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domingo, 10 de abril de 2011

SINGULARI QUIDEM

PÍO IX
Carta Encíclica sobre los problemas religiosos de la Iglesia de Austria
Del 17 de marzo de 1856
Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
1. Introducción
Con singular regocijo de Nuestro ánimo supimos que vosotros, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, obedeciendo gustosísimamente a los deseos Nuestros y de Nuestro carísimo hijo en Cristo Francisco José, Emperador de Austria y Rey Apostólico, dados a conocer casi al mismo tiempo a cada uno de vosotros, según vuestra egregia religiosidad y pastoral solicitud, determinasteis reuniros en esa ciudad imperial y regia de Viena, para poder conferenciar allí entre vosotros y discutir las determinaciones que habrán de tomarse, de manera que se cumplan todas aquellas cosas que fueron sancionadas por Nosotros con el mismo hijo Nuestro en Cristo carísimo, en el Concordato que el mismo esclarecidísimo y religiosísimo príncipe, con suma consolación Nuestra e inmortal gloria de su nombre por la reivindicación de los derechos de la Iglesia, con alborozo de todos los buenos, procuró establecer con Nosotros. Así pues, mientras Nos congratulamos grandemente con vosotros, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, porque mostráis a las claras al tener esta reunión vuestro insigne y reconocido celo por la Iglesia, no podemos dejar de hablaros amorosamente con este motivo y abriros los íntimos sentimientos de Nuestro ánimo, por lo que entenderéis de la mejor manera cuánta benevolencia sentimos hacia vosotros y hacia todos los pueblos de ese dilatadísimo imperio encomendados a vuestro cuidado. Y en primer lugar por lo que respecta a la ejecución de la convención mencionada, como muy bien sabéis, hay en ella muchos artículos que han de ser cumplidos principalmente por vosotros, por eso deseamos vehementemente que en el modo de ponerlos en práctica sigáis todos el mismo acertado camino, obréis de la misma manera, aplicando con atención y prudencia aquella circunspección que podrán pedir las diferentes circunstancias de las diversas provincias del extensísimo imperio austriaco. Y si se produjera alguna duda o dificultad acerca del sentido de algún artículo, lo cual no creemos que suceda, Nos será gratísimo que Nos lo remitáis para que, conferidos los pareceres entre Nosotros, y la Imperial Majestad apostólica, según se estableció en el artículo 35 de la misma convención, podamos dar las oportunas declaraciones.
Ciertamente, aquella ardentísima caridad con que abrazamos a la universal grey del Señor, encomendada desde el cielo por el mismo Cristo Señor Nuestro, y la gravísima obligación de Nuestro ministerio apostólico por la que debemos procurar con todas las fuerzas la salud de todas las naciones y pueblos, Nos urgen, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, a que excitemos una y otra vez con el mayor esfuerzo posible vuestra eximia piedad, virtud y episcopal vigilancia a fin de que cumpláis diligentísimamente, con un celo aún más animoso todas las partes de vuestro oficio episcopal, y no perdonéis ningún cuidado, consejo o trabajo en custodiar íntegro e inviolable en vuestras diócesis el depósito de Nuestra santísima fe, y mirando por la incolumidad de vuestra grey, la defendáis de todos los fraudes e insidias de los enemigos. Puesto que bien conocéis las malignas y múltiples artes y maquinaciones y la monstruosidad de todo género de opiniones con los que habilísimos arquitectos de perversos dogmas se esfuerzan en apartar sobre todo a los desprevenidos e ignorantes del camino de la verdad y de la justicia y en hacerles caer en el error y la ruina. Ni ignoráis, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, que entre los muchos y no suficientemente llorados males que en gran manera perturban y acongojan la sociedad eclesiástica y civil, hay sobre todo dos que ahora sobresalen, y que no sin razón parecen como origen de todos los demás.
Indiferentismo.
