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lunes, 4 de noviembre de 2013

LA EDIFICACIÓN DE LA IGLESIA DE CRISTO


Por Dr. Homero Johas
Comentarios sobre la Constitución Dogmatica de la Iglesia
Concilio Vaticano I  18.07.1870

0.1 LA OBRA PERENNE DE LA SALVACIÓN

     "Para hacer perenne la salutífera obra de la redención, el Pastor eterno y Obispo de nuestras almas (1 Pe. II, 25) decretó edificar la Santa Iglesia, en la cual, como en la Casa del Dios vivo, todos los fieles, de una sola Fe, fueran también contenidos por el vínculo de la Caridad". 

     El fin por el cual Cristo instituyó la Iglesia fue el de hacer perenne su obra de la redención de los hombres. La perpetuidad de la obra salvífica de Cristo para todos los miembros del género humano exige la perpetuidad de la Iglesia y, con ella, la perpetuidad de todas sus partes esenciales, como la de la Cabeza visible de la Iglesia. Quien niega la perpe­tuidad de la Cabeza visible de la Iglesia niega también la Iglesia perpetua y la perpetuidad de la obra de la salvación para todas las sucesivas generaciones. Los fieles están unidos por el vínculo principal de una sola fe (Ef. IV, 5), por la Caridad, por la comunión y por el régimen. 
     "La principal norma de salvación es guardar la norma de la recta fe" (VIII Concilio). 
     Ella es el "fundamento firme y único contra el cual las puertas del In­fierno no prevalecerán" (Trento, D.S. 1500). 
     La Sede de Pedro es el "principio perpetuo" y el "fundamento visible" de la unidad de fe (Vaticano I — D.S. 3052). 
     Quien se separa de esa unidad de fe, se separa de la Iglesia (D.S. 3803). Tal fe es "divina y católica", universal, perpetua, inmutable (D.S. 3011). Hasta el papa está subordinado a su perpetuidad (D.S. 3020). El "Cuerpo conexo y compacto" de la Iglesia (Ef. IV, 15) no permite quebrar la unidad de fe, bajo pena de condenación eterna. 

0.2 - LA UNIDAD DE LOS APÓSTOLES Y DE LOS FIELES

     "Por que, antes de ser glorificado, rogó Cristo al Padre, no solo por los Apóstoles, sino también por aquellos que, por medio de las palabras de ellos, en El creerían, para que fueran uno, como Hijo y el Padre son uno (Jo XVII, 20)". 

     Cristo rogó por la universalidad de la fe, común a todos (D.S. 639). Esa unidad vincula a los papas, obispos y laicos. Es un vínculo tan estrecho como el de la unidad entre el Hijo y el Padre que tienen unidad de esencia y de naturaleza, de voluntades y de operaciones.
     San Pablo condena a los que "luchan contra el Espíritu" con "contiendas, discusiones y sectas" (Gal. V, 17-20). Los primeros cristianos están unidos como: "un solo corazón y una sola alma". San Pab­lo habla de la "unidad de Espíritu", con "un solo cuerpo, una sola fe, un solo Dios", "un cuerpo conexo y compacto" (Ef. IV, 5-15). No es lo que vemos con la dispersión de la libertad religiosa, sin una sola cabeza visible después del Vaticano II.
     Paulo IV en su Bula contra los que "tratan de dividir la unidad de la Iglesia", por la "prudencia propia" (Prov. III, 15), que corresponde al "juicio propio" del herético (Tit. III, 10-11). 
     Cristo condena a quien no cree (Jo III, 18). Y entretanto hay Obispos y laicos que se dicen "católicos", "tradicionalistas" y "sedevacantistas" que niegan el deber de elegir un papa, para tener en la Iglesia los "perpetuos Sucesores" de Pedro. Tales personas no quieren en la Iglesia el "principio visible" de la unidad de fe y de régimen. 

0.3 - LA PERENNIDAD DEL PASTOR SUPREMO

     "Así como envió Cristo a los Apóstoles, que del mun­do escojió para si, como El fue enviado por el Padre (Jo XX, 21), así también quiso El que en su Iglesia, hasta la consumación de los siglos, existieran pastores y doctores" (Mt. XXVIII, 20). 

     La voluntad de Cristo es la de la perpetuidad de la existencia de pastores y doctores, en la Iglesia, con el poder y mandato de enviados de Dios, con poder de jurisdicción para predicar, enseñar y regir a los fieles. Este poder viene a los Obispos a través del papa fiel, válido, ocupante de la Sede de Pedro (Pio VI, D.S. 2591). 
     Es necesaria, hasta el fin de los siglos, una Cabeza visible de la Iglesia. Los que al presente afirman no ser posible elegir esa Cabeza, obran directamente contra la voluntad de Cristo, contra el dogma de fe.
     Una larga vacancia, de duración "indefinida", basada en la "imposibilidad" de ser extinguida, es algo falso, herético, opuesto a la unidad de fe. Las puertas del Infierno estarían prevalecido contra la voluntad e imperio de Cristo.
     Eso es contra el poder divino de Cristo, contra la fe divina y católica. Es una negación de la perennidad de la Iglesia y de la obra da salvación que, por medio de ella, ejerce Cristo-Dios. 

0.4 - EL FUNDAMENTO VISIBLE DE LA UNIDAD

     "Para que el episcopado sea uno e indiviso, y para que, por medio de sacerdotes unidos entre si, toda la multitud de los creyentes sea conservada en la unidad de fe y de comunión, prefirió Cristo a San Pedro y lo instituyó principio perpetuo y fundamento visible de una y otra unidad, sobre cuya fuerza fuera levantado un templo eterno, y, en la fir­meza de esta fe, surgiese la sublimidad de la Iglesia que debería ser elevada a los cielos". 

     Véase ahí la finalidad del primado de San Pedro sobre los demás Apóstoles: antes de todo es la  unidad de los Obispos, del episco­pado, sin divisiones. Después la unidad de la multitud de los creyentes. Por lo tanto, él es "principio perpetuo" de esa unidad en la Iglesia, es el "fundamento visible", además de fundamento divino, primero, invisible. En la Iglesia no podemos tener "obispos" con libertad religiosa; cada uno con "su fe" y "normas propias". Ni podemos tener Obispos autónomos e independientes entre si, que no se reunen y ni se unen en unidad visible de fe y de régimen. Sin mandato para predicar la fe.
     Aunque se digan "tradicionalistas" o "sedevacantistas", son obispos con su "juicio propio” libre; que reunen su rebaño, con sus "normas propias" y no quieren la subordinación Jerárquica a una Cabeza Superior, con el primado en el poder de jurisdicción ordinaria. Quieren "vínculos invisibles" entre ellos, sin el "fundamento visible". Quieren que el principio perpetuo tenga una ausencia larga o perpetua. La falta de unidad de régimen destruye la unidad de comunión y, sin ella, tales Obispos no poseen poder de jurisdicción ordinaria. Se destroza la jerarquía de jurisdicción ordinaria. Todo se ejecuta por la negación del deber de elegir la Cabeza visible, sin la cual la obra de Cristo, con relación a San Pedro, es destruida. La libertad religiosa ahí toma el lugar de la subordinación jerárquica. Destruye la naturaleza del primado de San Pedro y la naturaleza única de la Iglesia de Cristo.
     Las ovejas pierden la unidad de un solo rebaño. No existe un solo Pastor de los pastores. Ahí se ocultan los gérmenes de la libertad religiosa, del Ecumenismo, de una colegialidad opuesta a la naturaleza monárquica del régimen instituido por Cristo en la Iglesia. Con Pio XI se puede decir: Eso es una "falsa religión cristiana" (Mortalium ánimos). 
     Cayendo la unidad de régimen, también cae la unidad de fe. 

0.5 - EL FUNDAMENTO DIVINO DE LA IGLESIA

     "Actualmente, con mayor odio, surgen por todas partes las puertas del Infierno contra su fundamento divinamente colocado; Nos, para guarda, incolumidad y aumento del rebaño católico, con la aprobación del sagrado Concilio, juzgamos necesario proponer la doctrina sobre la ins­titución, la perpetuidad y la naturaleza del sagrado primado apostólico, en el cual consiste la fuerza y la solidez de toda la Iglesia; doctrina que debe ser creída y mantenida por todos los fieles según la antigua y constante fe de la Iglesia universal y proscribir y condenar los errores contrarios tan perniciosos al rebaño del Señor". 

     El Concilio señala la causa del Magisterio sobre el primado de San Pedro: los enemigos de la Iglesia, las puertas del Infierno; quieren destruir la Iglesia, destruyendo antes el "fundamento visible" que Cristo instituyó, "principio perpetuo" de la unidad de la Iglesia. Es lo que atacó principal­mente el Vaticano II con la libertad religiosa y con la "colegialidad" en el poder supremo de la Iglesia. El poder ya no viene de Dios a Pedro; sino viene de los hombres y de las Iglesias, de bajo hacia arriba, como quisieron los Jansenistas (D.S. 2602-2603). No será ya la Iglesia de la autoridad divina; sino será la iglesia del arbitrio de los hombres. He aquí lo que hizo el Vaticano II. Retiró el "principio perpetuo" y el "fundamento visible" de la unidad. Se dispersa en muchas sectas, conforme al "libre examen" de Lutero; con "cualquier fe", como lo quiso Lamennais; con el Agnosticismo, como lo quiso Loisy. 
     Se retiró de la "nueva iglesia" la "piedra" sobre la cual Cristo fundó "su Iglesia". Se retiró la fuerza y la solidez de la verdadera Iglesia. Ahora cualquier fe individual sirve. Esa no es la "antigua y constante fe de la Iglesia universal"; sino son los errores perniciosos contrarios a la unidad del rebaño del Señor. 

Capítulo I - LA CABEZA VISIBLE DE LA IGLESIA

1.1 - PODER DIVINO Y NO HUMANO

     "Enseñamos y declaramos así que, conforme al testimonio de los Evangelios, fue prometido y fue conferido, de modo inmediato y directo, por Cristo Señor, a San Pedro, Apóstol, el primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia de Dios". 

