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viernes, 1 de abril de 2011

MARTIRIO DE LOS SANTOS CARPO, PAPILO Y AGATÓNICA


Se discute en qué época haya de colocarse el martirio de los santos Carpo, obispo, y Papilo, diácono, a Los que se agregó, en el momento mismo en que aquellos eran ejecutados, una mujer, por nombre Agatónica. Eusebio (HE, IV, 15, 48) cita los nombres de estos mártires después de narrar el martirio de San Policarpo y aludir al de Pionio, cuyas actas afirma haber incluido en su tantas veces mentada Colección. Sin embargo, ningún apoyo cronológico ofrecen sus palabras:
"Corren además notas de otros que sufrieron el martirio en Pérgamo del Asia, a saber: de Carpo, Papilo y de una mujer, Agatónica, que terminaron gloriosamente después de confesar muchas veces, y de modo brillante, su fe."
Simeón Metafraste, en el siglo X, había dado una versión legendaria del martirio de estos santos, y ésta era la sola conocida hasta el descubrimiento de las actas auténticas en fecha relativamente reciente.
En 1888, Harnack, dedicaba un detenido estudio y cuidadosa edición a estas actas, que él pone decididamente en tiempo de Marco Aurelio. La edición de Harnack (TU, III, 3-4) ha pasado a las mejores colecciones y es la que, tras Rauschen, reproducimos aquí. Su autenticidad no ofrece duda. "Maravilloso es—dice un buen comentador— este relato, fundado en los protocolos judiciales. La peculiar originalidad, la sencillez de la expresión, tan vivamente conmovedora, y la a veces casi enigmática concisión de la descripción, garantizan el más alto grado posible de fidelidad histórica".
La escena se desarrolla en Pérgamo, la famosa capital de los Attálidas, rival de Alejandría por su movimiento científico; la gran ciudad donde se levantaba el magnífico altar de mármol dedicado a Zeus, desde los tiempos antiguos, y un templo a Roma y Augusto, en los de dominio romano; templo y altar que pudieran ser muy bien los que el vidente del Apocalipsis llama "trono de Satanás" (Apoc. 2, 13). Allí había sellado ya con su sangre la fe, seguramente en la persecución de Domiciano, Antipas, testigo fiel de Jesús.
Pérgamo pertenecía a la provincia de Asia. Las actas presentan al procónsul, cuya residencia oficial era Efeso, de paso por Pérgamo. Y aquí inician el proceso de los dos mártires. Qué circunstancia particular los llevara ante el tribunal del procónsul, lo ignoramos. Este les intima inmediatamente que sacrifiquen a los dioses conforme a "los decretos de los Augustos". La expresión nos haría pensar en los años en qué Lucio Vero está asociado en pie de igualdad con Marco Aurelio; sin embargo, poco más adelante se habla de "mandato del emperador". No hay, pues, aquí indicio cronológico decisivo. A decir verdad, la determinación con que el procónsul dice, en el v. 11: "Tienes que sacrificar, pues así lo ha mandado el emperador", más bien recuerda el edicto de Decio; mas, en el fondo, la orden de sacrificar a los dioses del Imperio puede decirse era permanente y no peculiar a ningún emperador, si bien unos la urgieran más que otros. Carpo funda su negativa en consideraciones que recuerdan la "apología" de Apolonio, y ello pudiera ser otra armonía con el siglo II. El demonio llenaba las mentes de paganos y cristianos por aquellos días, y, según Carpo, la acción del demonio explica los oráculos que parecen emanar de las estatuas de los dioses. Ante la definitiva negativa, el mártir es colgado del potro y desgarrado por uñas de hierro. En el tormento, mientras pudo emitir la voz, Carpo gritaba: "Soy cristiano."
Papilo, cuyo interrogatorio se cumple mientras Carpo sufre el tormento, debía de ser hombre apostólico. Aunque ciudadano de Tiatira, ciudad también de temprana nombradía en los orígenes de la Iglesia, a la pregunta del procónsul sobre si tiene hijos, responde que "los tiene en toda provincia y en toda ciudad". El procónsul intima que sacrifique a los dioses. Papilo contestó:
—Desde mi juventud sirvo a Dios, y jamás he sacrificado a los ídolos, sino que soy cristiano. Y nada más has de oír de mí; pues, efectivamente, tampoco es posible decirle nada ni más grande ni más bello.
Respuestas como éstas, que se graban indeleblemente en el alma por su nitidez, por su profundidad, por su naturalidad y belleza misma, son como un cuño de autenticidad en las actas que las contienen. Y es que sólo lo auténtico, lo que crea la vida y dicta el alma, guarda su virtud y eficacia por encima del tiempo. El procónsul tomó en serio la palabra de Papilo, y nada más le preguntó. Y en buena jurisprudencia trajánica, nada más había que saber para dar la sentencia. Los mártires son condenados a las llamas en el anfiteatro de Pérgamo, una de las contadas ciudades asiáticas que lo poseían. Las actas notan la sonrisa de Carpo en el momento que le están clavando en el poste, situado en el centro de la pira. Los circunstantes se sorprenden y le preguntan por qué ríe:
—He visto la gloria del Señor y me he alegrado, y juntamente me voy a ver libre de vosotros y no tener parte en vuestras maldades.