Perfectamente conocéis los innumerables y en verdad funestísimos daños que redundan en la república cristiana y civil del pestífero error del indiferentismo. De aquí proviene el abandono casi total de las obligaciones para con Dios en quien vivimos, nos movemos y somos[1], de aquí el que se posponga casi enteramente la Religión, de aquí que estén removidos y casi del todo derruidos los fundamentos de todo derecho, justicia y virtud. De esta torpísima forma de indiferentismo no dista mucho aquel sistema salido de las tinieblas, de la indiferencia acerca de las religiones, por el que los hombres ajenos a la verdad y adversarios de la verdadera confesión, olvidados de su salvación, enseñando cosas contrarias entre sí y no teniendo nunca una sentencia firme, no admiten ninguna diferencia entre las diversas profesiones de fe y hacen la paz indistintamente con todos y pretenden que a todos, cualquiera sea su religión, les está abierto el puerto de la vida eterna. Nada les importa aunque entre ellos discrepen, con tal que se conspire a impugnar la única verdad[2]. Bien veis, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, cuánta vigilancia tenéis que emplear para que el contagio de tan cruel peste no inficione y pierda vuestras ovejas. Por tanto no dejéis de defender con solicitud contra estos perniciosísimos errores de los pueblos a vosotros encomendados y de imbuirlos cuidadosamente v cada día más en la verdad católica y enseñarles que como es uno Dios, Padre, uno su Cristo, uno el Espíritu Santo, así, es una la verdad divinamente revelada, una la fe divina, comienzo de humana salvación y fundamento de toda justificación por la que vive el justo y sin la cual es imposible agradar a Dios y llegar al consorcio sus hijos[3]. Una es también, la verdadera, Santa, Católica, Apostólica Romana Iglesia, y una la cátedra fundada sobre Pedro por la palabra del Señor[4] fuera de la cual no se encuentra ni verdadera fe ni la eterna salvación, como quiera que no puede tener a Dios por Padre, quien no tenga a la Iglesia por Madre. Falsamente confía estar en la Iglesia, quien abandona la Cátedra de Pedro, sobre la cual está fundada la Iglesia[5]. No puede haber ningún delito mayor y ninguna mancha más deforme, que levantarse contra Cristo, que destruir la Iglesia, nacida y adquirida de su sangre, que, olvidado de la caridad evangélica, combatir con furor de hostil discordia contra el unánime y concorde pueblo de Dios[6].
2. Racionalismo
Como quiera que el cumplimiento del divino culto conste de estas dos cosas: piadosos dogmas y buenas acciones, y no sea acepta a Dios la doctrina sin las buenas obras ni reciba Dios las obras separadas los dogmas religiosos, ni consista el camino angosto y arduo que conduce a la vida[7] solamente en las obras de virtud o en la sola observancia de los mandamientos, sino también en la senda de la fe, entonces no dejaréis de exhortar y excitar continuamente a vuestros fieles pueblos a que no sólo persistan cada día más estables e inamovibles en la profesión de la Religión católica, sino que también procuren hacer cierta su vocación y elección. Mientras os ocupáis, pues, en procurar la salud de vuestra grey, no os descuidéis en llamar con toda paciencia, bondad y doctrina a los pobres extraviados al único redil de Cristo y a la católica unidad, usando sobre todo las palabras de San Agustín: Venid, hermanos, si queréis ser injertados en la vid: nos causa dolor veros yacer así arrancados; contad los sacerdotes que han ocupado la sede de Pedro y ved cómo cada Pontífice ha sucedido al otro según su orden; aquélla es la piedra que no vencen las soberbias puertas del infierno[8]. Quienquiera que comiere el cordero fuera de esta casa es un profano; si alguno no estuviere dentro del Arca de Noé perecerá en el diluvio[9].
Pero con no menor daño se va propagando ahora otra enfermedad a la que por el orgullo y por cierta vanidad de la razón se dio el nombre de racionalismo. No reprueba ciertamente la Iglesia[10] la afición de aquellos que quieren conocer la verdad, porque Dios hizo la naturaleza del hombre deseosísima de alcanzar lo verdadero, ni reprueba los estudios de la recta y sana razón con los que se cultiva el alma, se investiga la naturaleza, y son traídos a la clara luz los más recónditos secretos. Como quiera que conoce y rectamente sostiene esta piadosísima Madre que entre los dones otorgados por el cielo[11], es el muy preclaro de la razón por el que, sobrepasando todas las cosas que están sometidas a los sentidos, llevamos en nosotros mismos cierta insigne imagen de Dios. Comprende que debes buscar hasta que encuentres, y creer lo que hallaste con tal que creas además que ninguna otra cosa tienes que creer ni por lo tanto buscar, cuando hayas encontrado y creído aquello que Cristo estableció, quien no te manda inquirir otra cosa que lo que estableció[12]. ¿Qué cosa hay, pues, que la misma Iglesia no tolera, ni permite pasar por alto y, según el oficio a ella encomendado de custodiar el depósito, absolutamente reprende y condena? Siempre vehementemente en verdad ha reprendido, siempre ha condenado y condena la Iglesia la costumbre de aquellos que, abusando de la razón, no se avergüenzan ni temen oponerla y preferirla impía y neciamente a la autoridad de la palabra del mismo Dios, y mientras con insolencia se encumbraron obcecados por su propia inflación de soberbia, pierden la luz de la verdad y desprecian con mucha soberbia la fe de la cual está escrito que el que no creyere se condenará[13] y confiados en sí mismos niegan que haya que creer las cosas que Dios revela de sí mismo[14] y someterse a lo que acerca de sí mismo manifiesta a nuestro conocimiento.