     Contra las herejías protestantes, jansenistas, modernistas y liberales, ahí es enseñado que Cristo-Dios, confirió a San Pedro, de modo directo e inmediato, el primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia, sobre todos los otros obispos y fieles.
     Ese primado no vino del pueblo; no vino de las Iglesias, como enseñaron los protestantes, los jansenistas, los liberales, los modernistas y, con ellos, el Concilio Vaticano II. Ese poder del Sucesor de Pedro es divino y no es humano, aunque sea recibido y ejercido por un hombre (Bonifacio VIII; D.S. 874). "Todo el poder viene de Dios" enseña San Pablo (Rom XIII, 1). En sentido opuesto la Masonería quiere que todo poder venga del hombre y que sea en su nombre ejercido. Los jansenistas pretendieron que tal poder viene "de la comunidad de los fieles para los pastores (D.S. 2602); "no de Cristo para la persona de San Pedro, sino de la Iglesia" (D.S 2603). 
     El Vaticano II repite esa impía e execrable herejía con su "po­der supremo colegiado": "cada Obispo representa a su iglesia y, todos juntos, con el papa, representan toda la Iglesia" (Lumen gentium, 23). 
     Es un Conciliarismo, como en el herético Concilio de Basilea.
     Es la perversión de la mudanza del poder monárquico de Dios, a un poder democrático, libre, de los hombres, sin Dios.
     Tal Concilio con tales "obispos" y "papas": "la sal que no sala", "no sirve para nada sino para ser pisada por los hombres…" (Mt. V, 13). Inocencio III aplica a los obis­pos y papas heréticos estas palabras.
     Las verdades de la fe católica no vienen del "consenso" de los hombres (D.S. 3074). El poder de jurisdicción divino no existe en quien no es "ministro de Dios", porque creé y predica contra Dios. Y los fieles no están subordinados "a los inicuos sino a los santos" (1 Cor VI, 1). He ahí la nulidad del poder de jurisdicción de esos “papas” y obispos del Vaticano II. Tal poder de jurisdicción es móvil en las personas: es recibido por voluntad humana y se pierde por la pérdida de la unidad de fe o de régimen, separándose la persona de la unidad de la Iglesia (D.S. 3803). "Es absurdo que quien está fuera de la Iglesia presida en la Iglesia" (León XIII, Satis cognitum). He ahí la subversión profunda del Vaticano II. 

1.2 - PRIMADO MONÁRQUICO DE PEDRO

            "Por cuanto, solamente a Simón, a quien antes El le dijo: "Serás llamado Cefas", después que confesó: "Es el Cristo, el Hijo de Dios vivo", habló el Señor estas palabras solemnes: bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, pues quien te reveló esto no fue ni la carne, ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos". 

     Jesús muestra ahí la forma monárquica del primado de San Pedro. De una sola persona y no de la pluralidad de obispos, del mismo nivel en el poder supremo. Jesús muda el nombre personal de Simón por Cefas, que significa piedra; el fundamento de la Iglesia.
     Quien reveló a Pedro que Cristo era Dios, no fue la naturaleza humana, sino "el Padre que está en los cielos". El Magisterio de la Iglesia no es una opinión humana, sino una verdad "revelada" por Dios al hombre, voluntad divina, universal, que debe ser creída por todos (D.S. 3011). Y que debe ser proclamado públicamente para la salvación (Rom X, 10). 
     El Vaticano II y los herejes, colocando un poder humano "cole­giado" pervierten la forma del régimen jurisdiccional de la Iglesia. 

1.3 - EL NECESARIO PASTOR DE LOS PASTORES

     "Y a ti te digo: "Eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia y no prevalecerá contra ella las puertas del Infierno. A ti te doy las llaves del reino de los cielos. Todo lo que sobre la Tierra atares, también en los Cielos será atado. Y todo lo que sobre la Tierra desatares, también en los Cielos será desatado" (Mt. XVI, 16). Y, después de su resurrección, Jesús confirió a Simón Pedro la jurisdicción de supremo pastor y rector sobre todo su rebaño diciendo: "Apascenta mis corderos"; "apacenta mis ovejas" (Jo, XXI, 15). 

     No puede faltar el fundamento de la Iglesia; sino se derrumba. Ese fundamento es perpetuo y visible como la propia Iglesia. Las fuerzas de los enemigos de la Iglesia, las "puertas del Infierno" jamas impedirán a la Iglesia de Cristo elegir su Cabeza visible. La forma divina de la Iglesia incluía a los sucesores de Pedro como principio y fundamento de la unidad de la sociedad que es la Iglesia. El poder de Pedro es divino, viene directo e inmediato de Dios; no viene de los obispos, o de las Iglesias, o de los hombres. Las ovejas de Cristo son todas ellas; no solo una parte de ellas. Quien no quiere estar bajo Pedro está fuera de la Iglesia de Cristo.
     En la Iglesia debe existir un "Pastor de los pastores", aquel que apacenta los corderos de Cristo, con poder recibido de Dios y no de un colegiado humano.
     Si los obispos quieren ser autónomos e independientes; si por falsas razones rechazan al "Pastor de los pastores", no serán "corderos" del rebaño de Cristo. Serán de otra Iglesia pero no de la de Cristo.
     San Pablo rechazó la "religión de los ángeles invisibles", sin "una cabeza" por la cual crece el Cuerpo de Cristo (Col. II, 18-19). Seria un "juicio de la carne"; pues "donde no existe gobernante el pueblo se dis­grega" (Prov. XI, 4), pierde la unidad. El ejercicio del poder de Orden, en la Iglesia, es regido por el poder de jurisdicción, sin el cual puede ser nulo o pecaminoso, salvo casos de necesidad. 

1.4 - LA NEGACIÓN DE LA FORMA MONÁRQUICA DE DERECHO DIVINO

     Esta doctrina tan manifiesta de las Sagradas Escrituras, como siempre fue entendida por la Iglesia, están opuestas, de modo abierto, a las sentencias de los que, pervertiendo la forma del régimen constituido en la Iglesia por Cristo-Señor, niegan que solo Pedro fue dotado por Cristo con un primado de jurisdicción, verdadero y propio, sobre los otros Apóstoles, sobre cada uno singularmente, solo sobre todos, simultáneamente.
     O aquellos que afirman que ese mismo primado, no fue conferido de modo inmediato y directo al mismo Pedro; sino a la Iglesia, y, por ella a él, como ministro de la propia Iglesia. 

     La primera perversión de la forma del régimen de la Iglesia es la de la negación del primado monárquico, por Derecho divino. Es la primera negación de los Jansenistas, derivada del Protestantismo, y condenada por Pio VI (D.S. 2602 y 2603). Y es también la negación del Concilio Vaticano II colo­cando a los obispos y al papa como "representantes de las iglesias" (Lumen gentium, 23). Es la mayor perversión del Vaticano II, después de la libertad religiosa, correspondiente al "libre-examen" de Lutero. Y la forma por la cual los herejes pudieron colocar el poder papal y de los obispos como proveniente del pueblo, del hombre, y no de Dios. El papa y los obispos serian, antes de todo, vicarios y ministros de las iglesias y no ministros de Dios. El poder vendría no de arriba para abajo, sino de abajo para arriba. Es la forma para alejar el origen divino del poder (Rom XIII, 1-2). Y la forma para instruir la "iglesia de la humanidad" y no la Iglesia de Cristo Rey, de Cristo Dios. La Iglesia no seria ya monarquía de Derecho divino; sino Democracia de Derecho humano. El papa seria "Cabeza de los colegios" de seres humanos y no "ministro de Dios", a través del cual los obispos reciben su poder.
     Siendo vicario del pueblo libre, cada uno con "su fe" y "normas propias" el papa tendría "cualquier fe", venida por el acuerdo humano.
     De aquí se deriva la herejía de la validez del papa con "cualquier fe", como lo quiso Mons. Lefébvre reconociendo al papa herético. Se deriva la herejía de Mons. Guerard de Lauriers, que reconoce la elección de un papa herético, al cual le confiere "derecho al papado", siendo "verda­deramente papa" a pesar de no tener la verdadera fe.
     Sino también entran en esta perversión de la forma del régimen de la Iglesia los "sedevacantistas" que retiran la forma monárquica del régimen de jurisdicción de la Iglesia. Quieren una iglesia "acéfala" en cuanto al Sucesor visible de Pedro. Ellos, tanto como los ecuménicos del Vaticano II, tanto como los lefébvistas y guerardistas, rechazan el régimen monárquico de De­recho divino, queriendo una acefalía por tiempo "indefinido" y largo, durante décadas, como Mons. Alarcon y Mons. Pivarunas.
     Todos esos pervierten el dogma de fe, rechazando el "principado de uno solo, esto es, monárquico" (S. Pio X, D.S. 3555) como los herejes y los cismáticos orientales, que juzgan "imposible" la monarquía de Derecho divino. Son varios profetas falsos, con varias formas de perversión de la forma de la fe divina y católica. Todos ellos se levantan para negar la elección de un papa fiel. El papa podría ser musulmán, masón, luterano, budista, jansenista, o de "cualquier" otra religión; siempre que no sea católico fiel y sea electo arbitrariamente por el pueblo, por las todas iglesias del Ecumenismo, del universo, de la humanidad. Sin el único verdadero Dios. He aquí el Vaticano II y sus coligados. 

1.5 - NEGACIÓN DE LA CABEZA VISIBLE

     "Si alguien dice que San Pedro, Apóstol, no fue constituido por Cristo Nuestro Señor como Príncipe de todos los Apóstoles y como Cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que recibió de Nuestro Señor Jesucristo solamente un primado de honra y no de derecho inmediato de verdadera y propia jurisdicción, sea anatema". 

