viernes, 1 de noviembre de 2013

LO QUE RECLAMA LA MADRE DE GRACIA

     Del lugar que ocupa la maternidad espiritual en el culto de la Santísima Virgen.—De cómo concurre a darle su cualidad de hiperdulía, pero sobre todo a hacer de ese culto el culto de más filial amor.—Explicación y justificación de ciertas fórmulas y de ciertas prácticas en que se ha manifestado más especialmente este último carácter.

     I. Parécenos que al llegar aquí algunos de nuestros lectores nos están diciendo: "Nos habéis hablado de la maternidad divina como del motivo principal, y, en cierto modo, como del único motivo que nos obliga a honrar a la Virgen María; porque la maternidad no es sólo por sí misma la más excelente de las dignidades que pueden concebirse en pura criatura: encierra también con eminencia y virtualmente la plenitud de gracia y la sobreabundancia de gloria que reclaman nuestros homenajes, siendo así que es como la raíz y el centro de ellas. Pero ¿olvidáis la maternidad espiritual, o bien la tenéis por cosa indiferente al culto de María?"
     ¡No quiera Dios que merezcamos semejante reprensión! Para sincerarnos, podíamos aplicar a la maternidad de gracia lo que hemos dicho de la plenitud de gracia. Glorificar a la Madre de Dios es honrar, no sólo a la Santa y Bienaventurada por excelencia, sino también a la Madre de los hombres; porque la maternidad espiritual no solamente es inseparable de la maternidad divina, sino que brota de ella también como de su primer origen. Por consiguiente, bien consideradas las cosas, el culto que rendimos a la Virgen porque es Madre de Dios se lo rendimos también implícitamente porque es Madre de los hombres, nuestra Madre según el espíritu.
     Pero no deben detenerse aquí nuestras explicaciones. La maternidad espiritual influye de una manera más explícita y más directa en el culto que debemos a la divina María; y esto es lo que nos proponemos demostrar en el presente capítulo. A fin de hacer más claro e inteligible este punto de doctrina, importa indicar en dos palabras cuáles son los actos que constituyen más o menos próximamente el culto religioso de que aquí se trata. Santo Tomás, a quien hay que acudir siempre en estas materias, distingue tres clases de actos. Primero, los actos que constituyen formalmente el culto en sí mismo; aquellos, por consiguiente, a los cuales, por su naturaleza específica, pertenece inmediata y primeramente revelar el objeto de nuestro culto humillándonos delante de él. Por ejemplo: si se trata de Dios, la adoración, el sacrificio y los actos semejantes. Pero, además de estas manifestaciones, ya interiores, ya exteriores, de nuestro culto, operaciones que tienen por principio elicitivo la virtud especial de la religión, se dan los actos de virtud que presuponen esas manifestaciones, esto es, la fe, la esperanza y la caridad; se dan los actos que ellas ordenan a su propio fin, y en este sentido, Santiago (
I, 27) ha contado entre las obras de una religión pura y santa delante de Dios la visita de los huérfanos y viudas en sus aflicciones, y el cuidado de preservarse de las inmundicias del siglo (s. Thom., 2-2, q. 81, a. 1, ad 1; a. 4, ad 1 et 2). Si escribiésemos un tratado de Teología escolástica, sería este el lugar de colocar cada una de las expresiones de nuestro culto en el lugar especial que le conviene en esta clasificación. Pero, como ya creemos haberlo advertido, además de que semejante labor nos llevaría demasiado lejos, nada nos obliga a emprenderla; porque no es, ni puede ser, nuestra intención el encerrarnos en lo que constituye formalmente la virtud particular de la dulía. Igualmente, no es esto lo que se entiende de ordinario cuando se habla del culto de la Santísima Virgen y de la devoción hacia Ella.
     Hay, sin embargo, que convenir en que durante este estudio no saldremos apenas de este campo. ¿Deséase saber cuan vasto es? Léanse las cuestiones consagradas por el Doctor Angélico a la virtud especial de la religión, es decir, a la virtud que tiene por fin el rendir a Dios el culto reclamado por su cualidad de Creador y por su excelencia increada, fuente de toda excelencia y de todo bien creado. Hallaréis entre los actos interiores o exteriores de la religión: la devoción, la oración, la adoración, el sacrificio, las ofrendas hechas a Dios, sobre todo la de los diezmos, los votos, el juramento, los cantos y las alabanzas, etc. Juzgad por esto todo lo que puede encerrar el culto formal y específico de la Virgen Santísima, independientemente de los actos que concurren a completarlo, sea como necesarias premisas, sea como auxiliares llamados en su ayuda y dirigidos a su fin: al honor, a la alabanza y a la exaltación de esta gloriosa Reina del cielo y de la tierra.
