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lunes, 4 de febrero de 2013

CATECISMO PARA TRADICIONALISTAS DESORIENTADOS. (1)

Por Mons. José Franklin Urbina Aznar
1.- ¿QUE SON LOS SACRAMENTOS?.

     Los Sacramentos son signos sensibles y exteriores de la Gracia, instituidos por nuestro Señor Jesucristo, por los cuales se comunica al alma esa Gracia significada.
     El Papa León XIII enseña en la Bula APOSTOLICAE CURAE, que los Sacramentos son signos externos que efectúan lo que significan, y significan lo que efectúan. 
     Santo Tomás de Aquino enseña que los Sacramentos (Sum. Theo. 1-2, q. 101, a. 4; q. 102, a. 5) pertenecen al género de signo, pues son signos de una realidad sagrada, pero no de cualquier realidad sagrada, sino solo de una realidad que santifica a los hombres.
     Este signo, externo y visible que se puede percibir por los sentidos, indica algo más que no se puede percibir que es la Gracia de Dios comunicada al alma.
     Fueron instituidos directa e inmediatamente por Jesucristo, así como lo definió el santo Concilio de Trento (Sess. VII, Can. I).
     Son signos eficaces de la Gracia, la contienen y efectúan su producción directamente y en virtud del poder que Dios mismo ha querido darles, y de quien son instrumentos.
     Los cristianos, colectivamente considerados, no forman más que un cuerpo religioso, que es la Iglesia de Cristo, y por lo tanto, estando formado por hombres, era necesario que tuviera signos exteriores por los cuales pudieran conocerse y unirse bajo una misma bandera.
  Habiendo sido los Sacramentos instituidos directa e inmediatamente por Jesucristo, requieren para poder realizarse ciertas condiciones claramente definidas por su Autor, que no pueden estar nunca sometidas a la opinión, conveniencia o capricho de los hombres, puesto que si esto se hace, no estando de acuerdo con la voluntad de Dios que los utiliza como canales de Su Gracia, los Sacramentos no se realizan, es decir, son inválidos.

2.- ¿QUE CONDICIONES SE REQUIEREN PARA QUE HAYA VERDADERO SACRAMENTO?.

     Siempre se ha enseñado que los Sacramentos requieren para ser válidos: MATERIA, FORMA (o fórmula, que son las palabras que el ministro pronuncia), MINISTRO e INTENCION.
     Sobre la materia de cada Sacramento, recae la forma, constituida de ciertas palabras, que no deben tener un significado ambiguo, sino bien definido que distinga la Gracia que se da en ese Sacramento y que no se pueda confundir con una Gracia de naturaleza diferente, como puede ser, por ejemplo, la que se da en otro Sacramento, pues en esta forma, los Sacramentos no se realizan, es decir, que son invalidos.
     Esa forma, debe además recaer simultáneamente sobre la materia, conforme lo requiere la naturaleza de cada Sacramento. En el rito de ordenación, sin embargo, no hay una absoluta simultaneidad entre la imposición de las manos y la pronunciación de la forma, pero hay una coincidencia moral. Asi por ejemplo, el Dr. Ludwig Ott en su libro FUNDAMENTOS DEL DOGMA CATOLICO dice: "No es necesario que coincidan absolutamente (es decir, materia y forma) desde el punto de vista del tiempo; una coincidencia moral basta; es decir, que ellas deben estar conectadas una con otra de tal modo que según la general estimación, ellas compongan un signo unitario".
     Cualquier cambio substancial en la materia o en la forma de los Sacramentos, los hace inválidos. La forma del Sacramento, es la expresión de la Voluntad de Cristo. Por eso, un cambio en la significación de esa Voluntad, es invalidante.
     También son necesarios un ministro válido, y la intención en el que administra que debe ser igual a la intención de la Iglesia, o a la intención de Cristo, que viene a ser lo mismo.

3.- ¿COMO DEJO NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO A SU IGLESIA LAS FORMAS DE LOS SACRAMENTOS?.

     Unos los dejó de manera muy precisa, determinando la materia y la forma que debían usarse. Estos son los que fueron determinados "IN SPECIE", para usar el término teológico. De los demás se enseña comúnmente que la materia y la forma fueron determinados "IN GENERE", es decir, de una manera general, dejando a los Apóstoles y a la Iglesia el cuidado y el poder de determinarlos con más precisión. Así dice, por ejemplo la ENCICLOPEDIA CATOLICA, V. 13, Pág. 299.

4.- ¿TIENE PODER LA IGLESIA PARA CAMBIAR LAS FORMAS "IN SPECIE"?.

     Absolutamente no, pues han sido determinadas directa e inmediatamente por Jesucristo. A la Iglesia le encomendaron solamente la fiel custodia de estas formas y materias, para que fueran usadas sin alteración hasta el fin del mundo.

5.- ¿TIENE PODER LA IGLESIA PARA CAMBIAR LAS FORMAS RECIBIDAS "IN GENERE"?. 

     Aunque a la Iglesia Jesucristo le dio el poder de determinar las formas de ciertos Sacramentos, ella lo hizo en tiempos de los Apóstoles, por lo cual, estos componentes forman parte de la Tradición y no pueden ser cambiados sin correrse el grave peligro de alterar la esencia del Sacramento y así invalidarlo. Por ese motivo, aunque tiene el poder, no lo hace.
     La Bula APOSTOLICAE CURAE de León XIII dice: "La Iglesia tiene prohibido cambiar o incluso tocar la materia y la forma de algún Sacramento. Ella puede cambiar, abolir o introducir alguna parte de los ritos no esenciales o ceremonias para ser usadas en la administración de los Sacramentos, tales como procesiones, oraciones: Himnos, antes o después de que sean recitadas las palabras act ual es ce la forma...".

6.- ¿ENTONCES, AUNQUE ESTA PROHIBIDO TOCAR LA FORMA DE LOS SACRAMENTOS "IN GENERE", LA IGLESIA SI TIENE PODER PARA CAMBIARLAS?.

     Es evidente que sí, pero para respetar la Tradición y los ritos antiguos conservados, muchos de ellos desde los tiempos apostólicos, y por el peligro de alterar la esencia del Sacramento, la Iglesia no lo hace. Mons. P. Batiffol, escribió en en año de 1939 en el Prefacio de LAS ETAPAS DEL SACERDOCIO que el Pontifical, "es el libro litúrgico más magnífico que nosotros poseemos. Nos viene en línea directa de la antigüedad cristiana sin haber sufrido las restauraciones del Misal y del Breviario; es un completo testimonio de las antiguas épocas. En el Pontifical, todo son palabras y gestos del Obispo, y estas palabras y estos gestos expresan los actos más solemnes de la vida de la Iglesia, aquellos a los que ha querido dar la publicidad más augusta, como la Consagración de los Obispos, las Ordenaciones, la consagración de las iglesias...".
     San Pío X, dice en EX CUO NONO: "Es bien sabido que no pertenece a la Iglesia el derecho de innovar nada en la substancia de los Sacramentos". El Santo Concilio de Trento (Sesión XXI, Cap. 2), dice: "...en la administración de los Sacramentos, sin violar la substancia, ella (la Iglesia), puede determinar o cambiar cualquier cosa que ella juzgue más conveniente para beneficio de aquellos que los reciben". Y también Santo Tomás de Aquino (Sum. Theo. 3, q. 60, a. 8), escribe: "Está claro que, si es suprimida alguna parte substancial de la forma sacramental, se destruye el significado esencial de las palabras, y consiguientemente el Sacramento no es válido".
     Sería una tontería cambiar las formas de los Sacramentos que por tantos siglos la Iglesia ha usado con suma seguridad y que ha sido avaladas por tantos Padres, papas, concilios, santos y teólogos todo ese tiempo, para inaugurar otras formas por el mero afán de las novedades. Un cambio con viciada intención, invalidaría el Sacramento, como enseña el Papa León XIII en su Bula antes mencionada. ¿Qué caso tiene lo nuevo y como se justificaría abandonar lo que ya es perfecto?.

7.- ¿CUALES SON LOS SACRAMENTOS CUYAS MATERIAS Y FORMAS ENTREGO NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO A SU IGLESIA "IN SPECIE"?.

Los Sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía.

8.- ¿CUALES SON LOS SACRAMENTOS QUE ENTREGO A SU IGLESIA "IN GENERE"?.

     Todos los demás Sacramentos, siempre y cuando la esencia no fuera alterada y que significara con toda claridad la gracia que por ellos se conceden, pues, si esto no fuera asi, o las formas pudieran entenderse de varias maneras, el Sacramento seria completamente nulo.

9.- ¿BASTA PARA LA VALIDEZ DE UN SACRAMENTO TENER LA VERDADERA MATERIA, PRONUNCIAR LA VERDADERA FORMA, Y A UN MINISTRO VALIDO QUE PRONUNCIA LA FORMA DEL SACRAMENTO CON LA INTENCION DE LA IGLESIA? 

