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lunes, 4 de abril de 2011

SALUDO AL PADRE

(Al Ilmo. Rvmo. Sr. Orozco al volver del destierro).

Dime, Padre y Señor:
Cuando llegó al abismo de tus penas
la noticia feliz de que tenias
esta hija pequeña,
¡No sentiste en el alma una ternura,
un cariño especial para tu huérfana?. . .

¡Nació lejos de tí! Su pobre madre
tu desolada Iglesia.
tenía en las ropas luto
y en el alma tristeza,
y en los labios sollozos.
y amargura en las venas
cuando depositó sobre su frente
la caricia primera. . .

¡La pobre!. . . Alimentada con acíbar
arrullada con ayes y con quejas;
viendo, por toda luz, un cielo negro
con algunas estrellas. . .
sin más calor que el del invierno crudo
que en el hogar reinaba por tu ausencia,
¡antes pudo vivir!. . .
¡Por eso tiene palidez de cera,
ojos opacos, labios sin sonrisas,
y el cuerpecito exhausto por la anemia. . .!

Tu nombre lo aprendió cuando brotaba
en los momentos de ansiedad suprema.
de los labios maternos
en un grito de angustia; cuando ella,
tu dolorida esposa, a todas horas
dormida y despierta
te llamaba llorando. . .
Tu h'ja enferma,
por eso lo pronuncia con acento
de plegaria o de queja.

Desde que supo articular palabras
nunca se duerme y nunca se despierta
sin que, por ti, a los cielos, fervorosas
sus plegarias asciendan:
y, si no sabe muchas oraciones,
sí tiene muchas lágrimas. . . con ellas,
derramadas por tí, todos los días
el Ángel de su Guarda se presenta
ante el trono de Dios.

Una vez, ¿lo recuerdas?
Con ternura de padre le mandaste
un abrazo. . . ese abrazo, ¡si supieras!
fué luz para sus ojos,
calor para sus venas,
para su sueño, arrullo,
para sus miembros, fuerza. . .
¡hasta pudieron verse sonrosadas
sus mejillas de cera!
¡hasta desaparecieron
las obscuras ojeras
que el dolor le pintó!. . .
¡hasta su boca anémica
aprendió a sonreír!. . .

Tu pobre huérfana
de tus dulces caricias paternales
desde entonces. Señor, ha estado hambrienta.

Cuando tu esposa amada
dejó su luto y se vistió de fiesta
¡bien hubiera querido tu enfermita
ser ella la primera
que volara a tus brazos!. . .
Pero sintió vergüenza.
¡Tan pálida, tan triste, tan distinta
de todas sus hermanas!. . .

¡Pero llega
el instante feliz!. . .
¡Has venido al rincón donde está ella!. . .
¡Mira cómo te ofrece en sus miradas
y en sus brazos tendidos el alma entera!.. .

¡Abrázala Señor! Bien lo merece:
tres años aun no cuenta
y ya marcó el dolor todo su cuerpo
con indelebles huellas.. .!

¡Abrázala, Señor! Es la enfermita
que ha nacido en tu ausencia
la que sintió en tu frente amargo llanto
por caricia primera.
La que miró crespones enlutados
en su cuna. . . ¡la huérfana!
¡la hija de su dolor y de tus lágrimas,
¡de tus besos hambrienta!

¡Levántala en tus brazos! ¡que recline
su lánguida cabeza
en tu caliente pecho! que en tus ojos
todo el amor de tus entrañas vea!
Dile muy quedo: "¡Hijita!". . . y con sublime
paternal calentura a tu hija besa. . .
tres años ha que vive
¡Y ha tres años, Señor, que estaba huérfana!

Mons. Vicente M. Camacho
Julio, 17 de 1919.
11.40. p.m

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