martes, 5 de noviembre de 2013

EL SACRIFICIO DE LA MISA (24)

TRATADO I.- Visión general
PARTE II: La misa en sus aspectos principales 
 7. Día y hora de la celebración 

     301. Como en los primeros siglos existió una diferencia tan marcada entre las misas privadas y públicas, es natural que interese ante todo conocer el día y la hora de la celebración de la misa pública.  

Obligación a la misa dominical 
     El día destinado para la celebración de la Eucaristía en las comunidades cristianas de la Iglesia primitiva fue el domingo. En domingo San Pablo «partió el pan» a la comunidad de Tróade. La Didajé y San Justino (Con gran insistencia exhorta la Didascalia siria (II, 59-61) (Funk I, 170-176) a los fieles a que asistan al culto dominical, para oír las palabras de salvación y tomar el alimento celestial y no separar los miembros del cuerpo de Cristo (II, 59, 2s). También la Doctrina Apostolorum (el texto se cita en Schümmer, Die altchristliche Fastenpraxis, 111s), que data de los siglos III y IV, trata de la necesidad de celebrar el «sacrificio de la Eucaristía» los domingos. Cf. también la declaración de los mártires de Abitinia) señalan con toda claridad el domingo como dia de la celebración eucarística.
      El sínodo de Elvira manda, al apuntar el siglo IV, bajo pena, lo que antes era cosa más o menos natural: Si quis in civitate positus, tres dominicas ad ecclesiam no acceserit, pauco tempore abstineat(ur), ut correptus esse videatur.
     Can. 21 (Mansi. II. 9). Es muy probable que no se urgió la obligación de la misa dominical en todas partes con la misma severidad Según Monachino (La cura pastorale a Milano Cartagaine e Roma, 54-57), todavía en tiempos de San Ambrosio se contentaban en Milán con sólo el culto pontifical; entonces la asistencia a misa no era posible sino a una pequeña parte de los milaneses. La misma suposición para Cartago (1. c., 186-191) parece aún más improbable; cf. ZkTh 70 (1948) 377.
     Desde entonces, en Oriente (El canon de Elvira se repite e. o. en el sínodo de Sárdica (343), can. 11 (Mansi, III, 19), y en el Trullano (692), can. 80 (Mansi, XI, 977). Con relación a la misa parroquial, la conminación para los que faltan tres domingos seguidos aparece todavía en el sínodo de Burdeos (1624), III, 3 (Hardouin, XI, 66, B; cf. 1. c., 1331 b) lo mismo que en Occidente, se ha venido urgiendo la obligación de la misa dominical. De los cánones del sínodo de Agde (506) (Can. 47. Mansi, VIII. 332) pasó al derecho canónico (Decretum Gratiani, III, 1, 64. Friedbep.g. I, 1312). No obstante, el cumplimiento de este mandamiento encontró muchísimas dificultades, principalmente en el campo, durante toda la Edad Media (B Franz, 11-15).

Y en las fiestas y determinadas épocas del año
     302. Además de los domingos, se contaba con la asistencia de la comunidad al santo sacrificio y se la pedia en las fiestas, incluyendo las particulares de los mártires de cada Iglesia, así como en los días que seguían a las grandes solemnidades, especialmente los días de la semana de gloria y los días preparatorios de las mismas, o sea la cuaresma.
     Desde los tiempos carolingios, por varios siglos se consideró la asistencia diaria a misa como obligación durante toda la cuaresma, y se prescribía en los libros penitenciales. Además era costumbre ya en el siglo IV en toda la cristiandad cerrar el ayuno en los días de estación, miércoles y viernes con una reunión en la iglesia, que se terminaba normalmente con la celebración de la Eucaristía, a excepción de Egipto y también probablemente de Roma. En Roma se observaba esta misma costumbre ciertamente en las témporas, cuyos formularios de misa siguen en vigor hasta el dia de hoy. Pero también entre semana debió tener lugar ya al principio de la Edad Media una celebración pública de la Eucaristía, por lo menos todos los miércoles, como parece deducirse de un plan antiguo de lectura de la Sagrada Escritura, que determina no solamente para el domingo, sino también para el miércoles, su perícope. Cada semana de témporas terminaba en la noche del sábado al domingo con una vigilia completa, cuya misa valía ya para el domingo.

