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viernes, 24 de febrero de 2012

CUARESMA

QUADRAGESIMA
Ayuno de cuarenta días observado por los cristianos para prepararse a celebrar la festividad de la Pascua.
Según San Jerónimo, San León, San Agustín y la mayor parte de los PP. del IV y V siglo, la cuaresma fue instituida por los apóstoles. Racionan de este modo. Lo que se halla establecido en toda la Iglesia, sin que se vea su institución en algún concilio, debe tenerse por obra de los apóstoles. San Agustín , de Bapt. contra Donat., I. 4, c. 24. Tal es, pues, al ayuno de la cuaresma; el canon 69 de los apóstoles, el concilio de Nicea, celebrado en 325, y el de Laodicea del año 365, los PP. griegos y latinos del II y III siglo hablan de é1 como de un uso observado en toda la Iglesia.
Han pretendido los protestantes que el ayuno de la cuaresma al principio había sido instituido por una especie de superstición y por hombres sencillos que quisieron imitar el ayuno de Jesucristo; que después se estableció insensiblemente esta costumbre y llegó a ser casi general. Chemnitius, Daillé y un inglés llamado Hooper han disertado largamente contra esta institución, y nada han omitido para hacer su origen sospechoso. Pero los ha refutado sabiamente en todos sus puntos Beveridge, obispo de S.Asaph, teólogo inglés, en sus Notas sobre los cánones de los apóstoles, l. 3.
Mosheim se ha visto obligado a convenir en que las pruebas y los razonamientos de este autor son fuertísimos. Después de semejante confesion no es a propósito el pretender, como Daillé, que la duración y la forma del ayuno de la cuaresma no han sido determinadas hasta el siglo IV, puesto que Beveridge ha demostrado que, según el concilio de Nicea, celebrado el año 325, la cuaresma era una práctica conocida ya y observada en toda la cristiandad.
Su argumento mas fuerte es un pasaje de San Ireneo, citado por Eusebio, l. 5, c. 24, que dice que en su tiempo, es decir, a fines del siglo II, unos creían que debían ayunar un día, otros dos, estos muchos dias, aquellos cuarenta, Luego, dicen, no había entonces todavía nada constante y uniforme sobre este punto de disciplina. Mas, como observa Beveridge, San Ireneo no para aquí; añade que esto ha provenido de que algunos antiguos no fueron exactos en retener la forma del ayuno, y han dejado pasar como costumbre lo que era efecto de sencillez y de ignorancia. Ibid.,p. 156 y 157. ¿Y cuál era la forma del ayuno en el siglo II? Orígenes, que vivió cincuenta años, después que San Ireneo, nos dice que era de cuarenta días. Hom. 10 in levit., N° 2. Era pues por sencillez y por ignorancia que algunos no la observasen así. Beveridge deduce que M. Yalois y demás críticos han entendido mal el pasaje de San Ireneo, que es bastante obscuro.
Otros protestantes han dicho que fue el papa Telesforo el que instituyó la Cuaresma, hacia la mitad del siglo II, que este ayuno al principio era voluntario, que no llegó a ser ley hasta mediados del III. Es lástima que los PP. de aquellos tiempos hayan ignorado esta anécdota. Cuando San Telesforo ocupó la silla de Roma, hacia treinta años poco mas que san Juan había muerto; esto nos aproxima bastante al tiempo de los apóstoles. Pero ¿han pensado en ello los protestantes cuando han atribuido a un papa del siglo II el poder de introducir una nueva costumbre en la Iglesia? Víctor, uno de sus sucesores, sesenta años después, lo tenia mucho menos, puesto que una parte del Asia se le resistió con motivo de la celebración de la Pascua.
Aun cuando la institución do la cuaresma no remontase mas que hasta el siglo II, era bastante antigua para que los protestantes la debieran respetar, si hubieran querido perfeccionar las costumbres y no relajarlas.
Antiguamente en la Iglesia latina el ayuno no era mas que de 36 días; en el siglo V, para imitar mas exactamente el ayuno de cuarenta días observado por Nuestro Señor, añadieron algunos cuatro días, y este uso se ha seguido en Occidente, excepto en la iglesia de Milán.
Los griegos empiezan la cuaresma una semana antes que nosotros; pero no ayunan los sábados, exceptuando el sábado santo.
Los antiguos monjes latinos hacían tres cuaresmas; la principal antes de Pascua, otra antes de Natividad (la llamaban la cuaresma de San Martín) y la tercera, de San Juan Bautista, después de Pentecostés; las tres de cuarenta días.
Además de la de Pascua observaban los griegos otras cuatro, que llamaban de los apóstoles, de la Asunción, de Natividad y de la Transfiguración; pero las reducían a siete días cada una. Los jacobitas guardan la quinta, que llaman de la penitencia de Nínive, y los maronitas la sexta, que es la de la Exaltacíon de la santa Cruz. Siempre han sido grandes ayunadores los orientales
El VIII concilio de Toledo del año 653 que aquellos que sin necesidad hubieran comido de carne en la cuaresma no comiesen de ella en todo el año y no comulgasen en la Pascua. A los que la vejez ó enfermedad obligasen a comer, no lo harán sino con permiso del obispo. Can. 8.
Insensiblemente se relajó la disciplina de la Iglesia en cuanto al rigor de la cuaresma. En los primeros tiempos el ayuno, aun en Occidente, consistía en abstenerse de la carne, de los huevos, leche, vino, y en no hacer mas que una comida después de vísperas ó hacia la tarde; esta costumbre ha durado hasta el año 1200. Pero antes del año 800 ya se permitía el uso del vino, de los huevos y de la leche. Algunos glotones pretendieron que las aves no eran un manjar prohibido y quisieron comerlas; se reprimió este abuso.
En la Iglesia de Oriente ha sido siempre muy riguroso el ayuno; durante la cuaresma la mayor parte de los cristianos vivían de pan y agua, de frutas secas y legumbres. Los griegos comían al mediodía y hacían colación de yerbas y frutos verdes por la noche, desde el siglo VI. Los latinos empezaron en el Xlll a tomar algunas conservas para sostener el estómago, y después a hacer colación por la noche. Este nombre ha sido tomado de los religiosos, los que después de comer oían la lectura de las conferencias de los santos PP., llamadas en latín collationes; después que se les permitió beber agua y un poco de vino los días de ayuno, a este pequeño refrigerio se le llamó también colación.
Sin embargo, no se verificó de repente la comida al mediodía en los días de ayuno. El primer grado de este cambio fue anticiparla comida a la hora de nona, es decir, tres horas después del mediodía. Entonces se rezaba la nona, luego la misa y las vísperas después que se iba a comer. Hacia el año 1500 se adelantaron las vísperas al mediodía, y se creyó observar la abstinencia prescrita no usando de carne durante los cuarenta días, y reduciéndose a dos comidas, una mas abundante y otra mas escasa por la noche.
Han observado nuestros historiadores que durante la invasión que hicieron en Francia los ingleses el año 1300, su ejército y las tropas francesas observaban la abstinencia y el ayuno de la cuaresma. Froissart, l. 2, c. 210.
En el principio se unía al ayuno de la cuaresma la continencia, la abstinencia de los juegos, de la diversiones y de los pleitos.
No está permitido casarce en la cuaresma sin una dispensa del obispo. Tomasino, Trat. hist. y pol. del ayuno.
Los epicúreos modernos han disertado con su celo ordinario contra la abstinencia y el ayuno de la cuaresma, han querido aparentar un motivo de bien público. Dicen que en París el pescado es caro, malo y de poca sustancia, y que el pueblo precisado a trabajar no está en estado de guardar abstinencia y ayunar.
Mas en los siglos pasados ¿el pescado era mas barato ó mejor que en el día, o el pueblo estaba menos sujeto al trabajo? Los políticos de aquellos tiempos no creyeron que era necesario abolir la cuaresma. Ellos mismos la guardaban y les parecía bien que no se dispensase de ello. Los que en el día quebrantan la ley, querrían que todos siguiesen su ejemplo, a fin de que se note menos su fealdad.
Los precios de los víveres en París no es la regla del universo entero. En las provincias comen los pobres raras veces la carne, el pueblo vive con leche y con legumbres, y por eso no está peor. No es él que se queja de la cuaresma, son los ricos cansados de la suntuosidad de su mesa. Si a la práctica del ayuno añadiesen la de la limosna como manda la Iglesia, los pobres vivirían mejor y mas cómodamente en la cuaresma, que en el resto del año; bendecirían a Dios por esta institucion saludable.
La Iglesia anglicana ha conservado la cuaresma, no por un motivo de política ni por un interés de comercio, como han pensado algunos especuladores, sino por que es una institución de los apóstoles tan antigua como el cristianismo.