 
     II. Digamos en primer lugar que la maternidad espiritual de la Santísima Virgen le confiere un título muy poderoso a nuestro culto de hiperdulía. ¿Por qué? Por la razón manifiesta de que hay que dar honor, alabanza y reverencia a su principio. Si el niño debe sumisión respetuosa a su padre, el discípulo a su maestro, el subdito a su principe; si es un deber para nosotros el honrar a nuestros superiores eclesiásticos, sean los que fueren, es porque tienen, con relación a nosotros, en un grado más o menos elevado, la dignidad de principio, y sobre esto debe regularse el homenaje que les prestamos. Y nada más justo, porque, participando cada cual en su orden y medida de la excelencia que hace de Dios el sujeto y el término de nuestra adoración, ¿no deben participar, bien que en diversos grados, del culto de ese primer principio, creador y conservador de todo lo que no es Él?
     Ahora bien, si volvemos a María para considerarla como Madre de los hombres, la Madre de todos nosotros, ¿qué vemos en Ella? Una participación, la más elevada en su orden, de la paternidad espiritual de Dios. Nuestro ser divino, esta imagen de la naturaleza por encima de toda naturaleza que resplandece en nuestra alma y nos consagra hijos de Dios, herederos del cielo y coherederos de Jesucristo; todo esto lo tenemos por Ella, después de su Hijo. Nadie, ni por encima ni por debajo de Él, ha concurrido como esta Bienaventurada Madre del Salvador a engendrarnos a la vida de la gracia, y nadie tampoco contribuye como Ella, sea a conservarla, sea a perfeccionarla en nosotros. He aquí, ciertamente, una razón sólida para honrarla menos, sin duda, que a Jesucristo, causa principal de nuestra regeneración, pero incomparablemente más que a todos aquellos a quienes debemos nuestro ser de naturaleza o nuestro perfecionamiento en ese mismo ser.
     Hemos aprendido de los teólogos y de los Padres que la Virgen Santísima, siendo Madre de Dios, posee, por este título, un derecho especial y como una soberanía eminentísima sobre todas las criaturas; de donde resulta esta conclusión: que la soberanía, reclamando una sujeción respetuosa de parte de los inferiores, es derecho de María que se la prestemos y rindamos en la medida misma en que es Señora y Reina nuestra (
Suárez, de Mysteriis vitae Christi, D. XXII, B. 2, 8 Tertia ratio).     Adelantemos un paso más siguiendo a Suárez. Entre los títulos sebre los cuales está fundada la realeza de Nuestro Señor, hay que señalar como uno de los más sólidos su oficio de Redentor. ¿No es justo que reine sobre nosotros quien nos ha sacado de la esclavitud y nos ha rescatado con su sangre? Regnavit a ligno, canta la Iglesia: ha reinado por la Cruz. Es el hermoso pensamiento que expresaba San Agustín cuando predicaba a su pueblo: "Cristo ha conquistado el mundo, no por el hierro, sino por el leño" ("Dormuit orbem non ferro, sed ligno" (Enarrat, in Psalm. XCV, 2 P. L., XXXVII, 1228). "Porque se hizo obediente hasta la muerte, y hasta la muerte de cruz, Dios le exaltó, a fin de que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los infiernos" (Philip., II, 10). ¿Veis la realeza de Cristo nacer de su Pasión, es decir, del acto supremo por el cual nos ha libertado? Por eso Él, que hasta aquel momento rehusaba el título de rey que le ofrecía el entusiasmo de las turbas, ahora no habla sino de realeza. Sus enemigos le acusan de que usurpaba el título de rey; Pilatos le pregunta: ¿Eres Tú Rey? Y Jesús, rompiendo el largo silencio en el cual se había encerrado hasta entonces: ¡Sí!, respondió. Tú lo dices, soy Rey (Joan., XV, 37). Y para que sepa bien el mundo de dónde le viene esta realeza, va a mostrarse en seguida, a vista de todos, revestido de las insignias reales, y estas insignias serán instrumentos de su suplicio. Su realeza será proclamada a la faz del cielo y de la tierra por un escrito auténtico: Jesús Nazarenus Rex; pero es preciso que la inscripción que lo anuncia esté clavada, como Él, en la cruz. Realeza sin igual que hace de todos sus súbditos otros tantos reyes. "Nos has rescatado con tu sangre, y nos has hecho reyes y sacrificadores a nuestro Dios, y reinaremos sobre la tierra", cantan los elegidos en el Apocalipsis (Apoc., V, 9, 10. Léase el primer Sermón de Bossuet sobre la Circuncisión. Todo el punto primero tiene por objeto probar esta proposición: "Digo que el Hijo de Dios es Rey porque es Salvador.").     Adonde nos conduce todo esto sino a proclamar a María nuestra Reina, porque siguió al Salvador hasta el Calvario; porque concurrió libre y voluntariamente a la redención del mundo, ofreciendo por nosotros a su Hijo, y porque se asoció por su compasión a la Pasión de Jesús Crucificado? De Ella puede también decirse con toda verdad: Regnavit a ligno: Ha conquistado su reino por la Cruz; o, si preferíis el recordar la profecía del anciano Simeón, lo ha conquistado por la espada que traspasó su alma en el Calvario. Y ¿qué otra cosa son esos dolores, fundamento y razón de su realeza, sino los títulos mismos de su maternidad espiritual?