     Aquí está la condenación a los seguidores del Vaticano II, de Mons. Le­fébvre, de Mons. Guerard de Lauriers, de Mons. Pivarunas y de Mons. Alarcon, que se apartan del primado monárquico del Sucesor de Pedro, como Vicario de Cristo; anulando la elección de un herético; o no queriendo una "Cabeza visible", monárquica, por Derecho divino; queriendo una "acefalía perenne", anárquica, con pluralidad de cabezas independientes y autónomas.
     Ecuménicos, lefebvristas y sedevacantistas anticonclavistas, juzgando 'imposible" esta Cabeza visible monárquica, por Derecho divino, todos niegan el dogma de fe católica y están bajo el mismo anatema.
     Todos prevarican en cuanto a la "unidad de fe", divina y católica y quieren una Iglesia unida por "vínculos invisibles", no teniendo una Cabeza única. Quiere la unidad "en consciencia" y "en espíritu", como los jansenistas (D.S. 2615) y el Vaticano II, contra la “una fides" (Ef. IV, 5); exterior y visible (Rom X, 10); por Derecho divino (Rom XIII, 1-2); con la "religión" de los "no visibles" (Col. II, 18-19). 
     Ese "anatema" es el central contra las herejías del Vaticano II. 

Capítulo II – LA CABEZA PERPETUA DE LA IGLESIA

2.1. PERPETUIDAD DE LA CABEZA VISIBLE

     "Aquello que Cristo Señor instituyó, para la perpetua salud y el bien perenne de la Iglesia, en San Pedro, Príncipe de los Apóstolos y gran pastor de las ovejas, esto, según el mismo Autor, es necesario que perpetuamente perdure en la Iglesia que, fundada sobre esta piedra, estará firme hasta el fin de los tiempos".


     Aquí se enseña que la Cabeza visible de la Iglesia, que el Sucesor de Pedro, por obra divina de Cristo "es necesario que perdure hasta el fin de los tiempos". No bastan los obispos; es necesario también el Pastor de los pastores, el Príncipe de los Apóstoles. No bastan los pastores episcopales; es necesaria también la Cabeza visible monárquica, suprema, encima de los obispos.
     La causa final del primado monárquico de Pedro es la "perpetua salud y el perenne bien" de la Iglesia. Pedro es el "fundamento visible y per­petuo de la Iglesia". Sin él la Iglesia no tiene el "principio perpetuo de la unidad de fe y de comunión", no será un ser uno e indiviso. Sin él los obispos se dividirán y las ovejas se dispersarán: no tendrán un solo Pastor; no serán un solo rebaño; no tendrán una sola fe; ni un solo Señor.
     La "necesidad" perenne de la Cabeza visible de la Iglesia es la necesidad de la perpetuidad de la misma Iglesia y de la misma obra de la salvación del Reden­tor divino. Es una necesidad de derecho y voluntad divina; de unidad entre todos los miembros humanos del Cuerpo de Cristo.
     Sin esta causa final de la Iglesia no se mantiene la forma que el Autor divino confirió al régimen jurídico de la Iglesia. Cristo estará presente en la Iglesia: "ómnibus diebus" hasta el fin de los tiempos (Mt. XXVIII, 20); quiso también la presencia visible del Sucesor de Pedro, hasta el fin de los tiempos. Nada es "imposible" a su voluntad. El poder de las puertas del Infierno no es mayor que el de Cristo. Su Iglesia, obra perfecta, tiene, en si y por si, todos los medios necesarios para su incolumidad y acción. Eso en cualquier circunstancia; en cualquier obra de sus enemigos.
     Como los Sucesores de Pedro son mortales, en todas las vacancias, "todos los días", "siempre", será posible elegir una Cabeza visible, monárquica, de la Iglesia. La acefalía no es la forma del régimen instituido por Cristo en la Iglesia. Ni el colegio de obispos con poder supremo, sin la subordinación jerárquica a esta Cabeza visible de una sola persona. Quien no quiere someterse al verdadero y propio primado de jurisdicción de la cabeza visible monárquica de la Iglesia está bajo anatema (D.S. 3060; 3064). Ningún obispo está unido a Pedro si no está subordinado a Pedro y no le obedece (D.S. 3308). 
     Quien afirma ser "imposible" la perpetuidad de esta Cabe­za visible, afirmará ser imposible la propia Iglesia de Cristo. Quien niega al ministro visible de Cristo, niega al propio Cristo, pues fue él quien así lo quiso. Esta subordinación al Sucesor de Pedro es de "necesidad de salvación", enseño la Iglesia como dogma de fe (D.S. 875). Elegir un Sucesor de Pedro es pues "deber gravísimo y santísimo" (San Pio X, Vacante Sede Apostólica). Quien quiere la perennidad de la Iglesia como sociedad, quiere la perennidad de la Cabeza autoritaria que es el principio de la unidad de esa sociedad. La unidad de régimen es de Derecho divino en la Iglesia, y por ella deriva el derecho de comunión en la sociedad de la Iglesia. Lo que pertenece a la esencia de un ser no puede dejar de existir sin que deje de existir ese mismo ser, en el caso de la Iglesia. Siempre eso fue posible.
     Si la Cabeza visible no fuese posible, también la Iglesia no seria posible. Pero "Dios no manda cosa imposibles" (Trento, D.S. 1536). Es hereje quien afirma "ser imposible, en la realidad" elegir una Cabeza visible de la Iglesia. Es la herejía impía y blasfema de Jansenio (D.S. 2606). 

2.2 - LA PERPETUIDAD DEL PODER MONÁRQUICO DEL SUCESOR DE PEDRO

     "No es cosa dudosa para nadie, para todos los siglos es una cosa notoria que el santo y beatísimo Pedro, Príncipe de los Apóstoles, cabeza y columna de la fe, fundamento de la Iglesia Católica, recibió de Nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del genero humano, las llaves del reino". 

     Si Pedro recibió de Cristo-Dios las llaves del reino terrestre de la Iglesia, mientras perdure en la Tierra este reino visible de Cristo, también debe perdurar la Cabeza visible del Vicario de Cristo, del ministro del Rey de los reyes y del Señor de los que dominan. No existiría un reino terrestre visible, sin la Cabeza visible, con el poder de ligar y de desligar en la Tierra al cual Cristo acompañará ligando o desligando en el Cielo.
     En "todos los siglos" eso fue doctrina notoria de la fe cristiana. El sucesor de Pedro es el "Príncipe de los Apóstoles", el Pastor que rige a los otros pastores subordinados de la Iglesia. Sin él el episcopado no será uno y coherente; estará disperso y sin unidad de régimen y sin unidad de fe. Tal unidad de régimen es de necesidad de Derecho divino: no puede dejar de ser posible en la Iglesia Católica. Los que apartan esta Cabeza visible humana, bajo cualquier pretexto que sea, se apartan de la unidad de fe y de régimen de la Iglesia Católica.
     La Iglesia de Cristo no puede existir sin su fundamento visible y perpetuo colocado por Cristo. Un ser no existe si no por uno. Esa es la fe durante todos los siglos. La fe universal transciende las opiniones individuales y a los tiempos pasados, presente y futuros. La apostasía presen­te de muchos individuos en nada altera la universalidad de la fe católica, la esencia de la Iglesia Católica; la perfección de la forma de la Iglesia y de su régimen y su posibilidad de acción.
     Lo necesario de la forma de una sociedad, intentado para el fin para el cual fue instituida, es lo querido por la Causa eficiente. Y Cristo no muda la situación presente antes del fin de la Iglesia terrestre. Si las puertas del Infierno no prevalecen contra la Iglesia, ella mantiene siempre la misma forma según la cual fue instituida; el mismo dogma de fe, perpetuo, sin mudanza. Si un dogma pudiese mu­dar, también todos los otros podrían. Seria el Evolucionismo dogmá­tico, conforme los tiempos, querido por los ateos y agnósticos modernistas.
    Los sedevacantistas, anticonclavistas, están unidos en las mismas perversiones del dogma de los lefébvristas y de los ecuménicos: todos pervierten el dogma de la perpetuidad de la Cabeza visible, monárquica, de la Iglesia. 

2.3 - SIEMPRE FUE REALMENTE POSIBLE

     "Hasta el presente tiempo, siempre, Pedro vive, preside y ejerce el juicio en sus Sucesores, obispos de la santa Sede Romana por él fundada y consagrada por su sangre". 

     Aquí afirma el Concilio que "siempre", en los Sucesores de Pedro, en la Sede Romana, San Pedro vive, preside y ejerce el juicio sobre los otros miembros de la Iglesia, obispos y fieles. Lo que fue verdad en el pasado, verifi­cado por los actos, es también verdad por la doctrina sobre la universalidad de la fe, de modo perenne, transcendente a los tiempos pasados, presentes o futuros. Si siempre fue posible elegir, un Sucesor de Pedro, también en el presente y en el futuro. La elección de Asís, de 1994 lo prueba en la presente crisis de la Iglesia. Argumentos que son opiniones individuales gratuitas, no tienen la fuerza de la palabra divina, ni la fuerza de los actos reales concretos. La verdad no esta contra la verdad. La realidad no está contra la realidad. El acto posible no está contra el acto posible. Luego, quien afirma la imposibilidad actual de elegir un Sucesor de Pedro afirma arbitrariamente una falsedad contra el dogma de fe y contra los actos reales concretos. 

2.4 - LA ELECCIÓN DE LA CABEZA VISIBLE ES POSIBLE

     "Según la institución del mismo Cristo, quiere que quien suceda a Pedro en esta Cátedra, obtenga el primado sobre toda la Iglesia". 

     Quien quiera que fuera electo de modo legítimo por los miembros fieles de la sociedad divina que es la Iglesia, por el "coetus fidelium", obtiene de hecho, de modo real, el primado supremo de jurisdicción so­bre toda la Iglesia de Cristo. Primero es necesario unir a los fieles en la unidad de la misma fe universal, común a todos, de todos los tiempos, sin mudanza, adicción o sustracción. Después de eso, poner leyes electorales meramente humanas, pues Cristo no dejó leyes divinas para esto fuera las de la unidad de fe y de régimen monárquico visible, leyes que pueden ser de excepción, fuera de las leyes ordinarias para los tiempos normales y previsibles de la Iglesia, quien así fuera electo por los miembros de la sociedad divinamente instituida, será de hecho Sucesor de Pedro válido. Eso es posible en todos los tiempos, siempre que, los que tienen el deber de hacerlo, realmente cumplan su "deber gravísimo y santísimo". 
     La omisión, la inercia, la pasividad no es el precepto divino que debe ser obedecido por los fieles.    Esa es la herejía de los Quietistas, condenada por la Iglesia.
     Las cualidades de las virtudes cristianas y de la idoneidad serán juzgadas por los electores. 

