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miércoles, 10 de abril de 2013

Acerbo Nimis

Carta encíclica de san Pío X
sobre la enseñanza del Catecismo
15 de abril de 1905
 
     Los secretos designios de Dios Nos han levantado de Nuestra pequeñez al cargo de Supremo Pastor de toda la grey de Cristo en días bien críticos y amargos, pues el enemigo de antiguo anda alrededor de este rebaño y le tiende lazos con tan pérfida astucia, que ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquella profecía del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Efeso: Sé que... os han asaltado lobos voraces que destrozan el rebaño (Act. XX, 29).
     De este mal que padece la religión no hay nadie, animado del celo de la gloria divina, que no investigue las causas y razones, sucediendo que, como cada cual las halla diferentes, propone diferentes medios conforme a su personal opinión para defender y restaurar el reinado de Dios en la tierra. No proscribimos, Venerables Hermanos, los otros juicios, mas estamos con los que piensan que la actual depresión y debilidad de las almas, de que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de la ignorancia de las cosas divinas.
     Esta opinión concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaró por su profeta Oseas: No hay conocimiento de Dios en la tierra. La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade a la sangre por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán todos sus moradores (Os. IV, 1 ss.).

Necesidad de instrucción

     2. ¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! -Al decir "pueblo cristiano", no Nos referimos solamente a la plebe, esto es, a aquellos hombres de las clases inferiores a quienes excusa con frecuencia el hecho de hallarse sometidos a dueños exigentes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente. ¡Difícil sería ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y -lo que es más triste- la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador de todas las cosas, y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan; y así nada saben de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la redención por El llevada a cabo; nada saben de la gracia, el principal medio para la eterna salvación; nada del sacrificio augusto ni de los sacramentos, por los cuales conseguimos y conservamos la gracia. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo, ni en lograr su perdón; y así llegan a los últimos momentos de su vida, en que el sacerdote -por no perder la esperanza de su salvación- les enseña sumariamente la religión, en vez de emplearlos principalmente, según convendría, en moverles a actos de caridad; y esto, si no ocurre -por desgracia, con harta frecuencia- que el moribundo sea de tan culpable ignorancia que tenga por inútil el auxilio del sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados.
     Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto XIV escribió justamente: Afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos (Instit. 27, 18).

     3. Siendo esto así, Venerables Hermanos, ¿qué tiene de sorprendente, preguntamos, que la corrupción de las costumbres y su depravación sean tan grandes y crezcan diariamente, no sólo en las naciones bárbaras, sino aun en los mismos pueblos que llevan el nombre de cristianos?
     Con razón decía el apóstol San Pablo escribiendo a los de Efeso: La fornicación y toda especie de impureza o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como corresponde a santos, ni tampoco palabras torpes, ni truhanerías (Eph. V, 3 ss.). Como fundamento de este pudor y santidad, con que se moderan las pasiones, puso la ciencia de las cosas divinas: Y así, mirad, hermanos, que andéis con gran circunspección; no como necios sino como prudentes... Por lo tanto, no seáis indiscretos, sino atentos sobre cuál es la voluntad de Dios (Ibid. IV, 15 ss.).
     Sentencia justa; porque la voluntad humana apenas conserva algún resto de aquel amor a la honestidad y la rectitud, puesto en el hombre por Dios creador suyo, amor que le impulsaba hacia un bien, no entre sombras, sino claramente visto. Mas, depravada por la corrupción del pecado original y olvidada casi de Dios, su Hacedor, la voluntad humana convierte toda su inclinación a amar la vanidad y a buscar la mentira. Extraviada y ciega por las malas pasiones, necesita un guía que le muestre el camino para que se restituya a la vía de la justicia que desgraciadamente abandonó. Este guía, que no ha de buscarse fuera del hombre, y del que la misma naturaleza le ha provisto, es la propia razón; mas si a la razón le falta su verdadera luz, que es la ciencia de las cosas divinas, sucederá que, al guiar un ciego a otro ciego, ambos caerán en el hoyo.
El santo Rey David, glorificando a Dios por esta luz de la verdad que le había infundido en la razón humana, decía: Impresa está, Señor, sobre nosotros la luz de tu rostro. Y señalaba el efecto de esta comunicación de la luz, añadiendo: Tú has infundido la alegría en mi corazón (Ps. IV, 7), alegría con la que, ensanchado el corazón, corre por la senda de los mandatos divinos.

Efectos de la "doctrina"

     4. Fácilmente se descubre que es así, porque, en efecto, la doctrina cristiana nos hace conocer a Dios y lo que llamamos sus infinitas perfecciones, harto más hondamente que las fuerzas naturales. ¿Y qué más? Al mismo tiempo nos manda reverenciar a Dios por obligación de fe, que se refiere a la razón; por deber de esperanza, que se refiere a la voluntad, y por deber de caridad, que se refiere al corazón, con lo cual deja a todo el hombre sometido a Dios, su Creador y moderador. De la misma manera sólo la doctrina de Jesucristo pone al hombre en posesión de su verdadera y noble dignidad, como hijo que es del Padre celestial, que está en los cielos, que le hizo a su imagen y semejanza, para vivir con El eternamente dichoso. Pero de esta misma dignidad y del conocimiento que de ella se ha de tener, infiere Cristo que los hombres deben amarse mutuamente como hermanos y vivir en la tierra como conviene a los hijos de la luz: No en comilonas y borracheras, no en deshonestidades y disoluciones, no en contiendas ni envidias (Rom. XIII, 13). Mándanos, asimismo, que nos entreguemos en manos de Dios, que se cuida de nosotros; que socorramos al pobre, hagamos bien a nuestros enemigos y prefiramos los bienes eternos del alma a los perecederos del tiempo. Y sin tocar menudamente a todo, ¿no es, acaso, doctrina de Cristo la que recomienda y prescribe al hombre soberbio la humildad, origen de la verdadera gloria? Cualquiera que se humillare, ése será el mayor en el reino de los cielos (Mat. XVIII, 4). En esta celestial doctrina se nos enseña la prudencia del espíritu, para guardarnos de la prudencia de la carne; la justicia, para dar a cada uno lo suyo; la fortaleza, que nos dispone a sufrir y padecerlo todo generosamente por Dios y por la eterna bienaventuranza; en fin, la templanza, que no sólo nos hace amable la pobreza por amor de Dios, sino que en medio de nuestras humillaciones hace que nos gloriemos en la cruz. Luego, gracias a la sabiduría cristiana, no sólo nuestra inteligencia recibe la luz que nos permite alcanzar la verdad, sino que aun la misma voluntad concibe aquel ardor que nos conduce a Dios y nos une a El por la práctica de la virtud.
 
     5. Lejos estamos de afirmar que la malicia del alma y la corrupción de las costumbres no puedan coexistir con el conocimiento de la religión. Pluguiese a Dios que la experiencia no lo demostrara con tanta frecuencia. Pero entendemos que, cuando al espíritu envuelven las espesas tinieblas de la ignorancia, ni la voluntad puede ser recta, ni sanas las costumbres. El que camina con los ojos abiertos, podrá apartarse, no se niega, de la recta y segura senda; pero el ciego está en peligro cierto de perderse. -Además, cuando no está enteramente apagada la antorcha de la fe, todavía queda esperanza de que se enmiende la corrupción de costumbres; mas cuando a la depravación se junta la ignorancia de la fe, ya no queda lugar a remedio, sino abierto el camino de la ruina.

El primer ministerio

      6. Puesto que de la ignorancia de la religión proceden tantos y tan graves daños, y, por otra parte, son tan grandes la necesidad y utilidad de la formación religiosa, ya que, en vano sería esperar que nadie pueda cumplir las obligaciones de cristiano, si no las conoce; conviene averiguar hora a quién compete preservar a las almas de aquella perniciosa ignorancia e instruirlas en ciencia tan indispensable. -Lo cual, Venerables Hermanos, no ofrece dificultad alguna, porque ese gravísimo deber corresponde a los pastores de almas que, efectivamente, se hallan obligados por mandato del mismo Cristo a conocer y apacentar las ovejas, que les están encomendadas. Apacentar es, ante todo, adoctrinar: Os daré pastores según mi corazón, que os apacentarán con la ciencia y con la doctrina(Ier. III, 15).
     Así hablaba Jeremías, inspirado por Dios. Y, por ello, decía también el apóstol San Pablo: No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar (1 Cor. I, 17), advirtiendo así que el principal ministerio de cuantos ejercen de alguna manera el gobierno de la Iglesia consiste en enseñar a los fieles en las cosas sagradas.
 
