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lunes, 25 de marzo de 2013

CATECISMO PARA TRADICIONALISTAS DESORIENTADOS (5)

Por Mons. José F. Urbina Aznar
 
EL CISMA
28.- ¿EL CISMA ES UN MOTIVO POR EL QUE SE PIERDE EL PODER DE JURISDICCION?.
     Efectivamente, el cismático, queda fuera de la Iglesia, y pierde el poder de jurisdicción. (Sum. Theo. 2-2, q. 39, a. 3).


 29.- ¿HA DEFINIDO LA IGLESIA QUE ES EL CISMA?.
     Lo ha definido con toda claridad. Santo Tomás de Aquino dice (Sum. Theo. 2-2, q. 39, a. 1) que: "La unidad de la Iglesia radica en dos cosas: en la comunicación o conexión de los miembros de la Iglesia entre sí y, en la ordenación de todos ellos a una cabeza... Esta cabeza es Cristo, cuyas veces en la Iglesia hace el Sumo Pontífice. Por eso se llaman cismáticos, a quienes rehusan someterse al Sumo Pontífice y a los que NO QUIEREN COMUNICAR CON LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA a él sometidos". "La esencia del cisma está en no obedecer con cierta rebelión, o sea, cuando pertinazmente SE DESPRECIAN LOS PRECEPTOS DE LA IGLESIA Y NO SE QUIERE RECIBIR SU JUICIO". Y más adelante: "Los cismáticos, pecan en dos cosas: POR SEPARARSE DE LA COMUNIDAD DE LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA, y por esto justamente MERECEN LA PENA DE EXCOMUNION, y porque rehusan someterse a la cabeza" (2-2, q. 39, a. 4 ) .
     La misma doctrina encontramos en el DERECHO CANONICO y en todos los teólogos y moralistas.


30.- ¿ES MAS GRAVE EL PECADO DE CISMA QUE EL DE INFIDELIDAD A DIOS?.
     El pecado de infidelidad es por su género, más grave que el pecado de cisma, pero puede suceder que algún cismático peque más gravemente que uno que es infiel, por el desprecio mayor o, por el mayor peligro que supone su acción. Así enseña Santo Tomás en su Sum. Theo. 2-2, q. 39, a. 2.


31.- ¿EL GRAVISIMO PELIGRO EN EL QUE SE ENCUENTRA LA IGLESIA ACTUALMENTE, PUEDE HACER MAS GRAVE EL CISMA QUE LA INFIDELIDAD?.
     Indudablemente que sí. El negarse a actuar en situación tan grave y aflictiva, imponiendo pertinazmente la propia voluntad y prudencia, despreciando los preceptos y necesidades de la Iglesia, y negándose a recibir su juicio, cerrando así los ojos a la crisis y necesidades de tantas almas, es una INFAMIA (así condena a estos el DERECHO CANONICO) incalificable. Por las circunstancias actuales, los cismáticos pecan más gravemente que los que se adhieren a una secta apostatando de su religión, porque están poniendo en peligro a toda la Iglesia. Santo Tomás dice que el cisma es el mayor pecado que se puede cometer contra el prójimo.


32.- ¿POR QUE ES EL MAYOR PECADO CONTRA EL PROJIMO?.
     Santo Tomás (Sum. Theo. 2-2, q. 93, a. 3), dice que el mayor pecado contra el prójimo, es el cisma, "porque va contra el bien espiritual de la multitud", y no solamente contra una sola persona.
     El cismático, además, muy frecuentemente, trata de arrastrar a otros a la rebelión y a la división. Se opone al superior (papa, obispo, sacerdote), crea partido, trabaja ocultamente y escandaliza a los pequeños en la Fe. El juicio de Cristo contra estos es tremendo e implacable: "más les valiera que les ataran una piedra de molino al cuello, y los arrojaran al fondo del mar".


33.- ¿COMO DEFINE SAN ISIDORO DE SEVILLA EL CISMA?
     Citado por Santo Tomás, dice que el cisma, es "LA ESCISION DE PARECERES". La escisión, se opone a la unidad. Por eso se dice pecado de cisma, al que directamente se opone a la unidad. Este pecado, rompe la unidad de la Iglesia que realiza la Caridad que no solamente une con vínculo espiritual de amor a una persona con otra, sino a toda la Iglesia en unidad de espíritu.


34.- ¿ES LICITA LA ESCISION DE PARECERES ENTRE LOS LAICOS Y SUS PASTORES?.
     La Iglesia ha hablado muy claro por la voz de los papas. Todos los fieles han de ajustar sus pareceres al parecer de los pastores, renunciando al propio. Los pastores deben dirigir la lucha en unidad de espíritu, recursos y esfuerzos. Nunca se puede aprobar la desaprobación de los fieles. A los laicos se les enseña, no se les sigue.


35.- ¿LOS LAICOS QUE EN TODO SE OPONEN A SUS PASTORES, QUE NADA LES PARECE, QUE TODO CRITICAN, QUE HACEN PARTIDO, QUE SE SIENTEN JUSTIFICADOS POR UN FALSO E ILEGITIMO CELO POR LA RELIGION PARA REBELARSE, SON CISMATICOS?.
     Evidentemente que sí. Ellos están haciendo mucho daño en un momento en el que es esencial la unidad de la Iglesia. Ella ha enseñado claramente que la voz de los papas y la voz de los obispos, es la Voz de Dios manifestada a los hombres por Sus representantes. A estos hay que obedecer y ayudar en todo con verdadero amor por la causa de Jesucristo que es a quien realmente se sirve.


36.- ¿PUEDE JUSTIFICARSE DE ALGUNA MANERA ENMEDIO DE ESTA CRISIS ACTUAL DE LA IGLESIA, QUE LAS COMUNIDADES, O LOS SACERDOTES, O LOS OBISPOS, POR LA ESCISION DE PARECERES, ESTEN DESUNIDOS?.
     Absolutamente de ninguna manera puede ser esto justificado. SIEMPRE, esta actitud conlleva el pecado de cisma, que trae sobre los infractores todas las consecuencias canónicas claramente establecidas, porque primero que los propios pareceres, se anteponen los derechos de Dios y los derechos de la Iglesia, que piden siempre la renuncia a la propia voluntad y prudencia, para que la unidad entre los fieles y sus pastores sea mantenida, así como la unidad de todos los pastores entre ellos mismos. La Iglesia no pide un acuerdo entre las partes. En esto es tusiorista e implacable. Se debe aceptar siempre la voluntad del superior. La Iglesia es una monarquía. No es una democracia. Entre los superiores, ordena la unidad de espíritu y la obediencia incondicional a los obispos, que unidos obedecen incondicionalmente al papa. Los obispos, por derecho divino, deben de gobernar unidos, colegiadamente, estando enmedio de ellos Pedro sentado como el primero de todos. La unidad entre ellos es jurídica, y no viene del mutuo acuerdo, sino que viene de que todos tienen la misma cabeza Pedro, así, es cabeza de todos, y dos obispos están unidos por la misma cabeza. Esta es la CONSTITUCION DE LA IGLESIA que es de derecho divino. Todo lo que de aquí se aparta es cismático y puede ser también indicio de una herejía ocultamente profesada. Las notas que distinguen a la Iglesia son invariables, son de derecho divino, y la unidad, que es una de esas notas, no solamente implica la unidad de culto y de Doctrina, SINO LA UNIDAD DE GOBIERNO. Y todos los que no están unidos por la unidad de gobierno, no pueden ser miembros de la Iglesia Católica, por cuanto estas notas son invariables y signos inequívocos para identificar a la verdadera Iglesia de Cristo.
     Por lo tanto, todos los que permanecen en la división, son cismáticos, porque ninguna causa puede prevalecer contra el precepto divino de conservar a la Iglesia unida bajo la autoridad del Sumo Pontíf ice.


37.- ¿ENTONCES, SIENDO ESOS SACERDOTES Y ESOS OBISPOS CISMATICOS, HAN PERDIDO EL PODER DE JURISDICCION?.
     Esto es evidente. No inventamos doctrinas. Simplemente conociéndolas, no tenemos más que aplicarlas. Todos los que se niegan a comunicar con los miembros de la Iglesia son cismáticos, y los cismáticós, pierden el poder de jurisdicción.


38.- ¿SI HAN PERDIDO EL PODER DE JURISDICCION, NO PUEDEN CONFESAR VALIDAMENTE A SUS FIELES?.
     Ellos pueden decir la Misa válidamente, pero ilícitamente. Pero sus confesiones son nulas, pues aunque no pierden el poder de las llaves, no pueden ejercerlo, ya que la Iglesia retira de los cismáticos el poder de jurisdicción.


39.- ¿ESTANDO LOS TRADICIONALISTAS DIVIDIDOS, SON, ENTONCES, TODOS CISMATICOS?.
     No todos son cismáticos, sino que permanecen católicos, todos aquellos que, aún renunciando a sus propios juicios e intereses, buscan la unidad de la Iglesia y la elección del verdadero papa.


40.- ¿Y COMO PUEDEN SER ESTOS CONOCIDOS?.
     Los obispos, no pueden ser consagrados camino a la independencia y autonomía o como una forma de solucionar los problemas que localmente tienen las comunidades ya que cada consagración episcopal, debe ir formando nuevamente el Colegio Episcopal destruido. Por lo tanto, el obispo que no se mantiene unido a su obispo consagrante y a todos los obispos que están unidos al obispo consagrante es un obispo cismático, por cuanto se ve en esa forma que lo único que buscaba es la consagración VALIDA, pero no la unidad de la Iglesia.
     Si alguno está en estas condiciones, sus sacerdotes y sus fieles tienen la grave obligación de hablar con ellos por caridad y por justicia y amonestarlos respetuosamente para que rectifiquen su posición, después de lo cual, si no hacen caso, se les debe abandonar, pues bien decía San Jerónimo, que el que come de la mesa de ésos, (se refiere a la santa Misa), es profano.
     Los sacerdotes no pueden estar independientes de un obispo. Necesariamente formarán parte de la estructura de la Iglesia. Si están bajo un obispo cismático deben amonestarlo después de lo cual, quedando libres de la obediencia que les deben, buscarán a un obispo ortodoxo .
     Igualmente los fieles, deben abstenerse de asistir a los templos de cismáticos, aun al costo de quedarse sin la santa Misa, porque si las cosas continúan como están hasta el día de hoy, la Iglesia está en peligro de desaparecer. Y Dios necesita de la acción de los hombres para salvar a la Iglesia. Deben tener en cuenta, que aunque las Misas que ofician los cismáticos son válidas, son ciertamente ilícitas y las confesiones completamente nulas. Ellos tienen el derecho de obtener los Sacramentos válidos, y exigir a sus pastores la Fe católica, y no partes de ella.
     Pero esto no es todo. La Iglesia no puede estar sin el papa. Se dice que por la crisis, es prudente esperar mejores tiempos o condiciones y esto es mentira. A mayor crisis, es más urgente y necesario que la Iglesia tenga un jefe que hable la Voz de Dios para sacarla de la crisis. Así es que éste es un engaño de los enemigos de la Fe, para que la Iglesia desaparezca completamente. No hay que creer ni seguir esas prudencias humanas o mundanas que nos están destruyendo. La Iglesia ha sido muy clara al respecto. San Pío X y Pío XII, dicen que en Sede Vacante, no hay obligación más sagrada y urgente que elegir papa. Para esta necesidad, no se consideran situaciones aun muy graves.
     Los fieles, tienen una señal muy clara para distinguir a la verdadera Iglesia en las actuales circunstancias: 

     1. si los obispos están unidos a otros obispos y buscan la unidad con los que están desunidos, 
     2. si están haciendo todo lo posible para llegar lo antes posible a la elección de un papa, pues la Iglesia, aunque muy pequeña y debilitada, no puede estar sin la cabeza,  
     3. si hay unidad de gobierno, o si ésta se pretende restaurar lo antes posible. Si esto se quiere dilatar y si se dan explicaciones variadas para esperar más tiempo, se debe desconfiar siempre y amonestar, después de lo cual, sin demora hay que adherirse a los obispos reunidos y en busca de la elección del santo padre. No hay que dejarse sorprender por las apariencias, porque Satanás es capaz de revestirse de ángel de luz para engañar.
     Si los obispos que comprenden esto, así como los sacerdotes y los fieles, no se deciden de una vez por todas a terminar con esta situación que no parece tener fin ni solución, y adoptan medidas drásticas y definitivas, y se ponen a caminar por la vía de una solución, Dios mismo ha de intervenir para castigar nuestro miedo o nuestro desinterés injurioso.
     Es cierto que tal vez muchos están ofuscados y en la presente situación no saben qué hacer, pero también es cierto que el mal, aunque se practique por ignorancia y hasta con honestidad, sin ninguna culpa del que lo hace, siempre destruye, y hay que oponerse a él y advertir a todos los que lo practican o permiten en bien de las almas y de la Iglesia.
     Callar a estas alturas es de traidores, y adherirse cómodamente y sin molestias ni sacrificios a los que dicen que están defendiendo a la Iglesia y quieren la unidad y la elección del papa, pero la dejan para después según su propia prudencia y parecer, es adherirse a los demoledores de la Iglesia que se nos pueden presentar con caras buenas, pero corazones corrompidos.
     Si estos que se nos presentan "prudentes" y "equilibrados" han hecho muchas obras por la Iglesia, aparentemente, ¿por qué esas obras maravillosas y esos recursos no los han dirigido para la reconstrucción del Colegio Episcopal, que beneficia a toda la Iglesia?, ¿no saben que toda obra debe estar cimentada sobre Pedro que es la Roca indestructible?. ¡Ellos en realidad están fomentando el cisma!.
     Se debe de considerar muy seriamente que enemigos de la Iglesia pueden estar creando incluso instituciones aparentemente laudables como pueden ser los seminarios o las órdenes religiosas, para aumentar así el control de las gentes, de tal forma que la unidad y la elección del papa se sigan esperando indefinidamente.
     Si no se obra ya, hoy, con sumo apego a la prudencia de la Iglesia que nos puede parecer a los ojos humanos imprudencia, entonces estamos perdidos. No seremos capaces de descubrir el engaño, ni seremos capaces de salvar a nuestra Iglesia.
     Creo que vale la pena abrir aquí un gran paréntesis al hilo que estamos siguiendo en este CATECISMO, para hablar, aunque sea someramente del génesis de esta crisis que hoy ha llegado a límites insospechados .
     Para el caso, pueden no ser tan importantes las voces de alerta de los mismos hijos de la Iglesia, por lo cual, daremos preferencia a las declaraciones cínicas de los mismos enemigos que confiados de su poder, publicaron abiertamente sus planes.