Estos son a quienes la Iglesia constantísimamente responde que es justo que en lo referente al conocimiento de Dios, creamos al mismo Dios, de quien por cierto procede todo lo que acerca de El creemos; porque el hombre no habría podido conocer convenientemente a Dios si el mismo no le hubiese concedido el saludable conocimiento de sí propio. Estos son a los que ella se esfuerza en volver a más santos pensamientos con estas palabras: ¿Qué cosa más contraria a la razón que esforzarse en sobrepasar la razón con la razón misma? y ¿qué cosa más contraria a la fe que no querer creer aquello que con la razón no puedes alcanzar?[15]; ella no deja de inculcarles que la fe no se apoya en la razón sino en la autoridad[16] y que no era conveniente que al hablar Dios con el hombre confirmara con argumentos sus palabras, como si no se le tuviera fe, sino que habló, según conviene, como juez máximo de todas las cosas a quien no corresponde argumentar, sino dar la sentencia[17].
A éstos claramente expone que la única esperanza del hombre y su única salvación está puesta en la fe cristiana, la cual, enseñando la verdad y disipando con su divina luz las tinieblas de la humana ignorancia, obra por la caridad; (en la fe cristiana, decimos) y en la Iglesia Católica, la que, conservando el verdadero culto, es el domicilio estable de esa fe y el templo de Dios, fuera del cual, quienquiera se hallare, a no ser que le excuse la ignorancia invencible, no tiene esperanza de vida ni salvación. A éstos gravísimamente exhorta y enseña que si alguna vez la ciencia humana se aplica a tratar los Sagrados Textos, no debe arrogantemente atribuirse el derecho de magisterio, sino a la manera de esclava, servir a su señora haciendo las atenciones propias de la servidumbre, para no errar al adelantarse ni perder, mientras sigue el encadenamiento exterior de las palabras, la luz de la virtud, ni extraviarse del recto sendero de la verdad[18]. No debe, por ello, juzgarse que no hay ningún progreso religioso en la Iglesia de Cristo. Lo hay ciertamente y en máximo grado, mientras sea un verdadero adelantamiento y no cambio de la fe. Conviene, pues, que crezcan y vehementemente progresen la inteligencia, ciencia y sabiduría tanto de los particulares como de las edades y siglos de toda la Iglesia, por las que se entienda más claramente lo que antes más obscuramente se creía y la posteridad se congratule de haber entendido lo que la antigüedad, sin entenderlo, veneraba, y las preciosas gemas del divino dogma sean esculpidas, fielmente ajustadas entre sí, sabiamente adornadas y brillen con esplendor, gracia y belleza, pero en el mismo género, es decir, en el mismo dogma, el mismo sentido v la misma sentencia, de manera que cuando se digan de una manera nueva, no se digan cosas nuevas[19].
3. Exhortación a los obispos
No creemos que ninguno de vosotros se admirará, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, si atendiendo a Nuestro primado y principado en la fe[20], por segunda vez hayamos hablado de estos errores luctuosísimos y perniciosísimos, tanto para la causa sagrada como pública, y hayamos determinado excitar vuestra eximia vigilancia episcopal para extirparlos. Como quiera que el "hombre enemigo" no cesa de sembrar la cizaña en medio del trigo, Nosotros que por disposición de la divina Providencia presidimos la labor de cultivar el campo del Señor, y como siervos fieles y prudentes estamos constituidos sobre la familia del Señor[21], no debemos dejar de cumplir aquellas obligaciones que no pueden separarse de Nuestro oficio apostólico.