     Por consiguiente, y aquí es donde queríamos llegar, María no es sólo Reina y Señora por aquello que la ha constituido Madre de Dios, sino también, y principalmente, por aquello que la ha hecho Madre de los hombres. Y como la realeza, sobre todo la realeza en el orden de la gracia y de la salvación, exige de suyo un culto religioso. María, por su maternidad espiritual, posee un nuevo título a nuestros homenajes, y a nuestros homenajes de hiperdulía; porque la realeza de los otros elegidos de Dios, por muy alto que los haya colocado Jesucristo, no puede entrar en parangón con la suya, no solamente porque María es eminentemente superior en dignidad, sino además, y sobre todo, porque nos toca de más cerca. ¿Cuál, en efecto, de los Santos es rey por haber concurrido, como la Virgen Santísima, a reconquistarnos del poder del demonio, tirano de las almas? Ciertamente que debemos admirar y venerar aquella gloriosa asamblea de reyes prosternados delante de Aquel que vive por los siglos de los siglos, arrojando sus coronas al pie de su trono (
Apoc., IV, 10); pero glorificamos mil veces más a la Reina, sentada a la derecha del Rey común de todos, porque Ella es más grande y más hermosa que todos ellos, y porque Ella es, por un título exclusivamente suyo, nuestra Reina.

     III. Ahora bien, no es sólo un derecho especialísimo a nuestro culto lo que resalta de la maternidad espiritual de María: concurre también naturalmente a revestir este mismo culto de un carácter de amor filial, que no podría tener si honrásemos exclusivamente en Ella la plenitud de gracias y la dignidad de Madre de Dios. Ciertamente que el amor, y un amor muy grande, no puede estar ausente del culto de honor rendido por los hombres a la más santa de las criaturas, a Aquella en quien tomó el Verbo carne humana. Tal cosa equivaldría a decir que la adoración del Padre y del Hijo no es, ante todo, un culto de amor o que se puede venerar, como ellos se merecen, a los amigos, hermanos y coherederos de Cristo sin realzar con el amor los homenajes que les están destinados. Que ofrezcamos a determinada persona que tenga derechos sobre nosotros los testimonios de una respetuosa dependencia, sin mezclar con ella sentimiento alguno de especial afecto, fácil es concebirlo. Quizá no vemos en ella cualidad alguna que la haga digna de ese afecto, ni beneficio alguno que provoque al amor. Pero ¿cómo prosternarse ante la majestad de Dios sin acordarse de que es en Sí mismo la Bondad soberana, una Bondad de donde nos han venido todos los bienes? ¿O cómo amar a Dios sobre todas las cosas, sin amar con el mismo corazón y el mismo amor a sus hijos de adopción, y más que a todos ellos, a su Madre? Sin embargo, y aunque esto sea así, ¿adonde irá este amor a María, y qué nuevo carácter de piedad, de ternura, de confianza y de filial abandono no imprimirá en nuestro culto si, además de contemplar en Ella a la Madre de nuestro Dios, contemplamos y vemos en Ella también a nuestra Madre?