EL MANDATO

Mandatum novum do vobis: ut diligatis invicem sicut dilexi vos». 
Juan XIII, 34.

     Es en las proximidades de la muerte donde los grandes hombres encuentran las palabras más profundas y sinceras de la vida; esas palabras que, arrancadas ya de todos los compromisos y ligaduras del tiempo, encierran la verdad serena e inmutable de lo eterno.
     En esta sinceridad y verdad; Cristo ha pronunciado una palabra nueva, una palabra vida, una palabra ardiente, una palabra incendiariamente exigente y esencial; una palabra auténticamente suya que condensaba obligatoriamente a Cristo y al Cristianismo, al Evangelio y la Cruz, a la Redención y la Iglesia. Una palabra que Cristo llama nueva, y además de nueva, única, necesaria, imprescindible: la palabra amor.
     Y así, a pocas horas del patíbulo; pocos momentos antes del asalto de Getsemaní; poco antes de recibir en su rostro una bofetada y los esputos de unas gargantas blasfemas; horas antes de sentir desgarrada su carne por los trallazos de una soldadesca brutal; Cristo dijo: Os doy un
nuevo mandamiento: que os améis mutuamente como yo oh he amado.
     Es nececesario preguntarnos si el mandamiento nuevo de Cristo es realmente, después de XXI siglos de Cristianismo. Me refiero especificamente a la repercusión humana del mandamiento.
     La pregunta es gravísima. Porque... si al oir el mandamiento de Cristo en este siglo sentimos la extrañeza de la novedad, sin tener conciencia de la madurez dos veces milenaria del mandamiento; si desconociendo la densidad teológica de ese mandamiento nuevo, caemos en la sorpresa de su para nosotros novedad humana; sin más transcendencia que cualquier otra frase dicha en la antigüedad por cualquier filósofo; si el mandamiento nuevo fuese para nosotros nuevo, con la novedad de lo desconocido; entonces hemos de preguntarnos si los cristianos hemos fracasado; si veinte siglos de cristianismo no habrán quedado reducidos a una soñada ilusión; si hemos falsificado a Cristo, si hemos adulterado su mensaje, si hemos hecho imposible su redención.
     Porque si Dios es amor, si Cristo nos ha sido dado por amor, si la Cruz fué obra del amor, y el mandamiento del amor se nos hace nuevo, hoy, se nos hace cosa nueva, hoy; es señal de que nuestro cristianismo es señal de un cristianismo-farsa, un cristianismo de maquillaje y de bambalina teatrera. Es la hora de aplicarnos cruda y fríamente como cristianos, lo que el ardiente y por sus hermanos abrasado Pablo, decía de los que no fundamentaban su fe en la resurrección de Cristo: sois los más desgraciados de todos los hombres.
     Todo era nuevo con Cristo, y el Cristianismo se presentaba en el mundo como una novedad absoluta.
     Cristo traía una restauración y total y radical de algo que, por parte del hombre, se había perdido de una manera absoluta; Cristo traía la posibilidad de superación del pecado, por un perdón nuevo y a la vez escandaloso para el corazón duro y frío del judaismo; Cristo traía la renovación del hombre, por la nueva creación de un reino específica e integralmente montado sobre la gracia, que había de dar la maravilla de la nueva creatura, del hombre nuevo o, hablando más precisamente, había de abrir la nueva tierra y el nuevo cielo, cerrados hasta la redención de Cristo. Esta novedad de Cristo, hirió vivamente la mente de los trasmisores de la revelación: todo ha sido hecho nuevo, nos dice San Pablo (Gal. VI,5); San Lucas nos habla de la nueva alianza (XXII, 20) y San Marcos nos habla de la doctrina nueva (I, 27). Y el mismo Cristo, expresando con una vigorosa imagen su obra y su doctrina nos habla del vino nuevo, que no debe meterse en odres viejos.
     Todo era novedad en Cristo, y esa novedad no podia encuadrarse en estructuras viejas.
     Pues bien. En medio de esta catarata de realidades nuevas, en las que Cristo quería anegar al mundo; nos hallamos con una realidad nueva y un mandamiento nuevo: nos hallamos con un amor absolutamente nuevo.
     Y al hablar de este amor nuevo, de este mandamiento nuevo, no se trata de una nueva doctrina o una nueva elucubración filosófica sobre el amor. Se trata rigurosamente de un mandato exigente, imperativo, inaplazable.
     Cuando Cristo impone su mandamiento nuevo, lo que nos impone es un modo de vida. Al hablar Cristo de un amor nuevo, no habla de la luminosidad fría de un pensamiento inútil e ingenioso; sino de una pulsación vital al contacto de algo que era desconocido en los tiempos de la vida temporal de Cristo, y que, repetida e inútilmente, tuvo que explicar, cuando sus desconcertados oyentes le preguntaban: ¿y quién es mi prójimo?
     Se trata de un amor que además de imponérsenos como mandato absoluto: ¡amaros!; se da como distintivo único del Cristianismo: ¡y así conocerán que sois mis discípulos!
     Un amor concreto, vital, imperativo, exigente; un amor que descubre la novedad cristiana de un ser que se llama prójimo; un amor necesario y absoluto, para la realización total del reino de Cristo, tanto en el tiempo como en la eternidad.
     Cristo, que sabía amar y que sabía llorar porque amaba, se refería a esa fuerza emotiva en la que radica la efectividad dinámica de la vida, y que emocionado recordaba Juan, el discípulo amado, en aquella inagotable y humanísima expresión: con mis manos toqué y apreté al Verbo.
     Pero nos hallamos con la dolorosa realidad de que la palabra más bella y la más exquisita del lenguaje divino, es la más prostituida del lenguaje. Y por eso... ¡es difícil hablar del amor!
     Y es difícil hablar del amor porque un real materialismo circundante; un concepto de la vida vacío, insensato y libertino; una exaltación múltiple y obsesiva de todas las posibilidades de la carne, desde la simple belleza hasta la complejidad del sexo; el desbordamiento Inundante de un feminismo oscuro y equívoco, que exalta lo menos femenino de la mujer hasta el aburrimiento y el fastidio; la monstruosidad de la degradación masculina que está hirviendo en la gusanera infecta de una aterradora equivocidad sexual; un mercantilismo obsceno que ha convertido el amor en la ciénaga de todos los guangueos sordos e inconfesables...; todo esto, repito, ha prostituido y arrastrado por todos los lodazales la palabra más bella, más limpia, más creadora y más divina del lenguaje humano.
     Es difícil hablar del amor y más difícil aún comprender el mandamiento nuevo, porque hemos perdido la noción de prójimo, el gran descubrimiento del Evangelio; hemos helado en nuestro corazón, o como se llame ya eso que antes llamábamos corazón, el calor vital del amor, convirtiéndole en nido de víboras.
     No comprendemos el mandamiento del amor mutuo, del amor al prójimo, porque criminalmente no pensamos más que en la destrucción; hemos polarizado nuestro avance técnico hacia el aniquilamiento y la muerte; medimos la paz no por las posibilidades de una creadora y fecunda convivencia humana, sino por el número de bombas terroríficamente aniquiladoras que poseemos.
     No comprendemos el mandamiento del amor, porque los horrores pasados, la desolación presente y el terror a un futuro siniestro y sombrío, que además se nos presenta fatalmente inevitable; nos ha hundido en un cerrado y cruel egoísmo, enemigo radical de todo amor. Llevamos dentro de nosotros un corazón angustiado y pavorosamente temeroso, que se ha convertido en un yermo calcinado y estéril, al que es imposible pedir la flor jugosa y fresca del amor.
     No comprendemos el mandamiento del amor, porque nosotros que odiamos tan maravillosamente bien; ni sabemos lo que es el perdón, ni sabemos perdonar. Cristianos rijosos y egoístas, destilamos a lo más una "caridad" biliosa y mercantilizada, que no es sino una de las formas más diabólicas del odio; no comprendemos las ciegas generosidades del amor, porque nos hemos encenagado en una "justicia" dura y fría, que sería mejor llamarla lo que es: venganza. Y... no sabemos perdonar, porque no sabemos amar: mercantilizamos el perdón, cobramos el perdón, condicionamos el perdón por un egoísmo sucio y asqueroso que nos corroe las entrañas, e incluso sentimos el placer sádico de no querer perdonar, como sentimos el monstruoso placer de odiar, de matarnos... Algunas veces, ¡vergüenza y condena de nuestro cristianismo!, usamos el perdón como una de las maneras más finas de humillar a nuestro prójimo...
     No comprendemos el mandamiento total y sin excepciones del amor al prójimo, porque por ciertos convencionalismos oscuros no fáciles de comprender y difíciles de explicar, y de los que casi siempre no somos plenamente conscientes; hemos corregido la plana a Dios, arrancando de la base de la fe el amor, desmontando el orden establecido por el mismo Dios, olvidando gravemente lo que El mismo inequívocamente dijo: el primer mandamiento de la Ley es amar a Dios; pero el segundo muy parecido al primero, es amar al prójimo; y en esto están condensados la Ley y los Profetas. Este es un punto doloroso pero realísimo, que plantea la crisis... de nuestra ascética, de nuestra fe, de la autenticidad de nuestro Cristianismo.
     Estamos en la solemne sinceridad de un Jueves Santo, en la que no caben ni equívocos ni subterfugios; pero que nos obliga a comparar seriamente el sencillo y absoluto esquemalismo del amor mandado por Cristo, con la complejidad oscura e indirecta de nuestra caridad tecnificada.
     La técnica ha invadido la caridad, y dudo que una caridad arrancada a fuerza de incentivos egoístas, sea la caridad cristiana, la imperada por Cristo, la que es la señal de un verdadero cristianismo.
     Se ha dicho, y muy certeramente, que Cristo al ver que los cristianos no se mueven por las virtudes puras, que cada vez pesan menos en la motivación de sus actos; se sirve de medios divinamente diabólicos, es decir, les pone delante el señuelo de un egoísmo, para que por egoísmo hagan lo que de otra manera no harían.
     Sospecho vehementemente que la caridad tecnificada no brota de un corazón enamorado, sino que es uno de los medios divinamente diabólicos, que son un sucedáneo de la virtud, pero no son la virtud misma.
     Yo no vitupero las llamadas tómbolas de caridad, pero no puedo llamar verdadera caridad la que se hace con la esperanza de un premio. El amor no se cobra nunca. Y si se cobra será cualquier cosa, la mas de las veces será una cosa inconfesable; pero jamás será amor.
     Bien están las rifas benéficas... Todo eso está muy bien, pero todo eso constituye un sucedáneo del amor; todo ello es un sistema tecnificado de medios divinamente diabólicos...
     El cristianismo ha ido cambiando la caridad y el amor, por una fría filantropía. Quien no sabe acudir y socorrer al prójimo con amor, y sólo sabe dejar el óbolo gélido y anónimo en la fría mano desconocida que ofrece una papeleta de tómbola o rifa benéfica, ¿cumple exactamente con el precepto del amor, del amor, del amor predicado por Cristo en las ardientes horas previas a su muerte? Una caridad que espera un premio, ¿será la caridad que se abate hasta besar unos piés sucios y polvorientos?
     No; no digo que esos medios, estén mal, aunque sean un mal menor y necesario. Pero, aun admitiendo que en la vida moderna es imprescindible encauzar la caridad y facilitarla; mucho me temo que la caridad tiznada de egoísmo, no sea la caridad auténticamente cristiana; mucho me temo incluso, que no exista la caridad, y sí el placer del simple juego aleatorio...
     En cualquier hipótesis es doloroso pensar que el cristiano en estas horas terribles del mundo, no piensa en el amor como redención del hombre; no reflexiona en lo exencial de un Cristianismo, sostén de un mundo en crisis... por falta de amor. Y el cristianismo, por una ley misteriosa pero realísima, cuando no siente la caridad y el amor en el sentido verdadero de Cristo, cae en el más monstruoso de los egoísmos. El cristiano no tiene capacidad humana para mantenerse en la frialdad opaca e inexpresiva de una pura filantropía naturalista y pagana: el cristiano jamás puede ser ya un pagano, porque o es superior al pagano, si es buen cristiano, o es inferior al pagano, si es mal cristiano. El pagano puede ser un no degradado; pero un mal cristiano siempre será un ser desgraciado... ¡Terrible consecuencia de nuestra realidad cristiana!

