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viernes, 23 de diciembre de 2011

EXTRACTO DE LAS ACTAS DE LAS SESIONES Y CONGREGACIONES (VII) CONCILIO LATINO AMERICANO 1899

AUDIENCIA DE SU SANTIDAD.
El lunes 10 de Julio de 1899, todos los Rmos Padres del Concilio fueron recibidos por Su Santidad el Papa León XIII, y el Illmo Sr. Arzobispo, Primado del Brasil, leyó la siguiente oración:

Beatísimo Padre:
Nos es en extremo grato el presentarnos hoy a Vuestra Santidad, con un solo corazón y una sola alma, para expresarle, a nombre nuestro propio, y de nuestros Hermanos los Obispos ausentes, que están a nosotros unidos con los vínculos de amor fraternal, y a nombre del clero y de los fieles de toda la América Latina, a nuestro cuidado cometidos, los sentimientos de amor y veneración que nos animan e inflaman, y con los cuales hemos venido a esta Alma Ciudad, para congregarnos bajo Vuestros auspicios y Vuestra dirección, en Concilio plenario, y en él dictar unánimes las medidas conducentes al bien espiritual y al provecho de nuestras Iglesias.
Muchas e insignes han sido las pruebas de amor y paternal solicitud con que Vos, Santísimo Padre, en Vuestro largo Pontificado, Os habéis dignado distinguir las Iglesias de nuestra América Latina. Jamás se borrará de nuestros corazones su dulce memoria; pero a todas estas ha venido hoy a añadirse un nuevo y brillante testimonio; una nueva prenda y seguridad de Vuestra benevolencia y solicitud, que da lustre, ennoblece, corona, y pone por decirlo así, el colmo, a todos los demás beneficios con que habéis enriquecido nuestras diócesis. Ha querido Vuestra Santidad darnos la ocasión y suministrarnos los medios de reunimos en Concilio Plenario, junto a la infalible Cátedra de Pedro, para tratar de común acuerdo, aquí en la misma Roma, acerca de cuanto pueda ser útil o necesario al buen gobierno y progreso de nuestras diócesis. Agradable de veras fue para nosotros obedecer con presteza las órdenes y seguir las indicaciones de Vuestra Santidad; y, por tanto, de buena gana escogimos a Roma para lugar de nuestras reuniones, y quisimos trabajar en ella con incesante afán, cuyo fruto, con el favor divino, redundará en la prosperidad de la religión en nuestros países, en mayor provecho de las almas, en el fomento y engrandecimiento de los institutos cristianos, en la uniformidad y observancia de la disciplina eclesiástica.
En el desempeño de esta parte de nuestros trabajos, fue tanta la bondad y la clemencia de Dios para con nosotros, que todos con grande e igual ahinco, con íntima paz y concordia, con mutuo afecto de amor y veneración, cumplimos con los deberes de nuestro cargo; y procediendo con prudencia, aprovechándonos, en nuestras deliberaciones, de la experiencia adquirida en el largo ejercicio de nuestro ministerio, y conociendo a fondo las necesidades y circunstancias de nuestros paises y nuestros fieles, conseguimos con el favor de Dios, y en cuanto fue posible, promulgar leyes y decretos saludables y uniformes, que hoy humildemente entregamos y sometemos a Vuestra Santidad, supremo e infalible maestro y custodio de la doctrina y disciplina de la Iglesia Católica, para que los reconozca, examine y apruebe. Pero como hay muchas gracias reservadas a Vuestra suprema potestad, que nosotros, juzgándolas útiles y oportunas para nuestras Iglesias, hemos resuelto pedir a Vuestra Santidad en esta ocasión, nos ha parecido conveniente traeros estos postulados, Beatísimo Padre, para que en virtud de Vuestra autoridad Apostólica, resolváis y determenéis lo que Os pareciere conveniente en el Señor.
Entretanto, como es debido, tributamos de corazón, rendidas e inmortales gracias a Dios Todopoderoso, que alumbrándonos con sus luces, y sosteniéndonos con su fuerza, fomentó y alimentó en nosotros la caridad, la paz y la concordia, y, desde el principio hasta el fin, nos socorrió con la abundancia de sus dones.
