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domingo, 6 de marzo de 2011

Dominica de Quincuagesima

LA CEGUERA ESPIRITUAL
"En aquel tiempo, tomando Jesús aparte a los doce, les dijo:
"—Mirad, subimos a Jerusalén y se cumplirán todas las eosas escritas por los profetas del Hijo del Hombre: será entregado a los gentiles y escarnecido, e insultado y escupido, y después de haberle azotado le quitarán la vida, y al tercer día resucitará.
"Pero ellos no entendían nada de esto; eran cosas ininteligibles ; no comprendían lo que les decía.
"Acercándose a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna. Oyendo a la muchedumbre que pasaba, preguntó qué era aquello.
"Le contestaron que era Jesús Nazareno, que pasaba.
"El se puso a gritar, diciendo:
"—Jesús, hijo de David, ten piedad de mí.
"Los que iban en cabeza le reprendían para que callase; pero él gritaba cada vez más fuerte :
"—Hijo de David, ten piedad de mí.
"Deteniéndose Jesús, mandó que se lo llevasen, y, cuando se le lilibo acercado le preguntó: "—¿Qué quieres que te haga? "Dijo él:
"—Señor, que vea.
"Jesús le dijo: "—Ve; tu fe te ha salvado.
"Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios. Todo el pueblo que esto vio daba gloria a Dios" (Le, XVIII, 31-43).

El ciego de Jericó representa al alma que padece ceguera espiritual. En el mundo hay ciegos de cuerpo y de espíritu. Los no videntes corporales comprenden su degracia, que es compadecida por los demás; pero no ocurre lo mismo con los ciegos del espíritu, los cuales ven las desgracias ajenas, pero no la suya propia.
Hablaremos hoy: 1.°, de la ceguera espiritual; 2.°, de sus efectos; 3.°, del modo de curarla.

I.—La ceguera espiritual.
1. La desgracia de los que no tienen vista.—
¿Habéis pensado alguna vez, mis queridos niños, en el significado de esta palabra, ciego, que usamos con tanta frecuencia? Imaginaos la pena que debe dar el no ver nada, no distinguir entre el día y la noche, no ver el sol, las flores, las bellezas de la naturaleza, no conocer la cara de los familiares y de las personas con quienes se trata... Los pobres ciegos no pueden apreciar los diversos colores ni ver los peligros del camino por donde van; están sumergidos en continua oscuridad y viven como sepultados en las entrañas de la tierra. Cerrad los ojos y pensad por un momento lo que sería estar siempre así: inmediatamente experimentaréis un gran escalofrío. ¡Qué desgracia más grande es la privación de la vista! Bien lo saben los que la padecen.
2. Los ciegos del espíritu.—
Los ciegos del espíritu todavía padecen una desgracia mayor, aunque no se den cuenta de ello. Carecen de la luz divina, y por eso no reconocen o no quieren reconocer el ultraje que hacen a Dios con el pecado; no aprecian la belleza del alma en gracia de Dios; no ven el precipicio de la condenación eterna, en el que pueden caer de un momento a otro; están sumergidos en una oscuridad fatal, que no les deja comprender que están mal con Dios y que El los rechaza y maldice.
3. La causa de la ceguera espiritual.—
¿De dónde procede esta ceguera? Hay ciegos corporales de nacimiento; pero con frecuencia también hay quienes pierden la vista por alguna desgracia o enfermedad. Los ciegos del alma, sin embargo, siempre se buscan voluntariamente su lamentable estado; se dejan engañar por el demonio, dominar por las pasiones y arrastrar por los vicios. En definitiva, son los pecados los que oscurecen la inteligencia y producen la ceguera del alma.

II.—Los efectos.
Consideremos de pasada los efectos del pecado, o sea, la desgracia que padecen los ciegos del alma, y comprenderemos que se trata de la más espantosa de todas las que pueden padecerse.
El pecado acarrea las siguientes pérdidas:
1. La pérdida de Dios, porque el pecador lo aparta violentamente de sí.
Cuando se tiene a Dios, por pobre que se sea o enfermo que se esté, se es dichoso, porque Dios lo es todo para sus criaturas. Mas si no se tiene a Dios es como si se careciera de todo, pues la riqueza, la salud y los bienes de este mundo no pueden satisfacer plenamente al corazón humano.
La pérdida de Dios es la mayor de las desgracias, y esto es precisamente lo que no ven los ciegos del alma.
2. La pérdida de la gracia y amistad de Dios.
¡Cuan hermosa es el alma que está en gracia de Dios! Puede compararse a los ángeles del cielo. El Señor la quiere como a la niñeta de sus ojos, mora en ella y el Espíritu Santo la convierte en su templo vivo. Pero cuando está en pecado, ¡ay!, ¡qué cambio más profundo se produce en ella! Le sucede lo mismo que al templo de Salomón.
* Destrucción del templo de Salomón.—El templo edificado por Salomón en Jerusalén estaba interiormente revestido con láminas de resplandeciente oro: las paredes, el techo y hasta el suelo eran de oro de muchos quilates; mas este maravilloso templo fue destruido por Nabucodonosor, rey de Babilonia, el año 588 antes de nuestra era.
¡Qué perdición!
También el hombre que está en gracia es templo vivo de Dios y se halla revestido de su divina gracia, que es una cosa infinitamente más preciosa que el oro; pero si comete un solo pecado mortal, el alma se convierte en un objeto repulsivo y abominable a los ojos de Dios; en una lóbrega cueva, donde habita el diablo. ¿Cabe mayor desgracia? ¡Eso es lo que no ven los ciegos de espíritu!
3. La pérdida de los merecimientos adquiridos con anterioridad.—
Las buenas obras hechas en gracia de Dios son el gran tesoro mediante el cual obtenemos la felicidad del cielo. Pero con el pecado mortal se pierden todos los bienes acumulados; el alma queda en la mayor indigencia, como si no hubiese hecho nada bueno hasta entonces. ¡Qué ruina! Los ciegos del espíritu no la ven: ni siquiera se enteran de que la experimentan. Se parecen a los niños que, después de perder un valioso tesoro, se ríen encima, debido a su completa inconsciencia.
* Billetes al fuego.—Un emigrante regresó de América con una regular fortuna, conseguida a fuerza de trabajo y economía. Había traído consigo un buen fajo de billetes de los gordos, que dejó en la mesa de la cocina de su casa para dar una sorpresa a su mujer e hijos cuando los fuese extendiendo. Mas, en un momento de descuido, un hijito suyo, nene de cuatro años, que desconocía el valor de aquellos papeles, se divirtió echándolos al fuego que ardía en el hogar, y aún hacía palmas por el gusto que le daba ver la llamarada que levantaban.
Fácil es imaginar el dolor y la desesperación de aquel padre, que vio consumidos en unos instantes sus esfuerzos y penalidades de varios años.
Los ciegos del alma que pierden todos sus méritos espirituales anteriores al pecado, son como el niño que echó a la lumbre los billetes ganados por el emigrante (1).
4. El que comete un pecado mortal se hace esclavo del demonio.-Reyes cautivos de Sesostri.—
El poderoso monarca egipcio Sesostri, que se adueñó de Etiopía, Fenicia y Siria, hizo prisioneros a cuatro reyes, y, para más humillarlos, los mandó vestir con manto real y corona de oro a la cabeza; luego los unió en dos parejas y los unció a su carro, haciéndoles lirar de él como caballerías (2).
¡Qué Iiumillación más grande! Pero mayor es la del hombre que cae en pecado mortal, porque se hace esclavo del demonio, que es el tirano infernal, más déspota y escarnecedor que todos los tiranos de la tierra juntos.
Mas los pecadores están ciegos y no advierten la horrenda esclavitud a que están sometidos. Su insensibilidad hace que no se percaten de su triste condición.
5. La pérdida del Paraíso.—El que está en pecado mortal ha perdido el Paraíso y marcha al borde del infierno, que tiene merecido. Sin embargo, no se entera de su triste situación.
* Esaú, según refiere la Sagrada Escritura, vendió sus derechos de primogenitura por un miserable plato de lentejas, y cuando se dio cuenta de la pérdida que aquello le representaba rugía como león herido: irrugit clamore magno (Gen., XXVII, 34).
El pecador renuncia a la herencia del cielo por una nonada y no lo advierte. ¿Cabe mayor ceguera? Y no es sólo eso, sino que, de no salir de su mísero estado, su fin será caer para siempre en el infierno. Bastará para ello con que el Señor le corte el hilo de su existencia. ¿Cómo se atreven los hombres a desafiar a Dios, que puede destruirlos en cualquier instante y precipitarlos en el fuego eterno? (3).
6. La pérdida de la libertad.-
A veces el pecador abre bien sus ojos y se aterra viendo su lastimosa situación. Quisiera entonces cambiar de vida y volver a la amistad de Dios; pero el demonio, las pasiones, las ocasiones, las malas compañías no lo dejan, y claman :
— ¡Cómo! ¿Pretendes abandonarnos? ¡Déjate de mojigangas y sigue con nosotros!
Cosa parecida intentaban bacer las turbas con el ciego de Jericó: querían impedirle que recurriese a Jesús en voz alta.
Los desdichados pecadores no se convierten por estar cogidos en las redes, cada vez más fuertes, del demonio y de sus pasiones, y los infelices llegan en ocasiones a alegrarse de su mal proceder: Laetantur cum malefecerint (Prov., II, 14) (4).

III.—El remedio.
¿Hay algún remedio que cure el espantoso mal de la ceguera espiritual? Desde luego, y sólo se precisa que el pecador quiera proceder a su empleo. El remedio está en imitar al ciego de Jericó, que recuperó su vista. ¿Qué hizo él?
1. Oyendo a la muchedumbre que pasaba, quiso saber lo que ocurría, y, al enterarse que estaba cerca el Salvador, no paró de insistir hasta lograr que lo llevasen a su presencia.
Los ciegos espirituales deben apartarse del mundo y escucliar la voz del Señor, que pasa. Esta voz es fácil oírla; pero hay que meditarla también, es decir, es preciso pensar con detención en las verdades eternas. Si los pecadores pensasen en los novísimos o postrimerías del hombre, muerte, juicio, infierno y gloria, no tardarían en salir de las mallas del pecado. Un pecador no debe ofrecer resistencia a la acción de la gracia ni dejar para más adelante su conversión, sino moverse en el acto para presentarse a Jesús, como lo hizo el ciego de Jericó, y a imitación también del hijo pródigo, que volvió a casa de su padre
2. El ciego no hizo caso de los que le mandaban callar, sino que continuó levantando la voz, pidiendo a Jesús que se apiadase de él Los ciegos espirituales deben, pues, pedir la luz de la fe y la divina gracia, diciendo: "Ilumina, Señor, mis tinieblas : Deus meus, illumina tenebras meas" (Ps. XVII, 28). Si así hicieren con sincero deseo de enmienda y conversión, Dios les escuchará, indudablemente.
3. El ciego, una vez curado, siguió a Jesús, glorificando a Dios. También deben dar gracias al Señor, seguirle y evitar los peligros, a fin de no volver a caer en las mismas culpas anteriores, los pecadores que hayan readquirido nuevamente la gracia y amistad de Dios.

Conclusión.—Queridos hijos, temed mucho la ceguera espiritual. Entre vosotros no hay, de seguro, ningún ciego del alma: pero para no caer en tamaña desgracia procurad estar siempre cerca de nuestro Señor Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida. "Quien me sigue —dice Jesús— no andará en tinieblas, sino que tendrá luz de vida: Qui sequitur me, non ambulat in tenebris, sed habebit lumen vitaé" (lo., VIII, 12). Esta luz de vida es, en definitiva, la que conduce al Paraíso.