     7. Nos paree inútil aducir nuevas pruebas de la excelencia de este ministerio y de la estimación que de él hace Dios. Cierto es que Dios alaba grandemente la piedad que nos mueve a procurar el alivio de las humanas miserias: mas, ¿quién negará que mayor alabanza merecen el celo y el trabajo consagrados a procurar los bienes celestiales a los hombres, y no ya las transitorias ventajas materiales? Nada puede ser más grato -según sus propios deseos- a Jesucristo, Salvador de las almas, que dijo de Sí mismo por el profeta Isaías: Me ha enviado a evangelizar a los pobres (Luc. IV, 18).
     Importa mucho, Venerables Hermanos, asentar bien aquí -e insistir en ello- que para todo sacerdote éste es el deber más grave, más estricto, que le obliga. Porque ¿quién negará que en el sacerdote a la santidad de vida debe irle unida la ciencia? En los labios del sacerdote ha de estar el depósito de la ciencia (Mal. II, 7).
     Y, en efecto, la Iglesia rigurosamente la exige de cuantos aspiran a ordenarse sacerdotes. Y esto, ¿por qué? Porque el pueblo cristiano espera recibir de los sacerdotes la enseñanza de la divina ley, y porque Dios les destina para propagarla. De su boca se ha de aprender la ley, puesto que él es el ángel del Señor de los ejércitos (Ibid.). Por lo cual, en las sagradas Ordenes, el Obispo dice, dirigiéndose a los que van a ser consagrados sacerdotes: Que vuestra doctrina sea remedio espiritual para el pueblo de Dios, y los cooperadores de nuestro orden sean previsores, para que, meditando día y noche acerca de la ley, crean lo que han leído y enseñen lo que han creído (Pontif. Rom.).
     Si no hay sacerdote, al que esto no sea aplicable, ¿qué diremos de los que, añadiendo al sacerdote el nombre y la potestad de predicadores, tiene a su cargo el regir las almas, así por su dignidad como por un pacto contraído? Estos han de ser puestos en algún modo en el rango de los pastores y doctores que Jesucristo dio a los fieles para que no sean como niños fluctuantes ni se dejen llevar doquier por todos los vientos de opiniones y por la malignidad de los hombres..., antes bien viviendo según la verdad y en la caridad, en todo vayan creciendo hacia Cristo, que es nuestra Cabeza (Eph. IV, 14, 15).

Disposiciones de la Iglesia

8. Por lo cual, el sacrosanto Concilio de Trento, hablando de los pastores de almas, declara que la primera y mayor de sus obligaciones era la de enseñar al pueblo cristiano (Sess. 5, c. 2 de refor.; sess. 22, c. 8; sess. 24, c. 4 et 7 de refor.). Dispone, en consecuencia, que por lo menos los domingos y fiestas solemnes den al pueblo instrucción religiosa, y durante los santos tiempos de Adviento y Cuaresma diariamente, o al menos tres veces por semana. Ni esto sólo: porque añade el Concilio que los párrocos están obligados, al menos los domingos y días de fiesta, a enseñar, por sí o por otros, a los niños las verdades de fe y la obediencia que deben a Dios y a sus padres. Asimismo manda que, cuando hayan de administrar algún sacramento, instruyan, acerca de su naturaleza, a los que van a recibirlo, explicándolo en lengua vulgar e inteligible.

     9. En su constitución Etsi minime, Nuestro predecesor Benedicto XIV resumió tales prescripciones y las precisó claramente, diciendo: Dos obligaciones impone principalmente el Concilio de Trento a los pastores de almas: una, que todos los días de fiesta hablen al pueblo acerca de las cosas divinas; otra, que enseñen a los niños y a los ignorantes los elementos de la ley divina y de la fe.
     Con razón dispone este sapientísimo Pontífice el doble ministerio, a saber: la predicación, que habitualmente se llama explicación del Evangelio, y la enseñanza de la doctrina cristiana. Acaso no falten sacerdotes que, deseosos de ahorrarse trabajo, crean que con las homilías satisfacen la obligación de enseñar el Catecismo. Quienquiera que reflexione, descubrirá lo erróneo de esta opinión; porque la predicación del Evangelio está destinada a los que ya poseen los elementos de la fe. Es el pan, que debe darse a los adultos. Mas por lo contrario, la enseñanza del Catecismo es aquella leche, que el apóstol San Pedro quería que todos los fieles habían de desear sinceramente, como los niños recién nacidos. -El oficio, pues, del catequista consiste en elegir alguna verdad relativa a la fe y a las costumbres cristianas, y explicarla en todos sus aspectos. Y, como el fin de la enseñanza es la perfección de la vida, el catequista ha de comparar lo que Dios manda obrar y lo que los hombres hacen realmente; después de lo cual, y sacando oportunamente algún ejemplo de la Sagrada Escritura, de la historia de la Iglesia o de las vidas de los Santos, ha de aconsejar a sus oyentes, como si la señalara con el dedo, la norma a que deben ajustar la vida, y terminará exhortando a los presentes a huir de los vicios y a practicar la virtud.

Instrucción popular

     10. No ignoramos, en verdad, que este método de enseñar la doctrina cristiana no es grato a muchos, que lo estiman en poco y acaso impropio para conseguir alabanza popular; pero Nos declaramos que semejante juicio pertenece a los que se dejan llevar de la ligereza más que de la verdad. Ciertamente no reprobamos a los oradores sagrados que, movidos por sincero deseo de gloria divina, se emplean en la defensa de la fe o en hacer el panegírico de los Santos; pero su labor requiere otra preliminar -la de los catequistas- pues, faltando ésta, no hay fundamento, y en vano se fatigan los que edifican la casa. Harto frecuente es que floridos discursos, recibidos con el aplauso de numeroso auditorio, sólo sirvan para halagar el oído, no para conmover las almas. En cambio, la enseñanza catequística, aunque sencilla y humilde, merece que se le apliquen estas palabras que dijo Dios por Isaías:
     Al modo que la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven allá, sino que empapan la tierra y la penetran y la fecundan, a fin de que dé simiente que sembrar y pan para comer, así será de mi palabra salida de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que obrará todo aquello que yo quiero y ejecutará felizmente aquellas cosas a que yo la envié (Is. LV, 10, 11).
     El mismo juicio ha de formarse de aquellos sacerdotes que, por mejor exponer las verdades de la religión, publican eruditos volúmenes; son dignos, ciertamente, de copiosa alabanza. Mas ¿cuántos son los que consultan obras de esa índole y sacan de ellas el fruto correspondiente a la labor y a los deseos de sus autores? Pero la enseñanza de la doctrina cristiana, bien hecha, jamás deja de aprovechar a los que la escuchan.

     11. Conviene repetir -para inflamar el celo de los ministros del Señor- que ya es crecidísimo, y aumenta cada día más, el número de los que todo lo ignoran en materia de religión, o que sólo tienen un conocimiento tan imperfecto de Dios, de la fe cristiana que, en plena luz de verdad católica, les permite vivir como paganos. ¡Ay! Cuán grande es el número, no diremos de niños, pero de adultos y aun ancianos que ignoran absolutamente los principales misterios de la fe, y que, al oír el nombre de Cristo, responden: ¿Quién es... para que yo crea en él? (Io. IX, 36). -De ahí el que tengan por lícito forjar y mantener odios contra el prójimo, hacer contratos inicuos, explotar negocios infames, hacer préstamos usurarios y cometer otras maldades semejantes. De ahí que, ignorantes de la ley de Cristo -que no sólo prohibe toda acción torpe, sino el pensamiento voluntario y el deseo de ella- muchos que, sea por lo que quiera, casi se abstienen de los placeres vergonzosos, alimentan sus almas, que carecen de principios religiosos, con los pensamientos más perversos, y hacen el número de sus iniquidades mayor que el de los cabellos de su cabeza. -Y ha de repetirse que estos vicios no se hallan solamente entre la gente pobre del campo y de las clases bajas, sino también, y acaso con más frecuencia, entre gentes de superior categoría, incluso entre los que se envanecen de su saber, y, apoyados en una vana erudición, pretenden burlarse de la religión y blasfemar de todo lo que no conocen (Iudas 10).
 
      12. Si es cosa vana esperar cosecha en tierra no sembrada, ¿cómo esperar generaciones adornadas de buenas obras, si oportunamente no fueron instruidas en la doctrina cristiana? -De donde justamente concluimos que, si la fe languidece en nuestros días hasta parecer casi muerta en una gran mayoría, es que se ha cumplido descuidadamente, o se ha omitido del todo, la obligación de enseñar las verdades contenidas en el Catecismo. Inútil sería decir, como excusa, que la fe es dada gratuitamente y conferida a cada uno en el bautismo. Porque, ciertamente, los bautizados en Jesucristo, fuimos enriquecidos con el hábito de la fe, mas esta divina semilla no llega a crecer... y echar grandes ramas (Marc. IV, 32), abandonada a sí misma y como por nativa virtud. Tiene el hombre, desde que nace, facultad de entender; mas esta facultad necesita de la palabra materna para convertirse en acto, como suele decirse. También el hombre cristiano, al renacer por el agua y el Espíritu Santo, trae como en germen la fe; pero necesita la enseñanza de la Iglesia para que esa fe pueda nutrirse, crecer y dar fruto.
     Por eso escribía el Apóstol: La fe proviene del oír, y el oír depende de la predicación de la palabra de Cristo (Rom. X, 17). Y para mostrar la necesidad de la enseñanza añadió: ¿Cómo... oirán hablar, si no se les predica? (Ibid. V, 14).