Damos también gracias infinitas a los Príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, cuyo alto patrocinio nos ha dado aliento en nuestras labores.
A Vuestra Santidad, por último, Beatísimo Padre, ofrecemos el humilde tributo de nuestra ardiente y cordial gratitud, pues nos habéis acogido con toda la efusión de Vuestro augusto pecho, y no sólo nos ayudasteis en nuestros trabajos por medio de varones insignes por su prudencia, experiencia, virtudes y ciencia, entre los cuales resplandece con grande fulgor el Cardenal Vives, haciendo asi más fáciles y fructuosas nuestras tareas, sino que, accediendo a nuestras súplicas, permitisteis que, para dar más brillo a nuestra Asamblea, fuesen presidentes de honor en las sesiones públicas, algunos miembros del Sacro Colegio. Tampoco podemos dejar de expresar nuestro profundo reconocimiento a los Superiores del Colegio Pío Latino Amérícano, queridos a nuestro corazón, en cuya espléndida casa celebramos nuestro Concilio. Tantas pruebas nos dieron de cortesía, generosidad y afecto, que han atado nuestros pechos con los vínculos de la más sincera adhesión.
Estos son los sentimientos, Beatísimo Padre, que al partir de Roma llevamos profundamente grabados en nuestros corazones. Nos alejamos de Roma con el cuerpo; pero no en espíritu: en su seno hemos estado contemplando todo este tiempo, tantos monumentos espléndidos de fe, de caridad y de religión; ella es la Capital del Principado Apostólico y temporal de los Romanos Pontífices; ella, gracias a la Cátedra de San Pedro, es Centro, madre y cabeza de la religión, y subditos suyos y ciudadanos, son los católicos del Orbe entero.
Al regresar a nuestros hogares, no dejaremos de referir y atestiguar todo esto a nuestros Hermanos los Obispos ausentes, al Clero y a los fieles de nuestras diócesis; y nuestra narración servirá para estrechar más y más los vínculos de afecto y de lealtad que ya los unen con esta Sede Apostólica.
Entretanto, Santísimo Padre, dadnos a nosotros mismos, a nuestros Hermanos en el episcopado, al clero y a los fieles a nuestro cuidado cometidos, la Benedición Apostólica, que Os pedimos animados del más ardiente amor y la veneración más profunda.
El Sumo Pontífice se dignó benignamente responder que las palabras que acababan de leerse hablan resonado dulcemente en sus augustos oidos, llenas como están de amor filial hacia Su Santidad, de adhesión y obediencia a la Silla de Pedro. Felicitó a los Padres por haber llevado a cabo el Concilio, y por la admirable armonía que reinó en todas y cada una de las sesiones; de ella todos los días se le llevaban fidedignas noticias, y la hacía ahora patente la brillante corona de Hermanos agrupada en derredor del Vicario de Jesucristo. Que partieran, les dijo, en buena hora; pero cargados de opimos despojos, que sean para su clero y su pueblo firme baluarte, para ellos mismos eterna prenda de Su amor paternal; porque ha mandado espontáneamente a los Cardenales Prefectos de las diversas Congregaciones, que concedan a manos llenas a los Padres del Concilio Plenario, cuanto se les ocurriere pedir. Pero antes de dar a los Obispos el adiós postrero, le plugo dirigirles algunos consejos, que fuesen como el testamento de Su amante Padre, y que pudiesen ellos transmitir a sus lejanas greyes.
Para lograr ver la heredad del celestial Padre de familias que se les ha confiado, cubierta de abundantes mieses, es fuerza consagrarse con todo empeño a los seminarios clericales. De ellos saldrá la raza escogida de sacerdotes, que con manos inmaculadas ofrezcan perpetuamente en el altar el Incruento Sacrificio, y ayuden al Obispo a arrancar la zizaña y a cultivar la Viña del Señor. Por tanto, donde ya existen, mejórense; donde las vicisitudes de los tiempos los han deteriorado o demolido, repárense las ruinas; en las diócesis de reciente erección, en que nunca existieron, ábranse cuanto antes los cimientos. En todos y cada uno de los alumnos, juntamente con la ciencia y