Ahora, pues, pedimos encarecidamente a vuestra singular piedad y prudencia, que en este congreso procuréis ante todo tomar entre vosotros cuidadosa y sabiamente aquellas determinaciones que juzgareis conducentes a promover en ese vastosísimo imperio la mayor gloria de Dios y a procurar la sempiterna salvación de los hombres. Puesto que, si bien Nos alegramos vehementemente en el Señor al saber que existen muchos hombres, tanto eclesiásticos como laicos que, animados egregiamente del espíritu de cristiana fe y caridad difunden el buen olor de Cristo, con todo, no es pequeño el dolor que nos aflige al no ignorar que en ciertos lugares algunos clérigos olvidados de su dignidad y oficio, de ninguna manera caminan según la vocación con que han sido llamados, y que el pueblo cristiano, escasamente instruido en los santísimos precepto de Nuestra divina Religión y expuesta a graves peligros, desgraciadamente se abstiene de las obras de piedad y la frecuencia de los sacramentos, se aparta de la honestidad de las costumbres y la disciplina de la vida cristiana y se despeña en la ruina. Estamos enteramente persuadidos de que vosotros, vuestra conocida solicitud episcopal emplearéis todos vuestros cuidados y pensamientos en eliminar totalmente los daños mencionados. Como muy bien sabéis, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, cuánta fuerza tienen los Concilios Provinciales sapientísimamente prescritos por las disposiciones canónicas y celebrados por los santos obispos siempre con máximo bien para la Iglesia, para restaurar la disciplina del orden eclesiástico y corregir las costumbres de los pueblos, por lo mismo intensamente deseamos que celebréis debidamente, las normas de los sagrados cánones, Sínodos Provinciales en los que habéis de aplicar oportunos y saludables remedios a los males comunes a cada una de las provincias eclesiásticas de ese Imperio. Por cuanto muchos y graves asuntos han de ser resueltos por vosotros en esos Sínodos Provinciales, es Nuestro deseo que en esta reunión de Viena según vuestra sabiduría, muy unidos de espíritu toméis entre vosotros aquellas determinaciones por medio de las cuales podáis sentir unánimemente tanto acerca de las principales cuestiones que habrán de tratarse y estatuirse en los Sínodos provinciales, como en lo referente a otras que en una sola y misma conferencia habrán de ser resueltas por vosotros, de manera que en todas las provincias de ese Imperio, prospere, florezca y domine cada día más Nuestra divina Religión y su saludable doctrina y los pueblos fieles desviándose del mal y obrando el bien, caminen como hijos de la luz en toda bondad, justicia y verdad.
El Clero; sus obligaciones.
Y no habiendo nada que más asiduamente instruya a los demás en la virtud, piedad y culto de Dios que la vida y ejemplo de aquellos que se dedicaron al divino ministerio, no dejéis de establecer con toda industria entre vosotros lo que puede restaurar la disciplina del clero donde esté decaída, y promováis donde fuere necesario su cuidadosa formación. A este fin, amados hijos Nuestros Venerables Hermanos, consultando entre vosotros las decisiones y todos los pareceres, diligentísimamente procurad que los varones eclesiásticos, acordándose siempre de la propia dignidad y oficio, se aparten de todas aquellas cosas que a los clérigos les están prohibidas y que de ninguna manera les caen bien, y brillando con el ornato de todas las virtudes sirvan de ejemplo a los fieles en la palabra, en la conversación, en la caridad, fe y castidad, que recen las horas canónicas diurnas con la atención y afecto de piedad conveniente y se ejerciten en la santa oración y se dediquen a la meditación de las cosas celestiales, amen el decoro de la casa de Dios, cumplan las sagradas funciones y ceremonias según el Pontifical y Ritual Romano, y desempeñen solícita, sabia y santamente las funciones del propio ministerio, ni omitan nunca los estudios sobre todo de las sagradas disciplinas y demuestren una actividad asidua en procurar la salvación eterna de los hombres; con el mismo cuidado vigilad que todos los canónigos y beneficiarios adscriptos al coro de cada templo metropolitano, catedral y colegial, procuren brillar en todas partes con la gravedad, integridad de vida y afición a la piedad, como lámparas ardientes puestas sobre el candelabro en el templo del Señor y cumplan diligentemente todas las obligaciones del cargo recibido, guarden la ley de residencia, cuiden del esplendor del oficio divino y animosos en las vigilias del Señor celebren las divinas alabanzas con afecto, debida, pía y religiosamente, no con la mente distraída ni los ojos vagos, ni con indecorosa posición del cuerpo, teniendo siempre en la memoria que van al coro, no sólo a rendir santísimo culto y veneración a Dios, sino también a implorar todo bien del mismo Dios para sí mismos y todos los demás.
