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jueves, 20 de octubre de 2011

LA PERSECUCION DE VALERIANO

Valeriano, el mejor general de Galo, sucede a éste en el Imperio tras derrotar sin combate a su rival Emiliano, asesinado por sus propias tropas. Recibido con júbilo, puesta la esperanza en sus altas cualidades de capitán y hombre sensato en momentos de profunda decadencia y desánimo interior y de constante presión sobre las fronteras, el sino de Valeriano había de ser el más trágico que podía caber a un caudillo supremo del ejército de Roma. Favorable en sus comienzos al cristianismo (de 254 a 257), le declara luego por dos edictos sucesivos una guerra cruel que nada políticamente podía justificar.
Más peligrosos enemigos que los cristianos, que apenas si habían cicatrizado las profundas heridas de las anteriores persecuciones y a quienes turbaban de Oriente a Occidente querellas y disputas interiores, eran los que se asomaban amenazadores por todas las fronteras del Imperio: hordas de germanos, francos y alemanes que franqueaban el Rin y el Danubio, godos que invadían las costas del Ponto Euxino y llegaban devastando y saqueando hasta el mar Egeo; bereberes que se insurreccionaban en Africa y, sobre todo, los persas del rey Sapor, que invaden la Mesopotamia y llegan hasta Antioquía de Siria. Valeriano había de caer prisionero del enemigo secular del nombre de Roma y sufrir la humillación de servir de estribo para montar el gran Sapor en su caballo. Los cristianos vieron en este gran desastre el castigo del perseguidor de la Iglesia. Su hijo, Galieno, que concedió la más amplia y generosa paz a la Iglesia, es probable pensara como los mismos cristianos.
Entre los documentos que nos quedan sobre esta persecución, descuellan los fragmentos de dos cartas de San Dionisio Alejandrino conservados por Eusebio. San Dionisio aplica a Valeriano estas palabras del Apocalipsis: Le fue dada una boca que habla insolencias y blasfemias y le fue dado poder y se le concedieron cuarenta y dos meses (Apoc. XIII, 5).
Valeriano termina su mando hacia mediados de 260; retrocediendo, pues, los cuarenta y dos meses que le concede San Dionisio, hay que poner el pricipio de su persecución en 547, fecha del primer edicto anticristiano. El texto no se nos ha conservado; sin embargo, el interrogatorio mismo de San Dionisio, de cuya autenticidad no cabe dudar, nos da lo esencial de sus disposiciones: un acto de reconocimiento de la religión del Imperio, adorando a los dioses, adoración que, en la mentalidad sincretista de la época, no había de ser incompatible con el culto que privadamente los cristianos pudieran dar a su Dios particular; prohibición de celebrar reuniones de culto, que se declaraban asociaciones ilícitas y caían bajo el terrible peso de la ley, equiparadas que estaban por ésta a crimen de lesa majestad o atentado contra la seguridad del pueblo romano; de ahí que el rehusar acatamiento a la religión oficial se castigue sólo con destierro y se amenace con pena capital la infracción de la ley de las asociaciones ilícitas. La Iglesia, ya de antiguo, había tomado la forma de una corporación o colegio funerario, al amparo de la ley que protegía tales colegios como cosa sagrada. Valeriano intenta el primer esfuerzo por disolver la corporación cristiana y quitar a la Iglesia la base jurídica sobre la que, gracias a la propiedad colectiva, se apoyaba hacía siglo y medio. Los cementerios quedan secuestrados y ningún cristiano los puede visitar, bajo pena de muerte. Esta gravísima medida es característica del edicto de Valeriano. Ni Decio mismo, tan respetuoso con la tradición romana, se había atrevido a tocar los dominios funerarios de la Iglesia.
