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lunes, 28 de marzo de 2011

SEDE VACANTE IX


LAS DOS HIPÓTESIS QUE PUEDEN EXPLICAR LA INCERTIDUMBRE ACTUAL
Como indicamos antes, ante la evidencia de estas innegables realidades, que nuestra conciencia católica observa en la persona y el gobierno del Papa Montini, hay dos hipótesis que pueden suponerse para encontrar la solución urgente a esta situación caótica de la Iglesia. Recordemos que la Iglesia es el fin y el Papa es el medio, que Cristo instituyó para la preservación de su Iglesia. La primera hipótesis es que la elección de Juan B. Montini fue in radice, una elección inválida, aunque aparentemente se hayan cumplido las prescripciones pontificias, vigentes al tiempo de su elección, para un cónclave y una legítima elección. En ese caso, Juan B. Montini sería un papa de iure, pero no de facto, en el sentido de que su elección jurídicamente válida, por cumplir todas las normas del derecho pontificio, sería, sin embargo, ante Dios y ante la conciencia inválida. Sucedería entonces algo semejante a lo que sucede en un matrimonio celebrado con todas formalidades canónicas, que resulta inválido por un impedimiento dirimente in radice, que haría nulo el matrimonio, celebrado por desconocerse, con culpa o sin culpa, la existencia de ese impedimento.
La segunda hipótesis es que la elección de Juan B. Montini fue legítima y, por lo tanto, el fue un legítimo Papa, pero dejó de serlo, por haber caído en la herejía; más aún, por haber encabezado la herejía y, por lo mismo, por haber sido depuesto por el mismo Dios. La deposición de los hombres no sería, en este caso, sino una formalidad jurídica necesaria para que, ante los hombres, deje de ejercer funciones que no le corresponden y para las que no tiene ya autoridad alguna.
Mas, antes de estudiar estas hipótesis, estudiaremos el argumento de la pacífica aceptación de la Iglesia Universal, que, como indiqué más arriba, ha sido siempre considerada como un signo cierto, casi diríamos infalible, en la elección legítima de un Pontífice.
"Cualquiera que sea, dice el Cardenal Ludovico Billot, S. J., la opinión que tengamos sobre la posibilidad o imposibilidad de que un Papa pueda caer en la herejía, a lo menos debemos admitir como algo casi indiscutible y sin ninguna duda que la adhesión universal de la Iglesia a un Papa electo es, por sí sola, un signo infalible de la legitimidad de la persona del Pontífice y, por lo mismo, de la existencia de todas las condiciones, que se requieren para su legitimidad. Y la razón es la siguiente: Cristo prometió infaliblemente que "las puertas del infierno no prevalecerán en contra de su Iglesia y que El estaría con sus fieles discípulos todos los días hasta la consumación de los siglos". Si, pues, la Iglesia se adhiriese a un falso pontífice, sería como si la Iglesia se adhiriese a una falsa regla de fe, porque el Papa es la regla viva que debe seguir en sus creencias la Iglesia. Dios puede permitir ciertamente que algunas veces la sede vacante se prolongue por largo tiempo; puede permitir que se dude de la legitimidad de tal o cual electo; pero no puede permitir que toda la Iglesia admita, como verdadero Pontífice, a uno que, en verdad, no lo es. De donde se sigue, continúa el Cardenal, que, desde el momento que un Papa es recibido por la Iglesia Universal y unido a Ella, como cabeza a su cuerpo, no se puede ya mover ninguna duda de una viciosa elección o de la falta de alguna de las condiciones necesarias a su legitimidad, porque esa adhesión de la Iglesia sanaría cualquier vicio in radice, que hubiere habido en la elección y demostraría infaliblemente la existencia de todas las condiciones necesarias para la elección".
"Y esta argumentación, sigue el cardenal jesuíta, fue usada contra los que intentaron cierto movimiento cismático, en tiempo de Alejandro VI, con el pretexto de las certísimas pruebas, que decían tener contra la ortodoxia de ese Papa y que querían denunciar en un Concilio Universal. Pero, omitiendo otras razones, que fácilmente podían refutar esa opinión, basta recordar que cuando Savonarola escribía sus cartas a los príncipes, toda la cristianidad estaba adherida y obedecía a Alejandro como a verdadero Pontífice. Luego, Alejandro, como lo demuestra esa universal adhesión, no era un falso pontífice, sino verdadero. Luego, prosigue Billot, Alejandro no era un Papa hereje, al menos, con aquella herejía que le quitase el derecho de ser miembro de la Iglesia, de la potestad pontificia o de cualquier otra jurisdicción".
Hasta aquí el preclaro teólogo jesuita, cuya argumentación —aunque no estamos de acuerdo con ella- no podemos menos de alabar, como un esfuerzo de ingenio, para sostener lo que él mismo no cree que se pueda sostener; pero que, por un obsequium religiosum, por tratarse del Papa, él cree se debe defender. "La adhesión universal de la Iglesia a un Papa electo, dice el cardenal, es, por sí sola, un signo infalible de la legitimidad de la persona del Pontífice". ¿Es compatible, pregunto yo a S. E., esa "infalibilidad" con lo que poco antes había él escrito sobre el mismo asunto: "a lo menos debemos admitir, como algo CASI indiscutible y sin ninguna duda..."? Si es CASI indiscutible, Eminencia, no puede ser infalible. En lo infalible no hay lugar paia el CASI. Las promesas de Cristo, que S. E. aduce no fueron hechas para todos los que se dicen papas, sino para los que son legítimos Papas. Su Eminencia está incurriendo en una "petitio principii", está suponiendo lo mismo que quiere probar como algo CASI infalible. Las puertas del infierno no prevalecen contra la Iglesia ni porque un antipapa se siente por algún tiempo en el trono de San Pedro, ni porque un Alejandro VI, en su vida privada, haya conculcado muchas veces y públicamente la ley de Dios. Ni aun ahora, en medio de esta espantosa "autodemolición" de la Iglesia, como dijo Paulo VI, podemos creer que las "puertas del infierno han prevalecido en contra de la Igiesia, ni que Jesucristo nos ha abandonado". Dormido está el Señor, mientras la tempestad brama amenazadora; pero despertará y a su vez se calmarán los vientos.
También conviene precisar el concepto expresado por Su Eminencia: "El Papa es la regla viva que debe seguir la Iglesia en sus creencias". Aun suponiendo que el cardenal nos hable de un Papa legítimo -lo que hay que demostrar- el Magisterio del Papa, no el mismo Papa; el Magisterio infalible, no cualquier Magisterio, es la regla viva de nuestra fe católica. En la inteligencia, sin embargo, de que es también el Magisterio infalible de todos los Papas y de todos los Concilios; y, cuando hay oposición entre lo ya definido ex cathedra o lo que siempre y en todas partes enseñó la Iglesia con lo que el actual Papa o el último Concilio nos enseñan, debemos, en virtud del principio de contradicción, quedarnos con la verdad que hemos antes creído y profesado, sobre todo, cuando los últimos Papas no han definido nada ex cathedra, han expresamente excluido su Magisterio dogmático y el Concilio ha sido un "Concilio Pastoral".
El cardenal Billot admite que "Dios puede ciertamente permitir que algunas veces la Sede Vacante se prolongue por largo tiempo, que se dude de la legitimidad de tal o cual electo", pero no admite que "la Iglesia acepte como verdadero Pontífice a uno que, en verdad, no lo es". Y da la razón: "Si la Iglesia se adhiriera a un falso Pontífice sería como si la Iglesia se adhiriera a una falsa regla de fe, porque el Papa es la regla viva que debe seguir la Iglesia en sus creencias. Esa frase es verdadera, pero con todas las limitaciones, que ya antes explicamos, al hablar de la infalibilidad pontificia. Si "Dios ciertamente puede permitir que, algunas veces, la Sede Vacante se prolongue por largo tiempo; si puede permitir que se dude de la legitimidad de tal o cual electo, ¿por qué no ha de poder permitir que, por algún tiempo, toda la Iglesia admita o parezca admitir como verdadero Pontífice a uno que en verdad no lo es"? La "inerrancia" de la Iglesia, me parece que no excluye el que, por algún tiempo, se vea envuelta, como sucedió en el gran cisma de Occidente, por densas tinieblas de incertidumbre y confusión.
Dios puede permitir el mal por algún tiempo; lo que no puede es permitir que el mal se imponga y triunfe definitivamente sobre el bien. En la pasión y muerte de Cristo, los enemigos aparentemente triunfaron con la muerte del Señor; pero ese triunfo efímero fue vencido por la gloria esplendorosa y eterna de la Resurrección.
