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miércoles, 30 de octubre de 2013

Apud Deum et homines

Delante de Dios y de los hombres
     El divino Maestro había de predicarnos este man dato:
     «Así resplandezca vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»
     Él mismo había comenzado a darnos el ejemplo desde la casita de Nazaret: allí crecía en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y delante de los hombres, como lo nota expresamente el Evangelista.
     Delante de Dios, todas mis obras buenas están patentes; Él ve hasta lo más oculto de los corazones: de este pobre corazón mío, que muchas veces no sabe ni él mismo lo que tiene dentro de sí, que ni siquiera alcanza a ver siempre claro cuáles son sus intenciones.
     Para Dios, mi Padre, todo está patente, abierto; para Él no hay rincones ocultos, ni intenciones desconocidas, ni apariencias con que yo pueda engañarle; delante de Él avanzo o retrocedo, crezco o disminuyo, estoy en pie o caído, soy luz o tinieblas.
     Pero no me basta que Dios vea mis intenciones puras y rectas, o conozca mis obras aun las más secretas.
     Él mismo quiere que mis obras buenas aparezcan también delante de los hombres.
     No, ciertamente, para satisfacción de mi vanidad, ni para esperar las alabanzas humanas o pedir la gratitud, ni para gloriarme de mi virtud o para ponderar mi sacrificio.
     Todo eso sería soberbia loca, vanidad de niño.
     Todo eso sería cambiar tesoros preciosos por juguetes de barro.
     Si mis obras buenas han de aparecer ante los hombres —y el divino Maestro quiere que aparezcan—, es únicamente para que por ellas al verlas, mis hermanos glorifiquen a Dios, mi Padre, el dador de todo bien, del cual desciende todo don perfecto.
     No para que me alaben a mí. Ni para que me atribuyan a mí el bien obrar.

     Mis obras deben ser luz: deben alumbrar.
     Mas, ¿cómo unir, Señor, esas obras que deben resplandecer y alumbrar con la humildad, que es obligación de mi estado?
     «Si tu ojo fuere sencillo —me responde el Maestro—, todo tu cuerpo será lúcido.»
     Si mi intención fuere recta, nada tengo que temer.
     Y mi intención es recta, es pura, cuando en mis obras busco sólo a Dios, busco su gloria, su agrado. Y no me busco a mí, ni busco las alabanzas de los hombres.

     Si el escandaloso merece que le aten una piedra al cuello y le arrojen en lo profundo del mar, por el inmenso daño que causa a las almas, el que obra bien y con su ejemplo atrae las almas a Dios, merecerá un gran premio.
     Dios es más pronto y generoso para premiar que para castigar.
     Y ¿cuál será ese premio?
     Mis obras buenas son ante los hombres el testimonio que doy de mi fe, de mi adhesión a Dios, de mi amor a Él. Son una confesión de Dios delante de los hombres.
     Dios me confesará a mí delante del mundo.
     «Levántate, siervo bueno y fiel; porque fuiste fiel en lo poco, Yo te constituiré sobre lo mucho.»
     Ese será mi premio: premio inmenso, premio eterno, que ya nada ni nadie me podrá quitar
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Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

martes, 29 de octubre de 2013

COMULGAD BIEN (21)

¡PUREZA!
Maestro.- Como acabas de oír, mi estimado discípulo, Jesucristo quiere y ama a las almas generosas; pero ama y quiere todavía más a los corazones limpios y puros. El es el cordero que se apacienta entre lirios.
     La impureza es una mancha asquerosa que aparta las miradas de Jesús, sus caricias y sonrisas. Escucha esta hermosísima comparación:
     Sucede con harta frecuencia sobre todo en los niños, llenárseles la cara de llagas y postillas, que deforman sus rosadas mejillas y supuran materias y sangre.
     Sus madres están apesadumbradas por ello, y también toda la familia. Pero a pesar de todo, les quieren lo mismo, aunque por precaución, y hasta repugnancia, no les pueden acariciar ni besar.
     Pues lo mismo sucede con Jesús, cada vez que se ve obligado a entrar en el corazón de aquellos que se presentan a comulgar sin pecado mortal, esto es, en gracia, pero manchados con impurezas, como son los pensamientos desordenados, las miradas un poco libres y curiosas, las conversaciones y palabras incorrectas, los deseos poco castos.
     Reprimamos las pasiones todas, pero sobre todo la impureza.
     Jesús viene al alma pura como la abeja a la flor. Jesús tiene predilección por ella; la colma de caricias, y se comunica con ella de manera más íntima y completa; hace se deleite con sus gracias escogidas y, frecuentemente se manifiesta a ella en forma visible, durante la vida, con más frecuencia en la hora de la muerte, como un anticipo de gloría.
D.—Por cierto, Padre, que recuerdo haber leído todo esto en la vida de San Juan Bosco, de San José Cafasso, de San José Cottolengo y de muchos otros Santos, que repetidas veces conversaban con Jesús de los asuntos más importantes que tenían, como se suele hacer con los amigos más íntimos.
M.—No solamente los grandes Santos, sino también los pequeños disfrutan muchas veces de estos favores.
*    *    *
     En la vida de Domingo Savio, cuya beatificación se está activando, se cuenta lo siguiente:
     Era alumno del Oratorio Salesiano de Don Bosco en Turín, y faltó un día al desayuno, a la clase y a la comida, sin que nadie supiera dónde estaba. Avisaron a Don Bosco. El Santo adivinó en seguida de qué se trataba. Fué a la iglesia y le encontró, en el coro, inmóvil, elevado un palmo del suelo, con un pie apoyado sobre el otro, con una mano puesta en el atril y la otra sobre el pecho, mirando al Sagrario, y con una mirada angelícal, imposible de describirse; como si estuviera contemplando una visión suavísima y conversando íntimamente con Jesús en la Eucaristía.
     Lleno de admiración, Don Bosco le llama, y no responde. Le toca y entonces el joven, como si despertara de un profundo sueño, exclama: —¡Oh! ¿Acabó ya la Misa? —Mira —dijo Don Bosco, enseñándole el reloj—, son ya las dos.
     Domingo se quedó perplejo y confundido queriendo pedir perdón de la falta que había cometido contra el horario; pero el Santo Fundador del Oratorio le llevó a comer, y, después a la clase, dicíéndole:
     —Fíjate cuánto te ama Jesús; no te olvides de mí y de las necesidades del Oratorio cuando conversas íntimamente con El.
*    *    *
     Santa Gema Galgani se acercaba todos los días a comulgar, y Jesús se complacía en descorrer los velos de su divinidad, conversando afablemente con ella.
     En cierta ocasión hasta dejó impresas en sus manos, pies y costado, las señales de las llagas de su Pasión sacratísima.
     Por esto, desde entonces, se podían apreciar en sus manos, pies y costado, las señales de las cinco llagas de Jesucristo: como botoncitos de rosal que destilaban sangre, y que duraron toda su vida.
*    *    *
     Léese también en la Vida de una tal Gisela hija de una noble y muy rica familia de Florencia, que, durante la guerra europea, en 1916 una mañana, después de comulgar por su padre, que era capitán y que tenía que partir al frente de combate, donde, como se sabe, existe un peligro continuo, vió que Jesús se le aparecía y con ademán apacible le dijo:
     —¡Animo, Gisela!... La guerra todavía no terminará, porque los hombres son muy malos; pero tu papá quedará a salvo... los aviones no volarán más sobre la ciudad; tu familia y tú no correréis peligro.
     Gisela contó, en seguida, todo esto a su madre, la cual quedó convencida por la sencillez, firmeza y precisión con que se le hacía tal aserto a cada momento; pero más que todo por la extraordinaria devoción que desde aquel día manifestó su querida e inocente Gisela, que apenas contaba siete abriles.
D.—Padre, me vienen ganas de llorar, conmovido al oírle cosas tan extraordinarias.
M. Se trata, querido discípulo, de almas muy puras, con las cuales tanto se complace Jesús, como hemos dicho antes. Esto no te debe admirar, puesto que ya dice el Espíritu Santo que las almas puras, los corazones limpios verán a Dios. Y si no le ven durante la vida, como los grandes y los pequeños Santos, de que hemos hablado, le verán a la hora de la muerte, para consuelo y firmeza de su fe.
*    *    *
     En octubre de 1894, tuve que asistir en el hospital de San Mauricio, de Turín, a una joven de veintiún años, en sus últimos momentos.
     Estaba en agonía. Después de unos minutos de sopor, de improviso se despierta y, apoyándose en la almohada, extendiendo los brazos, prorrumpe en estas exclamaciones:
     —¡Oh, qué precioso! ¡Qué hermoso! ¡Jesús!... ¡María! ¡Miradles, miradles! ¡Jesús y María!
     Los parientes, que estaban a su alrededor, querían ayudarla, sostenerla, distraerla y calmarla; pero se desembarazaba de ellos y seguía repitiendo: —¡Oh, qué precioso! ¡Jesús y María!... Vedme aquí... Ya estoy...
     Y su alma expiraba en medio de la conmoción de todos los circunstantes, que ante tales exclamaciones y ante aquella escena de cielo, daban rienda suelta a la emoción, bajándose de las camas y postrándose en tierra, de rodillas, y llorando.
*      *      *
     Diez años más tarde, en abril de 1905, tuve que asistir a bien morir a otra joven, de dieciocho años, hija única de unos padres muy piadosos. Al recibir el Santo Viático y la Extremaunción, fijó los ojos en el cielo y empezó a gritar:
     —Y ahora, adiós, querido padre y amada madre... Adiós, hasta vernos en el cielo... Sí, allá... Jesús me llama, me convida, voy... ¡Adiós!
     Y apretando las manos de su padre, de su madre y del sacerdote, y con rostro angelical, se quedaba extasiada, hablando en forma ininteligible, hasta que apaciblemente se dejaba caer sobre el lecho de muerte, con la sonrisa en los labios.
D.—Padre, ¿son verídicos estos hechos?
M.—Ya lo creo; yo mismo los he presenciado. Tal vez el Señor lo haya permitido para que como sacerdote y párroco los pudiera contar después, para ejemplo y estímulo de muchas almas, a fin de que amen y cultiven la virtud de la pureza, sobre todo, que nos hace semejantes a los ángeles, llena nuestra vida de alegría y de felicidad y nos concede una dichosa muerte, augurio feliz de un Paraíso especial.
D.—Cómo, Padre, también de un cielo especial?
M.—Sí, de un Paraíso especial. Lo dice San Juan Evangelista, que arrebatado en visión al cielo, vió en él un coro especial de bienaventurados que vestían una vestidura más blanca que la nieve, y cantaban un cántico tan dulce, que ningún otro bienaventurado podía cantar, y seguían a Jesucristo a todas partes donde El iba.
     Ante la ansiedad de saber quiénes eran estos bienaventurados, oyó que le decían:
     —Estos son los que durante su vida jamás mancharon su alma con la impureza.
     Animo, pues, querido discípulo; aprende y enseña a los demás a estimar la pureza del alma, pues que ella, haciéndonos muy estimados de Jesús, en vida, nos reporta, después, todas estas ventajas, y grandes privilegios en la gloria.
D.—Esta gracia, por cierto, que la pediré todos los días, en la Sagrada Comunión, a Jesús.
M.—¡Admirable..., muy bien! Que Jesús te bendiga y bendiga también a todas las almas puras que se propongan, como tú, con la mayor frecuencia posible, ofrecer a Jesús, juntamente con la Comunión, la pureza de sus almas.
Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