     Cuando se pregunta a los teólogos cuál es la medida de la caridad, responden con el Doctor Angélico: "Depende de dos causas, a saber: de la unión de su objeto con la bondad suprema y de la unión del objeto mismo con aquel que debe amar la caridad" (
2-2, q. 26, a. 11; col. a. 7 et 9). En otros términos: el grado de amor se determina por el objeto y por el sujeto. Por el objeto; de aquí la consecuencia de que los más virtuosos y los más santos deben tener, desde este punto de vista, la primacía en nuestro amor, porque son más semejantes a Dios, Objeto primordial de la caridad. Por el sujeto; de aquí esta otra consecuencia: que cuanto más estrechamente unida nos está una persona, tanto más, por razón de este título, tiene derecho a nuestro amor. Y he aquí por qué, aunque nuestro prójimo sea mejor y esté más cerca de Dios que nosotros mismos, no debemos por eso deducir que debemos amarle más que a nosotros mismos, porque no está tan identificado como nosotros lo estamos con nosotros mismos (ibid., a. 4, ad. 1). De aquí también otra consecuencia más, y es que entre cosas iguales por otro estilo, aquéllas deben inspirarnos más caridad, más amor, a las cuales nos unen más íntima y próximamente los lazos formados por la naturaleza, por las disposiciones de la Providencia o por la gracia. Así, por ejemplo, un hijo preferirá en su amor a su padre y a su madre sobre los parientes más lejanos; un viajero en país extraño, al compatriota que allí encuentra; un miembro de una sociedad religiosa, a los que comparten con él la misma fe, los mismos compromisos y el mismo espíritu.     Las consecuencias de estos principios son de aplicación constante en el orden del culto religioso. Seguramente que el ángel destinado para la guarda personal de cada uno de nosotros no iguala a los serafines, ni por la perfección de la naturaleza, ni por el esplendor de su gloria. Sería una temeridad verdadera el creernos especialmente confiados a uno de los príncipes más elevados de la Corte celestial. Sin embargo, éstos no se asombran de ver que honramos más al ángel de nuestra guarda que a ellos, porque saben que le estamos más íntimamente unidos. Lo que decimos de los ángeles, decimos de los Santos. He aquí por qué Santa Genoveva es honrada más particularmente en París; San Martín, en Tours; San Hilario, en Poitiers. Por una razón análoga celebran los fieles los misterios de la Santa Infancia en Nazareth, y los de Jesús paciente en una cruz en el Calvario. Preguntadnos por qué van les turbas a Lourdes con preferencia a otros cien santuarios, y os señalaremos la misma causa: porque allí es donde la Virgen María se ha unido más a nosotros por su presencia sensible y por sus beneficios.
     ¿Qué conclusión sacaremos de esto respecto al culto de amor que debemos a la Santísima Virgen? El derecho para esta Señora de ocupar, después de Dios, el lugar primero en ese amor; un lugar absolutamente incomunicable a toda otra criatura, porque las dos medidas de la caridad concurren armoniosamente a asegurárselo. Tomad la primera medida y decidme si halláis en el cielo y en la tierra una criatura tan excelente como Ella, participando como Ella de las perfecciones de la Bondad divina; una criatura unida, como Ella, a la fuente de todo amor y de todo bien, la Divinidad. Esto, considerada como Madre de Dios. Miradla ahora en su cualidad de Madre de los hombres, y, tomando la segunda medida, ved si hay en el cielo y en la tierra lazos más fuertes y más poderosos que los que unen a tal Madre con nosotros, sus hijos. Si halláis en el innumerable ejército de los viadores o de los elegidos una sola criatura a quien debáis tanto como a María, os permitimos ponerla antes que Ella en vuestro culto de amor. Pero si todas juntas no son para vosotros lo que es esta amabilísima Señora, deducid de esto que por todos los estilos merece Ella y reclama con mejor derecho, después de Dios, el amor, este homenaje de vuestro corazón.
     Otra conclusión, deducida de los mismos principios y que ya hemos tocado, exige ahora especialísima atención. Sin duda que la Virgen Santísima es, en verdadero sentido, la Reina y la Madre de los espíritus angélicos. Sin embargo, no es para ellos Reina y Madre como con nosotros porque no ha tenido en su santificación la parte que ha tenido en nuestra salud. Por consiguiente, mirando la segunda medida, no están obligados a honrarla y amarla como nosotros. Que los Querubines y Serafines nos venzan en amor y veneración cuando la contemplan como la Madre de Dios, toda inundada de los esplendores de gracia y gloria, no lo contradiremos, y nuestra felicidad más grande será el vernos siempre sobrepujados por ellos y por otros mil en la glorificación de nuestra Madre, siendo así que esta inferioridad no provenga ni de nuestra ingratitud, ni de nuestra negligencia. Pero, lo repetimos, el amor nuestro debe tener un no sé qué de tierno, de confiado, de filial y hasta de familiar, que no conviene al amor de los Angeles; esto porque es Madre nuestra, como no es de ellos, y que somos nosotros sus hijos de un modo que ellos no pueden preciarse de serlo.
     Añadamos, brevemente, la última consideración que confirmará lo que acabamos de decir. Judith, aquella mujer heroica que salvó al pueblo de Israel con peligro de su vida, no podía ser conocida sin excitar la admiración de los pueblos. Sin embargo, solamente a los judíos les pertenecía el salir a su encuentro y cantarle a voces: "Tú eres la gloria de Jerusalén; tú, la alegría de Israel; tú, el honor de nuestro pueblo" (
Judith, XV. 10). Y ¿para qué hablar de Judith cuando nosotros, los franceses, tenemos un ejemplo que nos toca tan de cerca? Juana de Arco es hoy alabada en el mundo entero; pero nuestro deber es rendirle una gloria especial, porque quiso Dios unirla a nosotros con los lazos más estrechos, sea haciéndola nacer de nuestra sangre, sea, principalmente, salvando por ella nuestra patria. Por consiguiente, y es la conclusión que se impone, el culto de amor que debemos a nuestra Madre del cielo es verdaderamente un culto de hiperdulia; porque no hay nadie, entre la inmensa muchedumbre de los elegidos, que esté tan cerca de Dios; nadie tampoco que nos esté unido por lazos tan fuertes y tan sagrados.