las letras, cultívense la piedad, las santas costumbres, la disciplina eclesiástica. A todos enséñese la Filosofía escolastica, conforme a la mente de Santo Tomás; ninguna otra podrá encontrarse más a propósito para vencer a los enemigos de la Santa Iglesia, ninguna que mejor allane al camino a los estudios Teológicos, como ya desde el principio de Su Pontificado ha inculcado con éxito feliz al Mundo entero, y ahora de nuevo una y mil veces recomienda a los Padres. Ojalá que en las Ciudades principales se funden Seminarios centrales, notables por sus letras y ciencias y por sus esclarecidos profesores, en los cuales, a guisa de Universidades, se confieran el doctorado y los demás grados académicos, por lo menos en Teología y Derecho Canónico. Envíense los jóvenes más escogidos al Colegio que en Roma fundó Su Predecesor el Papa Pío IX para los jóvenes de la América Latina, para que beban la sabiduría en estas purísimas fuentes; y sobre los sepulcros de los Mártires, se inflamen más y más en el amor divino y en la adhesión a la Silla Apostólica.
Después de la juventud, en que cifra sus esperanzas la Iglesia, recomendó Su Santidad a la solicitud de los Obispos, a los sacerdotes que tienen cura de almas. Ellos son los soldados que combaten bajo las banderas del Obispo; los marineros que bogan atados a las remos, mientras el Obispo se sienta al timón, y sin los cuales no se puede arribar al puerto de salvamento. Escójanse, pues, para párrocos, los mejores entre los más distinguidos; vigilense sin descanso; a los activos déseles aliento; empújese a los perezosos; sosténganse los débiles; tiéndase la mano sin temor a los caidos. Pero ante todo y sobre todo, distribuyan los párrocos con frecuencia, a su progenie espiritual, el pan de la palabra de Dios; enseñen infatigables a los niños de ambos sexos, los rudimentos de la doctrina cristiana, sirviéndose de colaboradores escogidos, ya en el clero secular, ya en las órdenes religiosas de uno y otro sexo, llamándolos sin envidia a trabajar en la siega.
En tercer lugar hablo Su Santidad de las Misiones. Dijo que Él mismo, cuando era Obispo de Perugia, fue mil veces testigo de los frutos abundantes que se recogen en las misiones. Mucho puede esperarse de los pueblos Latino-Americanos, que se nuestran siempre dóciles y sencillos, y acogen a los misioneros con tanta veneración.
Empero, si hay que purificar a menudo al pueblo cristiano, con mucha más razón deben lavarse de toda mancha, los levitas que manejan los vasos preciosos del Santo sacrificio. Por lo cual, es preciso que no dejen los Obispos de convocar periódicamente á su clero, a ejercicios espirituales.
A su regreso, consagren de nuevo sus rebaños, al Sagrado Corazón de Jesús, a quien ya los Padres del Concilio se consagraron a si mismos y consagraron igualmente sus diócesis.
Templando en su fuego divino sus nuevas armas, o sea los decretos del Concilio, se harán invulnerables a las falanges de Satanás. Adiós, en fin (dijo el Padre Santo) adiós, Hermanos queridos: acercaos a recibir el ósculo de paz. Sabed para vuestro consuelo, que Roma entera ha admirado vuestra unión, vuestra ciencia y vuestra piedad; y que consideramos vuestro Concilio, como una de las joyas más preciosas de Nuestra corona.
Con estas y otras pláticas pronunciadas en tono familiar, y que aquí se refieren sólo en substancia, dió fin a la audiencia el Padre Santo, dando antes a cada uno de los Obispos, con suave y paternal afecto, el ósculo de paz y la Bendición Apostólica (recibiendo también a los oficiales del Concilio y a los familiares de los Obispos). Concedió igualmente á les Prelados facultad para dar a sus diocesanos la Bendición Papal, que podrán delegar, en caso de necesidad, a los párrocos.

Damos fe de la autenticidad, de las Actas.

+ Ignacio
Obispo de San Luis de Potosí
Secretario del Concilio.

Benedicto de Souza
Notario del Concilio.

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