     Aunque la Iglesia ha definido (Concilio de Florencia), que para la validez de los Sacramentos solamente se requiere: materia, forma, ministro e intención, es necesario hacer sobre la intención, algunas consideraciones:
     Las formas de los Sacramentos, individual y aisladamente consideradas, pueden dar lugar a muchos equívocos. La palabra o la expresión, resultan a veces ambiguas. Ortega y Gasset decía: "No todo decir expresa sin más, lo que queremos decir. Sería ilusorio pensarlo. El lenguaje no da para tanto". "Es la servidumbre del lenguaje humano", dice el Prof. Tello Corraliza.
     Por ese motivo, la Iglesia ha rodeado la administración de todos los Sacramentos con ritos que en muchas de sus partes o en todo el conjunto, determinan el significado sacramental de la fórmula operativa, en un sentido que resulte inequívoco.
  Las formas de los Sacramentos, siendo vulnerables a la ambigüedad o a interpretaciones heterodoxas, encuentran en el contexto litúrgico, que llamaremos en adelante SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS, la obviedad necesaria y la expresión de una segura intención que garantizan el efecto intentado.
     La importancia de la SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS es tan grande en la administración de los Sacramentos, que puede esta corromper y falsear la intención, y aunque se pronuncien las palabras correctas de las formas sacramentales, no se administran válidamente los Sacramentos. Esta doctrina está fuertemente cimentada en las doctrinas enseñadas por el Papa León XIII en su Bula APOSTOLICAE CURAE, que definió la nulidad de las ordenaciones anglicanas.
     Así, la SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS es, "contexto litúrgico, expresiones ya consagradas; así como los ritos explicativos de que habla Werner, o la forma total a la que se refiere el Dr. Wendland. El Padre Aldama en nota a pie de página, hace referencia al modo de considerar la forma (San Agustín), como el complejo de todas las ceremonias que se realizan en la administración de los Sacramentos" (Prof. Tello Corraliza. LA VALIDEZ DE LOS RITOS POSCONCILIARES CUESTIONADA).
     Entonces, la Iglesia cuando define que la intención es necesaria para la validez de un Sacramento, considera que la SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS, es positiva, es decir, que en nada se opone, que afirma, que aclara, que completa la forma sacramental. Todas las partes del rito contribuyen a determinar el significado sacramental de la misma forma, suprimiendo toda ambigüedad y oponiéndose como una barrera eficaz, a todas las infiltraciones heréticas.
     No puede entenderse, cómo sería posible que un sacerdote verdadero, usando la verdadera materia del Sacramento, pronuncie las verdaderas palabras de la forma, pero todo el contexto litúrgico se oponga a la intención supuestamente ortodoxa que tuvo al pronunciar esa forma, y aún así se diga que realiza el Sacramento. Esto no es posible. Por lo tanto, toda la SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS, en absoluta armonía con la doctrina de la Iglesia sobre los Sacramentos, aclarando, afirmando y explicando en mayor forma la Gracia que se quiere significar y que se confiere, son absolutamente necesarias y están consideradas en la verdadera intención. No puede haber Sacramento válido, si la SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS es negativa, aun llenándose todos los demás requisitos.

LA SANTA MISA.

10.- ¿DE QUE MANERA SE CAMBIARON LAS FORMAS DE LA CONSAGRACION DE LA MISA IMPUESTA POR PAULO VI DESDE EL 30 DE NOVIEMBRE DE 1969?.