4. Formación del clero
Pero cuan vehementemente ayuden a defender y fomentar el espíritu eclesiástico y a retener una saludable constancia en los ejercicios espirituales enriquecidos por lo mismo con innumerables indulgencias por los Romanos Pontífices Predecesores Nuestros, bien lo sabe cada uno de vosotros. Por lo mismo no dejéis de recomendarles e inculcarles una y otra vez a todos vuestros clérigos, para que se retiren, con frecuencia determinado número de días a un lugar a propósito donde, depuesto cualquier cuidado diligentísimamente mediten delante de Dios todos sus hechos, dichos y pensamientos, y teniendo en la mente con asidua meditación la eternidad, y repasando los máximos beneficios que le fueron otorgados por Dios, procuren purificarse de las manchas contraídas por el polvo del mundo y resucitar la gracia que les fuera otorgada por la imposición de las manos, y, despojándose del hombre viejo y de sus obras, se revistan del nuevo que fue creado en justicia y santidad[22]. Debiendo los labios de los sacerdotes custodiar la ciencia con la cual puedan responder a los que requieren de su boca la ley, y vencer a los que la contradicen, conviene, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, que dirijáis toda vuestra solicitud a la recta y cuidadosa formación del clero. Poned, pues, sumo cuidado en que sobre todo en vuestros seminarios esté vigente un óptimo y enteramente católico método de estudios, por el que los clérigos adolescentes, aun desde la primera infancia, sean maduramente formados por probadísimos maestros en la piedad, en toda virtud y en el espíritu eclesiástico, y sean imbuidos solícitamente en el conocimiento de la lengua latina, de las letras humanas y de las disciplinas filosóficas, exentas enteramente de todo peligro de error. En primer lugar aplicad toda vuestra vigilancia para que aprendan diligentísimamente en el conveniente lapso del tiempo necesario, tanto la Teología Dogmática como la Moral, sacada y deducida de los libros divinos, de la tradición de los Santos Padres y de la infalible autoridad de la Iglesia, y simultáneamente una sólida ciencia de las divinas letras, de los sagrados cánones y de la historia eclesiástica. Debéis tener una precaución muy grande en la elección de los libros, no sea que en tan grande aluvión de difundidos errores, sean temerariamente separados los jóvenes eclesiásticos del camino de la sana doctrina, sobre todo porque no ignoráis que varones eruditos pero que disienten de Nosotros en cosas de Religión y están separados de la Iglesia, publican tanto los libros divinos como las obras de los Santos Padres, ciertamente con grata elegancia, pero muchas veces, lo que es en gran manera deplorable, viciados y desviados de la verdad por los comentarios que añaden. A ninguno de vosotros se os oculta cuánto interesa a la Iglesia, sobre todo en estos tiempos tener ministros idóneos que, egregios en la santidad de la vida y el elogio de la saludable doctrina y poderosos en obras y palabras puedan defender valientemente la causa de Dios y de su Iglesia, y edificar al Señor una casa fiel. No debe perdonarse esfuerzo pues, para que los jóvenes clérigos sean educados santa y doctamente, ya desde sus tiernos años, como quiera que no de otros sino de ellos mismos debidamente formados se obtendrán útiles ministros de la Iglesia. Para que más fácilmente, según vuestra eximia piedad y pastoral solicitud, podáis, promover cada día más la esmerada, formación del clero de la que en tanto, grado depende el bien de la Iglesia y la salud de los pueblos, no os canséis de exhortar y rogar a los eclesiásticos egregios de vuestras diócesis y a los varones laicos ricos y animados de preclaros sentimientos hacia la causa católica, para que, siguiendo vuestro ejemplo, quieran dar gustosísimamente alguna ayuda en dinero, con la que podáis levantar también y proveer nuevos seminarios de convenientes medios, en los que los clérigos adolescentes sean debidamente formados.
5. La vida cristiana de los fieles
Tratad con no menor empeño, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, de tomar todas aquellas determinaciones mediante las cuales la juventud de vuestras diócesis de cualquier condición y sexo, se eduque cada día mejor según la norma católica. Por lo cual aplicad la fuerza de vuestra vigilancia episcopal, para que la juventud imbuida ante todo maduramente en el temor de Dios y nutrida con la leche de la piedad, cultive solícitamente no sólo los elementos de la fe, sino un conocimiento más completo de nuestra santísima Religión, y se forme en la virtud y honestidad de las costumbres y en las normas de la vida cristiana, y se separe de todos los halagos y escollos de la perversión y corrupción.
