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miércoles, 2 de marzo de 2011

LA ELECCIÓN DEL PAPA EN LA SITUACIÓN DE LA "EXTREMÍSIMA" NECESIDAD ACTUAL (II Ultima Cruzada).

Por Mons. José F. Urbina Aznar

Cuando una persona está muriendo en la cama de un hospital y los especialistas diagnostican, auscultan, estudian, opinan sobre la mejor forma de sacarlo del cuadro crítico que lo puede llevar a la muerte, ordenan toda clase de análisis, consultan con toda clase de especialistas, los hablan por teléfono o concertan con ellos reuniones que realizan con urgencia y diligencia y expresan su preocupación por salvarlo, condenan los métodos que otros quieren usar que les parecen inadecuados, pero no actúan aplicando al enfermo algún medicamento, con toda seguridad el enfermo morirá.
Ninguno de estos especialistas dejará de ser responsable de la muerte del paciente y esto, por no haber actuado, por no haber tomado las medidas propias para los casos de suma urgencia, para los casos de extrema necesidad.
Pero también, ninguno de ellos pudiera ser acusado de haber actuado fuera de las normas estipuladas, si los resultados fueran la curación del enfermo, e incluso la experiencia puede establecer nuevas normas y técnicas que a futuro pudieran salvar la vida a otros pacientes.
La enfermera que sin título ni autorización aplicara un remedio, cuando los doctores se niegan a hacerlo, y que salvara al sujeto sería digna de alabanza y nunca de reprobación. Muchas veces el éxito se obtiene cuando se camina por donde otros no se atreven.
Las crisis eclesiásticas son permitidas por Dios, aunque moralmente no las quiere, para que el hombre clarifique, defina, conozca aún más la grandeza y posibilidades de las leyes y la indestructibilidad de la Iglesia que siempre sale fortalecida y más luminosa de todas las tormentas, por grandes que estas sean, a más de que son un medio de lograr abundantes frutos para la vida eterna.
Incluso de la última tribulación de la que dicen las sagradas Escrituras que a Satanás se dará tan grande poder que podrá hacerle la guerra a los santos y vencerlos, también la Iglesia saldrá triunfante por la manifestación del Señor en Su Parusía. Y aunque parezca haber sido derrotada y las fuerzas del mal haber obtenido una definitiva victoria, será su triunfo tan grande, no solamente por la tribulación extrema a que sea reducida pensando los malos haberla derrotado para siempre, sino porque la presencia del Señor acabará para siempre el poder del Demonio, sacándola de la situación angustiosa a la que fue reducida.
Pero aún estando profetizadas las crisis en la Iglesia hasta la más grande y final, así como la promesa de que nunca será vencida, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella, los cristianos no deben actuar en tales situaciones abandonando todo en las Manos de Dios, o como si de ellos no dependiera tambien la derrota de los ejércitos malignos, o en trabajos de conservación, o lo que sería peor aún, decir que Dios quiere esas crisis, y que siendo Su voluntad, entregarse al Quietismo descarado o solapado confiando solamente en las promesas. Porque quienes tal cosa hacen, no solamente están traicionando a Dios, sino que se están negando a ellos mismos los abundantes frutos que estas oportunidades les ofrecen.
Actualmente, nuestra santa Iglesia Católica está pasando por la más grande crisis de su historia. Esto es incuestionable. El Trono papal ha sido usurpado por antipapas que despiadadamente destruyen todo lo que quieren con buen éxito y seduciendo y engañando han logrado la aprobación del clero y pueblo mundiales. El Sacrificio, cosa antes nunca acontecida y por lo que se antoja ser esta crisis terminal, desterrado de los altares del mundo, los ritos y fórmulas en la administración del Orden y Consagraciones Episcopales, variadas e invalidadas desde el año de 1969, y un resto fiel, o pequeño remanente, expulsado de los templos, reuniéndose en lugares que bien pueden ser llamados las "catacumbas" del siglo XX, y una jerarquía "católica" mundial, aliada a todos los poderes del mundo que dan por resultado la fuerza anticristiana más grande conocida en toda la historia del Cristianismo. Se cumple también la pavorosa profecía apocalíptica de San Juan que habla de las dos bestias, que una a la otra se ayudan, se apuntalan y cierran por todas partes una cadena de hierro que ahoga a la Iglesia y que se siente humanamente perdida, porque las huestes del maligno han controlado todo el planeta, y Satanás desencadenado les dá todo su poder y hasta las circunstancias parecen adversas, porque por un tiempo, se le ha dado gran poder contra el pueblo de los santos.
La situación actual, agravada dramáticamente por el extraño e inexplicable desconocimiento de la inmensa mayoría de creyentes, a pesar de las grandes señales, supera en mucho, todo lo que los moralistas, canonistas y escritores sagrados pudieron haber imaginado para los casos de extrema necesidad, porque la gravedad de la Apostasia final, predicha por San Pablo, es mucho más grave que cualquier cosa imaginada. Pareciera que todos ellos han retirado sus plumas del papel cuando enfrentaron situaciones escatológicas. Ninguno de ellos es muy claro en sus apreciaciones sobre la hecatombe terminal, de tal forma que se vea que previeron a una jerarquía mundial, completa, totalmente entregada a la herejía, incluidos "papas" y cardenales. Ninguno de ellos se imaginó que la Iglesia sería reducida a un cuerpo pequeño de obispos que no llega a cuarenta en todo el mundo, extraídos emergentemente de otro lado, y fuera de esa totalidad apóstata, y esto, para salvar la sucesión apostólica, y pequeñas comunidades de fieles completamente aisladas, privadas de todo poder y desorientadas, y esos pocos obispos de esas comunidades, negándose sistemáticamente a ponerle fin a la Sede Vacante, aún después de haber aceptado casi todos ellos que el Trono sagrado de San Pedro está ocupado por antipapas desde la muerte de Pío XII, lo cual uniría a ese "resto fiel" que en realidad es la Iglesia, y comenzaría una lucha contra los criminales del Vaticano. Y lo que es peor aún, agentes del Anticristo infiltrados en los grupos con mitras de obispo o editores o jefes de grupos y en diversas posiciones, aconsejando prudencia, predicando que todo ha de dejársele a Dios, logrando así profundizar más las divisiones existentes.
