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martes, 1 de marzo de 2011

El fundamento de las grandezas de la Madre de Dios (C)


Sus relaciones con el Espíritu Santo, de quien ella engendró el principio y del que es la cooperadora y el santuario.—Ultimas consideraciones sobre las relaciones de la Bienaventurada Virgen con las tres personas divinas.

I.—En la materia que vamos a tratar en este capítulo, como siempre, en la base y primer fundamento hállase la divina maternidad. La relación de Madre e Hijo que une indisolublemente a la Virgen con el Verbo de Dios pide una afinidad muy íntima entre la Madre Virgen y el Espíritu Santo, afinidad que puede ser considerada desde dos puntos de vista.
Desde el primero, María se nos presenta como Madre de un Hijo que conjuntamente con el Padre es el principio de donde procede el Divino Espíritu. Ella puede decir al Padre: Yo soy con toda verdad la madre de tu Hijo, y al Verbo encarnado: Tú eres mi Hijo tan realmente como eres Hijo del Padre, y yo, como él, te he engendrado. Y asimismo, con igual seguridad, puede decir al Espíritu de Dios: Aquel de quien tú recibes eternamente la naturaleza por la que eres Dios es Hijo mío, y yo soy su Madre.
Guardémonos, sin embargo, de ciertas exageraciones. Aunque la Santísima Virgen engendra un mismo Hijo con el Padre, sólo del Padre y no de ella, recibe Jesucristo la dilección fecunda que hace de él en unión con el Padre el principio del Amor personal, del Espíritu Santo. La humanidad del Salvador no entra para nada en la procesión del Espíritu Santo. Si Jesucristo es principio del Espíritu Santo, no es en cuanto hombre ni por un acto de su naturaleza humana, sino en cuanto según la naturaleza divina es uno con el Padre y con un acto común de amor eterno. Es falso, por consiguiente, que la santa humanidad del Salvador está asociada, sea de la forma que fuere, al acto por el que el Espíritu Santo procede del Verbo, como no lo está al acto de la creación ni a la conservación de los mundos. Lo que, a lo sumo, puede decirse, si se quiere emplear este término, "asociación", es que la naturaleza humana de Cristo está asociada en unidad de persona al Verbo, con quien Dios Padre es el principio del Divino Espíritu.
Pero si bien la humanidad de Cristo, Hijo de María, no participa por título alguno de la gloria incomunicable de ser principio del Espíritu de Dios, todavía al Divino Espíritu debe su existencia y su unión personal con el Verbo de Dios. Y éste es el segundo punto de vista desde el que podemos contemplar las relaciones de la Virgen Madre con la tercera persona de la Trinidad.

II.—Aunque la acción por la que Dios produce la humanidad del Verbo encarnado en el seno de la Virgen y la unión hipostáticamente al mismo Verbo sea común a las tres personas, la ley de las apropiaciones la atribuye especialmente a la tercera. Ya vimos por qué razones y dentro de cuáles límites las Sagradas Escrituras y toda la tradición católica han distribuido los oficios entre las divinas personas aun en aquello mismo en que nada las distingue.
Y ¿con qué nombre designaremos la nueva relación que se establece entre la divina Virgen y el Espíritu Santo? Es cosa corriente entre los autores más modernos considerarla como unión de esposo con esposa. Y esta analogía no carece de fundamento, porque la Virgen concibió al Hijo de Dios por la operación del Espíritu Santo. "Concebido del Espíritu Santo, nacido de la Virgen María", leemos en el Símbolo. Sin embargo, es necesario confesar que, por frecuente que sea hoy la denominación de esposa del Espíritu Santo atribuida a la bienaventurada Virgen, en la antigüedad fué casi desconocida. Con gran trabajo la hemos hallado sólo dos veces en el espacio de muchos siglos (Una vez en los latinos. "Virgo, Dei Filio specialiter consecrata, specialiter Sancto conjugata Spiritui." Serm. 40, In Assumptione, inter opera S. Petri Damiani. P. L. CXLIV, 719. Otra, en los griegos): tanto era el cuidado con que la reservaban para completar la expresión de la relación entre el Hijo y su Madre.
¿Por qué esta circunspección? Creemos que pueden asignarse dos causas. La primera, porque, siendo ya este título prerrogativa especial del Hijo, importaba mucho no transferirlo al Espíritu Santo, porque la mezcla de los nombres no engendrase confusión en las ideas. Por eso no se llama tampoco a la Virgen esposa del Padre, aunque los dos engendren un mismo Hijo, el Verbo hecho hombre (No reconocemos más que un texto que le dé este título. Cf. Paraclet. Graecor página 286, c. I. Frecuentemente se la llama esposa de Dios: pero el contexto prueba que se ha de entender de Dios Hijo).
La segunda razón nos parece de más peso. Nunca dijo nadie en la Iglesia que el Espíritu Santo sea padre del Verbo encarnado, no sólo en sentido propio, pero ni en sentido analógico. Pues bien; la apelación de esposo de la Virgen tendría naturalmente por correlativa en el Espíritu Santo la denominación de padre del Salvador, porque no sería esposo de la Virgen sino por haber formado a Cristo en las entrañas de la Virgen María. Y no es que condenemos una expresión que si, todo bien considerado, puede traducir una idea exacta. Y como quiera que ya ha adquirido derecho de ciudadanía en las obras dedicadas a celebrar las excelencias de la Virgen, nada obliga a desterrarlas del uso, con tal que se le dé la significación que le corresponde.