2.5 - SAN PEDRO NO DEJÓ EL TIMÓN DE LA IGLESIA

     "Por lo tanto, así permanece la disposición de la verdad, perseverando en la fuerza recibida de esta piedra, el timón de la Iglesia que San Pedro recibió, él no le deja". 

     He ahí una conclusión de la verdad de la doctrina de la fe y de la verdad perenne de los actos. Permanece esa verdad y la fuerza de la piedra y funda­mento de la Iglesia persevera durante todos los tiempos. San Pedro recibió el timón de la Iglesia y San Pedro siempre persevera rigiendo la Iglesia todos los días, en todos los tiempos. Si muere un Sucesor de Pedro, el "deber gravísimo" es elegir otro, sin "larga vacancia", sin vacancia por décadas, sin vacancia perenne; no se afirma, de modo falso y herético, la imposibilidad real de extinguir la vacancia. San Pedro no deja el timón de la Iglesia a través de una cabeza visible y perpetua. Ahí no se refiere solo a la Cabeza divina invisible de Cristo, sino también a la Cabeza visible y perenne de San Pedro. 

2.6 - SIEMPRE ES NECESARIA LA REUNIÓN DE LOS FIELES

     "Por esta causa, por razón de su primado mas poderoso, siempre fue necesario que toda la Iglesia, esto es, que los fieles de todas las partes, se reunan en torno de la Iglesia Romana". 

     Eso significa la necesidad de todos los que son verdaderamente fieles, de la Iglesia de Cristo, se reunan en torno de la unidad de fe, en el "coetus fidelium", en torno del Magisterio universal de la Iglesia Romana y no en torno de opiniones opuestas de obispos y laicos. Con reuniones de obispos y fieles, afirmada entre todos las unidad de fe, naturalmente la unidad social de régimen aparecerá vinculando a todos en una sola socie­dad no acéfala, no sin una Cabeza visible. La unidad de fe está encima de todos, hasta del mismo Vicario de Cristo (D.S. 3114-3116). Un “papa” desviado de la fe deja naturalmente de ser principio visible y perpetuo de la unidad de fe. 
     Nosotros obedecemos al Vicario de Cristo porque es el ministro de Dios, y está subordinado al poder divino del mismo Cristo, Cabeza única de la Iglesia. No somos siervos de hombres mortales sino en cuanto ellos representan al Rey divino, Dios inmortal.
     Sin esta "unión" nadie es fiel; nadie es miembro de la Iglesia; "siempre fue necesaria" esa reunión. No la vemos entretanto, hoy, entre los obispos que se dicen "sedevacantistas". La reunión es en torno del principio de la unidad. 

2.7 – LA UNIÓN DE LOS MIEMBROS CON LA CABEZA

     "Esto para que, en aquella Sede de la cual los derechos de una vene­rable comunión dimanan para todos, en la composición de un Cuerpo, ellos se unen como miembros unidos a una Cabeza". 

     He aquí como la composición de un Cuerpo "compacto y conexo" (Ef. IV, 15), después de la unión en "una sola fe" (Ef. IV, 5), la Sede de Pedro debe estar unida a la sociedad de los fieles con una unidad de régimen, con la Cabeza visible y perpetua del Sucesor de Pedro. La comunión de los miem­bros de la Iglesia entre si es un "derecho" regido por el Sucesor visible de Pedro. La sociedad de los miembros de la Iglesia se compone de miembros que posen el "derecho de comunión" por la unidad de fe y por la unidad de régimen.
     Eso excluye de la Iglesia los que juzgan imposible la elección de una Cabeza visible de la Iglesia, sean obispos o laicos. No tienen ningún poder de jurisdicción. No pueden desear la sumisión a sí, si ellos no están sumisos al Derecho divino, al Magisterio dogmático y canónico de la Iglesia.
     Nadie es católico pretendiendo la unión solo invisible con Cristo, sin la unión visible con la Cabeza visible y perpetua de la Iglesia. No se puede tener la Iglesia sin Cristo y ni Cristo sin la Iglesia; sin el ministro visible de Cristo, con las llaves del reino de los cielos, en el régimen monárquico divino y humano (León XIII). 

2.8. - ES POSIBLE EL DEBER DE ELEGIR UN SUCESOR DE PEDRO

     "Por lo tanto, si alguien afirma que, no es de institución del propio Cristo Señor, o de Derecho divino, que San Pedro, en el primado sobre toda la Iglesia, tenga perpetuos Sucesores; o que, el Pontífice Romano no es el Sucesor de Pedro en el mismo primado, sea anatema". 

     La conclusión del examen de la Revelación divina hecho por el Concilio y por la Sede de Pedro, Juez Supremo de los fieles, es la de que, por institución de Dios, San Pedro "tenga", en el primado sobre toda la Iglesia, "perpetuos Sucesores". Fallecido un Sucesor de Pedro, por "deber gravísimo", debe ser electo un Sucesor visible de Pedro. Van contra el Derecho divino quien dice que, hoy, eso "es imposible". El Magisterio infalible de la Iglesia estaría enseñando cosa falsa, que "en la realidad práctica es imposible", "absurda". Cristo estaría equivocado. La Iglesia podría estar sin unidad de régimen; sin visibilidad; o solo con Cabeza "no visible" (Col. II, 18-19). 
     La perpetuidad de la forma y del fin salvífico de la Iglesia exige necesariamente la perpetuidad del ministro visible de Cristo, gobernando, monár­quicamente, la sociedad visible de la Iglesia Católica. Luego, la elección papal es perpetuamente posible y debida. Los fieles pueden y deben reunirse para afirmar la unidad de la Iglesia en la fe y en el régimen.
     La doctrina opuesta es la de los masones y heréticos.
Traducción 
R.P. Manuel Martinez H.

sábado, 2 de noviembre de 2013

EVOLUCIONISMO TENTADOR

CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE
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EVOLUCIONISMO TENTADOR
     El que el hombre proceda de los simios es ciertamente un hecho poco atractivo. Se da de hecho, sin embargo, que la estructura orgánica, anatómica y fisiológica del hombre, en sus grandes líneas, es indiscutiblemente la misma que en los mamíferos superiores y constituye un indicio grande en favor de la evolución. En la hipótesis contraria creacionista, aun sin querer juzgar lo hecho por el Creador, parece natural pensar que Él, omnipotente, así como ha puesto un abismo entre la psique de los brutos y el alma intelectual del hombre, debería, correspondiendo a esa separación radical, dar al hombre asimismo un cuerpo organizado de un modo al menos muy diverso del de los brutos, para que se diese así cierta analogía con la diversidad esencial en el terreno del espíritu. (F. C.—Belluno.)

     Querido y desconocido amigo, me toca usted precisamente en lo vivo. Pero aqui me es imposible complacerle con una breve respuesta. En el libro que ha publicado la Pro Civitate Christiana, El misterio del alma humana, he desarrollado en su aspecto general el tema, que ya había tocado en el estudio sobre la existencia de Dios. Allí podrá encontrar en una respuesta más satisfactoria a su duda, en el capitulo «El escarnio de los monos». Sin embargo, también en la consulta 119 del presente libro volveré más intrínsecamente sobre este problema.
     Plantea usted, sin embargo, la objeción en términos tan simpáticos, recogiendo un aspecto tan característico, y diría que original, de la cuestión, que no puedo dejar de decirle aquí una palabra, seguro de hacer cosa grata a todos los lectores, palabra que se referirá exclusivamente al paralelismo que usted supone entre la disparidad psíquica y corpórea y el consiguiente indicio que parecería pudiera deducirse en favor de la evolución.
     Ese paralelo entre el terreno psíquico —donde hay un abismo de separación— y el terreno corporal, no lo exige en absoluto la realidad, y si se diese no habría correspondido a una sabia economía constructiva del Universo.
     Realmente, desde el punto de vista corporal, el hombre está encuadrado en la materia y no puede dejar de participar de los reflejos materiales del mismo suelo, del mismo aire, de los mismos elementos con los que está en contacto, precisamente como los demás animales. En el terreno corporal, pues, es natural la semejanza somática y funcional con los brutos —extendida gradualmente a toda la escala de los vivientes— aun sin poder deducir lógicamente de ello la procedencia por evolución, como no se puede deducir que un automóvil proceda de una motocicleta, etc., aun teniendo semejanzas graduales —mientras debe,darse el abismo respecto al psiquismo humano, que depende de la infusión de un elemento heterogéneo, como es el alma espiritual.
     Sin embargo, también por esto la maravillosa armonía del plan constructivo exigía esa colaboración entre alma y cuerpo para el proceso del conocimiento intelectual, que admirablemente se comprueba en el hombre, necesitado de los fantasmas, y, por tanto, del cerebro corporal para razonar, lo cual crea, a su vez, un abismo entre el hombre y el ángel.
     Considérese, por ejemplo, un hecho sencillísimo: el trasladarse de un punto a otro de la tierra. Antes de la transformación sobrenatural del cuerpo humano terrenal en cuerpo glorioso, esto no podía, evidentemente, suceder sino, o arrastrándose como los reptiles, o rodando como ciertos animales marinos inferiores, o desplazando aquellas palancas de apoyo y de impulso que son las piernas, prescindiendo del modo especial de desplazamiento en el agua o en el aire.
     Entre esos modos, el más noble por separar más de la tierra es el tercero; ése debía ser, por tanto, y es el sistema del animal superior hombre y con dos piernas solas para darle la más noble y significativa posición erecta. ¿Veis, lectores amigos, cómo las cosas han sido bien hechas?
     ¿Qué se diría de quien se maravillase de que una radio portátil esté contenida en un recipiente en forma de caja, que podría contener también, por su capacidad, una buena cantidad de patatas? Si el recipiente dimensivamente es igual, lo que se diferencia es el contenido. Y el recipiente no puede dejar de ser igual desde el momento en que debe realizar la misma función de contener algo corporal.
     Así, el recipiente humano, al tener que contener los órganos corporales, será semejante a otros recipientes animales, aunque dentro exista la preciosidad de una estructura superior y del alma espiritual que la informa.
     Haced también esta observación más intrínseca.
     Al estar el hombre compuesto de alma y organismo, debe en él haber armonía entre estos dos elementos. Pero esto no puede darse haciendo que el organismo se supere a sí mismo, porque nadie puede dar más de lo que tiene. El organismo, por tanto, debe seguir siendo organismo con todas sus características fundamentales. Podrá, en cambio, y deberá el alma inclinarse hacia el organismo y elevarlo a instrumento de la intelección misma, porque quien es superior puede inclinarse hacia lo inferior y servirse de él para sus actividades más elevadas.
     Como ocurre en el hombre.
     Pero, ¿no podría haber, al menos, una mayor separación somática entre el hombre y el simio, como hay, por ejemplo, entre el simio y la araña?
     Ciertamente que podía haberla. Pero habría sido una falta de armonía en el plan constructivo de la vida animal. Esto es, habría habido un organismo animal —como realmente lo tiene el hombre— separado de la línea ascendente de la perfección animal. Habría habido una laguna.
     Era natural, en cambio, que el grupo del hombre ennoblecido por el espíritu fuese parecido a las formas animales superiores, como realmente lo es. Parecido, entiéndase bien, con las diferencias estructurales patentísimas que descubre la ciencia, pero que si constituyen un grado de alejamiento en relación con los grados inferiores no constituyen, sin embargo, una laguna. 