Apoyado en esa falsa presunción, S. E. nos da como axioma una afirmación, que no prueba y que, a mi humilde modo de ver las cosas, no puede probarse: "esa adhesión de la Iglesia, dice Billot, sanaría cualquier vicio in radice". ¿También la falta de fe, Eminencia? ¿También la herejía? ¿También la apostasía? ¿También el que el elegido fuese un criptojudio? —Y concluye el sabio jesuíta: esa adhesión de la Iglesia "demostraría infaliblemente la existencia de todas las condiciones necesarias para una legítima elección". Aquí, eminencia, salva reverentia, hay una pequeña contradicción: por una parte, la adhesión de la Iglesia demuestra infaliblemente la existencia de todas las condiciones necesarias para una legítima elección; y, por otra parte, esa misma adhesión "sana in radice" cualquier vicio. Luego si puede haber vicio, no hay todas las condiciones, al menos a priori, sino a posteriori. Y, confirmados los "vicios" in radice, ¿cómo y cuándo tendríamos la infalible demostración de que todo estaba subsanado, para tener, al fin, un legítimo Pontífice, cuya elección viciada in radice, ahora es ya infaliblemente cierta?
Poco feliz, me parece, la confirmación histórica del Cardenal, al citar el caso de Alejandro VI, cuyo pontificado llena una de las páginas más tristes y negras de la Historia de la Iglesia. Pero, a este propósito, S. E. nos vuelve a sorprender con otra afirmación CASI increíble en un teólogo de su altura y prestigio: "Alejandro no era un Papa hereje, al menos, con aquella herejía, que le quitase el derecho de ser miembro de la Iglesia, de la potestad pontificia o de cualquier otra jurisdicción". Según Billot, hay cierta clase de herejías que son compatibles con el ser miembro de la Iglesia, con la potestad pontificia y con cualquier otra jurisdicción. Yo sabía que la herejía, cualquier herejía es un naufragio en la fe; es un desgajarse del tronco; es dejar de ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.
Hasta aquí el preclaro teólogo jesuíta, cuya argumentación no podemos menos de alabar, aunque no nos convenza. Pero, dado y no concedido que esa argumentación demostrase que la elección admitida por la Iglesia Universal era en sí una señal infalible de la legitimidad de la elección del Pontífice, todavía qudarían otros puntos importantes, que el Cardenal Billot no toca y que, sin embargo, no pueden silenciarse. Y el primero es éste: ¿por cuánto tiempo debería darse esa universal aceptación de la legitimidad del Pontífice, para asegurar que hay ya una infalible señal de que tenemos un verdadero Papa? Porque yo creo que S. E. no ha querido decirnos que tan luego como todos los obispos y fieles del mundo entero reciban la noticia de la elección, tan luego como el humo blanco haya salido por la chimenea de la Capilla Sixtina, ya el mundo católico tiene la prueba infalible de la legitimidad de esa elección. Si así fuera, tan luego como el cardenal camarlengo sale a la logia central de San Pedro, para decir URBI ET ORBI: "PAPAM HABEMUS... EMINENTISSIMUM DOMINUM... QUI NOMINATUR..." infaliblemente deberíamos adherirnos al recién nombrado y tener, como un artículo de fe, que el recién nombrado es un verdadero y legítimo Papa y que cualquier vicio que pudo haber en su elección estaba en aquellos momentos sanado.
Pero, esa proclamación oficial del Sacro Colegio es una noticia, una mera noticia, que puede con el tiempo ser admitida o ser rechazada, según las circunstancias lo exijan. Porque, si el elegido empieza luego a hablar como no han hablado sus predecesores, sino más bien, contrario a lo que sus predecesores habían dicho de común acuerdo; si el elegido empieza a actuar rompiendo aparentemente la tradición apostólica, las dudas primero y las protestas después empezarán a surgir luego sobre la legitimidad del elegido, precisamente porque tenemos una fe inquebrantable en la institución divina del Papado. No conocemos las circunstancias de la elección del Papa Montini, pero sí sabemos que su política, su lenguaje, su acción, su programa pontifical vino a romper el hilo de la tradición; vino a contrariar lo que sus inmediatos predecesores habían dicho de común acuerdo. Si el elegido empieza a hablarnos de "una nueva mentalidad", de "una nueva economía del Evangelio", si busca relaciones diplomáticas con los poderes comunistas, que por tantos años han derramado tanta sangre de católicos y han hecho millones de muertos, tenemos razón para dudar de la legitimidad de su elección, si no queremos dudar de la "inerrancia" de la Iglesia. La revolución interna, que se desencadenó, dentro de la Iglesia, durante el reinado del "Papa de la transición y de la Tolerancia, Juan XXIII, siguió, con mayor virulencia, después de la elección del Papa Montini. El Vaticano II pasará a la Historia de la Iglesia como una de las páginas más tristes y peligrosas del catolicismo.
Y, a medida que el tiempo ha pasado, y los acontecimientos se han sucedido y multiplicado con pasmosa celeridad, las dudas sobre la legitimidad del actual pontífice se han hecho más públicas, más convincentes, más numerosas. ¿Es Juan B. Montini un verdadero Papa? ¿Es un sincero católico? o ¿es un infiltrado en la Iglesia de Dios, que está trabajando activísimamente, con precisión milimétrica, en la "autodemolición" de la Iglesia? Jamás un Papa verdadero se hubiera atrevido a hacer y a decir, en las cosas esenciales de la fe, lo que Juan B. Montini ha hecho y dicho, con una habilidad indiscutible, en la que finge defender la verdad, que él mismo está conculcando y negando con sus hechos. No podemos pensar que Paulo VI, ni el episcopado del Mundo entero ingnoren las cosas que están pasando. Y, si sabiéndolas, no pone el remedio; si deja que el derrumbe siga adelante, ¿quién es, ante Dios y ante la historia el verdadero, el único responsable de tan tremenda tragedia?
Sus antecedentes familiares, con los caracteres predominantes en los hebreos; su endeble constitución física, su formación irregular, su actividad y relaciones en la Secretaría de Estado Vaticana, su salida de Roma, su nombramiento como Arzobispo de Milán, su elevación al cardenalato, (el acto primero que de sus poderes papales hizo el Papa Roncalli), su nueva pastoral en el arzobispado milanés, sus contactos conocidos con el grupo progresista de la "Alianza Europea", que reaccionaba violentamente contra el "centralismo" de Pío XII, su conocida influencia en el gobierno y en la misma elección de Juan XXIII, dan, a no dudarle, pie para sospechar, sobre la legitimidad del Papa Montini. No creo que sea contra la fe, ni contra mi adhesión profunda al Papado, el pensar, como una posible explicación de la actual crisis, la peor crisis que ha tenido la Iglesia, el poder afirmar que Juan B. Montini pudo, desde su elección, ser un Papa ilegítimo.
Después de lo que hemos escrito, ¿podemos todavía seguir pensando con el Cardenal Billot que la adhesión universal de la Iglesia en la elección de Paulo VI es una prueba infalible de la legitimidad de su elección?
Pero, supongamos que su elección haya sido legítima; que, al ser nombrado, Juan B. Montini era en verdad un sincero católico, aunque con ideas algún tanto desviadas por sus lecturas preferidas y por sus relaciones hechas durante los largos años en que trabajó en la Secretaría Vaticana; queda todavía la segunda hipótesis: su elección fue legítima; Juan B. Montini fue un verdadero Papa, pero dejó de serlo, por haber caído en la herejía; más aún, por haber encabezado la herejía y por haber sido depuesto, por tal causa, por el mismo Dios.
Tres son los caminos que pueden hacer que un Papa legítimo deje de ser Papa: El primero es la abdicación del propio Pontífice; el segundo por la muerte física; y, finalmente, el tercero por la defección en la fe —muerte moral- del mismo Papa, que, por su naturaleza, como ya explicamos, lleva consigo la pérdida del pontificado, ya que intrínsecamente repugna que el que ha dejado, por la herejía, de ser miembro de la Iglesia, pueda ser todavía cabeza visible de la Iglesia.
No hay duda de que los sucesores de Pedro tengan el poder para renunciar, por propia voluntad, al Papado. Porque, como ya lo explicamos, la unión del pontificado con esta persona singular, no es (como en el caso de Pedro) de iure divino, (de derecho divino), sino, presupuesta la idoneidad de la persona, tiene por causa de su pontificado, la elección humana. Pero, el efecto de la elección humana depende siempre del libre consentimiento o aceptación del elegido; y esta aceptación sigue siendo necesaria, mientras el Papa sea Papa. Porque, así como esa persona empezó a ser Papa legítimo, cuando aceptó su elección, así deja de ser Papa, cuando, por su renuncia, destruye el efecto de su elección. Y debemos, de nuevo, notar que el sucesor de Pedro, no está en iguales condiciones, ni con el mismo Pedro ni con los otros obispos, que no son Papas. No con Pedro, porque él y sólo él fue, como ya notamos, personal y directamente elegido Papa por el mismo Cristo, sin intervención humana alguna. Los demás obispos son elegidos por voluntad del Sumo Pontífice, como consta por el canon 8 de la sesión 23 del Tridentino; y, por lo mismo, pueden renunciar, pero su renuncia no tiene efecto, hasta que es aceptada por aquél que los elevó al episcopado, el Romano Pontífice. Sólo el Papa, sucesor de Pedro, está én esa especial condición, por la que puede renunciar, y su renuncia vale por sí misma. Su elección no es una obligación que se le imponga al elegido, sino una designación que exige la aceptación del elegido, como ya dijimos. Luego, asi como aceptó por su propia voluntad, así puede, en cualquier momento, renunciar por su propia voluntad. Y quitada su aceptación, se quita el prerrequisito necesario para la investidura: el Papa deja de ser Papa. Así lo declaró, con su autoridad apostólica, el Papa Celestino V, y lo decretó: "Romanum Pontificem posse libere resignare", el Romano Pontífice puede libremente renunciar a su cargo.
Según la sentencia de algunos preclaros teólogos, entre los cuales está el Cardenal Billot, la deposición de un Papa es imposible, porque no hay humana autoridad, superior al Pontificado, que pueda deponerlo. "El superior, dice Billot, no puede ser depuesto por el inferior". Sin embargo, hay otros y no menos insignes teólogos, que opinan lo contrario. Porque, si tenemos en cuenta que el Papado, en cuanto tal, está, según la institución de Cristo, supeditado a la Iglesia, debemos concluir que, cuando el bienestar de la Iglesia así lo exija, puede el pontífice indigno, por el bien universal de la Iglesia, ser depuesto de su cargo. El Papado no es un fin, sino un medio; la Iglesia es el fin, que Cristo quiso instituir para la realización de su obra salvífica. Además, como ya lo hicimos notar, con Torquemada, el Papa que cae en la herejía, que se hace indigno de ser Papa, está depuesto por el mismo Dios; la deposición humana es una mera formalidad jurídica.
Las razones, aducidas por Billot, no parecen muy convincentes. Porque, en primer lugar, no se sigue, de estos casos extremos, la falsa deducción de que el superior estaría sujeto a los inferiores. No se necesita esta sujeción, para que en casos deplorables, pero ciertos, los subditos, instruidos por la fe, guiados por la fe y la asistencia divina, que también pueden tener, vean en los actos o en los dichos de los pontífices, algunas cosas que los hacen ineptos, para el cargo que recibieron en su elección y en su coronación pontifical. Sin convertirnos en jueces del actual pontífice, en todas partes, por la lógica de los acontecimientos, hemos llegado, como ya lo demostramos ampliamente, a la tremenda conclusión de que Juan B. Montini o no fue nunca Papa o, si lo fue, ha dejado de serlo, por haber atentado contra las verdades fundamentales de nuestra fe católica, como es, por ejemplo, el Santo Sacrificio de la Misa.
La segunda razón, que Billot nos da, no es tampoco muy convincente. "La deposición de un Papa, dice, no se opone correlativamente a su elección, sino está en otro orden, en el orden jurisdiccional y potestativo; luego, no se sigue que, si la elección humana pueda elegir la persona del nuevo Papa, la deposición humana pueda, por lo mismo, deponerlo". La deposición de un Papa no es un acto propiamente jurisdiccional, sino, como ya lo dijimos, una mera declaración de que el pontífice indigno, ha perdido el puesto por la deposición misma de Dios. No es, pues, un acto propiamente jurídico, sino meramente declaratorio.
La tercera razón no es más convincente: "La Iglesia y el Colegio de la Iglesia no tiene poder alguno sobre la persona del Pontífice, fuera del acto de su elección; terminada la elección canónica, nada se puede hacer, hasta que una nueva elección, por SEDE VACANTE, pueda realizarse". Esta última razón del Cardenal Ludovico Billot me parece sencillámente una "petitio principii", es decir, presupone lo mismo que se quiere probar. Si, hipotéticamente, el gobierno de un mal pontífice está destruyendo o autodemoliendo la Iglesia, no parece conforme a la institución de Cristo, dejar sin fundamento la Iglesia, hasta que una legítima elección venga a reparar lo que se había destruido. Nótese bien que se trata de un caso de notoria gravedad, como el que estamos viendo. El mal cunde, porque el mal es tolerado; porque los pastores están dormidos o han hecho pactos con los enemigos. Más les importa hoy el así llamado "movimiento ecuménico", que la conservación y defensa de la fe tradicional y apostólica, que recibimos de Cristo.
Queda una tercera hipótesis, que implícitamente ya estudiamos y que muchos, sin fundamento sólido, juzgan imposible: el caso de que un Pontífice abiertamente abandone la Iglesia, por apostasía, por cisma o por herejía. Por apostasía, por ejemplo, si el Papa se hiciese un judío practicante. Por cisma, si no quisiera estar ya con la comunión de la Iglesia Católica. Por herejía, si declarase que él personalmente no cree en algún dogma de nuestra fe católica; por ejemplo, en la divinidad de Jesucristo, en la transubstanciación, etc. En un caso tan descarado, no sería necesaria la deposición o declaración legítima de la Iglesia, para desautorizar a un papa, que por su cuenta se había ya antes desautorizado.
Supuesto este posible caso, nada hay que nos prohiba la suposición de un posible Papa hereje, aunque aparentemente, parezca guardar la doctrina ortodoxa, como en el caso presente: porque, la prerrogativa de la infalibilidad, de la que ampliamente ya hablamos, no es una infalibilidad personal, ni constante, sino didáctica y ocasional, cuando el Papa, como Pastor supremo, quiere enseñarnos la doctrina de la fe; cuando se cumplen las cuatro condiciones del Vaticano I. Ya antes lo dije: querer canonizar a Juan B. Montini, en vida, por el mero hecho que ocupa la Silla de Pedro; querer aceptar lo que ha hecho y dicho únicamente por su investidura, es salimos de la verdad católica.
La autoridad divina expresamente nos manda el separarnos de los herejes aunque ahora, el movimiento ecumenista del Vaticano II y de nuestras jerarquías parecen llevarnos por caminos opuestos a los que la palabra de Dios nos ha señalado y a lo que la Iglesia siempre nos había enseñado. Dice San Pablo a su discípulo Tito: "Al hombre sectario (al hereje), después de una y otra amonestación, rehuyelo, sabiendo que el tal se ha pervertido y peca, condenándose por su propia sentencia". Y San Juan, el Apóstol de la Caridad Fraterna, en su II carta nos advierte: "Si viene alguno a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le saludéis; porque quien le saluda participa de sus malas obras". ¿Qué piensa de estas palabras de San Pablo y de San Juan el Papa Montini? ¿qué piensan nuestros ecuménicos prelados?
Porque las palabras de San Pablo y de San Juan están bien claras; no admiten interpretaciones. Y, como confirmación o explicación de esas palabras inspiradas, podríamos aducir el siguiente argumento teológico: Poner en peligro nuestra fe es siempre pecaminoso. Es así que el trato ecuménico con los herejes compromete gravísimamente no sólo nuestra fe, sino la fe de otros muchos. Luego ese movimiento ecuménico; esa familiar aceptación de los declarados enemigos de la verdad católica, ese "ecumenismo", que admite como observadores, en los Concilios de nuestra Iglesia, a sus seculares enemigos; que participa con ellos en actos simulados de una inaudita liturgia, que quiere complacer a los mismos errores de los que niegan y combaten nuestros dogmas; ese abrir las puertas y salones del Vaticano a un Tito y a los mayores corifeos del comunismo internacional y de judaísmo sectario, esencialmente negación de Cristo; esas legaciones secretas de los emisarios vaticanos en busca de un acercamiento con el anticristo; ese permitir ahora que los "separados" puedan acercarse alguna vez a recibir el Sacramento Eucarístico, a Cristo, real y verdaderamente presente en la hostia consagrada, a los que lo han negado y lo combaten y ahora quieren, negando a Cristo recibir a Cristo, para vejarlo una vez más y hacer que nosotros le vejemos: todo esto es pecaminoso; todo esto es sacrilego, todo esto es comprometer con el mal ejemplo la salvación de innumerables almas. Si no tuviéramos otros argumentos para denunciar a Juan B. Montini, éste sólo sería suficientísimo para desconocer su pontificado, para denunciar sus compromisos con los enemigos de la Iglesia.

NOS HABLA CAYETANO DE LA HEREJÍA Y DEPOSICIÓN DE UN PAPA HEREJE
Algunos, con Cayetano, piensan que el Papa, que ha caído en la herejía, está sujeto a la potestad ministerial de la Iglesia en orden a su deposición, y afirman que ésta es la única excepción en la doctrina general, antes ya expuesta y explicada. Otros muchos y no menos ilustres teólogos afirman que, en esta hipótesis, no hay ya lugar a una verdadera deposición de parte de la Iglesia; el Papa mismo, al separarse de la Iglesia por la herejía, ha dejado de ser Papa —¡am depositus est— porque no puede ser cabeza de la Iglesia (cabeza visible) el que ha dejado de ser miembro de la misma. La Iglesia, lo único que tiene que hacer en ese caso hipotético, es pronunciar la sentencia declaratoria de que LA SEDE APOSTÓLICA ESTA VACANTE.