     La forma tradicional para la consagración del cáliz es: "Este es el cáliz de mi sangre, del nuevo y eterno testamento, misterio de fe, que será derramada por vosotros y por muchos, para remisión de los pecados". La forma del nuevo rito impuesto, dice asi: "Este es el cáliz de mi sangre, de la nueva y eterna alianza, que será derramada por vosotros y por todos los hombres, para remisión de los pecados".
     Estas son dos formas (o fórmulas) aparentemente iguales, cuya significación y esencia no parece variar. Pero esto solamente es aparente a los ojos del pueblo. Para destruir la Misa Católica, no podía alterarse la materia con facilidad porque hubiera sido demasiado evidente al pueblo que con seguridad se hubiera rebelado. Pero las palabras cuyos significados pueden introducir oscuridades, ambigüedades y diversas interpretaciones a veces encontradas, se utilizaron como un medio eficaz.
     No hay que olvidar que los cambios substanciales o los cambios que ya no reflejan la intención de Cristo con suma fidelidad, invalidan el Sacramento.
     Los católicos, haciendo completamente a un lado sus propias opiniones, a las que son tan afectos, tienen que atenerse completamente y en todo a las enseñanzas de los teólogos y al Magisterio, sobre la doctrina de los Sacramentos, para detectar errores que a simple vista no pueden descubrir.
     En las nuevas formas sacramentales introducidas en la Misa de Paulo VI, no solamente hay cambios substanciales, sino supresión descarada de palabras pronunciadas por el mismo Jesucristo en el Cenáculo, que simplemente desaparecieron.
     Los textos que vamos a aportar nos aclaran suficientemente: el Dr. Gregorio Alastruey, rector de la Universidad Pontificia de Salamanca y reconocido teólogo, en su libro TRATADO DE LA SANTISIMA EUCARISTIA, publicado por la B.A.C. en 1952, dice: "Finalmente se dice (en la forma de la consagración del cáliz): LA CUAL SERA DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR MUCHOS PARA REMISION DE LOS PECADOS. No se dice PRO OMNIBUS (por todos los hombres), porque aunque la sangre de Cristo fuese derramada por todos en cuanto a la suficiencia, sin embargo, no obtiene de hecho ese efecto en todos, sino solamente en los que se han de salvar; se dice "por vosotros y por muchos", porque la sangre de la Pasión de Cristo no sólo debía tener eficacia en los judíos elegidos, sino también en los gentiles; ni solamente en los sacerdotes que consagran este Sacramento o en los fieles que lo reciben, sino también en aquellos por quienes se ofrece, y por eso dice "por vosotros", esto es por los judíos, y "por muchos", es decir, por los gentiles; o "por vosotros" que lo recibís, y "por muchos", por quienes se ofrece" (Pág. 62).
     Analizando la doctrina expresada por el Dr. Alastruey, podemos descubrir que así como Cristo, "no dijo POR TODOS, porque...", y da la razón teológica, lógicamente si se dijera "POR TODOS" en la forma, se estaría expresando una doctrina contraria a la doctrina católica tradicional.
     Si la doctrina que se expresa es diversa o contraria, entonces es herética. La expresion "por todos los hombres", obedece solamente al ideal ecuménico herético puesto en circulación por el Concilio Vaticano II.                   
     Las palabras de Cristo "POR MUCHOS", incluyen el libre albedrio de los hombres que Dios siempre respeta. Ellos son libres de elegir y condenarse y Dios omnipotente, aunque quiere que todos se salven, respeta esa decisión. Por eso dice "POR MUCHOS", pues muchos pueden ser todos, pero también pueden no ser todos. Solamente se salvarán, quienes voluntariamente se apliquen Su Sangre redentora.
     Igualmente el CATECISMO ROMANO DEL CONCILIO DE TRENTO, publicado también por la B.A.C. en 1956, Págs. 459-460, dice algo que nos resultará aun más claro: "Las palabras "POR VOSOTROS Y POR MUCHOS...", significan el fruto y la fecundidad de la Pasión de nuestro Señor. Porque considerando su eficacísima virtud, debemos admitir que Cristo derramó Su Sangre por la salud de todos los hombres; mas, si atendemos el fruto que de ella consiguen los hombres, habremos de admitir que no todos la participan efectivamente, sino sólo muchos".
     "Por consiguiente, al decir Cristo POR VOSOTROS, significó a los Apóstoles, con quienes hablaba, excepto Judas, y a los elegidos entre los judíos, como discípulos suyos. Y al añadir POR MUCHOS, quiso referirse a todos los demás elegidos, tanto judíos como gentiles. CON RAZON NO DIJO "POR TODOS", tratándose de los frutos de Su Pasión, que solamente los elegidos perciben. En este sentido deben entenderse las palabras de San Pablo: "Cristo, que se ofreció una vez para soportar los pecados de todos, por segunda vez aparecerá, sin pecado, a los que esperan, para recibir la salud" (Heb. IX, 28). Y aquellas otras del mismo Señor: "Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que tú me diste, porque son tuyos" (Juan, XVII, 9)".
     Este texto del CATECISMO ROMANO resulta aun más claro para comprender la Doctrina, pues cuando dice "CON RAZON NO DIJO...", enseña con claridad meridiana que si la forma se dijera "POR TODOS LOS HOMBRES", se expresaría una doctrina y razón contraria a la razón de la Doctrina Católica que está enseñando, y por lo tanto errada. Así lo ha entendido la Iglesia siempre y así lo ha enseñado. Las doctrinas erradas o ambiguas no pueden caber en las formas de los Sacramentos. Razones nuevas, no son razones católicas, sobre todo si son diversas o contrarias. Son solamente gimnasias sicofantes y manipuleo herético .
     San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia, enseña: "Las palabras PRO VOBIS ET PRO MULTIS (por vosotros y por muchos), úsanse para distinguir la virtud de la Sangre de Cristo de sus frutos; porque la Sangre de nuestro Salvador es de suficiente valor para salvar a todos los hombres, empero sus frutos, son aplicables solamente a un cierto numero, no a todos, y esto por culpa de ellos. O, como dicen los teólogos, esta preciosa Sangre (en sí misma) es suficiente (sufficienter) para salvar a todos, empero (de nuestra parte) efectivamente (efficaciter) no a todos los salvará, sino solamente a aquellos que cooperen con la Gracia" (Citado por el Padre H. Omlor en su libro QUESTIONING THE VALIDITY OF THE MASSES USING THE NEW ALL ENGLISH CANON. Athanasius Press. Reno, Nevada, 1969, Pag. 60).
     Las palabras "por vosotros y por muchos", son esenciales para la validez de la consagración del cáliz, porque son parte de lo que en Teología Sacramental se llama la "res sacramenti" de la forma, término que aunque es un poco difícil de traducir, se refiere a la INTENCION y al FIN del Sacramento, fin e intención para quienes se habrán de conceder las particulares Gracias que se confieren por medio del Sacramento.
     En el Sacramento eucarístico, la RES SACRAMENTI, son esas palabras precisamente las que en la forma indican la redención de los que han de salvarse por medio del Sacrificio de Cristo y de Su unión con el Cuerpo místico.
     Entonces, estas palabras, conteniendo el fin y la intención de Cristo son parte de la esencia de la forma del Sacramento, y no pueden ser tocadas. La Iglesia no tiene el poder de tocar nada de la esencia de los Sacramentos porque si esto se hace, los Sacramentos se invalidan.
     Igualmente, Santo Tomás de Aquino en su SUMA TEOLOGICA, Sup. q. 99, a. 2, dice: "...se compadeció, (Cristo), de los judíos y de los gentiles, mas no de todos los gentiles ni de todos los judíos".
   Conviene incluir aquí dos textos del Pbro. Dr. Rama Coomaraswamy que copiamos de su libro EL DRAMA ANGLICANO DEL CLERO CATOLICO POSTCONCILIAR. En la Pág. 17 leemos: "La Iglesia, siendo una amante madre, desea y en verdad requiere que los fieles nunca estén en duda acerca de la validez de los Sacramentos. Para un sacerdote ofrecer Sacramentos dudosos es claramente sacrilego, y cuando esta duda es compartida por los fieles, ELLOS TAMBIEN SON CULPABLES DE SACRILEGIO. Como el Padre Brey declara en su introducción al libro QUESTIONNING THE VALIDITY OF THE MASSES USING THE NEW ALL-ENGLISH CANON (La cuestión de la validez de las Misas que usan el nuevo canon inglés), de Patrick Henry Omlor: "En la práctica, el verdadero planteamiento de las cuestiones o dudas acerca de la validez de una determinada manera de conferir un Sacramento -si esta cuestión se basa en un aparente defecto de la materia o de la forma- necesitaría la estricta abstención del uso de la materia dudosa de realizar el acto sacramental, hasta que la duda sea resuelta. Al conferir los Sacramentos, todo sacerdote está obligado a seguir el "médium certum", es decir, "el camino más seguro". Similarmente el Padre Henry Davis, S. J., dice: "Al realizar los Sacramentos, como también en la Consagración de la Misa, nunca está permitido adoptar un probable camino de acción, como válido, y abandonar "el camino más seguro". Esto fue explícitamente condenado por el Papa Inocencio XI (1670-1676). Hacerlo de este modo, sería un grave pecado contra la religión, o sea, un acto de irreverencia hacia lo que Cristo nuestro Señor instituyó. Sería un grave pecado contra la Caridad, ya que el receptor estaría probablemente privado de la Gracia y efectos del Sacramento. Sería un grave pecado contra la justicia, porque el receptor tiene derecho a un Sacramento válido". Hasta aquí el Dr. Coomaraswamy.
     ¿Qué será, entonces, lo que estamos enfrentando?, porque, ¡no hablamos de Sacramentos dudosos!. Estamos hablando de Sacramentos absoluta y completamente inválidos, porque no se trata de FORMAS DUDOSAS , sino de FORMAS INVALIDAS, porque al cambiarse la esencia de la significación de las palabras y la SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS, solamente eso tenemos. Estamos frente a la "abominación de la desolación" instalada en el lugar santo.
     También, Santo Tomás, Doctor de la Iglesia en la SUMA TEOLOGICA, escribe al respecto de la forma de la consagración del cáliz: "Sobre esta forma, ha habido dos opiniones. Unos afirman que solo constituye la substancia de la forma las palabras "este es el cáliz de mi sangre" y no las siguientes. Mas no parece esto exacto, porque las que siguen son como ciertas determinaciones del predicado o de la Sangre de Cristo y por ello pertenecen a la integridad de la locución".
     Este argumento falso, no solamente es utilizado por los actuales herejes para defender la validez de las nuevas fórmulas consecratorias, sino que anteriormente al Concilio Vaticano II algunos se atrevieron a defenderlo. Santo Tomás lo destruye.
     Continúa Santo Tomás: "Por esto, otros dicen que las siguientes palabras hasta "cuantas veces hiciereis esto", son de la substancia de la forma; pero estas ya no, porque se refieren al uso del Sacramento. Y por ello el sacerdote las pronuncia de la misma manera y con idéntico rito, teniendo el cáliz entre las manos (es decir, las palabras hasta "cuantas veces..."). En San Lucas, también se interpone a las palabras indicadas estas otras: "Este cáliz, es nuevo testamento en mi sangre". Hay que decir, pues, que dichas palabras son de la substancia de la forma, y que las primeras: "Este es el cáliz de mi sangre" significan el hecho de la conversión del vino en la sangre, del modo en que se ha indicado en la forma de la consagración del pan. Las siguientes designan la virtud de la sangre derramada en la pasión, que actúa en el Sacramento y se ordena a tres cosas. La primera y principal, a alcanzar la herencia eterna, por aquello: "Teniendo esperanza de entrar en el santuario en virtud de la sangre de Cristo"; y está expresada al decir "del nuevo y eterno testamento". La segunda, a la gracia de la justificación que se nos da con la fe, según aquello: "A quien ha puesto Dios como propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia y para justificar a todo el que cree en Jesucristo", Y LA SIGNIFICAN LAS PALABRAS "MISTERIO DE FE". Y la tercera, a quitar los obstáculos de las dos cosas dichas, que son los pecados, según aquello: "La sangre de Cristo limpiará nuestra conciencia de las obras muertas"; y asi se añade: "que será derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados".
     Quedan explicadas así, todas las palabras contenidas en la forma tradicional y la esencial necesidad de cada una de ellas por ser de la substancia del Sacramento, así como lo definió el Concilio de Florencia.