Es absolutamente imposible, aún en las presentes circunstancias, que la Iglesia, siendo una sociedad perfecta, fundada por Jesucristo, no tenga los medios para salir de cualquier crisis, aún sin una evidente y sobrenatural asistencia divina, una intervención directa de Dios, sino que los hombres mismos, fieles a la Iglesia mediante su industria, iluminados por la Fe y asistidos por Dios, pueden lograr lo que parece imposible.
Normar la conducta en la presente situación en el marco de lo que moralistas y canonistas previeron sin imaginar una crisis tan grande como la actual, puede ser destructivo, y el abandono formal de la mente del legislador o moralista, lo cual se convierte propiamente en un Tusiorismo de la extrema necesidad, muchísimo más peligroso que cualquier otra clase de Tusiorismo.
Asegurar que para estos casos la Iglesia no tiene soluciones, para dejarlo todo a la directa actuación divina es negar descaradamente que la Institución fundada por Dios es perfecta, y esto es haber perdido la Fe. La Iglesia es inmune a todas las tormentas o a cualquier acción diabólica desencadenada contra ella, pero Dios to dopoderoso ha permitido que la intervención humana sea el medio por el cual El ha de actuar. En este sentido el Quietismo ha sido condenado como herejía, y San Pablo insta a los fieles a "completar" en ellos lo que le falta a la Pasión de Cristo.
Esto es incuestionable para todos aquellos que se precien de ser católicos y actuar en forma diversa o contraria aún en medio de las más grandes dificultades aparentemente insolubles, puede estar manifestando intereses inconfesables.
Se multiplican, sin embargo, por todos lados, a imagen de los especialistas ante el enfermo, quienes traen a colación toda clase de leyes, de historias eclesiásticas, situaciones en la historia de la Iglesia. Auscultan, opinan sobre la mejor solución, critican todo, lo condenan todo especialmente cualquier iniciativa, pero no hacen absolutamente nada. Se habla de leyes antiguas, de leyes modernas, de los principios generales de derecho, de normas supletorias, de opiniones de moralistas y canonistas, de interpretaciones de unos a la luz de los otros, de lo que dijeron queriendo decir otra cosa, del límite de sus intenciones, de lo que dijeron en un párrafo obligadamente interpretado por otro párrafo, o tal vez no interpretado, de quiénes de ellos eran más importantes, o más aceptados, del porcentaje que aprueba teniendo por lo tanto más fuerza en contra de otros que siendo menores en número no pueden ser tomados en cuenta, o no muy tomados en cuenta, dicen otros. Se habla de leyes divinas, de leyes humanas, de leyes naturales, de los casos en los que se puede prescindir de ellas o no, en lo cual ninguno está de acuerdo, como en muchas otras cosas de la extrema necesidad, de los límites de adaptabilidad de las leyes a los casos o situaciones según la gravedad, de representatividad social o política conveniente para una elección papal, y todo esto tan confuso y tan estúpido mantiene a todos en la más completa y cobarde inacción, que en última instancia es lo que quieren, todo lo cual en conjunto ha sumido al mundo cristiano de las catacumbas en la más tenebrosa confusión.
Todos estos estudios embrollados, todas estas conspicuas y prosopopéyicas y "prudentes" opiniones, a más de fortalecer al abominable prosópago que gobierna desde el Vaticano, renunciando a las intenciones de los legisladores y doctores de la Iglesia para un caso como el actual, son enviados por todas partes, son leídos con indiferencia estólida, o no son leídos, sin que se atienda ya a una situación que cada vez se hace más grave y peligrosa, más complicada, más dramáticamente dividida, en aras de defender exclusivamente los intereses personales ocultos detrás de toda clase de argumentos y hasta de virtudes o amor a la Iglesia. La verdad es que la Iglesia está muriendo, y nadie hace absolutamente nada. Esta es la verdad dramática, porque ni siquiera se oyen intenciones de dirigir a Dios rogativas, Misas, actos diversos pidiendo por la unidad. ¡Y mucho menos por la elección del papa!.
Y lo que realmente está pasando, es que los hombres ya no son capaces de amar a la Iglesia a costa de su vida incluso si el caso se llegara a dar. ¿No es cierto que durante la horrenda hora del Calvario, los Apóstoles se escondieron llenos de miedo a las judíos?, y ¿no es cierto que eso vemos durante el Calvario del Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia?.
Tanto los de la apostasía del Vaticano II, como los fieles de las "catacumbas" nuevas, incluidos sus pastores, están trabajando en una Institución, (piensan), establecida, necesaria e indestructible, pues Dios mismo lo ha dicho, y así como son las carreras de leyes, de medicina y de ingeniería, ellos cumplen con seriedad y profesionalismo, y así agradan a Dios, (creen), sin necesidad de acciones "temerarias" como las que se cuentan de los líderes cristianos de los primeros siglos. Los apóstatas progresistas, caminando con premura, reformándolo todo, cambiándolo todo, pudriendo todo lo que tocan, engañando y seduciendo con gran pericia a las masas católicas que los siguen ciegas completamente, y los de la ortodoxia, los de la Iglesia remanente, expulsados al exterior desde 1969-70, obrando con suma prudencia, acariciando la romántica e insulsa idea de recuperar los templos, regulando sus acciones y desiciones según los aconteceres del Vaticano y cumpliendo, (eso creen), las leyes más pequeñas y más estrictas como lo hacían los fariseos, para salvar, (dicen), a la Iglesia que tanto aman, pero esperando verse favorecidos, (se creen dignos), con milagros, apariciones, intervenciones directas de Dios, (porque dicen que esto es Lo que prometió), pero sin hacer absolutamente nada, si no es solamente por sus pequeñas parcelas, aisladas, desorientadas y sin esperanzas de crecimiento.
La verdad es que ese supuesto acatamiento de la Voluntad de Dios no es más que la traición a los dictados de sus conciencias; que esa prudencia no es más que una táctica dilatoria para no llegar nunca a tener que tomar medidas que los puede poner en situaciones comprometidas; la esperanza de que Dios intervenga directamente es un grave pecado contra la Religión.