Nada como este paso da idea de la sobrenatural grandeza del martirio cristiano. Al que no la comprenda por sí, haremos mal en hacérsela comprender por silogismos apologéticos. Contentémonos con tenerle lástima, aquella compasión que Apolonio tuvo con su juez, pues, ciego de corazón, de nada le aprovecha la luz de la verdad.
La visión de Carpo contagia a una mujer que presenció su suplicio. Ella también vio la gloria del Señor, y levantando la voz: "También para mí —dijo—está preparado este banquete; tengo, pues, que tomar parte en el convite glorioso." Y rompiendo por todo, hasta por el instinto materno y las voces que le recordaban su deber de madre, ella misma se quita su ropa y se clava en el madero de la pira. Los presentes decían: "Duro juicio e injustos decretos." Sin embargo, el redactor no nos ha hablado de ningún juicio. Hay, pues, aquí una laguna, que procede sin duda del colector de las actas, a quien no le pareció valía la pena repetir un proceso que debió reducirse a la declaración de cristiana por parte de Agatónica y la inmediata sentencia del procónsul. ¿Qué pensar de esta impetuosa mujer que se precipita a la muerte, efecto de una visión? El redactor de las actas no condena su hazaña. Los modernos han visto en ella una sectaria del montañismo. En el montanismo, efectivamente, secta de exaltados y extremosos, el deseo del martirio producía fiebre y el buscarlo derechamente no era cosa reprobada. Los católicos, como norma general, sentían como el redactor del Martyrium Polycarpi, 4: "No alabamos a los que se entregan a sí mismos, pues no es eso lo que enseña el Evangelio."

Martirio de los santos Carpo, Papilo y Agatónica.
1. Morando el procónsul en Pérgamo, fueron llevados a su tribunal los bienaventurados Carpo y Papilo, mártires de Cristo.
2. El procónsul, después de tomar asiento, dijo:
—¿Cómo te llamas?
3. Y el bienaventurado dijo:
—Mi primero y principal nombre es el de cristiano; mas si preguntas el que tengo en el mundo, yo me llamo Carpo.
4. El procónsul dijo:
—Supongo que tenéis noticia de los decretos de los Augustos sobre vuestra obligación de venerar a los dioses, gobernadores del universo; por lo cual os aconsejo que os acerquéis y sacrifiquéis.
5. Carpo dijo:
—Yo soy cristiano y venero a Cristo, que vino en los últimos tiempos para salvarnos y nos libró del extravío del diablo; y, por tanto, no sacrifico a semejantes simulacros.
6. Tú puedes hacer conmigo lo que quieras; pues yo es imposible sacrifique a estas sacrilegas apariencias de los demonios, puesto que los qué a ellos sacrifican se hacen semejantes a ellos.
7. Porque, a la manera que los verdaderos adoradores, según nos lo recuerda divinamente el Señor—los que adoran a Dios en espíritu y en verdad—, se asemejan a la gloría de Dios y se hacen con Él inmortales, participando de la vida eterna por obra del Verbo, así los que rinden culto a estos ídolos se hacen semejantes a la vanidad de los demonios y con ellos perecen en el infierno.
8. Pues justa sentencia es que con el que extravió al hombre, principal criatura de Dios, quiero decir con el diablo; que quien por su propia maldad envidió... con este fin.
9. Mas el procónsul, irritado, dijo:
—Sacrificad a los dioses y no digáis tonterías.
10. Carpo, sonriendo, contestó:
—Perezcan los dioses, que no han hecho ni el cielo ni la tierra.
11. El procónsul le dijo:
—Es menester que sacrifiques, pues así lo ha ordenado el emperador.
12. Carpo contestó:
—Los vivos no sacrifican a los muertos.
13. Bl procónsul dijo:
—¿Muertos te parecen a ti los dioses?
14. Carpo dijo:
—¿Quieres escucharme? Esos dioses no fueron ni hombres que vivieran un tiempo para poder morir.
15. Ahora bien, ¿quieres saber cómo esto es verdad? Quítales el honor que tú pareces tributarles, y te convencerás que no son nada; es decir, son materia terrena que con el tiempo se corrompe.
16. Porque nuestro Dios intemporal que es y hacedor Él de los tiempos, permanece incorrupto y eterno, el mismo siempre, sin sufrir aumento ni mengua; mas esotros son fabricados por los hombres y se destruyen, como dije, con el tiempo.
17. Ahora, que emitan oráculos y engañen a los hombres, no lo tengas a maravilla. Porque el diablo, que desde el principio cayó de su propio orden, por maldad que le es familiar, trata de anular el amor que Dios tiene al hombre y, apremiado por los santos, se declara adversario suyo, les prepara guerras y anticipadamente anuncia lo que quiere a los suyos.
18. Por manera semejante, como es más viejo de días que nosotros, por lo que a diario nos pasa conjetura lo que nos ha de pasar y lo anuncia, justamente los males que él ha de perpetrar.
19. Pues por sentencia de Dios le compete conocer la maldad y por permisión de Dios tienta a los hombres, buscando de apartarlos de la religión.
20. Créeme, pues, oh procónsul, que estáis en no pequeña vanidad.
21. El procónsul dijo:
—Por haberte dejado hablar todas las tonterías que has querido, has terminado maldiciendo a los dioses y a los Augustos. Así, pues, para que la cosa no siga adelante, ¿sacrificas o qué dices?
22. Carpo contestó:
—Imposible que yo sacrifique, pues jamás sacrifiqué a ídolos.
23. Inmediatamente, pues, mandó el procónsul que lo colgaran del potro y lo desgarraran con garfios. Y él, durante el tormento, gritaba: "Soy cristiano." Desgarrado por mucho tiempo, desfalleció y ya no pudo hablar,
24. Dejando el procónsul a Carpo, se volvió a Papilo y le dijo:
—¿Perteneces al Consejo de la ciudad?
25. Él contestó:
—Soy un simple ciudadano.
26. El procónsul dijo:
—¿De qué ciudad?
27. Papilo contestó:
—De Tiatira.
28. El procónsul dijo:
—¿Tienes hijos?
29. Papilo dijo:
—Y muchos, por gracia de Dios.
30. Mas uno del pueblo gritó:
—Eso de los hijos lo dice en el sentido de la fe de los cristianos, que profesa.
31. El procónsul dijo:
—¿Por qué me mientes, diciendo que tienes hijos?
32. Papilo dijo:
—¿Quieres saber que no miento, sino que digo la verdad? En toda provincia y en toda ciudad tengo hijos según Dios.
33. El procónsul dijo:
—¿Sacrificas o qué dices?
34. Papilo contestó:
—Desde mi juventud sirvo a Dios, y jamás he sacrificado a los Ídolos, sino que soy cristiano. Y nada más has de oír de mi boca, pues tampoco es posible decir nada más grande ni más bello.
35. Mandado también suspender éste del potro, fué desgarrado por tres parejas de verdugos que se sucedieron, sin dar más voz, sino soportando como generoso atleta la rabia del enemigo.
36. El procónsul, ante la constancia extraordinaria de los dos mártires, los condenó a ser quemados vivos; y bajando del caballete, ambos caminaban presurosos al anfiteatro, a fin de verse cuanto antes libres del mundo.
37. Clavaron primero a Papilo en el madero y lo levantaron en alto; y prendiendo fuego a la pira, recogido tranquilamente en oración, entregó su alma.
38. Clavado seguidamente Carpo, se le vio sonreír. Los circunstantes, sorprendidos, le preguntaron:
—¿Qué te pasa, que ríes?
39. Y ti bienaventurado respondió:
—He visto la gloria del Señor y me he alegrado, y no menos porque me voy a ver libre de vosotros y no tendré parte en vuestras maldades.
40. Cuando el soldado prendió fuego en la leña amontonada. Carpo, colgado del poste, dijo:
—También nosotros somos hijos de la misma madre Eva y tenemos la misma carne que vosotros; mas todo lo soportamos, puesta la vista en el verdadero tribunal.
41. Habiendo dicho esto, y aplicado el fuego, oró diciendo:
—Bendecido eres, señor Jesucristo, Hijo de Dios, pues te has dignado darme parte, también a mí, pecador, en esta suerte tuya.
Y habiendo dicho esto, entregó su alma.
42. Una tal Agatónica, allí presente, que vio también la gloria del Señor que decía haber visto Carpo, dándose cuenta que ello era llamamiento al cielo, levantó su voz, diciendo:
—Este banquete, para mí está preparado; tengo, pues, que tomar parte y comer de este banquete glorioso.
43. Mas el pueblo gritaba, diciendo:
—Ten lástima de tu hijo.
44. Mas la bienaventurada Agatónica contestó:
—A Dios tiene, que puede tener lástima de él, pues Él es quien provee a todo; pero yo, ¿para qué me quedo aquí?
Y despojándose de su manto, ella misma se fué a clavar, arrebatada de júbilo, en el madero.
45. Los que la veían no podían contener las lágrimas, diciendo:
—Duro juicio e injustos decretos.
46. Levantada ya en el poste y alcanzada del fuego, gritó por tres veces:
—-Señor, Señor, Señor, ayúdame, pues en ti he buscado mi refugio.
47. Y de esta manera entregó su espíritu y consumó el martirio con los santos.
Recogiendo luego ocultamente las reliquias de todos, los cristiano las guardaron para gloria de Cristo y alabanza de sus mártires, pues a Él conviene la gloria y el poder, al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

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