     También dice Santo Tomás: "La sangre de la pasión de Cristo, no solamente es eficaz para los judíos, a quienes se dio la del Antiguo Testamento, sino también para los gentiles. Tampoco sólo para los sacerdotes que consagran el Sacramento o para los que comulgan, sino, además, para aquellos por quienes se ofrece. Por eso, expresamente se dice "por vosotros", los judíos, y "por muchos", los gentiles. O también "por vosotros" que lo coméis y "por muchos" por quienes se ofrece. Los evangelistas, no intentaban darnos las formas de los Sacramentos, que convenía que estuvieran ocultas en la primitiva Iglesia, como dice Dionosio; su intento fue escribir la historia de Cristo" (3, q. 78, a. 3) .
     Vale la pena analizar, estudiar y comprender los párrafos antes transcriptos para calar a fondo el engaño introducido en las palabras de la nueva forma impuesta por Paulo VI desde el 30 de noviembre de 1969 que elimina la forma que siempre antes, uso la Iglesia desde los tiempos apostólicos.
     Además, al haberse eliminado de la forma de la consagración del cáliz las palabras "misterio de fe", se da pie indudablemente a la antigua herejía que negaba que Cristo estuviera verdaderamente presente en el Sacramento después de las palabras consecratorias, pues decían que esa presencia solamente era "mística". El siguiente texto de Santo Tomás nos ilustra suficientemente: "Hay que quitar al hombre, las ocasiones de error, por aquello: "Desembarazad el camino de mi pueblo". Algunos erraron al pensar que el Cuerpo y la Sangre de Cristo, estaban sólo místicamente en el Sacramento, de ahí que no sea oportuno decir en esta forma "MISTERIO DE FE" (Sum. Theo. 3, q. 78, a. 3, 5). Es decir, que quienes negaban la real presencia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en el Sacramento eucarístico, pensando que Su presencia era solamente mística, se oponían a pronunciar la fórmula de la consagración del cáliz, intercalando la expresión "misterio de fe".
     Indudablemente los herejes actuales del Vaticano, usurpadores de los lugares que a los católicos corresponden, no reconocieron barreras para alterar incluso la esencia de las formas sacramentales y su significación, infectados con el miasma sicodélico de la libertad religiosa y del ecumenismo, e igualaron los ritos católicos más sagrados con los ritos y doctrinas protestantes en su afán ecuménico de unir a todos incluyendo la verdad con el error.
     Pero en las sagradas Escrituras, ¡tampoco encontramos el término por todos los hombres!. Esto se puede consultar con facilidad. En este momento en el que hay por todas partes una algarabía por la lectura de la Biblia, nos encontramos estupefactos la inmensa incongruencia e infidelidad al texto bíblico. En el Evangelio de San Mateo, Cap. 26, v. 28, Cristo dice: "Y tomando el cáliz, dio gracias, y dióselo, diciendo: Bebed todos de él; porque esta es mi sangre del Nuevo Testamento la cual será derramada POR MUCHOS para remisión de los pecados". Igualmente en el Evangelio de San Marcos, encontramos lo mismo. En el Cap. 14, v. 24, Cristo dice: "Y díjoles: esta es la sangre mía del Nuevo Testamento, la cual será derramada POR MUCHOS".
     Algunos quisieron defender este cambio, diciendo que "muchos" y "todos" es lo mismo, pues ni en el hebreo ni en el arameo había palabras para decir una y otra cosa. Esta es una gran tontería y una gran ignorancia. Veamos, por ejemplo, qué resulta de decir que muchos es igual a todos. En el Evangelio de San Mateo, Cap. 24, v. 5, si creemos que muchos es igual a todos, podemos decir: "porque TODOS (¡es decir, cada uno de nosotros!) vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy el Cristo, y seducirán A TODOS" (¡es decir, a cada uno de nosotros). ¿No es esta una estupidez mayúscula?.
     La nueva forma, no tiene sustentación tampoco, en las sagradas Escrituras.
     La forma tradicional en la consagración del cáliz, usaba la palabra "TESTAMENTO". La introducción en la forma de la expresión "NUEVA ALIANZA" también está viciada de ese espíritu ecuménico herético inspirado por el Concilio Vaticano II, que busca alianzas con toda clase de sectas tratando de encontrar las doctrinas coincidentes para olvidar las diferencias. Si éste es el espíritu de esa nueva expresión en la consagración del cáliz, lo cual parece obvio, no es el espíritu y la intención de Cristo. Bastarla esta palabra con una intención heterodoxa, para hacer inválida la consagración.
     El cambio de la palabra "MUCHOS", por "TODOS", obedece también a ese espíritu ecuménico del mencionado Concilio. Es claro que "TODOS", está de acuerdo con "NUEVA ALIANZA". Es congruente. Es decir, que se busca UNA NUEVA ALIANZA CON TODOS LOS HOMBRES. Esta intención deforma substancialmente la forma de la consagración del vino, y cambia la intención de Cristo, por lo cual, los "sacerdotes" que "consagran" con esta nueva forma, de ninguna manera pueden tener la misma intención de Cristo. Todo esto se opone diametralmente a la doctrina tradicional sobre el Sacramento de la Eucaristía, y por lo tanto, siendo la consagración del cáliz INVALIDA, las supuestas misas que se celebran de esta manera, están llevando al pueblo ignorante a adorar un poco de vino.
     Esa "nueva alianza" que todos los días se proclama "con todos los hombres", en las nuevas misas, no tiene nada que ver con la Iglesia Católica que fundó Jesucristo. La "nueva alianza" que Cristo anuncia, es "en Su Sangre". La alianza es con Su Iglesia, es con los que se aplican a sí mismos los frutos de Su redención. No con los demás. Es solamente con los que quieren ser salvados. Esos son "muchos", y desgraciadamente no "todos".
     Para tener una ligera idea del incalificable cinismo con que se viciaron las formas consecratorias, basta leer el texto del Decreto MISSALE ROMANUM de Paulo VI. En el leemos: "Con todo, y por razones pastorales y para facilitar la concelebración, hemos ordenado que las palabras del Señor han de ser idénticas en cada forma del Canon. Así que en cada Oración Eucarística, queremos que las palabras sean pronunciadas así:... etc". ¿No se pregunta uno estupefacto, ¡cómo es posible!, que un papa diga: "hemos ordenado que las palabras del Señor han de ser...", y luego nos cambie una forma recibida en el Cenáculo y custodiada por la Iglesia durante toda la historia?.
     El Santo Concilio de Trento, (Sesión XXII, Cap. 5, Canon 7), dice: "...siendo tal la naturaleza de los hombres, que no se puede elevar fácilmente a la meditación de las cosas divinas sin auxilios o medios extrínsecos; nuestra piadosa madre la Iglesia estableció por esta causa ciertos ritos, es a saber, que algunas cosas de la Misa se pronuncien en voz baja, y otras con voz más elevada. Además de esto se valió de ceremonias, como bendiciones místicas, luces, inciensos, ornamentos y otras muchas cosas de este género, POR ENSEÑANZA Y TRADICION DE LOS APOSTOLES con el fin de recomendar por este medio la majestad de tan gran Sacrificio, y excitar los ánimos de los fieles por estas señales visibles de religión y piedad a la contemplación de los altísimos misterios, que están ocultos en este Sacrificio". Por consiguiente, "si alguno dijere que las ceremonias, vestiduras y signos externos, que usa la Iglesia Católica en la celebración de las Misas, son más bien incentivos de piedad, que obsequios de piedad, sea excomulgado".
     Es interesante lo que dice el P. Adrián Fortescue en su libro 'THE MASS. A Study of the Román Liturgy publicado en Londres en 1950: "...el Misal de San Pío V, es el Sacramentarlo Gregoriano, que otro tanto está formado del Libro de San Gelasio y este de la colección del Papa San León I. Hallamos en el tratado DE SACRAMENTIS, oraciones de nuestro Canon y alusiones a él en el siglo IV; de suerte que nuestra Misa, sin mudanza en lo esencial, se remonta a aquella edad en que por primera vez se vino desenvolviendo de la Liturgia, la más antigua de todas. Despide aún el aroma litúrgico de los días en que los Césares como emperadores, pensaban que les era dable acabar con la Fe de Jesucristo; días en que se juntaban, antes de rayar la aurora, nuestros Padres, y cantaban himnos a Cristo como Dios... no hay en toda la cristiandad un rito tan venerable, como el nuestro".
     Con respecto a la consagración del pan, en general se ha conservado la forma tradicional, sin embargo, algunos la pronuncian igualmente "ESTE ES MI CUERPO...", o "ESTO ES MI CUERPO...". El cambio a la palabra "ESTE", implica también la invalidación del Sacramento. Y la explicación es clara. Cuando el sacerdote tiene en las manos el pan, a punto de pronunciar las palabras consecratorias, sabe que en ese momento es pan, pero que en el último instante de la prolación de las palabras, se convertirá en el Cuerpo de Cristo. La conversión no puede ir sucediendo poco a poco, conforme la forma es pronunciada, porque así tendríamos que en algún momento el pan y el Cuerpo de Cristo estarían igualmente presentes. Y esto no puede ser. El sacerdote tiene, entonces, dos referencias. El pan al comenzar a pronunciar la forma, y el Cuerpo de Cristo al terminarla. No puede decir, entonces: ESTE PAN ES EL CUERPO DE CRISTO, porque eso sería mentiroso y blasfemo. Si no puede referirse a "pan", lo debe hacer necesariamente al "Cuerpo". Tendría que decir, entonces: ESTE CUERPO, ES EL CUERPO DE CRISTO, y eso es mentiroso, porque lo que tiene en las manos todavía es pan. El problema se resuelve, entonces, en INDEFINIDO. Por eso la forma dice "ESTO". Cambiar esa palabra, es igualmente invalidar el Sacramento.
     Sin embargo, si el sacerdote pronuncia las palabras correctas para la consagración del pan y las incorrectas para la consagración del vino, no se puede decir que ha consagrado válidamente el pan, y no ha consagrado el vino, EN PRIMER LUGAR, porque para consagrar un sacerdote en la Misa, debe tener la misma intención de Cristo, que es hacer dos consagraciones: la del pan y la del vino, como dos partes de un todo, por lo cual, viciar la intención de una de las consagraciones, es viciar también la intención de repetir mística e incruentamente el Sacrificio de Cristo, representado en la santa Misa por la separación del Cuerpo y de la Sangre derramada. Si esto fuera posible, entonces tendríamos la presencia real en el pan, pero no en el vino. En esta forma el Sacrificio no existiría y esa "misa" sería sacrilega. A los que defienden la posibilidad de que un sacerdote con su poder puede consagrar una materia solamente, les diremos que tendrían que aceptar que un sacerdote que se introduce en una panadería, con su poder y voluntad, puede consagrar todos los panes que tiene la panadería.
     Y EN SEGUNDO LUGAR, porque estando viciados todos los ritos de la Misa, o sea, la SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS, para favorecer las doctrinas protestantes o de cualquier herejía, ya sea callando lo que expresa la Doctrina Católica, introduciendo expresiones o acciones que pueden ser interpretadas de diversas maneras, o atacando abiertamente la Teología de la santa Misa que era una barrera infranqueable contra las infiltraciones heréticas, como afirmaron los Cardenales Ottaviani y Bacci en su BREVE EXAMEN CRITICO sobre la Nueva Misa, entonces tendríamos de todas maneras una Misa inexistente y un rito sacrilego, porque todos esos ritos periféricos, son una afirmación y una clarificación de la intención que el ministro tiene al pronunciar las formas sacramentales, y de ninguna manera se puede aceptar que la intención al pronunciar esas formas es ortodoxa y la intención de los ritos y oraciones que acompañan, sean heterodoxas y se oponen a la esencia. La forma, es el fondo, y si no hay una congruencia sólida, clara, ortodoxa, segura, la santa Misa es inválida, incluso con la pronunciación correcta de las formas tradicionales.
     Dice el Dr. Coomaraswamy en la obra citada antes: "En los siete Sacramentos, el "misterio" esta constituido por el hecho de que las cosas sensibles (la materia, la forma), producen realmente cosas sobrenaturales invisibles (la Gracia propia de cada Sacramento). El misterio de cada Sacramento está contenido integralmente en la significación propia de cada signo. Todos y cada uno de estos signos sensibles, fueron instituidos por el Hombre-Dios y confiados por El a Su Iglesia. Esta posee, pues, sobre cada uno de ellos, un verdadero derecho. Derecho de administrarlos, de explicarlos y también, uno estaría tentado a decir "sobre todo", derecho de conservarlos, tal como el Señor los quiso al instituirlos".
     Y dice en otro lugar: "Hay algún debate respecto a si la Confirmación y la Extrema-Unción fueron establecidas directamente por Cristo o por medio de los Apóstoles. La cuestión no tiene importancia, ya que la Revelación viene a nosotros de ambos: Cristo y los Apóstoles. Estos últimos, innecesario es decirlo, difícilmente se habrían ocupado de crear Sacramentos, sin la autoridad divina".
     Lo mismo puede decirse de todo lo demás de aquellos Sacramentos dados a la Iglesia "IN GENERE".