EL SACRIFICIO DE LA MISA (23)

TRATADO I.- Visión general
PARTE II: La misa en sus aspectos principales 
6. Diversas formas en la participación del pueblo

Precisando el objetivo
     Gracias a la explicación de las distintas partes de la Misa, que muchas veces no se entienden sino recurriendo a una explicación genética, se ha generalizado bastante el conocimiento de aquella forma del culto divino en la antigüedad cristiana, que juntaba en torno al altar a toda la comunidad cristiana para ofrecer juntamente con el sacerdote el sacrificio y alternaba con él en las oraciones y cantos. 
     Capitulos anteriores nos han dado noticia de las altas y bajas en el aprecio de la participación del pueblo en el sacrificio de la Misa y de su repercusión sobre la evolución del sacrificio eucarístico en determinados periodos de su historia. Otros muchos pormenores irán apareciendo al tratar sucesivamente de cada una de las partes de la liturgia de la misa.
     Tratemos únicamente en el presente capítulo de resumir las características más importantes de la participación del pueblo en la liturgia, redondeándolos con algunos datos y consideraciones de tipo general para sacar de las vicisitudes de su historia algunas conclusiones y principios aplicables a todos los tiempos.

Límites entre la iglesia y el mundo
     291. Condición fundamental para que surjan de la celebración eucaristica formas más intensas de participación es que los reunidos se sientan realmente una comunidad penetrada de una misma fe y amor. Tal conciencia comunitaria palpita visiblemente en los siglos de la antigüedad cristiana.
     Se adivina este sentimiento de que formaban una comunidad en la ceremonia externa de la despedida de los catecúmenos al principio del sacrificio eucarístico. Aquella separación en dos clases mantenía siempre viva en los cristianos la conciencia de su dignidad como miembros primarios de la comunidad. Ya analizaremos luego las distintas formas de despedida de los catecúmenos. Hasta muy entrada la Edad Media se mantuvo este rito, mandando salir a los niños durante la cuaresma, o sea en las semanas de preparación para el bautismo, (Todavia Durando (VI, 56, 11) habla de esta despedida. En algunas iglesias se guardaban las costumbres de la despedida de los catecúmenos aun en tiempos posteriores. Eisenhofer, II, 255) y hasta los umbrales de la Edad Moderna y más tarde aún se podía leer dicha costumbre cuando el miércoles de ceniza se expulsaba a aquellos que como penitentes públicos no eran dignos de participar en el culto divino de la comunidad. Tal exclusión se aplicaba también con todo rigor, durante toda la Edad Media, con relación a los excomulgados. Fuera de estos casos, no frecuentes, la Edad Media desconoció la categoría de hombres excluidos de la Iglesia. Al suprimir en la construcción de las iglesias el atrio y las otras partes que se interponían entre la calle y la nave, como si invitara el porral con sus puertas abiertas de par en par a toda la vecindad a que entrara en el sagrado recinto, se reconoció por modo explícito que había desaparecido toda preocupación de mantener alejadas a ciertas clases de gente o de expulsarlas una vez entradas. Todos los ciudadanos eran cristianos, y como tales, hijos de la casa.

Por qué se suprimió la antigua disciplina
     Esta generosidad con que las puertas de la casa de Dios estaban abiertas a todos, imposibilitaba mantener rigores anteriores, lo que hizo que en la Edad Media cambiara radicalmente la situación. Durante decenios, grandes sectores de la cristiandad estuvieron indecisos entre la disciplina de la antigua Iglesia y la nueva doctrina. En la esperanza de que volverían algún día de su pecado, no se les podía prohibir la entrada en la casa del padre. Por otra parte, resultaba impracticable el propósito del concilio de Trento de prohibir la entrada en la iglesia a los pecadores públicos (usureros, rameras, amancebados) o expulsarlos después del evangelio. Así, una vez desaparecido en nuestro culto todo límite entre la Iglesia y el mundo, pudiendo incluso los judíos y paganos llegar hasta el altar y permanecer entre los fieles aun en el momento más intimo de la consagración, resultó un estado de cosas que, aun prescindiendo de la ley del arcano, hubiera sido increíble en la antigüedad cristiana. No es fácil se altere este estado de cosas mientras los fieles no pasen de ser mudos e inactivos espectadores de una representación sagrada, y seria superado entonces solamente cuando asumieran otra vez un papel más activo.

Orden de entrada y salida
     292. Un modo de producirse comunitariamente habrá que verlo en el mantener un orden fijo de entrada y salida: sus miembros se presentan a tiempo y nadie se ausenta antes de cerrarse la reunión. Es curioso el rigor contra los que llegaban tarde, que muestra en el siglo V el Testamentum Domini sirio: en él se manda a los diáconos tener cerradas las puertas mientras se celebra la misa. Si algunos llegan tarde y llaman a la puerta, no se les abra, debiéndose rezar una oración especial por ellos para que Dios les dé otra vez diligencia y caridad. En todas las liturgias encontramos al final una ceremonia especial de despedida. Desde luego se daba con frecuencia el caso de que algunos, aun de los que habían comulgado, no esperaban hasta esta ceremonia, y pronto se impuso el establecer un orden especial para los que no comulgaban, que hacia fines de la antigüedad resultaba ser la mayoría. 

¿Cuándo se pueden retirar los fieles?
     Según veremos más tarde con todo detenimiento, en Roma y en la Galia fué costumbre dejarles salir antes de distribuir la comunión. Y esto no se consideraba como un abuso que había que tolerar, sino como un uso legitimo, que encontró su expresión en las ceremonias de la liturgia; por ejemplo, en Roma, leyendo los anuncios para la semana siguiente en este lugar antes de la comunión y en la Galia, impartiéndoles después del Pater noster una bendición solemne. Aun así, se hizo necesario aconsejar a los fieles que esperasen siquiera hasta el fin de esta bendición, pues ya en el siglo VI había muchos que creían haber cumplido con la obligación de la misa oyendo solamente las lecciones (San Cesáreo, Serm., 73, 2. La misma queja se repite en el siglo XIII. Otro abuso, que más bien se debe a una participación en la misa por devoción particular, condena Valafrido Estrabón (De exord. et increm., c. 22: PL 114, 948 B): saepe in illis transeunter offerunt missis, ad quas persistere nolunt; es decir, se van después de la entrega de las ofrendas. Otro abuso encontramos en la baja Edad Media muy característico de la piedad popular, y que consiste en entrar a la iglesia solamente para ver alzar las sagradas formas) Cesáreo de Arles inculcaba a sus oyentes que el mínimo de cumplimiento de sus deberes como cristianos consistía en la asistencia a la consagración, la oración dominical y la bendición (En la Vita C. 2: PL 67, 1010 c, se dice de él que con frecuencia mandó cerrar la iglesia después del evangelio). La reforma carolingia consideró como parte final de la misa, y antes de la cual nadie podía retirarse, la bendición. No se referia, sin embargo, a la bendición del rito galicano, sino a la de la liturgia romana, introducida por entonces, y es la que cae al final de la misa después de la comunión. Esta nueva interpretación se debió probablemente a que entonces habia llegado a ser muy poco frecuente la comunión de los fieles. En consecuencia, Amalario, a la pregunta frecuente del vulgus indoctum a cuánto obligaba la asistencia a la misa, dió la siguiente contestación: a partir del ofertorio hasta el Ite, missa est, pues en este tiempo es cuando se daba el sacrificio. La teología moral añadió posteriormente también la antemisa, cuando ya tenia otra modalidad litúrgica y otra significación distinta de la de su origen (Es notable que los moralistas actuales declaren que sólo el evangelio final ya no pertenece ad integritatem missae (H. Noldin A Schmitt Summa theol. mor., II, ed. 20 [Innsbruck 19301 245). Tal opinión corresponde al siglo XVI, cuando el evangelio final aun no iba unido de modo definitivo a la misa; cf. II, 656. Por lo demas, moralistas del siglo XVII incluyeron el último evangelio entre las partes de la misa a que necesariamente habia de asistir; cf. De Lugo, De Eucharistia, 22, 1 (Disput. schol et mor., ed. Fournais, IV. 349). No se volvió a fijar más precisamente este carácter en colección alguna oficial de decretos eclesiásticos de la Edad Media ni de tiempos posteriores (Cod. Iur. Can., can. 1248. El Decretum Gratiant, III, 1, 63ss (Friedberg. 1311s.) apenas contiene más que la norma general formulada por los sínodos del siglo VI, de oír misa entera).