     IV. Por todas estas razones, el amor, sobre todo, constituye, por decirlo así, el fondo y el cimiento de todos los homenajes que los más abnegados siervos de la Virgen María prodigan y rinden a esta dulcísima Madre. San Alfonso Ligorio, cuya tierna devoción hacia Ella nadie ignora, no se cansaba de repetirle su amor, como lo prueba su hermosa obra de las Glorias de María. Amarla era también el constante pensamiento del santo joven Juan Berchmans: "Quiero amar a María, quiero amar a María", se repetía a sí mismo con frecuencia. Y ¿qué diremos de aquel otro santo, no menos admirable que él por su inocencia y por su devoción hacia la amabilísima Madre de Dios? Estanislao de Kostka tenía por Ella un afecto tan vivo y tan tierno que bastaba oírle hablar de María para inflamarse en un amor semejante al suyo. Cuéntase, en su vida, que interrogado una vez si amaba mucho a María, contestó: "Es mi madre. ¿Qué más puedo decir?" "Y esto lo dijo —añade su interlocutor— con un corazón tan penetrado, una voz tan conmovida y un aire tan cariñoso, que hubiérasele creído un ángel hablando del amor de su Reina." No menos ardiente en amor fue San Luis Gonzaga, hermano de Religión de estos santitos. Al solo nombre de María sentía su corazón tan abrasado que la llama interior que lo consumía se reflejaba en sus facciones y asombraba a los que le veían. A estos ejemplos añade San Alfonso otros muchos. Nos muestra el bienaventurado Hermán Jéseph llamando a María su esposa de Amor; a San Felipe Neri, llamándola sus delicias; a otro Santo, que es, según cree, San Buenaventura, protestando que Ella es, no sólo su Dama y su Madre, sino también su alma y su corazón (Stimul, divini amoris, p. VIII, c. 16, inter); a San Bernardino de Sena, dándole el dulce nombre de Amante; a San Bernardo, o mejor dicho, un piadoso autor oculto bajo el nombre de Doctor Melifluo, diciéndole que era una Robadora de corazones ("Captrix cordium, nonne rapiusti cor meum?" (Meditat. in Salve Regina).
     No temamos citar algunos otros rasgos en donde se revela el inmenso amor que ardía en el corazón de los Santos hacia la Madre de los hombres. Vemos a San Francisco Solano, transportado de una santa y amorosa locura, cantar ante una imagen de María, acompañándose con un instrumento músico, queriendo, según decía, a imitación de los amantes profanos, dar una serenata a la Reina de su corazón. Carlos, hijo de Santa Brígida, protestaba que su mayor gozo era saber cuánto amaba Dios a María, y que estaba dispuesto a sufrir todo dolor, y hasta renunciar a la gloria del Paraíso, si fuera suya, para que esta Señora fuese siempre soberanamente gloriosa y extremadamente amada. Vemos al tierno niño que más tarde será San Alfonso Rodríguez llegando hasta decir a María, en un arrebato de su amor filial, confiado y sencillo: "Amabilísima Madre mía, sé que mucho me amas; pero no me amas tanto como yo a Ti" (
Sabida es la respuesta de María; parece que como embelesada y al mismo tiempo herida en su amor, respondió al niño, por boca de la imagen ante la cual estaba postrado: "¿Qué dices, Alfonso mío, qué dices? No sabes cuánto supera mi amor al tuyo. ¡Menos distancia hay del cielo a la tierra que de mi amor al tuyo!").
     ¿Hablaremos también de aquellos que, como Santa Radegunda, no vacilaron, entre los transportes de su amor, en grabar con un punzón de hierro el nombre amable de María sobre sus pechos, o en imprimirlo en ellos con hierro candente, a fin de que les quedase más sellado y más imborrable? Recordemos, en fin, deseos tan ardientes como éste: "Quisiera tener todos los corazones de los ángeles y de los Santos para amar a María como ellos la aman; quisiera tener las vidas de todos los hombres para consagrarlas todas a su amor" (
San Alfonso, Glorias de María, p. 1, c. 1, § 3, pp. 50 y sig.).