PASTOR AMADO



Aquí están tus ovejas enfermitas;
Traen de espinas el cuerpo claveteado;
Ya no pueden andar... las pobrecitas
Oyeron tus silbidos y a tus pies
Han venido arrastrándose.. . ¿Las ves...?

Padre querido:
Aquí están tus hijos, los que lloran.
Los que sintiendo el corazón herido
Con herida mortal, en vano imploran
Consuelo a su dolor,... su triste suerte.
No tiene más remedio que la muerte!

Angel del cielo:
Tus sonrisas nos hablan de esperanzas,
Tus miradas nos saben a consuelo:
Tu voz despierta dulces remembranzas
De los tiempos dichosos, y nos dice
Que Dios nos quiere mucho y nos bendice.

Háblanos. Padre!
Dínos que el Cielo nos espera; dinos
Que la Madre de Dios es nuestra Madre,
Que se van acortando los caminos
Tan largos de la vida.. . Que en la altura
No hay dolor, ni desprecios, ni amargura..

En donde quiera
Al saludarte, te ofrecieron ramos
de flores que entreabrió la primavera:
Nosotros, pobrecitos. . . ¿Qué te damos?
El corazón herido, agonizante.
Hecho pedazos, pero fiel y amante.. !

Ven con frecuencia
A visitarnos, Padre. La alegría
Volverá a iluminar nuestra existencia.
Será menos amarga la agonía...
No temas que lleguemos a abrazarte...
Nos bastará de lejos contemplarte.

Besen tu mano.
El rico, el pobre, el sabio, el ignorante,
La doncella, y el niño, y el anciano.
Nosotros, no, Señor! Pero al instante
En que nos dejes solos, de tu planta
Besaremos la huella sacrosanta!

Ven con frecuencia,
A dar aliento y esperanza y gozo,
A esos pálidos lirios de inocencia,
A las esposas del Celeste Esposo;
Las que me curan, porque estoy enfermo;
Las que velan mi sueño, cuando duermo.

Si la tristeza
Alguna vez anubla tu semblante,
Y corona de espinas tu cabeza,
Dirige acá tus pasos al instante:
Aquí se halla la fuente del consuelo,
Aquí a dos pasos se contempla el cielo!!

Mons. Vicente M. Camacho

martes, 21 de febrero de 2012

DECRETOS DEL CONCILIO LATINOAMERICANO 1898 (III)

Capítulo V.

De Dios.

27. Creemos y confesamos que Dios, Creador nuestro y Señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en entendimiento, voluntad y toda clase de perfección, siendo una sustancia espiritual única, singular, absolutamente simple e inconmutable, debe pregonarse distinto del mundo en realidad y en esencia, felicísimo en sí y por si, y sobre todas las cosas que además de El existen y pueden concebirse, inefablemente excelso (Conc. Vatic. Const. Dei Filius).

28. Este solo Dios verdadero, por su bondad y omnipotente virtud, con libérrima determinación desde el principio del tiempo formó de la nada a ambas creaturas, la espiritual y la corporal, es decir la angélica y la mundana, y luego la humana que a una y otra categoría pertenece, compuesta de espíritu y de cuerpo. Dios con su providencia sostiene y gobierna todas las cosas que creó, alcanzando de un extremo a otro extremo con fortaleza, y disponiendo todo con suavidad. Porque todas las cosas están patentes y descubiertas ante sus ojos, aun aquellas que en virtud de la libre acción de las creaturas han de suceder en lo futuro (Conc. Vatic. Const. Dei Filius).

29. Siendo la fe católica que veneremos un solo Dios en la Trinidad, y la Trinidad en la unidad, creemos (Symb. S. Athan.) firmemente y con toda sencillez confesamos que hay un solo Dios verdadero, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo: tres personas, pero una esencia, substancia ó naturaleza del todo simple: el Padre de ninguno, el Hijo del Padre solo, el Espíritu Santo de uno y otro a la par, sin principio, siempre y sin fin: el Padre engendrando, el Hijo naciendo, y el Espíritu Santo procediendo; consubstanciales e iguales, y coomnipotentes y coeternos: principio único de todas las cosas, creador de lo visible y de lo invisible (Conc. Lat. IV, cap. Firmiter).

30. Este misterio de la augustísima Trinidad, no ha de discutirse con curiosas investigaciones, ni se ha de confirmar con razones humanas, sino que ha de sostenerse con suma veneración y fe firmísima. «Quien se empeña en probar, dice Santo Tomás, la Trinidad de personas con la razón natural, menoscaba la fe de dos maneras. Primera, por lo que atañe a la dignidad de la misma fe... Segunda, por lo que toca a la utilidad de atraer a otros a la fe. Porque cuando alguien para probar la fe, aduce razones que no son apremiantes, se vuelve ludibrio de los infieles, porque juzgan que esas razones son las que sirven de fundamento y que por ellas creemos» (S. Th. I. q. 32. a. 1.).

31. Creyendo asimismo fielmente la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, confesamos que el Hijo unigénito de Dios, Jesucristo, concebido de María siempre Virgen por obra del Espíritu Santo, hecho verdadero hombre, compuesto de alma racional y de carne humana, nos ha enseñado más claramente el camino de la vida; y siendo inmortal e impasible según la divinidad, el mismo se hizo mortal y pasible según la humanidad (Conc. Lat. IV. cap. Firmiter).

32. Por cuanto al extenderse la funesta plaga del indiferentismo y del racionalismo se multiplican los esfuerzos de los impíos para combatir hasta la existencia misma del sacrosanto misterio de la Encarnación, y sobretodo de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, cuya augustísima persona no temen vilipendiar con mil blasfemias y sacrilegas injurias, Nós, rechazando enérgicamente tamaña impiedad, con todo el afecto de nuestro corazón y con fe firmísima confesamos la divinidad de Jesucristo, el cual teniendo la naturaleza de Dios, no fue por usurpación sino por esencia el ser igual a Dios: y no obstante se anonadó a sí mismo tomando la forma o naturaleza de siervo (Philip., 11, 6, 7).

33. Con tanto ardor amó al género humano, que no sólo no rehusó vivir entre nosotros tomando nuestra naturaleza, sino que se gloriaba del dictado de Hijo del hombre, declarando abiertamente que había adoptado la familiaridad con nosotros para anunciar la libertad a los cautivos (Is. LXI, 1; Luc. iv, 19) y libertando al género humano de la peor de las servidumbres que es la del pecado, restaurar en sí todas las cosas de los cielos y las de la tierra (Ephes., I, 10) y a sacar a toda la descendencia de Adán del abismo en que la habia sumergido la culpa original, para reponerla en el primitivo grado de dignidad (Leo XIII, Epist. In Plurimis, 5 maii 1888).

34. Por tanto, el Hijo Unigénito de Dios vino al mundo, lleno de gracia y de verdad, para que los hombres, participando de su plenitud alcancen la vida eterna, y logren abundantes gracias y participen de la divina naturaleza. Con este fin multiplica los dones de su gracia, la cual ilustrando el entendimiento, y robusteciendo la voluntad con saludable constancia, la empuja siempre hacia lo que es moralmente bueno, y hace más fácil y seguro el uso de la libertad (Leo XIII, Encycl. Libertas, 20 Jun. 1888).

35. Acerca de la necesidad de la divina gracia hay que creer firmemente que ningún hombre, después de caido, sea justo o injusto, puede en el presente estado sin la gracia interior que lo prevenga llevar a cabo obra alguna saludable ó que lo conduzca a la vida eterna. Esta gracia en medida suficiente para alcanzar la salvación, a nadie se niega.

