jueves, 9 de agosto de 2012

MARTIRIO DE SAN PROCOPIO EN CESAREA DE PALESTINA, AÑO 303

En su opúsculo Sobre los mártires de Palestina, da Eusebio un breve relato del martirio del lector y exorcista Procopio, primer mártir de Cesarea en la magna persecución diocleciánica. Como se sabe, la redacción del De martyribus Palaestinae, llegada a nosotros en su texto original, representa un esbozo o resumen, debido al mismo Eusebio, de otra más amplia, que en su texto griego sólo se conserva fragmentariamente, completa, en cambio, en versión siríaca. Henrique Valois (Valesius), traductor latino de Eusebio, conjeturó que las actas de San Procopio habían formado parte de la redacción extensa del De martyribus. Dom Ruinart le siguió en la conjetura, pues aparte la característica expresión primo anno quo adversus nos fuit persecutio, de marcado cuño eusebiano, cetera quoque— prosigue Ruinart Eusebii veri am et ingenium spirant. Lo mismo opinó Assemani, después de descubrir en la Biblioteca Vaticana una colección de actas siríacas, entre las que se contaban las de Procopio, que le parecieron extractos de la obra completa de Eusebio (Acta martyrum orientalium, Roma 1748, p. 166). La antigua conjetura se da hoy por cierta. Cureton publicó en 1861 un manuscrito siríaco del British Museum, fechado en 411, que contiene una versión en esta lengua del libro Sobre los mártires de Palestina, en forma más extensa, con un relato del martirio de San Procopio, que corresponde al de las actas. La versión de Cureton no es idéntica a la de Assemani; representan, pues, dos traducciones siríacas del original griego de Eusebio, hoy perdido y reemplazado por el resumen que poseemos. Aquí reproducimos el texto latino dado por Ruinart "ex tribus codd. mss. et Valesio in notis ad Eusebium", y sobre él estriba la versión española. 

Martirio de San Procopio.
I. El primero de los mártires de Palestina fue Procopio, varón de gracia celeste, quien ya antes de su martirio de tal modo dispuso su vida, que desde su tierna edad guardó la castidad y se entregó con todo empeño a la práctica de la virtud. Su cuerpo estaba tan consumido que casi se le tenía por muerto; pero su alma estaba tan fortalecida por la palabra divina que de su vigor cobraba fuerzas el mismo cuerpo. La comida y bebida era sólo pan y agua. No tomaba otro alimento, y eso cada dos o tres días, y a veces al cabo de una entera semana. Su mente se entregaba con tal ardor a la meditación de las divinas Escrituras, que permanecía día y noche infatigable en ella. De su clemencia, empero, y mansedumbre, como inferior a los demás, ofrecía por documento la abundancia de su palabra. Sólo a las palabras divinas dirigía su empeño. En cambio, de los conocimientos profanos había alcanzado poca parte. Por su nacimiento era oriundo de Elia; pero su vida la pasó en Escitópolis. En la Iglesia de allí desempeñaba tres ministerios: uno, en su oficio de lector; otro, en la interpretación griega de la lengua siríaca, y el tercero, como exorcista, en la imposición de manos contra los demonios.

II. Como hubiera, pues, sido enviado junto con sus compañeros de Escitópolis a Cesarea, de las puertas mismas de la ciudad se le condujo al presidente, y antes experimentar las molestias de la cárcel y de las cadenas, en su entrada misma fue competido por el juez Flaviano a sacrificar a los dioses. Mas Procopio, a grandes voces, atestiguó que no hay muchos dioses, sino un solo Dios, hacedor y artífice de todas las cosas. El juez, herido con el azote de su palabra y con dolor en su conciencia, pareció avenirse a lo que el mártir decía, y le insinuó que, por lo menos, sacrificara a los emperadores. Mas el santo mártir de Dios, despreciando tal insinuación, repitió el verso de Homero:
"No es bueno el mando de muchos; uno solo sea el rey, uno solo el soberano"
El juez, oyendo este verso, creyó que lo decía con aviesa intención contra los emperadores, y le condenó a muerte. Así, pues, decapitado por mandato del gobernador, el bienaventurado Procopio halló por atajo la entrada en la vida celeste, el siete del mes Desio o julio, que se dice entre los latinos las nonas del mismo julio, el año primero de la persecución contra nosotros. Éste fue el primer martirio consumado en Cesarea, reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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