domingo, 3 de febrero de 2013

OBSTINACION EN LA PERVERSION DE LA FE

Revista Claves
Febrero 1993 
EL CATECISMO DE WOJTYLA 

     Entre otros, en el punto 2106, el Catecismo repite las enseñanzas del Concilio y posconcilio acerca de la li­bertad religiosa. Dice textualmente:
     «Que en materia reli­giosa nadie sea forzado a obrar en contra de su con­ciencia, ni impedido de obrar, dentro de los justos límites, siguiendo su conciencia en privado así como en público, sólo o asociado con otros» («Dignitatis humanae», 1 , 2).
     Este derecho se funda en la naturaleza misma de la persona humana cuya dig­nidad la hace adherir libre­mente a la verdad divina que trasciende el orden temporal. Es por eso que (ese derecho) persiste aún en aquéllos que no satisfacen la obligación de buscar la verdad y adherir a ella» (
«Dignitatis humanae», 2).  
     2107.- Si en razón de circunstancias particulares en las cuales se encuentran al­gunos pueblos, un reconoci­miento civil especial es acordado en el orden jurídico de la ciudad a una sociedad re­ligiosa determinada, es nece­sario que al mismo tiempo sea reconocido y respetado el mismo derecho a la libertad en materia religiosa, a todos los ciudadanos y a todas las comunidades religiosas». (Id. ant.,6).
     2108.- El derecho a la libertad religiosa no es el permiso moral de adherir al error, ni un derecho supuesto al error, sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil, es decir a la inmunidad de coacción externa, en sus justos límites, en materia re­ligiosa, de parte del poder político. Este derecho natural debe ser reconocido en el or­den jurídico de la ciudad de tal manera que constituya un derecho civil». (Id. ant., 2).
     Este nuevo derecho de que nos hablan desde el Concilio -antes aún, Lamennais y Maritain- supone según el Concilio un progreso en la persona humana, con su consecuente progreso en la sociedad total, progreso al cual la Iglesia no puede ser ajena o desconocer. Reconocen en el hombre un mayor sentido de la respon­sabilidad, a la cual recurren: «De la dignidad de la persona humana tiene el hombre de hoy una concien­cia cada día mayor, y aumenta el número de quienes exigen que el hombre en su actuación goce y use de su propio criterio y libertad responsable, no movido por coacción sino guiado por la conciencia del deber». (
Id. ant. 1, 2)
     Estas afirmaciones del Concilio, son viejas. Ya fueron pregonadas por Lamennais y Jacobo Maritain, maestro de Montini. Esencialmente lo que se nos propone como norma a seguir es la pulverización de los estados cristianos. Es una determinación francamente judaica, pérfida, de neto corte antropolátrico. Condenada por toda la Tradición de la Iglesia hasta Pío XII. Contiene tres errores básicos que con­ducen a la apostasía de las naciones:

     1. Predica las li­bertades como derechos na­turales de la persona humana;
     2. De consiguiente, pondera como un progreso, una socie­dad en la que está en vigor el reconocimiento de estas pú­blicas libertades; 
    3. De consi­guiente, pondera también como un progreso la alianza de la Iglesia con una sociedad que ha alcanzado este pro­greso y madurez.
     Estos errores han sido denunciados por todos los últimos pontífices. Especial­mente en Quanta Cura, de Pío IX; en el Sylllabus; en Immortale Dei, de León XIII, y muchos otros documentos que sería inútil citar pues han proliferado en respuesta a la revolución conciliar en los medios católicos.
     El «Catecismo» nueva­mente disuelve el Derecho Público de la Iglesia -termina con sus derechos inamisibles desde que le pertenecen por divina institución-; la iguala con los falsos cultos; profiere el indiferentismo más inso­lente y, finalmente, trata de conciliar sus enseñanazas con las de Pío XII y Pío IX, lo cual es, en rigurosa lógica, impo­sible.
     Nadie puede ser obligado a abrazar la fe católica; pero nadie puede forzar un Estado -que como tal debe sumisión a Dios, a igualar la única verdadera Iglesia de Cristo, la Católica, Apostólica y Roma­na, con otros cultos. El hom­bre no tiene derecho a profe­sar libremente el error. El error no da derechos, sólo la verdad y el bien.
     «Los que propugnan el indiferentismo religioso pretex­tando que no constata de manera clara cuál sea la verdadera religión y que no existe juez competente que pueda dirimir tan difícil cuestión, en la práctica afirman que debe existir la libertad de con­ciencia, esto es, que cada uno debe practicar la religión que más le plazca, lo cual -dicen- no se logra­ría si el Estado profesara una reli­gión determinada. Por lo cual el Estado debe mantenerse imparcial frente a todas las religiones, otorgándole su protección para que todas contribuyan igualmente a la prosperidad, moralidad y tranqui­lidad públicas. Así se legitima en la práctica el indiferentismo, in­troduciendo el principio de liber­tad de conciencia bajo la protección de la ley. El principio de la libertad de conciencia puede tener dos sentidos: uno recto y otro falso. La libertad de conciencia puede ser física o moral. La libertad física de conciencia existe. Así la Iglesia no impone sus doctrinas y sus normas contra la voluntad de los que la rechazan, sino sólo cuando éstos libremente las han aceptado. De otra manera el abrazar la religión no sería un acto humano ni meri­torio. La libertad moral de con­ciencia es de suyo ilícita sino en este sentido, expuesto por León XIII en la Encíclica Libertas: úni­camente como facultad de obra y hacer el bien. Cuando el hombre se adhie­re libre y conscientemente a falsas opiniones o libremente abraza el mal, no puede alegar ningún de­recho para hacerlo. Habida cuenta de la debilidad humana, de la propensión del hombre hacia el mal, tanto la Iglesia como el Esta­do, cada uno en su esfera, deben ayudar al hombre a evitar el mal y a hacer el bien». («Apuntes de Derecho Público Eclesiástico»; de Vicente M. Corro; Ed.Jus, Méxi-, co,1961).
     Inútil es seguir avanzando en éste tema; basta lo dicho y lo citado para delimitar la posición del Catecismo de Wojtyla. Este Catecismo pa­sará a ser otra de las «fuentes» de la «tradición viviente», biológicamente evolutiva y transformista. Inmersa en el siglo y absorbida por el siglo y el mundo. He aquí el porqué de la relativización de las fuentes, tema del que ya nos ocuparemos.

sábado, 2 de febrero de 2013

ULTIMA OFRENDA.

Cuando mi alma fue Cándida y pura 
Como son de tu altar los blancos cirios, 
Simbolicé mi amor en frescos lirios,
Y te ofrecí con ellos, mi ternura...

Después, enferma el alma de locura, 
Corrí en pos de quiméricos delirios... 
Y en vez de goces encontré martirios, 
Y te ofrecí mi llanto y mi amargura.

Hoy que ya nada tengo, ni cantares, 
Ni amor, ni flores, m dolor, m llanto, 
Vengo a poner, Señora, en íus altares, 
Como postrera ofrenda y mudo canto, 
 Mí corazón que casi no palpita, 
Para que tú le digas: " ¡Resucita!"

 Mons. Vicente M. Camacho

La amiga de mama.

Tu mejor amiga ha de ser tu madre.