     Todo esto demuestra que, en el culto de María, el amor sobrepuja a todos los otros sentimientos. Por lo demás, no es preciso recurrir al testimonio de los Santos para convencernos de ello, como tampoco habría que recurrir a ninguna autoridad para probar que el principal deber de un hijo es amar a su madre. En efecto, y ya lo hemos notado, hay en el corazón de los cristianos no sé qué instinto, impreso por la gracia del Bautismo, que los lleva amorosamente hacia Ella. El niño que ha recibido el Bautismo no necesita más que oír hablar de María y verla representada en sus imágenes para tenderle los brazos, como hace con su madre. La ama sin esfuerzo alguno, en cuanto sabe que es Madre de Jesús y Madre suya. Razón teníamos, pues, para decirlo: la maternidad espiritual de la Virgen Santísima introduce, o al menos afirma maravillosamente en su culto, el carácter del amor, principal elemento del culto religioso, sobre todo en la Nueva Alianza. Hemos dicho principal elemento del culto religioso. Sin duda que, apurando las expresiones, como se hace cuando se quiere tratar científicamente de las virtudes infusas, el amor no es el acto formal del culto, sea de latría o de dulía. Pero es el alma y el complemento. Y, notémoslo bien, este amor de la Madre de Dios que tienen sus hijos no quita nada a la veneración debida por su altísima dignidad, como la veneración no sirve de estorbo alguno al amor. Debe responder en todas sus partes a las cualidades de Aquella que es su objeto. Y así, está formado a la vez de respeto y de ternura; si se abaja ante tanta grandeza, aun más goza y se regocija; si admira su poder sobre todo poder, más crece y se dilata su confianza, puesto que sabe muy bien que tal poder es el de su Madre.
     El amor lleva a la imitación. Es uno de los caracteres sobre los cuales han insistido siempre los Santos cuando hablan de la devoción que debemos tener a María. Nos la muestran como un ejemplar perfecto. Perfecto, porque no hay virtud alguna de la cual no ofrezca en Sí mismo el más acabado modelo. Perfecto, porque puede procurarnos sobreabundantemente los auxilios necesarios para copiarlo en nosotros. Perfecto, sobre todo, porque sus amabilidades inefables, provocándonos a amarlo, son por eso mismo un estimulante eficacísimo para imitarlo.

     V. No quisiéramos dejar este asunto sin hablar de algunas manifestaciones de amor hacia la Virgen Santísima citadas y hasta aconsejadas por algunos autores devotos, y criticadas apasionadamente por los escritores protestantes y jansenistas. Tales son, primero, ciertas fórmulas extraordinarias; tales, igualmente, sencillas prácticas en que la devoción de los hijos de María a veces se ha desahogado.
     Comencemos por las fórmulas. Las tomo de los Dípticos de María, del P. Teófilo Raynaud. He aquí las principales: "Quisiera ser dueño del mundo para ceder el imperio de él a María, Madre de Dios"; deseo doblemente absurdo —dicen—, pues es igualmente imposible a la criatura el poseer y el dar el imperio del mundo. "Quisiera ceder a María el lugar que me está destinado en el reino de los cielos si no encontrase mi Señora lugar en él"; deseo quimérico, además de las dos razones antecedentes, porque nadie puede ceder su parte de bienaventuranza, y porque la de la Virgen Santísima es más excelente y más segura que todas. "Si yo fuese la Madre de Dios, y Ella fuese lo que yo soy, gustoso me desasiría de esta dignidad de Madre para dársela a Ella"; puerilidad y no más, puesto que se apoya en hipótesis sin fundamento y hasta contrarias a la naturaleza misma de las cosas. "Mejor quiero el infierno que ver a María despojada de su divina maternidad"; como si se pudiera desear el infierno, o como si la aceptación de semejante suplicio pudiera ser jamás un medio para conservar a la Virgen su maternidad divina. "¡Oh, Cristo! ¡Oh, Dios mío! Te amo por el amor de tu Madre"; lo que pugna contra la naturaleza misma de la caridad, que nos hace amar, no a Dios por la criatura, sino a la criatura por Dios.
     ¿Qué juzgar de estas fórmulas y de las críticas de que han sido objeto? En cuanto a las fórmulas, el P. Teófilo Raynaud se queja con mucha viveza de que hayan sido publicadas en su tiempo, con otras del mismo género, en un libro que, pregonado por las trompetas de la fama, se multiplicó rápidamente en numerosas ediciones (
La obra se publicó —dice él— bajo el nombre de Pablo de Santa María. ¿Era tal vez el libro del P. Pablo de Barry titulado: Le Paradis ouvert á Philagie par cent dévotio a la Mere de Dieu? Posible es sospecharlo, porque se encuentran en él algunas de esas fórmulas); y en sus escritos es donde hemos hallado la mayor parte de las críticas que hemos puesto a continuación de dichas fórmulas. Sin embargo, aunque esta censura es, según nos parece, harto mordaz, conforme al genio del autor, y a veces hasta exagerada, no prueba, en modo alguno, sentimientos de indiferencia hacia la Madre de Dios en el P. Teófilo, pues, como lo dijimos en otra ocasión, pocos autores han trabajado más que él por la exaltación de los privilegios de Nuestra Señora.
