lunes, 13 de agosto de 2012

5 DE FEBRERO.

El águila está herida, 
El águila altanera 
Acostumbrada a devorar serpientes 
por más que entre sus garras se retuerzan...

El águila de Anáhuac 
Que hizo temblar al mundo al verse presa. 
Con un grito de rabia, e hizo añicos 
De un aletazo las enormes rejas 
Del pueblo más potente de la tierra;

El águila gloriosa 
Que se batió con el León de Iberia, 
Y lo supo obligar a picotazos 
A arrastrar por el polvo las melenas... 

El águila está herida, 
La sangre le chorrea... 
Sobre los peñascales de la cumbre 
Con dolores horribles se revuelca. 
Ya se apaga la luz de sus pupilas... 
Sus alas que vencían a las tormentas
Ya no pueden abrirse. 
Con el soplo de vida, apenan tiemblan.

Y despunta la aurora de este día; 
Dora su luz las empinadas cuestas 
En que agoniza la doliente águila...
Y ella levanta altiva la cabeza...
Sacude los plumones de sus alas 
Que recobran, de súbito, las fuerzas. 
Hiende los aires más veloz que el viento, 
Atrás los montes y las cimas deja,
Cruza en línea rectísima el océano. 
Como si fuese disparada flecha,
y, volando, volando, sin descanso. 
Va rumbo de las costas japonesas.

Llega por fin, y en los triunfales campos 
Ebria de gloria, y de entusiasmo ebria. 
En los aires se mece, dando gritos. 
Los gritos que exhalaba en la pelea 
Cuando soplaban vientos de victoria. 
Cuando rompió las seculares rejas, 
Cuando con el León entró en combate 
Y al León arrastró por la melena.

En espiral gloriosa Desciende...
y baja a la extranjera arena.
Se esponjan sus plumones. 
Se abre su pico, todo el cuerpo tiembla,
Y el suelo de la costa 
Una y mil veces delirante besa. 
Allí, en aquel lugar, un aguilucho 
Abrió sus alas por la vez primera.
Cruzó el espacio y empapó sus plumas 
Del áureo sol, en la candente hoguera.
Siguió volando, y espantó a su paso 
Al inmenso tropel de las estrellas; 
Llegó a los cíelos, y, parando el vuelo 
Junto al trono esplendoroso de la Reina
Así dijo:
"El Aguila de Anáhuac, que es mi Madre 
Te envía conmigo su primera ofrenda" 
Y le entregó un riquísimo tesoro: 
¡Era la sangre toda de sus venas!
De allí voló, de aquella costa extraña. 
El águila, por eso, enamorada tiembla.

Mons. Vicnte M. Camacho

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