Dice Cayetano: "De modo quo Papa, propter crimen haeresis deponitur, varia est opinio. Quídam dicunt quod hoc fit propter defec tum subiecti. Subiectum namque papatus dicunt esse hominem fidelem, ac per hoc, sicut deficiente vita corporal i per mortam, desinit subiectum papatus, ita deficiente fide in illo homine, qui est papa, per haeresim, desinit subiectum papatus. Fundatur haec opinio super hoc, quod fides constituit viatorem in hoc quod est membrum Christi Ecclesiae. Huic enim adiuncta propositione, scilicet quod negatio prioris inducit nega-tionem posterioris in essentialiter ordinatis, ordine causae formalis, (quae patet inductive; si enim non est animal, non est homo, et si non color nom estalbedo, et sic de alus) subiugunt. Sed esse membrum est et esse caput, sunt sic essentialiter ordinata, quod esse membrum est prius quam quod esse caput, ut patet, quia caput oportet esse membrum, sed non e converse; quod igitur non est membrum non est caput. Et sic homo carens fide, qualis est haereticus, non est nembrum Ecclesiae, igitur non est caput eiusdem, ac per hoc, cum Papa nihil aliud sit quam caput (visibile) Ecclesiae, eo ipso quod fit sine fide, fit non Papa. Et hoc est quod sub aliis verbis ab aliis dicitur, quod cum Papa fit haereticus, ipso facto, IURE DIVINO, que fit distinctio fidelium ab infidelibus, est privatus papatu. Et quando, per Ecclesiam propterea deponitur non iudicatur, ñeque deponitur Papa, sed qui iam iudicatus est, et qui iam depositus est, dum propria volúntate translatus est extra corpus Ecclesiae, factus infidelis, declaratur iudicatus et depositus". (Tract. 1 de auctorit. Papae et Concilii).
He querido transcribir literalmente en latín las palabras de Cayetano, por temor, no del todo injustificado, de que Su Eminencia, su canciller y los Abascal y Salmerón, puedan pensar que mi traducción es inexacta, fraudulenta o, por lo menos, adulterada.
Dice Cayetano: Diversas opiniones existen sobre la manera en la cual un Papa debe ser depuesto por el crimen de la herejía. Algunos dicen que la deposición es automática, por defecto del mismo sujeto. Porque el sujeto del Papado, dicen, debe ser un hombre fiel a la verdadera religión de Cristo y, por lo tanto, asi como, faltando la vida al cuerpo físico del Pontífice, deja luego de ser Papa, porque no hay ya sujeto para el Papado; así, faltando la fe en aquel hombre, que es Papa, (de iure humano) por la herejía, deja automáticamente de ser sujeto del Papado. Esta opinión se funda en el hecho de que es la fe la que pone al hombre caminante como miembro de Cristo y de la Iglesia. A esto añaden que la negación de lo mayor induce a la negación de lo menor, en las cosas esencialmente ordenadas, por el orden de la causa formal, (lo cual se manifiesta inductivamente: si no hay animal, no hay hombre; si no hay color, no hay blancura, y así de otras cosas). Pero, el ser miembro y el ser cabeza están entre sí tan esencialmente ordenados, que para ser cabeza, se necesita ser primero miembro, como es obvio, porque es necesario que la cabeza sea miembro del cuerpo, pero no que el cuerpo todo sea cabeza. Luego, lo que no es miembro, no puede ser cabeza; y como el Papa no es otra cosa que la cabeza visible del Cuerpo de la Iglesia, por el mismo hecho de perder la fe y de dejar de ser miembro de la Iglesia, deja de ser Papa. Y esto es lo que, con distintas palabras, dicen otros: que, cuando el Papa se hace hereje, ipso facto, automáticamente, iure divino, por derecho divino, por el que se establece la distinción entre los fieles y los infieles, queda privado del Papado. Y, cuando, por este motivo es depuesto por la Iglesia, no es juzgado ni depuesto el Papa, sino el que ya está juzgado, el que ya está automáticamente depuesto, cuando, por propia voluntad, él se ha puesto fuera de la Iglesia, convertido en infiel. La sentencia de la Iglesia lo único que hace es declararlo juzgado y depuesto".

Aunque sea repitiendo, conviene hacer algunos comentarios a estas palabras de Cayetano:
1) No es contra la verdad católica, ni es motivo de escándalos, ni de excomuniones lo demuestra la misma planteación del problema por Cayetano— el afirmar que un Papa, cualquier Papa, incluso Juan XXIII y Paulo VI, puedan caer en la herejía.
2) El sujeto del Papado, es decir, las únicas personas que pueden ser Papas, son los fieles, los que profesan íntegra la fe de Cristo, sine glosa, sine nutatione, sin glosa, sin mudanza, sin interpretaciones desviadas. "Predicad el Evangelio; enseñad a todas las gentes y hasta la consumación de los siglos lo que Yo os he enseñado"; lo que Cristo nos ha enseñado, no lo que los hombres han inventado.
3) Solamente la fe hace al hombre "viator" (caminante hacia la eternidad) miembro de la Iglesia de Cristo. El que no tiene la verdadera fe de Cristo no puede ser miembro de la Iglesia de Cristo, aunque en SU CREDO, que no es el CREDO de la Iglesia, Paulo VI haga a los "separados", al menos parcialmente, participantes y miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
4) Cuando el Papa se hace hereje, ipso facto, automáticamente, iure divino, por derecho divino, por el que se establece la distinción entre los fieles y los infieles, queda privado del Papado. Hay, pues, iure divino, una distinción completa entre los fieles y los infieles; entre el trigo y la cizaña. El Papa, perdida su fe o que no tuvo fe al ser elegido Papa, está entre los infieles y, por lo mismo, no puede ser Papa, cabeza visible de la Iglesia militante.

Aquí se plantea una cuestión, de la cual ya antes hablamos, que conviene esclarecer: Si la pérdida de la fe hace que el hombre quede fuera de la Iglesia, ¿se necesita que esa fe sea externa o basta con que sea interna! A lo que yo respondo que "aunque de internis non iudicat Ecclesia" (de las cosas internas no juzga la Iglesia —a no ser su Eminencia y su canciller Reynoso, que sí saben y suelen hacerlo) a mi humilde modo de ver, basta la pérdida interna de la verdadera fe, para que el hombre, que tiene esa desgracia, aunque sea Papa, deje de ser miembro de la Iglesia y de pertenecer al Cuerpo Místico de Cristo; porque Dios sí juzga las intenciones y, aunque el hombre disimule, Dios sabe muy bien cuándo y por qué éste ha perdido la fe y ha quedado, por lo mismo, fuera de la Iglesia. Por lo que toca a las consecuencias externas y jurídicas que esa pérdida de la fe lleva consigo, me parece que es imposible que se dé, por algún tiempo, más o menos largo, el doloroso caso de tener una "SEDE VACANTE", a pesar de tener externamente un hombre que se diga Papa. Aquí está la posibilidad de las "infiltraciones" y de las "simulaciones". Aquí tenemos la posibilidad, evidente de que un cardenal, que no es cardenal, porque, en su interior no tiene la fe católica, pueda ser elegido como Papa, sin que esa elección, de iure ecclesiastico y pontificio aparentemente válida, sea de iure divino legítima , ni válida. ¿Cómo puede ser ante Dios verdadera cabeza de la Iglesia (aunque sea visible) un hombre que no es en su interior católico, sino que profesa en su corazón doctrinas específicamente opuestas a las enseñadas por Cristo; doctrinas que han sido condenadas por la Iglesia? Luego, si, hecha la elección, se comprobase después la infidelidad del elegido, seguinanse dos cosas: la evidencia de que la elección, aparentemente válida, había sido in radice inválida, por el impedimento dirimente, que el elegido no era miembro de la Iglesia, por no ser católico; y seguiríase, además, que la Sede Apostólica, aparentemente ocupada por la persona del intruso, estaba en realidad VACANTE; no habia Papa.
Otro punto importante; no pudiendo juzgar la Iglesia el interior del hombre, sí puede juzgar su exterior; sus palabras y sus hechos; y, cuando éstas y éstos no están de acuerdo con la fe tradicional, la fe apostólica —sobre todo de una manera cumulativa y pertinaz— la Iglesia puede juzgar, como ya vimos antes, al Pontífice dudoso, y si éste no se retracta, si no esclarece su posición católica, la Iglesia puede pronunciar la sentencia de que no tenemos Papa, de que la Silla de Pedro está vacante.
Pero, ¿quién es el que puede y debe hacerlo? Desde luego, todos los católicos y más los clérigos, si están debidamente preparados, puede formarse un juicio y aún externarlo, cuando hay evidencia en las objeciones dogmáticas contra los hechos y dichos del que ocupa la Silla de Pedro. La evidencia engendra la certeza. Pero, no se trata de un juicio particular, sin resultados jurídicos; se trata de juicio oficial, que esclarezca la situación y obligue al Papa a definir su fe y a actuar conforme a ella, o a dimitir.
No puede hacerlo un Concilio General, porque éste sólo lo puede convocar un Papa legítimo y porque sus decretos, definiciones y constituciones, para tener valor, han de ser aprobadas y promulgadas por un Papa legítimo. Pero, como dice Bellarmino, es evidente que la Iglesia, en estas circunstancias extraordinarias, ha de tener un medio para echar al intruso y salvar el rebaño. En estas circunstancias excepcionales, como en el Cisma de Occidente, es la Iglesia, es el clero de Roma, son los cardenales, son los obispos, son los mismos príncipes temporales los que pueden juntarse para exigir al Pontífice sospechoso de herejía, el que de una manera clara, solemne, pública, defina su posición, retracte sus equívocos y no con discursos turísticos, sino con un documento, si es preciso ex cathedra, condene la herejía y restablezca la unidad de la fe católica. Es este grupo el que puede exigir el Pontífice, de cuya ortodoxia se duda, que restablezca las censuras canónicas, reconstruya la integridad del Santo Oficio, cuya misión imprescindible y sagrada es la defensa del Depósito de la Divina Revelación. Este, llamémoslo así.
Concilio Imperfecto, no juzga propiamente al Papa ni lo depone: es el Papa el que voluntariamente y por sus compromisos aparentemente se ha puesto fuera del Cuerpo de la Iglesia; es, en estos casos, el mismo Papa, el que ya está juzgado y depuesto por el mismo Dios. La sentencia no sería sino una pública y solemne declaración como ya dijimos, de que hay SEDE VACANTE, de que no tenemos Papa. Pero esto, notadlo bien, no significa que el Papado haya dejado de existir.
Los argumentos expuestos por Cayetano, apenas si tienen algún valor para el Cardenal Billot: Se demuestra, dice, que ni por derecho divino, ni por derecho humano, el Papa hereje, está ipso facto, automáticamente privado del pontificado, por la siguiente razón: los otros obispos, si son herejes, no están, por lo mismo, ni por derecho divino, ni por derecho humano, privados de su episcopado; luego, ni tampoco el Papa. La consecuencia es clara, porque la condición del Papa no puede ser inferior a la de los Obispos. El presupuesto se prueba así: el obispo, que interiormente discrepa de la fe católica, se hace un verdadero, propio y perfecto hereje, pero no por eso está privado de su obispado. En este proceso hay dos proposiciones:
1a sólo por el acto interior queda en la categoría de un verdadero hereje; y esta proposición es evidente.
2a Este obispo, hereje interior, no está excomulgado, no ha perdido su jurisdicción, porque no puede excomulgar, ni deponer la Iglesia, a quien no puede juzgar. "De donde se sigue, dice Billot, que el fundamento de Cayetano, que para la herejía basta el acto interior es falso, y, por lo tanto, que, por un acto interior, nunca se pierde la jurisdicción". He aquí el argumento de Billot: "Por la herejía interior y oculta no pierde un obispo su poder: luego nunca un obispo hereje queda privado, ipso facto, de su episcopal jurisdicción. Luego, ni el Papa, que no es de inferior condición a la de un obispo". Pero, debemos considerar que no estamos hablando aquí de la herejía, en cuanto es pecado contra la fe, en el fuero interno de la conciencia, que sólo Dios conoce, sino simple y sencillamente de la herejía, que tiene fuerza para separar a un hombre de la Iglesia, del cuerpo visible de la Iglesia y que se opone directamente a la profesión de la fe católica. Tal herejía no es la herejía interior y oculta, sino la exterior y notoria. No hablamos aquí, en el actual caso de la Iglesia, del que ocultamente, en su interior, no cree, sino del que abiertamente manifiesta discrepar de las verdades que la fe católica impone a todos los fieles, bajo pena de eterna condenación. Esta herejía rompe el vínculo, por el cual pertenecemos a la sociedad religiosa de nuestra fe católica, y, consiguientemente, se pierde luego la razón de ser miembro de la Iglesia, con todos los títulos que esencialmente presuponen esta filiación. Puesta, pues, la hipótesis de que un Papa puede ser notoriamente hereje, sin duda debemos admitir que, por lo mismo, ¡pso facto, perdería la potestad pontificia, al salirse, por propia voluntad, del Cuerpo de la Iglesia, haciéndose infiel, como dicen bien los autores.
Aunque sea brevemente, creo conveniente tocar el punto de la "herejía" oculta, que, como hemos visto, a muchos autores no les parece razón suficiente, para la pérdida de la jurisdicción, ni en los obispos, ni el Papa. La pérdida de la fe, aunque sea oculta, no es solamente un pecado grave, por el cual se rompe la amistad del hombre con Dios; es, además, la total ruptura de todo vínculo que une al hombre con Dios. Por otros pecados, aunque sean graves, se pierde la caridad, la amistad con Dios, la gracia satificante, la filiación divina; pero por la herejía se pierde la raíz misma de nuestra justificación por Jesucristo. ¿Cómo puede, en estas circunstancias, conservar la legítima representación de Jesucristo, el que, negando la fe, rompió toda verdadera relación con El? Es verdad, como dice Santo Tomas, que la potestad sacramental del obispo o del Papa no se pierde ni por éste ni por ningún otro pecado, porque esta potestad se funda en un carácter indeleble; pero la jurisdicción, que no imprime carácter, ¿cómo puede permanecer en el que interiormente ha perdido la fe? ¿Cómo puede representar a Dios, el que ha negado por la pérdida de la fe la autoridad de Dios? Luego, pienso yo, aunque la Iglesia no pueda juzgar de internis, de las cosas ocultas en la conciencia, Dios sí puede juzgar y puede, como antes dije, deponer al que infielmente traicionó el DEPOSITUM FIDEI, el depósito de la fe, que El le había confiado. Ante Dios ese hereje interno ya no es Papa; no tiene jurisdicción alguna. El seguirá actuando como Papa; probablemente su falta de jurisdicción la suplirá la Iglesia, y los actos que de esa aparente jurisdicción puedan seguirse tendrán valor por la Iglesia, no por el papa u obispo herejes ocultos, que carecen ya de toda jurisdicción.
Piensa el Cardenal Billot, apoyándose en las palabras evangélicas: "Yo rogaré por tí, para que tu fe no desfallezca, y tú, ya convertido, confirma a tus hermanos", (Luc. XXII, 32), que la hipótesis de la herejía de un Papa es irrealizable; pero las razones, que aduce, no convencen. Tenemos, en primer lugar, que la infalibilidad pontificia, de que habla el Vaticano I, es una infalibilidad meramente didáctica, que no hacen al Papa personalmente ni infalible, ni impecable. El Papa, cualquier Papa, incluso San Pedro, después de Pentecostés, han podido y pueden errar, aún en asuntos de fe o relacionados con la fe. La actitud vigorosa de San Pablo en Antioquía, contra la actitud equívoca de San Pedro, respecto de los judaizantes, nos demuestra que el Papa, por el hecho de ser Papa, no es siempre infalible, ni personalmente impecable; que puede engañarse, aun en cosas relacionadas con la fe.
Que esas palabras de Cristo no sólo fueron dichas a San Pedro, sino a todos sus sucesores, la tradición apostólica lo demuestra, como nos dice el Cardenal Billot; pero, como el mismo purpurado reconoce, esas palabras se refieren a la persona pública del Pontífice, que enseña ex cathedra las verdades de la fe y de la moral, contenidas en el Depósito de la Divina Revelación; y no creo que haya razón alguna para aplicar esas palabras del Divino Maestro a la persona privada del Papa, como una garantía de preservación de que caiga personalmente en la herejía. El argumento de Billot nimis probat, no prueba nada. Se le da al Pontífice el cargo de "confirmar en la fe a sus hermanos". Y Cristo, que fue siempre oído por su Padre, por la reverencia que se le debe, pide por la fe de Pedro y de sus sucesores. Luego, concluye victoriosamente Billot, el Papa goza del don de una fe indeficiente. De ser así, seguiríase que el Papa, todo Papa, por el mero hecho de ser sucesor de Pedro, no sólo gozaría del don de una fe indeficiente, sino de una impecabilidad absoluta, ya que las buenas obras nacen de la fe, así como las malas obras nacen de la falta de fe. Una fe, garantizada por la eficacísima oración de Cristo, una fe viva, como parece implicar la argumentación de Billot, no podría compaginarse con el menor pecado. Pero, la historia de la Iglesia nos demuestra, con luz meridiana, que ha habido papas pecadores, muy pecadores; luego ha habido papas, cuya fe ha sido deficiente. El mismo Pedro, después de la oración de Cristo, tuvo sus debilidades en la misma fe, como nos lo da a entender el mismo Cristo "y tú, ya convertido, confirma en la fe a tus hermanos". Luego supone Cristo que la fe de Pedro ha de desfallecer, puesto que afirma que ha de convertirse, para confirmar en la fe a sus hermanos. La oración de Cristo, ¿es para que su fe, la fe de Pedro no desfallezca o para que, después de desfallecer, Pedro se convierta? Si afirmamos lo primero, tendríamos que decir que la oración de Cristo no fue oída, pues la fe de Pedro, desfalleció. Si afirmamos lo segundo, tenemos que afirmar que la fe de Pedro y de sus sucesores puede desfallecer y que, la oración eficaz de Cristo alcanzará las gracias necesarias para la conversión a Pedro y a los sucesores de Pedro, sin que, por esto, podamos afirmar que esas gracias harán infaliblemente cierta la conversión de Pedro y de sus sucesores, ya que está de por medio la libertad del hombre.