Normas

     13. De lo expuesto hasta aquí puede verse cuál sea la importancia de la instrucción religiosa del pueblo; debemos, pues, hacer todo lo posible para que la enseñanza de la Doctrina sagrada, institución -según frase de Nuestro predecesor Benedicto XIV- la más útil para la gloria de Dios y la salvación de las almas (Const. Etsi minime 13), se mantenga siempre floreciente, o, donde se la haya descuidado, se restaure. -Así, pues, Venerables Hermanos, queriendo cumplir esta grave obligación del apostolado supremo y hacer que en todas partes se observen en materia tan importante las mismas normas, en virtud de Nuestra suprema autoridad, establecemos para todas las diócesis las siguientes disposiciones, que mandamos sean observadas y expresamente cumplidas:
   I) Todos los párrocos, y en general cuantos ejercen cura de almas, han de instruir, con arreglo al Catecismo, durante una hora entera, todos los domingos y fiestas del año, sin exceptuar ninguno, a todos los niños y niñas en lo que deben creer y hacer para alcanzar la salvación eterna.
   II) Los mismos han de preparar a los niños y a las niñas, en épocas fijas del año, y mediante instrucción que ha de durar varios días, para recibir dignamente los sacramentos de la Penitencia y Confirmación.
   III) Además, han de preparar con especial cuidado a los jovencitos y jovencitas para que, santamente, se acerquen por primera vez a la Sagrada Mesa, valiéndose para ello de oportunas enseñanzas y exhortaciones, durante todos los días de Cuaresma, y si fuere necesario, durante varios otros después de la Pascua.
   IV) En todas y cada una de las parroquias se erigirá canónicamente la asociación, llamada vulgarmente Congregación de la Doctrina Cristiana. Con ella, principalmente donde ocurra ser escaso el número de sacerdotes, los párrocos tendrán colaboradores seglares para la enseñanza del Catecismo, que se ocuparán en este ministerio, así por celo de la gloria de Dios, como por lucrar las santas indulgencias con que los Romanos Pontífices han enriquecido esta asociación.
   V) En las grandes poblaciones, principalmente donde haya Facultades mayores, Institutos y Colegios, fúndense escuelas de religión para instruir en las verdades de la fe y en las prácticas de la vida cristiana a la juventud, que frecuente las aulas públicas, en las que no se mencionan las cosas de religión.
   VI) Porque, en estos tiempos, la edad madura, no menos que la infancia, necesita la instrucción religiosa, los párrocos y cuantos sacerdotes tengan cura de almas, además de la acostumbrada homilía sobre el Santo Evangelio, que han de hacer todos los días de fiesta en la misa parroquial, escojan la hora más oportuna para que concurran los fieles -exceptuando la destinada a la doctrina de los niños- y den la instrucción catequística a los adultos, con lenguaje sencillo y acomodado a su inteligencia. Para ello se servirán del Catecismo del Concilio de Trento, de tal modo que, en el espacio de cuatro a cinco años, expliquen cuanto se refiere al Símbolo, a los Sacramentos, al Decálogo, a la Oración y a los Mandamientos de la Iglesia.
   VII) Venerables Hermanos, esto mandamos y establecemos en virtud de Nuestra autoridad apostólica. Ahora, obligación vuestra es procurar, cada cual en su propia diócesis, que estas prescripciones se cumplan enteramente y sin tardanza. Velad, pues, y, con la autoridad que os es peculiar, procurad que Nuestros mandatos no caigan en olvido, o -lo que sería igual- se cumplan con negligencia y flojedad. Para evitar esa falta habéis de emplear las recomendaciones más asiduas y apremiantes a los párrocos, para que no expliquen el Catecismo sin la previa preparación, y que no hablen el lenguaje de la sabiduría humana, sino que con sencillez de corazón y con sinceridad delante de Dios (2 Cor. I, 12) sigan el ejemplo de Cristo, pues aunque expusiese cosas que estuvieron ocultas desde la creación del mundo (Mat. XIII, 35), sin embargo, las decía todas al pueblo por medio de parábolas, o ejemplos y sin parábolas no les predicaba (Ibid. v. 34). Sabemos que lo mismo hicieron los Apóstoles, enseñados por Jesucristo; y de ellos decía San Gregorio Magno: Pusieron todo cuidado en predicar a los pueblos ignorantes cosas sencillas y accesibles, y no cosas altas y arduas (Moral. 17, 26). Y en las cosas de religión, una gran parte de los hombres de nuestra edad ha de tenerse por ignorante.

El trabajo de la enseñanza

     14. Pero no quisiéramos que alguien, en razón de esta misma sencillez que conviene observar, imaginase que la enseñanza catequística no requiere trabajo ni meditación; al contrario, los pide mayores que cualquier otro asunto. Es más fácil hallar un orador que hable con abundancia y brillantez, que un catequista cuya explicación merezca plena alabanza. Por lo tanto, todos han de tener en cuenta que, por grande que sea la facilidad de conceptos y de expresión de que se hallen naturalmente dotados, ninguno hablará de la doctrina cristiana con provecho espiritual de los adultos ni de los niños, si antes no se prepara con estudio y seria meditación. Se engañan los que, confiados en la inexperiencia y rudeza intelectual del pueblo, creen que pueden proceder negligentes en esta materia. Al contrario; cuanto más incultos los oyentes, mayor celo y cuidado se requiere para lograr que las verdades más sublimes, tan elevadas sobre el entendimiento de la generalidad de los hombres, penetren en la inteligencia de los ignorantes; los cuales, no menos que los sabios, necesitan conocerlas para alcanzar la eterna bienaventuranza. 

     15. Séanos permitido, Venerables Hermanos, deciros al terminar esta Carta, lo que dijo Moisés: El que sea del Señor, júntese conmigo (Ex. XXXII, 26). Observad, os lo rogamos y pedimos, cuán grandes estragos produce en las almas la sola ignorancia de las cosas divinas. Tal vez hayáis establecido, en vuestras diócesis, muchas obras útiles y dignas de alabanza, para el bien de vuestra grey; pero, con preferencia a todas ellas, y con todo el empeño, afán y constancia que os sean posibles, cuidad esmeradamente de que el conocimiento de la Doctrina cristiana penetre por completo en la mente y en el corazón de todos. Comunique cada cual al prójimo -repetimos con el apóstol San Pedro- la gracia según la recibió, como buenos dispensadores de los dones de Dios, los cuales son de muchas maneras (1 Pet. IV, 10).
     Que, mediando la intercesión de la Inmaculada y Bienaventurada Virgen, vuestro celo y piadosa industria se exciten con la Bendición Apostólica, que amorosamente os concedemos a vosotros, a vuestro clero y al pueblo que os está confiado, y sea testimonio de Nuestro afecto y prenda de los divinos dones.
     Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de abril de 1905, segundo año de Nuestro Pontificado. Pio X

¿Y LOS POBRES ANIMALES INOCENTES?

CIEN PROBLEMAS EN CUESTIONES DE FE
¿Y LOS POBRES ANIMALES INOCENTES? 

     Si Cristo explica el dolor humano como reparación del pecado y como medio de elevarse, ¿por qué sufren, aunque sea sólo físicamente, creaturas de un Dios bueno que no tienen pecado que expiar, esto es, los animales?
     Cuando vemos que entre los hombres el débil sucumbe ante el fuerte, el pobre ante el rico, el enfermo ante el sano, pensamos que la voluntad libre humana es causa, al menos en la raíz, del desorden, del predominio, pero que una superior justicia divina dará en la otra vida a cada cual lo suyo. Pero ¿y entre los animales? El pescado pequeño es devorado por el grande, el lobo despedaza a la oveja, el animal más fuerte al más débil. Y esto por necesidad de la vida, por ley de naturaleza, sin que de esto se pueda halar una explicación en una voluntad libre responsable del mal y sin que ese dolor físico de seres inocentes halle la compensación de una futura remuneración. (Profesor S. A.—Malnate-Varese.)