Las aclamaciones 
     293. Por lo que se refiere al desarrollo mismo de la celebración litúrgica, la participación activa del pueblo se manifestaba principalmente por el hecho de no contentarse con oír en silencio las oraciones del sacerdote, sino que las subrayaba por medio de aclamaciones. Es evidente que la Iglesia habia copiado esta costumbre de la sinagoga, como se deprende de la forma gramatical de algunas de estas aclamaciones: Et cum spiritu tuo y Amen. Por observaciones incidentales de los Santos Padres sacamos que el pueblo pronunciaba realmente estas contestaciones. San Justino da fe de ello y San Jerónimo escribió en una ocasión que el Amen resonaba como un trueno celestial en las basílicas romanas. También San Agustín se refiere con frecuencia en sus escritos a las aclamaciones del pueblo.
     El problema está ahora en ver cuánto tiempo duró esta costumbre en la Edad Media. Cesáreo de Arlés la supone todavía Parece que se daba también en la liturgia galicana de los siglos VI y VIII; y aun en la liturgia romana de principios de la Edad Media, a pesar de haberse solemnizado ya mucho por la introducción de la Schola y el aumento considerable de los clérigos se sigue hablando de las aclamaciones del pueblo.
     Esto se nota perfectamente en el ordinario de la misa de Juan Archicantor, que, cada vez que se trata de una contestación, usa frases como las siguientes: respondent omnes, respondentibus omnibus (Silva-Tarouca, 197-201). La misma observación se hace ambién en el Ordo de S. Amand con ocasión del Deo gratias después de los anuncios (Duchesne, Origines, 482). El que el Ordo Romanus I no mencione al pueblo, no prueba nada en contra; véase Nickl, llss. Los manuscritos de los sacramentos por regla general no dicen quién ha de contestar las contestaciones solamente se señalan con la «R»). Una excepción hace el Gregoriano, que se encuentra en el cód. Pad. 47 Cs. IX), y que por su contenido pertenece al siglo VII. En las contestaciones pone repetidas veces: Respondeat
populus (Mohlberg-Baumstark, nn. 874 889s 893) Más adelante vuelven con frecuencia tales rúbricas, que no siempre hay que tomarlas al pie de la letra 

Desaparecen pese al esfuerzo de la reforma carolingia
     Parece que la reforma carolingia insistió con especial empeño en el mantenimiento de esta costumbre. En la Admonitio generalis de Carlomagno del año 789 se exige la participación del pueblo (MGH, I, 59): El pueblo debe cantar el Gloria Patri y el Sanctus. Cf. Rodolfo de Bourges (+ 866), Capitulare, c. 10: PL 119, 708). Amalario exhorta a los que no entienden la lectura latina del evangelio a que por lo menos digan con los demás el Gloria tibi, Domine (De eccl. off., III, 18: PL 105, 1125s. Respecto al diálogo antes del prefacio, cf. 1. c. III, 19 : pl 105, 1128 A 1131s). Otros autores carolingios hablan de intervenciones del pueblo como de una cosa natural (La Expositio «Primum in ordine» observa de paso que al Dominus vobiscum antes del prefacio y lo mismo al Pax Domini contestan et clerus et plebs (PL 138, 1175 B 1185 B). Rabano Mauro (De inst. cleric., I, 33: PL 107, 323) enseña al sacerdote antes de la oracion: populum salutans pacis responsum ab illo accipiat Amen hebraeum est, quod ad omnem sacerdotis orationem seu benedictionem respondet populus fidelium. También Remigio de Auxerre (Expositio; PL 101. 1252s) menciona expresamente la contestación y el Amen del pueblo y, además, sus respuestas en el diálogo antes del prefacio). Burcardo de Worms (+ 1025) menciona en su Poenitentiale la omisión de las aclamaciones entre los ejemplos de comportamiento indebido en la iglesia. Más tarde se alude a estas aclamaciones como un ideal a que ya no se llega (Bernoldo, Micrologus, c. 2 7: PL 151, 979 981s. Con sus palabras exige todavía Radulfo de Rivo (+ 1403) (De canonum observ. prop., 23 [Mohlberg II, 139] a todos los presentes fomnes adstantes) el Amen como signum conjirmationis. incluso en el Ordo missae de Burcardo de Estrasburgo (1502), que se refiere, ante todo, a la missa lecta, se exige a los interessentes que contesten juntamente con el avudante también en las oraciones ante las gradas y el Suscipiat (Legc, Tracts, 135ss 152). En Italia parece que el pueblo dió entonces efectivamente estas contestaciones; véanse los ejemplos en Ellard, The Mass of the future, 103. El misal de Pío V no contiene acerca de las contestaciones disposiciones tan claras. Cf. Kramp, Messgebrciuche der Gldubigen in der Neuzeit: StZ (126. II) 209 nota 2). Con todo, esta costumbre ha ido cayendo en olvido de tal manera, que en nuestro siglo se imponía salir por los fueros del pueblo a intervenir en la misa con tales aclamaciones 25.
     A. Barin defiende la tesis de que en la missa lec
ta la Iglesia ha confiado las contestaciones exclusivamente al ayudante; por lo tanto, la intervención del pueblo es contra el can. 818. Contra esta opinión se dirigen los trabajos de Hanssens y Saponaro, mencionados en 285 y 285.

El ordinario de los cantos
     294. Además de este dialogismo corto, existió ya desde los tiempos más remotos un número cada vez más crecido de textos poéticos con carácter de himnos que solían recitarse o cantarse por el pueblo. El más venerable entre ellos es el Sanctus con el Benedictus, cuyo uso como canto popularse mantuvo durante más tiempo que otros. La misma edad cuentan los versículos responsoriales que se cantaban en forma de estribillos después de cada verso de salmo entre las lecciones (En otras liturgias se usaban cantos responsoriales sobre todo en la comunión. Entre las disposiciones para la comunión, se dice en los Cánones Basilii. can. 97 (Riedel, 275): «La comunidad debe contestar vigorosamente después de los salmos»). Sin embargo, por la variedad de sus textos, pronto pasaron en la liturgia romana a la Schola. Los Kiries, que al principio de la misa solían cantarse como contestaciones a cada una de las invocaciones de la letanía, presentaban características parecidas al canto alternado de los salmos, aunque datan de tiempos más recientes, cuando los salmos ya se cantaban de otra forma, o sea entre dos coros que dialogaban alternando (canto antifonal). Más tarde se añadió el Agnus Dei. Es muy probable que el Gloria jamás lo rezase el pueblo, puesto que, cuando se generalizó, el clero asistente había asumido ya en gran parte las funciones del pueblo. Lo mismo hay que decir del Credo, que, prescindiendo del rito mozárabe, se usaba en los países germánicos con anterioridad a los latinos. Las vicisitudes sufridas por estos cantos nos ocuparán más adelante, al tratar en particular de las diversas partes de la misa. Todos juntos, prescindiendo del estribillo de los cantos entre las lecciones, forman la teoría del llamado ordinario de los cantos de la misa, que, junto con las antiguas aclamaciones del pueblo, han pasado a las atribuciones del coro de los clérigos y, finalmente, al coro de seglares.
     Al paso que por haberse señalado las contestaciones del pueblo a los clérigos no ha quedado en éste casi ningún vestigio, cuando más tarde las atribuciones del clero pasan al coro de cantores seglares se mantuvo la prescripción de que los clérigos debían pronunciar a media voz estas contestaciones mientras se cantaban. Esta prescripción fué renovada por un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos del 22 de julio de 1892 (Decreta auth. SRC, numero 3786). Cf. Caeremoniale episc. II, 8 36 39 52. Caso parecido tenemos en el Ordo Rom. XIV (PL 78, 1175s) en las normas para el cardenal que asiste a la misa de su capellán mientras se ejecutan los cantos. El cardenal con su séquito debe recitarlos sine cantu, sine nota.

Acciones exteriores
     A las palabras con las cuales se expresaba la participación del pueblo debían corresponder también acciones. La participación por antonomasia, por medio de la comunión, vino a limitarse, después de un florecimiento en los primeros siglos, a contadas ocasiones del año litúrgico. A esta participación, pasiva más bien y receptora, se añade otra más activa, que consiste en dar. Tal es la significación dinámica de la procesión que marcha a entregar las ofrendas, rito que viene desde fines de la antigüedad cristiana y sobrevive más de mil años. Como ceremonia introductoria al ofertorio (en los ritos orientales) o a la comunión (en el rito romano) encontramos el ósculo de la paz, en uso ya en la Iglesia primitiva, y que ha perdurado posteriormente hasta la época actual en formas estilizadas. También encontramos vestigios de un rito de lavatorio de manos para los seglares.

Actitud corporal
     295. La participación interior de los fieles en la misa tenia que exteriorizarse de algún modo por actitudes corporales correspondientes. Prescindiendo del período primitivo con su celebración en forma de cena, la postura fundamental que se adopta es la de estar de pie. Se está de pie ante un superior a quien se quiere honrar, sobre todo si median relaciones de servicio. Y así como el sacerdote en el altar está de pie ante Dios en señal de reverencia y en ademán de servicio, lo mismo corresponde a los fieles circumstantes. Más aún, fué norma general en la antigüedad que los fieles durante la oración del obispo o sacerdote imitasen la actitud de éste en todos los detalles con las manos levantadas y la mirada puesta hacia oriente.
     El que los simples fieles elevaban durante la oración las manos, se desprende ya de la frecuente representación de la orante en las pinturas de las catacumbas. Textos de la literatura de los siglos III hasta V sobre este tema, véanse en Quasten (Mon., 174, nota 4) y en la explicación de San Ambrosio (De sacr.. VI, 4, 17). Este pasaje de San Ambrosio prueba por su contexto que la elevación de las manos (según i Tim. 2,8) se observaba por los fieles precisamente durante el culto. Cf. también San Crisóstomo. In Phil. hom. 3, 4: PG 62, 204. Por cierto, se usa también actualmente en nuestras iglesias como expresión de una oración especialmente fervorosa, mientras que en los países del centro de Europa ha desaparecido por completo (N. del T. En Oriente, el encargado de dirigir en las liturgias egipcias la postura corporal durante la oración eucarística era el diácono. Inmediatamente después del Dignum et iustum est, el diácono mandaba que se extendieran los brazos (Brightman, 125), dirigiéndose —y esto va contra Brightman, 601—, lo mismo que en el aviso siguiente, al pueblo; algo más tarde el levantarse: (1. c., 131 174 231); finalmente, un poco antes del Sanctus, la dirección hacia Oriente (1. c., 131 175 231). Para la mirada hacia Oriente se encuentran las pruebas más importantes en Quasten (Mon., 35 184, entre las notas a la Didascalia, II, 57, y consi. Apostólicas II, 57, 14) y en las investigaciones fundamentales de Dolger (Sol salutis 136ss). Parece que la dirección hacia Oriente se exigía absolutamente, sin tener en cuenta la construcción de la iglesia. Por esto, cuando más tarde, en contra de la costumbre antígua de construir las iglesias con el frontispicio hacia Oriente, se impuso la de dirigir hacia el este el ábside, parece muy probable que esto se debió al deseo de evitar el inconveniente de obligar a los fieles a que volviesen la espalda al altar. 