III.—El título generalmente usado para expresar la última relación entre la Virgen y el Espíritu Santo es el de templo o santuario. Esforcémonos en penetrar la significación profunda que encierran palabras tan sencillas. María es el santuario del Espíritu Santo, porque él descendió sobre ella, porque él tomó posesión de su cuerpo virginal y formó en su carne y de su carne la carne de Dios hecho hombre. Todas las almas justas son para el Espíritu Santo un santuario; más aún, un tabernáculo sagrado. "¿Qué es, en verdad, el alma de los Santos? —pregunta San Cirilo de Alejandría— Un vaso lleno del Espíritu Santo". Y este privilegio pertenece no sólo al alma, sino también al cuerpo. "¿No sabéis que vuestros miembros son templo del Espíritu Santo que está en vosotros?" (I Cor., VI, 19). Y ¿qué viene a hacer en nosotros este Divino Espíritu? Formar, conservar, perfeccionar a Jesucristo.
Si la presencia del Espíritu Santo formando hijos adoptivos a imagen del Hijo por naturaleza basta para hacer de nosotros su templo y su santuario, ¿cómo no ha de ser el templo y santuario privilegiado del Espíritu Santo aquélla sobre quien descendió para dar al Unigénito del Padre el ser y la vida que le hacen hombre? Aún más: si el Espíritu Santo habita en nosotros como en su templo, es porque antes de descender sobre nosotros descendió sobre la Virgen Santísima, pues nuestro nacimiento a la gracia depende del parto virginal de María, como el efecto depende de su causa. La operación que nos transforma en hijos de Dios no es más que prolongación de aquella que formó a Jesús, autor de la gracia, en el seno de María.
No objetéis que es ésa una operación transitoria que no exige morada permanente del Hacedor divino, ya que la producción de la obra tiene límites muy estrechos en cuanto a la duración. Discurrir así sería no entender el misterio encerrado en obra tan grande y tan santa. El Espíritu Santo descenderá sobre ti, dijo el arcángel San Gabriel a María. Esta palabra "sobrevenir", nos indica con cuánta plenitud recibió entonces María la efusión del Espíritu Santo; pero además significa que el Espíritu Santo, cuando descendió para formar corporalmente la humanidad del Salvador, había ya descendido sobre la bienaventurada Virgen. Por esto el mensajero celeste, ya en las primeras palabras de la embajada, le dijo: "El Señor es contigo", antes de decirle que sobrevendría a ella el Espíritu Santo.
Frecuentemente leemos en los Santos Padres que la divina Virgen, antes de concebir a Jesucristo en su cuerpo, lo había concebido en su corazón, que lo dio a luz antes con la fe que con la carne. Quizá nunca hemos meditado suficientemente estas expresiones y otras semejantes. Todo lo más que hemos leído en ellas ha sido el consentimiento y la fe que el ángel reclamó de la Santísima Virgen como condición necesaria para la encarnación del Verbo en sus castísimas entrañas. Ciertamente es verdadero este sentido; pero las palabras de los Santos Padres encierran significación más extensa y profunda. No las repetirían con tanta insistencia y con tanta unanimidad si no pretendieran enseñarnos un gran misterio. El Verbo de Dios es el Santo por esencia, principio de toda virtud, fuente de toda santidad, pues juntamente con el Padre es el principio y fuente del Espíritu Santo, la Santidad substancial y la Virtud santificante. Por tanto, para engendrarle era necesaria a María una reparación sin igual de virtud y santidad. El Santo debía ser concebido santamente.