¿Ha confirmado el Magisterio del Papa Montini la fe de los católicos, o, por el contrario, ha servido para crear la confusión, para hacer desfallecer o perder la fe de muchos, muchísimos en el pueblo católico? ¿Podemos decir que esa tolerancia con los más graves errores y los más graves pecados ha sido el fruto de la oración de Cristo? ¿Podemos admitir que la supresión del Santo Oficio, de las censuras canónicas, del augusto Sacrificio del Altar ha sido el fiel cumplimiento del mandato de Cristo, para que Paulo VI confirme en la fe a sus hermanos? ¿Podemos pensar que ese "ecumenismo" traicionero y entreguista es también el fruto de la oración del Señor? ¿Podemos compaginar las evidentes contradicciones de la Iglesia preconciliar y la Iglesia postconciliar con la confirmación en la fe, impuesta por Cristo, como el mayor deber, a todos los sucesores de Pedro? ¿Confirmó en la fe a los obispos y a los sacerdotes Paulo VI cuando suprimió el "Juramento Contra el Modernismo", impuesto por San Pío X, cuando eliminó también la "Profesión de Fe Tridentina", cuando hizo a un lado las preces leoninas, que, después de la Misa, rezábamos los sacerdotes con el pueblo? y todo esto en las circunstancias más angustiosas para la Iglesia.
Pero, sigamos comentando la argumentación del Cardenal Ludovico Billot, para probar con las palabras de San Lucas la imposibilidad absoluta de que un Papa puede caer en la herejía: "Yo rogué por tí, para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos". "At cui, quaeso, impetratur? ", ¿para quién pide? pregunta el Cardenal. An personae abstractae et metaphysicae, an potius personae reali et viventi, a qua esse debet confirmatio caeterorum? ¿Por ventura pide esto Jesucristo para una persona abstracta y metafísica o, más bien, para una persona real y viva, por la cual han de ser confirmados en la fe los demás? Y nota que, aunque el pontífice cayera en una herejía notoria, aunque ipso facto perdiese el pontificado, sin embargo, antes de perder la potestad, debería caer en la herejía, y, por lo mismo, la defectibilidad de la fe siempre podría asociarse con el oficio de confirmar en la fe a sus hermanos, lo cual la promesa de Cristo parece excluir enteramente".
Esta salida del Cardenal es, salva reverentia, un enorme sofisma: es evidente que, mientras el pontífice no pierda la fe, tiene la potestad y el mandato para confirmar en esa misma fe a sus hermanos; pero, perdida la fe, a no ser que se convierta, ya no puede confirmar en la fe a sus hermanos. La oración de Cristo es, en cierto modo condicionada, supone la voluntaria correspondencia de la voluntad libre de Pedro a la gracia que Cristo, con su oración, le alcanza. La oración de Cristo tiene toda la eficacia, porque obtiene la gracia necesaria para la conversión, pero esa eficacia no es determinante, sino suponiendo la libre correspondencia de la voluntad humana. En la Cruz pidió Cristo por todos el perdón, en su primera palabra; y, sin embargo, de los dos ladrones con El crucificados, sólo uno alcanzó misericordia, porque sólo uno respondió a la gracia redentora. No creo que la oración de Cristo por Pedro y sus sucesores haya sido predeterminante, asegurando para ellos una infalibilidad constante, incompatible con una equivocación, con un error aún en asuntos de la fe, excepción hecha, no por mí, ni por ningún teólogo, sino por el Vaticano I al definir el dogma de la infalibilidad didáctica del Pontífice, supuestas las cuatro condiciones de la definición conciliar.
Ni veo dificultad alguna para afirmar lo que, a continuación, nos dice el Cardenal Billot como absurdo: "¿Se puede decir indefectible una fe, que no puede errar, que es didácticamente infalible, cuando nos define lo que todos los fieles debemos creer como cosa de fe y que, sin embargo, personalmente puede sufrir naufragio en la fe?" La ¡ndefectibilidad pontificia está ordenada a la "inerrancia" de la Iglesia, no a beneficio personal del pontífice, que, como individuo, tiene que ganar, con su fidelidad, su salvación eterna. No veo ninguna incompatibilidad entre los errores y herejías particulares y aún públicas de un Papa con el carisma de la "infalibilidad didáctica", que en su Magisterio ex cathedra tiene prometida por Jesucristo. El argumento de Billot es éste: semel bonus, semper bonus, algunas veces (en las condiciones que definió el Vaticano I), el Papa es infalible, luego siempre tiene que ser infalible, luego no puede equivocarse, no puede caer en el error.
Ciertamente son gravísimos, como ya lo estamos viendo, los males, que se siguen de los errores de un Papa o de un Concilio. Pero, debemos tener en cuenta que Dios, que, en el orden natural, respeta la libertad humana, no porque quiera el pecado, sino porque, según la economía de su Providencia inescrutable, El pide la cooperación de nuestro libre albedrío y la fidelidad a sus auxilios divinos. Así Dios, por el don gratuito de la "infalibilidad didáctica" garantiza la enseñanza oficial de su Iglesia, la preservación del Depósito de la Divina Revelación; pero, en su divina Sabiduría, en su Justicia infinita, pide tembién la personal cooperación del hombre, que es Papa, para que pueda alcanzar él su eterna salvación. La elección papal, ya lo dijimos, no hace al Papa personalmente ni impecable, ni infalible, ni predestinado para el cielo. El don de la "infalibilidad didáctica" garantiza a la Iglesia, pero no grantiza personalmente al Papa, como quiere Billot.

EN CUALQUIERA DE ESTAS DOS HIPÓTESIS, LA CONCLUSIÓN ES LA MISMA: NO TENEMOS PAPA
A medida que el tiempo ha pasado y los acontecimientos se han seguido, las dudas sobre la legitimidad del pontificado de Juan B. Montini han crecido, se han hecho más públicas y más convincentes, en todo el mundo. ¡Jamás un Papa verdadero se hubiera atrevido a hacer y decir, en las cosas esenciales de la fe, lo que Paulo VI ha hecho y ha dicho, con una habilidad indiscutible, con la que finge defender la verdad, que él mismo está conculcando y negando con sus hechos. No podemos pensar que Paulo VI, ni el Episcopado del mundo entero ignoren las cosas que están pasando. Y, si sabiéndolas, no ponen el remedio, si dejan que el derrumbe siga adelante, ¿quiénes son, ante Dios, ante la Historia, ante sus propias conciencias los verdaderos responsables de tan tremenda tragedia?
Supongamos que el Papa Montini, al tiempo de su elección, era un sincero católico, un tradicionalista verdadero; supongamos que su cambio se desarrolló progresivamente por las presiones, por los compromisos, por las influencias de las personas que le rodean; en tal caso, vuelvo a preguntar: ¿está a salvo todavía su fe católica? si la ha perdido, ¿sigue siendo Papa? Y, si no la ha perdido, si por debilidad está tolerando pacientemente la subversión más espantosa dentro de la Iglesia, ¿no es todavía mayor su responsabilidad y su culpabilidad? Porque es pueril, es inadmisible querer exonerarlo de toda responsabilidad y de toda culpa, diciendo que él ignora lo que en la Iglesia está pasando.
¿Podemos todavía seguir pensando con el cardenal Billot, que la legítima elección, que como hipótesis, nada más como hipótesis concedemos, de Juan B. Montini para el pontificado y la pacífica aceptación de la Iglesia sigue siendo una señal infalible de que él es un verdadero Papa, la roca inconmovible, el fundamento de la Iglesia, el principio de unidad, de cohesión, de estabilidad de la Iglesia? Ante el desastre que vemos, ¿no es ésta una veidadera "papolatría", un culto indebido al hombre sobre Dios mismo?
Pero, hay que tener en cuenta que en la Iglesia nunca ha existido esa universal adhesión a Paulo VI. Desde su elección hubo muchos prelados, sacerdotes, fieles y hasta príncipes de la Iglesia que vieron con temor y con zozobra el viraje peligroso que el Vaticano estaba dando hacia la izquierda, hacia el comunismo nihilista y pulverizador. Y ese malestar, esa inconformidad, esa inquietud, esa desconfianza han seguido creciendo de día en día, desde que el Papa Montini tomó en sus manos el timón de la Iglesia. Sólo los inconscientes o los comprometidos siguen todavía esperando el prometido "Pentecostés" y la "nueva primavera" de la Iglesia. Una sola voz autorizada, que tuviese el valor para hablar claro, en alta voz, lo que se comenta en los corrillos de las sacristías o en las charlas íntimas de los eclesiásticos, que no han claudicado, que lloran, tal vez, en silencio, la tragedia espantosa de nuestra Iglesia, sería bastante para que la protesta cundiese como pólvora por todo el mundo y exigiese la libertad de la Iglesia, ahora esclavizada por sus enemigos, que, infatigablemente están "abriendo abismos" y están haciendo la "demolición" de la Iglesia Católica.
¡No prevalecerán! , lo sabemos; el triunfo final no será de ellos; pero, mientras tanto, la fe se pierde en muchas almas; la juventud y la niñez crecen desviados por los caminos de la perdición, emponzoñados por los mismos sacerdotes y monjas o Hermanos, a los que sus padres habían confiado la educación cristiana de sus hijos. ¡Esto es criminal! ¡Esto es intolerable! ¡Esto es una promoción satánica, para arrastrar a las nuevas generaciones a engrosar las filas de los demoledores!
Como lo indiqué en mi libro "LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA", yo divido a nuestras jerarquías, y divido al clero, y divido a los católicos en general en tres grupos manifiestamente distintos: al primero —muy numeroso, por desgracia— pertenecen todos aquellos, que han perdido, si alguna vez tuvieron, la fe. No creen en nada; buscan tan sólo su carrera; llegar a ser obispos, y, si es posible, ¿por qué no? , a ser cardenales —la ambición de su vida—; buscan su posición social, sus intereses económicos: el "apostolado-negocio", no el "negocio del apostolado" de los colegios, de las universidades católicas, en donde, a precios elevados, se da, muchas veces, una deficiente educación a los hijos de los ricos. Al segundo grupo le falta cabeza, para darse cuenta de la tragedia, para darse cuenta de lo que está sucediendo. No tienen la ciencia y, aunque ven que las cosas andan torcidas, con una obediencia absurda que los tranquiliza, dejan a Dios las cosas, para que El nos dé la solución debida. Este grupo hace mucho daño, por el chantage de la "obediencia", que "opportune et importune, predican a todas horas y en todas partes. Y, finalmente, al grupo más numeroso le faltan "pantalones", les falta valor para defender sus creencias. Saben muy bien lo que está pasando, pero no quieren problemas, no desean tener conflictos con sus prelados; no quieren "ser excomulgados" o "suspensos"; no quieren perder sus prebendas o sus puestos de mando. El fenómeno es curioso, lamentable, increíble, pero, por desgracia, muy frecuente y muy humano. Es la confirmación de la verdad psicológica que encerraba la célebre frase del antiguo caudillo de la Revolución Mexicana y Presidente de México, Alvaro Obregón, que decía con gracia: "No hay general, que resista un cañonazo de cincuenta mil pesos". ¿Verdad que sí, Luis Reynoso Cervantes?

UNA PRUEBA QUE CONVENCE
Para dar cierta variedad a la lectura de este libro y para confirmar la responsabilidad de la jerarquía católica, incluyendo al Papa Paulo VI, en la actual "demolición" de la Iglesia, voy a copiar y comentar aquí un documento, recientemente llegado a mis manos, que tiene un valor incalculable —casi tan grande como los documentos del Cardenal Tisserant— que nos delata la corrupción que hay en la Iglesia, o mejor dicho, en la Compañía de Jesús, sin que haya nadie que se anime a levantar la voz de protesta para exigir un pronto e inaplazable remedio, que no puede, en el presente caso, ser otro que la supresión inmediata de esos seminarios, que están en manos de los jesuítas. Helo aquí:
"DESPEDIDA DE MOCTEZUMA: 14, 15, 16 de mayo de 1972. A la IX Generación". —Asistimos unos 80 Ex-alumnos (sacerdotes). Nuestra IX Generación estuvo representada por 9: Juan Arteaga (Méx.), Rafael Chávez (Mor.), Carlos Díaz (Mat.), Jorge Hope (Ags.), Mauro Iñiguez (Zac), Salvador Michel (Guad.) José Ma. Ruiz (Cuern.l, Domingo Sedaño (Cuern.), y Simón Trujillo (Guad.). Predominamos los FUNDADORES.
Domingo 14: recorrimos todas las dependencias: La Capilla con su Morena, los corredores, las "vías", el torreón, etc. Nosotros, los de la Generación IX rodeamos el Filosofado, la clase de 2o; vimos la Gruta, subimos la escalera... LATINOS FUNDADORES: desapareció el LATINADO... Pisamos los campos de juego; bajamos al Panteón... ¡ALLÍ ESTA... Papá Fernández...! En el Comedor -12 n.m. fue la bienvenida. El rector comenzó a remarcar que nosotros los visitantes veiamos "cambios" en los alumnos actuales... hasta parecemos sospechosos los "seminaristas...", que los cambios nos chocanan... A tanto insistir... nos vimos contrapuestos. ... como una "vieja ola"... a la "nueva ola". El presidente de la UGESM, el P. Salvador Michel respondió a la "bienvenida": "Vinimos a dar gracias a Dios y a los obispos mexicanos y norteamericanos... de parte de todos los montezumenses... Somos 1.500 sacerdotes... Somos fuerza. . . Somos la quinta parte del clero mexicano. Por Montezuma fue posible la unidad nacional del clero nacional..." Aludiendo a la "vieja y nueva ola" recordó que "también nosotros fuimos último modelo". A las 5.30 p.m. fue la Misa concelebrada: todos los visitantes y los "jesuítas". Presidió el Rector. A las 8 p.m. Panel para hablar de las razones del cambio de Montezuma, N. M., Estados Unidos de América, a Tula, hidalgo, México. El Rector dice que el cultivo de la Vocación al Sacerdocio exige "modalidades nuevas", que correspondan a la "revolución cultural presente". La idea con la palabra "cultura" dio lugar a cotorreo (Comentarios). . .
Lunes 15: 9 a.m. Convención de la UGESM. Por voto unánime, debe continuar la existencia de la UGESM... (Hace tiempo que flota la idea... de que... ¿para qué sirve... si no nos llegan beneficios de ella? ). Pero se hizo un nuevo examen, estimulados por los tiempos nuevos... Han de pertenecer a ella los que se comprometan formalmente al Plan de Servicios. Ya tendremos la información al respecto. En la comida —12 p.m.— se honró al P. Francisco Javier Garibay por sus 50 años de jesuíta y al P. Angelo Savarino Maruchi..., el MAESTRO, por sus 50 años de sacerdote.
(A salud de Udes. y para despedir por Uds. al Hermit's Peak. . . Hope, Chávez, Ramires —humorista, el hombre que nació sin FOMES... Rafael Hernández, LA RANA, -León, Gto.- subieron hasta la cima y desde ahí despedimos al Truchas Peak, el manantial del Hermit's, los peñascos, la bajada, el Porvenir, las cañadas, las presas... todo queda allí... A las 5.30 p.m. Misa concelebrada; fue al rededor de la Virgen Blanca, Recién ordenados subdiáconos, rezamos ante ella... los primeros oficios... Y, después de la cena, el fut del recuerdo... Michel metió un gol de aire... monumental... —todavía no se sabe si fue "condición" o el chíripazo del siglo... En el partido del basket faltó el "formativo" de Carlos Díaz. A las 8.30 p.m., en el comedor "admiramos" al conjunto "La Fauna", cuatro teólogos jesuítas con melenas, barbas, vestimenta ad hoc. El jesuíta Enrique Maza García, les presentó. Dijo que éstos "evangelizan" en estos cambios... con la "música" monótona, estridente, con los gritos epilépticos del baterista... con "ideas de amor y paz, de injusticia y. . . ya estamos saturados de cambios, sobre todo con los cambios de los "seminaristas", con las "tías" y las "primas"... echando mucho "love and peace". Con esa indigestión, ya no aguantamos el "diálogo" con los "actuales".

Martes 16: Las sesiones de la Convención se desarrollaron con creciente interés. Se fijaron OBJETIVOS a la UNION NACIONAL. Quedaron elegidos los responsables de los diversos SERVICIOS. Se aprueba ofrecerles un paseo por la República a las Madres de Montezuma. Y, por mayoria de votos, quedó elegido el nuevo EQUIPO director de la UGSM, y EMIGDIO VILLARREAL como presidente (Apart. Post. 60, Colonia del Valle, Monterrey, N. L.). -A las 5 p.m.) Panel para hacer cuentas en dólares sobre lo gastado en 35 años; que cada uno de nosotros costó lo que vale un "pontiac de altura": 3.000 dólares. El arzobispo de Santa Fe no pudo asistir a la cena en su honor. En la última Misa concelebrada, habló el P. Nicanor González (Nica) y Manuel Enriquez (Tepic). El acto final fue la "fogata". Sin programa, desmadejado. Pero habló Jorge Hope: con hondo sentimiento describió el auténtico Montezuma, el de la ciencia, el de la piedad, el humano, el romántico. Fue destacando nombres de AQUELLOS JESUÍTAS EGREGIOS. . . que FORMARON SACERDOTES para la Iglesia, para México... El cielo era nitido, las estrellas eran pequeñitas, lejanas... hacía frio... nos vimos allí por última vez los que compartimos un espíritu y somos un mismo cuerpo... sí, algo distantes de aquellos "seminaristas" actuales... Nos pusimos de pie para entonar las golondrinas, las yucatecas... Y ¡Adiós! ¡Adiós a un pasado —que CONSTRUYO un presente sólido—! lanzado a un porvenir jubiloso y heroico.
Miércoles 17: enfilamos hacia nuestra casa. Algunos llevaron su transporte propio. El autobús de la Alteña se desprendió a las 6 a.m. de aquella Casa Solariega, estuche ahora lejano —de sueños, de proyectos, de sacrificios, de vidas... Pasamos frente a Papá Fernández... le dijimos: "hasta pronto: échale más carga a Dios por nosotros..." Al doblar la peña de los suspiros... no pudimos evitarlo: allí fue la última vez que vimos a Montezuma, así, en la penumbra de mañana, para entrar en el horizonte de lo memorable; pero también en lo vigorizante del alma. Por último, la mirada postrera al Rancho, a Los Vigiles, donde algunos enseñamos catecismo... Las Vegas... y ya no había qué contemplar".
Y, después de esta descripción de! programa de esos tres días, que respira calor, ideales y gratitud, viene otra carta "CONFIDENCIAL":
"Lo siguiente es una información. Úsenla para utilidad, conforme a su recto criterio. Para esta información, recuerden que asistimos unos 80 Ex Alumnos y que fuimos TESTIGOS DIRECTOS.
Completamos lo que vimos con datos de los mismos "seminaristas", de la gente que los ha tratado asiduamente. Todo es objetivo, comprobable, demostrable.
"En Montezuma actual, no hay oraciones, meditación. Misa común, rosario, visitas al Santísimo Sacramento. No oye uno hablar de Dios, de la Iglesia, del Apostolado, de las almas. Desapareció el ambiente de piedad, de reverencia a lo sagrado. Ni jesuítas, ni alumnos visten sotana. El ambiente actual es el de una institución laica, mundana, naturalista, Las conversaciones versan invariablemente sobre temas temporales, profanos, superficiales, con caracteres demagógicos. La cultura humana se manifiesta de baja calidad. La intelectual, es variable en calidad, pero hasta un nivel de información acorrientada. Los chistes entre ellos son burdos, grotescos, bajos. Hacen alusión de carácter sensual, sexual y hasta homosexual. En las salas, estudios o dormitorios tienen posters (cartelones: cuadros de guerra, de personajes artistas, hippies, de mujeres semi-desnudas o desnudas. Hay signos hippies. Su lenjuaje es agresivo, de oposición, de contradicción, egoísta, condenatorio, individualista. Vemos rostros de gente con hastío, fatigada, indiferente, pasiva, desconfiada, resentida. Manifiestan vivir un desarrollo en un ambiente artificial, impositivo, insatisfecho, tenso. No ve uno personalidades libres; sino víctimas de un encuadramiento ajeno. No oímos hablar de ideales espirituales, sobrenaturales, apostólicos. Ningún entusiasmo por las artes. Las composiciones literarias, las poesías, la música bajaron a lo mediano, a lo mecánico, a lo pedestre. Se manifiestan infatuados, distantes de nosotros, encastillados en sus actitudes. El aseglaramiento es patente... tanto en "superiores" como en alumnos. Cualquiera mujer puede entrar al seminario, a cualquiera dependencia, a cualquiera hora. Las "tías" y las "primas" son jóvenes o adolescentes, "amigas" de los "seminaristas". Pueden entrar a los dormitorios, sentarse a comer, salir, de los dormitorios a la UNA Y MEDIA de la mañana. Los vimos en Las Vegas —a donde pueden ir cuando quieran, con tal de "avisar" saludando con los dedos en V, como hippies. Frecuentan cines, centros nocturnos, burdeles. Uno de nosotros se cachó a un "teólogo" con una muchacha, que tenía un niño en sus brazos. La muchacha le decía a él: "ESTE NIÑO HA DE SER TUYO". Por testimonio de las mismas gentes, que siempre han reconocido a los "padres" de Montezuma, el Seminario está convertido en escándalo para las Vegas y para los pobladitos aledaños al mismo Seminario.
En los edificios hay capillas con reserva del Santísimo Sacramento. Allí "celebran Misa". Los "jesuitas" sacerdotes NO usan ornamentos. En camisa, en camiseta sport, con presencia de mujeres, "consagran" GALLETAS SODA, comunes y corrientes. Dos compañeros nuestros comulgaron (¿) con esas galletas. A veces "celebran la Misa" en los mismos dormitorios, sentados en las camas. Oímos burlas para la liturgia... "que anda de la patada".
En la fotaga del martes 16, mayo, 1972, vimos a corta distancia verdaderos romances entre alumnos y pochitas (mexicanas de gente humilde, nacidas en los Estados Unidos). Allí estaba el rector y los "superiores" viéndolo todo. Los mismos "jesuitas" tomaban parte en las guasas a las muchachas. Una pareja se aventó a bailar una polka. La muchacha era una gordita, blanca... El señor... era un señor alto, peludo, con patillas abultadas, con camisa de colores, con una mascada de colores al cuello, pantalones acampanados, zapatos combinados. "ERA UN SACERDOTE JESUÍTA". Después lo estábamos contemplando en grandes poses con la gordita, a metro y medio. Los "jesuitas" ya no visten sotana; visten en su mayoría sin saco. Sólo para esperar al Arzobispo de Santa Fe, vimos al rector y a los "padres" con traje negro y corbata. No se distinguen de los "formandos". Anda un "jesuíta" con barbas, con su medallón hippie, suéter sport. A otro, los alumnos lo llaman el "hippie". Hay uno de los "formadores" que trata a sus "formados" a "puras madres", a puro lenguaje de carretonero. . . y los alumnos lo tratan Ídem. . .
Udes. reflexionen. Nosotros convenimos en INFORMAR: a la Delegación Apostólica de México, a la Presidencia del Episcopado Mexicano, a los Obispos que tienen seminaristas con estos "jesuítas", a los padres de familia de esos seminaristas y a todos los Montezumeses. Es decir: se hará un Memorándum como mera información. Seria el primer acto de parte nuestra. Cumplo, conforme al encargo que me han dado, pasar a Udes. estos datos. Queda a disposición de Udes esta información, para que activamente propongan su parecer sobre la situación del Montezuma que aquí "continúa" y los medios pertinentes para modificar lo que Udes. vean que ha de modificarse. De Udes. afmo. s.s. P. Rafael Chávez Calderón. —Las Fuentes 17, México (22). D. F. Teléf.: 5-73-29-38.
"Dentro de poco tiempo podré anunciarles el lugar y la fecha de la 1a. Reunión de nuestro Grupo. Atte.

¿Qué comentarios merece ese "confidencial" documento, escrito por un sacerdote de espíritu, que puede testificarse por 80 sacerdotes mexicanos? ¿Qué pensar de esos "educadores", de esos "falsos jesuítas", a quienes las diócesis de la República Mexicana habían entregado sus mejores alumnos para que recibiesen la prestigiada "formación" de la antigua Compañía de Jesús? ¿Ignoran, por ventura, nuestros prelados, ignora Roma esa degeneración, ese mayúsculo escándalo, ese asqueroso truco, que los "jesuítas de la nueva ola" están haciendo con los futuros sacerdotes de nuestro país? Más interesa al Vaticano y a nuestra jerarquía, según parece, "el cambio de estructuras", la "revolución social", "la revolución cultural", que la formación trascendental de los futuros salvadores de almas! ! !
Este documento es desgarrador; es sintomático, gravemente sintomático. Parece una descripción apocalíptica; una página dantesca, en donde la desacralización llega a sus lógicos y espantosos resultados. ¡Carne y lujuria, en vez de espíritu y de sólida piedad! ¡Mundo corrompido, en vez del plácido oasis, que todavía hace muy poco tiempo eran nuestros seminarios conciliares! ¿Qué dice el P. Provincial Don Enrique Martín del Campo? ¿Qué opina Su Eminencia Reverendísima? ¿Qué hacen nuestros prelados postconciliares, que hacen veladas fúnebres para exaltar a Benito Juárez, a quien hace un siglo condenaron con la mayor energía y las censuras más enérgicas? ¿Es esta la nueva primavera, el nuevo Pentecostés, que nos habían predicho? ¡No! ¡Mil veces, NO! No podemos callar; no podemos hacernos cómplices de esos criminales con nuestro silencio.
El "complot" es completo, certero, teledirigido, para asegurar, en cuanto humanamente sea posible, la desaparición del clero, la eliminación de los cada día más escasos operarios de la Viña del Señor. Si esos infelices jóvenes, que fueron al Seminario con una generosa y resuelta vocación, pudieran, seguramente volverían atrás sus pasos, ya que para ellos todo está en peligro: fe, moral, religión, incluso su mismo porvenir temporal y eterno. Los obispos callarán, siguiendo el ejemplo de su Eminencia Don Darío, cuando se trató del "¡mprímatur" al libro de Porfirio Miranda y de la Parra o cuando acaeció la sacrilega profanación de la Insigne y Nacional Basílica de la Reina y Madre de los mexicanos, Santa María de Guadalupe. Si es necesario, el padre provincial negará los hechos o tratará de explicarlos con astucia jesuítica; pero, son muchos los testigos. El documento es un "YO ACUSO" terrible contra esos perversos corruptores, que hoy gobiernan el Seminario de Montezuma, en su agónico período de existencia.

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