martes, 25 de noviembre de 2014

HERMESIANISMO

     Doctrina que ha ejercido recientemente en Alemania una influencia perjudicial para la pureza de la fe, y que tomó su nombre de Jorge Hermés, nacido en 1775 en Dregelwald, en Westfalia; después fue profesor de teología en Munster y Bonn.
     En 1810 apareció el primer volumen de su Introducción a la teología cristiana católica: esta primera parte contiene la introducción filosófica. El segundo volumen, que contiene la Introducción positiva, apareció en 1829. El tercero se publicó después de la muerte del doctor Hermés en 1834, por el abate Achterfeld, bajo el título de Dogmática cristiana católica.
     Hermés y sus discípulos querían defender la creencia católica contra los ataques de la filosofía alemana moderna. Viendo que la nueva terminología filosófica exigía respuestas nuevas por parte de los católicos, para la filosofía escolástica trataron de substituirla con una apropiada para las necesidades de la época, y no se apercibieron que al creer cambiar los términos cambiaban también su esencia.
     Para conciliar los deberes de la fe ortodoxa con lo que Hermés llamaba los intereses del pensamiento humano, este teólogo se dedicó a crear un sistema que comprendiese a la vez las exigencias del pensamiento mas severo y las de la mas pura ortodoxia, dando una demostración rigurosamente filosófica del catolicismo.
     En todas las filosofías hasta Hermés tácita o abiertamente se suponía que el cristianismo era una verdad; después se trataba de apoyarla por medio de las demostraciones filosóficas; esto es lo que se ha denominado duda metódica, duda negativa; la cual, en sus verdaderos límites no es una duda verdadera: Hermés, por el contrario, hizo positivamente abstracción de todo lo que creía, de todo lo que sabia; supuso que nada había de cierto ni de verdadero en el mundo, no solo en cuanto a la religión católica, sino en orden a cualquier otra verdad, tal como la existencia de Dios, etc.; esto es lo que se llama duda positiva. Tomando esta duda positiva en su punto de partida, trató de vencerla con solo las luces y fuerzas del pensamiento, y encontrar un primer principio de cognición, sobre el cual pudiese con solidez levantar sucesivamente y por medio de una enseñanza rigurosa la verdad simple, la verdad religiosa, la cristiana, la católica; de tal manera que se encontrará autorizado para poner a todo el mundo este dilema: o no existe la verdad, o es el catolicismo.
     En sus dos primeros volúmenes, Introducción filosófica e Introducción positiva, Hermés no se ocupa positivamente de los dogmas de la religión católica; trata en ellos de los principios generales del conocimiento humano y su conexión reciproca. En la Introducción filosófica busca el primer fundamento de todo conocimiento, que cree ser el pensamiento: de esto deduce el mundo interior y exterior, Dios, sus cualidades, la necesidad de una revelación, la posibilidad de conocerla. En la Introducción positiva, Hermés, partiendo del punto en que acaba de detenerse, investiga cuales son los manantiales de la revelación divina inmediata; los encuentra en los libros santos, en la tradición y en el ministerio apostólico que reside en el seno de la Iglesia. Estas son poco mas o menos las cuestiones que tratan la mayor parte de los libros de la filosofía. Lo que era propio de Hermés, lo que constituía la esencia de su sistema, es que aplicaba a cada una de las verdades que quería establecer el método de demostración que había inventado.
     Al decir que el hermesianismo toma como punto de partida la duda positiva, hemos dado a entender que era indispensable de antemano un escepticismo completo, para que la inteligencia humana pudiese adquirir la certeza. Ahora bien; el entendimiento humano no pasa necesariamente por la duda antes de llegar a una convicción razonable y segura. ¿Tiene necesidad el hombre de pasar por la duda, para tener una certeza de su propia existencia y de la de los objetos que le rodean? La inteligencia no puede vacilar, ni aun por un momento, antes de creer los primeros principios en cada orden de conocimientos, en los axiomas y por lo común en las conclusiones inmediatas que se deducen de ellos. Por lo tanto existe un gran número de verdades, sobre las cuales, anteriormente a toda duda, se tiene una convicción completa racional, que todos los esfuerzos de todos los escépticos del mundo no podrían debilitar.
     Para apreciar ahora el método de demostración de Hermés, añadiremos que reconocía dos: el teórico, que determina una certeza físicamente necesaria, y el práctico, del que se deduce una certeza moral.
