miércoles, 9 de abril de 2014

Gnosimacos

GNOSIMACOS
     Ciertos herejes que vituperaban  los conocimientos meditados de los místicos, la contemplación, los ejercicios de la vida espiritual; se llamaron enemigos de los conocimientos. Querían que nos contentásemos con hacer buenas obras, que se desterrase el estudio, la meditación y toda investigación profunda en la doctrina y misterios del cristianismo; con el pretexto de evitar los excesos de los falsos místicos, caían en otros. Nunca deja de suceder esto a todos los censores que vituperan por inclinación y sin reflexión.
     En el día los incrédulos acusan a los cristianos en general de ser gnosimacos, enemigos de las letras, de las ciencias y de la filosofía; según ellos, el cristianismo ha retardado los progresos de los conocimientos humanos; no tiende mas que a destruirlos y a sumirnos en las tinieblas de la barbarie.
     Sin embargo, entre todas las naciones del universo no hay ninguna que haya hecho tantos progresos en las ciencias como las naciones cristianas; las que abandonaron el cristianismo después de haberlo conocido, han vuelto a caer en la ignorancia; sin el cristianismo, los bárbaros del Norte que inundaron la Europa en el siglo V hubieran destruido hasta el ultimo germen de los conocimientos humanos; y sin los esfuerzos que han hecho los príncipes cristianos para contener las conquistas de los mahometanos, estaríamos actualmente sumidos en la barbarie que reina entre ellos, he aquí cuatro hechos principales que desafiamos a los incrédulos a que se atrevan a poner en duda; ahora oigámoslos.
     En el Evangelio, Jesucristo da gracias a su Padre por haber ocultado la verdad a los sabios para revelarla a los niños y a los ignorantes; llama dichosos a los que creen sin ver. (Mat. XII, 25 Juan XX, 29). San Pablo no cesa de declamar contra la filosofía, contra la ciencia y la sabiduría de los griegos; se exige de un cristiano que crea ciegamente en la doctrina que se le predica, sin saber si es verdadera o falsa. Desde el origen del cristianismo, sus sectarios no se han ocupado mas que en frívolas disputas sobre materias ininteligibles; han descuidado el estudio de la naturaleza, de la moral, de la legislación, de la política, las únicas capaces de contribuir al bien de la humanidad. Los PP. de la Iglesia han apagado la antorcha de la crítica, han hecho todos sus esfuerzos para suprimir las obras de los paganos, han vituperado el estudio de las ciencias profanas, no ha consistido en ellos el que no estemos reducidos a la única lectura de la Biblia, como los mahometanos a la del Alcorán, he aquí grandes argumentos, debemos examinarlos detenidamente y a sangre fría: ninguno destruye los cuatro hechos que hemos establecido.
      Preguntamos si los ignorantes que creyeron en Jesucristo a la vista de sus milagros y de sus virtudes, no han sido mas sabios y razonables que los doctores judíos que rehusaron creer en él, a pesar de la evidencia de sus pruebas, y si los incrédulos pretenden justificar el terco fanatismo de los judíos. A menos que no tomen este partido, se verán precisados a confesar que no hizo Jesucristo mal en bendecir a su Padre por haber inspirado mas docilidad, sensatez y sabiduría a los primeros que a los segundos. También sostenemos que un ignorante, que cree en Dios y en Jesucristo, razona mejor que un filósofo que abusa de sus conocimientos abrazando y predicando el ateísmo, y no se sigue nada contra la utilidad de la verdadera filosofía.
     El Salvador dijo a un apóstol que no había querido creer en el testimonio unánime de sus colegas, que mejor hubiera sido para él creer sin haber visto: ¿era laudable la indocilidad de este apóstol? lo mismo que la de los incrédulos del día.
      Sabemos a qué se habían dirigido la ciencia, y la pretendida sabiduría de los filósofos griegos: a desconocer a Dios en sus obras, a no darle ningún culto, a conservar la idolatría y todas sus supersticiones, a ser tan viciosos como el pueblo, que debían haber ilustrado y reformado: he aquí de lo que los acusa San Pablo. (Rom. I, 18 y sig.). Tenia razón, y mientras que los partidarios de la filosofía continúen haciendo de ella el mismo abuso, nosotros sostendremos como el Apóstol que su pretendida sabiduría no es mas que una locura, capaz de pervertir a las naciones y consumar su ruina como lo ha hecho con los griegos y romanos. No es pues el cristianismo, sino la falsa filosofía, la que desacredita y hace odiosa la verdadera sabiduría; los incrédulos quieren acriminarnos de lo que solo ellos son culpables.