* * *
     Mas... en estas horas emotivas y profundas, meditemos entrañablemente toda la colosal novedad del amor exigido por Cristo a los cristianos.
     Cristo nos habló de su paz, contraponiéndola a la paz del mundo; se trataba de una paz suya, tan original y tan nueva, que era absolutamente ajena a todas las posibilidades de la tierra: ¡esta paz no puede dárosla el mundo!
     Paralelamente al imponernos el imperativo del amor, habla Cristo de su amor, pero a la vez asimilable y copiable por el hombre, ya que nuestro amor ha de ser esencialmente como el suyo, aunque no tan perfecto: ¡amaros como Yo os he amado!
     Por eso; si se nos impone un amor como el de Cristo, y por lo tanto ajeno a todas las posibilidades del mundo; podemos asegurar que se trata de un amor exquisitamente nuevo; un amor base radical e insustituible del Cristianismo; un amor en el que se fragua la renovación universal de todas las cosas: ¡todo lo hago nuevo!
     Ya adivináis que este nuevo amor no es un elemental y sensiblero sentimentalismo. Es verdad, y una emocionante verdad, que Cristo y el Cristianismo consuelan al hombre en sus horas dolorosas. Pero ni el Cristianismo ni Cristo están hechos para las crisis de salón; sería blasfemo confundirlos con unas sales aromáticas, sedantes de un sistema nervioso llorón y emotivo. No puede consistir el nuevo amor predicado por Cristo a pocas horas y a pocos metros del patíbulo, en un remedio sentimentalista.
     No. En el mandamiento divino del amor se encerraban dos novedades estrictas: una profudamente humana; otra sublimemente divina. Ambas novedades abarcaban al hombre en su totalidad, para hacerlo totalitariamente cristiano.
     En el aspecto humano, el amor que imponía Cristo a sus discípulos y en ellos a todos los hombres, no puede confundirse simplemente con el sentimiento de humanidad, ese sentimiento que anida en el fondo de todo corazón honrado y de toda conciencia sana. Ese sentimiento era conocido ya por el paganismo.
     El amor impuesto por Cristo tenía otras dimensiones, tenía otras leyes, tenía otra finalidad, tenía otro origen.
     Humana y socialmente plantaba en medio del mundo novísimo concepto de prójimo, creando por medio de ese amor y por encima de todas las diferencias humanas, la conciencia de una hermandad universal.
     Si el concepto de Dios-Padre era una de las grandes novedades del Evangelio, otra de las grandes novedades del Evangelio fue la revelación del hombre-hermano, y en esta gran novedad se fundaba el mandamiento nuevo. Pero, ¿quién es mi hermano? le preguntaron atónicos a Cristo...
     La pregunta trascendental acusaba un doloroso estado de conciencia. No solo para el paganismo, sino para el mismo judaismo, el sentimiento de humanidad, el amor, estaba limitado y restringido a la raza y al culto. El prójimo no existía fuera de la religión, del culto, de la nación. Cristo venía a romper estas limitaciones, nacidas de la pequeñez y dureza del corazón humano, imponiendo un amor que impregnado del espíritu viviente de la ejemplaridad de Cristo, nos hiciese ver en el hombre al prójimo, sin distinciones de raza, de virtud, de vicio, de cultura; sin distinción de clases y niveles sociales; sin distinción de sexo, de inteligencia o de libertad. Un amor que nos hiciese ver en todo ser humano un real o posible hijo adoptivo de Dios; un amor que nos polarizase a todos en Dios, como fin supremo, infinito, inevitable...
     Cristo nos imponía un amor que llevaba en la entraña viva la ley insobornable del desinterés, del sufrimiento y hasta de la muerte si fuese necesaria por el prójimo: ¡amaros como Yo os amo¡... Y a las pocas horas daba su vida por nosotros en un patíbulo. Cristo nos pedía un amor universalista y sin quiebras, en el que habían de caber aun aquellos que no habían de profesar la misma fe en Cristo, como vigorosamente parafraseó San Pablo: "Jesús, el Maestro, nos amó antes de que fuésemos dignos de ser amados, estando aún sumidos en las tinieblas de las sombras de la muerte" (Ef. II, 4, 5).
     Quizá nuestro minúsculo corazón humano, no entiende este amor de Cristo; este pequeño corazón que se sacia en cicaterías y que se ahoga con una simple emoción volatinera; está muy lejos de comprender un amor tan total, que lleva en su entraña viva el sacrificio y aun la muerte. Y, vuelvo a repetir mientras este amor no sea la vértebra esencial del Cristianismo; mientras este amor no se convierta en la razón esencial y total de nuestra fe; mientras este amor no sea una realidad palpitante y angustiosamente exigente en nuestra vida y nuestra sociedad cristianas; nuestro Cristianismo no será el auténtico, nuestro Cristianismo será una farsa triste y trágica, que desaparecerá barrido por cualquier otra fuerza que se presente con la máscara de cualquier filantropía. ¿Es por esto por lo que estamos dando pruebas de esterilidad, de impotencia, de incapacidad casi total? ¿Esgrimimos un Cristianismo vital y cordial, obsesivo y apasionado, contra los frentes poderosos que nos acosan, o nos contentamos con la admiración fría e inútil de una bella doctrina que fué, pero que ya no nos dice nada en el mundo de hoy? ¿Estamos convencidos de que el Cristianismo no es una doctrina sino una vida, y como vida ha de tener, como centro motor, un corazón poderoso y poderoso y ardiente?
     El amor, si no es una realidad concreta y palpable, no es amor ; como no son amor las teorías, las poesías y las bellas concepciones sobre el amor.
     Cristo se propuso a sí mismo como modelo concreto y viviente, y todo el Evangelio chorrea este amor apasionado, ardiente, incondicionado, en todas las circunstancias y en todos los ejemplos posibles. Magdalena, Zaqueo, la adúltera, la samaritana, Pedro... ¡Un amor que todo lo funde desde el adulterio hasta el perjurio, desde la prostitución hasta la mancebía y el concubinato! ¡Un amor que sabe llamar amigo a Judas, que defiende a una prostituta, que acaricia a un niño y llora conmovido por las lágrimas de una pobre viuda! ¡Un amor que sabe llorar por su patria y por la muerte de un amigo, que se compadece ante el hambre de las masas que le siguen, que se mezcla con los pobres y los leprosos, que dialoga con los ladrones, que defienden a los pecadores y que come con ellos aunque le cueste la amargura de la murmuración viperina! ¡Un amor que sabe arrodillarse a los piés de sus discípulos, para lavárselos y besárselos! ¡Un amor sin empeños, ni conveniencias sociales, ni ridiculas exigencias del buen nombre...!
     Cristianos, aquí no hay ni filosofías, ni doctrinas, ni exquisiteces conceptuales, ni poesía sobre el amor. Aquí hay un amor-vida, concreto, real, humanísimo. Si a Cristo le preguntasen qué cosa es el amor, como dentro de pocas horas le preguntarán qué cosa es la verdad, Cristo respondería: ¡el amor soy yo en mis obras!
     San Juan, el apóstol que más vivencialmente sintió el amor vivido y predicado por Cristo, y que nos ha transmitido su mandamiento de amor, hace este comentario del texto del Maestro: 

     "Quien no ama permanece en la muerte. Quien odia a su hermano es un homicida y no tiene en sí la vida eterna. En esto hemos conocido el amor que El dió su vida por nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos. El que tuviere bienes en este mundo y viendo a su hermano en necesidad le cierra sus entrañas, ¿como mora en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad..." (1, 3, 13-18).
     "Amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce. El que no ama no conoce a Dios porque Dios es amor. El amor de Dios hacia nosotros se manifestó en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos... Si de esa manera nos amó Dios, también debemos amarnos unos a otros..." (id. 4, 7-12).
     Las palabras del Apóstol sugieren incidentalmente el problema que me atrevo a apellidar filantropía pauperista, que va resultando una monstruosa caricatura del verdadero amor cristiano; caricatura nacida del influjo de las corrientes socialistas y marxistas, o dicho más claramente y sin atenuaciones vergonzantes: nacida del miedo a futuras revoluciones.
     No puedo ver un verdadero amor cristiano que se funda en un miedo material y concreto, casi animal; no puedo ver el amor cristiano en una actitud que con rara frecuencia parte del insulto, más o menos velado, a las clases directoras; no puedo ver el amor cristiano, al menos el predicado por Cristo, en una actitud no raras veces sorda y peligrosamente equivoca.
     Con frecuencia en la historia han sido los pobres el parapeto, tras el cual se escondieron fines oscuros e inconfesables. Judas fué el primero en echar mano del método pauperista ante el derroche de un frasco de colonia, derramado, como él decía, inútilmente sobre la cabeza de Cristo; y el frenazo de Cristo fue claro y contundente. Es un pasaje del Evangelio que, como también otros, ocultamos cuidadosamente, sobre todo en estos tiempos de caridades no fáciles de comprender, al menos desde un punto de vista limpiamente cristiano. El amor cristiano es un amor al hombre, al prójimo, sin políticas, sin partidismos, sin redentismos, sin sociologías baratas y equívocas. Es un amor entrañable al hombre por Cristo y en Cristo. Dejo pendiente en vuestras almas un doloroso problema; y lo llamo doloroso, porque estamos a pique de crear con una sociología imprecisa y naturalista, un corrosivo sucedáneo del Evangelio.