Podrás y deberás tener otras de tu edad con las cuales alternes, te expansiones y diviertas; pero la mejor de to­das las amigas ha de ser para ti tu propia madre.
Mayor cariño, comprensión, espíritu de sacrificio, tole­rancia, benevolencia y fidelidad no encontrarás en ningu­na otra persona.
Ya sé que está de moda despegarse de la madre y hacer alarde de que ésta no influye nada en la propia vida.
Es una de esas posturas ridículas que sólo merecerían una sonrisa de compasión si no fuese por los estragos que hace en la muchachada.
Se priva con ello a las chicas de su principal confiden­te, del guía que Dios les ha puesto en la naturaleza
La fruta que prematuramente se arranca del árbol o no madura o lo hace artificialmente. Lo mismo le pasa a la muchacha a quien se arranca demasiado pronto de la intimidad materna; el sentido de la vida no llega en ella a sazonar; a lo sumo adquiere una madurez artificial.
Jamás la fruta sazonada artificialmente puede equipa­rarse a la que ha conseguido una madurez natural. Es ésta más bonita, más sabrosa y más rica en cualidades alimen­ticias.
Hoy abundan las chicas insípidas, de personalidad des­dibujada, con ideas confusas y sentimientos mal formados. No es extraño; han madurado artificialmente.
No pretendo con esto que vivas tan pegada a tu madre que no sepas separarte de ella. Lo que te digo es que, a su lado o lejos, vivas unida con ella, como con tu mejor ami­ga, y, por encima de las opiniones de todos los demás, es­cuches su parecer, que en tu balanza debe tener un peso superior a cuanto te diga todo el mundo.
Tu alma debe ser para ella transparente, de manera que todos tus sentimientos, afectos, ilusiones e ideales le estén siempre patentes.
¿Por qué ocultarle lo que piensas, sientes, planeas o deseas, si en ello no hay nada vergonzoso?
¿Y si algo culpable en ello hubiese, mejor que ocultar­lo, no sería arrancarlo o enderezarlo, según los casos? ¿Y quien podrá ayudarte a ello mejor que tu madre?
Me dan miedo esas chicas que son reservadas con sus mamás y proceden a sus espaldas o, por lo menos, a su margen. ¡Qué difícil es que no den un patinazo! En cam­bio, si conservan la confianza con quien les dio el ser, y se lo cuenta todo, aun cuando atraviesen una de esas crisis de desorientación, de distracción y de tontería, que son epidemia de la juventud, conservo la esperanza de que, tarde o temprano, conseguirán enfocar y equilibrar su vida sin mayores consecuencias.
Si le ocultas tu interior, si le disimulas los pensamien­tos, si le cierras con siete llaves la puerta de tu corazón, de tu voluntad, de tu alma, ¿cómo podrá formarte?
Lo más probable es que no acierte en los procedimien­tos que contigo ha de emplear.
Y después te quejas de que tu mamá no te entiende, de que no acierta contigo. ¿Cómo te va a entender si tú haces todo lo posible para que no te conozca?
Dices que tu mamá no puede comprenderte porque tiene muy distinta edad y los años cambian la manera de ver las cosas; que pertenece a otros tiempos ya pasados, en los cuales las costumbres eran muy otras.
Es cierto; entre tu mamá y tú han de mediar, por lo menos, veinte años; mas este lapso de tiempo, en vez de ser perjudicial para la confidencia, es beneficioso. Los años dan sensatez, ponderación, prudencia y equilibrio, a la par que alejan de la ligereza, de la superficialidad y de la irre­flexión. Cuanto más se avanza por la vida, se miran las cosas con mayor frialdad, se cala más hondo, se distingue mejor la realidad de los espejismos, se tiene mayor objeti­vidad en los juicios. ¿No es ésta una gran ventaja para poder aconsejar?
Por otro lado, tu madre ha sido como tú, ha vivido los mismos problemas que actualmente te preocupan, ha sen­tido la quemazón de los mismos deseos y el hormigueo de las mismas inquietudes.
Ha crecido viendo venir tras de ella a otras chicas con idénticas preocupaciones, obstáculos, fracasos y éxitos. La serie de chicas caminando por el mismo o parecido sende­ro se ha prolongado desde ella hasta ti. Tiene una expe­riencia estupenda que le capacita para ver con más cla­ridad y resolver con mayor probabilidad de éxito.
¡Cuánto sabe tu madre! Las chicas creéis que sabéis más porque habéis nacido en un tiempo de mayor progre­so, entre más aventajados adelantos, y habéis recibido una instrucción más esmerada, con estudios que vuestras ma­más no hicieron.
Desengáñate: la ciencia de la vida no se adquiere estu­diando Geografía o Matemáticas; la ciencia de la vida se aprende viviendo, y como tu madre ha vivido más que tú, sabe más, muchísimo más que tú, y por eso está muy bien capacitada para poderte enseñar y aconsejar en cada uno de esos casos.
Cuando te surja un problema de la vida, cuando tu co­razón salte con latidos desacostumbrados, cuando el esca­rabajeo de una preocupación te hurgue en el pecho o un recuerdo grato o ingrato se incruste en tu mente o tu con­ciencia se encabrite o se retuerza, no busques la solución en el texto de Ciencias Naturales, ni en la Filosofía, ni en las Matemáticas superiores; vete adonde tu madre, háblale claro, confíate a ella y deja que abra delante de ti el libro de su experiencia, donde encontrarás la ciencia prác­tica de la vida.
Vosotras, las muchachas, como sois nuevas, creéis que todo es nuevo, y que lo que os pasa no ha pasado nunca.
No seáis ingenuas. La vida es muy vieja, y cuanto os acontece se ha repetido en millones de casos a través de los siglos.
Siempre ha habido en el mundo chicas que antes fue­ron niñas y después serán mujeres, y esas chicas tuvieron un complejo psicológico como las de ahora, con las mis­mas pasiones, apetitos y tendencias combinadas en pro­porciones idénticas.
Vuestro mundo no es nuevo más que en el exterior, en
lo accidental; en lo interior y esencial es como el mundo de vuestros abuelos, o de la Edad Media, o de la época ro­mana o griega, o de los tiempos anteriores al diluvio.
Tu cuerpo es como el de las mujeres de aquellas eda­des. Los tiempos han cambiado; pero sus cambios no han logrado modificar la configuración corporal de la mujer, sino que tan sólo han introducido variación en los vesti­dos que la cubren. Fueron éstos pieles en las épocas pre­históricas, túnicas más o menos amplias en la cultura grie­ga y romana, corpiños ajustados y abundosas faldas en el período gótico, miriñaques descomunales en los tiempos de las meninas y faldas hasta el tobillo cuando vuestras abuelas eran de vuestra edad. A eso han quedado reduci­dos todos los cambios del tiempo; pero bajo tan diversos vestidos, el mismo cuerpo, más o menos alto, más o me­nos grueso, más o menos bello, pero con la misma organi­zación y configuración esencial.
Lo mismo ha sucedido respecto a las almas. Tu alma es idéntica a la de tu madre y a la de todas las mujeres nacidas de Eva a través de los más diversos tiempos. El mismo complejo psíquico combinado en una u otra propor­ción, pero con la misma organización y contextura. El tiempo no ha conseguido introducir en ellas cambio algu­no, sino tan sólo cubrirlas con diversos ropajes.
Son muy distintas las costumbres de ahora de las de la época de nuestras madres, sé dice; y esto es cierto en cuan­to a lo accidental, pero no en cuanto a lo esencial, en lo cual continúan siendo idénticas con los mismos proble­mas, complicaciones, revulsivos y reacciones.
De donde resulta que, así como, cuando tu cuerpo en­ferma o es objeto de cualquier afección, acudes a tu ma­dre y le juzgas capacitada para entenderte y atenderte, así también cuando tu alma enferma sufre agitación o atraviesa alguna crisis, debes acudir a tu madre, confiada en que la encontrarás capacitada mejor que nadie para comprenderte, ayudarte a salvar la situación y conseguir el éxito.
Ten amigas de tu edad, amigas buenas que con sus ri­sas hagan coro a tus alegrías, te sirvan para expansionar­te, te acompañen en la honesta diversión y sean tu ayuda en el regocijo y en la virtud; pero sobre todas ellas, ten, como tu mejor amiga, a tu madre. Jamás te arrepentirás de ello.
 Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

viernes, 1 de febrero de 2013

TRATADO DEL CISMA MODERNO (4)

SEGUNDA PARTE

CAPITULO IV



En el que se declara que nada serio puede objetarse u oponerse contra la afirmación o autoridad de los cardenales
     Sobre esta cuestión, digo que nada puede objetarse u oponerse contra la autoridad y palabras del colegio cardenalicio, sino que debe creerse indudablemente cuanto ellos afirman sobre el papado. Y aunque los adversarios de la verdad objeten muchas cosas, puede responderse fácilmente a todo con la verdad.
     Primero.—Objetan que los cardenales en este caso son partidistas, pues son enemigos capitales de Bartolomé a causa de los muchos gravámenes que les proporcionó, tratando, según dicen, de corregirlos y de reducir la Iglesia al estado de humildad. Por esta razón piensan muchos que no debe creérseles cuando hablan contra Bartolomé.
     Hay que decir que este asunto no es particular o propio de los cardenales, sino de la Iglesia universal, en la cual, según el derecho, pueden juzgar y testificar los cardenales más que otros cualesquiera.
     Es más, no deben llamarse partidistas en este caso, sino jueces y testigos competentes, ni puede objetárseles la enemistad con Bartolomé por los gravámenes que les proporcionó. Y esto por tres razones:
     a) Porque, en verdad, no les causó ningún gravamen de consideración, sino tan sólo el aceptar con pertinacia y temeridad la presente elección, evidentemente coaccionada y totalmente nula. Este fue el máximo gravamen causado por Bartolomé a los cardenales. Por eso el mismo Bartolomé, consciente de su nulísima elección, temiendo lo que sobrevino más tarde, intentó retener consigo a los cardenales mediante alabanzas adulatorias y excesivas promesas, halagándolos y honrándolos abundantemente en privado, aunque en presencia del pueblo se mostrara con ellos bastante severo, a fin de que si se separaban de él pudiera divulgarse la noticia —como ahora lo vemos— de que se habían separado sólo por el rigor con que los trataba. Además, cualquiera que sea discreto podrá conocer fácilmente el interés de Bartolomé en corregir a los cardenales, si contempla ahora sus anticardenales, cuántos en número, cuál es su vida y costumbres, cómo viven según el modo y la pompa mundana; y no menos si mira a sus oficiales, nuncios y legados.
     b) Aun cuando les hubiera causado todos los gravámenes del mundo, los cardenales, por tal austeridad, de ningún modo habrían perdido la autoridad de testificar y juzgar en los asuntos de la Iglesia universal, como es la causa presente.
     c) Porque, como se dijo en el capítulo precedente, razón undécima, nadie que tenga temor de Dios debe juzgar tan temerariamente la intención ajena, y más tratándose de tantos y tan ponderados señores jueces y rectores de la Iglesia, atreviéndose a decir que, llevados de singular odio contra Bartolomé, violentando sus conciencias, quieren condenarse a sí mismos y al mundo entero. A este propósito decía el apóstol a algunos que le juzgaban temerariamente: Quien me juzga es el Señor; por tanto, no juzguéis antes de tiempo, mientras no venga el Señor, que iluminará los escondrijos de las tinieblas y hará manifiestos los propósitos de los corazones, y entonces cada uno tendrá la alabanza de Dios (1 Cor. IV, 4-5).
     Segunda objeción.—Algunos cánones, y especialmente cierta Glosa sobre aquel capítulo del Decreto que comienza: "Si dos..." (J, Gratianüs, Decretum, I, dist, 79, c, 8 ; "Si dúo forte", Casus), parecen indicar que cuando surge la duda sobre los elegidos al papado, entonces, a fin de esclarecer la verdad, hay que convocar concilio general. Y los dos cardenales italianos, el de Milán y el de Florencia, así lo quieren. Por lo cual parece que debe convocarse.
     Digo que para mayor determinación sobre el papa, ni debe ni puede convocarse concilio general.
     En primer lugar, digo que no debe convocarse. Porque lo que hemos aducido en contra se refiere al caso en que los cardenales estuvieran de tal modo divididos que ninguno de los dos bandos tuviera en su favor dos partes de electores, como dice la Glosa citada. Y la razón es porque entonces una de las partes de cardenales no tiene jurisdicción sobre la otra en la declaración de papa. Luego en este caso tal vez habría de ser convocado concilio universal para dicha determinación, aunque la Glosa no dice que debe convocarse; dice, simplemente, que se convocará. Pero cuando hay dos partes de cardenales, o más, como en nuestro caso, que se pronuncian con firmeza por uno de los dos, declarándolo papa, y condenando al otro como intruso y apostático, ningún cristiano debe dudar cuál ha de ser aceptado por verdadero.
     La razón de esto es clarísima, pues según los cánones sagrados, dos partes, al menos, de cardenales forman colegio apostólico en la Iglesia romana, especialmente tratándose de la elección y declaración de papa. Y, en verdad, ningún fiel cristiano debe esperar mayor determinación. La autoridad de dos cardenales en nada desvirtúa la autoridad de todo el colegio apostólico, que defiende firmemente lo contrario, sin hacer ningún cargo contra Clemente.
     En segundo lugar, digo que no puede convocarse este concilio universal, porque parecería que nuestro señor Clemente, sumo pontífice, y los cardenales pondrían en duda una verdad notoria para la Iglesia. Lo cual no conviene, por las muchas cosas graves y adversas que podrían derivarse contra la Iglesia con la convocación de este concilio; y también, porque a causa de las guerras existentes entre los príncipes cristianos, así como por los ánimos encontrados y las opiniones sobre el papado que actualmente, por el espíritu de desobediencia, tienen lugar en el mundo, tal vez no pudiera convocarse en un lugar seguro. Y también, porque se teme, con razón, que los italianos, los cuales tienen más prelados que el resto del mundo, consiguieran por número algo en contra de la verdad para la Iglesia. Por eso algunos italianos, confiando en el número, piden con audacia un concilio general. Pero hay que recordar lo que comenta San Crisóstomo sobre un pasaje de San Mateo: Se reunieron los fariseos en consejo, para vencer en número a quien no pudieron vencer con razones; armándose de la multitud, se profesaron vacíos de toda verdad.
     Tercera objeción.—Según el derecho, nadie puede ser arrojado de su posesión si previamente no se conoce su causa. Siendo así que Bartolomé tuvo durante cuatro meses la posesión del papado, parece que no debe arrojársele de él si su causa no se reconoce previamente por el concilio universal.
     Hay que decir a esto que el caso está expreso, tratándose de la elección papal, en el Decreto 22: "En el nombre del Señor...", y en el número 79: "Si alguien por dinero...", y en otras muchas partes. Si alguien fuera elegido papa por coacción o tumulto —como lo fue, según se dijo, este Bartolomé—, ha de ser depuesto de su sede y posesión, sin consideración de ningún género. Los cardenales reconocieron y declararon esto pública y solemnemente, como era su deber. Pues, no existiendo un superior que casara la elección del intruso, quedaba el intruso. Y entonces el canon citado proveía recta y suficientemente, es decir, permitía a los cardenales arrojar de la sede apostólica a los notoriamente intrusos.
     Cuarta objeción.—Según nuestra fe y las sentencias de los sagrados doctores, la Iglesia universal no puede errar en materia de fe, es decir, que todos los fieles de Cristo crean como de fe una cosa falsa. Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca (Lc. XXII, 32). Ahora bien, como todo el colegio de cardenales, sin excepción, y todos los fieles cristianos creyeron primeramente, durante cierto tiempo, en Bartolomé, defendiéndolo y confesando que era verdadero papa, prestándole obediencia como si lo fuera, habría que decir que la Iglesia universal erró en la fe durante cierto tiempo, lo cual va contra la promesa de Cristo.
     Digo que, según los doctores sagrados, puede darse algún error en la Iglesia acerca de las cosas de la fe, habida cuenta de la conjetura y fragilidad humana; sin embargo, porque Cristo es quien la rige, no puede haber un error pertinaz e incorregible o perdurable en la Iglesia universal, pues siempre es corregido y enmendado por la gracia. Por eso dice Santo Tomás que "en la Iglesia no puede haber un error condenable" (Quodlibet 9, q. 8, art. único, sed contra 1), como se explicó en el capítulo precedente, razón tercera, hablando de los buenos profetas. Lo mismo ocurre en el colegio apostólico, ya que después que Cristo dijo a Pedro: Satanás os busca para ahecharos como trigo, pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos (Lc. XXII, 31-32), no pasó mucho tiempo sin que Pedro le negara, y otro tanto hicieron los demás apóstoles. Pero la gracia de Cristo los volvió pronto a la verdad de la fe. Comentando este pasaje dice Teófilo: "No dijo Cristo a Pedro: «Yo he rogado por ti para que no me niegues», sino para que no abandones la fe, pues aunque seas un poco zarandeado, has de tener siempre escondida en el corazón la semilla de la fe. Aunque el viento tempestuoso arrancare las hojas, quede vigorosa en el corazón la raíz de la fe. Satanás pidió herirte, porque tenía envidia de mi amor hacia ti; mas, aunque yo mismo he rogado por ti, con todo, caerás; pero después de convertido, afianza a tus hermanos". Hasta aquí Teófilo. Verdaderamente, todo esto se da en nuestro caso. Y tal vez por ello los cánones no nos obligan a aceptar por papa a cualquiera que sea elegido en un principio y publicado por los cardenales. Nos obligan a creer que es papa aquel que fué elegido canónicamente por el colegio cardenalicio. Y ahora podemos enjuiciar nuestro caso de modo certísimo, teniendo en cuenta la perseverancia de los mismos cardenales.
     Quinta objeción.—Así como hubo error en la primera elección, del mismo modo pudo haberlo en la segunda y en cualquier otra. Parece que una razón no mueve más que la otra y, por consiguiente, siempre estaríamos dudando del papa verdadero, lo cual sería un peligro muy grande para la cristiandad. Es más, habría que creer siempre bajo condición y de modo indeterminado en el papa auténtico, y esto es contra lo que se dijo en la primera parte.
     Digo que en los cardenales hay que considerar dos formalidades: primera, que son hombres y, por tanto, mortales, frágiles, pecadores; segunda, que son cardenales y columnas del mundo, sobre cuya palabra estableció Cristo su Iglesia, especialmente en lo referente a la elección de su vicario, que a ellos incumbe. Y considerados de este modo son perpetuos, estables e infalibles, por providencia de Cristo. A ellos puede aplicarse aquello del Eclesiástico: Columnas de oro sobre basas de plata son las piernas sobre firmes talones en la mujer bella; cimientos sólidos sobre roca firme (Ecdi. XX, 23-24). Por columnas doradas se entienden las sentencias eclesiásticas, doradas por la sabiduría; por basas de plata son significados los cardenales, sobre cuya autoridad se fundamenta la verdad de las sentencias de la Iglesia; por los pies firmes se dan a entender los innumerables afectos de los cristianos, y por los talones de la mujer son figurados los cardenales de la Iglesia romana, sobre cuya determinación deben solidificarse inconmoviblemente nuestros afectos, pues son cimientos eternos sobre roca firme, esto es, sobre Cristo.
     Si en toda elección papal los cardenales son hombres y son quicios o columnas de la Iglesia de Dios, es manifiesto que pueden errar por debilidad o conjetura humana; pero tal error no puede ser pertinaz e incorregible o perseverante, como se acaba de decir. Sería error demasiado incorregible si un elegido por papa por los cardenales, al cual se adhirieran libre y perseverantemente —como es el caso de Clemente— no fuera papa legítimo. Por tanto, hay que creer firmemente, sin dudas y sin condiciones, que aquel que ha sido elegido por dos partes del colegio cardenalicio y cuya elección defienden libre y perseverantemente los cardenales —cual es nuestro Clemente—, este es, sin lugar a duda, el verdadero papa. Por esta creencia ningún peligro se cierne sobre los cristianos, pues quienes creen de este modo, hacen lo que pueden y deben.
     Sexta objeción.—Si dicho propósito fuera verdadero, seguiríase que los cardenales podrían a su antojo deponer al verdadero papa y crear uno falso, lo cual es manifiestamente erróneo.
     Digo que, aunque en todo el pueblo cristiano ha de ser tenido por papa verdadero aquel que el colegio cardenalicio asegura ser papa, y recusado por todos el que por ellos es recusado, sin embargo, no se sigue de aquí que los cardenales puedan indiferentemente negar el verdadero y aprobar el falso, ya que están regidos por el Espíritu Santo, en particular en todo lo referente al estado de la Iglesia universal.
     Séptima objeción.—Muchos hablan con temeridad, con sus lenguas mordaces, contra los cardenales, y ponen el grito en el cielo y aseguran que, tratando Dios de extirpar de su Iglesia a los que la regían defectuosamente, permitió un tumulto en la elección de Bartolomé, no para que invalidara la elección, sino para que fuera ocasión de que los cardenales se separaran de la Iglesia. Por tanto, no hay que creerles de ningún modo, cuando hablan contra Bartolomé.
     Digo que esta razón no tiene otro fundamento que una malvada presunción de corazón para juzgar tan temerariamente a los señores y rectores del mundo, y para infamar su vida y sus dichos.
     Sin embargo, aun cuando en su vida fueran los peores hombres del mundo, habría que aceptar su sentencia y determinación, de modo particular en los asuntos de fe, frente a cuanto puedan decir en contra los mejores y más ancianos varones del mundo. Pues Cristo dijo a sus discípulos: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Haced, pues, y guardad lo que os digan, pero no los imitéis en las obras (Mt. XXIII, 2, 3). Sobre este texto dice San Crisóstomo en una homilía: "Para que nadie diga que ha sido más perezoso en sus actos porque fue malo el maestro, quita la ocasión, diciendo: Haced y guardad cuanto os digan: no predican su doctrina, sino la de Dios".
     Octava objeción.—Objetan algunos que dichos cardenales fueron depuestos y privados del oficio cardenalicio por Bartolomé y, en consecuencia, no constituyen colegio apostólico, sino apostático, y por eso no hay que darles crédito.
     Digo que esta razón no tiene eficacia. Porque presupone como verdadero y definido aquello sobre lo que versa esta cuestión principal, esto es, que Bartolomé sea verdadero papa y tenga poder para deponer a los cardenales. Y también porque se funda en algo incierto, como se demostró en el capítulo precedente, razón quinta. Por último, para quitar todo escrúpulo, los cardenales se separaron de él y lo condenaron, eligiendo a Clemente y notificándolo al mundo, antes que Bartolomé atentara tal demencia.
     Novena objeción.—Dicen que al no querer Bartolomé aceptar la elección que se le ofrecía, los cardenales juraron haberle elegido libre y canónicamente y, por consiguiente, los que ahora dicen lo contrario son infames y no merecen crédito. Además, que si eligieron, contra el dictamen de sus conciencias, a un indigno, fueron privados automáticamente por el derecho de la potestad electiva y, por tanto, no pudieron celebrar otra elección. Es más, adhiriéndose a Bartolomé, según ellos antipapa, fueron cismáticos de derecho, y de este modo se sigue lo anterior.
     Hay que decir que tal juramento es falso y ficticio, porque Bartolomé al instante aceptó con gran deseo y ambición la elección nulísima y por ello no fue necesario interponer el juramento de los cardenales. Pero aunque fuera verdadero, con todo, los cardenales serían excusados de la infamia por la coacción y el miedo de muerte, del mismo modo que tal miedo y coacción les librarían de las demás penas señaladas.
     Además, generalmente se imponen muchas penas a los hombres por distintos delitos, los cuales no tienen lugar, según el derecho, cuando se trata de los cardenales, que gozan de prerrogativa de honor.
     Décima objeción.—Todos los niños y la gente del pueblo y muchas personas devotas, regulares y seculares, muchos príncipes y doctores, están de parte de Bartolomé, sin dar crédito a los cardenales que hablan en contra.
     Hay que decir que estas creencias son lazos del diablo para engañar a las almas incautas. En la Iglesia primitiva nadie era excusado de la fe en Cristo, aunque la multitud de los doctores de la ley y partidarios de opiniones contrarias se opusieran a la predicación de los apóstoles. Se lee en San Mateo: Si no os reciben o no escuchan vuestras palabras, saliendo de aquella casa o ciudad sacudid el polvo de vuestros pies (X, 14, 15). En verdad os digo que más tolerable suerte tendrá la tierra de Sodoma y Gomorra en el día del juicio que aquella ciudad (Mt X, 15). Del mismo modo, nadie es excusado ahora de la firme y determinada creencia y obediencia al señor Clemente, por más que se predique en contra de la notificación que sobre el caso han hecho los cardenales. 

