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miércoles, 27 de noviembre de 2013

DIOS EN EL INFIERNO

CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE
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DIOS EN EL INFIERNO
     En la ultima parte de la respuesta número 12 sobre el infierno se lee: «Allá sólo hay tinieblas y dolor, porque allí no mora Dios. Porque Dios sólo es luz y felicidad.»
     ¿No está, por consiguiente, Dios en el infierno? Y si no está Dios, ¿quién es el que atormenta a los condenados? ¿Puede el demonio solo constituir el infierno o el condenado con su pena?
     Sólo Dios es paraíso, pero también sólo Dios es infierno. El infierno no es ya ausencia de Dios, sino presencia de Dios no gozado, no amado, no comprendido, esto es, no logrado como fin del entendimiento y de la voluntad. Donde no está Dios no está el paraíso, pero no está tampoco el infierno: no hay nada. Si Dios, como dice el Catecismo, está en el cielo, en la tierra y en todo lugar, ¿en ese «todo lugar» no entra también el infierno? (C. F.—Piancastagnaio.)

     El señor C. F. no desmiente su agudeza crítica. ¿Qué debo decirle? En el fondo tiene razón. Lo que dice lo daba yo a entender.
Sin embargo, no quiero perder la ocasión de subrayar y aclarar un poco la emocionante realidad recordada aquí y corregir algún punto y en especial el segundo párrafo de la objeción, poco feliz en la expresión.
     La omnipresencia de Dios, de la que se habla, es de orden metafísico, y, por tanto, absolutamente universal. Donde hay un ente, allí está Dios. Veamos por qué.
     Toda realidad debe tener su razón de ser, y, por tanto, debe tenerla también el «ser» primero de las cosas. Ese ser, por consiguiente, o tendrá su razón de ser en la cosa misma, esto es, en su esencia, o fuera de ella. En la primera hipótesis la cosa no podría no ser, seria necesaria; y así, sólo es Dios. En la segunda hipótesis la cosa puede ser o no ser según que haya o no haya recibido el ser de fuera, y por eso se llama contingente; tales son las creaturas.
     Y es claro que sólo Dios puede constituir esa fuente de su ser. Toda otra cosa, en realidad, al ser «contingente», puede transformar las demás cosas «contingentes», pero no darles el primer ser, porque lo que no tiene en si la razón del propio ser, tanto menos puede tenerla para el ser ajeno.
     Quien no está habituado a la metafísica hallará un poco nebulosas estas afirmaciones, pero en un corto entrefilet no es posible extenderse más. Servirá para dar, por lo menos, una orientación acerca del problema.
     Por tanto, todo lo que no es Dios es obra de Dios. Esto es, toda cosa, en cuanto ente, tiene una marca de fábrica: Dios. Y esto vale, evidentemente, también para el demonio, para los condenados, para el infierno, en cuanto son positivamente algo, entes. Lo que no es de Dios, en cambio, es su pecado, su maldad. ¿Pero ésta no es también un ente? Eso pensaban los maniqueos, a los que Santo Tomás anuló con la célebre y elegante reflexión de que el mal, en cuanto desorden, o sea privación de orden, es privación de ser, o sea es un no-ente.
     En el pecado hay que distinguir, por tanto, el ente físico, que, como todo otro ente, viene de Dios, del desorden moral, que depende del pecador.
     Pero todavía no he llegado a la omnipotencia metafísica. Es preciso, por tanto, pensar que toda creatura, en cuanto contingente, como ha tenido necesidad del acto creador de Dios para empezar a existir, también tiene necesidad de su perenne influjo conservador para seguir existiendo. Basta pensar en que si toda realidad debe tener su razón de ser, eso vale siempre, y si esa razón no está en la propia esencia al principio, no lo está nunca, y, por tanto, siempre se necesita la influencia del Creador. Si esta pluma necesita de mi mano para que se la levante hasta cierta altura sobre el escritorio, necesita también de ella para mantenerse a esa altura. Asi, si la creatura, para llegar al plano de la existencia, o sea para existir, necesita que la lleve la mano creadora de Dios, necesita permanentemente de esa mano para permanecer allí, o sea para seguir existiendo.
     Y asi tenemos la sugestiva verdad, filosófica y revelada, de que Dios obra permanentemente en todas las cosas para conservarlas en su ser íntimo: «sustentándolo todo con su poderosa palabra», esto es, con su mandato, con su voluntad (San Pablo, Hebreos, 1, 3).
     Pero cuando uno obra está, presente donde obra. Así Dios al obrar en todas partes está presente en todas partes. Y esto de un modo mucho más perfecto que todo otro obrante, ya que al ser acto puro, o sea exento de toda composición de partes, no tiene tampoco la composición de naturaleza operante y operación, y ésta, a diferencia de todo otro operante, se identifica con su esencia. Así que en este, sentido está en el cielo, en la tierra, en un granito de polvo y en el infierno, esto es, donde quiera que haya cosas, creaturas. Sin identificarlo, sin embargo, con las cosas mismas, como piensan los panteístas, distinguiéndose radicalmente de ellas, como la causa del efecto.
     En cambio, cuando se habla de Dios que habita en el alma del justo, que es disfrutado beatíficamente en el paraíso, y que no se halla, en cambio, en el pecador y en el infierno, se habla de una presencia de otro tipo.
     La presencia anterior se refiere a Dios como obrador de todo lo que existe, como causa primera y fuente del ser. Esta, en cambio, lo considera como objeto de conocimiento y de amor; y para el alma sobrenaturalizada, como Huésped del alma y objeto, aunque infinitamente trascendente, poseído inmediatamente en sí mismo, veladamente en la tierra mediante la fe y la caridad, claramente mediante el lumen gloriae, de un modo beatificador, en el cielo.
     Esto es, es un punto de vista reciproco del otro. En la presencia como Creador está fuera del alma, como toda causa está fuera del efecto: primero es el Creador y luego la creatura, o sea el alma que de Él procede, como primero es la fuente luminosa y luego el rayo que de ella sale. En cambio, en la presencia como Huésped está dentro del alma; el alma creada por Él, conservada y elevada al orden sobrenatural, se convierte en templo suyo, y en este sentido primero es el alma y luego Dios, como primero es la casa y luego su morador.
     Ese es el sentido en el que «en el infierno hay tinieblas y dolor, porque allí no mora Dios. Porque Dios sólo es luz y felicidad».
     Sin embargo, es necesario precisar más. Esta falta de presencia sobrenatural de Dios beatificador no se reduce sólo a la ausencia dé un gozo inefable, sino que se une al terrible tormento de no tenerlo.
     El condenado, al darse cuenta al fin, pero demasiado tarde, de que en Dios sólo está la felicidad, aspira a Él irresistiblemente con tanta mayor intensidad cuanto que no tiene otra felicidad ficticia que lo pueda ocupar y engañar, e infiere de la imposibilidad de alcanzarlo el más dilacerador tormento, que se llama precisamente pena de daño. En ese sentido moral puede decirse, aunque negativamente, que «Dios atormenta a los condenados».

BIBLIOGRAFIA 
Para la presencia de Dios como creador: 
Santo Tomás: Summa Theologica, I, 8. 
Para la habitación sobrenatural en el alma: 
Santo Tomás: Summa Theol., I, q. 43, a. 3 y 6; B. 
Froget: L'abitaziotie dello Spirito Santo nelle anime giuste, secondo la dottrina di S. Tommaso d'Aquino, Turín, 1937; 
Enrico di S. Teresa: Inabitazione di Dio nell'uomo, EC., VI, págs. 1.738-41.

Pier Carlo Landucci
CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE

martes, 26 de noviembre de 2013

NECESIDAD DE INVOCAR A MARIA

     Más sobre el culto de invocación de la Virgen Santísima.—¿Es necesario este culto a los hombres?—Y si lo es, ¿con qué necesidad? —Ultima pregunta: ¿Cómo y en qué medida puede ser considerado el culto de la Madre de Dios como una nota de la Verdadera Iglesia de Cristo? 

     I. Queda por resolver otra grave cuestión ¿Es, no sólo una conveniencia soberana, sino también una necesidad, el tener a la Virgen Santísima la devoción filial que se traduce por la oración? En el fondo, la cuestión, planteada de este modo, difiere poco de esta otra: ¿hay necesidad, para los hijos de María, de rendir un culto positivo a su Madre? Porque, según ya lo hemos hecho notar, el culto de oración encierra el culto de alabanza, y, recíprocamente, el culto de alabanza es, de una manera más o menos explícita, culto de oración. Hay que confesar también que los teólogos y los maestros de la doctrina espiritual abordan muy raramente esta cuestión, a lo menos para tratarla directamente y, como se dice, ex profeso. Prefieren hablar de las incomparables ventajas que reporta la devoción a la Madre de Dios. Todos, sin embargo, no han guardado silencio.
     Pero antes de escuchar sus respuestas precisemos los diversos sentidos que puede tener la cuestión. Estos dependen de la manera como se entienda la necesidad. Hay lo que se llama necesidad de precepto, y necesidad de medio. La primera se comprende por sí misma; una cosa es necesaria con necesidad de precepto cuando es mandada por la autoridad legítima. Desde este punto de vista, algunos actos del culto de la Virgen Santísima son necesarios: la celebración de sus fiestas, en la medida que las hace obligatorias la Santa Iglesia. Hablemos, sobre todo de la necesidad de medio, es decir, de la necesidad de ejecutar tal o cual acto si se quiere obtener o conservar la gracia de la salvación (
Inútil sería hablar aquí de la necesidad de medio en tanto en cuanto se aplica a otros que a los adultos, o que concierne a los dones que nos constituyen formalmente hijos de Dios, como es la gracia santificante).
     Así, la oración en general es necesaria con necesidad de medio, porque orando es como obtenemos de Dios los auxilios indispensables para triunfar de las tentaciones y perseverar en la gracia.
     Pero esta misma necesidad tiene sus grados. Hay la necesidad absoluta, tal es, tomando un ejemplo familiar, la necesidad del alimento para sostener y conservar las fuerzas humanas; tal la necesidad del Bautismo para que un hijo de Adán pecador se convierta en hijo de Dios, porque no puede haber ni gracia de adopción, ni salud espiritual, por consiguiente, sin las aguas bautismales (
Joan., III, 5. No quiere esto decir que el pecado original no puede ser borrado, sin la recepción actual del bautismo: este sacramento puede ser suplido por el Bautismo de deseo, y por el Bautismo de sangre; pero ni uno ni otro obran sino dependientemente del bautismo real, que contienen in voto). Se da también la necesidad relativa, que se llama necesidad moral, como sería la de emplear algún medio de trasporte cuando se trata de un viaje largo y difícil. En absoluto se podría hacer a pie el trayecto de París a Pekín; pero se deja comprender que para tal viaje hace falta el ferrocarril o un barco. Ahora bien: es claro que esta última clase de necesidad puede ser más o menos grande y acercarse más o menos a la necesidad estrictamente dicha, según la naturaleza de las dificultades que hay que vencer. Hay que hacer también una advertencia, que no es indiferente, sobre la palabra medio. El medio no es una simple condición: es algo que concurre positivamente al fin para el cual es empleado, Así el bautismo tiene el carácter de causa; la adoración, el de impetración.
     Sentadas estas nociones preliminares, investiguemos lo que debemos pensar de la necesidad de la devoción a la Madre de Dios, y especialmente del culto de adoración. He aquí, ante todo, la autoridad del Doctor Angélico. Habla en general de la invocación de los Santos; pero está claro que lo que dice es aplicable, sobre todo a la Reina de ellos. Después de haber establecido la necesidad de la adoración, hace esta pregunta: ¿Debemos rogar a los Santos que intercedan por nosotros? A fin de que nos hagamos cargo bien de la respuesta, traduciremos el texto entero: "Es orden establecido por Dios entre las criaturas, según testimonio del Areopagita, que las cosas inferiores sean llevadas a Dios por las que están en medio. Como, pues, los Santos del cielo son los más cercanos a Dios, el orden de la ley divina exige que nosotros, que somos peregrinos alejados del Señor (
II Cor., V, 6), vayamos a Él por los Santos como intermediarios entre Él y nosotros. Esto tiene lugar cuando la divina Bondad se sirve de ellos para derramar sus efectos. Y porque nuestro ir a Dios debe responder a la venida, a la procesión de sus bondades sobre nosotros, de igual modo que los beneficios divinos nos llegan por los sufragios de los Santos, así es preciso que seamos llevados a Dios de nuevo y por medio de los Santos mismos si queremos recibir nuevos beneficios. Y he aquí por qué los tomamos por intercesores y como nuestros mediadores cerca de Dios cuando les suplicamos que rueguen por nosotros" (S. Thom., in Sent.. IV. D. 45. q. 3, a. 2).
     Nada más claro ni más profundo que esta doctrina: los beneficios de la Bondad divina se derraman sobre los hombres por el intermedio de los Santos; por su intermedio también, es decir rogándoles que intercedan por nosotros cerca de Dios, debemos ir a las fuentes de la misma Bondad para sacar de ella nuevas efusiones. Ya lo hemos oído: esta ley en virtud de la cual el orden de la oración debe responder al orden de los beneficios, Dios mismo la ha establecido; los beneficios descienden del Señor por mediación de los Santos, y por el mismo conducto debe subir la oración al Señor mismo.
     Tal es la doctrina enseñada por el Angel de las Escuelas sobre la necesidad que tenemos de invocar a los Santos en general, y podemos añadir: y a la Reina de los Santos en particular; porque el gran Doctor lo ha enseñado también: la mediación de María sebrepuja a la de los otros elegidos. En substancia, quiere decir esto: debemos todas las gracias a la intercesión de María; por consiguiente, nos es necesario pedirlas por medio de Ella. Por consiguiente, todo lo que demuestra que Ella es el canal necesario de los favores divinos prueba igualmente, al mismo tiempo, que Ella debe ser el objeto y el canal de nuestra oraciones.
     Pero sabemos ya que esta proposición: "todas las gracias nos vienen de Jesucristo por intercesión de María", no es idéntica a esta otra: "no se obtienen las gracias de Dios sino con la condición de pedirlas por Ella". En efecto: se puede concebir, y de hecho sucede que María nos obtenga gracias aunque no las hayamos pedido. Por tanto, se engañan los que, sin explicaciones de ninguna clase, traen el pasaje siguiente, de San Alfonso Ligorio, para establecer directamente la necesidad del culto de oración hacia la Santísima Virgen: "Decimos, con el P. Suárez, que, según el sentimiento universal que hay actualmente en la Iglesia, la intercesión de María no nos es solamente útil, sino necesaria. No se trata, sin embargo, de una necesidad absoluta; sola la mediación de Cristo nos es absolutamente necesaria, sino que se trata de una necesidad moral, fundada sobre esta razón, que es el pensamiento de San Bernardo: que Dios ha resuelto no concedernos gracia alguna más que por la intercesión de su Madre" (
S. Alph. Lig., Glorias de María, p. 1, c. 5). Los que se han apoyado sobre este texto no han comprendido bastante que enuncia solamente la necesidad de las intercesiones de María por nosotros. Por lo demás, no lo dudamos, el piadoso y erudito siervo de la Virgen Santísima hubiera deducido, como una conclusión natural de esta primera verdad, la necesidad en que estamos de invocarla nosotros mismos, si hubiera sido el lugar propio de recordarla; porque en su Tratado de la oración reconoce expresamente, siguiendo a Santo Tomás, cuyas palabras transcribe, las mismas que citábamos hace poco, el encadenamiento necesario entre una y otra proposición (S. Alph. Lig., Del gran mezzo delta preghiera, c. 1, t. XVII. Torino, 1827).
     Suárez, a quién hace alusión en su texto, ha señalado netamente la misma relación. Después de haber expuesto el inmenso poder de la Virgen Santísima cerca de Dios, su tierna solicitud por nuestra salvación y la multitud y perpetuidad de las invocaciones que la Iglesia hace subir hasta Ella, concluye y deduce así; "Por consiguiente, la Iglesia estima que la intercesión de la Virgen nos es más útil y más necesaria que la de todos los otros Santos; por consiguiente, también, debemos invocarla más que a todos los otros juntos" (
Suárez, De mysteriis vita Christi, D, XXIII, s. 3, in fine).
     Muchos autores, por ejemplo, el Beato Grignion de Montfort tienen títulos como éste: "Excelencia y necesidad de la devoción a la Santísima Virgen." Ahora bien, la explanación que sigue a esos títulos demuestra en casi todos que la mediación de María es, después de la de Jesucristo, el canal universal de las gracias (
B. L. M. Grignion de Monfot, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. I p„ S 1, p. 9. París, 1852), "de tal modo —añade el Beato—, que no se debe confundir la devoción de la Santísima Virgen con la de los otros Santos, como si no fuese más necesaria, y como si fuese sólo de superrogación" (B L. M. Grignion de Monfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, p. 24), lo que confirma con la autoridad de los más Santos Doctores.

     II. En efecto: sería bastante fácil acumular testimonios en los que el culto y la invocación de María están indisolublemente ligados con esta idea de la mediación universal. San Bernardo, en especial, los ofrece en cada página de sus discursos sobre la Madre de Dios: "Ya habréis notado, según creo, que la Virgen regia es el camino por el cual ha venido el Salvador hasta nosotros, saliendo de su seno como el Esposo del lecho nupcial... Así, pues, amados míos, esforcémonos en subir también por medio de Ella hasta Aquel que por Ella ha bajado hasta nosotros... Sí, Virgen bendita: que por Ti tengamos acceso a tu Hijo; por Ti, Madre de la gracia, de la salud y de la vida. Que nos acoja por Ti Él que nos ha sido dado por Ti..." (S. Bernard., Serm. 2 in Adventu, n. 5. P. L„ CLXXXIII, p. 49). Y en otro lugar: "Honremos a María con todo nuestro corazón, con todos nuestros afectos, con todos nuestros deseos; tal es la voluntad de Aquel que quiso dárnoslo todo por María... Por consiguiente, cualquier cosa que tengáis intención de ofrecer, acordaos de confiarla a María a fin de que la acción de gracias, subiendo al Autor de la gracia, corra por el mismo cauce bendito por donde nos ha venido la gracia... Quizá estén vuestras manos manchadas de sangre; quizá no las tengáis puras de toda dádiva... Así, pues, lo poco que pretendéis ofrecer, ofrecedlo por las purísimas y dignísimas manos de María si no queréis ser rechazados" (S. Bern., Serm. de Aquaeductu, n 7, 1S. P. I. CLXXXIII. 441, 448). Lo repetimos: estas dos cosas son correlativas para la Madre como para el Hijo. Viniéndonos todas las gracias por ellos, igualmente por ambos deben pasar todas nuestras oraciones, todas nuestras ofrendas y todos nuestros votos.
     El autor del Espejo de la Virgen ha leído y entendido esta necesidad de recurrir a la intercesión de María para encontrar a Jesús y su gracia en el texto en que el profeta anuncia, bajo el emblema de un tallo y de su flor, la Encarnación del Dios hecho hombre (
Is., XI, 1, 2. "Y saldrá un vastago de la raíz de Jessé, y una flor subirá de su raíz. Y el Espíritu del Señor descansará sobre el"). "Todo el que quiera adquirir la gracia del Espíritu Santo debe buscar la flor en el tallo, es decir, a Jesús en María; porque por el tallo llegaremos a la flor, y por la flor al Espíritu de Dios. ¿Queréis tener esa flor?; pues inclinad el tallo con vuestras oraciones" (Speculum B. M. V., citado por San Alfonso, Glorias de María, I p.f c. 5, § 1, t. I. p. 156).
     Las anteriores consideraciones pueden dar la explicación de un problema que a veces se presenta. Si la Santísima Virgen está tan llena de bondad y es tan poderosa cerca de su Hijo, ¿cómo es que tantos pecadores, cuya miseria atraería la misericordia, sienten tan poco los efectos de su intercesión? Primero habría que preguntar esto otro: ¿Sabemos lo que hace por ellos? Pero, además, hay una respuesta bien convincente y tangible. ¿Honran esos pecadores, ruegan a la Madre de la misericordia? ¿Son de aquellos que desde el lodazal de sus vicios elevan hasta Ella gritos de angustia, gemidos y suspiros? Si descuidan el hacer esto, ¿podemos extrañar que la Señora use parcamente su poder para con ellos? ¿Tiene Ella la culpa de que no realicen las condiciones que, según las leyes establecidas por Dios misino, les valdrían su protección maternal? María es siempre el canal de la gracia divina; pero hay que ir a él para beber sus aguas.
     Santo Tomás, tratando de la invocación de los Santos, ha escrito estas hermosas palabras: "Recurrir con pura devoción a cualquier Santo, en medio de nuestrus necesidades, es merecer que el Santo ruegue por nosotros" (
In Sentent., IV, D. 45, q. 3, a. 2, ad 5). Vosotros, que descuidáis el refugiaros suplicantes cerca de vuestra Madre, ¿cómo os quejáis de no estar sostenidos por Ella, puesto que voluntariamente os hacéis indignos de su protección? Pero si no es el descuido o la indiferencia la que os detiene, sino la conciencia de vuestro miserable estado, acercaos sin temor a esta Madre de Misericordia y suplicadla que os obtenga la gracia y el perdón. Ella lo hará no lo dudéis; por muchos y muy grandes que sean vuestros crímenes, vuestra devoción os ha hecho dignos de ser escuchados favorablemente.
     Recordemos también otra verdad, que ya hemos hecho resaltar en otro lugar. El amor que nos tienen los Santos se mide por una doble unión; es decir, por la unión que tenemos nosotros con la Bondad divina, motivo primero de ese amor, y por la unión que nosotros mismos tenemos con ellos.
Por consiguiente, todo lo que tiende a relajar los lazos de esta doble unión, por eso mismo propende a disminuir los efectos de la solicitud maternal de María, puesto que dichos lazos son claramente proporcionados a su amor. Ahora bien: si, por un lado, honrarla y rogarla es afirmar la cadena de amor entre Ella y nosotros, ¿no será aflojar y debilitar esa cadena, por otro lado, el no querer ni ofrecerle alabanzas, ni dirigirle súplicas? ¿Qué más se puefie hacer para serle como un extraño?
     Notémoslo bien: no queremos decir que por no rogarla no recibiremos de Ella gracia alguna. Esto sería contrario a la doctrina católica, que nos muestra a la gracia adelantándose a toda oración. Tampoco afirmamos que María, por un extraordinario efecto de su misericordia, no interceda alguna vez y de un modo eficacísimo por pecadores que la olvidan. Lo que pretendemos asentar es que, siguiendo la regla común, serán sus sufragios tanto más ciertos y abundantes cuanto mayor respeto, amor y confianza tengamos hacia Ella; en otros términos: cuanto más prácticamente seamos sus hijos (
Leemos en el himno Sacris solemniis del Oficio del Santísimo Sacramento: Sic nos tu visita, sicut te colimus. La regla general a la que se ajustan las visitas de María está expresada en estas pocas palabras).
     Hay también que notar que no hablamos aquí sino de los pecadores que voluntaria y conscientemente se alejan de su Mediadora. No honrarla ni rogarla porque se la ignora, cuando por otra parte estarían dispuestos, según las disposiciones del corazón, a echarse en sus brazos si se tuviera la dicha de conocerla, es ya rendirle un culto de invocación, no explícito, pero sí implícito. Ocurre en esto algo parecido a lo que sería el bautismo de deseo, in voto, hasta para aquellos mismos que jamás han oído hablar de bautismo; o, mejor aún, lo que la fe en el Redentor para hombres que, ignorando el Evangelio, creyeron en la providencia de un Dios, Padre y Remunerador. María, que, por el privilegio de su bienaventuranza, penetra hasta el secreto de los corazones, puede ver en ellos esos gérmenes de oraciones, y esto basta para que haga descender por su intercesión el rocío de las bendiciones celestiales sobre esos corazones así dispuestos.
     Hacemos alto en estas reflexiones; pero no será sin transcribir antes algunos pensamientos, muy propios para excitarnos a rogar a María, nuestra Madre y nuestra Mediadora. "Peligroso es —escribía Adán de Persenia— alejarse de Aquella en quien están encerradas como en un depósito, para sernos comunicadas, las delicias de nuestra suavidad, las riquezas de la salud, la sabiduría y la ciencia... Cristo, conmovido de la miseria y de los gemidos de los pobres, vino del Corazón del Padre al Corazón de la Virgen para depositar en él el tesoro de los indignos, esto es, de todos nosotros. He aquí por qué no juzgo que sea seguro el vivir separado de Ella. ¿Quién, pues, me asistirá si yo descuidase el recurrir a la misericordia de esta benignísima Señora?".
     Adam.. abbas Persiniae. Fragmenta Mariana, Frag. 7. P. L., CCXI, 754. Es digna de leerse en el mismo volumen una carta del mismo abad a un adolescente de alta nobleza, en donde le recomienda, del modo mas enérgico y conmovedor, que honre a la Virgen Santísima y que la ruegue como a su Madre, como a su nodriza, como su esposa y su amiga, si quiere conservar intacto el tesoro de su pureza).
     Antes de este devoto autor había escrito ya San Ildefonso en su libro de la Virginidad de María: "Venid conmigo a esta Virgen, no sea que sin Ella vayáis al infierno. Venid; escondámonos bajo el manto de su poder para no vernos un día cubiertos de confusión como de una vestidura" (C. 4. P. L. XCVI, 69). Y algunos siglos más tarde debía oírse al autor del Salterio Mayor de la Virgen repetir, a su vez: "Quien la honrare dignamente será justificado; pero quien la abandone morirá en sus pecados. ¡Sí!, Dulce Señora, lejos están de la salud los que no saben conocerte; pero aquel que persevere en rendirte sus homenajes no tiene que temer la perdición; si Tú nos asistes, viene el refrigerio; si Tú apartas de nosotros el rostro, desesperamos de la salvación" (S. Bonav., Psalter. majus P. V., psalm. 116. 118 et 99. Opp., t. XIV (ed. Vives), pp. 215, 216 et 213). Recordemos, en fin, cuántas veces los autores espirituales, a ejemplo de la Iglesia, interpretando de María lo que dice la Escritura de la Sabiduría divina, han puesto en labios de la Virgen Madre estas palabras: "Todo el que peque contra mí, hiere su alma. Todos los que me odian, aman la muerte" (Prov., VIII, 36).

     III. Imposible es, después de todo lo que antecede, no tener como necesario, con necesidad de medio, el culto de oración hacia la Madre de Dios y celestial Madre nuestra; entiéndase de la necesidad que los teólogos han calificado de necesidad moral o relativa. En cuanto a determinar de una manera precisa con qué medida precisa de invocaciones se puede satisfacer esa necesidad, habría temeridad en hacerlo, pues esta medida depende de múltiples y variadas circunstancias. Todo lo que podemos afirmar es que cuanto más numerosas y fervientes sean nuestras invocaciones, más largamente también recibiremos los dones celestiales que ha querido Dios dispensar por intercesión de su Madre.
     La célebre máxima: "Fuera de la Iglesia no hay salvación" ha sido a veces modificada de manera que se ha entendido de la Virgen Santísima: "Fuera de María no hay salvación." ¿Que pensar de esta aplicación? Que es exacta siempre que sabiamente se interprete. Por consiguiente, fuera de María no hay salvación; porque si María no nos hubiera dado libremente al Redentor, estaríamos aún en nuestro pecado de origen: ni la gracia se derrramaría sobre los hombres ni el cielo les estaría abierto. Fuera de María no hay salvación, porque no hay salvación sin la gracia, y toda gracia, aun después del Calvario, nos viene por su intercesión. Fuera de María no hay salvación, porque no honrar a María, no rogarla, en una palabra, alejarse de Ella, es privarse, en cuanto depende de uno, de la asistencia de esta Señora cerca de Dios.
     La primera de estas interpretaciones es absolutamente incontestable. Mostrado hemos cuánto se apoya la segunda sobre la autoridad de la Escritura y de la tradición; cuán imposible es hasta ponerla en duda tratándose, no ya de una totalidad de gracias que no admite excepción alguna, sino de aquella universalidad que comprende la mayor, la máxima parte de los beneficios del orden sobrenatural. En cuanto a la tercera, no vemos el por qué negarle una certeza igual a la de la segunda, puesto que acabamos de probar la necesidad moral, para los adultos por lo menos, de invocar a María si se quiere disfrutar de su protección, es decir, de una protección por la cual desciendan a nuestras almas las gracias de la salud. Por consiguiente, y sin examinar si es oportuno el emplear esta fórmula sin la correspondiente explicación, se la debe tener por absolutamente cierta en su generalidad. Sin embargo, cuando separadamente se habla de la tercera interpretación, no hay que olvidar lo que hace poco decíamos de los que no recurren a María, no por desprecio o indiferencia, sino porque tienen la desgracia de no conocerla. Así, la máxima "Fuera de la Iglesia no hay salvación" no condena a muerte eterna a todo el que no está visiblemente unido por los lazos exteriores a la Iglesia católica. La Iglesia y María pueden tener hijos que no las conozcan; lo que no impide que sean muy dichosos aquellos a quienes Dios ha hecho la gracia de vivir en el conocimiento y amor de una Madre tan poderosa y tan buena.

     IV. Llegamos a la última cuestión, que trata, no sólo de cada uno de losf hombres en particular, sino de la misma Iglesia. El culto de la Virgen Santísima, culto de honor, culto de amor y culto de invocación, no es sólo necesario a los miembros de la Iglesia; lo es más aún al cuerpo mismo de la Iglesia; tan necesario, que debe ser considerado como una nota, al menos negativa; es decir, como uno de esos caracteres cuya privación no es compatible con la verdadera Iglesia de Cristo y descubre manifiestamente una falsa esposa de Cristo.
     Hemos dicho una nota negativa, y no una nota absolutamente positiva, porque sucede con el culto de María lo que con los Sacramentos de la Ley Nueva. Hay comuniones cismáticas, y hasta heréticas, que pueden conservar intacto dentro de su seno el depósito de esos tesoros de gracias aunque no sean sus legítimos propietarios y no tengan derecho a distribuir su contenido. Así vemos a las Iglesias orientales separadas de la Iglesia única, Madre y Maestra, permanecer fieles al culto de la Madre de Dios, honrarla en sus privilegios, celebrar sus fiestas y conservarle un amplio lugar en su Liturgia. Este culto no es, pues, ni puede ser lo que se llama una nota positiva, esto es, uno de esos caracteres cuya sola presencia es por sí misma una revelación cierta de la Iglesia de Dios.
     Por lo demás, bien consideradas las cosas, uno es el culto de la Virgen Santísima en la verdadera Iglesia y otro en aquellas que, sacudiendo la autoridad de Pedro, han desgarrado la vestidura de Cristo. En la Iglesia es un culto lleno de vida que se desarrolla y va abriendo cada vez más sus flores al sol del amor, tejiendo sin cesar nuevas coronas a María y glorificando su maternidad por sus ricas cosechas de obras santas y de virtudes. En las otras, por el contrario, salvo excepciones más o menos numerosas, el culto de la Virgen, como el mismo cristianismo, se parece bastante a esos árboles medio agostados que, conservando todavía las ramas, no pueden ya producir nuevos tallos, y sólo dan algunas frutas raquíticas. Entrad en esos santuarios profanados por el cisma o por la herejía, y oiréis cantar las antiguas alabanzas consagradas a la Madre de Dios; pero, generalmente, sentiréis que el corazón de donde primero salieron no está ya allí para animarlas; veréis, sobre todo, que esos cantos y esas plegarias no traducen apenas los arranques de amor, ni menos inspiran las abnegaciones de caridad, tan comunes en la verdadera Iglesia de Cristo. Un culto a María no es, pues, un carácter absolutamente infalible de la verdadera Religión. Pero, lo repetimos, es una señal suya absolutamente indispensable. Una sociedad religiosa que lo rechaza o que lo ignora se precia falsamente de ser la esposa inmaculada de Cristo. En efecto, la Iglesia de Cristo es la primera entre los hijos de María. Por consiguiente, las obligaciones filiales que tienen sus hijos para esta Señora son excelentemente suyas, porque debe enseñárselas a ellos con su ejemplo y con su doctrina. Por consiguiente, faltar a este deber es ser infiel a Jesucristo, y es también renunciar a la mediación de la Reina de los cielos: dos cosas incompatibles con la santidad de la Iglesia.
     Añadamos otra consideración, cuyo fondo tomamos de uno de los más sabios profesores del Colegio Romano: Siendo la Religión aquello por lo cual estamos religados con Dios, la Religión cristiana es la que nos une a Él por Cristo Mediador y Salvador. Ahora bien, en la Religión cristiana, sea que se la contemple en la época de su completo desarrollo, sea que se la considere en sus orígenes más lejanos, es decir, desde el momento en que Cristo fué revelado a la humanidad caída como Aquel que debía elevarnos otra vez al Padre, siempre es María la compañera inseparable de Jesús. Siempre y en todas partes está la Madre al lado del Hijo. Por consiguiente, lo que debe religarnos con Dios, lo que nos vuelve a conducir a las cosas del cielo, no es Cristo sólo, sino esa bendita pareja de la Mujer y de su raza. Así, pues, separar a María de Jesús en el culto religioso es trastornar el orden establecido por Dios mismo y, por consiguiente, presentar a los hombres una economía de salvación que Dios no ha instituido ni aprobado; en otros términos, una religión que no es ni puede ser la verdadera Religión cristiana (
P. Ludov. Billot, de Verbo incarnato (ed. alt). p. 347).
 J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES

jueves, 21 de noviembre de 2013

La Presentación de la Virgen en el Templo

21 DE NOVIEMBRE 
INTRODUCCIÓN

Génesis y significado de esta fiesta
     Admitía la ley antigua que las niñas se consagrasen a Dios para servirle en su templo, en el cual moraban, y según una antigua tradición, también María fué muy pronto consagrada a Dios. Un Evangelio apócrifo (Evang. de la Natividad de María, c. 9, y véase de la Broise, S. I., 1. c.1) precisa el tiempo, la edad de tres años, en que se hizo esta ofrenda.
     La Presentación de María en el templo es objeto de una festividad que los Griegos y los Armenios celebran, a la par de los Latinos, el 21 de noviembre. En la Iglesia griega esta solemnidad se llama la entrada de la Madre de Dios en el templo. Simeón Metafraste dice se celebraba en Constantinopla el año 730. En 1143 el Emperador Manuel. Comneno la coloca en el número de las fiestas conocidas en toda la Iglesia. Las diligencias del embajador del Rey de Chipre cerca de Gregorio XI (residente en Aviñón) lograron que fuese aceptada por la curia pontificia en 1372. Habiendo pasado de allí a diversos reinos o Iglesias, la fiesta fué introducida en el breviario romano por Sixto IV, suprimida por S. Pío V y luego restablecida por Sixto V gracias principalmente a los esfuerzos del P. Torres (Turriano) de la Compañía de Jesús. Clemente VIII aprobó su oficio en su forma actual, en que la Presentación sólo se nombra en la oración, en una lección sacada de San Juan Damasceno y en el responsorio del nocturno octavo.

Plan de la meditación.
     Piadosos y santos autores y aun un gran número de teólogos (Suarez, In 3 p., t. 2, d. 4, s. 7. Véase también Terrien, La Madre de Dios y de los hombres, t. 2, p. 10 ss.), suponen que María recibió por privilegio el uso anticipado de la razón. Según esto la presente festividad nos recordaría la emisión de su voto de virginidad, comprendido en la ofrenda total de sí misma, o la ratificación solemne de esta consagración. Muchas comunidades religiosas se han sentido movidas por esta persuasión a pronunciar, en este día, los votos religiosos o su renovación. Es, con todo, indudable que María, al primer asomo de la razón, se entregó completamente a Dios. Tres puntos, pues, son naturalmente indicados para esta meditación: María hizo de sí mísma una oblación gozosamente pronta, completa y constante.

MEDITACIÓN
 Deus cordis mei et pars mea Deus in acternum!" 
(Ps. LXXII, 26). 
     Dios de mi corazón, Dios herencia mía por toda la eternidad.
     1.er Preludio. Imaginémonos a María, tierna doncellita, entrando en el templo para consagrarse al Señor.
     2.° Preludio. Pidamos la gracia de tributar a la total entrega de María, una fructuosa admiración que, acrecentando en nosotros la estima por nuestra Madre, nos mueva también a mejor imitarla.

I. ALEGRE PRONTITUD DE LA OFRENDA DE MARIA 
     I. La ofrenda de María fué pronta y asimismo alegre.
     1. Pronta. Apenas María conoció a Dios a través de la niebla de sus primeras ideas, corrió a Él con el santo ímpetu de un indecible fervor. Venida de Dios, se lanza a Él, para luego terminar en Él. ¿Y hacia qué otro bien podía tender y precipitarse? ¡ Qué bello es este comienzo de la existencia de nuestra Madre y qué consuelo durante toda su vida por haber sido de Dios desde su aurora!
     2. Gozosamente pronta. Dióse, y dióse de buena voluntad. Su corazón rebosaba de alegría, se sentía feliz y santamente orgullosa de verse aceptada por un Dios infinitamente bueno y generoso.
     II. - 1. ¿Hemos comprendido nosotros, en nuestras relaciones con Dios, aquel proverbio: «Quien da pronto da dos veces» (Bis dat qui cito dat), y aquella palabra santa: «Dios quiere al que da de buena gana»? (II Cor. IX, 7. Antes el Eclesiástico había dicho (XXXV, 11): «Dad vuestros dones con alegre rostro»). Tal vez durante un largo período de vida culpable hemos permanecido alejados de Dios. Y después, solicitados por la gracia ¡cuántas resistencias y demoras! ¡Cuántas vacilaciones y deseos contrarios! ¡Cuántos regateos con Dios y cuántas ansias secretas para que se digne contentarse con menos! ¿No hemos ido tal vez a Él casi forzados y un poco a pesar nuestro?
     2. Este tiempo perdido de nuestra vida, estas vergonzosas resistencias a Nuestro Señor y Bienhechor, mientras merecen ser lloradas, ¿no exigen, además, el santo desquite de que cumplamos con perfecta prontitud cuanto sea en servicio de Dios? Tal vez nuestra vida es, ahora en su conjunto, de Dios ; pero cuidemos de renovar frecuente y gozosamente esta oblación, y a fin de mostrarnos sinceros, suprimamos aun en los pormenores de nuestros actos, toda perplejidad y lentitud.

II. TOTAL OFRENDA DE MARIA
     I. María fué de Dios prontamente; mas también lo fué perfectamente. Ni pecado venial, ni positiva imperfección empañaron jamás la integridad de su ofrenda. Así como ninguna criatura la contuvo tu su vuelo hacia Dios, tampoco jamás logró encantarla y seducirla para apartarla un punto del Creador. Al contrario, no hacían todas otra cosa que impulsarla hacia aquel Señor tan amado, ofreciéndole nuevos medios y nuevas razones para ello. La Virgen, enteramente del Señor, vió reinar en su vida una magnífica unidad que hacía de ella algo completo y acabado.
     II. ¡Cuántas rapiñas tal vez en nuestro holocausto! ¡Cuántas y cuán continuas distracciones dividen nuestra vida! Considerad bien los términos de las consagraciones que se proponen a los fieles. ¿Osaríamos repetirlas con sinceridad? ¿Somos nosotros, sacerdotes o religiosos, tan completamente de Dios, que suscribamos de buena fe estas fórmulas? Una ofrenda verdaderamente total implica renunciar a todos los bienes exteriores, y en cambio nos sorprendemos solícitos por nuestras comodidades difíciles y delicadas; exige asimismo la ruptura de afectos demasiado naturales que impiden el vuelo hacia la perfección, y rehusamos las separaciones que exigiría el servicio de Dios; importa la abnegación de sí mismo, de las satisfacciones interiores, y fomentamos el inquieto cuidado de una dicha, de una satisfacción sensible y nos dejamos abatir por la menor desolación.
     Sin embargo, al dividir así nuestro corazón somos inconsecuentes con nosotros mismos y creamos en nosotros un manantial de turbacione y enojos. Un corazón dividido es frecuentemente un corazón desgarrado.

II. PERPETUIDAD DE LA OFRENDA 
     I. María fué irrevocablemente de Dios. Ni el tiempo, ni los accidentes de la vida pudieron por un momento conmover su constancia. Su ofrenda, pronta y completa, no solamente fué jamás retractada, sino que fué positivamente continuada con una voluntad pronta a repetir el sacrificio ya una vez ofrecido.
     II. - 1. ¡Cuán hermosa cualidad es la constancia en el bien! ¡Qué prueba de carácter y qué triunfo! El hombre que de esta suerte persevera, parece pertenecer ya a la eternidad: ¿Acaso no es superior al tiempo, como lo es a las fluctuaciones de la vida?
     Si bien nosotros no liemos retractado nuestra ofrenda o nuestra promesa, ¿hemos fijado bastante la atención sobre lo que supone una entera constancia? No le basta la aceptación resignada de un estado definitivo, sino exige que estemos dispuestos a repetir, si preciso fuere, el acto irrevocable de nuestra entrega. ¿Por ventura las dificultades y las pruebas no nos han hecho mirar atrás con consideraciones, cuyo sola consecuencia práctica es enervar la voluntad y disminuir el mérito? Estos disgustos son el gusano roedor de nuestras buenas obras.
     2. Esforcémonos por lograr esta perfecta constancia, renovando frecuentemente la intención y ejercitando en ello nuestra voluntad. 

COLOQUIO
     Al felicitar a nuestra Madre, pidámosle que nos obtenga la gracia de imitarla, y dando de nuevo a Dios cuanto le tenemos ofrecido, digámosle con San Ignacio (Ejercicios espirituales. Contemplación del Reino de Cristo): «Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante de vuestra infinita bondad, y delante de vuestra Madre gloriosa, y de todos los Santos y Santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo, y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como espiritual, queriéndome vuestra santísima Majestad elegir y recibir en tal vida y estado».

A. Vermeersch
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN

lunes, 18 de noviembre de 2013

DIVINI ILLIUS MAGISTRI



Carta encíclica de S.S. Pío XI 
sobre la educación cristiana de la juventud


     1. Representante, en la tierra, de aquel Divino Maestro que, sin dejar de abrazar en la inmensidad de su amor a todos los hombres, aunque pecadores e indignos, mostró, sin embargo, predilección y ternura especialísima hacia los niños y se expresó con aquellas palabras tan conmovedoras: Dejad que los niños vengan a Mí (1), también Nos, hemos procurado en todas las ocasiones mostrar la predilección verdaderamente paternal que les profesamos, particularmente en los cuidados asiduos y oportunas enseñanzas que se refieren a la educación cristiana de la juventud.


La educación cristiana

     2. Así, haciéndonos eco del Divino Maestro, hemos dirigido palabras saludables, ya de aviso, ya de exhortación, ya de dirección, a los jóvenes y a los educadores, y a los padres y madres de familia, sobre varios puntos referentes a la educación cristiana, con aquella solicitud que conviene al Padre común de todos los fieles, y con aquella insistencia oportuna y aun importuna que el oficio pastoral requiere, inculcada por el Apóstol: Insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina (2), reclamada por nuestros tiempos, en los cuales, desgraciadamente, se deplora una falta tan grande de principios claros y sanos, aun en los problemas más fundamentales.

     3. Pero la misma condición general ya indicada de los tiempos, el diverso modo con que hoy se plantea el problema escolar y pedagógico en los diferentes países, y el consiguiente deseo manifestado a Nos, con filial confianza por muchos de vosotros y de vuestros fieles, Venerables Hermanos, y Nuestro afecto tan intenso, como dijimos, hacia la juventud, Nos mueven a volver más de propósito sobre la misma materia, si no para tratarla con toda su amplitud, casi inagotable en la teoría y en la práctica, a lo menos para resumir sus principios supremos, establecer con toda claridad sus principales conclusiones e indicar sus aplicaciones prácticas.

     Sea éste el recuerdo que de Nuestro jubileo sacerdotal, con intención y afecto muy particular, dedicamos a los amados jóvenes y recomendamos a cuantos tienen la misión y el deber de ocuparse de su educación.

     4. En verdad que nunca como en los tiempos presentes se ha hablado tanto de educación; por esto se multiplican los maestros de nuevas teorías pedagógicas, se inventan, proponen y discuten métodos y medios, no sólo para facilitar, sino para crear una educación nueva de infalible eficacia, capaz de formar las nuevas generaciones para la ansiada felicidad en la tierra.

     Y es que los hombres, creados por Dios a su imagen y semejanza, y destinados para Dios, perfección infinita, al advertir, hoy más que nunca en medio de la abundancia del moderno progreso material, la insuficiencia de los bienes terrenos para la verdadera felicidad de los individuos y de los pueblos, sienten por lo mismo en sí más vivo el estímulo hacia una perfección más alta, arraigado en su misma naturaleza racional por el Creador, y quieren conseguirla principalmente por la educación. Sólo que muchos de entre ellos, como insistiendo con exceso en el sentido etimológico de la palabra, pretenden sacarla de la misma naturaleza humana y realizarla con solas sus fuerzas. Y en esto ciertamente yerran, pues en vez de dirigir la mirada a Dios, primer principio y último fin de todo el universo, se repliegan y descansan en sí mismos, apegándose exclusivamente a lo terreno y temporal; por eso será continua e incesante su agitación mientras no dirijan sus pensamientos y sus obras a la única meta de la perfección, a Dios, según la profunda sentencia de San Agustín: Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti (3).


Su esencia e importancia

     5. Es, por lo tanto, de suma importancia no errar en la educación, como no errar en la dirección hacia el fin último, con el cual está íntima y necesariamente ligada toda la obra de la educación. En efecto, puesto que la educación esencialmente consiste en la formación del hombre tal cual debe ser y como debe portarse en esta vida terrenal, a fin de conseguir el fin sublime para el cual fue creado, es evidente que, como no puede existir educación verdadera que no esté totalmente ordenada al fin último, así, en el orden actual de la Providencia, o sea después que Dios se nos ha revelado en su Unigénito Hijo, único que es camino, verdad y vida, no puede existir educación completa y perfecta si la educación no es cristiana.

     6. De donde queda manifiesta la importancia suprema de la educación cristiana, no sólo para los individuos, sino también para las familias y toda la sociedad humana, pues la perfección de ésta no puede menos de resultar de la perfección de los elementos que la componen. E igualmente de los principios indicados resulta clara y manifiesta la excelencia, que puede con verdad llamarse insuperable, de la causa de la educación cristiana, pues, bien examinada, tiende a asegurar la consecución del Bien Sumo, Dios, para las almas de los educandos y el máximo bienestar posible en esta tierra para la sociedad humana. Y esto en la mejor manera realizable por parte del hombre, cooperando con Dios al perfeccionamiento de los individuos y de la sociedad, pues la educación imprime en los ánimos la primera, la más potente y la más duradera dirección de la vida, según la conocidísima sentencia del sabio: La senda por la cual comenzó el joven a andar desde un principio, esa misma seguirá también cuando viejo (4). Por eso decía con razón San Juan Crisóstomo: ¿Qué cosa hay mayor que dirigir las almas, que moldear las costumbres de los jovencitos? (5).

     7. Pero no hay palabra que tanto nos revele la grandeza, belleza y excelencia sobrenatural de la obra de la educación cristiana como la sublime expresión de amor con que Jesús, Señor nuestro, identificándose con los niños, declara: Cualquiera que acogiere a uno de estos niños por amor mío, a Mí me acoge (6).


División del asunto

     8. Así, pues, para no errar en esta obra de suma importancia y encaminarla del mejor modo que sea posible con la ayuda de la gracia divina, es menester tener una idea clara y recta de la educación cristiana en sus puntos esenciales, a saber: a quién toca la misión de educar, cuál es el sujeto de la educación, cuáles las circunstancias necesarias del ambiente y cuál es el fin y la forma propia de la educación cristiana, según el orden establecido por Dios en la economía de su Providencia.


I. LA MISIÓN DE EDUCAR

En general

     9. La educación es obra necesariamente social, no solitaria. Ahora bien, tres son las sociedades necesarias, distintas, pero armónicamente unidas por Dios, en el seno de las cuales nace el hombre: dos sociedades de orden natural, es decir, la familia y la sociedad civil; la tercera, la Iglesia, de orden sobrenatural.

     Ante todo, la familia, instituida inmediatamente por Dios para un fin suyo propio, que es la procreación y educación de la prole, sociedad que por esto tiene prioridad de naturaleza y, consiguientemente, cierta prioridad de derechos respecto a la sociedad civil.

     Sin embargo, la familia es sociedad imperfecta, porque no tiene en sí todos los medios para su propio perfeccionamiento; mientras la sociedad civil es sociedad perfecta, pues encierra en sí todos los medios para su propio fin, que es el bien común temporal; de donde se sigue que bajo este respecto, o sea en orden al bien común, la sociedad civil tiene preminencia sobre la familia, que alcanza precisamente en aquélla su conveniente perfección temporal.

     La tercera sociedad, en la cual nace el hombre, por medio del Bautismo, a la vida divina de la Gracia, es la Iglesia, sociedad de orden sobrenatural y universal, sociedad perfecta, porque contiene en sí todos los medios para su fin, que es la salvación eterna de los hombres; y, por lo tanto, es suprema en su orden.

     Por consiguiente, la educación que abarca a todo el hombre, individual y socialmente, en el orden de la naturaleza y en el de la gracia, pertenece a estas tres sociedades necesarias, en una medida proporcional y correspondiente a la coordinación de sus respectivos fines, según el orden actual de la providencia establecido por Dios.


En particular, a la Iglesia

     10. Y, ante todo, pertenece de un modo supereminente a la Iglesia la educación, por dos títulos de orden sobrenatural, exclusivamente concedidos a Ella por el mismo Dios, y por esto absolutamente superiores a cualquier otro título de orden natural.


a) De un modo supereminente

     Expresa misión y autoridad suprema del magisterio que le dio su Divino Fundador: A Mí se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándolas a observar todas las cosas que yo os he mandado. Y estad ciertos que yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos (7). Y Cristo a este Magisterio confirió la infalibilidad junto con el mandato de enseñar su doctrina; por lo tanto, la Iglesia ha sido constituida, por su Divino Autor, columna y fundamento de la verdad para que enseñe a todos los hombres la fe divina, y custodie íntegro e inviolable su depósito a ella confiado, y dirija e informe a los hombres y a sus asociaciones y acciones en honestidad de costumbres e integridad de vida, según la norma de la doctrina revelada (8).


b) Por su maternidad sobrenatural

     11. El segundo título es la maternidad sobrenatural con que la Iglesia, Esposa Inmaculada de Cristo, engendra, alimenta y educa las almas en la vida divina de la Gracia, con sus Sacramentos y su enseñanza. Con razón, pues, afirma San Agustín: No tendrá a Dios por padre el que rehusare tener a la Iglesia por madre (9).

     Por lo tanto, en el objeto propio de su misión educativa, es decir, en la fe e institución de costumbres, el mismo Dios ha hecho a la Iglesia partícipe del divino magisterio y, por beneficio divino, inmune del error; por lo cual es maestra, suprema y segurísima, de los hombres y lleva en sí misma arraigado el derecho inviolable a la libertad de magisterio (10). Así, por necesaria consecuencia, la Iglesia es independiente de cualquier potestad terrena, tanto en el origen como en el ejercicio de su misión educativa, no sólo respecto a su objeto propio, sino también respecto a los medios necesarios y convenientes para cumplirla. Por esto, con relación a toda otra disciplina y enseñanza humana, que en sí considerada es patrimonio de todos, individuos y sociedades, la Iglesia tiene derecho independiente de emplearlas y principalmente de juzgarlas en todo cuanto pueda ser provechoso o contrario a la educación cristiana. Y esto, ya porque la Iglesia, como sociedad perfecta, tiene derecho independiente a los medios que emplea para su fin, ya porque toda enseñanza, lo mismo que toda acción humana, tiene necesaria relación de dependencia con el fin último del hombre, y, por lo tanto, no puede sustraerse a las normas de la ley divina, de la cual es guarda, intérprete y maestra infalible la Iglesia.

     Lo cual, con luminosas palabras, declara Pío X, de s. m.: En cualquier cosa que haga el cristiano, aun en el orden de las cosas terrenas no le es lícito descuidar los bienes sobrenaturales, antes al contrario, según los preceptos de la sabiduría cristiana, debe dirigir todas las cosas al bien supremo como a un último fin; además, todas sus acciones, en cuanto son buenas o malas en orden a las costumbres, o sea en cuanto están conformes o no con el derecho natural y divino, están sometidas al juicio y jurisdicción de la Iglesia (11).

     Y es digno de notarse cuán bien ha sabido entender y expresar esta doctrina católica fundamental un seglar, tan admirable escritor como profundo y concienzudo pensador: La Iglesia no dice que la moral pertenezca puramente (en el sentido de exclusivamente) a ella, sino que pertenece a ella totalmente. Jamás ha pretendido que, fuera de su seno, y sin su enseñanza, el hombre no pueda conocer verdad alguna moral; antes bien, ha reprobado tal opinión más de una vez, porque ha aparecido en más de una forma. Dice, por cierto, como ha dicho y dirá siempre, que, por la institución recibida de Jesucristo y por el Espíritu Santo que el Padre le envió en su nombre, ella sola posee originaria e inadmisiblemente la verdad moral toda entera (omnem veritatem), en la cual todas las verdades particulares de la moral están comprendidas, tanto las que el hombre puede alcanzar con el simple medio de la razón, como las que forman parte de la revelación, o se pueden deducir de ésta (12).


c) Con derecho inalienable

     12. Así, pues, con pleno derecho, la Iglesia promueve las letras, las ciencias y las artes en cuanto son necesarias o útiles para la educación cristiana y además para toda su obra de la salvación de las almas, aun fundando y manteniendo escuelas e instituciones propias en toda disciplina y en todo grado de cultura (13). Ni se ha de estimar como ajena a su Magisterio maternal la misma educación, que llaman física, precisamente porque ésta tiene razón de medio que puede ayudar o dañar a la educación cristiana.

     Esta obra de la Iglesia en todo género de cultura, así como cede en inmenso provecho de las familias y de las naciones, que sin Cristo se pierden, pues justamente observa San Hilario: ¿Qué hay más peligroso para el mundo que no acoger a Cristo? (14), así no causa el menor inconveniente a las ordenaciones civiles, porque la Iglesia, con su maternal prudencia, no se opone a que sus escuelas e instituciones educativas para seglares se conformen en cada nación con las legítimas disposiciones de la autoridad civil, y aun está en todo caso dispuesta a ponerse de acuerdo con ésta y a resolver amistosamente las dificultades que pudieran surgir.

     13. Además, es derecho inalienable de la Iglesia, y a la vez deber suyo indispensable, vigilar toda la educación de sus hijos, los fieles, en cualquier institución, pública o privada, no sólo en lo referente a la enseñanza religiosa allí dada, sino también en toda otra disciplina y en todo plan cualquiera, en cuanto se refieren a la religión y a la moral (15).

     Ni el ejercicio de este derecho podrá estimarse como injerencia indebida, sino como preciosa providencia maternal de la Iglesia, para preservar a sus hijos de los graves peligros de todo veneno doctrinal y moral.

     Además, esta vigilancia de la Iglesia, como no puede crear ningún inconveniente verdadero, tampoco dejará de reportar eficaz auxilio al orden y bienestar de las familias y de la sociedad civil, manteniendo a la juventud alejada de aquel veneno moral, que en esa edad inexperta y tornadiza suele tener más fácil entrada y pasar más rápidamente a la práctica.

     Pues sin una recta formación religiosa y moral —como sabiamente advierte León XIII— toda la cultura de las almas será malsana: los jóvenes, no habituados al respeto de Dios, no podrán soportar norma alguna de honesto vivir, y sin ánimo para negar nada a sus deseos, fácilmente se verán inducidos a trastornar los Estados (16).

     14. En cuanto a la extensión de la misión educativa de la Iglesia, ella comprende a todas las gentes, sin límite alguno, según el mandato de Cristo: Enseñad a todas las gentes (17); y no hay potestad terrena que pueda legítimamente disputar o impedir su derecho. Primeramente se extiende a todos los fieles, cuyo cuidado tiene solícita como Madre la más tierna. Por esta razón, para ellos ha creado y fomentado en todos los siglos una ingente muchedumbre de escuelas e instituciones en todos los ramos del saber: porque -como dijimos en ocasión reciente- "hasta en aquel lejano tiempo medieval, en el que eran tan numerosos (alguno ha llegado a decir que hasta excesivamente numerosos) los monasterios, los conventos, las iglesias, las colegiatas, los cabildos catedrales y no catedrales, junto a cada una de esas instituciones había un hogar escolar, un hogar de instrucción y educación cristiana. Y a todo esto hay que añadir las Universidades todas, Universidades esparcidas por todos los países y siempre por iniciativa y bajo la vigilancia de la Santa Sede y de la Iglesia.

     Aquel magnífico espectáculo que ahora vemos mejor, porque está más cerca de nosotros y en condiciones más cerca de nosotros y en condiciones más grandiosas, como lo permiten las condiciones del siglo, fue el espectáculo de todos los tiempos, y los que estudian y confrontan los hechos, quedan maravillados de cuanto supo hacer la Iglesia en este orden de cosas; maravillados del modo con que la Iglesia logró corresponder a la misión que Dios le había confiado de educar a las generaciones humanas en la vida cristiana, y alcanzar tantos y tan magníficos frutos y resultados. Pero si causa admiración que la Iglesia haya sabido en todo tiempo reunir alrededor de sí centenares, millares y millones de alumnos de su misión educadora, no es menor la que deberá sobrecogernos cuando reflexionemos sobre lo que ha llegado a hacer, no sólo en el campo de la educación, sino también en el de la instrucción verdadera y propiamente tal. Porque si tantos tesoros de cultura, civilización y literatura han podido ser conservados, se debe a la actitud de la Iglesia que, aun en los tiempos más remotos y bárbaros, ha sabido hacer brillar tanta luz en el campo de las letras, de la filosofía, del arte y particularmente de la arquitectura" (18).

     Tanto ha podido y ha sabido hacer la Iglesia, porque su misión educativa se extiende aun a los no fieles, por ser todos los hombres llamados a entrar en el reino de Dios y a conseguir la eterna salvación. Como en nuestros días, con sus Misiones esparce a millares las escuelas en todas las regiones y países aun no cristianos, desde las orillas del Ganges hasta el río Amarillo y las grandes islas y archipiélagos del Océano, desde el Continente negro hasta la Tierra del Fuego y la glacial Alaska, así, en todos los tiempos, la Iglesia con sus misioneros ha educado en la vida cristiana y en la civilización a las diversas gentes que ahora forman las naciones cristianas del mundo civilizado.

     Con lo cual queda con evidencia asentado, cómo de derecho, y aun de hecho, pertenece de manera supereminente a la Iglesia la misión educativa, y cómo a ningún entendimiento libre de prejuicios se le puede ocurrir motivo alguno racional para disputar o impedir a la Iglesia una obra de cuyos benéficos frutos goza ahora el mundo.

     15. Tanto más cuanto que con tal supereminencia de la Iglesia no sólo no están en oposición, sino antes bien en perfecta armonía los derechos, ya de la familia, ya del Estado, y aun los derechos de cada uno de los individuos respecto a la justa libertad de la ciencia, de los métodos científicos y de toda cultura profana en general. Puesto que para apuntar, ya desde el primer momento, la razón fundamental de tal armonía, el orden sobrenatural al cual pertenecen los derechos de la Iglesia, no sólo no destruye ni merma el orden natural, al cual pertenecen los otros derechos mencionados, sino que lo eleva y perfecciona, y ambos órdenes se prestan mutua ayuda y como complemento respectivamente proporcionado a la naturaleza y dignidad de cada uno, precisamente porque uno y otro proceden de Dios, el cual no se puede contradecir: perfectas son las obras de Dios, y rectos todos sus caminos (19).

     Lo mismo se verá más claramente considerando por separado y más de cerca la misión educativa de la familia y del Estado.


A la familia

     16. Primeramente, con la misión educativa de la Iglesia concuerda admirablemente la misión educativa de la familia, porque ambas proceden de Dios de una manera muy semejante. En efecto, a la familia, en el orden natural, le comunica Dios inmediatamente la fecundidad, principio de vida y consiguientemente principio de educación para la vida, junto con la autoridad, principio de orden.

a) Derecho anterior al Estado

     Su acostumbrada nitidez de pensamiento y precisión de estilo: El padre carnal participa singularmente de la razón de principio, que de un modo universal se encuentra en Dios... El padre es principio de la generación, educación y disciplina, y de todo cuanto se refiere al perfeccionamiento de la vida humana (20).

La familia, pues, tiene inmediatamente del Creador la misión, y, por lo tanto, el derecho de educar a la prole, derecho inalienable por estar inseparablemente unido con una estricta obligación, derecho anterior a cualquier otro derecho de la sociedad civil y del Estado, y por lo mismo inviolable por parte de toda potestad terrena.

b) Inviolable

     17. Acerca de la inviolabilidad de este derecho da la razón el Angélico: En efecto, el hijo naturalmente es algo del padre...; así, pues, es de derecho natural que el hijo, antes del uso de la razón, esté bajo el cuidado del padre. Sería, pues, contra la justicia natural que el niño antes del uso de la razón fuese sustraído al cuidado de los padres o de alguna manera se dispusiera de él contra la voluntad de los padres (21). Y como la obligación del cuidado de los padres continúa hasta que la prole esté en condición de proveerse a sí misma, perdura también el mismo inviolable derecho educativo de los padres. Porque la naturaleza no pretende solamente la generación de la prole, sino también su desarrollo y progreso hasta el perfecto estado del hombre en cuanto es hombre, o sea el estado de virtud (22), dice el mismo Angélico Doctor.

     Por esto la sabiduría jurídica de la Iglesia se expresa así en esta materia, con precisión y claridad comprensiva en el Código de derecho canónico, en el can. 1113: Los padres tienen gravísima obligación de procurar con todo empeño la educación de sus hijos, tanto la religiosa y moral como la física y la cívica, y de proveer también a su bienestar temporal (23).

     En este punto es tan concorde el sentir común del género humano, que se pondrían en abierta contradicción con él cuantos se atreviesen a sostener que la prole, antes que a la familia, pertenece al Estado y que el Estado tiene sobre la educación absoluto derecho.

     Es, además, insubsistente la razón, que los tales aducen, de que el hombre nace ciudadano y que por ello pertenece primariamente al Estado, sin atender a que, antes de ser ciudadano, el hombre debe existir, y la existencia no la recibe del Estado, sino de los padres, como sabiamente declara León XIII: Los hijos son como algo del padre, una extensión, en cierto modo, de su persona: y, si queremos hablar con propiedad, los hijos no entran a formar parte de la sociedad civil por sí mismos, sino a través de la familia, dentro de la cual han nacido (24). Por lo tanto: La patria potestad es de tal naturaleza, que no puede ser extinguida ni absorbida por el Estado, como derivada que es de la misma fuente que la vida de los hombres (25), afirma en la misma encíclica León XIII. De lo cual, sin embargo, no se sigue que el derecho educativo de los padres sea absoluto o despótico, porque está inseparablemente subordinado al fin último y a la ley natural y divina, como lo declara el mismo León XIII en otra memorable encíclica suya, de los principales deberes de los ciudadanos cristianos, donde expone así en resumen el conjunto de los derechos y deberes de los padres, a quienes la misma naturaleza da el derecho de educar a sus hijos, imponiéndoles al mismo tiempo el deber de que la educación y enseñanza de la niñez corresponda y diga bien con el fin para el cual el Cielo les dio los hijos. A los padres toca, por lo tanto, tratar con todas sus fuerzas de rechazar todo atentado en este particular, y de conseguir a toda costa que en su mano quede el educar cristianamente, cual conviene, a sus hijos, y apartarlos cuanto más lejos puedan de las escuelas donde corren peligro de que se les propine el veneno de la impiedad (26).

     Obsérvese, además, que el deber educativo de la familia comprende no sólo la educación religiosa y moral, sino también la física y civil (27), principalmente en cuanto tienen relación con la religión y la moral.

c) Reconocido

     18. Este incontrastable derecho de la familia ha sido varias veces reconocido jurídicamente por las naciones que se cuidan de respetar el derecho natural en las disposiciones civiles.

     Así, para citar un ejemplo de los más recientes, el Tribunal Supremo de la República Federal de los Estados Unidos de la América del Norte, al resolver una importantísima controversia, declaró que no compete al Estado ninguna potestad general de establecer un tipo uniforme de educación en la juventud, obligándola a recibir la instrucción de las escuelas públicas solamente, y añadió la razón de derecho natural: El niño no es una mera criatura del Estado; quienes lo alimentan y lo dirigen tienen el derecho, junto con el alto deber, de educarlo y prepararlo para el cumplimiento de sus deberes (28).

d) Amparado

     19. La historia testifica cómo, particularmente en los tiempos modernos, ha habido y hay de parte del Estado violación de los derechos conferidos por el Creador a la familia, y a la vez demuestra espléndidamente cómo la Iglesia los ha tutelado siempre y defendido; y de hecho la mejor prueba está en la especial confianza que las familias han puesto en las escuelas de la Iglesia, como escribimos en Nuestra reciente Carta al Cardenal Secretario de Estado: "La familia ha caído pronto en la cuenta de que es así, y desde los primeros tiempos del cristianismo hasta nuestros días, padres y madres, aun poco o nada creyentes, mandan y llevan por millones a sus propios hijos a los institutos educativos fundados y dirigidos por la Iglesia" (29).

     20. Es que el instinto paterno, que viene de Dios, se orienta confiadamente hacia la Iglesia, seguro de encontrar en ella la tutela de los derechos de la familia, es decir, la concordia que Dios ha puesto en el orden de las cosas. La Iglesia, en efecto, aunque consciente como es de su divina misión universal y de la obligación que todos los hombres tienen de seguir la única religión verdadera, no se cansa de reivindicar para sí el derecho -y de recordar a los padres el deber- de hacer bautizar y educar cristianamente a los hijos de padres católicos: con todo, es tan celosa de la inviolabilidad del derecho natural educativo de la familia, que no consiente, a no ser con determinadas condiciones y cautelas, que se bautice a los hijos de los infieles, o se disponga como quiera de su educación contra la voluntad de sus padres, mientras los hijos no puedan determinarse por sí, abrazando libremente la fe (30).

     21. Tenemos, pues, como lo declaramos en Nuestro discurso ya citado, dos hechos de altísima importancia: "La Iglesia, que pone a disposición de las familias su oficio de maestra y educadora, y las familias que acuden presurosas para aprovecharse de él, y confían sus propios hijos a la Iglesia, por centenares y millares, y estos dos hechos recuerdan y proclaman una gran verdad, importantísima en el orden moral y social, a saber: que la misión de la educación corresponde, ante todo y sobre todo, en primer lugar a la Iglesia y a la familia, y que les corresponde por derecho natural y divino, y, por lo tanto, de manera inderogable, ineluctable, insubrogable" (31).


Al Estado

     22. De esta primacía de la misión educativa de la Iglesia y de la familia, así como resultan grandísimas ventajas, según hemos visto, para toda la sociedad, así también ningún daño puede seguirse a los verdaderos y propios derechos del Estado respecto a la educación de los ciudadanos, conforme al orden por Dios establecido.

a) En orden al bien común

     A la sociedad civil el mismo autor de la Naturaleza, no a título de paternidad, como a la Iglesia y a la familia, pero sí por la autoridad que le compete para promover el bien común temporal, que es precisamente su fin propio. Por consiguiente, la educación no puede pertenecer a la sociedad civil del mismo modo que pertenece a la Iglesia y a la familia, sino de manera diversa, correspondiente a su fin propio.

b) Dos funciones

     El bien común de orden temporal, consiste en la paz y seguridad de que las familias y cada uno de los individuos puedan gozar en el ejercicio de sus derechos, y a la vez en el mayor bienestar espiritual y material que sea posible en la vida presente, mediante la unión y la coordinación de la actividad de todos. Doble es, pues, la función de la autoridad civil que reside en el Estado: proteger y promover, pero no absorber a la familia y al individuo, o suplantarlos.

     23. Por lo tanto, en orden a la educación, es derecho o, por mejor decir, deber del Estado proteger en sus leyes el derecho anterior -que arriba dejamos descrito- de la familia en la educación cristiana de la prole, y, por consiguiente, respetar el derecho sobrenatural de la Iglesia sobre tal educación cristiana.

     Igualmente toca al Estado proteger el mismo derecho en la prole, cuando llegare a faltar, física o moralmente, a obra de los padres por defecto, incapacidad o indignidad, ya que el derecho educativo de ellos, como arriba declaramos, no es absoluto o despótico, sino dependiente de la ley natural y divina, y, por lo tanto, sometido a la autoridad y juicio de la Iglesia, y también a la vigilancia y tutela jurídica del Estado en orden al bien común, y además la familia no es sociedad perfecta que tenga en sí todos los medios necesarios para su perfeccionamiento. En tal caso, por lo demás excepcional, el Estado no suplanta ya a la familia, sino que suple el defecto y lo remedia con medios idóneos, siempre en conformidad con los derechos naturales de la prole y los derechos sobrenaturales de la Iglesia.

     Además, en general, es derecho y deber del Estado proteger, según las normas de la recta razón y de la fe, la educación moral y religiosa de la juventud, removiendo de ella las causas públicas que le sean contrarias.

     24. Principalmente pertenece al Estado, en orden al bien común, promover de muchas maneras la misma educación e instrucción de la juventud. Ante todo y directamente, favoreciendo y ayudando a la iniciativa y acción de la Iglesia y de las familias, cuya grande eficacia demuestran la historia y la experiencia. Luego, completando esta obra, donde ella no alcanza o no basta, aun por medio de escuelas e instituciones propias, porque el Estado más que ningún otro está provisto de medios, puestos a su disposición para las necesidades de todos, y es justo que los emplee para provecho de aquellos mismos de quienes proceden (32).

     Además, el Estado puede exigir y, por lo tanto, procurar que todos los ciudadanos tengan el conocimiento necesario de sus deberes civiles y nacionales, y cierto grado de cultura intelectual, moral y física que el bien común, atendidas las condiciones de nuestros tiempos, verdaderamente exija.

     Sin embargo, claro es que en todos estos modos de promover la educación y la instrucción pública y privada, el Estado debe respetar los derechos innatos de la Iglesia y de la familia a la educación cristiana, además de observar la justicia distributiva. Por lo tanto, es injusto e ilícito todo monopolio educativo o escolar, que

fuerce física o moralmente a las familias a acudir a las escuelas del Estado contra los deberes de la conciencia cristiana, o aun contra sus legítimas preferencias.

c) Educación reservada

     25. Pero esto no quita que para la recta administración de la cosa pública y para la defensa interna y externa de la paz, cosas tan necesarias para el bien común, y que exigen especiales aptitudes y especial preparación, el Estado se reserve la institución y dirección de escuelas preparatorias para algunos de sus cargos, y señaladamente para la milicia, con tal que tenga cuidado de no violar los derechos de la Iglesia y de la familia en lo que a ellas concierne. No es inútil repetir aquí en particular esta advertencia, porque en nuestros tiempos (en los que se va difundiendo un nacionalismo tan exagerado y falso como enemigo de la verdadera paz y prosperidad) se suele pasar más allá de los justos límites al ordenar militarmente la educación que llaman física de los jóvenes (y a veces de las jóvenes, contra la naturaleza misma de las cosas humanas), y aun, con frecuencia, usurpando más de lo justo, en el día del Señor, el tiempo que debe dedicarse a los deberes religiosos y al santuario de la vida familiar. No queremos, por lo demás, censurar lo que puede haber de bueno en el espíritu de disciplina y de legítimo valor en tales métodos, sino solamente el exceso, como, por ejemplo, el espíritu de violencia, que no hay que confundir con el espíritu de fortaleza ni con el noble sentimiento del valor militar en defensa de la patria y del orden público; como también la exaltación del atletismo, que aun para la edad clásica pagana señaló la degeneración y decadencia de la verdadera educación física.

     26. En general, pues, no sólo para la juventud, sino para todas las edades y condiciones, pertenece a la sociedad civil y al Estado la educación que puede llamarse cívica, la cual consiste en el arte de presentar públicamente a los individuos asociados tales objetos de conocimiento racional, de imaginación y de sensación que inviten a las voluntades hacia lo honesto y las muevan con una necesidad moral ya sea en la parte positiva que presenta tales objetos, ya sea en la negativa, que impide los contrarios (33).

     Esta educación cívica, tan amplia y múltiple que comprende casi toda la obra del Estado en favor del bien común, así como debe conformarse con las normas de la rectitud, así no puede contradecir a la doctrina de la Iglesia, divinamente constituida Maestra de dichas normas.


Relaciones entre la Iglesia y el Estado

     27. Cuanto hemos dicho hasta aquí acerca de la intervención del Estado en orden a la educación, descansa sobre el fundamento solidísimo e inmutable de la doctrina católica De civitatum constitutione christiana, tan egregiamente expuesta por Nuestro predecesor León XIII, particularmente en las encíclicas Immortale Dei y Sapientiae christianae, a saber: Dios ha hecho copartícipes del gobierno de todo el linaje humano a dos potestades: la eclesiástica y la civil; ésta, que cuida directamente de los intereses humanos y terrenales; aquélla, de los celestiales y divinos.

     Ambas potestades son supremas, cada una en su género; ambas tienen sus propios límites dentro de los cuales actúan, definidos por la naturaleza y fin próximo de cada una; por lo tanto, en torno a ellas, se describe como una esfera, dentro de la cual cada una dispone iure proprio. Mas como el sujeto sobre que recaen ambas potestades soberanas es uno mismo, y como, por otra parte, suele acontecer que una misma cosa pertenezca, si bien bajo diferente aspecto, a una y otra jurisdicción, claro está que Dios, providentísimo, no estableció aquellas dos potestades, sino después de haberlas ordenado convenientemente entre sí. "Y aquéllas (las potestades), que son, están ordenadas por Dios" (34).

     28. Ahora bien: la educación de la juventud es precisamente una de esas cosas que pertenecen a la Iglesia y al Estado, aunque de diversa manera, como arriba hemos expuesto. Necesaria es, por lo tanto -prosigue León XIII-, que las dos potestades estén coordinadas entre sí; coordinación no sin razón comparada a la del alma y el cuerpo en el hombre. La cualidad y el alcance de dichas relaciones no se puede precisar, si no se atiende a la naturaleza de cada una de las dos soberanías, relacionadas así como es dicho, teniendo buena cuenta de la excelencia y nobleza de sus respectivos fines, pues la una atiende directa y principalmente al cuidado de las cosas temporales, y la otra a la adquisición de los bienes sobrenaturales y eternos.

     Así que todo cuanto en las cosas y personas, de cualquier modo que sea, tenga razón de sagrado; todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, bien sea tal por su propia naturaleza o bien lo sea en razón del fin a que se refiere, todo ello cae bajo el dominio y arbitrio de la Iglesia; pero las demás cosas que el régimen civil y político, como tal, abraza y comprende, justo es que estén sujetas a éste, pues Jesucristo mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (35).

     29. Quienquiera que rehúse admitir estos principios, y consiguientemente el aplicarlos a la educación, vendrá necesariamente a negar que Cristo ha fundado la Iglesia para la salvación eterna de los hombres, y a sostener que la sociedad civil y el Estado no están sujetos a Dios y a su ley natural y divina. Lo cual es evidentemente impío, contrario a la sana razón y, de un modo particular, en materia de educación, extremadamente pernicioso para la recta formación de la juventud y seguramente ruinoso para la misma sociedad civil y el verdadero bienestar de la sociedad humana. Al contrario, de la aplicación de estos principios no puede menos de provenir una utilidad grandísima para la recta formación de los ciudadanos. Los sucesos de todas las edades lo demuestran sobradamente; por eso como Tertuliano, para los primeros tiempos del Cristianismo, en su Apologético, así San Agustín, para los suyos, podía desafiar a todos los adversarios de la Iglesia Católica -y nosotros, en nuestros tiempos, podemos repetir con él: Por cierto, los que dicen que la doctrina de Cristo es enemiga del Estado, que presenten un ejército tal como la doctrina de Cristo enseña que deben ser los soldados; que presenten tales súbditos, tales maridos, tales cónyuges, tales padres, tales hijos, tales señores, tales siervos, tales reyes, tales jueces y, finalmente, tales contribuyentes y exactores del fisco, cuales la doctrina cristiana manda que sean, y atrévanse luego a llamarla nociva al Estado: mas no duden un instante en proclamarla, donde ella se observe, la gran salvación del Estado (36).

     Y tratándose de educación, viene aquí a propósito hacer notar cuán bien ha expresado esta verdad católica, confirmada por los hechos, para los tiempos más recientes, en el periodo del Renacimiento, un escritor eclesiástico muy benemérito de la educación cristiana, el piísimo y docto Cardenal Silvio Antoniano,discípulo del admirable educador San Felipe de Neri, maestro y secretario para las cartas latinas de San Carlos Borromeo, a cuya instancia y bajo cuya inspiración escribió el áureo tratado De la educación cristiana de los hijos, en que él razona así:


Ventajas de la armonía con la Iglesia

     30. Cuanto el gobierno temporal más se armoniza con el espiritual, y más lo favorece y promueve, tanto más concurre a la conservación de la república. Porque, mientras el jefe eclesiástico procura formar un buen cristiano con su autoridad y medios espirituales, conforme a su fin, al mismo tiempo procura por consecuencia necesaria hacer un buen ciudadano, tal cual debe ser bajo el gobierno político. Ocurre así, porque en la Santa Iglesia Católica Romana, ciudad de Dios, una misma cosa es absolutamente el buen ciudadano y el hombre honrado. Por esto, yerran gravemente los que separan cosas tan unidas, y piensan poder tener buenos ciudadanos con otras reglas y por otras vías distintas de las que contribuyen a formar el buen cristiano. Diga y hable la prudencia humana cuanto le plazca, no es posible que produzca verdadera paz ni verdadera tranquilidad temporal nada de cuanto sea enemigo y se aparte de la paz y eterna felicidad (37).

     31. Como el Estado, tampoco la ciencia, el método científico y la investigación científica tienen nada que temer del pleno y perfecto mandato educativo de la Iglesia. Los institutos católicos, sea cualquiera el grado a que pertenezcan en la enseñanza y en la ciencia, no tienen necesidad de apología. El favor de que gozan, las

alabanzas que reciben, las producciones científicas que promueven y multiplican, y más que nada los sujetos plena y exquisitamente preparados que proporcionan a la gobernación, a las profesiones, a la enseñanza, a la vida en todas sus manifestaciones, deponen más que suficientemente en su favor (38).

     32. Hechos que, por lo demás, no son sino una espléndida confirmación de la doctrina católica, definida por el Concilio Vaticano: La fe y la razón no sólo no pueden jamás contradecirse, sino que se prestan recíproca ayuda porque la recta razón demuestra las bases de la fe, e iluminada con la luz de ésta cultiva la ciencia de las cosas divinas; a su vez, la fe libra y protege de errores a la razón y la enriquece con variados conocimientos. Tan lejos está, pues, la Iglesia de oponerse al cultivo de las artes y de las disciplinas humanas, que de mil maneras lo ayuda y lo promueve. Porque ni ignora ni desprecia las ventajas que de ellas provienen para la vida de la humanidad; antes bien, confiesa que ellas, como vienen de Dios, Señor de las ciencias, así, rectamente tratadas, conducen a Dios con la ayuda de su gracia. Y de ninguna manera prohíbe que semejantes disciplinas, cada una dentro de su esfera, usen principios propios y propio método; pero, una vez reconocida esta justa libertad, cuidadosamente atiende a que, oponiéndose por ventura a la doctrina divina, no caigan en errores o, traspasando sus propios límites, ocupen y perturben el campo de la fe (39).

     33. Esta norma de la justa libertad científica es, a la vez, norma inviolable de la justa libertad didáctica o libertad de enseñanza rectamente entendida; y debe ser observada en cualquier manifestación doctrinal a los demás, y, con obligación mucho más grave de justicia en la enseñanza dada a la juventud, ya porque respecto a ésta ningún maestro público o privado tiene derecho educativo absoluto, sino participado, ya porque todo niño o joven cristiano tiene estricto derecho a una enseñanza conforme a la doctrina de la Iglesia, columna y fundamento de la verdad, y le causaría grave injusticia quienquiera que turbase su fe, abusando de la confianza de los jóvenes para con los maestros y de su natural inexperiencia y desordenada inclinación a una libertad absoluta, ilusoria y falsa.


II. SUJETO DE LA EDUCACIÓN
Todo el hombre, pero redimido
     34. Efectivamente, nunca se ha de perder de vista que el sujeto de la educación cristiana es el hombre todo entero, espíritu unido al cuerpo en unidad de naturaleza, con todas sus facultades naturales y sobrenaturales, cual nos lo hacen conocer la recta razón y la revelación; por lo tanto, el hombre, caído de su estado originario, pero redimido por Cristo y reintegrado en la condición sobrenatural de hijo adoptivo de Dios, aunque no en los privilegios preternaturales de la inmortalidad del cuerpo y de la integridad o equilibrio de sus inclinaciones. Quedan, pues, en la naturaleza humana los efectos del pecado original, particularmente la debilidad de la voluntad y las tendencias desordenadas.

     35. La necedad está ligada al corazón del joven; la vara de la corrección la alejará de él (40). Es, por lo tanto, preciso corregir las inclinaciones desordenadas, fomentar y ordenar las buenas, desde la más tierna infancia y, sobre todo, hay que iluminar el entendimiento y fortalecer la voluntad con las verdades sobrenaturales y los medios de la Gracia, sin la cual no es posible dominar las perversas inclinaciones ni alcanzar la debida perfección moral. En la cual obra se manifiesta la soberana misión educativa de la Iglesia, perfecta y completamente dotada por Cristo, y de la doctrina divina y de los sacramentos, medios eficaces de la Gracia.

     36. Por lo mismo, es falso todo naturalismo pedagógico que de cualquier modo excluya o aminore la formación sobrenatural cristiana en la instrucción de la juventud; y es erróneo todo método de educación que se funde, en todo o en parte, sobre la negación u olvido del pecado original y de la Gracia y, por lo tanto, sobre las fuerzas solas de la naturaleza humana. Tales son, generalmente, esos sistemas actuales de varios nombres, que apelan a una pretendida autonomía y libertad ilimitada del niño y que disminuyen o aun suprimen la autoridad y la obra del educador, atribuyendo al niño una preeminencia exclusiva de iniciativas y una actividad independiente de toda ley superior natural y divina, en la obra de su educación.

     37. Mas si con alguno de esos términos se quisiese indicar, bien que impropiamente, la necesidad de la cooperación activa, a cada paso más consciente, del alumno a su educación; si se pretendiese apartar de ésta el despotismo y la violencia (diversa, por cierto, de la justa corrección), esta idea sería verdadera, pero no habría en ella nada nuevo, que no hubiese la Iglesia enseñado y la educación cristiana tradicional ejercitado en la práctica, a semejanza del modo que el mismo Dios guarda respecto de las criaturas, a las que Él llama a la cooperación activa, según la naturaleza propia de cada una, ya que su sabiduría abarca de un extremo a otro vigorosamente, y lo gobierna todo con suavidad (41).

     38. Pero, desgraciadamente, con el significado obvio de los términos y con los hechos mismos, intentan no pocos sustraer la educación a toda dependencia de la ley divina. Así que en nuestros días se da el caso, a la verdad bien extraño, de educadores y filósofos que se afanan por descubrir un código moral universal de educación, como si no existiera ni el Decálogo, ni la ley evangélica, ni siquiera la ley natural, esculpida por Dios en el corazón del hombre, promulgada por la recta razón y codificada, con revelación positiva, por el mismo Dios en el Decálogo. Asimismo tales innovadores suelen denominar, como por desprecio, a la educación cristiana heterónoma, pasiva, anticuada, porque se funda en la autoridad divina y en su santa ley.

     39. Miserablemente se engañan éstos en su pretensión de libertar, como ellos dicen, al niño, mientras lo hacen más bien esclavo de su ciego orgullo y de sus desordenadas pasiones, porque éstas, por consecuencia lógica de aquellos falsos sistemas, vienen a quedar justificadas como legítimas exigencias de la naturaleza que se proclama autónoma.

     40. Pero mucho peor es la pretensión falsa, de querer someter a investigaciones, experimentos y juicios de orden natural y profano, los hechos del orden sobrenatural tocantes a la educación, como, por ejemplo, la vocación sacerdotal o religiosa, y en general las arcanas operaciones de la Gracia que, aun elevando las fuerzas naturales, con todo las sobrepuja infinitamente y no puede en manera alguna someterse a las leyes físicas, porque el Espíritu sopla donde quiere (42).


Educación "sexual"

     41. Peligroso en grado extremo es, además, ese naturalismo que en nuestros tiempos invade el campo de la educación en materia delicadísima, cual es la de la honestidad de las costumbres. Está muy difundido el error de los que, con pretensión peligrosa y con feo nombre, promueven la llamada educación sexual, estimando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la concupiscencia con medios puramente naturales, cual es una temeraria iniciación e instrucción preventiva para todos indistintamente y hasta públicamente, y, lo que es aun peor, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones para acostumbrarlos, según dicen ellos, y como para curtir su espíritu contra aquellos peligros.

     Yerran estos tales gravemente, al no querer reconocer la nativa fragilidad de la naturaleza humana y la ley de que habla el Apóstol contraria a la ley de la mente (43), y al desconocer aun la experiencia misma de los hechos, los cuales nos demuestran que, singularmente en los jóvenes, las culpas contra las buenas costumbres son efecto, no tanto de la ignorancia intelectual, cuanto principalmente de la débil voluntad expuesta a las ocasiones y no sostenida por los medios de la Gracia.

     En este delicadísimo asunto, si, atendidas todas las circunstancias, se hace necesaria alguna instrucción individual en el tiempo oportuno, dada por quien ha recibido de Dios la misión educativa y la gracia de estado, han de observarse todas las cautelas, conocidísimas en la educación cristiana tradicional, que el

citado Antoniano suficientemente describe, cuando dice: Es tal y tanta nuestra miseria y la inclinación al pecado, que muchas veces de las mismas cosas que se dicen para remedio de los pecados, se toma ocasión e incitamento para el mismo pecado. Importa, pues, sumamente que el buen padre, mientras hable con su hijo de  materia tan lúbrica, esté muy sobre aviso y no descienda a particularidades y a los diversos modos con que esta hidra infernal envenena tan gran parte del mundo, a fin de que no suceda que en vez de apagar este fuego, lo excite y lo reavive imprudentemente en el pecho sencillo y tierno del niño. Generalmente hablando, mientras dura la niñez, bastará usar de losremedios que con un mismo influjo fomentan la virtud de la castidad y cierran la entrada al vicio (44).


Coeducación

     42. Igualmente erróneo y pernicioso a la educación cristiana es el método llamado de la coeducación, fundado también, según muchos, en el naturalismo negador del pecado original, y, además, según todos los sostenedores de este método, en una deplorable confusión de ideas que trueca la legítima convivencia humana en una promiscuidad e igualdad niveladora. El Creador ha ordenado y dispuesto la convivencia perfecta de los dos sexos solamente en la unidad del matrimonio, y gradualmente separada en la familia y en la sociedad. Además, no hay en la naturaleza misma, que los hace diversos en el organismo, en las inclinaciones y en las aptitudes, ningún motivo para que pueda o deba haber promiscuidad y mucho menos igualdad de formación para ambos sexos. Estos, conforme a los admirables designios del Creador, están destinados a completarse recíprocamente en la familia y en la sociedad precisamente por su diversidad, la cual, por lo mismo, debe mantenerse y fomentarse en la formación educativa con la necesaria distinción y correspondiente separación, proporcionada a las varias edades y circunstancias. Principios que han de ser aplicados a su tiempo y lugar, según las normas de la prudencia cristiana, en todas las escuelas, particularmente en el periodo más delicado y decisivo de la formación, cual es el de la adolescencia, y en los ejercicios gimnásticos y de deporte, con particular atención a la modestia cristiana en la juventud femenina, de la que gravemente desdice cualquier exhibición y publicidad.

     Recordando las tremendas palabras del Divino Maestro: ¡Ay del mundo por razón de los escándalos! (45), estimulamos vivamente vuestra solicitud y vigilancia, Venerables Hermanos, sobre estos perniciosísimos errores que con sobrada difusión se van extendiendo entre el pueblo cristiano con inmenso daño de la juventud.


III. AMBIENTE

     43. Para obtener una educación perfecta es de suma importancia velar por que las condiciones de todo lo que rodea al educando durante el periodo de su formación, es decir, el conjunto de todas las circunstancias, que suele denominarse ambiente, corresponda bien al fin que se pretende.


Familia cristiana

     44. El primer ambiente natural y necesario de la educación es la familia, destinada precisamente para esto por el Creador. De modo que, regularmente, la educación más eficaz y duradera es la que se recibe en la familia cristiana bien ordenada y disciplinada, tanto más eficaz cuanto resplandezca en ella más claro y constante el buen ejemplo de los padres, sobre todos, y de los demás miembros de la familia.

     No es Nuestra intención tratar aquí de propósito, aun tocando sólo los puntos principales, de la educación doméstica -tan amplia es la materia-, acerca de la cuál, por lo demás, no faltan tratados especiales antiguos y modernos de autores de sana doctrina católica, entre los que merece especial mención el ya citado áureo libro de Antoniano De la educación cristiana de los hijos, que San Carlos Borromeo hacía leer públicamente a los padres reunidos en las iglesias.

     Queremos, con todo, llamar de manera especial vuestra atención, Venerables Hermanos y amados hijos, sobre el deplorable decaimiento actual de la educación familiar. A los oficios y profesiones de la vida temporal y terrena -ciertamente de menor importancia- preceden largos estudios y cuidadosa preparación, mientras que para el oficio y deber fundamental de la educación de los hijos están hoy poco o nada preparados muchos de los padres, demasiado absorbidos por cuidados temporales. A debilitar el influjo del ambiente familiar contribuye hoy el hecho de que casi en todas partes se tiende a alejar cada vez más de la familia a los niños desde sus más tiernos años, con varios pretextos, ora económicos, de la industria o del comercio, ora políticos; y hay países donde se arranca a los niños del seno de la familia para formarlos (o por decirlo con mayor verdad, para deformarlos y desviarlos) en asociaciones y escuelas sin Dios, en la irreligiosidad y en el odio, según las teorías socialistas extremas, renovándose una verdadera y más horrenda matanza de niños inocentes.

     45. Conjuramos, pues, en nombre de Jesucristo, a los Pastores de almas para que empleen toda clase de medios, en las instrucciones y catequesis, de palabra y por escritos profusamente divulgados, a fin de recordar a los padres cristianos sus gravísimos deberes, y no tanto teórica o genéricamente cuanto prácticamente, y en particular, cada uno de sus deberes en materia de educación religiosa, moral y cívica de los hijos y de los métodos más convenientes para realizarla eficazmente, previo, además, el ejemplo de su vida. A semejantes instrucciones prácticas no se desdeñó de bajar el Apóstol de las Gentes, en sus epístolas, particularmente en la dirigida a los de Éfeso, donde, entre otros, da este consejo: Padres, no irritéis a vuestros hijos (46), lo cual es efecto, no tanto de la excesiva severidad cuanto principalmente de la impaciencia, de la ignorancia de los medios más aptos para la corrección fructuosa, y aun de la relajación, hoy día demasiado común, de la disciplina familiar, en medio de la cual crecen en los jóvenes las pasiones indómitas. Atiendan, pues, los padres, y con ellos todos los educadores, a usar rectamente de la autoridad que Dios les ha dado, y de quien son con toda propiedad vicarios, no para su propio provecho, sino para la recta educación de los hijos en el santo y filial temor de Dios, principio de la sabiduría, en el cual solamente se apoya con solidez el respeto a la autoridad, sin la cual no puede subsistir ni orden, ni tranquilidad, ni bienestar alguno en la familia y en la sociedad.


La Iglesia

     46. A la debilidad de las fuerzas de la naturaleza humana decaída ha provisto la divina bondad con los abundantes auxilios de su Gracia y los múltiples medios de que está enriquecida la Iglesia, la gran familia de Cristo, que por lo mismo es el ambiente educativo más estrecha y armoniosamente unido con el de la familia cristiana.

     Este ambiente educativo de la Iglesia no comprende solamente sus sacramentos, medios divinamente eficaces de la Gracia y sus ritos, todos de manera maravillosa educativos, ni sólo el recinto material del templo cristiano, asimismo admirablemente educativo en el lenguaje de la liturgia y del arte, sino también la gran abundancia y variedad de escuelas, asociaciones y toda clase de instituciones dedicadas a formar la juventud en la piedad religiosa, junto con el estudio de las letras y el de las ciencias, y aun con la misma recreación y cultura física. En esta inagotable fecundidad de obras educativas es tan admirable e insuperable la maternal providencia de la Iglesia, como admirable es la armonía antes indicada, que ella sabe mantener con la familia cristiana, hasta el punto de que se puede con verdad decir que la Iglesia y la familia constituyen un solo templo de educación cristiana.


Escuela

     47. Siendo necesario que las nuevas generaciones sean instruidas en las artes y disciplinas, con que se beneficia y prospera la sociedad civil, y siendo para este trabajo, por sí sola, insuficiente la familia, nació la institución social de la escuela, ya en un principio, nótese bien, por iniciativa de la familia y de la Iglesia, mucho tiempo antes que por obra del Estado. De suerte que la escuela -considerada aun en su orígenes históricos- es por su naturaleza institución subsidiaria y complementaria de la familia y de la Iglesia; y así, por lógica necesidad moral, debe no solamente no contradecir, sino positivamente armonizarse con los otros dos ambientes en la unidad moral lo más perfecta posible, hasta poder constituir, junto con la familia y la Iglesia, un solo santuario, consagrado a la educación cristiana, bajo pena de faltar a su cometido, y de trocarse en obra de destrucción.

     Esto, hasta lo ha reconocido manifiestamente un hombre seglar, tan celebrado por sus escritos pedagógicos (no del todo laudables porque están influidos por el liberalismo), el cual profirió esta sentencia: La escuela, si no es templo, es guarida; y aun esta otra: Cuando la educación literaria, social, doméstica y religiosa no van todas de acuerdo, el hombre es infeliz, impotente (47).

a) Neutra, laica, mixta

     48. De aquí precisamente se sigue que es contraria a los principios fundamentales de la educación la escuela llamada neutra o laica, de la que está excluida la religión. Tal escuela, además, no es prácticamente posible, porque de hecho viene a hacerse irreligiosa. No es menester repetir cuanto acerca de este asunto han declarado Nuestros Predecesores, señaladamente Pío IX y León XIII, en cuyos tiempos particularmente comenzó el laicismo a predominar en la escuela pública. Nos renovamos y confirmamos sus declaraciones (48), y al mismo tiempo las prescripciones de los Sagrados Cánones en que la asistencia a las escuelas acatólicas, neutras o mixtas, es decir, las abiertas indiferentemente a los católicos y a los no católicos sin distinción, está prohibida a los niños católicos, y sólo puede tolerarse, únicamente a juicio del Ordinario, en determinadas circunstancias de lugar y tiempo y con especiales cautelas (49). Y no puede ni siquiera admitirse para los católicos la escuela mixta (peor si, siendo única, es obligatoria para todos), en la cual, aun dándoles, aparte, la instrucción religiosa, reciben la restante enseñanza de maestros no católicos junto con los alumnos acatólicos.

b) Católica

     49. Ya que no basta el solo hecho de que en ella se dé instrucción religiosa (frecuentemente con excesiva parsimonia), para que una escuela resulte conforme a los derechos de la Iglesia y de la familia cristiana y digna de ser frecuentada por alumnos católicos. Para ello es necesario que toda la enseñanza y toda la organización de la escuela —maestros, programas y libros, en cada disciplina— estén imbuidas de espíritu cristiano bajo la dirección y vigilancia maternal de la Iglesia, de suerte que la religión sea verdaderamente fundamento y corona de toda la instrucción, en todos los grados, no sólo en el elemental, sino también en el medio y superior.

     Es necesario —para emplear las palabras de León XIII— que no sólo en horas determinadas se enseñe a los jóvenes la religión, sino que toda la formación restante exhale fragancia de piedad cristiana. Que si esto falta, si este hálito sagrado no penetra y no calienta las almas de maestros y discípulos, bien poca utilidad podrá sacarse de cualquier doctrina: frecuentemente, se seguirán más bien daños no leves (50).

     50. Y no se diga que es imposible al Estado, en una nación dividida en varias creencias, proveer a la instrucción pública, si no es con la escuela neutra o con la escuela mixta, debiendo el Estado más racionalmente y pudiendo hasta más fácilmente proveer al caso dejando libre y favoreciendo con justos subsidios la iniciativa y la obra de la Iglesia y de las familias. Que esto sea factible con gozo de las familias y con provecho de la instrucción y de la paz y tranquilidad pública, lo demuestra el hecho de naciones divididas en varias confesiones religiosas, en las cuales el plan escolar  corresponde al derecho educativo de las familias, no sólo en cuanto a la enseñanza total -particularmente con la escuela enteramente católica para los católicos-, sino también en cuanto a la justicia distributiva con la ayuda financiera, por parte del Estado, a cada una de las escuelas escogidas por las familias.

     51. En otros países de religión mixta se hace de otra manera, con no ligera carga de los católicos, que, bajo el auspicio y guía del Episcopado y con el empeño incesante del clero secular y regular, sostienen totalmente a sus expensas la escuela católica para sus hijos, cual su gravísima obligación de conciencia la requiere, y con generosidad y constancia laudable perseveran en el propósito de asegurar enteramente, como ellos a manera de santo y seña lo proclaman, la educación católica, para toda la juventud católica, en las escuelas católicas.

     Lo cuál, aunque no esté subvencionado por el Erario público -según de por sí lo exige la justicia distributivano puede ser impedido por la potestad civil, que tiene conciencia de los derechos de la familia y de las condiciones indispensables de la libertad legítima.

     Y donde aun esta libertad elemental se halla impedida o de diversas maneras dificultada, los católicos no trabajarán nunca lo bastante, aun a precio de grandes sacrificios, en sostener y defender sus escuelas y en procurar que se establezcan leyes escolares justas.


La Acción Católica

     52.Todo cuanto hacen los fieles promoviendo y defendiendo la escuela católica para sus hijos es obra genuinamente religiosa, y por lo mismo tarea principalísima de la Acción Católica; por lo cual son

particularmente amadas de Nuestro corazón paterno y dignas de gran alabanza todas las asociaciones especiales, que en varias naciones trabajan con tanto celo en obra tan necesaria.

     Así que, al procurar la escuela católica para sus hijos, se proclame muy alto, y de todos sea entendido y reconocido, que los católicos de cualquier nación del mundo no hacen obra política de partido, sino obra religiosa indispensable a su conciencia; y pretenden no ya separar a sus hijos del cuerpo ni del espíritu nacional, sino antes bien educarlos en él del modo más perfecto y más conducente a la prosperidad de la nación, puesto que el buen católico, precisamente en virtud de la doctrina católica, es por lo mismo el mejor ciudadano, amante de su patria y lealmente sometido a la autoridad civil constituida, en cualquier forma legítima de gobierno.

     53. En esta escuela, en armonía con la Iglesia y con la familia cristiana, no sucederá que en las varias enseñanzas se contradiga, con evidente daño de la educación, a lo que los alumnos aprenden en la instrucción religiosa; y, si hay necesidad de hacerles conocer, por escrupulosa responsabilidad de magisterio, las obras erróneas para refutarlas, esto se hará con tal preparación y con tal antídoto de sana doctrina, que la formación cristiana de la juventud no reciba de ello daño, antes provecho.

     54. Asimismo, en esta escuela, el estudio de la lengua patria y de la literatura clásica jamás será en menoscabo de la santidad de las costumbres; ya que el maestro cristiano seguirá el ejemplo de las abejas: las cuales toman la parte más pura de las flores y dejan lo demás, como enseña San Basilio en su homilía a los jóvenes acerca de la lectura de los clásicos (51). Esta necesaria cautela -sugerida por el mismo pagano Quintiliano (52) no impide de ninguna manera que el maestro cristiano tome y aproveche cuanto de verdaderamente bueno en las disciplinas y métodos ofrecen nuestros tiempos, acordándose de lo que dice el Apóstol: Examinad, sí, todas las cosas y ateneos a lo bueno (53). Por esto, al tomar lo nuevo, él se guardará de abandonar fácilmente lo antiguo que la experiencia de varios siglos ha comprobado ser bueno y eficaz, señaladamente en los estudios de latinidad, que en nuestros días estamos viendo cómo sin cesar decaen, precisamente por el injustificado abandono de los métodos tan fructuosamente empleados por el sano humanismo, que tanto floreció, sobre todo, en las escuelas de la Iglesia. Estas nobles tradiciones reclaman que la juventud confiada a las escuelas católicas sea, sí, instruida en las letras y en las ciencias plenamente según las exigencias de nuestros tiempos, pero a la vez sólida y profundamente, de manera especial en la sana filosofía, lejos de la farragosa superficialidad de aquellos que hubieran tal vez encontrado lo necesario, si no hubiesen buscado lo superfluo (54). Por lo cuál todo maestro cristiano debe tener presente cuanto dice León XIII en compendiosa sentencia: Con mayor empeño conviene esforzarse en que no sólo se aplique un método de enseñanza apto y sólido, sino más aún en que la enseñanza misma de las letras y de las ciencias florezca en todo conforme a la fe católica, y sobre todo la de la filosofía, de la cual en gran parte depende la recta dirección de las demás ciencias (55).


Buenos maestros

     55. Las buenas escuelas son fruto no tanto de las buenas legislaciones cuanto principalmente de los buenos maestros, que, egregiamente preparados e instruidos, cada uno en la disciplina que debe enseñar, y adornados de las cualidades intelectuales y morales que su importantísimo oficio reclama, arden en puro y divino amor hacia los jóvenes a ellos confiados, precisamente porque aman a Jesucristo y su Iglesia, de quien aquellos son hijos predilectos, y por lo mismo buscan con todo empeño el verdadero bien de las familias y de su patria. Por esto Nos llena el alma de consuelo y de gratitud hacia la bondad divina el ver cómo, juntamente con religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza, un tan gran número de maestros y maestros excelentes -aun organizados, a veces, en Congregaciones y Asociaciones especiales para cultivar mucho mejor su espíritu, las cuáles por esto son de alabar y promover como nobilísimos y potentes auxiliares de la Acción Católica- trabajan con desinterés, celo y constancia en la que San Gregorio Nacianceno llama arte de las artes y ciencia de las ciencias (56), de regir y formar a la juventud. Y, con todo, también a ellos se aplica el dicho del Divino Maestro: La mies es verdaderamente mucha, mas los obreros pocos (57). Supliquemos, pues, al Señor de la mies que mande aún muchos más de tales operarios de la educación cristiana, cuya formación deben tener muy en el corazón los Pastores de las almas y los supremos moderadores de las Órdenes religiosas.

     Es también necesario dirigir y vigilar la educación del joven, blando como cera para doblegarse al vicio (58), en cualquier otro ambiente en que venga a encontrarse, apartándolo de las malas ocasiones y procurándole la oportunidad de las buenas, en las recreaciones y reuniones, ya que las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres (59).


Mundo: sus peligros

      56. Sólo que, en nuestros tiempos, hay que tener una vigilancia tanto más general y cuidadosa, cuanto más han aumentado las ocasiones de naufragio moral y religioso que la juventud inexperta encuentra, particularmente en los libros impíos o licenciosos, muchos de ellos diabólicamente difundidos, a vil precio, en los espectáculos del cinematógrafo y ahora aun en las audiciones radiofónicas, que multiplican y facilitan, por decirlo así, toda clase de lecturas, como el cinematógrafo toda clase de espectáculos. Estos medios tan potentísimos de divulgación, que pueden servir, si van regidos por sanos principios, de gran utilidad para la instrucción y educación, se subordinan, desgraciadamente, muchas veces tan sólo al incentivo de las malas pasiones y a la codicia de sórdidas ganancias. San Agustín se lamentaba al ver la pasión que arrastraba aun a los cristianos de su tiempo a los espectáculos del circo, y cuenta con viveza dramática la perversión, felizmente pasajera, de su alumno y amigo Alipio (60). ¡Cuántos extravíos juveniles a causa de los espectáculos de hoy día, sin contar las malvadas lecturas, tienen que llorar ahora los padres y educadores!

     57. Por esto se han de alabar y promover todas las obras educativas que, con espíritu sinceramente cristiano de celo por las almas de los jóvenes, atienden, con oportunos libros y publicaciones periódicas, a dar a conocer, particularmente a los padres y a los educadores, los peligros morales y religiosos, con frecuencia fraudulentamente insinuados, en libros y espectáculos, y se industrian para difundir las buenas lecturas y promover espectáculos verdaderamente educativos, creando, aun con grandes sacrificios, teatros y cinematógrafos, en los cuales la virtud no sólo nada tenga que perder, antes mucho que ganar.

     De esta necesaria vigilancia nadie deduzca, sin embargo, que la juventud tenga que estar segregada de la sociedad en la que debe vivir y salvar su alma, sino que hoy, más que nunca, debe estar armada y fortalecida cristianamente contra las seducciones y los errores del mundo, el cual, como advierte una sentencia divina, es todo concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida (61); de manera que, como decía Tertuliano de los primeros cristianos, sean como deben ser los verdaderos cristianos de todos los tiempos: coposesores del mundo, no del error (62).

     Con esta sentencia de Tertuliano hemos venido a tocar lo que Nos hemos propuesto tratar en último término, aunque de grandísima importancia, como que es la verdadera sustancia de la educación cristiana, cual se desprende de su fin propio, en cuya consideración brilla mucho más clara, como en pleno mediodía, la supereminente misión educativa de la Iglesia.


IV. FIN Y FORMA

     58. Fin propio e inmediato de la educación cristiana es cooperar con la Gracia divina a formar el verdadero y perfecto cristiano, es decir, al mismo Cristo, en los regenerados con el Bautismo, según la viva expresión del Apóstol: Hijitos míos, por quienes segunda vez padezco dolores de parto hasta formar a Cristo en vosotros (63).

     Ya que el verdadero cristiano debe vivir la vida sobrenatural en Cristo: Cristo, que es nuestra vida (64), y manifestarla en todas sus operaciones: Para que la vida de Jesús se manifieste asimismo en nuestra carne mortal (65).


El verdadero cristiano

     59. Por esto precisamente la educación cristiana comprende todo el ámbito de la vida humana sensible y espiritual, intelectual y moral, individual, doméstica y social, no para menoscabarla en manera alguna, sino para elevarla, regularla y perfeccionarla según los ejemplos y la doctrina de Cristo.

     De suerte que el verdadero cristiano, fruto de la educación cristiana, es el hombre sobrenatural, que piensa, juzga y obra constante y coherentemente, según la recta razón iluminada por la luz sobrenatural de los ejemplos y de la doctrina de Cristo, o, por decirlo con el lenguaje ahora en uso, el verdadero y completo hombre de carácter. Pues no es cualquier coherencia y tenacidad de conducta, según principios subjetivos, lo que constituye el verdadero carácter, sino solamente la constancia en seguir los principios eternos de la justicia, como lo reconoce hasta el poeta pagano, cuando alaba, inseparablemente, al hombre justo y constante en su propósito (66), y, por otra parte, no puede existir completa justicia sino dando a Dios lo que se debe a Dios, como lo hace el verdadero cristiano.

     60. Tal meta y término de la educación cristiana parece a los profanos como una abstracción, o más bien como una cosa irrealizable, sin arrancar o menoscabar las facultades naturales y sin renunciar a las obras de la vida terrenal; por lo tanto, ajena a la vida social y a la prosperidad temporal, contraria a todo progreso en las letras, en las ciencias, en las artes y en toda otra obra de  civilización. A semejante objeción, movida por la ignorancia y el prejuicio de los paganos, aun eruditos, de aquel tiempo -repetida, desgraciadamente, con más frecuencia e insistencia en tiempos modernos- había ya respondido Tertuliano: No vivimos fuera de este mundo. Bien nos acordamos de que debemos agradecimiento a Dios, Señor Creador: no rechazamos fruto alguno de sus obras; solamente nos refrenamos, para no usar de ellas desmesurada o viciosamente. Así que no habitamos en este mundo sin foro, sin mercado, sin baños, casas, tiendas, caballerizas, sin vuestras ferias y demás suertes de comercio. También nosotros navegamos y militamos con vosotros, cultivamos los campos y negociamos, y por eso trocamos nuestros trabajos y ponemos a vuestra disposición nuestras obras. Cómo podamos, pues, pareceros inútiles para vuestros negocios, con los cuales y de los cuales vivimos, francamente no lo veo (67).

     Por lo tanto, el verdadero cristiano, lejos de renunciar a las obras de la vida terrena o amenguar sus facultades naturales, más bien las desarrolla y perfecciona coordinándo las con la vida sobrenatural, hasta el punto de ennoblecer la misma vida natural y de procurarla un auxilio más eficaz, no sólo en orden espiritual y terreno, sino también material y temporal.

El mejor ciudadano

     61. Lo dicho se ve claro en toda la historia del cristianismo y de sus instituciones, que se identifica con la historia de la verdadera civilización y del genuino progreso hasta nuestros días; y  particularmente en los Santos, de que es fecundísima la Iglesia y solamente ella, los cuales han alcanzado en grado perfectísimo la meta de la educación cristiana, y han ennoblecido y aprovechado a la sociedad civil en todo género de bienes. Efectivamente, los Santos han sido, son y serán siempre los más grandes bienhechores de la sociedad humana, como también los más perfectos modelos de toda clase y profesión, en todo estado y condición de vida, desde el campesino sencillo y rústico hasta el hombre de ciencias y letras, desde el humilde artesano hasta el que capitanea ejércitos, desde el oscuro padre de familia hasta el monarca que gobierna pueblos y naciones, desde las sencillas niñas y mujeres del hogar doméstico hasta las reinas y emperatrices. Y ¿qué decir de la inmensa labor, aun en pro del bienestar temporal, de los misioneros evangélicos, que junto con la luz de la Fe han llevado y llevan a los pueblos bárbaros los bienes de la civilización; de los fundadores de múltiples obras de caridad y asistencia social, y de la interminable falange de santos educadores y santas educadoras, que han perpetuado y multiplicado su propia obra en sus fecundas instituciones de educación cristiana para bien de las familias y con inestimable beneficio de las naciones?

JESÚS, MAESTRO DIVINO

     62. Estos son los frutos, sobre manera benéficos, de la educación cristiana, precisamente a causa de la vida y virtud sobrenatural de Cristo, que ella desarrolla y forma en el hombre; ya que Cristo nuestro Señor, Maestro Divino, es también fuente y dador de tal vida y virtud, y a la vez modelo universal y accesible, con su ejemplo, a todos los hombres, cualquiera que sea su condición, particularmente a la juventud, en el periodo de su vida escondida, laboriosa, obediente, adornada de todas las virtudes individuales, domésticas y sociales, delante de Dios y delante de los hombres.

LA IGLESIA, MADRE EDUCADORA

     63. Todo el cúmulo de los tesoros educativos de infinito valor, que hasta ahora hemos venido indicando apenas en parte, es de tal modo propio de la Iglesia, que constituye su misma sustancia, siendo ella el Cuerpo místico de Cristo, la Esposa inmaculada de Cristo, y por esto mismo Madre fecundísima y educadora soberana

y perfecta.

     Por eso el grande y genial San Agustín —de cuya dichosa muerte vamos a celebrar el décimoquinto centenario— prorrumpía, lleno de santo afecto, para con tal Madre, en estos acentos: ¡Oh Iglesia Católica, Madre muy verdadera de los cristianos, con razón no solamente prédicas que hay que honrar purísima y castísimamente al mismo Dios, cuya posesión es dichosísima vida, sino que también haces de tal manera tuyo el amor y la caridad del prójimo, que en ti hallamos toda medicina, potentemente eficaz para los muchos males que, por causa de los pecados, aquejan a las almas! Tú adiestras y amaestras puerilmente a los niños, con fortaleza a los jóvenes, con delicadeza a los ancianos, según las exigencias de su cuerpo y de su espíritu: Tú, con una, estoy por decir, libre servidumbre, sometes los hijos a los padres y pones a las madres delante de los hijos con dominio de piedad. Tú, con vínculo de religión más fuerte y más estrecho que el de la sangre, unes a hermanos con hermanos... Tú, no sólo con vínculo de sociedad, sino también de una cierta fraternidad, ligas a ciudadanos con ciudadanos, a naciones con naciones: en una palabra, a todos los hombres con el recuerdo de los primeros padres. A los Reyes enseñas a mirar por los pueblos: a los pueblos amonestas que obedezcan a los Reyes. Enseñas con diligencia a quien se debe honor, a quién afecto, a quién respeto, a quién temor, a quién consuelo, a quién amonestación, a quién exhortación, a quién corrección, a quién reprensión, a quién castigo: mostrando cómo no se debe todo a todos, pero sí a todos la caridad, a ninguno la ofensa (68).

     Levantemos al Cielo, Venerables Hermanos y amados hijos, los corazones y manos suplicantes, al Pastor y Obispo de nuestras almas, al Rey Divino, que da leyes a los gobernantes, para que Él, con su virtud omnipotente, haga de modo que estos sabrosos frutos de la educación cristiana se recojan y multipliquen en todo el mundo con provecho siempre creciente de los individuos y de las naciones.

     Como prenda de estas gracias celestiales, con paternal afecto, a vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro clero y a vuestro pueblo damos la Bendición Apostólica.

     Dado en Roma, junto a San Pedro, el 31 de diciembre de 1929, año octavo de Nuestro Pontificado.
Pio XI


1 Mc 10, 14.
2 2 Tim 4, 2.
3 Conf. 1, 1.
4 Rev. 22, 6.
5 Hom. 60 in c. 18 Mat.
6 Mc 9, 36.
7 Mt 28, 18-20.
8 PIUS IX, enc. Quam non sine 14 iul. 1864.
9 De Symbolo ad cateh. 13.
10 Enc. Libertas 20 iun. 1888.
11 Enc. Singulari quadam 24 sep. 1912.
12 A. MANZONI, Osservazioni sulla Morale Cattolica c. 3.
13 C.I.C. c. 1375.
14 Comment. in Mat. c. 18.
15 C.I.C. cc. 1381, 1382.
16 Enc. Nobilissima Gallorum gens 8 febr. 1874.
17 Mt 28, 19.
18 Oratio habita ad alumnos Tusculani Conlegii, vulgo di Mondragone, 14 maii 1929.
19 Dt 32, 4.
20 S. Th. 2. 2ae., 102, 1.
21 Ibid. 10, 12.
22 Suppl. 3a., 41, 1.
23 C.I.C. c. 1153.
24 Enc. Rerum novarum 15 maii 1891.
25 Ibid.
26 Enc. Sapientiae christianae 10 ian. 1890.
27 C.I.C. c. 113.
28 «The fundamental theory of liberty upon which all governments in this union repose excludes any general power of the State to standardize its children by forcing them to accept instruction from public teachers only. The child is not the mere creature of the State, those who nurture him and direct his destiny have the right coupled with the high duty, to reorganize, and prepare him for additional duties». U. S. Supreme Court Decision in the Oregon School Cases, June 1, 1925.
29 Ep. ad Card. a publicis Ecclesiae negotiis, 30 maii 1929.
30 C.I.C. 750, § 2; S. Th. 2. 2ae., 10, 12.
31 Oratio habita ad alumnos Tusculani Conlegii, vulgo di Mondragone, 14 maii 1929.
32 Ibíd.
33 33. L. TAPARELLI, Saggio teorico di Diritto Naturale n. 922. «Obra nunca bastante alabada y recomendada a los estudiosos universitarios». (Cf. Nuestro discurso del 18 de diciembre de 1929).
34 Enc. Immortale Dei 1 nov. 1885.
35 Ibid.
36 Ep. 138.
37 Dell'educazione cristiana dei figliuoli 1, 43.
38 Ep. ad Card. a publicis Ecclesiae negotiis, 30 maii 1929.
39 CONC. VAT. I sess. 3, c. 4.
40 Rov. 22, 15.
41 Sab 8, 1.
42 Jn 3, 8.
43 Rom 7, 23.
44 Dell'educazione cristiana dei figliuoli 2, 88.
45 Mt 18, 1.
46 Ef 6, 4.
47 NIC. TOMMASEO, Pensieri sull'educazione 1, 3, 6.
48 PIUS IX, E. Quam non sine 14 iul. 1864. Syllabus, pr. 48. -Leo XIII, Alloc. Summi Pontificatus 20 aug. 1880. Enc.Nobilissima 8 febr. 1884. Enc. Quod multum 22 aug. 1886. Ep. Officio sanctissimo 22 dec. 1887. Enc. Caritatis 19 mart. 1894, etc. -Cf. C.I.C. cum fontium annot., c. 1374.
49 C.I.C. c. 1374.
50 Enc. Militantis Ecclesiae 1 aug. 1897.
51 G 31, 570.
52 Inst. Or. 1, 8.
53 1 Tes 5, 21.
54 SÉNECA, Epist. 45.
55 LEO XIII, Enc. Inscrutabili 21 april. 1878.
56 Oratio 2 G 35, 426.
57 Mt 9, 37.
58 HORAT. Art. poet. 163.
59 1 Cor 15, 33.
60 Conf. 6, 8.
61 1 Jn 2, 16.
62 De Idololatría 14.
63 Gal 4, 19.
64 Col 3, 4.
65 2 Cor 4, 11.
66 HORAT. Od. 3, 3, 1.
67 Apol. 42.
68 De moribus Ecclesiae catholicae 1, 30.