Los sábados
     En el siglo VII se asignó probablemente una misa propia para el domingo, así como se adelantó la vigilia a la mañana del sábado, de manera que también este día de la semana venía a tener su misa, lo mismo que el miércoles y el viernes.
     En Oriente el sábado gozaba ya en el siglo IV de la prerrogativa de tener misa pública. La razón pudo muy bien ser la siguiente: para hacer frente a las doctrinas maniqueas se empezó a considerar el sábado, dia en que se terminó la obra de la creación, como «hermano del domingo», y como tal merecía también la distinción de la misa pública.

La misa diaria
     303. Con todo, la celebración diaria con carácter público se desconoció, sin duda alguna, en la Iglesia antigua hasta el siglo IV. Toda noticia en sentido contrario debe considerarse como relativa a la celebración privada o simplemente a la comunión en casa. No obstante, en la época de San Agustín, por lo menos en el norte de Africa, ya se habia extendido bastante la costumbre de la misa diaria, accesible a todos los fieles (La misa diaria se menciona en San Agustín en los siguientes sitios: Ep 54. 2. 2; In loh. tract.. 26, 15; De civ. Dei X. 20, etc. Roetzeii. 97s; Monachino, La cura pastorale a Milano cariagme e Roma, 191-193. Cf. San Crisóstomo, In Eph., hom. 3, 4: PG 62, 29). Desde el momento en que el lugar de la celebración de las misas votivas no fue ya el oratorio privado, sino como norma general la iglesia pública, se desdibuja poco a poco en Occidente la línea divisoria entre la celebración privada y pública, pudiendo asistir los fieles a diario al santo sacrificio que se celebraba en la iglesia.

La tercia, hora preferida para la misa
     Esta evolución no impidió que la misa pública de los domingos y dias de fiesta conservase durante bastante tiempo su carácter peculiar. Por lo menos durante todo el año tenía su hora fija. En plena libertad la Iglesia y suprimida la misa vespertina, ya no se imponía la necesidad de escoger una hora muy temprana, pudiendo fijarse para esta función litúrgica principal una hora la más conveniente. En los domingos y días de fiesta se escogió la hora de tercia (Como se sabe, la «hora de tercia» no coincide sin más con "las nueve", pues el cómputo antiguo suponía siempre el día de luz, o sea del levantarse el sol, hasta su puesta, dividiéndole en doce partes, que, por consiguiente, en invierno empezaba más tarde y, por lo tanto, eran más cortas. Por esto, el sínodo de Cambrai (1586) fijó la misa durante el verano a las ocho, y en invierno, a las nueve (H. Grotefend, Zeitrechnunq des deutschen Mittelalters I [Hannover 18911, 183ss. Confrontese, también G. Bilfinger, Die mittelalterlichen horen und die modernen Stunden), que se menciona lo mismo en Roma (Lib. pont. (Duchesne, I, 129): El papa San Telesforo dió la orden de que nadie se atreviera celebrar la misa ante horae tertiae cursum) el año 530 (La elección de la hora de tercia apunta ya cuando San Hipólito (Trad. Ap. [Dnx, 631) la recomienda como hora de oración, dando como razón el que en el Antiguo Testamento se ofrecían a esta hora los panes de la proposición, como -y añaden otros- figura del cuerpo y la sangre de Cristo) como en las Galias (Sínodo de Orleáns (538), can. 14. Mansi. IX, 16) y que luego se repetirá continuamente en los libros litúrgicos y canonistas. Ya en la Edad Media solía preceder el oficio de tercia, no sólo en los conventos y colegiatas, sino también y si era posible, en las parroquias; a continuación de la misma seguía el oficio de sexta. Por esto, en unas instrucciones para el campanero que se han conservado de aquel tiempo (Eisenhofer. I, 395s; Durando I, 4, 9-15. Una reglamentación precisa para campaneros se encuentra también en el misal romano impreso en 1501 en Venecia, reproducida en Lego, Tracts, 175-178) se manda que el toque de tercia sea más fuerte y que se repita dos o tres veces (Según durando (I, 4, 12), a la hora de tercia se daba un primer toque, ad invocandum, otro ad congregarorum, y un tercero ad inchoandum). Tal disposición para los días festivos se guardó también en los días laborables desde que se generalizó la misa cantada a diario en las colegiatas y conventos (Un testimonio que llama la atención por su antigüedad relativa, lo tenemos en Beda (+ 735), Hist. gent. Angl. IV, 22; PL 96, 206s: A un cautivo se le soltaban muchas veces (saepissime) las cadenas a tertia... hora quando missae fieri solebant, porque, como supo más tarde, su hermano, que era sacerdote y abad, decía la misa por él a esta hora), influyendo, sin duda, muy pronto también en el orden del culto divino en las parroquias. Era un modo muy común de indicar la hora, hasta después de la Edad Media, el decir «a la hora de misa», que equivalía a la hora de tercia (San Ignacio de Loyola, en su libro de los ejercicios espirituales, usa para indicar la hora de la tercera meditación la expresión «a la hora de missa» (Ejercitia espiritualia Sancti Ignota de Loyola: «Monumenta Ignatiana», serie II (Madrid 1919), 356 y 364). El directorio, editado en 1599, c. 3, 7 (1. c., 1124), la explica: paulo ante vrandium).