 * * *
     Pero el mandamiento nuevo de Cristo, el mandamiento de que nos amásemos mutuamente como El nos amó, encierra una novedad más esencial y profunda.
     Por la revelación sabemos que el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Dentro de la creación visible ningún otro ser lleva en sí esta imagen divina. Por lo tanto si el hombre como individuo es una reproducción imperfecta, pero verdadera, en su procesión del Hijo por parte del Padre en el Espíritu Santo; ese individuo como miembro de la comunidad humana es a la vez un reflejo de la comunidad trinitaria de Dios, dentro de la esfera del mundo creado. Y por eso el ser humano ha de hacer verdadero su necesario encuentro con Dios, reflejándole en su necesario encuentro con los hombres, con el prójimo. Según la teología, la vida trinitaria de Dios es el prototipo, solo imperfectamente imitable, de todas las relaciones personales, tanto de las del hombre con Dios, como de las del hombre con sus semejantes. El concepto de prójimo, como objeto del amor nuevo, se revela como una realísima novedad, al descubrirnos la revelación su raíz divina; pues nace de una raíz divina y no de una raíz filantrópica, sentimentalista, sociológica.
     El pecado al irrumpir violentamente en el individuo y en la comunidad humana, ha perturbado este sistema de relaciones, haciendo imposible su realización plena. Por eso el pecado va intrínsecamente contra el amor.
     El pecado irrumpe de manera primordial en el terreno donde el hombre, imagen de Dios, ha de representar plásticamente el misterio central de la revelación cristiana, es decir, en la vida comunitaria de los hombres, vida que siendo en sí misma pluripersonal, une a todos los individuos con el único y exclusivo vínculo del amor. Esta es la gran novedad del nuevo amor mandado por Cristo, creador de una comunidad humana en la que todos los miembros han de tener... cor unum et anima una! Pero..., ¿verdad que ante este sublime ideal humano-divino de convivencia humana y cristiana, siente uno el escalofriante temor de hallarnos a sorprendente lejanía de un Cristianismo real, concreto, auténtico?
     Más aún: el Evangelio es terminante y claro al afirmar que el amor que el hombre debe a Dios, ha de dárselo por medio del amor del hombre a su prójimo. El mandato de Cristo no dice ¡amadme!, sino ¡amaros!. Y cuando en el Evangelio se habla separadamente del amor a Dios, se añade immediatamente: ¡y amarás al prójimo como a tí mismo! ¡ No existe separación en esta expresión dual del mismo esencial amor!.
     El amor a Dios ni es verdadero ni merece crédito si no está representado al mismo tiempo en la dimensión intrahumana del hombre con el hombre, del individuo con su prójimo, como elementos de la comunidad humana, la imagen comunitaria de la Trinidad.
     No; no es lo mismo amar a Dios y amar al prójimo; es verdad. Pero el mismo Dios nos dijo que estos dos amores se parecían mucho, y además nos aseguró que eran inseparables: ¡lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos a mí me lo hicisteis! (Mt. XXV, 46); si alguno dijere: amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve (I J. IV , 26).     La intuición arcangélica de San Juan, nos revela una novedad esencial del mandamiento nuevo, y que dejo en los horizontes luminosos de vuestra alma cristiana, pues rebasan los límites específicos y psicológicos de una tarde de Jueves Santo: el amor como vía de cognoscibilidad de Dios; el amor supliendo la ceguedad humana con relación a lo divino, pero por la ingerencia misteriosa de una vida divina que acusa vivencialmente la presencia vital de Dios en nosotros: A Dios jamás le vió nadie; si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros y su amor es en nosotros perfecto. Conocemos que permanecemos en El y El en nosotros en que nos dió su Espíritu. Y añade estas asombrosas palabras: por el amor como es El, así somos nosotros en este mundo (I J. IV, 12-17); el amor nos diosifica.
     Y... ¡qué necesidad tenemos de esa diosificación, nosotros hijos de la ira y del odio! ¡nosotros los que destilamos angustia, indigencia y desesperanza! ¡nosotros los devorados por un amor bestial de cada hombre a sí mismo, de cada pueblo a sí mismo, de cada raza a sí misma! ¡nosotros los hijos de las furias, que hemos llenado la tierra de fuego, de humo, de sangre, de sepulcros, de osamentas!
     ¡Qué triste tener que recluirse en un templo en una desolada tarde de un Jueves Santo, para oir hablar del amor, algo así como si fuera una poesía lejana, un ideal soñado e irrealizable, uno de los temas obligados e intranscendentes de una corriente Semana Santa!
     ¿A qué nos suenan las palabras de Cristo a nosotros que a fuerza de negros egoísmos hemos centuplicado los odios, las codicias, las esclavitudes? ¿A qué suenan las palabras de un Cristo que exije que nos amemos, a nosotros que nos roemos mutuamente en odios irreprimibles de los pequeños contra los grandes, de los pobres contra los ricos, de los grupos ambiciosos contra los grupos decadentes, de los pueblos poderosos contra los pueblos subyugados, de los descontentos contra los contentos ?
     ¿A qué suenan esas palabras ¡amaros mutuamente, en eso conocerán que sois mis discípulos!, en estos años en que el linaje humano, corroído por todas las ambiciones, ha llegado al delirio de todas las fiebres y a la locura de todos los rencores? ¿Qué significa esa hermandad universal exigida por Cristo en estos fúnebres momentos de la raza humana, convertida en un rebaño de fieras malamente contenidas por el látigo y la fuerza? ¿Qué significa el divino y generoso descubrimiento del prójimo, ese reflejo de Dios en el mundo, en una tristísima circunstancia espiritual en la que el hombre, como ser social, es definido por nuestros filósofos como lobo, como zorro, como animal de presa?
     En este momento de la raza humana, en que todo resuena a derrumbamientos colosales ¿qué significa una palabra que además de divina, es profundísimamente humana, que nos pide amor, comprensión, ternura, que quiere convertir en vergel este desolado y árido desierto, por el que corren enloquecidas almas de acero y corazones de hierro?
     ¡Pobre Cristo, que te empeñas en pedir amor al hombre, y tienes que arrancar solitario hacia el patíbulo, casi sin posibilidad de que tu mensaje sea comprendido!
     ¡Pobre Cristo, que te empeñas en pedir amor a unos seres adormecidos en la borrachera siniestra de todos los venenos, dominados por el repugnante sadismo de saciarse en la muerte de sus hermanos!
     ¡Pobre Cristo, que te empeñas en encender un amor generoso y limpio como tu corazón divino, en unos corazones carcomidos por las drogas adormecedoras y afrodisíacas de una edad voluptuosa y fúnebre, que sepulta a sus hombres en los lupanares y las trincheras, que los anega en cataratas de alcohol, que los diezma con todos los vicios!
     ¿Qué significa, cristianos, en un triste Jueves Santo, la llamada angustiosa de Cristo, en un mundo que después de veinte siglos de Cristianismo, desconoce el misterio de la Cruz, desconoce el misterio del amor; que está encenagado en la idolatría de la fuerza, en la ambición del dinero, en el regodeo de la carne?
     ¿Qué significa el amor generoso y creador de Cristo para un mundo monstruoso burdel de todas las vergüenzas inconfesables, de todas las aberraciones más monstruosas; para un mundo montado sobre el adulterio, la bigamia y toda la gama de obscenidades, de las que solo es capaz, desgraciadamente, el hombre?
     ¡Pobre Cristo! ¡Temo que la suicida sordera a tu llamada redentora de amor, sea el último paso para la hora de todas las justicias! ¡Te hemos abandonado como un día tus discípulos; y tus dolores, tus azotes, los salivazos inmundos que cayeron sobre tu rostro, tu cruz... todo supimos convertirlo en comercio y en negocio, en turismo y en comparsa, en atracción folklórica y en tipismo regionalista! ¡Como ya no nos duele el corazón con tu dolor, es imposible que nos lo conmuevas con tu amor! ¡Si tu dolor lo hemos puesto al servicio de nuestro turismo y en definitiva de nuestras bolsas; el amor que nos pides no pasa de ser un bello episodio, emotivo y sentimental, de la tragedia de tu pasión, que hoy nos conmueve tanto como... cualquier tragedia de la antigüedad griega!

* * *
     Y, por encima de todo Cristo está inevitablemente ahí; su mandato exigente e imperativo, está en pie; su cruz, austera e insuprimible, está enhiesta sobre la tierra.
     No; no. No se trata de unas simples consideraciones, más o menos sentimentales, muy propias para ser predicadas en el embarullado silencio de un templo la tarde de un Jueves Santo. No; no se trata de la reclusión de una página del Evangelio, en un acto simplemente conmemorativo, entre las cuatro paredes de una iglesia.
     Se trata, ni más ni menos, de la salvación de la sociedad, de la salvación del mundo; se trata de estrellarse o no estrellarse contra Cristo, según la escalofriante profecía de Simeón; se trata de ser o no ser, y no solamente en la eternidad, sino en el tiempo, en la vida temporal, en el mundo. Se trata del dilema tremendo plantado en medio del mundo, e inexorablemente, por Cristo: ¡o conmigo o contra mí! Se trata de volver a Dios desde todos los abismos y todos los envilecimientos, de encontrar la senda del amor después de haber gustado las desolaciones de la muerte; o se trata de hacer nuestro, al borde de la desesperación más satánica que haya existido, el grito infernal del corazón más oscuro que haya alentado sobre la tierra: ¡somos los asesinos de Dios!
     ¿Creéis que es pura escenografía teatral ver a Cristo sobre el fondo sinistro del patíbulo, rodeado de todos los odios y todas las traiciones, gritar al mundo y a los hombres: ¡amaros!? ¿No recordáis que en la esencia de su Evangelio está la abolición del odio, la abolición del concepto de enemigo? "Habéis oído que fué dicho: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian, rogad por los que os ultrajan... A fin de que seáis imitadores de vuestro Padre que está en los cielos, que hace que su sol se levante sobre los malvados y sobre los buenos, y hace llover sobre los justos y sobre los injustos. Porque si amáis a los que os quieren, ¿qué mérito hay en ello? ¿No hacen eso también los gentiles? Y si acogéis únicamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de singular? ¿no hacen los paganos otro tanto?".
     ¡Palabras llanas, sencillas, desnudas, sin filosofía... que no acabamos de comprender! ¡Palabras con las que Cristo quería fundar su reino, su nuevo Reino, cimentado por encima de la Ley y la Guerra, en el Amor! ¡Palabras por que quiso transformarnos de bestias en santos por medio del amor! ¡Palabras por las que a todos los hombres, hermanos en la miseria, nos quiso transhumanizarnos, divinizarnos, y así, con nosotros, crear el nuevo Reino! ¡Amor de Dios al hombre; amor del hombre a Dios, al amigo, al enemigo!
     Pero fijaros bien, cristianos. Si este amor fuese imposible, sería imposible también nuestra salvación; si este amor fuese absurdo, Cristo sería la más monstruosa de las contradiciones y su Cruz el más insoluble de todos los problemas. Si ese amor fuese irrealizable entre los hombres, sería irrealizable el ideal de la sociedad cristiana; la historia humana se reduciría a una serie de milenios de probar y volver a probar el modo, de que una jauría de perros pudiesen convivir por algún tiempo unidos, aunque fuesen dominados por la fusta y el látigo. Si este amor fuese la vana ilusión de unas palabras vacías, el corazón humano sería el desierto más estéril, más triste y más calcinado de todos los desiertos, y nuestra alma la oquedad más gélida y tenebrosa de las imaginables.
     ¡Qué mal comprendemos en estos años de odios irrefrenables, el amor a los enemigos, a los que nos odian! Les odiamos porque nos amamos a nosotros mismos en demasía; les odiamos porque somos egoístas; les odiamos porque casi siempre nos olvidamos que en nosotros, y no en ellos, está la causa de su odio. Les odiamos porque son perversos, olvidándonos que también nosotros lo somos; los odiamos porque nos roban aquello mismo que nosotros habíamos robado... ¡Amando a nuestros enemigos es como podremos imitar el amor de Dios a nosotros, sus enemigos!
     Cristo al predicar el mandamiento nuevo, al imponer sin excepciones el amor integral a los hombres, descubriendo al prójimo, y haciendo desaparecer al enemigo; ha invertido todos los valores de la historia humana, ha vuelto del revés todas las relaciones entre los hombres: cuando el hombre odie lo que hoy ama y ame lo que hoy odia; entonces el hombre será otro la sociedad humana será otra; será la real, la verdadera sociedad, posible familia y hogar de todos los hombres. Entonces será posible pensar en una felicidad humana y temporal, previa a la felicidad eterna; entonces será verdad que el Reino de los Cielos empezará en la tierra.
     Cristianos, dejo este llamamiento temblando en vuestras almas. Que estos momentos solemnes, no se reduzcan a un simple protocolo religioso, más o menos profundamente sentido; sino una llamada seria y sincera a la conciencia: a la conciencia individual y a la conciencia colectiva, porque somos no solo cristianos, sino sociedad cristiana en el mundo.
     Cristianos, demos una respuesta pública y explictamente al mundo, que sin saberlo busca desoladamente a Cristo. Este mundo febril y materializado, busca desesperadamente una oleada de amor, para salir de tanta podredumbre, de tana sedición, de tanto odio. Cristo mismo anda buscando un punto de apoyo para su nueva aparición, y es triste que su pueblo, el pueblo cristiano, no se lo dé. Hemos llegado a una segunda plenitud de los tiempos que, o se corona con el amor de una hermandad humana y de una realización total del amor pedido por Cristo, o nos hundimos para siempre en la más horrible y trágica de las hecatombes...
     "Hoy los más de los hombres no saben, no quieren hallarte, oh Cristo. Si no haces sentir tu mano sobre su cabeza y tu voz sobre sus corazones, seguirán buscándose tan solo a sí mismos, sin hallarse, porque nadie se posee si no te posee.
     Nosotros te rogamos, pues, oh Cristo; nosotros los renegados, nosotros los culpables; nosotros, los que aún nos acordamos de tí y nos esforzamos en vivir contigo, aunque siempre demasiado lejos de tí; nosotros, los últimos, los que fatigados, rendidos, regresamos de los periplos y los precipicios, te rogamos que vuelvas una vez más entre los hombres que te mataron, entre los hombres que siguen matándote, para darnos de nuevos a todos nosotros, asesinos en la oscuridad, la luz de la verdadera vida...
     ...¿Por qué no has de acudir al llamamiento de los miserables? ¿No dijiste haber venido para los enfermos más que para los sanos, por el que se perdió más que por los que quedaron? Pues ya ves que todos los hombres están apestados y febriles, y que cada uno de nosotros, buscándose a sí mismo, se ha extraviado y se ha perdido. Nunca como hoy ha sido tan necesario tu Mensaje, y nunca fué como hoy olvidado y menospreciado. El Reino de Satanás ha desplegado todo su poder, y la salvación que todos buscan a tientas no puede estar más que en tu Reino.
     El gran experimento se aproxima al fin. Los hombres, alejándose del Evangelio, han encontrado la desolación y la muerte... Ya no tenemos nosotros, los desesperados, sino la esperanza de que vuelvas. Si no vienes a despertar a los durmientes que yacen en la charca hedionda de nuestro infierno es señal de que el castigo te parece aún harto corto y ligero para nuestra traición y no quieres derogar el orden de tus leyes...
     Pero nosotros, los últimos, te esperamos todos los días, a pesar de nuestra indignidad y de todo imposible. Y todo el amor que podamos obtener de nuestros corazones desvastados será para tí, ¡oh Crucificado!, que fuiste atormentado por amor nuestro y ahora nos atormentas con el poderío de tu implacable amor..."
(Papini).