     Por otra parte, él mismo hace una distinción muy importante, y que no se debe olvidar nunca cuando se quiere juzgar rectamente semejantes expresiones. Si los tomáis como simples efusiones de su corazón todo abrasado en amor de María, confiesa el Padre que son tolerables y que pueden agradar a la Madre de Dios. Lo que él no aprueba es que se enuncien fríamente y que se propongan como actos con los cuales debemos esforzarnos en agradar a la Reina del Cielo, con detrimento, quizá, de otros actos que le procurarían una alabanza más sólida y verdadera.
     No será inútil citar a este propósito una nota de Fenelón, consignada por el Cardenal de Bausset en su Historia del ilustre Arzobispo de Cambrai: "Hay diferencias de estilo que convienen a las diferentes materias y personas. Hay un estilo de corazón, y un estilo de entendimiento; un lenguaje de sentimiento y otro de razón. Lo que es a veces belleza en el uno es imperfección en el otro. La Iglesia, con una altísima sabiduría, permite a uno de sus hijos sencillos, y exige otro de sus Doctores. Puede, por consiguiente, según las diferentes circunstancias, sin condenar la doctrina de los Santos, rechazar algunas expresiones defectuosas de ellos, de las que se abusa" (
1. III, 8 129). Es casi, aunque en otros términos, la distinción ya señalada por el P. Teófilo Raynaud. Si habláis el lenguaje del corazón, estaréis generalmente en desacuerdo con el de la fría razón porque el primero es la expresión de los afectos del alma y el segundo de las ideas. Un amor que pesase cada una de sus expresiones con el peso y fiel de la lógica y no dijese jamás algo extravagante en sus desahogos sería ordinariamente un amor muy débil (Santo Tomás de Villanueva, 1 parte, t. I, p. 282).
     Esto es lo que Newman ha hecho notar, harto sabiamente, respondiendo a otras críticas mucho más injustas que las del P. Raynaud: "En cuanto a mí —dice en substancia—, si he de hablar francamente, haría muy poco caso de una ternura que estuviese siempre preocupada de medir las palabras, y que no se permitiese jamás, en sus expresiones, alguna de esas mil locuras con las que el corazón gusta desahogarse. Pero esto mismo, para no ser chocante ni ridículo, no puede decirse fríamente ante los indiferentes y extraños. Hay suspiros ardientes de un alma a quien el amor de Dios pone fuera de sí, que si se colocan en un libro en forma de meditaciones o ejercicios pierden toda explicación y no resultan ya más que exageraciones vanas y desagradables".
     Dicho esto, no tenemos necesidad de recurrir a otras explicaciones para justificar expresiones como aquellas que hemos citado cuando las hallamos en labios de los hijos de María hablando con su Madre.
     Por lo demás, todo no es tan extraño, aun desde el punto de vista de la razón, entre las fórmulas tan vivamente criticadas. Tomemos la última, por ejemplo; es decir, la que alaba tan especialmente el P. Pablo de Barry en su Paraíso abierto a Filagia (
Devoción VIII. Amar tierna y ardientemente al Hijo de Dios, Salvador nuestro, por el amor de su Santísima Madre, a imitación de Santa Brígida). Sin duda, no se puede subordinar el amor del Hijo al de la Madre; esto sería contra la naturaleza de la caridad. Pero la fórmula, bien comprendida, no supone una cosa así. De igual modo que podemos, sin trastornar el orden, excitarnos al amor de Dios por el agradecimiento a sus beneficios, por el temor de los castigos que esperan a los que no lo han amado, por la esperanza de la beatitud con que recompensará nuestro amor, así también lo podemos hacer considerando a la Madre de Dios. Unos son los estímulos que me llevan al amor de Dios; otros, los motivos y la medida de ese amor. Cuando amamos a Dios porque deseamos ser algún día del número de los elegidos, queremos amarle por Él mismo y por cima de todo otro bien, porque esto sólo puede ponernos en posesión de Dios. Así, el amor de María nos incita a que amemos a su Hijo más que a Ella misma, más que a toda otra criatura; porque con esta medida es amado de Ella y debemos amarle nosotros, si queremos responder a los deseos maternales de su corazón.
     Añadiremos que para escandalizarse de esas piadosas extravagancias sería preciso no haber leído jamás las vidas de los Santos. Sin hablar de San Pablo, que deseaba ser anatema por los israelitas, sus hermanos (
Rom.. IX, 3), ved a San Francisco de Asís, embriagado en amor de su Dios, correr y cantar por los campos, y predicar seriamente a los pájaros y a los peces; ved a un San Pablo de la Cruz, fuera de sí mismo, gritando a los árboles y a las campiñas que alabasen y diesen gloria a Dios, a la Bondad suprema; ¿no parece todo esto una locura? ¡Sí!; pero es la locura del amor, una locura que Dios justificaba con sus gracias y con sus milagros.