Con igual solicitud no dejéis nunca de exhortar a la Religión y a la piedad con todos los modos convenientes a los fieles pueblos a vosotros encomendados. Por eso, poned por obra todo aquello con lo cual los fieles pueblos, cada día más nutridos con el manjar saludable de la verdad y doctrina católica, amen a Dios de todo corazón, guarden cuidadosamente sus mandamientos, concurran frecuente y religiosamente a su santuario, santifiquen sus fiestas y asistan muchas veces y con la conveniente veneración y piedad a la celebración del divino sacrificio, se acerquen a los santísimos sacramentos de la Penitencia y Eucaristía y con singular devoción veneren y honren a la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, y, teniendo entre sí una mutua y continua caridad y siendo asiduos en la oración, caminen dignamente agradando a Dios en todo y fructificando en toda obra buena. Y puesto que las sagradas Misiones dirigidas por operarios idóneos conducen grandemente a estimular el espíritu de fe y religión en los pueblos y a volverlos al camino de la virtud y salvación, ardientemente deseamos que procuréis que ellas se realicen también en vuestras diócesis. Tributamos las merecidas y sumas alabanzas a todos aquellos miembros de vuestra jerarquía que ya introdujeron en sus diócesis la obra tan saludable de las sagradas Misiones, y Nos alegramos que con la ayuda de la divina gracia se haya recogido abundantes frutos.
6. La visita Pastoral
Es menester que en primer término tengáis presentes estas cosas en vuestra reunión, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, para que con circunspección podáis remediar los males comunes con comunes preocupaciones; bien sabéis que nada hay más eficaz para reparar los daños de cada una de vuestras diócesis y promover su prosperidad, que la frecuente visita de la misma diócesis y la celebración de sínodos diocesanos. A ninguno de vosotros se os oculta cuan encarecidamente hayan sido prescritas e inculcadas estas dos cosas sobre todo por el Concilio Tridentino. Por lo tanto, según vuestra conocida solicitud y caridad hacia la grey a vosotros encomendada, no tengáis nada en mayor estima que el visitar con intensísimo celo vuestra diócesis según los preceptos canónicos y el llevar a cabo todo aquello que influye en que la misma visita se realice con mucho fruto. Al cumplir esta obligación pondréis el mayor empeño en arrancar de raíz los errores, corruptelas y vicios, si algunos se hubieren introducido, con sumo cuidado y en especial con paternales avisos, fructuosos sermones y otros medios oportunos, en ofrecer a todos las enseñanzas salvadoras, en mantener íntegra y segura la disciplina del clero, en ayudar y fortalecer a los fieles con toda clase de auxilios sobre todo espirituales, ganando así a todos para Cristo. Aplicad una similar diligencia en la celebración de sínodos diocesanos según la norma de los sagrados cánones, estableciendo en especial aquello que juzgareis según vuestra prudencia ser más apropiado al mayor bien de cada una de vuestras diócesis. Pero para que en los sacerdotes que deben atender a la doctrina y enseñanza y que están obligados a instruir al pueblo en aquellas cosas que a todos son necesarias conocer para la salvación y a administrar los sacramentos[23] no se extinga nunca el gusto por las ciencias sagradas ni languidezca el celo; mucho deseamos que en todas las regiones de vuestras diócesis con oportunas reglas se establezcan conferencias, ante todo de Teología Moral y de Sagrada Liturgia a las que estarán obligados a asistir todos los presbíteros llevando por escrito la explicación de la cuestión propuesta por vosotros y a disertar durante un determinado espacio de tiempo que vosotros fijaréis, acerca de la Teología Moral y de la Disciplina de los Sagrados Ritos, después que alguno de los mismos hubiese pronunciado un sermón que se referirá principalmente a los oficios sacerdotales. Y por cuanto son los párrocos, quienes llamados a participar de vuestra solicitud, os proporcionan, más que ninguno su trabajo, mano y auxilio en la conquista de vuestra grey, a quienes tenéis como ayudantes en el desempeño de la más grande de todas las artes, no dejéis, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, de inflamar su celo con todo cuidado para que desempeñen su propio oficio con la diligencia y piedad convenientes. Inculcadles, pues, que nunca dejen de apacentar al pueblo cristiano con la predicación de la divina palabra y la administración de los sacramentos y de la multiforme gracia de Dios, ni de instruir amorosa y pacientemente a los hombres rudos, sobre todo a los niños, en los misterios de nuestra fe cristiana y en los documentos de nuestra Religión, y de traer a los errantes al camino de la salud, y que procuren sobre todo suprimir los odios, aversiones ocultas, enemistados, discordias y escándalos, y de confortar a los pusilánimes, visitar a los enfermos y ayudarles con toda clase de auxilio sobre todo espirituales y consolar a los desgraciados, afligidos y tristes, exhortar a todos en la sana doctrina y amonestarlos a que den religiosamente a Dios lo que es de Dios y las cosas que son del César al César, enseñándoles que todos deben someterse y obedecer a los príncipes y potestades en todas las cosas que no se oponen a las leyes de Dios y de la Iglesia, no sólo para evitar su indignación, sino por conciencia.