36. La gracia habitual es un don sobrenatural inherente al hombre de una manera intrínseca y permanente, con el cual se vuelve formalmente santo, agradable a Dios, hijo adoptivo de Dios y heredero de la vida eterna. De aquí es que por la justificación se nos traslada de aquel estado en que nacemos hijos de Adán, es decir de pecado, al estado de gracia y de adopción como hijos de Dios por el segundo Adán Jesucristo (Conc. Trid. sess. 6, cap. 4 de justif.); pues la justificación no es solamente el perdón de los pecados, sino la santificación y renovación del hombre interior por la aceptación voluntaria de la gracia y demás dones (Conc. Trid. sess. 6, cap. 7 de justif.): y la gracia, en virtud de la cual quedamos renovados es una cualidad divina inherente en el alma, y una especie de luz y esplendor que borra por completo las manchas de nuestras almas y hace las mismas almas más hermosas y resplandecientes (Catech. Rom. de Bapt. n. 50). De donde resulta que la gracia y la justificación no es igual en todos, y por esto dice San Pedro en su Epístola segunda (III, 18): Creced en gracia; y ésta puede perderse, y de hecho se pierde, por el subsiguiente pecado mortal.

Capítulo VI

Del culto que ha de prestarse a Dios y a los Santos.

37. De todos los deberes del hombre es sin duda alguna el mayor y más santo aquél que nos manda adorar a Dios con piedad y religión. Esto proviene necesariamente de que estamos perpetuamente en poder de Dios, cuya divinidad y providencia nos rigen, del cual salimos y al cual tenemos que tornar (Leo XIII, Encycl. Libertas, 20 Jun. 1888).

38. Por tanto el ahinco de los hombres por el honor de Dios y el culto divino ha da ser tan grande, que más bien que amor deba llamársele celo, a ejemplo de Aquél que dijo de sí propio: me he abrasado de celo por el Señor Dios de los ejércitos (3 Reg. XIX, 14), e imitando a Cristo de quien se dijo (Ps. LXVIII, 10): el celo de tu casa me ha consumido. Y por cuanto el hombre ha sido dotado por Dios con alma y cuerpo, no podemos menos que venerar con culto externo y dar gracias al mismo Dios a quien adoramos con nuestros sentidos íntimos, movidos por la fe, y por la esperanza que en él tenemos colocada.

39. Este culto externo ha de ser no sólo personal y doméstico, sino público; porque el Señor es creador no sólo de los individuos, sino de las sociedades. Por tanto, es necesario que la sociedad civil, como tal, reconozca a Dios por su Padre y autor, y tribute a su potestad y señorio el debido culto y adoración. La justicia y la razón prohiben que el Estado sea ateo o, lo que viene a resultar lo mismo, que conceda igual protección e iguales derechos, a las diversas religiones, como ha dado en llamárseles. Por lo mismo la sociedad, en su calidad de persona moral, está obligada a tributar culto a Dios (Leo XIII, Encycl. Libertas, 20 Jun. 1888): porque la naturaleza y la razón, que mandan a los individuos adorar a Dios santa y religiosamente, porque estamos bajo su dominio, y habiendo de El emanado a Él tenemos de tornar, con la misma ley obliga a la sociedad civil (Leo XIII, Encycl. Immortale Dei, 1 nov. 1885) y otrotanto ha de decirse de la sociedad doméstica.

40. El culto público que los pueblos cristiano han de tributar a Dios, consiste principalmente en santificar el día del Señor. A la observancia o violación de esta ley debe atribuirse en su mayor parte la prosperidad o miseria de toda la República cristiana (Conc. Prov. Rothom an. 1850, decr. 2). No sólo en la vida futura sino en la presente son castigados a menudo con diversas calamidades los transgresores de este precepto (Conc. Prov. Albien. an. 1850, tit. 4. decr. 1); porque su desprecio y olvido conmueven y trastornan el orden moral en sus mismos cimientos; difunden entre los pueblos todo género de males, principalmente la obcecación del entendimiento, la corrupción de costumbres y el amor hace pedazos los vínculos de la sociedad religiosa, de la civil y aun de la doméstica (Conc. Prov. Albien. an. 1850 tit. 4, decr. 1)

41. A Dios solo, como a supremo Creador y Señor de todas las cosas debe rendirse culto de latría y verdadera adoración, como la misma ley natural lo sugiere, y se manda expresamente en esta sentencia: Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás (Mat. IV. 10). La Humanidad de Jesucristo ha de adorar con culto absoluto de latría, porque como dice San Juan Damasceno (Lib. 3, de Fide orth. cap. 8, ap. Franzelin, de Verbo Incarn. Thes. 45): Uno es Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, al cual adoramos con el Padre y el Espíritu Santo, en la misma adoración con su carne inmaculada... no tributamos culto de latria a la creatura, porque no la adoramos como mera carne sino en cuanto está unida a la divinidad.

42. Todos los fieles, como se ha practicado siempre en la Iglesia Católica. han de rendir al Santísimo Sacramento de la Eucaristía el culto de latría que se debe al verdadero Dios; pues no se le ha de adorar menos porque Cristo Nuestro Señor lo estableció para que de él participemos, puesto que creemos que en él está real y verdaderamente presente el mismo Dios de quien el Padre Eterno, al introducirlo en el mundo, dijo (Ps. 96. Heb. 1): Adórenlo todos los Angeles de Dios; a quien los Magos (Mat. II) adoraron postrados, al que, por último como declara la Escritura (Mat. XXVIII, Luc. XXIV) fue adorado por los Apóstoles en Galilea (Conc. Trid. sess. 13, de Euchar. cap. 5).

43. Con el mismo culto de latría adoramos el Corazón de Jesús, corazón de la persona del Verbo al cual está inseparablemente unido, del mismo modo que el exánime cuerpo de Cristo fue adorable en el sepulcro los tres días de su muerte (Pius VI Const. Auctorem fidei, 28 Aug. 1794), no habiendo habido separación o división de la divinidad. Por medio de esta devoción celebramos con especial culto, bajo el Símbolo del Sagrado Corazón de Jesús, los principales beneficios de amor que Jesucristo Nuestro Redentor ha conferido al género humano (Leo XIII, Litt. Benigno divinae Providentiae, 28 Junii 1889).

44. A la Santísima Virgen Maria, cuya Concepción inmaculada definió Pió IX como dogma de fe, y en la cual firmemente creemos, por su excelsa preeminencia sobre todas las demás creaturas se debe veneración de hiperdulía. Ella es nuestra medianera para con Dios, y dispensadora de las gracias celestiales. El implorar el auxilio de María en la oración se funda en el cargo que ejerce sin cesar cerca de Dios, de alcanzarnos la gracia divina, siéndole ella aceptísima por su dignidad y sus méritos, y muy superior en poder a todos los Angeles y Santos (Leo XIII Encycl. Iucunda, 8 sep. 1894). Ni la confianza singular con que los fieles y la Iglesia entera recurren a la Santísima Virgen, menoscaba en los más mínimo el honor debido a Jesucristo; siéndole en extremo grato y aceptable el ayudar y consolar a cuantos imploran el auxilio de su divina Madre. Todas las gracias que se comunican a este mundo, dice San Bernardino de Sena (Citat. a Leone XIII in Encycl. Iucunda, 8 sep. 1894), pasan por tres escalas: pues se distribuyen en ordenada sucesión por Dios a Cristo, por Cristo a la Virgen, por la Virgen a nosotros.