José Maria de Alejandro, S.J.
SERMONES DE SEMANA SANTA

LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA (4)

 Por R. P. Joaquin Saen Arriaga
(27-35)

La Propaganda en los días del CONGRESO EUCARISTICO.

     Además de la propaganda oficial, distribuida por la oficina central del Congreso entre los peregrinos, circuló profusa y públicamente la propaganda subversiva. En todas las esquinas se vendían ejemplares del periódico comunista "FRENTE UNIDO", cuyo fundador fué el P. Camilo Torres Restrepo, el famoso sacerdote guerrillero; y cuyo director era el Sr. Germán Guzmán Campos. Tres figuras destacaban en la portada: Paulo VI, en medio, a un lado Camilo Torres y al otro el "Ché" Guevara, el famoso guerrillero muerto en Bolivia.
     Tres pensamientos compendian el mensaje del periódico, el de Cristo, el de Camilo y el del "Ché" Guevara:
     1.- "Cristo, mi jefe, enseñó... "No he venido al mundo traer la paz sino la guerra".
     "...Solo los violentos entrarán en el reino de los cielos"
.

     Según este pensamiento, que falsea el Evangelio de Cristo, la revolución violenta, la guerra, son el fin del cristianismo.

 CRISTO

     2.- "El peor lastre de la Iglesia colombiana es tener bienes y poder político, lo cual la lleva a seguir en sus decisiones la sabiduría de los hombres, más que la sabiduría de Dios.
     "Es muy difícil servir a dos amos: a Dios y a las riquezas.
     "El clero colombiano es el más reaccionario del mundo. Más aún que el de España. Es evidente que las únicas iglesias progresistas de la tierra son las iglesias pobres"
.

Camilo.

     3.- "Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizá sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir, a un espíritu apasionado, una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se le contraiga un músculo.
     "Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible...
     "Los dirigentes de la revolución tienen hijos que en sus primeros balbuceos no aprenden a nombrar al padre; mujeres que deben ser parte del sacrificio general de su vida, para llevar la revolución a su destino; el marco de los amigos responde estrictamente al marco de los compañeros de la revolución. No hay vida fuera ce ella"
.

"Ché".

     Y, al terminar la página, como síntesis del pensamiento progresista, leemos asombrados estas palabras: EL DEBER DE TODO CRISTIANO ES SER REVOLUCIONARIO... EL DEBER DE TODO REVOLUCIONARIO ES HACER LA REVOLUCION! Luego, el deber de todo cristiano latinoamericano es hacer la revolución, tinos dicen que violenta; otros opinan que pacífica. Pero todos admiten que hoy ninguno puede ser buen católico si no hace a su modo la revolución.
     En la siguiente página leemos "El mensaje de Inti Peredo". LA GUERRILLA BOLIVIANA NO HA MUERTO. Acaba apenas de empezar".

     "Inti Peredo, comisario político del Ejército de Liberación Nacional de Bolivia, fundado por el "Ché" Guevara, a quien en su diario calificó como un cuadro revolucionario y militar, que despuntaba cada vez más, acaba de dar a conocer al pueblo boliviano y al mundo la información de que el foco guerrillero en su país no ha muerto y en la que desvirtúa y desmiente todas las afirmaciones en que coinciden revisionistas y traidores, seudo-revolucionarios y oligarcas pro-imperialistas, sobre el fracaso del camino revolucionario escogido por el "Che" y por los combatientes que con él murieron. Para el conocimiento de los lectores de "FRENTE UNIDO" publicamos fragmentos del trascendental mensaje:
     "¡La guerrilla boliviana no ha muerto! ¡Acaba de empezar!
     "La guerrilla boliviana está en plena marcha y no vacilaremos en darle, como epílogo brillante, el triunfo de las fuerzas revolucionarias, que instaurarán el SOCIALISMO en América Latina.
     "Nuestro país ha vivido en principio una experiencia revolucionarias de dimensiones continentales insospechables. El comienzo de nuestra lucha ha estado acompañado de una trágica adversidad. Hemos sufrido un duro golpe por la irreparable desaparición física de nuestro amigo, compañero y comandante Ernesto "Ché" Guevara y de muchos otros combatientes. Ellos que constituían lo más puro y noble de las generaciones de nuestro Continente, no dudaron un solo instante en ofrendar, en aras de la redención humana, lo poco que les era permitido: sus vidas.
     "Pero todos estos episodios dolorosos, lejos de amedrentarnos, fortificaran nuestra conciencia revolucionaria, aumentan nuestra decisión de lucha y hacen que ella recrudezca para forjar, en el duro crisol de la guerra, nuevos combatientes y nuevos conductores, q hagan honor y rindan tributo de gloria a los caídos.
     "Sabemos por qué luchamos. No hacemos la guerra por la guerra. No somos un grupo de ilusos. No combatimos por ambiciones personales o partidistas. Tenemos confianza en el hombre como ser humano. Nuestra meta única y final es la liberación de America Latina, que no sólo es nuestro Continente, sino también nuestra patria, deshecha transitoriamente en veinte repúblicas.
     "Estamos convencidos de que el sueño boliviano y del "Ché" de unir a Latinoamérica, política y geológicamente, sólo se conseguirá por medio de la lucha armada, el único camino digno y honesto, glorioso e irreversible que motivará el pueblo. No hay otra forma de lucha más pura. Y en el camino de la lucha armada, la guerrilla es el método más efectivo y correcto.
     "Por eso, mientras haya un hombre honesto en América Latina, la guerrilla no morirá, la lucha armada se desarrollará vigorosamente, hasta que el pueblo entero adquiera conciencia y se levante en armas contra el enemigo común: el imperialismo norteamericano.
     "Y la guerrilla boliviana no ha muerto, recién comienza Para nosotros la guerrilla es una forma de lucha que utiliza el pueblo para tomar el poder, planteándose, como característica esencial, la duración, más o menos prolongada, de la misma.
     "La primera etapa de toda lucha guerrillera consiste en poder sobrevivir hasta que se arraigue totalmente en el pueblo, principalmente entre los campesinos. Desde ese núcleo irá renovando sus fuerzas permanentes hasta alcanzar un grado tal de desarrollo que la convierta en poder invencible...
     "El brote guerrillero, en nuestro caso, no pudo pasar esta primer etapa, pero ya vendrán otros que surgirán y se desarrollarán plenamente hasta aplastar al enemigo.
     "Nuestros críticos, concluyen por este hecho circunstancial, que el camino es el equivocado. No tocan, ni quieren analizar las causas que indujeron a nuestra derrota parcial y momentánea. Y no quieren hacerlo porque tendrían que juzgarse ellos mismos.

     "Ellos contemplaron nuestra lucha desde lejos. ¡Y es más! La aislaron totalmente, le negaron colaboración y realizaron propaganda antiguerrillera en el seno de su militancia. Luego para salvar las apariencias "anti-imperialistas" emitieron sendos comunicados de "solidaridad" con la lucha guerrillera. Pero en los hechos, esa solidaridad se tradujo en simple palabrería de apoyo moral obligado a un pequeño grupo de "soñadores románticos".
     "La dirección del partido comunista de Bolivia habla de la preparación del partido para la toma del poder por 'todas las vías'. En la toma del poder debe y tiene que participar todo el pueblo. Por lo tanto, el pueblo tiene que ser preparado para ello y no se le puede hablar de 'todas las vías' cuando se está preparando y gestando una de ellas. Cuando el partido o un grupo se plantea tomar el poder, escoge una vía determinada: lo contrario es no pensar seriamente en la toma del poder.
     "Graciosamente pretenden deshauciar la vía guerrillera por su primera derrota e insisten en la posibilidad de la vía 'democrática' o reformista, a pesar de los fracasos permanentes que ésta sufre. ¡Descartemos el problema electoral! Para ningún revolucionario serio puede ser éste el camino para la toma del poder en Bolivia o en otro país latinoamericano..."
     "... No somos enemigos de las luchas del pueblo por sus reivindicaciones. Pero estamos seguros de que éstas serán mucho más fructíferas y efectivas si se enfrentan a un gobierno amedrentado y debilitado por las acciones de un foco guerrillero..."
     "Este foco guerrillero es el que demuestra al pueblo, con hechos, que es posible enfrentar el poderío del imperialismo y de sus peleles, y no sólo que es posible enfrentarlo, sino que es posible vencerlo.
     "El pueblo y principalmente los campesinos no apoyan algo que para ellos no existe. Esperar el apoyo del campesino para la lucha armada, cuando ésta no existe, es jugar a la insurrección, como lo hacen algunos 'teoricos' de la lucha armada, que previamente exigen el apoyo masivo del campesinado. Los campesinos sólo apoyarán concretamente a un foco guerrillero, cuando éste les muestre fuerza.
     Por eso es que, en la primera etapa, el objetivo de la lucha guerrillera es fortalecerse, sobrevivir en el terreno de las operaciones, constituyendo una cuestión esencial la ayuda que se les preste desde las ciudades. En nuestro caso, esa ayuda nos fué negada por las fuerzas políticas conocedoras de la existencia de nuestro movimiento..."
     "...Algunos piensan que somos una fuerza en 'desbande'. Se engañan. Estamos avocados a la tarea de reorganizar nuestros cuadros armados y volveremos a proseguir la lucha en las montañas, porque creemos firmemente que éste es el único camino que nos conducirá a la liberación de nuestro pueblo y de América Latina de las garras del imperialismo yanqui.
     "No buscamos organizar un partido político. Llegaremos a estructurar una fuerza armada capaz de enfrentarse y vencer al ejercito, principal instrumento de sostén del régimen existente en nuestros paises.
     "Tampoco seremos el brazo armado de partido político alguno...
     "Estamos plenamente convencidos de que la guerrilla no constituye un instrumento auxiliar de alguna otra 'forma superior de lucha'. Por el contrario, pensamos y la experiencia internacional lo demuestra, que esta forma de lucha dirigirá la emancipación de nuestros pueblos...
     "...La liberación de nuestro pueblo no puede ser obra de un solo grupo o de un solo partido político. En eso coincidimos con los partidos de izquierda. Necesitamos un amplio frente anti-imperialista. La cuestión es cómo conseguirlo...
     "Nuestra corta experiencia nos ha demostrado que en pocos meses de lucha armada se logró avanzar en ese sentido, en mucha mayor magnitud, que en tantos años de sentarse alrededor de mesas redondas...
     "... El sectarismo de los 'vanguardistas' se traduce también en la exigencia de subordinar la dirección de la guerrilla a la dirección política. Habría que preguntarse: ¿A la dirección política de quién?...
     ¿Se trata acaso de dividir la lucha en armada y pacífica, subordinando la forma de lucha armada a la pacífica?... O ¿es que se pretende utilizar la lucha armada como simple instrumento de presión para la "lucha política" en las ciudades?... ¿Por qué no pensar más bien en la dirección única político-militar, considerando que en situación de guerra, como es la guerra de guerrillas, los cuadros revolucionarios más capacitados y aptos deben atender al problema de la guerra?
     "La lucha que se desarrolla en las ciudades debe coadyuvar a la acción guerrillera. Por lo tanto, la ciudad no puede dirigir la guerrilla. Es ésta, como un grupo armado de vanguardia del movimiento de liberación, la que debe dirigirlo. Esto sucede naturalmente. Querer hacer lo contrario es lo mismo que condenar la guerrilla a la ignorancia, hacerla lenta y pesada. En síntesis: conducirla al fracaso. La lucha misma irá creando sus dirigentes. En ella se forjarán los verdaderos líderes del pueblo y nadie que se considere honesto y revolucionario puede exigir la dirección o temer que se la arrebaten...
     "Los movimientos de Liberación Nacional están asentando mundialmente duros golpes al enemigo común: el imperialismo.La cruel guerra de Vietnam, a pesar de equilibrar la economía norteamericana militarizándola y evitando una crisis, le está creando serios trastornos. Todo el poderío militar de los yanquis es ya impotente para detener ese pueblo, glorioso en armas.
     "La lucha de nuestros hermanos vietnamitas es la lucha de todos los revolucionarios del mundo. Ellos pelean por nosotros, junto a nuestros pueblos, los que debemos crear ese segundo Vietnam, fieles el legado que nos dejó nuestro heroico Ernesto "Ché" Guevara.
     "La tesis de crear varios Vietnam no es caprichosa, ni es el fruto de una mentalidad guerrista, como quieren presentarla nuestros enemigos, y también los seudo-revolucionarios Es una tesis que corresponde a una realidad. El imperialismo no cederá voluntariamente sus posiciones. Y, en nuestro Continente, mediante su Ministro de Colonias, la O.E.A., empujará a sus lacayos, en los diferentes países, a sumar sus fuerzas para aplastar a cualquier pueblo que se levante en armas. 