7. Unión con Roma
Continuad, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, enviando a su debido tiempo como lo hacéis, con suma alabanza para vuestro nombre, a Nuestra Congregación del Concilio, una cuidadosa relación de vuestras diócesis y teniéndonos diligentemente al tanto de las cosas pertenecientes a las mismas diócesis, para que podamos proveer tanto a vuestra mayor utilidad como a la de las mismas diócesis. Sabemos también que en algunas diócesis del territorio germano se han introducido algunas costumbres sobre todo en lo referente a la colaboración de parroquias y que algunos de vosotros desean que se guarden dichas costumbres. Nosotros ciertamente Nos inclinamos a concederlo, pero después que hayamos considerado con el debido examen dichas costumbres en particular, diligentemente expuestas por cada uno de vosotros para que las permitamos dentro de aquellos límites que persuadan la necesidad y las principales circunstancias de cada lugar; puesto que según la obligación de Nuestro apostólico ministerio, debemos velar con sumo cuidado porque las prescripciones canónicas se observen en general con fidelidad.
8. La Iglesia oriental
Y antes de poner fin a esta Carta Nuestra, con la que grandemente nos alegramos de hablaros a todos vosotros, Obispos del Imperio Austriaco, nos dirigimos en particular a vosotros, Venerables Hermanos Arzobispos y Obispos, que viviendo en el mismo nobilísimo Imperio y estando adheridos a Nosotros y a esta Cátedra de Pedro en la verdadera fe y católica unidad, según los ritos y laudables costumbres de la Iglesia oriental, aprobadas o permitidas por esta Santa Sede.
Es cosa para vosotros conocida y averiguada en cuánta estima haya tenido siempre vuestros ritos esta Sede Apostólica cuya observancia tanto inculcó, como abundantemente lo demuestran los numerosos decretos y constituciones de los Romanos Pontífices Predecesores Nuestros, entre que basta mencionar la carta de Benedicto XIV, igualmente Predecesor Nuestro, publicada el día 26 de Julio del año 1755, que comienza Allatae (llegadas) y la Nuestra del día 6 de enero del año 1848, enviada a todos los orientales, que comienza In Suprema Petri Apostoli Sede (en la suprema Sede del Apóstol Pedro). Así pues, también a vosotros os excitamos encarecidamente a que, según vuestra eximia religión y pastoral solicitud; cumpliendo vuestro ministerio y teniendo ante los ojos todas las cosas de que hablamos, empleéis continuamente todo vuestro cuidado, industria y vigilancia para que vuestro clero, adornado de todas las virtudes y cultivado en todas las disciplinas, sobre todo las sagradas, se ocupe con intensísimo celo en buscar la eterna salvación de los fieles, de manera que los fieles pueblos sigan el camino que conduce a la vida y se aumente y amplíe cada día más la santa unión de la Religión católica, se administren los sacramentos y se celebren los divinos oficios según vuestra disciplina, usando empero los libros litúrgicos aprobados por esta Santa Sede. Y como deseamos más que proveer gustosísimamente a vuestras necesidades y las de vuestros fieles, no dejéis de acudir a Nosotros, para exponernos los asuntos de vuestras diócesis y enviar una relación de ellos cada cuatro años a Nuestra Congregación encargada de la Propagación de la Fe.
9. Exhortación final y conclusión
Por último, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, os suplicamos que con intensísimo celo os esforcéis en conservar, fomentar y acrecentar cada día más la paz y concordia entre el clero de todas esas diócesis, del rito latino como del rito católico griego, para que todos los que militan en los ejércitos del Señor, previniéndose unos a otros en las muestras de mutuo afecto de la fraterna caridad, sirvan unánime y celosísimamente a la gloria de Dios, y salvación de las almas.
