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miércoles, 17 de octubre de 2012

MARTIRIO DE SAN VICENTE, DIACONO, DE ZARAGOZA, BAJO DIOCLECIANO

I. Es muy probable que el enemigo tuvo envidia de la gloria que a Vicente habia de resultar de que se escribieran las actas de su martirio. De ahi que hayamos de atenernos con fe plena al solo relato de sus gestas, que no sin razón prohibió el juez se consignaran por escrito, pues se avergonzaba de oirse llamar vencido. Y, en efecto, traza natural es de los que malamente yerran borrar todo vestigio de bondad. Mas, una vez que nos disponemos a dar noticia a los fieles del noble triunfo del mártir, digna cosa es que también, con brevedad, hagamos mérito de la nobleza de su linaje. Su padre, en efecto, fuE Euticio, hijo a su vez del nobilísimo cónsul Agreso; y su madre, Enola, natural de la ciudad de Huesca. Entregado desde su niñez a los estudios, por disposición de la celeste clemencia, que le destinaba para ser un día vaso de elección suyo, brilló eficacísimamente en la doble ciencia bajo la dirección del bienaventurado Valerio, obispo de la ciudad de Zaragoza. De su mano fue levantado, por su insigne santidad, a la ciudadela del diaconado. El obispo era, como se sabe, de tarda lengua, y así, encomendando al venerable Vicente el ministerio de la doctrina, se entregaba él, fervoroso, a la oración y divina contemplación. Y a la verdad, Vicente, arcediano, hizo muchas veces, con diligencia y oportunidad, las funciones de pontífice supremo.

II. Sucedió, como lo atestiguan las palabras de muchos, que un tal Daciano, presidente gentil y sacrilego, recibió casualmente poder de sus señores y príncipes, Diocleciano y Maximiano, para ensañarse contra los cristianos en la ciudad de Zaragoza; y, ladrando por la rabia de profana credulidad, agitado por espíritu de maldad, dió orden de que fueran detenidos los obispos y sacerdotes y todos los otros ministros de la sacra jerarquía. Inmediatamente el obispo Valerio y el arcediano Vicente, apoyados en la firmeza de su fe y en la esperanza de gozar de la victoria, corrieron alegres a la confesión de la Divinidad, teniendo la certeza de que tanto más felices habían de ser cuanto más duros suplicios del tirano lograran superar con piadosa largueza de corazón. De ahí que la dilación del combate y de los sufrimientos les parecía disminución de recompensa.

III. Mas el juez Daciano, con fin de quebrantar con las penalidades del camino a quienes veía no poder vencer por los suplicios, mandó en primer lugar que, bajo guardia carcelera, con escasez de comida y cargados de cadenas, se condujera a los santos de Dios a Valencia. Habían éstos tenido que soportar en sus cuellos y manos pesos enormes de hierro, y por todos sus miembros habían sentido suplicios de muerte, de suerte que pudo creer el juez que estaban rendidos a tanto maltratamiento y que, por tanto tiempo separados de todo humano trato, no habían de tener fuerzas ni de cuerpo ni de espíritu. Pero temiendo que su misma crueldad cediera en propio daño, mandó que los sacaran de la cárcel y trajeran ante su tribunal, pues no quería que terminaran sus vidas sin pasar por los tormentos. Con ello se proponía el tirano no perdonarlos ni aun después de muertos, si se negaban a aceptar el culto de sus dioses. De ahí que, espantado a su vista, pues los hallaba enteros de cuerpo y de fuerzas y como si los suplicios de la cárcel les hubieran dado nuevo vigor, dijo a sus esbirros :
—¿Por qué habéis dado a éstos más abundante comida y bebida?
Y es que se maravillaba, ciego de furor, de que se hallaran más fuertes aquellos a quienes Dios había alimentado. Y luego, volviéndose al obispo:
¿Qué haces tú, Valerio?—le dijo—. ¿Por qué, so capa de religión, estás obrando contra los príncipes? ¿No sabes que quienes desprecian los edictos imperiales se juegan la vida? Los señores y príncipes de la redondez de la tierra han mandado que cumpláis con las libaciones de los dioses y no profanéis con nuevas y nunca oídas leyes la dignidad de la antigua religión. Así, pues, atiende obedientemente lo que te avisamos, pues si ven que tú, obispo de esa religión, no has despreciado nuestras advertencias, fácilmente han de seguir los inferiores tu ejemplo. Y lo mismo tú, Vicente, a quien honra no sólo la nobleza de tu familia, sino también la gracia de la gratísima juventud, escucha saludablemente mis palabras. En resolución, manifestad lo que de mancomún sentís, a fin de que, o seáis colmados de honores si consentís en lo que os aconsejo, o, de rechazarlo, seáis sometidos a tormento.


IV. Callaba a todo esto el obispo, pues era hombre de maravillosa sencillez e inocencia; hombre instruido en la ciencia, pero, como ya indicamos, tardo de lengua. De ahí que le dijera Vicente:
—Si me lo mandas, padre, yo atacaré con mis respuestas al juez.
Y el bienaventurado Valerio:
—Tiempo ha, hijo carísimo, que te encomendé el cuidado de la divina palabra; pues ahora te encargo también que respondas por la fe, en cuya defensa estamos ante el tribunal.
Entonces Vicente, cuya alma entera tenía ya plena conciencia de la corona del martirio, vuelto a Daciano:
Hasta ahora—dijo—, todo tu discurso se ha dirigido a invitarnos a renegar de la fe; pero has de saber que para los cristianos es prudencia criminal blasfemar de cualquier modo, renegando del culto de la divinidad. Y para no alargarme demasiado, nosotros profesamos el culto de la religión cristiana y nos declaramos servidores y testigos del solo y verdadero Dios que permanece por los siglos. En su nombre, tomamos las armas del espíritu, para luchar constantemente contra los rebuscados argumentos de tu astucia, sin miedo alguno a tus amenazas y suplicios; antes bien, abrazando muy gustosos la muerte por la verdad. Por tus suplicios, en efecto, nos preparamos para la corona, y por la muerte somos conducidos a la vida. Que sirva, pues, a la crueldad diabólica la carne que ha de perecer en los castigos, pues el hombre interior ha de guardar incontaminada la fe a su Creador. En efecto, aquella venosísima serpiente y homicida insaciable, envidiosa de la felicidad de los primeros padres en el paraíso, los despojó de la dignidad de inmortales y los sometió y derribó miserablemente a la muerte; ésa es la que os fuerza a atacar la inocencia cristiana con tormentos y muertes. Ella, por ardid de su malignidad, estatuyó que los ídolos fueran adorados en lugar de Dios, pues le duele que los hombres puedan, por la obediencia, volver a aquel lugar de donde se sabe que cayó ella por su soberbia. Ella es la que nosotros, por la divina invocación, arrojamos con sus satélites de los cuerpos humanos; ella, a la que vosotros, con vanísimas quimeras, rendís el culto de profanas ceremonias, y con nueva demencia preferís la criatura al Criador. De ahí que el diablo se encendiera contra la fe cristiana y, al verse despreciado y vilipendiado, bramó de rabia.


 V. Fuera de sí por la ira, el presidente Daciano dijo:
—Sacad de aquí al obispo, pues es justo sufra la pena del destierro, por haber despreciado el edicto imperial. Mas a este rebelde, que se ha desatado en públicas injurias, hay que someterle a mas duros tormentos. Veo, en efecto, que su fogosidad necesita mayores suplicios, pues cuando se le dé la tortura, él lo ha de tomar por gloria. Sujetadle al potro, y allí decoyuntadle los miembros y desgarradle todo el cuerpo. Este castigo sea preludio de los tormentos.
Mientras así se hacía, el presidente Daciano dijo:
—¿Qué dices, Vicente? ¿Dónde ves ya tu miserable cuerpo?
Mas él, fortalecido por la presencia de Dios, respondió con alegre rostro:
—Esto es lo que justamente siempre he deseado: esto ha sido el objeto de mis más fervientes votos. Nadie ha sido más amigo mío, nadie más familiar que tú. Tú solo me has dado los máximos gustos. Mira cómo ya me levanto en alto y desde aquí, más elevado que el mundo, desprecio a tus mismos príncipes. No quiero que disminuyas mi gloria ni hagas agravio a mi alabanza. El siervo de Dios está pronto a soportarlo todo por el nombre del Salvador. Levántate, pues, y con todo tu espíritu de malignidad entrégate a la orgía de tu crueldad. Ya verás cómo yo, sostenido por la fuerza de Dios, puedo más en soportar tormentos que tú en infligirlos. La crueldad que respiras no ha de hacer sino acrecentar mi gloria, pues serás vencido entre los más graves suplicios con que intentes aniquilarme; por lo cual siento gozo singular, pues al mismo tiempo que padezco soy vengado.
Entonces empezó Daciano a dar gritos y a enfurecerse contra los atormentadores y verdugos, moliéndolos a palos. Así fue cómo el santo, seguro por unos momentos de pena alguna y apoyado por el auxilio de Dios, contemplaba cómo el diablo vejaba a sus propios ministros y a quienes de verdad tenía en su poder. Dijo, pues, Vicente:
—¿Qué dices, Daciano? Ya me estoy vengando de tus esbirros; tú mismo me has procurado la venganza al castigarlos.
Mas el ministro del diablo, a grandes gritos, empezó a dar más rabiosas órdenes, a rechinar de dientes, y mientras despedazaba al mártir, se desgarraba más bien a sí mismo. Cesaron, por fin, los atormentados verdugos, y, cansado el escuadrón de esbirros, mientras estaba colgado de los costados del santo, se sentía desfallecer. La cara de los atormentadores se quedó pálida; la robustez de los fuertes se marchitó; los miembros, húmedos por los riachuelos de sudor, se derritieron; temblaba a los fatigados el pecho jadeante, de suerte que cualquiera pensara que eran más bien ellos los que sufrían en los tormentos del mártir. Pálido el mismo Daciano, con pecho tembloroso, con torvos y amenazantes ojos, empezó a gritar a sus soldados:
—¿Qué hacéis? Porque yo no conozco vuestras manos. Muchas veces vencisteis la pertinacia de los homicidas recalcitrantes y rompisteis los profundos silencios de parricidas y magos. Los mismos arcanos de los adúlteros quedaron patentes a vuestros golpes, y todo el que temió morir por la confesión de su crimen, por su confesión fué llevado a la muerte. Hoy, por lo contrario, oh soldados de mis príncipes, no somos capaces de reducir a silencio a quien se desata en injurias contra nuestros emperadores, de suerte que siquiera por respeto a nosotros se calle. Los que a otros hemos forzado a confesar para su propia muerte, a éste, para deshonra nuestra, no le podemos mandar que calle. Detened por unos momentos vuestras diestras, recuperad fuerzas, a fin de que, soldados de refresco, castiguéis más duramente al tenaz enemigo. Que una más afilada uña escudriñe lo más recóndito de las entrañas, y que el dolor, penetrando a lo más íntimo, le obligue a lanzar gemidos, no vituperios.
Entonces, nuevamente, con suave sonrisa, dijo Vicente :
—Esto es por cierto lo que se lee: Que viendo no verán y oyendo no entenderán. Porque yo confieso a Cristo Señor, Hijo del Padre altísimo, único del Unico, y a Él proclamo, junto con el Padre y el Espíritu Santo, por un solo Dios. Así, pues, por confesar yo la verdad te empeñas en que la niegue. Por cierto que debieras atormentarme si mintiera y si a tus príncipes diera nombre de dioses. Mas atorméntame todo el tiempo que quieras y no te des punto de reposo en mi castigo, para que así siquiera sospeches, por más sacrilego espíritu que te domine, que hay una verdad probada y me reconozcas a mí por su confesor invencible. Porque los que tú me mandas confesar por dioses no son sino ídolos de piedra y de madera. Tú puedes ser su testigo; tú, de dioses muertos, seas muerto pontífice. Por mi parte, sólo al Dios verdadero ofrezco sacrificio, a Él, que es bendecido por los siglos.