El genio malo de Valeriano fue Macriano, personaje ambicioso, aspirante al Imperio, dado a las artes mágicas y enemigo encarnizado de los cristianos. Dueño del alma supersticiosa y débil del emperador, le empujó hacia la guerra contra la Iglesia, pendiente abajo de su ruina. Oigamos ahora cómo nos dice todo esto un contemporáneo de los hechos, actor de algunos de ellos, Dionisio de Alejandría, una de las máximas figuras cristianas del siglo III. Como San Cipriano, sufre las dos terribles persecuciones de Decio y Valeriano; mas a diferencia del gran obispo cartaginés, la corona del martirio no llega a ceñir la cabeza del alejandrino. Esto debió de parecerle intolerable a un colega de episcopado, por nombre Germano, que debió de echar en cara a Dionisio haber salvado la vida y no estar ya en el cielo gozando entre los mártires. Gracias a estas miserias de la rivalidad y envidia humana, que no perdona ni a los hombres que profesan ley y doctrina divina, sabemos las andanzas del obispo alejandrino en las dos persecuciones. Transcrito lo referente a la de Decio, he aquí dos fragmentos eusebianos sobre la de Valeriano.

De las cartas de San Dionisio sobre la persecución de Valeriano.
(Eus., HE, VII, 10, 1-11, 19.)

Galo y los suyos, antes de cumplir dos años completos de su mando, fueron quitados de en medio, y Valeriano, juntamente con su hijo Galieno, le sucede en el Imperio. Nuevamente, pues, nos es dado saber por la carta a Ilerinammón lo que acerca también de Valeriano cuenta Dionisio. Su relato es del tenor siguiente:"Y a Juan igualmente le fue revelado: Y se le dió —dice—boca que habla insolencias y blasfemias y se le dió poder y se le concedieron cuarenta y dos meses... (Apoc. 13, 5). Ambas cosas son de admirar en Valeriano y, sobre todo, considerar, cómo asi era antes de esto, cuán benévolo y favorable se mostraba para con los hombres de Dios. Y, efectivamente, ninguno de los emperadores anteriores a él, aun los que públicamente se decía haber sido cristianos, mostró la benevolencia y acogimiento de Valeriano, quien a los comienzos de su mando los trataba a la faz de todo el mundo con la mayor familiaridad y amor. Toda su casa estaba llena de hombres religiosos y no parecía sino una Iglesia de Dios. Mas el que era maestro y director supremo de los magos procedentes de Egipto le indujo a cambiar de actitud, sugiriéndole que matara y persiguiera a los hombres puros y santos, como contrarios e impedidores de sus vergonzosas y abominables encantaciones (y, efectivamente, son y eran capaces con su sola presencia, con una mirada, con un mero soplo y una palabra, de disipar todas las asechanzas de los funestos demonios), y, en cambio, aconsejó al emperador practicar iniciaciones impuras, ritos sacrilegos de brujería y detestables ceremonias religiosas, como degollar a míseros niños, sacrificar hijos de padres infortunados, abrir las entrañas de los recién nacidos y cortar por medio y desventrar las imágenes de Dios, haciéndole creer que por estos procedimientos había de alcanzar la felicidad.
Y a esto añade luego:
"Buenos sacrificios de acción de gracias ofreció a sus dioses Macriano por el ambicionado Imperio. El que antes se decía estaba al frente de las cuentas universales del emperador, no tuvo pensamiento de cuenta ni entendió nada de universal, sino que cayó bajo la maldición del profeta que dice: ¡Ay de los que profetizan según su propio corazón y no ven lo universal! (Zach. 13, 3).
Y, efectivamente, no comprendió Macriano la Providencia que atiende a lo universal, ni puso ante sus ojos el juicio del que es antes que todo y obra por todo y está sobre todo, por lo que se convirtió en enemigo de su Iglesia universal y se hizo a sí mismo ajeno y forastero de la misericordia de Dios y fugóse cuan lejos pudo de su propia salvación, sacando en esto verdadero su nombre de Macriano".
Y después de otras cosas dice:
"Y, en efecto, inducido Valeriano por éste a la persecución, vino a ser objeto de insolencias y baldones, conforme a lo dicho por Isaías: Y éstos escogieron para si sus caminos y las abominaciones que quiso su alma; pues yo me escogeré las irrisiones de ellos y les daré la paga de sus pecados. Macriano, en cambio, codiciando locamente, sin mérito alguno, el Imperio y no pudiendo por su cuerpo contrahecho vestirse él la púrpura imperial, puso delante a sus dos hijos para que sobre ellos cayeran los pecados de su padre. Claramente se cumple sobre éstos la predicción que Dios dijo: Yo soy el que castigo los pecados de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación contra los que me aborrecen (Ez. XX, 5). Y, en efecto, descargando sobre las cabezas de sus hijos sus propias malvadas ambiciones fracasadas, sobre ellos hizo caer su maldad y su odio a Dios."
Tales cosas escribe Dionisio sobre Valeriano.
Lo que él mismo, junto con los demás, hubo de sufrir por causa de su piedad para con el Dios del universo, en la persecución violentísima que aquel emperador desencadenó, lo declaran sus propias palabras en carta a Germano, obispo contemporáneo suyo, que intentó calumniarle, y son del tenor siguiente:
"Realmente corro peligro de caer en locura y estupidez grande, obligado a explicar la maravillosa dispensación de Dios sobre mí; pero pues es bueno—dice la Escritura—ocultar el secreto del rey, y glorioso revelar las obras de Dios (Tob. XII, 7), voy a atacar de frente la violencia de Germano.
Yo tuve que comparecer delante de Emiliano, no solo, ciertamente, sino que me acompañaban mi compañero de sacerdocio Máximo y los diáconos Fausto, Eusebio y Queremón, y hasta uno de los hermanos venido de Roma entró juntamente con nosotros. Emiliano no me intimó como cuestión capital: "No tengas reuniones." Esto, para quien iba derecho al fondo de la cosa, resultaba algo accidental y de última importancia. La cuestión, para él, no estaba en que yo reuniera o no a los demás, sino en que ni yo mismo fuera cristiano, y eso es lo que me intimó que dejara de ser; pues opinaba que si yo me pasaba al culto de los dioses, los demás habían de seguirme. Mas yo le respondí de modo que no desdice ni está muy lejos de la respuesta de los Apóstoles, de que antes hay que obedecer a Dios que a los hombres (Act. V, 29), y derechamente atestigüé que sólo al Dios verdadero y a ningún otro doy culto, y que jamás podía cambiar y dejar de ser cristiano. Después de esto, nos sentenció al destierro en una aldea próxima al desierto, llamada Cefro. Pero bien será escuchéis lo que uno y otro dijimos, tal como consta en las actas:
"Introducidos Dionisio, Fausto, Máximo, Marcelo y Queremón, Emiliano, que desempeñaba el cargo de prefecto, dijo:
Sin apelar a escrito oficial alguno, de viva voz he conversado con vosotros acerca de los sentimientos de humanidad de que nuestros señores están animados para con vosotros; y, en efecto, os dan poder de salvar vuestra vida, a condición de que queráis volver a lo que es conforme a naturaleza y adorar a los dioses salvadores de su Imperio, y olvidaros de lo que a la propia naturaleza repugna. ¿Qué contestáis, pues, sobre eso? Porque yo no espero que vayáis a mostraros ingratos a la humanidad de nuestros señores, cuando es patente que os exhortan a lo mejor.
Dionisio respondió:
—No todos adoran a todos los dioses, sino que cada uno da culto a los que tiene por tales. Nosotros, consiguientemente, al que es solo Dios uno y artífice de todas las cosas, al que justamente ha puesto el Imperio en manos de los piísimos Augustos, Valeriano y Galieno, a éste damos culto y adoramos y a Él continuamente dirigimos nuestras súplicas por el Imperio de los Augustos, pidiéndole que permanezca inconmovible.
Emiliano, prefecto, les dijo:
—¿Y quién os impide adorar también a éste, si en definitiva es un dios, juntamente con los que por naturaleza son dioses? Porque lo que se os ha mandado es que deis culto a los dioses que todo el mundo sabe.
Dionisio contestó:
—Nosotros no adoramos a ningún otro.
Emiliano, prefecto, dijo:
—Veo que sois no solamente ingratos, sino estúpidos, ante la mensedumbre de nuestros Augustos; por lo tanto, no habéis de seguir en esta ciudad, sino que seréis enviados a las partes de la Libia, al lugar llamado Cefro, pues este lugar he escogido, conforme a las órdenes de nuestros Augustos. Y en manera alguna se os permite, ni a vosotros ni a ningún otro, ni tener reunirines ni entrar en los llamados cementerios. Y si se descubre que alguno no ha ido al lugar que he mandado o se le sorprendiere en alguna reunión, él mismo se busca el peligro, pues no ha de faltar el conveniente castigo. Retiraos, pues, donde se os ha mandado."
Y no obstante hallarme enfermo, me obligó a salir precipitadamente, sin darme ni el plazo de un día. ¿Qué tiempo, pues, me quedaba a reunir o no reunir todavía al pueblo?"
Luego, tras otras cosas, dice:
"Y, sin embargo, con la ayuda del Señor, ni aun de la reunión corporal nos abstuvimos; pues, por una parte, tuve particular cuidado de convocar a los de la ciudad, catino si estuviera yo presente—ausente, sí, de cuerpo, como dijo el Apóstol, pero presente de espíritu (1 Cor. 5, 3) —; y en Cefro, por otra, se trasladó con nosotros una gran Iglesia, compuesta de los hermanos que nos siguieron de Alejandría y de otros que afluían de Egipto. Y aun allí mismo el Señor abrió una puerta a la palabra. Cierto que al principio nos persiguieron y apedrearon; pero luego, no pocos de entre los gentiles, dejando los ídolos, se convirtieron a Dios. Y los que antes no habían jamás oído la palabra de Dios, entonces, por vez primera y por ministerio nuestro, se sembró entre ellos. No parece sino que no tuvo el Señor otro fin de llevarnos allí, pues apenas quedó cumplido este ministerio, nos sacó nuevamente de aquel lugar. Porque Emiliano determinó trasladarnos a parajes más ásperos, según parecía, y más líbicos, y así, a los grupos más numerosos mandó reunimos junto a la Mareotis, señalando a cada uno una aldea por el país; a mí, en cambio, se me ordenó vivir junto al camino, como a quien había de prender primero. Pues, evidentemente, iba disponiéndolo y preparándolo todo de modo que en el momento que quisiera prendernos, nos tuviera a todos a mano.
Por mi parte, cuando recibí la orden de salir para Cefro, a pesar de que desconocía dónde se hallara tal lugar y apenas si lo había oído antes nombrar, partí para allí animosamente y sin turbación alguna; mas cuando se me anunció que me debía trasladar a Colutión, los que estaban presentes saben mi disposición de ánimo, pues aquí tengo que acusarme a mí mismo. De pronto, me sentí molesto y me irrité sobremanera; pues si bien es cierto que aquellos lugares me eran más conocidos y familiares, pero nos decían que la comarca no tenía hermanos ni hombres serios, expuesta, en cambio, a las molestias de las caravanas y a las incursiones de los salteadores. Me consolé, sin embargo, al recordarme los hermanos que Colutión estaba más próximo a Alejandría, y que si Cefro nos había procurado un amplio trato con hermanos de Egipto, hasta poder dilatar la acción de la Iglesia, con más razón allí, dada la mayor proximidad de la ciudad, nos sería dado gozar más frecuentemente de la vista de los realmente amados, familiares y queridos; porque ellos vendrán y allí se detendrán, y, como si se tratara de arrabales un poco alejados, se celebrarán reuniones con los sucesivos grupos. Y así sucedió."
Y después de relatar otras cosas a él sucedidas, escribe de nuevo:
"Seguramente se enorgullece Germano de las muchas veces que habrá confesado la fe, y tiene grandes cosas que contar de lo mucho que contra él se ha hecho. Tanto, sin duda, cuanto sobre mí puede ir enumerando: sentencias, confiscaciones, proscripciones, saqueo de mis bienes, renuncias a dignidades, desprecios de la gloria lnundana, repudio de alabanzas de parte de gobernadores y senatoriales y, al contrario, aguante de amenazas, de gritas, de peligros, de persecuciones, de vida errante, de estrecheces y tribulaciones de todo linaje: lo que me sucedió bajo Decio y Sabino, y ahora bajo Emiliano. En cambio, ¿dónde apareció Germano? ¿Quién ha dicho de él una palabra? Mas, en fin, voy a dejar a un lado la locura a que me lleva Germano, y que los hermanos que están enterados cuenten cada uno de los casos que me han sucedido."

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