Estando de pie con las manos extendidas
     Estar de pie fue la postura normal de oración en los pueblos de la antigüedad, aun fuera del cristianismo (F. Heiler, Das Gebet, (Munich 1921). Habla también de que, en el lenguaje judio antiguo, estar de pie queria decir orar, y sospecha que statio significaba originariamente oración o lugar de oración (Schümmer, Die altchristliche Fastenpraxis). Sobre estar en pie, levantaban las manos y dirigían la mirada hacia Oriente, región del sol nuevo. Los cristianos no hicieron más que copiar esta misma costumbre sin reparo alguno, viendo en el sol naciente el símbolo de Cristo resucitado (Dóiger, Sol salutis, 1-258. En el siglo II era ya costumbre señalar la dirección este por una cruz fijada en la pared (cf. Mt. 24, 30; E Peterson, La croce e la preghiera verso oriente: «Eph. Liturg» 49 [19451 52-68). Sólo cuando el sacerdote decía una oración con carácter de bendición, por ejemplo, la Oratio super populum, se cambiaba de postura, a tono con la exhortación Humiliate capita vestra Deo. 

Inclinación profunda y estar de rodillas
     296. Durante la Edad Media, la actitud corporal de los fieles se fue diferenciando cada día más de la del celebrante. La inclinación profunda que hacían los fieles durante la bendición, se interpreta ahora como un homenaje de sumisión ante Dios y se adopta durante todas las oraciones en general, sobre todo durante el canon. El estar de rodillas, en cambio, se usó durante el primer milenio sólo en los días no festivos y, aun en éstos, únicamente en la antemisa; el diácono indicaba: Flectamus genua, para que el pueblo se arrodillase a orar antes de que recitase la oración el sacerdote. Algo más tarde, la postura de rodillas se prolongaba durante la recitación de la oración (Ordo Rom. antiquus), y en los días de carácter no festivo, la inclinación que se usaba durante el canon y las oraciones se cambió por estar de rodillas (El Ordo de S. Amand pide ya al principio del siglo IX que en estos días se arrodillen durante el canon los sacerdotes que están junto al altar (Duchesne, Origines, 481); algo semejante se prescribe mas tarde para el coro en el Ordo eccl. Lateran. (Fischer 29) Con la diversa interpretación que se da al canon cambia también la duración del tiempo que se está de rodillas. Para el Pater noster se pide el estar de rodillas o la prostratio ya desde el siglo IX; véase II, 410. En el siglo XIII se nota la tendencia a extender el estar de rodillas o la prostratio por todo el tiempo en que el Santísimo Sacramento está en el altar; cf. el Ordo Rom. XIII (n. 19- pl 78 1116) compuesto bajo Gregorio X (+ 1276) Fr. Titelmans (+ 1537) en su explicación de la misa solemne Mysterii missae expositio (Lyón 1558, p. 18), supone que los fieles se ponen de rodillas cuando el sacerdote se acerca al altar, significando con esto la adoración del Niño Jesús por los pastores). Esta postura la defendió ya el sínodo de Tours en el año 813 como postura adecuada en la oración cristiana, pero exceptuando los días en los que, en recuerdo de la resurrección del Señor, se oraba en pie Los domingos y días de fiesta —entendiendo la palabra fiesta en un sentido amplio— se guardaba la postura de pie (Can. 37. Mansi, XIV, 89). Decididamente, el movimiento eucarístico del siglo XIII hizo triunfar aun para estos días la costumbre de permanecer de rodillas durante la consagración. El ordinario de la misa de Juan Burcardo, publicado en el año 1502, pide a los fieles que estén de pie durante la misa cantada; pero esta actitud se cambiaba para arrodillarse al Confíteor y a la consagración (Legg, Tracts, 134. La genuflexión se pide también al Et incarnatus est (1. c., 135). Así la Laienregel des 15. Jahrhunderts de la baja Alemania (c. 6; R. Langenberg, Quellen und Forschungen sur Geschichte der deutschen Mystík [Bonn 1902] 86-88), que desea que los fieles se arrodillen también para la colecta y la bendición final, mientras que para el canon deja completa libertad). De las inclinaciones ya no se habla.

Postura de sentado
     297. La postura de estar sentado no se adoptó en las iglesias de la Edad Media, por la sencilla razón de que no había bancos en ellas (A pesar de que existen testimonios aislados de que se estaba sentado en el suelo, parece que no había costumbre de ello; cf. Dekkers, Tertullianus, 77. Distinta era la costumbre en los países en que también en la actualidad es corriente sentarse en el suelo. En la Didascalia siria, II, 57 (Quasten, Mon., 35s) se habla repetidas veces de los diversos grupos que están sentados en la iglesia hasta que empiezan las oraciones. En las misiones asiáticas y africanas, el estar sentado o en cuclillas es la postura general de los fieles en la iglesia (Kramp, Messgebrauche der Glaubigen in den ausserdeutschen Landern: StZ [19271 II, 3656). En las colegiatas e iglesias conventuales si que habia sillería en el coro para los clérigos. Para éstos se fueron redactando reglas cada vez más detalladas sobre su postura durante las oraciones (Un ejemplo de reglas exactas para el coro en misa y oficio se nos ofrece en el Líber ordinarius del convento de Santiago, de Lieja, del año 1285 (Volk, 102-109). Las prescripciones actualmente en vigor para la asistencia a misa en el coro, que por cierto se determinan aún más por las costumbres locales, están resumidas en el Missale Romanum. Rubr. gen.. XVII, 5) y Caeremoniale episc. (II. 8. 69: 11. 5 7). Cf. también P. Martinucci, Manuale sacrarum caeremoniarum, I, 3.a ed. (Ratisbona 1911) 9-88). Y que, algo simplificadas, se podían aplicar fácilmente a los simples fieles. En ellas se cuenta con la postura de sentado, que por cierto ya se prescribía detenidamente para obispos y sacerdotes en los más antiguos Ordines Romani. Los clérigos se sentaban durante la epístola y durante los cantos que le seguían, si ellos mismos no eran los que tenían que cantarlos (Líber ordinarius, de Lieja (Volk, 102s; cf. 1051. La postura fundamental sigue siendo en el Líber ordinarius el estar de pie. La inclinación se prescribe sólo para la colecta, el Sanctus, el Pater noster, el primer Agnus Dei y la poscomunión; además (con el capucho hacia atrás), para la oración antes de la bendición y durante la misma. Se pone de rodillas solamente durante la consagración (y al homo factus est del Credo). Pero tempore prostrationum se arrodilla desde el Sanctus hasta el Agnus Dei, o sea durante el tiempo en que antiguamente se inclinaba. Reglas semejantes para el coro contiene el Líber usuum O. Cist. (II. 56 : PL 166, 1430-1432), bastante más antiguo. De éste ha adoptado el Líber ordinarius e. o. la disposición de que los hermanos se dirijan al altar en determinados pasajes de la misa, mientras por lo demás está chorus contra chórum, y la indicación de ciertas palabras, a las que se deben inclinar, como. p. ej„ al adoramus del Gloria). Sólo hacia fines de la Edad Media se admitió también para el pueblo el estar sentado en la iglesia (Predicadores alemanes del siglo XV mandan a los fieles sentarse durante la epístola, gradual y el sermón (Franz, 21s). La Laienregel, de 1473, desea que se siente durante la epístola y el ofertorio. También el Ordo missae de Juan Burcardo (Legg, Tracts, 134s) toma en consideración el caso de que hay asientos para los fieles, deseando que en este caso se sienten al Kyrie y Gloria (después de haberlo rezado el celebrante y mientras lo canta el coro), a la epístola y los cantos intermedios, al Credo (como antes), después del canto del ofertorio hasta el prefacio, después de la comunión hasta la poscomunión), a medida que se fue dando cada vez más importancia a la predicación como consecuencia del movimiento de reforma. Fue entonces cuando se empezaron a introducir en los países germánicos los bancos dentro de la Iglesia (Entre los cartujos se sientan va en el coro mientras se canta todavía el ofertorio (Ordinarium Cart. [1932] c. 31, 6).