Allí tenéis, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, cuanto ahora pensábamos deciros movidos por Nuestra intensísima caridad hacia vosotros y todos los fieles pueblos de ese vastísimo Imperio, y nada Nos hará dudar de que vosotros, dada vuestra egregia virtud, religión, piedad y vuestra conocida fe y observancia para con Nosotros y esta Cátedra de Pedro, gustosísima y perfectamente complaceréis a estos paternales deseos y avisos Nuestros. No dudamos tampoco que todos vosotros, amados Hermanos, teniendo incesantemente fijos los ojos en el Príncipe de los Pastores, Cristo Jesús, que afirmó de sí mismo ser manso y humilde de corazón, y ha dado su vida por sus ovejas dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas, os empeñaréis con todas vuestras fuerzas en imitar sus ejemplos, cumplir sus mandatos, vigilar asiduamente la grey confiada a vuestros cuidados, trabajar en todo, cumplir vuestro ministerio y buscar, no vuestros intereses, sino los de Cristo Jesús, no ya como dominando en el clero, sino como Pastores y, aún más, como Padres amantísimos, y hechos forma de la grey con el espíritu, nada juzguéis nunca tan molesto, tan dificultoso y arduo que no procuréis tolerar, llevar a cabo y proveer con toda paciencia, mansedumbre, dulzura y prudencia por la salud de vuestras ovejas. Nosotros mientras tanto no cesamos, en la humildad de Nuestro corazón de dirigir asiduas y fervorosas preces al clementísimo Padre de las luces y de las misericordias y Dios de toda consolación, para que derrame siempre propicio los más ubérrimos dones de su Bondad sobre vosotros, y para que desciendan también copiosamente sobre las amadas ovejas a vosotros encomendadas. Y amorosamente os impartimos a cada uno de vosotros, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, y a todos los fieles clérigos y laicos de esas iglesias, la Bendición apostólica, desde lo más profundo de Nuestro corazón, como auspicio del divino auxilio y testimonio de Nuestra intensísima e igualmente afectuosísima voluntad hacia vosotros.
Dado en Roma junto a San Pedro, el día 17 de marzo del año 1856, de Nuestro Pontificado el año décimo. Pío IX.

[1] Act. 17, 28.
[2] Terluliano, De praesescript. cap. 11.
[3] Rom. 1, 17: Hebr. 11, 6; II Pedro 1, 4; Concilio Triáentino sesión 6, cap. 8 (Mansi Coll. Conc. 33, col. 35-E)
[4] S. Cipriano, Epist. 43. (Migne PL. 3, Epist. 7 n. 1, col. 750-A; Epist. 12, n. 1, col. 823-A; Epist. 2, n. 3, col. 729-B; Epist. 4, n. 3, col. 734 A-B; Epist. 8, col. 754-B).
[5] S. Cipriano, De unilate Eccl. (Migne PL. 4. col. 516-A)
[6] S. Cipriano, Epist. 72
[7] Mat. 7, 14; S. Cirilo de Jerusalén, Cateq. IV de Ilumin. n. 2 (Migne PG. 33, col. 455); S. León Serm. 5, de Nativitate Dom., cap. I (Migne PL. 54, col. 208-C)
[8] Mat. 16, 18; S. Agustín, In. Psal. contra part. Donat. letra S (Migne PL. 43, col 30)
[9] S. Jerónimo, Epist. 14 (alias 57) al Papa dámaso (Migne PL. 22, Epist. 15, n. 2, col. 355)
[10] Lactancio, De divin. institut., lib. 3, cap. 1 (Migue PL. 6, col. 350-A)
[11] S. Clemente de Alejandría, Stromata, lib. 1, cap. 4; lib. 2, cap. 2 (Migne PG. 8, col. 715-B, y col. 938-C); S. Gregorio Taumat., Orat. panegyr
[12] Tertuliano, De praescript,, Cap. 9.
[13] Marcos 16, 16
[14] S. Hilario, De Trinitate, lib. 4 (Migne PL. 10, col. 99-A y col. 107-A)
[15] Casiano, De Incarnat., lib. 1, Cap. 2 (Migne PL. 50, col. 18-A)
[16] S. Bernardo, Ep. 190 (Migne PL. 182, col. 1055); De consider., lib. 5, cap. 3 (ib. col. 190-C)
[17] S. Bernardo, De considerat.lib. 5, cap. 3 (Migne PL. 182, col. 190-D)
[18] Lactancia, de divin. instituí., lib. 3, cap. 1 (Migue PL. 6, col. 349-A)
[19] S. Pedro Damiano, Opuscul. 36, cap. 5
[20] San Vicente de Lerins: Commonitorio
[21] S. Ambrosio, De Incarnat., cap. 4, n (Migne PL. 16, col. 861-D); Casiano, De Incarr. lib. 3, cap. 12.
[22] Efesios 4, 24
[23] Concilio de Trento, sesión 23, cap. 14 dereform. (Mansi Coll. Conc. 33, col. 145 C-D).

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