Las demás horas
     304. Unicamente menciona San Ambrosio la misa vespertina en los días de ayuno (In ps. 118. serm. 1. 48: PL 15, 1314). En la época carolingia, el celebrar la misa a la hora de nona fue tan ordinario en los días de ayuno como a la hora de tercia en los demás días. Este orden se mantuvo durante los siguientes siglos para la cuaresma. Para los días intermedios entre los dias de fiesta y de ayuno riguroso, los llamados dies profesti, se dió en el siglo XI una solución media, la de celebrar la misa a la hora de sexta. Hacia el final de la Edad Media se advierte la tendencia a adelantar estas horas tardías; la misa siguió celebrándose como hasta aquí después de sexta o nona, pero se rezaban estas horas por la mañana. En este sentido, Juan Burcardo, siguiendo la tradición, nos ha trazado en su Ordo missae (1502), reglas precisas, que luego pasaron a las rubricae generales de nuestro misal romano. Su disposición más importante dice que la misa conventual y solemne ha de tenerse los domingos y días festivos (de rito semidoble para arriba) dicta in choro hora tertia; en fiestas de rito simple y ferias, después de sexta, y en días de carácter penitencial, después de nona (Rubr. gen., XV, 2. Con esto, sin embargo, no se fija la hora natural del día en que se han de rezar las horas. Gottschalk Hollen (+ después de 1481), en su sermón de la dedicación, repite todavía la antigua norma: la hora de tercia, sexta y nona; advierte, sin embargo, que esto vale solamente de missis popularibus et conventualibus in quibus fit concursus populi. La cita véase en R. Cruel, Geschichte der deutschen Predigt im Mittelalter (Detmold 1879) 210. Zimmermann, 177s, presenta como probable aue todavía en el siglo XVI se observaba en algunos sitios la antigua distribución), es decir, la misa, lo mismo que la comida, puede quedar ligada aun en días de penitencia a su hora ordinaria, que es la hora tercera (Con esto coincide la hora de la misa en Ingolstadt, en tiempo de Juan Eck (+ 1543), donde se celebraba el summum officium diario a las ocho en verano y a las nueve en invierno (Greving, 84 i). 

La misa pública pierde su situación privilegiada
     305. El guardar una hora fija para el culto público ha perdido, después de la Edad Media, mucha de su importancia precisamente por el mayor número de misas, consecuencia de haberse ido borrando cada vez más la línea divisoria entre las misas públicas y privadas. Para la misa privada no se fijó durante mucho tiempo ninguna hora concreta (Cf. las noticias en Marténe, 1, 3. 4, 10 (I, 297s). Amalario (De eccl. off., III. 42: PL 105, 1160) se cree en la obligación de defender la libertad en la elección de la hora de la misa privada, por donde se conoce que entonces se empezó a reglamentarla; cf. Eisenhofer, II, 25), y ésta es la causa de no haberse preocupado mayormente de adaptar la celebración al ritmo de las horas de rezo (La disposición de que antes de la misa hay que rezar maitines, laudes y prima se encuentra por vez primera en los estatutos de la Iglesia de Ruán del año 1235 (Zimmermann. 171). Luego, todavía en el mismo sigloXIII  aparece la misma disposición también en los sínodos alemanes (Hartzheim. III, 646 662: cf. IV, 25). Lo mismo en el Liber ordinarius de Lieja (Volk, 100s.). En el Ordo missae de Burcardo (Legg, Tracts, 126) ya no se exige la prima; en nuestro Missale Rom. (Ritus serv., I, 1; cf. De defect., X, 1) se exigen solamente maitines y laudes. No se distingue entre misa publica y privada.)
     Sabemos que el antiguo derecho restringía, los domingos y días de fiesta, la asistencia de los fieles a las misas particulares, para que no faltasen a la misa solemne; más aún, los fieles tenían obligación de cumplir el precepto dominical no en una iglesia cualquiera, sino cada uno en su propia parroquial (
Numerosas disposiciones de los siglos IX al XII véanse en Browe, Die Pflichtkommunion, 49-51; otras posteriores, en parte conminando la excomunión, en Martene, 1, 3, 9, 4s (I, 337-340). El decreto del concilio de Nantes según el cual el párroco al principio de la misa dominical tenía la obligación de preguntar si había alguien presente que no era de esta parroquia y, en caso afirmativo, amonestarle saliese para ir a su parroquia, se incorporó en el siglo XIII al Corpus luris Canonici (Decretales Greg., ni. 29, 2). Pero, cuando aparecieron las órdenes mendicantes, se fue olvidando cada vez más esta disposición, si bien es verdad que los sínodos no dejaron de inculcarla. Ya en el siglo XV se hizo costumbre en muchos sitios cumplir con la obligación dominical en cualquier iglesia (Así lo atestigua San Antonino (+ 1459) Summa theol., II 9 10) y en cualquiera de las misas que en ella se celebraban (Nicolás de Cusa, como obispo de Brixen, exhortó a los párrocos que enseñasen al pueblo, quod non sufíicit audire peculieres missas (Franz, 16. nota 4); costumbre que recibió la aprobación papal el año 1517, por una disposición de León X (Benedicto XIV. De synodo diocesana, VII. 64 (Benedicto XIV, De s. sacrificio missae, ed. Schneidep, 230s). Con todo el concilio amonestó a los obispos a exhortar a los fieles, ut frecuenter ad suas parochias, saltern diebus dominicis et maiorious festis accedant (sess. xxn, De observ. et vit. in celebr. missue). En el actual Derecho canónico ya no se habla ni siquiera de esto. Cod lur Can., can. 1249).