     Nos hallamos en la última parte de su bella carta, profesor, como había yo prometido.
     Conviene, ante todo, reducir a sus justos límites la dificultad realizando un decidido esfuerzo contra la amplificación fantástica y sentimental del problema.
     Es Instintiva la tendencia a antropomorfizar a los animales, interpretando de un modo humano sus manifestaciones sensibles externas, semejantes a las manifestaciones análogas del hombre. Es la tendencia sumamente comprensible a proyectar en el mundo exterior las propias experiencias interiores. Todos somos un poco poetas cuando se personalizan las cosas de la Naturaleza y se les dirige conmovidos la palabra: ¡a una montaña amada, a una planta! En el Vittoriale de Gabriel d'Annunzio, en Gardone, el arquitecto superintendente Maroni en 1940 me enseñó una especie de nicho aislado, de ladrillo, que era como un «ex voto» ¡para reparar el derribo que había que llevar a cabo de una planta que se encontraba allí! ¡Pobre planta de... venerada memoria! Rarezas del poeta, pero significativas. ¡Figurémonos con los animales, que se mueven y son sensibles como nosotros!
     He sido testigo de verdaderas y propias escenas de envidia porque un perro meneaba la cola a una persona más que a otra. Las fiestas o repulsas de ciertos animales se interpretan fácilmente como verdaderas expresiones de afecto o de aversión y su modo sensitivo de conocer como verdadera aunque limitada inteligencia. Y admirados de alguno más vivaz, se dice, con convencimiento: «no le falta más que hablar».
     Ahora bien, es preciso reflexionar bien que decir inteligencia es decir alma (
Se entiende alma racional, pues los animales tienen también alma, aunque no espiritual como la humana. Nota del traductor), es decir personalidad, vida eterna, etc., cosas todas de tan enorme importancia como para trastornar tan radicalmente la concepción humana y religiosa acerca de los animales, que debería bastar para excluirla. Pero no puedo aquí tratar detenidamente la cosa remitiendo, si se quiere, a mi trabajo El misterio del alma humana (De esta obra hay traducción española a cargo mío (Madrid, 1054, XI, págs. 219-254). Nota del traductor), donde en el capítulo «El buey Apis» demuestro la falta de inteligencia de los animales.
     Excluida la inteligencia, se excluye el dolor moral de cualquier forma que sea. Y esto es ya bastante para reducir inmensamente el alcance de la tragedia del dolor animal. Por dolor moral, realmente, no entiendo sólo el que nace de un sufrimiento del corazón, sino incluso la reflexión sobre el propio dolor físico, que es la parte más deprimente y más conmovedora de todo sufrimiento físico. Hay algo semejante en las mutilaciones. ¡Quedarse ciego! ¡Qué pena! Pero un ciego de nacimiento, que no supiese que existe el sentido de la vista, no tendría por ello ningún sufrimiento.
     Cuando se ven y oyen animales que tiemblan y trinan de dolor, recuérdese bien que se trata de puro sufrimiento sensible, sin dolor alguno moral ni abatimiento doloroso consiguiente.
     Una prueba típica del antropomorfismo de que he hablado me la da usted mismo, ilustre profesor S. A., al hablar de los animales inocentes.
     Metafóricamente, y basándose en la pura etimología material, esto podrá decirse también de ellos, cuando no son animales dañinos, como se puede decir también de las cosas inanimadas. Se dice, por ejemplo, vino inocente, en el sentido de que ¡no daña! Pero en sentido propio, y, por consiguiente, moral, no se puede, ciertamente, decirlo de los animales, porque careciendo ellos de alma espiritual, se hallan fuera del terreno moral. Si no cometen algún pecado no es por virtud, sino porque son incapaces de actos morales, y, por tanto, lo mismo de pecado que de virtud.
     De todos modos —se dirá—, ese dolor, aunque puramente sensible, se da. Y se da, efectivamente, por ley de naturaleza. ¿Por qué? Debe haber un fin bueno que lo justifique. Hallarlo significa resolver esencialmente la dificultad.
     Directa o indirectamente —y basta esta manera indirecta en la visión global del mundo—, el animal con su muerte viene a servir al hombre. Y al servir al hombre, dotado de supervivencia eterna, entra directamente en la ley cósmica de la perennidad. Es evidente que no es una perennidad suya, de la que seria incapaz, pero es, de todos modos, un ponerse al servicio de la perennidad y una justificación así de su existencia. La demostración de la ley cósmica de la perennidad es un poco sutil, pero elemental. Lo que muere —en el sentido totalmente destructivo de la palabra — es indigno de la obra de Dios. Dios, realmente no puede obrar, en definitiva, por la nada. Es preciso que lo que se destruya sirva a lo que no se destruye. Sólo sacrificándose por el hombre es como los animales justifican su existencia sirviendo a lo que no se destruye.
     Pero no falta tampoco el fin bueno de su capacidad de dolor en ellos mismos.
     La ley del dolor sigue la ley del sentido, del mismo modo como la sigue la ley del placer. Uno y otro son valiosos e indispensables instrumentos para la conservación próspera de los animales. El placer los atrae, por ejemplo, hacia el alimento bueno, y el dolor, para emplear una frase sumamente general, los aparta del alimento perjudicial.
     A consecuencia de esta ley, de no querer un continuo milagro, resultará inevitable asimismo el dolor sin utilidad directa propia, cuando, por ejemplo, el animal —para realizar el fin cósmico—, o dará alimento fresco a otro animal, o lo hará directamente al hombre, o servirá a éste en las valiosas experiencias de laboratorio, o lo estimulará útilmente a secar los pantanos, con el sacrificio de los elegantes mosquitos, que también son animales... inocentes, etc.
     Pero el dolor sufrido así, en beneficio ajeno y sin culpa moral alguna, tiene su proporcional compensación en el terreno puramente temporal de su vida, en el placer gozado, en la mesa de la Naturaleza, sin mérito alguno. ¿Merecen acaso los cerdos cuando están felizmente engordándolos? El animal no conoce ninguna negación meritoria de las propias pasiones. El animal, aun cuando parezca generoso, siempre toma, no da; si da, da por gusto o forzado.
     Por tanto, lo mismo que, por una parte, falta todo pecado, por otra, falta todo mérito. Puede existir el dolor sin culpa, por un lado, y existir el placer sin mérito, por otro.
     La compensación es perfecta.
     Con esto no se quiere negar que la trágica nota del dolor constituya en el cosmos una falta de superior perfección. No se puede hablar, sin embargo, de desorden, sino de perfección limitada. Esto prueba solamente que el grado de la perfección del mundo no es infinito. Cin embargo, al principio era superior. Dios Creador quiso trasladar un superabundante reflejo de su perfección y bondad dando al hombre nacido inicialmente de sus manos, por supererogación, dones milagrosos que excluían en él el dolor. El hombre no tenía además necesidad de matar a los animales, y algunos sabios incluso han supuesto que el régimen mismo interno del reino animal participaba, por especial don del Creador, de esta situación de excepción, como por reflejo del privilegio milagroso concedido al hombre, rey de la Creación (véase a Santo Tomás en la Summa TheoL, parte I, cuestión 96, artículo I, e Isaías, 65, 25).
     De todos modos, es demasiado natural que, después del pecado original, destronado el hombre de su estado privilegiado, también su contacto con el reino animal y el régimen de éste volvieron a la situación normal natural.
 

BIBLIOGRAFIA
Santo Tomás : Summa Theol., I, 96, 1; 
G. Franco : I diritti degli animali («Civiltá Cattolica», 1904, I, págs. 403-14 y 682-95); 
V. Marcozzi : Il problema di Dio e le science, Brescia, 1946, cap. V; 
P. C. Landucci: Il mistero dell'anima umana, Así, 1952, págs. 250 y sigs.;
Zuzini: Anímale e uomo, Milán, 1947

martes, 9 de abril de 2013

La misericordia de la Virgen.

     Cómo esta misericordia brota naturalmente de su amor. Del título de Madre de Misericordia, y de las razones en que se funda. Doctrina consoladora de los Doctores y de los Santos.