45. Para que el Señor se muestre más propicio a nuestras oraciónes y habiendo mas abogados, con mayor prontitud y largueza socorra a su Iglesia, juzgamos que conviene en alto grado que el pueblo cristiano juntamente con la Virgen Madre de Dios, se acostumbre a invocar con filial piedad y confianza de ánimo a su castísimo Esposo San José; pues él fue además de esposo de Maria, padre putativo de Jesucristo, y de aquí provienen su dignidad, su santidad y su gloria. (Leo XIII, Encycl. Quamquam pluries, 15 aug. 1889)

46. Advertimos a todos los fieles, que los Santos que reinan con Cristo ofrecen oraciones a Dios en nuestro favor, y por razón de la excelencia sobrenatural de su gracia y de mi gloria, y porque son amigos y herederos de Dios, hay que honrarlos con culto de dulia, e invocarlos, y que venerar sus reliquias. Han de considerarse sagradas sus imágenes, y como tales se han de conservar y hay que tributarles el debido honor y veneración. Reteniendo en el corazón y mostrando con las obras, que ésta es la doctrina del Santo Concilio de Trento, sepan todos los fieles que la gracia se nos da por los méritos de Jesucristo, que es el único y verdadero Mediador entre Dios y los hombres; y que invocamos a los Santos, no para que nos concedan algo por su propia virtud sino para que lo pidan a Dios para nosotros, y por nosotros intercedan; que no hay en las sagradas imágenes virtud alguna, sino que el culto que les rendimos se refiere a los prototipos. De igual manera, el culto que prestamos a las reliquias, redundaren honor de los mismos santos de quienes son preciosos despojos (Cfr. Conc. Trid. passim).

lunes, 20 de febrero de 2012

ABSTINENCIA

El motivo general de la abstinencia es el de mortificar los sentidos y dominar las pasiones. Bien conocidas son las consecuencias naturales de la gula. Según Buffon la mortificación mas eficaz contra la lujuria es la abstinencia y el ayuno, (Hist. Nat., tom. 3 en 12°, cap. 4, 105). Después de haber criado Dios a nuestros primeros padres les señaló para su alimento las plantas y los frutos de la tierra, sin hablarles de la carne de los animales. (Gen. I, 29). Mas habiendo visto los excesos a que se habían entregado los hombres antes del diluvio, no parece probable se abstuviesen de ningún género de alimentos que les agradasen. Después del diluvio permitió Dios a Noé y a sus hijos que comiesen la carne de los animales prohibiéndoles al propio tiempo comer su sangre. (Gen. IX, 3, y sig.).
Por los términos en que está concebida esta prohibición se infiere ser la causa el inspirar a los hombres cierto horror al asesinato. La costumbre de degollar a los animales y beber su sangre conduce infaliblemente al hombre a ser cruel. Moisés prohibió en sus leyes a los Judios comer la carne de los animales llamados por él impuros, y excluye por sus nombres a todos aquellos cuya carne podia ser dañosa relativamente al clima, y causar varias enfermedades. Algunos filósofos han atribuido a la misma causa la costumbre que tienen los Egipcios de abstenerse de la carne de muchos animales... El uso del vino estaba prohibido a los sacerdotes durante todo el tiempo que estaban ocupados en el servicio del templo, y a los Nazarenos durante su purificación.

Al principio del cristianismo, los judíos querían sujetar a los paganos que se habían convertido a todas las observancias de la ley judaica, y a todas las abstinencias que los judíos practicaban. Los apóstoles reunidos en Jerusalén decidieron que bastaba a los fieles convertidos del paganismo abstenerse de la sangre, de comer la carne de los animales ahogados, de la fornicación y de la idolatría, (Act. XV).
San Pablo ha dado en sus cartas sobre este punto varias reglas muy sabias. Pero no pasó largo tiempo sin que la abstinencia presentase varios inconvenientes; Tertuliano nos dice que los paganos para probar a los cristianos les presentaban para comer sangre y manteca de puerco. (Apol., c. 9). Mas las abstinencias prescritas por Noé a los judíos y a los primeros fieles demuestran el abuso que los protestantes han hecho de la sentencia del Evangelio: Que no es lo que entra por la boca del hombre lo que le mancha. (San Mateo, IV, 11).
Los maniqueos presentaron anteriormente esta misma objecion para probar que las abstinencias prescritas por Moisés eran absurdas, y san Agustín ha refutado mas de una vez este sofisma. (Libro contra Adim. cap. 15, n. 1, libro 10, contra Faus., c. C y 31).
¿Es por ventura permitido comer carne humana bajo el pretexto de que ningún alimento mancha al hombre? La manzana comida por Adán le manchó sin duda, pues que fué castigado como también toda su posteridad. Desde que los apóstoles tuvieron autoridad para prohibir a los cristianos el uso de beber la sangre y comer la carne de los animales ahogados, ¿porqué no la han de tener para prohibir el uso de toda clase de alimentos en ciertos dias y tiempos?.
Es cosa singular que los maniqueos que ridiculizaban las abstinencias prescritas por Moisés ordenaban ellos mismos a sus escogidos ó predestinados se abstuvieran del vino y carne de los animales. Para justificar esta disciplina, decian que entre los católicos, los que obraban de este modo eran tenidos por los mas perfectos. San Agustín le responde que estos practican la abstinencia para mortificar sus pasiones, en vez de que los maniqueos creian que la carne era de suyo impura, como obra que era del principio malo.
Beau que desea con el mayor empeño disculpar a los maniqueos, pasa en silencio la contradicción en que han incurrido acerca de las abstinencias judaicas, y sostiene que ellos raciocinan con mas consecuencia que los católicos, y abusa de un término equívoco llamando alimento sano a lo que no está infestado ni corrompido, y que por lo tanto no daña a la salud. ¿Es pues lo mismo una cosa que otra? Con semejantes sofismas se puede probar todo lo que se quiera. (Hist. de los maniq., lib. 9, c. 11).
Luego cuando la Iglesia nos ha encomendado la abstinencia y el ayuno, no se ha propuesto mas objeto que la mortificación, ni se ha fundado en las prohibiciones hechas a los judíos, ni en los delirios de algunos herejes; y mitiga la severidad de sus leyes, siempre que se presentan razones suficientes para poder usar de indulgencia.
Algunos filósofos han convenido que en buena política es muy útil suspender la comida de carne de los animales en algunos dias y semanas del año. Cuanto a las abstinencias practicadas por algunas sectas de filósofos, como por ejemplo, los pitagóricos, órficos, etc., nada nos incumben; los motivos que tenemos los cristianos para observar la abstinencia nada tienen de comun con los que dirigen la conducía de estos filósofos.
Algunos protestantes han sostenido que en los primeros siglos de la Iglesia la abstinencia de carne no hacia parte esencial del ayuno de cuaresma, que solamente se prohibía usar un alimento delicado y exquisito, bien fuese grueso ó de poca substancia; que nada se había prescrito acerca del género de los alimentos con tal que se observase cierta sobriedad y mortificación. El Padre Tomasino ha hecho ver lo contrario con pruebas sólidas (Tratado de los ayunos Ia part. 10 y 11; y en la 2a part. c. 3, etc.); y asi como no había ley alguna positiva y formal respecto al ayuno, tampoco la había tocante a la abstinencia y que en todos tiempos nos hemos de atener a lo que en un principio se había establecido.
Así es, que Orígenes asegura haberse abstenido de la carne y vino muchos cristianos fervorosos en el siglo tercero no por las razones arriba indicadas, sino para sujetar su cuerpo a la esclavitud y reprimir las pasiones. (Libro 5 contra Celso, n. 49, y homil. 19 sobre Jerem. n. 7), y vemos el mismo espíritu en el canon 51 de los apóstoles.
Con mayor razón, los cristianos pues debemos practicar esta mortificación, con especialidad en los dias de ayuno. Aun cuando esta costumbre no se hubiera establecido desde el principio entre los Orientales, habría sido necesario introducirla a medida que el cristianismo se propagaba en nuestros climas septentrionales. En estas regiones han sido siempre las carnes los alimentos mas delicados y jugosos, por cuya razón son preferidos, como también por admitir mas variaciones en sus aderezos; así su privación ha debido ser mas sensible en los dias de ayuno. Si los pueblos del Norte no hubieran usado tan frecuentemente de los alimentos de carne, no se hubieran resistido tanto en adoptar la moral de los llamados reformadores, respecto a la abstinencia y ayuno.
Barbeyrac, protestante exaltado, reprueba el que San Jerónimo haya condenado absolutamente el uso de comer carne, asegurando ser un acto malo en sí mismo, como lo es el divorcio. "Jesucristo, dice este santo padre, ha colocado el fin de los tiempos bajo la misma base que el principio; de modo que en la actualidad no nos es permitido repudiar a una mujer, ni hacernos circuncidar, ni comer carne, según: dice el Apóstol: es bueno no beber vino y no comer carne; pues el uso del vino como el de la carne comenzó despues del diluvio". (Adv. Jovin. lib. l, pág. 30). San Jerónimo, según Barbeyrac, abusa aquí del pasaje de san Pablo, y en todo cuanto habla de la abstinencia y del ayuno no hace mas que copiar a Tertuliano que escribía en el mismo sentido que los montanistas. (Tratado de la moral de los Padres, c. 13, § 12, y sig.) ¿Es cierto todo esto?
En primer lugar, el tcxto de san Jerónimo no está tomado fielmente; dice así: "Pues que Jesucristo ha colocado el fin de los tiempos bajo la misma base que el principio, no nos es permitido repudiar a ninguna mujer ni recibimos la circuncisión ni nos alimentamos de carne". San Jerónimo no dice que este último uso no nos es permitido, lo que es esencialmente notable: su intención evidente es decir que no nos alimentamos todos de carne, y en todos tiempos.
En segundo lugar, este padre escribía contra Joviniano, el cual sostenía, como los protestantes, que no había mérito alguno en abstenerse de la carne, porque es un uso indiferente, pues que Dios, que le habia prohibido antes del diluvio, le permitió después. Así que, este raciocinio es evidentemente falso. La Escritura aprobó los nazarenos que hacían voto de abstenerse del vino y de no afeitarse la cabeza durante un cierto tiempo. (Num. VI, 3).
Los rechavitas son alabados por haber observado la prohibición que sus padres les habían impuesto de beber vino, y habitar en sus propias casas, (Jerem. XXXV, 16). Jesucristo alabó a san Juan Bautista que se sostenía con langostas y miel silvestre. Los apóstoles prohibieron a los primeros fíeles el uso de la sangre y de las carnes sofocadas, aunque este uso fuese en sí mismo indiferente. Es pues un acto meritorio abstenerse de cosas indiferentes, cuando el motivo de esta abstinencia es laudable.

En tercer lugar, san Jerónimo no compara el uso de la carne con el del divorcio, en cuanto a su naturaleza y efectos, sino relativamente a la prohibición y permiso de Dios, que era sobre lo que argumentaba Joviniano. Decía este: Dios ha permitido después del diluvio comer carne, cosa que anteriormente habia reprobado; luego este uso es indiferente en sí mismo, y por consiguiente no hay mérito alguno en abstenerse de él. San Jerónimo ataca estas dos consecuencias, una después de otra, y este es el sentido de su respuesta. Vuestro raciocinio es defectuoso por tres razones.
1a.- Dios ha permitido por medio de Moisés el divorcio que había prohibido anteriormente; y sin embargo no se sigue de aquí que el divorcio sea indiferente en sí mismo.
2a.- Aun cuando el uso de la carne fuese indiferente en sí mismo, bastaría que Jesucristo, que quiso restablecer la perfección primitiva nos hubiese disuadido de este uso, así como habia prohibido el divorcio, para que nos abstuviésemos de lo uno y de lo otro.
3a.- Que haya ó no una prohibición positiva. San Pablo dice, (Rom. XIV, 21): «Vale mas no comer carne ni beber vino, y abstenerse de todo lo que pueda hacer caer a nuestro prójimo, escandalizarle, ó debilitar su fe».
Luego puede haber excelentes razones para abstenerse de aquello que es indiferente en sí mismo, y aun ser un acto meritorio; así que vuestro argumento nada prueba.
Barbeyrac, que conocía la fuerza de estas tres reflexiones, las ha confundido, y lo ha embrollado todo con el objeto de poder desatinar a su antojo.
Que se diga sí se quiere, que la respuesta de San Jerónimo no está enteramente desarrollada, puede concederse; pero no por esto se sigue que sea insuficiente, y que es falsa su moral.
No es tampoco mas cierto, que el santo haya entendido mal el pasaje de San Pablo, puesto que refiere literalmente las primeras palabras; y dándole el mismo sentido que Barbeyrac, el raciocinio de San Jerónimo conserva toda su fuerza.
En cuarto lugar ¿qué importa que este padre haya copiado a Tertuliano, que seguia la opinion de los montanistas, siendo así que él no cayó en el mismo error? los raciocinios que Tertuliano hizo despues de su caída no son todos heréticos, y un raciocinio mal aplicado no es siempre un error.
Hay acerca de la abstinencia dos excesos que debemos evitar, siguiendo un término medio. El primer exceso es de los herejes encratitas, montanistas, maniqueos, etc., que sostenían que el uso de la carne es impuro, prohibido y malo en sí mismo; por lo que San Pablo les ha combatido en la Epist. I á Tim. IV, 3.
El segundo es el de Joviniano y de los protestantes que pretendían que la abstinencia de la carne no tiene mérito alguno, que es cosa supersteiosa, judaica, absurda, etc. La Iglesia católica ha seguido un buen medio, decidiendo que esta abstinencia puede ser laudable, meritoria, y aun la recomienda en ciertos casos por excelentes causas. Tal es el espíritu del Canon 43, ó 51, de los apóstoles que dice: «Si un clérigo se abstiene del matrimonio, de la carne y vino, no por mortificación sino por horror, y blasfemando al mismo tiempo contra la creación, sea corregido ó degradado».
Es pues absurdo alegar al presente, contra la abstinencia practicada por mortificación, lo que los apóstoles y antiguos Padres han dicho contra la de los herejes.
Sí se nos pregunta la razón de ser laudable mortificarse con la abstinencia, responderemos con San Pablo (Galat. V, 24): «Los que están dedicados a servir a Jesucristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencia (I Corint. IX, 27): Yo castigo mi cuerpo y le reduzco a la esclavitud, para a no ser reprobado despues de haber predicado a los demás». Como en nuestros días se ha extendido la ambición de reformar todas las leyes, se ha tratado muy seriamente de suprimir un número considerable de días de abstinencia y ayuno, porque la ley que los ordena, no es respetada, y ha llegado a ser una ocasión continua de trasgresión; citándose con este motivo el pasaje de San Pablo en la Epistola a los Romanos VII, 10: "El mandamiento que debia haberme dado la vida, ha servido para darme la muerte".
Si esta razón fuese sólida, no solamente sería necesario concluir con quitar algunos días de abstinencia, sino suprimir toda ley de abstiencia. No se ha tenido pues en cuenta, que san Pablo hablaba del precepto de la ley natural cuando decía: tú no codiciarás, etc.
¿Es necesario abolir la ley natural porque se quebranta frecuentemente? Cuando las costumbres públicas están relajadas no se respeta ley alguna; entonces es llegado el caso, no de abolir las leyes, sino de darles mayor fuerza, si se puede.

EL PRECEPTO DE LA ABSTINENCIA
A lo que obliga.—Este precepto obliga a abstenerse en ciertos días de tomar carne y caldo de carne; pero puede tomarse leche, huevos y legumbres aunque estén estas últimas condimentadas con manteca.
A quiénes obliga.—Obliga este precepto a todos aquellos que tienen siete años cumplidos.
Qué se entiende por carne.—Para lo que a este precepto se refiere, se entiende, en general, por carne todos los animales que respiran en tierra y tienen sangre caliente. En cambio, se consideran como si fueran peces las ranas, caracoles, ostras, tortugas, cangrejos, nutrias, castores y, en algunos sitios, incluso las gaviotas, aunque este último animal, por ser un ave, parece que habría de considerarse en todas partes como carne.
En caso de duda de si un animal debe considerarse como carne o pescado, se podría comerlo tranquilamente, puesto que no constaba con certeza que estuviese incluido entre los prohibidos.
Días en que obliga la abstinencia.
1) Por prescripción general de la Iglesia todos los fieles deben guardar la abstinencia de carnes todos los viernes del año, a no ser que sean día festivo que no caiga en Cuaresma; todos los sábados de Cuaresma; el miércoles de Ceniza; los Miércoles, Viernes y Sábados de las cuatro Témporas, y las Vigilias de Pentecostés, Inmaculada Concepción y el 24 ó 23 de diciembre. En total, unos 75 días.
2) En España, para los que toman la Bula de la Cruzada, o que, por su pobreza están dispensados de ella, los días de abstinencia se reducen a estos nueve: los Viernes de Cuaresma, la Vigilia de la Inmaculada Concepción y el 24 ó 23 de diciembre, pudiendo trasladar esta abstinencia al sábado anterior.
3) En virtud de la facultad especial, de que hablamos anteriormente, concedida por Pío XII a los señores Obispos, éstos pueden disminuir en sus respectivas diócesis los días de abstinencia hasta reducirlos a los siguientes: todos los Viernes del año, el Miércoles de Ceniza, la Vigilia de la Inmaculada Concepción, y el 24 ó 23 de diciembre, persistiendo para España el Privilegio de la Bula, que es, como puede apreciarse, mucho más amplio.
Quiénes están excusados.—Muchos de los que están excusados del ayuno no lo están de la abstinencia. La razón de esta diferencia es que la última es más fácil de guardar que el primero, pudiendo quien se siente débil al ayunar, alimentarse con otros manjares que no sean precisamente carne, y guardar de ese modo la abstinencia.
Están excusados de esta última los trabajadores ocupados en tareas muy fatigosas, como los mineros, herreros, cavadores, etc.; los que, yendo de camino, no encuentran en la posada otros alimentos suficientemente nutritivos que no sean carne; los soldados que comen del rancho que se les da, los criados y los hijos de familia que se ven obligados, por el amo o padre respectivo, a comer de carne.

domingo, 19 de febrero de 2012

AYUNO

Nada tenemos que decir en cuánto a los ayunos de los paganos, de los judios y de los mahometanos; pero como esta costumbre se conserva en el cristianismo, y los herejes y los epicúreos modernos la han combatido, estamos obligados a hacer su apología. Observaremos desde luego, que el ayuno no se habia mandado a los judios por ninguna ley positiva; no es pues una práctica puramente ceremonial; sin cmbargo, en el antiguo Testamento se aprueba, y se alaba como una mortificación meritoria y agradable a Dios. David, Acad, Tobías, Judith, Esther, Daniel, los ninivitas, toda la nación judía, por este medio han alcanzado de Dios el perdón de sus pecados, o gracias particulares. Los profetas no han reprobado absolutamente los ayunos de los judíos, sino el abuso que hacian de ellos, y aun mas de una vez les han exhortado a que ayunasen. Joel, I, 14; II, 12, etc.
En el nuevo Testamento se citan con elogio los ayunos de San Juan Bautista y de la profetisa Ana. El mismo Jesucristo nos dió el ejemplo de ellos, San Mateo IV, 2; ha reprendido solamente a los que ayunaban por ostentación, con el fin de parecer mortificados, VI, 16 y 17; dice que no pueden ser arrojados los demonios, sino por la oracion y el ayuno, XVII, 20. No obligó a sus discípulos, sino que les predijo, que aun cuando ya no estuviese con ellos, ayunarían, IX, 15; y en efecto lo ejecutaron, pues vemos a los apóstoles prepararse con el ayuno y la oración a los funciones de su ministerio, Act. XIII, 2; XIV, 22; XXVII, 21. San Pablo exhorta a los fieles a que se ejercite en el ayuno, 2a Cor. VI, 5; y él mismo lo practicaba, XI, 27. Es pues una acción santa y laudable.
Los enemigos del cristianismo piensan del ayuno de muy diverso modo. Dicen, que es una práctica supersticiosa fundada en una idea falsa de la divinidad, por la que se han persuadido que se complacía en vernos padecer. Los orientales y los platónicos soñaban que somos infestados por los demonios que nos conducen al vicio, y que el ayuno sirve para vencerlos y hacerlos huir. El ayuno puede perjudicar a la salud, y disminuyendo nuestras fuerzas, nos hace incapaces de desempeñar las obligaciones que requieren vigor.
Sin embargo, aun hoy dia losmas acreditados naturalistas convienen en que el remedio mas eficaz contra la lujuria es la abstinencia y el ayuno, Hist. nat. t. 3 en 12, c. 4, p. 105. ¿Creen por esto que la lujuria es el demonio malo que tienta nuestra alma? Los Padres de la Iglesia que tanto han recomendado el ayuno, y que ellos mismos lo practicaron, tampoco lo creian. Los antiguos filósofos, los sectarios de Pitágoras, de Platón, de Zenon, y aun muchos epicúreos, han alabado y practicado la abstinencia y el ayuno; para convencerse de esto no hay mas que leer el Tratado de la abstinencia de Porfirio: ciertamente que no habían soñado que la divinidad se complacía en vernos padecer, y los epicúreos no creían en los demonios, pero sabían por experiencia que el ayuno es un medio de debilitar y domar las pasiones, y que los sufrimientos sirven para ejercitar la virtud ó la fuerza del alma.
Todo el que admite un Dios y una providencia cree, que cuando el hombre ha pecado le es muy útil afligirse y arrepentirse de ello, porque esto es un preservativo contra la recaída, y los que censuran el ayuno convienen en que el hombre afligido no piensa en comer. No es pues una superstición el pensar que el ayuno es una señal y un medio de penitencia, como también un remedio contra la fogosidad de las pasiones. Así como a un médico no se le acusa de crueldad porque mande la dieta y los remedios a un enfermo, tampoco Dios es cruel cuando manda a un pecador castigarse, humillarse, padecer y ayunar.
Para saber si el ayuno es perjudicial a la salud o nos deja incapaces para desempeñar nuestras obligaciones, hay que ver entre los que practican el ayuno y los voluptuosos del siglo: si a los médicos se les llama mas frecuentemente para que curar las enfermedades adquiridas por el ayuno, que para tratar las dolencias ocasionadas por la intemperancia, y en fin si los glotones son mas exactos en llenar sus deberes, que los hombres sobrios y mortificados. Cuando leemos las disertaciones de los epicúreos modernos, nos parece que no buscan lo que es útil a la sociedad en general, y que solo piensan en justificarse de la libertad con que quebrantan las leves de la abstinencia y el ayuno.
Consideran como fábulas lo que se lee en la vida de muchos santos de uno y otro sexo, que han pasado treinta o cuarenta dias sin comer. Estos hechos están demasiado averiguados para que se pueda dudar de ellos. Independientemente de las fuerzas sobrenaturales que Dios puede dar a sus siervos, es cierto que hay temperamentos que, fortalecidos por el hábito, pueden llevar el ayuno mucho mas allá que el común de los hombres, sin desarreglar su salud y aun sin debilitarse mucho. Lo que leemos en las historias de muchos viajeros que se han visto precisados a pasar muchos dias en trabajos excesivos, sin mas alimento que un puñado de harina de maiz o algunas frutas silvestres, hace muy creíble lo que se refiere de los ayunos guardados por los santos. En general, la naturaleza necesita poco para sostenerse, pero la sensualidad convertida en hábito es una tiranía casi invencible. Nos admira el rigor y la multitud de los ayunos que aun practican las diversas sectas de los cristianos orientales.
Daillé, Bingham y otros escritores protestantes sostienen que en los primeros siglos el ayuno no comprendía la abstinencia de la carne, y que solamente consistía en diferir la comida hasta la noche, y excluir de ella los manjares delicados y todo lo que pudiese halagar la sensualidad. Lo prueban con un pasaje de Sócrates. Hist. eccles. I. 5, c. 22, que dice: que durante la cuaresma, unos se abstenían de comer animal alguno, otros usaban solamente los pescados, y algunos comian sin escrúpulo las aves: por el ejemplo del obispo Espiridion, que en un dia de ayuno, sirvió tocino a un viajero cansado, y le invitó a comerlo. Sozom. l.1, c. 14."
Pero de todos los manjares con que uno puede alimentarse ¿los hay mas suculentos ni que halaguen mas la sensualidad que la carne? De esto ed de lo primero que hay que abstenerse en los días de ayuno, según la observación misma de nuestros críticos. El pasaje de Sócrates prueba perfectamente que en su tiempo, como ahora, había cristianos poco escrupulosos que observaban mal la ley del ayuno; pero los abusos no hacen regla. Mas de setenta años antes del tiempo en que escribía Sócrates, el concilio de Laodicea, celebrado en el año 306 ó 307, había decidido que se debia observar la Xerofagia, o no vivir mas que de alimentos secos durante los cuarenta dias de ayuno, can. 50; no permitía pues el uso de la carne.
El ejemplo de San Espiridion favorece todavía menos a nuestros adversarios. Observa el historiador, que no se halló en su casa ni pan, ni harina; el viajero a quien sirvió el tocino rehusó al principio el comerlo, é hizo presente que era cristiano, y que su uso no era el de comer de carne en cuaresma. Venció su repugnancia el santo obispo, diciéndole, que, según la Escritura santa, todo es puro para los corazones puros; la necesidad le excusaba en aquella ocasion.
Esta respuesta nos manifiesta porqué la Iglesia no hizo desde luego una ley general de la abstinencia; se temia favorecer el error de los marcionitas, que se abstenían del vino y de la carne, porque según ellos eran producciones del principio malo. De aquí los cánones de los apóstoles mandaban deponer al eclesiástico que se abstuviese del vino y de la carne por motivo de horror y no por mortificarse, porque olvidaba que estos eran dones del Criador, y así blasfemaba de la creación, Can. 43 y 45, o según otros 51 y 53. Luego que pasó el peligro, la abstinencia se ha observado generalmente, y es muy poco a propósito que los protestantes se levanten contra esta disciplina respetable. Véase a Beveridge, sobre los cánones de la Iglesia primitiva, 1. 3, c. 9, § 7.
Mosheim, aunque protestante, se ha visto obligado a convenir, que el ayuno del miércoles y del viernes parecía haber estado en uso desde el tiempo de los apóstoles, o inmediatamente despues. ¿Han dejado introducida los apóstoles una práctica supersticiosa? Un sabio académico ha probado que los ayunos religiosos han estado en uso en la mayor parte de los pueblos del universo; y remontándose a su origen, ha hallado esta práctica fundada en motivos muy sensatos. Mem. de l'Acad. des Inscrip. tom. 5, in-12, pag. 38. Mosheim se ha olvidado del todo del Evangelio, cuando ha dicho y ha repetido que los primeros cristianos tomaron en la filosofía de Platón su gusto excesivo por el ayuno y la abstinencia. Los justos del Antiguo Testamento, Jesucristo y los apostoles ¿habian estudiado en la escuela de Platón? Dissert. de turbata per recent. platonicos Ecclesia, 49 y 50; Hist. Eclesiastica, segundo siglo, , segunda parte, c. 1, 12. Hist. Crist. sec. 2, 35.

Por prescripción de la Iglesia, todos aquellos que ya han cumplido veintiún años y no tienen todavía los cincuenta y nueve cumplidos, están obligados a guardar el ayuno, en determinados días, señalados en la legislación eclesiástica. Para facilitar el cumplimiento de este precepto, la Iglesia lo suavizó al terminar la guerra mundial, disminuyendo los días de ayuno o trasladándolos a otras fechas. A continuación indicamos los días que deben ayunar todos los fieles, y la mitigación de esa ley por la Bula de la Cruzada y por la facultad concedida por Pio XII a todos los obispos en 1949.
1) Son días de ayuno para todos los fieles, por prescripción general de la Iglesia (canon 1252): Todos los días de Cuaresma, excepto los domingos; los miércoles, viernes y sábados de la Témporas; las Vigilias de Pentecostés e Inmaculada Concepción y el 24 de diciembre (que puede adelantarse al 23) En total 52 días.
2) Para todos los que han tomado la Bula de la Cruzada (cfr. núm. 267 y ss.) o que, por su pobreza están dispensados de tomarla, los días de ayuno se reducen a veinticuatro que son los siguientes: Miércoles, Viernes y sábados de Cuaresma, las Vigilias de Pentecostés e Inmaculda Concepción y el 24 de diciembre, pudiéndose adelantar este ayuno al día 23, o, en virtud de la Bula, al Sábado de Témporas.
3) En virtud de una facultad especial que en 1949 concendió PIO XII y mientras otra cosa no se ordene, los señores Obispos pueden disminuir en sus diócesis los días de ayuno, señalados en la ley general, hasta reducirlos a estos cuatro: Miércoles de Ceniza, Viernes Santo, Vigilia de la Inmaculada Concepción y 23 ó 24 de diciembre. (En algunas diócesis, los señores Obispos no han usado en toda su amplitud esta Facultad, y han dejado algunos días más de ayuno durante la Cuaresma.)
Quedan como días de ayuno estos cuatro: Miércoles de Ceniza, Viernes Santo, Vigilia de la Inmaculada Concepción y el 24 ó 23 de diciembre. Aun cuando ya no hay razón para ello, opinan algunos que este último ayuno puede trasladarse al sábado anterior.

El ayuno consiste en no hacer sino una comida al día; pero se puede tomar algo por la mañana y por la noche, con tal que se guarde la costumbre aprobada de cada lugar, tanto en la cantidad como en la calidad.
Explicación del precepto.—Como se ve, la Ley ordena algo taxativamente; es decir, que se guarde el ayuno por aquellos que tienen veintiún años cumplidos y aún no han cumplido los cincuenta y nueve. En cambio, hay algo que depende de la costumbre del lugar en que se vive; y así, lo que en un sitio no quebranta el ayuno, podría quebrantarlo en otro.
La comida principal.— Puede tomarse en ella la cantidad y calidad de alimentos que se quiera. Puede interrumpirse durante media hora, y, sin embargo, volver luego a comer, sin que por eso se haya quebrantado el ayuno.
Refección de la mañana, o desayuno.— Se puede tomar en ella una cantidad de alimento sólido equivalente a dos onzas, poco más o menos. Dos onzas son 62 gramos y medio. Quiere esto decir que quien toma 70 gramos no peca nada, porque esa cantidad de dos onzas no es matemática, sino que ha de tomarse moralmente, es decir, con cierto margen prudencial.
Refección de la tarde.—Cuatro o cinco veces más que a la mañana de alimento sólido.
Calidad de los alimentos.— Por la mañana, una costumbre vigente en muchas partes prohibe que se tome carne o huevos o pescado. Por la noche no se puede tomar carne. Tampoco se puede tomar pescado, leche ni huevos, a no ser que haya permiso para ello, como sucede en España para quienes toman la Bula.
Comida fuera de horas.—Quien toma una cosa ligera fuera de esas horas, verbigracia, dos onzas, o 62 gramos, que es lo mismo, no peca sino levemente; quien tomare cuatro onzas de una sola vez o en diversas veces, pecaría gravemente.
Las bebidas.— Las bebidas, vino, cerveza, café o refresco, aunque tengan un poquito de azúcar pueden tomar libremente; pero la leche y el caldo, por tomarse como alimento y no sólo como bebida, están prohibidos.
Cambio de orden de las comidas.— Se puede invertir el orden de las comidas tomando a mediodía la cantidad que se señala para la noche y a la noche la del mediodía. Puede también invertirse la de la mañana con la de la noche.
El ayuno y los días de fiesta.— Un día de fiesta nunca es ayuno, a no ser que caiga en Cuaresma, como suele acaecer con el día de San José.
Algunos a quienes no obliga el ayuno.— Aunque estén comprendidos entre los veintiuno y los cincuenta y nueve años cumplidos, están excusados del ayuno:
1. Los enfermos, los convalecientes, los débiles, las mujeres que están criando o se hallan en estado, los que si ayunan sufren un dolor no ligero de cabeza o pierden una parte importante del sueño.
2. Los que trabajan en faenas rudas, como agricultores, leñadores, herreros, albañiles, zapateros, cocineros. Los que tienen que hacer a pie varias horas de camino, verbigracia, 20 kilómetros, los maestros de escuela y otros que tengan ocupaciones que equivalgan en fatiga a las anteriores.
3. En la familia, las mujeres o los hijos que, caso de ayunar, se verían maltratados por sus padres o maridos.
4. Los pobres que no se pueden alimentar suficientemente, y todos aquellos que, caso de ayunar, no podrían desempeñar de modo conveniente el oficio que tienen de estudiantes, dependientes, criados, telefonistas, etc.
5. Incluso podría uno irse de caza de cuando en cuando, es decir, alguna vez, o tomar parte en una competición deportiva en un día de ayuno, y dejar de ayunar, porque la caza o la competición eran tan fatigosas, que a quien lo hiciera por obligación le excusarían del ayuno. Con mayor razón se puede dejar de ayunar si uno toma un trabajo extraordinario para obtener una ganancia extraordinaria.

sábado, 18 de febrero de 2012

SABER LEER

Lo que vas a leer sucedió hace más o menos seiscientos años. Es pues, antiguo, pero siempre de actualidad por motivos que tú misma podrás comprender.
Alrededor del año 1400, Gutenberg (Juan Gensfleisch) terminaba su primera máquina tipográfica, después de veinte años de trabajos y fatigas indecibles.
Las pruebas habían resultado satisfactorias. Se trataba de dar a la luz la primera obra.
¿Cuál escoger entre tantas?
Gutenberg reflexionó: El genio humano ha dado muchas obras de inestimable valor. Pero por encima de ella está un libro divino que tiene al mismo Dios por autor. A la Biblia pues el honor de precedencia.
Entonces del rudimentario taller salió el primer libro impreso: La Sagrada Biblia.
Imagínate la satisfacción de Gutenberg, cuando extrajo de debajo de la prensa su primera copia. La tomó con mano temblorosa, la besó y la estrechó contra su corazón con la felicidad de un padre que abraza a su pequeño recién nacido.
Pero ¿qué sucedió?
Mientras el inventor de la imprenta se embriagaba con la alegría que le había proporcionado el gran éxito, se turbó por una escena terrorifica.
De improviso se le aparece Satanás burlándose de él y, dándole un golpe sobre la espalda, le grita:
— ¡Muy bien, amigo! !Hoy tú has prestado a nuestra causa el más grande de los servicios! ¡En recompensa te ofrezco la mitad de mi reino!
Gutenberg no tuvo tiempo de orientarse, pues pronto se le presentó otra visión extraña.
En un inmenso taller, como nunca lo había visto, centenares de obreros trabajaban con rapidez vertiginosa. Máquinas enormes como monstruos, engullían inmensos pliegos de papel blanco, que pronto devolvían ya impresos. Todos horriblemente asquerosos.
¡Imagínate la consternación del pobre Gutenberg!
¿Podría él asumirse aquella terrible responsabilidad? Su conciencia no se lo permitía.
— ¡Indigno y miserable! —increpó al príncipe de los infiernos—. ¡No, tú no te burlarás de mí! ¡No te servirá mi obra!
¿Y qué hizo?Cogió una maza, la levantó sobre el precioso invento. Pocos golpes y todo habría quedado reducido a fragmentos... pero Satanás no se burlaría de él.
Mientras la maza estaba para desplomarse, arrojada por la energía de un hombre desesperado, una mano invisible la detuvo y una voz gritó:
— ¡No, Gutenberg! No eches a perder la obra de Dios. Es verdad que en manos de Satanás la prensa será instrumento de perversión, de corrupción y de mentira. Pero en manos de Dios será algo poderoso para la difusión de la verdad y de la luz; será un sol que ahuyentará las tinieblas del error, será otra victoria que el triunfador del Gólgota podrá escribir en su álbum de oro.
Gutenberg volvió el rostro para mirar... y su interlocutor era un Angel.
Cayó entonces de rodillas, agradeciendo y adorando el poder y la sabiduría de Dios.
Satanás, que se había escondido en un rincón, quiso decir todavía una palabra: —¡Pues bien, yo acepto el desafío! Demos principio a un gran duelo: ¡Tú, Dios, contra mí, Satanás!— Y desapareció lanzando una horrible carcajada.
★
Desde entonces el príncipe de las tinieblas no olvidó su pacto. Antes bien, parece que lo haya renovado con más odio en los tiempos modernos, en los cuales, la lectura se ha convertido para muchos en una necesidad irresistible, en una verdadera obsesión.
Y entre estos tienen un lugar importante las jovencitas.
Frivolas, amantes de novedad, de falsa poesía muchas leen un poco de todo; los periódicos que entran en la casa, las revistas ilustradas de todos los tipos; las novelas que encuentran en las bibliotecas y escaparates, los libros prestados por las amigas...
A semejanza de aquellos niños que tienen la deplorable costumbre de llevarse todo a la boca: lo que encuentran por la calle, lo que descubren en la despensa, lo que cuelga de los árboles.
He aquí por qué algunas, o más bien muchas, son a menudo víctimas de dolores y de penas más graves que las que sufren los niños golosos: dolores y desdichas morales y espirituales.
Observémoslas: se desalientan y poco a poco se vuelven tristes e inquietas. Es el primer paso hacia el abismo.
Después, casi inconscientemente, pierden el gusto por la oración, se acercan con repugnancia a los sacramentos, especialmente al de la confesión.
Si pudiésemos entonces penetrar en su mente, veríamos que está turbada por fantasías vanas, obscenas, que las atormentan hasta en el sueño.
El abismo está ya cerca.
Y cuántas que, también entonces, no teniendo la fuerza y el valor de determinarse, llegan a la orilla de él y se precipitan.
Entonces, demasiado tarde, comprenden las funestas consecuencias de las lecturas imprudentes.
-Si es así, ¿es mejor no leer nada?
—Todo lo contrario. Pero es necesario saber leer.
"Un buen libro —escribe el Padre Lacordaire- es para el alma cristiana un ser viviente con el cual ella conversa. Leer un buen libro, tenerlo, gustarlo, embriagarse de su perfume, respirar su esencia es para el alma una de las alegrías más íntimas".
"El tiempo transcurre rápidamente en estos agradables coloquios intelectuales con una mente superior, y se agradece a Dios, por haber sido tan bueno en dar al fugaz pensamiento la duración del bronce, y la vida de la eternidad".
Una buena lectura ha sido muchas veces ocasión querida y preparada por Dios, el medio para convertir a ciertas almas, para hacerlas volver por el sendero recto o para impulsarlas a ideales superiores.
San Ignacio de Loyola, se convirtió en el santo que admiramos, después de una buena lectura. San Agustín dio sus primeros pasos en el camino de la conversión motivado por la lectura de las Epístolas de San Pablo. Muchos santos han encontrado en el estudio y en la lectura el camino de su ascensión a Dios.
Pero el libro también puede ser veneno que intoxica el alma.
Es tal, cuando es insulso y malo.
Es insulso el libro que te habla de un mundo distinto del tuyo en que vives; que te describe la vida como un sueño color de rosa, sin fatiga, sin lucha y sin sacrificio; que te hace reir y llorar sin enseñarte nada.
Malo es en cambio el libro que no leerías con gusto en alta voz, delante de tu mamá, o de tu maestra; que tiene páginas, o sólo frases que te hacen sonrojar y sobresaltar la primera vez que lo lees.
★
Para que en la práctica sepas distinguir las lecturas buenas de las que no lo son, te doy algunas reglas que debes tener presentes antes de comenzar cualquier lectura.
Nunca leas libros que estén señalados en el "Indice", esto es condenados por la Iglesia. Sería como si bebieses de un frasco que tiene escrito: ¡"Veneno! ¡peligro de muerte"!
Nunca leas nada sin saber de lo que se trata. En la duda, pide consejo a personas sabias, prudentes y temerosas de Dios.
Si cae en tus manos un libro o periódico considerado bueno, o al menos inocuo, pero para ti peligroso, suspende la lectura en cuanto sientas que te turba.
La conciencia avisa cuando asoma el peligro. Infeliz de ti si no la escuchas.
No te detengas ante los escaparates de libros y revistas que hay en las esquinas de las calles.
Hay en ellos veneno y el demonio está siempre allí para ofrecértelo a poco precio y disfrazado bajo colores brillantes.
Recuerda: la lectura puede ser tu salvación, pero también tu ruina.
Si es buena enriquece tu inteligencia de conocimientos útiles; te prepara para la misión que la Providencia te ha asignado en la vida; te fortifica la voluntad adiestrándola en las virtudes indispensables para la joven; guía rectamente tu corazón, rico de tantas energías, pero ciego e inclinado al mal.
Si es frivola te hace desperdiciar el tiempo precioso de tu juventud, apartándote de los verdaderos tesoros de la vida y de la virtud.
Si es mala te ofusca poco a poco la conciencia y te arrastra inconscientemente de abismo en abismo.
Aprende pues a escoger tus lecturas: aprende a leer.