Criterio actual
     306. Hoy se celebra los domingos, a su hora acostumbrada, la llamada misa mayor; pero a su lado se celebran, principalmente en las ciudades, muchas otras misas y a todas horas, advirtíendo que sobre todo las misas de comunión, en las que no suele faltar la homilía, pueden tener tanta importancia, desde el punto de vista pastoral, como la misa solemne, que únicamente se distingue de éstas por una mayor solemnidad en el canto (Un juicio bastante menos favorable sobre la misa mayor en las ciudades, véase en Parsch, Volksliturgie, 188). El concepto comunitario ha quedado un poco relegado a segundo término; en cambio, existe la ventaja de facilitar a los fieles todos el oír misa los domingos, punto de vista que, por cierto, no se olvidó totalmente en la antigüedad cristiana (San León Magno, Ep. 9, 2: PL 54. 627 : Necesse est auiem, ut Quaedam pars populi sua devotione privetur, si unius tantum missae more servato sacrijicium offerre non possint, nisi que prima diei parte convenerint. Esta respuesta, dada a Alejandría, prevé otra misa más tarde. Sin embargo, no se trata en primer lugar de la misa dominical, sino del caso en que en un santuario determinado, p. ej., con ocasión de la conmemoración del mártir en él sepultado, haya mucha concurrencia de toda la ciudad (cf. Monachino, la cura pastorale a Milano, Cartagine e Roma, 354s). Tampoco en los días laborables se atiene el orden de misas a la norma de los conventos con su ritmo antiguo de las horas, sino que se tienen en cuenta las conveniencias del trabajo cotidiano de los  fieles.

La misa vespertina
     307. Consideraciones de orden práctico han llevado durante la última guerra mundial a la concesión de amplios indultos para celebrar misas vespertinas con carácter público y para comodidad de los fieles; por cierto, sin restringirlo a sólo los domingos y fiestas (Indultos romanos del 8 de febrero, 9 de junio y 14 de septiembre de 1941, comunicados y acompañados de disposiciones sobre su puesta en práctica en los boletines oficiales de las diócesis alemanas). No es esto una innovación desconocida; pues aun prescindiendo de las costumbres de la Iglesia primitiva (Cf E Dekkers, L'Eglise ancienne a-t-elle connu la Messe au soir?: «Miscellanea Mohlberg», I (1948), 231-257; según este estudio, incluso en la Iglesia primitiva la celebración eucaristica vespertina de los corintios más bien era una excepción) y limitándonos a considerar el lado festivo del culto divino, hasta muy entrada la Edad Media se tuvo el culto de Pascua de Resurrección y Pentecostés y el de los sábados de témporas por la noche, víspera de la fiesta o del domingo; más aún, en los tiempos modernos advertimos una costumbre análoga, como es la de celebrar la misa del gallo a media noche, costumbre comenzada en Venecia, que luego se corrió a toda la cristiandad.
     Zimmermann, 146-157, 190-198. El libro de Zimmermann, aparecido en 1914, que trata en las pp. 201-244 del «movimiento moderno en pro de la misa vespertina», también por sus investigaciones históricas estaba destinado a propagar la idea de la misa vespertina. Los permisos más amplios para ella empiezan en nuestro tiempo con los indultos para los países en que había persecución: 1927, Méjico; 1929 Rusia, y un indulto para Lourdes, que en 1935 permitía la celebración de la misa ininterrumpida durante tres días (cf. Ellard, The Mass of the future, 331ss). Un nuevo problema que se presenta ahora es si la misa vespertina del domingo, según el ejemplo da las vigilias, no se debe celebrar por la noche del sábado, ya que en las primeras vísperas y en todo el mundo, por el «fin de semana» el domingo empieza ya por la tarde del sábado. La misa celebrada los domingos por la tarde tiene el inconveniente de ir haciendo desaparecer la bendición de la tarde, lo cual lleva a un empobreci
miento del culto. Cf. también la petición, expresada en el Congreso de los católicos alemanes de Bochum del año 1949. de una amplia concesion de la misa vespertina los días laborables (Herder-Korrespondenz, IV 1949-501 1 v 2 p 7)

