus in sacramentis" (d.3, tract. 3, c.2. n.4). San Agustín: "Quien recibe el misterio de la unidad sin el vínculo de la paz, no lo recibe para su bien, sino que es un testimonio en su contra" (Sermón 272, P.L., 38,1248).
(2) Supl. q. LXXXII, a. 7
(3) Id. ad 3um.
(4) "La Fe tiene necesariamente una dimensión excluyente, porque tiene un perfil. E insisto: Fe, en la condición epocal de la historia, es proferición de la Fe, es semántica de la Fe" (Carlos Disandro, "La crisis de la Fe..." Ed. H. Vol. La Plata, 1986).
(5) Arrianismo, cisma donatista, etc.
(6) Adv. Donat.
(7) Enc. "Mediator Dei"; deS.S. Pío XII.

ACABA!...




Halcón de alas negras.
Acaba tu obra.
¿Mataste las aves?
El nido destroza.
Cruel desengaño,
 ¿Mataste mis dichas?
Pues ábreme el pecho,
 ensancha la herida
y arranca del fondo
 la víscera fría,
en donde anidaron
mis aves perdidas.
Ya el pecho está muerto
Ya el alma está sola...
¡Halcón de alas negras,
Acaba tu obra!...

Mons. Vicente M. Camacho

LA ALEGRIA DE LA CASA



Los antiguos, que en cuestión de leyendas no eran en absoluto avaros, inventaron una curiosa a propósito de la araña.
En un principio este insecto era, según ellos, una hermosa joven princesa, de nombre Aracne, muy hábil en todos los trabajos de aguja, pero desgraciadamente, soberbia como Lucifer y corajuda como ella sola.
Un día se le ocurrió la idea de competir en el bordado con Minerva.
¡Figuraos la escena! Un pobre ser, aunque de prosapia real, querer compararse con la diosa del arte y de la ciencia.
Minerva llamó en su ayuda al Olimpo y, es inútil decirlo, obtuvo la victoria.
Entonces, para vengarse, convirtió a la joven temeraria en una araña asquerosa.
De este modo la princesa, en un tiempo la "estrella" de la corte, se convirtió en ese insecto egoísta y solitario, que rehuye la compañía de sus semejantes y que se vale siempre de la astucia y de la violencia.

La leyenda es pura invención, como le son todas las leyendas y todas las fábulas, pero encierra en figura fenómenos reales que muchas veces ocurren entre las jóvenes.
Muchas jóvenes, de pequeñas, constituyen la alegría y el consuelo de la familia de la cual son las reinas. Pero llegadas a la adolescencia dan rienda suelta a un gran número de caprichos, rehuyen de la compañía de las amigas y hasta de la mamá, se hacen como arañas egoístas e insoportables.
De estas chicas se encuentran en todas partes y, más o menos casi todas tienen las mismas manifestaciones.
Por la mañana se demoran demasiado en la cama y dan motivo a que se les llame repetidas veces. Finalmente cuando ya se ven obligadas a levantarse, lo hacen con caras funerarias, terriblemente descontentas y malhumoradas.
Durante el día, si están en casa, se ocupan casi exclusivamente de su propia persona, sin preocuparse de quienes las circundan, incapaces de cualquier signo de cortesía.
Después, si deben salir a clase, o por cualquier otro motivo, no se preocupan de saludar a los familiares, sino sólo de arreglarse.
Cuando no encuentran todo según su propio capricho, arremeten contra todos y contra todo, golpean las puertas y prorrumpen en frases incoherentes.
Solamente cuando se encuentran con los extraños se esfuerzan por mostrar un rostro sonriente, porque comprenden ellas mismas que en ese modo no se pueden presentar en sociedad.
Entonces brindan a profusión las sonrisas que injustamente han negado a las personas de la propia familia.

Tú no seas así. Recuerda que la joven en casa debe ser como un rayo de sol que ilumina los ánimos, que inflama los afectos y fomenta la virtud. Debe ser el sostén de los abuelitos, el consuelo de los padres, la alegría de los hermanos, el refugio de los pequeños. Después vive tu jornada en la intimidad familiar, en la realidad cotidiana, sin abrigar los ensueños de una felicidad irreal, o la falsa convicción de ser una víctima inocente.
En la práctica:
Por la mañana, cuando te levantes, abre la ventana y canta a Dios el agradecimiento de tu corazón por el nuevo día que te concede. Esparcirás así un poco de esa alegría que proviene de un ánimo bueno.
Da los buenos días a todos: papá, mamá, abuelitos, hermanos y hermanas. Interésate por si puedes prestar a alguien tu ayuda y prodígate alegremente.
¿Debes salir de casa? Saluda a todos amablemente y pórtate de modo que los que se queden sientan la nostalgia de tu presencia y cuenten, por decirlo así, las horas que los separa de tu regreso, deseosos de tenerte nuevamente entre ellos.
Si estás en casa —lo que es preferible— embalsama el ambiente con la fuerza y la poesía de tu juventud.
No se te haga pesado trabajar, traficar, arreglar tu casa, darle el aspecto que la hace acogedora y agradable.
¿Tienes sirvienta? No desdeñes ayudarla en los pequeños quehaceres, especialmente en los días de mayor trabajo.
¿No la tienes? Recuerda que el trabajo más pesado está reservado a ti. Tu madre lo ha hecho ya mucho tiempo. Ahora a ella le toca el cuidado y la dirección; a ti el trabajo y la fatiga.
Cuando a casa lleguen tu papá y tus hermanos, acógelos con una sonrisa, disponte a prestarles servicio, a escuchar lo que ellos quieran expresar, sin mostrar nunca aburrimiento.
Si por acaso eres reprendida porque no hayas logrado contentarlos, no te ofendas, sino contesta con buen modo, dando a entender que sientes no haberlos satisfecho y que otra vez lo harás mejor.
Sé la confidente de tus hermanos y hermanas menores. Interésate de sus cosas para hacer alegre e inocente la mañana de su vida.
Acude presurosa adonde sea necesaria tu obra, sin llamar la atención y sin hacer pesar tu sacrificio. Disipa los nubarrones inevitables de la vida familiar con la sonrisa y la bondad.
Por la noche no te acuestes nunca sin haberlos visto a todos contentos.
Haz finalmente, obra de apostolado familiar de manera que todos sientan y practiquen la vida cristiana, en la fe sincera, en el cumplimiento de la ley de Dios y de la Iglesia.
Inculca en todos la convicción de que la verdadera paz íntima y familiar es fruto de la bondad.
Preocúpate de la felicidad presente de todos y de cada uno de tus familiares y, sobre todo, preocúpate de su salvación eterna, para que un día puedas reuniros todos en Dios para siempre.
¡Quizá tu madre ha trabajado ya mucho en esta obra! Une tu obra a la suya y vuestra alianza os ayudará a realizar el ideal.
Pero por favor no prediques.
Arrastra en cambio con el ejemplo, con el prodigarte sin reserva y con la oración, por que, recuérdalo, la Sagrada Escritura enseñe que nosotros podemos sembrar y regar, pero sólo Dios puede dar el incremento de la gracia.

CRISTO EN EL EVANGELIO

     El joven cristiano abre el Evangelio y Dios se le presenta también bajo la expresión inspirada de la divina Palabra.
     Allí ve a Cristo pasar a las orillas de los lagos de Galilea, por las colinas de la Judea, a través de los campos de trigo y de las viñas en flor.
     Allí ve en el trabajo a este Maestro divino de las almas; lo oye hablar, lo ve actuar como Dios, lo ve sufrir y morir como hombre.
     Allí, en el libro de oro, traído por Dios mismo a la tierra para su salvación, aprende las santas máximas, los divinos preceptos, los sagrados misterios, la ciencia del reino celestial.
     Allí aprende a creer, a amar, a esperar, que son conocimientos más útiles a los infelices hijos de Adán que todos los demás juntos, porque sólo ellos pueden sostenerlo y consolarlo en este valle de lágrimas.
     Allí, en fin, se descubre a sus ojos el Ideal viviente, el modelo amable y grandioso a la vez, sobre el cual debe conformar su vida.
     No; ningún libro vale tanto como éste, porque es el único que contiene a Dios, el único que nos explica nuestra razón de ser, el único que nos enseña la ciencia de nuestro celestial origen y nuestro fin inmortal, el único que nos indica la ley y el camino.
     El que lo medite podría excluir todos los demás libros, porque el Evangelio es el único que encierra la revelación de la verdad, de la virtud y de la felicidad.
     Feliz el joven que hace sus delicias de esas páginas adorables de donde tantos otros, antes de él, han extraído la luz.
     Llegará a ser el discípulo de Jesús; oirá resonar en lo más profundo de su corazón las inenarrables enseñanzas de la Voz divina.
     En esta gran escuela aprenderá la ciencia del sacrificio; se dejará arrancar de la tierra y trasladar más alto que el cielo, al mundo de la pureza y de las intimidades sobrenaturales.
     Reproducirá en él los rasgos de su Maestro: será dulce y humilde de corazón, compasivo y caritativo, generoso y sacrificado, paciente y fuerte, apartado de todo lo que es perecedero y apegado a todo lo que es eterno; ¡será otro Cristo!