viernes, 15 de noviembre de 2013

Docetas

DOCETAS
     Herejes de los siglos I y II de la Iglesia, que enseñaban que el Hijo de Dios no habia tenido mas que una carne aparente; que habia nacido, padecido y muerto solo en apariencia.
     Esto es lo que significa su nombre, derivado del griego yo me asemejo, yo me parezco.
     Este nombre general de docetas se dado muchas sectas, a los discípulos de Simon de Menandrio, de Saturnino, de Basílides, de Carpócrates, de Valentín, etc., porque todos daban en el mismo error, aunque por otra parte se encontrasen divididos sobre muchos puntos de doctrina. Todos tomaban también el nombre de gnósticos, sabios o iluminados, porque se creian mas ilustrados que el común de los fieles. Se alababan de haber hallado un medio de conciliario que se dice de Jesucristo por los apóstoles, con el respeto debido a la Divinidad, sosteniendo que las humillaciones, los padecimientos y la muerte del Hijo de Dios no habían sido mas que aparentes.
     A fin de refutarles, San Juan en su Evangelio y en sus epístolas, San Ignacio y San Policarpo en sus cartas, establecen con tanto cuidado la verdad del misterio de la encarnación, la realidad de la carne y de la sangre de Jesucristo. «Nosotros os anunciamos, dice san Juan a los fieles, lo que hemos visto y oido, lo que hemos considerado con la mayor atención, lo que nuestras manos han tocado con motivo del Verbo vivo. » I Joan., i, 1. Este testimonio no podia ser sospechoso, no era una ilusión.
     San Ireneo los refuta de la misma suerte por los términos de cuerpo, de carne, de sangre, de que los apóstoles se servian continuamente hablando del Hijo de Dios hecho hombre; por la genealogía que de él nos han dado San Mateo y San Lúcas, y porque Jesucristo ha sido un hombre semejante a los demás hombres en todas las cosas, exceptuando el pecado. De otra suerte, dice, Jesucristo no podría ser llamado hombre, ni Hijo del hombre: seria en vano, y para engañarnos, que hubiese tomado en lo exterior todos los signos y caractéres de la humanidad; no seria también cierto que nos ha rescatado, que es nuestro Salvador, si no hubiese padecido realmente; no seria el que habia sido predicho por los profetas sino un impostor; no podríamos esperar la resurrección de nuestra carne, no recibiríamos en la Eucaristía su carne y sangre, etc. (ad haer., 1.3, c. 22; L. 4, c. 18; L 5, c. 2, etc.)
     Este error fue renovado en el siglo VI por algunos eutiquianos ó monosofitas, que sostenían que el cuerpo de Jesucristo era incorruptible é inaccesible a los padecimientos: se les denomina docetas, aftartodocetas, fantasiastas, etc.
     Si se pone un poco de atención, este error, común a los herejes mas antiguos, es una prueba invencible de la sinceridad de los apostoles y de la certeza de su testimonio. Ninguno de estos sectarios se ha atrevido a acusar a 1os apóstoles de falsarios: todos han convenido en que estos testigos venerables vieron, oyeron y tocaron a Jesucristo, como dicen, tanto antes como despues de su resurrección; pero dicen que Dios les hizo padecer una ilusión y engañó sus sentidos. Prefirieron poner la superchería por parte de Dios, mas bien que atribuirla a los apóstoles; y esto por no verse obligados a admitir que el Hijo de Dios pudo hacerse hombre, nacer de una mujer, padecer y morir.
     ¿Se atreverán todavía los incrédulos a decirnos que las acciones de Jesucristo no fueron creídas sino por ignorantes seducidos y preocupados? Todos estos herejes que se adornaban con el nombre de gnósticos, ó de doctores ilustrados, no eran seducidos por los apóstoles, porque se tenían por mas hábiles é ilustrados que ellos; no tenían ningún ínteres común con los apóstoles, porque les eran opuestos, y los apóstoles los consideraban como seductores y antecristos (II Joan., v. 7). Estos disputadores estaban en el caso de hallar en la Judea y en otras partes los testimonios contrarios al de los apóstoles, si estos hubiesen engañado. La confesión que los primeros hicieron de la apariencia de los acontecimientos publicados por los apóstoles, prueba invenciblemente su realidad. Nos fundamos mucho al juzgar que Dios permitió esa multitud de herejías que afligieron a la Iglesia naciente, para hacer mas incontestables los hechos anunciados por los apóstoles.