"ESTA ES LA EPOCA DE LA REVOLUCION COTINENTAL...

     "Hemos perdido una batalla y en ella cayó el máximo líder de los pueblos oprimidos: Comandante Ernesto "Ché" Guevara.
     "Pero la guerrilla continúa y no la detendremos jamás, porque los que luchamos juntos con el "Ché" no conocemos la palabra rendición. Su sangre y la de los combatientes que regaron los campos de Bolivia harán germinar la semilla do la liberación y convertirán a nuestro Continente en un volcan que vomitara fuego y destrucción contra el imperialismo.
     "Seremos el Vietnam triunfante que el "Che' romántico, visionario y heroico, soñó y amó.
     "Por esos ideales estamos dispuestos a vencer o morir.
     "Por esos ideales murieron compañeros cubanos.
     "Por esos ideales murieron compañeros peruanos. 

     "Por esos ideales murieron compañeros argentinos.
     "Por esos ideales murieron compañeros bolivianos.
     "Honor y gloria para Tania, para Joaquín, para Pablo Chang, para Moisés Guevara, para Jorge Vásquez, para Aniceto Reynaga, para Antonio Jiménez, para Coco Peredo, para cada uno de los que cayeron con el arma al brazo...
     "Que el imperialismo y sus lacayos no canten victoria, porque la guerra no ha terminado: recién empieza. ¡Volveremos a las montañas! Otra vez estremecerá a Bolivia nuestro grito de ¡VICTORIA O MUERTE!"


     Este documento tiene, indudablemente, una importancia capital, para poder conocer y valorizar el programa de intensa subversión comunista proyectado internacionalmente para la America Latina. Los que siguen creyendo que la amenaza comunista es un mito, que ya no existe, que es producto de mentes exaltadas y enfermizas, quizas abran los ojos, para darse cuenta del peligro real, inminente, activísimo, a que todos los pueblos latinoamericanos y, en modo destacado, México, está amenazado. "Las guerrillas no han muerto. Acaban apenas de empezar". "No vacilaremos en darle(s), dice Inti Peredo, como brillante epílogo, el triunfo de las fuerzas revolucionarias, que instaurarán el SOCIALISMO EN AMERICA LATINA".
     La guerrilla del "Ché" Guevara ha sido, así lo dice el documento que comentamos, una experiencia revolucionaria de dimensiones continentales insospechables. No fué, pues, a juicio de las fuerzas de la subversión, una derrota, un triunfo decisivo del mundo libre, sino, por el contrario, una fructuosa experiencia para los milicianos del Comunismo Internacional. El "Ché" Guevara se convertirá en un mártir, en un héroe mundial del socialismo revolucionario.
     Para mí es una de las armas más poderosas y más temibles, que tienen las guerrillas latinoamericanas: esa mística, que desgraciadamente no tiene ya el mundo libre, porque los encargados de fomentarla y preservarla en las nuevas generaciones, han sido los primeros en combatirla y extinguirla. ¿Qué diéramos nosotros por contar con esa decisión, esa unidad, ese arrojo en nuestras juventudes católicas? ¡Ya murió el espíritu aguerrido de aquella gloriosa ACJM del tiempo del P. Berguend! Fueron, dolor causa decirlo, fueron los obispos los que acabaron con ese espíritu, para crear una nueva ACJM acomodaticia, flexible, entreguista.
     Dice Inti Peredo: "Todos estos episodios dolorosos, lejos de amendrentarnos, fortifican nuestra conciencia revolucionaria, aumentan nuestra decisión de lucha y hacen que ella se recrudezca para forjar, en el duro crisol de la guerra, nuevos combatientes y nuevos conductores, que hagan honor y rindan tributo de gloria a los caidos". ¡Si así habláramos los que creemos en Dios y los que luchamos por la libertad!
     Al comparar Inti Peredo las diversas actitudes de la guerrilla activa, militante, que se enfrenta a la muerte con los comunistas de ciudad, que simpatizan, que de algún modo ayudan, pero que no se exponen al peligro, hace una observación, que bien podemos aplicarla también, a nuestra gente. Son muchos los que dicen ser enemigos del comunismo; son muchos los que cautelosamente ayudan a los que están dando la lucha contra la subversión ideológica, moral, social y política; pero ¡qué pocos son los que se prestan a tomar parte en la batalla, comprometiendo no digo a sus personas —sino su posición, sus intereses, sus conveniencias!
     El documento de Inti Peredo debe ser conocido y estudiado a fondo, para asegurar nuestras legítimas defensas.
     Pero, —en contraposición— el documento desconcertante, más denunciador y más comprometedor para la Iglesia en esta lucha entre la libertad y la esclavitud, es el que publica FRENTE UNIDO, en el mismo número, que ampliamente circuló en Bogotá, durante los días del Congreso Eucarístico Internacional. Ya lo conocíamos, porque "EXCESIOR" lo había antes publicado en México. Merece ser aquí reproducido:


EL NUNCIO APOSTOLICO EN CUBA HABLA.

     Monseñor César Zachi, Nuncio Apostólico en Cuba, es un obispo postconciliar: joven, alto, simpático y con un matiz intelectual sabiamente dosificado.
     "Entre 1959 y 1960, comunidades enteras de sacerdotes y monjas evacuaban La Habana y otras ciudades, fuera como protesta ante alegadas restricciones a la libertad de cultos (en todo caso esos retiros cumplían también la función de estimular una crisis política), fuera como exigencia del gobierno ante pruebas irrefutables de complicidad con actividades contrarrevolucionarias. Desde 1959 y hasta después de la invasión de Bahía de Cochinos, depósitos de armas aparecieron detrás de los altares mayores. En los años siguientes, en casi toda conspiración develada estaba incluido un Sacerdote, y varios franciscanos se complicaron en un plan de asesinato del Primer Ministro (alguno de ellos cumple aun pena de prisión). Por su lado el gobierno fue modificado en estos nueve años numerosas prerrogativas eclesiásticas; prohibió a los sacerdotes, como lo había hecho la Revolución Mexicana, el uso de hábitos en la via pública, expropió vastas propiedades de la Iglesia (herida que aun no se ha cerrado) e impidió, de hecho, la enseñanza religiosa en las escuelas.

     "Desde la llegada a La Habana, hacia 1960, Monseñor Zacchi debió enfrentar esta compleja querella, que por parte de la Iglesia se mantenía dentro de una humillada obstinación, al considerarse perseguida, mientras el gobierno a su vez se negaba a considerarla inocente o disociada de sus antiguos patrocinadores: los miembros de la gran oligarquía expulsada del país, y cómplice de los intentos intervencionistas norteamericanos. El mismo Nuncio reconce que la situación tenía (y tiene) poco que ver con el problema de la expresión religiosa en si. La celebración del culto católico nunca ha sido prohibida en Cuba, y en 1961, inclusive, después de la invasión, el Padre Pardiñas -Capellan de ejercito rebelde- oficiaba una Misa de campaña para miles de creyentes, en la plaza cívica de la Habana.
     "El último número del Almanaque de Caridad —una publición catolica que se edita en La Habana desde hace 84 años sin interrupción- anota el funcionamiento normal en todo el país de 200 Iglesias. 15 comunidades religiosas masculinas, y 16 órdenes femeninas. Sólo en la provincia de La Habana, hay tres asilos (dos de ellos hogares-cuna) y cuatro hospitales, administrados por órdenes religiosas, además de tres librerías católicas. En esa edición del Almanaque, escribe su director, el R.P. Hilario Chaurrondo. C.M.: 'Los sacerdotes multiplican sus trabajos cuidando algunas seis y siete Iglesias. Las escuelas de catecismo funcionan. Los cursillos de perfeccionamiento se están organizando. El movimiento liturgico es consolador. Ya casi todo el mundo reza en alto y sabe lo que reza".

sábado, 23 de marzo de 2013

LA MASONERIA Y SU PLAN CONTRA LA IGLESIA

Revista Claves
febrero de 1993
(Por el P. Sáenz Arriaga)

     «Permitidme que transcriba aquí lo que en mi libro CUERNAVACA Y EL PROGRESISMO RELIGIOSO EN MEXICO, escribí hace dos años:
     «No es un secreto para nadie que uno de los objetivos más antiguos y más perseguidos por la mafia judía y por los organismos internacionales, que ella ha fundado y dirige: la masonería, el comunismo, la Internacional Financiera y la Internacional Política, es el establecimiento de un Gobierno Mundial, que englobaría en un sincretismo socialista, a todas las instituciones económicas, sociales, políticas y religiosas de las diversas naciones.
     «La ofensiva, que actualmente se desencadena contra la Iglesia Católica, es tan sólo una fase de esa ambiciosa maniobra, encaminada a infiltrar a la Iglesia de Cristo, a destruirla por dentro, a asociarla, en las altas esferas, con los enemigos que la combaten.
     «El abate Roca (1830-1893), salido de la Escuela de los Carmelitas y ordenado sacerdote en 1858, fue nombrado canónigo honorario de Perpignan en 1869... Es un apóstata de la peor especie; miembro de las sociedades secretas más importantes y elemento conscientemente dispuesto a la destrucción de la Iglesia. Nos parece oportuno citar algunos de sus escritos, que parecen anunciarnos la crisis espantosa, que estamos viviendo. En una carta al judío Oswald With, del 23 de agosto de 1891, le dice:
     «Un cristianismo nuevo, sublime, amplio, profundo, realmente universalista, absolutamente enciclopédico, el cual terminará por hacer descender sobre la tierra todo el cielo, como ha dicho Víctor Hugo; por suprimir fronteras, los sectarismos, las iglesias locales, étnicas y celosas; los templos divisionarios, los alvéolos que retienen, prisioneras del Papa, a las moléculas doloridas del gran cuerpo social de Cristo». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 123).
     «Lo que la cristiandad quiere edificar no es una pagoda, sino un culto universal, que englobará a todos los cultos». (Ibid. pág. 77).
     ¿No es éste el «ecumenismo» que comentamos en la liturgia del Cardenal Lercaro del día anterior?
     «La humanidad, a mis ojos, se confunde con Cristo, de un modo mucho más real de lo que los místicos habían creído hasta ahora. Si Cristo-Hombre, como Verbo Encarnado, es Hijo único de Dios, es también, en consecuencia, el universo entero y, especialmente, toda la humanidad o, mejor dicho, la innumerable serie de las humanidades viajeras». (Ibid, pág. 188).
     Aquí tenemos los orígenes del Cristo cósmico teilhardiano. En los antros de la judeo-masonería, por mucho que los iniciados quieran negarlo, fue confeccionada esta concepción, en la que el progresismo se asocia y se funde con todas las religiones, en el dios inmanente del panteísmo.
     «Encarnación de la Razón increada en la razón creada, manifestación de lo absoluto en lo relativo, Cristo en persona es un símbolo central, una especie de jeroglífico de carne y hueso, hablando y obrando de un modo siempre típico. Es el Hombre-Libro, citado conjuntamente por la Kábala y el Apocalipsis».
     «Lo que es la Evolución, en lenguaje de los sabios; es redención, desencarnación, muerte y ascensión en el lenguaje de los sacerdotes ilustrados». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 237).
     El canónigo Roca, en el Congreso Espiritualista Internacional celebrado del 9 al 16 de septiembre de 1889, en el Gran Oriente de Francia, bajo la presidencia de honor de la Duquesa de Pomar, dijo:
«MI CRISTO NO ES EL CRISTO DEL VATICANO» 
      «Con el mundo y porque es el mundo, Cristo evoluciona y se transforma. Nadie detendrá el torbellino de Cristo; nadie frenará el tren de la evolución, que Cristo conduce por los mundos y que lo arrastrará todo, los dogmas evolucionan con él, ya que son algo viviente, como el mundo, como el hombre, como todo ser orgánico. Ecos de la conciencia colectiva, siguen, como ella, LA MARCHA DE LA HISTORIA».
     He aquí la evolución integral de Teilhard; he aquí también la evolución dogmática, según el pensamiento «progresistas». He aquí la base del «aggiornamento» que considera a la Iglesia en función del mundo, evolucionando con el mundo, acomodada a las características del mundo histórico que vivimos. Los dogmas deben evolucionar con el mundo; no son verdades inmutables; son «ecos de la conciencia colectiva».
     En su libro EL FINAL DEL MUNDO ANTIGUO (pág. 327), Roca anuncia la presente crisis de la Iglesia:
     «¿Lo que se prepara en la Iglesia Universal? No es una reforma; es, no me atrevo a decir, una revolución, ya que el vocablo sonaría exacto, sino una evolución».
     Yo recuerdo haber escuchado de los labios del Cardenal Ottaviani esta expresión pavorosa: «Lo que estamos viendo es una espantosa revolución». ¿No es la misma idea la que expresó Paulo VI cuando dijo que la actual crisis de la Iglesia parecía una «autodestrucción» del catolicismo? Y, en un reportaje de la AP de Ciudad Vaticana, 28 de octubre 1970, leemos:
     El Papa Paulo VI advirtió hoy contra las «catastróficas consecuencias», que surgirían, de aceptar todos los cambios radicales como medio de progreso.
     «La gente se pregunta: ¿acaso están cambiando las verdades y dogmas religiosos?, dijo Paulo VI, durante su audiencia semanal en la Basílica de San Pedro. Y ¿acaso no existe ya nada permanente?.
     Se debe encontrar una respuesta, dijo Paulo VI, «aun cuando sea para evitar las catastróficas consecuencias, que surgirán al admitir que ninguna norma, ninguna doctrina puede permanecer para siempre, y que todos los cambios, aun cuando sean radicales, pueden adaptarse como método de progreso de controversia o de revolución».
     «Si no deseamos que la civilización termine en caos y que la religión cristiana pierda toda justificación en el mundo moderno, todos debemos expresar con claridad que "algo" permanece y debe permanecer al pasar del tiempo».
     La base y el fundamento inconmovible de nuestra fe católica no es la conveniencia personal o colectiva -el evitar las catastróficas consecuencias de un cambio constante de nuestras ideas- sino la autoridad de Dios, que nos ha revelado las verdades que creemos. No es "algo" lo que permanece y debe permanecer, sino "todo" lo que Dios nos ha enseñado: todos nuestros dogmas, porque si un solo dogma cae, todos los demás lógicamente tienen que seguir el mismo derrumbe. Lo que el Paulo VI deplora no es sino la consecuencia inevitable de haber dejado caer la piqueta demoledora sobre lo que el Magisterio de la Iglesia una vez enseñó como verdad de fe católica.
     Sigamos reproduciendo los planes diabólicos de la conspiración judeo-masónica, como nos lo dio a conocer, en el siglo pasado, el canónigo Roca:
     «El viejo Papado, el viejo sacerdocio abdicará de buena gana ante el Pontificado y ante los sacerdotes del futuro, que serán los del pasado, convertidos y transfigurados en vistas a la organización científica del planeta, a la luz del Evangelio».
     «Y esa nueva Iglesia, aunque tal vez no deba conservar nada de la disciplina escolástica y de la forma rudimentaria de la Iglesia antigua, recibirá, sin embargo, de Roma, la consagración y la jurisdicción canónica». (GLORIOSO CENTENARIO, Pág. 452, 456).
     La curia Romana no será perdonada:
     «Esa Institución Política, que bajo el nombre de Curia Romana o de Vaticano se ha yuxtapuesto y, a veces, incluso superpuesto a la Institución Divina. El Vaticano no es la Iglesia; el Derecho Canónico no es el Evangelio. (Ibid. pág. 452).
     ¿No se parece esta descripción de la Iglesia anunciada por Roca a la Iglesia postconciliar, que nos ha dado el «progresismo»? ¿No parece que la "colegialidad o la corresponsabilidad" han hecho desaparecer al antiguo Papado? ¿No hemos visto al viejo Papado, a los antiguos obispos, a los sacerdotes abdicar de buena gana su carácter jerárquico y sagrado, para convertirse en «presidentes de la asamblea»? ¿Qué queda de la Curia Romana? !Y los nuevos jerarcas, los aggiornados sacerdotes, los progresistas obispos reciben de Roma su consagración y su jurisdicción canónica!
     Roca nos dice que la revolución será llevada al seno de la Iglesia por parte del clero -los infiltrados. Se formarán en la Iglesia dos bandos: el de los fieles al viejo Papado, a los cuales llama los retrógrados o ultramontanos, y los nuevos sacerdotes, adheridos a la evolución. El lenguaje moderno los designa con los nombres de «tradicionalistas» y «progresistas»:
     «En este momento forman un anillo, que se romperá por la mitad, y cada una de esas dos mitades formará otro anillo. La escisión va a producirse: habrá el anillo de los «retrógrados» y el anillo de los «progresistas». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 446-447).
     Con absoluta certeza anunciaba el apóstata Roca el cisma interno, que, dentro de la Iglesia, estamos ahora viviendo. La unidad de la Iglesia no está solamente comprometida; está ya dividida. La Iglesia del «progresismo» no es ya la Iglesia tradicional y apostólica. La infiltración, la quinta columna, el caballo de Troya abrieron las puertas al enemigo.
     «Y nosotros, sacerdotes, oremos, bendigamos, glorifiquemos esos maravillosos trabajos, de los cuales surgirá la transfiguración científica, económica y social de nuestros misterios religiosos, de nuestros símbolos, de nuestros dogmas y de nuestros sacramentos. ¿Acaso no os dais cuenta de que nuestras formas han envejecido, de que estamos gastados, abandonados por el Espíritu y de que estamos solos, con las manos llenas de cáscaras varías y de letras muertas? (GLORIOSO CENTENARIO, Pág. 102).
     