     A fin de establecer teóricamente una verdad, buscaba un hecho que fuese un efecto necesario de la verdad que iba a demostrar; después tenia que probar que esta causa era la sola posible. La fuerza de su demostración teórica se deducía de este raciocinio: No hay efecto sin causa; he aquí pues un efecto que seria necesariamente producido por la verdad que trate de demostrar y que no puede serlo por otra; luego esta verdad es físicamente cierta.
     Procedía absolutamente de la misma manera para demostrar una verdad cualquiera por la razón práctica. Solo que en lugar de un hecho físico buscaba un deber moral, que debiese resultar necesariamente de la verdad que quería establecer; Después tenia que probar que dicha causa era la única que podía engendrar esta obligación de ello deducía que la verdad que había emprendido demostrar era moralmente cierta.
     Partiendo de la duda positiva, es absolutamente imposible probar una verdad cualquiera; porque una verdad no se demuestra sino deduciéndola rigurosamente de un principio infalible; ahora bien, el que tiene la duda positiva no está seguro de un solo principio, y tampoco lo está de la exactitud de su argumentación. El punto de partida del sistema contenía pues una verdadera contradicción: no se duda de todo, cuando se cree tener en las luces del pensamiento una base sobre la cual se pueda reconstruir de una manera inalterable todo el edificio de los conocimientos humanos. Así Hermés se veía obligado a desmentir él mismo su principio de duda positiva, admitiendo sin prueba la certeza de un primer hecho físico o de un primer deber moral; de otra suerte jamás le hubiera llegado a establecer. Por consiguiente su sistema se apoya sobre un cimiento ruinoso.
    La demostración práctica contiene por otra parte una verdadera petición de principio. Para establecer un hecho supone la certeza de la obligación que de él resulta; deduce por ejemplo que tal cuerpo es un cadáver, porque existe un deber moral para enterrarle; al paso que el deber de enterrar no existe sino en el caso en que la muerte fuese de antemano segura. Racionalmente es preciso probar el hecho y deducir de él la obligación moral; Hermés, por el contrario, supone la obligación para deducir el hecho; por lo tanto su método es irracional.
     Nada es menos fácil que servirse de su sistema para descubrir la verdad.
      Los mismos hermesianos confiesan que hay muy pocas verdades teóricamente demostrables, y por consiguiente de las que se pueda tener un conocimiento intimo, intrínseco, pleno y perfecto, adquirido absolutamente por la certeza física. Y aun cuando ellos no lo confesaran, no seria por esto menos palpable: porque para decidir que una causa es la única que basta para producir tal electo, seria preciso conocer todas las fuerzas de la naturaleza: porque si el mismo efecto pudiese ser indiferentemente el resultado de muchas causas diversas, no se tendrá derecho para deducir de él la existencia de una mas bien que la de otra.
      las verdades demostradas prácticamente son, es verdad, muy numerosas; pero es preciso saber que en los principios de Hermés la certeza moral es menos una verdadera certeza que una probabilidad suficiente para obrar razonablemente, un medio acaso menos plausible de eludir las absurdas consecuencias a que conduciría en el comercio de la vida el sistema de la duda absoluta.
      Según la opinión hermesiana, no estaríamos ciertos de ninguna verdad, a menos que ascendiendo de efectos a causas, no se pudiera enlazarla necesariamente con la verdad primera: este trabajo no hace el método hermesiano de una aplicación muy fácil. Y además, después de todo esto, no se llegaría a establecer sólidamente una sola verdad; porque por una parte la demostración teórica es poco menos que imposible, y por otra la demostración practica no excluye todo temor de errar; nos enseña, no lo que es verdad en sí, sino lo que estamos en la necesidad de suponer, si queremos obrar concienzudamente.
      El sistema pudo seducir a algunos entendimientos por la destreza con la cual Hermés refería las verdades las unas a las otras; pero no es menos cierto que el método es oscuro, que procede de una manera abstracta, sutil y enteramente arbitraria: supone demasiados esfuerzos de imaginación en la investigación de las pruebas para un ser realmente inaplicable.

     Nos limitaremos a indicar algunas consecuencias absurdas que se desprenden del sistema hermesiano.
     Si se admitiera la duda positiva, se seguiría:
      Que el hombre debería rechazar la verdad conocida, destruir en sí todas las nociones del bien y del mal, y vivir en este estado hasta que hubiese reconstruido la obligación de observar todas las leyes divinas y humanas.
      Que antes de Hermés nada había de cierto en el mundo.
      Que la inmensa mayoría de los hombres es incapaz de llegar a la certeza, porque hay muy pocos que puedan reconstituir la verdad, y aun apreciar bien el encadenamiento de las verdades entre sí.
      Que habría obligación de creer todos los errores a que seria uno arrastrado por las falsas deducciones, y después obrar consiguientemente a esto mismo.

     Aunque la intención primitiva de Hermés haya sido el dar una demostración racional y rigorosa del catolicismo, su sistema es contrario a la fe.
      Sus pretendidas deducciones rigurosas le han conducido a una multitud de cosas absurdas y opuestas ala doctrina de la Iglesia católica, principalmente sobre la esencia de Dios, su santidad, su justicia, su libertad, el fin que se propone en sus obras, los argumentos que sirven por lo común para probar y confirmar su existencia sobre los motivos de credibilidad, las sagradas Escrituras, la Iglesia, la tradición, la revelación, la primacía de la Iglesia, la naturaleza de la fe,  la regla que determina su objeto, la necesidad de la gracia, la distribución de las recompensas y la aplicación de las penas: por ultimo, sobre el estado de nuestros primeros padres antes de la caída, sobre el pecado original y las fuerzas del hombre caído.
     Hermés hacia revivir algunos errores ya condenados, por ejemplo, en los pelagianos, los protestantes y los jansenistas.
      Presentando la duda positiva como bise de toda investigación teológica, quería que cada uno se esforzase en rechazar desde luego la fe para reconstruir en seguida el edificio con la única ayuda de la razón. Así, permitía renunciar a las verdades religiosas, por lo menos por algún tiempo, a saber, durante el examen; establecía la razón como la regla principal de la fe y el único medio que tenemos para llegar a ella; substituía creencias puramente racionales a la fe sobrenatural, de la cual es principio la gracia, la ciencia y la veracidad divina con el motivo, y cuyo objeto permanece oscuro, "porque la fe es una plena convicción de las cosas que no se ven.» (Part. 3, c. 28, v. 8.) No es, pues, de admirar que la Iglesia repruebe el hermesianismo.

     Buscar un principio natural del que se pudiese rigurosamente deducir todas las verdades, era mas que una imprudencia.
      Era injurioso para las escuelas católicas, para los doctores, los PP. y la Iglesia entera; era conceder que hasta Hermés la divinidad de nuestra santa religión no estaba rigurosamente demostrada. 
      Era comprometerla autoridad do la Iglesia. haciendo depender su verdad del éxito muy problemático de la nueva demostración.
      Esta tentativa era el resultado de una presunción sin límites; era preciso una confianza en sí mismo y un orgullo excesivo, para tratar de encontrar en las solas luces de su pensamiento una base sólida para todos los conocimientos naturales: porque, para obtenerla, hubiera sido preciso comprender el conjunto y el encadenamiento de todas las verdades físicas, intelectuales y morales, y no encontrar un solo misterio en la naturaleza. (Part. 3, c. 28, v. 5.)
      Con relación a las verdades de la fe, la sola investigación de un principio natural y comprobante era ya opuesto a la verdadera doctrina; era suponer que no había misterio indemostrable para la razón; nada que el hombre no pudiese alcanzar con solo las fuerzas de su inteligencia; era rechazar la experiencia de todos los siglos, la nocividad de la revelación, abandonar la vía de la autoridad para caer en el sistema protestante del examen privado.

     Estas tendencias de Hermés, autor de un ensayo tan infructuoso para defender la religión, no deben estar aisladas de las concesiones excesivas que hizo, así como sus discípulos, a la autoridad temporal, que en sus ataques directos contra la jerarquía eclesiástica y en sus pretensiones se vio sostenida por los hermesianos. Los príncipes protestantes siempre ambicionaron tener en sus manos la dirección de la enseñanza católica y este fue el deseo principal de Federico Guillermo III, afamado por su proselitismo relisioso. Con este fin creó la Universidad de Bonn, en donde a la par que una Facultad de teología protestante, colocó, por su autoridad privada y sin ninguna intervención del papa, una facultad de teología católica, para la cual nombró todos los profesores, y la enseñanza racionalista de Hermés en Munster le valió una cátedra en Bonn. Como esta institución podía alarmar a los católicos, el rey pensó hacerla aprobar por los mismos profesores, llamados por consiguiente a discutir las relaciones que debían existir entre la facultad de teología y la Iglesia; se atrevieron a deducir: Que las obras publicadas por los profesores no se sujetarían a la censura común. Que si alguno de ellos fuese acusado de herejía, se establecería una comisión cuyos miembros se nombrarían en número igual por el arzobispo y por el acusado, y cuyo examen seria remitido al gobierno para pronunciar una sentencia definitiva; que la universidad era un establecimiento del gobierno, porque a él y no al papa pertenecía el derecho de conferir a la facultad de teología el poder de dar grados académicos. Esta extraña institución no recibió ninguna clase de aprobación canónica hasta 1824, cuando M. de Spiegel, elevado a la silla de Colonia, suprimió, probablemente por las promesas que había hecho al rey, la enseñanza de su seminario diocesano, y envió a los discípulos a recibir a Bonn las lecciones de Hermés y de sus compañeros. Hermés dominaba en la facultad, en la cual ocupaban sus discípulos las cátedras, y los que querían examinarse, debieron, bajo pena de no salir adelante, abrazar su doctrina y jurar en sus palabras. Este doctor, que Mr. de Spiegel nombró canónigo de su metrópoli, murió en Bonn el 26 de mayo de 1831, pero su doctrina estuvo lejos de morir con él.
     Ya había llamado la atención dicha doctrina. En las universidades y en el público, los ánimos estaban divididos con respecto a este particular.
     Los unos acusaban a Hermés de novedades perniciosas que conducían al escepticismo y a la ruina de los principios católicos. Los otros, por el contrario, decían que la doctrina de Hermés, enteramente ortodoxa, era el mas firme apoyo de la verdadera fe y de la enseñanza católica contra el protestantismo y el racionalismo. Mr. de Spiegel garantizó la ortodoxia de los hermesianos al papa, y Gregorio XVI, habiéndole contestado en 1832 que se alegraba de esta noticia, le recomendó no obstante la mas severa atención; el arzobispo y el rey trasformaron esta respuesta en aprobación terminante, y un decreto del gobierno declaró conferir a la facultad el derecho de nombrar doctores en teología y en derecho canónico. Así se encontró establecida y confirmada la esclavitud de la enseñanza católica en Alemania.
     Sin embargo, por la denuncia de muchos teólogos alemanes, la santa sede sometió los escritos de Hermés a un examen a fines de 1832, época en que murió Mr. de Spiegel, con la grave responsabilidad de haber entregado a un rey protestante el rebaño que él tenia la misión de guardar y defender. Un decreto del 26 de septiembre de 1835 condenó las obras de Hermés y prohibió su lectura. Dirigido no a Berlín, sino directamente a Colonia por las legaciones pontificias de Munich, Lucerna y Brusélas, consternó a los hermesianos. Mr. Husgen, que administraba la diócesis, dispuesto a complacer al gobierno y a los discípulos de Hermés, se limitó a expresar la esperanza de que estos se someterían si el decreto llegara a publicarse: impuso silencio a sus adversarios, aunque los hermesianos, permaneciendo siempre en sus cátedras, enseñaban los mismos errores; se quejaba de que los periódicos hubiesen dado a conocer la prohibición. Era suministrar a los hermesianos motivos para no someterse a ella. Así, al persistir en enseñar sus doctrinas, alegaron:
      Que el decreto no había sido promulgado, como ya lo había dicho M. Husgen, y como lo declaraba expresamente M. Achterfeldt, editor de la tercera parte de la obra condenada.
      Que reprobaban los errores condenados por este decreto; pero que no habían sido sostenidos por Hermés, como decia M. Elvenick, profesor de Breslau, en su Carta hermesiana.
      Apelaron del papa mal informado al papa mejor informado como decía M. Blúnde, profesor de la universidad de Tréveris, en una carta al cardenal Lambruschini, secretario de Estado de su santidad.

     M. Droste de Wischering, nuevo arzobispo de Colonia, y suscitado por Dios para salvar esta Iglesia de tanto apuro, eludiendo esta pretensión del gobierno sancionada por M. Husgen, que ninguna orden del papa podía ser valedera, si se publicaba sin permiso del rey, supuso el decreto suficientemente promulgado, y trató de hacerlo ejecutar para extirpar hasta su raíz los errores de los escritos de Hermés y de sus discípulos, mandó con especialidad que todos los profesores ordenados y curas con cargo de almas firmaran diez y ocho proposiciones que excluyesen positivamente estos errores. Los hermesianos apelaron de la autoridad de su arzobispo a la del papa, y siempre que pudieron a la del gobierno; al mismo tiempo escribieron contra el decreto y principalmente contra los dieciocho artículos.
     Derrotado por las medidas enérgicas del arzobispo, el gobierno pidió un parecer doctrinal sobre los dieciocho artículos a dos profesores hermesianos de Breslau, y extendió por las provincias del Rin esta pieza, nuevo foco de los errores jansenistas: dejo circular libelos injuriosos contra el prelado, exceptuó los escritos hermesianos de la censura ordinaria, no tuvo presente la supresión que el arzobispo había hecho de los cursos de la facultad, y quiso obligar a los discípulos a asistir a ellos. Pero no habiendo producido nada de esto el efecto deseado, y esperando por otra parte el rey ganar al prelado sobre la cuestión de matrimonios mixtos, el gobierno aparentó, ceder el 21 de abril de 1837; prohibió toda disputa en pro y en contra de Hermés, mencionando el breve que le condenaba; decidió que sus escritos serian abandonados, que se dejaría de enseñar su sistema, etc.; que en señal de obediencia, los profesores firmarían una declaración, bajo pena de suspensión. Así el decreto fue reconocido como valedero, aun por el gobierno y aunque publicado sin su placet; pero había también por su parte una pretensión en arreglar la enseñanza católica que el arzobispo no podía admitir.
     Los profesores hermesianos firmaron todos la declaración pedida, seguros de que el ministerio no les acriminaría por quebrantar mas tarde una órden que no había sido dada sino contra toda su voluntad. Esto es lo que apareció claramente cuando a la apertura de las clases, M. Achterfeldt, habiendo sido encargado de designar los cursos que los discípulos debían frecuentar, les impuso todos aquellos que el Prelado había reprobado. Los jóvenes, aunque la mayor parte fuesen educados con el auxilio de los fondos del gobierno, rehusaron asistir a estas lecciones, y se dejaron, en número de cuarenta, expulsar de la escuela, concurriendo de esta suerte, por su fe y valor, a la solución de esta cuestión tan grave: ¿ quién del poder espiritual o del temporal debe dar la instrucción y la doctrina?
     Antes de recurrir a la violencia, el gobierno trató, el 24 de octubre de 1837, de obtener la dimisión del arzobispo, cuya firmeza por lo concerniente al hermesianismo y los matrimonios mixtos destruía sus combinaciones. El prelado respondió que su deber respecto de la diócesis y de toda la Iglesia católica le prohibía cesar en sus funciones y deponer su cargo. La suspensión del arzobispo cumplida el 20 de noviembre y su largo secuestro fueron las consecuencias de esta respuesta. En el Memorándum que apareció al día siguiente de la suspensión, el gobierno dio a conocer cuánto le había desagradado las medidas tomadas por el prelado contra los hermesianos.
     Entre tanto los discípulos de Hermés, a quienes M. Droste de Wishering apuraba con vigor, resolvieron ir a pedir explicaciones al mismo Roma. MM. Braun, de Bonn, y Elvenick, de Breslau, llegaron allá en el mes de junio de 1837, aspirando a obtener un nuevo examen de las doctrinas de Hermés, lo que implicaba que el breve de condena era nulo: esperando por lo menos que se distinguirían las doctrinas del maestro de la enseñanza de sus discípulos, y ofreciendo con este fin el recibir una profesión de fe. Pero la profesión de fe era inútil: no había mas que aceptar el breve y volver a Alemania. Rechazados por este lado, redactaron, bajo el título de Meletemata theologica, una exposición de su doctrina, que no se les autorizó para que la imprimieran en Roma, porque no podía tratarse mas que de su sumisión al breve. Una carta del 4 de abril de 1838 descubrió todo su pensamiento; a ejemplo de los jansenistas, los dos hermanos distinguían el derecho que tenia el papa para condenar los errores, del hecho que se encontrase en los libros de Hermés. El secretario de Estado les respondió que veía con pena que habían entrado en esta vía, y que era inútil que escribieran de nuevo sobre este asunto. MM. Braun y Elvenick dejaron a Roma.
     Durante el secuestro del arzobispo, las medidas que había tomado fueron revocadas en gran parte; pero el hermesianismo triunfante encontró adversarios en M. Geissel, dado por coadjutor a M. Droste de Wischering, y en Arnoldi, nuevo obispo de Treveris.

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