BIBLIOGRAFIA
Pío XII: Encíclica Humani generis, 12 de agosto de 1950 («Acta Apostolicae Sedis», 42 (1950), págs. 561-78); 
D. de Sinety: Le transformisme et l'origine de l'homme, DAFC., TV, págs. 1.836-46; 
G. B. Alfano: Sguardo storico scientifico sulle ipotesi sulla origine delle specie, Nápoles, 1929; 
L. Vialleton: L'origine degli esseri viventi. L'illusione transformista, trad. Matthei, Milán, 1935; 
V. Marcozzi: La vita e l'uomo, Milán, 1946, caps. VII y VIII; 
V. Marcozzi: Poligenesi ed evoluzione nelle origini dell'uomo
M. Flick: L'origine del corpo del primo uomo alia luce della filosofía e della teología (conferencias de la Semana Teológica de la Universidad Gregoriana, 1948, reunidas en: De hominis creatione, etc., Roma, 1949)"; 
E. Card. Ruffini: La teoría dell' evoluzione, secondo la scienza e la fede, Roma, 1948;
P. C. Landucci: El misterio del alma humana, Madrid, 1954, págs. 17-52; 
C. Bosio: Evoluzione, EC., V, págs. 897-906: 
P. Leonardi: L'evoluzione dei viventi, Brescia, 1950; 
V. Marcozzi: Los orígenes del hombre. Versión española por don Antonio Alvarez de Linera, Ediciones «Stvdivm», Madrid, 1958.

viernes, 1 de noviembre de 2013

LO QUE RECLAMA LA MADRE DE GRACIA

     Del lugar que ocupa la maternidad espiritual en el culto de la Santísima Virgen.—De cómo concurre a darle su cualidad de hiperdulía, pero sobre todo a hacer de ese culto el culto de más filial amor.—Explicación y justificación de ciertas fórmulas y de ciertas prácticas en que se ha manifestado más especialmente este último carácter.

     I. Parécenos que al llegar aquí algunos de nuestros lectores nos están diciendo: "Nos habéis hablado de la maternidad divina como del motivo principal, y, en cierto modo, como del único motivo que nos obliga a honrar a la Virgen María; porque la maternidad no es sólo por sí misma la más excelente de las dignidades que pueden concebirse en pura criatura: encierra también con eminencia y virtualmente la plenitud de gracia y la sobreabundancia de gloria que reclaman nuestros homenajes, siendo así que es como la raíz y el centro de ellas. Pero ¿olvidáis la maternidad espiritual, o bien la tenéis por cosa indiferente al culto de María?"
     ¡No quiera Dios que merezcamos semejante reprensión! Para sincerarnos, podíamos aplicar a la maternidad de gracia lo que hemos dicho de la plenitud de gracia. Glorificar a la Madre de Dios es honrar, no sólo a la Santa y Bienaventurada por excelencia, sino también a la Madre de los hombres; porque la maternidad espiritual no solamente es inseparable de la maternidad divina, sino que brota de ella también como de su primer origen. Por consiguiente, bien consideradas las cosas, el culto que rendimos a la Virgen porque es Madre de Dios se lo rendimos también implícitamente porque es Madre de los hombres, nuestra Madre según el espíritu.
     Pero no deben detenerse aquí nuestras explicaciones. La maternidad espiritual influye de una manera más explícita y más directa en el culto que debemos a la divina María; y esto es lo que nos proponemos demostrar en el presente capítulo. A fin de hacer más claro e inteligible este punto de doctrina, importa indicar en dos palabras cuáles son los actos que constituyen más o menos próximamente el culto religioso de que aquí se trata. Santo Tomás, a quien hay que acudir siempre en estas materias, distingue tres clases de actos. Primero, los actos que constituyen formalmente el culto en sí mismo; aquellos, por consiguiente, a los cuales, por su naturaleza específica, pertenece inmediata y primeramente revelar el objeto de nuestro culto humillándonos delante de él. Por ejemplo: si se trata de Dios, la adoración, el sacrificio y los actos semejantes. Pero, además de estas manifestaciones, ya interiores, ya exteriores, de nuestro culto, operaciones que tienen por principio elicitivo la virtud especial de la religión, se dan los actos de virtud que presuponen esas manifestaciones, esto es, la fe, la esperanza y la caridad; se dan los actos que ellas ordenan a su propio fin, y en este sentido, Santiago (
I, 27) ha contado entre las obras de una religión pura y santa delante de Dios la visita de los huérfanos y viudas en sus aflicciones, y el cuidado de preservarse de las inmundicias del siglo (s. Thom., 2-2, q. 81, a. 1, ad 1; a. 4, ad 1 et 2). Si escribiésemos un tratado de Teología escolástica, sería este el lugar de colocar cada una de las expresiones de nuestro culto en el lugar especial que le conviene en esta clasificación. Pero, como ya creemos haberlo advertido, además de que semejante labor nos llevaría demasiado lejos, nada nos obliga a emprenderla; porque no es, ni puede ser, nuestra intención el encerrarnos en lo que constituye formalmente la virtud particular de la dulía. Igualmente, no es esto lo que se entiende de ordinario cuando se habla del culto de la Santísima Virgen y de la devoción hacia Ella.
     Hay, sin embargo, que convenir en que durante este estudio no saldremos apenas de este campo. ¿Deséase saber cuan vasto es? Léanse las cuestiones consagradas por el Doctor Angélico a la virtud especial de la religión, es decir, a la virtud que tiene por fin el rendir a Dios el culto reclamado por su cualidad de Creador y por su excelencia increada, fuente de toda excelencia y de todo bien creado. Hallaréis entre los actos interiores o exteriores de la religión: la devoción, la oración, la adoración, el sacrificio, las ofrendas hechas a Dios, sobre todo la de los diezmos, los votos, el juramento, los cantos y las alabanzas, etc. Juzgad por esto todo lo que puede encerrar el culto formal y específico de la Virgen Santísima, independientemente de los actos que concurren a completarlo, sea como necesarias premisas, sea como auxiliares llamados en su ayuda y dirigidos a su fin: al honor, a la alabanza y a la exaltación de esta gloriosa Reina del cielo y de la tierra.
 
     II. Digamos en primer lugar que la maternidad espiritual de la Santísima Virgen le confiere un título muy poderoso a nuestro culto de hiperdulía. ¿Por qué? Por la razón manifiesta de que hay que dar honor, alabanza y reverencia a su principio. Si el niño debe sumisión respetuosa a su padre, el discípulo a su maestro, el subdito a su principe; si es un deber para nosotros el honrar a nuestros superiores eclesiásticos, sean los que fueren, es porque tienen, con relación a nosotros, en un grado más o menos elevado, la dignidad de principio, y sobre esto debe regularse el homenaje que les prestamos. Y nada más justo, porque, participando cada cual en su orden y medida de la excelencia que hace de Dios el sujeto y el término de nuestra adoración, ¿no deben participar, bien que en diversos grados, del culto de ese primer principio, creador y conservador de todo lo que no es Él?
     Ahora bien, si volvemos a María para considerarla como Madre de los hombres, la Madre de todos nosotros, ¿qué vemos en Ella? Una participación, la más elevada en su orden, de la paternidad espiritual de Dios. Nuestro ser divino, esta imagen de la naturaleza por encima de toda naturaleza que resplandece en nuestra alma y nos consagra hijos de Dios, herederos del cielo y coherederos de Jesucristo; todo esto lo tenemos por Ella, después de su Hijo. Nadie, ni por encima ni por debajo de Él, ha concurrido como esta Bienaventurada Madre del Salvador a engendrarnos a la vida de la gracia, y nadie tampoco contribuye como Ella, sea a conservarla, sea a perfeccionarla en nosotros. He aquí, ciertamente, una razón sólida para honrarla menos, sin duda, que a Jesucristo, causa principal de nuestra regeneración, pero incomparablemente más que a todos aquellos a quienes debemos nuestro ser de naturaleza o nuestro perfecionamiento en ese mismo ser.
     Hemos aprendido de los teólogos y de los Padres que la Virgen Santísima, siendo Madre de Dios, posee, por este título, un derecho especial y como una soberanía eminentísima sobre todas las criaturas; de donde resulta esta conclusión: que la soberanía, reclamando una sujeción respetuosa de parte de los inferiores, es derecho de María que se la prestemos y rindamos en la medida misma en que es Señora y Reina nuestra (
Suárez, de Mysteriis vitae Christi, D. XXII, B. 2, 8 Tertia ratio).     Adelantemos un paso más siguiendo a Suárez. Entre los títulos sebre los cuales está fundada la realeza de Nuestro Señor, hay que señalar como uno de los más sólidos su oficio de Redentor. ¿No es justo que reine sobre nosotros quien nos ha sacado de la esclavitud y nos ha rescatado con su sangre? Regnavit a ligno, canta la Iglesia: ha reinado por la Cruz. Es el hermoso pensamiento que expresaba San Agustín cuando predicaba a su pueblo: "Cristo ha conquistado el mundo, no por el hierro, sino por el leño" ("Dormuit orbem non ferro, sed ligno" (Enarrat, in Psalm. XCV, 2 P. L., XXXVII, 1228). "Porque se hizo obediente hasta la muerte, y hasta la muerte de cruz, Dios le exaltó, a fin de que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los infiernos" (Philip., II, 10). ¿Veis la realeza de Cristo nacer de su Pasión, es decir, del acto supremo por el cual nos ha libertado? Por eso Él, que hasta aquel momento rehusaba el título de rey que le ofrecía el entusiasmo de las turbas, ahora no habla sino de realeza. Sus enemigos le acusan de que usurpaba el título de rey; Pilatos le pregunta: ¿Eres Tú Rey? Y Jesús, rompiendo el largo silencio en el cual se había encerrado hasta entonces: ¡Sí!, respondió. Tú lo dices, soy Rey (Joan., XV, 37). Y para que sepa bien el mundo de dónde le viene esta realeza, va a mostrarse en seguida, a vista de todos, revestido de las insignias reales, y estas insignias serán instrumentos de su suplicio. Su realeza será proclamada a la faz del cielo y de la tierra por un escrito auténtico: Jesús Nazarenus Rex; pero es preciso que la inscripción que lo anuncia esté clavada, como Él, en la cruz. Realeza sin igual que hace de todos sus súbditos otros tantos reyes. "Nos has rescatado con tu sangre, y nos has hecho reyes y sacrificadores a nuestro Dios, y reinaremos sobre la tierra", cantan los elegidos en el Apocalipsis (Apoc., V, 9, 10. Léase el primer Sermón de Bossuet sobre la Circuncisión. Todo el punto primero tiene por objeto probar esta proposición: "Digo que el Hijo de Dios es Rey porque es Salvador.").     Adonde nos conduce todo esto sino a proclamar a María nuestra Reina, porque siguió al Salvador hasta el Calvario; porque concurrió libre y voluntariamente a la redención del mundo, ofreciendo por nosotros a su Hijo, y porque se asoció por su compasión a la Pasión de Jesús Crucificado? De Ella puede también decirse con toda verdad: Regnavit a ligno: Ha conquistado su reino por la Cruz; o, si preferíis el recordar la profecía del anciano Simeón, lo ha conquistado por la espada que traspasó su alma en el Calvario. Y ¿qué otra cosa son esos dolores, fundamento y razón de su realeza, sino los títulos mismos de su maternidad espiritual?
     Por consiguiente, y aquí es donde queríamos llegar, María no es sólo Reina y Señora por aquello que la ha constituido Madre de Dios, sino también, y principalmente, por aquello que la ha hecho Madre de los hombres. Y como la realeza, sobre todo la realeza en el orden de la gracia y de la salvación, exige de suyo un culto religioso. María, por su maternidad espiritual, posee un nuevo título a nuestros homenajes, y a nuestros homenajes de hiperdulía; porque la realeza de los otros elegidos de Dios, por muy alto que los haya colocado Jesucristo, no puede entrar en parangón con la suya, no solamente porque María es eminentemente superior en dignidad, sino además, y sobre todo, porque nos toca de más cerca. ¿Cuál, en efecto, de los Santos es rey por haber concurrido, como la Virgen Santísima, a reconquistarnos del poder del demonio, tirano de las almas? Ciertamente que debemos admirar y venerar aquella gloriosa asamblea de reyes prosternados delante de Aquel que vive por los siglos de los siglos, arrojando sus coronas al pie de su trono (
Apoc., IV, 10); pero glorificamos mil veces más a la Reina, sentada a la derecha del Rey común de todos, porque Ella es más grande y más hermosa que todos ellos, y porque Ella es, por un título exclusivamente suyo, nuestra Reina.

     III. Ahora bien, no es sólo un derecho especialísimo a nuestro culto lo que resalta de la maternidad espiritual de María: concurre también naturalmente a revestir este mismo culto de un carácter de amor filial, que no podría tener si honrásemos exclusivamente en Ella la plenitud de gracias y la dignidad de Madre de Dios. Ciertamente que el amor, y un amor muy grande, no puede estar ausente del culto de honor rendido por los hombres a la más santa de las criaturas, a Aquella en quien tomó el Verbo carne humana. Tal cosa equivaldría a decir que la adoración del Padre y del Hijo no es, ante todo, un culto de amor o que se puede venerar, como ellos se merecen, a los amigos, hermanos y coherederos de Cristo sin realzar con el amor los homenajes que les están destinados. Que ofrezcamos a determinada persona que tenga derechos sobre nosotros los testimonios de una respetuosa dependencia, sin mezclar con ella sentimiento alguno de especial afecto, fácil es concebirlo. Quizá no vemos en ella cualidad alguna que la haga digna de ese afecto, ni beneficio alguno que provoque al amor. Pero ¿cómo prosternarse ante la majestad de Dios sin acordarse de que es en Sí mismo la Bondad soberana, una Bondad de donde nos han venido todos los bienes? ¿O cómo amar a Dios sobre todas las cosas, sin amar con el mismo corazón y el mismo amor a sus hijos de adopción, y más que a todos ellos, a su Madre? Sin embargo, y aunque esto sea así, ¿adonde irá este amor a María, y qué nuevo carácter de piedad, de ternura, de confianza y de filial abandono no imprimirá en nuestro culto si, además de contemplar en Ella a la Madre de nuestro Dios, contemplamos y vemos en Ella también a nuestra Madre?
     Cuando se pregunta a los teólogos cuál es la medida de la caridad, responden con el Doctor Angélico: "Depende de dos causas, a saber: de la unión de su objeto con la bondad suprema y de la unión del objeto mismo con aquel que debe amar la caridad" (
2-2, q. 26, a. 11; col. a. 7 et 9). En otros términos: el grado de amor se determina por el objeto y por el sujeto. Por el objeto; de aquí la consecuencia de que los más virtuosos y los más santos deben tener, desde este punto de vista, la primacía en nuestro amor, porque son más semejantes a Dios, Objeto primordial de la caridad. Por el sujeto; de aquí esta otra consecuencia: que cuanto más estrechamente unida nos está una persona, tanto más, por razón de este título, tiene derecho a nuestro amor. Y he aquí por qué, aunque nuestro prójimo sea mejor y esté más cerca de Dios que nosotros mismos, no debemos por eso deducir que debemos amarle más que a nosotros mismos, porque no está tan identificado como nosotros lo estamos con nosotros mismos (ibid., a. 4, ad. 1). De aquí también otra consecuencia más, y es que entre cosas iguales por otro estilo, aquéllas deben inspirarnos más caridad, más amor, a las cuales nos unen más íntima y próximamente los lazos formados por la naturaleza, por las disposiciones de la Providencia o por la gracia. Así, por ejemplo, un hijo preferirá en su amor a su padre y a su madre sobre los parientes más lejanos; un viajero en país extraño, al compatriota que allí encuentra; un miembro de una sociedad religiosa, a los que comparten con él la misma fe, los mismos compromisos y el mismo espíritu.     Las consecuencias de estos principios son de aplicación constante en el orden del culto religioso. Seguramente que el ángel destinado para la guarda personal de cada uno de nosotros no iguala a los serafines, ni por la perfección de la naturaleza, ni por el esplendor de su gloria. Sería una temeridad verdadera el creernos especialmente confiados a uno de los príncipes más elevados de la Corte celestial. Sin embargo, éstos no se asombran de ver que honramos más al ángel de nuestra guarda que a ellos, porque saben que le estamos más íntimamente unidos. Lo que decimos de los ángeles, decimos de los Santos. He aquí por qué Santa Genoveva es honrada más particularmente en París; San Martín, en Tours; San Hilario, en Poitiers. Por una razón análoga celebran los fieles los misterios de la Santa Infancia en Nazareth, y los de Jesús paciente en una cruz en el Calvario. Preguntadnos por qué van les turbas a Lourdes con preferencia a otros cien santuarios, y os señalaremos la misma causa: porque allí es donde la Virgen María se ha unido más a nosotros por su presencia sensible y por sus beneficios.
     ¿Qué conclusión sacaremos de esto respecto al culto de amor que debemos a la Santísima Virgen? El derecho para esta Señora de ocupar, después de Dios, el lugar primero en ese amor; un lugar absolutamente incomunicable a toda otra criatura, porque las dos medidas de la caridad concurren armoniosamente a asegurárselo. Tomad la primera medida y decidme si halláis en el cielo y en la tierra una criatura tan excelente como Ella, participando como Ella de las perfecciones de la Bondad divina; una criatura unida, como Ella, a la fuente de todo amor y de todo bien, la Divinidad. Esto, considerada como Madre de Dios. Miradla ahora en su cualidad de Madre de los hombres, y, tomando la segunda medida, ved si hay en el cielo y en la tierra lazos más fuertes y más poderosos que los que unen a tal Madre con nosotros, sus hijos. Si halláis en el innumerable ejército de los viadores o de los elegidos una sola criatura a quien debáis tanto como a María, os permitimos ponerla antes que Ella en vuestro culto de amor. Pero si todas juntas no son para vosotros lo que es esta amabilísima Señora, deducid de esto que por todos los estilos merece Ella y reclama con mejor derecho, después de Dios, el amor, este homenaje de vuestro corazón.
     Otra conclusión, deducida de los mismos principios y que ya hemos tocado, exige ahora especialísima atención. Sin duda que la Virgen Santísima es, en verdadero sentido, la Reina y la Madre de los espíritus angélicos. Sin embargo, no es para ellos Reina y Madre como con nosotros porque no ha tenido en su santificación la parte que ha tenido en nuestra salud. Por consiguiente, mirando la segunda medida, no están obligados a honrarla y amarla como nosotros. Que los Querubines y Serafines nos venzan en amor y veneración cuando la contemplan como la Madre de Dios, toda inundada de los esplendores de gracia y gloria, no lo contradiremos, y nuestra felicidad más grande será el vernos siempre sobrepujados por ellos y por otros mil en la glorificación de nuestra Madre, siendo así que esta inferioridad no provenga ni de nuestra ingratitud, ni de nuestra negligencia. Pero, lo repetimos, el amor nuestro debe tener un no sé qué de tierno, de confiado, de filial y hasta de familiar, que no conviene al amor de los Angeles; esto porque es Madre nuestra, como no es de ellos, y que somos nosotros sus hijos de un modo que ellos no pueden preciarse de serlo.
     Añadamos, brevemente, la última consideración que confirmará lo que acabamos de decir. Judith, aquella mujer heroica que salvó al pueblo de Israel con peligro de su vida, no podía ser conocida sin excitar la admiración de los pueblos. Sin embargo, solamente a los judíos les pertenecía el salir a su encuentro y cantarle a voces: "Tú eres la gloria de Jerusalén; tú, la alegría de Israel; tú, el honor de nuestro pueblo" (
Judith, XV. 10). Y ¿para qué hablar de Judith cuando nosotros, los franceses, tenemos un ejemplo que nos toca tan de cerca? Juana de Arco es hoy alabada en el mundo entero; pero nuestro deber es rendirle una gloria especial, porque quiso Dios unirla a nosotros con los lazos más estrechos, sea haciéndola nacer de nuestra sangre, sea, principalmente, salvando por ella nuestra patria. Por consiguiente, y es la conclusión que se impone, el culto de amor que debemos a nuestra Madre del cielo es verdaderamente un culto de hiperdulia; porque no hay nadie, entre la inmensa muchedumbre de los elegidos, que esté tan cerca de Dios; nadie tampoco que nos esté unido por lazos tan fuertes y tan sagrados.

     IV. Por todas estas razones, el amor, sobre todo, constituye, por decirlo así, el fondo y el cimiento de todos los homenajes que los más abnegados siervos de la Virgen María prodigan y rinden a esta dulcísima Madre. San Alfonso Ligorio, cuya tierna devoción hacia Ella nadie ignora, no se cansaba de repetirle su amor, como lo prueba su hermosa obra de las Glorias de María. Amarla era también el constante pensamiento del santo joven Juan Berchmans: "Quiero amar a María, quiero amar a María", se repetía a sí mismo con frecuencia. Y ¿qué diremos de aquel otro santo, no menos admirable que él por su inocencia y por su devoción hacia la amabilísima Madre de Dios? Estanislao de Kostka tenía por Ella un afecto tan vivo y tan tierno que bastaba oírle hablar de María para inflamarse en un amor semejante al suyo. Cuéntase, en su vida, que interrogado una vez si amaba mucho a María, contestó: "Es mi madre. ¿Qué más puedo decir?" "Y esto lo dijo —añade su interlocutor— con un corazón tan penetrado, una voz tan conmovida y un aire tan cariñoso, que hubiérasele creído un ángel hablando del amor de su Reina." No menos ardiente en amor fue San Luis Gonzaga, hermano de Religión de estos santitos. Al solo nombre de María sentía su corazón tan abrasado que la llama interior que lo consumía se reflejaba en sus facciones y asombraba a los que le veían. A estos ejemplos añade San Alfonso otros muchos. Nos muestra el bienaventurado Hermán Jéseph llamando a María su esposa de Amor; a San Felipe Neri, llamándola sus delicias; a otro Santo, que es, según cree, San Buenaventura, protestando que Ella es, no sólo su Dama y su Madre, sino también su alma y su corazón (Stimul, divini amoris, p. VIII, c. 16, inter); a San Bernardino de Sena, dándole el dulce nombre de Amante; a San Bernardo, o mejor dicho, un piadoso autor oculto bajo el nombre de Doctor Melifluo, diciéndole que era una Robadora de corazones ("Captrix cordium, nonne rapiusti cor meum?" (Meditat. in Salve Regina).
     No temamos citar algunos otros rasgos en donde se revela el inmenso amor que ardía en el corazón de los Santos hacia la Madre de los hombres. Vemos a San Francisco Solano, transportado de una santa y amorosa locura, cantar ante una imagen de María, acompañándose con un instrumento músico, queriendo, según decía, a imitación de los amantes profanos, dar una serenata a la Reina de su corazón. Carlos, hijo de Santa Brígida, protestaba que su mayor gozo era saber cuánto amaba Dios a María, y que estaba dispuesto a sufrir todo dolor, y hasta renunciar a la gloria del Paraíso, si fuera suya, para que esta Señora fuese siempre soberanamente gloriosa y extremadamente amada. Vemos al tierno niño que más tarde será San Alfonso Rodríguez llegando hasta decir a María, en un arrebato de su amor filial, confiado y sencillo: "Amabilísima Madre mía, sé que mucho me amas; pero no me amas tanto como yo a Ti" (
Sabida es la respuesta de María; parece que como embelesada y al mismo tiempo herida en su amor, respondió al niño, por boca de la imagen ante la cual estaba postrado: "¿Qué dices, Alfonso mío, qué dices? No sabes cuánto supera mi amor al tuyo. ¡Menos distancia hay del cielo a la tierra que de mi amor al tuyo!").
     ¿Hablaremos también de aquellos que, como Santa Radegunda, no vacilaron, entre los transportes de su amor, en grabar con un punzón de hierro el nombre amable de María sobre sus pechos, o en imprimirlo en ellos con hierro candente, a fin de que les quedase más sellado y más imborrable? Recordemos, en fin, deseos tan ardientes como éste: "Quisiera tener todos los corazones de los ángeles y de los Santos para amar a María como ellos la aman; quisiera tener las vidas de todos los hombres para consagrarlas todas a su amor" (
San Alfonso, Glorias de María, p. 1, c. 1, § 3, pp. 50 y sig.).
     Todo esto demuestra que, en el culto de María, el amor sobrepuja a todos los otros sentimientos. Por lo demás, no es preciso recurrir al testimonio de los Santos para convencernos de ello, como tampoco habría que recurrir a ninguna autoridad para probar que el principal deber de un hijo es amar a su madre. En efecto, y ya lo hemos notado, hay en el corazón de los cristianos no sé qué instinto, impreso por la gracia del Bautismo, que los lleva amorosamente hacia Ella. El niño que ha recibido el Bautismo no necesita más que oír hablar de María y verla representada en sus imágenes para tenderle los brazos, como hace con su madre. La ama sin esfuerzo alguno, en cuanto sabe que es Madre de Jesús y Madre suya. Razón teníamos, pues, para decirlo: la maternidad espiritual de la Virgen Santísima introduce, o al menos afirma maravillosamente en su culto, el carácter del amor, principal elemento del culto religioso, sobre todo en la Nueva Alianza. Hemos dicho principal elemento del culto religioso. Sin duda que, apurando las expresiones, como se hace cuando se quiere tratar científicamente de las virtudes infusas, el amor no es el acto formal del culto, sea de latría o de dulía. Pero es el alma y el complemento. Y, notémoslo bien, este amor de la Madre de Dios que tienen sus hijos no quita nada a la veneración debida por su altísima dignidad, como la veneración no sirve de estorbo alguno al amor. Debe responder en todas sus partes a las cualidades de Aquella que es su objeto. Y así, está formado a la vez de respeto y de ternura; si se abaja ante tanta grandeza, aun más goza y se regocija; si admira su poder sobre todo poder, más crece y se dilata su confianza, puesto que sabe muy bien que tal poder es el de su Madre.
     El amor lleva a la imitación. Es uno de los caracteres sobre los cuales han insistido siempre los Santos cuando hablan de la devoción que debemos tener a María. Nos la muestran como un ejemplar perfecto. Perfecto, porque no hay virtud alguna de la cual no ofrezca en Sí mismo el más acabado modelo. Perfecto, porque puede procurarnos sobreabundantemente los auxilios necesarios para copiarlo en nosotros. Perfecto, sobre todo, porque sus amabilidades inefables, provocándonos a amarlo, son por eso mismo un estimulante eficacísimo para imitarlo.

     V. No quisiéramos dejar este asunto sin hablar de algunas manifestaciones de amor hacia la Virgen Santísima citadas y hasta aconsejadas por algunos autores devotos, y criticadas apasionadamente por los escritores protestantes y jansenistas. Tales son, primero, ciertas fórmulas extraordinarias; tales, igualmente, sencillas prácticas en que la devoción de los hijos de María a veces se ha desahogado.
     Comencemos por las fórmulas. Las tomo de los Dípticos de María, del P. Teófilo Raynaud. He aquí las principales: "Quisiera ser dueño del mundo para ceder el imperio de él a María, Madre de Dios"; deseo doblemente absurdo —dicen—, pues es igualmente imposible a la criatura el poseer y el dar el imperio del mundo. "Quisiera ceder a María el lugar que me está destinado en el reino de los cielos si no encontrase mi Señora lugar en él"; deseo quimérico, además de las dos razones antecedentes, porque nadie puede ceder su parte de bienaventuranza, y porque la de la Virgen Santísima es más excelente y más segura que todas. "Si yo fuese la Madre de Dios, y Ella fuese lo que yo soy, gustoso me desasiría de esta dignidad de Madre para dársela a Ella"; puerilidad y no más, puesto que se apoya en hipótesis sin fundamento y hasta contrarias a la naturaleza misma de las cosas. "Mejor quiero el infierno que ver a María despojada de su divina maternidad"; como si se pudiera desear el infierno, o como si la aceptación de semejante suplicio pudiera ser jamás un medio para conservar a la Virgen su maternidad divina. "¡Oh, Cristo! ¡Oh, Dios mío! Te amo por el amor de tu Madre"; lo que pugna contra la naturaleza misma de la caridad, que nos hace amar, no a Dios por la criatura, sino a la criatura por Dios.
     ¿Qué juzgar de estas fórmulas y de las críticas de que han sido objeto? En cuanto a las fórmulas, el P. Teófilo Raynaud se queja con mucha viveza de que hayan sido publicadas en su tiempo, con otras del mismo género, en un libro que, pregonado por las trompetas de la fama, se multiplicó rápidamente en numerosas ediciones (
La obra se publicó —dice él— bajo el nombre de Pablo de Santa María. ¿Era tal vez el libro del P. Pablo de Barry titulado: Le Paradis ouvert á Philagie par cent dévotio a la Mere de Dieu? Posible es sospecharlo, porque se encuentran en él algunas de esas fórmulas); y en sus escritos es donde hemos hallado la mayor parte de las críticas que hemos puesto a continuación de dichas fórmulas. Sin embargo, aunque esta censura es, según nos parece, harto mordaz, conforme al genio del autor, y a veces hasta exagerada, no prueba, en modo alguno, sentimientos de indiferencia hacia la Madre de Dios en el P. Teófilo, pues, como lo dijimos en otra ocasión, pocos autores han trabajado más que él por la exaltación de los privilegios de Nuestra Señora.
     Por otra parte, él mismo hace una distinción muy importante, y que no se debe olvidar nunca cuando se quiere juzgar rectamente semejantes expresiones. Si los tomáis como simples efusiones de su corazón todo abrasado en amor de María, confiesa el Padre que son tolerables y que pueden agradar a la Madre de Dios. Lo que él no aprueba es que se enuncien fríamente y que se propongan como actos con los cuales debemos esforzarnos en agradar a la Reina del Cielo, con detrimento, quizá, de otros actos que le procurarían una alabanza más sólida y verdadera.
     No será inútil citar a este propósito una nota de Fenelón, consignada por el Cardenal de Bausset en su Historia del ilustre Arzobispo de Cambrai: "Hay diferencias de estilo que convienen a las diferentes materias y personas. Hay un estilo de corazón, y un estilo de entendimiento; un lenguaje de sentimiento y otro de razón. Lo que es a veces belleza en el uno es imperfección en el otro. La Iglesia, con una altísima sabiduría, permite a uno de sus hijos sencillos, y exige otro de sus Doctores. Puede, por consiguiente, según las diferentes circunstancias, sin condenar la doctrina de los Santos, rechazar algunas expresiones defectuosas de ellos, de las que se abusa" (
1. III, 8 129). Es casi, aunque en otros términos, la distinción ya señalada por el P. Teófilo Raynaud. Si habláis el lenguaje del corazón, estaréis generalmente en desacuerdo con el de la fría razón porque el primero es la expresión de los afectos del alma y el segundo de las ideas. Un amor que pesase cada una de sus expresiones con el peso y fiel de la lógica y no dijese jamás algo extravagante en sus desahogos sería ordinariamente un amor muy débil (Santo Tomás de Villanueva, 1 parte, t. I, p. 282).
     Esto es lo que Newman ha hecho notar, harto sabiamente, respondiendo a otras críticas mucho más injustas que las del P. Raynaud: "En cuanto a mí —dice en substancia—, si he de hablar francamente, haría muy poco caso de una ternura que estuviese siempre preocupada de medir las palabras, y que no se permitiese jamás, en sus expresiones, alguna de esas mil locuras con las que el corazón gusta desahogarse. Pero esto mismo, para no ser chocante ni ridículo, no puede decirse fríamente ante los indiferentes y extraños. Hay suspiros ardientes de un alma a quien el amor de Dios pone fuera de sí, que si se colocan en un libro en forma de meditaciones o ejercicios pierden toda explicación y no resultan ya más que exageraciones vanas y desagradables".
     Dicho esto, no tenemos necesidad de recurrir a otras explicaciones para justificar expresiones como aquellas que hemos citado cuando las hallamos en labios de los hijos de María hablando con su Madre.
     Por lo demás, todo no es tan extraño, aun desde el punto de vista de la razón, entre las fórmulas tan vivamente criticadas. Tomemos la última, por ejemplo; es decir, la que alaba tan especialmente el P. Pablo de Barry en su Paraíso abierto a Filagia (
Devoción VIII. Amar tierna y ardientemente al Hijo de Dios, Salvador nuestro, por el amor de su Santísima Madre, a imitación de Santa Brígida). Sin duda, no se puede subordinar el amor del Hijo al de la Madre; esto sería contra la naturaleza de la caridad. Pero la fórmula, bien comprendida, no supone una cosa así. De igual modo que podemos, sin trastornar el orden, excitarnos al amor de Dios por el agradecimiento a sus beneficios, por el temor de los castigos que esperan a los que no lo han amado, por la esperanza de la beatitud con que recompensará nuestro amor, así también lo podemos hacer considerando a la Madre de Dios. Unos son los estímulos que me llevan al amor de Dios; otros, los motivos y la medida de ese amor. Cuando amamos a Dios porque deseamos ser algún día del número de los elegidos, queremos amarle por Él mismo y por cima de todo otro bien, porque esto sólo puede ponernos en posesión de Dios. Así, el amor de María nos incita a que amemos a su Hijo más que a Ella misma, más que a toda otra criatura; porque con esta medida es amado de Ella y debemos amarle nosotros, si queremos responder a los deseos maternales de su corazón.
     Añadiremos que para escandalizarse de esas piadosas extravagancias sería preciso no haber leído jamás las vidas de los Santos. Sin hablar de San Pablo, que deseaba ser anatema por los israelitas, sus hermanos (
Rom.. IX, 3), ved a San Francisco de Asís, embriagado en amor de su Dios, correr y cantar por los campos, y predicar seriamente a los pájaros y a los peces; ved a un San Pablo de la Cruz, fuera de sí mismo, gritando a los árboles y a las campiñas que alabasen y diesen gloria a Dios, a la Bondad suprema; ¿no parece todo esto una locura? ¡Sí!; pero es la locura del amor, una locura que Dios justificaba con sus gracias y con sus milagros.
     Resulta interesante el apuntar que la cuarta fórmula de las recriminadas se encuentra más extensa en las Revelaciones de Santa Brígida (1. VII, c. 13). La misma Virgen Santísima la señala a Santa Brígida como uno de los actos por los cuales habría merecido su hijo Carlos la especial protección de la Reina del Cielo, en los combates que tuvo que sostener a la hora de su muerte. "Mientras que esta alma estaba en el cuerpo, túvome tan grande amor, que pensaba frecuentemente dentro de sí misma, cómo la bondad de Dios me había hecho Madre suya, y me había exaltado sobre toda criatura. Por eso se decía a sí misma, penetrada de un amoroso reconocimiento hacia el Señor: Es tan grande mi gozo de ver a Dios Nuestro Señor amar sobre todas las cosas a la Virgen María, su Madre, que no lo quisiera cambiar por placer alguno de la tierra. Más todavía: si fuera posible que decayese Ella, aun por un solo instante, de la dignidad que posee cerca de Dios, estaría yo dispuesto a sufrir eternamente los tormentos del infierno, para evitarle esa desgracia. Gracias infinitas, gloría eterna sean dadas a Dios, por la bendición de gracias y la inmensidad de gloria de que ha colmado a su Madre Santísima." Lo que en eeta ofrenda se descubre es el rebocar de un corazón que superabunda en amor a María. ¿Hay que asombrarse de que esta Señora le asistiese especialmente en los últimos combates de la vida, para recompensarle?
     Por otra parte, el hijo siguió en esto el ejemplo de la madre, como puede verse en los sentimientos que Brígida expresaba a la Virgen Santísima: "Bendita seas, Santa Madre de Dios, y bendito Dios, Jesús, tu Hijo, por el gozo que experimento ni pensar en que eres su Madre. Dios sabe muy bien que María, la hija de Joaquín, me es mucho más querida que los hijos de Brígida y de Ulfo. En verdad que preferiría la nada para Brígida, la hija de Binger, a la privación de la existencia para María, la hija de Joaquín. Y antes que no ver a María, hija de Joaquín, en las alturas de los cielos, escogería el infierno para Brígida." A lo que respondió la Virgen Bendita: "Hijo mía, ten la seguridad que María, hija de Joaquín, te será más provechosa de lo que tú, hija de Binger, eres para ti misma. Porque esta misma hija de Joaquín, que es la Madre de Dios, quiere ser madre de los hijos de Ulfo y de Brígida" (Revelat. S. Birgittae, Revelat. extravagante c. 63, t. II, p. 450).
     La última palabra sobre las sencillas prácticas con las cuales los hijos de María atestiguan y alimentan su devoción hacia esta amabilísima Señora. El Paraíso abierto a Filagia, de que hablamos arriba, trae un centenar de ellas, tomadas todas, ya de Santos canonizados por la Iglesia, ya de personajes devotos y recomendables por su amor hacia la Reina del Cielo. El sencillo encanto y la tierna piedad que respiran la mayoría de esas prácticas no las ha librado ni del rigorismo de los partidarios de Jansenio (Pascal en sus Provinciales (9e lettre) se ríe de ellas, como si el P. Pablo de Barry pretendiese que bastaba el practicar alguna, por pequeña que fuese, para ser amado de la Virgen y alcanzar por ella la Virgen y alcanzar por ella la salvación ) ni de la despectiva suficiencia del protestantismo. Y, sin embargo, nada más sencillo, ni más eficaz, ni más natural que esas pequeñas prácticas de devoción hacia la Madre de Dios, cuando se tiene la dicha de amarla. Hemos dicho nada más sencillo y natural. Si amamos a María, si la reconocemos por Madre nuestra, ¿qué mejor cosa podemos hacer que saludarla con frecuencia, tenerla en la memoria, visitarla en sus santuarios predilectos, llevar su rosario, sus medallas e imágenes; regocijarnos de sus privilegios, y gustar de encomiar sus virtudes y grandezas, etc., etc.? ¿No se deben conducir así con la mejor de las Madres los hijos bien nacidos? Nada más eficaz; porque, bien miradas las cosas, estas prácticas, sobriamente empleadas, nos conducen todas a lo que es para nosotros de soberana importancia: a hacer que desciendan sobre nosotros los dones del Hijo por la intercesión de la Madre; a reproducir las virtudes de este perfecto modelo; a despegar los corazones de los bienes perecederos; a vivir, en fin, con una vida digna de la filiación de que son ellas el reconocimiento y la salvaguardia.
J. B. Terrrien S.I.
LA MADRE DE DIOS Y LA MADRE DE LOS HOMBRES