TENTAR A DIOS ES UN GRAVE PECADO.
El tentar a Dios es un pecado de irreligiosidad contra el primer Mandamiento de la Ley de Dios. Santo Tomás de Aquino dice al respecto: "El Señor, no prohibe considerar lo que debemos hacer o decir, cuando para ello tenemos oportunidad, sino que da confianza a sus discípulos, para que cuando les falte la oportunidad, bien por incompetencia, o porque sobreviene de repente la ocasión, confíen solamente en el auxilio divino conforme a las palabras de la Escritura: "No sabemos qué hacer; nuestros ojos se vuelven a tí". Fuera de esto, el no esforzarse por hacer LO QUE ESTA DE SU PARTE, esperándolo todo en el auxilio divino, ES TENTAR A DIOS" (Sum. Theo. 2-2, q. 53, a. 4).
"... los hombres pueden tentar a Dios con palabras o con hechos. La oración es el medio propio que tenemos para hablar con Dios. Habrá tentación expresa en ella cuando uno pide cosas a Dios con la intención de experimentar la ciencia, el poder o la voluntad divinas. Con hechos tentamos a Dios expresamente cuando al obrar tratamos de poner a prueba su divino poder, su piedad y sabiduría... "Cuando no sabemos qué hacer, dice la Escritura, solamente nos queda volver los ojos a ti", mas cuando se procede de esta manera sin necesidad y utilidad alguna, equivale a tentar a Dios. De ahí las palabras del Deuteronomio: "No tentarás al Señor tu Dios"; y el comentario de la Glosa: "Tienta a Dios el que, PUDIENDO HACER OTRA COSA, se expone sin motivo al peligro, como probando si Dios tiene poder para liberarle" (Sum. Theo. 2-2, q. 97, a. 1).
"Se ha de advertir, además, que se pueden pedir a Dios señales de dos maneras. Una, para probar su poder y veracidad. Esto es TENTAR A DIOS. Otra, para conocer el beneplácito divino en torno a alguna cosa. En este sentido no hay tentación" (Sum. Theo. q. 97, a. 2).
"...el que tienta a alguien, lesiona su honor, pues nadie se atreve a tentar o probar a otro, estando seguro de sus excelencias. Por consiguiente, está bien patente que tentar a Dios es un pecado contrario a la religión" (Sum. Theo. q. 97, a. 3).
A la luz de los cuatro textos de Santo Tomás, decimos con seguridad:
1. Tentar a Dios es esperar Su auxilio sin esforzarse por hacer lo que está de nuestra parte.
2. Tentar a Dios es querer probar si tiene poder para librarnos de algún mal, pudiéndose antes hacer otra cosa para evitar el peíigro.
3. Tentar a Dios es querer probar Su veracidad: Tu dijiste que salvarías a la Iglesia y que las puertas del Infierno no prevalecerían contra ella, por lo tanto, debes hacerlo aún permaneciendo yo en la inacción.
El Padre Remigio Vilarino Ugarte, S. J., dice en su libro Puntos de Catecismo: "1630. Tentar a Dios. El tentar a Dios es un pecado de irreligiosidad contra el Primer Mandamiento. Tentar o desafiar a Dios, es decir o hacer alguna cosa pidiendo alguna demostración o poniendo a prueba algún atributo divino... Esto puede hacerse dudando real y verdaderamente de los atributos o existencia de Dios, y en este caso es pecado contra la religión y contra la Fe también. Pero puede, además, hacerse no dudando de los atributos de Dios, sino pidiendo temerariamente una prueba de ellos o esperando con presunción ALGÚN MILAGRO DE DIOS; y esto es pecado grave generalmente . . . " .
Jesús Montánchez del Instituto de Cultura Religiosa Superior de Buenos Aires, Argentina, en su Teología Moral dice: "207. Tentación de Dios es un dicho o un hecho por el cual uno explora si Dios es poderoso, sabio, misericordioso, etc...a) Formal, cuando explora uno la existencia o los atributos de Dios porque real y verdaderamente duda de ellos, b) La interpretativa, cuando, sin dudar de los atributos divinos, se pide temerariamente una prueba de ellos o sin razón o necesidad se espera presuntuosamente ALGÚN PRODIGIO DE DIOS.
En su Epítome de Teología Moral, el Padre Juan B. Ferreres, S. I., dice: "206. A) Tentación de Dios es un dicho o hecho, con el cual se explora si Dios es poderoso, sabio, misericordioso, etc. Procede: a) de la INFIDELIDAD... b) o de mera presunción, cuando uno sin dudar de las perfecciones de Dios, sin necesidad quiere o la manifestación de la voluntad divina, O UN PRODIGIO, etc. y a esta se llama interpretativa".
A la luz de los tres textos anteriores, podemos decir con seguridad:
1. Tentar a Dios es esperar con presunción algún milagro, o alguna demostración, soslayando las obligaciones que tenemos que cumplir primero.
2. Tentar a Dios es un pecado que viene de la INFIDELIDAD o de la SOBERBIA, y los moralistas ponen este pecado al mismo nivel que el SACRILEGIO, que la SIMONÍA, que el PERJURIO, o que la BLASFEMIA. (Epítome de Teología Moral. Padre Juan B. Ferreres, S. I.).
Resulta lógico también interpretar que si tentar a Dios es "decir o hacer alguna cosa...", el no hacer, en ciertos casos, es una omisión que figura el pecado, omisión tanto más grave cuanto la necesidad sea mayor, pretendiéndose una manifestación divina.
Tentar a Dios sería también esperar Su ayuda por medios extraordinarios, y no ordinarios y naturales. Si la salvación de la Iglesia, incluso en la extremísima necesidad actual es entregada a la acción divina en razón de Su palabra comprometida y a la promesa expresada, y así se piensa justificar el Quietismo pretextando la fuerza de los enemigos o las situaciones extremadamente adversas o las fallas humanas, evidentemente se esta tentando a Dios.
Si se deja a Dios que con Sus acciones propicie situaciones que reúnan a la Iglesia o indiquen el momento de elegir al papa, indiscutiblemente se está tentando a Dios. Si la Iglesia remanente de las catacumbas de hoy, se dedica todo el tiempo a orar para que Dios intervenga pero no se hace nada por la unidad o por lograr la elección del padre común, ciertamente se está tentando a Dios, porque quienes hacen esto, saben perfectamente que la unidad viene cuando hay un papa, porque así lo ha enseñado la Iglesia claramente, y Dios no va a bajar para elegirlo o decir en qué momento elegirlo, pues ya ha hablado El por la Iglesia que dice: INMEDIATAMENTE QUE HAYA SEDE VACANTE.
La esperanza de que Dios intervenga directamente o propicie situaciones, es además, una posición soberbia e infiel que esconde toda clase de sentimientos que no tienen nada que ver con los sentimientos católicos que tuvieron los santos de antaño cuando se lanzaron a la defensa de la Iglesia. Ellos no fueron aficionados al ofrecerse con mucho sudor, mucho esfuerzo y muchas lágrimas y al precio incluso de su sangre, en el crisol de la maldad del mundo, para defender el honor de Dios y darle el triunfo que El se merece. La esperanza de una intervención divina es diametralmente opuesta a la acción .
¿Estando la Iglesia dividida, la ama quien no hace nada para que se logre la unidad?, ¿se puede amar a la Iglesia si no haciendo papa que es el padre de todos y representante de Cristo, no pugna para que sea elegido y así vengan todas las gracias y promesas de Dios?, ¿qué clase de milagro se está pidiendo cuando voluntariamente se cierra este canal por el que bajan tantas maravillas?, ¿ha de obrar Dios milagros para una Iglesia dividida?, ¿se pueden amar ios ritos y los Sacramentos que dicen defender si la división es ene miga de la Caridad?,