Cambios de postura
     298. Estos bancos se construían generalmente de tal manera que podían usarse al mismo tiempo como reclinatorios. Se ve en esta costumbre la importancia que ha adquirido la misa rezada y el código de normas para asistir a ella. Parece que en la misma baja Edad Media se aplicaban a la misa rezada y a las otras de menor solemnidad las antiguas normas que regían en las ferias simples (También para la missa matutinalis, menos solemne, había durante la Edad Media a veces otras reglas de coro que la de la misa conventual; asi, en el siglo XII, en los Canónigos de San Víctor, de París (E. Marténe, De ant. Eccl. ritibus, app.) es decir, la posición de rodillas durante las oraciones, el canon y el Confíteor (El Layfolks Massbook (ed. Simmons, p. 6ss), compuesto para seglares para la misa en la capilla de un castillo normando, manda a los asístentes arrodillarse o estar de pie; desconoce el estar sentado; cf. las notas del editor pp. 191 307. Para el obispo que asiste a la misa de un sacerdote da el pontifical de Durando la siguiente regla: estar de rodillas hasta la colecta, de la secreta hasta la comunión del cáliz y otra vez a la poscomunión (durante las oraciones ante las gradas, el obispo está al lado del sacerdote (Andrieu, III, 643-647). Reglas parecidas da también el Ordo Rom. XV, n. 35: PL 78, 1291). Solamente para oír el evangelio se mandaba expresamente ponerse de pie. Habidas estas reglas generales, se comprende que, para simplificarlas y para evitar el tener que cambiar a cada paso de postura, pronto se llegó —por lo menos en los países del centro y norte de Europa— a la costumbre actual de quedarse arrodillado durante la misa, fuera del evangelio, que se debía escuchar de pie (Así ya en el ordinario de la misa de Juan Burcardo (Lego, Trocís, 134). La regla ha pasado a nuestro misal (Rubr. gen.. XVII, 2). Las costumbres de varios países, especialmente de España, prueban que no se exigía con mucho rigor el cumplimiento de estas reglas.     Predicadores alemanes del siglo XV exigen el estar de rodillas casi únicamente para la consagración (Franz. 21s). En el concilio de Trento, un portugués criticó la costumbre italiana de levantarse los fieles inmediatamente después de la elevación del cáliz; debían quedarse arrodillados mientras estaba presente el cuerpo del Señor, porque así era costumbre en otros sitios (Jedin en «Liturg. Leben» [19391 35). Ya entonces los nobles se resistían a estar de rodillas (por ensuciarse los vestidos, incomodidad por el calzado, etc.) (Franz, 31). 

Sentido más profundo
     299. No tendrían sentido estas posturas exteriores, como participación en la misa, si no fueran expresión de una participación más plena, la interior. Sólo por las diversas actítudes corporales comprendemos ya la diferencia entre lección y oración, y aun dentro de las oraciones, sacamos por la postura su diversa categoría e importancia. Las aclamaciones, sobre todo antes del prefacio, ponen esto aún más, de relieve (No se puede negar que la unión del Per omnia saecula saeculorum final con el principio de la parte siguiente no contribuye a hacer más clara la estructura de la misa). Al participar los fieles, al principio de la Edad Media, en la procesión de entrega de las ofrendas, al cantar el Sanctus y el Agnus Dei y, aunque no recibieran el Sacramento, al darles por lo menos la Pax, necesariamente tenían que caer en la cuenta y seguir por lo menos las grandes líneas del sacrificio eucarístico. Fue ciertamente un inconveniente notable el no poder seguir las lecciones y oraciones por haberse ido alejando las lenguas romances del latín, pero ni esto impidió en absoluto la participación devota en el sacrificio. Allá en la antigüedad se pedía a los fieles que durante el misterio eucarístico orasen en silencio. (San Cipriano, De dom. or., c. 4: CSEL 5, 269; Const. Ap., II, 67, 21 (Quasten, ilion., 186). 

La atención a las oraciones
     El orden natural, desde luego, pedia que esta devoción interior se orientase en el desarrolle de la liturgia, calcando sus pasos sobre la del sacerdote, aunque, naturalmente, a cierta distancia. Este fué, no cabe duda, el ideal que guió a aquellos que en la reforma carolingia y también en la baja Edad Media abogaron por la observancia de las antiguas formas de participación exterior. El devocionario de Carlos el Calvo presenta oraciones para la oblación durante el ofertorio, para las deprecaciones, cuando el sacerdote ruega que se pida por él, y para la preparación de la comunión; son textos que coinciden enteramente con las líneas generales de la misa. Un misal inglés para seglares (Th. F. Simmons, The Layfolks Massbook) exige conocimiento serio del espíritu litúrgico en los que lo usan (Además, se santiguaban al evangelio, y «en algunos sitios», se besaba el libro después del evangelio trazando otra señal de la cruz, se rezaba con los manos en cruz al alzar (y «si quieres», también en la secreta); la entrega de ofrendas se deja a discreción del que usa el libro). No siempre es tan exacta la adaptación de las oraciones del pueblo a las del sacerdote (Oraciones que contienen pensamientos tomados de las correspondientes del sacerdote se dan (8ss) al Confíteor, Gloria, evangelio, Credo (cuando reza el sacerdote el Credo, «di el tuyo»), Sanctus, Memento (ambos), elevación del Sacramento, Pater noster, que se ha de contestar; Sed libera nos a malo, la única contestación que se pide; Agnus Dei. En otros pasajes (p. ej., a la colecta y epístola, a la secreta, al primer Memento, al alzar) se debe rezar sencillamente el Pater noster (a veces repetido), al que se suma a veces el Credo y una vez también el Ave). En los umbrales de la Edad Moderna, Burcardo de Estrasburgo tiene una observación larga en este sentido sobre la participación de los fieles, diciéndoles que, aunque no entendiesen las palabras del sacerdote en lengua latina, sin embargo, no rezasen otras oraciones, sino que estuviesen atentos a lo que decía y hacía el sacerdote, pidiendo, intercediendo y haciendo con él un ofrecimiento espiritual, a excepción únicamente del tiempo de ia adoración del Sacramento y durante el canon, cuando el sacerdote oraba en silencio (memento); en estas ocasiones podían orar libremente, encomendándose a Dios a sí mismos y a quienes ellos quisieran. El mismo Burcardo aboga por la conservación de las respuestas de los interessentes.

Con todo, sigue dominando la interpretación alegórica
     300. Sólo a sectores cultos podia exigírseles tal vez esta participación tan activa durante la época del humanismo: al gran público le faltaba sencillamente la base, como era la posibilidad de entender las oraciones sacerdotales y de seguir el ordinario de la misa (Por otra parte, es cierto que en la Edad Media no se mantenía el secreto del canon con tanto rigor como antes y más tarde; con todo, se urgía (Franz, 631s). Era demasiado exigir a la zona media de los fieles el acompañar al sacerdote en sus oraciones (Esta dificultad se refleja bien en un ejemplo que cita Simmons (The Layfolks Massbook). En una introducción a la conversación inglesa escrita en 1527, una señora recuerda a su capellán el consejo de que en la misa no se debe orar, sino oir, ya que se dice I go here masse; pero pregunta: —¿Por qué entonces dice el sacerdote: «Orad por mí»? El capellán contesta: —Esto lo dije sobre todo para el tiempo anterior a esta exhortación. E insiste la señora: —Entonces, ¿qué debe hacer hasta el Orate, fratres quien no entiende latín? El capellán: —Mirar, oír y pensar). Y como, por otra parte, se habían ido olvidando las formas exteriores de participación, la corriente de la piedad popular echó en su mayoría por otros derroteros ya a partir del siglo IX. Las explicaciones de la misa se contentaban con llamar la atención sobre las ceremonias más plásticas, interpretándolas como representaciones de la pasión del Señor; y aunque no fuera precisamente el sentido exacto de cada ceremonia en particular, por lo menos no dejaba de estar en armonía con el sentido más general de la institución de Cristo. El sentido alegórico vino dominando hasta muy entrada la Edad Moderna. Se necesitaría una larga preparación mental y habría que recorrer muchas etapas hasta que fuera otra vez posible al seglar participar más directamente en la oración y el sacrificio del sacerdote y con esto volver a las formas más antiguas de participación. Sólo después de muchos decenios de iniciación por medio de los cantos en lengua vulgar, adaptadas a las diversas partes de la misa, y por medio de las traducciones de las oraciones del misal romano, que despertaron gran interés en los fieles, pero que antes estaban prohibidas, se fué poco a poco encontrando el camino de la verdadera participación en el santo sacrificio, uniéndose a la oblación del sacerdote.
P. Jungmann S.I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA

lunes, 28 de octubre de 2013

Cristianos, Cristolitas, Cuákeros.

CRISTIANOS. 
     Secta de la familia baptista, que tuvo origen hacia 1801 en el Portsmouth, en el New-Hampshiro en los Estados Unidos, en consecuencia de las predicaciones del ministro baptista, Elias Smith. Los que la componen abjuran toda apelación de los nombres de secta ú hombre, no quieren tomar ningún otro título mas que el de cristianos propiamente dichos y afectan escribirlo así: christians. No exigen mas prueba de fe que una declaración de ahesion a la religión cristiana. Desechan la mayor parte de los dogmas, principalmente el de la Trinidad, y se les podría colocar entre las sectas casi enteramente racionalistas. No bautizan mas que a los adultos, son independientes salvo la jurisdicción oficiosa de una reunión central.

CRISTOLITAS
     Herejes del siglo que separaban la divinidad de Jesucristo de su humanidad. Sostenían que era Hijo de Dios, que al resucitar había dejado en los infiernos su cuerpo y su alma, y que no había subido al cielo sino con su divinidad; solo San Juan Damasceno es el autor antiguo que ha hablado de ellos. 