VI. Mas el presidente, hirviendo de extrema saña, mudada toda su faz de hombre, tenía fija la mirada en el cuerpo del bienaventurado mártir y derramaba el veneno de sus pestíferos ojos, contemplando cómo corría a chorros la sangre, no sólo de los costados, sino de todos los miembros. Las entrañas se veían patentes; los miembros, descoyuntados. Ya no tenía Daciano por qué irritarse contra sus esbirros; pero él mismo se maravillaba de verse vencido. Díjole, pues, al mártir:
—Ten lástima de ti mismo, Vicente. No pierdas esa flor de tu edad, ahora en plena primavera; no acortes una vida que está en sus mejores años. Ten cuenta con los suplicios, a fin de que, aunque tarde, escapes siquiera a los tormentos que aun quedan.
Mas él, lleno del Espíritu Santo, contestó:

—¡Oh venenosa lengua del diablo! ¿Qué no harás en mí, cuando quisiste tentar a nuestro Dios y Señor? No temo cualesquiera suplicios que en tu cólera me infligieres. Lo que pudiera temer es esa tu fingida compasión. Vengan, en fin, todas las penas, y si algo puedes con tu magia, si algo con tu arte perversa, si algo con tu malignidad, ejecútalo. Porque bajo tu amarguísimo veneno tienes que experimentar la dulce fe y fortaleza del ánimo cristiano, porque Aquel nos da fuerzas para sufrir que a los suyos dice en el Evangelio: No temáis a aquellos que matan el cuerpo, pero no tienen nada que hacer al alma (Mt. 10, 21). No disminuyas un ápice tus tormentos, a fin de que tengas qué confesarte en todo vencido. 

VII. Después de esto, dijo Daciano:
—Que pase a la tortura de ley y recorra los más dolorosos tormentos y, si tanto tiempo dura su alma, por lo menos que se rindan sus miembros entre los suplicios. Mientras viva, no puede ése vencerme a mí.
A lo que respondió Vicente:
—¡ Oh feliz de mí! Todas esas amenazas tuyas son gloria para mí, y cuanto mayor sea el terror, más colmada es mi dicha. Así, pues, cuanto más gravemente te irritas, tanto mejor me compadeces.
Bajado entonces Vicente del caballete, fue llevado por sus verdugos al suplicio del fuego, y adelantándose casi a sus atormentadores, cuya lentitud reprendía, caminaba presuroso al sufrimiento. En efecto, mandó el feroz esbirro traer el lecho con sus barras de hierro, y que, amontonando debajo carbón, pusieran en él al mártir de Dios para abrasarle las carnes. Así, pues, el intrépido atleta de Dios sube por sí mismo a la máquina de hierro candente. Es atormentado, flagelado, abrasado y, con sus miembros descoyuntados, se crece para el dolor. Le aplican también al pecho y miembros la apretada aspereza de las láminas rusientes y, al correr por las puntas del hierro candente el licor, la estrindente llama se rocía de grasa. Las llagas hieren otras llagas; los tormentos se ensañan sobre tormentos. Granos de sal, que crepitan esparcidos en el fuego, salpican los miembros del mártir y son como saetas que se disparan, no ya sólo sobre su piel lacerada, sino sobre sus mismas recónditas entrañas. Y como ya no quedaba parte alguna entera del cuerpo, una llaga renueva otra llaga. Sin embargo, el siervo de Dios permanece inconmovible, y, levantados al cielo los ojos, oraba al Señor.


VIII. Entre tanto, Daciano, solícito, con torcida solicitud, del beatísimo Vicente, se informaba de los soldados que acudían a él sobre lo que el mártir hacía o decía. Estos, afligidos y casi tristes de tanto trabajar, le comunican que había pasado con rostro alegre y ánimo más fuerte que nunca por todos los suplicios, y que, con más pertinaz confesión que de principio, seguía confesando a Cristo Señor:
¡Ay!—exclamó Daciano—: estamos vencidos. Sin embargo, un suplicio queda todavía. Si su pertinacia no puede doblegarse, que persevere siempre en el castigo. El espíritu que no puede ser forzado, que sufra la pena. Buscad, pues, un lugar tenebroso, al que oprima techo apretado, separado de toda pública luz, condenado a eterna noche y peculiar a su crimen, una cárcel, en fin, de la propia cárcel. Esparcid bien allí por el suelo todo pedazo de puntiagudas tejas, a fin de que cualquier parte de su cuerpo que tocare, al echarse, los cortados fragmentos, se clave en las ásperas puntas y el mismo cambio de postura sea renovación del dolor. En fin, que tropiecen siempre los miembros con lo mismo que tratan, volviéndose, de huir. Bien apartadas y distendidas sus piernas, apretadle los pies en el cepo, hasta que, desgarrados sus miembros, expire este rebelde a los príncipes.
Luego dejadle encerrado en las tinieblas, a fin de que ni con los ojos respire a la luz. No quede allí hombre alguno, para que no se anime ni con la compañía de palabra alguna. Todo esté cerrado y con los cerrojos echados. Sólo habéis de tener cuidado de anunciarme, en el momento que expire, su muerte.
Los esbirros cumplen sin dilación lo que el juez había mandado y encierran en horrendo ergástulo al fortísimo atleta de Dios. Mas apenas el primer sueño había soltado los cansados miembros de los guardianes, lo que Daciano había inventado para castigo y muerte durísima se convirtió, por disposición divina, en gloria. La noche de aquella cárcel es invadida de eterna luz, arden candelabros más radiantes que el sol, saltó en pedazos el leño del cepo y la dureza de las tejas se torna fragancia y blandura de olorosas flores y, con todo ello recreado el atleta de Dios, entona jubiloso un himno y cántico al Señor. La horrible soledad queda poblada por la muchedumbre de los ángeles, y, rodeado de ellos, como de una muralla, el mártir egregio era recreado con venerando obsequio y halagado con dulce coloquio:
Reconoce, oh Vicente—le dicen—, por cúyo nombre has combatido fielmente. Él es en verdad quien te guarda una corona en los cielos, pues Él te hizo vencedor en los suplicios. Está, pues, ya seguro del premio, porque muy pronto, dejado el peso de la carne, has de ser añadido a nuestra compañía.
Entónanse en aquel punto alabanzas a Dios y, resonando el órgano de la voz angélica, la suavidad de la melodía se difunde a lo lejos. Mas, turbados súbitamente los guardias, se llenaron de pavor, y atónitos y estupefactos tratan de explorar con más certeza el milagro. Se dirigen a las puertas, que hallan cerradas, y, mirando por sus rendijas, contemplan a los ministros de Dios, coruscantes de sidérea belleza: el antes antro tartáreo, horrible por sus tinieblas, brillaba ahora de inmensa luz; los pedazos de tejas eran manojos de flores, y el santo mártir de Dios, sueltas todas sus ataduras, se paseaba entonando himnos. Heridos inmediatamente de divino terror y reverencia, los carceleros abandonaron el error de la gentilidad y abrazaron la religión cristiana, deseando ofrecer bien distintos obsequios a aquél en cuyos tormentos se habían antes ensacado. Acudió también la muchedumbre de fieles del contorno, que hacía tiempo estaba triste por los suplicios del mártir y se alegraba ahora de la gloria por el cielo concedida. El bienaventurado Vicente les dijo:
—No temáis ni penséis que son de despreciar las alabanzas de Dios. Antes bien, irrumpid presurosos y contemplad tranquilos con vuestros ojos los consuelos procurados por angélico ministerio. Donde dejarais tinieblas, gozad de luz, y quien pudierais creer que gemía entre suplicios, regocijaos de verle entonar jubiloso las alabanzas de Dios. Se han desatado las cadenas; me han crecido las fuerzas, y suaves lechos han recreado mi cuerpo. Maravillaos más bien y proclamad en pregones verdaderos que Cristo es siempre vencedor en sus siervos.
Informen, pues, a Daciano de la luz de que gozo. Invente, si puede, algo más, y añada nuevos títulos a mi gloria; no intente disminuir mi alabanza, sino ejecute cuanto le dictare todavía su furia de bacante. En verdad, sólo temo su misericordia, no parezca me quiere perdonar.

