jueves, 29 de abril de 2010

San Pedro, Apóstol, Piedra donde se edificó la Iglesia


La Iglesia Católica sostiene que Pedro fue el jefe de los apóstoles y que en virtud de esta dignidad que Jesucristo le confirió, gobernó la Iglesia como cabeza suprema. He aquí la definición del Concilio Vaticano: "Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro apóstol no fue constituido por Jesucristo príncipe de todos los apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que lo que directa e indirectamente recibió del mismo Jesucristo, Señor nuestro, no fue el primado de jurisdicción verdadera y propia, sino solamente de honor, sea anatema".
Tres veces habló claramente Jesucristo de la primacía de San Pedro sobre los demás apóstoles:
1ª.- Cuando Pedro confesó a su Maestro por Cristo, Hijo de Dios vivo, el Señor le premió la confesión en estos términos: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y Yo te doy las llaves del reino de los cielos. Y todo cuanto ates en la tierra, será atado también en el cielo; y cuanto desates en la tierra, será desatado también en el cielo" (San Mateo XVI, 18-19).

a)
Examinemos la metáfora de la piedra. Cristo, la piedra angular de la Iglesia (Efesios II, 20), promete hacer a Pedro la piedra sobre la que edificará su Iglesia (I Corintios, III, 9) Nótese que Jesucristo está hablando con Pedro, no con los Apóstoles, pues siempre se dirige a él en segunda persona. Al hablar así, el Señor tiene presente la parábola del hombre prudente que edificó la casa sobre cimientos de piedra (San Mateo VII, 24). San Pedro es para la Iglesia lo que el cimiento es para el edificio. Ahora bien: el cimiento da al edificio unidad, fuerza y estabilidad; gracias a él, todas las partes y del edificio forman una sola masa firme y resistente. En una sociedad perfecta como es la Iglesia, esta unidad y firmeza no tendrá lugar a no ser que el cimiento (la primera autoridad, San Pedro en este caso) tenga poder y autoridad máxima para mantener siempre unidos a sus súbditos.

b) Jesucristo edifica su Iglesia sobre piedra (sobre Pedro) "para que las puertas del infierno no prevalezcan contra ella". La Iglesia de Jesucristo resistirá valientemente los ataques de todos sus enemigos.

c) Antiguamente, cuando las ciudades estaban amuralladas, dar a uno las llaves de la ciudad equivalía a darle autoridad plena sobre la ciudad. Aun en el día de hoy, cuando un personaje ilustre visita una ciudad, las autoridades le entregan oficialmente y con muchas ceremonias las llaves de la ciudad en señal de admiración, respeto y bienvenida; mera reminiscencia del poder absoluto que antiguamente implicaban las llaves. Cuando Eliacim fue nombrado prefecto del palacio en lugar de Sobna, dijo Dios: "Yo le pondré sobre los hombros la llave de la casa de David; él abrirá, y no habrá quien cierre; él cerrará, y no habrá quien abra" (Isaías XXII, 22). Cuando el señor de la casa se ausenta y deja en su lugar un mayordomo, le entrega las llaves, que es darle todo el poder y autoridad que necesita para gobernarla como conviene. Cristo tiene las llaves de David (Apoc. III, 7) y se las da a San Pedro. La autoridad, pues, de San Pedro es la de Jesucristo.

d)
"Atar y desatar" entre los judíos significaba la autoridad de los rabinos para declarar lo que era lícito o ilícito. Aquí significa algo más que "declarar", pues las llaves no declaran que la puerta esta abierta o cerrada, sino que abren y cierran. San Pedro es algo más que un rabino. Su oficio no es declarar de una manera especulativa la probabilidad de una opinión, sino que tiene derecho a enseñar y gobernar con autoridad, y sabe que lo que él haga lo dará el "cielo" por bien hecho. "El cristiano que le desobedezca debe ser tenido por gentil y publicano" (San Mateo XVIII, 17).