CAPITULO V 
En el que se declara que no hay que juzgar del papado 

    Sobre la quinta cuestión afirmo que de ningún modo hay que juzgar del papado según los profetas modernos, ni tampoco según los milagros aparentes, ni por las visiones. Esto se evidencia por tres razones:
     Primera. Porque estas tres cosas son muy ajenas para juzgar del caso. Desde el principio, el pueblo cristiano fué establecido y organizado según la Providencia divina, que dio ciertas y determinadas leyes, que han de observarse siempre indefectiblemente en la Iglesia militante, y contra las cuales no se puede admitir ninguna profecía, milagro o visión. Pues si los ángeles de Dios hablaran contra la determinación de la Iglesia romana, no habría que creerlos, según dice San Pablo: Si un ángel de Dios os anunciara un evangelio distinto del que hemos predicado, sea anatema (Gal. I, 8). Sobre lo cual dice la Glosa: "Tan cierto está de la verdad de su evangelio, que si un ángel predicara otro evangelio, no lo creería, sino que lo anatematizaría". Es más, si el mismo Cristo se apareciera a alguien diciéndole que creyera u obrara contra los estatutos generales de la Iglesia romana, que han de ser indefectiblemente observados, según su Providencia, habría que creer con seguridad que el aparecido no era Cristo. Por eso se dice en los Proverbios: Escucha, hijo mío, las amonestaciones de tu padre, y no desdeñes las enseñanzas de tu madre, porque serán corona de gloria en tu cabeza y collar en tu cuello (Prov, I, 8, 9). Sobre lo cual dice la Glosa interlineal: "Debemos amar a Dios y obedecerle, guardando la unidad de la Iglesia con caridad fraterna". Por tanto, habiendo determinado la Iglesia romana, es decir, el colegio cardenalicio, que Clemente es el verdadero papa, es evidente que no se ha de creer en ningún milagro o visión en contra.
     Segunda. Porque estas tres cosas son muy falibles e inciertas, ya que no siempre vienen de Dios, sino que muchas veces las hacen los demonios. Sobre las profecías, está claro en Jeremías: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan y os engañan. Lo que os dicen son visiones suyas, no procede de la boca de Dios (Ier. XXIII, 16). Sobre los falsos milagros, está claro en el Génesis (VII, 8), en donde se dice, hablando de los magos del Faraón, que hicieron muchos milagros contra el siervo de Dios, Moisés. Y sobre las falsas visiones, narra Casiano en las Colaciones de los Padres que muchos y grandes varones que se fiaron de las visiones, fueron torpemente decepcionados. Por lo cual dice el apóstol: "Satanás se transforma en ángel de luz", para engañar a los hombres, según la Glosa. Debiendo, pues, creer firmemente que es verdadero papa aquel que está defendido y afianzado por la perseverancia del colegio cardenalicio, es claro que no debe darse crédito a la infalibilidad o certeza de la profecía contraria, ni al milagro ni a la visión.
     Tercera. Y porque estas tres cosas deben sernos muy sospechosas, ya que en tiempo del anticristo abundarán en el mundo para engañar a los hombres. Se lee en San Mateo: Surgirán muchos falsos cristos y falsos profetas y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si posible fuera, aun a los mismos elegidos" (Mt XXIV, 25). Y otro tanto en San Pablo: En los últimos tiempos apostatarán algunos de la fe, dando oídos al espíritu del error y a las enseñanzas de los demonios, que hipócritamente hablan la mentira (1 Tim. IV, 1-2)
        Por cuanto nosotros estamos más cerca del tiempo del anticristo, tanto más hemos de tomar como sospechosas todas las nuevas profecías, milagros aparentes y visiones. Y, por ende, no hemos de tomar de aquí argumento en lo que toca a la fe o a la Iglesia. Con todo, algunos, demasiado fáciles en creer y pronunciarse por estas nuevas profecías, que a veces se cumplen, se atreven a contradecir la determinación del colegio cardenalicio, en el que se funda la Iglesia romana. Hay que advertir que, permitiéndolo Dios, los demonios anuncian a los hombres, mediante sus profetas, verdades futuras, a fin de engañarles con más facilidad (Cf. 2-2, q. 172, a. G. Colación del abad Moimu). Y así, después de anunciar las verdades, entremezclan lo falso y logran adeptos. A este propósito se lee en las Colaciones de los Padres que el demonio, disfrazado de ángel bueno, se le apareció a cierto individuo y le reveló muchas verdades. Y cuando le vio bien dispuesto a creerle en todo, le persuadió que se circuncidara, ya que de no hacerlo no podría salvarse Por tanto, por más que algunas profecías anuncien muchas verdades futuras, si dicen algo en contra de Dios o de la Iglesia romana, deben recusarse como falsas y demoniacas. Se dice en el Deuteronomio: Si se alzare en medio de ti un profeta o un soñador que te anuncia una señal o prodigio, y se cumpliere la señal o el prodigio de que te habló, y te dijere: Vamos tras los dioses extranjeros —dioses que tú desconoces—, no escuches las palabras de este profeta o soñador (Deut XIII, 1-3).
     También se dice que algunos enfermos o que se encontraban en peligro, invocaron a Dios, pidiendo su auxilio, condicionándolo a la legitimidad papal de Bartolomé, y que inmediatamente han encontrado el remedio. Por eso defienden la causa de Bartolomé, refrendada por milagros.
     A pesar de ello, hay que notar que, aun siendo verdad lo que dicen, se trata de tentaciones e ilusiones del diablo, como se lee en las actas de San Bartolomé, que relatan la presencia de un demonio en el templo de Astaroth, el cual se burlaba de tal modo de los que adoraban al verdadero Dios, que les causaba dolores y enfermedades, dañes y peligros. E invitándolos a que le ofrecieran sacrificio, cesaba en sus tormentos, y así creían que les curaba.
     Otros dicen que manteniendo y defendiendo a Bartolomé han sido recreados en sus oraciones con gran dulzura de espíritu y devoción de corazón, y creen por ello que el Espíritu Santo inclina su corazón y su mente hacia Bartolomé para que lo crean verdadero papa.
     Hay que señalar que esta dulzura o fervor de corazón no siempre proviene del Espíritu Santo, sino que, con frecuencia, nace del afecto y complacencia hacia la cosa pensada, como sucede a veces a 1os buenos profetas. Y así, San Gregorio dice en la homilía primera, comentando a Ezequiel: "A veces los profetas santos, cuando son consultados, hablan llevados de su espíritu, debido al hábito de profetizar, aunque creen que lo hacen llevados del espíritu profético. Pero como son santos porque el Espíritu Santo habita en ellos, corregidos inmediatamente por el Espíritu de Dios, escuchan lo verdadero y se reprenden a sí mismos por haber dicho cosas falsas". Por eso nos dice San Juan en su primera epístola: Carísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus, si son de Dios (IV, 1). La mejor prueba que puede darse en este caso es la conformidad con la determinación de la Iglesia, esto es, ha de aceptarse lo que concuerda con ella y ha de ser recusado como falsísimo lo que de ella disiente. Porque los estatutos y determinaciones de la Iglesia remana son regla infalible de nuestra vida, por lo cual, a los que piden profecías, milagros o visiones para determinarse a creer en el verdadero papa, hay que recordarles la respuesta al rico epulón, que estaba en el infierno y pedía a Abraham: Te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que , advierta, y no vengan también ellos a este lugar de tormentos  Y Abraham le respondió: Tienen a Moisés y a los profeta que los escuchen. Esto es: ya tienen las Escrituras sagrada y los estatutos del sumo pontífice y de los cardenales; que le escuchen. Sobre lo cual dice San Crisóstomo: "Todo lo que dicen las Escrituras lo dice el Señor; por tanto, si resucitar un muerto y si descendiera un ángel del cielo, más dignas de fe son las Escrituras sagradas, porque las compuso el Señor di los ángeles, de los vivos y de los muertos".