     I. Tal es el amor de María para con los hombres. ¿Qué diremos de su misericordia? Los Santos no se cansan de exaltarla y bendecirla. Parece a menudo que olvidan todas las demás perfecciones de la Santísima Virgen para celebrar únicamente esta amabilísima cualidad de su Madre. ¿Y quién podrá extrañarlo? ¿Hay algo más dulce, más caro y más confortador para el corazón de los miserables, que por tales se tenían y tales somos nosotros, que la misericordiosa ternura de la Reina del Cielo? Hablad de la gloria, de la grandeza con que la ha coronado su Hijo, de los privilegios sin número y sin nombre que le ha prodigado con tanta liberalidad, nos regocijamos de ello, porque Ella es nuestra Madre.
     Pero decidnos que, en medio de esta grandeza y de esa gloria, alimenta un ardiente amor a los hombres, y éste será un nuevo motivo de alegría, porque es dulce ser amado por una madre y por tal madre. Y, sin embargo, esta alegría no está exenta de inquietud: nuestros pecados e ingratitudes para con su Hijo pueden ser causa de que nos destierre de su corazón. Mas, si oímos decir que es compasiva y misericordiosa, tanto como amante y glorificada, esto, por encima de todo, será lo que nos conmueva, nos aliente y nos encante.
     Ahora bien; imposible es dudarlo: la Santísima Virgen es misericordiosa. Para convencernos de ello bástanos recordar su amor y nuestra miseria. En efecto, ¿qué es la misericordia? "Es —dice San Agustín—, la compasión que siente nuestro corazón por la miseria ajena, compasión que nos impulsa a prestarle asistencia en la medida de nuestra posibilidad" (
Misericordia est alienae miseriae compassio in corde nostro qua utique si possimus subvenire compellimur (S. August., De Civit Dei, t. IX, c. 5, P. L., XLI, 261).
     Seguramente, si María necesita miserables que reclamen su compasión y miserias que aliviar, este valle de lágrimas puede proveerla con abundancia de los unos y de las otras. ¿Qué somos, sobre todo en el orden espiritual, sino la misma indigencia, y qué podemos ofrecer a sus ojos sino millares de motivos de piedad, añadidos a nuestra nativa pobreza? Por tanto, nada falta del lado de la miseria. Nada tampoco podrá faltar del lado de la compasión. Porque, en presencia de las miserias, la compasión nace del amor y se mide por él. Es, en efecto, propio del amor el estimar como suyos los bienes y los males ajenos, porque el amor es un principio unitivo; tanto, que el amor se transforma naturalmente en compasión cuando ve sufrir a los que ama (
S. Thom.. 2-2, q. 30, a. 2). Si, pues, la Virgen sacratísima es toda amor para nosotros, forzoso es que sea también toda misericordia, puesto que no somos a sus ojos sino un triste compuesto de miserias.
     Santo Tomás, de quien hemos tomado este análisis, señala todavía otras causas de las cuales recibe la misericordia nuevos acrecentamientos. Es la primera una alianza más estrecha con aquellos que la miseria o la desgracia ha castigado. Una es la compasión que nos inspira un padre o una madre, y otra la que nos mueve por las penas de un extraño. En la segunda, la experiencia que hayamos tenido de los males que solicitan nuestra compasión. De aquí resulta, con un sentimiento más vivo de esos males, no sé qué simpatía que nos predispone naturalmente a tomar parte en las penas que fueron nuestras, con el fin de endulzar su amargura y de aligerar su peso. Esto es lo que San Pablo explica tan magistralmente cuando escribe de Jesucristo, en su carta a los hebreos: "No tenemos Pontífice que no sepa compadecerse de nuestras enfermedades, porque ha sido probado en todo, a semejanza nuestra, salvo en el pecado. Vayamos, pues, confiados al trono de la gracia, a fin de hallar misericordia y de encontrarla en un socorro oportuno" (
Hebr.. IV,. 15-16). Y más adelante, en la mísma epístola: "Como los niños han participado de la carne y la sangre, él también se ha revestido de ellas... Porque ha debido ser en todo semejante a sus hermanos, para llegar a ser cerca de Dios un Pontífice misericordioso y fiel, para expiar los pecados del pueblo. En efecto; por lo mismo que ha soportado el sufrimiento y la prueba, es poderoso para socorrer a los que están probados" (Ibid., II, 14, 17, 18).
     ¿Comprendéis los consejos de Dios? Su amor a los hombres le inclina eternamente hacia ellos, para arrancarlos de su miseria. Por eso, según el testimonio de la Iglesia, la misericordia, una misericordia incansable, es su cualidad propia (
Psalm. CX, 4; CII, 8; CXI, v. 4, etc.). Más aún, nos atrevemos a decirlo: mientras permanece en el seno de su infinita bienaventuranza, su misericordia, por grande que sea, no es completa. Falta no sé qué de tierno y compasivo que no puede tener su origen sino en una unión más íntima con los miserables, y que no tiene su complemento sino en un ser capaz de sentir. ¿Qué hará nuestro Dios para que su misericordia sea completa, de tal modo que brille a nuestros ojos con sin igual destello, y que de ella no podamos dudar? Lo que el Apóstol acaba de decirnos: tomará nuestra naturaleza con todas sus miserias y, si no puede sernos semejante en el pecado, el mayor de los males, porque es Santo, y la Santidad misma, a lo menos se revestirá de su apariencia, en cuanto pueda, para llevar su justa pena. Así, Dios, hecho hombre, fué misericordioso durante su vida mortal; así lo es todavía sentado a la diestra del Padre, con esta diferencia, sin embargo, que los sentimientos de compasión que por nuestros defectos encierra en su corazón y también por nuestras imperfecciones y miserias, no están ya, como lo estaban entonces, mezclados con angustias y tristezas.
     De manera que la misericordia de Cristo glorificado ocupa en algún modo el término medio entre la misericordia de los hombres y la misericordia divina. Está libre, como ésta, de toda impresión contristadora, mas conoce experimentalmente, como aquélla, las miserias que alivia y conserva, en el fondo del Corazón de Jesús, los sentimientos humanos de piedad con que estas mismas miserias le conmovieron antes tan profundamente.
     Tal es ahora la misericordia de la Virgen en el cielo; es una compasión fundada sobre la comunidad de naturaleza y de sufrimientos; una compasión que no por estar exenta de dolores, deja de acudir con menos presteza a librarnos de nuestros males.
     Hemos dicho: una compasión que ya no está mezclada de dolor y esto es lo que leímos en San Bernardo, y esto es lo que nos repetirá pronto el canciller Gerson. Quien de ello quisiera deducir que María no es, en verdad, misericordiosa, comprendería mal lo que forma la esencia de la misericordia y de la compasión. Según el doctor Angélico, nuestra misericordia está formada de dos elementos: es el primero un sentimiento de pena y de pena sensible, a la vista de las miserias ajenas, y después un movimiento afectuoso del corazón, que inclina a socorrer esa miseria, como se haría con la propia. El primer sentimiento, si permanece solo, no es más que una compasión estéril. En cuanto al segundo, es, por decirlo con entera verdad, lo que constituye la virtud de la misericordia: amar a un desgraciado y venir en su ayuda con afecto desinteresado. He aquí cómo Dios puede ser misericordioso y cómo lo es, efectivamente: "Misericordioso, dice Santo Tomás, con una misericordia que no está en Él, en estado de pasión, propiamente dicha, sino en el de efecto; de tal manera, sin embargo, que este estado procede del afecto de la voluntad, ex ajjectu voluntatis" (
S. Thom., in IV Sentent. D. 46 q. 1. a. 1; col. 1, p., q. 21, a. 3), porque socorrer a un miserable sin hacerlo de corazón y por amor de él, no es compasión, ni misericordia, sino egoísmo, indiferencia o cálculo. En el cielo, nuestro Señor y su Madre tienen este sentimiento y algo más. ¿Qué más? Lo que nuestra piedad toma del elemento sensible de nuestro ser, pero depurado, transformado, desligado de toda impresión dolorosa. Así, uno y otra existen como nosotros en carne, pero en carne capaz de recibir emociones agradables, incapaz de sentir los sufrimientos que afligen a la nuestra (Notemos aquí la diferencia que señala Santo Tomás entre la misericordia y la bondad divina. La misericordia comprende la bondad, mas le añade un elemento más: porque va directamente no sólo a derramar el bien, lo que es propio de la bondad, sino sobre todo a librar del mal (In IV Sevt.., 1. c. sol. 2)).

     II. Un título en el que se resumen esta creencia y esta doctrina es el de Madre de misericordia, Mater misericordiae. Madre de misricordia, María lo es, ante todo, porque nos ha dado al Salvador. Jesucristo, Hijo eterno de Dios, fué eternamente con él Padre de misericordias. Mas al recibir de María su santa humanidad, es cuando ha llegado a ser misericordioso en toda la extensión del sentido que puede tener esta palabra. Ella, al darle a luz, le ha revestido de misericordia. El autor del sermón de la Asunción, en las obras de San Jerónimo, asegura que Jesucristo, naciendo de una Madre Virgen, ha tomado de Ella la misericordia y la mansedumbre, como dos frutos de esta tierra virginal (Ep. ad Paul et Eustach., n. 9, in Mantissa. op. S. Hieron., P. L., XXX, 131). Oveja racional, en Ella y por Ella el Verbo se ha hecho cordero.
     ¿Deseáis sobre el mismo tema otra imagen llena de gracia? Leed este pasaje de San Bernardo: "El Hijo de Dios era una abeja que habitaba entre los lirios, y se nutría de su jugo en la florida mansión de los ángeles. Ahora bien; la abeja divina ha bajado, en un vuelo rápido, a la pequeña ciudad de Nazaret, es decir, a la ciudad de las flores, según la significación de esta palabra, y hallando allí al lirio embalsamado de la perpetua virginidad de María, se ha deslizado en su seno para unirse a Ella toda entera. La celestial abeja tenía la miel y también el agujón, pues el profeta, al cantar su misericordia, exalta también su justicia" (
Psalm. C. 1). Mas, viniendo a nosotros por María, no ha conservado sino la miel, descuidando su aguijón, es decir, la misericordia sin los rigores de la justicia. Por eso, cuando los Apóstoles pidieron a Jesús que consumiera con fuego una ciudad que no le había recibido, Él les respondió: "El Hijo del hombre no ha venido a juzgar al mundo, sino a salvarle" (Luc., IX. 54 y sigs.). "Vedlo: nuestra abeja ya no tenía aguijón. Se mostraba así despojada cuando, en medio de tantos tratamientos indignos, ejercía la misericordia y no el juicio" (San Bern., De Advent. Dom., serm. 2, n. 2, P. L.. CLXXXIII, 42).
     Después de este texto de San Bernardo, séanos permitido transcribir un pensamiento no
menos delicado de un siervo de María, el P. Binet, de la Compañía de Jesús: "Cuando Dios, según los rabinos, quiso aparecer lleno de majestad, hizo los cielos cuajados de estrellas y se adorno con ellos como con una regia vestidura. Se introdujo en las flores y los aromas cuando quiso demostrar su dulzura, y para dar prueba de su riqueza penetró en el seno de la tierra y allí pulimentó el oro y la plata. Para hacer temblar al Universo con el pensamiento de su justicia, habitó entre nubes tormentosas y desde allí despidió sus centellas. Mas cuando quiso ejecutar los estupendos milagros de sus grandes misericordias se escondió en el corazón de Nuestra Señora, y éste es propiamente el lugar de sus maravillas" (Marie chet d'aeuvre de Dieu, I part., c. 1, 5)

     Madre de misericordia, porque nos ha dado en su parto virginal al autor de la misericordia. María lo es también, porque ella misma no existe sino para un fin de misericordia. Hablamos sobre todo de esa misericordia que compadece a los desgraciados culpables y trabaja por salvarlos del mayor de los males: del pecado.
     Ya lo hemos demostrado: Dios ha creado a esta Virgen bienaventurada para los pecadores, de tal modo, que no hubiera existido si no hubiera habido pecadores. Ella es la Reina de los ángeles y, sin embargo, no es a los ángeles a quienes Dios se la ha dado, sino a los pecadores. Quitad el pecado, no hay redención; sin redención no hay Redentor, y sin Redentor no hay Madre del Redentor. Así, pues, una vez más, es a los pecadores a quienes Ella debe su existencia; desgraciados, porque son pecadores; felices, porque han dado ocasión para un bien tan grande.
     ¿Es, pues, sorprendente que se incline hacia ellos con toda la impetuosidad de su amor, o mejor, no sería ir directamente contra su destino si les rehusara socorro y piedad? Admiramos en los Santos una tendencia que les es como natural, a llorar todas las miserias de sus hermanos, y, sobre todo, las miserias morales, y no comprenderíamos, tras tantos ejemplos, una santidad que no estuviera pronta a todos los sacrificios para ayudarlos y salvarlos. Ahora bien; esto, que sería inconcebible en los demás Santos de Dios, lo sería muchísimo más tratándose de María. ¿Por qué razón? Porque no han sido criados expresamente, como Ella lo ha sido, para la obra de la misericordia; porque no son, como Ella, por obra y gracias de Dios, Madre de miserables; porque el peso de su existencia no les lleva, como a Ella, hacia los pecadores, y no para rechazarlos y condenarlos, sino para librarlos de sus cadenas y arrojarlos, libres y puros, en brazos de su Hijo, su Padre y su Dios. Mostradnos al Salvador de los hombres rechazando a los pecadores, cerrándoles sus brazos y su corazón, y os concederemos entonces que su Madre sea insensible a sus miserias. Mas, pues los ha amado tanto, que derramó por ellos hasta la última gota de su sangre, preciso es que Ella sea también toda amor para ellos, puesto que vino, predestinada como Él, por el mismo designio eterno, para salvación de los pecadores; porque, para decirlo de nuevo, "ha sido hecha Madre de Dios por la misericordia: María jacta est Mater Dei propter misericordiam" (
Ricard. a S. Victore, In cantic. cantic., P. II, C. 39, P. L„ CXCVI, 518 En esta misma obra es donde puede leerse esta alabanza de la bondad misericordiosa de María: "Cuíus ubera adeo pietato replentur, ut alicuius notitia miseriae tacta. lac fundant misericordiae, nec, possit miserias scire et non subvenire" (Ibid., c. 23, p 475)). 

