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viernes, 8 de abril de 2011

Centro de los Privilegios de María (II)


la maternidad divina supera incomparablemente en excelencia a la dignidad de hijos adoptivos y a la de los sacerdotes de la nueva alianza.
I.— Por señalados que sean los testimonios con que hemos demostrado la excelencia de la maternidad divina y por poderosos que parezcan los motivos por los cuales exaltamos sobre toda dignidad creada, todavía parece que deba ceder ante la dignidad de la filiación adoptiva o, lo que es lo mismo, como lo veremos después, ante la dignidad de la maternidad espiritual. En prueba de ello podrían alegarse tres razones: los admirables privilegios encerrados en la gracia de adopción, la autoridad del mismo Jesucristo, el sentir de los Santos.
En primer lugar, los privilegios encerrados en la adopción divina, "don de todos los dones", como lo llamó San León el Magno. ¿Qué es, si no, la gracia de la adopción según la doctrina católica? Una participación perfectísima de la naturaleza increada, la imagen de la divina esencia impresa en nuestras almas, el lazo misterioso que nos une estrechísimamente con la substancia misma de Dios. Por ella la Trinidad toda entera. Padre, Hijo y Espíritu Santo, habita en el hombre como en santuario viviente; por ella somos verdaderamente de la familia de Dios, coherederos de Jesucristo; por ella vivimos no sólo con vida de naturaleza, sino con una vida calcada en la vida misma de Dios, vida sobrenatural y divina; por ella, en fin, nos hacemos hijos de Dios y aun dioses.
Ahora bien; la maternidad divina, por estrecho que sea el parentesco que establece entre Jesús y María, no incluye formalmente en sí misma y por sí misma tan altas y gloriosas prerrogativas. No imprime la imagen de Dios en el alma, no transforma físicamente la naturaleza, no es un principio de vida superior a toda vida natural. Si despojaseis a la Madre de Dios de todos sus privilegios de gracia, dejándole sólo su maternidad, jamás con ésta sola podría contemplar cara a cara la gloria de Dios, como la contemplan en el cielo los hijos adoptivos, porque la maternidad, por su esencia,
no es más que una relación, la relación de la Madre al fruto de sus entrañas. De donde parece seguirse que la comparación de los privilegios encerrados en la adopción divina y la dignidad de la maternidad divina nos obliga a preferir la dignidad de hijos adoptivos a la dignidad de la Madre de Dios.
En segundo lugar, parece confirmar esta preferencia la autoridad de Jesucristo mismo. Evangelizaba el Salvador a las turbas de Judea. Mientras la muchedumbre, que le seguía presurosa y llena de entusiasmo, le escuchaba con admiración, los escribas y los fariseos, envidiosos, se esforzaban en tenderle lazos para desacreditarlo ante el pueblo. "Y aconteció —nos refiere el Evangelio— que cuando así hablaba, una mujer, levantando la voz en medio de la gente, le dijo: Bienaventurado el vientre que te llevó y bienaventurados los pechos que te amamantaron. A lo cual respondió Jesús: Antes bienaventurados que oyen la palabra de Dios y la guardan" (Luc, XI, 27, sq.1). Oír la palabra de Dios y guardarla es ser hijos de adopción, porque es ser amados del Padre y del Hijo y tenerlos como moradores dentro de nosotros como en un santuario que les está consagrado (Joan., XIV, 23). Hemos traducido la palabra latina quinimo con la palabra antes. Otros traducen de esta otra manera: al contrario, como si Nuestro Señor dijera: "No, no hay que proclamar bienaventurada a mi Madre, sino que esto ha de reservarse para aquel que oye y guarda la palabra de Dios, la ley divina". Sea como fuere, si es difícil ver qué es lo que puede significar en el texto evangélico semejante oposición, parece que no se puede poner en duda hacia qué lado se inclinan las preferencias del Salvador.