2ª.- La noche que precedió a la Pasión dijo el Señor a Pedro: "Simón, Simón, he ahí que Satanás os ha pedido para zarandearos como trigo; pero Yo he rogado por ti para que tu fe no perezca; y tú, una vez convertido, confirma en ella a tus hermanos" (San Lucas XXII, 31-32). Satanás quiso probar a los apóstoles, y en especial a Pedro, como en otro tiempo había probado a Job; pero Jesucristo se adelantó al mal espíritu, rogando particularmente por Pedro para que siempre se mantuviese fiel y mantuviese también firmes a los demás. "La ruina de Pedro llevaba consigo la ruina de sus hermanos; por eso, al preservarle el Señor, los preservó a todos. Esto quiere decir que San Pedro es el primero de los apóstoles, y que de su estabilidad o caída depende la estabilidad o caída de los once". No obsta para ello la triple negación que luego siguió, pues no negó la divinidad de Jesucristo, sino simplemente dijo que no lo conocía. Además, esta negación le fue perdonada más tarde, y a orillas del lago Tiberíades le fue conferida oficialmente la autoridad suprema que aquí le promete. Simón, pues, es el que ha de confirmar en la fe a sus hermanos; es la seguridad de la Iglesia contra Satanás y los poderes del infierno; y la piedra firme sobre la cual Jesucristo edificará su Iglesia.

3ª.- Luego que resucitó, el Señor confirió a Pedro la supremacía que le había prometido dos veces. Dijo el Señor: "Simón hijo de Juan, ¿me amas más que estos?" Respondió Pedro: "Sí, Señor; Tú sabes que te amo". Le dice Jesús: "Apacenta mis corderos". Le dice de nuevo Jesús: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Respondió Pedro: "Sí, Señor, Tú sabes que te amo". Le dice Jesús: "Apacenta mis corderos". Le dice Jesús por tercera vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Se entristeció Pedro porque le había preguntado por tercera vez si le amaba, y respondió: "Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo". Le dice Jesús: "Apacenta mis ovejas" (Juan XXI, 15-17). El Concilio Vaticano define como artículo de fe que Jesucristo, al pronunciar estas palabras, "confirió a solo Pedro la jurisdicción de Pastor supremo y cabeza de todo el rebaño". Esta triple pregunta le recuerda a Pedro la triple negación en que había caído por presumir demasiado de sí, y les hace ver a los apóstoles que el amor de Pedro era superior al suyo; por eso le confirió el Señor un oficio mayor. Pedro ya no se jacta del amor que profesa a su Maestro, contentándose únicamente con apelar a la omnisciencia del Señor en prueba de su realidad.
Vemos en este pasaje que Jesucristo es el Buen Pastor, dueño por herencia de todo el rebaño. Ahora que está en vísperas de dejar la tierra para subir a sentarse a la diestra de su Padre, deja a Pedro en su lugar con el poder supremo de enseñar, juzgar y gobernar el rebaño como lo había hecho Él mismo. Hay otros muchos pasajes del Nuevo Testamento que nos hablan de la preeminencia de San Pedro. Apenas le vio Jesús, cambió su nombre en Pedro (piedra), indicando ya con ello el sublime oficio de fundamento de su Iglesia, que más tarde le había de conferir. Cuando se nombran los apóstoles, Pero aparece siempre a la cabeza, y es considerado siempre como el jefe de todos (San Marcos III, 16; San Mateo XVII, 1, 23-26; XXVI, 37-40). Después de la resurrección, Pedro preside la elección de Matías; es el primero que predica el Evangelio, el primero que hace milagros, el que juzga a Ananías y Safira, el primero que declara la universalidad de la Iglesia, el primero en recibir un pagano convertido y el que preside el Concilio de Jerusalén, como puede verse en diversos pasajes de los Hechos de los Apóstoles (I, 22; II, 14; III, 6; V, 1-10; 15).

Resumiendo: se debe edificar la Unidad de la Iglesia en el cimiento establecido por nuestro Señor Jesucristo, buscar la unidad sin Pedro es edificarla fuera de la Iglesia. El centro de esta unidad es Pedro, por lo cual necesitamos que Pedro este entre nosotros, pues sin él nunca habrá verdadera UNIDAD.
Señores obispos denos un Papa. Que Dios los ilumine y los fortalezca en esta misión.
Basta ya de tanta pasividad.



R.P. Manuel Martínez Hernández



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