     Ese lenguaje de Roca tiene un eco de actualidad. Parece que los eclesiásticos «progresistas» quieren que la ciencia, la economía, la sociología, «superando» los misterios, vengan a sustituir, según ellos, el inmovilismo doctrinal, sacramental y litúrgico, en una pastoral sociológica y socializante. Así interpretan ellos el «aggiornamento». Citemos, para confirmar, al corifeo de los jesuítas de la «nueva ola», al diabólico Teilhard de Chardin, al Padre de la Iglesia postconciliar, en su famosa y explícita carta a su amigo Máximo Coree, el ex-dominico, que cultivaba sus mismas doctrinas, el 4 de octubre de 1950, que éste ha publicado en su obra «EL CONCILIO Y TEILHARD, LO ETERNAL Y LO HUMANO», ed. Messellier, Neuchatal (Suiza), pág. 196-198:
     «Esencialmente, considero, como vos, que la Iglesia (como toda realidad viva, al cabo de cierto tiempo) ha llegado a un periodo de "muda" o reforma necesaria. Al cabo de dos mil años, esto es inevitable. La humanidad está en trance de mudar. ¿Cómo el Cristianismo no debería hacerlo? Mas, precisamente considero que la reforma en cuestión (mucha más profunda que la del siglo XIV) no es un simple asunto de instituciones y de costumbres, sino de FE. En cierto aspecto, nuestra imagen de Dios se ha desdoblado: transversalmente (si lo puedo decir) al Dios tradicional y trascendente de LO ALTO, una especie de Dios hacia adelante surge para nosotros, desde un siglo, en dirección de algo «ultra-humano». Para mí todo está en esto. Se trata, para el hombre, de repensar a Dios en términos, no ya de Cosmos, sino de Cosmogénesis: un Dios que sólo se adora y se alcanza a través del acabamiento del Universo, al cual ilumina y amoriza (y lo hace irreversible) desde dentro. Sí, sí. EL HACIA LO ALTO Y HACIA DELANTE se sintetizan en DESDE DENTRO...»
     Teilhard, en armonía con Roca, cuya secreta escuela tal vez siga, ya que ambos pertenecieron a esos conventículos secretos, que antes, como ahora, pululan en París, fomentados y dirigos por las logias, anuncia una reforma total del cristianismo, más profunda que la del siglo XVI. La humanidad, el mundo están en trance de mudar. ¿Cómo el Cristianismo no podía hacerlo? (¡Cómo si el Cristianismo fuera obra de los hombres y estuviera en función de las mudanzas humanas!) En esta reforma, hay que empezar por la liturgia. Citemos a S. de Guaita «Essai de sciences maudites». (Pág. 588-589), que predice el cristianismo esotérico:
     «!Oh ritos! !oh símbolos difuntos! Vuestra alma os será devuelta, cuando el cristianismo, revigorizado por la savia de su fuente, se transfigurará; cuando la eterna religión que se manifiesta, emitiendo el soplo reparador de su esoterismo (Dícese de la doctrina que es oculta, que solo los iniciados la conocen) íntimo, resucitará la letra muerta, con el beso del espíritu inmortal».
     Para las sectas ocultas del siglo pasado y del presente -entre las que figura el gnosticismo, al que pertenecen no pocos eclesiásticos de altas jerarquías- los Sacramentos, la liturgia de la Iglesia, el mismo Sacrificio Eucarístico han envejecido, porque lo sobrenatural no explica ya nada. La autosuficiencia de la inteligencia humana hace que ella, por sí misma, por su naturaleza intrínseca, sea directamente receptiva de lo divino. ¿Qué significan entonces esos vehículos de la gracia de Cristo? Nos lo dice Roca:
     «Mientras las ideas cristianas permanecían en estado de incubación sacramental, entre nuestras manos y bajo los velos de la liturgia, no podían ejercer ninguna acción social, eficaz y científicamente decisiva sobre la constitución orgánica y sobre el gobierno público de las sociedades humanas» (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 162).
     En sentido religioso, en el mundo moderno, no puede ser ya la gloria de Dios y la salvación de las almas, sino «la acción social, eficaz y científicamente decisiva, sobre la constitución orgánica y sobre el gobierno público de las sociedades humanas». Por eso era necesario hacer un cambio litúrgico completo, que hiciera aflorar la incubación sacramental, hasta convertirla en acción social, en constitución orgánica, en dominio público de las sociedades humanas. Por eso eran necesarios los mariachis; por eso el altar y el sacerdote han de mirar al pueblo, por eso le Misa o Cena del Señor ha de ser considerada como «le asamblea sagrada del pueblo de Dios», por eso hay que desacralizar y desmitizar a la Iglesia. Una liturgia desacralizada, humanizada, es la única que es compatible con el «progreso» del «pueblo de Dios». La socialización se vislumbra como la última y suprema etapa de la humanidad.
     También el anticlericalismo judeo-masónico anunciaba, en el siglo pasado, la desaparición de la sotana ya de los hábitos religiosos. Roca, en su libro «CRISTO, EL PAPA, Y LA DEMOCRACIA», (Págs. 105-107), escribía:
     «Cuando (la sociedad) ve en la plaza pública nuestra vestimenta arcaica y rara, le produce el efecto de una mascarada y un carnaval... se nos ridiculiza; en las publicaciones satíricas y en los escenarios de los teatros, la sotana y el bonete sirven de pasto al sarcasmo de la multitud».
     Jesucristo fue el objeto así mismo de las burlas soeces de sus enemigos. Nada tiene de raro que los sacerdotes y los religiosos sean ridiculizados y befados por los enemigos de Dios y de su Iglesia. Hace tiempo que una literatura malsana y sectaria ha buscado desacralizar a los ministros del Señor, no sólo presentando la parte humana de ellos, con caracteres exagerados, sino eliminando y negando la parte sobrenatural y sagrada de su ministerio para igualarlos a los demás hombres. Entre esos libros sobresalen los que de tal manera humanizan la vida sacerdotal, que la transforman en una hipocresía odiosa y perversa. Recuérdense las obras de Morris West («El Abogado del Diablo», «Las Sandalias del Pescador», etcétera), que desacralizan la Iglesia y hacen intolerable su Jerarquía.
     En la nueva Iglesia, anunciada por Roca y las Logias, es evidente que el celibato de los sacerdotes tenía que ser objeto de un ataque despiadado. Citemos una vez más el connotado apóstata:
     «Soy un proscrito, un sacerdote romano, un paria, un eunuco. No hay lugar para mí en el hogar de la familia. No tengo lugar al sol de la civilización. Soy juguete de la fatalidad».
     Y en una carta, dirigida al Papa, Roca escribe:
     «Por la triste fama que el celibato nos ha valido y que nos pone en la picota; por la humillante herencia, que nos ha legado y por la situación lamentable, en que nos coloca en la actualidad, nos encontramos, Santo Padre, miserablemente relegados de todas las esferas vivientes y fecundas de este mundo... Solitarios, despreciados, desterrados de todas partes, aislados sobre la tierra, confinados en nuestros presbiterios, como una especie de lazaretos, nos encontramos día y noche con el «yo», que es aborrecible y que nos deforma en el egoísmo». (CRISTO, EL PAPA Y LA DEMOCRACIA») (Pág. 1103).
     Hoy también se combate el celibato sacerdotal por todos los seguidores del «progresismo». Mons. Méndez Arceo, Don Sergio VII, el destacado obispo de Cuernavaca, después de la campaña que ha hecho para juntar firmas y adeptos en favor de la abolición del celibato, afirmó en Puebla, en su perorata delante de los jóvenes universitarios, que el celibato del mañana será opcional y que lo único que pedía a los nuevos curas casados es que tuvieran buen gusto en su elección. Otro sacerdote, de buen espíritu y criterio, al ver el derrumbe de tantos sacerdotes, que, en procesión interminable, abandonaban, en todas partes, el ministerio sacro, para gozar los deleites del tálamo, me decía que, a su juicio, la Iglesia terminaría cediendo para permitir que los sacerdotes incontinentes se casasen. Pero, este argumento prueba demasiado; luego no prueba nada. Son tantos los pecados que, en todos los estados, se cometen contra la castidad, que sería bueno suprimir el sexto precepto del Decálogo. Son tantos los pecados contra la ley moral, que lo mejor sería declarar anticuada toda la ley moral. ¡Así se respetaría más la dignidad del hombre y su libertad!
     En el primer semestre de 1964, un artículo de un eclesiástico, citado por NOUVELLES DE CHETIENTE, proponía el matrimonio de los sacerdotes aislados, en sus parroquias rurales, y el celibato para los clérigos en comunidad. Esta es idea no de Méndez Arceo, ni de ese eclesiástico francés, sino ya muy antigua, propuesta por el apóstata Roca que en su obra «GLORIOSO CENTENARIO» pág. 434, proponía la fundación de «un apostolado mixto: una de clérigos célibes y otro de clérigos casados».
     Pero la visión profética de Roca iba más lejos, al anunciar el cambio del ministerio pastoral de los sacerdotes, con sus inútiles fatigas, por una actividad social intensa en beneficio de las masas, como lo demandó en Colombia el «progresismo internacional»:
     «Los sacerdotes se convertirán en directores de las uniones sindicales, de las mutualidades y de las agencias cooperativas de producción y de consumo, de retiro obrero y de asistencia social». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 20).
     «Siguiendo por este camino, dice Pierre Virion, el nuevo cura, tal como lo anuncia este famoso masón, habrá apagado en el cielo unas estrellas, que no volverán a encenderse». Con el ejemplo, con la doctrina y con su acción pastoral, habrá demostrado que el paraíso no se encuentra más allá de este mundo, sino aquí abajo:
     «El reino de los cielos, es decir, el reinado impersonal y divino de la verdad en la libertad; de la justicia en la igualdad; de la Economía Social en la fraternidad, lo cual constituye el trinomio sagrado de la sinarquía evangélica». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 20).     Pero, el paralelismo del excanónigo Roca con la terna «ultra-progresista» de Cuernavaca y con todos los que se empeñan por hacer una nueva Iglesia sobre las ruinas de la antigua, es aún más perfecto. Todos aquéllos expresan cuál ha de ser el sacerdote deseado, previsto, del futuro, de acuerdo con los planes elaborados en el fondo de los secretos laboratorios de la Contra-Iglesia, a fines del siglo pasado. Escribe Roca:
     «¡No! ¡No!, Monsieir Veulliot, la humanidad no se descristianiza, sino que se descleriza, a fin de que el sacerdote se humanice y ambos se cristianicen en el verdadero sentido del Evangelio». (CRISTO, EL PAPA Y LA DEMOCRACIA, pág. 81).
     Es curioso escuchar el mismo lenguaje del apóstata Roca en los actuales reformadores, como Illich, Lemercier, Pardinas, Enrique Maza, S.J. y el conocidísimo y celebrado obispo de Cuernavaca. «Descristianización, desacralización, desmitización», todo suena a lo mismo; todo es lo mismo: es la negación del Catolicismo tradicional y apostólico; es la autodemolición del cristianismo, para secundar el «humanismo integral», según las fuentes primitivas, según el verdadero sentido del Evangelio, que la Iglesia, por lo visto, había perdido y que las sectas ahora recobran.
     Citemos ahora a Pierre Virion, en su reveladora obra «LA IGLESIA Y LA MASONERIA»:
     «A través de las divulgaciones de Cretineau-Joly, se conocen los proyectos, concebidos por la Alta Venta de los Carbonarios, para apoderarse de Roma, con la ayuda de sacerdotes conjurados contra la Iglesia. Aquellas divulgaciones no dejaron de influir en el fracaso de tales proyectos, debido también a la ineficacia de los métodos de reclutamiento, visiblemente demasiado masónicos, utilizados por los Carbonarios... La abadesa de Jouarre escribe que las reformas religiosas (eufemismo con el cual se designa la revolución religiosa y moral) SE REALIZARAN POR PERSONALIDADES DE LA MISMA IGLESIA, COMPLETAMENTE EN REGLA CON LAS OBSERVANCIAS. Es decir, que el clero regular y no separado, influido por la idea de un nuevo cristianismo, abierto a las corrientes modernas de pensamiento, ACABARA, EN UN FUTURO CONCILIO, FAVORABLE A SU INTEGRACION EN EL ECUMENISMO DE LAS LOGIAS».
     Roca, en su obra «El Abate Gabriel», escribe, por su parte, estas proféticas palabras:
     «Yo creo que el culto divino, tal como lo regulan la Liturgia, el Ceremonial, los ritos y los preceptos de la Iglesia Romana, sufrirá próximamente, EN UN CONCILIO ECUMENICO, una transformación, que, al mismo tiempo que le devolverá la venerable sencillez de la edad de oro apostólica, lo pondrá en armonía con el estado nuevo de la conciencia y de la civilización moderna».
     «Era también, dice Pierre Virion, la ilusión, impulsada hasta el estado visionario, de la conversión de un futuro Papa a un movimiento opuesto al Syllabus y aprobador del nuevo espíritu de mundo (sic)».
     «Sucederá, dice Roca, algo que dejará estupefacto al mundo y que le hará caer de rodillas ante su Redentor. Y ese algo será la demostración del acuerdo perfecto entre los ideales de la civilización moderna y los ideales de Cristo y de su Evangelio. Ello significará la consagración del nuevo orden social y el solemne bautismo de la civilización moderna». (El Final del Mundo Antiguo, pág. 282).
     «Acuerdo perfecto entre los ideales de la civilización moderna y los ideales de Cristo y de su Evangelio», «Consagración del nuevo orden social», «Bautismo de la civilización moderna», ¿Qué significan estas expresiones kabalísticas? -Sigamos adelante. Todavía tiene Roca expresiones más aterradoras, en las que parece querernos anunciar el catolicismo del futuro, diseñado por las logias. En su obra «GLORIOSO CENTENARIO», pág. 13, escribe:
     «Afirmo que estamos llegando al derrumbamiento definitivo del antiguo orden religioso, político y económico, y anuncio los puntos de vista nuevos en el Estado, en la familia, en todos los círculos de la actividad humana».
     «Se prepara una inmolación que expiará solemnemente... EL PAPADO SUCUMBIRA; MORIRA BAJO EL CUCHILLO SAGRADO, QUE FORJARAN LOS PAPAS DEL ULTIMO CONCILIO. EL CESAR PAPAL ES UNA HOSTIA CORONADA PARA EL SACRIFICIO».
     ¿Qué vendrá después de esta inmolación? -un cristianismo nuevo, sin templos, sin altares, sin liturgia; un cristianismo esotérico; una religión, cuyo evangelio será la «justicia social». Citemos a Roca:
     «El convertido del Vaticano no tendrá que revelar a sus hermanos según Cristo, una enseñanza nueva; no tendrá que impulsar a la cristiandad ni al mundo en pleno, hacia otros caminos, que no sean los caminos seguidos por los pueblos, bajo la inspiración de aquella civilización moderna, cuyos principios evangélicos, cuyas ideas y cuyas obras, esencialmente cristianas, se han convertido, a pesar nuestro, en los principios, las ideas y las obras de las naciones regeneradas, antes de que Roma soñara en preconizarlos. El Pontífice se limitará a confirmar y a glorificar la obra del espíritu de Cristo o del Cristo-Espíritu, en el espíritu público y, gracias al privilegio de su infalibilidad personal, declarará canónicamente, urbi et orbi, que la civilización actual es hija legítima del santo evangelio de la Redención Social». (GLORIOSO CENTENARIO, Pág. 111).
     He querido alargar estas citas del apóstata Roca y sus secuaces, porque era necesario presentar un panorama de conjunto, a fin de encontrar el sentido de los espectaculares cambios de nuestra liturgia católica, que, a no dudarlo, culminaron en el XXXIX Congreso Eucarístico de Bogotá. Si analizamos los conceptos de Roca, en las diversas citas que hemos hecho, nos encontramos con todo un programa de demolición interna del Catolicismo, que, a no dudarlo, coincida con el lenguaje y el program llevado a cabo por el «progresismo».
     Para emprender la completa reforma de la Iglesia institucional era necesario empezar por esos audaces cambios de nuestra liturgia, previstos y anunciados por el apóstata Roca, ya que la liturgia es para el pueblo, la manifestéción tangible, por así decirlo de las verdades de nuestra religión. La liturgia no es el dogma, pero es o debe ser la expresión auténtica del dogma, según el principio de la teología católica: «Lex orandi, lex est credendi»: la ley de la oración de los fieles es la ley de la fe.
     Es evidente que los sagrados ritos y ceremonias de nuestra liturgia, como nuestros mismos dogmas, habían tenido, a través de los siglo, una lenta evolución, bajo la acción del Espíritu Santo y la solícita dirección y vigilancia inspirada del Magisterio de la Iglesia. El Depósito de la Divina Revelación quedó definitivamente cerrado con muerte del último de los apóstoles; pero no quedó por eso, paralizada la acción vital de la Iglesia de Cristo. «El Reino de los Cielos, dijo Maestro el Divino, es semejante al grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas; pero que crece, se desarrolla, extiende su copudo ramaje, hasta que las aves del cielo vienen a poner en ese arbusto sus nidos».
     Estaba, pues, prevista por el Divino Maestro esa lenta y secular evolución, lo mismo en los dogmas, que en la liturgia, que en la disciplina, que en toda la vida de la Iglesia. No es que la Iglesia invente un nuevo dogma, sino que su Magisterio, vivo, auténtico e infalible, nos va enseñando esas nuevas verdades, que estaban contenidas en el Depósito de la Divina Revelación, y que, según las necesidades de los tiempos, nos son propuestas, bien sea para condenar las herejías que nacen, bien sea para acrecentar nuestro conocimiento de las cosas divinas.
     Lo que sería absurdo y contradictorio es negar esa secular evolución o crecimiento que la Iglesia ha ya alcanzado, como si fuera el resultado de la exclusiva actividad de los hombres, para volver a empezar todo el proceso, despreciando las riquezas acumuladas, a través de los siglos y caer así en un primitivismo o arcaísmo, contrario a los designios de Dios, que pretende reconstruir toda la vida de la Iglesia, toda su orgánica evolución, según los criterios de los actuales «expertos» y las exigencias del mundo contemporáneo. Eso no es volver a las fuentes, sino desconocer las fuentes y establecer un paréntesis inadmisible de veinte siglos, en la vida misma de la Iglesia, durante el cual fallaron las promesas de Cristo y la asistencia del Espíritu Santo.
     La contradicción, en que incurren los reformistas, es bien clara: atribuyen al Espíritu Santo todas las espectaculares reformas, que, durante el Concilio y después del Concilio, han hecho en la liturgia, en la moral, en la formulación dogmática o en la supresión misma de algunos dogmas, en la disciplina y en las enseñanzas tradicionales del Magisterio; y niegan, al mismo tiempo, esa asistencia divina en veinte siglos de la vida pasada de la Iglesia. El «progresismo», carismático y profético, se siente depositario único de la verdad revelada y de la asistencia exclusiva del Espíritu Santo. ¿Se han olvidado estos «innovadores» de lo que fue definido en Trento y en el Vaticano I? -para no citar sino los dos últimos Concilios, anteriores al Vaticano II- ¿se olvidan de las condenaciones del Syllabus y de las condenaciones del modernismo de San Pío X? ¿Se olvidan de las disposiciones que en materia litúrgica, emitieron los Papas recientes, especialmente San Pío X y su eximio sucesor Pío XII? ¡Cómo si, en unos cuantos años, hubieran perdido vigencia las sabias enseñanzas y precisos preceptos de la «MEDIATOR DEI», que, con plena precisión y con pleno conocimiento de causa, había condenado, hace tan sólo veinte años, las absurdas pretensiones de estos demoledores! O el Espíritu Santo se equivocó hace unos años, o el Espíritu Santo se equivoca ahora, o el Espíritu Santo cambió de parecer, en vista de las computadoras electrónicas del Vaticano II. Yo encuentro heréticas cualquiera de estas tres hipótesis. ¿No es así, señores «progresistas»?.
     Pero, hay algo más. Los radicales cambios litúrgicos, con las libertades que conceden en ellas los reformadores, han llegado, en muchos casos, a excesos increíbles, que parecen emular las representaciones teatrales o los ritos paganos. En verdad que las palabras de Roca, en su obra «El Abate Gabriel», nos parecerían proféticas, si no las considerásemos más bien reveladoras de los planes nefandos, que las logias y sectas ocultas habían preparado, para que las infiltraciones en la Iglesia las realizaran a su tiempo. Recordemos esas palabras ya antes citadas:
     «Yo creo que el culto divino, tal como lo regulan la Liturgia, el Ceremonial, los ritos y los preceptos de la Iglesia Romana, sufrirá próximamente, en un Concilio Ecuménico, una transformación, que, al mismo tiempo que le devolverá la venerable sencillez de la edad de oro apostólica, lo pondrá en armonía con el estado nuevo de la conciencia y de la civilización moderna».