     Sabemos también por los PP. antiguos, que los docetas tenian costumbres muy corrompidas: su misma doctrina es una prueba de esto. Como los padecimientos del Hijo de Dios se nos proponen por modelo en el Evangelio, era natural que unos hombres que querían entregarse al deleite sin remordimientos y sin escrúpulo. Enseñasen que el Hijo de Dios no había padecido sino en apariencia. Pero los apóstoles no lo entendieron así. "Jesucristo, dice San Pedro a los fieles, ha padecido por nosotros, y os ha dejado un ejemplo, a fin de que sigais sus pasos". (I Petri, II, 21) Así en todo tiempo el verdadero manantial de la incredulidad fue la corrupción del corazón.
     Beausobre, en su Historía del Maniqueismo (L. 2. c. 4), ha hablado mucho de los docetas, y trato de sacar de sus errores muchos argumentos contra la doctrina de la Iglesia. «Notemos, dice, que estos antiguos herejes defendían su error por los mismos testimonios de la Escritura, y por las mismas razones que se emplearon en los siglos siguientes para defender la presencia real del cuerpo de Jesucristo en la Eucaristía». Con efecto, para probar que el cuerpo de Jesucristo no era real sino aparente, alegaban los docetas los pasajes del Evangelio, en los cuales Jesucristo marchaba sobre las aguas, que desapareció de la vista de dos discípulos de Emmaus, que se halló en medio de sus discípulos reunidos, estando las puertas de la casa cerradas: y se emplean estos mismos pasajes para probar que el cuerpo de Jesucristo puede estar realmente en la Eucaristía, sin tener la solidez, el peso y la impenetrabilidad de los demás cuerpos.
     Si tal hubiese sido, continúa Beausobre, la opinión de la Iglesia, los docetas hubieran podido deducir una objecion invencible; hubiesen dicho a sus adversarios:
«Todo lo que subsiste sin ninguna propiedad del cuerpo humano, no puede ser tal: ahora bien; convenís en que el cuerpo de Jesucristo está en la Eucaristía sin ninguna de las propiedades del cuerpo humano: luego no es un cuerpo humano».
     Nos parece que los PP. no se hubiesen visto muy embarazados para responder a este argumento invencible; hubieran dicho: Todo lo que subsiste sin ninguna propiedad sensible ó insensible del cuerpo humano, no es un cuerpo humano; sea así. Ahora bien; el cuerpo de Jesucristo, despojado de las propiedades sensibles de un cuerpo humano en la Sagrada Eucaristia, conserva no obstante las propiedades insensibles; luego es un cuerpo humano, si no en un estado general, al menos en un estado sobrenatural y milagroso. 
     Los docetas, dice también Beausobre, hubiera insistido; habrían representado que no hay mas absurdo en suponer que Jesucristo, durante el curso de su ministerio, representó ser lo que no era, que en sostener que en la Eucaristía existen todas las apariencias del pan y del vino, sin ser ni lo uno ni lo otro. ¿En qué pensaban los PP.? Buscando en la Eucaristía un argumento contra los docetas, se arrojaban en el fuego por evitar el humo.
     Responderemos por los PP., que si creemos la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, al paso que rechazamos la opinion de los docetas, no es porque la una es menos absurdas o menos imposíble a Dios que la otra, sino : Porque la presencia real se enseña, terminantemente en la Escritura Sagrada, paso que la opinión de los docetas se encuentra reprobada en ella. Porque el dogma la presencia real no conduce a las consecuencias falsas e impías que se seguirían de la opinión de los docetas respecto al cuerpo aparente y fantástico de Jesucristo.
     Los PP. lo pensaron muy bien cuando decian, que si la carne de Jesucristo no era mas que aparente, no recibiriamos en la Eucaristía su carne y su sangre. (San Ireneo, L. 4, c. 18 olím 34, n. 5; l. 5 c. 2, n. 2, etc.), y no tenian miedo a los argumentos de Beausobre.
     ¿Pero no es él quien se arroja en el fuego por evitar el humo? Quisiera persuadirnos que en tiempo de los docetas la Iglesia no creia la presencia real, y alega como prueba un raciocinio de los PP., que sería absurdo si este dogma no hubiese sido la creencia común de la Iglesia; no se puede llevar más alla la ceguedad sistemática.

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