miércoles, 27 de noviembre de 2013

DIOS EN EL INFIERNO

CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE
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DIOS EN EL INFIERNO
     En la ultima parte de la respuesta número 12 sobre el infierno se lee: «Allá sólo hay tinieblas y dolor, porque allí no mora Dios. Porque Dios sólo es luz y felicidad.»
     ¿No está, por consiguiente, Dios en el infierno? Y si no está Dios, ¿quién es el que atormenta a los condenados? ¿Puede el demonio solo constituir el infierno o el condenado con su pena?
     Sólo Dios es paraíso, pero también sólo Dios es infierno. El infierno no es ya ausencia de Dios, sino presencia de Dios no gozado, no amado, no comprendido, esto es, no logrado como fin del entendimiento y de la voluntad. Donde no está Dios no está el paraíso, pero no está tampoco el infierno: no hay nada. Si Dios, como dice el Catecismo, está en el cielo, en la tierra y en todo lugar, ¿en ese «todo lugar» no entra también el infierno? (C. F.—Piancastagnaio.)

     El señor C. F. no desmiente su agudeza crítica. ¿Qué debo decirle? En el fondo tiene razón. Lo que dice lo daba yo a entender.
Sin embargo, no quiero perder la ocasión de subrayar y aclarar un poco la emocionante realidad recordada aquí y corregir algún punto y en especial el segundo párrafo de la objeción, poco feliz en la expresión.
     La omnipresencia de Dios, de la que se habla, es de orden metafísico, y, por tanto, absolutamente universal. Donde hay un ente, allí está Dios. Veamos por qué.
     Toda realidad debe tener su razón de ser, y, por tanto, debe tenerla también el «ser» primero de las cosas. Ese ser, por consiguiente, o tendrá su razón de ser en la cosa misma, esto es, en su esencia, o fuera de ella. En la primera hipótesis la cosa no podría no ser, seria necesaria; y así, sólo es Dios. En la segunda hipótesis la cosa puede ser o no ser según que haya o no haya recibido el ser de fuera, y por eso se llama contingente; tales son las creaturas.
     Y es claro que sólo Dios puede constituir esa fuente de su ser. Toda otra cosa, en realidad, al ser «contingente», puede transformar las demás cosas «contingentes», pero no darles el primer ser, porque lo que no tiene en si la razón del propio ser, tanto menos puede tenerla para el ser ajeno.
     Quien no está habituado a la metafísica hallará un poco nebulosas estas afirmaciones, pero en un corto entrefilet no es posible extenderse más. Servirá para dar, por lo menos, una orientación acerca del problema.
     Por tanto, todo lo que no es Dios es obra de Dios. Esto es, toda cosa, en cuanto ente, tiene una marca de fábrica: Dios. Y esto vale, evidentemente, también para el demonio, para los condenados, para el infierno, en cuanto son positivamente algo, entes. Lo que no es de Dios, en cambio, es su pecado, su maldad. ¿Pero ésta no es también un ente? Eso pensaban los maniqueos, a los que Santo Tomás anuló con la célebre y elegante reflexión de que el mal, en cuanto desorden, o sea privación de orden, es privación de ser, o sea es un no-ente.
     En el pecado hay que distinguir, por tanto, el ente físico, que, como todo otro ente, viene de Dios, del desorden moral, que depende del pecador.
     Pero todavía no he llegado a la omnipotencia metafísica. Es preciso, por tanto, pensar que toda creatura, en cuanto contingente, como ha tenido necesidad del acto creador de Dios para empezar a existir, también tiene necesidad de su perenne influjo conservador para seguir existiendo. Basta pensar en que si toda realidad debe tener su razón de ser, eso vale siempre, y si esa razón no está en la propia esencia al principio, no lo está nunca, y, por tanto, siempre se necesita la influencia del Creador. Si esta pluma necesita de mi mano para que se la levante hasta cierta altura sobre el escritorio, necesita también de ella para mantenerse a esa altura. Asi, si la creatura, para llegar al plano de la existencia, o sea para existir, necesita que la lleve la mano creadora de Dios, necesita permanentemente de esa mano para permanecer allí, o sea para seguir existiendo.
     Y asi tenemos la sugestiva verdad, filosófica y revelada, de que Dios obra permanentemente en todas las cosas para conservarlas en su ser íntimo: «sustentándolo todo con su poderosa palabra», esto es, con su mandato, con su voluntad (San Pablo, Hebreos, 1, 3).
     Pero cuando uno obra está, presente donde obra. Así Dios al obrar en todas partes está presente en todas partes. Y esto de un modo mucho más perfecto que todo otro obrante, ya que al ser acto puro, o sea exento de toda composición de partes, no tiene tampoco la composición de naturaleza operante y operación, y ésta, a diferencia de todo otro operante, se identifica con su esencia. Así que en este, sentido está en el cielo, en la tierra, en un granito de polvo y en el infierno, esto es, donde quiera que haya cosas, creaturas. Sin identificarlo, sin embargo, con las cosas mismas, como piensan los panteístas, distinguiéndose radicalmente de ellas, como la causa del efecto.
     En cambio, cuando se habla de Dios que habita en el alma del justo, que es disfrutado beatíficamente en el paraíso, y que no se halla, en cambio, en el pecador y en el infierno, se habla de una presencia de otro tipo.
     La presencia anterior se refiere a Dios como obrador de todo lo que existe, como causa primera y fuente del ser. Esta, en cambio, lo considera como objeto de conocimiento y de amor; y para el alma sobrenaturalizada, como Huésped del alma y objeto, aunque infinitamente trascendente, poseído inmediatamente en sí mismo, veladamente en la tierra mediante la fe y la caridad, claramente mediante el lumen gloriae, de un modo beatificador, en el cielo.
     Esto es, es un punto de vista reciproco del otro. En la presencia como Creador está fuera del alma, como toda causa está fuera del efecto: primero es el Creador y luego la creatura, o sea el alma que de Él procede, como primero es la fuente luminosa y luego el rayo que de ella sale. En cambio, en la presencia como Huésped está dentro del alma; el alma creada por Él, conservada y elevada al orden sobrenatural, se convierte en templo suyo, y en este sentido primero es el alma y luego Dios, como primero es la casa y luego su morador.
     Ese es el sentido en el que «en el infierno hay tinieblas y dolor, porque allí no mora Dios. Porque Dios sólo es luz y felicidad».
     Sin embargo, es necesario precisar más. Esta falta de presencia sobrenatural de Dios beatificador no se reduce sólo a la ausencia dé un gozo inefable, sino que se une al terrible tormento de no tenerlo.
     El condenado, al darse cuenta al fin, pero demasiado tarde, de que en Dios sólo está la felicidad, aspira a Él irresistiblemente con tanta mayor intensidad cuanto que no tiene otra felicidad ficticia que lo pueda ocupar y engañar, e infiere de la imposibilidad de alcanzarlo el más dilacerador tormento, que se llama precisamente pena de daño. En ese sentido moral puede decirse, aunque negativamente, que «Dios atormenta a los condenados».

BIBLIOGRAFIA 
Para la presencia de Dios como creador: 
Santo Tomás: Summa Theologica, I, 8. 
Para la habitación sobrenatural en el alma: 
Santo Tomás: Summa Theol., I, q. 43, a. 3 y 6; B. 
Froget: L'abitaziotie dello Spirito Santo nelle anime giuste, secondo la dottrina di S. Tommaso d'Aquino, Turín, 1937; 
Enrico di S. Teresa: Inabitazione di Dio nell'uomo, EC., VI, págs. 1.738-41.

Pier Carlo Landucci
CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE

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