CUÁKEROS
     Palabra inglesa que significa temblor; este es el nombre que dan en Inglaterra a una secta de visionarios entusiastas, por el temblor y contorsiones que tienen en sus asambleas, cuando se creen inspirados por el Espíritu Santo.
     En 1647, reinando Carlos I en medio de las revueltas y guerras civiles que conmovían este reino, Jorge Fox, hombre rudo, de oficio zapatero, empezó a predicar contra el clero anglicano, contra la guerra, contra los impuestos, contra el lujo, contra la costumbre de jurar, etc. Fácilmente encontró partidarios en un tiempo en que los ingleses, no teniendo ninguna creencia fija sobre la religion, estaban entregados a una especie de delirio y de fanatismo universal. 
     Tomando en el sentido mas rigoroso todos los preceptos y consejos de la moral evangélica, Fox sentó por primer máxima que todos los hombres son iguales por su naturaleza; y deduce que se debe tutear a todos, a los reyes como a los carboneros; que se deben suprimir todas las señales exteriores de respeto, como quitarse el sombrero, hacer cortesías, etc. 2° Enseñó que Dios da a todos los hombres una luz interior suficiente para encaminarlos a la salvación eterna; que de consiguiente no necesitan sacerdotes, ni pastores, ni ministros de la religión; que todo particular, tanto hombre como mujer, está en estado y con derecho de enseñar y predicar cuando es inspirado por Dios. 3° Que para conseguir la salvación basta evitar el pecado y hacer buenas obras; que no son necesarios ni los sacramentos, ni las ceremonias, ni el culto exterior. 4° Que la principal virtud del cristiano es la templanza y la modestia; que se debe evitar toda superfluidad exterior, los botones en los vestidos, las cintas y los encajes para las mujeres, etc. 5° Que no es lícito jurar, pleitear, hacer la guerra, empuñar las armas, etc.
     Una doctrina que eximia a los hombres de todo deber exterior de religión, que autorizaba a los ignorantes y a las mujeres a pasar por doctores, no podia menos de ganar partidarios: Fox, aunque ignorante y visionario, tuvo prosélitos. Algunos rasgos de moderación que supo afectar, cuando fue castigado por sus extravagancias, acabaron de granjearle popularidad.
     Uno de los primeros apóstoles del cuakerismo fue Guillermo Penn, hijo único del vicealmirante de Inglaterra. Goven, que unia a su bella figura mucho talento y elocuencia natural, se juntó a Jorge Fox y predicó como él: hicieron juntos una mision en Holanda y en Alemania; pero solo pudieron ganar en Holanda algunos discipulos, que han sido conocidos con el nombre de profetas ó profetizadores, y en Alemania aun tuvieron peor éxito.
     Después de la muerte de su padre, Guillermo Penn, heredero de todos sus bienes, obtuvo en indemnización de lo que le debia el gobierno inglés, la propiedad de una provincia entera en América, que de su nombre se llamó Pensilvania. Llevó a ella una colonia de discípulos suyos, fundó la ciudad de Filadelfia y le dió leyes.
     A pesar de la aversión que los cuákeros tienen a la guerra, se han visto sin embargo mas de una vez precisados a tomar las armas contra los salvajes que devastaban sus posesiones, y a perseguirlos como bestias feroces. No se les acusa tampoco de haber rehusado tomar las armas en la última guerra de la independencia de América. Prueba de que los que hoy existen no exageran tanto el fanatismo como sus predecesores, y que se han visto obligados a plegarse a las circunstancias.
     Convienen en Inglaterra que los cuákeros observan una exacta probidad, y que tienen las costumbres mas puras que los ingleses en general. Su número no obstante se disminuye diariamente; porque en calidad de no conformistas están excluidos de los cargos y dignidades, y porque el fanatismo se extingue poco a poco cuando no está sostenido por la contradicción. Los cuákeros, menos ignorantes que sus predecesores y menos preocupados, comprenden por fin que la virtud se hace ridicula por el desprecio de las comodidades.
     El elogio de esta secta, que se ha insertado en la antigua Enciclopedia, fue copiado de las Cartas filosóficas sobre los ingleses, cuyo autor es bien conocido; sabido es que en sus obras jamás se paga de la sinceridad, y que se ha propuesto siempre divertir a sus lectores mas bien que instruirlos. El autor de la historia del establecimiento de los europeos en las Indias no ha hecho mas que repetir y ampliar las mismas fábulas. Mosheim, mejor informado y en mejor posicion para juzgar del cuakerismo que estos frivolos escritores, ha necho su historia, Hist. ecles. del siglo XVII, sec. 2, II parte, c. 3. Su traductor inglés añade muchas notas importantes. Para apoyar lo que dicen, citan estos dos escritores los mismos libros de los cuákeros y los de testigos oculares; y son seguramente mas dignos de fe que nuestros filósofos aventureros. Ahora bien, demuestran:
     1° Que, a pesar de los elogios pomposos que de Jorge Fox y de Guillermo Penn han hecho sus partidarios, estos dos hombres no eran modelos de sabiduría y de virtud. El primero era un fanático sedicioso que nada respetaba, que ninguna ley obedecía, que turbaba el orden y la tranquilidad pública y de consiguiente digno de castigo. Se ha querido hacer creer que sufrió las penas con una paciencia heroica; esto es falso. Sabido es que muchas veces llenó de ultrajes y de injurias a los magistrados que querían reprimirle. Testigos, que conocieron personalmente a Guillermo Penn, dicen que era vano, hablador, infatuado con su poder y su elocuencia, y muy poco instruido en materias de Religión. Por nuestra parte añadimos que no está probado que fuese el único autor de las leyes de la Pensilvania, puesto que tenia a su lado hombres instruidos capaces de ilustrarlo.
     2° Que estos cuákeros que pintan como hombres tan pacíficos y humildes, a quienes se atribuye la gloria de haber fijado el primer principio religioso de tolerancia universal, fueron sin embargo desde su origen los fanáticos mas intolerantes y revoltosos que jamás ha habido. «Recorrian, dice Mosheim, como furiosos y basiliscos las ciudades y los pueblos declamando contra el episcopado, contra el presbiterianismo y contra todas las religiones establecidas. Ridiculizaban el culto público, escarnecían a los sacerdotes cuando celebraban, conculcaban las leves y despreciaban a los magistrados bajo pretexto de estar inspirados, y de este modo suscitaban grandes conmociones en la Iglesia y en el Estado. No es pues de admirar que el brazo secular se viese obligado a emplear su rigor contra estos fanáticos turbulentos, y que muchos fuesen severamentecastigados. Cromwel, que toleraba todas las sectas, hubiera exterminado esta, si hubiese ávido conseguirlo. »
     El traductor inglés confirma esta narración con hechos incontestables, cita rasgos de impudencia y de furor de las mujeres cuákeros, que excitan la indignación. Hoy estos sectarios y sus panegiristas pasan por alto estos hechos ó procuran paliarlos, pero nunca llegarán a borrar su recuerdo.
     El ciudadano de Virginie, que acaba de publicar sus Investigaciones sobre los Estados los Estados Unidos de América, apoya a Mosheim y a su traductor. Prueba con memorias auténticas, que Guillermo Penn no se ocupó nunca mas que de sús intereses personales; que se eximió de los impuestos el y toda su descendencia; que empleó todos los recursos de su talento para engañar a sus hermanos antes y después de su emigración; que les prohibió comprar las tierras de los indios, a fin de monopolizarlas; que durante su permanencia en Inglaterra, mantuvo la discordia en la Pensilvaina por las instrucciones que enviaba a sus lugartenientes; que lleno de locas y caprichoas ideas que le ponian en una continua necesidad de dinero, y lleno de deudas iba a vender a Jorge I lapropiedad del establecimiento, cuando murió en Londres de un ataque de apoplejía; que por último se hizo culpable durante su vida de una multitud de injusticias y de extorsiones.
     Hace de los cuakéros en general un retrato que no es mas satisfactorio. A su parecer el Mérito principal de estos consiste en su economia y en su aplicación a los negocios, y en materia de hipocresía nadie les iguala; pero en cuanto al comercio, no son sus virtudes favoritas la delicadeza y la equidad. 
     Es cierto, dice, que se encuentran alguna vez entre ellos hombres de rígida probidad, que desprecian la astucia y la hipocresía, pero son mas raros que en las demás sectas. Es fácil engañarse por su exterior. Muchas veces ha sucedido que su costumbre de contratar reservadamente, apoyada en su religión, los ha dispensado de cumplir su palabra. 
     3° En esta secta, como en todas las demás, a habido disputas y divisiones respecto de la doctrina. Los de Pensilvania, en absoluta libertad, han exagerado mucho mas sus opiniones que los de Inglaterra, porque estos siempre han estado contenidos por la religión dominante y por el temor al gobierno. Ahora bien; entre estas opiniones, las hay muy impías, y la religión de muchos de estos sectarios ha degenerado en un puro deismo. 
     Mosheim, que ha estudiado a fondo su sistema, lo expone de este modo: La doctrina fundamental de los cuákeros, dice, es que hay en el alma de todos los hombres una porcion de la razón y de la sabiduría divina; que basta consultarla y seguirla para salvarse. Llaman a esta pretendida sabiduría celestial, la palabra interna, el Cristo interior, la operación del Espíritu Santo. 
Resulta de esto:
     1° Que la religión consiste en escuchar y seguir las lecciones de esta palabra interior que, en el fondo, no es otra cosa que el fanatismo de cada particular.
     2° Que la Sagrada Escritura, que no es mas que la palabra exterior, no nos indica el verdadero camino de salvación; y solo nos es util en cuanto nos excita a seguir la inspiracion interior, y a escuchar las lecciones inmediatas de Jesucristo, cuando habla dentro de nosotros.
     3° Que hasta los que no conocen el Evangelio, como los judíos, los mahometanos, los indios y los salvajes, no están por esto fuera el camino de salvación, puesto que les basta escuchar al Maestro ó Cristo interior que habla a su alma.
     4° Que el reino de Jesucristo se extiende a todos los hombres, porque pueden recibir interiormente sus lecciones y conocer su voluntad; que no hay de consiguiente necesidad de ser cristiano exteriormente para salvarse.
     5° Que debemos separar nuestra atención de todos los objetos exteriores que pueden afectar nuestros sentidos, para dedicarnos únicamente a escuchar la palabra interior; que en su consecuencia se debe disminuir el dominio que el cuerpo ejerce sobre el alma, a fin de unirnos mas estrechamente a Dios.
     6° Se sigue que una vez separadas nuestras almas de los cuerpos, no es creíble que Dios quiera volverlas a encerrar en ellos por segunda vez; y que así se debe entender en un sentido figurado todo lo que dice la Escritura sobre la resurrección futura; que si Dios nos vuelve alguna vez un cuerpo, no será carnal, sino espiritual y celestial.
     7° De consiguiente los cuákeros no se creen absolutamente obligados a entender en un sentido real é histórico todo lo que dice el Evangelio en cuanto al nacimiento, las acciones, los padecimientos, la resurrección de Cristo ó la encarnación del Hijo de Dios; la mayor parte, sobre todo en América, toman todo esto en un sentido místico y figurado; según estos es solo una figura de lo que el Cristo interior hace para salvarnos; nace, vive, obra, padece, muere y resucita espiritualmente con nosotros, etc. En la misma Europa muchos, aunque con mas reserva, hablan el mismo lenguaje, que es el de los antiguos gnósticos.
     8° Se deduce de todo que no hay necesidad de ningún culto exterior de religión, que basta dar al Cristo interior un culto puramente espiritual. Las ceremonias que afectan nuestros sentidos, como el bautismo, la Eucaristía, la salmodia, las fiestas, etc., solo sirven para distraer nuestra atención ó impedirnos atender a las lecciones intimas de la sabiduría divina. Puesto que habla a todas las almas, no se debe impedir a los hombres ni a las mujeres predicar en las asambleas públicas cuando el espíritu de Dios los inspira.
     9° La moral severa de los cuákeros nace igualmente del mismo principio. Siendo necesario disminuir el imperio del cuerpo sobre el alma, es preciso privarse de todo lo que solo sirve para halagar los gustos sensuales, reducirse a lo absolutamente indispensable, moderar la afición a los placeres con la razón y la meditación, no incurrir en ninguna especie de lujo ni de exceso: lo cual motiva entre estos sectarios la gravedad de su exterior, la rústica sencillez de sus vestidos, el tono afectado de su voz, la rudeza de su conversación y la frugalidad de su mesa. Persuadidos de que la mayor parte de los usos de la vida civil son una especie de lujo; de que las demostraciones de política son señales falsas, los cuákeros a nadie manifiestan respeto, ni con las fórmulas de la urbanidad ni con los movimientos del cuerpo; a nadie dan título alguno de honor, a todos tutean sin excepción. Rehusan empuñar las armas, jurar en juicio, comparecer ante ningún tribunal; prefieren renunciar a la defensa de sí mismos, de su reputación y de sus bienes a acusar ó atacar a nadie.
     Mas en Inglaterra, enriquecidos los cuákeros con el comercio, y queriendo gozar de su fortuna, se reconcilian fácilmente con las costumbres de la sociedad y con los placeres mundanos. Dicen que han modificado y reformado parte de las opiniones teológicas de sus antepasados, y procurado hacerlas mas razonables. Mosheim nos advierte por último, que para formar juicio sobre esta teología no debemos fiarnos en la exposición que hizo de ella Huberto Barclay en su catecismo y en la apología del cuakerismo que publicó en 1676. Este autor pasó en silencio una gran parte de los errores de la secta, palió y desfiguró otros, y empleó todas las astucias con que un abogado hábil procura hacer triunfar una mala causa.
     Esta historia de los cuákeros da materia para importantes reflexiones.
     1° A nadie debe engañar la moral austera de que hacen alarde estos sectarios. Lo mismo ha sucedido con corta diferencia a todas las sectas nacientes, que todavía débiles necesitaban compensar lo absurdo de sus dogmas con el rigor de su moral y la regularidad de su conducta; sin este recurso político, no hubieran subsistido largo tiempo. Lo mismo se puede decir de su tolerancia; solo recurrieron a ella despues de hacer todos los esfuerzos para destruir las otras sectas, de consiguiente cambiarían segunda vez de principios y de conducta si su interés cambiase.
      2° El nacimiento del cuakerismo jamás honrará a los protestantes, puesto que nació del fanatismo con que la pretendida reforma embriagó todos los ánimos. Los apologistas de esta secta fundaron sus opiniones en una explicación arbitraria de la Sagrada Escritura como los protestantes; no hay uno solo de sus errores que no pueda apoyarse en algún pasaje de los libros sagrados; ateniéndose a este solo metodo los protestantes lo mismo pueden refutar a los cuakéros que confundir al los socinianos. ¿En qué se diferencian la palabra interior de los cuákeros y el espiritu privado de los protestantes? Los segundos del mismo modo que los primeros han querido mejor hacer prosélitos con la violencia de sus declamaciones, que con la solidez de sus explicaciones de la Sagrada Escritura.
     3° Es indudable que los incrédulos de nuestros días solo han defendido esta ridícula secta porque han querido presentarla como una sociedad de deístas: ambicionaban probar con este ejemplo que el deismo es muy compatible con una moral excelente; querian además hacer despreciable al cristianismo demostrando que lo que hay de excesivo en la moral de los cuákeros no es mas que la misma letra del Evangelio; pero la letra y el sentido no son una misma cosa.
     4° El paralelo que el autor de las cuestiónes sobre la enciclopedia ha querido hacer entre los cuákeros ó pretendidos primitivos y los primeros cristianos es absurda, y solo es apoyada en falsedades. Dice que Jesucristo nadie bautizó, y que los asociados de Penn no quisieron ser bautizados. Pero Jesucristo mandó a sus discípulos bautizar a todas las naciones; si no bautizó a sus apóstoles violó su propio precepto: dijo que el que no fuera bautizado en el agua y en el Espíritu Santo no entrará en el reino de los cielos.
     Dice que los primeros fíeles eran igual como los cuákeros han querido serlo. Esto es falso; los apóstoles tenian autoridad sobre los simples fíeles, y establecieron pastores a los que trasmitieron esta autoridad, y mandaron a los legos obedecerlos. Prescribieron también la sumisión y la obediencia debida los principes, a los magistrados, a los hombres constituidos en dignidad; los cuákeros les han negado toda demostración de respeto y fracuentemente los han insultado en su tribunal.
     Los primeros discípulos, continúa el autor recibieron el Espíritu Santo y hablaban en la asamblea; no tenían templos, altares, ornamentos, incienso, cirios ni ceremonias; Penn y los suyos los han imitado. Mas la inspiración de los primeros cristianos estaba probada por los dones milagrosos y sensibles de que iba acompañada: ¿cómo han probado la suya los pretendidos primitivos? San Pablo cuidó de arreglar el uso de estos dones en las asambleas cristianas; prohibió a las mujeres enseñar y hablar en ellas. Está probado por el Apocalipsis que desde el tiempo de los Apóstoles tenian los cristianos altares, ornamentos, incienso y ceremonias.
     Probamos también contra los protestantes y los incrédulos que desde el origen de la Iglesia cristiana se han reconocido siete sacramentos.
     No basta decirnos que los cuákeros siempre tuvieron una bolsa común para los pobres, y que en esto imitaron a los discípulos del Salvador. Hay otro artículo no menos esencial que los primeros han observado muy mal, a saber, la sumisión al orden público. 
     Los primeros cristianos nunca insultaron cara a cara a los magistrados; no fueron a perturbar las ceremonias de los paganos; no declamaron contra los sacerdotes ni conculcaron los ídolos; Fox y sus secuaces cometieron todos estos desórdenes con la religión anglicana. ¿En qué se parecen pues los unos a los otros? Mas un autor que tan poco respetó la verdad al describir los cuákeros, era incapaz de tener mas consideración hablando de los primeros cristianos. 
* CUÁKEROS FRANCESES. Hay cuákeros en las cercanías de Nimes. Originariamente esta pequeña secta no tenia un sistema de culto bien determinado, sino solo una propensión hácia el cuakerismo, cuyas máximas y usos dió progresivamente adoptando con las visitas que le hicieron los cuákeros ingleses y americanos. Antes que Luis XVI por su edicto de 1787 devolviese los derechos civiles a los protestantes, eran secretas las asambleas de estos separatistas; después dejaron de cerrar las puertas.
     Al principio de la revolución rehusaron muchos tomar las armas, hacían patrullas con los bastones; mas esto duró poco tiempo. Vieron con placer la abolicion del culto exterior, la ofrenda de los vasos sagrados y de los ornámentos de la Iglesia hecha por los clubs las administraciones. Aunque menos rigorosos en sus costumbres que los cuákeros ingleses, su doctrina es la misma. Sus libros son la Biblia y algunas obras de la secta traducídas en francés, especialmente las de R. Borclay y de G. Penn. Sus matrimonios se cerraban en la asamblea general. Los de Inglaterra repugnan casarse fuera de su secta; los cuákeros franceses, al contrario, se unen con los protestantes y mas raramente con los católicos. Estos matrimonios mixtos resultan de su escaso número y de su repugnancia a unirse entre los parientes muy cercanos.

sábado, 26 de octubre de 2013

Del bautismo de fetos abortivos.

Artículo III Del bautismo de fetos abortivos.

     13. Precisión de los términos.—14. Obligación de bautizar.—15. La infusión del alma.—16. Las molas.—17. Modo de administrar el bautismo.—18. Prevenciones contra los abortos.

     13. Precisión de los términos.—Hemos tratado de los niños o infantes, entendiendo por tales los que nacen en condiciones de viabilidad fuera del claustro materno. Vamos a tratar ahora de los fetos; esto es, de aquellos seres humanos que, más bien que nacer, se dice que salen expulsados o desprendidos del útero antes del tiempo que comúnmente está considerado como la línea divisoria entre los viables y no viables. Este tiempo es de siete meses (Pablo Zacchías: Quaestiones medico-legales, lib. IX, tít. II, núm. 8). Los que salen a luz después del último mes de gestación se dicen infantes, y el acto de salir se llama parto, si bien puede ser prematuro (si ocurre antes del término ordinario, que es de nueve meses). Aquellos que vienen al mundo antes del séptimo mes son fetos, y su expulsión se llama aborto (Prümmer, O. P.: Theologiae moralis, vol. III, pág. 100.—J. Pijiula, S. J.: ¿Es lícito el aborto?, pág. 1 año 1934). Todavía se puede precisar más y distinguir el feto del embrión, que, según Antonelli (Ob. cit., núm. 390), dícese el ser humano desde la concepción hasta que adquiere foma humana, lo cual ocurre hacia los cuarenta dias.
     14. Obligación de bautizarlos.—La obligación de bautizar estos fetos es la misma que hemos encarecido respecto de los recién nacidos, con la circunstancia de que los fetos, en su misma expulsión del útero, de forma violenta, y en su debilidad, que constituyen un peligro de muerte, tienen los títulos de la urgencia para conferirles el bautismo sin pérdida de momento. Dice el canon 747 del Código de Derecho Canónico: «Se ha de procurar que todos los fetos abortivos, cualquiera que sea el tiempo en que salen a luz, sean bautizados, en forma absoluta, si ciertamente viven; bajo condición, si se duda de su vida.» No hay duda, pues, que todos los fetos, incluso los embriones, son sujetos capaces del bautismo, y que hay que conferírselo. Lo mismo da que el aborto sea espontáneo que provocado. Toda vez que se verifique, contra razón y justicia, el aborto directo, sea el criminal, sea el llamado terapéutico, la obligación de bautizar subsiste. Ya que se cometa un atentado contra la vida del feto, no se le prive también de la gracia bautismal, que es la vida espiritual del alma.
     15. Infusión del alma.—A nadie debe extrañar que la Iglesia trate como a hombres y mande bautizar a los fetos, puesto que es doctrina comúnmente admitida que el alma racional se infunde al cuerpo en el primer instante de la concepción. Opinaron Aristóteles y Plinio que la infusión del alma al cuerpo tiene lugar el día cuadragésimo de la concepción, si se trata de varón, y a los ochenta días, si de hembra. Hipócrates y Galeno enseñaron que el feto recibía el alma cuando el cuerpo estaba perfectamente formado, lo que, según ellos, ocurría a los treinta días en los varones y a los cuarenta y dos en las hembras. Otros limites han propuesto diversos autores. Opinión de Platón, Asclepíades, Protágoras y muchos estoicos, parece haber sido que el cuerpo humano recibe el alma al tiempo de nacer y cuando empieza a respirar (
P. Zacchías, ob. cit., lib. I, q. 1), núms 19-24.—Cangiamila, ob. cit. lib. I. capítulos VI y VIII.—Antonelli, ob. cit., vol. I, cap. XIX, núms. 251 y sigs.). La que prevaleció sobre todas las sentencias ha sido la de Aristóteles, que, incluso, ha tenido reflejo en las leyes civiles y eclesiásticas a los efectos de las penas impuestas a los que procuran el aborto, que eran menores para los que daban muerte al feto inanimado (Zacchías, ob. cit. y loe. cit.). No faltaron, sin embargo, voces que se opusieron a esa distinción. Así, San Basilio fué de parecer que el alma se infundía en el primer instante de la concepción. Tal fué también la opinión de San Gregorio Niseno y la de San Cesáreo. En la primera mitad del siglo xvii el insigne Pablo Zacchías sostuvo con abundantísimas razones esta misma opinión El también citado Cangiamila la defendió a principios del siglo XVIII en su famosa Embriología Sagrada. Hasta el siglo XIX, no obstante, la opinión aristotélica dominó el campo de la ciencia. En nuestra edad, como antes decimos, es más comúnmente admitida, como más conforme a la Filosofía y a los estudios realizados por la Embriología, la opinión que afirma la infusión del alma en el mismo instante de la unión de los dos pronúcleos, que es el de la fecundación.
     En efecto; apenas ésta se verifica, comienza un proceso evolutivo que se caracteriza por nutrición, aumento, movimiento y vida, todo lo cual, en sana filosofía, requiere un principio vital, que se llama alma, y ésta única, y ésta racional, toda vez que es la propia del hombre, y repugna admitir diversidad de almas en la forma sucesiva que enseñaba Aristóteles (
Zacchías, ob. cit., lib. IX, tít. I, q. 5, núms. 101-103.—Doctor SURBEL: La moral en sus relaciones con la Medicina y la higiene, pág. 290. Traducción española. Barcelona, 1937.—De la dependencia entre la cuestión del bautismo de los fetos abortivos y la de su animación, con alma racional, y su reflejo en el canon 747, trata ampliamente y con profusión de doctrina, el Padre C. PUJOL, S. J., en tres artículos de la Revista Española de Derecho Canónico (septiembre-diciembre de 1946, enero-abril y septiembre-diciembre de 1947). A hacer más sólida esta conclusión contribuye la Embriología. Dice, pues, ésta que, establecida la unión entre los dos elementos de la generación, el óvulo empieza a sufrir profundas transformaciones: primero, en dos células; después, en cuatro, y así sucesivamente, hasta que, a través de un proceso biológico, aparecen todos y cada uno de los órganos del cuerpo. Esta multiplicación supone nutrición y vida, y, por tanto, alma racional, que es la que realiza las funciones vegetativas, las sensoriales y, por último, las intelectivas, a medida que los órganos corporales se van desarrollando y perfeccionando.
     16. Las molas.—Para conocer si lo que se arroja en un mal parto o al principio de un embarazo es un embrión que debe ser bautizado o una mola, dice Cangiamila:
     «Se debe examinar con atención lo que echa una mujer en un mal parto, aunque no abulte sino como un grano de cebada o como una hormiga, etc. Cuando el feto por razón de su debilidad no ha podido romper le membrana y salir por sí mismo, si esta membrana es de un color que tira a blanco, semejante a los intestinos, de figura oval, y cede a la Impresión del dedo que la toca, en este caso se puede creer que es un feto y no una mola, y se le puede administrar el bautismo. Si... es una carne informe, pintada de venas negruzcas y sanguíneas, áspera y dura al tacto, o tiene pintas de diferentes colores, en tal caso se puede creer que no es otra cosa que una mola» (
Cangiamila, ob. cit., cap. IX, lib. I.—Antonelli, ob. cit., vol. III, núm. 39.— Doctor Surbel : La moral en sus relaciones con la Medicina y la higiene, pág. 299).     17. Modo de administrar el bautismo.—Claro es que, si no se puede resolver la duda, ya porque se carezca de conocimientos técnicos, ya porque el caso ofrezca verdadera duda, no conviene dejar de bautizar al supuesto feto bajo condición: «Si eres capaz, yo te bautizo etc. Aun en el caso de verdadero feto, acaso no será posible apreciar señales ciertas de vida: pulsaciones del corazón, algún movimiento; en este caso, la administración del bautismo también debe ser condicionada: «Si vives, yo te bautizo», etc. Ni conviene la demora en el estado de duda, porque el alma del feto está en trance de perderse para el cielo, si es que aún alienta un soplo de vida en el cuerpo diminuto.
     En cuanto al modo de bautizar al feto, si sale separado de las secundinas, y se distingue la cabeza, sobre ella se derramará el agua bautismal; pero si nace envuelto en sus membranas, puesto que la membrana exterior no nace del óvulo y, de consiguiente, no pertenece al feto, no debe conferirse el bautismo en el óvulo cerrado. Opinaba Cangiamila que, para no exponerse a perder el tiempo, debía bautizarse sub conditione, sobre esa membrana exterior, sin perjuicio de romperla después y volver a conferir el bautismo, también bajo condición (
Cangiamila, ob. cit., cap. IX, pág. 58). Pero puesto que esa membrana, como hemos dicho, no pertenece al feto, creen con razón Capellmann (Medicina pastoral, pág. 241) y Antonelli (Ob. cit., pág. 263. núm. 398. En toda esta cuestión, puede consultarse con provecho Merkelbach: Summa theologiae moralis, 111, núms. 157-160. Edic. Develé, 1947) que no debe administrase sobre ella el bautismo, porque seria nulo.
     «SI al abrir el óvulo—dice Capellmann—se procede con cautela, y si el líquido amniótico no se deja, por negligencia, salir de repente, sino con lentitud, el aire que penetre no matará el feto, aunque éste sea muy pequeño. En tales circunstancias, no debe perderse el tiempo averiguando las señales de vida, sino que si el óvulo es reciente (con su color natural, no putrefacto), y el feto blanco (no gris o parduzco), una vez abierto aquél, al momento debe conferirse el bautismo bajo condición («si capax es»). Es consejo muy acertado y útil para los que no estén versados suficientemente en estas cosas, que confieran el bautismo por Inmersión, de manera que rasgando la envoltura del feto sobre el agua o dentro de ella, pronuncien al momento la forma del bautismo: «Si eres capaz, yo», etc. Tómese, pues, con los dedos pulgar e índice de ambas manos, alguna doblez de la envoltura del embrión y rómpase de manera que se dé salida a lo contenido en aquélla, para que el agua bautismal lo bañe por entero. Terminada la fórmula sacramental, se retira el feto. SI se hace de este modo, se evitará también que el aire impresione al embrión, lo cual tanto temen algunos.»
     18. Prevenciones contra los abortos.—Como se ve, el bautismo de los fetos ofrece dificultades. Como, por otra parte, los abortos son muy frecuentes y no parece existir un verdadero ambiente en favor del bautismo a dichos fetos que, por ignorancia o mala voluntad, se arrojan con la sangre que procede de la hemorragia en el sitio de las inmundicias, a la clase médica le incumbe el deber de aminorar cuanto sea posible el número de abortos, corrigiendo preventivamente los defectos que puedan motivarlos y contribuyendo a formar la conciencia de las que se sientan madres, recordándoles que desde entonces son verdaderas madres y, por lo mismo, les incumben todas las obligaciones de tales, la primera de las cuales es poner todos los medios prudenciales para llevar a término el fruto que las eleva a la dignidad materna. Por consiguiente, han de evitar cuidadosamente todo aquello que pueda ocasionar la muerte y desprendimiento del tesoro de sus entrañas; como son saltos y movimientos bruscos, bailes, contusiones en el vientre, extraordinarias fatigas, acaloramientos, insolaciones, tomar helados sin prudencia, hacer largos viajes, dejarse arrebatar de pasiones fuertes o violentas, de pena y alegría que perturben el sistema nervioso, etc. Que sepan también que el aborto, aunque sea espontáneo, suele ser una cosa dañosa y a veces de gran peligro.
     P. Pujiula: ¿Es lícito el aborto?, pás. 7 y siga. También deben estar advertidos los fieles de la obligación de dar sepultura eclesiástica a los fetos, aunque sólo hayan recibido bautismo condicionado. Los no bautizados no pueden recibir dicha sepultura eclesiástica, sino que deben ser sepultados en tierra profana (can. 1.239).—Ferreres: Tesoro del sacerdote, II, núm. 543, 13* edición.—A. Coronata: De locis et temporibus sacris, rúms. 254 y sigs.

Excmo. y Rdmo. Sr. Dr. Luis Alonso Muñoyerro
MORAL MÉDICA EN LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA