Vistas de página en total

miércoles, 6 de noviembre de 2013

LA BATALLA DEL ESPIRITU

     Los canallas no tienen patria: su bastardía es internacional. Por eso llevan en su modo mismo de ser un odio implacable contra los valores del espíritu, prendas que son orgullo, tesoro y justificación de los pueblos. La demagogia es pérfida. Y sus fines se manifiestan por igual en la insolente verborrea del cínico y en la traicionera solemnidad de las "grandes" conmemoraciones. En todo caso, los descastados propónense llevar adelante su tarea devastadora. Renegados al fin, de las propias virtudes de sus antepasados sacan fórmulas venenosas para ir minando el patrimonio espiritual de los pueblos. Contra esos tales va enderezada nuestra lucha. La lucha de esta generación que vive y grita su arrebatada fe. La lucha de esta generación asqueada por todos los materialismos y por todos los sofismas y que tiende a proyectarse en la historia de las grandes batallas por el espíritu.
     Nuestra fe, nacida en el dolor de una patria desmembrada y sangrante, se fortalece y depura en el coraje de la pelea. Coraje y pelea que no son odio, sino más bien instintiva defensa y recuperación. Los pueblos que se defienden y recuperan ganan todos los combates, pues les asiste la razón y la justicia. Y la fe nacida en el dolor surge consciente y recia, decidida y alegre. Porque de esta fe arranca la lucha del Sinarquismo, éste no será contenido en su avance, como no es contenido el avance de un río caudaloso y profundo, así tenga que llenar inmensos lagos antes de venir al seno del mar.
     El Sinarquismo no es bandería de raza. Ni menos bandería de facción. Ni, mucho menos aún, bandería de clase. Los malvados querrían poder justificar sus ataques a lo que es simple y llanamente "el instrumento de las nuevas generaciones". Y las nuevas generaciones repudian al liberalismo que atomiza y al comunismo que arrebaña. Para las nuevas generaciones son igualmente indignas la anarquía democratera y la dictadura brutal, por cuanto no se compadecen con las aspiraciones del espíritu. Persuadidas de que el desbarajuste político, social o económico deriva necesariamente del desorden espiritual, emprenden la revalorización de la verdad y del bien, de la justicia y de la virtud. No importa que a muchos duela el desvendaje de la llaga que los mantenía ciegos. No importa que se conjuren la maldad y el error y quieran estorbar en mil formas a la cruzada salvadora El derrumbamiento de ídolos es obra de civilización. Y civilización en la barbarizada tierra de los mayores es reconquista. Y las reconquistas por el espíritu son sagradas. Y lo sagrado está fuera del alcance de los perversos. Es así como el Sinarquismo no puede concebir sino la firme seguridad de su triunfo. Por eso no le asustan las griterías destempladas de los enemigos del espíritu. A nosotros, a los sinarquistas, ni la muerte misma ha sido capaz de amedrentarnos. De todas las persecuciones hemos salido con el ánimo más enhiesto y batallador. Y los candidatos a ídolos han temblado en sus propios delirios de grandeza a nuestro solo grito de afirmación y de victoria.
     El Sinarquismo es profecía de orden. Profecía que ha venido deslumbrando a muchos Saulos y que se enfrenta a muchos Neroncillos imbéciles. Bautizo de catacumbas, ha enseñado a sus hombres oscuros a pasar por los nuevos circos, derrotando a los nuevos Césares. El voto del Sinarquismo no ha vacilado en ir contra los poderosos de la hora, negándoles el derecho de asesinar patrias. El más humilde sinarquista resultó ser de mayor consistencia que el más orgulloso testaferro. Y es que a todo sinarquista le bulle en el corazón ese tesoro que es hallazgo de las grandes profecías: la fe.
     La miopía de muchos aún se empeña en presentar la obra de España en América como un simple dominio territorial. Otros más derivan de las colonias españolas la formación de una nueva raza. Los sinarquistas afirmamos que ambas visiones pecan de mezquinas. Porque gracias a la Conquista nos sabemos incorporados al mundo del espíritu, dejamos bien atrás a los que se mueven por solo interés de tierra o de sangre. Y nos enfrentamos a todos los que buscan el descastamiento del espíritu. Combatimos a quienes tratan de borrar en nuestro suelo las huellas del misionero. Combatimos a quienes tienen suplantados y oscurecidos a nuestros verdaderos Grandes Padres. Combatimos a quienes hipotecan la soberanía nacional. Combatimos a quienes corrompen la vida pública y privada. Combatimos a quienes provocan y fomentan divisiones internas. Combatimos a quienes tienen mal parado el nombre de México. Combatimos a todos los que atentan, abierta y simuladamente, contra el patrimonio de los mexicanos.
     Tal es el programa del Sinarquismo. Y sobrada razón hay de que la antipatria se alarme y vocifere. Y de que en su despecho nos atribuya fantasías que sólo se ocurren a desequilibrados. Tan sin cuidado estamos de lo que se diga de nosotros, como el primer día. Hemos aprendido a pasar por encima de la calumnia y de la persecución y del crimen. Y sabemos bien que la virtud del éxito va en la naturaleza misma del ideal a que hubimos de acogernos. Porque, NOSOTROS NO HEMOS HECHO AL SINARQUISMO; EL NOS HA HECHO A NOSOTROS. NO NOS PERTENECE; LE PERTENECEMOS.
José T. Cervantes
LA PATRIA ESCONDIDA

Los Inferiores

     No trates con rudeza a los que están a tu servicio, porque dice el Apóstol: "Tenéis un Maestro común en el cielo", y este Maestro no distinguirá la condición de las personas
     Evita ese tono imperioso, altanero y despectivo que siempre hace la autoridad odiosa.
     Evita ese humor extravagante, caprichoso, que pasa a menudo de una familiaridad impropia a una altivez insostenible y ridícula, sobre todo en un joven.
     Sé justo, pero guárdate de una severidad exagerada y no exijas lo imposible de los pobres de quien tú tal vez necesitas, que tal vez valen más que tú, y que una intención misteriosa de la Providencia ha colocado abajo de ti para servirte.
     Sé indulgente con sus faltas y trátalos no como a esclavos, sino como a hermanos.
     Guárdate de escandalizarlos por tus palabras o por tu conducta; si te deben el servicio, tú les debes el buen ejemplo, y responderás de sus almas delante de Dios!

EGO NON QUAERO GLORIAM MEAM

Yo no busco mi gloria

     ¿Me atrevería yo a repetir con Jesús estas palabras, sin temor ninguno a que mi conciencia pudiera desmentirme?
     Jesús busca en todo la gloria de su Padre celestial.
     Y me enseña a mí a hacer lo mismo.
     Él puede darse y delante de todos, sin que nadie pueda osar decir nada en contrario, ese precioso testimonio. Y al final de su vida podrá también exclamar, dirigiéndose a su mismo Padre: Ego te glorificavi super terram: Yo te he glorificado todos los días que he vivido sobre la tierra.
     Mi obligación es glorificar a Dios.
     Mi aspiración constante debe ser la de darle la mayor gloria que me sea posible.
     Seré verdaderamente feliz si en la hora final de mi vida puedo decir con toda verdad, repitiendo las mismas palabras de mi divino Maestro: Ego te glorificavi super terram.
     ¿Qué tengo que hacer para ello?
     Lo sé muy bien: Cumplir fielmente la divina voluntad; acomodarme siempre y en todo a ella. ¿No es la mejor manera de reconocer el dominio de Dios sobre mí, su criatura? Y reconocer ese dominio, ¿no es glorificarle?
     ¡Ay de mí! Porque si me examino sinceramente, ¿no encuentro que en el mismo cumplimiento de la divina voluntad me busco a veces a mí mismo? ¿No pretendo a veces la estima de los demás y su alabanza?
     Ahí están los enemigos de la gloria de Dios: mi egoísmo, que me hace buscarme a mí mismo, y mi soberbia, que me hace pretender gloria delante de los hombres.
     Y esos dos enemigos carcomen miserablemente mis obras y roban a Dios la gloria que yo debería darle con ellas.
     ¿No estoy, por ventura, persuadido de la vanidad de esa gloria humana, que se deshace sin dejar rastro? ¡Y, sin embargo!...
     ¿Y no estoy bien convencido de que el egoísmo es la polilla que va consumiendo silenciosa, pero voraz e insaciable, el mérito de mis buenas obras? ¡Y, sin embargo!...
     ¡Oh Señor! Con los labios te digo muchas veces que no quiero otra cosa que tu gloria, y me complazco en repetirlo: tu mayor gloria: Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam. Y creo, Señor, que ese deseo de mi corazón, expresado en mis palabras, es un deseo sincero.
     Mas me veo obligado a reconocer que muchas veces el egoísmo y la soberbia desmienten las palabras de mi boca.
     No quiero que en adelante sea así.
     Ayúdame a poner la concordia perfecta entre mis palabras y mis obras.
     Ayúdame a que con toda verdad pueda decir en todos y en cada uno de los instantes de mi vida: Ego non quaero gloriam meam: yo no busco mi gloria, sino la gloria de mi Padre, que está en los cielos. Y que en mi hora postrera pueda contigo repetir confiadamente: «Padre, yo te he glorificado en los días que me has concedido vivir sobre la tierra.»
     Y que expirando con estas palabras en mis labios y en mi corazón, pueda esperar tranquilo la sentencia suprema.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

martes, 5 de noviembre de 2013

COMULGAD BIEN (22)

¿POR QUE SE INSISTE TANTO SOBRE LA COMUNION FRECUENTE?

Discípulo.- ¿Hace el favor de decirme, Padre, por que se insiste tanto sobre la Comunión frecuente?
Maestro.- Porque la Comunión, como ya hemos dicho, es el deseo más grande del Corazón de Jesucristo y el mejor medio para salvarse. Así como Dios sustenta, con su Providencia, a todas las criaturas, para que no mueran de hambre, de la misma manera Jesucristo quiere alimentar y sustentar a las almas que ha redimido.
     La Comunión es alimento; pero este alimento debe ser comido: la cosa es bien clara.
     San Buenaventura dice que "el alimento que no sirve para ser comido no tiene razón de ser" o, lo que es lo mismo, es un alimento inútil; por esto decía, con mucha gracia, un Obispo: "La Eucaristía es pan, y el pan es para comerlo, y no para una exposición".
D. Así es, Padre, pues yo he oído, muchas veces, predicar que Jesucristo apenas instityó la Santísima Eucaristía, inmediatamente la dió a comer en su presencia, diciendo: Tomad y comed.
M.- Y no solamente esto, sino, además, quiso que, para renovar este cambio del pan en su cuerpo, o sea para renovar la Santísima Eucaristía, fuera necesario comerle. Repetid este prodigio, les dijo Jesucristo, cuantas veces hagáis lo que habéis visto hacer a mí.
     El consagró el pan y diólo a comer. Por eso, sapientísimos teólogos deducen de aquí que, si se pretendiese consagrar con el fin de consumir después de otra materia distinta a la establecida por Jesucristo, no habría consagración, porque faltaría la intención que tuvo Jesucristo y que tiene la Iglesia, y así faltaría la esencia de la acción eucaristica.
     Además, Jesucristo escogió, entre todos los alimentos, el pan, que no sirve sino para que se coma; de la misma manera el alimento eucarístico debe ser comido, de lo contrario no produciría los efectos que el Señor ha asignado a este alimento.
D.- ¿Será por esto, Padre, que Jesucristo dijo: "El que come mi carne vivirá; si no coméis mi carne no tendréis vida en vosotros"?
M.- Precisamente por esto. Así como Jesucristo instituyó el Bautismo para lavar, y por esto se necesita derramar el agua, sin que a ninguno se le ocurra bebería, de la misma manera Jesucristo mismo instituyó la Eucaristía a manera de alimento, y únicamente comiendola se obtendrán los frutos tan excelentes de este admirable Sacramento.
D.- ¿Tal vez quiere decir usted, Padre, con esto, que hace mal la Iglesia conservando la Eucaristía en el Sagrario y exponiendola a la adoración de los fieles?
M.- De ninguna manera. Dios tiene perfecto derecho a nuestros obsequios y a nuestra adoración, siendo además muy santo y muy útil conservar y adorar la Santísima Eucaristía; pero no pretendamos, repito, conseguir los efectos del Sacramento con solo estas adoraciones. Así como nunca obtendría los efectos del Bautismo el que pasara toda la vida de rodillas ante el baptisterio, de la misma manera tampoco recibirá los efectos de la Sagrada Comunión el que pasase toda su vida de rodillas adorando la Eucaristía, si no la recibiera.
D.- ¿Será por esto, Padre, que a pesar de tantas devociones como hay a la Eucaristía no se ven los frutos prácticos que se deberían obtener?
M.- Así es; precisamente por esto. Se derrocha en construir suntuosas iglesias, altares, sagrarios, ornamentaciones, procesiones de triunfo, solemnísimas funciones, con muy poco fruto práctico... ¿Por qué? Porque Jesucristo no dijo: "Tomad y adorad", sino: "Tomad y comed".
     No ha excluido nuestros obsequios; pero ha dicho categóricamente que, si queremos obtener el fin primordial de la Eucaristía, debemos comerla, esto, es, comulgar.
D.- Entonces, Padre, ¿no le agradan nuestras adoraciones ni nuestros obsequios cuando no van acompañados de una voluntad decidida de recibirle en nuestros corazones?
M.- Claro está, no le agradan, no le pueden agradar.
* * *
     Figúrate que una madre, a costa de grandes sacrificios, hubiese preparado una medicina muy buena para curar a su hijo y librarlo de la muerte, y este hijo se deshiciera en besos y caricias para con ella; pero entretanto, se negara a tomar la medicina, con riesgo de morir... ¿Qué diría esta madre? ¿Cuáles no serían sus lamentos y su dolor?
D.- ¿Sucede lo mismo, Padre, con Jesús cuando nos obstinamos en no quererle recibir?
M.- Lo mismo.
     San Francisco de Sales dice que "el Señor nunca está tan bien servido como cuando se le sirve a su gusto y como El quiere ser servido". Y el quiere ser servido en la Eucaristía, quiere que se le coma; esto es todo.
D.- ¿Cuál será, pues, la frecuencia con que deberemos alimentarnos de este manjar, o sea, recibir la Sagrada Comunión?
M.- El alimento eucarístico está sujeto a las mismas leyes que regulan el alimento material, esto es, la comida. Así como, por lo que respecta al cuerpo, hacemos cada día una comida principal, de la misma manera debemos hacer una comida también principal, respecto del alma, o sea, la Sagrada Comunión.
     Así nos lo enseñó y nos hace pedir, todos los días, Jesucristo, en el Padrenuestro: "El pan nuestro de cada día dánosle hoy". ¿Qué deberíamos decir de un pobre que después de pedir pan lo tirase al suelo?
D.- Diríamos que no merece que se le dé más.
M. Pues tanto merece se le dé más quien desprecia y descuida la Sagrada Comunión.
D. Pero, Padre, si Jesucristo desea y hasta quiere que le recibamos en la Santa Comunión con tanta frecuencia ¿por qué no nos lo ha mandado expresamente?
M.- Mira, estimado discípulo, aunque no lo hubiera querido el Señor, tiene perfecto derecho a imponernos esta obligación; si no lo ha hecho debemos agradecer su tolerancia infinita en soportar nuestras miserias. Desde luego, El sabe que esta frecuencia de la Comunión sería difícil para infinitas almas.
     Muchos enfermos no podrían por su enfermedad; las distancias no darían a muchos, ni tiempo ni comodidad. Fíjate en la imposibilidad de tantas madres, de tantos empleados en trabajos pesados, de los que sirven en las casas.
     Estemos convencidos de que para asegurar los efectos de la Sagrada Comunión es necesario, y en forma absoluta, tratarla tal como Dios la ha instituido, no gustarla de tanto en tanto con motivo de las principales fiestas, sino usando de ella en forma adecúada y normal.
D.- Para vivir, bastaría comer alguna vez a la semana ¿no es verdad, Padre?, y no obstante comemos todos los días.
M.- Pues debemos hacer lo mismo con la Sagrada Comunión.
     Así complacemos a Jesucristo, que desea esto mismo, y pondremos en práctica lo mejor para nuestras almas, pues obtendremos los admirables efectos de este augusto Sacramento con la Comunión frecuente y bien hecha.
Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

EL SACRIFICIO DE LA MISA (24)

TRATADO I.- Visión general
PARTE II: La misa en sus aspectos principales 
 7. Día y hora de la celebración 

     301. Como en los primeros siglos existió una diferencia tan marcada entre las misas privadas y públicas, es natural que interese ante todo conocer el día y la hora de la celebración de la misa pública.  

Obligación a la misa dominical 
     El día destinado para la celebración de la Eucaristía en las comunidades cristianas de la Iglesia primitiva fue el domingo. En domingo San Pablo «partió el pan» a la comunidad de Tróade. La Didajé y San Justino (Con gran insistencia exhorta la Didascalia siria (II, 59-61) (Funk I, 170-176) a los fieles a que asistan al culto dominical, para oír las palabras de salvación y tomar el alimento celestial y no separar los miembros del cuerpo de Cristo (II, 59, 2s). También la Doctrina Apostolorum (el texto se cita en Schümmer, Die altchristliche Fastenpraxis, 111s), que data de los siglos III y IV, trata de la necesidad de celebrar el «sacrificio de la Eucaristía» los domingos. Cf. también la declaración de los mártires de Abitinia) señalan con toda claridad el domingo como dia de la celebración eucarística.
      El sínodo de Elvira manda, al apuntar el siglo IV, bajo pena, lo que antes era cosa más o menos natural: Si quis in civitate positus, tres dominicas ad ecclesiam no acceserit, pauco tempore abstineat(ur), ut correptus esse videatur.
     Can. 21 (Mansi. II. 9). Es muy probable que no se urgió la obligación de la misa dominical en todas partes con la misma severidad Según Monachino (La cura pastorale a Milano Cartagaine e Roma, 54-57), todavía en tiempos de San Ambrosio se contentaban en Milán con sólo el culto pontifical; entonces la asistencia a misa no era posible sino a una pequeña parte de los milaneses. La misma suposición para Cartago (1. c., 186-191) parece aún más improbable; cf. ZkTh 70 (1948) 377.
     Desde entonces, en Oriente (El canon de Elvira se repite e. o. en el sínodo de Sárdica (343), can. 11 (Mansi, III, 19), y en el Trullano (692), can. 80 (Mansi, XI, 977). Con relación a la misa parroquial, la conminación para los que faltan tres domingos seguidos aparece todavía en el sínodo de Burdeos (1624), III, 3 (Hardouin, XI, 66, B; cf. 1. c., 1331 b) lo mismo que en Occidente, se ha venido urgiendo la obligación de la misa dominical. De los cánones del sínodo de Agde (506) (Can. 47. Mansi, VIII. 332) pasó al derecho canónico (Decretum Gratiani, III, 1, 64. Friedbep.g. I, 1312). No obstante, el cumplimiento de este mandamiento encontró muchísimas dificultades, principalmente en el campo, durante toda la Edad Media (B Franz, 11-15).

Y en las fiestas y determinadas épocas del año
     302. Además de los domingos, se contaba con la asistencia de la comunidad al santo sacrificio y se la pedia en las fiestas, incluyendo las particulares de los mártires de cada Iglesia, así como en los días que seguían a las grandes solemnidades, especialmente los días de la semana de gloria y los días preparatorios de las mismas, o sea la cuaresma.
     Desde los tiempos carolingios, por varios siglos se consideró la asistencia diaria a misa como obligación durante toda la cuaresma, y se prescribía en los libros penitenciales. Además era costumbre ya en el siglo IV en toda la cristiandad cerrar el ayuno en los días de estación, miércoles y viernes con una reunión en la iglesia, que se terminaba normalmente con la celebración de la Eucaristía, a excepción de Egipto y también probablemente de Roma. En Roma se observaba esta misma costumbre ciertamente en las témporas, cuyos formularios de misa siguen en vigor hasta el dia de hoy. Pero también entre semana debió tener lugar ya al principio de la Edad Media una celebración pública de la Eucaristía, por lo menos todos los miércoles, como parece deducirse de un plan antiguo de lectura de la Sagrada Escritura, que determina no solamente para el domingo, sino también para el miércoles, su perícope. Cada semana de témporas terminaba en la noche del sábado al domingo con una vigilia completa, cuya misa valía ya para el domingo.

Los sábados
     En el siglo VII se asignó probablemente una misa propia para el domingo, así como se adelantó la vigilia a la mañana del sábado, de manera que también este día de la semana venía a tener su misa, lo mismo que el miércoles y el viernes.
     En Oriente el sábado gozaba ya en el siglo IV de la prerrogativa de tener misa pública. La razón pudo muy bien ser la siguiente: para hacer frente a las doctrinas maniqueas se empezó a considerar el sábado, dia en que se terminó la obra de la creación, como «hermano del domingo», y como tal merecía también la distinción de la misa pública.

La misa diaria
     303. Con todo, la celebración diaria con carácter público se desconoció, sin duda alguna, en la Iglesia antigua hasta el siglo IV. Toda noticia en sentido contrario debe considerarse como relativa a la celebración privada o simplemente a la comunión en casa. No obstante, en la época de San Agustín, por lo menos en el norte de Africa, ya se habia extendido bastante la costumbre de la misa diaria, accesible a todos los fieles (La misa diaria se menciona en San Agustín en los siguientes sitios: Ep 54. 2. 2; In loh. tract.. 26, 15; De civ. Dei X. 20, etc. Roetzeii. 97s; Monachino, La cura pastorale a Milano cariagme e Roma, 191-193. Cf. San Crisóstomo, In Eph., hom. 3, 4: PG 62, 29). Desde el momento en que el lugar de la celebración de las misas votivas no fue ya el oratorio privado, sino como norma general la iglesia pública, se desdibuja poco a poco en Occidente la línea divisoria entre la celebración privada y pública, pudiendo asistir los fieles a diario al santo sacrificio que se celebraba en la iglesia.

La tercia, hora preferida para la misa
     Esta evolución no impidió que la misa pública de los domingos y dias de fiesta conservase durante bastante tiempo su carácter peculiar. Por lo menos durante todo el año tenía su hora fija. En plena libertad la Iglesia y suprimida la misa vespertina, ya no se imponía la necesidad de escoger una hora muy temprana, pudiendo fijarse para esta función litúrgica principal una hora la más conveniente. En los domingos y días de fiesta se escogió la hora de tercia (Como se sabe, la «hora de tercia» no coincide sin más con "las nueve", pues el cómputo antiguo suponía siempre el día de luz, o sea del levantarse el sol, hasta su puesta, dividiéndole en doce partes, que, por consiguiente, en invierno empezaba más tarde y, por lo tanto, eran más cortas. Por esto, el sínodo de Cambrai (1586) fijó la misa durante el verano a las ocho, y en invierno, a las nueve (H. Grotefend, Zeitrechnunq des deutschen Mittelalters I [Hannover 18911, 183ss. Confrontese, también G. Bilfinger, Die mittelalterlichen horen und die modernen Stunden), que se menciona lo mismo en Roma (Lib. pont. (Duchesne, I, 129): El papa San Telesforo dió la orden de que nadie se atreviera celebrar la misa ante horae tertiae cursum) el año 530 (La elección de la hora de tercia apunta ya cuando San Hipólito (Trad. Ap. [Dnx, 631) la recomienda como hora de oración, dando como razón el que en el Antiguo Testamento se ofrecían a esta hora los panes de la proposición, como -y añaden otros- figura del cuerpo y la sangre de Cristo) como en las Galias (Sínodo de Orleáns (538), can. 14. Mansi. IX, 16) y que luego se repetirá continuamente en los libros litúrgicos y canonistas. Ya en la Edad Media solía preceder el oficio de tercia, no sólo en los conventos y colegiatas, sino también y si era posible, en las parroquias; a continuación de la misma seguía el oficio de sexta. Por esto, en unas instrucciones para el campanero que se han conservado de aquel tiempo (Eisenhofer. I, 395s; Durando I, 4, 9-15. Una reglamentación precisa para campaneros se encuentra también en el misal romano impreso en 1501 en Venecia, reproducida en Lego, Tracts, 175-178) se manda que el toque de tercia sea más fuerte y que se repita dos o tres veces (Según durando (I, 4, 12), a la hora de tercia se daba un primer toque, ad invocandum, otro ad congregarorum, y un tercero ad inchoandum). Tal disposición para los días festivos se guardó también en los días laborables desde que se generalizó la misa cantada a diario en las colegiatas y conventos (Un testimonio que llama la atención por su antigüedad relativa, lo tenemos en Beda (+ 735), Hist. gent. Angl. IV, 22; PL 96, 206s: A un cautivo se le soltaban muchas veces (saepissime) las cadenas a tertia... hora quando missae fieri solebant, porque, como supo más tarde, su hermano, que era sacerdote y abad, decía la misa por él a esta hora), influyendo, sin duda, muy pronto también en el orden del culto divino en las parroquias. Era un modo muy común de indicar la hora, hasta después de la Edad Media, el decir «a la hora de misa», que equivalía a la hora de tercia (San Ignacio de Loyola, en su libro de los ejercicios espirituales, usa para indicar la hora de la tercera meditación la expresión «a la hora de missa» (Ejercitia espiritualia Sancti Ignota de Loyola: «Monumenta Ignatiana», serie II (Madrid 1919), 356 y 364). El directorio, editado en 1599, c. 3, 7 (1. c., 1124), la explica: paulo ante vrandium).

Las demás horas
     304. Unicamente menciona San Ambrosio la misa vespertina en los días de ayuno (In ps. 118. serm. 1. 48: PL 15, 1314). En la época carolingia, el celebrar la misa a la hora de nona fue tan ordinario en los días de ayuno como a la hora de tercia en los demás días. Este orden se mantuvo durante los siguientes siglos para la cuaresma. Para los días intermedios entre los dias de fiesta y de ayuno riguroso, los llamados dies profesti, se dió en el siglo XI una solución media, la de celebrar la misa a la hora de sexta. Hacia el final de la Edad Media se advierte la tendencia a adelantar estas horas tardías; la misa siguió celebrándose como hasta aquí después de sexta o nona, pero se rezaban estas horas por la mañana. En este sentido, Juan Burcardo, siguiendo la tradición, nos ha trazado en su Ordo missae (1502), reglas precisas, que luego pasaron a las rubricae generales de nuestro misal romano. Su disposición más importante dice que la misa conventual y solemne ha de tenerse los domingos y días festivos (de rito semidoble para arriba) dicta in choro hora tertia; en fiestas de rito simple y ferias, después de sexta, y en días de carácter penitencial, después de nona (Rubr. gen., XV, 2. Con esto, sin embargo, no se fija la hora natural del día en que se han de rezar las horas. Gottschalk Hollen (+ después de 1481), en su sermón de la dedicación, repite todavía la antigua norma: la hora de tercia, sexta y nona; advierte, sin embargo, que esto vale solamente de missis popularibus et conventualibus in quibus fit concursus populi. La cita véase en R. Cruel, Geschichte der deutschen Predigt im Mittelalter (Detmold 1879) 210. Zimmermann, 177s, presenta como probable aue todavía en el siglo XVI se observaba en algunos sitios la antigua distribución), es decir, la misa, lo mismo que la comida, puede quedar ligada aun en días de penitencia a su hora ordinaria, que es la hora tercera (Con esto coincide la hora de la misa en Ingolstadt, en tiempo de Juan Eck (+ 1543), donde se celebraba el summum officium diario a las ocho en verano y a las nueve en invierno (Greving, 84 i). 

La misa pública pierde su situación privilegiada
     305. El guardar una hora fija para el culto público ha perdido, después de la Edad Media, mucha de su importancia precisamente por el mayor número de misas, consecuencia de haberse ido borrando cada vez más la línea divisoria entre las misas públicas y privadas. Para la misa privada no se fijó durante mucho tiempo ninguna hora concreta (Cf. las noticias en Marténe, 1, 3. 4, 10 (I, 297s). Amalario (De eccl. off., III. 42: PL 105, 1160) se cree en la obligación de defender la libertad en la elección de la hora de la misa privada, por donde se conoce que entonces se empezó a reglamentarla; cf. Eisenhofer, II, 25), y ésta es la causa de no haberse preocupado mayormente de adaptar la celebración al ritmo de las horas de rezo (La disposición de que antes de la misa hay que rezar maitines, laudes y prima se encuentra por vez primera en los estatutos de la Iglesia de Ruán del año 1235 (Zimmermann. 171). Luego, todavía en el mismo sigloXIII  aparece la misma disposición también en los sínodos alemanes (Hartzheim. III, 646 662: cf. IV, 25). Lo mismo en el Liber ordinarius de Lieja (Volk, 100s.). En el Ordo missae de Burcardo (Legg, Tracts, 126) ya no se exige la prima; en nuestro Missale Rom. (Ritus serv., I, 1; cf. De defect., X, 1) se exigen solamente maitines y laudes. No se distingue entre misa publica y privada.)
     Sabemos que el antiguo derecho restringía, los domingos y días de fiesta, la asistencia de los fieles a las misas particulares, para que no faltasen a la misa solemne; más aún, los fieles tenían obligación de cumplir el precepto dominical no en una iglesia cualquiera, sino cada uno en su propia parroquial (
Numerosas disposiciones de los siglos IX al XII véanse en Browe, Die Pflichtkommunion, 49-51; otras posteriores, en parte conminando la excomunión, en Martene, 1, 3, 9, 4s (I, 337-340). El decreto del concilio de Nantes según el cual el párroco al principio de la misa dominical tenía la obligación de preguntar si había alguien presente que no era de esta parroquia y, en caso afirmativo, amonestarle saliese para ir a su parroquia, se incorporó en el siglo XIII al Corpus luris Canonici (Decretales Greg., ni. 29, 2). Pero, cuando aparecieron las órdenes mendicantes, se fue olvidando cada vez más esta disposición, si bien es verdad que los sínodos no dejaron de inculcarla. Ya en el siglo XV se hizo costumbre en muchos sitios cumplir con la obligación dominical en cualquier iglesia (Así lo atestigua San Antonino (+ 1459) Summa theol., II 9 10) y en cualquiera de las misas que en ella se celebraban (Nicolás de Cusa, como obispo de Brixen, exhortó a los párrocos que enseñasen al pueblo, quod non sufíicit audire peculieres missas (Franz, 16. nota 4); costumbre que recibió la aprobación papal el año 1517, por una disposición de León X (Benedicto XIV. De synodo diocesana, VII. 64 (Benedicto XIV, De s. sacrificio missae, ed. Schneidep, 230s). Con todo el concilio amonestó a los obispos a exhortar a los fieles, ut frecuenter ad suas parochias, saltern diebus dominicis et maiorious festis accedant (sess. xxn, De observ. et vit. in celebr. missue). En el actual Derecho canónico ya no se habla ni siquiera de esto. Cod lur Can., can. 1249).

Criterio actual
     306. Hoy se celebra los domingos, a su hora acostumbrada, la llamada misa mayor; pero a su lado se celebran, principalmente en las ciudades, muchas otras misas y a todas horas, advirtíendo que sobre todo las misas de comunión, en las que no suele faltar la homilía, pueden tener tanta importancia, desde el punto de vista pastoral, como la misa solemne, que únicamente se distingue de éstas por una mayor solemnidad en el canto (Un juicio bastante menos favorable sobre la misa mayor en las ciudades, véase en Parsch, Volksliturgie, 188). El concepto comunitario ha quedado un poco relegado a segundo término; en cambio, existe la ventaja de facilitar a los fieles todos el oír misa los domingos, punto de vista que, por cierto, no se olvidó totalmente en la antigüedad cristiana (San León Magno, Ep. 9, 2: PL 54. 627 : Necesse est auiem, ut Quaedam pars populi sua devotione privetur, si unius tantum missae more servato sacrijicium offerre non possint, nisi que prima diei parte convenerint. Esta respuesta, dada a Alejandría, prevé otra misa más tarde. Sin embargo, no se trata en primer lugar de la misa dominical, sino del caso en que en un santuario determinado, p. ej., con ocasión de la conmemoración del mártir en él sepultado, haya mucha concurrencia de toda la ciudad (cf. Monachino, la cura pastorale a Milano, Cartagine e Roma, 354s). Tampoco en los días laborables se atiene el orden de misas a la norma de los conventos con su ritmo antiguo de las horas, sino que se tienen en cuenta las conveniencias del trabajo cotidiano de los  fieles.

La misa vespertina
     307. Consideraciones de orden práctico han llevado durante la última guerra mundial a la concesión de amplios indultos para celebrar misas vespertinas con carácter público y para comodidad de los fieles; por cierto, sin restringirlo a sólo los domingos y fiestas (Indultos romanos del 8 de febrero, 9 de junio y 14 de septiembre de 1941, comunicados y acompañados de disposiciones sobre su puesta en práctica en los boletines oficiales de las diócesis alemanas). No es esto una innovación desconocida; pues aun prescindiendo de las costumbres de la Iglesia primitiva (Cf E Dekkers, L'Eglise ancienne a-t-elle connu la Messe au soir?: «Miscellanea Mohlberg», I (1948), 231-257; según este estudio, incluso en la Iglesia primitiva la celebración eucaristica vespertina de los corintios más bien era una excepción) y limitándonos a considerar el lado festivo del culto divino, hasta muy entrada la Edad Media se tuvo el culto de Pascua de Resurrección y Pentecostés y el de los sábados de témporas por la noche, víspera de la fiesta o del domingo; más aún, en los tiempos modernos advertimos una costumbre análoga, como es la de celebrar la misa del gallo a media noche, costumbre comenzada en Venecia, que luego se corrió a toda la cristiandad.
     Zimmermann, 146-157, 190-198. El libro de Zimmermann, aparecido en 1914, que trata en las pp. 201-244 del «movimiento moderno en pro de la misa vespertina», también por sus investigaciones históricas estaba destinado a propagar la idea de la misa vespertina. Los permisos más amplios para ella empiezan en nuestro tiempo con los indultos para los países en que había persecución: 1927, Méjico; 1929 Rusia, y un indulto para Lourdes, que en 1935 permitía la celebración de la misa ininterrumpida durante tres días (cf. Ellard, The Mass of the future, 331ss). Un nuevo problema que se presenta ahora es si la misa vespertina del domingo, según el ejemplo da las vigilias, no se debe celebrar por la noche del sábado, ya que en las primeras vísperas y en todo el mundo, por el «fin de semana» el domingo empieza ya por la tarde del sábado. La misa celebrada los domingos por la tarde tiene el inconveniente de ir haciendo desaparecer la bendición de la tarde, lo cual lleva a un empobreci
miento del culto. Cf. también la petición, expresada en el Congreso de los católicos alemanes de Bochum del año 1949. de una amplia concesion de la misa vespertina los días laborables (Herder-Korrespondenz, IV 1949-501 1 v 2 p 7)

La misa diaria
     308. Además de la misa pública de los domingos y dias de fiesta, punto de reunión de los fieles como comunidad, ha ido adquiriendo cada día más importancia en la Iglesia la frecuentación de la misa en días laborables. En los primeros siglos de la Iglesia se juntaban para oír misa los días laborables probablemente sólo los fieles a cuya intención se ofrecía el sacrificio. La celebración de los días de estación estimulaba, sin duda, a un número mayor de concurrencia. En el norte de Africa, donde empezó antes que en ninguna parte la celebración diaria de la misa, nos dice San Agustín que esta costumbre era necesaria sobre todo en días de peligro para los fieles, a fin de que pudieran resistir al enemigo. Con todo, no se puede afirmar que éste sea un documento que dé como costumbre la asistencia diaria a la misa por sectores más amplios (De Santa Mónica, dice San Agustín (Confess., V. 9 CSEL 33 104, lín. 6) que no omitió ningún dia la oblatio ad altare).
     Hacia fines de la época carolingia aparecen en Regino de Prün vestigios de que los fieles asisten diariamente a misa (
Cf. la nota 28. Al lado de la misa diaria, exigida por Regino en todas las parroquias, es notable el hecho de que en el siglo XI la misa conventual diaria, aunque fue norma, sin embargo, no se practicó en todos los conventos. Cf. más arriba 264). Como curiosidad digamos que la misa diaria entraba por el siglo XII en el horario de los barones anglonormandos (Véanse los ejemplos en Simmons, The Layfolks Massbóok, página XXXVIII), como también en otros sitios parece que los caballeros seguían semejante costumbre (En la poesía del Santo Grial, de Cristiano de Troyes (v. 6450ss), el ermitaño dió a Parzival el consejo de visitar diariamente por la mañana la iglesia, y si hubiera misa, debería quedarse hasta qua el sacerdote acabase de rezar y cantar (Cf la poesía Perceval le Gallois, ed. Potvin (Mons 1866), p. 261. Repetidas veces en Wolfram de Eschenbach (Parzival, ed. Lachmann 6 a ed III 169; IV, 196, 12ss; XV. 776, 25) aparece la misa como parte de la distribución del día de los caballeros). Por otro lado, no faltaron predicadores que exhortaran al pueblo a la misa diaria, y eso en una época en la que todavía no se sentía con tanta intensidad como en la baja Edad Medio la eficacia de la misa.
     Bertoldo de Ratisbona, Predigten, ed. Pfeiffer, i, 458-460 (ze dem minnesten eins in dem tage [por lo menos una misa al dial 458, lín. 7); Franz, 33s. Un sermón, atribuido a San Ambrosio (PL 17, 656 B), contiene la exhortación: Moneo etiam, ut qui juxta ecclesiam est et occurrere potest, quotidie audiat missam. No se sabe si esta exhortación se dió para todo el año o solamente para la cuaresma
. El sermón debio de escribirse a fines del siglo VIII, ya que supone la confesión al principio de la cuaresma (n. 1) y la comunión durante la misma, por lo menos en los domingos (n. 6), práctica que cayó en desuso completo durante el siglo IX.

     Efectivamente, al final de la Edad Media se ve en todas las clases sociales la costumbre de ir a misa aun los días de entre semana.
P. Jungmann S.I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA

lunes, 4 de noviembre de 2013

Damianistas, Davidico, Desollados,

DAMIANISTAS
     Nombre de secta; era una rama de los acéfalos severianos. Como el concilio de Calcedonia en 451 había condenado del mismo modo A los nestorianos que suponían dos personas en Jesucristo, y a los eutiquianos que no reconocían en él mas que una sola naturaleza, un gran minino de sectarios desecharon este concilio, unos por inclinación al parecer de Nestorio, y otros por prevención por el de Eutiques. La mayor parte de los que no tenian una idea clara de las palabras naturaleza, persona, sustancia, se persuadieron de que no se podian condenar una de estas herejías sin caer en la otra; aunque católicos en el fondo, no sabian si debian admitir o desechar el concilio de Calcedonia: otros aparentaron someterse a él, pero dieron en otro error; negaron, como Sabelio, toda distinción entre las tres Personas divinas, consíderaron los nombres de Padre y del Hijo y del Espiritu Santo como simples denominaciones. Como al principio no tuvieron jefe a su cabeza, fueron llamados acéfalos. Severo, obispo de Antioquia, se puso después a la cabeza de este partido, que se dividió de nuevo. Unos siguieron a un obispo de Alejandría llamado Damian, y fueron llamados damianistas; a otros se les llamó severianos petritas, pues se unieron a Pedro Mongus, usurpador de la silla de Alejandría. Es evidente que estos sectarios no se entendían unos a otros, y que se hallaban animados por el furor de disputar, mas bien que conducidos por un verdadero celo por la pureza de la fe.

DAVIDICOS, DAVIDISTAS O DAVID-GEORGIANOS
     Herejes sectarios de David Jorje, vidriero, o según otros pintor en Gante, que en 1525 comenzó a predicar una nueva doctrina. Después de haber sido anabaptista, publicó que era el Mesías, enviado para llenar el cielo que estaba vacío, por falta de personas que merecieran entrar en él.
     Desechaba el matrimonio como los adamitas; negaba la resurrección con los saduceos; defendía con Manés que el alma no estaba manchada con el pecado; se burlaba de la abnegación de sí mismo que Jesucristo nos recomienda en el Evangelio; miraba como inútiles todos los ejercicios de piedad, y reducía la religión a una mera contemplación: tales son los principales errores que se le atribuyen.
     Se marchó de Gante, se retiró despues a Frisia, y luego a Basilea, donde cambió de nombre, y se hizo llamar Juan Bruch; murió en 1556. Dejó algunos discípulos a los que prometió resucitar a los tres años despues de su muerte; pero al cabo de tres años, informados los magistrados de Basilea de lo que habiá enseñado, le hicieron desenterrar y quemar con todos sus escritos por mano del verdugo. Todavía creen algunos que existen restos de esta secta ridicula en el Holstein, sobre todo en Friderichstadt, y que se han mezclado con los armenios.
     No se debe confundir a David Jorje con David de Dinant, sectario de Amauri, y que vivió a principios del siglo XIII, ni con Francisco Davidi, sociniano célebre que murió en 1579.
     Mosheim nos dice que el fanático de quien hablamos ha dejado un gran número de escritos, cuyo estilo es grosero, pero en lo que manifiesta buen sentido; tiene mucha dificultad en creer que este ignorante haya enseñado todos los errores que se le atribuyen. Esta duda no nos parece bien fundada. Se ve, por el ejemplo de otras sectas de aquel tiempo, de lo que es capaz la ignorancia unida al fanatismo.

DESOLLADOS
     Herejes que aparecieron en 1534; decian ser cristianos, sin haber recibido el bautismo. Segun ellos, el Espíritu Santo no es una persona divina, el culto que se le rinde es una idolatría; no es mas que la figura de los movimientos que elevan el alma a Dios. En lugar del bautismo, se raspaban la frente con un yerro hasta hacerse sangre, y se curaban con aceite; por esto se llamaban desollados.

De la operación cesárea en la madre viva.

Artículo IV.- De la operación cesárea en la madre viva.
     19. Parto difícil y aborto. 20. Operación cesárea. 21. Sinfisiotomía.—22. Pelviotomia. 23. Licitud de estas operaciones. 24. Prevenciones. 25. Causas que justifican las operaciones. 26. Juicios interesantes. 27. Estadísticas modernas. 28. Cuál es el deber de la madre.

     19. Parto difícil y aborto. Mayores dificultades que el bautismo de los recién nacidos y el de los fetos abortivos ofrece al médico y al sacerdote el de los niños en el trance de un parto moralmente imposible de efectuar, en el que madre y niño corren el riesgo de morir; y éste, además, morir sin haber sido regenerado espiritualmente por el bautismo. Un criterio utilitarista aplicado al caso ha prevalecido en Medicina, y aún tiene algunos partidarios, según el cual debe salvarse a la madre, que representa el mayor bien, y darse muerte al niño por procedimientos quirúrgicos directamente occisivos. No es de este lugar el hacer un análisis de las razones aparentes que sirven de apoyo para esa conducta. Pero sí debemos exponer una razón que los elimina: «No se deben hacer males para conseguir bienes» (Cfr. Código de Deontología Médica, art. 117). Por otra parte, exige el más elemental sentido común que, en todo caso, hablando en hipótesis, no se empleen esos procedimientos sino cuando la ciencia no ofrezca otros, inofensivos para el feto y seguros para la madre. ¿No tiene la Obstetricia más recursos que esos aludidos, sangrientos y homicidas, que constituyen la embriotomía?
     Eso es lo que vamos a ver, apresurándonos a decir que, por fortuna, existen con ventaja, sobre los indicados procedimientos, tanto para la madre como para la vida material y, desde luego, la espiritual de los niños.
     20 La cesárea. Consiste en la abertura del vientre (laparotomía) y del útero de mujer embarazada para extraer el feto que de otro modo, por diferentes causas, no puede salir a luz. Si creemos a Plinio, dícese cesárea por el hecho de haber nacido por este procedimiento Escipión el Africano, siendo el primero que llevó el sobrenombre de César: «a caeso matris útero dictus» (
Cangiamila, ob. cit.). No parece, sin embargo, que estuvo muy en uso. Uno de los primeros que han ejecutado la cesárea en mujer viva ha sido el Obispo Paulo, que había ejercido la Medicina antes de su ordenación. Fue practicada en Mérida, el año 250, con resultado feliz (Doctor H. Morejón: Historia bibiográfica de la Medicina española, t. II, página 52, nota). Pero hasta el siglo XVI puede decirse que no se hizo usual. Refiere Cangiamila que el primero que la practicó fue un capador, Jaime Nufer, de Siergersheusen, que la hizo a su propia mujer con feliz éxito el año 1500. Pero el que ha tratado científicamente de esta cuestión, fácilmente el primero, ha sido Francisco Ruset, el año 1581. Ya antes era comúnmente usada en Francia, según refiere Escipión Mercurio. Entre los impugnadores, cuéntase el famoso cirujano Ambrosio Paró, que la rechazó a causa de la hemorragia y de la cicatriz del útero. Contra él escribió Ruset su célebre tratado de la cesárea, mereciendo que el mismo Paré la aprobara. No le faltaron tampoco contradictores. Pero la operación cesárea mereció un lugar preeminente en la Obstetricia en los tiempos posteriores, merced a los esfuerzos de Auleau (1704), Simón (1761), Delamotte (1765), Sevret (1770), etc. (Monseñor A. Scotti: Cuestionario médico teológico, edic. de Massana, pág. 316. Barcelona, 1920. Cangiamila, ob. cit.).      
     21. Sinfisiotomía. «Sinfisiotomía, sincondrotomia, operación de la sínfisis —dice Bouchacourt en su admirable artículo del Diccionario de Dechambre—, es como se ha llamado y se llama la sección de la articulación pubiana de las ramas que concurren a su formación, con el fin de ampliar los diámetros de la pelvis y permitir o facilitar el parto en los casos de estenosis pelvianas» (Suárez de Mendoza: La sinfisiotomía... (Madrid, 1896), citado por Massana en el Cuestionario médico teológico, pág. 321). El primero que la propuso fue Sigault en el año 1768, que la practicó por vez primera el año 1777 con buen éxito. En algunos casos, en vez de esta operación, aconsejan ciertos autores el parto prematuro artificial. Después de general aceptación, fue violentamente combatida y por fin abandonada, excepto en Napóles, en donde Galbiati, Jacolucci, Novi y Morisani continuaron practicándola y defendiéndola. En 1891, Spinelll, ayudante de Morisani, la propagó en Francia, llegando a imponerse como útil y práctica. En España fue célebre una operación practicada en Utrera el año 1780 y publicada en la Gaceta de Madrid de 24 de noviembre de 1780, folio 859 (Dr. Suárez, citado por Massana).
     22. La pelviotomía. Esta operación supone la sinfisiotomía, y, además, corta uno o los dos huesos pubis y uno o los dos huesos izquión para hacer más ancho el camino y extraer más fácilmente el feto cuando es demasiado estrecha la pelvis (
Ántonelli: Medicina pastoralis, vol. II, núm. 94).     
     23. Licitud de estas operaciones. Sobre la licitud moral de la operación cesárea y de cualquiera de las mencionadas operaciones, es de tener en cuenta que si se supone que la madre, ciertamente o con muchas probabilidades, ha de perecer en la operación, de ningún modo se puede ésta llevar a cabo. Sería matarla, lo cual no es lícito, según el principio antes sentado: Non sunt facienda mala ut eveniant bona. Ya sabemos que los defensores del aborto terapéutico, llegado el caso de que sea la madre la que está próxima a morir, no dudan en sacrificarla para salvar al hijo. A la misma conclusión se llega en el caso de que la vida del hijo represente una utilidad mayor (Dr. E. Hubert: Le devoir du médecin, núm. 70. Buena prueba de lo que decimos nos la ofrece Linzenmeyer, de Berlín, citado por el doctor Clement en su obra Derechos del niño antes de nacer, págs. 12 y 83—, quien, en 1920, llevado de las preocupaciones de orden nacional y de raza, quería imponer como un deber ineludible la operación cesárea a la madre ya agonizante: «Teniendo en cuenta el subido valor que actualmente tiene la vida del niño, no se puede prescindir, por motivos de piedad o sentimentalismo, de recurrir a una operación justificada médicamente.» La inmoralidad salta a la vista. Otra cosa sería si, por una parte, se sabe que madre e hijo han de perecer ciertamente; pero, por otra, hecha una operación, existe alguna prohabilidad, aunque tenue, de salvar la vida de ambos. No se haría, en estas circunstancias, más que atender a uno y otro del mejor modo posible, aplicando la sentencia de Celso: «Más vale experimentar un remedio dudoso que ninguno.» (Cfr. art. 35 d) del Código de Deontologia Médica). Pero ello es un crimen, como lo es matar al hijo para salvar a la madre. Dice Santo Tomás (Summa Theologica, parte III, q. 68, art. 11): «No debe el hombre matar a la madre para bautizar al niño.» En consecuencia, el cirujano debe ante todo asegurarse que no existe peligro próximo de muerte para la madre.
     Pero no puede perderse de vista el derecho del niño a permanecer en el útero hasta que reúna las condiciones de viabilidad fuera de él, lo que ocurre, de ordinario, en el séptimo mes de la concepción, como anteriormente hemos dicho (
Cfr. Código de Deontologia Médica, art. 118). Por tanto, el médico que prevea que una mujer, a causa de su estrechez pélvica, ha de tener en su día un parto sumamente difícil o imposible, no puede, en términos de buena moral, proponer ni ejecutar ia cesárea ni otra operación similar antes del tiempo conveniente al niño. Dice Massana (Ob. cit., pág. 324): 
     «Pero cuando una mujer con una pelvis de seis a seis y medio centímetros viene a consultar durante el embarazo, podrá pensarse en combinar el parto provocado (prematuro, se entiende) y la sinfisiotomia. Con una pelvis de seis centimetros, a beneficio de la sinfisiotomia se obtiene una de ocho centímetros, y provocando el parto a los ocho meses se podrá, a través de esta pelvis sinfisiotomizada, extraer un niño vivo y viable.»
     Y otra condición. Tanto el derecho de la madre como el del hijo a la vida, exigen que esas operaciones no las realicen manos imperitas, sino expertas y provistas de los instrumentos convenientes (
P. Ferreres, comp. Theologicae moralis, vol. II, núm. 346). Dedúcese, además, que el médico práctico debe poseer aquella técnica que es precisa para los casos urgentes, y, sobre todo, donde no haya facilidad de acudir a un cirujano. En Sicilia, según nos refiere Cangiamila (Ob. cit., lib. V, cap. V), no sólo los cirujanos, sino también las comadronas, estaban obligados por ley a saber practicar la cesárea en mujeres vivas. No es necesaria ley escrita -aunque sería oportuna- cuando el médico tiene conciencia clara de sus deberes y del honor profesional.
     24. Prevenciones. Ante todas las cosas es menester asegurarse bien si el feto está muerto o vive todavia.
     «Si está muerto y el cadáver está en el útero -dice el mencionado Cangiamila (
Ob. cit., lib. III, cap. III)-, no se le debe hacer la incisión a la madre, sino que se debe extraer, no habiendo algún obstáculo, con los instrumentos ordinarios de Cirugía. Se debe tener mucho cuidado, para no tener por muerto a un niño que vive todavía y que sólo parece estar muerto por la debilidad a que le han reducido los esfuerzos que ha podido hacer para salir por sí mismo... Las señales de muerte de un niño dentro del útero son muy engañosas, sobre todo cuando no presenta sino uno de los dos lados de la cabeza, la espalda o el sobaco.»
     A lo cual hay que añadir -como dice Debreyne (
Tratado de embriología sagrada, pág. 157, citado por Scotti-Massana en su Cuestionario médico teológico, pág 317, nota)- que «la falta de movimiento en el feto las más de las veces sólo prueba un estado de asfixia o de apoplejía, y la auscultación misma no está al abrigo de cualquier error. Hay, pues, solamente la putrefacción del feto que pueda ser una señal generalmente segura de la muerte...» Por otra parte, la putrefacción misma puede inducir a error. «Puede tratarse de una putrefacción local y enfermiza.» «La expulsión del meconium no es una señal cierta de la muerte.» Como para adquirir la certeza de la putrefacción se pasarán muchos días con peligro para la madre, aconseja Massana practicar la cesárea, cuya cifra de mortalidad para la madre es igual, o quizá menor aún, que la embriotomía; o bien, cuando los diámetros pélvicos lo consientan, la sinfisiotomia, con las cuales operaciones no se corre el riesgo de matar el feto, si está vivo. Todo ello se entiende cuando no es posible extraer el feto por el fórceps ni con el ayuda-fórceps, ni por otro medio incruento.
     25. Causas que legitiman estas operaciones. No debiendo, pues, intervenir el cirujano sino cuando el parto sea imposible de modo natural, o cuando sea de temer la muerte de la madre con peligro consiguiente también de muerte para el infante antes de ser bautizado, es preciso que el cirujano se asegure bien de la procedencia de alguna de las operaciones apuntadas o de cualquiera otra que recomienden la obstetricia y la cirugía. Como parte concurrente de la licitud moral, diremos unas palabras sobre tan importante asunto. El tantas veces citado autor clásico Cangiamila (
Ob. cit., lib. III, cap. III y adiciones, 2 P), resumía las causas que, según los autores, justificaban la cesárea; a saber: la mala conformación de los huesos de la pelvis, la estrechez de la vagina causada por cicatrices, los tumores y callosidades en el orificio del útero, la rotura de éste y la caída del niño al vientre, las concepciones ventrales o extrauterinas, la hernia de útero, el volumen desmedido del niño si está encajado en el orificio superior del útero o en la vagina. Por algunas de dichas causas, autores más modernos inclínanse por la sinfisiotomia. Tal es Auvard (Tratado práctico de partos, pág. 810, traducción española (Barcelona, 1896), citado por Massana, ob. cit., pág. 323), que la recomienda en las deformidades de la pelvis, excesivo volumen del feto, tumores previos y enclavamiento de la cabeza fetal; advirtiendo, empero, que cuando la desproporción entre las dimensiones pélvicas y las del feto es muy considerable, está contraindicada la sinfisiotomia, pues ésta no permite obtener más de dos centímetros de diámetro anteroposterior, y así, cuando la desproporción es mayor, hay que recurrir a la cesárea. Véase también la opinión del doctor Bergmann (En su edición de la Medicina pastoral, de Capellmann, pág. 37. Barcelona, 1913):
     «Recientemente se ha vuelto a poner en práctica en las estrecheces moderadas de la pelvis la sinfisiotomia, y en su lugar, y con mejores resultados, la pubiotomia. Principalmente se pondera esta última operación, por cuanto su uso, hábil y prudentemente ejecutado, ofrece muchas probabilidades de buen éxito y posibilita efectuar sin peligro cierta dilatación de la pelvis. La pubiotomia será preferible a la operación cesárea en aquellos casos en que la asepsia no sea absolutamente posible y a causa de ella pueda presentarse en la operación cesárea un positivo peligro de peritonitis. De todos modos, la pubiotomia hará inútil en muchos casos la reducción del feto vivo. Con todo, la sinfisiotomia y la pubiotomia son operaciones que sólo pueden ejecutarse en las clínicas.»
     26. Otros juicios interesantes. El doctor Clement, jefe del Servicio Quirúrgico del Hospital Cantonal de Friburgo (Suiza), dice:
     «Ya antes de la era antiséptica, la operación cesárea, que va derecha al niño..., pareció dar feliz solución a la dificultad que provenía de la desproporción entre el volumen del niño y la cavidad pelviana; pero a causa de la tremenda mortandad que resultó, hubo que desechar método tan mortífero. El método, más radical, de Porro, aparecido en 1876, en el que se combina la incisión del útero con su extirpación, para así evitar la frecuente renovación de la llaga hecha en este órgano, ya redujo en los quince años siguientes la mortandad materna a un 24,8%; y estos resultados fueron desde entonces mejorando notablemente, debido a la clásica operación cesárea («alta» o «baja», según las indicaciones) practicada conforme a las reglas de una rigurosa asepsia.» «Esta cesárea, que... además tiene la ventaja, según lo han comprobado muchos de nuestros contemporáneos, de no ser tan dolorosa como un parto, al mismo tiempo dé ser más rápida, en la actualidad es una intervención de poca gravedad. Incluso ha parecido tan benigna, que recientemente una escuela de especialistas en partos ha pretendido en Alemania que el único medio de disminuir la mortandad infantil al nacer era el de sustituir sistemáticamente por la operación cesárea todas las maniobras u operaciones practicadas hasta ahora por las vías naturales».
     Doctor Clement: Derechos del niño antes de nacer, pág. 85, traducción española. Madrid, 1932. Nótese que la operación porrense no debe emplearse como medio de evitar la operación cesárea, porque implica la impotencia ad generandum. Sólo se puede recurrir a aquélla cuando, o por las hemorragias temidas en la cesárea, o por otra causa, a juicio del médico, no se puede de otro modo salvar a la madre, supuesta, además, la viabilidad del feto. 
     No se puede negar, en efecto, que la cesárea ha conquistado un lugar de distinción a compás del perfeccionamiento del método antiséptico. Las estadísticas le son más favorables cada día. El doctor Perales (Examen de algunas operaciones obstétricas. Granada. 1880) hace un resumen de todas las estadísticas más y menos favorables hasta el año 1880, y tomando los términos proporcionales de todas, obtiene una cifra de mortalidad de un 30% para la madre. Según una estadística antigua (sin señalar fecha) que trae Capellmann (Ob. cit., pág. 48), se salvaron 52.6% de las madres. Y demuestra con otras que la mortalidad ha disminuido cada día más por razón de los adelantos técnicos y del tratamiento, conforme se deduce del cuadro de Garimond. Según éste, de 100 madres se salvaron por medio de la operación cesárea: desde 1750 a 1800, 32; desde 1801 a 1832, 37; desde 1832 a 1839, 51; desde 1839 a 1861, 60. Desde que se emplea el sistema aséptico, las operaciones cesáreas han tenido incontestablemente resultados todavía más lisonjeros. Según estadísticas de diferentes operadores de Alemania y Austria, deduce Capellmann que de 100 madres operadas se salvaron 80. Un autor llega a decir (Kalteubach: Sehrbuch der Geburtshülfe. Stuttgart, 1893. El doctor Surbel, obra cit., pág. 270, dice que la cesárea «es ya hasta sencilla".) que la operación cesárea hecha en las condiciones interiores favorables y con dominio perfecto de la técnica y de la antisepsia, apenas da una mortalidad del 2 al 3 %. Si a esto se añade que, en virtud de dicha operación, de 100 niños se han salvado 65, según Scauroni; 67, según Hermann y Leopold: 70, según Kaiser; 72, según Villeneuve; 87, según Leopold, habrá que convenir en que dicha operación ha merecido librarse del calificativo de salvaje y que debe ser considerada como operación saludable.
     27. Las estadísticas modernas. Estas ensanchan el concepto favorable de la cesárea. Oigamos al ya citado cirujano suizo doctor Clement:
     «De hecho, muchos operadores han publicado series enteras de operaciones cesáreas sin la muerte de la madre... Hussy, de Aaran, logró en 90 casos de estrechez de las pelvis un 100% con buen éxito, y Walthard, de Zurieli, que opera indistintamente todos los casos, obtuvo 121 éxitos de 122 operaciones; pero hubo un 3,37% de mortalidad infantil. Con todo, hay que convenir que series de operaciones con tan feliz resultado son raras, además de que hay peligro de caer en un exagerado optimismo. Para tener un cuadro más conforme a la realidad, queremos hacer mención de las estadísticas de Winter, que en 4.450 operaciones cesáreas hechas en Alemania durante el año 1928 por 384 operadores, acusa un 7,1% de mortandad materna, que si se prescinde de las muertes que no fueron consecuencia estricta de la operación, se reduce a un 4,2%. La estadística todavía mas extensa de Von Amonn, que abarca desde 1915 hasta 1928 y contiene 17,071 casos de operación cesárea, revela un 5,8% de mortandad materna, que se reduce a un 2,7% si excluímos las muertes debidas, no a la operación, sino a la afección primitiva.
     »Por tanto, parece que la mortandad materna que se sigue de la operación cesárea oscila alrededor de un 5% en las grandes clínicas y cuando intervienen manos expertas; pero es mayor en los pequeños hospitales, y, sobre todo, cuando intervienen operadores de ocasión. En cuanto a la mortalidad infantil, según la estadística de Von Amonn, no es más que un 2,8% en 2004 operaciones cesáreas hechas a causa de la estrechez de la pelvis, mientras que en 7087 operaciones cesáreas hechas por otros motivos resultó un 9,51% de mortandad infantil, que, eliminando los casos no imputables al operador, se reduce a un 4,78%.
     «Mientras que se generalizaba la operación cesárea, el llamado parto «artificial prematuro» (por las vías naturales) era un evidente progreso; pero este procedimiento, a pesar de que, según las estadísticas, la mortandad materna era tan sólo de un 1%, y la infantil, de un 19,8% a 27,3%, en la actualidad ha sido generalmente abandonado, lo cual demuestra que hoy disponemos de métodos todavía más inofensivos».
     Es muy de tener en cuenta esta observación del doctor Clement (ob. cit., páginas 87 y sigs.); pero cualquiera que sea el juicio que a los técnicos merezca el parto prematuro, y por lo que a su moralidad se refiere, hay que convenir que es lícito siempre que exista causa grave para realizarle. 
     Entre los procedimientos aludidos, cita el doctor Clement la pubiotomia subcutánea, aduciendo la autoridad del doctor Nubiola, de Barcelona, quien practicó 37 pubiotomías y obtuvo 36 niños vivos. De todo ello deduce, además, dicho ilustre doctor que está justificada asi la sentencia que Pinard hizo escribir en los muros del hospital de Beaudelocque: «La embriotomia del niño vivo está ya envejecida.»
     Ciertamente, no se habría llegado a este feliz resultado sin los esfuerzos continuos y estudios sutiles realizados a impulsos de un deber que la conciencia católica ha venido presentando al cuerpo médico, a prueba de injurias de parte de los partidarios del aborto directo con fin terapéutico, para contener a los cirujanos y médicos en ese camino y estimularles a buscar en la ciencia métodos menos cruentos y más conformes con la razón. Congratulémonos de los progresos realizados.
     28. El deber de la madre. Hemos visto cuándo y con qué condiciones se puede lícitamente practicar la operación que se crea más indicada para salvar la vida del infante y bautizarle. Se ofrece ahora otra cuestión. ¿Hay obligación por parte de la madre de dejarse operar? Dejemos sentado, por lo que a médicos y cirujanos atañe, que su deber es el de indicarla y ofrecerse a realizarla cuando proceda. La obligación de conciencia de la madre solo un moralista experimentado puede fijarla, y con prudencia exquisita tratar de ella. En teoría existe esa obligación cuando ni para la madre ni para el niño hay peligro próximo de muerte, y sin la operación el niño no puede ser bautizado. Así lo establecía Cangiamila, con otros doctores de su tiempo, de conformidad con Santo Tomás, como un deber de caridad que obliga a preferir la salud espiritual del prójimo a la vida del propio cuerpo en caso de extrema necesidad (
Summa Theologica, 2-2, pág. 26, art. 5, ad. 1.—Cangiamila, ob. cit., caps. III y IV, del lib. III. Hay que tener, además, en cuenta que si se espera a que el feto fallezca dentro del útero, habrá necesidad de extraerlo después, bien por operación cesarea, bien mediante operación reductiva, cuyo peligro es, por lo menos, tan grande cono el de la cesárea, «sobre todo -dice Capellmann, pág. 58- teniendo presente que deberá sufrir aquella operación en circunstancias más desfavorables, porque mientras se tiene que aguardar la muerte del feto, debilitanse en gran manera las fuerzas de la madre". Y añade Antonelli, núm. 90 del vol. II de su citada obra, que siempre debe ser preferida la cesárea a la embriotomía, desde el punto de vista de su nocividad). Pero prácticamente no se puede urgir ese deber, según todos los autores. Ya Cangiamila advertía «que es rarísimo el caso en que no se pueda bautizar al niño introduciendo el agua dentro del mismo útero». Por otra parte, consta que algunas veces sobrevive el feto a la madre durante algún tiempo, el suficiente para procurarle el bautismo, como pronto diremos (Ferreres: Theologia moralis. vol. II, núm. 346. -Padre Cappello, S. J.: Tractatus canonico-moralis, vol. I, núm. 165). En razón de salvar la vida al niño, la madre no tiene deber estricto de exponerse a peligro próximo de perder la suya. Sin embargo, puede, como acto heroico de caridad, exponerse a tal peligro para salvar al hijo y procurarle el bautismo con más seguridad, si no fuera que de su muerte, que tal se siguiese, sobrevinieran gravísimos inconvenientes a los familiares (Santo Tomás, ob. cit., ad. 3, y Prümmer: Manuale theologiae moralis, vol. III, núm. 130 a).—Doctor Luigi Scremin; Appuntti di morale professionale per i medici. Roma. 1931).
Dr. Mons. Luis Alonso Muñoyerro
MORAL MÉDICA EN LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA