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viernes, 18 de marzo de 2011

EN ALTA MAR.


(Dicha por su autor, en la velada en honor del Sr. Alvarado).
Llegó la ola, y sacudió la barca
con infernal violencia;
y del palo mayor, hasta la cima
subió la espuma de la hirviente cresta;
rechinaron las jarcias,
crujieron las maderas,
rodaron los marinos,
de arriba abajo se rasgó la vela;
y. .. el capitán intrépido
que, en pie sobre cubierta
dirige la maniobra,
fue arrebatado por la ola inmensa...
y, a la luz de un relámpago
que en el cielo pasó como culebra,
se vio entre las espumas,
del Capitán la indómita cabeza
con los ojos clavados en la barca,
con la expresión de pena,
de angustia, de martirio,
de quien mira a un hijito que se aleja
acaso para siempre. . .
y se miró su diestra
levantada hacia el cielo,
en actitud enérgica de supremo mandato,
de esperanza suprema. . .
y, dominando el ronco vocerío,
el estruendo infernal de la tormenta,
escuchóse su grito: "Mi Teniente,
en tus manos está. . .! Te hundes con ella
o me aguardas allí. . .!

Cual si su grito fuera
un latigazo en los hinchados lomos
de las olas —pegasos en carrera—
se encabritaron más:
erizan las melenas
de su espumosa crin, relinchan, saltan.
se alargan, se retuercen, se repliegan.
y chocan y se abrazan
y confundidas ruedan,
como si mil legiones de demonios
cabalgaran en ellas.
Y las negruzca nubes,
como monstruos enormes, forcejean,
y sobre las espumas de las olas
en titánica lucha se revuelcan. . .
y se oye el resoplido de sus fauces,
el roncar de su pecho que jadea,
el enconado hervor de sus entrañas,
el crugir de sus huesos. . . ¡Quien pudiera
con palabras decir aquel estruendo!
Tal debe haber rugido la materia,
cuando en la sombra del caos hervía
fraguando las estrellas. . .!
Sobre las olas que furiosas brincan
bajo las nubes que pesadas ruedan,
se agita el huracán: sus fuertes alas,
aquellas alas que destrozan selvas
de un solo golpe, al agitarse ahora,
hienden el seno de las olas negras
con tan profundas abras,
que la punta del ala da en las peñas
que son el lecho del mar.. .
hieren las nubes, y las nubes truenan,
al sentir que su sangre y sus entrañas
por la herida chorrean. . .
y en medio del horrible cataclismo,
ta barca voltejea:
sube, baja, se inclina
y en los hondos abismos se recuesta;
hiende luego las nubes,
y luego raya con su proa la arena.. .
Y en medio de la barca asido a una cuerda,
el anciano Teniente,
con mirada serena
el seno de ¡as ondas escudriña. . .
¿Qué le importa el fragor de la tormenta?
¿Qué le importa el granizo que apedrea
sus músculos de acero?
¿Qué le importan los rayos retumbantes
que amenazan partirle la cabeza.. .?
Él sabe que en la punta de la antena
el Capitán ha izado
la invencible bandera
que el naufragio y la muerte desafia. . .
que, si todos los rayos y centellas
que broten de los senos
de todas las tormentas
a un tiempo se descargan
sobre aquella Bandera,
apenas servirán para que formen
un resplandor en que fulgure Ella. . .!
Por eso está sereno,
mientras todo en redor cruje y retiembla. . .!
y el vaivén agitado de su barca,
le parece el compás de aquella orquesta
de retumbos y truenos y alaridos,
que acompaña la dulce cantinela
que brota de su pecho,
y que entona también, grave y serena
la ronca voz de todos los marinos:
¡Ave, Maris Stella. . .!
Si escudriña las sombras del océano,
no es que chocar en los escollos tema. . .
es que, a la luz de todos los relámpagos,
más lejos o más cerca,
nimbada con espumas fulgurantes,
descubre la cabeza
del invencible Capitán... sus ojos
clavados en su barca, y hacia ella
tendidas ambas manos. . , cual las tiende
un padre amante que a su hijito espera. . .
El huracán, al fin, entre las nubes
de sus alas al golpe, abrió una brecha
y se lanzó al espacio;
y al agitar sus alas gigantescas.
las nubes se esparcieron,
ingrávidas, ligeras,
cual se esparcen las plumas, de su nido,
cuando el águila vuela. . .
Y las olas, cansadas, poco a poco,
sus furores enfrenan:
se mecen temblorosas
cual manadas de yeguas
después que todo el campo atravesaron
en inútil carrera. . .
Y, a la tímida luz de la alborada,
y al fulgor de las últimas estrellas,
el Capitán intrépido subía
por la escala de cuerda,
a bordo de su nave.. .;
Ni sus músculos tiemblan,
a pesar de que el agua
de sus ropas chorrea;
Ni pálido, ni rojo: no hay un signo
que denote la brega
de aquella noche horrible.. .
va risueño y feliz, cual si subiera
en una tarde azul, del camarote,
de dormir una siesta.. .
Sin pronunciar una palabra sola
a la tarima de su barca llega. . .
Los marinos, formados en dos filas
silenciosos esperan,
con la gorra en la mano
y su traje de fiesta:
En medio esta el Teniente.
Avanza el Capitán. Su faz risueña.
teñida con la luz de la alborada.
se vuelve a la Bandera. . .
La saluda . . .
Luego buscan sus ojos en el cielo
la Matutina Estrella. . .
La saluda también. . .
Luego en sus brazos
a su Teniente estrecha. . .
Y un pobre grumetillo.
Entusiasmado ante la muda escena.
siente que el corazón, loco de júbilo.
en su pecho voltea. . .
Y con voz temblorosa, lanza un grito
fuerte como el clamor de una trompeta:
¡"Viva mi Capitán y mi Teniente,
La Estrella Matutina y mi Bandera. . .

Mons. Vicente M. Camacho
Noviembre 26 de 1919.

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