     Resulta interesante el apuntar que la cuarta fórmula de las recriminadas se encuentra más extensa en las Revelaciones de Santa Brígida (1. VII, c. 13). La misma Virgen Santísima la señala a Santa Brígida como uno de los actos por los cuales habría merecido su hijo Carlos la especial protección de la Reina del Cielo, en los combates que tuvo que sostener a la hora de su muerte. "Mientras que esta alma estaba en el cuerpo, túvome tan grande amor, que pensaba frecuentemente dentro de sí misma, cómo la bondad de Dios me había hecho Madre suya, y me había exaltado sobre toda criatura. Por eso se decía a sí misma, penetrada de un amoroso reconocimiento hacia el Señor: Es tan grande mi gozo de ver a Dios Nuestro Señor amar sobre todas las cosas a la Virgen María, su Madre, que no lo quisiera cambiar por placer alguno de la tierra. Más todavía: si fuera posible que decayese Ella, aun por un solo instante, de la dignidad que posee cerca de Dios, estaría yo dispuesto a sufrir eternamente los tormentos del infierno, para evitarle esa desgracia. Gracias infinitas, gloría eterna sean dadas a Dios, por la bendición de gracias y la inmensidad de gloria de que ha colmado a su Madre Santísima." Lo que en eeta ofrenda se descubre es el rebocar de un corazón que superabunda en amor a María. ¿Hay que asombrarse de que esta Señora le asistiese especialmente en los últimos combates de la vida, para recompensarle?
     Por otra parte, el hijo siguió en esto el ejemplo de la madre, como puede verse en los sentimientos que Brígida expresaba a la Virgen Santísima: "Bendita seas, Santa Madre de Dios, y bendito Dios, Jesús, tu Hijo, por el gozo que experimento ni pensar en que eres su Madre. Dios sabe muy bien que María, la hija de Joaquín, me es mucho más querida que los hijos de Brígida y de Ulfo. En verdad que preferiría la nada para Brígida, la hija de Binger, a la privación de la existencia para María, la hija de Joaquín. Y antes que no ver a María, hija de Joaquín, en las alturas de los cielos, escogería el infierno para Brígida." A lo que respondió la Virgen Bendita: "Hijo mía, ten la seguridad que María, hija de Joaquín, te será más provechosa de lo que tú, hija de Binger, eres para ti misma. Porque esta misma hija de Joaquín, que es la Madre de Dios, quiere ser madre de los hijos de Ulfo y de Brígida" (Revelat. S. Birgittae, Revelat. extravagante c. 63, t. II, p. 450).
     La última palabra sobre las sencillas prácticas con las cuales los hijos de María atestiguan y alimentan su devoción hacia esta amabilísima Señora. El Paraíso abierto a Filagia, de que hablamos arriba, trae un centenar de ellas, tomadas todas, ya de Santos canonizados por la Iglesia, ya de personajes devotos y recomendables por su amor hacia la Reina del Cielo. El sencillo encanto y la tierna piedad que respiran la mayoría de esas prácticas no las ha librado ni del rigorismo de los partidarios de Jansenio (Pascal en sus Provinciales (9e lettre) se ríe de ellas, como si el P. Pablo de Barry pretendiese que bastaba el practicar alguna, por pequeña que fuese, para ser amado de la Virgen y alcanzar por ella la Virgen y alcanzar por ella la salvación ) ni de la despectiva suficiencia del protestantismo. Y, sin embargo, nada más sencillo, ni más eficaz, ni más natural que esas pequeñas prácticas de devoción hacia la Madre de Dios, cuando se tiene la dicha de amarla. Hemos dicho nada más sencillo y natural. Si amamos a María, si la reconocemos por Madre nuestra, ¿qué mejor cosa podemos hacer que saludarla con frecuencia, tenerla en la memoria, visitarla en sus santuarios predilectos, llevar su rosario, sus medallas e imágenes; regocijarnos de sus privilegios, y gustar de encomiar sus virtudes y grandezas, etc., etc.? ¿No se deben conducir así con la mejor de las Madres los hijos bien nacidos? Nada más eficaz; porque, bien miradas las cosas, estas prácticas, sobriamente empleadas, nos conducen todas a lo que es para nosotros de soberana importancia: a hacer que desciendan sobre nosotros los dones del Hijo por la intercesión de la Madre; a reproducir las virtudes de este perfecto modelo; a despegar los corazones de los bienes perecederos; a vivir, en fin, con una vida digna de la filiación de que son ellas el reconocimiento y la salvaguardia.
J. B. Terrrien S.I.
LA MADRE DE DIOS Y LA MADRE DE LOS HOMBRES

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