miércoles, 6 de noviembre de 2013

EGO NON QUAERO GLORIAM MEAM

Yo no busco mi gloria

     ¿Me atrevería yo a repetir con Jesús estas palabras, sin temor ninguno a que mi conciencia pudiera desmentirme?
     Jesús busca en todo la gloria de su Padre celestial.
     Y me enseña a mí a hacer lo mismo.
     Él puede darse y delante de todos, sin que nadie pueda osar decir nada en contrario, ese precioso testimonio. Y al final de su vida podrá también exclamar, dirigiéndose a su mismo Padre: Ego te glorificavi super terram: Yo te he glorificado todos los días que he vivido sobre la tierra.
     Mi obligación es glorificar a Dios.
     Mi aspiración constante debe ser la de darle la mayor gloria que me sea posible.
     Seré verdaderamente feliz si en la hora final de mi vida puedo decir con toda verdad, repitiendo las mismas palabras de mi divino Maestro: Ego te glorificavi super terram.
     ¿Qué tengo que hacer para ello?
     Lo sé muy bien: Cumplir fielmente la divina voluntad; acomodarme siempre y en todo a ella. ¿No es la mejor manera de reconocer el dominio de Dios sobre mí, su criatura? Y reconocer ese dominio, ¿no es glorificarle?
     ¡Ay de mí! Porque si me examino sinceramente, ¿no encuentro que en el mismo cumplimiento de la divina voluntad me busco a veces a mí mismo? ¿No pretendo a veces la estima de los demás y su alabanza?
     Ahí están los enemigos de la gloria de Dios: mi egoísmo, que me hace buscarme a mí mismo, y mi soberbia, que me hace pretender gloria delante de los hombres.
     Y esos dos enemigos carcomen miserablemente mis obras y roban a Dios la gloria que yo debería darle con ellas.
     ¿No estoy, por ventura, persuadido de la vanidad de esa gloria humana, que se deshace sin dejar rastro? ¡Y, sin embargo!...
     ¿Y no estoy bien convencido de que el egoísmo es la polilla que va consumiendo silenciosa, pero voraz e insaciable, el mérito de mis buenas obras? ¡Y, sin embargo!...
     ¡Oh Señor! Con los labios te digo muchas veces que no quiero otra cosa que tu gloria, y me complazco en repetirlo: tu mayor gloria: Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam. Y creo, Señor, que ese deseo de mi corazón, expresado en mis palabras, es un deseo sincero.
     Mas me veo obligado a reconocer que muchas veces el egoísmo y la soberbia desmienten las palabras de mi boca.
     No quiero que en adelante sea así.
     Ayúdame a poner la concordia perfecta entre mis palabras y mis obras.
     Ayúdame a que con toda verdad pueda decir en todos y en cada uno de los instantes de mi vida: Ego non quaero gloriam meam: yo no busco mi gloria, sino la gloria de mi Padre, que está en los cielos. Y que en mi hora postrera pueda contigo repetir confiadamente: «Padre, yo te he glorificado en los días que me has concedido vivir sobre la tierra.»
     Y que expirando con estas palabras en mis labios y en mi corazón, pueda esperar tranquilo la sentencia suprema.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

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