Y así han interpretado los Santos Padres esta escena evangélica. Para convencernos baste leer a San Agustín: "Lo que el Señor glorificó en su Madre fué el cumplimiento de la divina voluntad, no el alumbramiento corporal por el que él tenía carne humana. Y así, cuando el Señor provocaba la admiración de las turbas y mostraba con muchos milagros lo que encerraba en su carne, como algunas almas exclamaran, Bienaventurado el seno que te llevó, respondió él: Mucho más bienaventurado aquel que oye la palabra de Dios y la guarda, es decir: Mi Madre, a quien vosotros proclamáis bienaventurada, lo es en efecto, porque guarda la palabra de Dios. Es bienaventurada, no porque el Verbo se haya hecho carne en ella para habitar entre nosotros, sino porque guarda al Verbo de Dios por quien fué hecha y que se hizo carne en ella. Por tanto, no se gloríen los hombres de una posteridad temporal, sino sea su alegría de estar unidos a Dios por el espíritu" (S. August., Tract. X in Joan., n. 3. P. L. XXXV, 1468).
Y no se crea que el Santo Doctor sacó estas conclusiones tras estudio superficial y sin madura reflexión, pues insiste en ellas y de nuevo las confirma, comentando otro pasaje del Evangelio. Un día, según refiere San Mateo, Jesús estaba hablando a las muchedumbres y se le acercó uno y le dijo: "Tu Madre y tus hermanos están allá fuera y te buscan". Y Jesús le contestó: "¿Quién es mi Madre y quiénes son mis hermanos?" Y entonces, extendiendo la mano hacia sus discípulos, añadió: "Estos son mi Madre y mis hermanos. Porque quien hiciere la voluntad de mi Padre que está en ios cielos, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre" (S. Matth., XII, 47, sq. ; S. Luc, VIII, 20, 21). Otra vez se ve aquí el parentesco según el espíritu puesto en parangón con el parentesco según la carne, y parece claro que aquél es el preferido del Señor, y así lo entendió San Agustín:
"¿Qué lección, pregunta, quiso darnos el Señor en esto? Esta y no otra: que el parentesco según la carne cede ante el parentesco según el espíritu, de tal manera, que lo que hace felices a los hombres no es el estar unidos a los hombres justos y santos con los vínculos de la sangre, sino el seguir su doctrina y el imitarlos en su obediencia a los divinos preceptos. Por tanto, para María es dicha mayor el haber recibido la fe de Cristo que el haber concebido la carne de Cristo... En cuanto a sus hermanos, quiere decir en cuanto a sus allegados según la carne, ¿de qué les sirvió el ser parientes de Cristo, por lo menos a aquellos que no creyeron en él? De la misma manera, el parentesco maternal con Cristo de nada hubiera servido a María si no lo hubiera concebido con mayor dicha con el corazón que con el cuerpo" (S. August., L. de Virginit., n. 3, P. L. XL, 397, 30S.). Textos tan terminantes del gran Doctor nos dispensan de alegar otros, mayormente cuando a ellos no se opone ninguno de los Santos Padres, ni aun de los más graves y de los que más se aventajaron en la devoción a la Madre de Dios.

II. — ¿Será, pues, menester confesar que exageraron los Padres, los Doctores y los Santos al ensalzar la maternidad divina de María? ¿Quién osará decir esto y quién se atreverá a rebajar lo que ellos enaltecieron tan maravillosamente? Para resolver cuestión, al parecer, tan compleja y conciliar afirmaciones que parecen opuestas entre sí bastará una observación muy sencilla. La maternidad divina puede ser considerada desde dos puntos de vista. Podemos considerarla primeramente en sí misma en cuanto a aquello que formalmente la constituye, es decir, en cuanto es puramente maternidad de sangre, relación de Madre a Hijo, haciendo abstracción de todo aquello que supone como disposición necesaria y de todo aquello que reclama como su natural complemento. Después la podemos considerar, no ya en sí misma y despojarla de todo lo que presupone y de todo lo que de ella se sigue, sino con el cortejo de gracias y de prerrogativas de las que es centro, raíz, medida y fin; en otros términos, como dice Suárez, "en cuanto encierra todo lo que por la naturaleza de las cosas y según el orden de la divina sabiduría en una u otra forma le es debido" (Suárez, De Myster. vitae Christi, D. I, sec. 2).
Si consideramos solamente la maternidad de sangre, debemos conceder que, aun siendo divina, no puede sostener, por varias razones, el paralelo con la gracia de adopción. Seguramente una virgen de cuya carne toma carne el Hijo de Dios es por esto sólo la Madre Admirable, porque la obra de la que ella es, después de Dios, causa principal, causa única, es la obra de las obras. Mas, por otra parte, la filiación adoptiva tiene sus privilegios peculiares. Si comparamos la dignidad del Soberano Pontífice, separada de la consagración sacerdotal, con la dignidad de los sacerdotes del Nuevo Testamento, aquélla, aun siendo el grado más elevado de la jerarquía, cede en poder a la segunda, porque no encierra en sí ni la potestad de consagrar el cuerpo del Señor ni la de absolver a los pecadores en el Sacramento de la Penitencia.
Aduzcamos aún otro ejemplo de un orden más elevado. Es un honor incomparable para la santa humanidad de Cristo, Salvador nuestro, el estar asociada en unidad de persona a la naturaleza divina; y, con todo esta unión, por sí misma, no puede dar aquello cuyo primer principio es la gracia santificante en los hijos de adopción: la fuerza de ejecutar actos absolutamente sobrenaturales y de ver a Dios cara a cara (Hemos dicho: Esta unión no puede dar por sí misma. Es verdad que exige estos dones creados, pero no los suple. He aquí la doctrina de Santo Tomas acerca de este punto. Con ella se esclarecerá lo expuesto acerca de la divina maternidad. Quiere probar el santo que en Cristo debió haber una gracia habitual semejante a la que se da a los hijos de adopción aunque más excelente y perfecta. Sabemos que, absolutamente hablando, sin la Gracia y las virtudes serían suficientes auxilios transitorios para la visión de Dios, como son suficientes para que los pecadores pongan los actos preparatorios de su justificación: pero sin contar que esta manera de pensar sería harto imperfecta, como lo advierte Santo Tomás, siempre quedaría en pie que la unión hipostática por sí soia no es suficiente). ¿Acaso se infiere de estas consideraciones que la dignidad pontificia no es superior a la sacerdotal o que la unión hipostática no sobrepuja infinitamente a la unión de los hijos adoptivos con Dios su Padre? Lejos de nosotros cosa semejante. La clave de la solución en que la dignidad de Soberano Pontífice exige connaturalmente toda la potestad de orden que se confiere en la ordenación sacerdotal y en la consagración episcopal, y asimismo, la humanidad de Salvador, unida personalmente al Verbo de vida, requiere como dote propia todos los dones de la gracia y de la gloria.
Con lo cual fácil cosa es ver cómo la maternidad divina excede inmensamente a las prerrogativas por las cuales somos hijos de Dios. Por su propia excelencia, la maternidad divina las implica como virtualmente en sí misma de tal manera, que no tiene todo el desarrollo de su ser hasta que haya sido revestida con todas ellas. Sería más fácil imaginar una madre de rey arrastrando en la corte misma de su hijo, en vez de vestiduras reales, harapos andrajosos, que a la Madre de Dios sin el ornato de la santidad. Y ésta es la razón por la cual los Santos Padres no separan en María los dos títulos de Madre de Dios y de hija de Dios, como pronto tendremos ocasión de ver.
Tal es la solución que hace tiempo dieron a esta cuestión nuestros teólogos.
Antes expuse el sentir de Suárez; pero ya se le había adelantado Alberto el Magno, el cual, preguntándose a sí mismo si la criatura puede recibir una gracia mayor que aquella por la que sería Madre de Dios, respondió negativamente: "Porque entre dos bienes debe ser preferido aquel que encierra en sí mismo su bondad propia y además la bondad del otro. Ahora bien; la maternidad divina implica necesariamente en sí mismo la filiación, basada en la adopción divina". Puede uno ser hijo adoptivo de Dios sin concurrir a darle su carne; pero ser la Madre de Dios y no participar de los tesoros de los hijos adoptivos tan copiosamente cuanto es posible sería evidente contrasentido.
Algunos años después otro teólogo, muy digno de ser considerado y estimado entre los escolásticos, planteaba de nuevo el mismo problema y lo resolvía en idéntica forma. La maternidad divina, decía, es con relación a la gracia lo que es el vivir respecto del ser. "Si alguno preguntara qué vale más, vivir o ser, necesariamente se le debería responder que vivir, porque el vivir implica el ser, mientras que el ser no encierra la vida. Y esto es lo que acontece en la cuestión presente" (Aegid. Rom., Quodl. 6, q. 18).

III.— La respuesta que dio Nuestro Señor a la mujer que bendecía a su Madre por haberle llevado en sus entrañas no se opone en modo alguno a esta doctrina, antes con ella se explica fácilmente. Nada tenemos que decir a los que en las palabras de Nuestro Señor ven la maternidad divina despreciada y rebajada por Jesucristo; si no, que vuelvan a leer el Evangelio, y si lo tienen, como lo tenemos nosotros, por la palabra infalible de Dios, dígannos cómo es posible que Nuestro Señor niegue que su Madre es bienaventurada por haberle concebido, cuando el Espíritu de Dios, por boca de la misma Virgen Santísima, ya antes la había proclamado bienaventurada por esta misma maravillosa concepción. Porque si todas las generaciones deben llamar bienaventurada a la Santísima Virgen, ¿no es la causa, como ella misma lo cantó, que el Señor miró la humildad de su sirva y obró en ella grandes cosas, es decir, la escogió para Madre suya? ¿Hay uno solo entre los cristianos que por espacio de tantos siglos le dan este gloriosísimo título, que lo entienda en otro sentido?
Y no sólo no despreció Jesucristo ni rebajó el título de Madre de Dios, sino que, si penetramos bien el sentido de su respuesta, veremos que con ella lo exalta por modo extraordinario. La mujer del Evangelio quería expresar la admiración que le habían causado las obras, la enseñanza y la persona de Cristo. Por esto llama bienaventurada a su Madre, porque ella le ha llevado en sus entrañas y le ha alimentado con la leche de sus purísimos pechos. Por consiguiente, no glorifica en María sino la maternidad física, sin mirar a ninguna otra consideración. Además, esta maternidad no es a sus ojos más que una estrechísima alianza con un gran profeta, con un taumaturgo, con el más ilustre de los enviados de Dios, pues nada nos prueba que en aquella ocasión lo reconociese por el Unigénito del Padre y que lo haya confesado como Dios. Nuestro Señor no contradice esta alabanza dirigida más a él que a su Madre. ¿Qué hace, pues? Aprovecha la ocasión para dar a los que le escuchan la lección más importante y necesaria de todas, aquella que había venido a predicar y persuadir al mundo con sus enseñanzas, y sobre todo con su ejemplo, conviene a saber: el cumplimiento de la voluntad de Dios santísima.
Este es el verdadero sentido de su respuesta: Que mi Madre sea bienaventurada por haberme dado mi carne y mi sangre, no lo niego; pero hay una dicha aún mayor, que es la de oír mis enseñanzas y servir a mi Padre. Y esto para la Virgen María es el más hermoso de los panegíricos y alabanza que está sobre toda alabanza. Porque María es no sólo la Madre de un profeta, de un enviado de Dios, del Hijo del mismo Dios, sino que es por excelencia la siervo, del Señor: Ecce Ancilla Domini. Y así como en cuanto primer privilegio ni tiene ni tendrá jamás igual, así tampoco ninguna criatura guardó ni guardará jamás la voluntad de Dios como la Santísima Virgen. Las cuales consideraciones nos muestran que la maternidad divina se engrandece más allá de toda medida, porque la plenitud de su fidelidad a la voluntad de Dios deriva de la maternidad divina como de su fuente primera y a la misma se refiere.
Estas explicaciones nos dispensan de insistir más largamente en la exposición del otro pasaje del Evangelio en el que se inculcan las mismas enseñanzas. "No —dice un autor antiguo—; el Señor no quiere aquí despojar a su Madre del honor que le merece, sino que quiere enseñarnos cuál sea la maternidad que la hace sobre todo bienaventurada, pues si el fiel que oye y guarda la palabra de Dios viene a ser como hermano y hermana y madre de Dios, como quiera que su Madre hace lo uno y lo otro, proclámala asimismo bienaventurada por razón de la maternidad según el espíritu" (Pseudo-Justin., Quaest. el resp. ad Orthod., q. 130. 1'. G. VI, 1389).
Por tanto, cuando los Santos y los Doctores, en sus comentarios sobre los dos textos evangélicos de que tratamos, comparando entre sí las dos bienaventuranzas y las dos maternidades, dan la preferencia ora a la bienaventuranza de los servidores de Dios, ora a la maternidad espiritual, no sólo no contradicen los elogios que ellos mismos tributan a la maternidad de la Virgen, mas antes los confirman y los explican. "María —dice el abad Guerrico— era la Madre de Jesús según la carne, y he aquí que el Salvador muestra que también en otro orden es su Madre de una excelente, porque ella se sometió en todo y de tal manera al beneplácito divino del Padre celestial, que de ella dijo el profeta: Vosotros os llamaréis mi voluntad (Isai., LXII, 4). Así, pues, aun allí donde parece que su Hijo hace poco caso de ella, allí la enaltece más, pues le duplica el honor que encierra la palabra madre, porque el mismo Hijo que ella llevó en sus entrañas encarnado llévalo formado por el Espíritu Santo en su corazón: eumdem filium, quem in alvo gestaverat, incarnatum, etiam animo gestabat inspiratum" (Guerric, In Ássumpt. B. M. V., serm. 4, n. 2. P. L. CXCV. 198. El mismo autor, en otro sermón, nos ofrece consideraciones muy consoladoras acerca de la maternidad espiritual. "La concepción de Cristo por la Virgen, es, no sólo mística, sino también moral. Es el sacramento de la redención y es también un ejemplo que imitar, de suerte que hacéis inútil para vosotros la trracia del misterio si no imitáis la virtud del ejemplo. Aquélla que concibió a Dios por la fe os es prenda sefrura de que si tenéis fe como ella, participaréis de su privilegio. En otros términos: que si aceptáis fielmente la palabra del enviado celestial, concibiréis, como ella, al Dios que el universo no puede contener. Lo podéis concebir con el corazón, y aun pudiera decirse con el cuerpo, si bien no de una manera corporal, porque el apóstol nos oidena que llevemos y glorifiquemos a Dios en nuestro cuerpo (I Cor., VI, 20). Por consiguiente, prestad oído atento, pues la fe viene del oído, y el oído, de la palabra de Dios (Rom., X, 17). Y esta palabra de Dios es la que evanireliza el Antíel de Dios con toda verdail, cuando un predicador fiel os habla del temor y del amor de Dios...
Cuan bienaventurados son los que pueden decir: Por vuestro temor, Oh Señor, hemos concebido y dado a luz el espíritu de salud (Isai., XXVI, 17, sq.) ; este espíritu no es otro que el espíritu del Salvador y la verdad de Cristo Jesús. Ved la inefable bondad y juntamente la incomprensible virtud del misterio. Aquél que os creó, es creado en vosotros y cómo si fuese poco teneros por hermanos, quiere que seáis su madre: Quien hiciere, dice, la voluntad de mi Padre, ése será mi hermano, mi hermana y mi madre (Matt., XII, 50). Alma fiel, ensancha tu pecho, dilata tu corazón, no estreches tus entrañas y concibe a aquel a quien la creación no puede contener en sí misma. Abre el oído al Verbo de Dios. Este es el camino por donde entra en los corazones para ser espiritualmente concebido...
Gracias a ti, oh Espíritu Santo, que soplas donde quieres, vemos por tu don no una sola alma fiel, sino millares llenas con este germen generoso; custodia vuestra obra y no permitas que estas almas echen fuera informe o muerto este fruto divino. Y vosotras, madres de un retoño tan glorioso y tan hermoso, velad vosotras mismas hasta que Cristo esté formado en vosotras... (Gal., IV, 19). Cuidad mucho de vosotras mismas, o mejor, cuidad mucho del Hijo de Dios en vosotras. Temblad ante el peligro de apagar en vuestro seno la semilla de Dios . .. Habéis concebido el espíritu de salud, pero todavía no lo habéis dado a luz..." Guerric. Abb., De Annunt. B. M. V., nn. 4 et 5. Ibíd., 122, 123).
Para resumir en pocas palabras las soluciones dadas, dos cosas deben notarse: primera, cuál era el fin que intentaba Nuestro Señor; segunda, los términos de la comparación. El fin de Nuestro Señor no era en aquella ocasión exaltar directamente a su Madre (ya lo había hecho y se reservaba el volverlo a hacer, colmándola de gracias maravillosas), sino el llevar a los hombres al cumplimiento de la voluntad de Dios. Los términos de la comparación no eran ni para él ni para los Santos, intérpretes de su palabra, de un lado, la maternidad divina, adecuadamente considerada, y de otro lado, la observancia de la ley de Dios, sino la maternidad meramente corporal con relación a la obediencia perfecta, principio de la filiación adoptiva y de la maternidad espiritual. En este sentido, ya lo dijimos, de más precio era para María el título de esclava del Señor que el de Madre de Dios. Pero tomad la maternidad divina tal cual es realmente, tal cual nos la han mostrado los teólogos y los Santos Padres, es decir, como centro en que desembocan y manantial de donde nacen todas las perfecciones de María, y así considerada, nada la sobrepuja, nada la iguala, porque aquello mismo que se pretendiera preferir a ella es en sumo grado su natural y propia prerrogativa.
Haremos una postrera advertencia. La maternidad corporal y la maternidad según el espíritu, que es como decir la filiación adoptiva, son dos dignidades de orden diferente. Si las consideramos en orden a la bienaventuranza eterna, la segunda, sin contradicción posible, es preferible a la primera, exclusivamente considerada; y he aquí por qué Nuestro Señor dijo: "Antes dichoso aquel que hace la voluntad del Padre". Mas en otro aspecto la maternidad divina, aun prescindiendo de los privilegios que lleva consigo y aun del derecho, latamente entendido, de recibirlos en toda su plenitud, es algo más grande y más sublime en el orden de la dignidad.
Una comparación que traen varios teólogos nos declarará mejor este pensamiento. Poned en parangón un niño que sale de las aguas del Bautismo, con todo el esplendor de su renovación espiritual, y el Pontífice sumo de los cristianos, Vicario de Jesucristo en la tierra: la bienaventuranza del niño excede a la del Pontífice, si no miramos más que a la función sagrada de éste. Pero, ¿quién no ve que la dignidad del Pontífice tiene derecho a homenajes y merece una veneración respetuosa que no tributamos a los noveles hijos adoptivos de Dios? El mayor en la Iglesia de Dios no es el justo, sino el Pastor de los pastores, sea cual fuere el grado de perfección espiritual y de santidad que tenga delante de Dios. Y, así, guardada la debida proporción, se ha de juzgar de la maternidad física de María en relación con su maternidad según el espíritu, que es de la que hablaba Nuestro Señor.

IV.—No es cosa rara ver poner en parangón la dignidad sacerdotal con la maternidad divina y aun preferir, bajo varios aspectos, la primera a la segunda. Y, en efecto, parece que el poder de consagrar el cuerpo y la sangre de Jesucristo es igual y aun superior al privilegio de dar a luz su carne. María no pudo concebir al Hijo de Dios sino una vez; más el sacerdote, en virtud del orden presbiteral, puede darle vida sacramental tantas veces cuantas quiera celebrar los divinos misterios. Si la Santísima Virgen lo llevó en sus brazos, ¿no tiene el sacerdote idéntico derecho? Si María lo dio al mundo, ¿no es función del sacerdote distribuirlo como alimento a los fieles tantas veces cuantas ellos quieran recibirlo de su mano? Y este mismo sacerdote, antes de darlo como alimento a los fieles, lo inmola sobre nuestros altares.
Lejos de nosotros el pensamiento de rebajar la grandeza de los sacerdotes del Nuevo Testamento, la cual es tan elevada que ningún hombre puede admirarla cuanto ella merece. Pero guardémonos de atribuirle una preeminencia a la que no tiene derecho. La dignidad de Madre de Dios sobrepuja de una manera excelsa a la dignidad de los sacerdotes en aquello mismo que parece dar pie para proclamar a ésta superior a aquélla. Jesucristo recibió su ser humano de la Virgen, y no lo recibe de los sacerdotes, pues, hablando con propiedad, la consagración no da la existencia a la Hostia sin mancilla. El Verbo encarnado no tiene otro ser substancial que el que en cuanto Dios recibió de su Padre y el que en cuanto hombre recibió de su Madre. El ser que llamamos sacramental no añade nada intrínseco a Jesucristo, pues no presupone ni mudanza ni perfeccionamiento real en su humanidad santísima. El cambio se obra únicamente en los elementos transubstanciados; el perfeccionamiento corresponde a las especies sacramentales, que ya después de la consagración no hacen sensible un pan común, sino al pan de vida, que es el cuerpo de Cristo. Así, pues, en este orden, la maternidad divina excede en dignidad al sacerdocio por razón del efecto producido.
Y también le aventaja por la manera con que produce su efecto, María en la concepción y alumbramiento del Hijo de Dios es, como las demás madres, causa principal: es madre por su propia virtud, si bien no concibe sin la operación del Espíritu Santo. Al contrario, la causalidad del sacerdote es puramente ministerial; el sacerdote está supeditado como un instrumento a aquél que por la boca del ministro pronuncia las misteriosas palabras: Este es mi cuerpo; esta es mi sangre, el cuerpo y la sangre del Soberano Sacerdote, Jesucristo Nuestro Señor.
La consideración del sacrificio suministra un nuevo testimonio en favor de la preeminencia de la maternidad sobre el sacerdocio. ¿No es, en efecto, cosa más grande y más noble producir de su propia carne y con su propia operación al Pontífice y a la Víctima de la Nueva Alianza que el prestar su ministerio a Jesucristo para que aparezca en nuestros altares en estado sensible y místico de Hostia?
Es cierto que al sacerdote pertenece el distribuir la santa víctima a los fieles de Cristo; pero, ¿podrían hacer esta distribución si María no la hubiese hecho antes en forma admirable, por su condición de Madre, cuando formó en su seno a aquél que había de ser inmolado por nosotros y dársenos por alimento y bebida?
No imitemos nada que, de una u otra manera, pueda dar al sacerdote la preeminencia sobre la maternidad. Si es prerrogativa del sacerdote llevar a los hombres la palabra evangélica, no olvidemos que el honor de traer al mundo en forma visible el Verbo mismo de Dios, la Luz eternamente escondida en el seno del Padre, fué oficio propio y peculiar de la maternidad de María. Por último, lo que mejor demuestra hasta qué punto la maternidad divina excede en dignidad a la dignidad sacerdotal es la comparación entre los privilegios de gracia inherentes a la una y a la otra. Dios, como es bien sabido, proporciona estos privilegios a la sublimidad de las funciones, en atención a las cuales los concede. ¿Quién se atreverá a decir que Dios prepara a sus sacerdotes con la plenitud de dones que derramó sobre su Madre? Claro está que el espíritu Santo desciende sobre los sacerdotes el día de su ordenación para hacerlos dignos ministros de sus misericordias; pero, por grandes que sean las efusiones de este Divino Espíritu, nadie, sin hacer injuria a la liberalidad del Hijo para con su Madre y sin contradecir toda la tradición católica, nadie podrá igualar con la plenitud que sobreabunda en la Madre las gracias singularísimas que se otorgan a los ministros de la Nueva Ley.
Erraría quien creyera que ya está dicho, por lo menos, todo lo más substancial acerca de la preeminencia de la maternidad sobre el sacerdocio cristiano. Para mostrar que no es así bastará recordar el estado de la cuestión. No es éste el lugar de comparar el efecto total de la bienaventurada Virgen María con el oficio ministerial del sacerdote y de la Iglesia. Haremos este estudio comparativo en la segunda parte de esta obra. En el punto a que hemos llegado sólo era caso de demostrar que la maternidad divina en sí misma, y como separada de todos los dones que la preceden y la siguen y de las funciones de las que debe ser, por decirlo así, natural sostén y fundamento, excede por modo inefable a la dignidad sacerdotal que Jesucristo, el Sacerdote Sumo, confiere a sus ministros; en una palabra, que la maternidad divina, aun desde este punto de vista limitado, es de un orden incontestablemente más elevado y más divino.
J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS...

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