     San Pablo por otro lado preveía el desorden que iba a tener lugar bien pronto, y que empezaba ya en su tiempo; sabia que filósofos pertinaces y mal convertidos introducirían en el cristianismo su genio orgulloso, disputador, quisquilloso, temerario,y harían nacer las primeras herejías, previene a los fieles contra este escándalo. (Colos. II, 8). Su predicción se ha verificado completamente. En el dia nuestros filósofos nos acaban de echar en cara las disputas del cristianismo, de que han sido los primeros autores sus predecesores, ellos mismos las renuevan todavía rejuveneciendo los rancios sofismas de los antiguos.
      No es cierto que se exija del cristiano una fe ciega, que se le obligue a creer una doctrina, sin saber si es falsa o verdadera. Un cristiano está convencido de que su doctrina es verdadera, porque está revelada por Dios, y está seguro de la revelación por hechos de los que depone el universo entero, por motivos invencibles de credibilidad. Es absurdo exigir otras pruebas, pruebas intrínsecas, razonamientos filosóficos sobre el fondo mismo de los dogmas; de otro modo un ignorante estaría autorizado a no creer ni aun en un Dios.
     ¿No son mas bien los incrédulos los que exigen una fe ciega en sus sistemas? Muchos han confesado que la mayor parte de sus discípulos creen bajo su palabra, abrazan el ateísmo, el materialismo, o el deísmo, sin hallarse en estado de comprender su fondo ni consecuencias, de comparar las pretendidas pruebas con las dificultades; que son incrédulos por libertinaje, y no por convicción. Por otro lado vemos en sus obras que los que hablan mas alto son los que saben menos.
      Antes del nacimiento del cristianismo, los griegos, nación ingeniosa, si hubo alguna, habían estudiado la naturaleza, la moral, la legislación, la política durante mas de quinientos años, ¿y habían hecho grandes progresos? No hace todavía seiscientos años que hemos despertado de un profundo sueño, y ya se pretende que estamos mucho mas adelantados que ellos. La naturaleza, el clima, las causas físicas, ¿nos han valido mas? Nada de esto creemos. Es necesario pues que una causa moral haya contribuido a ello; ¿y puede ser otra que la religión? Sin los monumentos que nos ha conservado, sin los conocimientos que nos ha dado, todavía no habríamos adelantado un paso.
     Desde que nuestros filósofos han sacudido el yugo de toda religión, su entendimiento sublime no es ya contenido por las trabas del cristianismo: si exceptuamos algunos descubrimientos de pura curiosidad, ¿qué nos han enseñado en materia de moral y legislación? Errores groseros o cosas que se sabían antes de ellos. Se creen criadores, porque ignoran lo que se escribió en los siglos anteriores.
      Por un efecto de esta ignorancia acusan a los PP. de la Iglesia de haber apagado la antorcha de la crítica. ¿Quién la había encendido antes de los PP. para que estos pudiesen apagarla? Orígenes y San Jerónimo fueron los primeros que siguieron sus reglas para procurar a la Iglesia copias correctas y versiones exactas de los libros santos. En estos últimos siglos no se ha hecho masque reducir a arte y método la marcha que habían seguido en sus trabajos.
     Tenemos mucha razón para echar en cara a los incrédulos que ellos son los que apagan la antorcha de la crítica. Por autentico que sea un documento antiguo, basta que los incomode para que lo juzguen sospechoso; cuando un pasaje les es contrario, acusan a los cristianos de haberlo alterado o interpolado; ningún autor les parece digno de fe, si no ha sido pagano o incrédulo; deprimen a los escritores mas respetables para elevar hasta las nubes a los impostores más desacreditados; exigen para vencer su pirronismo histórico un grado de evidencia y de notoriedad que nunca ha pedido un crítico.
      Se calumnia a los PP. sin ninguna prueba, cuando se les acusa de haber suprimido o hecho perecer las obras de los paganos o de los enemigos del cristianismo. Han perecido casi tantas obras de autores eclesiásticos los mas apreciados como de autores profanos. No son los PP. los que han quemado las bibliotecas de Alejandría, de Cesarea, de Constantinopla, de Hipona y de Roma; ellos son al contrario los que nos han conservado los escritos de Celso y de Juliano contra el cristianismo. Ha sido necesario hacer las investigaciones mas exactas y difíciles para tener conocimiento de los libros de los rabinos, y los teólogos son los que los han publicado; no hubieran sido conocidas muchas producciones de los incrédulos, sin la refutación que han hecho de ellas nuestros apologistas. San Gregorio, papa, es el que ha sido mas acusado entre los PP. de haber hecho quemar los libros, lo vindicaremos en otro artículo.
     Pero nos atrevemos a asegurar confiadamente que si hubieran sido árbitros nuestros adversarios, no hubiesen dejado subsistir un solo libro favorable al cristianismo.

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