IX. A esta noticia, Daciano quedó pálido y temblando y, al fin, rompió en estas palabras:
—¿Y qué más podemos hacer? Estamos vencidos. Llévesele, pues, a un lecho y póngansele blandos colchones. Porque no quiero hacerle más glorioso, si le hago morir entre los tormentos. Un breve descanso puede rehacer los machacados miembros, y cerrado en cicatriz el surco de las heridas, podrá, renovado él mismo, ser sometido otra vez a renovados y exquisitos suplicios.
Mas cuando Daciano estaba vanamente tratando de suplicios, Cristo disponía clementemente a su mártir el premio. En efecto, llevado el mártir de Dios a la cama y puesto por mano de los fieles en blando colchón, al punto, desatado por preciosa muerte, entregó su espíritu al cielo. Allí era de ver cómo toda la concurrencia de hermanos que le rodeaban besaban a porfía los restos del santo; palpar con piadosa curiosidad las llagas de todo el deshecho cuerpo, empapar lienzos en sangre, sacra reliquia protectora de lo por venir.


X. Sabida, pues, su muerte, Daciano, vencido ya y confuso, dijo:
—Si no pude vencerle vivo, le castigaré, por lo menos, muerto. Ya no hay espíritu que resista; ya no hay alma que me dispute la victoria; con un cuerpo vacío no hay combate. Voy a saciar mi furia con nuevos suplicios sobre su cuerpo exangüe. Me hartaré ahora de castigarle, ya que no pude alcanzar sobre él victoria. Arrojadle, pues, a campo raso, sin nada delante que lo defienda, para que el cadáver exangüe no reciba el honor de la sepultura y, totalmente consumido por fieras y aves, no deje rastro de sí, no sea que los cristianos, recogiendo sus reliquias, se lo vindiquen como mártir.
Expuesto, pues, para los suplicios el venerable cuerpo, sin ropa alguna, nuevamente fue honrado por la guardia y obsequios de los ángeles. No le guardaba mano alguna de hombres que, al cabo, pudiera corromperse, ni siquiera la pía conmiseración de los santos que se alegraban, con júbilo común, de poseer tan grande mártir. Y pienso yo que no sin divina disposición se le negaron los obsequios humanos, a fin de que se viera mejor que no había faltado la guardia divina. Así, pues, un cuervo, ave lenta y muy perezosa, posado no muy lejos del cuerpo, ostentando el negro vestido de luto de su especie, espantaba de lejos, con el batir de sus veloces alas, a las demás aves que se acercaban, y hasta, precipitándose valientemente sobre él, arrojó a un enorme lobo que de súbito se presentó junto al cadáver. El lobo, levantada su cerviz, se quedó clavado contemplando el sagrado cuerpo y, a lo que creemos, se maravillaba de la angélica guardia. Con ello se nos ha dado ahora a nosotros repetida una historia de la antigüedad por ave semejante. La que en otro tiempo, con pico lleno, llevó la comida a Elias, ahora rendía al santo mártir Vicente los servicios que se le mandaron.


XI. Cuando Daciano tuvo de ello noticia, aterrado, dijo al mensajero:
—Pienso que ya ni muerto le podré vencer, pues cuanto más cruelmente le persigo tanto le hago con mi crueldad más glorioso. Mas ya que en tierra no pudo consumirse, sea sumergido en alta mar, para que no tengamos que avergonzarnos a diario ante los ojos de todo el mundo. Que, por lo menos, los mares encubran su victoria. Cósase, pues, el cadáver dentro de un saco de parricida y, puesto en un esquife y entrando en alta mar, arrójenle los marineros a lo profundo y allí devoren los hambrientos peces los jirones de su cuerpo o sea desgarrado por boca de algún marino monstruo, ya que no le tocó, cobarde, fiera alguna de tierra. Mi fiel ministro no se descuidará de atarle una piedra de no pequeño peso, no sea que, llevado el cadáver por la móvil onda a ignota orilla, allí alcance la aquí negada sepultura. Más bien, traído y llevado por las olas, estrellándose mil veces contra los escollos, totalmente desaparezca, a fin de que, ni aun muerto, halle entre los peñascos descanso.
Mira qué haces, cruelísimo Daciano. Haces a nuestro mártir glorioso en otro elemento. Así, pues, tal como se mandó, cosen el cadáver del justo y, metido en el saco hasta el cuello, le atan con duras cuerdas una piedra de molino. Entonces un tal Eumorfio, hombre de alma profana y sacrilego espíritu, que había prometido a Daciano prestarle este funesto servicio, recogiendo de la ciudad un grupo de marineros, se disponía a llevar a cabo su infando crimen. Súbese, en efecto, en la nave con su formado escuadrón, y, fiel a su criminal promesa, da orden a sus compañeros que se adentren por largo y dilatado espacio, y los navegantes, incitados por su capitán, cumplen sin demora la orden. Ya se habían escondido a sus ojos las cimas de los montes y toda costa se había desvanecido; por lo que, temiendo los marinos no los deportaran a otra provincia, hundieron el cadáver en lo profundo del mar. Volvían gozosos a Daciano, con la idea de llevarle a su presidente los primeros gozos; resonaban discordes aplausos y con marinera algarabía gritaban que había, por fin, desaparecido Vicente de la vista de todo el mundo. Deseosos de ser los primeros en dar la noticia, se apresuraban en volver con suma celeridad. Mas el cuerpo del bienaventurado mártir, como quien navegaba llevando a Dios por piloto, se adelantó a aquellos fortísimos remeros de Daciano, y el que éstos creían estar sumido en los profundos abismos del mar, había ya llegado al puerto del descanso, y antes halló el honor de la sepultura que pudieran anunciar que se hallaba expuesto. Así, con esclarecidos milagros divinos; se mostraba ser invencible, aun después de muerto, el soldado de Cristo, pues ni los suplicios pudieron vencerle ni los mares sorberle. Y, en efecto, no le abandonó el Señor piadoso en el día de su combate, pues al esforzarse en combatir fielmente en sus mandamientos, le concedió aplastar la cabeza de la antigua serpiente.


XII. Entre tanto, apareciéndose el santo a cierto hombre en éxtasis, le indica que había sido llevado a la orilla, señalándole el lugar en que yacía. El hombre se mostró un tanto dudoso de su visión y demasiado tardo en cumplir el servicio que se le señalaba; por lo que, avisada en sueños cierta viuda, por nombre Jónica, tan llena de años como de santidad, recibió las verdaderas señales del cuerpo yacente. Se le indicó, en efecto, el lugar en que, arrojado por las olas, la blanda arena le había levantado una tumba, y el mar mismo, amontonándola, le había tributado el honor de la sepultura. No dudando ella que la visión se le había mostrado por disposición divina, hizo ocultamente que llegara a conocimiento de muchos fieles de la religión cristiana y fervorosamente los exhortaba a que la acompañaran en el cumplimiento del encargo celeste. Vino, en efecto, al lugar, y, como si con los ojos reflejara los signos ciertos que se le habían dado, en la corva orilla se dirige a él sin torcer el paso. Inmediatamente hallan el cuerpo del bienaventurado Vicente en punto que la tierra se comunica con el agua; cuerpo de un mártir a quien, según los merecimientos de su santidad, glorificaron los divinos milagros en la tierra y en el mar. Por razón de la furia de los gentiles, no pudieron entonces enterrarlo con la solemnidad debida y le transportaron a una basílica pequeña; mas luego, terminada la crueldad de los gentiles y creciendo la devoción de los fieles, se le trasladó de allí para ser honoríficamente enterrado y se le colocó para su descanso bajo el sagrado altar extramuros de la misma ciudad de Valencia. Allí, por sus merecimientos, se dispensan múltiples beneficios divinos, para alabanza y gloria del nombre de Cristo, que con el Padre y el Espíritu Santo reina, Dios, por infinitos siglos de siglos. Amén.

martes, 16 de octubre de 2012

TESTEM BENEVOLENTIAE

Carta Apostólica
sobre el «americanismo»

A nuestro querido hijo,
James Cardenal Gibbons,
Cardenal Presbítero del Título de Santa María del Trastevere,
Arzobispo de Baltimore:

Querido hijo Nuestro, Salud y Bendición Apostólica.
Os enviamos por medio de esta Carta el renovado testimonio de esa buena voluntad que nunca hemos dejado de manifestar a lo largo de nuestro pontificado a vos, a vuestros colegas en el Episcopado y a todo el pueblo americano, valiéndonos gustosamente de toda oportunidad que nos ha sido ofrecida tanto por el feliz progreso de vuestra Iglesia como por cuanto habéis hecho recta y provechosamente para salvaguardar y promover los intereses católicos. Por otra parte, hemos considerado y admirado frecuentemente el noble carácter de vuestra nación, el cual permite al pueblo americano ser sensible a toda buena obra que promueve el bien de la humanidad toda y el esplendor de la civilización.
Sin embargo, esta carta no pretende repetir las palabras de alabanza tantas veces pronunciadas, sino más bien llamar la atención sobre algunas cosas que han de ser evitadas y corregidas, y puesto que ha sido concebida en el mismo espíritu de caridad apostólica que ha inspirado nuestras anteriores cartas, podemos esperar que la toméis como otra muestra de nuestro amor; esto más aun porque busca acabar con ciertas disputas que han surgido recientemente entre vosotros y que perturban el ánimo de muchos, si no de todos, con no poco detrimento de su paz.
Os es conocido, querido hijo Nuestro, que el libro sobre la vida de Isaac Thomas Hecker, debido principalmente a los esfuerzos de quienes emprendieron su publicación y traducción a una lengua extranjera, ha suscitado serias controversias por ciertas opiniones que presenta sobre el modo de vivir cristianamente. Nos, por consiguiente, a causa de nuestro supremo oficio apostólico, teniendo que guardar la integridad de la fe y la seguridad de los fieles, estamos deseosos de escribiros con mayor extensión sobre todo este asunto.
El fundamento sobre el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a la sabiduría católica a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe acercarse un poco más a la humanidad de este siglo ya maduro, aflojar su antigua severidad y hacer algunas concesiones a los gustos y opiniones recientemente introducidas entre los pueblos. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no sólo en asuntos de disciplina, sino también en las doctrinas que conforman el "depósito de la fe". Ellos sostienen que sería oportuno, para ganar las voluntades de aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos puntos de la doctrina como si fueran de menor importancia, o moderarlos de tal manera que no conservarían el mismo sentido que la Iglesia constantemente les ha dado.
No se necesitan muchas palabras, querido hijo Nuestro, para entender con cuán reprobable designio ha sido pensado esto, si tan sólo se recuerda la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia transmite. El Concilio Vaticano dice al respecto: «La doctrina de la fe que Dios ha revelado no es propuesta como un descubrimiento filosófico que puede ser perfeccionado por la inteligencia humana, sino como un divino depósito confiado a la Esposa de Cristo para ser fielmente custodiado e infaliblemente declarado. De ahí que también hay que mantener perpetuamente el sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, y no se debe nunca abandonarlo bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo» (Constitución "Dei Filius" sobre la fe católica, cap. IV).
No puede en absoluto considerarse como carente de culpa el silencio con el que ciertos principios de la doctrina católica son intencionalmente omitidos y oscurecidos con un cierto olvido.
Pues uno y el mismo es el Autor y Maestro de todas estas verdades que son abrazadas por la disciplina cristiana: «el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre» (Jn i,18). Estas verdades son adecuadas para todos los tiempos y todas las naciones, como se ve claramente por las palabras de Nuestro Señor a sus apóstoles: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones; enseñándoles a observar todo lo que os he mandado, y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt XXVIII,19). Sobre este punto dice el Concilio Vaticano: «Deben ser creídas con fe divina y católica todas aquellas cosas que están contenidas en la Palabra de Dios, escrita o transmitida, y que son propuestas por la Iglesia para ser creídas como materia divinamente revelada, sea por juicio solemne, sea por su magisterio ordinario y universal» (Constitución "Dei Filius" sobre la fe católica, cap. III). Así pues, no ocurra que alguien omita o suprima, por motivo alguno, alguna doctrina divinamente transmitida; en efecto, quien lo hiciese estaría queriendo más separar a los católicos de la Iglesia que atraer a ella a los que disienten. Vuelvan, pues no hay nada más querido por Nos, vuelvan todos los que andan extraviados lejos del rebaño de Cristo, pero no ciertamente por un camino distinto al que el mismo Cristo nos mostró.
La disciplina de vida afirmada para los católicos no es de tal naturaleza que no pueda acomodarse a la diversidad de tiempos y lugares.
La Iglesia tiene ciertamente un espíritu clemente y misericordioso que le ha sido dado por su Autor; razón por la cual, desde su inicio ha cumplido gustosamente aquello que dijo San Pablo de sí mismo: «Me he hecho todo con todos para salvarlos a todos» (1Cor IX, 22).
La historia de todos los tiempos pasados es testigo de que esta Sede Apostólica, a la cual ha sido confiada no sólo el magisterio, sino también el régimen supremo de toda la Iglesia, se ha mantenido siempre «en la misma doctrina, el mismo sentido y el mismo significado» (Constitución "Dei Filius" sobre la fe católica, cap. IV); y no obstante, en cuanto al modo de vivir, de tal manera ha solido disponer su disciplina que, manteniendo incólume el derecho divino, nunca ha desatendido las costumbres e idiosincrasia de los diversos pueblos que ella abraza. ¿Quién puede dudar de que actuará de nuevo con este mismo espíritu si así lo requiere la salvación de las almas?
Pero este asunto no corresponde al arbitrio de personas particulares, que a menudo se engañan con la apariencia de bien, sino que debe dejarse al juicio de la Iglesia. En esto debe estar de acuerdo todo el que desee escapar a la censura de nuestro predecesor, Pío VI, quien declaró como «injuriosa para la Iglesia y el Espíritu de Dios que la guía» la doctrina contenida en la proposición LXXVIII del Sínodo de Pistoya: «que la disciplina establecida y aprobada por la Iglesia debe ser sometida a examen, como si la Iglesia pudiese formular una disciplina inútil o más pesada que lo que la libertad cristiana pueda soportar».
Pero, querido hijo Nuestro, en el asunto del que estamos hablando, es más peligroso y más pernicioso para la doctrina y la disciplina católicas aquel proyecto por el que los seguidores de la novedad sostienen que se debe introducir una suerte tal de libertad en la Iglesia que, disminuyendo de alguna manera su supervisión y cuidado, se permita a cada uno de los fieles ser más indulgente con sus propias ideas y con su propia actividad. Por lo demás, aquellos afirman que esto es requerido por el ejemplo dado con la libertad, recientemente introducida, que es ahora el derecho y fundamento de la comunidad civil.
Hemos hablado largamente de este punto en la carta apostólica sobre la constitución de los Estados dada por Nos a los Obispos de toda la Iglesia, donde también hemos mostrado la diferencia que existe entre la Iglesia, que es de derecho divino, y todas las demás asociaciones, que dependen de la libre voluntad de los hombres.
Así pues, conviene observar más detenidamente cierta opinión que es presentada como argumento para proponer tal libertad a los católicos. Se alega que después del solemne juicio dado en el Concilio Vaticano acerca del magisterio infalible del Romano Pontífice, ya no hay por qué preocuparse más de este asunto, y por consiguiente, desde que esto se encuentra ya a salvo, se puede abrir ahora un campo más amplio para la especulación y para la acción de cada uno.
Pero evidentemente tal manera de argumentar es contraria a la sensatez, ya que, si hemos de llegar a alguna conclusión a partir del magisterio infalible de la Iglesia, ésta sería más bien la de que nadie debería desear apartarse de éste, y más aun, que guiándose y dirigiéndose todos enteramente por el mismo magisterio, se conservarían más fácilmente inmunes de todo error propio. Y además, aquellos que arguyen esto, se alejan completamente de la providente sabiduría del Altísimo, que ha querido confirmar con un juicio más solemne la autoridad y el magisterio de su Sede Apostólica, y por ello mismo ha querido sobre todo que ésta alejase más eficazmente de los hijos de la Iglesia los peligros de los tiempos presentes. La licencia que a menudo es confundida con la libertad; una tal pasión por hablar y contradecir; en fin, la facultad de opinar lo que se quiera y de expresarlo por escrito, todo esto tiene a las mentes tan envueltas en las tinieblas que es ahora mayor que antes la utilidad y la necesidad del magisterio de la Iglesia, para que las personas no sean apartadas de la conciencia y del deber.
Dista ciertamente de Nos el rechazar todo lo que el ingenio de estos tiempos ha producido. Por el contrario, ciertamente acogemos gustosos cuanto es pertinente a la búsqueda de la verdad o al compromiso por el bien, para aumento del patrimonio de la doctrina y realización de los fines de la prosperidad pública. Pero todo esto, para que no carezca de una verdadera utilidad, no debe jamás existir ni desarrollarse al margen de la sabiduría y la autoridad de la Iglesia.
Corresponde ahora que nos refiramos a las conclusiones que han sido deducidas de las opiniones arriba mencionadas, en las cuales, si, como creemos, no ha sido mala la intención, sin embargo ciertamente lo que afirman no deja de suscitar desconfianza.
En primer lugar, todo magisterio externo es rechazado por éstos, que quieren alcanzar la perfección cristiana, por considerarlo superfluo e incluso menos útil; dicen que el Espíritu Santo infunde ahora en las almas de los fieles unos carismas mayores y más abundantes que en los tiempos pasados, guiándolos e instruyéndolos, sin mediación alguna, por un cierto impulso misterioso.
Ciertamente no es poco temerario querer determinar el modo en que Dios se ha de comunicar con los hombres; pues esto depende únicamente de su voluntad y Él mismo es el más libre dispensador de sus dones. «El Espíritu sopla donde quiere» (Jn III,8). «Y a cada uno de nosotros ha sido dada la gracia según la medida de los dones de Cristo» (Ef IV,7).
¿Y quién que recuerde la historia de los Apóstoles, la fe de la Iglesia naciente, los combates y muertes de tan animosos mártires, en fin, aquellos tiempos antiguos tan fructíferos y llenos de hombres santos, osará compararlos con el nuestro y afirmar que en ellos fue menor la efusión del Espíritu Santo? Pero, más allá de esto, no hay nadie que ponga en cuestión la verdad de que el Espíritu Santo actúa mediante un secreto descenso en las almas de los justos y los mueve con consejos e impulsos, pues si así no fuera, todo magisterio y cuidado externo sería inútil. «Si alguno afirma que... puede dar su asentimiento a la predicación evangélica de salvación sin la iluminación del Espíritu Santo, que a todos mueve dulcemente para consentir y creer en la verdad, está engañado por un espíritu de herejía» (Segundo Concilio de Orange, can. 7). Más aun, como sabemos también por experiencia, estos consejos e impulsos del Espíritu Santo son las más de las veces experimentados a través de la mediación de cierta ayuda y preparación del magisterio externo. Dice sobre esto San Agustín: «Él (el Espíritu Santo) coopera a que los buenos árboles den fruto, ya que externamente los riega y los cultiva mediante algún siervo, y por Sí mismo les confiere el crecimiento interno» (De Gratia Christi, cap. XIX). Es decir, corresponde a la ley ordinaria de la providencia amorosa de Dios que, así como ha decretado que los hombres se salven en su mayoría por el ministerio de los hombres, así también ha establecido que aquellos a quienes llama a un mayor grado de santidad sean guiados a éste por los hombres; de tal modo que, como dice el Crisóstomo, «seamos educados por Dios mediante los hombres» (Homilía I, in Inscr. Altar). Un claro ejemplo de esto nos es dado en el inicio mismo de la Iglesia. Pues aunque Saulo, «respirando amenazas y muertes» (Hch IX,1), escuchó la voz del mismo Cristo y le preguntó: «Señor, ¿qué quieres que haga?», fue enviado a Damasco a buscar a Ananías: «Entra en la ciudad y allí se te dirá lo que debes hacer» (Hch IX, 6).
Ocurre además que quienes buscan una mayor perfección, por el hecho mismo de recorrer un camino pocas veces transitado, están más expuestos a extraviarse, y por eso necesitan más que los demás de un maestro y guía.
Por otro lado, esta guía ha sido siempre obtenida en la Iglesia, y esta doctrina la han profesado unánimemente cuantos en el curso de los siglos han florecido con su sabiduría y santidad. Así pues, quienes la rechazan lo hacen ciertamente con temeridad y peligro.
Pero quien considere cuidadosamente este asunto, eliminada ya toda guía externa, difícilmente encontrará a qué pueda referirse en la opinión de los innovadores esta más abundante efusión del Espíritu Santo, que tanto ensalzan.
Ciertamente el auxilio del Espíritu Santo es absolutamente necesario, sobre todo para el cultivo de las virtudes; sin embargo, aquellos aficionados a la novedad ensalzan más de lo correcto las virtudes naturales, como si éstas respondiesen mejor a las necesidades y costumbres del tiempo actual, y como si conviniese al hombre estar adornado con ellas para estar mejor fortalecido y preparado para la acción.
Ciertamente es difícil entender cómo personas en posesión de la sabiduría cristiana puedan preferir las virtudes naturales a las sobrenaturales y atribuirle a aquéllas una mayor eficacia y fecundidad. ¿Puede ser que la naturaleza ayudada por la gracia sea más débil que cuando se abandona a sus propias fuerzas? ¿Acaso han probado ser débiles e ineptos en el orden de la naturaleza aquellos hombres santísimos, a quienes la Iglesia distingue y rinde culto por haber sobresalido en las virtudes cristianas? Y aunque sea lícito maravillarse algunas veces ante ilustres actos de las virtudes naturales, ¿cuántos entre los hombres sobresalen realmente por la práctica de éstas? ¿Hay alguien cuya alma no haya sido probada, y en grado intenso? Para superar constantemente estas pruebas, así como para guardar toda la ley en el mismo orden de la naturaleza, necesita el hombre ser ayudado por el auxilio divino. Aquellos actos naturales a los que arriba hemos aludido, si son mirados con mayor atención, mostrarán ser más una apariencia que verdaderas virtudes. Incluso concediendo que lo sean, si alguno no quiere «correr en vano», olvidándose de la eterna bienaventuranza a la que Dios en su bondad nos destina, ¿de qué nos aprovechan las virtudes naturales si no son secundadas por el don y la fuerza de la gracia divina? Así pues, dice bien San Agustín: «Maravillosas son las fuerzas y veloz el rumbo, pero fuera del verdadero camino» (In Ps. XXXI, 4). Pues así como la naturaleza del hombre, debido a la caída primera, se encontraba en el vicio y la deshonra, pero por el auxilio de la gracia es elevada, renovada y fortalecida con una nueva grandeza, así también las virtudes, que son ejercidas no con las solas fuerzas de la naturaleza, sino con la ayuda de esta misma gracia, se hacen fecundas para la bienaventuranza eterna y adquieren un carácter más sólido y firme.
A esta opinión acerca de las virtudes naturales está muy unida aquella otra, según la cual el conjunto de las virtudes cristianas se divide como en dos tipos: pasivas, como las llaman, y activas; y añaden que las primeras eran más convenientes en los tiempos pasados, mientras que estas últimas son más acordes con el presente. Surge la pregunta sobre qué debe entenderse de esta división de las virtudes; pues no existe ni puede existir una virtud verdaderamente pasiva. «Con el nombre de virtud, dice Santo Tomás, se designa cierta perfección de una potencia; y el fin de la potencia es el acto; y el acto de la virtud no es otra cosa que el buen uso del libre albedrío» (S.T. I-II, q.55, a.1), ciertamente con la ayuda de la gracia de Dios, si se trata del acto de una virtud sobrenatural.
Sólo creerá que ciertas virtudes cristianas están adaptadas a ciertos tiempos y otras a otros quien no recuerde las palabras del Apóstol: «A quienes de antemano conoció, a éstos los predestinó para hacerse conformes a la imagen de su Hijo» (Rom VIII, 29). Cristo es el maestro y paradigma de toda santidad y a su medida deben conformarse todos los que aspiran a ser colocados en las sedes de los bienaventurados. Ahora, Cristo no conoce cambio alguno con el pasar de los siglos, sino que Él es «el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb XIII, 8). Así pues, se dirigen a los hombres de todas las edades aquellas palabras: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt XI,29); para toda época se ha manifestado Él como «obediente hasta la muerte» (Flp II,8); y vale para toda época la sentencia del Apóstol: «Aquellos que son de Cristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias» (Gál V,24).
¡Ojalá que hoy en día muchos cultivasen abundantemente esas virtudes, como lo hicieron hombres santísimos en los tiempos pasados! Pues estos, con humildad, obediencia y abstinencia fueron poderosos «en palabra y en obra», con máximo provecho no sólo para la religión sino también para la sociedad civil y el bienestar público.
Dado este menosprecio de las virtudes evangélicas, falazmente calificadas de pasivas, era fácil que lentamente se apoderase de las mentes un desprecio por la vida religiosa. Y que esto sea común a los autores de estas nuevas opiniones lo inferimos de algunas afirmaciones suyas sobre los votos que profesan las órdenes religiosas. Pues dicen ellos que estos votos se alejan mucho del espíritu de nuestro tiempo, ya que coartan los límites de la libertad humana; que son más propios de mentes débiles que de mentes fuertes; y que lejos de ayudar a la perfección cristiana y al bien de la sociedad humana, son más bien obstáculo y perjuicio para una y otra.
Pero cuán falsas son estas afirmaciones es algo evidente si se tiene en cuenta la práctica y la doctrina de la Iglesia, que siempre ha aprobado en gran manera el modo de vida religioso. Y ciertamente no sin razón, pues quienes, llamados por Dios, han abrazado libremente este estado de vida, no contentos con la observancia de los preceptos comunes y yendo hasta los consejos evangélicos, se han mostrado como aprestados y valientes soldados de Cristo. ¿Acaso juzgaremos esto como propio de mentes débiles? ¿O tal vez como inútil o perjudicial para un estado más perfecto de vida? Quienes así se atan con la profesión de los votos religiosos, lejos de haber sufrido una disminución en su libertad, disfrutan de aquella libertad más plena y más libre «con la que Cristo nos ha liberado» (Gál V,1).
Este otro parecer suyo, a saber, que la vida religiosa es o enteramente inútil o de poca ayuda a la Iglesia, además de ser injurioso para las órdenes religiosas, no puede ser ciertamente la opinión de alguien que haya revisado los anales de la Iglesia. ¿Acaso vuestro país, los Estados Unidos, no debe tanto los comienzos de su fe como de su cultura a los hijos de estas familias religiosas? Precisamente hace poco habéis decretado, cosa muy digna de alabanza, que a uno de ellos le sea erigida públicamente una estatua.
Ahora bien, en este mismo tiempo, ¡cuán activa y fructuosa es la obra que realizan las asociaciones religiosas católicas dondequiera que se encuentran! ¡Cuántos se dirigen a nuevas fronteras para imbuirlas del Evangelio y ampliar los límites de la civilización; y esto con sumo esfuerzo y en medio de grandes peligros! Entre ellos, no menos que en el resto del clero, el pueblo cristiano encuentra predicadores de la Palabra de Dios, directores de las conciencias, maestros de la juventud, y la Iglesia toda, ejemplos de santidad.
Ninguna diferencia de dignidad debe hacerse entre quienes siguen un estado de vida activa y quienes, encantados por la vida retirada, dan sus vidas a la oración y mortificación corporal. Y ciertamente cuán buen reconocimiento han merecido ellos, y merecen, es conocido con seguridad por quienes no olvidan que «la plegaria asidua del justo» (Stgo V,16) sirve para traer las bendiciones del cielo, sobre todo cuando a tales plegarias se añade la mortificación corporal.
Pero si hay quienes prefieren congregarse sin la obligación de los votos, que lo hagan; esto no es algo nuevo en la Iglesia ni mucho menos algo censurable. Tengan cuidado, sin embargo, de no ensalzar tal estado por encima de las órdenes religiosas. Por el contrario, ya que en los tiempos presentes la humanidad es más proclive que antes a entregarse a los placeres, han de ser mucho más estimados quienes «habiendo dejado todo han seguido a Cristo».
Finalmente, para no alargarnos más, se afirma que el camino y método que hasta ahora se ha seguido entre los católicos para atraer de nuevo a los que se han apartado de la Iglesia debe ser dejado de lado, y otro debe ser elegido.
Sobre este asunto, bastará evidenciar, querido hijo Nuestro, que no es prudente despreciar aquello que la antigüedad en su larga experiencia ha aprobado y que es enseñado además por autoridad apostólica. Las Escrituras nos enseñan (Eclo XVII,4) que es deber de todos trabajar por la salvación de nuestro prójimo según las posibilidades y posición de cada uno. Los fieles realizan muy provechosamente este deber que les ha sido asignado por Dios mediante la integridad de su conducta, sus obras de caridad cristiana, y su insistente y continua oración a Dios. Por otro lado, quienes pertenecen al clero deben realizar esto con una instruida predicación del Evangelio, con la reverencia y esplendor en las ceremonias, y especialmente dando a conocer con sus propias vidas la belleza de la doctrina que inculcó el Apóstol a Tito y a Timoteo.
Pero si de entre las diversas maneras de predicar la Palabra de Dios, alguna vez parezca que deba preferirse la de dirigirse a los no católicos, no en los templos sino en algún lugar adecuado, sin buscar las controversias sino conversando amigablemente, esto ciertamente no merece reprensión alguna; pero, sean destinados a esto por la autoridad de los obispos aquellos cuya ciencia y virtud probadas les sean de antemano conocidas.
Creemos que hay muchos entre vosotros que están separados de la verdad católica más por ignorancia que por mala voluntad; a estos los conducirá quizás más fácilmente al único rebaño de Cristo quien les presente la verdad como un amigo y con una predicación familiar.
Así pues, por todo lo que acabamos de decir, es evidente, querido hijo Nuestro, que no podemos aprobar aquellas opiniones que en conjunto son llamadas por algunos con el nombre de «americanismo».
Sin embargo, si por este nombre se quiere significar el conjunto de dones espirituales que adornan a los pueblos de América, así como otros a otras naciones, o si, además, por este nombre se designa vuestra condición política y las leyes y costumbres por las cuales sois gobernados, no hay ninguna razón para que lo rechacemos. Pero si por este nombre no sólo se quiere aludir a las doctrinas arriba mencionadas, sino que se las exalta, ¿qué duda habrá de que nuestros venerables hermanos, los obispos de América, serán los primeros en repudiarlo y condenarlo como algo sumamente injurioso para ellos mismos y para todo su país? Pues suscita la sospecha de que hay entre vosotros quienes se forjan y desean en América una Iglesia distinta de la que existe en todas las demás regiones.
Pero la Iglesia es una, tanto por su unidad de doctrina como por su unidad de régimen, y ésta es la Iglesia católica: y, puesto que Dios estableció su centro y fundamento en la Cátedra de San Pedro, con razón es llamada Romana, porque «donde está Pedro allí está la Iglesia» (Ambrosio, In Ps.11,57). Por eso, si alguien desea recibir el nombre de católico, debe ser capaz de decir de corazón las mismas palabras que Jerónimo dirigió al Papa Dámaso: «Yo, no siguiendo a nadie antes que a Cristo, estoy unido en comunión con Su Santidad, esto es, con la Cátedra de Pedro; sé que la Iglesia ha sido edificada sobre esa piedra y que quien no recoge contigo, desparrama».
Estas instrucciones que os damos, querido hijo Nuestro, en cumplimiento de nuestro deber, en una carta especial, tomaremos el cuidado de que sean comunicadas también al resto de obispos de los Estados Unidos, testimoniando una vez más el amor con el que abrazamos a todo vuestro país, un país que así como en tiempos pasados ha hecho tanto por la causa de la religión, con la feliz ayuda de Dios hará aún mayores cosas en adelante.
Para vos y para todos los fieles de América impartimos con gran amor, como promesa de la asistencia divina, nuestra bendición apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro,
el día 22 de enero del año 1899,
vigésimo primero de nuestro pontificado.
LEÓN PP. XIII

De la obediencia de los hijos a sus padres

 A los padres los llamó Platón "dioses terrenos". Estobéo los llamó : «criadores secundarios». Filón les dijo: «dioses visibles». El catecismo los llama: «imágenes de Dios». Y el apóstol san Pablo dice que de la divina paternidad se derivan y se nombran los padres en la tierra: Ex quo omnis paternitas in coelis et in térra nominatur (Ephes., III, 25).
Deben los hijos en toda buena razón y justicia obedecer a sus padres en todo lo licito, y en esto no hay duda alguna; porque así lo resuelve el catecismo romano, como lo dejamos asentado en el principio del capítulo antecedente, donde se resuelve, que están obligados los lujos a los padres en tres cosas principales, que son, reverencia, obediencia y socorro decente en sus necesidades y trabajos.
Deben los hijos a sus padres, despues de Dios, el ser que tienen; y esto lo deben considerar muchas veces, como se los avisa por el Espíritu Santo (Eccli., VII, 30), para vencerse por el amor de sus padres en todo cuanto sea necesario, y obedecerles por amor del mismo Dios en todo cuanto les mandaren que no sea contrário a la ley inmaculada del Señor.
La condicion de los hijos virtuosos y justificados es considerar el amor y obediencia que deben a sus padres naturales; y se aplican a servirlos con buen afecto, porque saben que dan gusto a su Dios y Señor, dándole a quien su divina Majestad se lo manda en su santísima ley, y así se prosperan y hacen felices de todos modos.
Los hijos inobedientes y desatentos, que quieren vivir a su libertad, sin yugo ni sujeción, se llaman en la divina. Escritura «hijos de Belial» que es lo mismo, que «hijos del demonio» ó hijos endemoniados, protervos y soberbios, expuestos a todas las bajezas y ruindades abominables que se pueden esperar de unos hombres desalmados, en los cuales no se halla temor de Dios ni cosa buena (Judie., XIX, 22). 

Estos hijos indómitos y rebeldes son los que siempre proceden de mal en peor, como los caballos locos y desbocados, que así los compara el Espíritu Santo, porque caminan veloces a su fatal precipicio.
No quieren oir ni obedecer a quien los estima y los ama mucho mas de lo que ellos conocen; y así buscan ciegos su perdición, y no abren los ojos hasta que se ven sin remedio precipitados.
Estos son los hijos insipientes y necios, de los cuales dice el apóstol san Pablo, que no deben contarse ente los hombres de juicio y de buena razón, ni hay que esperar de ellos sino nuevas invenciones de maldades con que escandalizarán al mundo, y se afrentaran a sí mimos: Inventores malorum, etc. (Rom., I, 30).
La obediencia virtuosa de los hijos atenta y humildes multiplica las victorias y las palmas de su gloria; porque con cada vencimiento propio en obsequio de sus padres, realzan su propia estimación, y de día en día se dilata mas la noticia de su buen proceder, y con lo mismo que deben hacer en concienciar, se labran su buena fortuna, y son alabados de Dios y de los hombres.
Obedeciendo el humilde Jacob el sano consejo de su madre, se prosperó de bienes temporales, y alcanzó la bendición de su padre. Por el contrario, su hermano Esaú se hizo infeliz por no atender a la voluntad de su santo padre. La obediencia de los hijos a los padres les multiplica las victorias, y la inobediencia las infamias.
Los atentos hijos de Jonadab se prosperaron en el mundo, y se hicieron célebres en las naciones, porque obedeciendo puntuales el precepto de su padre, de una vez alcanzaron la bendición de Dios, y el aplauso de los hombres. Al contrario le sucedió al infeliz Abimelech, porque fué ingrato, rebelde y desatento con su padre. Uno y otro se refiere en la divina Escritura.
Atiendan mucho los hijos de familias honradas no se acompañen con otros indignos y viciosos, que pierdan sus almas, y afrenten sus personas; porque aun de las aves del cielo, que no tienen entendimiento, dice el Espíritu Santo, que con el natural instinto que les ha dado su Criador, cada uno busca su semejante, para acompañarse con ella (Eccli., XXVII, 10; et XIII, 19).
Aun con sus iguales y semejantes han de tratar cautelosamente los virtuosos hijos; porque ya es axioma común la sentencia que dice: De médico, poeta y loco, cada uno tiene un poco; y Antes se aprende lo malo, que lo bueno. En todo hay peligro dice el apóstol. Lo mas honorífico y seguro para la felicidad de los hijos es el estar siempre d la mano de sus padres para obedecerles en todo. (I Cor., XI, 26 et seq.)
De los hijos de David, dice el sagrado texto, que eran los primeros a la mano de su padre para cumplir en todo sus insinuaciones y mandatos, dando con la obediencia puntual
el mas firme testimonio de que eran sus verdaderos hijos.
Las buenas obras que hacen los hijos en obsequio y obediencia de sus padres, dan el mejor testimonio de su filiación. Por lo cual se han de confundir los hijos inobedientes y rebeldes, que con su soberbia y dureza contumaz, degeneran de la nobleza que recibieron con su nacimiento, según lo dice Jeremías profeta, porque las obras son el mas abonado testimonio de las personas.
Con una misteriosa parábola hace Cristo Señor nuestro prueba eficaz de esta constante verdad. Tenia un padre dos hijos, dice el Señor, y al primero le dijo, que fuese a trabajar a la viña, y el hijo le respondió, que no iria; pero despues se conoció, y obedeciendo a su padre, fue a cumplir su mandato. Al segundo mandó lo mismo, y respondió que iria de muy buena voluntad; pero no fue. Pregunta el Señor, ¿cuál de los dos hizo la voluntad del padre? Y le respondieron, que el primero. Así es, que las obras son el mejor testimonio de la obediencia de los hijos a los padres. (Matth., XXI, 18 et seq.)En esto se funda aquel proloquio vulgar, que dice: Obras son amores, que no buenas razones. Hay algunos hijos, que con sus padres tienen muy buenas palabras, pero malas obras; porque no les obedecen en lo que les mandan, ni siguen las virtudes que les enseñan. Hay otros de pocas palabras, pero de buenas obras, callando y obedeciendo, y estos son los mejores obedientes; porque el testimonio de las obras es el mejor.
Mejor es en la casa el buey mudo, que la gallina vocinglera; porque esta, para el provecho limitado de un huevo, grita toda la mañana; y el buey silencioso hace la mas provechosa labor en la tierra, y llena de trigo la casa. Este es símbolo de la perfecta obediencia, según se dice en las divinas Letras (Prov., XIV; Tit., I, 10).
Los hijos habladores regularmente son menos obedientes que los humildes y silenciosos; porque con el desahogo de su verbosidad todo lo ponen a cuestión, y de habladores pasan a inobedientes y contumaces, que es el mas seguro camino de su ruina; porque del hijo rebelde no se puede esperar cosa buena.
En el sagrado libro del Deuteronomio se determinaba que el hijo contumaz y protervo, el cual no quería obedecer los mandatos de su padre y de su madre, fuese castigado públicamente en el pueblo, para que todos los demás jóvenes, que tenían padres, escarmentasen en cabeza ajena, y viviesen sujetos y humildes, como teman obligación.
Esta ley antigua de Dios nuestro Señor tuvo su termino con la ley de gracia, como dice el apóstol san Pablo; pero la altísima providencia del Señor, que siempre es una, dispone ó permite que los hijos inobedientes, protervos y contumaces a sus padres tengan fines desastrados para escarmiento del mundo.
De tales hijos ingratos y desatentos se repiten los castigos públicos en las horcas y cadalsos; y aunque la sentencia de los jueces mencione otros delitos, los mismos ajusticiados dicen muchas veces al tiempo de morir, que comenzó su perdición por la rebeldía desatenta que con sus padres tuvieron; y en ellos se cumple la sentencia del sabio Salomon, que dice: será infeliz y desventurado, aun en este mundo, el hijo ingrato y rebelde con sus padres.
El protervo Absalon (que tuvo el atrevimiento escandaloso de hacerse rebelde contra su santo padre David) experimentó la muerte tan desastrada y fatal que colgado de un árbol acabó la vida, y puso término ignominioso a su rebeldía. A este desdichado signen los hijos inobedientes a sus padres. A mi me parece muy laudable el castigo que suelen hacer las madres con los hijos párvulos y de pocos años, azotándolos muy bien, para que se acuerden, cuando sucede el castigo público de ahorcar algún infeliz de los muchos que confiesan se perdieron por inobedientes a sus padres, que les dieron el ser.
Siempre hay mucho que reprender en los pueblos sobre este punto principal de la inobediencia y desatención de los hijos con sus padres; porque este desórden es la perdición y ruina del mundo.
Hay algunos hijos tan indómitos, que por mas que sus padres les prediquen y les enseñen lo que les conviene, ellos siempre siguen lo que otros les aconsejan para la perdición de sus almas; y en vez de ir a la iglesia, al Via Crucis, al sermón y a la plática espiritual, se van al juego, al divertimiento, a la comedia, y adonde solo aprenden el mal que no saben; y sobre todo esto no hacen escrúpulo sus malos consejeros. Todo les parece cosa de risa.
Regularmente no se acusan de que han sido desobedientes a sus padres y sus madres; siendo cierto, que les deben obedecer en conciencia y pena de pecado mortal siempre que les manden cosa grave muy importante, y para el bien espiritual de sus almas, y aun para el bien temporal de sus casas y de sus personas. (Apud Sanch., in Sum. Mor., 4 praec.)
Si los padres mandan al hijo que no entre en alguna casa sospechosa, debe el hijo obedecerles en conciencia; y si no lo hace, se debe confesar, no solo de que entró en tal casa, sino también de que no obedeció el mandato de sus padres. (P. La Parr., ut sup.)Lo mismo se entiende cuando los padres mandan al hijo inquieto que se recoja temprano, y que no salga a rondar de noche por las calles; debe el hijo acusarse de su inobediencia, y de la grande pesadumbre que a sus padres les da con ella. Si no se quisieren enmendar, importará poco que el confesor les niegue la absolución, ó se la dilate hasta que se enmienden. (Id. ibi. Plat. sup. 4 praec.)
Hay algunos hijos tan duros y rebeldes de razón, que viendo las continuas lágrimas de su madre, gritos, impaciencias y pesadumbres, que ocasionan con sus desobediencias, no hacen escrúpulo de materia tan grave, ni de ello se confiesan, siendo ciertamente pecado mortal (Ap. P. Mart. Parr., 2 part., pl. 29). Contra estos desalmados hijos suele Dios nuestro Señor aplicar su mano poderosa para castigarlos con trabajos inopinados y afrentosos.
Las historias eclesiásticas están llenas de ejemplos trágicos que han sucedido a los hijos desobedientes a sus padres. ¡A cuántos y cuántas les vino su infamia, su deshonra y su muerte afrentosa, por haber sido rebeldes, ingratos, inobedientes y desatentos con sus padres!.
El docto Teofilo Reinaldo refiere el caso de un hijo desobediente a su madre viuda, que le mandaba venir a casa temprano, y no salir de noche, y él nunca quería obedecerla. La pobre madre apurada, le cerró una noche la puerta, y el hijo infeliz, entrando en otra casa desesperado, se dió a los diablos con tantos juramentos, blasfemias y maldiciones, que para escarmiento de los mortales, dispuso Dios nuestro Señor que viniese un demonio en forma visible con cuatro perros feroces, y allí le hizo pedazos al indómito blasfemo, y le dió a comer a sus perros (que también serian demonios), dejando con asombro a cuantos vieron tan horroroso y trágico suceso (In Asc. tit. 17, f. 635).
Escarmienten los hijos altivos y soberbios, y traten con véras de la enmienda de su vida, si no quieren experimentar en sí mismos los rigores de la justicia divina. Aprendan de Cristo Señor nuestro, que nos enseñó con su ejemplo; y todas sus virtudes heróicas, desde los doce años de su edad hasta que comenzó su predicación, se explican en el sagrado evangelio solo con decir que vivió sujeto y obediente a sus padres (Luc., II, 15).Y el apóstol san Pablo reduce toda la exaltación del Señor a estas dos principales virtudes, de que fué humilde y obediente (Phil., II, 9); siendo verdad católica, como lo es, que en nuestro Señor Jesucristo estuvieron todas las virtudes en grado supremo, exceptuando la fe oscura, que no era compatible con la gloria de su alma sacratísima.
Últimamente se encarga a los hijos, que para tomar estado de matrimonio atiendan mucho a la voluntad y dirección de sus padres, y consideren, que no parece hay en el mundo error mas pernicioso ni de mas fatales consecuencias, que el yerro capital de un errado matrimonio, porque es yerro de por vida; y no es fácil que halle consuelo un hombre de sano juicio, que se halla casado y defraudado su buen deseo.
La compañía desdichada de un hombre de entendimiento con una mujer insipiente, fatua, litigiosa, de corta capacidad y sin gobierno de su casa, es dolor sobre dolor, y aflicción pésima, que atormenta el alma; y siendo, como es, a todas horas, parece al tormento cruelísimo que inventaron los tiranos de atar a una persona viva con un cuerpo difunto. Teman los hijos no les suceda semejante desventura, por no atender la voluntad afectuosa de sus padres.

R. P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

Los mandamientos de la iglesia. Días festivos. Ayuno y abstinencia. La cuaresma. Comulgar por pascua florida. Limosna a los sacerdotes.

¿Por qué pone la Iglesia en el mismo plano las leyes eclesiásticas y las del Sinaí? 
No las pone. El perjurio, la calumnia y otras leyes divinas obligan siempre y sin excepción, o a que no se hagan, como las dos aducidas, o a que se hagan, como honrar a los padres. En cambio, las leyes eclesiásticas son condicionales. Así, por ejemplo, están exentos del ayuno los que obtienen dispensa por justas razones, y no están obligados a ir a misa los domingos los que estén legítimamente impedidos, como los enfermos y otros. La Iglesia, como representante que es de Jesucristo, tiene derecho a promulgar leyes para custodia de la fe (como la condenación de la masonería), y para promover la piedad y devoción de los fieles (como las leyes referentes a oír misa los domingos, la abstinencia, el ayuno, etc.). Para cumplir mejor este oficio de guardiana e intérprete de la revelación, la Iglesia promulga las leyes, autorizándolas con la sanción mayor que se puede imaginar, a saber, el pecado mortal; pero, repetimos, las leyes eclesiásticas dejan de obligar tan pronto como uno tiene una excusa válida para no observarlas.

¿Por qué se obliga a las mujeres a estar en la iglesia con la cabeza cubierta?
Porque es una costumbre apostólica, como leemos en la epístola primera de San Pablo a los corintios (XI, 3-16). El apóstol reprende a las mujeres de Corinto por presumir entrar en la iglesia descubiertas, y las acusa de orgullo y arrogancia. La mujer debe estar sujeta a su marido por mandato de Dios, y, en señal de esta dependencia, lleva velada la cabeza. 
"El hombre —dice San Pablo— es cabeza de la mujer" y "la mujer es la gloria del hombre". La mujer fue criada para el hombre. Rezar en la iglesia con la cabeza descubierta es insultar a los ángeles, y equivale a raparse el pelo, cosa que sólo hacían los esclavos griegos y las bailarinas de Roma. Después de alargarse bastante el apóstol en estos conceptos, termina con estas palabras: "Si alguno de vosotros no puede seguir el hilo de mi raciocinio en este punto, conténtese con saber que en ninguna parte se permite a las mujeres estar en la iglesia con la cabeza descubierta." 

¿No es cierto que la Iglesia en la Edad Media celebraba lo menos cincuenta días festivos? Y ¿no es esto fomentar la holgazanería? Ya San Pablo puso el veto a esta demasía de días festivos al escribir así a los cristianos de Galacia: "Vosotros guardáis días y meses y tiempos y años" (Gál IV, 10).
Es cierto que en la Edad Media los días festivos en Hungría llegaban a cuarenta y en Francia a cincuenta; pero los obispos se proponían con estas fiestas aliviar a los pobres en sus trabajos pesados, haciendo que descansasen, se recreasen y, sobre todo, cumpliesen con los preceptos de la Iglesia. Más tarde, llegaron quejas a Roma sobre el número excesivo de fiestas, y los Papas redujeron notablemente ese número, hasta que en el Concordato con Francia (1801) sólo se fijaron cuatro días de precepto, en los que se había de oír misa y no se había de trabajar. Estos días eran Navidad, la Ascensión, la Asunción y Todos los Santos. 
Dice así el Papa Urbano VIII en su bula Universa: "Un número excesivo de días festivos origina tibieza entre los fieles. Más aún: los pobres se quejan de que con tantas fiestas no ganan lo suficiente para mantenerse. En cambio, otros se entregan esos días al ocio, que es la raíz de todos los vicios. Las fiestas se crearon para facilitar la salvación eterna; pero muchos se entregan en ellas a placeres mundanos y perniciosos, de suerte que hacen, de la triaca ponzoña y ponen en peligro su salvación." 
San Pablo no condenó la guarda de las fiestas recomendadas en la Ley Antigua, como el sábado, la luna nueva, la Pascua, los Tabernáculos, el Jubileo y otras fiestas. Lo que condena el apóstol en su carta a los fieles de Galacia es el espíritu de los judaizantes, que insistían en que los cristianos debían guardar las fiestas y prácticas de la ley judía, que había sido anulada por la ley de gracia. Por eso les dice: "¿Por qué volvéis a los elementos débiles y vacíos, los cuales deseáis guardar de nuevo?" (Gál IV, 9).
La Pascua de los judíos tenía por fin conmemorar la salida de los hebreos de Egipto bajo la dirección de Moisés. Se guardaba el 14 de nisán, y cada año caía en el día siguiente al del año anterior. La Pascua de los cristianos, desde los tiempos apostólicos, tenía por fin conmemorar la Resurrección del Señor, y siempre caía en domingo (Eusebio, Hist ecles 5, 23). 
El Concilio de Nicea decretó que este domingo debía ser el que seguía al día 14 de la luna pascual, es decir, la luna cuyo día 14 seguía al equinoccio primaveral. En virtud de este decreto, el domingo de Pascua es siempre el primer domingo después del día 14 de la luna que sigue al 21 de marzo. Así que el domingo de Pascua nunca puede caer antes del 22 de marzo ni después del 25 de abril.

¿Cómo es que los católicos no comen carne los viernes? Jesucristo dijo que "no lo que entra por la boca mancha al hombre" (Mat XV, 11). Y San Pablo dice que "abstenerse de comer carne es doctrina de demonios" (1 Tim IV, 3). Y en otro lugar dice: "Todo lo que se venda en el mercado podéis comerlo —incluso la carne— sin hacer pregunta alguna por razones de conciencia" (1 Cor X, 25).
En la Iglesia católica tenemos una ley en virtud de la cual los que no estén dispensados de ella por bulas u otros documentos legítimos, han de abstenerse de carne todos los viernes del año, en conmemoración de la crucifixión del Señor. Esta ley puede verse mencionada en La doctrina de los doce apóstoles, 8; en Tertuliano, De Jejunio, 14, y en Clemente de Alejandría, Strom., 6, 75. 
Claro está que comer carne no es en sí pecaminoso, ya que "todas las criaturas de Dios son buenas y no hay que rechazar nada que se recibe con acción de gracias" (1 Tim IV, 4); pero comer carne contra la ley de la Iglesia de Dios es un pecado grave de desobediencia a una institución divina que prescribe la abstinencia para nuestro bien espiritual.  
San Agustín dice de la abstinencia que "purifica el alma, eleva la mente y sujeta la carne al espíritu" (De Orat et Jej. serm 230). Abstenerse de comer carne por creer, con los gnósticos, que la carne es un mal, o por temor de comer en ella a la abuela, al estilo de los brahmanes, es, ciertamente, pecaminoso (1 Tim IV, 3). En el pasaje de San Mateo (XV, 11) arriba aducido, Jesucristo reprende a los fariseos, que todo lo ponían en ceremonias externas; que "limpiaban la parte externa del vaso y por dentro estaban llenos de rapiña y suciedad" (Mat XXIII, 25). La malicia del pecado está en la corrupción del corazón y en la desobediencia de la voluntad (Mat XV, 19). Gran parte de la carne que se vendía en los mercados de Corintio venía de los sacrificios de los paganos. Si los judíos o los paganos se escandalizaban de ver a los cristianos comer esta carne, los cristianos debían abstenerse de "comerla, en atención al que los había avisado y a la conciencia" (1 Cor X, 28).

 ¿A qué viene eso del ayuno? Las leyes eclesiásticas sobre el ayuno son muy severas y piden demasiado a la pobre naturaleza, ¿Qué diferencia hay entre el ayuno y la abstinencia?
Abstinencia es lo mismo que privación de comer carne ciertos días prescritos; ayuno quiere decir que no se toma más que una comida al día, aunque se pueden tomar dos onzas en el desayuno y por la noche una colación que no exceda de ocho onzas. Los cristianos primitivos, siguiendo el ejemplo de los judíos, adoptaron la costumbre de no tomar alimento más que una vez al día —al atardecer—; pero luego se vio que este ayuno era excesivo para el promedio de los hombres. En vista de esto, la Iglesia moderó el ayuno, acomodándolo a las circunstancias modernas. Están dispensados del ayuno los que no han cumplido veintiún años, los que ya cumplieron sesenta y los que tienen razones justas para ser dispensados. El ayuno está recomendado lo mismo en el Antiguo que en el Nuevo Testamento. (Baste citar, entre otros pasajes, los siguientes: Ex XXXIV, 28; Deut IX, 18; 2 Rey XII, 16; 3 Rey XIX, 18; Mat III, 4; IV, 2; Hech XIII, 3; XIV, 22). Ayunar por ayunar no es cosa que agrade a Dios (Luc XVIII, 12); pero ayunar cuando y porque lo manda la Iglesia es meritorio por dos razones: porque en eso nos negamos a nosotros mismos y porque imitamos a Jesucristo, que ayunó cuarenta días en el desierto. Además, el ayuno hace que la carne se sujete al espíritu, como dice San Pablo (1 Cor IX, 27), y prepara el alma para recibir la gracia del Espíritu Santo (Hech XIII, 2-3). San Ambrosio llama al ayuno "muerte del pecado, raíz de la gracia y cimiento de la castidad".

¿Qué me dice usted de las llamadas cuatro témporas?
Por precepto de la Iglesia, los católicos deben observar el ayuno y la abstinencia en los tres días de una semana, que son miércoles, viernes y sábados, al principio de cada una de las cuatro estaciones del año. Esta práctica, aunque de origen incierto, parece haber sido introducida en contraposición a las costumbres paganas de la Roma del siglo V. Al principio de la siembra y de la recolección, los romanos practicaban ciertas ceremonias religiosas para implorar la ayuda de los dioses: en junio, para que la cosecha fuera buena; en septiembre, para tener una vendimia abundante, y en diciembre, para que la sementera resultase bien.
La Iglesia cristianizó esta costumbre pagana, y escogió estos días de las diversas estaciones como días dedicados de una manera especial a la oración y a la mortificación.
Las menciona por primera vez San León Magno (440-461), quien afirma que son de origen apostólico, aunque no conocemos prueba alguna en favor de esta aserción. En su tiempo se introdujo la costumbre de ordenar a los clérigos durante esos días. También eran días de órdenes el sábado anterior al Domingo de Pasión y el Sábado Santo.

¿Qué se entiende por Cuaresma?
La Iglesia, desde los principios, introdujo la costumbre de prepararse para la Pascua ayunando los dos días precedentes, o sea, el Viernes Santo y el Sábado Santo. 
Para conmemorar la Pasión y muerte de Jesucristo en la cruz, se introdujo la práctica de ayunar cuarenta días, los mismos que ayunaron Moisés (Ex XXIV, 28), Elias (3 Rey XIX, 8) y Nuestro Señor Jesucristo (Mat IV). Vemos mencionada por primera vez la Cuaresma en el canon quinto del Concilio de Nicea (325) y en las cartas festivales de San Atanasio. (Véase la carta al obispo Serapión de Thumis, escrita desde Roma el año 341) Entonces el ayuno era rigurosísimo. No se permitía más que una comida al día, que se tenía a las cuatro de la tarde. Los clérigos y los fieles de Roma se reunían en procesión, recorrían las estaciones de la ciudad y luego oían la misa del Papa, en la que recibían la comunión. Los penitentes hacían penitencia pública durante la Cuaresma, y el día de Jueves Santo eran reconciliados por el obispo. Los catecúmenos eran instruidos entonces para estar bien dispuestos el Sábado Santo, día destinado para los bautismos. 
La liturgia de la Cuaresma, recopilada entre los años 461 y 596, muestra en cada una de sus páginas las pruebas y sufrimientos a que estaban sometidos los cristianos de Roma. Esta era por entonces presa de los vándalos, godos, hunos y lombardos, que la sitiaban y saqueaban con excesiva frecuencia. A estas devastaciones se añadían el hambre, la pestilencia y las inundaciones. Esas exclamaciones que vemos en la liturgia implorando piedad y misericordia, perdón de los pecados y liberación de los enemigos, salían de labios de clérigos y obispos, probados en el crisol de los sufrimientos y atribulados hasta el extremo. Durante la Cuaresma, ningún católico debiera dejar de las manos el misal, traducido a la lengua del país. En él están contenidas las plegarias más sublimes que se pueden concebir, y su lectura y meditación sirven de consuelo y de refrigerio. La Cuaresma empieza el Miércoles de Ceniza y termina el Sábado Santo. La ley general de la Iglesia es que hay que ayunar todos los días de la Cuaresma, excepto los domingos, y hay que abstenerse de carne y caldo de carne los miércoles y viernes de la misma.

¿Cuándo están obligados los católicos a confesar y comulgar? 
Conforme a los cánones 906 y 859, todo católico que tenga uso de razón está obligado a confesar y comulgar, por lo menos una vez al año, durante el tiempo pascual, o sea, desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo in Albis, aunque de ordinario este período se extiende por concesión eclesiástica desde el Miércoles de Ceniza hasta el domingo de la Santísima Trinidad, ambas fechas inclusive. Hay que hacer notar que sólo los pecados mortales son materia necesaria de confesión. Por tanto, si alguno es de vida tan pura e inocente que no peca mortalmente en todo el año, no está obligado a confesarse este año. Si no peca nunca, nunca está obligado a confesarse. En cambio, la comunión pascual obliga a todos. Si alguno, por descuido o por malicia, deja pasar el período pascual sin comulgar, está obligado a comulgar lo antes posible dentro del año. El precepto de la confesión anual data del Concilio de Letrán (1215), y fue confirmado por el Concilio de Trento (sesión XIV, canon 8), que condenó a los protestantes por defender que el sacramento de la Penitencia había tenido origen en el Concilio de Letrán.

¿Con cuánto dinero están obligados a contribuir los católicos para el sostenimiento del párroco y de la iglesia parroquial? Si un católico se niega a pagar al sacerdote, ¿puede éste negarse a administrarle los sacramentos? 
Consta por la Biblia que los sacerdotes tienen derecho a ser mantenidos por los fieles a quienes sirven en sus funciones sacerdotales. Dice San Pablo: "¿No sabéis que los que sirven en el templo se mantienen de lo que es del templo, y que los que sirven en el altar participan de las ofrendas?" (1 Cor IX, 13, 14). 
 En, países donde el Gobierno no paga a los sacerdotes, éstos viven exclusivamente de las limosnas de los fieles. Los católicos están obligados por precepto divino a sostener con sus limosnas a los sacerdotes. La cantidad con que debe contribuir depende de las necesidades de la parroquia y de la riqueza del feligrés. A ningún sacerdote le está permitido negar los sacramentos o los servicios eclesiásticos a los pobres, ni puede cobrar nada a nadie por entrar en la iglesia a oír misa (canon 1181). 

BIBLIOGRAFIA.
Agustí, La comunión diaria.
Apostolado de la Prensa, El cuarto, ayunar.
Id., La santa Cuaresma.
Id., A cumplir con la Iglesia.
Id., Los mandamientos de la Santa Iglesia.
Gillin, La Semana Santa.
Jardí, La ley del ayuno y abstinencia.
Nievas, El párroco de la Cuaresma. 
Rignal, Oficio de la Semana Santa.
Rojo, Pascua y el tiempo pascual.
Sepúlveda, La reforma de la vida