La misa diaria
     308. Además de la misa pública de los domingos y dias de fiesta, punto de reunión de los fieles como comunidad, ha ido adquiriendo cada día más importancia en la Iglesia la frecuentación de la misa en días laborables. En los primeros siglos de la Iglesia se juntaban para oír misa los días laborables probablemente sólo los fieles a cuya intención se ofrecía el sacrificio. La celebración de los días de estación estimulaba, sin duda, a un número mayor de concurrencia. En el norte de Africa, donde empezó antes que en ninguna parte la celebración diaria de la misa, nos dice San Agustín que esta costumbre era necesaria sobre todo en días de peligro para los fieles, a fin de que pudieran resistir al enemigo. Con todo, no se puede afirmar que éste sea un documento que dé como costumbre la asistencia diaria a la misa por sectores más amplios (De Santa Mónica, dice San Agustín (Confess., V. 9 CSEL 33 104, lín. 6) que no omitió ningún dia la oblatio ad altare).
     Hacia fines de la época carolingia aparecen en Regino de Prün vestigios de que los fieles asisten diariamente a misa (
Cf. la nota 28. Al lado de la misa diaria, exigida por Regino en todas las parroquias, es notable el hecho de que en el siglo XI la misa conventual diaria, aunque fue norma, sin embargo, no se practicó en todos los conventos. Cf. más arriba 264). Como curiosidad digamos que la misa diaria entraba por el siglo XII en el horario de los barones anglonormandos (Véanse los ejemplos en Simmons, The Layfolks Massbóok, página XXXVIII), como también en otros sitios parece que los caballeros seguían semejante costumbre (En la poesía del Santo Grial, de Cristiano de Troyes (v. 6450ss), el ermitaño dió a Parzival el consejo de visitar diariamente por la mañana la iglesia, y si hubiera misa, debería quedarse hasta qua el sacerdote acabase de rezar y cantar (Cf la poesía Perceval le Gallois, ed. Potvin (Mons 1866), p. 261. Repetidas veces en Wolfram de Eschenbach (Parzival, ed. Lachmann 6 a ed III 169; IV, 196, 12ss; XV. 776, 25) aparece la misa como parte de la distribución del día de los caballeros). Por otro lado, no faltaron predicadores que exhortaran al pueblo a la misa diaria, y eso en una época en la que todavía no se sentía con tanta intensidad como en la baja Edad Medio la eficacia de la misa.
     Bertoldo de Ratisbona, Predigten, ed. Pfeiffer, i, 458-460 (ze dem minnesten eins in dem tage [por lo menos una misa al dial 458, lín. 7); Franz, 33s. Un sermón, atribuido a San Ambrosio (PL 17, 656 B), contiene la exhortación: Moneo etiam, ut qui juxta ecclesiam est et occurrere potest, quotidie audiat missam. No se sabe si esta exhortación se dió para todo el año o solamente para la cuaresma
. El sermón debio de escribirse a fines del siglo VIII, ya que supone la confesión al principio de la cuaresma (n. 1) y la comunión durante la misma, por lo menos en los domingos (n. 6), práctica que cayó en desuso completo durante el siglo IX.

     Efectivamente, al final de la Edad Media se ve en todas las clases sociales la costumbre de ir a misa aun los días de entre semana.
P. Jungmann S.I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA

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