     ¡Qué consideraciones tan conmovedoras les inspiró este título! Fácil sería extraer de sus obras otras páginas semejantes. Tal, entre otras, es esta invocación tan filial y tan vehemente, dirigida por San Anselmo a nuestra común Madre: "Entre los temores que me asaltan y el terror que me hiela, ¡oh, clementísima Soberana!, ¿qué medianera invocaré con más fervor que aquella cuyas entrañas han llevado la reconciliación al mundo? ¿Cuál será la intercesora que alcanzará fácilmente el perdón de un criminal como yo, sino la oración de aquella que ha alimentado con su leche al vengador universal de todos los crímenes y al autor misericordioso del perdón? Así como, ¡oh, Señora bienaventurada!, nos es imposible olvidar esos méritos tan gloriosos para Vos y para nosotros tan preciosos, así, ¡oh, Virgen llena de suavidad!, no es creíble que cerréis vuestro corazón a los desgraciados que os imploran.
     "Bien sabe el mundo y nosotros, pecadores del mundo, no permitiremos que se ignore; sabemos, digo, ¡oh, Señora nuestra!, quién es el Hijo del hombre, descendido para salvar lo que estaba muerto (L
uc., XIX, 10), y de qué Madre es Hijo. ¡Cómo! Soberana mía, Madre de mi esperanza, ¿olvidaréis, por indignación contra mí, el misterio tan misericordiosamente anunciado, tan felizmente predicado en el mundo y tan amorosamente abrazado. ¡Qué! ¿El bondadoso Hijo del hombre habría venido libre voluntariamente a salvar a lo que estaba perdido, y la Madre de Dios podría cerrar su oído a los gritos de los que estaban perdidos? ¿El bondadoso Hijo del hombre habría venido a convidar al pecador a penintencia (Luc., V. 32), y su buena Madre desdeñaría al penitente que invoca? ¡Cómo! Ese Dios tan bueno, ese hombre, que era la misma dulzura; ese misericordioso Hijo del Padre de las misericordias, ese compasivo Hijo del Hombre, ¿habría descendido del Cielo en busca del pecador extraviado, y Vos, su buena Madre, Vos, la Madre poderosa fie Dios, rechazaríais al desgraciado que os implora?" (San Anselm. Cant., Or. 51 ad B. Ai. V., P. L., CLIX, 950-951).
     En tales términos resume el Santo Arzobispo de Cantorbery, haciéndolas entrar en su oración, las principales razones que demuestran cuán grande es la misericordia de María.
     Algún tiempo después, San Bernardo, gran servidor, como aquél, de la Reina del Cielo, hablaba en los mismos divinos términos de la misericordia de María, cuando le decía, por ejemplo: "¡Oh, Virgen bienaventurada!: que calle sobre vuestra misericordia aquel que recuerde haberos invocado alguna vez en sus necesidades, sin que le hayáis asistido. Por eso nosotros, vuestros siervecillos, nos regocijamos con Vos de vuestras demás virtudes, mas de ésta es a nosotros mismos a quien felicitamos. Alabamos vuetra virginidad, admiramos vuestra humildad; no obstante, la misericordia tiene mayores atractivos para los desgraciados; les es más cara y más amable; la recuerdan más a menudo, la invocan con mayor frecuencia, porque ella ha sido la que ha alcanzado la reparación del mundo y la salvación universal.
     "¿Quién, pues, ¡oh, Virgen bendita!, quién serás capaz de medir jamás la longitud y la anchura, la altura y la profundidad de vuestra misericordia? Por su largueza, asistirá hasta el fin de los días a todos los que la imploran. Por su anchura, se extiende hasta los confines de la tierra. Su altura sube hasta la ciudad de arriba, para reparar sus pérdidas, y su profundidad desciende hasta los abismos, para libertar a aquellos que estaban sentados en las tinieblas y en las sombras de la muerte, porque por Vos el cielo ha sido llenado, el infierno vaciado, las ruinas de la celestial Jerusalén reparadas y la vida divina devuelta a los miserables, en los que había quedado muerta por el pecado" (
San Bernard. De Assumpt. B. V. serm. 4. n. S. P. L., CLXXXIII.428 y sigs.).
     Así prueba San Bernardo la misericordia de María por sus afectos. Aún la saca a luz más afortunadamente, por medio del Evangelio, en un texto universalmente conocido de aquellos que rezan el Oficio de la Iglesia: "¿Por qué temer la humana flaqueza acercarse a María? Nada hay en Ella de austero ni de terrible: es dulce, ofrece a todos su lana y su leche. Hojead las páginas del Evangelio con toda diligencia, y si allí encontraseis citada como de María una sola palabra dura, un solo reproche cruel, cualquier señal, finalmente, que traduzca la más ligera indignación, os permitiré entonces que tengáis su bondad por dudosa y que temáis su presencia. Mas, si hallaseis, como hallaréis, en efecto, que todo en Ella está lleno de gracia y de piedad, de compasión y de misericordia, dad gracias a Aquel que, en su benignidad, os ha provisto de una medianera que en nada puede seros sospechosa, y que tiene de par en par abierto para todos el seno bendito de su misericordia?" (
San Bernard., Serm. de Xll praerogat. B. V., n. 2, P. L., CLXXXIII, 430)
     Perdónesenos que en una materia tan soberanamente consoladora para nosotros insertemos todavía algunos párrafos más, tomados de la Retórica divina, obra compuesta por el célebre Guillermo de Auvernia, Obispo de París: "Bien sé —decía a María este sabio Obispo—, bien sé que no tenéis por importuna a la multitud de los pecadores que os invocan. Al contrario, toda vuestra alegría consiste en orar por los miserables y en asistir con vuestra intercesión, siempre eficaz y siempre bien acogida, a los que están en peligro de perderse. Porque vos sabéis, ¡oh, dulcísima Madre de Dios!, mejor que todos los hombres y que todos los ángeles, cuánto importa a vuestro benditísimo Hijo nuestra salvación y cuánto le impulsa a salvarnos su misericordia. Vos sabéis también qué gloria le reporta la salvación de un pecador. Por eso, puesto que amáis la gloria de vuestro Hijo más que todas las criaturas juntas, no puedo dudar de que su reconciliación con Él no sea para Vos cara e inmensamente deseable..." (
Guliem. Alvern., ep. París. De Rethorica divina, c. 18. t. I. op., pp. 357 y 358).
     "Ahora bien; prosigue el Obispo de París, insistiendo sobre el oficio de Mediadora; ¿qué se os puede pedir mejor que el que cumpláis vuestra misión? ¿Qué cosa hay más digna de una madre que el promover la gloria de su Hijo? ¿Más digno de Vos, que el ejercitar la función por la cual sois Madre de Dios? Habéis sido elevada a esta muy eminente dignidad para el mismo fin para el cual el Hijo de Dios se ha hecho vuestro Hijo, es decir, para salvar a los pecadores y reconciliaros, con su Padre, porque Dios estaba en Jesucristo para reconciliar al mundo... Puesto que para esto vino al mundo vuestro Hijo, es muy justo que Vos, ¡oh, dulcísima Madre de Dios!, os apliquéis con extremada diligencia a aquello para lo que os fueron conferidos la dicha y la gloria de ser Madre de Dios, Reina y maestra del mundo... Tanto más, cuanto que si es permitido hablar así, debéis a los pecadores todo lo que forma vuestra gloria y aun vuestra divina maternidad, porque por causa de ellos se os han dado todas estas cosas.
     "Por tanto, sin duda, les debéis los socorros que necesitan. Y estos socorros que nos debéis no los rehusaréis a mí, miserable; Vos añadiréis aún nuevos favores, concediéndome aún más de lo que debéis... ¿Se engañará la Iglesia de los Santos cuando os llama su abogada y el refugio de los miserables? No quiera Dios que la Madre de Dios, después de haber dado al mundo la fuente de toda misericordia, rehuse jamás el socorro de su misericordia al mayor de los miserables... En vano gritaremos, si Vos calláis; nuestras palabras serán tenidas por nada delante de vuestro Hijo, si vuestra voz no apoya nuestras plegarias. Así, pues, ¡oh, gloriosa Madre de Dios!, que las entrañas de vuestras benigna misericordia se conmuevan en favor nuestro; esa misericordia incomparablemente mayor que todos mis vicios y todos mis pecados ...
     "Os suplico que no miréis a mis pecados que, lo confieso, me hacen indigno del socorro de vuestra piedad, de toda mirada de misericordia. Pues no es justo que os pongáis de parte de la justicia contra mí o contra cualquier otra persona: eso sería combatir por la justicia contra la misericordia; esa misericordia, digo, a la cual sois ciertamente deudora de cuanta gracias tenéis, de toda la gloria que en Vos brilla y sobre todas las cosas, de vuestra dignidad de Madre de Dios. Por tanto, no quiera Dios que os pongáis del lado de la justicia, ¡oh, benignísima Madre! Ella no os obliga a oponeros en manera alguna a la misericordia de vuestro bendito Hijo, de quien os han venido todos vuestros privilegios; menos aún a vuestra propia misericordia, que es vuestra gloria sobre todos vuestros demás bienes. Por vuestra misericordia es, en efecto, por la que aparecéis sobre todo como Madre de Dios, principalmente a los ojos de los pecadores y de los miserables, a los que conseguís el perdón y la gloria. Ninguna otra criatura, en efecto, más que su madre, podría impetrar de vuestro Hijo bendito tantas y tan grandes gracias. En lo cual, de seguro, os honra, no como a sierva, aunque lo seáis, sino como a su muy verdadera Madre" (
Guliem. Alvern., Ibidem. Podrán leer también sobre el mismo asunto consideraciones piadosísimas en Ricardo de San Lorenzo, De Laudibus B. M. V., 1. IV, c. 22. Opp. Alberti Magni, t. XX, pp. 137-139).
     No hemos hablado sino de autores occidentales, lo que no quiere decir que sus hermanos de Oriente hayan tenido diversos sentimientos sobre la misericordiosa bondad de la Madre de Dios. Sus cantos litúrgicos, a falta de otro testimonio, bastarían para tener por errónea semejante sospecha. ¿Acaso no pueden leerse en sus Meneas oraciones como las siguientes?: "¡Oh, Vos, únicamente amada por Dios, sois un abismo rebosante de misericordia para con los hombres. Por esta misericordia insondable, absolved mis pecados y purificadme de las manchas provocadas por mi irreflexión. Libre así de los males causados por mis negligencias, celebraré perpetuamente vuestras grandezas y vuestras bondades" (
Ex Men., 11 apríl in Vesper. de S. Mart. Antipat., Pietas Mariana Grascor., aut. P. Wangnerech, p. I. n. 337).
     San José, el Confesor, es más expresivo aún, si es posible, que lo que acaba de leerse, en esta humilde oración que hace a María: "Heme aquí hundido en un abismo de pecados... Ruégoos que me deis el arrepentimiento con el perdón de mis culpas. Llénense todos de estupefacción contemplando en mí los efectos de vuestra sobreabundante misericordia, el océano sin fondo de vuestra clemencia, los tesoros infinitos de vuestra benignidad" (
Ibid. 13 april, post od. 3, de S Martino Papa, n. 340, col. n. 346, 347, etc.).
     Es, pues, muy cierto que la Madre de Dios, nuestra Madre, es por excelencia Madre de misericordia. Madre de misericordia, porque ha sido exclusivamente creada para cooeparar a la misericordia que nos salva; Madre de misericordia, porque en Ella y por Ella la misericordia, hasta entonces oculta en el seno de Dios, se ha revestido de nuestra naturaleza a fin de tomar con ella el que ha sido exclusivamente creada para cooperar a la misericordia, porque tiene todo lo que constituye la misericordia, el amor, la compasión, la voluntad de ayudarnos en nuestras miserias; Madre de misericordia, porque es, por naturaleza y por temperamento, como una emanación de la misericordia eterna; Madre de misericordia, finalmente, porque, según antigua y piadosa tradición, la misma Virgen hubiese adoptado con respecto a sus hijos este bendito título de Madre de misericordia que le da la Santa Iglesia.
     Esto es lo que nos enseña San Anselmo en una de sus más con movedoras plegarias a María: "Recuerdo —le dice—, y es dulce para mí el recordarlo, cómo un día deseosa de daros a conocer a los desgraciados como su único apoyo, habéis revelado vuestro memorable nombre a uno de vuestros siervos, que tocaba a su fin. Os dignasteis presentaros a él en medio de sus angustias. ¿Me reconoces? —le dijisteis—, y como contestase con voz temblorosa que no os conocía, Vos Señora nuestra, en vuestra bondad, le dijisteis con voz dulce y cariñosa: "Pues bien; yo soy la Madre de la misericordia." Nosotros, pues, tan miserables y tan infortunados, ¿junto a quién mejor iremos a gemir nuestras calamidades y miserias y que junto a Vos, puesto que sois, con toda certeza y verdad, la Madre de misericordia? Madre santa, Madre única, Madre inmaculada, Madre de misericordia, de indulgencia y de ternura, abrid los brazos de vuestra bondad compasiva y recibid en ellos a este muerto por el pecado".
     San Anselm., Orat. 49, P. L., CLVIII, 947 y sigs. El mismo hecho se relata en el hermoso tratado sobre la Concepción de la bienaventurada Virgen María (n. 36, P. L. CLIX, 316), y quizá es ésta una de las razones por las cuales este libro se atribuyó antiguamente a San Anselmo. Se encuentra también este mismo relato en el tratado de la Encarnación (c. II, P. L., CLXXX, 37), compuesto por Hermann, abad de San Martín de Tournai. Henmann lo cita como tomado de San Anselmo. Este, sin embargo, no es su primer narrador. Donde, según creemos, aparece por vez primera es en la Vida de San Odón, segundo abad de Cluny, escrita por su discípulo el monje Juan. Léese en esta Vida que un día, pasando el santo por una comarca infectada de bandidos, se encontró con un joven perteneciente a una de aquellas partidas de bandoleros. El joven, conmovido hasta las entrañas por el aspecto bondadoso del abate Odón, se arrojó de pronto a sus pies, suplicando con amargas lágrimas que se apiadase de él... Odón, cuando se hubo enterado de la triste profesión del joven, le dijo: "Id, corregios, primero de vuestras malas costumbres, y después pensaréis en abrazar la vida monástica." "Yo —contestó el ladrón—, puesto que me desecháis, vuelvo a mi vida de perdición, mas Dios os pedirá cuenta de mi aíma." El santo, lleno de misericordiosa piedad, le admitió en el monasterio. Después de algunos años de una vida de obediencia y de oración, el nuevo monje cayó gravemente enfermo. Antes de entregar su alma a Dios llamó al santo abad, su padre, para hacerle una última confidencia y recibir el perdón supremo. La confesión era de dos faltas: había dado su túnica y, además, había tomado al cillerero una cuerda de crin: la túnica, para cubrir la desnudez de un pobre; la cuerda, habíase con ella ceñido el cuerpo en castigo de su gula, mas tan estrechamente, que no se le pudo quitar sin arrancarle a la vez trozos de la carne. Después el moribundo añadió: "Esta noche, padre mío, he sido como arrebatado en visión al cielo. Una señora de una majestad y una hermosura sin iguales se ha presentado ante mí y me ha dicho: "¿Me reconoces?" "No, señora", le contesté. Ella replicó: "Soy la Madre de Misericordia." Y yo le dije: "Señora, ¿qué queréis que haga?" Y me contestó: "Dentro de tres días vendrás aquí a tal hora." Y el ladrón penitente murió en el día y en la hora predicha. Y desde este momento nuestro Padre —añade el narrador— tomó la costumbre de llamar a la bienaventurada Virgen con el
nombre de Madre de Misericordia" (Vista S. Odonis, abbat. Cluniae secundi, a Joanne monacho. n. 20, I». L., CXXXIII. 71 y sigs.).
     Si hubiéramos de creer otras piadosas tradiciones, la bienaventurada Virgen se hubiera dignado más de una vez tomar este mismo título de Madre o de Reina de Misericordia para con sus fieles siervos. Teodoro de Appoldia cuenta del bienaventurado Santo Domingo que, después de haber pasado, según su costumbre, una parte de la noche en piadosas vigilias, en la iglesia de su Orden, en Santa Sabina, entró en el dormitorio donde los frailes descansaban y se recogió a un rincón a orar. Alzando los ojos, vió ante sí tres doncellas de admirable hermosura, mas la de en medio superaba en belleza, incomparablemente, a las otras dos. Una de éstas llevaba en la mano un vaso muy rico, lleno de agua bendita, y su compañera ostentaba un hisopo. Y la Reina, pasando con sus dos acompañantes a través del dormitorio, rociaba a les frailes y hacía sobre cada uno de ellos la señal de la cruz. Entonces, el bienaventurado Domingo, alzándose de donde estaba orando, se adelantó hasta la Reina, junto al sitio en que estaba suspendida la lámpara, y cayendo a sus pies, le dijo: "Ruégoos, Señora, que digáis a vuestro siervo quién sois..." Y la Reina le respondió: "Yo soy la Reina de Misericordia a quien invocáis todos los días piadosamente después de vísperas. Y cuando cantáis: Eía, ergo, advocata nostra..., me prosterno ante mi Hijo, orando por la confirmación de vuestra Orden." Y Domingo, lleno de filial confianza: "¿Quiénes son —preguntó— las dos vírgenes que os acompañan ?" "Cecilia y Catalina" —respondió María—. Hemos tomado este episodio del P. Paciuchelli, O. P. (Exercitationes dormitantis animae. . . ad diligendam SS. Deiparam. Excitatio XI in Salve Regina, p. 369, c. 1). y él mismo indica al lector que vea la Vida de Santo Domingo, por Teodorico (lib. II, c. 13), o los Anales de los Padres Predicadores, por Bzovius y Malvenda, ad. a. 1218. Se encuentra también este relato en el Acta Sanctorum, 14 august, Vida de Santo Domingo, § 13, p. 583.
     San Alfonso de Ligorio, en sus Glorias de María, trae también una aparición de la Santísima Virgen a un fraile llamado Leodato, perteneciente a la familia dominicana, en que esta divina Madre, interrogada sobre su nombre, respondió, como al ladrón convertido: "Yo soy la Madre de Misericordia." Los Anales de los Padres Predicadores dicen que dijo: "Yo soy la Madre de Dios".   
     Recordamos también haber leído algo parecido en las Revelaciones de Santa Brígida: "Yo soy la Reina del Cielo y la Madre en Misericordia, le decía María un día: "yo soy la alegría do los justos y la puerta que da acceso a los pecadores cerca de Dios. No hay nadie, por maldito que esté, a quien falte mi misericordia, mientras viva sobre la tierra..., nadie, a menos que sea un réprobo, hay que no pueda, invocándome, volver a Dios y hallar misericordia" (Revel, 1. VI, c. 10). Y después: "Todo el mundo me apellida Madre de Misericordia, y en verdad la misericordia de mi Hijo me ha hecho misericordiosa. Por eso, desgraciado para siempre aquel que pudiéndola hacer con tanta facilidad, no viene a la misericordia" (íbid., 1. II, c. 23).
     Acabamos con este último rasgo. Se halla en la colocación de ejemplos inserta por San Alfonso al final de las Glorias de María, con el número 33. Un estudiante había aprendido de su maestro a repetir a menudo a la Santísima Virgen: "Dios te salve. Madre de Misericordia". A la hora de su muerte, la bienaventurada María presentóse a él y le dijo: "Hijo mío, ¿no me conoces? Yo soy esa Madre de Misericordia a quien has saludado tantas veces". Al oír estas palabras el piadoso niño, extendiendo los brazos hacia ella, y con el rostro iluminado por celestial sonrisa, expiró dulcemente.
     En todos estos relatos la bienaventurada Virgen es la que se da a sí misma el título de Madre de Misericordia He aquí ahora una piadosa aparición en la que Jesucristo le confirma la propiedad de este bendito nombre. Santa Brígida cuenta de sí misma que vió una vez a la Madre de Dios solicitando de su Hijo varias gracias para un desventurado bandido, el que, a pesar de sus crímenes, había conservado algún temor de los juicios de Dios. Y Jesucristo le respondía: "Bendita seáis vos. Madre amadísima... Vuestras palabras son para mí más dulces que el más delicioso vino; ellas me son agradables por encima de cuanto pueda imaginarse... Bendita sea vuestra boca, benditos vuestros labios, de donde procede y sale toda misericordia para con los infortunados pecadores. Con justicia os llaman Madre de Misericordia. Vos lo sois en verdad: porque no desecháis miseria alguna e inclináis mi corazón a la piedad. Pedid, pues, cuanto queráis; ni vuestra raridad ni vuestros anhelos se verán frustrados". Ibid., Revelat. S. Brigittae, L. VI, c. 23, t. II, p. 38 (Romae, 1628).
     Estos hechos, estas visiones, ¿son todos auténticos? Lo ignoramos, aunque no tengamos razón positiva para rechazarlos. En todo caso, tantos ejemplos y muchos otros que podrían sacarse indefinidamente de una multitud de colecciones, prueban al menos esta verdad muy cierta: que siempre y en todas partes ha sido tan grande y tan profunda la creencia en la potente y misericordiosa bondad de María, que los testimonios más extraordinarios de esa bondad parecían naturales y corrientes. Lo que decimos de los hechos que conciernen a la misericordia de la bienaventurada Virgen, podríamos decirlo de otros muchos en los que brillan sus demás atributos maternales. Legendarios o reales, son todos una demostración del poder y de la ternura infinita cuya acción nos revelan, puesto que no hubieran sido ni relatados con tanta universalidad ni con tanta sencillez aceptados, si no fuera María para nosotros, sus hijos, para nosotros pecadores, la Madreque ellos nos representan. 

     Lo que Job, el antiguo patriarca de Idumea, decía de sí mismo Maria pudo apropiárselo mil veces con más razón: "La misericordia crece conmigo desde mi infancia; conmigo salió del seno de mi madre (Job., XXXI. 18). Y esta misericordia no la ha dejado tras de sí al elevarse a la mansión de la gloria. ¿Qué puede negaros de ahora en adelante la Madre de la misericordia, después que ha consentido en entregar a su propio Hijo para librarnos de nuestra miseria? ¿Qué será aquello que no nos conceda en la eternidad de su bienaveturanza, después de habernos dado tanto en los días de su aflicción? ¿Se ha despojado de nuestras miserias o de su misericordia? No tiene ya, es verdad, compasión mezclada de tristeza; mas conserva la compasión libre del corazón, la compasión pródiga en socorro." Así se hace hablar a Gerson en sus comentarios al Magníficat.
     Auténtico o no este texto en todas sus partes, de lo cual no hemos podido cerciorarnos, el pensamiento que expresa es de una realidad muy propia para aumentar nuestra confianza en esta Madre tan misericordiosa. Así como apareció en nuestra tierra para ser en ella instrumento de las divinas misericordias, así igualmente subió al cielo para continuar cerca de Dios su ministerio de misericordia. Acaece con ella como con Cristo, Señor nuestro. Si Jesucristo ha vuelto a su Padre, como Él mismo nos lo enseña, no es sino para defender nuestros intereses, para enviarnos el Espíritu consolador, para prepararnos un lugar en su reino, ser nuestro perpetuo abogado para con el Padre, viviente siempre para siempre interceder por nosotros (
Joan., XIV, 2; XVI, 17; I Joan., II, 1; Hebr., VII, 25, etc.).
     He aquí lo que la Iglesia y los Santos quieren que pensemos de la dichosísima Virgen. Ya en los capítulos anteriores oíamos a los Padres griegos afirmar en sus discursos y en sus plegarias que este es el fin genuino de su Asunción (
Primera parte, 1. VIII, c. 2, t. I, pp. 495 y sigs.). Sería fácil multiplicar las pruebas. Escuchad mejor esta oración que los sacerdotes deben rezar en el Santo Sacrificio, en la Vigilia de la Asunción de María: "Que por la oración de la Madre de Dios sean aceptos a vuestra clemencia, ¡oh, Señor!, los votos que os ofrecemos, porque la habéis transportado de este mundo para que interceda con toda confianza cerca de Vos por nuestros pecados." De suerte que el triunfo de nuestra Madre y su cargo de Abogada misericordiosa van a la par y se compenetran. Es Reina del cielo, mas es para que sea aún más Madre de Misericordia. La Iglesia de Cristo no lo olvida ni con mucho; se atreve a recordárselo a su Esposo, a la vez que lo trae a la memoria de sus hijos: Ut pro nostris peccatis apud Te fiducialitjer intercedat, "a fin de que interceda confiadamente cerca de Vos por nuestros pecados", le dice. Y nuestros Santos y nuestros Doctores lo repiten como Ella. La tierra —predicaba San Bernardo— ha hecho al cielo, en la Asunción de María, el más hermoso de los presentes. Mas también Ella, trocada en celestial, hará a la tierra regalos. ¿Y cómo no ha de darlos, si no ha de faltarle ni el poder ni la voluntad? ¿No es Ella la Reina del cielo y la Reina misericordiosa? ¿Qué digo? ¿No es Ella la Madre del Hijo único de Dios? Nada seguramente demuestra mejor la inmensidad de su poder de su bondad, como no sea que el Hijo de Dios deje de honrar a su Madre, o que las entrañas en las que la caridad, que es Dios, ha reposado corporalménte durante nueve meses, no se haya transformado en afecto de misericrodia y caridad. Mas, ¿quién podrá creerlo?" (San Bernard., Serm. in Assumpt., I, n. 2, P. L., CLXXXIII, 415). Hacia la misma época, otro autor eclesiástico, que se cree sea Echberto, abad de Schunau, oraba así a la Santísima Virgen: "¡Oh, grande! ¡Oh, bondadosa! ¡Oh, amabilísima María! No podéis ser nombrada sin caldear nuestro corazón, ni traída al pensamiento sin despertar sentimientos afectuosos en los que os aman. Apenas habéis franqueado las puertas de nuestra memoria, cuando ya nos embalsama la dulzura de que estáis divinamente impregnada. Os seguimos, pues, ¡oh, Señora nuestra!, gritándoos desde el fondo de nuestro corazón: Ayudadnos, haced cesar nuestro oprobio. ¿Quién nos librará de nuestros males? ¿La gracia de vuestro Hijo, nuestro Salvador?... Mas. ¿quién es, como Vos, capaz de enternecerle y hacer que se lamente de nuestras miserias? Vos, que reposáis ahora en los misteriosos brazos de ese Hijo muy amado, en el eterno mediodía; Vos, que gozáis de sus coloquios más familiares con un corazón que se desborda en la plenitud de la alegría" (Ad. B. Virginem, sermo panegiric, P. L., CLXXXIV, 1013 y sigs.).     Lejos, pues, de que la ausencia haya paralizado su misericordia, la ha hecho en el cielo más activa y más eficaz: "Porque —dice a este respecto León XIII— es imposible expresar todo lo que su protección ha recibido de amplitud y de virtud, cuando fué elevada junto a su Hijo hasta el pináculo de la gloria, reclamado por su dignidad de madre y por el esplendor de sus méritos. Desde entonces es, sobre todo, cuando Ella nos asiste y vela sobre nosotros como una madre" (León XIII, Encicl. Adtiutricem populi), tanto más cuanto que su felicidad misma, contrastando de manera tan viva con nuestras penas, aumenta más y más la compasión maternal de que está penetrada.