LA DISCORDIA Y LA DIVISIÓN ESTÁN MATANDO LA CARIDAD.
La discordia no se refiere a que haya disensión de opiniones, que es lícita en materias opinables, y no se oponen a la Caridad con tal de mantener la delicadeza y corrección hacia los que piensan de otro modo.
La discordia es la disensión de voluntades en lo tocante al bien de Dios, de la Iglesia y del prójimo. Santo Tomás (Summ. Theo 2-2, q. 37, a. 1) escribe: "La discordia se opone a la concordia. La concordia, en efecto, es causada por la Caridad, que auna los corazones en torno principalmente al bien divino, y secundariamente al oien del prójimo". Es por lo tanto la discordia, enemiga de la Caridad. Y no pudiendo existir ésta donde está su contrario, donde no hay concordia, no hay Caridad.
También dice Santo Tomás (2-2, q. 37, 2c y ad 2), que la discordia nace del desordenado amor propio y de la vanagloria, que nos hace amar más de lo que es justo la propia voluntad y opinión, aunque también procede de la envidia. En materia grave, es un gravísimo pecado mortal, sobre todo si se impugna a sabiendas la verdad, sobre todo en materia de Fe o cuando se falta a la Caridad, o se produce grave escándalo, o cuando está de por medio la salvación de la Iglesia o de las almas.
Los pastores en gravísima necesidad como la actual, aún a riesgo de su seguridad o de su fama, o incluso de su vida, en virtud de la Caridad Social que va mucho más lejos y tiene exigencias mucho más graves que las de la Justicia Social, están gravemente obligados a la unidad, que no es amistad entre ellos, o visitarse o constituir asociaciones, sino hacer lo que la Iglesia manda: unirse en la misma intención y espíritu todos ellos, y así elegir al santo padre al que quedarán sujetos en perfecta obediencia con sus comunidades. No hay ninguna clase de circunstancia que autorice cual quier actuación u opinión en contra. Porque el disentimiento interior entre los miembros de la Iglesia con relación a un bien que toaos están obligados por Caridad a amar unánimemente, pone a aquellos que obstaculizan para conseguirlo, en el lugar de los demoledores de la Iglesia, sobre todo si se mantienen las opiniones personales en contra de lo que dicta la extrema necesidad espiritual, y si la prudencia que predican está en flagrante contradicción con el Magisterio.
Jesucristo nuestro Señor, al hacernos miembros Suyos, ha querido animarnos con Su propio Espíritu y ha dado a la santa Iglesia como principio de unidad ese Espíritu que es fuente de unión y de vida. Si no concurrimos todos en un mismo fin sobrenatural, estamos, por lo tanto, apagando voluntariamente ese Espíritu al mantener la división y la diversidad de voluntades. Se deduce con lógica que quienes mantienen las divisiones en la Iglesia prescindiendo de la Caridad, que no existe en la desunión, no solamente son demole dores de la Iglesia, sino que todo lo que están haciendo de muy poco servirá para darle el triunfo.
Si se pide a Dios la salvación de la Iglesia, no hay otro camino que el que nos ha marcado San Pablo en su Epístola a los fieles de Efeso: "Estad arraigados y cimentados en la Caridad,...Así os llenaréis con la plenitud de Dios. Al que puede, por virtud que obra en nosotros, operar infinitamente MAS ALLÁ DE LO QUE PEDIMOS Y PENSAMOS". Es, pues, esencial, primero la Caridad que trae la concordia, el amor y la unidad, la cual trae la presencia de Pedro entre los miembros de la Iglesia remanente. Luego obrará Dios sus maravillas, pero no antes de que el hombre cumpla con lo que le corresponde.

¿SE HA IDO LA CARIDAD?
En los primeros tiempos, dicen San Agustín, se conocía que los primeros cristianos habían recibido al Espíritu Santo, porque hablaban nuevas lenguas. "¿Cómo conocer cada uno ahora, haber recibido al Espíritu Santo?. Vea, pruébese a sí mismo ante los ojos de Dios, vea si existe en él, el amor a la paz, A LA UNIDAD, el amor a la Iglesia difundida por todo el orbe de la tierra" (In. I lo. tr. 6 n. 10).
Jesucristo, "al hacernos miembros Suyos ha querido animarnos con Su propio Espíritu de santidad como principio de SU UNIDAD en la Fe y en el amor como fuente de vida y de UNION FECUNDA" (Teología de la Perfección Cristiana. Royo Marín, 0. P., Pág. 291 B.A.C.)
"El amor de Caridad, constituye una verdadera amistad, que supone esencialmente la UNION AFECTIVA entre los que así se aman" (Santo Tomás, Sum. Theo. 2-2, q. 27, a. 1).
Si la voluntad del hombre se desvía hacia los bienes sensibles o a la propia excelencia o a la opinión o capricho personal, adoptando así la "sabiduría diabólica", en contra del dictamen de la doctrina, de la razón y de la prudencia de la Iglesia, que la impulsa hacia un bien racional, se produce el desorden y la lucha entre la carne y el espíritu de que habla San Pablo en su Carta a los gálatas (5, 17), que se opone di ametralmente a la paz. Y si no se produce ese desorden, pero la voluntad se dirige a distintos objetos apetecibles que no pueden ser alcanzados a la vez, se produce también confusión e inquietud, y por consiguiente, la paz se pierde. Por eso, la unión de esos impulsos interiores, y su orientación a un bien superior, que los supere y unifique, es la esencia de la paz. En este sentido, tan sólo la idea de la elección del papa, aunque esta no pudiera llegar muy pronto, uniría indiscutiblemente a la Iglesia remanente, y se pudiera comenzar ya, una lucha cerrada, sin abandonar la idea de la elección, en contra de los herejes del Vaticano.
Para lograr la concordia entre los hombres, es necesario que voluntaria y espontáneamente, todas las voluntades convengan juntamente en el mismo fin. Para esto es esencial la Caridad, porque la paz y LA UNIDAD son un efecto propio de ella. Es esencial a la paz una doble unión: la ordenación interior de los propios apetitos, y la unión exterior o concordia de los corazones, y solamente la Caridad es capaz de lograr ambas uniones. Nuestro esfuerzo, ilustrado por la Caridad, puede hacernos ver las cosas desde el punto de vista de Dios, que es el de la Iglesia, y no natural y humanamente, o lo que sería peor, mundanamente.
"Unión" es uno de los nombres asignados al Espíritu Santo, y Cristo pidió para que todos fueran UNO. La desunión intencional, ciertamente apaga en nosotros la presencia del Espíritu Santo. Es renunciar a la Caridad, que es lo mismo que destruirla en nosotros y es pecar mortalmente contra el precepto de amar a Dios sobre todas las cosas. Es introducir en las filas al demonio de la tristeza, del desánimo, llamado "Demonio del mediodía" y al de la confusión. Por eso San Pablo nos pide: "No apaguéis el Espíritu" en su primera Carta a los tesalonicenses, pues esto se puede hacer voluntariamente .
Jesucristo, instituye el Sacramento eucarístico para UNIRSE a nosotros de forma que Su Iglesia estuviera UNIDA. Pero nosotros queremos estar desunidos y en estas condiciones nos acercamos a recibir la Comunión.
La diferencia de opiniones en asuntos de poca monta, comparados con la gravedad del momento, es un obstáculo para la paz perfecta y para LA UNIDAD y cabe el peligro además, de que se distancien fácilmente los corazones por la disensión de los criterios, ya que casi siempre se mezcla el amor propio en la defensa de la propia opinión. La clave es renunciar a la opinión personal, hacer lo que ordena la Iglesia. Caminar enmedio de la densa oscuridad reinante renunciando a las propias opiniones, iluminados por la Fe y la confianza en Dios.
Hemos rechazado la Caridad y nos hemos enfrascado en pleitos estúpidos, nos hemos desunido: tu eres ilegítimo, tu eres inválido, tu eres ilícito, tu eres hereje, el que te ordenó o consagró estaba loco, tu no cooperas, yo opino, tu eres feo. Y ESTO ES UN ESCÁNDALO para el mundo y para los fieles que nos han sido confiados. En esta forma, NUNCA, nadie podrá recibir la verdadera doctrina católica que predicamos, sino que muchos se afirmarán en la falsa "secta" de Juan Pablo II.
Todas estas cuestiones se resolverían estando Pedro gobernando la Iglesia y todos lo saben. ¿Porqué entonces nadie quiere elegirlo?.

¿SE HA IDO LA PRUDENCIA?
La prudencia es un conocimiento práctico de lo que se debe hacer o evitar en todas las circunstancias de nuestra vida. Hijas de la prudencia son la docilidad y la diligencia, así como la negligencia es hija de la imprudencia. El oponer la prudencia personal a la prudencia de la Iglesia, sobre todo en los casos de necesidad extrema en la que ésta está en peligro y las almas se están perdiendo, es realmente imprudencia que desprecia las reglas de la verdadera prudencia.
Hay un error gravísimo en lo que al entendimiento de lo que es la prudencia respecta. Se piensa que la prudencia es dilatarlo todo para una mayor reflexión, es obrar despacio, es irlo ordenando todo con gran lentitud, es esperar situaciones convenientes que se van dando forzosamente con el tiempo. "Todo a su tiempo", dicen muchos. Y esto no es prudencia cuando contituye la regla general, sino ignorancia o cobardía, o también soberbia cuando el que así obra se está revistiendo de las "virtudes" de que debe rodearse un "santo jerarca", para aparecer así ante sus subditos. Si le arrancamos a la prudencia la docilidad con que hay que atender los consejos de la Iglesia y la diligencia con que hay que obrar en circunstancias graves, no somos prudentes, sino imprudentes.

¿SE HA IDO LA JUSTICIA?
La justicia nos debe inclinar a dar a cada uno lo que le corresponde. Son hijas de la justicia, la piedad filial, la obediencia, la gratitud. Por esto, la injusticia es la violación del derecho ajeno principalmente en lo que atañe a los bienes del alma.
El impedir que los bienes espirituales lleguen a las almas, el mantener voluntariamente a la Iglesia dividida negando toda posibilidad a la elección del papa que bien se sabe que la uniría, es un gravísimo pecado contra la justicia, y aunque los directamente responsables de esto son los obispos, lo son también en la proporción que les corresponde todos aquellos que pueden contribuir para lograrla.
Cumplir con los dictámenes de la justicia nos obliga el amor filial hacia la Iglesia y la más elemental gratitud, sobre todo a su Fundador, porque lo contrario, sería evidentemente ingratitud, desobediencia y rencor hacia la que es nuestra Madre.

¿SE HA IDO LA FORTALEZA?
La fortaleza es una virtud con la que superamos los obstáculos que se oponen al cumplimiento de nuestros deberes. Esta virtud brilla siempre como lumbre en los mártires, y distingue inconfundiblemente a los soldados de Cristo, pero a los que son verdaderos y no a los que son más bien payasos que nunca salen de los lugares en los que sienten seguridad, ni quieren caminar los caminos del ridículo ante el mundo, ni de la condena, y antes bien prefieren morir por Cristo, afirmen romántica e ilusamente, que todo lo antes dicho.
La confianza es hija de la fortaleza porque en el cumplimiento sacrificado de todo lo que es necesario hacer, pone completamente en las manos de Dios el éxito de toda empresa.
La obra portentosa de la evangelización de las naciones fue producto de la fortaleza. El triunfo sobre los perseguidores de la Iglesia al costo de millones de mártires, es obra de la fortaleza. La derrota de las grandes herejías, la fundación de tantas órdenes religiosas en las que innúmeros hombres y mujeres renuncian a sus más caras pasiones y afectos, es producto de la fortaleza. La derrota de las huestes del Anticristo sería obra de la fortaleza, pero, la Iglesia remanente, poniendo en las manos de Dios toda su confianza ¿se unirá bajo las llaves de Pedro para combatir al Impío?.
¿Cuándo la Iglesia de Dios tuvo miedo de sus enemigos, sino solamente en nuestro tiempo?, ¿cuándo importó la fuerza o el poder de los ejércitos de Satanás, sabiendo que la Iglesia tiene a su favor el poderoso y victorioso brazo de Dios?, ¿cuándo se confió en el número o en la influencia de los hombres, sino solamente ahora que se ha perdido la confianza y la fortaleza?.

¿SE HA IDO LA ESPERANZA?
La esperanza, puede ser informe, es decir, sin caridad, y entonces, no es una virtud. A este respecto Santo Tomás escribe: "Las virtudes morales dependen de la prudencia. Pero ni la prudencia infusa puede tener sin la caridad, razón de prudencia, pues falta el debido orden al primer principio, que es fin último. Mas la fe y la esperanza, en cuanto tales, no dependen ni de la prudencia ni de la caridad. Por eso pueden existir sin la caridad, aunque sin ella, como hemos dicho, no sean virtudes" (Sum. Theo. 1-2, q. 65, a. 4). "La fe precede a la esperanza, y la esperanza a la caridad" dice Santo Tomás en 1-2, q. 62, a. 4.
El esperar lo que el mismo hombre puede lograr con su trabajo, no es una virtud, pero lo es, cuando se cree y se espera todo aquello que sobrepasa las fuerzas naturales o las que han sido adquiridas naturalmente, porque aunque sea lícito esperar en los hombres como causa secundaria, sólo Dios es la causa principal de la esperanza .
Por este motivo, aún en condiciones adversas extremas se renuncia a la esperanza y a la confianza en Dios cuando se difiere o se suspende alguna cosa con la esperanza en la acción humana o en la manifestación de una señal o prodigio de Dios, tentándolo así, habiendo normas muy claras establecidas por la Iglesia para esos casos de extrema necesidad.
Dice Santo Tomás (2-2, q. 18, a. 1): "...la esperanza reside en el apetito superior, llamado voluntad...". Podría decirse así/ como San Pablo: No matéis la esperanza, porque, "los movimientos de esperanza y de caridad se relacionan con mutuo orden entre sí..." (2-2, q. 18, a. 1).

LA IGLESIA NO ESTA DIVIDIDA.
Después del tremendo desgarramiento y división en dos bandos, la Iglesia de Cristo permaneció inalterable dejando en el exterior a todos quienes habían caido en la Apostasía. Cierto es que fue reducida a un corto número y teniendo que esconderse en lo que propiamente pueden llamarse catacumbas del siglo XX, ella forma un cuerpo absolutamente completo.
Siendo la Iglesia del Vaticano una "secta" (así fue definida en Asís), es lógico que aunque conserve las estructuras materiales, no tiene nada que ver con la Iglesia ni porqué estar regulando los acontecimientos en la Iglesia.
Por lo tanto, ésta debe tener sus estructuras completas, desde el Romano Pontífice y todo aquello que hasta la base contribuye a identificarla, primero, como la Iglesia de Jesucristo, y, a proporcionar, segundo, todos los medios de salvación para sus fieles.
El estar pensando en la recuperación de los edificios, o del trono material de Roma, o esperanzado en completar un número determinado de obispos para proceder a la elección del papa es un contrasentido y una idea destructiva.
¿Qué se hubiese pensado de los primeros cristianos si hubiesen querido esperar números o cantidades para tener papas u obispos?, ¿tendríamos ahora Iglesia?
La desorientación que se tuvo en los años posteriormente inmediatos al Concilio Vaticano II no tiene ahora razón de ser y mantenerla actualmente es siempre en forma culpable.
¿Algún día Dios nos devolverá los templos como decía San Atanasio en su famosa carta a sus fieles?, ¿y cómo podemos saberlo?. Lo que es patente es que Dios ha tolerado esta situación actual y los cristianos no pueden estar esperanzados en situaciones que no se sabe si se darán, pero que aunque se dieran, no pueden dilatar lo que es esencial para la existencia de la Iglesia, aún muy reducida, porque hacerlo, es contribuir a destruir la obra de Jesucristo.
Las divisiones doctrinales entre los islotes de la Fe, es evidente, están surgiendo con fuerza y el abismo se agranda a cada momento. ¡ES PUES URGENTÍSIMO PONERLE REMEDIO A ESTA SITUACIÓN!. Y lo harán ciertamente los verdaderos católicos.

LA ALOCUCIÓN CONSISTORIAL DEL PAPA SAN PIÓ X, ¿DEBE SER ASOMBROSA?.
El 27 de mayo de 1914, el Papa San Pío X, pronunció ante los cardenales su alocución "II grave dolore", de la cual destacamos algunos párrafos: "Predicad a todos, PERO ESPECIALMENTE A LOS ECLESIÁSTICOS y a los demás religiosos, que nada desagrada tanto a nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente a su Vicario, como la discordia en materia de Doctrina, porque en las desuniones y disputas, Satanás se lleva siempre el triunfo y domina a los redimidos".
No destacamos tanto la necesidad de la unidad de voluntades y Doctrina que menciona, sino que queremos llamar la atención y en forma muy especial a la necesidad urgente de ¡PREDICAR A LOS MISMOS ECLESIÁSTICOS!. ¿Qué estaba pasando en la Iglesia?
Estaba pasando que el "misterio de iniquidad" que es oculto, mencionado por San Pablo, había invadido ya las áreas jerárquicas y en la corte pontificia incluso lo infectaba todo. Era el ejército del Anticristo, como dijera San Agustín, que dentro de la Iglesia tendrían gran poder para destruirla. Eran los soldados del Reino del Odio dispuestos ya a detonar sus bombas de podredumbre por todas partes para contaminar al pueblo.
Era el enorme números de agazapados que con apariencia de piedad o de santidad, esperaban sin embargo la llegada de su jefe supremo, anunciado por los iluminados del siglo pasado, para cambiar diametralmente su derrotero, mientras propiciaban otras y muy grandes infiltraciones por todas partes.
Ahora en la Iglesia de la catacumbas, la labor que les corresponde hacer es contraria. Aquí, ellos predican la prudencia, la sabia espera, la observación cautelosa de las manifestaciones divinas, la oración ferviente, y quieren que la Esposa de Jesucristo sea paralizada por un reumatismo diabólico que permita así un triunfo definitivo. Se han valido de la desorientación, se han valido de la ignorancia del pueblo, se han valido de la falta de medios, se han valido del aislamiento en que está la Iglesia, pues hay comunidades pequeñas por todo el mundo. Pero ya es tiempo de detenerlos, ya hayan llegado incluso a obispos con apariencia de santos o prudentes, y reunir a todos los que quieran salvar a la Iglesia en esta lucha esencial y terminal. Ellos mismos se han de quitar las caretas a la hora en que la Iglesia elija al padre comun, porque ese será el gran cernidor que nos identifique a todos, caigan las calumnias por tierra y vuelva la unidad y la caridad porque el papa arreglará todas las cosas y todos estarán con él.
Es hora de recordar aquello que señalaba muy especialmente el Papa Pío XII en su mensaje de Navidad de 1946 "Nella Storia" a los gobernantes del mundo: "Es siempre la misma táctica contra la Iglesia: "Hiere al pastor, y las ovejas quedarán dispersas". Siempre la misma táctica incapaz de renovarse, siempre no menos vana que deshonrosa, se repite en los lugares más diversos, y se aventura hasta los mismos pies de la Sede de Pedro...Hoy como ayer, mañana como hoy, todos los esfuerzos para vencerla y disgregarla tendránque ceder y saltar hechos pedazos ante la fuerza vital DEL VINCULO DE LA CARIDAD que une al pastor con su grey".
Pero si por la extrema desorientación y crisis esto no se comprende, Dios ha de suscitar a hombres en la Iglesia, como lo ha hecho en los pasados siglos, para que haciendo equipo con todos aque líos sinceros creyentes, pugnen por la unidad que sólo puede venir cuando esté Pedro gobernándola.

EL ÚNICO QUE PUEDE UNIR A LA IGLESIA ES EL PAPA.
Pero se me puede preguntar: ¿cómo es posible unir a la Iglesia si no hay papa?, a lo que respondo: no solamente la presencia de Pedro, sería motivo de unidad, sino tan sólo la acordidad de voluntades de todos los verdaderos católicos en lograrla lo más pronto posible.
Se iría la discordia que es enemiga de la Caridad, y ésta, uniría nuevamente a todos los miembros de la Iglesia. La prudencia de la Iglesia sería una norma para actuar y no la propia voluntad, se cumpliría la justicia porque los pequeños en la Fe serían alimentados con los auxilios espirituales que hoy la división está matando, y la fortaleza ilustrada por la esperanza, si no daría a la Iglesia el triunfo sobre el Anticristo, inyectaría toda la fuerza necesaria para resistir hasta el día final.
Si esto no sucede, es evidente entonces que no se quiere al representante de Jesucristo. Es evidente que no se quiere oír al Señor, pues El habla por el papa. Ni se quiere la unidad, ni se quiere la concordia y unión de voluntades, y esta situación no pudiendo ser aceptada para todos aquellos que son verdaderamente católicos, los AUTORIZA PLENAMENTE a proceder a la elección, aunque el número de ellos sea muy reducido, y su acción sea condenada por todos los demás que estando en las filas tradicionalistas, se supone que son católicos de verdad. Engañados o no, de conciencia errada honesta o no, NUNCA tendrían ninguna autoridad para impedir el cónclave, pues el juicio de los hombres no importa, ni vale absolutamente nada cuando se cumple una elemental y urgentísima obligación para salvar a la Iglesia.
Santo Tomás de Aquino en su Suma contra Gentiles (Libro 4, Cap. 76), dice: "La unidad de la Iglesia, requiere la unidad de todos los fieles en la fe. Pero en torno a las cosas de fe, suelen suscitarse problemas. Y la Iglesia se dividiría por la diversidad de opiniones DE NO EXISTIR UNO QUE CON SU DICTAMEN LA CONSERVARA EN LA UNIDAD. Luego, para CONSERVAR LA UNIDAD DE LA IGLESIA, ES PRECISO QUE HAYA UN JEFE UNIVERSAL QUE LA PRESIDA. Ahora bien, nos consta -que Cristo no desampara en sus necesidades a la Iglesia por quien derramó su sangre; pues incluso de la sinagoga dijo: "¿Qué más podría hacer yo por mi viña que no lo hiciera?". Luego, indudablemente, HA DE HABER UN SOLO JEFE PARA TODA LA IGLESIA POR DISPOSICIÓN DE CRISTO".
Santo Tomás nos dice que se suscitan diversas opiniones doctrinales cuando no hay papa. Es innegable que esto es lo que está sucediendo actualmente y esta es la condición que impone la gravísima obligación de la elección papal. No las contingencias diversas, no las opiniones personales ni las medidas "prudentes", no el número pequeño a que ha sido reducida la Iglesia, sino la extremísima necesidad de la unidad en la Doctrina y en la Caridad.
El Papa León XIII en su carta Encíclica Satis Cognitum del 29 de junio de 1896 dice al respecto: "Mas, en cuanto al orden de los obispos, entonces se ha de pensar que está debidamente unido a Pedro, como Cristo mandó, cuando a Pedro está sometido y obedece; en otro caso, NECESARIAMENTE, SE DILUYE EN UNA MUCHEDUMBRE CONFUSA Y PERTURBADA".
El Papa Pío XII, en su carta Encíclica Mystici Corporis del 29 de junio de 1943, escribe: "...los que están separados entre sí por la fe O POR EL GOBIERNO, NO PUEDEN VIVIR EN ESTE ÚNICO CUERPO Y EN ESTE ÚNICO ESPÍRITU". También dice: "Hállanse, pues, en un peligroso error aquellos que piensan poder abrazar a Cristo Cabeza de la Iglesia, sin adherirse fielmente a su Vicario en la tierra". Y también: los Pastores, en nombre de Cristo, la grey que a cada uno ha sido confiada, "no son completamente independientes, sino que están puestos bajo la autoridad del Romano Pontífice".
Es obvio entonces que habiendo surgido las divisiones doctrinales, lo cual es innegable, de que habla Santo Tomás; que los fieles católicos y sobre todo los obispos se han convertido en una masa "confusa y perturbada"; y que no se puede participar del místico Cuerpo de Cristo que es la Iglesia cuando no se está unido por un único gobierno, los que se han dado cuenta de esta situación, aunque sean pocos, deben elegir papa a la mayor premura posible.
Pienso que sería una más cercana señal de la inminencia del fin, descubrir que en la que es la Iglesia remanente, ya no se quiere oir la Voz de Cristo que habla por el papa infaliblemente. Porque parece que solamente se atiende a los dictados de la propia opinión y voluntad. ¿Puede haber un cumplimiento más dramático de la profecía de Jesucristo que anuncia que si fuera posible, hasta los justos se perderían?.

ES LA HORA EN QUE TODOS LOS CATÓLICOS DEBEN COLABORAR.
La Iglesia está en peligro y esto a nadie ha sido ocultado que vive en las filas del llamado tradicionalismo. Por eso, si nos negamos a colaborar, si nos negamos a la unidad esencial, si cerramos las puertas a la paz de Cristo, si estamos matando la Caridad, si no cerramos nuestros oídos y nuestros corazones a los predicadores de falsas doctrinas y falsas prudencias, si no estamos procurando la elección de nuestro padre común el papa para que nos hable palabras infalibles de inmortalidad, si no queremos reconocer que la salvación del mundo es la salvación de la Iglesia, y que su muerte marca el día del fin en el que Jesucristo la resucita y destruye toda la obra del mundo, entonces no tendremos justificación ante Dios cuyos derechos no pueden ser despreciados ni enlistados en las prioridades del interés humano. Porque la Iglesia, "es la salvación de Dios hasta el confín de la tierra". Así decía el Papa Pío XII en su alocución consistorial del 20 de febrero de 1946 .
Hagamos nuestras las palabras que este inolvidable papa dirigió a los gobernantes del mundo, al finalizar el año 1946: "Por esto, Nos, repetimos a todos aquellos que pueden alargar una mano para socorrer: ¡No se enfríe vuestro celo; vuestra ayuda sea cada vez más pronta y generosa!. Calle todo estrecho egoísmo, toda mezquina vacilación, toda amargura, toda indiferencia y todo rencor".

ACTUAR INCLUSO CONTRA LA OPINIÓN DE LA MAYORÍA.
"El más grande servicio que un hombre puede rendir a sus semejantes, decía Mons. Freppel, en las épocas de desfallecimientos y oscuridad, es el de afirmar la verdad sin temor, cuando hasta no se le escucharía: porque es un surco de luz que abre a través de las inteligencias, y si su voz no llega a dominar los ruidos del momento, por lo menos será recogida en el futuro como mensajera de la salvación" (Guy de Rochebrochard, Pág. 40).
No siempre los hombres en la Iglesia estuvieron de acuerdo con lo que hicieron todos aquellos que la sacaron de las crisis. Muchos opinaron en contra con honestidad y otros con oculta malicia, pero la verdad estuvo de parte de esa minoría que a veces contra toda aparente lógica y conveniencia, actuaron apegándose a la Palabra y entregándose con confianza a la ayuda divina.
En nuestro tiempo tenebroso y anticrístico, de suma desorientación y ruido, no será diferente, y los pocos, AUN MUY POCOS, que actúen en medio de la condena, apegándose a la promesa y a la Palabra infalible, aún pareciendo que no se puede cumplir, serán quienes, si el mundo no acaba, habrán dejado las bases de la Iglesia de mañana.

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