Nos enseña la doctrina católica que para recibir dignamente el cuerpo del Señor es necesario que el alma esté adornada con la gracia santificante, que sea santuario viviente o trono de la caridad divina. Sancta sanctis. Si no poseéis en vosotros este amor y todas las virtudes que forman su inseparable cortejo, retiraos de la Sagrada Mesa; no sois dignos de comer el cuerpo del Señor. Para comer a Cristo en el Sacramento es necesario ser ya miembro de Cristo y llevar ya en el alma a aquél que nos disponemos a comer. Comparad, pues, ahora estos dos misterios: el misterio del cristiano, que va a recibir en sí el cuerpo de Cristo para nutrirse de él, y el misterio de la Virgen, que va no sólo a llevar en su seno el cuerpo de Cristo, sino a formarlo con su propia carne y a comunicarle su propia vida. Si el primer misterio pide tanta santidad, decidme, ¿qué abundancia tan inefable de gracias no pedirá el segundo?
Por tanto, oh Virgen benditísima, no podías concebir el cuerpo de tu Dios sin haberlo antes concebido en tu corazón, y esto es precisamente la santidad. Y como pertenece al Espíritu Santo obrar en nosotros la efusión de la gracia y el alumbramiento espiritual que nos hace otros Cristos, fue necesario que este Divino Espíritu estuviese en ti con la plenitud de sus dones antes de descender sobre ti para formar a Cristo según la carne. Y esto es lo que los Santos Padres quieren significar cuando afirman que tú engendraste al Verbo en tu corazón antes de engendrarlo en tu cuerpo virginal. Ahora bien; si el Espíritu Santo está en ti con la plenitud de sus dones, tú eres su templo y su santuario. Más aún: eres su templo único, su santuario único, como eres su hija única, su esposa única; un santuario tan hermoso y tan rico por los dones y por la presencia del Divino Espíritu, que todos los otros son como si no fueran delante de él.
¿Es éste el único fundamento de que la bienaventura Virgen sea el santuario del Divino Espíritu? No; María es, además santuario del Espíritu Santo porque llevó corporalmente al Hijo de Dios en sus entrañas. En efecto, este misterio no pedía solamente la entrada del Espíritu de Dios para la formación de la humanidad del Salvador en las entrañas de María. En virtud de la inmanencia íntima de cada una de las tres divinas personas en las otras dos, el Hijo de Dios no podía habitar tan singularmente el cuerpo maternal sin que el Espíritu Santo tuviese también particularísima morada en el cuerpo de la Santísima Virgen.
Por último, para no omitir cosa alguna, no olvidemos que María habrá de engendrar en su día con Jesús y por Jesús los hijos de adopción. Y como quiera que esta nueva generación tiene al Espíritu Santo por principio (Joan., III. 5.8), menester es que el Espíritu del Hijo esté en la Madre para darle la fecundidad espiritual, como le dio la virtud de engendrar al Verbo hecho carne.
¡Cuántos títulos tiene María para llevar el nombre de templo, tabernáculo, santuario del Espíritu de Dios, y, a la vez, cuántos derechos tiene a nuestra veneración y a nuestra admiración!

IV.—Un pasaje de Dionisio el Cartujano resume admirablemente todas las consideraciones acerca de las relaciones de la bienaventurada Virgen con la Santísima Trinidad. Lo tomamos del libro titulado Elogio de la vida solitaria. El artículo 29 está todo él dedicado a María mediadora. "Ved, pues, a esta Única que el Padre eterno preparó como verdaderísima y eminentísima madre a su unigénito y dulcísimo Hijo, en todo igual consubstancial y coeterno con él; aquélla que el más que liberalísimo Espíritu Santo Uenó con exuberancia de gracia, con perfección de pureza, santidad, sabiduría, tal como debía ser colmada superabundantemente la Madre de aquél, de quien procede eternamente, verdaderamente, el Espíritu Santo; aquélla a quien el más que hermosísimo, más que sapientísimo, más que nobilísimo Hijo de Dios escogió por Madre desde toda la eternidad, ¡Oh gloriosísima Señora, Virgen purísima, Madre más que dignísima, dulcísima María, a qué excelsitud, a qué bienaventuranza, a qué gloria has sido elevada!
¡Oh, la más dichosa entre todas las criaturas, la más ilustre, la más admirable; he aquí que has sido asociada a la paternidad del Padre eterno, comparentalis, porque con él tienes un solo e idéntico Hijo. Sí; tú eres la excelentísima Madre del Hijo único de Dios; tú eres el singularísimo tabernáculo del adorable Paráclito, la Madre de aquel de quien éste dimana. ¿Qué más? Tú eres la amiga íntima de la sobreesencial y sobrefelicísima Trinidad, la la suprema depositaría de sus más íntimos secretos; tan elevada estás, que te admite y entras a la parte de su imperio y de su gloria. Y si el Soberano artífice, Dios, el Hacedor supremo, te hizo tan grande, tan llena de amabilidad y de perfección, fué porque él mismo estaba enamorado de tus encantos y de tu bondad... (Psalm. XLIV, 12). Sí; ciertamente, sin género de duda, él te adornó con tantos privilegios, te enriqueció con tan inestimable beneficios, dándote la preferencia entre todos los escogidos, porque convenía soberanamente que tal Madre, tal esposa, tal reina, fuese bella, grande y rica por cima de todos sus servidores.
"En verdad, oh Señora, más que amabilísima y venerabilísima, por esto mismo, que participando de la maternidad divina del Padre, viniste a ser la Madre de Dios, tu dignidad es en cierto modo infinita, es quodammodo infinitae dignitatis. Por derecho y privilegio de esta divina maternidad tienes poder y mando sobre todas las criaturas... ¿Qué digo sobre todas las criaturas? ¿No parece que tienes cierta autoridad aun sobre el mismo Dios, nacido de tu seno bendito, si lo considero en su naturaleza humana que recibió de ti, en cuanto a aquella naturaleza en la que te estuvo sometido en otro tiempo y por la que todavía eternamente te reconoce como Madre suya fidelísima, esplendorísima y amadísima? Tu dignidad, tu santidad, tu gloria, oh Señora y Soberana nuestra, excede nuestra comprensión; no somos ni dignos de contemplarte ni capaces de ofrecerte un homenaje que iguale tus merecimientos.
"Si en esta vida mortal queremos formarnos alguna idea de Dios, aunque sea débilísima, no es necesario buscar todo lo hermoso, todo lo grande y todo lo bueno que se da en las criaturas para atribuirlo supereminentemente a Dios, después de haberlo limpiado de toda imperfección. Así también para concebirte, oh dulcísima María, consideramos todas las perfecciones, todas las excelencias, toda la santidad que hay en las otras mujeres, y lo afirmamos todo de ti, pero en un grado muy superior y cercenando todas las imperfecciones, todas las bajezas, todos los defectos".
El lector habrá notado, sin duda, cómo Dionisio el Cartujano se complace en el uso de expresiones hiperbólicas que no es posible traducir literalmente en nuestra lengua. Tales son las palabras: superamabilissima, superamantissima, superdignissima, praevenerandissima y otras del mismo género. Las tomó de su homónimo Dionisio el Areopagita, al que profesaba un culto singular de imitación. Quizá el procedimiento no es literario; pero prueba cuan altos eran los pensamientos que este ilustre teólogo y excelso místico había concebido de la excelencia y de las prerrogativas de la Madre de Dios.
Más adelante volveremos sobre estas ideas últimamente expuestas pero no podíamos callarlas totalmente al hablar de las relaciones de la Virgen con las tres divinas personas, porque hubiéramos tenido que separar cosas que están naturalmente tan unidas.
Antes de cerrar este capítulo fijemos la atención en dos consecuencias que se infieren de lo dicho. Primera consecuencia: la maternidad divina pertenece no solamente al orden común de la gracia, sino al orden hipostático, porque tiene puesto de preferencia indispensable en la constitución misma del misterio de Dios hecho hombre. El orden de la unión hipostática es la naturaleza divina y la naturaleza humana, unidas substancialmente la una con la otra en la persona del Verbo. Pues bien: hemos visto cómo María concurre a esta unión y cuan grande intimidad de relaciones hay entre ella y el Hijo eterno de Dios Padre. "Cristo, aun sólo en cuanto hombre, sobrepuja a todo el orden de la naturaleza creada... Ahora bien; la categoría de la madre debe ser proporcional a la dignidad del Hijo, porque entre la maternidad divina y la obra de la Encarnación hay un nexo tan estrecho que ésta no puede darse sin aquélla" (S. Bernard. Sen., serm. 3, De Glorioso nom. Mariac, a. 2. c. I. Opp. IV, p. 82).
Segunda consecuencia: los más excelsos privilegios de María proceden de su maternidad como de su fuente, porque todas las relaciones con las personas divinas que tanto la enaltecen y engrandecen, de su maternidad se derivan, conforme acabamos de ver y veremos aún con mayor claridad en las páginas siguientes.
J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS...

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