EJEMPLOS
(1) La pérdida de Nerón.—Siendo Nerón (+ 68) jovenzuelo era muy aficionado al juego, y un día perdió un millón de sestercios (cantidad equivalente a dos millones y medio de pesetas actuales). El no tenía a la vista semejante suma, pues de haberla tenido seguramente no se la habría jugado. Sólo se dio cuenta de lo que tal pérdida representaba cuando su madre, Agripina, le presentó el millón de sestercios repartido en muchos montones de monedas de oro, con que llenó una mesa.
¡Ah si el pecador comprendiera la gran pérdida que supone un pecado mortal! ¡Cuánto la lloraría! Mas, sin embargo, se ríe porque está ciego espiritualmente.
(2) Los esclavos de Edgar.—Edgar, rey de Inglaterra (+ 975), capturó a dos reyes enemigos suyos: el de Escocia y el de Irlanda. Cuando los tuvo en su poder los mandó rapar como a esclavos, los encadenó por el cuello y los pies y los hizo remar en la barca donde iba como triunfador.
¡Qué escarnio para aquellos reyes!
Mayor esclavitud y humillación se procuran los que están en pecado mortal, puesto que se hacen esclavos de Satanás.
(3) Ceguera ante el peligro.—Rodolfo, rey de los hérulos, estaba en guerra con los lombardos. En el momento culminante de la batalla decisiva entre ambos contendientes, Rodolfo permanecía en su tienda bebiendo y jugando, si bien, como medida de precaución, había ordenado a un guerrero suyo que se subiese a un árbol próximo y le tuviese desde allí al tanto de la marcha del combate. Pero le dijo :
— ¡Ojo con darme malas noticias, pues te va en ello la cabeza!
El vigía veía que los hérulos perdían la partida, pero se guardó muy mucho de decírselo al rey por la cuenta que le tenía.
Rodolfo se enteró de su derrota al oír los gritos de los suyos y las evidentes señales de su retirada. Salió de la tienda y preguntó al del árbol:
—¿Huye nuestro ejército?
Vos lo habéis dicho, que no yo —contestó el interpelado.
¡Ay de mí! ¡He perdido mi reino! —añadió el desdichado monarca. Aún probó a contener la desbandada de los suyos; pero era demasiado tarde y su derrota fue completa y aplastante.
A este rey se parecen los pecadores que cierran los ojos ante la realidad y no ven ni su triste estado ni la ruina a la que caminan por no atender las advertencias que se les hacen. A última hora querrán, tal vez, impedir su fatal caída; pero pueden llegar demasiado tarde, como claramente lo indica la palabra de Dios: "Se esfumará el deseo de los pecadores: Desiderium peccatorum peribii" (Ps. CXI, 9).
(4) Las chanzas de unos soldados.—Unos soldados que habían perdido todo el temor de Dios estaban comiendo y bebiendo alegremente cierto día antes de entrar en combate. Se burlaban abiertamente de la virtud y de cuantos la practicaban. Entre otras groserías, gritaban:
— ¡Viva la canalla!
Al brindar, antes de separarse, repitiéronse mutuamente:
— ¡Hasta la noche o mañana en casa del diablo!
¡Qué tremenda ceguera! ¡Y pensar que aquellos jóvenes habían sido buenos creyentes y cristianos practicantes! Como dice el Espíritu Santas hay pecadores que se alegran del mal que han hecho y se regocijan de en perversidad: Laetantur cum malefecerint, et exultant in rebus pessimis (Prov., II, 14). Y van tan tranquilos y hasta eufóricos por el camino de la eterna perdición, como el cordero que retoza cuando lo llevan al matadero.
G. Mortarino
MANNA PARVULORUM

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